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Primero de Mayo, el de los tiempos luminosos

El Primero de Mayo solía irme con abuelo a celebrar. Eran los lejanos años 70 del pasado siglo, y también se vivían situaciones complicadas en Cuba. La amenaza yanqui, de tan omnipresente, dejó de ser noticia.

En la cooperativa lo anunciaban días antes, y allá partíamos, ¡a la fiesta del primero de mayo! Yo, con zapatos colegiales, medias rayadas, short de amplios bolsillos y camiseta marinera. Mima, con el “saco de salir”, que así llamaba a su único vestido de florones, y pipo con sombrero de guano y guayabera blanca, almidonada y crujiente.

No había carteles de hule vistosos, ni lienzos en esos desfiles del Primero de Mayo, porque los guajiros de entonces no eran muy dados a las «infografías». ¡Estábamos en los 70! Marchaban los pioneros, hombres a caballo, mujeres con pañuelos, todos de corazones grandes y discursos sencillos, de cómo trabajar y producir, porque eso es lo que hacían: trabajar y cuidar la Revolución con el sudor de sus camisas.

Imagen ilustrativa Primero de Mayo, Cuba

Decían, ¡Viva el Primero de Mayo! y el viejo repetía con voz de barítono, ¡Viva! Después, la feria, y durante la noche, en «El Encinal», el guateque en casa de los Ajete, con guitarras, tumbas y bongós. Durofríos, golosinas de coco y frangollo para los chicos; y para los mayores, aguardiente de caña, que costaba cuatro pesos con 20 centavos y que, jamás, hizo perder la compostura a hombres como mi abuelo, Mello Cala, Pablo Piedad, o a los Linares, revolucionarios todos y de mucha vergüenza.

Hoy el Primero de Mayo, a pesar de las muchas cortedades, tiene colores más vivos, audio potente, cámaras de video y muchas fotos lindas que quedan para la historia familiar o la del colectivo obrero. Son las iniciativas sindicales, las de los jóvenes que están en todas, y el factor tecnología, que en estos tiempos es concluyente.

Sucede también que la gente es más desenvuelta y en los pueblitos pequeños, adquirieron la costumbre de desfilar en bloques, como en las grandes ciudades, para emular y ver quien lo hizo mejor.

Un Primero de Mayo por Cuba

Hoy nos fuimos a las plazas, a las calles, a los caminos del barrio, para desfilar. Dos años sin la marcha hacen pensar que nos faltaba algo cercano, más que una rutina, un sentimiento de deber y auténtica explosión de alegría, que no podemos ni queremos evitar cuando llega mayo.

Hay quienes se inquietan por la pandemia, que si es muy pronto, que si hay riesgos. No está mal preocuparse. Pero el hecho es que, la COVID-19 y sus variantes acompañarán a la humanidad por muchos años. Nosotros los cubanos, tenemos el privilegio de llevar en el hombro el fruto científico de una nación heroica. Eso, y la cultura alcanzada en términos de higiene y protección personal, harán la diferencia.

Cualquiera sin necesidad de un doctorado- y es oportuno mencionarlo- reconoce lo difícil del momento. La piel “se le encoje” a quien no esté bien plantado en sus principios: hay escasez, burocracia excesiva, ineficacia y malos servicios. ¿Cómo ignorarlo?

Los yanquis- oportunistas- aprietan el cerco, juegan sucio en la internet, y los traidores, los de la quinta columna, aprovechan cada error (y cada ingenuidad nuestra) para volcar el plato. ¡No hay tregua, ni la hemos pedido!

Vivimos en un archipiélago que paga el alto precio de ser independiente. Un lugar donde, ni un solo paisano o paisana que vea una guataca, pregunta, qué es. Precisamente, por nuestro origen obrero, por nuestras raíces campesinas, es que comprendemos de qué va tomar las calles y las plazas el Primero de Mayo, y desfilar por la unidad de la nación.

Seríamos débiles si no entendiéramos las grandes razones que palpitan detrás de nuestros actos cotidianos. Seríamos pusilánimes si no pensamos en los miles de hombres y mujeres que trabajan día y noche para que el país salga adelante.

No hay derecho ni lugar para la división. De ese modo terminaríamos a merced de los que vociferan en las redes sociales las “muy importantes razones” por las que… debíamos quedarnos en casa.  

Abuelo solía decir: «cuando las cosas van peor, es cuando hay que echar palante». Siempre le creí, y no olvido que soy el nieto de aquel campesino, que no tenía estudios, pero sabía bien de qué lado marchaba la verdad.  

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