HAVANA CLIMA

rock cubano

Ernesto Blanco camina por la luna junto a Derek Sherinian

Muy pocas veces uno se levanta con buenas noticias para el rock cubano. Entre la escasa promoción, el desinterés de los medios de difusión y el poco conocimiento sobre el calibre de esta escena, el rock nacional, pese a todo, trata de desprenderse del cuerpo el herrumbre de los años a la sombra y continuar con sus propias estrategias para la sobrevivencia, algo que ha sido una marca de esta vertiente del underground nacional.La buena nueva llega de la carrera del versátil y talentoso guitarrista y compositor Ernesto Blanco, quien acaba de grabar un tema suyo con el extraordinario tecladista estadounidense Derek Sherinian. Sherinian (California, 25 de agosto de 1966) no necesita presentación entre las tropas de los seguidores del rock más experimentados. Ha trabajado con bandas-iconos como Kiss, Alice Cooper, Black Country, entre muchas otras en una larga lista. Pero es conocido, sobre todo, por haber pertenecido a los pioneros del rock progresivo Dream Theater, donde militó durante cuatro largos años y participó en más de 200 conciertos. No hacen faltas muchas más cartas credenciales para hablar de un músico que sintetiza una buena parte del mejor rock que se cuece entre las escenas del planeta y que ha estado muy atento a la riqueza creativa que nace con la imbricación del rock con el jazz, y de todo lo que pueda, aparte a la originalidad de la creación…O sea, Derek es lo que podría llamarse, si exigieran algún calificativo redondo, como un músico completo “de los pies a la cabeza”.No era para menos entonces la sorpresa que se llevó Ernesto Blanco cuando recibió en su casilla digital una respuesta positiva de Derek. “Voy a grabar contigo, me gustó el tema que me mandaste. ¿Cuándo arrancamos?”. Ernesto se llevó las manos a la cabeza con la alegría de un adolescente y le agradeció a Derek por haber seleccionado su tema “Rebelión” tras lanzar una convocatoria en sus redes para que músicos del mundo le enviaran sus propuestas para una futura colaboración. Derek y Ernesto chatearon, se escribieron mensajes por diversas vías y la colaboración estuvo lista en menos de una hora. La noticia todavía tiene a Ernesto caminando por los pasillos de la luna. Conversamos y solo atina a describirme brevemente la consabida trayectoria de Derek:“Derek Sherinian es uno de los músicos que más me ha influenciado. Es uno de los mejores 10 tecladistas de rock de todos los tiempos. Ha colaborado con muchísimas bandas del rock del más alto nivel como Whitesnake, Billy Idol, Dream Theater. Yo lo sigo en sus redes; en su página de Instagram lanzó una convocatoria para pedir que le enviaran a su correo un tema y si le gustaba el respondía y hacía una colaboración. Me atreví a mandarle un track mío, un instrumental que había escrito hace muchos años. Para mi suerte tuve su respuesta rápidamente. Me comentó que le gusto el track y que iba a grabar un solo. Me emocionó mucho porque no pensé que tras enviarle mi tema eso fuera a llegar a algo”, me dice Ernesto.Ernesto Blanco: “Me gustaría ganarme un Grammy”Ya con la calma asentada sobre el paisaje de sus primeras emociones, Ernesto detalle el proceso de colaboración. “Me preguntó en qué parte le gustaría que grabara él solo, estuvimos coordinando y en menos de 20 minutos me envió un solo en el que descansaba todo su estilo de tocar”.El tema que el cubano le envió a Derek se llama “Rebelión”. “Lo escribí por el año 2002. En aquel momento estaba influido precisamente por un disco de Derek, que publicó en 2001 bajo el nombre Inercia. Estuve muy atrapado por ese disco. Muchas obras que estaba componiendo durante esa época tenían su influencia. ‘Rebelión’ fue inspirado en muchas pasajes de Inercia. Cuando hago contacto con él no se lo comento pero hay giros armónicos dentro de la canción que son intencionales, que son influidos por él. Cuando la escuchó, seguro reconoció algunos pasajes armónicos de su obra y quizá esa fue la vibra que lo impulsó a grabar el solo. Definitivamente, ’Rebelión’ se encontró con su influencia principal”.La colaboración no quedará grabada por el momento en un disco de Ernesto o Derek. Dice el guitarrista que la lanzarán, en una fecha aún por determinar, en las redes sociales de ambos. Dice, además, que no solo fue un golpe de suerte para él sino un reconocimiento al rock cubano. Y hace un breve repaso desde su propia mirada por algunos momentos cumbres de la historia de este género en la Isla en los que han participado músicos cubanos. No han sido muchos pero sí han tenido el empuje de la contundencia y la resolución. “Es muy importante para mi carrera que Derek colaborara conmigo. Estuvimos compartiendo ideas, chateando bastante y me dio varias ideas para que funcionaran mejor los arreglos…Pero no tuve que hacer nada. Su sonido fue impecable. Imposible de imitar”.Ernesto hace énfasis en la “suerte” aunque ya con varios años de carrera ha probado sus atendibles e identificables dotes como guitarrista, tanto en la banda de su hermano David, en la creación de su propia alineación, así como en otros proyectos junto a otros músicos nacionales.“Fue una gran suerte para mí y para el rock cubano. Hay muy pocas colaboraciones dentro del rock nacional a este nivel. Se han hecho pocas cosas. Mi hermano abrió para The Dead Daisies en La Tropical; Carlos Varela colaboró con Jackson Browne; se hizo en Cuba el Music Bridges. Sin embargo, no ha sucedido mucho que un artista internacional de la talla de Derek grabe una colaboración en un tema de un músico cubano de rock. Esto puede abrir una puerta no solo para mí sino para el rock nacional. Y eso, al final, eso más importante”.

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Vestida de mar

Roberto Perdomo no ha podido terminar la entrevista sobre el último disco que estaba grabando con Suylén Milanés y Tesis de Menta como alineación de respaldo. Las palabras se le cruzaron en la garganta y le impidieron concluir esta conversación sostenida a pocos minutos de conocerse públicamente el fallecimiento de la cantante y promotora cultural a causa de un derrame cerebral.
Perdomo atinó a asegurar algo que los seguidores de Tesis de Menta tienen claro: Suylén definió una etapa clave en la banda que durante años influyó notablemente en la escena del rock cubano, con su estilo ataviado por influencias del rock argentino, el grunge y al panorama cubano de los 90. “Una de las etapas más importantes de Tesis fue el paso de Suylén por la banda. Creyó en la música de Tesis por encima de todo. Conocerle y tocar con ella ha sido una las mejores cosas que me ha pasado en mi carrera. Siempre le agradecí mucho por lo que hizo”, recuerda Perdomo en una conversación vía Facebook.
Tesis de Menta ha publicado discos como Mi generación (Egrem, 2006), Fragmentos (Colibrí, 2008) y Luz (PM Records, 2013). La banda no se promocionó prácticamente durante su periodo de actividad en Cuba, el cual cubre más de una década, pero pasó revista a un público bastante fiel que siempre asistía a sus conciertos.
Mi generación fue un disco que se puede interpretar como la declaración de principios inicial de la alineación que consiguió su etapa de mayor madurez con Luz. En ese tránsito la formación pasó por diversas épocas que tuvieron como punto en común sus letras desgarradas y ásperas que retrataron los conflictos humanos de Perdomo, guitarrista, compositor y uno de los vocalistas de la banda; conflictos que por lo general tenían (tienen) concordancia con los conflictos de varias generaciones en el país.
La banda publicó temas como Mi generación, Dame luz, Un poco más, Vidas, De sol a sol, y Soltando amarras. Suylén sustituyó a Beatriz López como vocalista y sentó pautas también por sus cualidades vocales y el magnetismo de su proyección escénica.
“Fue en el 2011 que escuché por primera vez la voz de Suylén en la canción Cruz de nacar interpretada por Raúl Torres. Ya la había oído anteriormente con Monte de Espuma pero no la había escuchado con atención hasta este momento. Quedé impresionado con la voz de Suylén. Era una fuerza de la naturaleza, su voz era muy atinada para el rock. Tenía mucha fuerza y belleza al mismo tiempo. Después vino el festival Proposiciones, el cual ella dirigió y se hizo en la Ciudad Deportiva.
“Al festival, recuerda Perdomo, fuimos invitados y ella descubre a la banda ahí. Estaba sentada junto a Pablo mirándonos tocar Bolero Blues. Esta vez se subió como invitada su hermana Haydée Milanés y la cantó con nosotros. A partir de ahí ella empezó a trabajar con Tesis. Fueron años de conciertos, de presentarnos en diversos espacios y de festivales internacionales. Fueron grandes momentos para mí y para la banda”.
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Tesis de Menta compartió escenario con notables músicos de la isla durante sus conciertos, que si bien no eran habituales siempre conservaban esa fuerza que se desprendía de las canciones de la banda y de su comunión con el público. Recuerdo entre sus presentaciones de mayor calibre la que ofrecieron un 27 de noviembre de 2010 en la Sala Covarrubias, del Teatro Nacional, donde entre otros tuvieron como invitados a Lynn, Suylén y Haydée Milanés, Santiago Feliú, e Iván Latour.
Perdomo habla de Suylén con el compromiso de quien está dispuesto a cumplir una deuda pendiente consigo mismo. El músico ha estado grabando durante estos tiempos el último disco de ella. Para concluirlo solo le faltó a Suylen grabar La última canción, nombre de una composición de Perdomo. En el álbum además hay canciones de Pablo, entre otros autores. El disco se llamará Vestida de Mar, como una de las canciones de su padre.
“Le sugerí y ella estuvo de acuerdo en que el disco se llamara Vestida de Mar como la cancón del padre que está en el disco. Es la única canción acústica que hicimos, en la que están William Roblejo y Carlos Puebla. Ella era devota e hija de Yemayá. La portada será una fotografía de ella tratada a través de la plástica con un vestido azul”.
Los restos de Suylén fueron lanzados al mar en una ceremonia íntima a la que asistieron familiares y amigos. En ese gesto también estuvo implícita toda la libertad que la cantante buscó en la vida, en música, en el apoyo a jóvenes artistas y en esos escenarios cubanos que hoy le deben un gran homenaje.

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La Palma

Eran años homicidas. Y algunas noches eran carne para el caos, para las biografías del desenfreno o la desolación. No era fácil crecer en medio del andamiaje de la incertidumbre y la sobrevivencia. Y el lance era más difícil para los que tenían que ocuparse de que lo hiciéramos de la forma más integra posible, cualquier cosa que hoy signifique eso. Cada uno encauzaba el caos de la adolescencia de la forma que estimaba o le permitía su educación sentimental. El rock y el metal fueron para muchos no una forma de escapar sino de sentirnos parte del asfalto y el humo de la jungla de cemento. Las noches de los 90 tenían como banda sonora, aparte de la necesidad que estrujaba el estómago, ese sonido inconfundible que llegaba de las arterias del underground cubano.El “Patio de María” fue el refugio más conocido para los grupos y los fieles del metal. Su historia es bien conocida, aunque todavía no ha sido contada a fondo más allá de sus queridos mitos. Pero en el mapa de las corrientes culturales y las expresiones artísticas que escapaban de la norma existió uno de esos lugares de culto sin los cuales no se puede contar la escena rockera cubana de los 90.La rockoteca de La Palma estaba infestada de “criaturas” que llegaban de todos los puntos de la capital. Le decíamos rockoteca, digamos, para ponerle una dosis de cariño a aquel descarnado pedazo de cemento al aire libre. La primera imagen de aquel sitio se me quedó grabada como un grito en la memoria. Parecía que había ingresado al mismísimo infierno. Y no podía haber mejor alimento para mi espíritu adolescente, para el teen spirit, que aquella escena. La experiencia, antes de adentrarme en las entrañas de La Palma, no pudo ser mejor. Al menos para mis descontroladas hormonas de 18 o 19 años.Cerca del infierno quedaba una parada que, como todas las paradas de la época, lo menos que servía era para esperar una guagua. Allí estuve sentado cerca de una hora mientras esperaba a Sergio, un socio friky de aquellas noches a la desbandada. Se me acercó una muchacha de unos 17 años. Me miró y de repente se quitó su blusa negra con el símbolo de la anarquía para pedirme que le colocara bien los ajustadores. Me puso en un verdadero trance. Traté de descifrar la intención de aquella muchacha y de establecer alguna conexión. Pero nada. Ella me observaba increpándome la demora y dejándome claro que solo quería que cumpliera con lo que me había pedido. Se viró de espaldas y me señaló, con sus pechos erguidos, cómo hacerlo. Hice mi mejor intento y ella se echó a reír, como tratando de remarcar mi torpeza. Ya con esa primera experiencia me adentró en la rockoteca.Foto: cortesía de Dyango Pulido.Era un temible espacio a cielo abierto. En sus rincones, decenas de muchachos sentados o acostados, con botellas de ron en las manos, con t-shirts de cualquier banda de rock y encontrando en aquella oscuridad su propio sentido a la libertad. La vida allí se confundía entre volutas de humo y la certeza de que cualquier cosa podría pasar para ponerle adrenalina y velocidad a la noche. Busqué a la muchacha cuyo pecho había tenido cerca tiempo antes y allí estaba con otra amiga, en cuestiones de la carne.Hoy, si hago la autopsia de esa noche podría encontrar en el cadáver decenas de recuerdos, todos atenazados por la euforia y la curiosidad. Desde lo alto los “djs” vomitaban andanadas de metal y rock and roll. Ninch in Nails, Metallica, Korn, Megadeth. Todo era, literalmente, música para mis oídos. Hasta que mi experiencia cambió radicalmente cuando sonó Marilyn Manson y su “Antichrist Superstar”. Todos los cuerpos se unieron y comenzaron a desplazarse como posesos al frente de un escenario que no existía. El animal que éramos nos exigía estar a la altura de aquel descubrimiento. La bestia de Mason cantaba sobre lo que no se debe cantar y nosotros chocábamos los cuerpos, y los pelos sudorosos sobre la cintura en un círculo infernal como si quisiéramos traducir con la sangre y el sudor aquellos temas. Salí de aquel círculo dando brazadas de ahogado después de un golpe al estómago. Pero con una sonrisa plena de felicidad. Toda la felicidad que pueda existir cuando uno roza la adolescencia y es sabedor de que ha podido conocer la gloria a través de la puerta trasera de la existencia humana.Foto: cortesía de Dyango Pulido.La Palma, con el tiempo, desapareció. También fue cerrado, por una ordenanza gubernamental, el “Patio de María”, fundado por nuestra querida María Gattorno. Cuando emigro al pasado veo aquel monstruo a cielo abierto como uno de esos lugares en los que el rock y el metal corrían por la sangre y todos estamos subidos de cualquier cosa que animara al espíritu a extraer de la noche todo lo que pudiera entregarnos. Todo. La Palma es otro de esos “fantasmas” de mis primeros años en la escena de rock and roll. De aquellas noches que arrancaban en la tarde y se extendían hasta el otro día. Se podía dormir lo mismo en la dudosa humedad de una parada de guagua, que en el Parque G o en los fríos peldaños de una escalera. Daba, a fin de cuentas, lo mismo. Lo trascendente era la experiencia; darle nuestro propio sentido a una vida que en la carretera de los 90 agonizaba como un animal herido.Cuando uno hace un inventario de recuerdos hay algunos que no llegan a nada. Que se desvanecen. Como mismo lo hizo aquella muchacha que puso al límite mis hormonas y luego se fue con la noche y alguien más. Pero hay otros que nos permiten encontrar conexiones con lo que fuimos para recordarnos que hubo un tiempo en el que jugábamos a ser libres. Y aquella búsqueda estaba sobre los rieles furibundos del metal y el rock. Nada, al menos para mí, se comparó musicalmente en aquellos años con el descubrimiento de Mason después de haber pasado por Nirvana, Megadeth o Metallica. Después lo vi en videos, paseando encima de un puerco pintado de verde. Su imagen andrógina y espectral podía espantar hasta a las mismas aves del infierno. El pasado año su “Anticrist…” cumplió su 25 aniversario de haber salido a la “luz”. Creo que puede ser un buen momento para volver con la supuesta experiencia concedida por los años sobre aquellos tormentos guturales desesperados para delinear, tema por tema, el perfil de un disco que cambió la escena del metal con sus ritmos industriales.PublicidadFoto: cortesía de Dyango Pulido.La vida se ha quedado a vivir ahora en fotografías. Tenemos imágenes de cualquier momento pasado en los celulares, en las computadoras o en cuanto artefacto tecnológico exista, para hacernos creer en la sensación de perdurabilidad. En aquellos años no teníamos nada para inmortalizar el instante. Dependíamos de algún amigo de correrías que tuviera alguna de esas cámaras, —cuyo nombre no recuerdo—, que entregaban fotografías express. No conservo ninguna imagen de mi paso por La Palma. Solo los recuerdos que a veces son manejados por los antojos de la euforia, de la nostalgia o de la conveniencia. Lo que sí puedo asegurar es que fue un sitio de culto para muchos que tenían —que tienen— el rock and roll como filosofía de vida. Confieso que durante años estuve buscando en cualquier paisaje del underground patrio a aquella muchacha símbolo de la anarquía, de pechos firmes y ajustadores blancos, para tratar de convencerla de que podía mejorar mi imagen en cualquier parada de guagua…

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La Palma

Eran años homicidas. Y algunas noches eran carne para el caos, para las biografías del desenfreno o la desolación. No era fácil crecer en medio del andamiaje de la incertidumbre y la sobrevivencia. Y el lance era más difícil para los que tenían que ocuparse de que lo hiciéramos de la forma más integra posible, cualquier cosa que hoy signifique eso. Cada uno encauzaba el caos de la adolescencia de la forma que estimaba o le permitía su educación sentimental. El rock y el metal fueron para muchos no una forma de escapar sino de sentirnos parte del asfalto y el humo de la jungla de cemento. Las noches de los 90 tenían como banda sonora, aparte de la necesidad que estrujaba el estómago, ese sonido inconfundible que llegaba de las arterias del underground cubano.El “Patio de María” fue el refugio más conocido para los grupos y los fieles del metal. Su historia es bien conocida, aunque todavía no ha sido contada a fondo más allá de sus queridos mitos. Pero en el mapa de las corrientes culturales y las expresiones artísticas que escapaban de la norma existió uno de esos lugares de culto sin los cuales no se puede contar la escena rockera cubana de los 90.La rockoteca de La Palma estaba infestada de “criaturas” que llegaban de todos los puntos de la capital. Le decíamos rockoteca, digamos, para ponerle una dosis de cariño a aquel descarnado pedazo de cemento al aire libre. La primera imagen de aquel sitio se me quedó grabada como un grito en la memoria. Parecía que había ingresado al mismísimo infierno. Y no podía haber mejor alimento para mi espíritu adolescente, para el teen spirit, que aquella escena. La experiencia, antes de adentrarme en las entrañas de La Palma, no pudo ser mejor. Al menos para mis descontroladas hormonas de 18 o 19 años.Cerca del infierno quedaba una parada que, como todas las paradas de la época, lo menos que servía era para esperar una guagua. Allí estuve sentado cerca de una hora mientras esperaba a Sergio, un socio friky de aquellas noches a la desbandada. Se me acercó una muchacha de unos 17 años. Me miró y de repente se quitó su blusa negra con el símbolo de la anarquía para pedirme que le colocara bien los ajustadores. Me puso en un verdadero trance. Traté de descifrar la intención de aquella muchacha y de establecer alguna conexión. Pero nada. Ella me observaba increpándome la demora y dejándome claro que solo quería que cumpliera con lo que me había pedido. Se viró de espaldas y me señaló, con sus pechos erguidos, cómo hacerlo. Hice mi mejor intento y ella se echó a reír, como tratando de remarcar mi torpeza. Ya con esa primera experiencia me adentró en la rockoteca.Foto: cortesía de Dyango Pulido.Era un temible espacio a cielo abierto. En sus rincones, decenas de muchachos sentados o acostados, con botellas de ron en las manos, con t-shirts de cualquier banda de rock y encontrando en aquella oscuridad su propio sentido a la libertad. La vida allí se confundía entre volutas de humo y la certeza de que cualquier cosa podría pasar para ponerle adrenalina y velocidad a la noche. Busqué a la muchacha cuyo pecho había tenido cerca tiempo antes y allí estaba con otra amiga, en cuestiones de la carne.Hoy, si hago la autopsia de esa noche podría encontrar en el cadáver decenas de recuerdos, todos atenazados por la euforia y la curiosidad. Desde lo alto los “djs” vomitaban andanadas de metal y rock and roll. Ninch in Nails, Metallica, Korn, Megadeth. Todo era, literalmente, música para mis oídos. Hasta que mi experiencia cambió radicalmente cuando sonó Marilyn Manson y su “Antichrist Superstar”. Todos los cuerpos se unieron y comenzaron a desplazarse como posesos al frente de un escenario que no existía. El animal que éramos nos exigía estar a la altura de aquel descubrimiento. La bestia de Mason cantaba sobre lo que no se debe cantar y nosotros chocábamos los cuerpos, y los pelos sudorosos sobre la cintura en un círculo infernal como si quisiéramos traducir con la sangre y el sudor aquellos temas. Salí de aquel círculo dando brazadas de ahogado después de un golpe al estómago. Pero con una sonrisa plena de felicidad. Toda la felicidad que pueda existir cuando uno roza la adolescencia y es sabedor de que ha podido conocer la gloria a través de la puerta trasera de la existencia humana.Foto: cortesía de Dyango Pulido.La Palma, con el tiempo, desapareció. También fue cerrado, por una ordenanza gubernamental, el “Patio de María”, fundado por nuestra querida María Gattorno. Cuando emigro al pasado veo aquel monstruo a cielo abierto como uno de esos lugares en los que el rock y el metal corrían por la sangre y todos estamos subidos de cualquier cosa que animara al espíritu a extraer de la noche todo lo que pudiera entregarnos. Todo. La Palma es otro de esos “fantasmas” de mis primeros años en la escena de rock and roll. De aquellas noches que arrancaban en la tarde y se extendían hasta el otro día. Se podía dormir lo mismo en la dudosa humedad de una parada de guagua, que en el Parque G o en los fríos peldaños de una escalera. Daba, a fin de cuentas, lo mismo. Lo trascendente era la experiencia; darle nuestro propio sentido a una vida que en la carretera de los 90 agonizaba como un animal herido.Cuando uno hace un inventario de recuerdos hay algunos que no llegan a nada. Que se desvanecen. Como mismo lo hizo aquella muchacha que puso al límite mis hormonas y luego se fue con la noche y alguien más. Pero hay otros que nos permiten encontrar conexiones con lo que fuimos para recordarnos que hubo un tiempo en el que jugábamos a ser libres. Y aquella búsqueda estaba sobre los rieles furibundos del metal y el rock. Nada, al menos para mí, se comparó musicalmente en aquellos años con el descubrimiento de Mason después de haber pasado por Nirvana, Megadeth o Metallica. Después lo vi en videos, paseando encima de un puerco pintado de verde. Su imagen andrógina y espectral podía espantar hasta a las mismas aves del infierno. El pasado año su “Anticrist…” cumplió su 25 aniversario de haber salido a la “luz”. Creo que puede ser un buen momento para volver con la supuesta experiencia concedida por los años sobre aquellos tormentos guturales desesperados para delinear, tema por tema, el perfil de un disco que cambió la escena del metal con sus ritmos industriales.PublicidadFoto: cortesía de Dyango Pulido.La vida se ha quedado a vivir ahora en fotografías. Tenemos imágenes de cualquier momento pasado en los celulares, en las computadoras o en cuanto artefacto tecnológico exista, para hacernos creer en la sensación de perdurabilidad. En aquellos años no teníamos nada para inmortalizar el instante. Dependíamos de algún amigo de correrías que tuviera alguna de esas cámaras, —cuyo nombre no recuerdo—, que entregaban fotografías express. No conservo ninguna imagen de mi paso por La Palma. Solo los recuerdos que a veces son manejados por los antojos de la euforia, de la nostalgia o de la conveniencia. Lo que sí puedo asegurar es que fue un sitio de culto para muchos que tenían —que tienen— el rock and roll como filosofía de vida. Confieso que durante años estuve buscando en cualquier paisaje del underground patrio a aquella muchacha símbolo de la anarquía, de pechos firmes y ajustadores blancos, para tratar de convencerla de que podía mejorar mi imagen en cualquier parada de guagua…

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El Maxim Rock calienta motores

La sala de conciertos Maxim Rock, que acoge a los exponentes de este género en Cuba, ha anunciado su reapertura el próximo 5 de noviembre como parte de la llamada “nueva normalidad” que transita La Habana tras pasar la etapa más grave por el coronavirus.La reinauguración tendrá reservado una show de música electrónica para luego dar paso a las bandas de metal y rock durante los días siguientes.Esto es lo que viene 💪… a solo 10 días de estrenar el segundo sencillo de mi concierto “Kamankola Live Maxim Rock”“A MI AIRE” ( 1/Noviembre )Aquí les dejo el link por si quieren activar la alarma https://t.co/qdAW1fvNwf pic.twitter.com/IIyBBAGRpk— Kamankola (@kamankola_) October 20, 2021El Maxim Rockfue inaugurado en 2007 y ha sido durante varios años el cuartel general del rock tras el abrupto cierre por autoridades del gobierno cubano del legendario Patio de María en 2013.La clausura del icónico espacio dejó prácticamente huérfanas a las bandas locales, que apenas tuvieron lugar donde presentarse durante varios años, lo que laceró la evolución del rock y la relación de los músicos con el público.Esa realidad comenzó a cambiar con la apertura del Maxim, que desde su fundación no solo ha dado abrigo a conciertos de las alineaciones locales, sino a presentaciones de bandas de calibre internacional como el súper grupo multinacional The Dead Daises, y los uruguayos No te Va gustar, entre otras.Humberto Manduley: “El rock en Cuba sobrevive a pulmón”El Maxim rock está dirigido actualmente por Dioniso Arce, líder de la histórica banda de metal Zeus , quien relevó en el cargo a María Gattorno, fundadora del Patio de María y una leyenda del rock nacional.PublicidadLa reapertura de la instalación es una de las mejores noticias para la escena rockera que históricamente ha sufrido la falta de espacios para las presentaciones de las bandas y los músicos de este género.En La Habana también han comenzado a funcionar las salas de cine, teatros, bares y otros espacios dedicados al entretenimiento.

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La AHS es la puerta abierta al talento joven

Así opina Leonardo Álvarez Cañizares, líder de la banda de rock Katarziz y de la sección de música de la filial espirituana de la Asociación Hermanos Saíz, responsable desde hace 35 años de proteger e impulsar a la joven vanguardia artística
Leonardo Álvarez Cañizares ha impulsado varios proyectos relacionados con la promoción de la joven vanguardia artística. (Foto: Alexander Hernández Chang)

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Bastó una conversación. Luego llegó un casete. Más tarde, se vio preguntando por artistas y melodías. “El rock es parte de mí por casualidad”, resume Leonardo Álvarez Cañizares y no encuentra muchas más explicaciones, como sucede cuando se intenta hallar sentido a las grandes pasiones.

No recuerda con exactitud la fecha en que el grupo de amigos le hizo escuchar por vez primera esa expresión musical; mucho menos cuándo el hermano mayor le entregó aquel cuadrado con tira de plástico kilométrica, actualmente casi un objeto de museo. Solo sabe que sin darse cuenta el rock es hoy una adicción.

“Cada encuentro era un descubrimiento. Ese sonido diferente nos atrapó y nos sentimos identificados. Creo que tiene que ver con su manera un poco más desenfadada de decir las cosas, la fuerza y empuje de los arreglos musicales”.

Ni tan siquiera lo frenaron aquellas miradas y comentarios que ha encontrado en el camino subvalorando al rock, un género musical históricamente incomprendido.

“Por suerte, los jóvenes de ayer, que sintieron mucho más eso en sus pieles, son los padres de nuestros jóvenes. Pero, sí, aún se siguen minimizando subgéneros como el metal extremo y se encasilla como bulla. No buscan en los conceptos de sus letras y es muy triste encontrar valoraciones superficiales, aunque es propio de la rapidez con la que vivimos en la actualidad”.

Y sin proponérselo en 2016 comenzó a labrar uno de sus mayores orgullos. Nació Katarziz, la fusión de un pequeño grupo de amigos bajo el liderazgo de Leonardo.

“Desde entonces estamos aquí con dos producciones musicales y otra en preparación. Ha sido la manera de encontramos, de decir lo que teníamos dentro: ideas, deseos, anhelos, de cantarle al amor, desamor, realidades sociales… Realmente, ha sido una maravilla formar parte del proyecto y compartir con cada uno de la banda”.

Y en esa búsqueda de crecimiento como profesionales encontraron de frente con una organización con cobija en la calle Céspedes norte, en la ciudad del Yayabo.

“No creo que pueda existir un artista que no le interese formar parte de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Precisamente, ha sido esa organización, desde que surgió hace 35 años, la que ha impulsado el movimiento rockero del país. Es donde se siente el apoyo, la puerta abierta, el creer que los obstáculos son mínimos. Ella significa protección y estímulo para nuestras creaciones, sea la manifestación que sea. Incluso, no solo para los asociados, Katarziz es un ejemplo que mantenía vínculos mucho antes porque reconocíamos que era importante».

De ahí que, desde hace un tiempo, pocas son las actividades en que las melodías de estos inquietos jóvenes no respalden una actividad de la AHS. De igual modo, se les ve en cuanto evento se convoque a nivel de país e, incluso, en la presentación de su último disco ¿De qué estamos hablando?, en más de una ocasión se dejó escapar las siglas AHS.

“Jimmy, el único con formación musical; Odel, trovador en sus años universitarios; Ray, con otras experiencias; Alberto; Ismael y yo, con menos horas en este mundo, sentimos que nuestra primera producción discográfica fue un sueño, un poco hijo de la inmadurez. En el segundo nos sorprendió la pandemia, pero trabajamos con calma. Seleccionamos temas, escogimos los colaboradores y grabamos desde casa cuantas veces creímos que fuera necesario.

“Precisamente, en ese tiempo abrimos una ventana que nos ha dado muchas alegrías: las redes sociales. Allí nos hemos sentido activos, aunque hemos tenido que estar lejos de los escenarios. Festivales internacionales, diálogos con medios de comunicación de otras naciones que se han interesado por nuestra música han sido posibles en esas plataformas. Incluso, por las redes pudimos acceder a las voces foráneas que integran ¿De qué estamos hablando? Seguimos descubriendo sus potencialidades, porque no lo conocemos totalmente y hemos ido de a poco. Nuestro lema ha sido no comernos el mundo, pero creo que paso a paso se corre mejor suerte”.

Y en ese andar por acordes y letras escritas con sinceridad, Leonardo Álvarez Cañizares ha asumido la responsabilidad de liderar la sección de música de la filial espirituana de la AHS, una labor que en poco tiempo ha logrado sacudir a esos muchachos.

“Tenemos presencia en los medios provinciales, pero nos queda la deuda de llegar a los nacionales como lo hacen otras provincias. Pienso ahora mismo en el programa Cuerda viva, que es una oportunidad de promoción a la música hecha por jóvenes y a la que no llegamos con facilidad. También es cierto que carecemos, la mayoría de los proyectos, de un audiovisual y producciones discográficas profesionales. Cuando la pandemia nos lo permita queremos hacer desde la AHS videos con calidad, que ya están planificados, y Radio Sancti Spíritus nos ha ofrecido sus estudios para poder hacer grabaciones. Son algunos de nuestros proyectos, que si bien han estado guardados por la covid, no están engavetados”.

¿Cuánto ha influido la AHS en la madurez de Leonardo y Katarziz?

“Mucho y te lo explico de forma sencilla. La interacción con otras manifestaciones del arte y con otras maneras de crear me ha llevado a buscar otros conceptos artísticos. Y eso lo he descubierto dentro de la asociación. Antes andábamos como un caballo cuando corre sin freno, dando bandazos, pero de pronto te encuentras algo que te define, con lo que te identificas y eso siempre ayuda. Esa calma la encontraré en una casa, donde tienes muchas personas que piensan como tú y que también difieren en otros muchos aspectos y eso precisamente es de lo que va la creación”.

¿Cuáles son tus más recientes sueños como músico y líder de los asociados?

“Trabajamos en nuestro tercer disco. Soñamos con llevar nuestra música a todos los rincones, sin encontrar obstáculos. Creo que todavía podemos hacer que exista una mayor interacción entre el rock latinoamericano con el de la isla y eso puede lograrse desde la sección de música. Tender muchos más puentes entre todas las culturas es realmente mi sueño”.

Anhelos que tienen sus cimientos cuando Leonardo hizo un par de llamadas y aunó, en casi una semana, a varios artistas jóvenes y nació Soy lo que ves, tema que se regaló al 4 de abril. Similar ocurrió cuando, por el aniversario 35 de la AHS, diseñó el festival virtual La música es… para que con solo dar un clic se disfruten los proyectos musicales de la filial espirituana.

“Cuando tanto los miembros de la banda como los asociados asumen sus responsabilidades, todo es fácil. Basta con presentar las convocatorias y lo demás sale solo”, concluyó.

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Manuel Camejo, un espíritu libre en la música cubana

Hace algunos meses conversaba con Javier Rodríguez, del grupo Extraño Corazón, sobre el nuevo disco de la banda, la escena del rock cubano y la historia de su ya histórica alineación. En su casa, colindante con el Malecón, que servía de refugio a la bohemia habanera de los 90, Javier me compartió decenas de anécdotas bañadas en alcohol, rock and roll y madrugadas.En ese arsenal de memorias, el guitarrista y compositor guarda una noche llena de magia, cuando cantó junto a Manuel Camejo en un apagón en medio de los años más crudos del Período Especial: “No se me olvida cuando Manuel Camejo estaba cantando nuestro tema “Cristal al caer” en medio de un apagón. Fue impresionante. Son cosas que no olvido. He pensado comunicarme con Camejo para hacer algo a piano y rememorar esa etapa tan hermosa para todos. Ese fue el inicio de Extraño Corazón”.Javier nunca llegó a comunicarse con Camejo para volver a vivir esa época. La llamada, sin embargo, la tenía pendiente con la seguridad de que su amigo estaría ahí siempre del otro lado del teléfono. El músico tenía unos apuntes en un viejo block de notas que le recordaban a cada rato comunicarse con su colega.Ya ambos no podrán reencontrarse. Manuel Camejo acaba de morir en Miami por COVID-19, en uno de esos giros de la naturaleza y de la vida que nadie espera. Su muerte a los 54 años ha descolado a la escena cubana de rock y a la música en general. Los amigos, seguidores y especialistas se han unido en cualquier parte del mundo, por encima de cualquier diferencia, en el pesar y la sorpresa por la partida de un artista que llevó el rock cubano a una dimensión que se desconocía.Camacho ingresó al rock cubano por la puerta que dejó abierta la Nueva Trova. Durante los años 90 se sumó a las filas de Arte Vivo y después fundó el dúo Pulsos, con el músico Ricardo Álvarez. Grabaron “un muy buen disco”, según consideraciones del crítico Joaquín Borges Triana, pero el fonograma nunca llegó a editarse. Luego se fueron a Alemania y armaron Frecuencia Mod, hasta que Camejo decidió radicarse en Miami, donde se mantuvo en el mundo de la música grabando y colaborando con decenas de artistas de distintas manifestaciones.De Manuel Camejo se ha escrito muy poco en los medios cubanos. No obstante, especialistas como Joaquín Borges Triana y Humberto Manduley sí han logrado sortear las barreras para publicar durante diferentes etapas de sus vidas profesionales textos que han puesto en valor el relevante legado de Camejo y de esa escudería histórica de la música cubana —por sus aportes sonoros y letras—, que fue Arte Vivo.En los últimos tiempos hemos sido testigos, con pena y dolor, de pérdidas irreparables para la música y la cultura en general de la Isla. Pero hay dos músicos que, tras su partida, han suscitado ese poderoso sentimiento que une a todos los cubanos, aunque sea en la fugacidad de un momento. El primero de ellos fue Santiago Feliú, y ahora Manuel Camejo. Al menos esa es la sensación que me embarga tras leer decenas de mensajes en las redes sociales de muchos cubanos radicados en Cuba, Estados Unidos, España o en cualquier otro país.He leído incluso que artistas que no se hablaban hace años se han vuelto a comunicar tras ver recuerdos compartidos en Facebook por algún amigo en común con Manuel Camejo. Es imposible mencionar los nombres de todos los que han pasado revista a sus memorias junto al cantante y compositor, quien es uno de los más grandes de la escena del rock de Cuba. En su obra, Camejo dejó varias canciones de ribetes autobiográficos. No se pueden leer de otra manera, por ejemplo, temas como “Espíritu Libre”, que compuso con toda esa libertad que le imprimía a la música y que la música le entregaba. Se entregaba de tal forma que la música parecía ser el único territorio en el que durante varios años pudo ser realmente libre.PublicidadLa gran mayoría de los cubanos no conoce a Manuel Camejo o nunca ha escuchado hablar de su carrera, sin embargo, en una época lo tuvieron muy cerca cada día durante la trasmisión de la famosa aventura televisiva “Shiralad”, todo un clásico en Cuba. Con su tema “Dueño de la luz”, Manuel Camejo logró situarse en el refugio emocional de la memoria de varias generaciones de adolescentes y jóvenes cubanos. Quizá casi ninguno supo que la banda sonora estaba definida por la obra de Camejo, pero hoy pueden ponerle rostro y nombre a aquellos recuerdos que conforman nuestros fragmentos como generación.https://www.youtube.com/watch?v=rzSqjNDSTS4&ab_channel=TabyleyvaLa obra de Camejo no puede circunscribirse, no obstante, a una etapa o momento específico, porque abarcó varias épocas y se extendió a distintas ramas del arte. Fue un músico completo, un artista que no tuvo fronteras y que entendía su carrera en la música como un destino totalmente en expansión: como un destino en busca de la luz.

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