HAVANA CLIMA

violencia obstétrica

Cientos de madres confirman haber sufrido violencia obstétrica en Cuba

CIUDAD DE MÉXICO.- “Yo no quisiera acordarme de esas casi 30 horas que estuve en inducción, sin fuerzas, sin probar alimentos, sola, sin ningún familiar o mi esposo al lado”
Liubis Mabel Fiffi, embarazada y a punto de dar a luz, estuvo tirada más de un día en una cama sin que el personal de salud prestara atención a sus llamados.
“Cuando estaba en trabajo de parto sentía que no tenía fuerzas y solo decía: ‘Dios Todopoderoso ayúdanos a mí y a mi bebé, y que no nos pase nada’. Por mucho que te prepares mentalmente, por ‘muy bien que te portes’ y que ‘aguantes’, no sirve de nada. Los gritos que te dan, las palabras ofensivas, las miradas te roban el ánimo. Además, qué decir de la falta de privacidad, la falta de condiciones higiénicas (que te den una sábana limpia es un lujo). Creo que la gran mayoría, para no decir todas las mujeres cubanas, hemos sufrido violencia obstétrica”, escribió en Facebook Luibis luego de que este jueves se publicara Partos rotos, micrositio sobre violencia obstétrica en Cuba.
Su testimonio es apenas uno de cientos, que mujeres cubanas han compartido en las redes sociales en los últimos días.
Escenas donde describen cómo las ignoraron, ofendieron, ningunearon y las trataron como cuerpos inertes que no tenían derecho no solo a decidir sino a saber siquiera qué ocurría con ellas y sus bebés se repiten en los textos de estas madres. Muchas de ellas, años después, aún padecen secuelas físicas y emocionales. El temor a un nuevo embarazo y la desconfianza al sistema de salud están entre las más frecuentes.
Lisandra Sosa, mamá de un bebé de cinco años, confiesa que aunque tenerlo fue el mejor regalo para su vida, no quiere volver nunca a una sala de partos en Cuba. “Fue una experiencia traumática”, así lo resume.
“Entré a la sala de parto a la una de la tarde con contracciones y mucho dolor. Me pusieron la sonda y bandas en las piernas y me dejaron en la sala de espera por tres horas, sufriendo el maltrato de los enfermeros y médicos. Mi desesperación creció cada vez más. A las tres de la tarde entró una doctora y al mirarme notó que por mis piernas corría meconio, y ahí empezaron a correr preocupados. La situación se tornó caótica cuando se percataron de que mi bebé se había hecho caca”. 
A Lisandra no le pusieron la anestesia correctamente por lo que sintió el dolor de gran parte de la cesárea. Ante la advertencia de uno de los residentes al doctor sobre que no tenía insensibilizada la zona, el especialista respondió: ‘¡Qué aguante!’.
“Actualmente estoy lidiando junto a mi hijo con un posible diagnóstico de TDH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) por el sufrimiento fetal. Doloroso, todo allí es Doloroso”, contó Lisandra en el muro de Facebook de una de las autoras de la investigación.
Foto de la autora
Partos Rotos es un micrositio con diferentes productos y formatos periodísticos en su interior (reportajes, visualización de datos, video, ilustraciones, historietas, infografías, testimonios, un mapa interactivo con testimonios escritos por las propias madres localizados según el hospital donde dieron a luz, y un podcast en producción).
El principal hallazgo del proyecto fue constatar que la violencia obstétrica es sistémica en los hospitales y centros de salud cubanos. Para comprobar este fenómeno se realizó la primera encuesta masiva en Cuba sobre el tema, en la cual participaron casi 500 mujeres. En el país no hay estadísticas oficiales al respecto, ni suele abordarse como problemática; por lo que los resultados de esta investigación son los primeros y únicos disponibles en la nación. Este análisis permitió identificar cuáles son las principales manifestaciones de violencia obstétrica en Cuba y sus secuelas en mujeres y bebés.
A menos de una semana de presentar el sitio web, las autoras han monitoreado más de mil comentarios suscitados en redes sociales. Además, hasta hoy 210 mujeres revisaron el cuestionario “Cuéntanos tu parto”, disponible en el micrositio. Aproximadamente la mitad lo respondió hasta el final. Partos Rotos ha despertado una especie #MeToo obstétrico donde las madres cubanas acusan de violencia al sistema de salud. Este proyecto seguirá contando historias.
NOTA: Si diste a luz en Cuba y te gustaría compartir tu testimonio con el equipo de Partos Rotos puedes llenar este cuestionario. O escribir a los siguientes correos: [email protected] o [email protected]
Recibe la información de CubaNet en tu celular a través de WhatsApp. Envíanos un mensaje con la palabra “CUBA” al teléfono +1 (786) 316-2072, también puedes suscribirte a nuestro boletín electrónico dando click aquí.

Leer más »

Nace “Partos Rotos”, el primer proyecto investigativo sobre violencia obstétrica en Cuba

LA HABANA, Cuba. – Durante décadas las mujeres cubanas han sufrido una forma de violencia de género invisibilizada y naturalizada en el país: la violencia obstétrica. 
Obligadas a parir en un sistema de salud que prioriza las necesidades del personal médico y el nacimiento de bebés vivos pero ignora el bienestar, deseos y opiniones de las madres, dar a luz fue una experiencia traumática para muchas de ellas.   
Cinco periodistas independientes cubanas dedicaron más de un año para entender la manera sistemática en que ocurre la violencia obstétrica en el país y por qué las autoridades cubanas no lo consideran un problema. Para ello, realizaron un cuestionario a casi 500 mujeres, que contaron detalles de cómo fueron sus partos, y entrevistaron a expertas, activistas feministas y profesionales de la salud. 
Las mujeres describieron un sistema donde las prácticas más comunes de violencia obstétrica están extendidas. Muchas veces el personal sanitario atropella los tiempos del parto, aplicando técnicas agresivas que se están limitando en otros países; o maltrata, infantiliza y chantajea a las mujeres.
(Ilustración: Mary Esther Lemus)
Muchas mujeres dijeron haber sido ignoradas cuando pidieron información, ayuda o alivio para el dolor. Prácticas que ahora son comunes en otros países como permitir a las mujeres estar acompañadas, caminar durante el trabajo de parto o sostener a sus bebés tras el nacimiento, no son comunes en la Isla.   
El resultado de este esfuerzo investigativo es la web partoscuba.info, un proyecto de Isabel Echemendía, Claudia Padrón, Darcy Borrero y otras dos periodistas residentes en Cuba cuya identidad pidieron proteger por motivos de seguridad.  
“A pesar de que ‘Partos Rotos’ ha generado un levantamiento de información muy grande sobre el tema, la violencia obstétrica es un problema sistémico que continúa, y van a aparecer más testimonios que irán actualizando la realidad de este fenómeno en Cuba. Esperamos que ‘Partos Rotos’ contrubuya a la eliminación de la violencia contra las mujeres en la isla”, afirma Isabel Echemendía, coordinadora del proyecto.
En la web podrán encontrar reportajes, visualizaciones de datos, testimonios de mujeres, historias ilustradas y otros materiales. 
“Ha sido una experiencia excelente desde el punto de vista profesional pero con muchos retos. Hemos tenido que aprender a hacer periodismo colaborativo en conjunto desde dentro y desde fuera de Cuba, lo que nos ha exigido investigar con mucha cautela y dedicarle mucho tiempo al proyecto”, comenta Echemendía. 
“Son historias de mujeres contadas por mujeres a través de una investigación potente y muy rigurosa con los detalles”, agrega.
“Partos Rotos” es un proyecto que sigue activo. Muy pronto aparecerán testimonios en video y el podcast “Isla Violeta”. Además, las mujeres que hayan parido en Cuba y quieran contribuir al proyecto pueden rellenar el cuestionario aquí. También pueden contactar al equipo de “Partos Rotos” en el correo electrónico [email protected].
¿Qué es la violencia obstétrica? (Infografía: Mary Esther Lemus)
Recibe la información de CubaNet en tu celular a través de WhatsApp. Envíanos un mensaje con la palabra “CUBA” al teléfono +1 (786) 316-2072, también puedes suscribirte a nuestro boletín electrónico dando click aquí.

Leer más »

Si no pujas bien, él va a morir

Como a las seis de la mañana sentiste que te estabas orinando porque claro, tú no sabías qué era reventar la fuente. Tú no sabías nada. Mami entró a llevarte el desayuno y habló con los médicos para que te revisaran. Había llegado el obstetra que buscamos para tener algo seguro porque el Materno estaba “en candela”. El Materno y todo lo que fuera hospitales. Habías dilatado cuatro centímetros después de pasar la noche rabiando de dolor sin que te hicieran el mínimo caso. Te decían: “Acuéstate a dormir, porque mañana no vas a tener fuerzas para parir”, y tú no podías dormir, no podías sentarte, no podías estar de pie por los dolores. Te asomabas por la ventana de la salita aquella, ¿te acuerdas?, la que daba a un patio interior que tiene el hospital Camilo Cienfuegos de Sancti Spíritus, a donde habían trasladado el Materno entonces; y del otro lado estábamos nosotros, en aquel pasillo oscuro, mirándote llorar bajo una luz fría, con la palma de la mano apoyada en el cristal.
No podíamos hacer nada, Yenny, y tú lo sabías y nosotros lo sabíamos, pero todo acabaría pronto y lo que nos esperaba era demasiado feliz: conocer a Thiago por fin (“¿Cómo serán su carita, o sus manitos, lo has pensado?”, jugábamos todo el tiempo). Luego desaparecías por un rato, intentabas dormir, orinar, dar paseítos, y volvías al cristal de la ventana. ¿Nos separaban qué, cincuenta metros? Algo así. Estábamos mami, Erick y yo; después llegó Tati con pozuelos de comida y pomos de jugo que devoramos escondidos en la escalera donde nos tirábamos a descansar cuando no estábamos mirándote o usando el teléfono público del fondo del pasillo. Veintinueve años tenías entonces, yo dieciocho. Te habían ingresado porque cumplías ya 41 semanas y no te ponías de parto. Lo más probable era que te indujeran cuando empezaron los dolores a las dos de la tarde.
***
En preparto te acostaron en una cama y una enfermera te puso un suero sin decirte qué era ni para qué. Preguntaste y entonces te explicaron: papaver para aliviar un poco el dolor y oxitocina para dilatar mejor el cuello del útero y mejorar el trabajo de parto. Nadie te consultó si querías un parto libre de drogas. A partir de ese momento, en que se intensificó el dolor, estuviste sola. Afuera nos teníamos unos a los otros: para preocuparnos por ti y por el bebé, para distraernos, qué sé yo.
Cada cierto tiempo los médicos te llamaban y te hacían tactos invasivos, con toda la mano, literalmente toda la mano, para dilatarte ellos mismos. Mientras, estabas acostada en una camilla y, cuando te venía una contracción, tenías que bajarte de allí, agacharte, hacer cuclillas y pujar más o menos bien. También podías quedarte acostada, subir las piernas e intentarlo de nuevo. A veces te ponían la cardiotocografía o CTG para monitorear al bebé, pero el resto del tiempo estabas acá y ellos allá, sentados en una cama hablando de fútbol. Te dijeron: “Cuando sientas que se te sale algo, nos avisas”, y pusieron a la muchacha que limpiaba la sala al lado tuyo, para que ella les dijera cómo ibas.
Y la verdad es que no podían tener quejas, porque tú, a pesar estar pasando por todo aquello, te comportaste “de buena manera” y hacías todo lo que te mandaban sin protestar ni llorar ni nada.
Fue mucho lo que pujaste ahí acostada hasta que sentiste deseos de hacer caca –esa es la sensación, ¿verdad? porque yo no sé nada de eso–, y le dijiste a la muchacha que limpiaba: “Yo siento que se me está saliendo algo”, y cuando ella miró era la cabeza del niño. Los médicos te dijeron: “Bueno, ahora te tienes que levantar y salir caminando hasta la sala de parto”. No podías creer aquello, no iban a llevarte en una camilla, Yenny, debías llegar tú sola, con tu bebé empujando desde dentro, defecando en tu vientre sin que te dieras cuenta. Complicando las cosas.
Lograste llegar a la sala de parto sin saber muy bien cómo, te acostaron y te dijeron que pujaras. Pensabas que lo habías estado haciendo bien, pero el niño no salía y por más que te esforzabas no había avance. Uno de los médicos se subió encima de tu panza y empujó con todas sus fuerzas: la maniobra Kristeller se le llama, un procedimiento que consiste en ejercer presión sobre el fondo uterino durante el período expulsivo. En ese momento no teníamos idea de qué significaba aquello, si era rutinario, si podía tener consecuencias para ti o para el bebé; si las había, no te las explicaron ni a ti ni a nosotros. Luego supe que se considera una mala práctica, que su uso está desaconsejado por la Organización Mundial de la Salud y que a pesar de ello se sigue implementando. Podría haber comprometido el estado fetal, o haberte provocado desgarros perineales de primer grado, según un artículo de la Revista Cubana de Obstetricia y Ginecología, sin contar la violación de tu autonomía, de tu derecho a decidir sobre tu cuerpo.
A Yadira Rubio Hernández, una amiga que entrevisté para esta serie sobre violencia obstétrica, también le aplicaron la maniobra sin consultarle antes. Ella tuvo a Daniel en 1997 y me contó que luego de horas de dolor y rayos X y sueros inconsultos también, y de haber pasado por varias salas, un médico comenzó a darle golpes en la barriga, debajo de los senos “para estimular que el niño saliera”. Entre el dolor, el miedo y el llanto, Yadira no sabía a qué atinar. Me dijo que siempre lloraba cuando contaba esto: en medio de su desesperación, le cogió las manos al doctor, “un moreno alto, fuerte”, se las quitó de encima y comenzó a besárselas, entre lágrimas, fue a lo que atinó, como diciendo “¡No me maltrates más, por favor!”. Lloré junto con ella esa tarde, y mientras te escribía esto.
***
La palabra “meconio” te resultaba extraña, pero no más que cualquier otra palabra que escuchas por primera vez. Los médicos la habían usado un par de veces porque estaban viendo el color de los fluidos que expulsabas. Thiago había defecado dentro de ti y eso los ponía en peligro a los dos. La enfermera te advirtió: “Fíjate lo que te voy a decir, ahora cuando venga la contracción tienes que pujar, porque si el niño no sale ahora se va a morir”, así te dijo, y yo imagino tu espanto ante esa revelación: en ese momento la que te querías morir eras tú. Uno de los médicos se acercó entonces y te explicó cómo debías hacerlo: como si quisieras defecar. Una información tan simple que llegaba con tanto retraso. Dos esfuerzos más bastaron para que naciera el bebé. El obstetra que te había estado atendiendo durante tantos meses lo recibió, se lo entregó al neonatólogo y se fue. Se fueron todos menos uno, encargado de “hacer todo lo demás”. Fue ahí que sentiste un dolor muy fuerte, incluso más fuerte que el de parto y cuando le preguntaste te dijo que era la extracción de la placenta.
¿En qué momento te cortaron? El proceso fue tan terrible que la episiotomía pudo haber ocurrido en cualquier minuto. “La herida que le hacen aquí a todas las embarazadas” le llamaste; la que, según ellos, hacen para que “haya mayor capacidad para el parto”; y tú no tienes idea de si tenías capacidad o no, nadie te hizo un estudio, un análisis, nada. “En estos momentos te estoy suturando”, te dijo el médico cuando preguntaste, “afuera son seis puntos nada más, pero dentro son un montón”, te advirtió.
Todo eso sin haber cargado a tu bebé, que tampoco entiendes por qué no te lo dieron enseguida, y eso que él lloró perfectamente, no tuvieron que hacerle nada extraño, tuvo un buen peso, fue un parto “normal”, como tú misma me dices.
Yadira tampoco recuerda el momento exacto en que le realizaron la episiotomía. Ella solo sintió “cómo aquello se abrió por ahí para abajo” sin que nadie le preguntara antes. Su bebé estaba llorando y a ella ya no le importaba nada más. Hasta que comenzaron a suturarla. Un dolor tan grande como el del parto. Incluso peor, me dijo. Cero anestesia, cero empatía. “¡Aguanta!”, era todo lo que escuchaba, y ella respondía: “Pero no me regañen más, me está doliendo, ¿qué quieres que haga, que me muerda los labios?”. Como tú, ella no estaba preparada para un procedimiento así. “Yo no sabía que eso dolía así, yo no sabía que ustedes me iban a coser como si fuera una vaca. Me lo tienen que decir: ‘mira te vamos a meter una aguja, no hay anestesia, o eso no lleva anestesia, aguanta…’. Un poquito de conversación, de dulzura, de cariño, al menos información, pero bueno, nada. Esa fue mi primera experiencia”. Veintipico puntos le dieron, casi los mismos que a ti.
Luego tendrías que pasar cinco horas en recuperación, en las que no pudiste orinar, pero nadie se preocupó por ello, ese era un “problema que tenías que resolver” con la acompañante que te permitían, porque las enfermeras no se dieron por enteradas. No sé si serían las mismas que luego, en la sala de cesárea –horas después de que pasara el ginecólogo de guardia y no se acercara a tu cama o a la del bebé– se asombraron de que quisieras curarte. “Eres la primera persona que nos pide que la curen, porque las embarazadas no se interesan por eso”, te dijeron, como si eso dependiera del “interés”, me dices, y no fuese una obligación curar las heridas cada mañana.
A esas alturas no sabías lo que había pasado durante el parto, ni por qué tenías un suero con antibióticos aún. En la tarde una enfermera se acercó y te preguntó quién te había indicado aquello, cuando los antibióticos se suministraban “única y exclusivamente” a las cesareadas y tú habías sido parto normal. “Te voy a quitar el suero”. Tú no sabías si eso estaba bien o mal, si ella podía tomar esa decisión o debía consultarlo con algún médico, si llevabas o no ese medicamento y por cuánto tiempo más tu cuerpo lo necesitaría.
Fue la pediatra, al mediodía siguiente, quien te dijo que el niño había sido un meconio intenso: “¿Tú no sabes lo que es eso? ¿No te lo dijo el ginecólogo que te hizo el parto?”. A ti lo único que te habían dicho era que pujaras más fuerte porque el bebé no podía permanecer más de cinco minutos dentro de ti. “Eso significa que se hizo caca en el vientre”, te explicó entonces, “pudo haber estado grave mucho tiempo, y eso también te puede traer otras consecuencias, porque en el caso de que salgas embarazada otra vez, se puede repetir”. No obstante, Thiago estaba de alta, y tú, a pesar de todo, eras de algún modo feliz. Y nosotros también lo fuimos.
El repetitivo recuento a quienes llegaban a la casa a conocer al bebé no revelaba nada fuera de lo ordinario: “Me porté bien”, “Tuve que pujar muchísimo ahí sola”, “Ah, sí, mima, eso es así, pero si lloras la cogen contigo”, “Lo que importa es que ambos tienen salud”. Todo normal. Doce años he demorado en ser consciente de la violencia que sufriste, en explicártelo sin que la impotencia me nuble la vista. Cinco viviste ese “trauma” tú, como lo has llamado, y cuando Oliver iba a llegar te agenciaste una cesárea para “no tener que volver a sufrir tanto”. Hoy sabemos las dos, también, que no fue exactamente así, y que por más arreglos que intentaste hacer la violencia se había enquistado al punto de volverse rutinaria. Como si no existiera otra forma conocida de hacer las cosas.
Nada te prepara para ese momento, me repites, a pesar de todos los cuentos, de todas las historias de las mujeres de la familia y las amigas y las vecinas. Una no sabe la magnitud de lo que le espera y, si hubiese manera de saberlo, no pariríamos, no aquí.

Leer más »

Si no pujas bien, él va a morir

Como a las seis de la mañana sentiste que te estabas orinando porque claro, tú no sabías qué era reventar la fuente. Tú no sabías nada. Mami entró a llevarte el desayuno y habló con los médicos para que te revisaran. Había llegado el obstetra que buscamos para tener algo seguro porque el Materno estaba “en candela”. El Materno y todo lo que fuera hospitales. Habías dilatado cuatro centímetros después de pasar la noche rabiando de dolor sin que te hicieran el mínimo caso. Te decían: “Acuéstate a dormir, porque mañana no vas a tener fuerzas para parir”, y tú no podías dormir, no podías sentarte, no podías estar de pie por los dolores. Te asomabas por la ventana de la salita aquella, ¿te acuerdas?, la que daba a un patio interior que tiene el hospital Camilo Cienfuegos de Sancti Spíritus, a donde habían trasladado el Materno entonces; y del otro lado estábamos nosotros, en aquel pasillo oscuro, mirándote llorar bajo una luz fría, con la palma de la mano apoyada en el cristal.
No podíamos hacer nada, Yenny, y tú lo sabías y nosotros lo sabíamos, pero todo acabaría pronto y lo que nos esperaba era demasiado feliz: conocer a Thiago por fin (“¿Cómo serán su carita, o sus manitos, lo has pensado?”, jugábamos todo el tiempo). Luego desaparecías por un rato, intentabas dormir, orinar, dar paseítos, y volvías al cristal de la ventana. ¿Nos separaban qué, cincuenta metros? Algo así. Estábamos mami, Erick y yo; después llegó Tati con pozuelos de comida y pomos de jugo que devoramos escondidos en la escalera donde nos tirábamos a descansar cuando no estábamos mirándote o usando el teléfono público del fondo del pasillo. Veintinueve años tenías entonces, yo dieciocho. Te habían ingresado porque cumplías ya 41 semanas y no te ponías de parto. Lo más probable era que te indujeran cuando empezaron los dolores a las dos de la tarde.
***
En preparto te acostaron en una cama y una enfermera te puso un suero sin decirte qué era ni para qué. Preguntaste y entonces te explicaron: papaver para aliviar un poco el dolor y oxitocina para dilatar mejor el cuello del útero y mejorar el trabajo de parto. Nadie te consultó si querías un parto libre de drogas. A partir de ese momento, en que se intensificó el dolor, estuviste sola. Afuera nos teníamos unos a los otros: para preocuparnos por ti y por el bebé, para distraernos, qué sé yo.
Cada cierto tiempo los médicos te llamaban y te hacían tactos invasivos, con toda la mano, literalmente toda la mano, para dilatarte ellos mismos. Mientras, estabas acostada en una camilla y, cuando te venía una contracción, tenías que bajarte de allí, agacharte, hacer cuclillas y pujar más o menos bien. También podías quedarte acostada, subir las piernas e intentarlo de nuevo. A veces te ponían la cardiotocografía o CTG para monitorear al bebé, pero el resto del tiempo estabas acá y ellos allá, sentados en una cama hablando de fútbol. Te dijeron: “Cuando sientas que se te sale algo, nos avisas”, y pusieron a la muchacha que limpiaba la sala al lado tuyo, para que ella les dijera cómo ibas.
Y la verdad es que no podían tener quejas, porque tú, a pesar estar pasando por todo aquello, te comportaste “de buena manera” y hacías todo lo que te mandaban sin protestar ni llorar ni nada.
Fue mucho lo que pujaste ahí acostada hasta que sentiste deseos de hacer caca –esa es la sensación, ¿verdad? porque yo no sé nada de eso–, y le dijiste a la muchacha que limpiaba: “Yo siento que se me está saliendo algo”, y cuando ella miró era la cabeza del niño. Los médicos te dijeron: “Bueno, ahora te tienes que levantar y salir caminando hasta la sala de parto”. No podías creer aquello, no iban a llevarte en una camilla, Yenny, debías llegar tú sola, con tu bebé empujando desde dentro, defecando en tu vientre sin que te dieras cuenta. Complicando las cosas.
Lograste llegar a la sala de parto sin saber muy bien cómo, te acostaron y te dijeron que pujaras. Pensabas que lo habías estado haciendo bien, pero el niño no salía y por más que te esforzabas no había avance. Uno de los médicos se subió encima de tu panza y empujó con todas sus fuerzas: la maniobra Kristeller se le llama, un procedimiento que consiste en ejercer presión sobre el fondo uterino durante el período expulsivo. En ese momento no teníamos idea de qué significaba aquello, si era rutinario, si podía tener consecuencias para ti o para el bebé; si las había, no te las explicaron ni a ti ni a nosotros. Luego supe que se considera una mala práctica, que su uso está desaconsejado por la Organización Mundial de la Salud y que a pesar de ello se sigue implementando. Podría haber comprometido el estado fetal, o haberte provocado desgarros perineales de primer grado, según un artículo de la Revista Cubana de Obstetricia y Ginecología, sin contar la violación de tu autonomía, de tu derecho a decidir sobre tu cuerpo.
A Yadira Rubio Hernández, una amiga que entrevisté para esta serie sobre violencia obstétrica, también le aplicaron la maniobra sin consultarle antes. Ella tuvo a Daniel en 1997 y me contó que luego de horas de dolor y rayos X y sueros inconsultos también, y de haber pasado por varias salas, un médico comenzó a darle golpes en la barriga, debajo de los senos “para estimular que el niño saliera”. Entre el dolor, el miedo y el llanto, Yadira no sabía a qué atinar. Me dijo que siempre lloraba cuando contaba esto: en medio de su desesperación, le cogió las manos al doctor, “un moreno alto, fuerte”, se las quitó de encima y comenzó a besárselas, entre lágrimas, fue a lo que atinó, como diciendo “¡No me maltrates más, por favor!”. Lloré junto con ella esa tarde, y mientras te escribía esto.
***
La palabra “meconio” te resultaba extraña, pero no más que cualquier otra palabra que escuchas por primera vez. Los médicos la habían usado un par de veces porque estaban viendo el color de los fluidos que expulsabas. Thiago había defecado dentro de ti y eso los ponía en peligro a los dos. La enfermera te advirtió: “Fíjate lo que te voy a decir, ahora cuando venga la contracción tienes que pujar, porque si el niño no sale ahora se va a morir”, así te dijo, y yo imagino tu espanto ante esa revelación: en ese momento la que te querías morir eras tú. Uno de los médicos se acercó entonces y te explicó cómo debías hacerlo: como si quisieras defecar. Una información tan simple que llegaba con tanto retraso. Dos esfuerzos más bastaron para que naciera el bebé. El obstetra que te había estado atendiendo durante tantos meses lo recibió, se lo entregó al neonatólogo y se fue. Se fueron todos menos uno, encargado de “hacer todo lo demás”. Fue ahí que sentiste un dolor muy fuerte, incluso más fuerte que el de parto y cuando le preguntaste te dijo que era la extracción de la placenta.
¿En qué momento te cortaron? El proceso fue tan terrible que la episiotomía pudo haber ocurrido en cualquier minuto. “La herida que le hacen aquí a todas las embarazadas” le llamaste; la que, según ellos, hacen para que “haya mayor capacidad para el parto”; y tú no tienes idea de si tenías capacidad o no, nadie te hizo un estudio, un análisis, nada. “En estos momentos te estoy suturando”, te dijo el médico cuando preguntaste, “afuera son seis puntos nada más, pero dentro son un montón”, te advirtió.
Todo eso sin haber cargado a tu bebé, que tampoco entiendes por qué no te lo dieron enseguida, y eso que él lloró perfectamente, no tuvieron que hacerle nada extraño, tuvo un buen peso, fue un parto “normal”, como tú misma me dices.
Yadira tampoco recuerda el momento exacto en que le realizaron la episiotomía. Ella solo sintió “cómo aquello se abrió por ahí para abajo” sin que nadie le preguntara antes. Su bebé estaba llorando y a ella ya no le importaba nada más. Hasta que comenzaron a suturarla. Un dolor tan grande como el del parto. Incluso peor, me dijo. Cero anestesia, cero empatía. “¡Aguanta!”, era todo lo que escuchaba, y ella respondía: “Pero no me regañen más, me está doliendo, ¿qué quieres que haga, que me muerda los labios?”. Como tú, ella no estaba preparada para un procedimiento así. “Yo no sabía que eso dolía así, yo no sabía que ustedes me iban a coser como si fuera una vaca. Me lo tienen que decir: ‘mira te vamos a meter una aguja, no hay anestesia, o eso no lleva anestesia, aguanta…’. Un poquito de conversación, de dulzura, de cariño, al menos información, pero bueno, nada. Esa fue mi primera experiencia”. Veintipico puntos le dieron, casi los mismos que a ti.
Luego tendrías que pasar cinco horas en recuperación, en las que no pudiste orinar, pero nadie se preocupó por ello, ese era un “problema que tenías que resolver” con la acompañante que te permitían, porque las enfermeras no se dieron por enteradas. No sé si serían las mismas que luego, en la sala de cesárea –horas después de que pasara el ginecólogo de guardia y no se acercara a tu cama o a la del bebé– se asombraron de que quisieras curarte. “Eres la primera persona que nos pide que la curen, porque las embarazadas no se interesan por eso”, te dijeron, como si eso dependiera del “interés”, me dices, y no fuese una obligación curar las heridas cada mañana.
A esas alturas no sabías lo que había pasado durante el parto, ni por qué tenías un suero con antibióticos aún. En la tarde una enfermera se acercó y te preguntó quién te había indicado aquello, cuando los antibióticos se suministraban “única y exclusivamente” a las cesareadas y tú habías sido parto normal. “Te voy a quitar el suero”. Tú no sabías si eso estaba bien o mal, si ella podía tomar esa decisión o debía consultarlo con algún médico, si llevabas o no ese medicamento y por cuánto tiempo más tu cuerpo lo necesitaría.
Fue la pediatra, al mediodía siguiente, quien te dijo que el niño había sido un meconio intenso: “¿Tú no sabes lo que es eso? ¿No te lo dijo el ginecólogo que te hizo el parto?”. A ti lo único que te habían dicho era que pujaras más fuerte porque el bebé no podía permanecer más de cinco minutos dentro de ti. “Eso significa que se hizo caca en el vientre”, te explicó entonces, “pudo haber estado grave mucho tiempo, y eso también te puede traer otras consecuencias, porque en el caso de que salgas embarazada otra vez, se puede repetir”. No obstante, Thiago estaba de alta, y tú, a pesar de todo, eras de algún modo feliz. Y nosotros también lo fuimos.
El repetitivo recuento a quienes llegaban a la casa a conocer al bebé no revelaba nada fuera de lo ordinario: “Me porté bien”, “Tuve que pujar muchísimo ahí sola”, “Ah, sí, mima, eso es así, pero si lloras la cogen contigo”, “Lo que importa es que ambos tienen salud”. Todo normal. Doce años he demorado en ser consciente de la violencia que sufriste, en explicártelo sin que la impotencia me nuble la vista. Cinco viviste ese “trauma” tú, como lo has llamado, y cuando Oliver iba a llegar te agenciaste una cesárea para “no tener que volver a sufrir tanto”. Hoy sabemos las dos, también, que no fue exactamente así, y que por más arreglos que intentaste hacer la violencia se había enquistado al punto de volverse rutinaria. Como si no existiera otra forma conocida de hacer las cosas.
Nada te prepara para ese momento, me repites, a pesar de todos los cuentos, de todas las historias de las mujeres de la familia y las amigas y las vecinas. Una no sabe la magnitud de lo que le espera y, si hubiese manera de saberlo, no pariríamos, no aquí.

Leer más »

¿Tú no sabías que parir duele?

Desde la cola para la cesárea a la que la han remitido, Mayté González Ferriol puede verlo todo, incluidas las cinco mujeres que entrarán a cirugía antes que ella. Por delante de su cama caminan embarazadas desnudas, en trabajo de parto. Hay orina y heces en el suelo que nadie limpia. Sangre por todas partes. Las contracciones son cada vez más seguidas, no la dejan coger un respiro. Su esposo le acaricia la espalda para calmarla, pero Mayté tiene ganas de “arañar las paredes”. Frente a ellos una mujer acostada en una cama, con las piernas abiertas, parece estar pariendo sola. Nadie la atiende. Ha dicho una mala palabra. Se ha portado mal.
Mayté es pequeña y rubia. Los ojos muy verdes. Espera conectada al monitor que controla el bienestar de su bebé. Por el catéter que cuelga de su vena, una enfermera intenta administrarle un medicamento que supuestamente inhibirá sus contracciones y le permitirá esperar su turno. Mayté ha perdido ya la cuenta de cuántas veces se ha salido la aguja de la vena. Ha perdido ya la cuenta de las horas que lleva en Maternidad Obrera, vistiendo una bata sucia de sangre y sudor, cuando finalmente vienen a buscarla. La doctora repara en el catéter. “¿Pero yo no dije que no pasaran más esto, porque hace reacción con la anestesia?”. Mayté pide a Dios que la salve, que no la maten en ese lugar.
Es la noche del 17 de octubre de 2019. Había ingresado el 15.
―Yo no tuve problemas en el embarazo, ninguno, pero sí le tenía tremendo miedo al parto. Enseguida me busqué a una doctora y empecé a ir a consultas con ella todas las semanas en esos últimos meses, y le llevaba un presente, para que estuviera feliz.
Cuando pasaron las 40 semanas, y su barriga estaba al explotar, la doctora le dijo que la haría venir a una de sus guardias para inducirle el parto o hacerle una cesárea si no dilataba lo suficiente. El día antes, Mayté fue al hospital con su esposo. La doctora la hizo subir a una camilla para reconocerla: una pierna aquí, otra allá. Relájate.
―Mi primer trauma. En ese momento del embarazo yo no tenía sexo ni nada, estaba que ahí no me cabía ni un lápiz. Esa mujer ha metido su mano a la velocidad de un violador, no te puedo explicar, y ha empezado a hacer una cosa así que yo grité, grité del dolor tan grande que sentí, “Ahh ahhhhhh”, y me decía “Cállate, tienes que callarte, que esto no es nada”, y yo “¡Para, pero para!”, “No, no, esto lo tengo que ver yo ahora”, y pa’lante y dale que voy. Yo salí de ahí, te juro, con la presión a mil. Cuando ella paró, sacó la mano llena de sangre… Mira, sudo, de acordarme de todo eso.
La doctora dijo que así no podía trabajar. No podía. Mayté tenía que dejar de gritar y de echarse para atrás cuando iba a reconocerla otra vez. Toma conciencia, le dijo, de que ya vas a parir.
―Era como si me estuviera sacando el riñón con sus propias manos por allá abajo, eso es lo que se sentía.
La doctora quería ayudar, pero Mayté no se dejaba. En ese punto aún no había roto la fuente ni había dilatado medio centímetro. Todo estaba normal. La doctora había intentado “ayudarla a empezar” desgarrando un poco su vagina para que “el cuerpo mismo se activara”.
Mayté no conocía esa práctica.
No tenía idea de que, cuando aparece la violencia obstétrica, la mujer apenas tiene poder de decisión sobre su cuerpo: ni sobre las drogas que le administran, ni sobre la posición en la que dará a luz. Ella sabía que debía portarse bien, y hacer todo lo que le mandaran. Nada más.
***
No cuestionar las prácticas que sobre su cuerpo se ejercen. Los médicos son los que saben qué resultará mejor para los bebés. Las explicaciones son demasiado técnicas a veces y no hay tiempo para informar, una por una, a toda una sala, qué va a pasar después. Qué está pasando ahora. El parto, ese proceso natural, se convierte para muchas mujeres en un momento agónico –más allá del dolor– por la excesiva medicalización a la que son sometidas.
“El control biomédico de las etapas del curso vital femenino ha logrado una considerable reducción en las tasas de morbi-mortalidad materna y neonatal en gran parte del mundo y avances en el tratamiento de la infertilidad, entre otros beneficios. Sin embargo, sus prácticas han sido objeto de crítica por dos motivos: su énfasis en los aspectos fisiológicos por sobre los psicosociales y su tendencia a medicalizar procesos biológicos normales”, explica Dailys García Jordá en su tesis doctoral titulada “Representaciones y prácticas sobre el nacimiento: un análisis desde la perspectiva antropológica. Ciudad de La Habana, 2007-2010”.
El uso de la episiotomía sistemática (un corte entre la vagina y el perineo) y no selectiva, sin consultar o informar siquiera a la madre; la práctica de cesáreas que no son indispensables; la administración de drogas como la oxitocina para acelerar el proceso; o la imposibilidad de compartir el momento con quienes la futura madre decida, son algunas de las violencias más recurrentes.
Desde 1996, la Organización Mundial de la Salud (OMS) presentó una serie de indicaciones para los cuidados del parto normal; guía que se ha modificado según los estudios obstétricos y ginecológicos se han actualizado. Las Recomendaciones de la OMS: cuidados durante el parto para una experiencia de parto positiva, publicado en 2019, prescriben la atención respetuosa de la maternidad, con la atención proporcionada de manera tal que las mujeres mantengan su dignidad, privacidad y confidencialidad, así como el aseguramiento de su integridad física y la toma de decisiones informadas. A partir de ahí, se listan una serie de indicaciones divididas en categorías (recomendado, no recomendado, recomendado solo en contextos específicos, y recomendado solo en el contexto de investigaciones rigurosas), pero todas responden a una visión de parto humanizado, donde la mujer forme parte activa y consciente del proceso.
“En la Conferencia Internacional sobre la Humanización del Parto, celebrada en noviembre del año 2000, se precisó el concepto de humanización de la atención de salud. Este se orienta hacia la búsqueda del bienestar por parte de los/as propios/as interesados/as, como un factor de progreso y desarrollo humano, donde lo fundamental es la responsabilidad y el protagonismo de los sujetos para el logro de una vida más saludable, en un equilibrio dinámico con el desarrollo social, económico y ambiental de la sociedad. En relación al parto, su humanización implica que el control del proceso lo tenga la mujer, no el equipo de salud; requiere de una actitud respetuosa y cuidadosa, calidad y calidez de atención, que se estimule la presencia de un acompañante significativo para la parturienta. O sea, que la mujer sea el foco en la atención y los servicios ofrecidos sensibles a sus necesidades y expectativas”, explica Dailys García Jordá.
Sobre el parto humanizado, en Cuba, no existe actualmente referente alguno. En la Gaceta Oficial de la República de Cuba No. 14 Extraordinaria (8 de marzo de 2021), se publicó el Decreto Presidencial No. 198, que contenía el “Programa Nacional para el adelanto de las Mujeres (PAM)”. Allí se orienta: “Contribuir a crear las condiciones objetivas y subjetivas que propicien el estímulo de la fecundidad; asegurar el derecho de las mujeres a decidir el número de hijos y el momento en que desee tenerlos, así como garantizar las condiciones necesarias para un parto seguro y amigable, a partir de la preparación para una sexualidad plena, enriquecedora y responsable, como parte de la estrategia integral de atención al envejecimiento poblacional y la baja natalidad”.
Y eso es todo.
***
Mayté no salió ese día del hospital. No le preguntaron si necesitaba regresar a casa a recoger sus cosas. La pesaron y se acomodó tranquila en la cama que le asignaron. A esperar. Cerca de la medianoche rompió la fuente y comenzaron las contracciones: una, otra, otra, cada vez más fuertes. A las ocho de la mañana siguiente (día en que su doctora entraba de guardia), comenzaron a administrarle medicamentos para contrarrestar una posible infección. Metronidazol, antibióticos.
―¿Te informaron qué te iban a poner?
―No. Venía una enfermera con unas jeringuillas grandes así, de 20 mililitros, pero yo era la que le preguntaba qué me estaban pasando, no había trocar, entonces cada vez que me pasaban un medicamento me tenían que coger la vena con una mochita. Y ellas apuradas, porque tenían que inyectarle todas esas cosas a toda una sala, y para que la vena no se te maltratara tenían que hacerlo muy despacio. A veces te miraban a la cara, a veces ni te miraban.
Pasaron horas. Llegó otra vez la noche y, con ella, se acercaba el fin de la guardia de su doctora. Mayté le pidió información: cómo iba, qué estaba pasando con ella, cualquier cosa. El dolor se había vuelto parte de su cuerpo, pero no por ello menos insoportable.
―Me dijo, no se me olvida: “Parir duele, ¿tú no sabías que parir duele? ¿Para qué saliste embarazada entonces?”. Ahí es cuando uno respira paciencia… ¿Qué respuesta es esa? Obviamente, yo sé que parir duele, pero llevo una pila de horas abandonada sin nadie que me mire, nada más una enfermera que pasa a inyectarme cosas.
Su esposo intervino. Le pidió a la doctora que la reconociera otra vez. Esperaron unos minutos en un saloncito y luego lo mismo: la mesa metálica, cubierta parcialmente por un cartón, y Mayté subiendo con su panza de 40 semanas. La mano de la doctora entrando en ella. Mayté gritando más fuerte que la primera vez, queriendo cerrar las piernas. “¡Cállate!”, otra vez.
Todo eso se repetiría a la mañana siguiente. Como un loop del dolor.
Lo próximo es Mayté en la sala de preparto, sentada en un sillón de suiza. De su vagina gotea la sangre y cae al suelo, junto a la sangre de la embarazada que se había sentado ahí antes que ella, y de la anterior.
Nunca más volvió a ver a la doctora.
***
Con cuatro o cinco centímetros de dilatación, cada una hora monitorean los latidos y el bienestar de su bebé. El procedimiento le resulta incómodo: debe estar acostada bocarriba y las cintas de la cardiotocografía o CTG le aprietan y estimulan aún más sus contracciones. A veces se zafan y el monitor deja de registrar y hay que empezar de cero. Cuarenta minutos en eso, a veces cincuenta, recuerda Mayté.
Se concentró en “tratar de hacer las cosas lo mejor posible”: caminar un poco, no preguntar, no hablar con nadie.
―En una de esas me ponen el monitor y se van a almorzar. Pasó una hora y media, y ya no aguantaba más… Eso va soltando un papel con un registro, y el papel había llegado al piso y daba vueltas, del tiempo que llevaba con esa mierda puesta… La enfermera me miraba y no me respondía nada, seguía caminando, como si yo fuera un perro ahí. Preguntaba y nadie me respondía. Ya era tarde, me quito el monitor, me lo zafo yo misma y me siento ahí a respirar.  En eso entra un médico muy alto y muy fuerte, y me dice: “¿Qué coño te pasa a ti?, ¡Tú lo que eres tremenda fresca!”.
El grito la paralizó. El dolor había consumido sus fuerzas, su capacidad de reacción, de respuesta. Además, Mayté había escuchado historias de cómo la pueden “coger contigo”, o “dejarte en una esquina” y no atenderte. Todo eso pasó por su mente mientras intentaba coordinar qué decirle a ese hombre, cómo decírselo.
―“¿Tú no sabes que ahora tú no importas aquí? ¿Que lo único que importa es eso que está dentro de ti? ¿Quién te mandó a zafarte el monitor?”. Hasta ese momento yo no sabía por qué él me estaba diciendo todo eso.  Le dije “Mira, tú no me puedes hablar así, porque ahora mismo yo no te puedo responder como te mereces”. Dijo: “¿Quién es el acompañante de la paciente esta?”, “¡Tráiganme al acompañante ahora mismo, que yo quiero ver qué va a decir ella!”.
Lejos de asustarse, Mayté se tranquilizó. Si hacían pasar a su esposo, estaba salvada.
―“Es más, ve al baño, que te voy a reconocer yo ahora”. Había entrado otro turno y él era el jefe de la guardia. Ese hombre. “Dale, mijita, dale, ve al baño, ve”; y me llevó por el brazo.
Una segunda amenaza.
No salió del baño hasta que su esposo fue a buscarla. El médico le había dicho que Mayté se estaba portando mal. Pero él sabía que si ella estaba así era por algo, así que el médico tenía que calmarse. “Sale”, le dijo, “que ahora él te va a reconocer y nos va a decir qué está pasando”.
Encima de la camilla, Mayté. Las piernas abiertas. Más, abre más, le pide el médico, y haz como si quisieras defecar. “Como si fueras a cagar”, le dijo. “¿Tú no sabes cagar?”. “¿Tú no cagas?”. Luego dos enfermeros agarrando sus piernas y llevándolas lo más atrás que el cuerpo de Mayté puede soportar. La mano del médico pasando por los nueve centímetros de dilatación, comprobando que a pesar de ello la bebé no muestra señales de “querer salir”.
A Mayté le dijo: “Bájate y espérame ahí”.
Al esposo de Mayté le dijo: “Hay que hacerle una cesárea porque la bebé está muy arriba y no parece que quiera bajar al canal de parto”. Le explicó que había una maniobra que podían hacerle: “Se suben arriba y empujan, pero tiene sus riesgos”.
Se refería a la maniobra de Kristeller, un procedimiento que consiste en hacer presión sobre el fondo uterino durante la segunda parte del trabajo de parto. Entre sus consecuencias está el desgarro vaginal, y muchas veces se realiza sin consentimiento previo. La OMS la sitúa entre las prácticas no recomendadas.
Mayté se negó.
***
Es difícil saber cuánto tiempo duró la cirugía hasta que Amaya nació.
Una vez dentro del salón, Mayté subió a la camilla y el anestesiólogo le dijo que no podía moverse un milímetro, o se quedaba inválida. Ni siquiera si le venía una contracción podía moverse. La cesárea la practicaría una médica residente que aprendería con Mayté cómo hacerla. Sus errores y las correcciones de la obstetra informaron a Mayté, nadie más.
―De pronto el salón se empieza a llenar de humo, “Ayyy, dile a Mengano que se vaya a fumar pa’llá afuera, ¿Por qué él siempre tiene que fumar en el salón?”. Yo abierta, tú sabes, como un conejo… “Ay, con este humo no se puede trabajar bien, a ver, corte…”, porque esa doctora estaba guiando, “Corte, así, anjá, sí, de izquierda a derecha”, “Esto así no se puede hacer, porque entonces mira la hemorragia que se forma”, “¡Succión!”. Veías todo pasando, la sangre, cosas amarillas…, y oyendo los errores que estaba cometiendo esa muchacha. De pronto, me empieza a faltar el aire, les dije: “¡No puedo respirar!”. “Ah, ¿porque tú estabas inhalando fuerte?”, “¡Pero es que no puedes respirar así, mijita! ¡Porque la anestesia te sube pa’ los pulmones y te ahogas! Respira superficial, pa’ que aguantes…”.
Mayté se permite reír un poco mientras lo cuenta. Una risa nerviosa, de quien revive el horror sabiéndose a salvo ya. Su hija de casi dos años hojea un libro sentada en sus piernas.
―Dice la doctora: “Ay, pero esta niña no es blanca, ¿el papá es mulato?”. Y yo la miro así, “¿Qué pasó? Sí”. Dice: “Ah, porque esta niña no es blanca, busca rápido el papel”, “Márcale el pie en la hoja”, “Esta es tu niña, después no hay invento”.
No se la entregaron en ese momento. Cosieron su herida (una herida deforme, demasiado abajo) y, a falta de camas en la sala, la colocaron en el pasillo del salón, encima de una camilla. Completamente exhausta, Mayté pidió que le trajeran una sábana para el frío. Las mismas ropas cubrían su cuerpo pegajoso. Eran cerca de las nueve. Ahí pasó la noche, sola.
Casi cuarenta y ocho horas después, tuvo a Amaya en brazos. Primero transitó por una sala de recuperación, a la espera de una cama en la sala de cesárea. Allí estuvo, dice, casi inmóvil. Si no le iban a traer a su bebé no quería ni mirar para el lado.
Dos años hará en unos meses. Y aún le faltan cosas por contar. Le falta, por ejemplo, decir que cuando la cargó, Amaya no sabía mamar. Dirá que ella tiene lo que llaman un “pezón plano” y que en esos casos a los bebés les cuesta más y por tanto una debe ponérselos enseguida, para que aprendan. “¿Tú no tienes hijos?”, el tono no es de pregunta, sino de confirmación, dirá: “No sabes lo que se siente que tengas a tu bebé, los pechos así, reventándose de leche y tu bebé no sabe tomar, no puede, porque no la encuentra”.
Habrá otras historias: de la herida mal cosida, los hematomas en todo el cuerpo, el examen de hemoglobina que olvidaron hacerle.
Lo ha soltado de una vez, como quien necesita desprenderse del horror. Y tiene que soltarlo así porque después de eso ha escuchado historias. De salas enteras de mujeres violentadas. Y tú sabes cuáles son tus derechos, dice, pero cuando llegas ahí estás a merced de lo que pueda ocurrir, y tratas de hacer lo mejor posible con lo que se te presenta. “Y lo que se te presenta en ese momento es que no tienes decisión de nada”. No te quejes más, Mayté, le han dicho, que tienes una niña sana y tú también estás bien. Ya eso va a pasar.
A medida que las pronuncia, las palabras dejan de pertenecerle solo a ella. El miedo compartido da menos miedo.

Leer más »
 

Contáctenos

 

Si desea contactar NoticiasCubanas.com, el portal de todas

las noticias cubanas, por favor contáctanos.

¡Estaremos felices de escucharlo!

 

Con gusto le informáremos acerca de nuestra oferta de publicidad

o algún otro requerimiento.

 

contacto@noticiascubanas.com

 

Oferta


Si deseas saber como tu sitio de noticias puede formar parte de nuestro sitio NoticiasCubanas.com, o si deseas publicidad con nosotros.

 

Por favor, póngase en contacto para mas detalles.

Estaremos felices de responder a todas tus dudas y preguntas sobre NoticiasCubanas.com. ¡La casa de todas las noticias cubanas!

contacto@noticiascubanas.com


Sobre nosotros

NoticiasCubanas.com es la casa de todas las noticias cubanas, somos un sitio conglomerado de noticias en Cuba. Nuestro objetivo es darle importantes, interesante, actuales noticias sobre Cuba, organizadas en categorías.

Nosotros no escribimos noticias, solo recolectamos noticias de varios sitios cubanos. Nosotros no somos parte, solo proveemos noticias de todas las fuentes de Cuba, y de otras partes del mundo.

Nosotros tenemos un objetivo simple, deseamos brindarle al usuario el mayor monto de noticias con calidad sobre Cuba, y la visión que tiene el mundo sobre Cuba. Nosotros no evaluamos las noticias que aparecen en nuestro sitio, tampoco no es nuestra tarea juzgar las noticias, o los sitios de las noticias.

Deseamos servir a los usuarios de internet en Cuba con un servicio de calidad. Este servicio es gratuito para todos los cubanos y todos aquellos que estén interesados en las noticias cubanas y noticias internacionales sobre Cuba.

 

Términos de uso

NoticiasCubanas.com es gratis para todas las personas, nosotros no cobramos ningún cargo por el uso del sitio de ninguna manera. Leer los artículos es completamente gratis, no existe ningún costo oculto en nuestro sitio.


Proveemos una colección de noticias cubanas, noticias internacionales sobre Cuba para cualquier persona interesada. Nuestros usuarios utilizan NoticiasCubanas.com bajo el acto de libre elección y bajo su propia Responsabilidad.

Nosotros no recolectamos ningún tipo de información de nuestros usuarios, no solicitamos ninguna dirección electrónica, número telefónico, o ningún otro tipo de dato personal.

 

Medimos el monto de tráfico que noticiasCubanas.com recibe, pero no esperamos compartir esta información con alguien, excepto nuestros socios de publicidad. Nos regimos bajo las normas Cubanas en cada cuestión legal, cualquier aspecto no clarificado aquí debe ser considerado sujeto bajo el sistema Legal de Cuba.