En Cuba, y en muchos lugares fuera de sus límites territoriales, se asocia el nombre del presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, con el adjetivo «singao». Creo que la mayor amplificación que tuvo la asociación a nivel mundial fue aquel vídeo en el que la exactriz porno Mia Khalifa miraba a la cámara como si se dirigiese al mismísimo Canel y le espetaba la palabra, la ofensa que significa que eres un cabrón, una muy mala persona y otros eufemismos parecidos.
En nuestro país, ser un singao es ser un individuo bajo. Pero, además, la inventiva del cubano, siempre tratando de darle vuelta a la censura ante el epíteto que le fue adjuntado al apellido del presidente, lo llevó a dividir la expresión en dos, «sin» y «gao», lo que entonces le dio un nuevo matiz; pues «gao» es un término que designa casa en el argot popular. O sea, la resignificación del adjetivo aporta una nueva acepción, la de ser una persona sin casa o un deambulante, que es como llama el Gobierno a las personas que viven en situación de calle.
Uno de los aspectos que más me gusta del lenguaje es precisamente ver cómo cambia, cómo demuestra que está vivo. El ejemplo de Canel es uno de los más visibles y me encanta porque, además, me trae otro tema, el recuerdo de las viviendas en las que en las puertas se podía leer —en una especie de declaración de principios— la frase que decía: «Esta es tu casa, Fidel».
He visto otras puertas en las que se afirma que la casa es de Dios. He visto la versión de Fidel en diversos formatos. No sé cuál de las dos declaraciones vino primero. Se me ocurre pensar que una es la respuesta de la otra. No deja de ser gracioso este tipo de alegato en un país en el cual, en realidad, si al Estado se le antoja usted puede ser despojado de «sus propiedades».
Así que cuando llega a mis manos el libro más reciente de Carlos D. Lechuga que se llama así, Esta es tu casa, Fidel, lo primero que me viene a la mente son aquellas puertas, con el tiempo cada vez más escasas y en mi recuerdo convertidas en anónimas, en las que una vez alguna mano firme en sus convicciones o tal vez temblorosa e intentando ponerse a salvo fue capaz de ofrecer su casa al Dios imperante, al compañero Fidel.
Foto: cortesía de Carlos D. Lechuga.
Publiqué una reseña en Hypermedia Magazine en enero de 2021 sobre el libro Cartas a una mujer casada, de Carlos D. Lechuga, editado por Hypermedia en 2020. Fue mi primer acercamiento con la escritura del cineasta, quien en su dedicatoria me decía que los directores de cine no sabían escribir o algo por el estilo.
Entre Cartas a una mujer casada y Esta es tu casa, Fidel tuve la oportunidad de escribir a cuatro manos con Lechuga la historia de la censura de una de sus películas. Ni Santa ni Andrés se llama el volumen que salió bajo el sello editorial Verbum en 2022. Lo cierto es que de la mujer casada de Carlos hasta su libro más reciente ha llovido abundantemente y para bien.
He leído al menos dos entrevistas a su autor en las que afirma que el contenido del libro fue algo que tuvo la necesidad de vomitar para acabar de sacárselo de adentro. Sabemos que para muchos autores la escritura deviene acto de exorcismo, urgencia de emerger en un territorio de más libertad. De lo que no se habla mucho es de la manera en que son leídos esos textos. Este libro tiene la capacidad de agarrarte en cuanto comienzas a leerlo y no soltarte hasta que lo terminas. En el proceso, debo advertirlo, sacará de adentro tuyo todo tipo de reacciones; hablo por mí cuando digo que sudé de ansiedad, que me conmovió a veces hasta las lágrimas y que, en no pocas ocasiones, tuve una náusea feroz.
¿Dice algo el autor que a esta altura del partido (Partido) no sepamos