4 de julio

Unos 150 muertos por armas de fuego durante celebraciones por el 4 de julio en Estados Unidos

Los sucesos se enmarcan en un clima de aumento de la violencia en varias ciudades de EE.UU. en los últimos meses, según Gun Violence Archive. Foto: Getty Images.
Al menos 150 personas murieron en hechos de violencia con armas de fuego en más de 400 tiroteos en Estados Unidos durante las celebraciones por el 4 julio, el Día de la Independencia, el pasado fin de semana, según datos de la Gun Violence Archive, una web que registra y da seguimiento a acciones de ese tipo en cada ciudad del país.
Según datos de Gun Violence Archive, estos sucesos se enmarcan en un clima de aumento de la violencia a la que se enfrentan en los últimos meses algunas de las principales ciudades estadounidenses.
El medio advierte que esa estadística, que incluye incidentes con disparos y víctimas de violencia armada a nivel nacional durante un período de 72 horas, desde el viernes al domingo, aún debe ser actualizado, por lo que el número de afectados podría ser mayor.
En Nueva York, donde la violencia armada ha aumentado en los últimos meses a niveles que no se han visto en años, hubo 26 víctimas mortales en 21 tiroteos entre el viernes y el domingo.
Ello supone, sin embargo, una disminución con respecto al mismo período del año pasado, cuando 30 personas recibieron disparos en 25 tiroteos, según la Policía de Nueva York.
Solo el 4 de julio, la ciudad experimentó 12 incidentes con disparos que involucraron a 13 víctimas, un aumento con respecto al año pasado, cuando hubo ocho tiroteos y ocho víctimas, según las fuentes.
En lo que va del año, los incidentes de violencia con armas de fuego en Nueva York se han disparado casi 40% si se comparan con el mismo período en 2020, con 767 tiroteos y 885 víctimas.
En Chicago, otra de las mayores ciudades del país, 83 personas fueron tiroteadas, de las que 14 murieron, en este periodo festivo.
A diferencia de otras ciudades que experimentan un aumento en los delitos violentos, la tasa de homicidios en Chicago hasta junio es 2% más baja que en el mismo período de 2020. Sin embargo, la cantidad de víctimas globales sigue siendo 14% más alta.
La razón para la caída fue un junio menos violento, en el que Chicago registró un descenso del 20% en los homicidios en comparación con el año pasado (78 en lugar de 98), una caída del 13% en los tiroteos (363 en comparación con 416) y una disminución del 8% en las víctimas de disparos (499 frente a 540).
También hubo varios tiroteos masivos durante el fin de semana festivo, incidentes definidos como los que dejan cuatro o más personas muertas o heridas por disparos, excluyendo al agresor.
Entre ellos, ocho personas resultaron heridas la madrugada del domingo en un tiroteo registrado cerca de un lavado de automóviles en Fort Worth (Texas), tras una discusión entre un grupo de hombres, según un comunicado de prensa de la policía de esa localidad.
En Norfolk (Virginia), cuatro niños resultaron heridos de disparos el viernes por la tarde, incluida una niña de 6 años que inicialmente se informó que sufría lesiones potencialmente mortales, aunque en la actualidad se encuentra en situación estable, según la policía de esa ciudad.
Las víctimas también incluyeron a un niño de 14 años, una niña de 16 años y un niño de la misma edad. Se espera que todos se recuperen por completo. La policía de Norfolk dijo que los detectives detuvieron a un niño de 15 años acusado de estar relacionado con el tiroteo, según la cadena.
Además, un joven de 17 años murió y otras once personas resultaron heridas en un tiroteo en una fiesta en la calle a la que asistieron varios cientos de personas en Toledo (Ohio), el domingo por la noche, según la policía de Toledo.
(Con información de EFE y CNN)

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4 de julio: callejeo, espero

4 de julio. Elsa es la realidad: una tormenta más arremetiendo contra Cuba. Es lo incierto. Pánico. La impotencia.Pero vivo en Filadelfia y es 4 de julio, insisto. Y es también domingo, día en que se me exacerba la pereza. Desde los ventanales de mi apartamento, puedo ver tranquilamente la mañana soleada trocándose en tarde lluviosa y, en la noche, el espectáculo de los fuegos artificiales. Mas no aguanto la modorra —Elsa u otro arrebato o una gran tristeza que no consigo comprender me lanzan a las calles. Vivo cerca de los lugares “sacros”: la campana de la libertad, la casita donde Betsy Ross cosió la primera bandera, tantos edificios antiguos ante los que se detienen con actitud exaltada los turistas; se me confunden las placas conmemorativas, pierdo el sentido… Suelo pasar junto a la tumba de Benjamin Franklin, camino a una tienda de antigüedades que visito regularmente. Casa de Betsy Rose, 239 Arch Street, Philadelphia. Foto: Wikipedia.Vivir en Filadelfia es como vivir en Santiago de Cuba, jugueteo a veces. Demasiadas esquinas significativas, estatuas y objetos memorables pueden abrumar la existencia cotidiana. Pero como hoy es 4 de julio, me dejo embriagar por la parafernalia patriótica.Vagabundeo, pues. Como si este amago de extravío fuera a depararme un destino diferente a todo lo preconcebido. Torcer mi suerte. Siempre lo he intentado; saltando de una orilla a la otra del Atlántico como emigrada que soy. Flâner, se le llama a esta costumbre mía en París, donde sentía la misma incomodidad el día de la fiesta nacional. También en París viví por una época cerca de los sitios de más intenso temblor histórico; era difícil no caer en el epicentro del jubileo, la Bastille, cada 14 de julio.Siempre julio: 4, 14, 26. Me pregunto en qué consiste el sex appeal del mes de julio para las efemérides libertarias. Aunque la que con mayor brío levanta mis instintos celebratorios no ocurre en julio sino en enero: 1ro de enero de 1804, día en que fue proclamada la independencia de Haití, en que fue instaurada la primera república latinoamericana, por hombres y mujeres negros, esclavizados, que se emanciparon a sí mismos y de un tajo crearon un país propio. Empobrecido, pero propio. Un país negro en medio de Occidente. Entretanto, las otras revoluciones y repúblicas nos relegaron siempre a un espacio subalterno dentro de la democracia planeada, siempre en un escaño inferior, siempre trayéndonos a la escena civil con titubeo y desconfianza. Ya no se esconde más la ambigua posición de Thomas Jefferson, que, mientras aparentemente apoyaba la gradual abolición de la esclavitud, en toda su vida apenas se dignó liberar dos de los más de 600 esclavos que poseyó. Carlos Manuel de Céspedes, por su parte, se abrogaba el derecho de declarar libres a los cimarrones apalencados, siempre y cuando se incorporasen al Ejército libertador, luchando bajo el mando de los líderes independentistas —muchos de ellos, sus antiguos amos. ¿No se nota la paradoja en la propuesta de “liberar” a cimarrones que ya se habían procurado por sí mismos la libertad?Pero, volviendo a Filadelfia, hoy, en mi deambular, pasé por un costado del Carpenters’ Hall, donde el Congreso Continental firmó la Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776. Los guías gritaban y gesticulaban con mayor fervor que de costumbre, seguidos por grupos de turistas más circunspectos que de costumbre. Mis calles de todos los días estaban sin embargo desiertas. Yo había salido de casa con la esperanza de descubrir cómo el pueblo de Filadelfia, festejaba su día nacional; para toparme casi exclusivamente con turistas. Se me hizo fácil imaginar que ya mis vecinos estaban seguramente en la playa o en el campo o abriendo las primeras cervezas a punto de comenzar el barbecue familiar. Carpenters’ Hall. Foto: carpentershall.orgA cada cual su barbecue. El mío no es hoy, fue exactamente una semana atrás en un patio berlinés, en casa de mi padre, otro emigrado. Y los emigrados festejamos cuando podemos y como podemos, en julio como en enero… Mi familia y mis amigos andan casi todos desperdigados por el mundo; por lo que a mí no me queda más remedio que perseguirlos, de país en país, mendigando un cariño que dura siempre poco: apenas los días de mi estancia en Berlín, Coímbra, Madrid, París… La Habana. Allí quisiera ahora mismo estar. Llegar antes que Elsa, la atribulada, y correr a abrazar a mi madre. Pero no puedo. Cuando par de meses atrás recibí la segunda dosis de mi vacuna, completando el ciclo de las inmunizaciones contra el coronavirus, me sentí liberada y de inmediato empecé a hacer planes para viajar a La Habana… sólo para que una tras otra mis reservaciones hayan sido canceladas por las aerolíneas. Más de 3500 casos diarios. No escampa. Encima, se acerca Elsa.En mi horizonte, aun si no es noche completa, comienzan a estallar los fuegos. De vuelta estoy en casa, acomodándome junto a la ventana para verlos mejor. Me pierdo algo de la pirotecnia, sin embargo, pues sigo las noticias que describen otro cielo. Acecho a Elsa, que, según avisa el licenciado Rubiera en la televisión cubana, avanza a estas horas desorganizada, indecisa a las puertas de Cuba. No se sabe qué pueda traer.PublicidadVa ya anochecido de veras y los fuegos artificiales arrecian. Sirenas de ambulancia. O la policía. No recuerdo dónde estoy. Soy una inmigrante.Dicen que llegan vuelos desde Madrid y Moscú, con turistas ávidos de veranear en las playas cubanas, ahora desiertas. Llevan euros, o rublos, monedas aceptadas en la isla. Dicen que viajan también muchos cubanos desesperados. Harán cuarentena antes de poder reunirse con sus familias.No lo entiendo muy bien. Yo no entiendo más que el dolor. Se mezclan en mi mente los mensajes de los viajes cancelados, con las fotos satelitales de Elsa y las curvas registrando los casos de COVID, con la tasa de cambio de dólares en euros, o rublos o yuanes ¿por qué no? Pienso en el artículo que leí esta mañana sobre la Ruta de la Seda y los festejos por el centenario del Partido comunista chino; pero me interrumpen los fuegos. Grandiosos, hipnóticos, incluso para alguien como yo, que nunca ha conseguido entender la dinámica emocional de los fuegos artificiales.Es 4 de Julio, ¿cómo olvidarlo?Mucho antes de establecerse en Miami en el 2001, repatriarse a La Habana en el 2013, para luego regresar a los Estados Unidos, Manolín “El Médico de la Salsa” lanzó un tema cuya pegajosa frase “te fuiste, y si te fuiste perdiste; yo no, yo me quedé”, se escuchaba en todas las discotecas cubanas. Probablemente hasta sonaba en las bocinas del aeropuerto José Martí cuando en 1995 me marché a París. En ocasiones, de agarrarme la sensiblería aritmética, descubro que llevo más años viviendo fuera de la isla que adentro. También, perfectamente recuerdo cuándo decidí marcharme, en pleno Período especial. Fue durante una tarde de apagón en 1993, casi de noche, mientras hacía cola en la carnicería para comprar algo llamado pasta de oca —tenía que ser así, pues sin electricidad para hacer funcionar los frigoríficos y mantener fría la mercancía, había que despacharla en el momento mismo en que la descargaba el camión. Yo me preguntaba si no debía estar entonces preparándome para un examen que tenía al día siguiente, en vano me torturaba imaginando cómo hubiera sido mi día de estudiante de estar en otro país. Pero mi pregunta carecía de sentido, porque yo vivía sola con mi abuela, que andaba además enferma por aquellos días; y todo lo que tenía que hacer era permanecer de pie en la cola, hasta que llegara mi turno para comprar la cantidad que me había sido asignado consumir de la misteriosa pasta de oca. La pregunta sólo tenía en realidad una respuesta, concretada dos años después según me convertía en emigrada.Ahora, si me es permitido, doy viajes de una esquina a otra del planeta recuperando retazos, procurando recomponer lo roto. Y callejeo mientras pienso y espero. Son demasiados meses pendientes de mi madre a través de mensajes y llamadas. No me canso de repetirlo: no importa la edad, necesitamos siempre la madre. No importa cómo sea su estilo de maternidad, iremos a ella, la buscamos bajo cualquier circunstancia.Termino por cerrar las ventanas y correr las cortinas. Afuera siguen los fuegos. Tal vez, el próximo mes, suspiro, dejen de cancelarme los vuelos. El olor de la carne de mi madre no ha de llegarme nunca por WhatsApp.

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