HAVANA CLIMA

Guy Cuevas

“Salí de Cuba por la extraña circunstancia de un jamón para celebrar la Nochebuena” 

PARÍS, Francia. – Salió de Cuba en 1964, a los 18 años, por autorización de Fidel Castro en persona, después de haber tocado inútilmente a la puerta de personajes oficiales en diferentes esferas del poder. Llegó a París tras múltiples peripecias con un libro de cuentos de su autoría publicado a los 15 años en la editorial El Puente, fundada por el poeta José Mario. En la capital francesa sobrevivió en los primeros tiempos gracias a la generosidad del escritor Severo Sarduy y del cineasta Néstor Almendros hasta que entró por la puerta grande del mundo de la noche y se convirtió en el disc jockey más solicitado y original de Europa, con un estilo innovador que sigue teniendo adeptos en todo el mundo años después.
Guy Cuevas (Guillermo Cuevas Carrión) vive todavía en París, en el distrito XVI, entre Trocadero y La Muette. Aunque compartimos amigos comunes, hacía tiempo no nos veíamos porque en las grandes ciudades uno se pierde de vista fácilmente y la vida es trepidante. Me recibe en su apartamento, rodeado de sus recuerdos, y con la risa y el humor contagioso que lo caracterizan, ocurrente como no hay dos, divertido hasta la médula a pesar de los embates de la vida y de encontrarse completamente ciego desde hace muchos años. Ahora acaba de escribir sus memorias, que son, por así decirlo, la de la última época de desenfado y alegría que vivió la humanidad, antes de que apareciera el sida y el terrorismo islámico.
―Cuéntanos sobre tus primeras influencias en Cuba, tu hogar y los primeros pasos por la vida.  
―Nací en la calle Hornos, No. 12, en Centro Habana, a una cuadra del Malecón y a un costado del parque Maceo. Mi madre era una de esas amas de casa a la antigua que solo vivía para su hogar y mi padre trabajaba como mecánico en un garaje cerca del Malecón. Vivía con dos hermanas mayores, de las cuales la del medio no me quería mucho, tal vez porque mi madre me sobreprotegía tanto que ni siquiera quiso que aprendiera a nadar por miedo a que me ahogara, lo cual era contradictorio. Recuerdo que mi padre apenas hablaba. Cada viernes iba a la Logia Masónica a la que pertenecía, pero en casa podía pasarse horas sin que oyéramos su voz. Daba la impresión de que el marido de mi madre era yo, pues ella no salía con él ni a la esquina. Cuando estaba en casa se sentaba a mirar para afuera desde el balcón. Con la única persona que él conversaba hasta por los codos era con un amigo al que llamábamos “Antonio el Calvo”, mi padrino. Con él mi padre iba al boxeo; oían tangos juntos, se la pasaban cuchicheando. Con el tiempo he llegado incluso a pensar que a lo mejor tenían una relación homosexual.
A mi madre debo que me haya enviado a un buen colegio: Amigos de Don Bosco. Ella le rogó a la directora para que me aceptaran en esa institución y no sé cómo lo logró. Recuerdo que la maestra se burlaba abiertamente de mí porque tenía una voz puntiaguda que sobresalía por encima de la de los restantes alumnos. Allí pasé toda mi primera escolaridad que correspondió a la década de 1950 ya que nací un 29 de agosto de 1945.
―Desde muy temprano comienzas a frecuentar la bohemia artística habanera y es por eso que logras publicar tu primer y, hasta ahora, único libro en las ediciones El Puente, en 1961.
―La curiosidad fue siempre el eje de mi vida. De adolescente no quería perderme nada. Como no tenía un hogar en el que se hablara de inquietudes intelectuales entonces escribía cuentos para hablar conmigo mismo. Frecuentaba mucho la Cinemateca, en el barrio del Vedado, en donde había trabado amistad con el poeta José Mario Rodríguez, el creador de las ediciones El Puente. Cada cual se pagaba su propio libro pues él había encontrado una vieja imprenta en La Habana Vieja en donde podía imprimirlos, pero no disponía de fondos para costear las publicaciones. Fue entonces que publiqué Ni un sí, ni un no. Como asistía a las veladas literarias de la librería La Tertulia, que tenía Reinaldo Gómez Ballina en la calle L esquina a 27, a unos metros de la escalinata de la Universidad, dejaba allí algunos ejemplares de mi libro para darlo a conocer y para que se vendieran. Gómez Ballina, quien luego se exilió en Ginebra (Suiza), en donde vivía hasta hace algunos años, era también editor y había publicado varios libros, entre los que recuerdo uno de José Lezama Lima y otro de Neruda. 
En El Puente publicaron a Ana María Simo, que era vecina mía, a Gerardo Fulleda León, Silvia Barros, Eugenio Hernández Espinosa, Ana Justina, Reinaldo García Ramos, Mercedes Cortázar, Manolo Granados, Isel Rivero, Belkis Cuzá Malé y muchos que no conocí. Silvia tenía un libro fabuloso con un título que me fascinaba: 27 pulgadas de vacío. La editorial fue atacada años después, especialmente por los que integraban El Caimán Barbudo, como Jesús Díaz. El ataque fue tan fuerte que a José Mario lo internaron, una semana después, en uno de los campos de concentración (UMAP) para homosexuales.
―Parece que muy pronto tuviste madrinas tutelares…
―Y padrinos también. Una de las más importantes en esos primeros años de la adolescencia en que uno capta todo como una esponja fue la italiana Wanda Garatti, esposa del arquitecto Vittorio Garatti, que tenía un fabuloso apartamento frente al hotel Capri. En su casa todo estaba decorado con un gusto exquisito. Viendo mi sensibilidad por los objetos de arte y el buen gusto ella empezó a enviarme a la librería La Casa Belga, de René de Smedt, en la calle O’Reilly, para que le comprara revistas como Vogue, Elle, Paris-Match, que todavía circulaban libremente, aunque en cantidades ya limitadas. Wanda era profesora de Filosofía en el Instituto del Vedado al que yo asistía como alumno libre y también de un seminario de Dramaturgia en el Teatro Nacional, en el que yo me había inscrito.
La otra fue Mirtha Aguirre, que como todo el mundo sabe era una comunista empedernida, y al parecer me tenía cariño. Se daba cuenta por mi manera de vestir, moderna y a la occidental, con camisas de seda anchas azul celeste y sandalias, que no encajaba en los nuevos tiempos que corrían. Ya habían empezado las primeras redadas contra los homosexuales. Entonces fue cuando me dijo muy suave y sutilmente: “Guillermito, yo creo que tú deberías hacer lo posible por viajar un poquito fuera de la Isla”. 
También había una uruguaya llamada Margarita Muñoa, de la que se decía que era actriz, pero nadie la había visto, ni yo tampoco, actuando en ninguna parte, ni antes, ni después. Se rumoraba que era amante de Fidel Castro o, al menos, eso es lo que muchos decían. Se pasaba el día y la noche vestida con el uniforme de miliciana, como si estuviéramos en una guerra permanente. Ella era muy amiga de otra uruguaya llamada Cristina Lagorio, también refugiada en Cuba. Ambas vivían en sendos apartamentos en La Puntilla, del reparto Miramar. Fue en casa de Muñoa que descubrí la existencia de Edith Piaf y en donde por primera vez escuché a Henri Salvador. Todo un mundo que ya en la calle no existía. La visitaba con frecuencia y fue, gracias a una de sus invitaciones, que pude irme definitivamente de Cuba, pero eso lo contaré después.
Por último, otro de mis ángeles de la guarda fue el pintor Julio Matilla. Vivía en el Retiro Médico de la calle 23 y, gracias a él, me ponía al día pues como su piso estaba tan alto podía captar las emisiones de radio y los canales de televisión norteamericanos. Desde aquella época me mantengo en contacto con él, y lo expuse en el club parisino Le Sept años después. Hoy en día vive, nonagenario, en un asilo de ancianos en Bayona, en el sur de Francia.
―Entonces te diste cuenta que tenías que salir de Cuba. Recurriste a Raúl Roa, a Nicolás Guillén, al mismo Che Guevara, y nada… 
―Acababan de decretar el Servicio Militar Obligatorio y yo tenía 17 años. De modo que tenía que salir de allí como fuera. Tenía un primo llamado Esteban Sócrates Cobas que vivía en París pues trabajaba para la UNESCO. Yo le había pedido que me cursara una invitación y él lo había hecho, entre otras cosas (de eso me di cuenta después), porque creía que nunca llegaría por mis propios medios a Francia. Entonces comenzó mi odisea para lograr que me autorizaran la salida de Cuba.
Por supuesto, a todo el que iba a ver le hacía el mismo cuento: el del joven curioso del mundo que veía en las películas francesas y de cómo la juventud europea viajaba por el mundo para descubrir otras culturas. Mi discurso naif era el único posible, pues ya en aquella época habían lanzado la cacería de brujas y nadie se atrevía a hablar. La gente estaba aterrorizada.
Tal vez por inconsciencia o porque nunca nada me detuvo terminé pidiéndole cita a Raúl Roa que me recibió en su despacho del Ministerio de Relaciones Exteriores. Enseguida me di cuenta de que no iba a ayudarme. Entonces le pedí cita al mismísimo Ernesto “Che” Guevara que accedió a recibirme en su palacio austero y glacial del Ministerio de Industria, en la antigua plaza Cívica.
Recuerdo haber atravesado pasillos y más pasillos repletos de soldados. Aquel edificio era la imagen misma del Gobierno castrista: austero, sin fantasía, frío, cruel. A medida que avanzaba las piernas se me iban aflojando. Como iba a cumplir pronto los 18 años me decía que iba a terminar preso o haciendo el Servicio Militar. Me estaba metiendo en la boca del lobo. Cuando al fin llegué a su despacho me lo encontré detrás de su buró. Inmediatamente se levantó y me estrechó la mano. Me quedé perplejo por su belleza física y muy asombrado por su voz casi femenina y opaca, que luego supe que se debía a que era asmático crónico. Entonces oyó pacientemente mi fábula de París, de mis sueños juveniles, etc. Muy amablemente me dijo que no estaba en sus manos ayudarme y me despidió cordialmente. Años después entendí que tal vez no hubiera tenido el poder para dejarme salir, pero sí para mandarme a la cárcel o a que me fusilaran, como sí hizo con otros. La verdad es que no sé cómo me atreví a tanto.
No contento con esto, y más tenaz que un mulo, le pedí cita a Nicolás Guillén. Puedo decir que de los tres fue el más altivo y también muy grosero. Cuando llegué a la casona de la UNEAC, la portera le avisó, y él envió a su secretario, un tal Jorge Lamela, archiafeminado, para que se informara antes. Me asombré de que alguien tan amanerado hubiera escapado de las redadas contra homosexuales, cuando otros, mucho más masculinos que Lamela, ya estaban internados en los campos de concentración. Guillén ni siquiera me dejó subir a su despacho, sino que me habló desde lo alto de la escalera. Me quedé parado a media escalera y desde los escalones, a medio subir, tuve que explicarle así lo que solicitaba. Entonces me dijo: “Estás loco. En este país muchos héroes han derramado su sangre para que jóvenes como tú vivan felices. Tu lugar es este. No puedo hacer nada”. Y se dio media vuelta. En ese momento se me cerró la última puerta.
―Sin embargo, logras salir de Cuba, y con el beneplácito del mismísimo Fidel Castro…
―Todavía no me lo creo. Sucedió en casa de Margarita Muñoa, la actriz uruguaya que ya mencioné antes. A pesar de que no se quitaba el dichoso uniforme verde olivo sentí que a ella podía contarle todo. Entonces le confesé mis deseos de irme a París. Durante la cena de Nochebuena de 1963 yo me encontraba entre los invitados en su apartamento de La Puntilla. Estaban, entre otros que no recuerdo, Nicolasito Guillén, la Lagorio de la que ya hablé, Luis Interián que era titiritero, la actriz Elena Huerta, hasta un total de ocho personas. La cena se resumía a croquetas y ensalada de pollo, pan y cerveza, pues ya había escasez de todo y conseguir cualquier alimento era una tarea titánica.
Entonces tocaron a la puerta. Era Fidel Castro en persona, escoltado por dos soldados, y con un jamón entero enfundado en un paño y debajo del brazo. Nadie lo esperaba como es lógico. El único que podía traer tan codiciado alimento era él. Se sentó con nosotros y, uno a uno, nos fue preguntando qué hacíamos y qué planes teníamos. Margarita, en calidad de anfitriona, nos iba presentando. Cuando me tocó el turno, contó que yo era un joven con talento que había publicado un libro de cuentos y acababa de escribir dos críticas de cine en la revista Carteles. Entonces Fidel me preguntó cuáles eran mis planes. Y yo, sin complejos, le dije que soñaba con ir a París, que tenía una invitación, pero que nadie en el país me autorizaba a viajar. “¿Qué puedo hacer, comandante?”, le pregunté. Entonces se rascó el cráneo con el dedo índice, como solía hacer, y le pidió a uno de sus guardias que cogiera un pedazo de papel y que anotara un nombre y un teléfono. “El lunes próximo llamas a esta persona, Encarnita, de mi parte, que ya ellos van a saber lo que tienen que hacer”, me ordenó.
Luego Margarita me dijo que Fidel solía visitarla sin avisar. Siempre diré que salí de Cuba gracias a la extraña circunstancia de un jamón para celebrar la Nochebuena. Ese fin de semana fue el más negro de mi vida. No dormí, pensando en qué me esperaba. A nadie le comenté mis gestiones, ni siquiera a Gustavo Ventoso, que era mi mejor amigo y un cubano muy sui géneris pues leía a Ezra Pound y Saint-John Perse, y era exquisito.
Así que el lunes llamé como Fidel dijo que hiciera y caí directamente con una secretaria del MINFAR. Lo primero que me dijo fue: “¿Tienes una idea de cuándo quieres viajar?”. Imagínate. Aquella señora ya daba por hecho mi viaje, y me dio cita para explicarme todo. Ya en su despacho me dio a escoger: “O te vas como los gusanos o usas la forma oficial, vía Praga o Madrid”. Y entonces me envió a la oficina del comandante René Vallejo, uno de los médicos de Fidel Castro, situada en la misma calle en donde vivía Celia Sánchez, en la calle 11, entre 12 y 10 en El Vedado, para que me hicieran los trámites.
Allí se ocuparon de todo. Y también me aclararon que ellos pagaban mi viaje solamente hasta Praga. Y que una vez en la capital Checoslovaca tenía que buscar la forma de pagar el resto hasta París. El boleto del último tramo costaba 55 dólares y, por supuesto, yo no los tenía.
―¿Es así como llegas a París?
―Mi odisea apenas comenzaba. Lo primero que me dijeron en la oficina del tal Vallejo era que, dado que saldría por Gander hasta Praga, tenía imperativamente que conseguir abrigos para el invierno europeo. Es verdad que ellos se ocuparon de hacerme el pasaporte ―por cierto, feísimo, pues parecía como de papel cartucho― y de todos los papeles. Como mi objetivo era París, le escribí ilusamente a la escritora Mercedes Cortázar, que vivía ya en Nueva York, para que me enviara el dinero, en calidad de préstamo, a la Embajada Cubana en Praga.
Guy Cuevas recién llegado a Francia (Foto de Patrick Guény/Cortesía)
Mi madre, la pobre, no paraba de llorar, aunque había firmado su autorización dejándome viajar. Recuerdo que fui con ella a los sótanos de la tienda Fin de Siglo en donde había una especie de subasta de ropas y allí mismo me pudo comprar un abrigo que había sido parte del uniforme de algún soldado norteamericano y que ella supo camuflar poniéndole botones dorados y cambiándole algunas cosas. Con ese abrigo, una maleta vetusta grande y otra más pequeña, fue que salí de Cuba.
Gracias al salvoconducto del César todo funcionaba de maravillas. De modo que, en poco menos de un mes, despegaba mi vuelo de Cubana de Aviación, un 22 de enero de 1964, del aeropuerto de Rancho Boyeros. 
En el avión viajaban el escritor Manuel Díaz que iba de consejero cultural de Cuba a uno de esos países del campo socialista de Europa del Este, el líder sindical Lázaro Peña, la actriz Miriam Learra, Conrado Bécquer, que era muy conocido y todavía no sé por qué, entre muchas personas con renombre nacional en diferentes ámbitos. Al llegar a Gander el avión se congeló ―al menos eso dijeron― y tuvimos que pasar tres días en aquel inhóspito lugar, construido exclusivamente para alojar ese aeropuerto de obligada escala para los vuelos entre América y Europa. Durante esa larga escala, en que nos hospedaron en un hotelito, solo conversaba con Manuel Díaz Martínez y con una francesa que tenía una agencia de viajes en París y se especializaba en viajes a países socialistas. Más tarde ella jugaría un papel importante en mis primeros tiempos en Francia.
Una vez en Praga, los de la Embajada Cubana me echaron un cubo de agua fría arriba. Los 55 dólares de mi viaje a París no habían llegado nunca y los funcionarios amenazaban con enviarme de vuelta a Cuba. Le debo a Manuel Díaz Martínez, y a su buen juicio, que no me regresaran. Fue él quien dijo que les costaría más caro mandarme a Cuba que pagarme el resto del viaje hasta París. De modo que, firmé un pagaré por 100 dólares y me confiscaron la maleta vetusta que siempre he pensado debe todavía estar en algún rincón en los sótanos de la Embajada Cubana allí. 
A mí Praga me pareció sórdida. Manuel me dio dos o tres paseítos y fue quien me dijo que aquel olor horrible que se colaba por todas partes lo provocaba la hulla que utilizaban para calentarse. La piel de aquella gente que nunca cogía sol era gris-verdosa. Una pesadilla kafkiana. “Ya te acostumbrarás”, me decía Manuel, y yo respondía: “Recuerde, Manuel, que yo aquí estoy de paso y que debo seguir mi viaje”.
¡Así fue como logré llegar por fin a París el 29 de enero de 1964!
―¡Y París te esperaba con los brazos abiertos!
―¿Con los brazos abiertos? ¡Por favor! Figúrate que no tenía un franco. En Inmigración me preguntaron a dónde iba y como di la dirección y el teléfono del famoso primo, el tal Sócrates, ellos hicieron ciertas averiguaciones y comprobaron que era cierto. Tuvieron la amabilidad de pagarme un taxi hasta el distrito XVII, en donde vivía quien supuestamente me había invitado. Eran otros tiempos. Hoy en día del aeropuerto no sales. Así que allí me presenté y estuve casi medio día parado en la acera esperando a que llegara el primo pues el concierge me había dicho que había salido. Cuando al fin llegó, ni siquiera me invitó a subir a su apartamento, sino que me pidió que lo esperara en la calle, bajo el frío de un mes de enero. Subió él y con la misma bajó para llevarme a un hotel de mala muerte, cerca de la plaza de Clichy, en donde me dejó sin ni siquiera informarse si yo había comido algo. Y me dijo que al día siguiente vendría a buscarme.
Al día siguiente vino, como prometió, y me llevó a tomar un café con leche y un croissant en la barra de un café. Me dio un mapa del metro, unos pocos francos y me indicó dónde quedaba la Ciudad Universitaria advirtiéndome que en la Casa Cuba de ese campus iba a encontrarme a muchos cubanos. Con mis 17 años me sentía muy inseguro, con miedo, pero cuando miraba por el ventanuco de la habitación del hotel y veía el Sagrado Corazón de Montmartre me decía que estaba en París y que había logrado mi sueño.
Portada del disco Obsession, de Guy Cuevas (Foto: Cortesía)
―¿Y viviste primero en la Casa Cuba? ¿Con quién te relacionaste en esos primeros tiempos?
―Con las indicaciones de Sócrates ―esa fue la última vez que lo vi en mi vida, a pesar de que vivió en París hasta que falleció hace apenas unos años― llegué en metro hasta la Puerta de Orléans y de allí caminando hasta la Casa Cuba. Con quien primero me topé en el vestíbulo de ese hermoso edificio construido por la familia cubana Abreu fue con el cineasta Fernando Villaverde que, al enterarse de lo desvalido que estaba, me sugirió hablar con Fermín Borges, quien compartía cuarto en aquel lugar con el pintor Ángel Acosta León. Fermín había sido el director del Teatro Nacional en el momento en que me inscribí en el seminario de Dramaturgia y me conocía bien. Así que me dejó compartir cuarto con ellos. El pobre Acosta León lo mismo aparecía que desaparecía. Había contraído sífilis en La Haya y no estaba muy bien de la cabeza, de modo que me dije que yo allí no podía quedarme mucho tiempo. No me extraña que se haya suicidado poco después de la manera en que lo hizo.
En esa época vivían o estaban siempre allí los pintores Paco Castro, Roberto García-York, Tomás Marais y Ramón Alejandro. Calentábamos latas de la marca William Saurin en una hornillita para comer algo y dormí por unos días en una colchoneta en el piso hasta que Néstor Almendros me recogió.
―A Néstor Almendros y a Severo Sarduy los conociste muy bien en ese periodo. ¿Cuán cercana fue tu relación con ellos?
―Néstor vivía en un palacete de la calle Alesia, en donde tenía alquilado un espacio. Fue él quien me llevó a la Cinemateca de la calle Ulm en donde conocí a François Truffaut y a Charles Aznavour, pues en aquella época la gente era más accesible que hoy en día, y más inteligente también. También me enseñó dónde quedaba el restaurante de la Universidad, en donde estudiantes y no estudiantes comían por una bagatela una comida completa deliciosa. Fue él quien me mandó a ver a Severo Sarduy, quien ya trabajaba en las ediciones de Seuil, y a Juan Goytisolo, que trabajaba para Gallimard. 
Severo se ocupó realmente de mí. Me invitó a su casa en Bourg-la-Reine, en donde vivía ya con su pareja de toda la vida, el filósofo y editor François Wahl, y me puso a trabajar en Seuil preparando paquetes de libros, en realidad encargos, que debía llevar a Correos o a determinados lugares. O sea, me convertí en mensajero. Recuerdo que me regaló el primer perfume unisex que existió en el mundo, una loción vegetal llamada Jicky, de Guerlain, que aún existe. Severo me aconsejó que empezara a relacionarme, a visitar las galerías de arte de Saint-Germain, la librería Shakespeare and Company que era como un hospicio y en donde habían publicado el Ulises de Joyce. Entre mi trabajo de recadero y luego para la agencia de viajes de la famosa francesa que iba en mi avión durante el vuelo La Habana-Praga, di mis primeros pasos en París.
Guy Cuevas en la prensa francesa (Foto: Cortesía)
―¿Te sentiste inmediatamente integrado al mundo parisino?
―Me sentí inmediatamente mejor que en casa. Estando un día sentado con Severo Sarduy y Emir Rodríguez Monegal en el Café de Flore llegó Roland Barthes. Era fácil codearse con personas brillantes. Monegal, por ejemplo, publicó en 1968, en la revista Mundo Nuevo que dirigía desde París, mi cuento Los caníbales inocentes. 
Saint-Germain estaba repleto de grupos de jóvenes estudiantes que funcionaban como cofradías solidarias. Poco importaba que no tuvieras dinero porque siempre alguien pagaba. Por un franco podía ver maravillas en los cines. Recuerdo que iba mucho al de la calle Champollion a ver películas clásicas. Allí vivía en un hotelito el músico e investigador Natalio Galán, quien también era pi constante en las tandas de cine. 
En poco tiempo encontré mi propia banda de jóvenes. Ya había cumplido los 18 años y con ese grupo de franceses empecé a frecuentar los clubes de Saint-Germain. Mi estilo gustaba y como era gracioso y ocurrente enseguida caía bien. La gente me buscaba para salir y así fue como empecé a frecuentar la discoteca Sherry Lane, en el 8 de la calle Ciseaux, de Saint-Germain. Para qué decirte que caí en shock. Hasta ahora mi única experiencia en materia de clubes eran los de La Habana, cuando Elena Burke me dejaba entrar al Sherezada o cuando me colaban en La Red, en donde pude ver varias veces a La Lupe dándole golpes al pianista o a Celeste Mendoza. Allí me entraban a escondidas y me daban juguito de naranja, por supuesto.
Grace Jones, Guy Cuevas y Georges Tarditi en Le Privilege, París, 1981 (Foto: Cortesía)
―¿Cuándo empiezas a darte cuenta de que tenías un don especial para crear ambientes, eso que en francés se llama ambianceur y que, en realidad, era vital para el buen funcionamiento de un centro nocturno?
―Justo en el Sherry Lane. Allí fue donde vi por primera vez a un disc jockey. La gente me abría las puertas porque tenía esa cosa desinhibida propia de los caribeños. Me di cuenta enseguida de que los franceses eran muy tímidos y que tenían mucho miedo a hacer el ridículo. Por eso no se soltaban nunca y necesitaban que otros los animaran. A esa discoteca venía todo París. Allí conocí a Hugues Guené, mi primera pareja, que también ponía la música en Le Fiacre, otro club en donde venían a cenar Karl Lagerfeld e Yves Saint-Laurent. 
Empecé a conocer a la gente de la noche. Recuerdo a Marie-France, una travesti muy conocida, que me propuso compartir el sitio donde vivía en un hotel de la rue de Lille y también a “Orla” (su nombre realmente era Valérie Frau), otra travesti que era peluquera. Cuando Severo Sarduy se enteró que me movía en este ambiente me preguntaba detalles de todo tipo a los que con gusto respondía. Fue a partir de los cuentos de Orla que se inspiró para escribir su novela Cobra, con la que se dio a conocer en el mundo entero y ganó en 1972 el premio Médicis de literatura extranjera en Francia. Fue el propio Severo quien me habló de la beca Cintas, a la que presenté mi candidatura. Pude recibirla dos veces, en 1969 y 1970, con 3 000 dólares cada vez. Imagínate, durante dos años estuve cubierto financieramente y podía dedicarme a escribir tranquilo en una máquina Underwood que pude comprarme.
―Y saltas a una especie de estrellato en la noche parisina, en que no había sitio por donde caminaras que alguien no te llamara para saludarte y congraciarse contigo, algo que me consta, porque lo presencié en varias ocasiones estando con amigos en común en alguna terraza de café de Saint-Germain…
―Empecé en Le Nuage, un pequeño barcito de Saint-Germain en donde conocí a Thierry Mugler. El director de ese sitio, Gérard Nanty, me dijo que la clientela esperaba a que yo llegara cada noche para poner bueno el ambiente, y entonces me propuso que me ocupara de la música. Allí venía gente de todo tipo, desde Alfredo Arias o Peguy Roch, quien después se convirtió en la pareja de Françoise Sagan. Fue allí que empecé a experimentar con las mezclas. De pronto saltaba de una opereta cubana como María la O de Lecuona a la música de West Side Story, a Barry White o a Marvin Gaye. Como más tarde, en una pieza de Nina Simone, por ejemplo, como My Sweet Lord me ponía a tocar una pandereta por detrás. Me di cuenta desde muy temprano que para crear un ambiente no se podía poner una pieza completa, sino escoger partes para ir calentando el ambiente. También que era necesario dosificar las emociones, medir la temperatura de la sala como si usara un termómetro, entrar en complicidad o en ósmosis con el público. Todo un arte que se ha perdido porque los DJ de ahora se ponen un casco y tal parece que lo único que les interesa es complacerse a sí mismos, importándoles un comino el público, que es la verdadera y única alma de un local.
―Entonces llegaron las noches de Le Sept y del Palace y la fiesta trepidante. Las mejores discotecas de toda Europa, y con ellas tu fama trascendió las fronteras. Cuéntanos de esa etapa.
―El Palace fue una invención de Fabrice Emaer y yo era, de alguna manera, el director de orquesta de aquel delirio. Antes, Emaer había abierto en 1968 Le Sept, en la calle Sainte-Anne, una discoteca gay que se convirtió enseguida en el lugar a la moda de París. Yo empecé con él en ese sitio en 1971. Mi música gustó tanto que más tarde grandes costureros como Kenzo, Montana, Lagerfeld o Saint-Laurent me llamaron para que montara la música de sus desfiles de moda. Venían Jeanne Moreau, Robert Hirsch, Francis Bacon, también intelectuales y académicos o cantantes conocidos. Fabrice había sido peluquero de una clientela burguesa y conocía muy bien al público, por eso se había hecho un look medio aristócrata a la Visconti que gustaba mucho. A medida que el éxito aumentaba el sitio fue quedándole chiquito y, entonces, decidió convertir en discoteca al Palace, un antiguo teatro de la calle Faubourg-Montmarte. El local abrió sus puertas en 1978 y nadie quería quedarse fuera. La gente, por supuesto, conocía mis influencias. ¡Nunca tuve tantos amigos!
Guy Cuevas y el diseñador japonés Kenzo en 2015 celebrando las cinco décadas de creación de Kenzo (Foto: Cortesía)
De día yo iba de casa de discos en casa de discos buscando las novedades. Me pasaba el día oyendo música para luego por la noche mezclarla. Era una época en que no dormíamos más de cuatro horas al día. También eran los tiempos de las drogas fuertes que mantenían a todo el mundo en pie. En mis mezclas empecé a introducir ruidos extraños, cantos de pájaros, el silbido de una locomotora, el rugido de un león. Era el primero en permitirse tales delirios, en crear un estilo propio, y en hacerlo todo directamente desde mis tres tocadiscos sin utilizar nunca un micrófono. El Palace era una sala de 2 000 personas. Por supuesto, a veces tenía que hacer ciertas concesiones cuando había alguien importante que pedía una pieza que ya había puesto. 
―¿Y Cuba en todo esto?
―Como todos los que nos fuimos tuve que olvidarme de Cuba por mucho tiempo. Ni a mí me dejaban ir, ni autorizaban a que mi madre viniera a verme a París. Estuve entonces 17 años sin verla hasta que, en 1981, cuando empezaron los viajes de la Comunidad, pude por fin ir por 15 días que era lo máximo que permitían. Hubiera preferido que mi madre viniera, pero como no la dejaban venir a verme entonces fui yo a la Isla, pues la habían hospitalizado y estaba delicada de salud.
Me quedé en una casita muy cerca del último sitio en que había vivido en La Habana, en la calle Tercera del Vedado. Recuerdo que cuando fui al hospital a visitar a mi madre ya ella estaba al corriente de todo. Ahí mismo me dije que esa era una de las tantas razones por las que me había ido de ese país. 
Durante mi viaje quien se ocupó de mí fue el grafista Antonio Fernández Reboiro, a quien yo había recibido en París en 1967. Me di cuenta de que la paranoia continuaba porque gentes como Marcia Leiseca, que decía admirarme mucho de adolescente, ni siquiera quiso saludarme. Adolfo de Luis, el director de teatro que había sido profesor mío de joven y que había perdido de vista, me invitó a almorzar durante mi viaje. Yo me vestí muy deportivo por el calor de Cuba, y él estaba de traje y corbata. Fuimos al restaurante 1830 y pidió una mesa en la entrada, arrinconada y lejos de todas las demás, para no tener testigos de nuestro encuentro. Como mi voz siempre ha sido fuerte, él estaba aterrorizado y me pedía que hablara bajito. Según él hasta los camareros podían ser segurosos. Incluso Nancy Morejón no quiso recibirme en sitio alguno y me dio cita en una parada de guaguas para que la cosa quedara como un encuentro fortuito. En vez de mirarme a la cara durante los escasos siete minutos que duró nuestra extraña cita, se la pasaba como un reguilete mirando para todas partes. Qué horrible tener que vivir con tanto miedo. Estaba tan nerviosa que me puse a rezar porque la guagua llegara rápido y se largara de una vez. ¡Con eso te lo digo todo! Por suerte pude traer a mi madre después, dos veces a París, antes de que falleciera.
Guy Cuevas con Chantal Thomas y Armande Altaï en Les Bains Douche, París, 2016 (Foto: Cortesía)
―¿El cierre de Le Palace significó el fin de toda una época, incluso para ti?
―Lo que significó el fin de toda una época fue la aparición del sida. La enfermedad al principio era completamente desconocida y a medida que empezó a propagarse cundía el pánico. Eso acabó con la alegría y el desenfado. Decenas de nombres tachados en las agendas de teléfono y, sobre todo, el terror de no saber cómo parar aquello. Emaer antes de fallecer de cáncer en 1983 tuvo tiempo de abrir justo en el sótano otro templo de la noche: Le Privilege, que era mucho más chic. Poco después, me fui a trabajar primero al Bains-Douches y después a un sitio horrible llamado Barrio Latino, en el que al propietario le importaba menos la música que el sonido de la caja contadora. El local era realmente hermoso, pero una pena por todo lo demás.
Durante mi vida grabé tres discos (Ebony Games, Obsession y Gallo negro) y trabajé en varios filmes franceses como No despierte nunca a un policía que duerme; Nefertiti, la hija del sol; Paris minuit; La joya del Nilo (en donde actuaba en inglés y hacía de un capitán pirata); Un verano de infierno; Frantic de Polanski o Prince. Under the cherry moon, un musical de Prince, entre otras. Mi última participación en el séptimo arte fue en la película sobre Yves Saint-Laurent en el 2014, y en Iris, en 2015, ambas del director Jalil Lespert.
El disco Gallo Negro, de Guy Cuevas (Foto: Cortesía)
―Has tenido serios problemas con tu vista hasta perderla por completo desde hace unos cuantos años. ¿Qué experiencia has sacado de esto?
―Mi talón de Aquiles desde niño fue siempre los ojos. La pérdida de la vista comenzó en el Palace. Había un láser que me daba en los ojos por mucha gafa que me pusiera. Recuerdo que en apenas tres días perdí casi toda la visión del ojo izquierdo. Los efectos para crear neblina en la discoteca, el polvo, el humo de los cigarrillos, nada de eso ayudaba. Me operaron a mediados de 1990 pero la alegría duró poco. Poco a poco la vista fue degenerando más, complicándose con el glaucoma debido a la diabetes, hasta que dejé de ver del todo a principios de este siglo. Desde entonces me he dado cuenta de que la sensibilidad aumenta cuando uno no ve porque debo prestar más atención a los ruidos, las voces, las texturas, los sabores y los olores.
―Y ahora, pronto, publicas un libro, algo así como las memorias de tu vida. ¿Me equivoco?
―En efecto. Se titula Avant que la nuit ne m’emporte (Antes de que la noche me lleve), en francés y en las ediciones Cherche-Midi. El prólogo empieza justo en este lugar en donde estamos ahora, en mi casa, y por única compañía el robot que me dice buenos días, me notifica la temperatura, el tiempo en general, las noticias del día y me pone la música que le pido. Ese aparato es la mejor compañía, después de haber pasado casi toda una vida rodeado de gentes que ya no están o que ya no quieren o necesitan estar.
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