Enfermería

Cachán, el don de asegurar hasta la sonrisa

Se había resistido muchísimo, quizás, porque sabía de sobra que aquel podía ser un camino sin retorno. Una vida entera lidiando con tubos endotraquiales, ventiladores artificiales, carros de paro, gravedades… en la sala de Terapia Intensiva del Hospital General Provincial Camilo Cienfuegos le hacían comprender a Cachán —o a Manuel Antonio Cepeda Rodríguez, como se nombraba solo en el Carné de Identidad— que la existencia irónicamente a veces te planta un jaque mate.

Para ese entonces Cachán, que en su condición de enfermero le había visto el rostro a la muerte muchas veces con los pacientes, ya se había contagiado con la COVID-19, después de varias jornadas de tratamiento y de persistencia de él, y también de la enfermedad, había resultado negativo al PCR; mas, el virus le dejaba unas complicaciones que le imposibilitaban egresar.

Para ese entonces pasó de la Zona Roja a su propia sala de Terapia Intensiva; pasó de ser el enfermero que velaba por el más mínimo de los equipos para convertirse en otro de los pacientes a asistir.

Parada delante de él aquel día la doctora Mayelín Durán Romero, especialista de segundo grado en Terapia Intensiva y de primer grado en Medicina Interna, la compañera de trabajo durante 15 años, la amiga a la que tantas veces en jarana decía que cuando enfermara quería que estuviera con él tuvo que tomar, acaso, la más difícil de las decisiones.

“Me tocó hacerle todos los procederes —comenta— y fue extremadamente difícil, porque uno lo hace todos los días a todos los pacientes, pero él no era todo el mundo, era como un familiar. Cuando me paré delante de él para intubarlo empezó a llorar y me dijo: ‘Si tienes que hacerlo, hazlo’”.

Y nunca antes, que sepan sus compañeros, se le había visto aquella gota rodándole por las mejillas. Cachán era la alegría, la buena cara pese a que 10 veces le pidieras esta pinza o aquel ventilador o más jeringuillas; el amigo de todos; el hombre servicial, tanto que en más de una oportunidad cumplió misión internacionalista en Venezuela; el padre de dos hijos y el abuelo de tres nietos.

Dicen que gracias a su empeño en la sala no faltaba nada por más que estuviera fuera del alcance de sus manos. Se ocupaba de limpiar hasta el último de los equipos, aseguraba cada uno de los recursos para que la Terapia Intensiva funcionara como un reloj suizo, al menos así lo exigía sin cansancios desde que llegaba al clarear hasta que se iba al atardecer.

Lo acompañaban invariablemente la sonrisa y la rectitud, al igual que aquella mochila al hombro donde día tras día cargaba con su almuerzo.

“Con él se cayó una parte de Terapia Intensiva. Va a costar trabajo que la sala funcione como lo hacía. Era una institución de la enfermería intensiva”, afirma la doctora Mayelín.

Lo sabe también la licenciada en Enfermería Yohandra Caballero Jiménez, jefa de Enfermería de la sala de Terapia Intensiva: “Cachán era mi brazo derecho y mi izquierdo, mi todo. Todas las decisiones las consultaba con él, pues llevaba más de 30 años en la sala, se daba a respetar y tenía una previsión inigualable. Yo le decía la bibijagua porque tenía reserva de todo cuando a uno le hiciera falta”.

Por eso aquel 11 de julio cuando el monitor anunciaba lo que ya había causado la bronconeumonía pos COVID-19 con distrés respiratorio severo, incluso a quienes lo asistían les costaba trabajo resignarse.

Cachán aún se advierte en todo… hasta en el rótulo inconfundible que fue dejando en efigmomamómetros o monitores donde se lee: “UCI Cachán”. Quizás, también por eso, pareciera entonces que a ratos en aquella sala del más cerrado de los verdes todavía se sienten unas manos que lustran hasta el brillo cada uno de los equipos, la sonrisa sin dobleces, los recursos garantizados como por arte de magia y hasta el olor de un almuerzo que se sale de la mochila como si a la vez se destapasen todas las nostalgias.

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