HAVANA CLIMA

Compañía Lizt Alfonso Dance Cuba festeja sus treinta años de existencia

Con una agenda repleta de proyectos y presentaciones artísticas, la compañía Lizt Alfonso Dance Cuba celebrará sus treinta años en un jubileo que se extenderá hasta diciembre de 2022.

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Maceo, al caer la noche

Eran las dos de la tarde. Las tres horas que quedaban de sol debían emplearse en reorganizar las fuerzas, establecer el hospital de sangre en sitio conveniente y preparar la nueva expedición, que no podía emprenderse sin precauciones y tanteos, pues la columna española, que estaba curando sus heridas y pronta a seguir la marcha de retirada, sabía de un modo indubitable que el número de los insurrectos era mayor del que ella se imaginó al acometer los primeros retenes de San Pedro. (…)
Pero el hombre altivo y fiero, el capitán batallador que no pesaba ya ninguna de estas razones, y por el contrario, solo sentía el fuego de la pasión y los ímpetus de la cólera, porque fue sorprendido por los españoles en un momento de descuido, el primero y el único en su larga carrera de soldado, y tenía ansias de desfogar sus iras contra todo aquel que se opusiera a sus designios, no estaba en disposición de dejar el palenque ensangrentado por ninguna razón y por ningún azar que le brindara la risueña fortuna, llamándole a otra parte. Su rostro era la expresión más acentuada del enojo y la bravura; su actitud, la del gladiador dominado por los arrebatos de la ira ¡era un Maceo en el paroxismo de la pasión bélica! Adquirió en un instante la hosca fisonomía de su hermano José, el tremendo mayor de la tribu peleadora que no contaba el número de cazadores ni reflexionaba sobre la enormidad del asalto.
Vimos en su faz las líneas y fosforescencias atávicas del hombre león, a quien nada detiene en sus impulsos destructores. Tenía inflamadas las venas del robusto cuello, contraída la boca, de la que brotaba un hilo de espuma, los ojos más penetrantes y luminosos, y con los dedos se arrancaba las pestañas, achaque de contrariedad en su temperamento que lo conducía a pasarse los dedos por el borde de los ojos, como si quisiera arrancarse los párpados, pero que en esta crisis final se los podaba realmente. Nunca lo habíamos visto tan soberbio y enconado. ¿Qué pasaba por aquel espíritu tempestuoso?
Aun conociendo íntimamente al hombre, como lo conocíamos nosotros, es difícil sentar un razonamiento claro sobre la serie de impresiones que lo agitaban e impelían. Si poco después, cinco minutos después, pasó por su espíritu la pálida visión de la muerte, cosa que tampoco podemos asegurar porque ninguna de sus últimas palabras lo revela, es, sin embargo, de suponerse que él dispuso el cuadro del modo más perfecto para que lo culminante del episodio quedara eternamente grabado en el corazón de sus fieles admiradores; y si la imagen de la muerte no cruzó por su alma terriblemente combatida, las circunstancias se agruparon y coincidieron a fin de que la página nefasta tuviera el carácter de una conclusión épica, como él la vislumbraba y él la predecía: de frente al enemigo, con el acero desnudo, cargado a fondo, evidente, arrogante, majestuoso y fatal. Y así sucumbió, con gallardía y ostentación; de cara a los adversarios, yéndoles encima con el imperio de su personalidad, sintiendo el golpe terrible, dándose cuenta de que estaba herido de muerte, y con el convencimiento de que la muerte esparcía más rayos en derredor de la catástrofe para que fuese más sensacional, más ruidosa y más sentida.
Nos hallamos a dos pasos del abismo; todo marcha precipitadamente, y con mayor precipitación se desenreda el nudo de este grandioso y tremendo drama, con la caída atronadora del héroe que, galopando hacia la gloria, erguido y amenazador, le cierra el paso la funesta adversidad. Solo faltan diez minutos. Bastaría, pues una sola pincelada para terminar el cuadro de la muerte; pero es preferible detenernos en cada uno de esos instantes del fatídico horario, que no llegó a marcar las tres de la tarde en aquel campo de desventura, trayéndonos la larga noche del dolor sin hundirse el astro del día.
En torno del General, cuando él se detuvo para examinar el tablero de la batalla, se hallaban 45 hombres, entre jefes, oficiales y soldados, entre su Estado Mayor y los individuos de los diferentes cuerpos que allí se reunieron. (…)
El combate, por parte de los cubanos, lo mantenían 30 o 40 hombres de los escuadrones de Sánchez Figueras. Es conveniente aclarar que el número de combatientes, al dar Maceo la primera embestida, no pasaba de 120, cifra que quedó reducida a la tercera parte por las bajas que ocasionó el enemigo, y debido a que los soldados ilesos tenían que acudir al socorro de los heridos. (…)
El brigadier Pedro Díaz y el coronel Ricardo Sartorio, discutieron dos minutos sobre la dirección que llevaban los españoles; el primero, los divisó por entre el palmar, y les hizo fuego con la tercerola. Los españoles contestaron con una descarga cerrada, que no causó mella. El General preguntó otra vez por el corneta: uno del grupo le contestó que en las fuerzas de Juan Delgado había un corneta, pero extranjero (francés), que no conocía los toques de la milicia cubana. ¡Que lo traigan! –dijo el General, y de pronto–: ¡ese enemigo se nos va!… ¡tiene miedo! ¡a la carga!
Se puso a la cabeza del escuadrón y esgrimiendo la hoja agresiva con aquel aire de capitán omnipotente, buscó él mismo la salida al redondel ensangrentado, por el paraje más abierto y oportuno. Tiró por la izquierda del cuartón para envolver la vanguardia de los españoles, y convertirla en retaguardia, al tomar la columna el camino de Punta Brava (…).
Las líneas españolas se divisaron entonces con perfecta claridad, a pesar del sol y el humo de los disparos. Los soldados estaban arrimados a la cerca de piedras, unos a pie, otros a caballo, algunos en disposición de montar. Al ver el grupo agresivo volvieron a la maniobra. Maceo dijo: ahí están ¡arriba!
Delante del General, pero a muy pocos pasos de él, iba el brigadier Pedro Díaz con 12 o 15 hombres. Al lado del General, el que ahora describe este cuadro, a la derecha de él, porque al franquear la cerca de piedras, la casualidad lo puso a la derecha del caudillo; y hacia el mismo lado la pequeña escolta de Juan Manuel Sánchez. En la faena de abrir más portillos, los restantes combatientes que seguían a Maceo quedaron atrás, pero a corta distancia: 20 o 30 varas.
El General, observando la apostura del comandante de la escolta, le dijo, tocándole con el machete en el hombro: ¡joven, hágame cargar a su gente! Y en seguida: ¡General Díaz, flanquee por la derecha! Una valla de alambres nos separaba de los soldados españoles: ¡Joven, –volvió a decirle a Sánchez– piquen la cerca! Y mientras este se desmotaba, y con él diez o 12 hombres más, cayéndole al parapeto de alambres, un aguacero de proyectiles no dejó terminar la faena.
El General acababa de decirnos, apoyando la mano en que sostenía la brida sobre nuestro brazo izquierdo: ¡Esto va bien! Al erguirse, una bala le cogió el rostro. Se mantuvo dos o tres segundos a caballo; vimos vacilar: ¡corran que el General se cae! –gritamos cinco o seis al mismo tiempo–. Soltó las bridas, se le desprendió el machete, y se desplomó.
Cayeron también 12 hombres de la escolta de Sánchez. Los españoles arreciaron el fuego para disolver el grupo, comprendiendo probablemente que allí ocurría algo muy grave e inesperado. Ya en el suelo el General y palpitando todavía, pues su corazón no dejo de latir hasta después de un minuto, fue socorrido por los que estaban más próximos a él en los momentos del derrumbe.
Juan Manuel Sánchez lo sentó, el médico Zertucha le examinó la herida (mortal), Alberto Nodarse y Francisco Gómez se unieron al grupo de la tripulación, un soldado de la escolta de Sánchez que estaba ileso, el ayudante Sauvanell, Ramón Ahumada, y algunos más de los que hacían fuego sobre los españoles, acudieron a los gritos de alarma. Sánchez, mientras sostenía el cuerpo del caudillo, trató de infundirle alientos de vida, con estas palabras que le salieron del fondo del corazón: ¿Qué es esto, General? ¡eso no es nada! ¡no se amilane! –El General abrió los ojos, y expiró.
Precisa decir algo más, de lo que nosotros vimos y apreciamos en los momentos de ser derribado del caballo por la brusca y certera descarga. (…) Nuestras voces pidiendo socorro para el General, que vacilaba a caballo, iban dirigidas al grupo delantero a fin de que retrocedieran con la mayor premura. No podemos asegurar si el brigadier Díaz los oyó, o no las entendió, porque el fragor de la acción era muy intenso y grande el desorden; pero los españoles oyeron las voces de alarma, y observaron los ademanes descompuestos, por cuanto afinaron otra vez la puntería, le pegaron el segundo balazo al General, tres a nuestra cabalgadura, uno a nosotros, cuatro al caballo de Maceo ya sin jinete, e hirieron mortalmente a Alfredo Jústiz mientras avisaba al grupo de vanguardia; y es de creer que en aquellos instantes, de suprema consternación, fueron heridos algunos oficiales más (…).
En esto atravesó el redondel Francisco Gómez: interrogó a sus compañeros desolados sobre la suerte del General o mejor dicho, sobre el resultados del rescate. ¿A dónde vas, muchacho? –preguntándole, viéndole tan resuelto, y alucinado por la victoria póstuma: ¡Yo voy a morir al lado del General! Y fue a inmolarse. Los guerrilleros le pegaron un tiro en un brazo, otro en el costado izquierdo, y lo remataron impía y atrozmente, sin sentirse avergonzados ante el sacrificio del heroico joven. Su muerte no la presenció ningún soldado de nuestra bandera, pero las horrendas heridas que le contamos después, atestiguaban, de un modo fehaciente y hasta gráfico, la clase de muerte que le dieron los desalmados, tal vez porque les incitó la figura extraña de un adolescente que deseaba morir al lado de un hombre, ya exánime y frío…
¡Si hubieran sabido a quién mataban! ¡y quien era el muerto que allí yacía! Los cinco guerrilleros de Cirujeda se entregaron al despojo de los cadáveres como buitres que llegan primero, oliendo el botín, a quienes ya no espantan los truenos de la batalla. El campo estaba en silencio (….)
Fragmentos del libro Crónicas de la Guerra.

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La medicina de los alacranes contra el cáncer (+video)

En el Escorpionario Cabaiguán se crían más de 12 700 alacranes con el objetivo de producir un producto homeopático contra el dolor que provoca esta y otras enfermedades
En el kilómetro 320 de la Autopista Nacional se ubica el Escorpionario Cabaiguán donde se crían más de 12 700 alacranes en cautiverio.

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Frente a los estantes colmados de pomos blancos, mientras atiende a cientos de alacranes, Maikel Rivas Peña, técnico integral en producción biofarmacéutica, hemoderivados y medicamentos, demuestra que le han bastado cuatro años en el oficio para dominar tanto la teoría como la práctica.

Maikel forma parte del colectivo que labora en la Unidad Empresarial de Base Escorpionario Cabaiguán, un centro ubicado en el kilómetro 321 de la Autopista Nacional, perteneciente a la Sucursal Provincial del Grupo Empresarial Labiofam y donde se crían en cautiverio 12 784 alacranes de la especie azul o rojo.

“Los ejemplares permanecen en una cuarentena después que los capturadores que tenemos en Jíquima y Fomento los traen, en ese período solo se alimentan. Luego se ordeñan cada 21 días, un proceso que puede durar más de una semana, porque son alrededor de 500 alacranes diarios y es gota a gota”, explica Yenisbel Pérez Rodríguez, Jefa de Brigada.

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Las toxinas del veneno del alacrán sirven para la producción de Vidatox, un producto bioterapéutico homeopático que permite mejorar la calidad de vida de las personas que padecen cáncer o cualquier otra enfermedad donde prevalezca el proceso inflamatorio, al decir de Pérez Rodríguez.

Desde hace una década el Escorpionario Cabaiguán constituye una especie de refugio temporal para los alacranes, pues solo permanecerán aquí durante dos años. Posteriormente recibirán una marca en su cuerpo de modo que no afecte su reinserción en el medio ambiente y que será la señal de que ya han permanecido en el centro. 

Durante el tiempo en que los alacranes son usados por la ciencia y en favor de la salud humana, las condiciones de vida que se ofrece a los miles de ejemplares responden a lo que dicta el manual y que puede comprobarse in situ: un salón silencioso de suelo pulcro en el que entran los técnicos con ropa limpia; la temperatura oscila entre los 21 y 23 grados Celsius y se les proporciona una alimentación a partir del gusano de la mosca.

Pudiera pensarse que los alacranes son animales siempre a la defensiva, pero en su aguijón no solo se esconde su instinto de supervivencia sino también una medicina para aliviar el dolor. Al parecer ese y otros secretos motivan sobremanera a Maikel Rivas, quien insiste en que cada respuesta se ajuste estrictamente a lo pautado por la ciencia, otra demostración de que los alacranes están en buenas manos. 

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Homenaje hoy a Antonio Maceo y Frank País en museos dedicados a su vida y obra

Santiago de Cuba, 7 dic.- El aniversario 125 de la caída en combate del Mayor General Antonio Maceo Grajales y el 87 del natalicio del líder de las luchas en la clandestinidad Frank País García, serán recordados hoy por los museos que cuentan la vida y obra de esos dos grandes luchadores, nacidos en esta ciudad.

En la casa donde vivió Frank desde casi los 5 años, junto a su madre y hermanos, declarada Monumento Nacional en la calle General Bandera, será depositada un ofrenda floral en homenaje al valeroso revolucionario, jefe de acción y sabotaje del Movimiento 26 de Julio, asesinado con solo 22 años por la dictadura batistiana.

Lea: Museo de la Lucha Clandestina camino a sus 45 años, restaurado y con nuevo montaje (+Fotos)

Habrá igual momento de recordación en la Primera Iglesia Bautista, donde nació el 7 de diciembre de 1934, ya que su padre, el reverendo Francisco País, residía en la casa pastoral.

El Museo Casa Natal Antonio Maceo, también Monumento Nacional, rendirá tributo al Titán de Bronce con una velada cultural, en la calle Los Maceo, con la presencia de vecinos de esa comunidad y trabajadores del Centro Provincial de Patrimonio Cultural.

Ambos patriotas recibirán el merecido homenaje este martes de diferentes instituciones dedicadas a estudiar su pensamiento y acción y de centros que se honran con el nombre de los dos luchadores, que en diferentes siglos entregaron su vida por la noble causa de la independencia.

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Antonio Maceo, testimonios de supervivientes del combate de San Pedro

En la media tarde del domingo 6 de diciembre de 1896, el Lugarteniente General Antonio Maceo, luego de cruzar la trocha de Mariel a Majana, se entrevistó con su amigo el patriota Perfecto Lacoste en la casa donde residía el  Pedro Vázquez, cercana al habanero ingenio Lucía.
Lacoste, quien era el administrador del ingenio, puso al tanto a Maceo de los acontecimientos políticos que se desarrollaban en la capital y en el país, favorables a la Revolución, de la bancarrota económica y moral del régimen colonial y del descrédito de Weyler ante sus partidarios.
También le dijo que en su opinión con la presencia del general y sus tropas en la provincia de La Habana, estaban dadas las condiciones para atacar una población de la periferia cercana a la capital, donde el pueblo pudiera ver y aclamar a su líder y a las fuerzas mambisas.
La repercusión de esta acción ocasionaría un gran descalabro político al tambaleante gobierno de Weyler, por lo que proponía llevarla a cabo en la población de Marianao en la noche del 7 de diciembre. Maceo lo escuchó, meditó unos segundos y le respondió que estaba de acuerdo con llevar a cabo la acción armada.
Esa noche después de cenar el Lugarteniente General se despidió de Lacoste y su esposa para pernoctar en el demolido ingenio Baracoa bajo la custodia de los 62 hombres del escuadrón Goicuría. De allí partieron a las dos de la madrugada del lunes 7 de diciembre con rumbo a San Pedro de Hernández, donde los esperaba con las fuerzas reunidas el coronel Silverio Sánchez Figueres.
Al filo de las 8 de la mañana llegó el Titán de Bronce al campamento de San Pedro. Estaba medio enfermo y abrigado con su capa. Inmediatamente comenzó a recibir muestras de júbilo por parte de los jefes y mambises habaneros.
De acuerdo con el plan convenido con Lacoste, esa noche tenía que atacar la guarnición de Marianao, por eso más tarde con un plano de la población que le facilitó el Capitán Manuel Hernández, así como las informaciones ofrecidas por los jefes y oficiales de La Habana, se puso a estudiar los puntos donde señalaban perfectamente los fuertes y las defensas de la plaza que se disponía a atacar.
7 de diciembre de 1896. Testimonio de José Cadalso Cerecio, Comandante del Ejército Libertador cubano

José Cadalso Cerecio, Comandante del Ejército Libertador cubano, sobreviviente del combate de San Pedro Foto: Revista Carteles

Como parte de su testimonio, José Cadalso Cerecio, Comandante del Ejército Libertador cubano, cuenta: «Yo era entonces capitán segundo jefe del cuarto escuadrón del regimiento Santiago de las Vegas. Era primer jefe de este escuadrón el comandante Rodolfo Bergés, y jefe del regimiento el coronel Juan Delgado González. Había llegado al campamento de San Pedro, en Punta Brava, ese día a la salida del sol, después de incorporarme el día anterior a mi escuadrón en la finca Menocal de Güines, donde había logrado obtener a mi regreso 1 300 cartuchos o tiros de Remington, los que entregué al coronel Juan Delgado.
Sobre la concentración de las fuerzas, dijo: «El terreno en que acamparon las distintas fuerzas pertenecientes a esta provincia de La Habana, con objeto de recibir al mayor general Antonio Maceo y sus acompañantes, lo constituían el potrero La Jía, las fincas La Matilde y La Purísima Concepción o Montiel, y el asiento Bobadilla, todas tierras pertenecientes al cuartón o barrio de San Pedro.
«Las fuerzas eran el regimiento Goicuría con el coronel Ricardo Sartorio y teniente coronel Baldomero Acosta a su frente; el regimiento Calixto García, con su jefe, coronel Alberto Rodríguez, y los hermanos Collazo; el regimiento Tiradores de Maceo, con su jefe coronel Isidro Acea; estos dos últimos regimientos al mando directo del coronel Silverio Sánchez Figueras, como jefe interino de la Tercera Brigada, de la Segunda División, cargo que había desempeñado el malogrado brigadier Juan Bruno Zayas.
«También nos encontrábamos en aquel campamento los que formábamos el regimiento Santiago de las Vegas, con su jefe, coronel Juan Delgado González, y segundo jefe, teniente coronel Dionisio Arencibia Pérez. Se esperaba también en el campamento de San Pedro al regimiento Castillo al mando de su jefe, brigadier Adolfo Castillo, quien era a su vez jefe de la Segunda Brigada de la Segunda División, de la cual formaban parte los regimientos Goicouría y Santiago de las Vegas; y también se esperaba que con Castillo vinieran el general José María Aguirre y todas las fuerzas de la Primera Brigada, completando la concentración en dicho campamento, de las tres Brigadas de la Segunda División del Quinto Cuerpo, provincia de La Habana, división que estaba al mando del general Aguirre. Pero las fuerzas de este y las del brigadier Castillo no tuvieron tiempo de llegar a San Pedro por haber tenido conjuntamente un combate ese mismo día con el enemigo, al mando del coronel Tort.
«Aproximadamente a media mañana llegó Maceo con su escolta a aquel campamento, que ya ocupaban las fuerzas concentradas, siendo vitoreado por la tropa y saludado por los jefes. Pasó revista y después se retiró al asiento de Montiel, donde estableció su Cuartel General, por ser un lugar de gran seguridad situado al centro del extenso terreno que constituyó aquel campamento, estando casi equidistante de las distintas guardias y avanzadas, aseveración que probamos con el plano que acompaña este trabajo.
«El lugar para establecer el campamento fue muy bien elegido por el jefe de día, comandante Andrés Hernández, así como también la colocación de las guardias.
«Una vez que al general Maceo le prepararon su hamaca y se recostó en ella, despachó con sus ayudantes y cambió impresiones con los jefes de las fuerzas de La Habana, informándose de la capacidad y número de cada una de ellas, para calibrar sus condiciones con respecto a la operación que preparaba: el ataque a Marianao.
«En La Matilde estaban formando una de las avanzadas del campamento, los escuadrones segundo y cuarto del regimiento Santiago de las Vegas. A este cuarto escuadrón pertenecía yo como su capitán segundo jefe, y al frente de los dos escuadrones se encontraba, en esa avanzada, el teniente coronel Dionisio Arencibia, segundo jefe del regimiento».
El ataque enemigo, Cadalso Cerecio, lo describe así: «La caballería de Peral compuesta por 96 jinetes, formaba la vanguardia de las tres compañías de infantería, cuarta, séptima y octava del batallón de San Quintín, que, protegida su retaguardia por más de 20 jinetes de la guerrilla de Punta Brava, venían al mando del teniente de regulares Pedro Ruiz Aranda. Todas estas fuerzas estaban al mando del comandante español.
«Cirujeda, quien no tenía el propósito de dirigirse hacia San Pedro, pero habiendo oído unos disparos en dirección de Bauta, cambió el rumbo, encontrando la caballería de Peral el rastro que habían dejado el general Maceo y sus acompañantes en su marcha a San Pedro. Las fuerzas españolas siguieron ese rastro, yendo a dar con la guardia que teníamos colocada los que estábamos acampados en La Matilde.
«Esto sucedió cerca de las tres de la tarde. La caballería de Peral, muy conocedora de aquella zona y de las fuerzas insurrectas que por allí operaban, creyendo posiblemente que se trataba de un pequeño grupo insurrecto de las fuerzas de Baldomero Acosta (jefe de las fuerzas mambisas que por allí operaban), se lanzó en un ataque a fondo, sin hacer caso de los disparos de la guardia y del fuego con que la recibimos en La Matilde, a pesar del sorpresivo ataque del enemigo.
«Pero pronto se dieron cuenta los de Peral, de lo equivocados que estaban, pues el teniente coronel Arencibia y el comandante Bergers que estaban desmontados, organizaron cómo se puso la resistencia, y recibimos a los atacantes, disparándoles todo lo más que podíamos; y los escuadrones primero y tercero del regimiento Santiago de las Vegas, acampados cerca en Montiel, también hicieron fuego contra el enemigo, logrando contener el empuje de la ofensiva, y hacerle perder la ventaja que llevaban con la sorpresa; mientras tanto, muchos de los nuestros lograban montar sus cabalgaduras, y con la llegada de Ios coroneles Juan Delgado, Alberto Rodríguez y Gordon, y de un grupo de jinetes que desde Montiel, donde se encontraban junto al general Maceo, venían a galope tendido, gritando Delgado: “Al machete! ¡Al machete!”.
«Unido entonces este grupo a las fuerzas que habíamos hecho frente a la acometida española, se inició la contra carga bajo la dirección del coronel Delgado, secundado por Rodríguez y Gordon, obligándose a toda la caballería de Peral a virar grupas, en busca de la protección de sus tres compañías de infantería».
En esta contra carga se les produjeron 28 bajas a los hombres de Peral, hecho este comprobado, por lo que refirió el comandante Cirujeda.
Al ver los soldados de la infantería española, que su caballería corría hacia ellos buscando su protección, se atemorizaron, y estuvo a punto de producirse el pánico en dos de estas tres compañías de infantería (séptima y octava, del San Quintín) formadas por «quintos» (soldados novatos), pero la otra compañía (la cuarta del San Quintín) integrada por veteranos, obedeció rápidamente la orden de Cirujeda, de colocarse tras la cerca de piedras que del asiento Bobadilla daba al camino al Guatao, viniendo después las dos restantes compañías a atrincherarse a la izquierda de la anterior, tras la cerca; y haciendo entonces toda la infantería un nutrido fuego de fusilería, que contuvo la vigorosa contra carga mambisa, estabilizándose el frente, con nutrido fuego por ambas partes. Hasta ese momento, el combate era una victoria cubana, pero el desastre se produjo después en el potrero Bobadilla.
Como a los 15 minutos de haber comenzado el combate, llegó el general Maceo a La Matilde, acompañado de unos 45 jinetes que lo seguían, y al ver al General, como habíamos hecho retroceder a la caballería enemiga, y obligando a la infantería a parapetarse tras la cerca de piedras, aunque desde allí nos disparaban en la forma más intensa posible, Maceo exclama: «Esto va bien», y ordena a los coroneles Juan Delgado y Baldormero Acosta que sigan sosteniendo el fuego en aquel flanco derecho del enemigo (flanco izquierdo del campamento cubano), mientras él, acompañado de los jinetes que le seguían del teniente coronel Arencibia que se le unió allí, retrocedió hacia Montiel, pero torció a la derecha por el guayabal, que allí había, para iniciar un ataque por el flanco izquierdo español, con el propósito de obligar al enemigo a abandonar la cerca de piedras tras la cual mantenían una línea de fuego poderosísima.
La columna que dirige el general Maceo (en la cual no iba el coronel Baldomero Acosta, jefe mambí de la zona, quien por orden del Titán, quedó combatiendo en La Matilde), al salir del guayabal de la finca Purísima Concepción o Montiel, según los informes dados por Arencibia, penetraron en terrenos del asiento Bobadilla, pero en su marcha, después de pasar el portillo de la cerca de piedras, a «poco les cierra el paso una cerca de alambres, y tienen que detenerse, mientras algunos jinetes se desmontan para cortar los alambres y continuar la carrera en busca del enemigo; es en estos momentos, cuando ellos se hacen perfectamente visibles para los soldados españoles, de las dos compañías de infantería (séptima y octava del San Quintín), que formaban el flanco izquierdo enemigo, parapetados tras la cerca de piedras que daba al callejón del Guatao, y la infantería española concentra sus disparos sobre los mambises, que en su rápida marcha habían tenido que detenerse, y es entonces cuando se produce el desastre».
7 de diciembre de 1896. Testimonio del Teniente Coronel Dionisio Arencibia Pérez

Foto: Revista Carteles

El teniente coronel Dionisio Arencibia Pérez contó cómo le fue narrada la muerte del general Maceo por su jefe, el coronel Arencibia, uno de los valientes que acompañaban al Titán en aquella atrevida operación.
«De pronto, aquel gigante, aquel coloso, aquel genio de la guerra, afloja las riendas de su corcel, que se detiene quizá por instinto, deja caer el machete de la mano, vacila y cae desplomado.
«Los jinetes se arremolinan en torno suyo. El ataque por aquel lugar sufre un colapso. Yo que me hallaba al lado del General, cuando iba cargando, me detengo también. Lo veo en el suelo, derribado, y veo también a su médico, el doctor Máximo Zertucha, correr el primero en su auxilio, tirándose del caballo en loca desesperación.
«Lo examina, lo incorpora, le introduce su dedo en la boca herida, que estaba llena de sangre. Una nueva descarga hace blanco de nuevo en el lado derecho del vientre del general Maceo.
«En tanto, el grupo en derredor del héroe caído va en aumento. El enemigo parece darse cuenta de que algo grave está ocurriendo en nuestro campo.
«Afinando la puntería, los soldados españoles dirigen un fuego concentrado sobre aquel grupo, que le hace imposible sostenerse allí junto al cadáver del jefe muerto. Juan Manuel Sánchez trata de llevarse el cadáver del general Maceo. Un balazo en el muslo derecho le hace rodar por el suelo. Nos replegamos.
«Yo le grité a Sánchez:
«¡Monte a caballo, antes que se le enfríe la herida! Aquel sitio era ya un volcán, un verdadero infierno. Las balas zumbaban como abejas de colmena desparramadas. El silbido peculiar de los mausers helaba la sangre. A cada momento la puntería de los tiradores enemigos se hacía más certera sobre aquel sitio, y el que intentaba mantenerse allí, era muerto o herido.
«El repliegue fue, pese a ello, bastante ordenado. Yo no podía borrar de mi mente la caída del General, sus heridas y su boca ensangrentada. Se nos agregaron otras fuerzas que también se replegaron. Llegamos a los muros de San Pedro, procurando desde allí la defensa de nuestro campo.
«Fue en aquel momento cuando la noticia de la muerte del general Maceo comenzó a regarse entre nuestros jefes, oficiales y soldados.
«Cuando llegué a los muros de Montiel había un grupo allí reunido. El general Miró dijo: “¿Quién sabe aquí, donde cayó el general Maceo?”. “Yo”, le contesté, y le dije al general Miró: “Vamos allá”. “No”, contestó Miró, “vaya usted y vea si sigue allí el enemigo”.
«Eché a andar en dirección a Bobadilla, solo, pero el capitán Miguel Hernández quiso acompañarme, llegamos al callejón e hicimos fuego, contestándonos el enemigo con descargas desde la cerca de piedras, tras la cual se habían atrincherado; volvimos y le dije al general Miró:
«”¡Ahí están los soldados!” Me contestó el general Miró: “Yo voy a buscar gente”, retirándose al pozo de Lombillo el general Miró en compañía del general Pedro Díaz”».
7 de diciembre de 1896. Testimonio del Capitán Fermín Otero
Por su parte, el capitán Fermín Otero, al relatar los hechos del combate en que él había tomado parte, dijo: «Estaba el primer escuadrón de nuestro regimiento Santiago de las Vegas, acampado cerca de ustedes, pero no en La Matilde, sino en Montiel, entre el callejón de Cuatro Caminos de Piñas y el guayabal de Montiel. Cuando la caballería de Peral atacó a ustedes, el comandante Chacón, jefe del escuadrón, y yo, su capitán, pusimos una línea de fuego tras la cerca de piñones del callejón, allí fue herido en el cuello el comandante Chacón».
Sobre los sucesos de Bobadilla continuó: «Cuando el general Maceo cayó, y después de haberse marchado el doctor Zertucha, me aproximé al grupo, que trataba de levantar el cuerpo del general Maceo, y pedí que me lo echaran por delante para retirarlo en mi caballo, pero en esos momentos, una bala me hirió en el tobillo izquierdo, siendo retirado de allí por dos compañeros; a poco sentí vértigos, y perdí el conocimiento».

Foto: Revista Carteles

 Consideraciones generales del Comandante José Cadalso Cerecio
«En relación con lo mucho que se ha hablado, sobre la sorpresa que sufrimos las fuerzas cubanas, y si las guardias eran suficientes y estaban bien colocadas, sostengo que las avanzadas y guardias fueron bien colocadas por el jefe de día, comandante Andrés Hernández, de las fuerzas del coronel Baldomero Acosta, jefe de esa zona.
«También aseguro que no había lugar como aquel para establecer el campamento, en varias leguas de allí; el enemigo no desechó las guardias, pues precisamente fue a dar con la que teníamos colocada en el callejón del rastro, los que estábamos en la avanzada en La Matilde.
«Era el centinela en ese momento, en esta guardia, el soldado de mi escuadrón, Esteban Carmona Collazo, quien no fue muerto, como dijo el teniente del E. N. René Reyna Cossío, en su admirable conferencia pronunciada a fines del año 1929, ya que falleció Esteban Carmona Collazo en el asilo de Tiscornia, en 1948, (Sala de Veteranos), en el cual lo visité en compañía del comandante Miguel Varona Guerrero y otros señores, en el año 1943, donde levantamos un acta que él firmó, con relación a los hechos de San Pedro.
«En relación con la eficacia de las exploraciones, habiéndose hablado de un cargo de jefe de Exploración, y que lo desempeñaba ese día, en San Pedro, el  coronel Delgado, lo que no era cierto, y expongo como corroboración que todos los actores que han escrito sobre San Pedro,como los coroneles Piedra, Arencibia, Andrés Hernández, Baizán, Cerviño, Miguel Hernández, así como también el teniente Reyna, en su conferencia, han dicho que el jefe de Día, que realizó las “exploraciones” del campamento y sus cercanías, que estimó pertinentes, y las que le ordenó el general Maceo, no fue otro que el comandante Andrés Hernández.
«El brigadier Miró también lo dice en su folleto de Palma Larga, en la página número 36: “El General llamó entonces a mis informantes, pero al mismo tiempo, el comandante Andrés Hernández, encargado ese día del servicio de exploración, trajo la noticia de que por aquellos contornos no había novedad”.

Grupo de veteranos que combatieron en San Pedro reunidos allí después de terminada la guerra en el sitio donde cayó Maceo. De izquierda a derecha, Coroneles Rodolfo Bergés, Andrés Hernández y Ramón Ahumada, general Alberto Nodarse y en el último término Baldomero Acosta. Foto: Revista Carteles

«Estaba el coronel Delgado informando a Maceo sobre el curso de las operaciones en la provincia de La Habana, cuando uno de sus fuerzas le dijo que la columna de Cirujeda había salido de Punta Brava, lo que fue confirmado en el acto por el comandante Andrés Hernández, que se desmontaba para informar al General que la columna enemiga que había salido de Punta Brava no se dirigía a San Pedro sino a Cangrejera. Y es lógico que fuera Andrés Hernández, jefe de día, ya que pertenecía a las fuerzas del coronel Baldomero Acosta, jefe de esa zona.
«En un trabajo publicado hace meses, que tuvimos que refutar, se hablaba “del desastre producido por la sorpresa del campamento”, y es lo cierto, que en La Matilde, donde nos encontrábamos y tuvimos la oportunidad de ver la llegada y acometida del enemigo, de resistir su empuje pie a tierra y dispersarlo, iniciando una carga por parte nuestra, no hubo “ningún desastre” para las armas cubanas, y sí lo hubo para las fuerzas españolas, que tuvieron 28 bajas.
«Allí se continuó peleando durante todo el combate; fue el único sector en que se luchó por mucho rato cuerpo a cuerpo, primero, y después cambiando disparos por ambas partes. Hasta ese momento era una victoria cubana. (Véase lo dicho por Miró en Caída del Titán: Hasta aquí, fue ganada la acción, y era conveniente darla por terminada).

Plano el combate de San Pedro Foto: Revista Carteles

«Sobre lo expresado por Miró, cuando dice: “El campamento del general Maceo era barrido por las balas enemigas, y que éstas mataban o herían a los que corrían tras los caballos”, yo afirmo que en ningún momento las balas enemigas cruzaron el asiento de la Purísima Concepción o Montiel, donde estuvo el Cuartel General de Maceo, por las razones siguientes: primero, que la dirección que llevaba las balas enemigas, no era hacia Montiel, por su situación (véase el plano del campo del escenario de batalla) ; segundo, que en el único instante que alguna bala pudo llevar esa dirección fué cuando la caballería de Peral nos atacó en La Matilde, con tiros de tercerola Remington que no tenían un alcance efectivo mayor a 500 metros de distancia, y los de Peral no llegaron a situarse a menos de 700 metros del campamento de Maceo.
«Con respecto a la buena situación del campamento, el coronel Cerviño ha dicho: “Y después de haber recibido el general Maceo las seguridades del lugar, por el jefe de día, comandante Andrés Hernández y otros jefes conocedores de la zona, fue que dispuso que continuáramos en San Pedro”.
«El desastre vino después para las fuerzas cubanas, en Bobadilla, cuando Maceo pretendió flanquear al enemigo, para atacarlo por su retaguardia, con una carga al machete, objetivo que quizá hubiera logrado si no encuentra la muerte, según lo ya explicado. Mi amigo René Reyna, en su admirable conferencia sobre San Pedro, dijo: “Maceo pudo decidirse, ya que se reaccionó inmediatamente de la sorpresa táctica, por uno de estos tres planes a ejecutar: retirarse hasta los montes de Coca; asumir la defensiva en la loma de Los Mameyes de Claudio; o atacar”.
« Y yo digo que, de todos modos, lo que procedía era tomar medidas para retirarse. Lógicamente se ve que Maceo no fue obligado por las circunstancias, a proceder como lo hizo atacando por Bobadilla, sino que tuvo libertad de acción, una vez estabilizado el frente de combate, en el flanco izquierdo cubano, en La Matilde. Luego el sorpresivo ataque enemigo, tan vigorosamente rechazado, en nada influyó en el desastre de Bobadilla
«El brigadier Miró en sus Crónicas dice: “Alberto Nodarse y Francisco Gómez, se unieron al grupo de la tribulación (el que estaba junto a Maceo, cuando Zertucha lo examinaba). La versión más atendible es la de Juan Manuel Sánchez, que al regresar herido hacia el campamento, dice haber visto a Panchito, que se dirigía hacia donde había caído Maceo. Esto concuerda con lo expresado por Nodarse, quien fue el último en retirarse gravemente herido, del sitio de la “tribulación”.
«Se ha dicho que en San Pedro no hubo tal rescate; pero los que así opinan, piensan que aquella “temeraria y suicida acción”, a la que nos arrastró el coronel Delgado, y nuestro patriotismo, no puede considerarse rescate, porque no hubo un cuerpo a cuerpo. Si tal lucha no se efectuó, fue porque los guerrilleros, protegidos por la retaguardia de sus fuerzas, y cuando estaban despojando los cadáveres, al sentirnos abandonaron los cadáveres y salieron huyendo en busca del grueso de sus fuerzas. De no haber llegado nosotros, se hubieran llevado los cadáveres amarrados a las colas de los caballos, para mostrarlos como trofeos.
«Como comprobación de que hubo rescate, véase lo dicho por el comandante Andrés Hernández: “Parte el grupo hacia el palmar, que queda frente al enemigo, el que entonces fija su fuego sobre el palmar” (a donde ha llegado el grupo). Y lo escrito por el coronel Arencibia: “Caímos sobre el campo de batalla, pero fuimos contenidos. El enemigo, que aun estaba atrincherado, nos recibió con tremendas descargas”.
«Véase, pues, cómo según lo expresado por estos dos veteranos, que pelearon muy duro en San Pedro y formaron parte del grupo rescatador, que aquello no fue cosa de “coser y cantar”, como han pretendido dar a entender algunos. Por todo lo expresado, podemos llegar a las dos conclusiones siguientes: que en San Pedro hubo un verdadero rescate de los cadáveres de Maceo y Panchito Gómez, y que el iniciador de tal acción no fue otro que el coronel Juan Delgado y González, organizador y jefe del regimiento Santiago de las Vegas.
«A pesar de esto, cuando los generales Pedro Díaz y Miró llegan al Cuartel General del Generalísimo Máximo Gómez, le informan a este que había sido el general Díaz el que, al frente de 30 hombres, había rescatado los cadáveres de Maceo y Gómez. El coronel Manuel Piedra, que narra este episodio en su obra Mis primeros treinta años, dice que presenció cuando el Generalísimo se lo refería a la tropa allí formada, y que él sintió deseos de gritar que aquello era una infamia, pero que el ayudante Feria le dijo: “No hagas eso, te puede acarrear consecuencias; fíjate que Miró está presente y ha callado”. Y continúa diciendo: “¡Si tan siquiera aceptaran que Miguel Hernández y su grupo del Santiago de las Vegas fue el que los encontró!”.
«En lo escrito por el coronel Sánchez Figueras en febrero de 1897, en la subprefectura de “Naranjo”, se dice que cuando se retiró de la línea de fuego de La Matilde, donde peleábamos, fue a reunirse con los generales Pedro Díaz y Miró, ya enterado de la muerte de Maceo, y que dirigiéndose a ellos: “Le pregunté a Díaz que qué creía debía hacerse”; éste me respondió: “Eso allá usted que es el jefe de la brigada”.
«Lo narrado por Miró y Sánchez Figueras, y los informes dados al Generalísimo, motivó que el coronel Nodarse se dirigiera a aquél en carta aclaratoria, para decirle:
«Me veo precisado a referir la verdad de lo ocurrido, porque ninguno de los artículos hace mención de mi humilde nombre, siendo yo el único autorizado en verdad para relatar los hechos con exactitud”.

Coronel Juan Delgado, héroe del combate de San Pedro. Foto: Revista Carteles

«Después de una extensa exposición de lo ocurrido hasta el momento en que, herido, se tuvo que retirar de Bobadilla, dice: “Hasta aquí, lo que yo sé”.
«Mi estimado amigo el señor Gerardo Castellanos, en su obra Francisco Gómez Toro, págs. 410 y 411, pregunta: “¿Por qué motivo son tan discrepantes las informaciones, precisamente del jefe de Estado Mayor (Miró), y del que lo era interino, el día de la acción (Nodarse)? ¿Mala fe? ¿Busca Miró justificar su retirada? ¿Se tratará de casos de amnesia temporal por depresión nerviosa? Quizá. Algunos salieron de allí aterrados”.
Según lo narrado por el coronel Nodarse, cuando vio al general Maceo montar en su caballo para ir en busca del enemigo, el Titán dijo:
«Muchachos, vamos a la carga, que les voy a enseñar a dar machete”. Y quiso el destino que el general no pudiera poner su machete sobre el cuerpo de soldado enemigo alguno; pero lo que sí fue una realidad es que la única carga al machete la dieron los mambises, en la contracarga de La Matilde, dirigida por dos valientes jefes de la provincia de La Habana, los coroneles Delgado y Rodríguez.
Con referencia a este hecho, el teniente Reyna señaló:
«Nuestra probidad nos veda quemar el incienso del elogio, cuando no es merecido y carece de justificación, pero es algo tan insólito el brioso empuje de Juan Delgado y Alberto Rodríguez, dos jefes inolvidables para los cubanos, que saben de sus proezas, ante la sorpresa de Peral, que merecen esos dos mambises, de contextura férrea, y los que los acompañaron, algunos de estos presentes, hoy aquí, tanta admiración y respeto, que nos declaramos impotentes para resumir con palabras, la maravillosa contracarga que evitó la muerte del lugarteniente general, bajo los árboles frondosos, entre los que descansaba, e hizo posible que nos dejara, como su última imagen, la impresión de su figura gigantesca, cayendo de su corcel de guerra, con el acero en alto, en el fragor de la pelea.
«Yo, por mi parte, en relación con el combate de San Pedro, he querido confirmar lo que sé que es cierto, rectificar lo que es inexacto, y negar rotundamente lo que es falso, tratando de aclarar muchos hechos, como combatiente que fui en aquella acción; pero trayendo también en cada oportunidad, narraciones y opiniones expresadas por distinguidos compañeros, que también fueron actores, en aquel combate, uno de los más importantes, de nuestra Guerra de Independencia».

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Rinde pueblo de Granma homenaje a héroes y mártires de la Patria (+Fotos)

Bayamo, 7 dic (ACN) Cientos de pobladores de esta urbe oriental, en su mayoría jóvenes, adolescentes y niños, junto a combatientes, familiares de los caídos y autoridades políticas y gubernamentales de la provincia de Granma, homenajearon hoy a los mártires de la Patria que ofrendaron sus vidas en misiones internacionalistas.

En el acto, antecedido por la ya tradicional peregrinación hasta la necrópolis local, los participantes también rindieron honores al Mayor General Antonio Maceo Grajales y su ayudante, Francisco (Panchito) Gómez Toro, en ocasión de cumplirse el aniversario 125 de su muerte en combate.

Jesús Sosa Villareal, primer secretario del Comité Municipal de la Unión de Jóvenes Comunistas en Bayamo, patentizó el compromiso de las nuevas generaciones de mantener vivo el legado de esos eternos combatientes, quienes fallecieron por la libertad, tanto en suelo propio, como en otras tierras del mundo.

Continuaremos siendo protagonistas en el enfrentamiento a los desafíos actuales de Cuba, dijo, como garantes para que esta digna Patria socialista jamás sea mancillada.

Calixto Santiesteban Ávila, máximo dirigente político de la localidad, resaltó el poderoso significado del tributo popular que año tras año enaltece el ejemplo de Maceo y Pachito, y el de los más de dos mil caídos en la epopeya cubana en África.

Subrayó, además, la entrega y el valor de las Fuerzas Armadas para la Liberación de Angola, cuya unidad con los hijos de la mayor de las Antillas hizo posible la victoria final.

Las causas justas del continente africano siempre han recibido el apoyo de la isla, y por ello en esta jornada recordamos igualmente a los valerosos soldados de Namibia, Guinea-Bissau y Etiopía.

Tampoco olvidamos la presencia allí del Guerrillero Heroico Ernesto Che Guevara, quien combatió a mercenarios blancos al este de Zaire (actual República Democrática del Congo), ni la importante contribución de maestros y médicos cubanos en la República Árabe Saharaui.
Por dichas razones podemos sentir profundo orgullo de nuestra historia de solidaridad y heroísmo, cuyos protagonistas han sido sobre todo jóvenes, agregó.
Plazas, calles y necrópolis de los 13 municipios de Granma fueron escenario del homenaje sencillo a los héroes del pueblo, en el aniversario 32 de la denominada Operación Tributo, que tuvo lugar en 1989.

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