emigración

¿Acaso los mítines de repudio propiciaron una emigración ordenada y segura?

LA HABANA, Cuba.- En el contexto de recientes intentos de salida del país por parte de ciudadanos cubanos, lanzados al estrecho de la Florida en aras de alcanzar las costas de Estados Unidos, así como de riesgosas travesías de otros compatriotas a través de varias naciones centroamericanas en pos de lograr igual fin, la Mesa Redonda de la televisión cubana brindó hace poco un programa para tratar ese escabroso tema.
Como era lógico esperar, los panelistas de ese espacio insistieron en el discurso oficialista que culpa al gobierno norteamericano por la emigración ilegal de cubanos hacia el vecino del norte. En ese sentido se refirieron al cierre de los servicios consulares en la embajada de Estados Unidos en La Habana, a la necesidad de viajar a terceros países para obtener las visas, al impacto dejado por la pandemia del coronavirus, y el que por supuesto no podía faltar: el recrudecimiento del “bloqueo” económico a la isla por parte de Washington.
En cambio, en ningún momento esos panelistas reconocieron la desesperada situación que afrontan los cubanos de a pie, que constituye la causa principal que los obliga a arriesgar sus vidas con el objetivo de hallar un futuro mejor. Sin comida, sin medicamentos, la mayoría sin dólares para comprar en las tiendas en moneda convertible, y algunos hasta sin trabajo debido a los cierres de entidades estatales. En realidad, un panorama desolador que no ofrece muchas opciones de subsistencia.
Durante el transcurso de la Mesa Redonda afloraron dos elementos expuestos por los panelistas que ameritan una aclaración especial. Así tenemos que el coronel Mario Méndez Mayedo, jefe de la Dirección de Identificación, Inmigración y Extranjería del Ministerio del Interior, señaló que “la migración regular, ordenada y segura de los cubanos hacia el exterior forma parte de los principios que rigen a la nación cubana” (“Cuba por un flujo migratorio regular, ordenado y seguro”, en periódico Granma, edición del 9 de julio).
En primer término, habría que preguntarse qué edad tiene ese coronel. Porque si no rebasa los cincuenta años es muy probable que nada sepa de los terribles mítines de repudio -que incluían insultos, golpes y lanzamiento de objetos contra sus viviendas- que en 1980 las autoridades cubanas les daban a las personas que abandonaban el país por el puerto de Mariel. Y que nada sepa debido a que la historiografía castrista se empeña en olvidar ese y otros “trapitos sucios” que muestran la verdadera cara de los gobernantes cubanos. En fin, señor coronel, ¿puede considerarse ordenada y segura una emigración signada por la descalificación personal y el maltrato físico?…
Por otra parte, el señor Ernesto Soberón Guzmán, director de Asuntos Consulares y de Cubanos Residentes en el Exterior, del Ministerio de Relaciones Exteriores, apuntó que “la política migratoria de Estados Unidos ha sido un instrumento de la hostilidad hacia nuestro país desde el mismo triunfo de la Revolución en 1959”.
A lo mejor el flamante funcionario tampoco sepa de la reprobable maniobra de la cúpula gobernante cubana durante el propio éxodo por el Mariel, cuando llenó las embarcaciones con personas enfermas siquiátricamente, y también con reos que cumplían sanciones por delitos comunes. Todo con el innoble propósito de hacer ver que quienes se iban de Cuba eran los delincuentes y la “escoria” que no cabían en el “paraíso” socialista.
Ahora que por estos días la prensa oficialista cubana se ha hecho eco de la celebración del 1er Festival Cultural de Cubanos Residentes en el Exterior, no resulta ocioso reiterar que, más que mirar a la supuesta hostilidad de la política migratoria de Estados Unidos hacia la isla, se le debía exigir al gobierno cubano una disculpa oficial a la diáspora cubana por los bochornosos sucesos de 1980.
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4 de julio: callejeo, espero

4 de julio. Elsa es la realidad: una tormenta más arremetiendo contra Cuba. Es lo incierto. Pánico. La impotencia.Pero vivo en Filadelfia y es 4 de julio, insisto. Y es también domingo, día en que se me exacerba la pereza. Desde los ventanales de mi apartamento, puedo ver tranquilamente la mañana soleada trocándose en tarde lluviosa y, en la noche, el espectáculo de los fuegos artificiales. Mas no aguanto la modorra —Elsa u otro arrebato o una gran tristeza que no consigo comprender me lanzan a las calles. Vivo cerca de los lugares “sacros”: la campana de la libertad, la casita donde Betsy Ross cosió la primera bandera, tantos edificios antiguos ante los que se detienen con actitud exaltada los turistas; se me confunden las placas conmemorativas, pierdo el sentido… Suelo pasar junto a la tumba de Benjamin Franklin, camino a una tienda de antigüedades que visito regularmente. Casa de Betsy Rose, 239 Arch Street, Philadelphia. Foto: Wikipedia.Vivir en Filadelfia es como vivir en Santiago de Cuba, jugueteo a veces. Demasiadas esquinas significativas, estatuas y objetos memorables pueden abrumar la existencia cotidiana. Pero como hoy es 4 de julio, me dejo embriagar por la parafernalia patriótica.Vagabundeo, pues. Como si este amago de extravío fuera a depararme un destino diferente a todo lo preconcebido. Torcer mi suerte. Siempre lo he intentado; saltando de una orilla a la otra del Atlántico como emigrada que soy. Flâner, se le llama a esta costumbre mía en París, donde sentía la misma incomodidad el día de la fiesta nacional. También en París viví por una época cerca de los sitios de más intenso temblor histórico; era difícil no caer en el epicentro del jubileo, la Bastille, cada 14 de julio.Siempre julio: 4, 14, 26. Me pregunto en qué consiste el sex appeal del mes de julio para las efemérides libertarias. Aunque la que con mayor brío levanta mis instintos celebratorios no ocurre en julio sino en enero: 1ro de enero de 1804, día en que fue proclamada la independencia de Haití, en que fue instaurada la primera república latinoamericana, por hombres y mujeres negros, esclavizados, que se emanciparon a sí mismos y de un tajo crearon un país propio. Empobrecido, pero propio. Un país negro en medio de Occidente. Entretanto, las otras revoluciones y repúblicas nos relegaron siempre a un espacio subalterno dentro de la democracia planeada, siempre en un escaño inferior, siempre trayéndonos a la escena civil con titubeo y desconfianza. Ya no se esconde más la ambigua posición de Thomas Jefferson, que, mientras aparentemente apoyaba la gradual abolición de la esclavitud, en toda su vida apenas se dignó liberar dos de los más de 600 esclavos que poseyó. Carlos Manuel de Céspedes, por su parte, se abrogaba el derecho de declarar libres a los cimarrones apalencados, siempre y cuando se incorporasen al Ejército libertador, luchando bajo el mando de los líderes independentistas —muchos de ellos, sus antiguos amos. ¿No se nota la paradoja en la propuesta de “liberar” a cimarrones que ya se habían procurado por sí mismos la libertad?Pero, volviendo a Filadelfia, hoy, en mi deambular, pasé por un costado del Carpenters’ Hall, donde el Congreso Continental firmó la Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776. Los guías gritaban y gesticulaban con mayor fervor que de costumbre, seguidos por grupos de turistas más circunspectos que de costumbre. Mis calles de todos los días estaban sin embargo desiertas. Yo había salido de casa con la esperanza de descubrir cómo el pueblo de Filadelfia, festejaba su día nacional; para toparme casi exclusivamente con turistas. Se me hizo fácil imaginar que ya mis vecinos estaban seguramente en la playa o en el campo o abriendo las primeras cervezas a punto de comenzar el barbecue familiar. Carpenters’ Hall. Foto: carpentershall.orgA cada cual su barbecue. El mío no es hoy, fue exactamente una semana atrás en un patio berlinés, en casa de mi padre, otro emigrado. Y los emigrados festejamos cuando podemos y como podemos, en julio como en enero… Mi familia y mis amigos andan casi todos desperdigados por el mundo; por lo que a mí no me queda más remedio que perseguirlos, de país en país, mendigando un cariño que dura siempre poco: apenas los días de mi estancia en Berlín, Coímbra, Madrid, París… La Habana. Allí quisiera ahora mismo estar. Llegar antes que Elsa, la atribulada, y correr a abrazar a mi madre. Pero no puedo. Cuando par de meses atrás recibí la segunda dosis de mi vacuna, completando el ciclo de las inmunizaciones contra el coronavirus, me sentí liberada y de inmediato empecé a hacer planes para viajar a La Habana… sólo para que una tras otra mis reservaciones hayan sido canceladas por las aerolíneas. Más de 3500 casos diarios. No escampa. Encima, se acerca Elsa.En mi horizonte, aun si no es noche completa, comienzan a estallar los fuegos. De vuelta estoy en casa, acomodándome junto a la ventana para verlos mejor. Me pierdo algo de la pirotecnia, sin embargo, pues sigo las noticias que describen otro cielo. Acecho a Elsa, que, según avisa el licenciado Rubiera en la televisión cubana, avanza a estas horas desorganizada, indecisa a las puertas de Cuba. No se sabe qué pueda traer.PublicidadVa ya anochecido de veras y los fuegos artificiales arrecian. Sirenas de ambulancia. O la policía. No recuerdo dónde estoy. Soy una inmigrante.Dicen que llegan vuelos desde Madrid y Moscú, con turistas ávidos de veranear en las playas cubanas, ahora desiertas. Llevan euros, o rublos, monedas aceptadas en la isla. Dicen que viajan también muchos cubanos desesperados. Harán cuarentena antes de poder reunirse con sus familias.No lo entiendo muy bien. Yo no entiendo más que el dolor. Se mezclan en mi mente los mensajes de los viajes cancelados, con las fotos satelitales de Elsa y las curvas registrando los casos de COVID, con la tasa de cambio de dólares en euros, o rublos o yuanes ¿por qué no? Pienso en el artículo que leí esta mañana sobre la Ruta de la Seda y los festejos por el centenario del Partido comunista chino; pero me interrumpen los fuegos. Grandiosos, hipnóticos, incluso para alguien como yo, que nunca ha conseguido entender la dinámica emocional de los fuegos artificiales.Es 4 de Julio, ¿cómo olvidarlo?Mucho antes de establecerse en Miami en el 2001, repatriarse a La Habana en el 2013, para luego regresar a los Estados Unidos, Manolín “El Médico de la Salsa” lanzó un tema cuya pegajosa frase “te fuiste, y si te fuiste perdiste; yo no, yo me quedé”, se escuchaba en todas las discotecas cubanas. Probablemente hasta sonaba en las bocinas del aeropuerto José Martí cuando en 1995 me marché a París. En ocasiones, de agarrarme la sensiblería aritmética, descubro que llevo más años viviendo fuera de la isla que adentro. También, perfectamente recuerdo cuándo decidí marcharme, en pleno Período especial. Fue durante una tarde de apagón en 1993, casi de noche, mientras hacía cola en la carnicería para comprar algo llamado pasta de oca —tenía que ser así, pues sin electricidad para hacer funcionar los frigoríficos y mantener fría la mercancía, había que despacharla en el momento mismo en que la descargaba el camión. Yo me preguntaba si no debía estar entonces preparándome para un examen que tenía al día siguiente, en vano me torturaba imaginando cómo hubiera sido mi día de estudiante de estar en otro país. Pero mi pregunta carecía de sentido, porque yo vivía sola con mi abuela, que andaba además enferma por aquellos días; y todo lo que tenía que hacer era permanecer de pie en la cola, hasta que llegara mi turno para comprar la cantidad que me había sido asignado consumir de la misteriosa pasta de oca. La pregunta sólo tenía en realidad una respuesta, concretada dos años después según me convertía en emigrada.Ahora, si me es permitido, doy viajes de una esquina a otra del planeta recuperando retazos, procurando recomponer lo roto. Y callejeo mientras pienso y espero. Son demasiados meses pendientes de mi madre a través de mensajes y llamadas. No me canso de repetirlo: no importa la edad, necesitamos siempre la madre. No importa cómo sea su estilo de maternidad, iremos a ella, la buscamos bajo cualquier circunstancia.Termino por cerrar las ventanas y correr las cortinas. Afuera siguen los fuegos. Tal vez, el próximo mes, suspiro, dejen de cancelarme los vuelos. El olor de la carne de mi madre no ha de llegarme nunca por WhatsApp.

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Salida ilegal de Cuba: El mar no perdona (II y final) (+videos)

Los sobrevivientes narran la traumática experiencia. (Foto: Archivo de Granma) Llegamos al Van Troi 1, municipio de Caibarién, tres meses después del naufragio. El sillón pequeño de madera aún sigue en la sala del apartamento 1 del bloque a; pero ahora está vacío. Lázaro Jiménez González, el abuelo, nos habla con un nudo en la …

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