HAVANA CLIMA

Desde este lunes, incremento gradual de las operaciones aéreas en el país (+ Video)

Luego de más de un año sin visitar Cuba, Ismael Dueñas Gómez y Pedro Alonso, ambos cubanos residentes en Miami, arribaron este lunes en el vuelo 2705 de la aerolínea American Airlines, procedente de la Florida, que aterrizó en La Habana a las 11:50 am, convirtiéndose en la décima operación aérea de la jornada del 15 de noviembre, día inicial del incremento gradual de las frecuencias de vuelos comerciales en los diferentes aeropuertos del país.

El aumento significativo de la incidencia de la COVID-19 en la nación a principios del año 2021 provocó la decisión de reducir las frecuencias de las operaciones aéreas comerciales, e incluso suspender alguna de ellas. Aunque las terminales aeroportuarias nunca volvieron a cerrarse en estos meses, recibían una cantidad mínima de pasajeros, así como vuelos humanitarios y de carga.

El incremento de las operaciones aéreas reajustó los protocolos del Control Sanitario Foto: José Manuel Correa

Sin embargo, una vez se avanzó en la vacunación masiva anti-COVID-19 (que ya abarca más del 70 % de la población vacunable con esquema completo) y se logró un control sostenido de la transmisión de la enfermedad, las autoridades del país anunciaron el comienzo del incremento gradual de las operaciones aéreas comerciales desde este 15 de noviembre.

Desde el capitalino Aeropuerto Internacional José Martí, Liset Urgelles Carreras, directora Adjunta General de la Corporación de...

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El gris sueño ruso

CIUDAD DE MÉXICO.- Durante 20 días Pavel estuvo durmiendo en las calles de Moscú, con los bolsillos y estómago semi vacíos. Vagó por tres semanas, intentando hallar un trabajo que le permitiera costearse una renta colectiva. Ya agotado, en las tardes, se metía en el metro para protegerse del frío que cortaba y quemaba su piel como una navaja caliente. El poco efectivo en su cartera estaba reservado para comer lo justo y no desfallecer. Y cuando este se le terminó hurgaba en la basura.
Durante la noche, el habanero se colaba en una caseta a medio construir de un parque para no morir congelado a la intemperie.
En la capital rusa la temperatura puede descender hasta 25ºC bajo cero. En diciembre, la noche en Moscú parece infinita. Dura casi 17 horas. Por esos días Pavel perdió dos dientes, él lo achaca a las temperaturas extremas a las que estuvo expuesto.
Siete años atrás, Pavel Roque Salle había juntado todos sus ahorros para comprar un boleto hacia Moscú. Sin contactos o información sobre su destino se fue a “experimentar”, como dice él, a la antigua capital de la URSS. Las primeras semanas fueron de deslumbramiento total. Se hospedó en un hostal económico y salió a conocer la ciudad a la que había llegado para quedarse.
La modernidad, los autos, el Kremlin, la tecnología, la abundancia de alimentos le indicaban que había llegado a un país próspero y que, si bien no viviría el sueño americano, tendría su propio sueño ruso. Solo necesitaba conseguir un trabajo, prosperar y ayudar a los que se quedaron en Cuba. Ellos habían puesto en su boleto a Moscú todas las esperanzas familiares.
Explotación y xenofobia: el drama de muchos cubanos en Rusia
Cada año, unos 25 000 cubanos entran en Rusia como turistas, según datos de la Guardia Fronteriza publicados por el diario El País. Desde los tiempos de la Unión Soviética como benefactora de la isla , entre los 32 países a los que pueden los caribeños entrar sin visa está Rusia. Una vez que pisen la nación pueden estar 90 días.
En el aeropuerto te ponen un cuño de entrada en el pasaporte y te dan una tarjeta donde traducen tu nombre según el alfabeto cirílico. Durante esos tres meses no tienes permiso para trabajar, y si te extiendes un día más, tu estatus cambia a ilegal.
Foto cortesía de la autora
Aún así, algunos nacionales prefieren continuar en condición de irregular, con todo lo que eso conlleva, antes que tomar un vuelo a La Habana. La policía rusa suele aceptar sobornos para mirar hacia otro lado si detecta que no tienes un estatus migratorio regular. El precio oscila sobre los 5 000 rublos o más (65 USD). Incluso es común que algunos oficiales detengan en el metro a pasajeros que por sus características físicas no encajen en el estereotipo de la ciudadanía rusa, con el único fin de extorsionarlos.
Pavel perdió su pasaporte cubano cuando miembros corruptos de este órgano le pidieron dinero que no tenía. Como represalia por no pagar el soborno, le quitaron y rompieron su pasaporte frente a él. El migrante estuvo transitando Moscú sin esa documentación hasta hace año y medio cuando se casó con una ciudadana rusa.
“Escogí Rusia porque no me pedía visa, pero no sabía a que me exponía aquí”, cuenta Pavel, quien administraba un mercado en La Habana y ha dejado atrás tres hijos sin poder enviar ayuda económica periódica.
Él, como tantos migrantes cubanos, ha vivido bajo condiciones extremas de vulnerabilidad. No hablar el idioma, la xenofobia, no tener redes de apoyo, migrar solo a una cultura tan distinta ha convertido su sueño ruso en una pesadilla. Una pesadilla donde lo explotan por su condición de extranjero e ilegal. Y a ello sumemos que no han querido estar junto a él en el transporte público, que reflejan rechazo en el rostro si los toca accidentalmente, que no le han permitido sentarse a comer con otros compañeros de trabajo. Pavel es un hombre negro.
Pavel. Foto cortesía de la autora
Según ha atestiguado Orelvys Cabrera, periodista de CubaNet que se encuentra actualmente en Rusia, se ha articulado en la antigua capital soviética una red de cubanos que trabajan como intermediarios entre sus coterráneos y contratistas rusos, armenios o serbios. A cambio de una comisión, ellos conectan a los caribeños con oportunidades laborales mayormente en la construcción y tareas de limpieza. Como el visado con el que arriban no incluye permiso de trabajo, los cubanos se resignan a estar sin contrato, sin derechos y sin garantías de que se les pagará lo acordado.
En el mejor de los casos al cierre del mes acumularán máximo unos 300 USD, menos de la cuarta parte del salario promedio en la ciudad. Con lo cual podrán pagar productos básicos y la renta en un apartamento colectivo donde duermen hasta una decena de personas en literas. “Es como estar en la escuela al campo, pero con alimentos”, lo resume Pavel para definirlo. En el peor, luego de haber trabajado el tiempo pactado, el contratista les paga solo una parte o nada.
“A los pocos meses de llegar trabajé jornadas de 10 horas en una obra y la primera semana me pagaron bien”, explica Roque Salle. “Luego de la segunda me dijeron que no tenían efectivo, que esperara a la tercera. Y al final de la tercera cuando pedí mi dinero, llamaron a la policía”. Pavel, ilegal y sin hablar el idioma, no tenía cómo ni a quién reclamar. Solo podía irse antes de que llegaran los oficiales y lo extorsionaran por su estatus vulnerable o lo detuvieran. “En este país un emigrante sin papeles y negro vale menos que un perro”, resume el cubano.
 No todos llegan como turistas o para quedarse
“Lárguense maricones”, le han vociferado a Orelvys y a su pareja en las calles de Moscú. El reportero de CubaNet  llegó en diciembre, huyendo del régimen de la isla que lo había amenazado con encarcelarlo por su trabajo para medios independientes. Ya había estado detenido en julio por cubrir las protestas antigubernamentales. En Rusia, un aliado histórico de La Habana, no se siente a salvo. Y si a ello agrega la homofobia en la nación euroasiática y los crímenes de odio, Moscú será un lugar de tránsito, o eso espera. Mientras tanto, intenta conocer una ciudad que siente huele a cebolla y lo impresiona, donde nadie lo conoce, donde no es hostigado por la policía política cubana.
Orelvys Cabrera. Foto cortesía de la autora
“Aunque así lo deseara, regularizarse acá es muy complejo. Las opciones se reducen prácticamente —explica el reportero— a casarse con un ciudadano ruso, invertir en el país o dominar la lengua y conseguir una beca de estudios.
También pueden regularizarse, según el artículo 6 de la Ley Federal, los extranjeros elegidos dentro de las cuotas aprobada por el Gobierno Ruso para cada uno de los territorios de la Federación. Si la cuota está agotada, las solicitudes de permiso de residencia temporal no se admiten a trámite. Conseguir la residencia por esta vía es prácticamente ganar una lotería.
Sin embargo, para los cubanos hay una posibilidad extra. Unos 100 jóvenes de posgrado viajan a Moscú cada año desde La Habana para estudiar en Rusia, gracias a un convenio entre ambos países.
Incluso, en febrero de 2020 la Facultad preparatoria de ruso en la Universidad de La Habana comenzó a impartir cursos de idioma para los estudiantes que sean aceptados en las becas. El dominio de la lengua eslava es un requisito. Como en los viejos tiempos los caribeños vuelven a aprender ruso para estudiar en Moscú, ahora capitalista
Foto cortesía de la autora
Según confirmó CubaNet con una de las becarias seleccionadas, quien pide anonimato, cada mes recibe el equivalente a 300 USD para su manutención (un tercio de esta cantidad la proporciona Rusia, la otra parte Cuba). La antigua URRS también cubre gastos de hospedaje y seguro médico.
“Nunca había salido de Cuba, así que quedé impresionada con Moscú. Sin embargo, mi deseo no es quedarme acá. Podría contratarme una empresa y legalizarme, pero mi meta es llegar a Estados Unidos. Esta beca fue mi catapulta para salir de la isla. Ese primer paso es el más importante”, concluye como quien aún no contempla los riesgos de una travesía irregular, o las 5 536 millas que la separan de su destino anhelado.
Uno de esos riesgos puede leerse en el código penal ruso, el cual impone la sentencia de prisión de hasta seis años por el cruce ilegal de fronteras por un grupo de personas mediante conspiración previa.
Muchos de los cubanos que llegan a Moscú sin intención de retorno aspiran a quedarse con la esperanza de en algún momento ser residentes. Otros ven la nación como una puerta de entrada a Europa y solo esperan la oportunidad de migrar nuevamente. De Rusia a Serbia, y de allí ir cruzando fronteras para llegar a España mayormente, o incluso, y contra toda lógica geográfica, a Estados Unidos. Algunos lo logran, otros no. Pavel nunca ha podido irse, aunque Madrid era su destino deseado.
“Las oportunidades en Moscú están difíciles. Es complicado conseguir trabajo si no sabes el idioma y te tratan como si no valieras nada. En este país todo es gris, la gente, los edificios, el clima y uno se deprime. Pero yo me ubico en que soy cubano, así que por mal que me vaya acá estoy mejor que en La Habana. Al menos tengo qué comer”.
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Elecciones en Estados Unidos, más allá de las preguntas tradicionales

La bandera estadounidense ondea frente a la cúpula del Capitolio de los Estados Unidos el 10 de septiembre de 2021 en Washington, DC. Foto: Drew Angerer / GETTY IMAGESDesde el comienzo del 2022, como era previsible, se suceden análisis académicos y periodísticos sobre el probable resultado de las llamadas “elecciones de medio término” en Estados Unidos, el próximo mes de noviembre. Como se conoce, los ciclos de elecciones presidenciales en aquel país son cada cuatro años y cada dos van a comicios todos los miembros de la Cámara de Representantes y un tercio de los senadores.
La frase acuñada durante años sobre este tema reza que las elecciones que suceden en medio del mandato de cada presidente son un referente de la opinión del electorado sobre su gestión y que, como tendencia, el partido en el poder sufre un “voto de castigo” y ve limitada su presencia en el órgano legislativo federal.
Conociendo que la ventaja actual de los demócratas en la Cámara es mínima (9 asientos, con dos vacantes) y que en el Senado la mayoría la aporta el voto de la Vicepresidenta, entonces parecería una apuesta segura decir que Biden gobernará con mayoría republicana en el Congreso los últimos dos años de su período al frente del Ejecutivo. Es decir, le resultará mucho más difícil conciliar iniciativas con su “oposición” y tendría que recurrir con más frecuencias a órdenes ejecutivas para gobernar.
En las últimas semanas también ha aumentado la frecuencia de las apariciones públicas de Donald Trump, tanto en actos de campaña, como de movilización política a favor de candidatos republicanos que cuentan con su bendición personal, como quien prueba el terreno en función de una posible aspiración presidencial en el 2024.
Todos estas son menciones comunes en cuanto a titulares y comentarios por estos días. Lo interesante sería, como nos recordaría Martí, hurgar en lo que “no se ve”, en aquellos procesos que podrían traer en el corto o mediano plazo resultados que significarían la ruptura de algunas tendencias, o cambios fundamentales en los escenarios que aún están por suceder.
Poco tiempo y espacio se ha dedicado en la academia y la prensa a valorar si los que aún hoy se siguen denominando principales partidos electorales en Estados Unidos, merecen ser nombrados como tales, sin son simples coaliciones amorfas, o una suma de tribus, u hordas, en cada caso.
Donald Trump accedió a la nominación republicana en el 2016 sin contar con una “militancia” histórica, ni reconocida en esa formación, de hecho sus principales contribuciones monetarias a campañas de aspirantes a cualquier cargo electivo habían sido sistemáticamente a favor de políticos demócratas.
Trump se inclinó a presentarse como parte de las huestes republicanas por dos razones esenciales: porque consideró que tendría más opciones para derrotar al resto de los precandidatos de esa formación y porque en la base electoral de ese partido militaba la base resentida y enajenada fundamental (no la única), ante la que se podría presentar como líder y capitalizar sus frustraciones con propuestas y mensajes simples.
Desde su acceso al poder, Trump se dedicó de forma meticulosa a desmontar las estructuras principales de esa organización política, apartar a todos los líderes que no aceptaran su discurso extremo y a suplantar cualquier órgano grupal que sirviera como contrapeso, o ponderara las decisiones del nuevo caudillo.
Tuvo tanto éxito en destruir y descomponer lo que algunos llamaban el “republicanismo tradicional”, que se llegó a especular que su labor estaba realmente conectada con un plan demócrata para destruir a sus oponentes desde adentro.
Utilizando procedimientos poco ortodoxos en la política estadounidense, que recuerdan más los escenarios de contiendas en llamadas repúblicas bananeras, Trump ha ido sacando de circulación a cuanto republicano que no apoya sin reservas su visión, aunque el uso de este término en su caso sea un eufemismo.
De hecho, en el 2022 no intentarán reelegirse a nivel federal la mayoría de aquellos que votaron a favor del proceso de destitución legislativa (impeachment) impulsado por los demócratas durante su mandato, o los que han tenido diferencias públicas con sus proyecciones.
Se han apartado de la vida política un sin número de figuras republicanas relativamente jóvenes, que en condiciones de menor polarización pudieran haber tenido cierto protagonismo en probables éxitos republicanos presentes y futuros.
Más que liderar una formación política, hoy Trump encabeza un bloque de enfrentamiento, un grupo humano que expresa frustración por diversos motivos, sean raciales o económicos, una suma de intereses que está dispuesta a cuestionarse todo lo que sea tradicional, “socialmente aceptable”, normas pre establecidas, cánones.
Trump es el oportunista político que se sitúa en la cresta de la ola generada por una crisis (o suma de ellas): si no se puede ganar una elección, se cuestionan sus resultados, se ataca a las instituciones, tanto metafórica como físicamente. Trump representa un modo de hacer que hasta ahora Estados Unidos había utilizado solo en su política exterior, con el objetivo de asegurar sus posesiones, la estructura del mundo de posguerra y para enfrentar rivales más eficientes y productivos.
Detrás de Trump no hay nada (exceptuando su familia más cercana) y esta, que puede ser su gran fortaleza hoy, terminaría como una gran debilidad al privar a los republicanos de herencia y futuro.
Lo que sucede del lado demócrata no es similar, pero también tiene que ver con el desmontaje de esa organización política, en la forma en que se conoció durante años.
En las condiciones del 2008, cuando el clan Clinton aún dominaba ampliamente la estructura partidista, Barack Obama se presentó como una opción irrechazable para acceder al poder, a pesar de que en las aspiraciones más íntimas de los principales contribuyentes y accionistas demócratas correspondía el turno de Hillary Clinton, quien debió ver postergadas sus aspiraciones presidenciales ocho años más.
Al retornar como aspirante en el 2016 se habían producido tanto dentro de Estados Unidos, como entre los demócratas, cambios que ella ya no era capaz de capitalizar, ni liderar, ni representar. Cuando Trump repitió el estribillo de que iría a Washington a “secar el pantano”, en referencia a la corrupción política que siempre ha estado presente en esa capital, en la conciencia de muchos potenciales votantes flotó la imagen de la familia Clinton y sus allegados dominando los destinos del partido, más allá de los intereses de la base social del mismo.
Los inesperados resultados del 2016, que fueron posibles gracias entre otras cosas a la inmensa cantidad de votantes demócratas que no salieron a ejercer su derecho al sufragio, expresaron una triste realidad: la desconexión de la cúpula demócrata de sus bases y el desconocimiento respecto a la inmensa frustración del electorado.
Se suponía que los demócratas aprendieran de sus fracasos de cara al 2020, pero de nuevo, los intereses de las élites se impusieron a los de aquellos que dicen representar. Desde temprano en la puja por la nominación demócrata el nombre de Bernie Sanders saltó a los primeros planos y se convirtió en un riesgo real frente al candidato del apparatchik en ruso, o stablishment en inglés.
¿Qué quería decir esto? ¿Era una confrontación entre personalidades, estilos, o las ideas que representaban?
Por un lado, para los armadores políticos y para los votantes a los que dicen servir, Joe Biden aparentemente podría nuclear los restos del clan Clinton, más ciertos vestigios del gobierno de Obama y dar una imagen de “centrismo” en un país cada vez más polarizado, acudir a los “valores tradicionales”, apelar a modos de hacer y prácticas existentes solo de modo ficticio en el escenario político estadounidenses.
Su gran estrategia consistiría en tratar de sumar de forma ortodoxa grupos electorales que ya no tienen (ni tendrán) puntos de coincidencia entre sí.
Sanders durante años, a pesar de su avanzada edad, había venido siendo paradójicamente el portavoz del segmento más joven del partido, que aún se denomina demócrata, pero que se pone a sí mismo el apellido de progresista o socialista, dejando tierra de por medio con aquellos que están en las cúpulas de las agrupaciones que aún se reúnen bajo la misma asamblea (caucus).
Además de la llamada “izquierda demócrata”, Sanders atrajo la atención de cierto sector de la clase trabajadora, que tiene el mismo nivel de frustración que muchos de los que se sintieron representados por Trump, pero que no ven la solución de sus problemas en el odio, o la confrontación con el prójimo, sea por su filiación religiosa, nivel cultural, o por la zona geográfica de residencia.
El caso es que los directivos demócratas en lugar de dilucidar quién sería su candidato de la manera más demócrata (y aquí vale la cacofonía) posible, se complotaron para organizar un golpe palaciego. En menos de 24 horas, aquellos precandidatos que en el 2020 estaban en la puja por la nominación dijeron súbitamente que ya no les interesaba continuar y anunciaron su apoyo al “único candidato que podía llevarlos al poder”, Joe Biden.
De pronto se borraron de los libros de historia todos los antecedentes que descalificaron alguna vez a Biden, desde sus decisiones como senador contra los movimientos sociales, su retirada como precandidato demócrata en los años 80 acusado de plagio intelectual, hasta su intrascendente legado durante el gobierno de Obama.
Biden era simplemente el político que creían que encajaba mejor en la moldura de los “American values” y que asumiría sin pestañar el libreto previsto para mantener la leyenda de “USA as a beacon of liberty”.
Si bien puede considerarse que dicha decisión fue estratégicamente correcta, de cara a los resultados de noviembre del 2020, lo cierto es que en el más largo plazo ese paso podría significar la escisión definitiva del partido de un sector joven, muy importante para sus aspiraciones futuras, y que nunca más se incline en esa dirección un por ciento significativo de “independientes” para los cuales el “pantano demócrata” de hecho sigue existiendo y crece.
Con una mirada cada vez más de cortoplacista, los caciques demócratas llevaron al poder no sólo a un presidente con escasas posibilidades de reelegirse por sus cualidades personales (edad y salud entre otras), sino que le adosaron una compañera de fórmula incapaz de representar a todos los sectores del partido de cara al 2024 y mucho menos constituir una opción real ante la marea republicana ante todo el electorado, cada vez más fragmentado en cuanto a intereses y modelos de país (o de sobrevivencia).
Los demócratas están cumpliendo ya un año de gobierno sin poder mostrar claros signos de victoria en su agenda interna. Algunos de sus líderes proclaman que sí han cosechado tales éxitos, pero que no han sabido explicarlos a la población, lo cual quizás sea aún peor.
En el plano externo les resulta todavía más difícil intentar diferenciarse del legado nacionalista de Trump.
Si la incapacidad demócrata de presentarse como una alternativa real a nivel federal ha resultado evidente, el problema es peor en la medida que se observa qué sucede en los estados y grandes ciudades, donde grupos revanchistas de legisladores intentan (y muchas veces logran) todos los días limitar los derechos de los futuros votantes, o reacomodan los distritos electorales (gerrymandering) de manera que el “ejercicio democrático” resulte casi innecesario, porque los resultados estarán garantizados de antemano.
Hoy se preparan de nuevo legiones de abogados y se redactan cientos de borradores, con el único objetivo de cuestionar cuanto resultado electoral les resulte desfavorable a los republicanos tanto en el 2022, como en el 2024.
Si han sido significativos en términos históricos los hechos acaecidos en el edificio del Capitolio el 6 de enero del 2021, puede que aún más lo sea lo sucedido después: la incapacidad del aparato judicial estadounidense de juzgar de manera debida y oportuna a todos los culpables, la reiteración de un por ciento no despreciable de implicados de la idea de que las elecciones del 2020 fueron “robadas”, más el convencimiento de otros de que sus actuaciones de aquel día fueron adecuadas y no dudarían a repetirlas en el futuro.
Hay varios analistas estadounidenses que se refieren en estos momentos a la posible próxima ocurrencia de una Guerra Civil en Estados Unidos, mientras que otros vaticinan que ya ha comenzado. Bien vale recordar que aunque no se ha producido una conflagración militar clásica, ya se acerca a casi un millón la cantidad de fallecidos producto de la COVID19 y de la incapacidad de la (aún) primera potencia mundial de cohesionar a su población alrededor de un muy sencillo interés nacional: preservar la vida de todos.
Algo se puede vaticinar desde ahora de cara a los comicios del 2022 y del 2024, con independencia de quién o quiénes serán sus ganadores en cada caso: los partidos federales tradicionales estadounidenses ya no existen con la estructura y proyección que tuvieron en los últimos 70 años, se produce un drástico cuestionamiento de los métodos para acceder y ejercer el poder, ninguna agrupación política representa las aspiraciones de la mayoría de la población, la violencia extrema se establece como una alternativa “política” socialmente aceptada o consentida, ninguna fuerza es capaz de ofrecer hoy plataformas de gobierno que permitan resolver los problemas estructurales del país en el mediano y largo plazos.
Para otro análisis quedarán las consideraciones sobre qué impacto puede tener todo lo antes descrito en la política exterior estadounidense.

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¿Cuál es el récord de temperatura más baja sobre la superficie del planeta?

Antártida. Foto: National Oceanic and Atmospheric AdministrationEl continente antártico, casi todo cubierto de hielo, se ubica en el hemisferio sur del planeta. Allí, a más de tres mil metros sobre el nivel del mar, los rusos tienen una estación de investigación: la base Vostok.
En el Archivo de Tiempo y Clima Extremos de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) consta que en la base Vostok, en la Antártida, una temperatura del aire de 89.2 grados Celsius bajo cero se registró el 21 de julio de 1983. Julio —debo resaltar— es uno de los meses del invierno del hemisferio sur.  
El valor mencionado, que se obtuvo en una elevación de 3 420 metros, es aceptado por la OMM como la temperatura más baja medida en la Tierra en más de un siglo.
Ese récord fue confirmado por el Instituto de Investigación del Ártico y de la Antártida de San Petersburgo, Rusia. El frío extremo, según expertos, resultó de la ausencia de radiación solar, cielo despejado, poca mezcla vertical, una calma duradera y la alta elevación de la estación.
¡89.2 grados bajo cero! ¿Qué diría Pánfilo de todo esto?

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Precios del petróleo alcanzan máximos en siete años por caída de oleoducto Irak/Turquía

Los precios del petróleo siguieron con la escalada y el referente europeo Brent rozó los 90 dólares después de que un incendio en un oleoducto entre Irak y Turquía detuvo brevemente los flujos. Esto avivó la preocupación en un escenario con perspectivas de suministro a corto plazo muy ajustadas.El Brent subió 93 centavos a 88.44 dólares el barril. El referente tocó antes los 89.13 dólares, su máximo desde el 13 de octubre de 2014. El referencial estadounidense West Texas Intermediate (WTI) alcanzó 86.96 dólares el barril, un máximo desde el 9 de octubre de 2014.Los flujos de petróleo en Irak se reanudaron mediante el oleoducto Kirkuk-Ceyhan, que transporta el crudo desde el norte de Irak, el segundo mayor productor de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (Opep) hasta el puerto turco de Ceyhan para su exportación.La explosión que causó el incendio del oleoducto en la provincia del sureste de Turquía se debió a la caída de un poste eléctrico, no a un atentado, dijo una fuente de seguridad turca.La explosión de oleoducto en Kahramanmaras, Turquía. Foto: TeleSur.La preocupación creció esta semana después de que hutíes de Yemen atacaron a los Emiratos Árabes Unidos. Rusia, el segundo productor de petróleo del mundo, ha reforzado su presencia de tropas cerca de la frontera con Ucrania, avivando el temor de un conflicto bélico.Funcionarios de la Opep y analistas varios han sostenido que el repunte del petróleo puede continuar durante los próximos meses, y que los precios podrían superar los 100 dólares por barril.La Agencia Internacional de la Energía (AIie aumentó en 200 000 barriles diarios su previsión de demanda mundial para 2022, llevándola a 99.7 millones diarios.Uno de sus expertos subrayó:  «el mercado tiene un ambiente más tenso de lo previsto debido a una demanda más constante pese a la variante Ómicron y a la incapacidad de la Opep de alcanzar sus objetivos de producción».Publicidad«Si la demanda sigue aumentando con fuerza y la oferta no está a la altura, el nivel pequeño del crudo almacenado y la reducción de la capacidad de producción implicarán que los mercados petroleros vivirán un nuevo año de volatilidad en 2022», concluyó.

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