HAVANA CLIMA

Obesidad

Privilegios políticos, una señal de desigualdad en Cuba

Desde 1995, la revista bimensual de ciencia y parodia Annals of Improbable Research (AIR), hace sátira con la información científica. En sus páginas se publican experimentos absurdos o inesperados, ya sean reales o de ficción, lo cual mueve cierto público. Sin embargo, la actividad más mediática de la publicación es la entrega de los premios IG Nobel.
Se trata de una clara referencia a los premios Nobel de la Academia Sueca —la pronunciación de las palabras IG Nobel sugiere algo así como innoble—, pero en este caso se reconocen las investigaciones científicas más absurdas del mundo de la ciencia. Realizan incluso una ceremonia en la Universidad de Harvard, donde se premia, básicamente, a una investigación por hacer reír y, después, pensar.
Una breve lista de galardonados ilustra el espíritu de tal reconocimiento. En 2021 lo obtuvo una investigación de más de diez años sobre los ronroneos, gorjeos, maullidos y otros sonidos que hacen los gatos para comunicarse con los humanos.  Otro reconocimiento fue a Los efectos pulmonares y metabólicos de la suspensión por los pies en comparación con el recubrimiento lateral en rinocerontes negros (Diceros bicornis) inmovilizados y capturados mediante dardos aéreos; es decir, una seria investigación sobre los efectos de transportar vía aérea animales narcotizados (todo un reto, sí).
Un rinoceronte negro sedado es trasladado por aire en Sudáfrica. (Foto: WWF / Green Renaissance)
Algunos científicos se han molestado tras recibir un premio. Es el caso del biólogo español Manuel Porcar, quien inicialmente afirmó que no le vio la gracia a ganar un IG Nobel por su estudio sobre las bacterias en los chicles pegados en el suelo de diferentes ciudades del mundo con fines forenses y como lucha contra la contaminación.
Los implicados
En 2021 también se entregó un IG Nobel de Economía a Pavlo Blavatskyy, nada más y nada menos que por descubrir que la obesidad de los políticos en un país puede ser un buen indicador de corrupción. Blavatskyy es profesor de la Universidad de Montpellier en Francia y, al igual que cualquier premiado en los IG Nobel, su investigación tenía intenciones muy serias (y lo era).
El profesor analizó más de trescientos ministros de al menos quince países postsoviéticos en 2017, a partir del estudio de la masa corporal media de los funcionarios seleccionados, y de datos del Banco Mundial y Transparencia internacional. Encontró que existe una alta correlación estadística entre el nivel de corrupción y la masa corporal de los gabinetes, para concluir que «la gran corrupción política latente es literalmente visible a partir de las fotografías de altos funcionarios públicos».
La investigación, de la que varios medios se hicieron eco, no deja de ser polémica y tiene varios contra-argumentos que saltan al sentido común, pero el investigador también abordó esos elementos. Por ejemplo, encontró que los países con gabinetes en sobrepeso se caracterizan por no tener mucho sobrepeso en su población. Asimismo, demostró como cierta la falacia lógica derivada: los gabinetes menos corruptos eran menos delgados que su población.
Sin embargo, lo más relevante de la investigación parece estar claro: de los países estudiados, los más corruptos eran los más pobres, y en ellos, aunque existen dificultades para la subsistencia, los gobernantes son obesos.
Emomalí Rahmón, jefe de estado desde 1992.
¿IG Nobel en Cuba?
1. Cuba no aparece en los índices de Corrupción que ofrecen el Índice de Percepción de la Corrupción en Transparencia internacional y en el Banco Mundial, porque estas instituciones no tienen datos para ello. Estos son dos índices diferentes realizados a partir de la información ofrecida por dicho Banco Mundial, por el Fondo Monetario internacional, así como por expertos y empresarios locales de cada país. Tales índices miden aspectos como: sobornos, malversación de fondos públicos, funcionarios que utilizan su cargo para obtener lucro personal sin afrontar las consecuencias, capacidad de los gobiernos para prevenir la corrupción en el sector público, entre otros.
2. Cuba tiene, según las cifras encontradas y publicaciones del MINSAP, un problema de obesidad de la población en ascenso, de ahí que ocupe el lugar 56 en un ranking mundial. Estola sitúa con más obesidad porcentual que todos los países del estudio de Blavatskyy es decir, tenemos más porciento de índice de masa corporal (IMC) que los países mejor parados del estudio.
3. Por último, es un país con escasez de bienes de primera necesidad, por tanto, de un alto costo de la vida. Lo anterior parece sugerir dos cosas:

el gobierno cubano no tiene interés en participar en el cálculo de estos índices, lo cual también es una señal de la salud de la democracia cubana y de la posible participación real de la ciudadanía en el control de los poderes potencialmente públicos.
Siguiendo la lógica de los resultados de Blavatskyy (según la cual, en los países de menor corrupción encontró dirigentes con menor IMC que el promedio de la ciudadanía), como Cuba tiene una población más obesa que los países del estudio, de ser un país con baja corrupción, lo esperado es que deba tener un gabinete delgado.

Presidente Díaz Canel y primer ministro Manuel Marrero (Foto: PL)
La corrupción en Cuba
El gobierno cubano está lleno de gordos, o al de menos barrigones, literalmente.  Sin embargo, es cierto que para Cuba no es posible establecer con claridad la ortodoxa correlación de Blavatskyy, en tanto no se pueden usar sus mismas fuentes de datos. En cambio, se puede tener una idea de la magnitud de la corrupción si se reflexiona sobre el entorno específico de la institucionalidad insular.
La corrupción necesita un mínimo de condiciones para existir. Primero, que se ejerza un poder sobre determinado recurso, tangible o intangible. Es decir, se debe tener alguna capacidad de decisión sobre aquello en lo que sucederá la corrupción. Luego, es preciso que ese poder de decisión disfrute ciertos grados de libertad, es decir, debe haber una relativa ausencia de mecanismos de control sobre los recursos.   
En Cuba es fácil constatar cómo la verticalidad rige la administración de recursos, respaldada por el principio de centralismo democrático (eufemismo de verticalismo). A tenor con ello, por ejemplo, los jefes de las OSDE solo son fiscalizados por sus jefes, o por los que estos autoricen, en dependencia de una supuesta política estatal; del mismo modo, los directores de empresas no son fiscalizados por sus trabajadores.
La misma lógica se repite en organizaciones políticas, en las que sus dirigentes no están obligados a rendir cuentas a los de rango inferior. Tal es así, que esa dinámica contamina toda la gestión pública. No se rinde cuenta a los ciudadanos de qué, quién, cómo, en qué plazo, dispone del dinero y los recursos del país (un buen ejemplo es que no se ha justificado y explicado ante la ciudadanía la inversión priorizada en hoteles, así como la desprotección de la producción nacional para generar clientelismo político, por ejemplo, comprando pollo a agricultores norteamericanos para supuestamente asegurar respaldo en la lucha contra el bloqueo). Tampoco ocurre a nivel municipal o provincial.
A lo anterior se suma el hecho de que los funcionarios y cuadros son designados desde arriba sin que funcionen mecanismos reales para que puedan ser revocados desde abajo. Por tanto, esos funcionarios que no se deben al electorado o sus bases, sino a sus jefes; que además cuentan con la protección de los medios, el Partido y la Seguridad del Estado; que no son cuestionados públicamente, ni es interés del Estado hacerlo, ¿qué incentivos tienen para administrar de manera honesta y eficiente los recursos públicos? Es muy sencillo decidir, a nombre del socialismo, qué hacer con recursos que son de todos.
Dicha realidad favorece que, lejos de acusar al aparato estatal de corrupto, este se acuse a sí mismo. De no serlo, debería empezar por mostrarse transparente para demostrar probidad. Mientras llega el día en que un gobierno cubano funcione con ajuste a la democracia y la transparencia, algo va quedando claro: tenemos el gabinete (y a todo un séquito que se beneficia por efecto derrame) con cierta obesidad y una corrupción institucional que es un secreto a viva voz, que además ha merecido más de un texto de sobrada credibilidad, por lo que tampoco sería alocado hacer una afirmación similar: la corrupción es visible en el físico de los cuadros.
Segundo Taller Cuba Sabe 2020 (Foto: Demetrio Villaurruti/Twitter)
El contraste y la variante de IG Nobel para Cuba
Siempre se puede argumentar, en favor de los dirigentes cubanos, el puesto de Cuba en el ranking de IMC, y es cierto. Pero sería muy sencillo comprobarlo si se contrastara el peso de los dirigentes con el de figuras de la oposición cubana. Habría que recordar que históricamente a la oposición se le acusa de mercenaria, de recibir financiamiento, de ser movidos por los dólares y de que su oposición al gobierno es por interés económico.
Por ende, si fuera cierto que los dirigentes son gordos por la obesidad que afecta a la población cubana; sin grandes obstáculos, ese mismo rasgo podría repetirse, incluso potenciarse, en la oposición. Para comprobar, tomé una pequeña muestra de cuarenta opositores. Se trató de un muestreo aleatorio no probabilístico, que concentró a hombres mayores de cuarenta años (para evitar sesgos asociados a ciclos biológicos) clasificando su masa corporal según mi percepción.
Los resultados fueron estos: el 25% de la muestra de gobernantes cubanos o cuadros políticos eran delgados, mientras 15% de los opositores de la muestra eran gordos. La masa corporal favorece en Cuba a los hombres cercanos al gobierno.
Sin dudas, este último ejercicio —variante criolla del IG Nobel y con fines puramente ilustrativos—, si bien no indica causalidad en tanto resultado estadístico, sí parece reflejar un hecho social: es la clase política oficial la que dispone de privilegios que marcan una brecha con el nivel de vida de muchos cubanos.
Además, resalta que no son precisamente los grupos de opositores que enfrentan al gobierno y a la represión política, los que viven en zonas residenciales de La Habana, ni sus hijos y nietos aparecen en fotos paseando en yates, carros modernos o aviones lujosos. Otra estadística, para evitar el sesgo de tener una población obesa, cuya conclusión apunta al mismo lugar.
Sin embargo, ni este ejercicio, ni ninguna estadística sobre el tema, al menos en este escenario, serán responsables del imaginario social establecido, que hace a los ciudadanos percibir el cada vez mayor distanciamiento entre los discursos y modos de vida de los grandes dirigentes y los suyos. Y son esos privilegios, económicos y políticos, la mejor señal de desigualdad en Cuba. Con o sin datos al respecto.

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Obesidad, una pandemia que afecta a más de 1 000 millones de personas en el mundo

La obesidad, con un acelerado crecimiento en las últimas décadas, se ha llegado a considerar la pandemia del siglo XXI.
Este padecimiento, según el sitio web del Minsterio de Salud Pública de Cuba (Minsap), ha triplicado sus cifras desde el año 1975.
La Organización de Naciones Unidas (ONU), alertó este viernes, en el Día Mundial contra ese padecimiento, que en el año 2025 unos 167 millones de personas tendrán peor salud por motivos de sobrepeso u obesidad, la cual afecta a más de 1 000 millones de personas.
Según apuntó una nota de prensa del organismo, dicha enfermedad afecta a 650 millones de adultos, 340 millones de adolescentes y 39 millones de niños y niñas.
Por otra parte, se estima que al menos tres de cada diez niños, niñas y adolescentes, entre los cinco y 19 años, viven con sobrepeso en América Latina y el Caribe, añade el Minsap.
En 2020, Unicef, la OMS y el Banco Mundial, estimaron que en la región el 7,5 % de menores de cinco años vivían con sobrepeso, lo que representa cerca de 4 millones de niños y niñas. Con esta cifra, supera el porcentaje del promedio a nivel mundial, que es del 5,7 %, enfatizó la publicación del Ministerio cubano.
La pandemia de la COVID-19, provocó que se intensificara el problema con el acceso limitado a una alimentación saludable y una menor capacidad adquisitiva.
En Cuba, la desnutrición y el bajo peso no constituyen un problema de salud en la población infantil. Sin embargo, el sobrepeso y la obesidad han ido en aumento, según estudios aislados en niños, así como en adolescentes y adultos, precisa el Minsap.
Estos resultados demostraron su asociación con el incremento de diferentes enfermedades crónicas no transmisibles como hipertensión arterial, cardiopatía isquémica, diabetes mellitus y ciertos tipos de cáncer, entre otras.
Según resultados de la Encuesta Nacional de Salud Cuba 2020, un 20 % de la población total menor de 15 años está en sobrepeso, aunque por regiones, aparentemente se observa una menor proporción en zonas rurales. Un comportamiento similar aparece en los niveles de obesidad encontrados, con una prevalencia total de casi el 20 %.
No obstante, se observa una tendencia al mayor sobrepeso en la adolescencia, que pudiera explicarse por los cambios puberales que ya comienzan a ocurrir. Las mayores cifras de obesidad en los más pequeños constituyen una alerta a posibles complicaciones.
Agrega el Minsap que en general, con respecto a datos de otros estudios realizados en nuestro país, el sobrepeso y la obesidad se han incrementando en la población infantil.
Los efectos negativos causados por el aumento de la obesidad a nivel mundial, son exportados de un país a otro, reduciéndose, incluso, su productividad económica. Por ello, se hace necesario desarrollar políticas de intervención que funcionen para revertir esta pandemia, enfatiza la publicación.

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