Crónicas

Crónica de resistencia a una embestida «pacífica» del odio

A pesar de la amenaza, Susana sostiene, firme y en alto, el cuadro de Fidel. Está furiosa y no quiere abandonar la primera línea de defensa, allí en la sede del Comité Provincial del Partido Comunista de Cuba, en Holguín.
Minutos antes han tratado de arrebatarle la imagen y ha repelido, con energía, a quienes al inicio se presentaron con llamados a la calma, igual que los que llegan ahora.
Los hombres de este último grupo de provocadores supuestamente han aceptado no transgredir el límite indicado, pero hacen una seña a las mujeres que les acompañaban y aquellas embisten. Todo está calculado, pero fracasan en el primer asedio al edificio.
La situación cambia bruscamente. Un tumulto agresivo que apareció desde la parte del reparto Piedra Blanca logra agruparse frente a la entrada principal. Para Susana y sus compañeros ya no tiene sentido permanecer en la calle defendida minutos atrás. La decisión es apoyar a los tres agentes del orden que refuerzan, junto al custodio habitual, una de las entradas de vehículos al edificio. Evitar que ingresen por este lado se convierte en misión.
Dos motociclistas se acercan a la barrera e intentan confundir mediante la apropiación de nuestros símbolos y mentiras programadas. El más adelantado es el más activo. «Si ese estuviera vivo –señala a la foto de Fidel, que Susana levanta–  no estuviera pasando esta situación. No apoyen a Díaz-Canel (lo ofende brutalmente), y pónganse de nuestro lado. Ya en Matanzas la Policía se sumó a los que estamos en la calle. No empleen la fuerza, esto es una manifestación pacífica».
De repente hay una especie de alarido en el área frontal del edificio, donde se ha concentrado la mayoría de los que llegaron desafiantes. Le sigue una brutal andanada de piedras contra los trabajadores y funcionarios que protegen el inmueble. Los atacantes llevan las piedras en mochilas, bolsos y bolsillos. Los que ya no tienen, buscan fragmentos de losas que otros parten, coordinadamente, en la senda que lleva a la Plaza de la Revolución Mayor General Calixto García, y reemprenden la agresión.
Los provocadores buscan sangre. Desde su posición, el grupo de Susana ve a los compañeros, bajo ataque, replegarse hacia el vestíbulo del edificio. Las piedras impactan en paredes y cristales. Igualmente, dañan el parabrisas de un vehículo perteneciente a los pocos agentes del orden público que también han soportado con firmeza la embestida.
Envalentonados, unos cuantos alborotadores se alistan para avanzar hacia la edificación. Una mujer joven, en short, los arenga a no tener piedad. Es histeria pura. «Esto hay que acabarlo ya», vocifera. Otros la apoyan. Y muchos, mediante sus celulares, graban lo que sucede. Dejan constancia de su «heroicidad».  
De repente, la turba agresora emprende una de­sorganizada retirada. Alguien, entre sus filas, ha anunciado con pánico la llegada de un contingente de fuerzas del orden. Ahora los atacantes corren y solo piensan en no ser alcanzados, pero un grupo es capturado. Al refuerzo recién arribado se han incorporado los defensores de la sede del Partido, incluidos varios con heridas y otras lesiones causadas en el transcurso del brutal apedreamiento bajo el que estuvieron minutos atrás.
Una rubia que pedía linchamiento es una de las interceptadas. Les exige a los agentes del orden que la deben respetar porque es mujer. Es la estrategia de disuasión del que se reconoce perdido. La rebate una mulata enardecida que salió tras los que corren con desespero. «No la toquen, yo la conduzco», les dice a los agentes del orden. La cabecilla, completamente desmoralizada, baja la cabeza y no hace resistencia alguna.
Los ánimos siguen caldeados ¿Quién lo puede evitar? Dos policías inmovilizan a uno de los capturados. Aparecen defensores del hombre apresado. Son parte de los que se congregaron frente a la sede del Partido y aseveran que no fueron agresivos. Pero en este momento su intervención parece sospechosa. Alguien de los que ha estado en la línea de defensa del edificio los interpela: «¿Por qué no evitaron el apedreamiento?». Critican escandalosamente la actuación de las fuerzas del orden, y ya no hay dudas de que buscan llamar la atención. Son sutiles y detallistas. No se apartan del guion que elaboraron previamente.
Sobreviene una tensa calma mientras transcurre el balance de la contienda. De los que estaban en la entrada principal, se dice que Amado fue evacuado con una enorme herida en la cabeza; Neris tiene un tobillo inflamado y de una de las piernas de Teresa brota sangre. De los que aguantaron el primer ataque, en la rotonda, en el ala izquierda, se afirma que a Eddy le fracturaron un brazo, y que Salazar y Aldo, furiosos porque una pandilla de atacantes los derribó y pateó en el suelo, no quieren ponerse en manos de los médicos para permanecer en el puesto de combate.
 «Tenemos más lesionados», dice Polanco, pero muchos están atentos a los revoltosos capturados, quienes son llevados hasta un vehículo que los conducirá a una institución del orden para levantarles cargos y ponerlos a disposición de la justicia. Caminan dócilmente, sin pizca alguna de agresividad. Parece que empiezan a entender que estaban nublados por los llamados al odio hechos en las redes sociales desde Estados Unidos y otros asentamientos de enemigos de la Revolución.
Creyeron que en horas serían apoyados por tropas yanquis y hombres armados llegados en flotillas provenientes de Miami, pero en este instante saben que se dejaron llevar por delirios.
Llaman a reunirse en la escalinata frontal de la sede del Partido, donde fue más brutal el ataque. Los defensores y un grupo de compañeros recién llegados entonan las notas del Himno Nacional. Allí, en un extremo está Susana. Una sola vez se le vio sin la foto de Fidel, y fue cuando la puso a resguardo, para salir con sus compañeros tras los asaltantes en estampida. Ahora vuelve a levantarla todo lo alto que puede.

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