Ecos

Las múltiples caras del cambio de régimen en Cuba

Después de meses de indiferencia con Cuba, el gobierno de Biden reaccionó con decidida rapidez para apoyar las protestas en la Isla. “Apoyamos al pueblo cubano”, dijo el presidente Biden. Nació un tema de conversación.“La administración Biden-Harris apoya al pueblo cubano”, siguió el secretario de Estado, Antony Blinken. El presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, Robert Menéndez, también se unió para enfatizar «la necesidad de que Estados Unidos continúe apoyando al pueblo cubano».Durante más de ciento veinte años, Estados Unidos ha “apoyado al pueblo cubano” o, quizás más correctamente, ha estado al lado del pueblo cubano. Cuba parece estar siempre en el extremo receptor de la historia estadounidense. Apoyar al pueblo cubano ha significado intervención armada, ocupación militar, cambio de régimen e intromisión política, todos hechos normales en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en los sesenta años antes del triunfo de la revolución cubana.En los sesenta años posteriores a la revolución, apoyar al pueblo cubano ha significado aislamiento diplomático, invasión armada, operaciones encubiertas y sanciones económicas. Es la política de sanciones económicas  —el embargo, designado oficialmente como un “programa de negación económica”—, lo que desmiente las afirmaciones estadounidenses acerca de una preocupación benéfica para el pueblo cubano. Gráfica de la prensa de finales del siglo XIX. (Archivo). Después de la guerra hispano-cubano-americana (1898), los estadounidenses ocuparon militarmente Cuba hasta 1902, año en que se incorpora a la Constitución cubana la Enmienda Platt que le otorga derechos al gobierno de Estados Unidos a intervenir en los asuntos internos de Cuba.Las sanciones se convirtieron desde temprano en un protocolo político completo en la búsqueda de un cambio de régimen, diseñadas para privar a los cubanos de los bienes y servicios necesarios, inducir la escasez y fomentarla, infligir penurias y profundizar la adversidad. Tampoco debe suponerse que el pueblo cubano fue el «daño colateral» involuntario del embargo. Al contrario, ha sido el blanco. Las sanciones fueron diseñadas desde el principio para producir estragos económicos como una forma de fomentar el descontento popular, de politizar el hambre con la esperanza de que, impulsado por la desesperación y motivado por la miseria, el pueblo cubano se levantaría para derrocar al gobierno.La desclasificación de documentos gubernamentales proporciona información sobre el cálculo de las sanciones como medio de cambio de régimen. El “programa de negación económica” fue planeado para “debilitar [al gobierno cubano] económicamente”, explicaba un documento del Departamento de Estado, para “promover la disensión interna; erosionar su apoyo político interno. . . [y] crear condiciones que conduzcan a una rebelión incipiente”. Las sanciones prometieron crear “las condiciones previas necesarias para el levantamiento nacionalista dentro de Cuba”, predijo la Oficina de Inteligencia e Investigación del Departamento de Estado, y luego producirían la caída del gobierno cubano “como resultado de tensiones internas y en respuesta a las fuerzas en gran parte, si no totalmente, no atribuibles a Estados Unidos”. El “único medio previsible de alienar el apoyo interno”, dijo el Departamento de Estado, “es mediante el desencanto y el descontento basado en la insatisfacción y las dificultades económicas. Deben tomarse rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba, [negar] dinero y suministros a Cuba, disminuir los salarios nominales y reales, provocar hambre, desesperación y derrocamiento del gobierno”. Presidente John F. Kennedy (enero 1961- noviembre 1963). En 1961 el Congreso aprobó la Foreign Assistance Act que permitía al presidente imponer sanciones a Cuba en el contexto de las nacionalizaciones que estaban ocurriendo en la Isla. En febrero de 1962 el gobierno de John F. Kennedy amplió el embargo, extendiendo las restricciones a la importaciones cubanas. Foto: Archivo.El embargo se ha mantenido en vigor durante más de sesenta años. A veces se expandió, en otras ocasiones se contrajo. Pero nunca se levantó. El grado en que las sanciones estadounidenses están implicadas en las actuales manifestaciones de protesta en Cuba es un tema de debate, por supuesto. Pero difícilmente se puede negar que el bloqueo ha contribuido —en mayor o menor medida— a las penurias en Cuba; esa ha sido su intención. Y ahora esas penurias han producido protestas y manifestaciones populares. Eso también está en el «libro de jugadas» del embargo.Pero el embargo ha tenido un impacto mucho más insidioso en la cultura política de Cuba. El gobierno cubano no ignora los resultados políticos deseados por Estados Unidos con las sanciones. Entiende bien su alcance subversivo y su impulso intervencionista, y ha respondido en consecuencia, si bien no siempre de manera consistente. Una política estadounidense tan abiertamente hostil, que ha estado en curso y se ha reafirmado periódicamente durante un período tan largo de tiempo, diseñada con el propósito de sembrar el caos, de hecho ha servido bien a las autoridades cubanas, proporcionando un objetivo fácilmente disponible al que se puede culpar por la mala gestión económica local y la mala asignación de recursos. El embargo ofrece un refugio para la inocencia y la inmunidad frente a la rendición de cuentas. La tendencia a atribuir al embargo las consecuencias de políticas mal concebidas se ha convertido en una narrativa maestra del gobierno cubano.PublicidadPero es aún más complicado. No pocos dentro del gobierno cubano ven las protestas populares con cautela, considerándolas una función de la política estadounidense y sus resultados previstos. De hecho, no es una ironía menor que el embargo haya servido tan a menudo para comprometer la “autenticidad” de la protesta popular, para garantizar que las protestas se consideren actos al servicio del cambio de régimen y se describan como una amenaza para la seguridad nacional. El grado en que la intención política del embargo se imputa a la protesta popular sirve a menudo para impulsar la narrativa oficial. Es decir, las protestas se describen menos como una expresión de descontento interno que como un acto de subversión estadounidense, desacreditando instantáneamente la legitimidad de las protestas y la credibilidad de los manifestantes.El embargo sirve para sumergir a la política cubana a todos los niveles en un inframundo kafkiano donde la autenticidad de los actores domésticos es cuestionada y transformada en la duplicidad de los agentes extranjeros. En Cuba, advierte el adagio popular, nada parece ser lo que parece. Pocos discuten la validez de los agravios cubanos. Un pueblo que sufre a menudo sujeto a políticas caprichosas y prácticas arbitrarias, un oficialismo que a menudo parece ajeno e indiferente a las necesidades de una población que enfrenta dificultades cada vez mayores. Escasez de alimentos. Falta de medicinas. Escasez de bienes básicos. Precios altísimos. Ampliación de las desigualdades sociales. Profundización de las disparidades raciales. Las dificultades han aumentado y se han ido agravando continuamente durante muchos años, para las cuales hay pocos remedios fácilmente disponibles. Presidente William (Bill) Clinton (enero 1993-enero 2001). Durante el gobierno de Bill Clinton, las leyes Cuban Democracy Act  (1992) y Cuban Liberty and Democracy Solidarity Act, conocida como Ley Helms-Burton (1996) reforzaron el embargo. Foto: Archivo.Una economía que se reorganizó a fines de la década de los 90 y a principios del nuevo siglo en torno a los ingresos por turismo se ha derrumbado como resultado de la pandemia. Una pérdida de divisas con consecuencias nefastas para un país que importa el 70% de sus suministros alimentarios. La administración Trump revivió los elementos más punitivos de las sanciones estadounidenses, limitando las remesas familiares a 1 000 dólares trimestrales por persona, prohibiendo las remesas a familiares de funcionarios del gobierno y a miembros del Partido Comunista, y prohibiendo las remesas en forma de donaciones a ciudadanos cubanos.La administración Trump prohibió el procesamiento de remesas a través de cualquier entidad en una «lista restringida de Cuba», una acción que resultó en el cese de operaciones de Western Union en Cuba en noviembre de 2020. Y como último gesto rencoroso y gratuito, la administración saliente de Trump devolvió a Cuba a la lista de Estados patrocinadores del terrorismo.En el preciso momento en que el pueblo cubano se tambaleaba por una mayor escasez, un mayor racionamiento y una disminución de los servicios, Estados Unidos impuso una nueva serie de sanciones. Es imposible reaccionar de otra manera que no sea con total incredulidad al comentario del portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, en el sentido de que las necesidades humanitarias de Cuba «son profundas por nada de lo que Estados Unidos ha hecho». Los cubanos enfrentan, de repente, una economía en colapso, disminución de remesas, oportunidades de emigración restringidas, inflación, escasez de alimentos, escasez de medicinas, todo en un momento de emergencia de salud nacional, y con Estados Unidos aplicando sanciones punitivas con la intención de hacerlo todo peor.Por supuesto, el pueblo cubano tiene derecho a protestar pacíficamente. Por supuesto, el gobierno cubano debe reparar los agravios cubanos.Por supuesto, Estados Unidos debe poner fin a su política de subversión mortal y destructiva.***Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Jacobin. Se publica una versión en español con la autorización expresa de su autor.

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Las múltiples caras del cambio de régimen en Cuba

Después de meses de indiferencia con Cuba, el gobierno de Biden reaccionó con decidida rapidez para apoyar las protestas en la Isla. “Apoyamos al pueblo cubano”, dijo el presidente Biden. Nació un tema de conversación.“La administración Biden-Harris apoya al pueblo cubano”, siguió el secretario de Estado, Antony Blinken. El presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, Robert Menéndez, también se unió para enfatizar «la necesidad de que Estados Unidos continúe apoyando al pueblo cubano».Durante más de ciento veinte años, Estados Unidos ha “apoyado al pueblo cubano” o, quizás más correctamente, ha estado al lado del pueblo cubano. Cuba parece estar siempre en el extremo receptor de la historia estadounidense. Apoyar al pueblo cubano ha significado intervención armada, ocupación militar, cambio de régimen e intromisión política, todos hechos normales en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba en los sesenta años antes del triunfo de la revolución cubana.En los sesenta años posteriores a la revolución, apoyar al pueblo cubano ha significado aislamiento diplomático, invasión armada, operaciones encubiertas y sanciones económicas. Es la política de sanciones económicas  —el embargo, designado oficialmente como un “programa de negación económica”—, lo que desmiente las afirmaciones estadounidenses acerca de una preocupación benéfica para el pueblo cubano. Gráfica de la prensa de finales del siglo XIX. (Archivo). Después de la guerra hispano-cubano-americana (1898), los estadounidenses ocuparon militarmente Cuba hasta 1902, año en que se incorpora a la Constitución cubana la Enmienda Platt que le otorga derechos al gobierno de Estados Unidos a intervenir en los asuntos internos de Cuba.Las sanciones se convirtieron desde temprano en un protocolo político completo en la búsqueda de un cambio de régimen, diseñadas para privar a los cubanos de los bienes y servicios necesarios, inducir la escasez y fomentarla, infligir penurias y profundizar la adversidad. Tampoco debe suponerse que el pueblo cubano fue el «daño colateral» involuntario del embargo. Al contrario, ha sido el blanco. Las sanciones fueron diseñadas desde el principio para producir estragos económicos como una forma de fomentar el descontento popular, de politizar el hambre con la esperanza de que, impulsado por la desesperación y motivado por la miseria, el pueblo cubano se levantaría para derrocar al gobierno.La desclasificación de documentos gubernamentales proporciona información sobre el cálculo de las sanciones como medio de cambio de régimen. El “programa de negación económica” fue planeado para “debilitar [al gobierno cubano] económicamente”, explicaba un documento del Departamento de Estado, para “promover la disensión interna; erosionar su apoyo político interno. . . [y] crear condiciones que conduzcan a una rebelión incipiente”. Las sanciones prometieron crear “las condiciones previas necesarias para el levantamiento nacionalista dentro de Cuba”, predijo la Oficina de Inteligencia e Investigación del Departamento de Estado, y luego producirían la caída del gobierno cubano “como resultado de tensiones internas y en respuesta a las fuerzas en gran parte, si no totalmente, no atribuibles a Estados Unidos”. El “único medio previsible de alienar el apoyo interno”, dijo el Departamento de Estado, “es mediante el desencanto y el descontento basado en la insatisfacción y las dificultades económicas. Deben tomarse rápidamente todos los medios posibles para debilitar la vida económica de Cuba, [negar] dinero y suministros a Cuba, disminuir los salarios nominales y reales, provocar hambre, desesperación y derrocamiento del gobierno”. Presidente John F. Kennedy (enero 1961- noviembre 1963). En 1961 el Congreso aprobó la Foreign Assistance Act que permitía al presidente imponer sanciones a Cuba en el contexto de las nacionalizaciones que estaban ocurriendo en la Isla. En febrero de 1962 el gobierno de John F. Kennedy amplió el embargo, extendiendo las restricciones a la importaciones cubanas. Foto: Archivo.El embargo se ha mantenido en vigor durante más de sesenta años. A veces se expandió, en otras ocasiones se contrajo. Pero nunca se levantó. El grado en que las sanciones estadounidenses están implicadas en las actuales manifestaciones de protesta en Cuba es un tema de debate, por supuesto. Pero difícilmente se puede negar que el bloqueo ha contribuido —en mayor o menor medida— a las penurias en Cuba; esa ha sido su intención. Y ahora esas penurias han producido protestas y manifestaciones populares. Eso también está en el «libro de jugadas» del embargo.Pero el embargo ha tenido un impacto mucho más insidioso en la cultura política de Cuba. El gobierno cubano no ignora los resultados políticos deseados por Estados Unidos con las sanciones. Entiende bien su alcance subversivo y su impulso intervencionista, y ha respondido en consecuencia, si bien no siempre de manera consistente. Una política estadounidense tan abiertamente hostil, que ha estado en curso y se ha reafirmado periódicamente durante un período tan largo de tiempo, diseñada con el propósito de sembrar el caos, de hecho ha servido bien a las autoridades cubanas, proporcionando un objetivo fácilmente disponible al que se puede culpar por la mala gestión económica local y la mala asignación de recursos. El embargo ofrece un refugio para la inocencia y la inmunidad frente a la rendición de cuentas. La tendencia a atribuir al embargo las consecuencias de políticas mal concebidas se ha convertido en una narrativa maestra del gobierno cubano.PublicidadPero es aún más complicado. No pocos dentro del gobierno cubano ven las protestas populares con cautela, considerándolas una función de la política estadounidense y sus resultados previstos. De hecho, no es una ironía menor que el embargo haya servido tan a menudo para comprometer la “autenticidad” de la protesta popular, para garantizar que las protestas se consideren actos al servicio del cambio de régimen y se describan como una amenaza para la seguridad nacional. El grado en que la intención política del embargo se imputa a la protesta popular sirve a menudo para impulsar la narrativa oficial. Es decir, las protestas se describen menos como una expresión de descontento interno que como un acto de subversión estadounidense, desacreditando instantáneamente la legitimidad de las protestas y la credibilidad de los manifestantes.El embargo sirve para sumergir a la política cubana a todos los niveles en un inframundo kafkiano donde la autenticidad de los actores domésticos es cuestionada y transformada en la duplicidad de los agentes extranjeros. En Cuba, advierte el adagio popular, nada parece ser lo que parece. Pocos discuten la validez de los agravios cubanos. Un pueblo que sufre a menudo sujeto a políticas caprichosas y prácticas arbitrarias, un oficialismo que a menudo parece ajeno e indiferente a las necesidades de una población que enfrenta dificultades cada vez mayores. Escasez de alimentos. Falta de medicinas. Escasez de bienes básicos. Precios altísimos. Ampliación de las desigualdades sociales. Profundización de las disparidades raciales. Las dificultades han aumentado y se han ido agravando continuamente durante muchos años, para las cuales hay pocos remedios fácilmente disponibles. Presidente William (Bill) Clinton (enero 1993-enero 2001). Durante el gobierno de Bill Clinton, las leyes Cuban Democracy Act  (1992) y Cuban Liberty and Democracy Solidarity Act, conocida como Ley Helms-Burton (1996) reforzaron el embargo. Foto: Archivo.Una economía que se reorganizó a fines de la década de los 90 y a principios del nuevo siglo en torno a los ingresos por turismo se ha derrumbado como resultado de la pandemia. Una pérdida de divisas con consecuencias nefastas para un país que importa el 70% de sus suministros alimentarios. La administración Trump revivió los elementos más punitivos de las sanciones estadounidenses, limitando las remesas familiares a 1 000 dólares trimestrales por persona, prohibiendo las remesas a familiares de funcionarios del gobierno y a miembros del Partido Comunista, y prohibiendo las remesas en forma de donaciones a ciudadanos cubanos.La administración Trump prohibió el procesamiento de remesas a través de cualquier entidad en una «lista restringida de Cuba», una acción que resultó en el cese de operaciones de Western Union en Cuba en noviembre de 2020. Y como último gesto rencoroso y gratuito, la administración saliente de Trump devolvió a Cuba a la lista de Estados patrocinadores del terrorismo.En el preciso momento en que el pueblo cubano se tambaleaba por una mayor escasez, un mayor racionamiento y una disminución de los servicios, Estados Unidos impuso una nueva serie de sanciones. Es imposible reaccionar de otra manera que no sea con total incredulidad al comentario del portavoz del Departamento de Estado, Ned Price, en el sentido de que las necesidades humanitarias de Cuba «son profundas por nada de lo que Estados Unidos ha hecho». Los cubanos enfrentan, de repente, una economía en colapso, disminución de remesas, oportunidades de emigración restringidas, inflación, escasez de alimentos, escasez de medicinas, todo en un momento de emergencia de salud nacional, y con Estados Unidos aplicando sanciones punitivas con la intención de hacerlo todo peor.Por supuesto, el pueblo cubano tiene derecho a protestar pacíficamente. Por supuesto, el gobierno cubano debe reparar los agravios cubanos.Por supuesto, Estados Unidos debe poner fin a su política de subversión mortal y destructiva.***Nota: Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Jacobin. Se publica una versión en español con la autorización expresa de su autor.

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El estallido social cubano. Motivaciones de fondo (II)

La reciente explosión social que ha tenido lugar en Cuba debe enmarcarse en el tortuoso proceso de ajuste y adaptación que ha tenido que vivir la Revolución cubana desde los años noventa, cuando colapsó el esquema de inserción económica y geopolítica (el CAME y la URSS) en el que se había cimentado su modelo de desarrollo social, y con él su legitimidad política interna. Tras una década (la de los sesenta) de experimentación revolucionaria autóctona, un laboratorio de soberanía socialista tan audaz en sus propósitos como aleccionador en sus fracasos, que es interpretado hoy en discurso oficial como una era de romanticismo idealista, la revolución cubana se situó en la órbita del imperio soviético. De la URSS obtuvo Cuba un modelo económico basado en la planificación centralizada de la economía y también un mercado internacional con precios preferenciales, tanto para las exportaciones cubanas de azúcar y níquel como las insustituibles importaciones de una materia prima tan estratégica para el desarrollo industrial moderno como es el petróleo. La primacía de la planificación centralizada sobre el mercado y un comercio internacional basado en alianzas políticas más que en precios  —y por tanto muy vulnerable a las coyunturas políticas de los países aliados— han sido dos rasgos persistentes y profundamente problemáticos del sistema económico cubano. Pero mientras existió la URSS y el campo socialista, aunque el modelo presentaba notables disfuncionalidades económicas, permitió un crecimiento sostenido que alimentó uno de los desarrollos sociales más ambiciosos de la historia de América Latina. La masiva inclusión de sectores de población previamente excluida, la elevación del nivel de vida, y las políticas sanitarias, educativas o deportivas, fueron claves para forjar el pacto social tácito que cimentó la revolución cubana como proceso con suficiente legitimidad social como para ser estable: el monopolio autoritario del poder político en manos del PCC a cambio de defensa de la soberanía nacional y avances en justicia social. Pero en 1991, y tras perder el paraguas del comercio protegido y ventajoso del campo socialista, Cuba se vio de pronto arrojada al mercado mundial para el que no estaba preparada. Lo hizo además en las condiciones desfavorables de un bloqueo norteamericano recrudecido (leyes Torricelli y Helms-Burton). Las consecuencias del trauma de los noventa fueron inmensas. Cuba se vio obligada a redirigir su modelo apostando por el turismo, la apertura a las remesas de los cubanos emigrados —un duro golpe a la autoestima económica de la Revolución— y a la inversión extranjera. También, en el plano interno, abriendo espacio al mercado frente al plan —mercados agropecuarios, trabajos por cuenta propia— en un pulso ambivalente y contradictorio que tres décadas después está lejos de haber sido resuelto satisfactoriamente.  El estallido social cubano. Motivaciones inmediatas (I)La colaboración con la Revolución Bolivariana a partir de la llegada al poder de Chávez en el 2000 dio a Cuba una bocanada de oxígeno, especialmente en su dimensión energética (petróleo), que ha sido crucial y que llevó incluso a parte de la dirigencia cubana, con Fidel Castro al frente, a fantasear con la posibilidad de un retorno a los códigos de gobernanza pre-años noventa —lo que fue llamado la Batalla de Ideas. Pero la reorientación del viejo modelo de planificación económica —que hoy la propia dirigencia cubana considera obsoleto— hacia alguna forma de economía socialista que debía dejar espacios amplios al mercado y la iniciativa privada era inevitable. La crisis venezolana, que lleva afectando a Cuba casi un lustro como símbolo de la misma piedra con la que siempre tropieza la Revolución, no ha hecho sino confirmar la necesidad de abandonar la búsqueda de alianzas comerciales ventajosas mediadas por afinidades geopolíticas. Que Cuba sea capaz de prosperar por su propio desempeño económico en el mercado mundial es un imperativo de supervivencia para el régimen.  De este modo, Cuba transita oficialmente hoy hacia un socialismo de mercado que sigue el ejemplo asiático. Un proyecto que, en teoría, debe lograr elevar los niveles de vida salvaguardando a) el monopolio político del PCC y b) (más problemático desde una perspectiva transformadora) el espíritu de la revolución. La imagen inspiradora en la élite gobernante cubana es Vietnam. A diferencia de China, cuyo proceso de desarrollo se da a una escala que no está al alcance de Cuba, Vietnam es una nación que a través de las reformas económicas aperturistas (el Doi Moi) ha logrado enfrentar simultáneamente tanto  su estructura económica colonial como los efectos devastadores de la intervención militar de EE.UU., volviéndose una sociedad moderadamente próspera bajo el férreo control del Partido Comunista. Que esta es la hoja de ruta de la dirigencia cubana es algo que no alberga discusión. De hecho la reciente reforma constitucional cubana básicamente dio amparo legal a las reformas promercado aplicadas en Cuba desde la etapa raulista. La gran diferencia entre la vía cubana y el socialismo asiático ha sido la relativa lentitud, timidez y precaución demostrada por la primera. La explicación fundamental es que desde la óptica del gobierno cubano el desarrollo de cualquier pequeña o mediana burguesía nacional, un actor imprescindible en este esquema, es interpretado como un germen quintacolumnista potencialmente favorable a las políticas injerencistas de Miami y de EE.UU.  En este proceso de construcción ambivalente de un socialismo de mercado se inscribe la eliminación del sistema de doble moneda y otras muchas reformas, en muchos casos fallidas y cuya responsabilidad central ha sido el desempeño del propio gobierno, que han acabado configurando una tormenta económica perfecta en un contexto de pandemia global.  Quizá el más importante de estos fracasos, dado el peso que tiene la importación de alimentos en el desequilibrio comercial de la economía cubana frente a su potencial de autosubsistencia, ha sido la recampesinización vigente desde 2008, y cuyos resultados han sido bastante modestos. El ajuste estructural de los años noventa, a pesar de que se hizo con cierta sensibilidad social —el objetivo era mantener vivas las políticas públicas en materia de educación y sanidad, así como una defensa nacional competente— tuvo efectos desgarradores que debían ser transitorios pero se volvieron crónicos. Destaco dos: la precarización material y el aumento de la desigualdad en un país oficialmente igualitarista —lo que generó además una esquizofrenia política en el discurso público ideológicamente explosiva. Una vez superada la odisea material del Periodo especial y su excepcionalidad, buena parte del pueblo cubano descubrió que su nueva vida cotidiana seguía siendo tremendamente difícil. Sin duda la aparición de un inmenso precariado cubano, personas cuyo salario no reproduce su fuerza de trabajo y deben conseguir ingresos extrasalariales para llegar a fin de mes, es el hecho sociológico central de la Cuba post-soviética. Esta emergencia del precariado cubano debe entenderse además con el telón de fondo de un proceso progresivo de recortes de subsidios y gratuidades por parte del Estado —empezando por la libreta de racionamiento de alimentación básica, que lleva años minimizándose y hoy está en vías de desaparición—, sometido ahora a las presiones del mercado mundial tras décadas al margen, y además ahogado financieramente por el bloqueo norteamericano.En la Cuba de después de los noventa básicamente se establecieron tres vías para obtener esos ingresos extrasalariales imprescindibles para sobrevivir: a) remesas de familiares en el extranjero; b) derramas de los sectores vinculados a la economía global —propinas turísticas, salarios más elevados asociados a las misiones médicas internacionalistas—; c) un mercado negro y una economía sumergida gigantesca, muy compleja y que alberga de todo, incluyendo fenómenos muy vergonzosos para el ideal revolucionario como ha sido el retorno de la prostitución. Este “de todo” incluye desde procesos de explotación laboral y acumulación originaria de tipo capitalista muy salvajes hasta procesos de redistribución familiar y comunitaria de la riqueza, de impronta ética socialista, muy interesantes.11-J en Cuba: sobre lo bueno y lo justoLo que nos conecta con la cuestión de la desigualdad. Cuba en los ochenta, con un índice de Gini de 0,24, era uno de los países más igualitarios del mundo. Los años noventa dispararon la desigualdad. En el 2016, fuentes oficiales reportaron un índice de Gini entre 0,4 y 0,45, un aumento drástico que coloca a Cuba, aproximadamente, en el promedio regional de América Latina. La isla hace mucho tiempo que ha dejado de ser un paraíso de igualdad social. Estas cifras estadísticas se traducen, en la vida cotidiana, en diferencias muy importantes entre distintos estratos sociales en lo que se refiere a niveles de vida y seguridad material. Por supuesto, existen privilegios vinculados a los grupos dirigentes y también a las Fuerzas Armadas. Pero las posibilidades económicas de quien recibe remesas de familiares emigrados y quien no las recibe son muy diferentes.  Además, por la propia estructura racial de la migración cubana, mayoritariamente blanca, la recepción de remesas tiene un sesgo racial evidente. Julio César Guanche afirmaba, en un texto fundamental para entender el contexto de la crisis reciente, que por cada dólar que recibe por vía remesa un cubano con piel negra se reciben tres dólares por parte de un cubano con fenotipo blanco. En Cuba la pobreza vuelve a solaparse hoy con estructuras racializadas de perfil colonial que la Revolución, a pesar de haber intentado desmontar, ha vuelto a reproducir. Otros sectores muy vulnerables son las personas mayores y los hogares monomarentales, que cargan sobre sus hombros con una precariedad económica que se traduce también en una crisis de cuidados de tintes dramáticos. Estos son algunos de los sectores que conforman una inmensa bolsa de población obligada a sobrevivir en un día a día marcado por condiciones materiales muy extremas, y que el reciente proceso inflacionario ha terminado de movilizar y sacar a las calles. Aquí debe añadirse la otra cuestión que lo atraviesa todo, la de los reclamos de apertura política ante los déficits democráticos del régimen, que en lo estructural puede entenderse como un proceso de deslegitimación progresivo y difícilmente reversible del proyecto revolucionario, que además tiene un componente generacional muy marcado.Entre otras razones, el régimen resistió al difícil examen de los noventa porque contaba con una enorme legitimidad popular conquistada por el proceso masivo de inclusión social que supuso la Revolución y el efecto del liderazgo carismático de Fidel Castro en la construcción de consensos. Pero Raúl no es Fidel, y Díaz-Canel no es Raúl. Y las generaciones jóvenes, a diferencia de la base demográfica de los noventa, no tiene experiencia alguna de mejora material y social provocada por la Revolución. Más bien sucede al contrario: la memoria juvenil cubana solo ha conocido un contexto precario en lo material y opresivo en lo político en comparación con el marco de expectativas que impone tanto su nivel formativo como el curso de los tiempos.Ante esta cuestión, la Revolución se enfrenta a uno de sus nudos gordianos más trágicos. El conformado por una pinza política perversa, que se retroalimenta constantemente, entre el autoritarismo del PCC y la injerencia de EE.UU. y de una derecha que al menos en Miami —porque la diáspora cubana es también muy compleja y no se reduce al reducto de extrema derecha del sur de Florida— busca una marcha versallesca sobre La Habana. Cuando las demandas y las aspiraciones democráticas de las generaciones más jóvenes de la revolución no pueden ser satisfechas sin suponer una enmienda a la totalidad del sistema político —incluso las que provienen de una izquierda declarada socialista—, tenemos la otra cara del problema estructural que hoy carcome Cuba. Lo dice el intelectual cubano Julio César Guanche de modo magistral: el ambiente político en Cuba ha programado, “un algoritmo de la exclusión”, que etiqueta como contrarrevolucionarias amplias zonas de experiencia y saber social, “una máquina de producir enemigos, elefantes sobre las cristalerías de los complejos acuerdos sociales cubanos”. En este marco político autoritario cualquier crítica al gobierno, motivada por cuestiones materiales o por cuestiones ideológicas, no puede ser constructiva, no puede ser integrada, y tienden a encadenarse necesariamente hasta dar forma a un discurso impugnador totalizante de signo anticomunista. Esto último es muy importante para entender la enorme complejidad ideológica que se está movilizando en el estallido social, que hoy es un abanico muy heterogéneo que no se puede simplificar. Así, por ejemplo, entre los manifestantes contra el gobierno los anarquistas cubanos llaman a luchar por igual contra el bloqueo (y la injerencia extranjera) y contra la dictadura.  Quién va a liderar esta explosión social de descontento está aún por dirimir. Por desgracia, son muchos años en los que el régimen ha ahogado y reprimido la crítica interna (incluyendo la socialista) como para que la derecha no juegue en este terreno con inmensa ventaja. En definitiva, aunque las protestas no son ni mucho menos protagonizadas por agentes de la CIA, el corsé autoritario del sistema político en Cuba y sus déficits democráticos potencian, paradójicamente, la oposición al régimen en su conjunto y facilita la agenda de la derecha. Es una especie de juego de espejos de profecías autocumplidas que tiene muy mal pronóstico. Porque, al mismo tiempo, tampoco se puede afirmar que la defensa del estatus quo descanse exclusivamente en una minoría privilegiada y su red clientelar. Aunque esté históricamente en sus horas más bajas, la fidelidad al régimen revolucionario de otra parte sustancial de la población hace pensar que, si no se cortocircuita, este tipo de binarismo sin matices, en el que al gobierno cubano le gusta desenvolverse, solo puede tender a desembocar en un conflicto civil. Llegados a este punto de la panorámica, vuelvo a la actualidad y la coyuntura para cerrar. Es evidente que la represión gubernamental no es el camino para gestionar el estallido social. O es un camino terrible de corto recorrido que debe ser condenado sin paliativos. También entre socialistas. Todos los presos deben ser puestos en libertad, la represión debe cesar y las protestas pacíficas deben ser permitidas.  En el medio plazo, además de medidas económicas de choque que corrijan los efectos más dramáticos de la carestía material, la única posibilidad viable es una solución política, que necesariamente pasará por corregir muchos de los déficits democráticos del sistema cubano, ampliando derechos y libertades tanto individuales como asociativas. Considero que esto debe defenderse aunque un proceso así pueda poner en riesgo algunos de los logros revolucionarios. Se trata de un peligro menor ante el hecho de que la mayor amenaza para esos logros revolucionarios es que una parte creciente del pueblo cubano los percibe como una carcasa cada vez más desgastada, vacía y asfixiante. Comparto en este punto, palabra por palabra, esta afirmación de Wilder Pérez Varona en su texto Unas palabras sobre la Cuba de los humildes:  “Esa posibilidad no es otra cosa que su derecho a ser y actuar como pueblo. Su derecho como soberano a la no intermediación. A ejercer su indelegable soberanía. Es derecho a ser inoportuno respecto a planes, estrategias y programas ajenos. Es derecho incluso a equivocarse. Un derecho supremo que nadie más posee en su nombre”. En la situación de Cuba, a cualquier sensibilidad transformadora le conviene atender a cierto principio de sentido común anarquista: cuando un Estado (con su monopolio de la violencia) reprime a un pueblo, uno debe ponerse de parte del pueblo. Aunque supuestamente estuviera equivocado. No quiero decir con esto, como dice el gobierno cubano, que el pueblo cubano lo esté o entre los manifestantes haya “revolucionarios confundidos” —el reconocimiento de este matiz por parte del gobierno no es irrelevante para desenredar la tensión. Afirmo que cuando el choque es entre las armas de policía y militares que reprimen y los cuerpos de un pueblo que se defiende, las consideraciones ideológicas respecto a los propósitos de ese pueblo, sin desaparecer, tienen que pasar a un segundo plano.   Cuba hoy: Patria, pueblo y soberanía.Abrir el callejón sin salida de la Cuba de 2021 mediante una vía política negociada, que no pase ni por la represión ni por la injerencia extranjera, será un ejercicio de funambulismo. Y para esta tarea son los propios cubanos-as los que ya están hablando y proponiendo opciones de un modo mucho más claro del que yo podría hacer. Sirva de muestra el trabajo que están haciendo por ejemplo Julio César Guanche y Ailynn Torres, dos de los autores de referencia de los socialistas democráticos cubanos, en sus propios textos e intervenciones. Puede parecer complejo solidarizarse con el pueblo cubano y sus demandas justas, tanto ante la emergencia material como con sus denuncias contra la represión, y más allá de ello su sed legítima de cambios que democraticen el país, sin hacerle el juego a la ofensiva involucionista de la derecha global. Muchos compañeros socialistas parecen paralizados en un cruce de lealtades contradictorio que no saben resolver. Pero esta complejidad es la que nos toca pensar y ayudar a construir a los que compartimos por igual convicciones socialistas y convicciones democráticas y además amamos Cuba. Lo mejor que puede pasar está situado dentro de esa línea delgada finísima, fragilísima. Y solo cabe acompañar a los amigos y amigas cubanas en el proceso de articularlo políticamente con sabiduría. Nota: Este artículo se publicó originalmente el 25 de julio de 2021 en Contexto y Acción, se reproduce con la autorización explícita de su autor.Publicidad

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El estallido social cubano. Motivaciones inmediatas (I)

El pasado 11 de julio miles de cubanos salieron a las calles en unas protestas masivas e inéditas en la era revolucionaria, que tuvieron su foco inicial en los municipios de San Antonio de los Baños (Artemisa) y Palma Soriano (Santiago de Cuba) y a las pocas horas se extendieron por La Habana y por el resto del país. El gobierno cubano ha respondido a este estallido social con represión policial y un apagón digital que ha limitado el acceso a internet en la Isla. Fuentes gubernamentales reconocen hasta ahora la muerte de una persona, Diubis Laurencio Tejeda, de 36 años, en el municipio habanero de Arroyo Naranjo. No hay cifras oficiales de detenidos, y se baraja un arco que comprende entre varios cientos y varios miles de represaliados.Aunque aún es pronto para aventurar un desenlace, es evidente que las protestas del 11 de julio han cambiado para siempre la historia de la Revolución. El único precedente es el “Maleconazo” del 5 de agosto de 1994, en el momento más crítico del Período Especial.  La crisis migratoria de los balseros fue su consecuencia más visible. Pero toda la batería de reformas que en los últimos treinta años han ido desmontando, con tiras y aflojas y muchas contradicciones, la ortodoxia socioeconómica socialista que la Revolución implementó durante sus primeras tres décadas, son inexplicables sin la señal de ingobernabilidad que enviaron los disturbios de aquel verano del 94.  Hoy Cuba se encuentra en una encrucijada análoga pero con una presión popular mucho mayor. Y menos margen de maniobra para circunscribir las transformaciones necesarias al ámbito de la economía dejando al margen la esfera política.Entre 2012 y 2014 viví en Cuba nueve meses haciendo el trabajo de campo etnográfico de mi doctorado en Antropología, que versó sobre el proceso de sostenibilidad ecológica forzosa que impuso en la Isla el Período Especial. En este marco estudié durante seis años su realidad social con cierta profundidad. Durante esta etapa de mi vida hice grandes amigos. Hoy muchos viven en Cuba y otros han emigrado. Aunque mis investigaciones académicas han ido después por otros caminos, gracias a este contacto personal me he mantenido mínimamente al día sobre la realidad cubana y sus transformaciones recientes. Sin duda se me escaparán muchas cuestiones. Pero estas palabras son un intento, con sus limitaciones, de ayudar a clarificar ante la mirada extranjera que hoy está puesta en la Isla una situación que no se deja abordar desde aproximaciones dicotómicas y simplistas. Esas que Cuba, como miniatura que concentra todas las tensiones y las pasiones políticas irresueltas del siglo XX, acostumbra a generar en el debate público. No pretendo ser equidistante o imparcial. Soy un ecosocialista que considera que las instituciones democráticas plurales son una conquista irrenunciable para las clases populares, y esto marcará mi análisis. A lo que sí aspiro es a intentar atender a la complejidad social como un prerrequisito sin el cual no se puede ni comprender el curso de los acontecimientos ni intervenir políticamente en ellos.Estas protestas no pueden coger por sorpresa a nadie que conozca mínimamente la realidad cubana y no esté cegado por sus anteojeras ideológicas. “Si se repiten los años noventa, aquí habrá un estallido social”. Durante mi investigación escuché en boca de muchos científicos sociales cubanos este juicio. Los textos más lúcidos de la crítica social cubana apuntan en esta línea. De lo que se deriva una primera idea básica: tan cierto es que Cuba hoy está sufriendo injerencias externas que buscan desestabilizar como que la explosión de descontento popular es auténtica, legítima, compleja y no se explica solo en términos de golpe blando, como si fuera un producto made in Miami. Tampoco como un efecto exclusivo del bloqueo, del que el gobierno cubano fuera un completo rehén y careciera de responsabilidad o iniciativa. Por supuesto el bloqueo existe, es real, y se trata de una política colonial de tintes genocidas, que siempre debe ser denunciada como condición primera al hablar de Cuba. No se puede relativizar. Su recrudecimiento concreto durante la administración Trump, que Biden no ha dado señales de revertir, ha contribuido a alimentar la difícil coyuntura del 2021. Pero del mismo modo el bloqueo no se puede convertir en una coartada para evitar analizar críticamente el desempeño del gobierno cubano. Por cierto, en la batalla ideológica entre los términos bloqueo y embargo, empleo bloqueo porque así es recogido por las declaraciones oficiales de condena aprobadas recurrentemente en la Asamblea General de Naciones Unidas.La segunda idea que quiero subrayar es que en el debate sobre Cuba no pueden dar ninguna lección de democracia aquellos que no solo no condenan sino que jalean y celebran al mismo tiempo las masacres represivas que están teniendo lugar ahora mismo en Colombia, o el golpismo en Bolivia o Chile, por circunscribirnos a América Latina. Su interés por la falta de democracia en Cuba no es auténtico sino puramente instrumental: una herramienta propagandística en su guerra global contra el socialismo. Lo que añade un punto de dificultad extra en el posicionamiento de la izquierda internacional sobre Cuba. Con la extrema derecha mundial lanzándose sobre Cuba como hienas con sus hordas de bots y fakenews (la más viral ha sido la foto de las manifestaciones en Egipto como si fuera el Malecón, pero las mentiras propagandísticas que han circulado por las redes estos días se cuentan por decenas) puede parecer sensato cerrar filas con el gobierno cubano. Pero lo que menos necesita el pueblo cubano —y seguramente la revolución, aunque ese es otro debate, y la diferencia es importante— es otro atrincheramiento maniqueo entre revolucionarios-gusanos. Cuba hizo una revolución en 1959 para ser soberana y dejar de ser un país monoexportador de azúcar. Ciertas formas de apoyo incondicional operan rebajándola hoy a ser un país monoexportador de símbolos para consumo de una izquierda atrapada en las nostalgias y los traumas del siglo XX.La derecha cubana y mundial está tratando de liderar el descontento popular en Cuba. Pero no tiene capacidad para provocarlo. Lo hará si se le regala. Y regalárselo pasa, en primer lugar, por no atender a las motivaciones de la frustración y el malestar de la sociedad cubana. Tanto las inmediatas como las larvadas, acumuladas en una olla a presión desde hace décadas. Unas motivaciones que tienen una dimensión económica muy evidente, pero que ya no se dejan desconectar de una creciente insatisfacción política que reclama derechos y libertades que hoy en Cuba no se cumplen. Por tanto, para entender la explosión social de estos días es preciso abordar el binomio economía-política en sus niveles coyunturales y estructurales.Coyunturalmente, el pueblo cubano en 2021 está sufriendo un episodio muy dramático de escasez material y una situación pandémica descontrolada, especialmente en algunas provincias (Matanzas). Confluyen aquí, al menos, tres elementos:– El menor, pero importante, y que se suma a un cúmulo de presiones históricas que genera serios perjuicios a la economía cubana, un endurecimiento del bloqueo por parte de la administración Trump, que ha incidido especialmente en las nuevas limitaciones al envío de remesas. Debe destacarse aquí que la recepción de remesas de cubanos en el extranjero es un pilar estratégico de la economía cubana postsoviética, y estas tienen un papel fundamental tanto en a) el aprovisionamiento de divisas por parte del Estado, en las que descansa el comercio exterior; b) el consumo cotidiano y el mantenimiento del nivel de vida de la parte de la población que las recibe y c) la financiación de los negocios vinculados al trabajo por cuenta propia y los emprendimientos privados.  Publicidad– El segundo es la propia pandemia, tanto en su vertiente de drama sanitario como de shock económico. Si bien Cuba ha tenido un éxito sobresaliente en el desarrollo de su propia vacuna, su sistema médico está casi colapsado ante la falta de insumos esenciales que normalmente eran importados. En este punto cabe destacar el modo en que la COVID ha afectado al encarecimiento de muchas otras importaciones, como las alimentarias, y especialmente el frenazo que ha supuesto al turismo internacional, que es una de las vías cardinales de enganche competitivo de Cuba con el mercado mundial.– La llamada “Tarea Ordenamiento”, esto es el fin del sistema de doble moneda. Este es un asunto técnicamente muy complejo que no se deja abordar bien en formatos de opinión o divulgativos como este texto. Intento decir algo al respecto. Desde los años noventa, en Cuba rige una dualidad monetaria: la moneda nacional (el peso cubano o CUP), que solo intermedia en la economía interna y con el que se pagan la mayoría de los salarios, y una divisa funcional en el mercado internacional, que inicialmente fue el dólar y luego el peso convertible o CUC, con un tipo de cambio equiparable al dólar en 1-1. Esta divisa circula por la isla por vía remesas, consumos turísticos y también en forma de complementos salariales en algunas empresas estratégicas. El Estado la recauda, entre otros dispositivos, a través de tiendas de recuperación de divisas donde ofrece productos de importación gravados con un fuerte impuesto.Esta política fue imprescindible en la crisis de los años noventa como un colchón para combatir la devaluación salvaje del peso cubano y el proceso hiperinflacionario que se desató en aquel momento. La dualidad monetaria fue como un airbag que amortiguó el choque con el mercado mundial. Y permitió al Estado absorber la circulación de divisas que ya se producía de facto, y ejercer una suerte de racionamiento de las mismas, que fue imprescindible para estabilizar el tipo de cambio. De este modo Cuba pudo volver a importar y exportar en un marco de relaciones de intercambio previsibles, y así empezar a reordenar todo su entramado de comercio internacional, que había estallado con la caída del campo socialista.Pero la dualidad monetaria tuvo muchas consecuencias negativas, reconocidas por el propio gobierno cubano. La desigualdad social (luego abordaré este tema) es una de ellas. Pero casi tan dañino ha sido la generación de una estructura de incentivos laborales perversa: la mano de obra altamente cualificada que ha generado la Revolución (y que es uno de sus logros históricos más notables) ha ido desplazándose desde los puestos de trabajo público de perfil técnico, actualmente muy mal pagados en moneda nacional, a los empleos vinculados con la recepción de pesos convertibles, como pudieran ser los turísticos. Quien haya visitado La Habana tendrá su propia anécdota que ilustra este proceso tan problemático para la economía cubana, habiendo conocido a ingenieros o arquitectas trabajando como chóferes de bicitaxis o haciendo de guías turísticos.Pero además la dualidad monetaria ha sido una política altamente impopular, por ser autoritaria, intrincada y por representar de un modo muy gráfico la normalización de una desigualdad que rompía de hecho las bases del “contrato social” establecido en 1959. Aunque las brechas sociales que se están abriendo en Cuba no se explican solo por la doble moneda, para la mayoría de los cubanos este ha sido el símbolo que las concentra y las resume. Por todo ello el gobierno llevaba muchos años (desde el 2013) preparando la transición hacia la unificación monetaria. En esta hoja de ruta, el 1 de enero de 2021 debía ser el principio del fin del sistema CUC-CUP. Economistas cubanos me decían durante mi investigación que desarmar este sistema de doble moneda sería como desactivar una bomba. Siguiendo con esta metáfora, la coincidencia de esta reforma con la crisis de la COVID-19 ha sido como haber cortado el cable equivocado. Sin duda, precipitar esta reforma en el contexto pandémico se entenderá con el tiempo como uno de los errores económicos más graves de la trayectoria de un gobierno revolucionario que no ha cometido pocos.El resultado de esta triple conjunción (bloqueo recrudecido, pandemia global, fin de la dualidad monetaria) ha sido una crisis en la balanza de pagos de la economía cubana, que ha dado lugar a un proceso inflacionario durísimo que afecta la vida cotidiana de grandes masas de población. Este ha golpeado además en un contexto de progresivos pero sustanciales recortes sociales (eliminación de subsidios y gratuidades) dentro una línea de reformas promercado que necesariamente, a pesar de la retórica del gobierno (“nadie quedará desamparado”), ha generado más perdedores que ganadores, aunque esto supuestamente debía irse compensando con el tiempo.Analizar la dimensión económica en las causas inmediatas del estallido social es necesario para entender su masividad, completamente inédita. Pero no agotan el fenómeno. A la extrema precariedad material de los últimos meses se superpone una sociedad civil tensada por un conflicto generacional entre el empuje de las demandas de apertura política de los sectores más jóvenes (muy plurales, muchas de ellas de izquierdas, con algunas victorias importantes como es el caso de las reivindicaciones del colectivo LGTBI-) y el inmovilismo autoritario de un modelo leninista de partido único. La Cuba que yo conocí personalmente (2012-2014) era ya una Cuba partida en dos entre la esclerosis ideológica de la oficialidad y el dinamismo e inteligencia colectiva desplegada por colectivos disidentes que, si bien eran pequeños en número, estaban ejerciendo de facto el liderazgo cultural de las fuerzas vivas de la sociedad cubana. Contra toda simplificación maniquea, muchas de estas iniciativas críticas compartían y comparten el ideario socialista, como pudieran ser los colectivos agrupados alrededor del Observatorio Crítico, el Taller Libertario Alfredo López o muchos intelectuales que escriben en webs como Havana Times o La Joven Cuba. Este divorcio entre el país oficial y el real ha ido a más a través de una proliferación polifónica de voces críticas que han empezado a articularse entre sí a través de las posibilidades que ha ofrecido la conectividad a internet que ha ido creciendo en la Isla. Y lo ha hecho sin que el sistema político haya sabido-querido incorporar y atender a esta creciente complejidad política nacida de su base poblacional más joven.En fechas recientes, todo lo acontecido alrededor del Movimiento San Isidro, organizado para reclamar la libertad de artistas y raperos disidentes, o la ocupación el pasado 27 de noviembre del Ministerio de Cultura por 300 manifestantes que exigían el fin de la censura, han sido la eclosión visible de más de una década oposición al régimen incubada a fuego lento. Una oposición cuya primera característica es su extrema diversidad, englobando desde posiciones derechistas y liberales que reciben fondos de USAID y persiguen un cambio de régimen, hasta anticapitalistas, anarquistas, socialdemócratas o feministas, cuyos reclamos tienden a apuntar hacia alguna forma de reinvención del proyecto revolucionario en términos de socialismo democrático. Este es el magma ideológico complejo que hoy se disputa el liderazgo político del estallido de descontento social. Y sin su progresiva agitación durante años en forma de luchas pro-democracia, enunciadas desde coordenadas, compromisos ideológicos y formas de entender lo democrático muy distintas, no se podría entender el perfil explícitamente político que ha adquirido la revuelta popular.Pero ambas dimensiones (la económica y la política) no se circunscriben a la coyuntura inmediata provocada por la COVID-19 o el fin de la dualidad monetaria. Ambas hunden sus raíces en procesos históricos de onda larga, de mayor calado estructural, que exigen una aproximación mínima para poder hacerse una idea de conjunto sobre lo que está pasando en Cuba y cuáles pueden ser sus posibles desenlaces. En la segunda parte de este texto intentaré abordar este nivel de análisis de mayor profundidad temporal.Nota: Este artículo se publicó originalmente el 21 de julio de 2021 en Contexto y Acción, se reproduce con la autorización explícita de su autor.

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