comunismo

Un siglo de comunismo chino

LA HABANA, Cuba. — El primero de julio se celebraron los cien años de la creación del Partido Comunista Chino. Y conste que el día fue fijado a posteriori, de modo arbitrario, por Mao Zedong, pues los participantes en el conciliábulo inicial no pudieron recordar la fecha exacta en que este tuvo lugar. La ocasión fue propicia para la realización de actos espectaculares en el gigante asiático. También fue conmemorada en Cuba.
En puridad, nada auguraba que la reunión en Shanghái de una docena de subversivos (destinada a multiplicarse con el paso de los lustros) pudiera llegar a tener un impacto tan considerable en la historia. Pero es un hecho cierto que ellos y sus compinches lo han tenido. Es verdad que, como regla, no para bien, pero este juicio de valor no menoscaba el rol prominente desempeñado por su facción.
De acuerdo con los documentos fundacionales de la secta (escritos por dos súbditos de una Alemania industrializada), se suponía que el flamante movimiento político representara al proletariado. Pero es evidente que mal podría ese partido ser portavoz de un sector social que en la práctica no existía en la atrasadísima China. Desde un inicio, fue entre los campesinos que empezaron a implantarse los “ñángaras” del inmenso país.
En 1934 tuvo lugar el primer acontecimiento de importancia en el que participaron los rojos. Ante las perspectivas de ser aplastados por las fuerzas gobiernistas del general Chiang Kai-shek, el jefe comunista ordenó realizar la “Gran Marcha”. Más de cien mil personas acometieron la tarea de atravesar de sur a norte el inmenso país, pero sólo unas veinte mil culminaron la misión.
Ya en su nueva base, los marxistas-leninistas se consagraron a desarrollar la guerra de guerrillas contra el bando nacionalista encabezado por el Kuomintang. También a luchar contra los invasores japoneses, que para esas fechas habían penetrado profundamente en territorio chino. Pero esto en menor medida: la provincia de Shaanxi, destino de la “Gran Marcha”, no en balde fue escogida precisamente por su lejanía de las zonas ocupadas.
Tras la derrota japonesa, el ejército comunista se aprestó a disputar abiertamente el poder al régimen de Chiang Kai-shek, cuyas fuerzas se habían debilitado de modo considerable en la lucha antinipona. En ese empeño, los rojos pudieron contar con un apoyo generoso del tirano soviético Stalin. Tras la derrota del Kuomintang, Mao Zedong pudo proclamar la República Popular China el primero de octubre de 1949.
Desde luego que las persecuciones y la represión contra todos los que no comulgaban con las ideas comunistas constituyó la regla en aquella fase inicial de la imposición del nuevo régimen totalitario inspirado en las ideas de Marx, Engels y el genocida alias Lenin.
Tras trepar al poder, Mao, ya con el título de “Gran Timonel”, tuvo el campo abierto para perpetrar los experimentos sociales que tanto gustan a los comunistas. Entre sus iniciativas de ese tipo hay dos grandes procesos cuyos nombres figurarán por siempre en los anales del horror: El “Gran Salto Adelante” y la “Revolución Cultural”.
La primera de ambas iniciativas —lanzada por Mao en 1958— tenía como ideas centrales los conceptos estalinistas de la colectivización agrícola (con la creación de las fatídicas comunas) y un primitivo intento de industrialización rápida del país. Esta aventura desembocó en un fracaso estruendoso que estremeció la sociedad china hasta sus cimientos.
En el terreno agrícola, se produjo el derrumbe de la producción. Sobrevino una terrible hambruna que condujo a la muerte a… ¡decenas de millones de seres humanos! (los diferentes cálculos oscilan entre 15 y 50 millones). Se trató de la más mortífera de las catástrofes de este tipo originadas por el mismo hombre.
En números absolutos, Mao ganó de lleno a Stalin, con los siete millones de muertos de su Holodomor. Aunque hay una importante diferencia: la hambruna que resultó del “Gran Salto Adelante” fue fruto de uno más de los experimentos que los comunistas (nuevos aprendices de brujos) han realizado con el ánimo de “mejorar la sociedad”. La del genocida alias Stalin fue concebida, diseñada y ejecutada de modo deliberado para castigar a los ucranianos por su rechazo a la colectivización y sus ansias libertarias.
Unos años después, en 1965, Mao desató la “Revolución Cultural”. Con el fin de eliminar a sus rivales dentro del Partido, el “Gran Timonel” declaró una guerra “contra los representantes de la burguesía”. En el gran saco cupieron desde Liu Shaoqi, presidente de la República devenido “escoria” y “traidor”, hasta cualquier chino de a pie que admirase la milenaria sabiduría confuciana.
En el inmenso país se desató el caos, el cual se prolongó durante un decenio (hasta 1976). Los “guardias rojos”, fieles a las indicaciones del bonzo rojo, perpetraron todo género de crímenes y atropellos. El “pensamiento de Mao Zedong” se convirtió en la ideología dominante. Esto se veía simbolizado en un librito rojo de citas suyas, que los nuevos conversos enarbolaban dando muestras de la mayor exaltación. Se calcula que se han impreso más de 900 millones de ejemplares de esa obra, lo cual la convertiría en el segundo libro más publicado (después de la Biblia).
Las cifras de los muertos resultantes de este nuevo genocidio son aún más imprecisas que las del “Gran Salto Adelante”. Aunque parezca increíble tanta indefinición, los números que manejan los distintos estudiosos de la materia oscilan entre varios cientos de miles y veinte millones.
Las masacres fueron acompañadas por actos de canibalismo. Objeto de la saña de los “revolucionarios culturales” fueron no sólo el pensamiento de Confucio, sino también monumentos de inmensa importancia histórica, en particular, edificaciones religiosas seculares. Muchos de ellos se perdieron por completo en medio de la “furia comunista”.
A partir de 1978, Deng Xiaoping logró trepar al mando supremo, y comenzaron las reformas (en las que hubo mucho de capitalismo y muy poco de socialismo) que permitieron el impetuoso desarrollo que exhibe al presente el gigante asiático, cuya economía ha llegado a ser la segunda del mundo.
Pese a ello, el retrato del gran genocida chino sigue figurando en los billetes de banco, y su efigie de tamaño monumental (la más reciente versión de una larga lista) continúa presidiendo la inmensa Plaza de Tienanmen, en el centro de Beijing. Es evidente que los líderes actuales, aunque llevan a cabo políticas diametralmente opuestas a las que preconizaba Mao Zedong, no desean renunciar a su imagen.
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