HAVANA CLIMA

el Español de Cuba

¡Esto no tiene nombre! Los vocativos en el español de Cuba

Hace apenas unos días, mi amigo Rafa me sorprendió gratamente con un mensaje de texto. Corto, concreto, clarísimo: “¿cómo seguiste, chen?”. Llevaba años sin escuchar ese vocativo y, que un socio lo trajera de vuelta, sobre todo ese “chen” que tanto escuché de niño en mi natal Pinar del Río, me hizo pensar en la cantidad y variedad de esas soluciones en nuestra variante del español, por lo general sustantivos o grupos nominales cuya función es llamar la atención de una persona o dirigirse a ella en una conversación.Nunca había pensado seriamente en los vocativos, ni en los innumerables matices que pueden esconderse detrás de ese proceso de sustitución. El procedimiento clásico, consistiría en acudir a una fórmula que nos permita dirigirnos a quien no conocemos, hacerle saber que necesitamos entablar un diálogo, activar una situación comunicativa. Esto funciona para todos los idiomas: “Señor, ¿me podría decir la hora?”, “Señora, es su turno”, etc. Sin embargo, el español en su variante cubana, tan rico en matices, variaciones y situaciones comunicativas, puede trastocar ese principio y nos dibuja un mapa mucho más confuso.Tomemos por caso cinco vocativos que heredamos del contacto con lenguas africanas. Todos expresan originalmente un sentido de hermandad, cofradía, solidaridad y, por tanto, cierta cercanía entre conocidos: “asere”, “ambia”, “ecobio”, “monina”, “yénica” (o “yérica”). Estos vocativos, que en un principio tuvieron un uso mucho más restringido, han perdido en la mayoría de los casos su matiz peyorativo y su función como fórmulas para designar exclusivamente al hermano de religión o de etnia. De manera que actualmente pueden designar a cualquier persona que se interpele, sea conocida o no. Incluso, “asere” está tan extendido hoy que no solo tiene función vocativa sino que puede expresar asombro, sorpresa, alegría, o funcionar como una fórmula de saludo. Excepto “yénica”, todos los demás han sido recogidos por el Diccionario de Americanismos como vocablos típicamente cubanos. Un caso parecido sería el uso de “consorte” con esta función entre nosotros y no en el sentido de acompañante, de quien está unido a nosotros con un propósito, aunque también puede escucharse con función sustantiva: “voy detrás del consorte ese”. También se integraron a nuestra lista de vocativos, dejando atrás su significado original, las palabras “socio”, “chévere”, “yunta”, “colega”; cada una de ellas ajustable a diferentes situaciones y contextos comunicativos.Otras lenguas también nos han aportado, por razones disímiles, palabras útiles a este propósito de llamar sin nombrar. Me refería al inicio al “chen”, cuyo origen se sitúa en la adaptación del change inglés como indicativo de trueque, de negocio… No es raro que el término pasara de designar la acción para hacer referencia a quien la ejecuta. Del inglés también nos quedamos con “Man” y “Men” (man, men: hombre, en singular y en plural), “bróder” (brother: hermano), “síster” (sister: hermana) o “maifrén” (my friend: mi amigo). Hacer el amor… con la lenguaBuscando ciertas formas para agrupar otros vocativos que se usan con frecuencia en el español de Cuba, podríamos decir que algunos apelan a la distinción entre sexos: “hombre” (Hombre, ¿detrás de quién va?), “mujer” (¡Faltaba más, mujer!). Nuestra particular historia de mezclas étnicas y el proceso de clasificación social que fue parte inseparable del mundo colonial, nos dejaron un amplio espectro de referencias que hacen alusión al color de la piel, a la procedencia geográfica o cultural: “blanco”, “negro”, “niche”, “jabao”, “mulato”, “rubio”, “narra”, “gallego”, “indio”, “yuma”. Algunos vocativos pueden distinguir a alguien por su pertenencia geográfica: “habanero”, es quien procede de la capital del país; “nagüe”, alguien asociado a la zona oriental; mientras que “compay” es fórmula mucho más socorrida en ambientes rurales. Otros, señalan el matiz distintivo a partir de la profesión que se ejerce: “guardia”, “médico” o “doctor”, “profe” y nuestro cubanísimo “chofe”, que conservó la fuerza de acentuación original del inglés, pero perdió la “r” final en la pronunciación, circunstancia muy entendible para quien ve perder su parada y grita: “¡Chofe, abre atraaaaa!”. Por nuestra apariencia física, nos pueden llamar “flaco/a”, “gordo/a”, “pepillo/a”. Según la edad que aparentemos, o que alguien decida endilgarnos, podemos ser “menor”, “mayor”, “fiñe”, “señor/a” (y “seño”, para quien cuida a los niños en círculos infantiles o guarderías y para enfermeras), “abuelo/a”, “tío/a”, “puro/a”, “padre/madre”… Para los gemelos, del tipo que sean, todos en Cuba usan el vocativo “jimagua”; y para quien se está iniciando en la santería, “yabó”. De las frutas, se usa mucho hoy “mango”; y, del universo animal, integramos como vocativos “tigre”, “pájaro/a”, “perro/a”, “yegua”, “cherna” y hasta el mitológico “mostro” (de monstruo).En estos últimos casos es muy interesante cómo el vocativo cambia el matiz de la valoración que se hace de la persona a quien se interpela. Si bien como adjetivos construyeron un campo semántico peyorativo en torno a la homosexualidad (pájaro, yegua, cherna, perra o maricón), usados como vocativos transmiten cercanía, identificación, confianza y no señalan necesariamente a una persona homosexual, como en “¿qué bolá, maricón?”. Un proceso idéntico ha ocurrido con otras dos variantes vocativas muy extendidas hoy, “punto” y “singao”.El universo de los vocativos puede expresar un amplio espectro de afectos y complicidades que se puede verificar en las modificaciones y ajustes de una misma palabra. Muy ilustrativo es el caso de “chamaco/a” que, según el contexto y la relación entre quienes dialogan, puede ser “chama”, “chamaquile” o “chami”. Papá genera varios vocativos: “papi”, “papa”, “papo”, “pipo”, “papón”… Y de mamá, tenemos: “mami”, “mama”, “mima”, “mumi”…  No necesariamente se tiene que haber perdido la cordura para que nos llamen “loco/a” y mucho menos “loqui”. Como tampoco tenemos que pertenecer a nadie y aún así ser interpelados como “el mío” o “la mía”.Tan afectuosos pueden ser los vocativos, que podrían rozar el exceso de confianza si no se sabe calcular adecuadamente el contexto comunicativo. No solo sucede con los hoy muy extendidos “papi” y “mami”, sino con variantes que expresan aún más cercanía como “titi” o “chuli”. Sin embargo, siempre he pensado que en cuestiones de la lengua todo se trata de ajustar esos sistemas de distancias que nos pueden acercar o alejar de nuestros semejantes. Hay, en ese sentido, un grado aún más intenso de los afectos, una nota casi sublime en la que se unen lo hermoso y lo confianzudo: personalizar el vocativo a través de un pronombre. Nada es comparable en desparpajo, por apropiación indebida, a un “mi chino” o, aún más intenso, un “mi chini”. Toda la frustración puede borrarse con un “Estamos cerrados por inventario, mi querer”, o “Eso hace siglos que no entra, mi amor”. La mala noticia queda atrás en el sintagma y cierra esa fórmula perfecta del querer al otro, aun sin conocerlo.Este ejercicio me ha motivado a preguntar entre amigos y colegas, a recordar frases y expresiones que han ido languideciendo o han encontrado una nueva forma en el espacio siempre vivo que es la lengua. Palabras que pierden sentidos, palabras que se mudan de idioma, palabras que ayer nombraban una cosa y hoy nombran otra; como aquella marca de tabacos, Rey del Mundo, que hoy sirve para referirse a cualquier bonachón callejero a quien pedirle asistencia: “dame un cigarrito ahí, Reydelmundo”. Por último, un sano consejo gramatical: el vocativo es el mejor amigo de la coma. Úsela siempre después, si el vocativo está al inicio de la frase, o antes, si se ubica al final. Créame, si su pareja le revisa el móvil, no es lo mismo que el sms diga “Dime, tigre”, que “Dime tigre”…

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¡Esto no tiene nombre! Los vocativos en el español de Cuba

Hace apenas unos días, mi amigo Rafa me sorprendió gratamente con un mensaje de texto. Corto, concreto, clarísimo: “¿cómo seguiste, chen?”. Llevaba años sin escuchar ese vocativo y, que un socio lo trajera de vuelta, sobre todo ese “chen” que tanto escuché de niño en mi natal Pinar del Río, me hizo pensar en la cantidad y variedad de esas soluciones en nuestra variante del español, por lo general sustantivos o grupos nominales cuya función es llamar la atención de una persona o dirigirse a ella en una conversación.Nunca había pensado seriamente en los vocativos, ni en los innumerables matices que pueden esconderse detrás de ese proceso de sustitución. El procedimiento clásico, consistiría en acudir a una fórmula que nos permita dirigirnos a quien no conocemos, hacerle saber que necesitamos entablar un diálogo, activar una situación comunicativa. Esto funciona para todos los idiomas: “Señor, ¿me podría decir la hora?”, “Señora, es su turno”, etc. Sin embargo, el español en su variante cubana, tan rico en matices, variaciones y situaciones comunicativas, puede trastocar ese principio y nos dibuja un mapa mucho más confuso.Tomemos por caso cinco vocativos que heredamos del contacto con lenguas africanas. Todos expresan originalmente un sentido de hermandad, cofradía, solidaridad y, por tanto, cierta cercanía entre conocidos: “asere”, “ambia”, “ecobio”, “monina”, “yénica” (o “yérica”). Estos vocativos, que en un principio tuvieron un uso mucho más restringido, han perdido en la mayoría de los casos su matiz peyorativo y su función como fórmulas para designar exclusivamente al hermano de religión o de etnia. De manera que actualmente pueden designar a cualquier persona que se interpele, sea conocida o no. Incluso, “asere” está tan extendido hoy que no solo tiene función vocativa sino que puede expresar asombro, sorpresa, alegría, o funcionar como una fórmula de saludo. Excepto “yénica”, todos los demás han sido recogidos por el Diccionario de Americanismos como vocablos típicamente cubanos. Un caso parecido sería el uso de “consorte” con esta función entre nosotros y no en el sentido de acompañante, de quien está unido a nosotros con un propósito, aunque también puede escucharse con función sustantiva: “voy detrás del consorte ese”. También se integraron a nuestra lista de vocativos, dejando atrás su significado original, las palabras “socio”, “chévere”, “yunta”, “colega”; cada una de ellas ajustable a diferentes situaciones y contextos comunicativos.Otras lenguas también nos han aportado, por razones disímiles, palabras útiles a este propósito de llamar sin nombrar. Me refería al inicio al “chen”, cuyo origen se sitúa en la adaptación del change inglés como indicativo de trueque, de negocio… No es raro que el término pasara de designar la acción para hacer referencia a quien la ejecuta. Del inglés también nos quedamos con “Man” y “Men” (man, men: hombre, en singular y en plural), “bróder” (brother: hermano), “síster” (sister: hermana) o “maifrén” (my friend: mi amigo). Hacer el amor… con la lenguaBuscando ciertas formas para agrupar otros vocativos que se usan con frecuencia en el español de Cuba, podríamos decir que algunos apelan a la distinción entre sexos: “hombre” (Hombre, ¿detrás de quién va?), “mujer” (¡Faltaba más, mujer!). Nuestra particular historia de mezclas étnicas y el proceso de clasificación social que fue parte inseparable del mundo colonial, nos dejaron un amplio espectro de referencias que hacen alusión al color de la piel, a la procedencia geográfica o cultural: “blanco”, “negro”, “niche”, “jabao”, “mulato”, “rubio”, “narra”, “gallego”, “indio”, “yuma”. Algunos vocativos pueden distinguir a alguien por su pertenencia geográfica: “habanero”, es quien procede de la capital del país; “nagüe”, alguien asociado a la zona oriental; mientras que “compay” es fórmula mucho más socorrida en ambientes rurales. Otros, señalan el matiz distintivo a partir de la profesión que se ejerce: “guardia”, “médico” o “doctor”, “profe” y nuestro cubanísimo “chofe”, que conservó la fuerza de acentuación original del inglés, pero perdió la “r” final en la pronunciación, circunstancia muy entendible para quien ve perder su parada y grita: “¡Chofe, abre atraaaaa!”. Por nuestra apariencia física, nos pueden llamar “flaco/a”, “gordo/a”, “pepillo/a”. Según la edad que aparentemos, o que alguien decida endilgarnos, podemos ser “menor”, “mayor”, “fiñe”, “señor/a” (y “seño”, para quien cuida a los niños en círculos infantiles o guarderías y para enfermeras), “abuelo/a”, “tío/a”, “puro/a”, “padre/madre”… Para los gemelos, del tipo que sean, todos en Cuba usan el vocativo “jimagua”; y para quien se está iniciando en la santería, “yabó”. De las frutas, se usa mucho hoy “mango”; y, del universo animal, integramos como vocativos “tigre”, “pájaro/a”, “perro/a”, “yegua”, “cherna” y hasta el mitológico “mostro” (de monstruo).En estos últimos casos es muy interesante cómo el vocativo cambia el matiz de la valoración que se hace de la persona a quien se interpela. Si bien como adjetivos construyeron un campo semántico peyorativo en torno a la homosexualidad (pájaro, yegua, cherna, perra o maricón), usados como vocativos transmiten cercanía, identificación, confianza y no señalan necesariamente a una persona homosexual, como en “¿qué bolá, maricón?”. Un proceso idéntico ha ocurrido con otras dos variantes vocativas muy extendidas hoy, “punto” y “singao”.El universo de los vocativos puede expresar un amplio espectro de afectos y complicidades que se puede verificar en las modificaciones y ajustes de una misma palabra. Muy ilustrativo es el caso de “chamaco/a” que, según el contexto y la relación entre quienes dialogan, puede ser “chama”, “chamaquile” o “chami”. Papá genera varios vocativos: “papi”, “papa”, “papo”, “pipo”, “papón”… Y de mamá, tenemos: “mami”, “mama”, “mima”, “mumi”…  No necesariamente se tiene que haber perdido la cordura para que nos llamen “loco/a” y mucho menos “loqui”. Como tampoco tenemos que pertenecer a nadie y aún así ser interpelados como “el mío” o “la mía”.Tan afectuosos pueden ser los vocativos, que podrían rozar el exceso de confianza si no se sabe calcular adecuadamente el contexto comunicativo. No solo sucede con los hoy muy extendidos “papi” y “mami”, sino con variantes que expresan aún más cercanía como “titi” o “chuli”. Sin embargo, siempre he pensado que en cuestiones de la lengua todo se trata de ajustar esos sistemas de distancias que nos pueden acercar o alejar de nuestros semejantes. Hay, en ese sentido, un grado aún más intenso de los afectos, una nota casi sublime en la que se unen lo hermoso y lo confianzudo: personalizar el vocativo a través de un pronombre. Nada es comparable en desparpajo, por apropiación indebida, a un “mi chino” o, aún más intenso, un “mi chini”. Toda la frustración puede borrarse con un “Estamos cerrados por inventario, mi querer”, o “Eso hace siglos que no entra, mi amor”. La mala noticia queda atrás en el sintagma y cierra esa fórmula perfecta del querer al otro, aun sin conocerlo.Este ejercicio me ha motivado a preguntar entre amigos y colegas, a recordar frases y expresiones que han ido languideciendo o han encontrado una nueva forma en el espacio siempre vivo que es la lengua. Palabras que pierden sentidos, palabras que se mudan de idioma, palabras que ayer nombraban una cosa y hoy nombran otra; como aquella marca de tabacos, Rey del Mundo, que hoy sirve para referirse a cualquier bonachón callejero a quien pedirle asistencia: “dame un cigarrito ahí, Reydelmundo”. Por último, un sano consejo gramatical: el vocativo es el mejor amigo de la coma. Úsela siempre después, si el vocativo está al inicio de la frase, o antes, si se ubica al final. Créame, si su pareja le revisa el móvil, no es lo mismo que el sms diga “Dime, tigre”, que “Dime tigre”…

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Hacer el amor… con la lengua

En su clásico libro Historia de la sexualidad, el teórico social Michel Foucault hace un exhaustivo recorrido en torno a las relaciones entre el sexo, la sexualidad y los dispositivos retóricos que han regulado históricamente esa dimensión de la experiencia humana, sobre todo en el mundo occidental y las llamadas sociedades burguesas de las que emanó la figura moderna del Estado. Recluido en el campo de una mera función reproductiva, no solo del ser humano sino también del modelo asociativo de la familia nuclear, el sexo fue despojado absoluta y lingüísticamente de todo tipo de asociación con el placer o el disfrute para convertirse en un asunto tabú.Pero, como he aclarado en varias ocasiones, quienes imponen la norma no pueden evitar que la lengua tuerza sus caminos hasta encontrar otras formas de hacer referencia a aquello que ha sido censurado por el pacto social. Desde escritores e intelectuales hasta las capas más populares de una sociedad, demuestran cuán creativas pueden ser esas rutas para llegar al punto donde dos personas se entregan al delirio de los cuerpos. La literatura, por ejemplo, posee un rico archivo de giros metafóricos para aludir a las relaciones sexuales: el candado y la llave, la pluma y el tintero, el anillo y el clavo, el pilón y el mortero, el raspado del barril, la caza del ruiseñor, meter el diablo en el infierno… son todas formas que han permitido hablar de aquello que ha sido prohibido.Frutas peligrosas. Botánicas del español de CubaEn el habla popular las variaciones son innumerables y las elecciones lingüísticas dependen de diversos factores: grupos etarios, contextos culturales, prácticas religiosas, registros de lengua, situaciones comunicativas, etc.  Por eso, podemos encontrar desde giros absolutamente neutros desde el punto de vista moral, hasta aquellos que resultan más impactantes por su capacidad de explicitación.  Hay dos variantes que destacan en el extremo conservador de la lengua: “hacer el amor” y “tener relaciones”. La primera es una fórmula absolutamente cándida e idealizada del sexo, que le hace depender de una atadura sentimental: es a través del contacto de las carnes que el amor se vehicula, se fragua, nace. La segunda, es fórmula socorrida cuando el tema sexo surge, por ejemplo, en conversaciones entre padres e hijos, o entre estudiantes y profesores. Digamos que es uno de los puntos más alejados de la idea del sexo como actividad que produce placer.Muy curiosos son los casos de formas verbales que desarrollan un nuevo significado al asociarse con las relaciones sexuales. Acá encontramos ejemplos clásicos de formulaciones elípticas (evitan la alusión a la actividad sexual estableciendo una conexión con el otro participante de la relación), desde las más neutras hasta las más contemporáneas e irreverentes. Conservadoras y, por lo tanto, más extendidas en el registro coloquial, serían términos como “acostarse” (me acosté con Fulano), “estar” (estuve anoche con Mengana, o ¿ya ustedes estuvieron?) y “hacerlo” (los dos queremos hacerlo). Descendiendo del registro coloquial nos encontramos con formas verbales que llevan la relación sexual casi al salvajismo y la antropofagia. Es el caso de “comer” (me estoy comiendo a Fulanito, o incluso más extraño para un extranjero: me comí al mango ese), “jamar” (a esa jeva me la jamé, qué ganas de jamármelo), “echarse” (me eché a Esperancejo), “meterse” (me metí a Fulana), o “dar”. En el caso de “dar”, sorpresivamente, ha pasado de un uso muy extendido a través de formas perifrásticas diversas (darse un revolcón, dar linga, dar cabilla, dar tranca, dar barra, dar pirabo…) al uso restrictivo de la forma verbal, como en los primeros ejemplos, y cada vez de forma más frecuente entre las nuevas generaciones: estoy para darte, quiero que me dé lo mío y lo de mi prima, etc.Si seguimos descendiendo, como Dante, en la escala de lo moralmente reprobable, noción que ya hemos aclarado lo suficiente, nos encontramos con los cuatro jinetes del Apocalipsis: “singar”, “templar”, “clavar” y “quimbar”, a las que podría unirse el regionalismo “pisar”, no tan extendido como las cuatro primeras. Entre ellas, “singar” sigue reinando como fórmula más agresiva frente a la norma, al punto de que, en ciertos contextos, el uso de templar, clavar, quimbar o pisar, es casi eufemístico. No obstante, todas estas variantes muestran un posicionamiento sólido en el habla popular a partir del desarrollo de derivaciones múltiples: de singar (singueta, singadera, singón… y otras no relacionadas con el sexo como singao o resingar), de templar (templeta, templón), de quimbar (quimbeta, quimbadera), de clavar (claveta, clavadera, clavao o clavá). Y a quien piense en este punto que vamos en una dirección que no interesa al buen oído, pues le remito a una célebre copla española que me recordaba hace unos días un colega: “Si a Cristo me lo mataron /con tres clavos solamente,/ por qué no muere mi prima/ que la clava tanta gente”.Otros términos más localizados geográficamente para referirse a las relaciones sexuales son “afincar”, “raspar” o “pirabear” (de origen gitano). Hoy ha ganado cierta popularidad la variante ibérica “follar”, especialmente entre los jóvenes, y la música urbana ha hecho lo suyo transformándola en “follankele”. Hace unos años, se escuchaba también el oriente de la isla el término “fokear”, apropiación creativa del fuck inglés, incorporado a influencias musicales caribeñas como el rap o el reguetón. Bastante ríspido me ha parecido siempre el uso de “partir” para hacer referencia a la primera relación sexual, especialmente de las mujeres, dada la asociación con la natural ruptura del himen. No obstante, también puede escucharse en referencia a hombres que pierden su virginidad.Un camino todavía más creativo y metafórico es el que han desandado las fórmulas perifrásticas. Moreno Fraginals, en su clásico libro El Ingenio, hace referencia a las variantes que emanaron de la dura vida de la plantación a partir de los sistemas de lugares y prohibiciones alrededor de los cuales el esclavo podía consumar sus relaciones sexuales. Es el caso de expresiones como “echar un palo”, “darle un cuerazo”, o ser “buen hoja”. Otras formulaciones buscan un tono íntimo y hasta infantil: el “cuchi cuchi”, el “chiqui chiqui”, el “ñiqui ñiqui”, “hacer un rapidito”, “echar un palito”. Otras hacen gala de la fértil imaginación del cubano y su capacidad para realizar las asociaciones más inesperadas: “echarse al pico”, “echar un cantazo”, “pasar la cuenta”, “meterle caña”, “pasar por la piedra”, “pasar por la chágara”, “mojar el pescao”, “matar jugada”, “meter el yipi en el fango”, “verla pasar”, “hacer el delicioso” o “actualizar el antivirus”. Una amiga me decía que un conocido suyo, ante la posibilidad de una relación furtiva que surge inesperadamente, se marchaba de prisa aludiendo “complicaciones pélvicas”.Según nos recuerda Lezama Lima en su novela Oppiano Licario, fue Cervantes quien apuntó que templar era buscar el acople de la melodía en el instrumento. Esos “acoples” van siendo para nosotros múltiples e ingeniosos, conectan la imaginación popular con las más elaboradas fórmulas del arte y la cultura nuestros. Si no, cantemos con suspicacia renovada el célebre “Chan Chan” y descubramos, para terminar por hoy, esos códigos cargados de ardiente picardía:Cuando Juanita y Chan ChanEn el mar cernían arenaCómo sacudía el jibeA Chan Chan le daba pena.Limpia el camino de pajaQue yo me quiero sentarEn aquel tronco que veoY así no puedo llegar.

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Hacer el amor… con la lengua

En su clásico libro Historia de la sexualidad, el teórico social Michel Foucault hace un exhaustivo recorrido en torno a las relaciones entre el sexo, la sexualidad y los dispositivos retóricos que han regulado históricamente esa dimensión de la experiencia humana, sobre todo en el mundo occidental y las llamadas sociedades burguesas de las que emanó la figura moderna del Estado. Recluido en el campo de una mera función reproductiva, no solo del ser humano sino también del modelo asociativo de la familia nuclear, el sexo fue despojado absoluta y lingüísticamente de todo tipo de asociación con el placer o el disfrute para convertirse en un asunto tabú.Pero, como he aclarado en varias ocasiones, quienes imponen la norma no pueden evitar que la lengua tuerza sus caminos hasta encontrar otras formas de hacer referencia a aquello que ha sido censurado por el pacto social. Desde escritores e intelectuales hasta las capas más populares de una sociedad, demuestran cuán creativas pueden ser esas rutas para llegar al punto donde dos personas se entregan al delirio de los cuerpos. La literatura, por ejemplo, posee un rico archivo de giros metafóricos para aludir a las relaciones sexuales: el candado y la llave, la pluma y el tintero, el anillo y el clavo, el pilón y el mortero, el raspado del barril, la caza del ruiseñor, meter el diablo en el infierno… son todas formas que han permitido hablar de aquello que ha sido prohibido.Frutas peligrosas. Botánicas del español de CubaEn el habla popular las variaciones son innumerables y las elecciones lingüísticas dependen de diversos factores: grupos etarios, contextos culturales, prácticas religiosas, registros de lengua, situaciones comunicativas, etc.  Por eso, podemos encontrar desde giros absolutamente neutros desde el punto de vista moral, hasta aquellos que resultan más impactantes por su capacidad de explicitación.  Hay dos variantes que destacan en el extremo conservador de la lengua: “hacer el amor” y “tener relaciones”. La primera es una fórmula absolutamente cándida e idealizada del sexo, que le hace depender de una atadura sentimental: es a través del contacto de las carnes que el amor se vehicula, se fragua, nace. La segunda, es fórmula socorrida cuando el tema sexo surge, por ejemplo, en conversaciones entre padres e hijos, o entre estudiantes y profesores. Digamos que es uno de los puntos más alejados de la idea del sexo como actividad que produce placer.Muy curiosos son los casos de formas verbales que desarrollan un nuevo significado al asociarse con las relaciones sexuales. Acá encontramos ejemplos clásicos de formulaciones elípticas (evitan la alusión a la actividad sexual estableciendo una conexión con el otro participante de la relación), desde las más neutras hasta las más contemporáneas e irreverentes. Conservadoras y, por lo tanto, más extendidas en el registro coloquial, serían términos como “acostarse” (me acosté con Fulano), “estar” (estuve anoche con Mengana, o ¿ya ustedes estuvieron?) y “hacerlo” (los dos queremos hacerlo). Descendiendo del registro coloquial nos encontramos con formas verbales que llevan la relación sexual casi al salvajismo y la antropofagia. Es el caso de “comer” (me estoy comiendo a Fulanito, o incluso más extraño para un extranjero: me comí al mango ese), “jamar” (a esa jeva me la jamé, qué ganas de jamármelo), “echarse” (me eché a Esperancejo), “meterse” (me metí a Fulana), o “dar”. En el caso de “dar”, sorpresivamente, ha pasado de un uso muy extendido a través de formas perifrásticas diversas (darse un revolcón, dar linga, dar cabilla, dar tranca, dar barra, dar pirabo…) al uso restrictivo de la forma verbal, como en los primeros ejemplos, y cada vez de forma más frecuente entre las nuevas generaciones: estoy para darte, quiero que me dé lo mío y lo de mi prima, etc.Si seguimos descendiendo, como Dante, en la escala de lo moralmente reprobable, noción que ya hemos aclarado lo suficiente, nos encontramos con los cuatro jinetes del Apocalipsis: “singar”, “templar”, “clavar” y “quimbar”, a las que podría unirse el regionalismo “pisar”, no tan extendido como las cuatro primeras. Entre ellas, “singar” sigue reinando como fórmula más agresiva frente a la norma, al punto de que, en ciertos contextos, el uso de templar, clavar, quimbar o pisar, es casi eufemístico. No obstante, todas estas variantes muestran un posicionamiento sólido en el habla popular a partir del desarrollo de derivaciones múltiples: de singar (singueta, singadera, singón… y otras no relacionadas con el sexo como singao o resingar), de templar (templeta, templón), de quimbar (quimbeta, quimbadera), de clavar (claveta, clavadera, clavao o clavá). Y a quien piense en este punto que vamos en una dirección que no interesa al buen oído, pues le remito a una célebre copla española que me recordaba hace unos días un colega: “Si a Cristo me lo mataron /con tres clavos solamente,/ por qué no muere mi prima/ que la clava tanta gente”.Otros términos más localizados geográficamente para referirse a las relaciones sexuales son “afincar”, “raspar” o “pirabear” (de origen gitano). Hoy ha ganado cierta popularidad la variante ibérica “follar”, especialmente entre los jóvenes, y la música urbana ha hecho lo suyo transformándola en “follankele”. Hace unos años, se escuchaba también el oriente de la isla el término “fokear”, apropiación creativa del fuck inglés, incorporado a influencias musicales caribeñas como el rap o el reguetón. Bastante ríspido me ha parecido siempre el uso de “partir” para hacer referencia a la primera relación sexual, especialmente de las mujeres, dada la asociación con la natural ruptura del himen. No obstante, también puede escucharse en referencia a hombres que pierden su virginidad.Un camino todavía más creativo y metafórico es el que han desandado las fórmulas perifrásticas. Moreno Fraginals, en su clásico libro El Ingenio, hace referencia a las variantes que emanaron de la dura vida de la plantación a partir de los sistemas de lugares y prohibiciones alrededor de los cuales el esclavo podía consumar sus relaciones sexuales. Es el caso de expresiones como “echar un palo”, “darle un cuerazo”, o ser “buen hoja”. Otras formulaciones buscan un tono íntimo y hasta infantil: el “cuchi cuchi”, el “chiqui chiqui”, el “ñiqui ñiqui”, “hacer un rapidito”, “echar un palito”. Otras hacen gala de la fértil imaginación del cubano y su capacidad para realizar las asociaciones más inesperadas: “echarse al pico”, “echar un cantazo”, “pasar la cuenta”, “meterle caña”, “pasar por la piedra”, “pasar por la chágara”, “mojar el pescao”, “matar jugada”, “meter el yipi en el fango”, “verla pasar”, “hacer el delicioso” o “actualizar el antivirus”. Una amiga me decía que un conocido suyo, ante la posibilidad de una relación furtiva que surge inesperadamente, se marchaba de prisa aludiendo “complicaciones pélvicas”.Según nos recuerda Lezama Lima en su novela Oppiano Licario, fue Cervantes quien apuntó que templar era buscar el acople de la melodía en el instrumento. Esos “acoples” van siendo para nosotros múltiples e ingeniosos, conectan la imaginación popular con las más elaboradas fórmulas del arte y la cultura nuestros. Si no, cantemos con suspicacia renovada el célebre “Chan Chan” y descubramos, para terminar por hoy, esos códigos cargados de ardiente picardía:Cuando Juanita y Chan ChanEn el mar cernían arenaCómo sacudía el jibeA Chan Chan le daba pena.Limpia el camino de pajaQue yo me quiero sentarEn aquel tronco que veoY así no puedo llegar.

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¡Cogido fuera de base! Beisbol, pelota y despelote en el español de Cuba

Son azarosos y enmarañados los caminos por los que transita la lengua en su evolución, de tal forma que no es un simple vehículo de comunicación y comprensión para una comunidad sino uno de los archivos más importantes de la cultura y la historia de cualquier grupo humano. Hoy me referiré a una influencia de doble vía, pues implica el contacto con otra lengua, el inglés, y también con una actividad o campo específico de la experiencia, el deporte.Las relaciones del español de Cuba con el béisbol son de naturaleza compleja, pues no solo nos sitúan ante una dinámica de convergencia lingüística en la que nos apropiamos del amplio repertorio léxico asociado a la práctica de ese deporte, sino también a un territorio que muy pronto se convirtió en parte inseparable de nuestra cultura y nuestra identidad. Muchas investigaciones han demostrado cómo, en la agitada segunda mitad del siglo XIX, la llegada del baseball desde los Estados Unidos se convirtió en un dispositivo de resistencia cultural frente a los modelos culturales hispánicos y, por lo tanto, en vía camuflada para la afirmación de la identidad del cubano.De hecho, muy pronto el equivalente hispanizado “béisbol” o simplemente “beisbol”, generó su propia forma, auténticamente cubana: la “pelota”. Y esa pelota, que “pica y se extiende”, se ha expandido a casi todas las esferas de la vida cotidiana, lo mismo en peloteras, en peloteos, que en despelotes. Lo cierto es que el grado de contaminación del habla popular con la jerga beisbolera, habla suficientemente de su popularidad y arraigo en el imaginario colectivo.Las últimas actualizaciones de los diccionarios del español de América recogen más de doscientas entradas léxicas cuyo origen se remite a este deporte. En el proceso de introducción y adaptación al español y a la norma cubana, algunos de ellos conservaron su grafía original (average, strike, fly, pitcher, rolling…), otros han sufrido modificaciones parciales (fields en “files”, hit en “jit”…) o se han transformado en unidades que a su vez han generado formas adjetivas o verbales. Es el caso, por ejemplo, de homerun que da “jonrón”, pero también jonronero y jonronear; field va a parar en “fildear”, pero también en fildeo y fildeador; y pitcher deriva en acciones como pichear y picheo. Aunque la mayoría de los términos tiende a asumir una forma léxica a partir de la apropiación fonética (como en strike, fly, home o hit), unas variantes pueden ser más vistosas que otras. Es el caso de “ampaya” como equivalente de umpire, o la formación de diminutivos como “flaicito”. Igualmente relajada es la formación de “tubey” como adaptación de two-base, o la búsqueda de equivalencias en la norma castellana: inning-entrada, safe-quieto, umpire-árbitro…Sin embargo, aun cuando es numerosa la cantidad de referencias lexicales y sus derivados, es en el campo de la fraseología y las expresiones de sentido donde esta influencia se expande considerablemente, llegando a atravesar prácticamente todos los ámbitos de la vida cotidiana y cualquier tipo de registro o situación comunicativa. Cada elemento de este deporte, ha desarrollado nuevos sentidos que aportan a la comunicación cotidiana un amplio repertorio de giros metafóricos, rodeos lingüísticos que aportan gracia a una situación comunicativa determinada.En algunos casos, todavía es posible reconstruir el origen de la apropiación, como sucede con la expresión “ser cuarto bate”, indicativa de alguien que come mucho. En su contexto original, al cuarto bateador en la alineación se le decía alternativamente cleanup batter, o sea, el turno que podía encontrar las bases llenas y, por tanto, limpiarlas, dejarlas vacías, acción o posibilidad que se desplazó a quien siempre puede “limpiar” la mesa.Otras asociaciones proceden de la función de un determinado rol en el juego. Así, “apagafuegos”, que hace referencia al pitcher que debe salvar una situación complicada, se extiende como denominación a aquella persona a la que se recurre siempre para resolver determinados problemas; un “bateador emergente”, alude a quien no estaba previsto para hacer algo; y un “cargabates” a quien desempeña una tarea poco útil o a un adulador. “Bate”, además de su fácil asociación figurativa con el pene, derivó en otros desplazamientos de sentido: “dar el bate”, es desembarazarse de algo, quitarse a alguien de encima, botar a una persona de un lugar; pero “dar un bateo”, es formar problema, iniciar una discusión, o que un equipo o sistema no funcione bien; y si se “forma un bateo”, es problema cuyos responsables o causas se desconocen.La relación pitcher-bateador es una de las zonas fundamentales de atención en el juego de pelota, de ahí que aporte muchas referencias que marcan situaciones específicas del juego, de mayor o menor tensión. Así, encontramos referencias a “estar en tres y dos” como un momento climático; “poncharse” es fracasar en algún propósito (“ponché el examen”); “strike cantado” o “recta al medio de jon” es expresión de quien ha recibido una noticia o lección con asombro; quien “parte el bate” ha hecho algo sorprendente o increíble. Si algún asunto no nos convence o algo que se nos ofrece no nos gusta, pues al igual que el bateador no se le “hace swing”; y si deseamos evitar un asunto o situación, pues al igual que el pitcher, “damos curva”.Una salida o solución inadecuada a un problema es un “fao a la malla”; si se comete un error que seguramente terminará en castigo pues eres “out por regla”; si una situación se torna incómoda “se complicó el inning”; y si se es sorprendido realizando algo indebido, te cogieron “fuera de base”. Una persona que llega inesperada o inexplicablemente a un lugar o posición, “cayó de fly”; si un asunto no se soluciona, la bola “pica y se extiende”; y quien cree cualquier cosa, se va con la “bola mala” o con “la de trapo”. “Jugar en las dos novenas”, es ser bisexual, al igual que “meter pa dobleplay”; y “batear por la banda contraria”, ser homosexual. Quien es “banco” o “calienta el banco”, es un inútil; y quien “esconde la bola”, no da información sobre algún asunto. Si nos toca estar muy atrás en un teatro o un concierto, estamos “en los files”, y si la situación lo amerita, por compleja o por peligrosa, hay que estar “quieto en base”. Una persona despistada o que siempre se entera de último, está “más atrás que el ampaya”.Muy famosas son en Cuba las llamadas “esquinas calientes”, alusión a la complejidad de defender la tercera base y que se ha preservado como referencia al sitio donde se polemiza arduamente, sea de pelota o de cualquier otro asunto. Muy graciosa me ha resultado siempre la expresión “irse del parque”, que es una variante nominal para sustituir al jonrón. La noción de superar el límite del terreno, de trascender el espacio del juego, ha motivado que se asocie con diferentes tipos de situaciones. “Irse del parque”, por ejemplo, puede equivaler a morir (“Fulano se fue del parque”); pero también a una situación de éxtasis o pérdida de la conciencia (“Anoche me fui del parque con dos tragos”), o a una persona a la que se excluye de participar en algo o de estar en algún lugar (“ponte pa esto o te vas del parque”).Sin dudas, son muchísimos los aportes del imaginario beisbolero a nuestra variante del español, con matices que distinguen esa influencia de otros contextos hispanoparlantes en el Caribe y América. Y aunque se trate del universal béisbol, para nosotros siempre se tratará de la pelota, una forma muy nuestra de coger “tamaño de bola”.

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¡Cogido fuera de base! Beisbol, pelota y despelote en el español de Cuba

Son azarosos y enmarañados los caminos por los que transita la lengua en su evolución, de tal forma que no es un simple vehículo de comunicación y comprensión para una comunidad sino uno de los archivos más importantes de la cultura y la historia de cualquier grupo humano. Hoy me referiré a una influencia de doble vía, pues implica el contacto con otra lengua, el inglés, y también con una actividad o campo específico de la experiencia, el deporte.Las relaciones del español de Cuba con el béisbol son de naturaleza compleja, pues no solo nos sitúan ante una dinámica de convergencia lingüística en la que nos apropiamos del amplio repertorio léxico asociado a la práctica de ese deporte, sino también a un territorio que muy pronto se convirtió en parte inseparable de nuestra cultura y nuestra identidad. Muchas investigaciones han demostrado cómo, en la agitada segunda mitad del siglo XIX, la llegada del baseball desde los Estados Unidos se convirtió en un dispositivo de resistencia cultural frente a los modelos culturales hispánicos y, por lo tanto, en vía camuflada para la afirmación de la identidad del cubano.De hecho, muy pronto el equivalente hispanizado “béisbol” o simplemente “beisbol”, generó su propia forma, auténticamente cubana: la “pelota”. Y esa pelota, que “pica y se extiende”, se ha expandido a casi todas las esferas de la vida cotidiana, lo mismo en peloteras, en peloteos, que en despelotes. Lo cierto es que el grado de contaminación del habla popular con la jerga beisbolera, habla suficientemente de su popularidad y arraigo en el imaginario colectivo.Las últimas actualizaciones de los diccionarios del español de América recogen más de doscientas entradas léxicas cuyo origen se remite a este deporte. En el proceso de introducción y adaptación al español y a la norma cubana, algunos de ellos conservaron su grafía original (average, strike, fly, pitcher, rolling…), otros han sufrido modificaciones parciales (fields en “files”, hit en “jit”…) o se han transformado en unidades que a su vez han generado formas adjetivas o verbales. Es el caso, por ejemplo, de homerun que da “jonrón”, pero también jonronero y jonronear; field va a parar en “fildear”, pero también en fildeo y fildeador; y pitcher deriva en acciones como pichear y picheo. Aunque la mayoría de los términos tiende a asumir una forma léxica a partir de la apropiación fonética (como en strike, fly, home o hit), unas variantes pueden ser más vistosas que otras. Es el caso de “ampaya” como equivalente de umpire, o la formación de diminutivos como “flaicito”. Igualmente relajada es la formación de “tubey” como adaptación de two-base, o la búsqueda de equivalencias en la norma castellana: inning-entrada, safe-quieto, umpire-árbitro…Sin embargo, aun cuando es numerosa la cantidad de referencias lexicales y sus derivados, es en el campo de la fraseología y las expresiones de sentido donde esta influencia se expande considerablemente, llegando a atravesar prácticamente todos los ámbitos de la vida cotidiana y cualquier tipo de registro o situación comunicativa. Cada elemento de este deporte, ha desarrollado nuevos sentidos que aportan a la comunicación cotidiana un amplio repertorio de giros metafóricos, rodeos lingüísticos que aportan gracia a una situación comunicativa determinada.En algunos casos, todavía es posible reconstruir el origen de la apropiación, como sucede con la expresión “ser cuarto bate”, indicativa de alguien que come mucho. En su contexto original, al cuarto bateador en la alineación se le decía alternativamente cleanup batter, o sea, el turno que podía encontrar las bases llenas y, por tanto, limpiarlas, dejarlas vacías, acción o posibilidad que se desplazó a quien siempre puede “limpiar” la mesa.Otras asociaciones proceden de la función de un determinado rol en el juego. Así, “apagafuegos”, que hace referencia al pitcher que debe salvar una situación complicada, se extiende como denominación a aquella persona a la que se recurre siempre para resolver determinados problemas; un “bateador emergente”, alude a quien no estaba previsto para hacer algo; y un “cargabates” a quien desempeña una tarea poco útil o a un adulador. “Bate”, además de su fácil asociación figurativa con el pene, derivó en otros desplazamientos de sentido: “dar el bate”, es desembarazarse de algo, quitarse a alguien de encima, botar a una persona de un lugar; pero “dar un bateo”, es formar problema, iniciar una discusión, o que un equipo o sistema no funcione bien; y si se “forma un bateo”, es problema cuyos responsables o causas se desconocen.La relación pitcher-bateador es una de las zonas fundamentales de atención en el juego de pelota, de ahí que aporte muchas referencias que marcan situaciones específicas del juego, de mayor o menor tensión. Así, encontramos referencias a “estar en tres y dos” como un momento climático; “poncharse” es fracasar en algún propósito (“ponché el examen”); “strike cantado” o “recta al medio de jon” es expresión de quien ha recibido una noticia o lección con asombro; quien “parte el bate” ha hecho algo sorprendente o increíble. Si algún asunto no nos convence o algo que se nos ofrece no nos gusta, pues al igual que el bateador no se le “hace swing”; y si deseamos evitar un asunto o situación, pues al igual que el pitcher, “damos curva”.Una salida o solución inadecuada a un problema es un “fao a la malla”; si se comete un error que seguramente terminará en castigo pues eres “out por regla”; si una situación se torna incómoda “se complicó el inning”; y si se es sorprendido realizando algo indebido, te cogieron “fuera de base”. Una persona que llega inesperada o inexplicablemente a un lugar o posición, “cayó de fly”; si un asunto no se soluciona, la bola “pica y se extiende”; y quien cree cualquier cosa, se va con la “bola mala” o con “la de trapo”. “Jugar en las dos novenas”, es ser bisexual, al igual que “meter pa dobleplay”; y “batear por la banda contraria”, ser homosexual. Quien es “banco” o “calienta el banco”, es un inútil; y quien “esconde la bola”, no da información sobre algún asunto. Si nos toca estar muy atrás en un teatro o un concierto, estamos “en los files”, y si la situación lo amerita, por compleja o por peligrosa, hay que estar “quieto en base”. Una persona despistada o que siempre se entera de último, está “más atrás que el ampaya”.Muy famosas son en Cuba las llamadas “esquinas calientes”, alusión a la complejidad de defender la tercera base y que se ha preservado como referencia al sitio donde se polemiza arduamente, sea de pelota o de cualquier otro asunto. Muy graciosa me ha resultado siempre la expresión “irse del parque”, que es una variante nominal para sustituir al jonrón. La noción de superar el límite del terreno, de trascender el espacio del juego, ha motivado que se asocie con diferentes tipos de situaciones. “Irse del parque”, por ejemplo, puede equivaler a morir (“Fulano se fue del parque”); pero también a una situación de éxtasis o pérdida de la conciencia (“Anoche me fui del parque con dos tragos”), o a una persona a la que se excluye de participar en algo o de estar en algún lugar (“ponte pa esto o te vas del parque”).Sin dudas, son muchísimos los aportes del imaginario beisbolero a nuestra variante del español, con matices que distinguen esa influencia de otros contextos hispanoparlantes en el Caribe y América. Y aunque se trate del universal béisbol, para nosotros siempre se tratará de la pelota, una forma muy nuestra de coger “tamaño de bola”.

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El majá no coge a la gallina corriendo… Zoológicas del español de Cuba

El largo proceso de la evolución, si seguimos a Darwin; o la fecunda imaginación divina, si somos personas de fe, han situado al ser humano en la cúspide del reino animal, atrincherado en la complejidad de un único órgano: el cerebro. Y, sin embargo, gracias a ese mismo dispositivo pensante, hemos devuelto una mirada amiga, jocosa y sagaz, al universo de los cohabitantes con quienes compartimos el planeta. Los animales son el espejo tragicómico de la vida, el reflejo de aquel lugar de donde venimos; de nuestras virtudes, de nuestros defectos, de nuestras dichas y, también, de nuestras desgracias.En materia de otra evolución, la lingüística, existen dos figuras de construcción de sentido que han servido de puente a esas comunicaciones y miradas reflexivas: la metáfora y la metonimia. La primera como sustitución, desplazamiento, imaginación de aquello a lo que se alude bajo una nueva forma; la segunda como contaminación, del todo o de la parte. De una u otra depende el destino final de la asociación. Lo cierto es que la lengua que hablamos hoy muestra una gran riqueza en términos de paralelismos entre animales y personas, fruto de la inventiva popular pero también de una larga tradición en la que se mezclan fábulas literarias (como las de Esopo, La Fontaine o Samaniego), parábolas bíblicas o los patakíes de la tradición oral. Me detendré en algunos de los más populares en la variante cubana del español.No resulta extraño que uno de los campos que más provecho dejan al trazado de similitudes, sea el de la fuerza, el brío, la lozanía, que por extensión pasa también a identificar una capacidad superlativa para la resolución de un problema. Muy extendido, en ese sentido, es el uso de “caballo”. Aplicado a un hombre, decir que es “un caballo”, pone de relieve esa destreza, y aún en grado mayor o posición de exclusividad, “el caballo” o “el caballón”, que puede llegar a comparaciones de tipo histórico como “el caballo de Atila”. También se puede escuchar decir por ahí “una caballa”, referido a mujer, pues el femenino “yegua” (intensificado en “yeguaza”) se posicionó como término muy peyorativo para el hombre homosexual. Aunque “yegua” funciona igualmente para quien fracasa en la realización de una tarea o demuestra poco valor. Doblez de significado posee igualmente otro término equino: “penco” o “penca”, que puede significar persona cobarde, asustadiza, pero también extremadamente delgada: “estás hecho un penco de flaco”. “Potro” y “potranca”, asociados a registros aún más peyorativos, parecen haber caído en desuso.Otro referente de virilidad es el toro. Decir de una persona, especialmente de un hombre, que “es un toro” (también en femenino “tora”, en tanto “vaca” es equivalente de gordura), reconoce condición permanente e invariable de salud y vigor. No obstante, al modificar el ser por el estar, la comparación supone transformación o estado temporal: “estás hecho un toro”. Lo curioso es que, al cambiar el todo por la parte, se modifica el valor positivo de la asociación. Es el caso de “tarro”, que ha venido a significar infidelidad conyugal, y de “tarrú” o “tarrúa” como dolientes de la situación.Algunos nombres de animales han desarrollado asociaciones semánticas muy diversas, que pueden incluir derivaciones morfemáticas, lexicales y sintagmáticas. Es el caso, por ejemplo, de perro. Y no podía ser de otra forma con el animal que más cerca se encuentra de nuestra vida cotidiana. “Perro” o “perra” puede funcionar como un simple vocativo para llamar familiarmente a un amigo (sin ningún matiz negativo), como fórmula exclamativa que reconoce el desempeño de alguien, o como intensificador de estados: “hay perro calor”, “cayó perro aguacero”, “tremendo perro suin que tienes”, etc. Un niño puede armar una “perreta” (estado de irritación, capricho), una persona o situación ponerse “perretúa” (desafiante, obstinada, agresiva), o algo que se hace muy bien quedar “perrísimo”. Aunque cada vez la escucho menos, recuerdo el uso con “ser” como indicativo de adulonería: “no seas tan perro”. El que sí se escucha mucho hoy es el derivado verbal: “perrear”, todo un estilo de baile (el “perreo”) que, por su carácter disruptivo, se ha convertido en bandera de procesos de reivindicación social y cultural, especialmente de las mujeres. Frutas peligrosas. Botánicas del español de CubaIgualmente frondoso ha sido el destino de chivo. Un “chivo” es el artilugio del que se valen los estudiantes para cometer fraude en un examen, pero es también, entre nosotros, una bicicleta y un corte de barba. Ser “chiva”, “chivato” o “chivatón”, expresa con diversa intensidad a los delatores y, por extensión, a los chismosos. Pero aún en su forma verbalizada, no se limita a un solo significado, pues chivar, no es lo mismo que chivarse. Quien “chiva” mucho es, indistintamente, persona inquieta, frenética, molesta o muy bromista. Sin embargo, quien “se chiva”, se resigna, sufre un perjuicio (por ejemplo, de salud —“estoy chivao”—), fracasa en una empresa, casi siempre a causa de una especie de destino manifiesto. También puede “chivarse” algo, que quiere decir descomponerse, dejar de funcionar, o malograrse una situación en general: “se chivó el equipo”, “se chivó la fiesta”, etc. No menos significativos han sido los aportes de las aves de corral o de los cerdos. Ser un “gallina” es equivalente de cobardía, como mismo “ponerse la piel de gallina” indica emoción por compenetración negativa o positiva con cierto estado o situación. Ser o estar hecho un “pollo” denota belleza, juventud, lozanía, pero tener “patas de gallina” remite al envejecimiento visible en las arrugas junto a los ojos. Ser o andar “gallito/a” indica arrojo, belicosidad; mientras que un lugar ruidoso o en el que muchos hablan al mismo tiempo es un “gallinero”. Cerdo, y sus sinónimos, puerco y cochino, sustituyen nominalmente la referencia a persona sucia, descuidada en su aspecto, en su forma de comer, de hablar y hasta de usar el lenguaje. Pero “puercadas” y “cochinadas” (con variantes apocopadas de intensidad: puercá, cochiná) no son solo formas adjetivas relativas al registro de lengua, sino también a lugares sucios (“la cocina es una puercada”) o situaciones reprobables (eructar, pear, masturbarse, etc.). Variadas formas de animales han servido al propósito de realzar la gordura, por lo general con un matiz peyorativo: ya mencionamos a la vaca y al puerco, pero también están morsa, ballena, foca, marmota, hipopótamo, tonina… Otros, aportan sentidos relacionados con su conducta: la cobardía (rata, ratón, jutía), la obediencia (carnero), la locuacidad (cotorra, loro, papagayo), la gracia (mono/a, monería, monada), la sed (camello), la astucia (zorro/a), la maledicencia (víbora), la ignorancia (burro, topo), la perseverancia y la fuerza (mulo), la vagancia (majá y majacear)… Muy socorridas fueron las fórmulas para “animalizar” y degradar a los homosexuales, especialmente hombres, nombrados como “pájaro”, “mariposa”, “cherna”, “ganso” o la ya mencionada “yegua”. Idéntico proceso experimentó entre nosotros el uso de “gusano”, para referirse a persona opuesta al gobierno. Peyorativo es también el uso de equivalencias como “venao” y “vená”, “guineo” y “guinea”, o “cangreja” para referirse a mujeres, en particular por su conducta sexual abierta. Aunque “venao” y “guineo” funcionan también para indicar persona muy veloz, y “encangrejarse” es comenzar a funcionar mal algo. La lista es bien numerosa y creativa: “tremenda jaiba” es tener la boca muy grande; ser un “erizo” es estar siempre a la defensiva, y “erizarse” tener los pelos de punta o simplemente emocionarse; “meter pa pescao” es hacerlo muy bien y “pescao” son diez pesos; llegar con una “tiñosa” es aparecerse con persona o asunto no deseado; “caer como el pitirre”, insistir en algo; tener o poner cara de “mosquita muerta”, es aparentar inocencia que se presume falsa; el “totí” sustituye al color negro y el “grajo” al mal olor bajo los brazos; si el sexo es efímero fue un “palo de conejo”; quien no aparece con frecuencia o no se compromete es “un buey volando”; la persona que habla mucho es “babosa”; quien siempre se arrima a otros es “un piojo pegao”; y sin estar en un zoológico cualquiera puede saludarte como “Tigre”.Las partes de animales no se quedan atrás: el “rabo” sustituye al pene; las “patas” sirven para varios propósitos (dar una patá, estirar la pata, estar algo a la patá); si se da confianza o libertad, se da “ala”, y si se retira, pues “se corta el ala”, como también se caen las “alitas” del corazón ante un contratiempo o desilusión; “tener gandinga” es capacidad para digerir un asunto y se puede “largar la gandinga” riendo; una “plumita” es alguien o algo que no pesa; el “hocico” sustituye a la nariz y expresa también molestia (tremendo hocico puso); “huevos” sustituye a los testículos; y de la cola… mejor ni hablamos.Los procesos que están detrás de esas asociaciones y variaciones de sentido son lentos y misteriosos, tan intrincados como aquellos que experimenta la propia lengua en su devenir, no siempre atendiendo a una lógica homogénea y centralizada por quienes imponen la norma. Es el caso, por ejemplo, del término latino “bestius [-a][um]” que en su transformación siguió dos rutas diferentes: la que terminó en “bestia” y la que culminó en “bicho”. Sin embargo, aun cuando recorrieron caminos separados, en ambas se preservó la ambivalencia de lo monstruoso: bestia, es equivalente de iracundo, bruto, abusador, pero también nombra a quien se desempeña satisfactoria en un asunto (como en “un mulo”, “un caballo”); bicho, por su parte, puede ser feo/a, raro/a, pero también inteligente, perspicaz, listo… Y si el trabajo demanda gran esfuerzo, es “bestial”, como “bestial” puede ser la solución que se da a un problema o tarea: digno del orbe de las bestias, dirían los romanos, de esas bestias que hoy nos han servido para ver una imagen divertida de nosotros. Otro día hablaremos de la fraseología zoológica, que todo llega con paciencia: “el majá no coge a la gallina corriendo”. Les prometo que no será “pa cuando la rana críe pelos”.  

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El majá no coge a la gallina corriendo… Zoológicas del español de Cuba

El largo proceso de la evolución, si seguimos a Darwin; o la fecunda imaginación divina, si somos personas de fe, han situado al ser humano en la cúspide del reino animal, atrincherado en la complejidad de un único órgano: el cerebro. Y, sin embargo, gracias a ese mismo dispositivo pensante, hemos devuelto una mirada amiga, jocosa y sagaz, al universo de los cohabitantes con quienes compartimos el planeta. Los animales son el espejo tragicómico de la vida, el reflejo de aquel lugar de donde venimos; de nuestras virtudes, de nuestros defectos, de nuestras dichas y, también, de nuestras desgracias.En materia de otra evolución, la lingüística, existen dos figuras de construcción de sentido que han servido de puente a esas comunicaciones y miradas reflexivas: la metáfora y la metonimia. La primera como sustitución, desplazamiento, imaginación de aquello a lo que se alude bajo una nueva forma; la segunda como contaminación, del todo o de la parte. De una u otra depende el destino final de la asociación. Lo cierto es que la lengua que hablamos hoy muestra una gran riqueza en términos de paralelismos entre animales y personas, fruto de la inventiva popular pero también de una larga tradición en la que se mezclan fábulas literarias (como las de Esopo, La Fontaine o Samaniego), parábolas bíblicas o los patakíes de la tradición oral. Me detendré en algunos de los más populares en la variante cubana del español.No resulta extraño que uno de los campos que más provecho dejan al trazado de similitudes, sea el de la fuerza, el brío, la lozanía, que por extensión pasa también a identificar una capacidad superlativa para la resolución de un problema. Muy extendido, en ese sentido, es el uso de “caballo”. Aplicado a un hombre, decir que es “un caballo”, pone de relieve esa destreza, y aún en grado mayor o posición de exclusividad, “el caballo” o “el caballón”, que puede llegar a comparaciones de tipo histórico como “el caballo de Atila”. También se puede escuchar decir por ahí “una caballa”, referido a mujer, pues el femenino “yegua” (intensificado en “yeguaza”) se posicionó como término muy peyorativo para el hombre homosexual. Aunque “yegua” funciona igualmente para quien fracasa en la realización de una tarea o demuestra poco valor. Doblez de significado posee igualmente otro término equino: “penco” o “penca”, que puede significar persona cobarde, asustadiza, pero también extremadamente delgada: “estás hecho un penco de flaco”. “Potro” y “potranca”, asociados a registros aún más peyorativos, parecen haber caído en desuso.Otro referente de virilidad es el toro. Decir de una persona, especialmente de un hombre, que “es un toro” (también en femenino “tora”, en tanto “vaca” es equivalente de gordura), reconoce condición permanente e invariable de salud y vigor. No obstante, al modificar el ser por el estar, la comparación supone transformación o estado temporal: “estás hecho un toro”. Lo curioso es que, al cambiar el todo por la parte, se modifica el valor positivo de la asociación. Es el caso de “tarro”, que ha venido a significar infidelidad conyugal, y de “tarrú” o “tarrúa” como dolientes de la situación.Algunos nombres de animales han desarrollado asociaciones semánticas muy diversas, que pueden incluir derivaciones morfemáticas, lexicales y sintagmáticas. Es el caso, por ejemplo, de perro. Y no podía ser de otra forma con el animal que más cerca se encuentra de nuestra vida cotidiana. “Perro” o “perra” puede funcionar como un simple vocativo para llamar familiarmente a un amigo (sin ningún matiz negativo), como fórmula exclamativa que reconoce el desempeño de alguien, o como intensificador de estados: “hay perro calor”, “cayó perro aguacero”, “tremendo perro suin que tienes”, etc. Un niño puede armar una “perreta” (estado de irritación, capricho), una persona o situación ponerse “perretúa” (desafiante, obstinada, agresiva), o algo que se hace muy bien quedar “perrísimo”. Aunque cada vez la escucho menos, recuerdo el uso con “ser” como indicativo de adulonería: “no seas tan perro”. El que sí se escucha mucho hoy es el derivado verbal: “perrear”, todo un estilo de baile (el “perreo”) que, por su carácter disruptivo, se ha convertido en bandera de procesos de reivindicación social y cultural, especialmente de las mujeres. Frutas peligrosas. Botánicas del español de CubaIgualmente frondoso ha sido el destino de chivo. Un “chivo” es el artilugio del que se valen los estudiantes para cometer fraude en un examen, pero es también, entre nosotros, una bicicleta y un corte de barba. Ser “chiva”, “chivato” o “chivatón”, expresa con diversa intensidad a los delatores y, por extensión, a los chismosos. Pero aún en su forma verbalizada, no se limita a un solo significado, pues chivar, no es lo mismo que chivarse. Quien “chiva” mucho es, indistintamente, persona inquieta, frenética, molesta o muy bromista. Sin embargo, quien “se chiva”, se resigna, sufre un perjuicio (por ejemplo, de salud —“estoy chivao”—), fracasa en una empresa, casi siempre a causa de una especie de destino manifiesto. También puede “chivarse” algo, que quiere decir descomponerse, dejar de funcionar, o malograrse una situación en general: “se chivó el equipo”, “se chivó la fiesta”, etc. No menos significativos han sido los aportes de las aves de corral o de los cerdos. Ser un “gallina” es equivalente de cobardía, como mismo “ponerse la piel de gallina” indica emoción por compenetración negativa o positiva con cierto estado o situación. Ser o estar hecho un “pollo” denota belleza, juventud, lozanía, pero tener “patas de gallina” remite al envejecimiento visible en las arrugas junto a los ojos. Ser o andar “gallito/a” indica arrojo, belicosidad; mientras que un lugar ruidoso o en el que muchos hablan al mismo tiempo es un “gallinero”. Cerdo, y sus sinónimos, puerco y cochino, sustituyen nominalmente la referencia a persona sucia, descuidada en su aspecto, en su forma de comer, de hablar y hasta de usar el lenguaje. Pero “puercadas” y “cochinadas” (con variantes apocopadas de intensidad: puercá, cochiná) no son solo formas adjetivas relativas al registro de lengua, sino también a lugares sucios (“la cocina es una puercada”) o situaciones reprobables (eructar, pear, masturbarse, etc.). Variadas formas de animales han servido al propósito de realzar la gordura, por lo general con un matiz peyorativo: ya mencionamos a la vaca y al puerco, pero también están morsa, ballena, foca, marmota, hipopótamo, tonina… Otros, aportan sentidos relacionados con su conducta: la cobardía (rata, ratón, jutía), la obediencia (carnero), la locuacidad (cotorra, loro, papagayo), la gracia (mono/a, monería, monada), la sed (camello), la astucia (zorro/a), la maledicencia (víbora), la ignorancia (burro, topo), la perseverancia y la fuerza (mulo), la vagancia (majá y majacear)… Muy socorridas fueron las fórmulas para “animalizar” y degradar a los homosexuales, especialmente hombres, nombrados como “pájaro”, “mariposa”, “cherna”, “ganso” o la ya mencionada “yegua”. Idéntico proceso experimentó entre nosotros el uso de “gusano”, para referirse a persona opuesta al gobierno. Peyorativo es también el uso de equivalencias como “venao” y “vená”, “guineo” y “guinea”, o “cangreja” para referirse a mujeres, en particular por su conducta sexual abierta. Aunque “venao” y “guineo” funcionan también para indicar persona muy veloz, y “encangrejarse” es comenzar a funcionar mal algo. La lista es bien numerosa y creativa: “tremenda jaiba” es tener la boca muy grande; ser un “erizo” es estar siempre a la defensiva, y “erizarse” tener los pelos de punta o simplemente emocionarse; “meter pa pescao” es hacerlo muy bien y “pescao” son diez pesos; llegar con una “tiñosa” es aparecerse con persona o asunto no deseado; “caer como el pitirre”, insistir en algo; tener o poner cara de “mosquita muerta”, es aparentar inocencia que se presume falsa; el “totí” sustituye al color negro y el “grajo” al mal olor bajo los brazos; si el sexo es efímero fue un “palo de conejo”; quien no aparece con frecuencia o no se compromete es “un buey volando”; la persona que habla mucho es “babosa”; quien siempre se arrima a otros es “un piojo pegao”; y sin estar en un zoológico cualquiera puede saludarte como “Tigre”.Las partes de animales no se quedan atrás: el “rabo” sustituye al pene; las “patas” sirven para varios propósitos (dar una patá, estirar la pata, estar algo a la patá); si se da confianza o libertad, se da “ala”, y si se retira, pues “se corta el ala”, como también se caen las “alitas” del corazón ante un contratiempo o desilusión; “tener gandinga” es capacidad para digerir un asunto y se puede “largar la gandinga” riendo; una “plumita” es alguien o algo que no pesa; el “hocico” sustituye a la nariz y expresa también molestia (tremendo hocico puso); “huevos” sustituye a los testículos; y de la cola… mejor ni hablamos.Los procesos que están detrás de esas asociaciones y variaciones de sentido son lentos y misteriosos, tan intrincados como aquellos que experimenta la propia lengua en su devenir, no siempre atendiendo a una lógica homogénea y centralizada por quienes imponen la norma. Es el caso, por ejemplo, del término latino “bestius [-a][um]” que en su transformación siguió dos rutas diferentes: la que terminó en “bestia” y la que culminó en “bicho”. Sin embargo, aun cuando recorrieron caminos separados, en ambas se preservó la ambivalencia de lo monstruoso: bestia, es equivalente de iracundo, bruto, abusador, pero también nombra a quien se desempeña satisfactoria en un asunto (como en “un mulo”, “un caballo”); bicho, por su parte, puede ser feo/a, raro/a, pero también inteligente, perspicaz, listo… Y si el trabajo demanda gran esfuerzo, es “bestial”, como “bestial” puede ser la solución que se da a un problema o tarea: digno del orbe de las bestias, dirían los romanos, de esas bestias que hoy nos han servido para ver una imagen divertida de nosotros. Otro día hablaremos de la fraseología zoológica, que todo llega con paciencia: “el majá no coge a la gallina corriendo”. Les prometo que no será “pa cuando la rana críe pelos”.  

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Frutas peligrosas. Botánicas del español de Cuba

Es usual que en casi todas las lenguas se produzcan procesos de contaminación entre los términos que nombran ámbitos diferentes de la realidad. Es el caso del universo vegetal, con un extendido glosario de frutas y plantas cuyas cualidades, sabores, texturas o simple apariencia, facilita que sean usadas metafóricamente con distintos fines o integradas al habla popular a través de la fraseología.Muy singular, en el caso del español de América, es la analogía entre “papaya” y el órgano sexual femenino. Algunos textos registran ese contraste entre el uso disfemístico americano y el valor original que se extendió al resto del mundo, el cual perdura hasta hoy. Sumamente interesante resulta el hecho de que, al ser registrada botánicamente, a la fruta se le denominó “Carica papaya”, combinando la raíz griega karike (nombre de una higuera) y el término derivado del maya páapay-ya (zapote jaspeado). Del “carica” parece haber nacido la aún más tabuizada “crica”, a partir de un proceso de paralelismo sinonímico. En el caso de Cuba, se produjeron lógicos procesos de intensificación que aluden al volumen de lo designado (el papayón) o al carácter y temple de quien la posee (una papayúa). No obstante, ser una papayúa puede modificar su significación según el contexto, pues designa tanto a una mujer con especial arrojo, que a una muy obstinada en una empresa o indiferente a razones. Esta última variante ha dado lugar a frases como “me sale de la…” (lo hago porque quiero) o “me lo paso por la…” (hago caso omiso a lo que dices).Más que el hombre, la mujer ha sido depositaria de múltiples analogías con el orbe frutal. En Matanzas, por ejemplo, se escucha todavía la referencia a una muchacha hermosa como “mamey del primer gajo”. Y aún más extendido hoy es el uso, con idéntico propósito, del apelativo de “mango” o “mangón” (si se trata de calidad superior), aunque al ser denotativo de belleza, funciona para ambos sexos. Ese valor positivo, sin embargo, tiende a perderse en “manganzón”, para hacer referencia a hombre ya crecido y especialmente lento o moroso en el cumplimiento de una tarea. En el caso del mango, nos dejó también una frase que ya se escucha poco: “le zumba el mango”, para expresar una contrariedad.Otra fruta que ha transitado por diversas modificaciones es la piña, que por su similitud con el disfemismo “pinga” generó graciosas apropiaciones como la de clásica guaracha “A María le gusta la piña pelá”. En su andar por el habla popular, piña nos dejó “piñazo” (golpe fuerte con el puño) y “piñacera” (reyerta colectiva), y si se “arma una piña”, se sabe que es bulto, molote, aglomeración de personas, o componenda entre unos pocos para agenciarse algo (“tienen armada tremenda piñita entre ellos”). De igual forma la guayaba, pasó a significar una mentira, algo increíble, un tupe; o derivó en “guayabito” y, si creemos a una de las teorías de esa historia sin descifrar aun, también en “guayabera”. La historia cubana de la guayabera relata que los campesinos a orillas del Yayabo dieron forma a esta prenda. Su relación con el cultivo de la guayaba pronto hizo que la “yayabera” se transformara en “guayabera”, dado que sus grandes bolsillos eran ideales para recolectar la fruta. No obstante, dominicanos, mexicanos y filipinos se disputan el origen de la prenda, sin saberse aún quién está “metiendo la guayaba”.Las partes del cuerpo también han recibido el influjo de las frutas. Así, a la cabeza se le puede decir “güiro” (inmortalizado en el juego infantil de “la ruleta en el güiro”) o “coco”, esta última con sus propias derivaciones: perder el coco (volverse loco, perder la razón), descocado (alocado, descontrolado) o descocarse (caerse de cabeza). Güiro también es fiesta, cumbancha, jolgorio… Y el Coco, quien viene a buscar de noche a los niños que no duermen o se portan mal. Antes mencionamos el gajo, que en algunas zonas de Cuba designa al pene, y este se asocia igualmente con la yuca (que si está seca, como reza el son tradicional, se le pone quimbombó para que resbale). Por lo general, todo elemento vegetal alargado y duro, ha servido para sustituir creativamente al órgano sexual masculino, como el “bejuco”, el “tronco” o el “cuje”, este último muy usado en el Occidente como dispositivo para curar las hojas de tabaco, pero con sus propias derivaciones verbales: “cujear” (azuzar a una persona o preparar a alguien para enfrentar una tarea o la vida) y “cujeado” (quien domina un arte o habilidad). Es hoy raro el uso de “melones” para referirse a los senos de la mujer, pero más común su empleo para cantidad significativa de dinero o ganancia que se ha percibido: “tremendo melón te pagaron”.Muchas son las frases de origen vegetal que atesora el español que hablamos hoy, algunas de ellas muy populares como “estar la caña a tres trozos”, indicativa de una situación difícil. Hablar “cáscara de plátano” es decir cosas sin importancia o que parten de la ignorancia sobre un asunto o tema. “Malanga y el puesto de vianda” es criterio de agrupamiento para quien quiere expresar un punto de vista, razón, o simple sustitución del “todos”: malanga y el puesto de viandas fue a la fiesta. Si se arma una trifulca es un “berenjenal” y si nos han encargado algo imposible o que no se desea hacer, pues “le ronca el tallo”. También quien no desea bañarse, dice que “la cáscara guarda al palo”.Su histórica relación con la poesía puede ser la razón por la cual el universo de las flores nos ha dejado referencias muy populares para nombres propios: Rosa, Jazmín, Flor, Violeta, Azucena, Dalia, Margarita, Hortensia, Orquídea… También la toponimia de nuestros pueblos se ha apropiado de nombres de frutas y árboles típicos de ciertas regiones: Guásima y Guasimal, Guanábana, Jagüey, Ceiba, Palma, Pinar, Uvero, Tamarindo, Manguito, Aguacate…Si rico es ese universo de relaciones entre la flora y la lengua que hemos apenas esbozado hoy, mucho más amplio y diverso resulta el que emana de nuestra fauna. Pero esa es historia para otro día.

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Frutas peligrosas. Botánicas del español de Cuba

Es usual que en casi todas las lenguas se produzcan procesos de contaminación entre los términos que nombran ámbitos diferentes de la realidad. Es el caso del universo vegetal, con un extendido glosario de frutas y plantas cuyas cualidades, sabores, texturas o simple apariencia, facilita que sean usadas metafóricamente con distintos fines o integradas al habla popular a través de la fraseología.Muy singular, en el caso del español de América, es la analogía entre “papaya” y el órgano sexual femenino. Algunos textos registran ese contraste entre el uso disfemístico americano y el valor original que se extendió al resto del mundo, el cual perdura hasta hoy. Sumamente interesante resulta el hecho de que, al ser registrada botánicamente, a la fruta se le denominó “Carica papaya”, combinando la raíz griega karike (nombre de una higuera) y el término derivado del maya páapay-ya (zapote jaspeado). Del “carica” parece haber nacido la aún más tabuizada “crica”, a partir de un proceso de paralelismo sinonímico. En el caso de Cuba, se produjeron lógicos procesos de intensificación que aluden al volumen de lo designado (el papayón) o al carácter y temple de quien la posee (una papayúa). No obstante, ser una papayúa puede modificar su significación según el contexto, pues designa tanto a una mujer con especial arrojo, que a una muy obstinada en una empresa o indiferente a razones. Esta última variante ha dado lugar a frases como “me sale de la…” (lo hago porque quiero) o “me lo paso por la…” (hago caso omiso a lo que dices).Más que el hombre, la mujer ha sido depositaria de múltiples analogías con el orbe frutal. En Matanzas, por ejemplo, se escucha todavía la referencia a una muchacha hermosa como “mamey del primer gajo”. Y aún más extendido hoy es el uso, con idéntico propósito, del apelativo de “mango” o “mangón” (si se trata de calidad superior), aunque al ser denotativo de belleza, funciona para ambos sexos. Ese valor positivo, sin embargo, tiende a perderse en “manganzón”, para hacer referencia a hombre ya crecido y especialmente lento o moroso en el cumplimiento de una tarea. En el caso del mango, nos dejó también una frase que ya se escucha poco: “le zumba el mango”, para expresar una contrariedad.Otra fruta que ha transitado por diversas modificaciones es la piña, que por su similitud con el disfemismo “pinga” generó graciosas apropiaciones como la de clásica guaracha “A María le gusta la piña pelá”. En su andar por el habla popular, piña nos dejó “piñazo” (golpe fuerte con el puño) y “piñacera” (reyerta colectiva), y si se “arma una piña”, se sabe que es bulto, molote, aglomeración de personas, o componenda entre unos pocos para agenciarse algo (“tienen armada tremenda piñita entre ellos”). De igual forma la guayaba, pasó a significar una mentira, algo increíble, un tupe; o derivó en “guayabito” y, si creemos a una de las teorías de esa historia sin descifrar aun, también en “guayabera”. La historia cubana de la guayabera relata que los campesinos a orillas del Yayabo dieron forma a esta prenda. Su relación con el cultivo de la guayaba pronto hizo que la “yayabera” se transformara en “guayabera”, dado que sus grandes bolsillos eran ideales para recolectar la fruta. No obstante, dominicanos, mexicanos y filipinos se disputan el origen de la prenda, sin saberse aún quién está “metiendo la guayaba”.Las partes del cuerpo también han recibido el influjo de las frutas. Así, a la cabeza se le puede decir “güiro” (inmortalizado en el juego infantil de “la ruleta en el güiro”) o “coco”, esta última con sus propias derivaciones: perder el coco (volverse loco, perder la razón), descocado (alocado, descontrolado) o descocarse (caerse de cabeza). Güiro también es fiesta, cumbancha, jolgorio… Y el Coco, quien viene a buscar de noche a los niños que no duermen o se portan mal. Antes mencionamos el gajo, que en algunas zonas de Cuba designa al pene, y este se asocia igualmente con la yuca (que si está seca, como reza el son tradicional, se le pone quimbombó para que resbale). Por lo general, todo elemento vegetal alargado y duro, ha servido para sustituir creativamente al órgano sexual masculino, como el “bejuco”, el “tronco” o el “cuje”, este último muy usado en el Occidente como dispositivo para curar las hojas de tabaco, pero con sus propias derivaciones verbales: “cujear” (azuzar a una persona o preparar a alguien para enfrentar una tarea o la vida) y “cujeado” (quien domina un arte o habilidad). Es hoy raro el uso de “melones” para referirse a los senos de la mujer, pero más común su empleo para cantidad significativa de dinero o ganancia que se ha percibido: “tremendo melón te pagaron”.Muchas son las frases de origen vegetal que atesora el español que hablamos hoy, algunas de ellas muy populares como “estar la caña a tres trozos”, indicativa de una situación difícil. Hablar “cáscara de plátano” es decir cosas sin importancia o que parten de la ignorancia sobre un asunto o tema. “Malanga y el puesto de vianda” es criterio de agrupamiento para quien quiere expresar un punto de vista, razón, o simple sustitución del “todos”: malanga y el puesto de viandas fue a la fiesta. Si se arma una trifulca es un “berenjenal” y si nos han encargado algo imposible o que no se desea hacer, pues “le ronca el tallo”. También quien no desea bañarse, dice que “la cáscara guarda al palo”.Su histórica relación con la poesía puede ser la razón por la cual el universo de las flores nos ha dejado referencias muy populares para nombres propios: Rosa, Jazmín, Flor, Violeta, Azucena, Dalia, Margarita, Hortensia, Orquídea… También la toponimia de nuestros pueblos se ha apropiado de nombres de frutas y árboles típicos de ciertas regiones: Guásima y Guasimal, Guanábana, Jagüey, Ceiba, Palma, Pinar, Uvero, Tamarindo, Manguito, Aguacate…Si rico es ese universo de relaciones entre la flora y la lengua que hemos apenas esbozado hoy, mucho más amplio y diverso resulta el que emana de nuestra fauna. Pero esa es historia para otro día.

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¡Cucha pallá! Letras de menos, significados de más

Pocos fenómenos de la cultura de un pueblo son tan activos y maleables como la lengua. Situada en medio de las tensiones entre lo social y lo cultural, los modos y formas a través de las cuales se organiza el habla, sus repertorios y códigos de uso, experimentan una constante transformación. Gracias a esa dinámica de indetenible renovación el español que hablamos hoy en Cuba es fruto, no solo de estructuras que se han estabilizado a lo largo del tiempo, desde la común raíz indoeuropea de las lenguas occidentales pasando por el tronco de las lenguas romance (derivadas del latín) hasta la expansión de la variante castellana hacia América y el Caribe, sino también reserva de los más increíbles procesos de aportes y modificaciones.Algunas de esas modificaciones tienen una explicación lógica como parte de los procesos naturales de cambio que ocurren al interior de una lengua, convirtiendo el “ferrum” en “hierro” y el “aurum” en “oro” o en “áureo”. Otras, se derivan del contacto con lenguas diferentes, de las cuales se toman prestados términos inexistentes en la nuestra. Y también son posibles cambios menos lógicos y, en ocasiones abruptos, relacionados con transformaciones sociales y culturales de diverso tipo.En la primera entrega de esta columna nos referimos a los procesos naturales de pérdida de sonidos que ha experimentado, por ejemplo, el clásico “Alabado sea Dios” hasta llegar al “alabao” de hoy, que en Pinar del Río es signo identitario inconfundible con expresiones como “alabausimidió” o unidades de máxima restricción como “usi” (alabado sea ˃ alabausi ˃ ausi ˃ usi). De esta forma, se registran hoy en el uso popular muchos términos que han ido dejando atrás sonidos para legitimar expresiones ya naturalizadas, sin importar el tipo de hablante o la situación comunicacional en la que se emitan.Uno de los más expresivos en términos sonoros es el “cucha” en que ha venido a parar “escucha”. De manera que hoy resulta raro y generaría sorpresa la expresión “escucha eso”, cuando la lógica del habla popular impone el “cucha pallá”. En un claro proceso de economía fonética, tanto “escucha” como “para allá” pierden sonidos e incluso densidad semántica, pues la expresión no necesariamente remite a la idea de prestar atención a lo que se oye y mucho menos a desplazarlo o desplazarse hacia otro sitio. “Cucha pallá” o “cucha tú”, entonces, posee un mero valor interjectivo que expresa asombro ante una información que se recibe, se convierte en una fórmula que matiza la participación de un sujeto en la conversación.Algo similar ocurre con el cubanísimo “palante”. Ya “alante” es una versión popular intermedia entre los gramaticalmente correctos “adelante” y “delante”, en los que la partícula “de” parece haberse perdido para siempre. A ella se suma la apócope de “para” que posee hoy un uso generalizado salvo en situaciones o registros formales. En la unión de “pa” y “alante” se sintetiza la “a” del enlace, dando lugar a una nueva palabra que, por otro camino, expresa el sentido original de movimiento y transformación que contiene “adelante”. Así, “echar palante”, implica superar una situación, sobreponerse a un estado adverso, y también moverse hacia el frente. Sin embargo, entre nosotros “echar palante” también significa “delatar”, exponer a una persona ante los demás con una connotación poco decorosa.Igualmente popular es el uso de “nananina” como resultante de “nada de nada”, insistiendo en la negación de algo que se ha pedido o demandado. Nananina no alude, como en el sintagma que lo origina, a la no existencia de algo sino, en su nueva fórmula, a la falta de voluntad para acometer una empresa, lograr un resultado, involucrarse en una faena, etc. Tampoco se debe ser una persona religiosa para usar el “aydió” en que ha terminado el lamento cristiano, y que es hoy una de las fórmulas más socorridas para expresar asombro o sorpresa.En algunas ocasiones, estas modificaciones responden a necesidades de la lengua para introducir matices de diversa naturaleza en la comunicación. Es el caso de las distancias entre “ahora” y el “ahorita” que termina siendo “horita”. El uso de “ahora” remite a una acción o tiempo del presente inmediato (quiero que vengas ahora, ahora te lo alcanzo, etc.), mientras que “horita” desplaza temporalmente esas acciones o marcos temporales (pasa horita por aquí, horita me lo traes, etc.).La lengua popular, por otra parte, tiende a construir constantemente nuevos sentidos a partir de apropiaciones metafóricas y metonímicas que crean relaciones asombrosas y divertidas. Las cualidades de esos usos muchas veces suelen estar reforzadas por la pérdida de sonidos, aportando una inusitada intensidad al nuevo valor que se desea expresar. Decir, por ejemplo, que alguien es un “mechado” no significa que lleve una mecha encima, sino que es sumamente inteligente, cualidad que se acrecienta cuando el sujeto en cuestión es un “mechao”. En una línea similar, ser un “tarrudo” no implica poseer cuernos, sino simplemente ser víctima pasiva de la infidelidad conyugal. No obstante, a nadie se le dice el gramaticalmente correcto “tarrudo”, sino “tarrúo” o “tarrú” según se quiera reforzar esa condición. El mismo procedimiento es válido para “revencú” o “tarajayú”, y especialmente como marcador de virilidad, arrojo y valentía en “pingú” o “cojonú”, que tienen hoy sus versiones en femenino.Junto a la pérdida de sonidos, los desplazamientos de significado son también fenómenos muy interesantes del habla popular, a veces muy difíciles de fundamentar y ubicar en el tiempo. Una de las modificaciones más extendidas en el español de Cuba hoy es, sin dudas, la de “obstinado” como equivalente de cansado, aburrido, harto y muy lejos de su significación original de persona firme en una resolución, empeñada en un propósito. De la misma forma, “cuadrar” se ha impuesto con gran multiplicidad de usos, desde la noción de establecer una correspondencia monetaria o ajustarse a unos criterios de conducta (cuadrar la caja), establecer las bases para un negocio o intercambio de favores (hacer un cuadre), sentir atracción por una persona (esa muchacha me cuadra), hasta establecer una relación de tipo afectiva o de otra naturaleza (cuadré con fulano). Tampoco el berro se reduce a una simple planta comestible, pues hoy se puede lo mismo “coger un berro” (molestarse con algo o con alguien), “dar el berro” (formar problema para solucionar un asunto o ser muy activo en el acometimiento de una empresa) que “estar al berro” (andar al descuido, sin demasiado cuidado o interés por nada).Por la magnitud con que se presentan en nuestro idioma, hablaremos otro día de los préstamos y calcos que han llegado al español de Cuba desde otras lenguas a partir de fenómenos sociales y culturales diversos. Es el caso, por ejemplo, del amplio campo lexical del que nos hemos apropiado a través de la práctica del béisbol, deporte a través del cual se han cubanizado palabras de amplio uso como flai (fly), fao (foul), jonrón (home run), ampalla (umpire) o suin (swing). Pero de esos curiosos caminos nos ocuparemos en su momento. Por hoy cerramos con la idea de que el cambio en cuestiones de lengua es un proceso absolutamente natural y lógico. Condenar esas soluciones en el habla cotidiana implica renunciar a uno de los espacios más hermosos y creativos que nos caracterizan como pueblo.

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De Alto Cedro voy para Marcané… Toponímicas

En la entrega pasada hacía referencia al gran número de topónimos que pervivieron de nuestra lengua prehispánica: el aruaco insular, gracias a la cual hoy conservamos el nombre de Cuba. La toponimia, procedimiento que como indica su etimología, consiste en nombrar lugares, es sin duda alguna uno de los campos más fascinantes de la investigación lingüística.Los nombres de sitios, físicos o geográficos, suelen tener muchas clasificaciones especializadas según tengan relación con el agua (ríos, mares, lagos, océanos…), con los accidentes geográficos (elevaciones, sistemas montañosos, cañones…), con la línea costera (bahías, ensenadas, puntas, cayos…) o con espacios construidos por el hombre (ciudades, pueblos, zonas industriales, calles…). Sin embargo, dentro de estas podemos encontrar categorías aún más específicas relacionadas con características naturales o geográficas, con la flora y la fauna locales, con los recursos naturales, con personajes y hechos históricos, con la religión e, incluso, con características físicas de personas, con estados de ánimo o dolencias, con esferas del trabajo humano típicas de una región e, incluso, con otros topónimos.Recorrer la geografía cubana atendiendo a su toponimia es, sin dudas, una de las más increíbles aventuras semánticas. No en vano, grandes clásicos de nuestra tradición musical han celebrado esos curiosos trasiegos por nuestros pueblos, comunidades y barrios, tejiendo la tupida red nombres en los que se reúnen historias, leyendas e inexplicables laberintos de la memoria.Suelen ser más diáfanos en su significación aquellos nombres que traducen un atributo del lugar, ya sea por sus características físicas (Río Hondo, Bahía Honda, Playa Larga, La Sierra, Los Hondones, Hoyo Colorado, Río Seco, Caleta Buena, Varadero), por la abundancia de un cultivo, planta o elemento de la fauna (Caimanera, Caimito, Hicacos, Pinar del Río, La Palma, El Cedro, Los Pinos, Alacranes, Caletones, Boniato, Camarones, Cocodrilo, Manatí, Punta Perdiz, Cayo Jutía) o por la actividad que se realiza (El Cobre, Minas de Matahambre, Minas del Frío, Pilón).La influencia europea impuso la tradición de nombrar villas y ciudades en honor a varios personajes del santoral cristiano, ampliamente extendidos a lo largo de la isla: San Juan, San Luis, San Cristóbal, San Nicolás de Bari, San Antonio, Santa Clara, San Francisco, Santa Lucía, San José, San Lázaro, San Antonio, San Fernando, Santa María, Santiago… Y también dentro de esa herencia, Santa Cruz, Santa Fe, Sancti Spíritus, Trinidad…Muchos nombres de lugares preservan la memoria de personajes históricos, bien de raigambre nacional (Martí, Mella, Máximo Gómez, Maceo, Pedro Betancourt, Niceto Pérez, Jesús Menéndez, Isabel Rubio…), latinoamericana (Bolívar, Sandino…) o universal (Colón, Cortés…). Otros recuerdan ciudades del mundo: desde la mítica Troya o Cayo Romano, pasando por las italianas Mantua, Florencia y Gerona, hasta la norteamericana Omaha en el actual Omaja, poblado perteneciente a la provincia de Las Tunas y al que dedicara un excelente libro el Premio Nacional de Literatura, Jaime Sarusky (Los fantasmas de Omaja, 2010). También otros países o regiones nos han prestado sus nombres para nuestra ciudades y poblados: México, Haití, Colombia, Bolivia, Venezuela, Paraguay, Nicaragua, Florida… Algunos apellidos de rango también quedaron inmortalizados en topónimos: Iznaga, Cárdenas, Cifuentes, Cienfuegos, Hershey, Abreus, Orozco…Los topónimos que hacen alusión a estados de ánimo, partes del cuerpo o características físicas de personas, resultan más difíciles de desentrañar, pero al mismo tiempo son los de mayor connotación a medida que se abandonan los grandes centros urbanos o ciudades de interés provincial y municipal para entrar en el mundo de las historias populares de sujetos y comunidades: La Feíta, La Ciega, Vieja Linda, Muelas Quietas, La Felicidad, El Silencio, La Esperanza, La Fe, La Quijada, El Pellizco…No menos interesantes son aquellos que nos remiten a funciones muy particulares en un entorno geográfico, como El Cayuco o Aguada de Pasajeros, o los que revelan historias de fusiones y cruces entre nuestros primeros pobladores y los rebeldes esclavos africanos, como Palenque de Yateras, intrincado sitio de la geografía guantanamera que sirvió de refugio a muchos emancipados de las plantaciones.Ya en el campo de los enigmas y la especulación quedan topónimos a los que el mucho uso les va diluyendo el componente histórico, de manera que los pronunciamos sin reparar demasiado en lo que pudieran significar y quizás muy pocos conserven memoria de su origen. Siempre me ha intrigado, en ese sentido, Güira de Melena, y también me resultan curiosos pequeños enclaves como Cuatro Compañeros o El Sopapo. Siendo yo de Pinar del Río, indagué hace tiempo por uno de los topónimos más extraños de mi provincia: Puerta de Golpe. Y parece haber cierto consenso en que derivó de una especie de talanquera a la entrada de una finca de la zona, cercana al poblado de Alonso Rojas, cuyo mecanismo de cierre incorporaba un peso atado a una cuerda que hacía un fuerte ruido al cerrarla. Así de sencillo aparenta ser el origen.Pero otros caminos se tuercen hacia la más completa penumbra. Buscando nombres atípicos fui a parar a un pequeño caserío al norte de Chambas, batey de enigmático nombre: Amin Klay. Busqué en la web, en enciclopedias y sitios especializados; horas de rastreo infructuoso. Me vi como Borges perdido en una biblioteca laberíntica. No hay persona detrás de esas palabras, no hay una ciudad ni un puerto. Solo encontré consuelo en un lejano parentesco con la lengua árabe del distante Túnez. Allí perdí la pista y decidí regresar mentalmente a la isla. Algún día iré a Ciego de Ávila, de ahí a Chambas y de ahí a Amin Klay. Por ahora no veo un viaje más interesante.  

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De Alto Cedro voy para Marcané… Toponímicas

En la entrega pasada hacía referencia al gran número de topónimos que pervivieron de nuestra lengua prehispánica: el aruaco insular, gracias a la cual hoy conservamos el nombre de Cuba. La toponimia, procedimiento que como indica su etimología, consiste en nombrar lugares, es sin duda alguna uno de los campos más fascinantes de la investigación lingüística.Los nombres de sitios, físicos o geográficos, suelen tener muchas clasificaciones especializadas según tengan relación con el agua (ríos, mares, lagos, océanos…), con los accidentes geográficos (elevaciones, sistemas montañosos, cañones…), con la línea costera (bahías, ensenadas, puntas, cayos…) o con espacios construidos por el hombre (ciudades, pueblos, zonas industriales, calles…). Sin embargo, dentro de estas podemos encontrar categorías aún más específicas relacionadas con características naturales o geográficas, con la flora y la fauna locales, con los recursos naturales, con personajes y hechos históricos, con la religión e, incluso, con características físicas de personas, con estados de ánimo o dolencias, con esferas del trabajo humano típicas de una región e, incluso, con otros topónimos.Recorrer la geografía cubana atendiendo a su toponimia es, sin dudas, una de las más increíbles aventuras semánticas. No en vano, grandes clásicos de nuestra tradición musical han celebrado esos curiosos trasiegos por nuestros pueblos, comunidades y barrios, tejiendo la tupida red nombres en los que se reúnen historias, leyendas e inexplicables laberintos de la memoria.Suelen ser más diáfanos en su significación aquellos nombres que traducen un atributo del lugar, ya sea por sus características físicas (Río Hondo, Bahía Honda, Playa Larga, La Sierra, Los Hondones, Hoyo Colorado, Río Seco, Caleta Buena, Varadero), por la abundancia de un cultivo, planta o elemento de la fauna (Caimanera, Caimito, Hicacos, Pinar del Río, La Palma, El Cedro, Los Pinos, Alacranes, Caletones, Boniato, Camarones, Cocodrilo, Manatí, Punta Perdiz, Cayo Jutía) o por la actividad que se realiza (El Cobre, Minas de Matahambre, Minas del Frío, Pilón).La influencia europea impuso la tradición de nombrar villas y ciudades en honor a varios personajes del santoral cristiano, ampliamente extendidos a lo largo de la isla: San Juan, San Luis, San Cristóbal, San Nicolás de Bari, San Antonio, Santa Clara, San Francisco, Santa Lucía, San José, San Lázaro, San Antonio, San Fernando, Santa María, Santiago… Y también dentro de esa herencia, Santa Cruz, Santa Fe, Sancti Spíritus, Trinidad…Muchos nombres de lugares preservan la memoria de personajes históricos, bien de raigambre nacional (Martí, Mella, Máximo Gómez, Maceo, Pedro Betancourt, Niceto Pérez, Jesús Menéndez, Isabel Rubio…), latinoamericana (Bolívar, Sandino…) o universal (Colón, Cortés…). Otros recuerdan ciudades del mundo: desde la mítica Troya o Cayo Romano, pasando por las italianas Mantua, Florencia y Gerona, hasta la norteamericana Omaha en el actual Omaja, poblado perteneciente a la provincia de Las Tunas y al que dedicara un excelente libro el Premio Nacional de Literatura, Jaime Sarusky (Los fantasmas de Omaja, 2010). También otros países o regiones nos han prestado sus nombres para nuestra ciudades y poblados: México, Haití, Colombia, Bolivia, Venezuela, Paraguay, Nicaragua, Florida… Algunos apellidos de rango también quedaron inmortalizados en topónimos: Iznaga, Cárdenas, Cifuentes, Cienfuegos, Hershey, Abreus, Orozco…Los topónimos que hacen alusión a estados de ánimo, partes del cuerpo o características físicas de personas, resultan más difíciles de desentrañar, pero al mismo tiempo son los de mayor connotación a medida que se abandonan los grandes centros urbanos o ciudades de interés provincial y municipal para entrar en el mundo de las historias populares de sujetos y comunidades: La Feíta, La Ciega, Vieja Linda, Muelas Quietas, La Felicidad, El Silencio, La Esperanza, La Fe, La Quijada, El Pellizco…No menos interesantes son aquellos que nos remiten a funciones muy particulares en un entorno geográfico, como El Cayuco o Aguada de Pasajeros, o los que revelan historias de fusiones y cruces entre nuestros primeros pobladores y los rebeldes esclavos africanos, como Palenque de Yateras, intrincado sitio de la geografía guantanamera que sirvió de refugio a muchos emancipados de las plantaciones.Ya en el campo de los enigmas y la especulación quedan topónimos a los que el mucho uso les va diluyendo el componente histórico, de manera que los pronunciamos sin reparar demasiado en lo que pudieran significar y quizás muy pocos conserven memoria de su origen. Siempre me ha intrigado, en ese sentido, Güira de Melena, y también me resultan curiosos pequeños enclaves como Cuatro Compañeros o El Sopapo. Siendo yo de Pinar del Río, indagué hace tiempo por uno de los topónimos más extraños de mi provincia: Puerta de Golpe. Y parece haber cierto consenso en que derivó de una especie de talanquera a la entrada de una finca de la zona, cercana al poblado de Alonso Rojas, cuyo mecanismo de cierre incorporaba un peso atado a una cuerda que hacía un fuerte ruido al cerrarla. Así de sencillo aparenta ser el origen.Pero otros caminos se tuercen hacia la más completa penumbra. Buscando nombres atípicos fui a parar a un pequeño caserío al norte de Chambas, batey de enigmático nombre: Amin Klay. Busqué en la web, en enciclopedias y sitios especializados; horas de rastreo infructuoso. Me vi como Borges perdido en una biblioteca laberíntica. No hay persona detrás de esas palabras, no hay una ciudad ni un puerto. Solo encontré consuelo en un lejano parentesco con la lengua árabe del distante Túnez. Allí perdí la pista y decidí regresar mentalmente a la isla. Algún día iré a Ciego de Ávila, de ahí a Chambas y de ahí a Amin Klay. Por ahora no veo un viaje más interesante.  

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Los taínos ya usaban jabas. Arqueológicas del español de Cuba.

Muchos elementos de la cultura material de un pueblo suelen arraigarse en el imaginario popular como representativos de su identidad. Hoy, por ejemplo, es difícil imaginar a un cubano sin su jaba; listo para llenarla de algún por-si-acaso que aparezca por ahí. La curiosidad siempre me lleva a indagar en los orígenes de las palabras y resulta que, los de nuestra querida jaba, me llevaron hasta la historia de los primeros pobladores de las Antillas.Lamentablemente, aun cuando existe una abundante bibliografía sobre el tema, el pasado de los pueblos del Caribe sigue siendo una asignatura pendiente en los programas de formación y la promoción de nociones más complejas sobre nuestra conformación cultural. Hace unos años, el intelectual dominicano Marcio Veloz Maggiolo, llamaba la atención en un congreso de escritores del Caribe sobre la necesidad de desenterrar ese pasado, de lanzarnos a la aventura arqueológica de nuestras raíces.En 1492, a la llegada de los colonizadores existían en las islas grupos humanos que entre el año 6000 a.n.e. y el 1500 de n.e. se fueron desplazando y asentando en diferentes territorios: guanahatabeyes, lucayos, siboneyes, taínos y caribes, todos ellos emparentados, cultural y lingüísticamente con las poblaciones originarias del noreste de América del Sur, desde donde partieron en una larga travesía de isla en isla. De ahí que el componente aruaco (arawako o arahuaco) sea factor de unificación en todos ellos y diera como resultado una raíz lingüística común: el llamado “aruaco insular”.La llegada de los europeos significó un choque abrupto con esas culturas. Los habitantes originarios, en una posición de desarrollo material inferior, fueron rápidamente subalternizados y, con ellos, su lengua. No obstante, diversos factores contribuyeron a la preservación de la lengua aruaca: en primer lugar, la carencia de términos para nombrar elementos de la flora, la fauna o la toponimia local, que quedaron registrados por cronistas y viajeros en numerosos documentos escritos; en segunda instancia, el tiempo que medió entre la llegada a los territorios insulares y el inicio de la ocupación del continente, permitió que se estabilizaran muchos de esos términos en la comunicación entre colonizadores y colonizados ; y, por último, los tempranos procesos de mestizaje entre grupos humanos que dieron lugar a individuos que participaban de ambos universos lingüísticos, convirtiéndose en portadores vivos y replicadores de esa ambivalencia.De esta suerte, muchas palabras se conservaron con pocos cambios y forman parte hoy del rico repertorio del aruaco insular, especialmente proveniente de la cultura taína, ampliamente extendida en las Antillas Mayores: la zona oriental de Cuba, Haití, República Dominicana, Jamaica y Puerto Rico. Destacan, de forma muy relevante, los elementos de la flora (ácana, ají, anón, bejuco, bija, caimito, guanábana, guayaba, henequén, hicaco, jobo, maguey, pitahaya, tabaco, yagruma, yuca, boniato, maíz, güira, ceiba, etc.) y la fauna (biajaiba, bibijagua, caguama, caguayo, carey, guabina, guaguanche, iguana, jaiba, jején, jicotea, jutía, majá, manjuarí, tatagua, tiburón, tocororo, manatí, etc.). También, elementos de la cultura material (bajareque, barbacoa, batey, burén, bohío, casabe, enagua, guano, guayo, hamaca, jaba, maruga, yagua, catauro, ajiaco…) y del entorno (cayo, huracán, manigua, sabana, seboruco, tibaracón, turey…). Solo tres términos quedaron de la cultura espiritual de los taínos: la ceremonia conocida como “areíto”, la representación de las deidades (cemí) y el célebre “jigüe”, con una curiosa historia de transformaciones y adaptaciones que llegan hasta el “güije” de hoy.Las palabras “cacique” y “behíque”, trascendieron de la organización tribal, y el término “jíbaro” con diversas acepciones en muchos países del Caribe y América. En Puerto Rico, por ejemplo, el jíbaro es una figura de gran relieve cultural como símbolo de resistencia, inmortalizado por pintores como Ramón Frade. Precisamente esa palabra, simbolizó uno de los procesos de asimilación entre el español peninsular y las lenguas aruacas, dando lugar a combinaciones como la de “matajíbaro”, plato tradicional de la cocina cubana. De la riqueza que emanó de esos usos creativos del sustrato aruaco, resultaron apropiaciones metafóricas para describir comportamientos: ser un “caimán”, un “jutía” o un “majá”; o derivaciones como las de la palabra “guayaba”, que puede significar mentira o afirmación sobredimensionada, o modificarse en “guayabito” (ratón pequeño) y, aunque varios se disputan el origen de la historia, en la famosa “guayabera”.“El pan nuestro” de Ramón Frade. El término “jibaro”, tal y como se usa en Puerto Rico, hace referencia a las personas que viven en el campo o en las regiones montañosas de la isla. Como personaje, el jibaro se ha convertido en la encarnación de los valores de dignidad, resistencia y perseverancia que han acabado representando el espíritu y la esencia de un pueblo.Y también debe reconocerse la presencia de muchas palabras de origen aruaco en otras lenguas, donde fueron incorporadas para designar elementos desconocidos. Es el caso de “canoa”, “guayaba”, “hamaca”, “huracán”, “sabana” o “tabaco”, adaptadas a lenguas como el inglés, el francés, el alemán, el checo o el danés, por solo mencionar algunas. La “barbacoa”, por ejemplo, en su doble acepción de construcción lacustre elevada o de método de cocción sobre un hoyo excavado en la tierra, se ha adaptado a diversas culturas de todo el mundo.No obstante, es indiscutido que el campo que mejor ha preservado la lengua aruaca es el de la toponimia, estableciendo una sonora conexión entre sitios de toda la geografía caribeña, desde el cubano Jatibonico hasta el haitiano Hatibonite. Cada región de Cuba conserva hasta hoy cientos de nombres de accidentes geográficos o localidades con nombres de origen aruaco, desde la occidental península de Guanahacabibes hasta la oriental Baracoa: Bacunagua, Guane, Guajaibón, Jaimanita, Guaniguanico, Habana, Ariguanabo, Guanabacoa, Bacunayagua, Jibacoa, Bacuranao, Guamá, Manatí, Baraguá, Bariay, Cajobabo, Baconao, Juraguá… Y aunque la mayoría han resistido los embates del tiempo, otros se han transformado por los azares de la vida. Es el caso, por ejemplo, de lo que hoy se conoce en Matanzas como el río Buey Vaca y la playa donde desemboca, en el extremo noreste de su bahía. Una fábula popular achacaba tan extraño nombre a un cartel colgado en tiempos de la primera República, que señalaba en inglés (“way back”) la delimitación de una playa para uso privado. Sin embargo, la historia es otra y fue recogida por el Dr. Américo Alvarado, a quien Bonifacio Byrne y Carlos Manuel Trelles encargaron recoger por escrito algunas leyendas matanceras. En 1936, Alvarado publica sus escritos en dos cuadernos mimeografiados que, más tarde, en 1960, el periódico Vanguardia editará como libro bajo el título Siete leyendas matanceras. Resulta que junto a los tres grandes ríos que desembocan en la bahía de Matanzas (hoy conocidos como Yumurí, San Juan y Canímar), estaba también uno más pequeño que los pobladores originarios de la región llamaban Güeybaque, palabra que con los años se fue descomponiendo en el habla popular para asimilarse fonéticamente con los dos términos más cercanos del español: buey – vaca.Muchas historias se esconden detrás de la influencia aruaca en el español de Cuba, una raíz que singulariza de manera muy particular nuestra variante de la lengua de Cervantes, al tiempo que nos conecta de manera entrañable con el Caribe que fuimos y que seguimos siendo, aunque en ocasiones le demos la espalda. Grandes cubanos se han dedicado al estudio de esas conexiones y sería oportuno revisitarlos con más frecuencia. Alfredo Zayas, por ejemplo, quien fuera el cuarto presidente de la República entre 1921 y 1925, publicó en 1931 su Lexicografía antillana, obra de referencia obligada junto a la del también cubano José Juan Arrom, autor de Estudios de lexicología antillana, en 1974. Hoy, investigadores como Sergio Valdés Bernal, de quien he tomado prestadas muchas referencias, continúan iluminando saberes que, lejos de enclaustrarnos en un pasado remoto, dibujan un rico y complejo horizonte para nuestra cultura.  

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