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Protestas en Cuba: causas y consecuencias para un debate desde América Latina

Para explicar las protestas en Cuba del domingo 11 de julio empecemos por lo que es conocido: la economía y la pandemia. Los manifestantes cubanos no son distintos de los de otros países latinoamericanos. Están asustados y hambrientos por la subida de los precios y carencias de alimentos. Están ansiosos y angustiados por la incertidumbre sobre cuándo terminará la pandemia. Lo sorprendente es que no se haya roto el cántaro después de tantos meses llevándolo a la fuente.
Las raíces
La isla ya venía renqueando por décadas con una crisis estructural del modelo estatista, remendado de vez en vez con algunas aperturas al mercado que en ausencia de una transición integral a una economía mixta orientada al mercado solo producían reanimaciones parciales. Esos cambios segmentados creaban islotes de mercado que demandaban más reformas que el gobierno cubano trataba con la lentitud del que tiene todo el tiempo del mundo. La reunificación monetaria y cambiaria, proclamada como necesaria desde finales de los años noventa, no ocurrió hasta 2020, en el peor momento, en medio de la pandemia.
Por otra parte, la pandemia no solo ha sembrado muertes y destrucción económica, sino también el miedo y la incertidumbre en una población desesperada que no ve cuándo terminará la angustia de vivir al límite. A pesar del conocimiento sobre su deterioro, la población cubana actuó confiada en la capacidad de su sistema de salud en tanto este contuvo el avance del virus y avanzaba en la experimentación para vacunas propias. El hechizo, sin embargo, se deshizo cuando en el último mes se dispararon los casos.
A pesar de un sistema de salud de cobertura universal y su relativo desempeño positivo, información a la población y liderazgo apegado a criterios científicos, la pandemia terminó por exponer con crudeza el mayor problema para el sector de bienestar social cubano: sin una economía que lo respalde ese sistema de salud estará siempre a merced de una crisis que agote sus recursos.
Cuba es el único país latinoamericano capaz de producir dos vacunas propias. A la vez su campaña de vacunación ha tenido notables retrasos para implementarse por falta de fondos para comprar sus componentes y otros elementos relacionados. Paradójico.
Vacunas y candidatos vacunales cubanos contra la Covid-19 (Foto: BioCubaFarma)
Las protestas indican un hartazgo en el que concurre mucha insatisfacción con la arrogancia y gestión gubernamental. Pero ingenuo sería ignorar que el contexto de las sanciones ilegales, inmorales y contraproducentes de Washington contra Cuba han hecho el problema difícil de la pandemia, casi intratable. El lema de «la libertad» suena muy rítmico pero detrás de los que rompen vidrieras, vuelcan perseguidoras, y la emprenden a pedradas contra las autoridades hay mucho del «hambre, desesperación y desempleo» que pedía Lester D. Mallory para poner a los cubanos de rodillas.
La pandemia y su impacto económico son los factores que determinan la coyuntura. Son la última gota. Pero en la raíz de las causas que originan la protesta hay factores estructurales que llenaron la copa para que se derramara. Entre esos factores, dos son fundamentales. Primero, el desajuste de una economía de comando nunca transformada a un nuevo paradigma de economía mixta de mercado, atrapada en un nefasto equilibrio de reforma parcial; y segundo, un sistema de sanciones por parte de Estados Unidos que representa un asedio de guerra económica, imposible de limitar al concepto de un mero embargo comercial.
América Latina ante Cuba
Ninguna región del mundo ha sido golpeada por la epidemia de Covid-19 como América Latina. Lo sucedido en Cuba tiene características propias pero ya no se trata de la excepción que fue. En términos económicos, quitando el factor estructural del bloqueo norteamericano por sesenta años, Cuba se parece cada vez más a un típico país caribeño y centroamericano con una dependencia notable del turismo y las remesas. En términos de desgaste, la protesta indica a la élite cubana que, pasada la fase carismática de los líderes fundadores, en especial Fidel Castro, la Revolución es, en lo esencial, una referencia histórica.
El espíritu de la Revolución sigue presente en tanto el actual régimen político atribuye su origen al triunfo de 1959, y Cuba sigue siendo objeto de una política imperial norteamericana de cambio de régimen impuesto desde fuera. Más allá de esos dos espacios específicos, particularmente el segundo, todo el manto de excepcionalidad y las justificaciones para evadir los estándares democráticos y de derechos humanos se han agotado. El gobierno de Cuba está abocado, a riesgo incluso de provocar su colapso histórico, a emprender reformas sistémicas de su paradigma.
Se trata de construir un modelo de economía mixta viable en el cual se mantengan las conquistas de bienestar social con un estado regulador, redistribuidor y empresario. En lo político, eso implica un aterrizaje suave y escalonado en un modelo político más pluralista donde al menos diferentes fuerzas que rechacen la política intervencionista estadounidense puedan dialogar y competir. Una cosa es rechazar que Estados Unidos tenga derecho a imponer a sus cubanos favoritos, otra es asumir ese rechazo como un respaldo a que el PCC nombre a los suyos con el dedo.
Es desde esa realidad, no desde simplismos unilaterales que niegan la agencia del pueblo cubano o el fardo estructural del bloqueo norteamericano, que una política latinoamericana progresista puede y debe estructurarse. Las élites cubanas han estado trabajando desde un tiempo atrás (el VI congreso del PCC en 2011) en un modelo de transición más cercano a las experiencias china y vietnamita, de economía de mercado con partido único, que a cualquier precedente occidental. Tal paradigma en lo político rivaliza con los estándares de legitimidad política en la región latinoamericana, donde el derecho a la libre asociación, la expresión y la protesta pacífica van mucho más allá que una simple democracia intrapartidaria leninista.
El derecho a la libre asociación, la expresión y la protesta pacífica van mucho más allá que una simple democracia intrapartidaria leninista. (Foto: Efe – Reuters)
De igual modo, el paradigma de democracia pluralista hace aguas cuando se pretende defender los derechos humanos desde dobles estándares o la ingenua ignorancia del rol de los factores internacionales y las asimetrías de poder. Discutir sobre la democracia en Cuba sin mencionar la intromisión indebida de Estados Unidos en maridaje con la derecha anticomunista y la violación flagrante, sistemática y masiva de derechos humanos, que es el bloqueo, equivale a conversar sobre Hamlet sin mencionar al príncipe de Dinamarca.
En Miami, los sectores de derecha pro-bloqueo defienden los derechos humanos martes y jueves, mientras el resto de la semana crean un ambiente descrito por Human Rights Watch en el informe «Dangerous Dialogue» como «desfavorable a la libertad de expresión».  En términos de transición a un sistema político cubano más abierto, con actores de tan malas credenciales, es imprescindible un proceso pacífico, gradual y ordenado. Esos adjetivos son tan importantes como el proceso mismo.
No solo la izquierda radical, sino importantes componentes moderados de la diáspora cubana y alternativas democráticas dentro de la intelectualidad y la sociedad civil cubana han expresado decepción por segmentos de la comunidad de derechos humanos, como Amnistía Internacional, por su falta de trabajo sistemático en la denuncia del bloqueo norteamericano contra Cuba.
Si un opositor de derecha, conectado a la política imperial de cambio de régimen, es detenido en Cuba, la directora Erika Guevara Rosas otorga un seguimiento permanente a su caso. Sus denuncias a la política imperial de bloqueo no lo catalogan como violación sistemática de derechos. Ocurren de vez en vez, y enfatizando que es una excusa del gobierno cubano que debe ser eliminada. ¿Por qué no protestaba cada vez que Trump implementó una nueva sanción que afectaba el derecho a la salud, educación, y otros más, incluidos los de viaje, de cubanos y estadounidenses?
Las protestas contra el gobierno que salió de la Revolución representan un reto para la discusión del tema Cuba en América Latina que solo podrá madurar desde el entendimiento de su complejidad, sin simplismos ni falsas analogías. En primer lugar, Cuba vive un conflicto de soberanía con Estados Unidos, que marca estructuralmente su vida política y económica. Nadie que quiera contribuir a una solución constructiva de los temas cubanos, latinoamericana para problemas latinoamericanos, puede ignorar ese fardo.
La OEA, por ejemplo, es un escenario minado a evitar pues ha sido un instrumento de la política de acoso y aislamiento. Se necesita una visión del siglo XXI, desde la autonomía latinoamericana ante los grandes poderes, incluyendo Estados Unidos, que admita la pluralidad de modelos de estado y desarrollo, sin imponer moldes neoliberales.       
Erika Guevara Rosas (Foto: ibw21.org)
En lugar de reeditar los conflictos de guerra fría, esa visión de pluralismo ideológico pondría en el centro de la acción una perspectiva respetuosa de la soberanía cubana, pero concebida de un modo moderno, más allá de la mera defensa de la no intervención. Cuba vive en una región donde la protesta de todos los estados no ha sido capaz de hacer a Estados Unidos entrar en razones sobre la ilegalidad del asedio contra la isla.
Exigir una elección pluripartidista en Cuba ignorando las sanciones equivalentes a una guerra económica, donde se violan consideraciones de derecho humanitario, es otorgar a la derecha cubana una ventaja que nunca ha merecido. Como los Borbones franceses, los que se plegaron a la invasión de Bahía de Cochinos, asesinaron a Orlando Letelier, y han construido un enclave autoritario en las narices de la primera enmienda de la constitución norteamericana, no olvidan ni aprenden nada.
A su vez, América Latina es una región que ha cambiado, donde traficar con excepciones al modelo de la Declaración Universal de Derechos Humanos es inaceptable. Claro que hay pluralidad de implementación y argumentos de emergencia sobre las que los estados erigen desviaciones más o menos justificadas. Pero el paradigma de un sistema unipartidista leninista que castigue la protesta pacífica por rivalizar con el supuesto rol dirigente del partido comunista es incompatible con la premisa central de que la soberanía está en el pueblo, la nación, no en partido alguno.
Una cosa es argumentar que en condiciones específicas de emergencia, decretadas acorde al modelo de la Declaración Universal, algunos derechos pueden postergarse. Otra, e inaceptable, es el pretexto de una «democracia» unipartidista que no puede ser tal sin libertad de asociación. Partido, recordemos, viene de parte.
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Este artículo fue publicado originalmente en The Clinic y reproducido con autorización de su autor.

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¿Canciller de Chile enseñándole democracia y derechos humanos a Cuba? (+ Video)

Andrés Allamand, canciller de Chile. Foto: Europa Press.El canciller de Chile, Andrés Allamand, dijo que en Cuba hubo “represión” luego de las protestas del pasado 11 de julio en la Isla, catalogadas de “pacíficas” por el ministro chileno. Allamand llamó a las autoridades cubanas “a no eliminar las legítimas expresiones ciudadanas”.
No es en Cuba donde las fuerzas del orden dispersan con gases lacrimógenos y utilizan camiones lanza aguas contra las personas. No es a Cuba a quien la ONU acusa de violaciones de los derechos humanos. Y no es en Cuba donde la policía lanza balines a los ojos de quienes se manifiestan. Cuba no es Chile.

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Derechósferas

El mundo está haciéndose irrespirable por la emisión descontrolada de baratijas intelectuales con que se quiere debilitar toda organización social emancipadora, toda fuerza rebelde y toda insurrección de la inteligencia ante los basurales “filosóficos” burgueses. Esto no lo incluye el “Acuerdo de París”. Y debería.
Nada más tóxico que imponer el individualismo como camino meritócrata hacia el confort y el “éxito” de élites. Nada más asfixiante que la lógica mercantil embadurnada con empirismos y escapismos solipsistas; nada más contaminante que la avaricia, la moral bélica, la voracidad bancaria y las anestesias mediáticas. Todo revuelto en la licuadora postmoderna con tufo neoliberal y palabrerío autocomplaciente predicados con tono pontificio. Nauseabundo.
A la ideología dominante le encanta que sus hedores sofísticos floten por el mundo, impúdica e impunemente. Se esmeran en esparcir dogmas de clase a los cuatro vientos hasta enrarecer toda atmósfera cercándola con charlatanería de mercado para “todos los públicos”. Lo mismo diseminan bagatelas místicas que tesis doctorales emanadas de las cloacas “creacionistas”, “negacionistas” o “conspirativas”. Lo mismo parlotean con su halitosis mercenaria que se autocomplacen con flatulencias teóricas. Por ejemplo. Son hedores tóxicos emanados por la descomposición del capitalismo. Emisiones contaminantes lanzadas al mundo con la doble intención de que nos acostumbremos, resignadamente, a la pestilencia y, al mismo tiempo, que las celebremos mientras ellos se enorgullezcan por la potencia de sus tufos.
El plan de ellos consiste en imponernos sus basureros como paraísos terrenales. Aspiran a distorsionarnos toda noción democratizada de la economía, de la política y de la inteligencia emancipadora, para que nos quedemos contentos, resignados y mansos. Que no se nos ocurra organizarnos y, si se nos ocurre, fallezcamos de pavor por el miedo al enojo oligarca y a sus represalias. Que aceptemos que somos menores en inteligencia, en fuerzas y en espíritu. Que aceptemos la superioridad de ellos porque siempre han tenido la razón de tratarnos como nos tratan y que encontremos la felicidad en las migajas que nos tiran. Eso apesta planetariamente.
Así se ha hecho insoportable el medioambiente intelectual intoxicado por los “medios de comunicación”, las demagogias reformistas y los “representantes de Dios” (en todas sus presentaciones) que nos han infestado con emisores de boñigas disfrazadas de “información”, “opinión”, relatorías deportivas o moral de concursos… hasta la náusea. La derecha inunda el mundo con su estiércol eidético para hacerle la vida insoportable al pensar crítico, a la acción transformadora y a la voluntad revolucionaria. Ellos han esparcido los efluvios tóxicos de sus antivalores hasta imponernos derechósferas insufribles que hacen de la vida un muladar.
Nada nuevo, por cierto. A los pueblos les han dejado, históricamente, para vivir, los peores lugares, la peor comida, la peor ropa y las peores violencias… la mugre, los basurales, los páramos y la miseria enervada en los hacinamientos, en las paredes, en las almohadas, en las mesas y en las letrinas. Para los pueblos, la mierda y la suciedad, el hambre, la enfermedad y la desesperanza. El desamparo y la indiferencia, la muerte, la podredumbre y la peste. Es una historia larga, larguísima, de canalladas descargadas contra las clases subordinadas como si se tratase de heredades del “destino”; como si la miseria fuese genética, como si se tratase de un castigo que solo se sobrelleva con obediencia y mansamente.
Ellos, que acumulan el “estiércol del diablo”, expelen a la atmósfera terráquea sus deyecciones “intelectuales” y sus detritos sabiondos convertidos en eslogan, en propaganda… enciclopedias del gusto burgués, artes decorativas del ego y dogmas reverenciales de la “propiedad privada”, instintos violentos contra las protestas sociales, y la condena estigmatizante contra el pensamiento y las organizaciones hartas de la polución intelectual. Todos esos desechos ideológicos crean nubes teledirigidas que intoxican, incluso, porque apuntan hacia sectores de población, y por edades, discriminados meticulosamente.
Esas derechósferas se crean, e infiltran, desde la infancia más “tierna”. Se desplazan como un gas subterráneo que va ganando zonas profundas y extensas. Van tomando bajo control espacios emocionales y plataformas conductuales desde donde asaltan, cotidianamente, con preferencias, inclinaciones y simpatías hacia todo lo que implique nuestra propia esclavitud. En el momento más insospechado, inclinan la balanza de las decisiones, de los placeres, la admiración y las predilecciones, en favor de los intereses de la clase dominante. Y, frecuentemente, se ve a los oprimidos solidarizando con la lógica y la conducta de los opresores. Eso es un peligro para la humanidad por cuanto implica poner en peligro su propio destino en un mundo acosado objetiva y subjetivamente. Es, en su forma más descarnada, la manipulación simbólica. (Ana Jaramillo).
Con las derechósferas se actualiza y expande el opio del pueblo. “…Es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra ella… Es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real del mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo”. Esta vez, también, convertido en negocio rentable y en sistema de salvaguarda para derrotar a toda voluntad de organización comunitaria, popular y soberana, antes siquiera de que se exprese. Sin disparar una sola bala, pero con la metralla ideológica opresora tableteando, día y noche, contra nuestras vidas. Hasta asfixiarnos. Hay que revolucionar los ecosistemas intelectuales. Urge.

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Derechos, consignas y palabras mágicas

La vieja consigna «la calle es de los revolucionarios», acaso justificable décadas atrás, cuando Cuba no se regía por ninguna constitución, fue recordada por el Presidente de la república en una comparecencia televisiva. De inmediato se lanzó la campaña: Había llamado al enfrentamiento callejero entre ciudadanos.
Él matizó la consigna en las intervenciones posteriores, y ha repetido que no fue esa su intención, pero el daño estaba hecho. La frase ha sido y es usada y abusada constantemente: Ya vimos las consecuencias.
Prefiero creer que fue un exabrupto propio de la excitación del momento, pues regresaba de un encuentro, posiblemente el primero en su vida, con una manifestación de protesta contra el gobierno. Había descubierto la existencia de una realidad diferente de la registrada en los informes oficiales a que tiene acceso, y de la dibujada por la prensa autorizada.
Una realidad que, estoy convencido, no tiene oportunidad de ver en sus «encuentros con las masas».

Nuestros dirigentes políticos y estatales viven inmersos en una realidad que no es la del resto de los ciudadanos. En parte es la que desean ver, en parte es la que les permite ver su círculo inmediato de «colaboradores», entre ellos la prensa. Ese desconocimiento no es el único problema del país, pero está entre los más importantes.
Resulta que fue una de las causas que llevaron al derrumbe del llamado «campo socialista»…, pero se dice que nadie escarmienta por cabeza ajena.
Los noticieros muestran cómo, constantemente, los dirigentes se «relacionan con las masas», pero solo para prensa y dirigentes es un secreto que pocas veces esas masas actúan con espontaneidad.
Tales «encuentros», en sentido general, se producen en medio de la parafernalia de seguridad (imprescindible, pues hay que resguardar sus vidas), de «aseguramiento» (para acomodar la realidad al gusto del dirigente: calles y aceras limpias, caras sonrientes, niños con banderitas, viejita agradecida…) y de prensa acompañante, sobre todo cuando se trata de las principales figuras políticas del país.
Una cosa es pasear en medio de una «masa complacida» que corea consignas preparadas de antemano, y otra muy diferente encontrarse de sopetón, frente a frente, en plena calle y sin muchos preparativos, con gente insatisfecha que hace colas, sufre carencias y maltratos de funcionarios cuyos oídos son sordos a sus quejas, y descubrir que «la masa» reclama derechos y exige solución a sus problemas, no discursos que exhorten al sacrificio en aras de un futuro mejor que, cual línea del horizonte, nunca se alcanza.
No es lo mismo tomar un voto de pobreza que ser pobre, me comentaba hace años una amiga presbiteriana. La frase podría referirse a nuestros dirigentes. No es lo mismo «compartir los sentimientos del pueblo» que vivir la vida del pueblo. Se piensa como se vive, y no al contrario, como a veces nos han querido hacer creer.
Se puede pensar en el pueblo con sentido de solidaridad y responsabilidad hacia él, no lo niego; pero jamás se podrá sentir con la misma intensidad, desde una oficina refrigerada y con las necesidades vitales garantizadas, la frustración y el dolor del ciudadano de a pie cuando, luego de perder varias irrecuperables horas de su única vida en una cola para llevar algo de comer a su familia, llega un empleado y anuncia: «Se acabó», o «Es la hora de cerrar».
«(…) la frustración y el dolor del ciudadano de a pie cuando, luego de perder varias irrecuperables horas de su única vida en una cola…» (Foto: Yamil Lage/AFP)
Cuando al ciudadano le ocurre eso un día sí y otro también, y no encuentra vía por dónde encauzar su frustración, por muy respetuoso de las leyes que sea, llega un momento en que en su interior despierta la fiera atávica que todos llevamos dentro. Entonces grita, en el mejor de los casos: Las condiciones para el disturbio callejero están creadas.
Con esa realidad también se encontró el Presidente aquel día.
No reclamo que él o sus ministros hagan horas de cola para comprar un medicamento necesario para el abuelo, y ni así adquirirlo, para que experimenten en carne propia el sentir del pueblo, sería populismo pueril (aunque no sería mala idea que a algunos dirigentes los «castigaran» a vivir como un ciudadano común durante un tiempo, para comprobar si su «firmeza revolucionaria» se sostiene). Pero exijo que sean más cuidadosos al hablar o decidir en nombre del pueblo, pues viven en realidades diferentes.
(Está claro que el fenómeno de las realidades paralelas gobierno/población ocurre en cualquier lugar del mundo; la diferencia radica en que en otros lugares sus figuras principales no se hacen ilusiones con el espectáculo a que asisten cuando se producen sus «encuentros» con las masas en actos públicos, pues tienen oposición legal y prensa no oficialista que se lo recuerda).
Equivocaciones, tradición y palabras mágicas
Retomo la idea: Por una parte, encuentro comprensible el exabrupto del Presidente, como reacción primaria de un ser humano ante una situación inesperada: El pueblo real y concreto es ese, capaz de una respuesta airada, hasta de actuar irracionalmente contra sí mismo, no la entelequia que mencionan discursos y prensa lisonjera.
Pero el presidente de un país no es cualquier ser humano, sino su principal figura pública. El cargo otorga poder y privilegios, pero también limitaciones. Cada palabra, silencio o gesto suyo tiene consecuencias imprevisibles.
Las equivocaciones de un presidente restan lustre a su imagen, algo inconveniente en términos generales, pues de ella depende en parte su autoridad. Pero sus equivocaciones también pueden afectar a la ciudadanía. Por tanto, si expresa/hace algo desacertado, su obligación como servidor público es enmendarlo de inmediato y sin dejar lugar a dudas.
El Presidente demoró 24 horas en matizar sus palabras. En siguientes comparecencias amplió el matiz, pero dio tiempo a que sus palabras provocaran terribles consecuencias cuyo alcance estamos lejos de imaginar. Aunque no se quiera admitir, hoy existe una fractura en la sociedad.
Sin embargo, a pesar de la demora, pudo haber salido airoso del empeño, y haber eliminado parte del daño que hizo a su figura y a su pueblo, si hubiera acompañado esa rectificación (llamémosla así) con unas pocas palabras mágicas. Esas que algunos padres intentamos inculcar en nuestros hijos cuando los preparamos para la vida.
Acaso pido demasiado. En más de sesenta años, no recuerdo una sola vez en que la dirigencia del país haya usado esas palabras mágicas. Hasta habría que reconocerle al Presidente que su intento de enmendarse la plana, aunque demorado e insuficiente, lo convierte en rara avis en el catálogo de nuestros dirigentes.
Así es: En seis décadas, los máximos dirigentes cubanos han admitido muy pocas veces (en realidad no recuerdo ninguna) que algo que dijeron/hicieron estuvo mal.
Como ciudadano, me hubiera gustado oír estas palabras mágicas:

Pido disculpas a mis compatriotas por mis palabras, espero que no se entiendan como una incitación a oponer unos cubanos contra otros o limitar los derechos de unos y privilegiar los de otros. Todos somos ciudadanos cubanos y tenemos el mismo derecho a expresar públicamente nuestro pensamiento, como establece la Constitución, siempre dentro del marco del respeto al derecho de los demás.

No soy tan ingenuo que imagine que esas palabras hubieran detenido un fenómeno ya en marcha, pero hubieran restado argumentos a sus opositores, al mostrarlo como persona capaz de reconocer sus errores y consciente de que entre sus principales obligaciones están velar por la paz ciudadana, procurar el bienestar de todos y garantizar el disfrute de los derechos sin exclusión de nadie, sean opositores o seguidores del gobierno; consciente, en fin, de que es presidente de un país, no solo de quienes lo apoyan.
La tradición de no disculparse y, en cambio, «convertir el revés en victoria» (que muchas veces ha llevado a nuestros dirigentes a lo que llamo «aplaudir el autogol») merece reflexión aparte, por eso no me extiendo ahora. De momento, quiero referirme a por qué, para mí, esa consigna ha provocado tanto rechazo incluso entre las filas de los verdaderos revolucionarios (recalco el adjetivo: verdaderos).
Ocurre que la consigna no aparece como una nube de tormenta en cielo despejado: Circunstancias muy recientes muestran un cielo cualquier cosa menos despejado. Me refiero a la campaña mediática en los principales órganos de difusión del país que intentó tergiversar hace poco la frase martiana «con todos y para el bien de todos».
Hay pues, una conexión conceptual muy evidente entre ambas frases.
A ellas se suma la impresionante «metedura de pata» pública de un ministro, la cual, en lugar de ser enmendada mediante un pedido de disculpa, se convirtió en «muestra de intransigencia revolucionaria ante las maniobras provocadoras del enemigo». Y la presencia de una funcionaria en la televisión para justificar la violación de los derechos constitucionales de una ciudadana.
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Se prefirió aplaudir el autogol y mostrarlo como expresión de buen juego, antes que admitir que era un error de palmatoria (ese por el cual en otros tiempos el maestro golpeaba con la regla en la mano al alumno poco aplicado). 
La frase «la calle es de los revolucionarios» cayó, pues, en terreno abonado donde podía crecer y fructificar cuanta interpretación negativa se produjera. Ese terreno nunca debió existir. Pero ahí estaba, listo para recibir la semilla.
Está bien la denuncia del oportunismo exógeno en la actual situación, pero solo servirá para desviar la mirada del objetivo principal, si no se acompaña de una mirada autocrítica del gobierno y un esfuerzo mayor en la erradicación de las condiciones endógenas que contribuyeron a la situación actual.
Si, como es de suponer, el Presidente desea convertir el actual reto en oportunidad para su gobierno y la nación, es su obligación cortar el paso a quienes, pretendiendo dar una imagen de unanimidad monolítica en la ciudadanía y de «fervor revolucionario», actúan de manera inconstitucional y, en esencia, contraria a los intereses de la república.
Derecho del Estado y Estado de derecho
Afirmar que la república no es de todos sus ciudadanos, o que sus calles, o sus universidades, son solo para un sector de la población es una pretensión violatoria de los preceptos de la constitución vigente en el país.
Promocionar la respuesta primaria de una figura pública como acto digno de aplauso e imitación es cerrar el paso a cualquier intento de reconciliación entre cubanos. Es ceder posiciones ante quienes desean confrontación en lugar de diálogo. Justificar públicamente la violación de un derecho ciudadano es inconcebible.
La república es de todos (sus calles, sus universidades…). La Constitución rige por igual para todos los ciudadanos (artículos 33 al 44). Es la expresión de la voluntad del verdadero soberano, el pueblo. Ninguna norma jurídica, mucho menos una consigna, puede ir contra lo dispuesto en ella.
Cualquier Estado tiene el derecho de defenderse contra quienes intenten subvertir el orden establecido. Pero un Estado de derecho, para defenderse, debe atenerse a lo establecido por la constitución y las leyes del país de que se trate.
Si el Estado cubano es de derecho (artículo 1 de la Constitución), no reprime la oposición pacífica. La violenta la reprime, pero también dentro de los límites impuestos por la Constitución.
Manifestación pacífica frente al Capitolio de La Habana el 11 de julio (Foto: AFP)
Me gusta repetir que el Estado tiene el monopolio de la fuerza; si hace dejación de él se convierte en fallido. Entre sus obligaciones se encuentra la represión, en uso de dicho monopolio, de cuanto vaya en contra de la paz ciudadana, la constitución y los fundamentos legales de la sociedad. Pero jamás debe aplicarla contra quienes ejercen pacíficamente el derecho ciudadano a manifestarse.
Ese derecho está consignado en el artículo 56 de la Constitución cubana: «Los derechos de reunión, manifestación y asociación, con fines lícitos y pacíficos, se reconocen por el Estado siempre que se ejerzan con respeto al orden público y el acatamiento a las preceptivas establecidas en la ley». Ese artículo complementa el 54: «El Estado reconoce, respeta y garantiza a las personas la libertad de pensamiento, conciencia y expresión».
Cuba está urgida, lo demuestran los hechos recientes, de una norma jurídica que establezca cómo se garantiza a la ciudadanía el disfrute pacífico de lo establecido en esos artículos, y las reglas para una adecuada relación entre manifestantes y fuerzas represivas. Mas la carencia de esa norma no inhabilita del disfrute del derecho reconocido en la Constitución.
Si tiene interés en cumplir lo establecido en nuestra Carta Magna, el Estado cubano debe crearla cuanto antes. De momento no es posible aspirar a una ley, cuya elaboración podría llevar años. En cambio, mediante un decreto presidencial se podrían establecer los requisitos mínimos exigibles (y cumplibles, para no convertirse en un formalismo que enmascare la anulación del derecho) para organizar una manifestación legal, sea en favor del gobierno, sea en su contra.
Ese decreto debe establecer, por ejemplo, los lugares donde no se permiten manifestaciones por razones comprensibles. También los horarios y requisitos organizativos cuando una manifestación sea grande (por ejemplo, existencia de una comisión de orden que vele por la disciplina de los manifestantes).
Y no debe olvidar que el derecho a la libre expresión del pensamiento es tanto individual como colectivo; esto es, si una persona desea pararse en un lugar autorizado para ello con una pancarta o un altavoz para protestar contra algo o para reclamar un derecho que considera vulnerado, tampoco debería ser molestado por ningún agente de la autoridad, pues está ejerciendo su derecho constitucional.
Puesto que no existe una bancada opositora en el Parlamento cubano, y nunca un diputado ha levantado su voz para defender un derecho vulnerado de sus electores, o para exigir explicaciones a un ministro de desacertada actuación, la libre manifestación pública pacífica permitiría a las autoridades del país conocer las ideas diferentes, los disgustos, las expectativas de la ciudadanía.
Actuaría también como un antídoto contra el engaño de una prensa domesticada que se cuida mucho para no ser tildada de opositora, y de unos parlamentarios que no se sienten comprometidos con las necesidades de sus electores y no las expresan en las sesiones de la Asamblea Nacional.
Quizás algunos opinen que facilitar el cumplimiento de los artículos 54 y 56 de la Constitución significa una «concesión al enemigo». Se equivocan: Es cumplir una obligación del Estado de derecho. Bien vistas las cosas, resulta también una manera de «aliviar presión a la caldera» de las tensiones sociales.
Quien tenga oídos para oír, que oiga.

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El síndrome del niño escondido

Para sentirse oculto y protegido, a un niño le basta con cubrirse el rostro. Se supone invisible si los otros no pueden verle los ojos. La ilusión de invisibilidad termina cuando se cruzan las miradas. El 11 de julio pasado, entre el gobierno y una parte del pueblo de Cuba ocurrió ese cruce.
El discurso político apeló enseguida a un recurso gastado y falaz: la acusación masiva de «mercenarismo» —cargo por el que aún no ha sido procesado judicialmente ningún manifestante— o «confusión». También a la alegación de que toda la culpa de nuestros problemas recae en las medidas coercitivas impuestas por Estados Unidos, lo que es cierto solo en parte y coloca la pelota en cancha ajena e indica que únicamente podemos esperar una mejoría cuando a algún presidente de ese país se le ocurra eliminarlas, nunca antes.
Es esa la venda que ha utilizado el gobierno para sentirse protegido y evitar reconocer que el pacto social que mantenía en relativo equilibrio al sistema desde 1959 se quebró, quizás definitivamente, con los tonfazos del domingo 11 y la represión desatada después. Su postura es tan segura como acomodar la cabeza entre las mandíbulas abiertas de un caimán.

Nuestro pacto social tenía su base en un Estado protector —paternalista según algunos— que garantizaría un mínimo para vivir con mediana dignidad a cambio de apoyo y obediencia en un contexto de permanente plaza sitiada. Dicha relación se mantuvo más o menos saludable, pese a excesos y errores, hasta la crisis de los noventa. La necesidad de reconstruirla en un contexto completamente diferente al que le dio origen, impulsó el llamado a cambios profundos.
Las reformas anunciadas en 2007 debían garantizar niveles de prosperidad suficientes en lo económico; en lo político, la Constitución de 2019 nos dotaría de un Estado de derecho en el que, aun con cotos importantes, se podrían disfrutar ciertas garantías y libertades. Sin embargo, las reformas han sido postergadas ad nauseam de manera inexplicable y el Estado de derecho ha resultado una entelequia.
Por si fuera poco, muchas de la medidas tomadas en los últimos años —motivadas en parte por la necesidad de resistir los embates de la administración Trump y en parte por soberbia y torpeza política— en lugar de regenerar lo perdido, ratificaron la ruptura.
Por ejemplo, la implementación de las tiendas en MLC quebró el ya maltrecho ideal de igualdad, lo que hasta cierto punto explica que esos establecimientos hayan sido objeto de las piedras y saqueos de los vándalos. Por otra parte, la entrada en vigor de la «Tarea Ordenamiento» se encargó de propinarle buenos golpes a lo que quedaba, al dejar en condiciones de extrema vulnerabilidad a las personas dependientes de la Seguridad Social. Y finalmente, la pandemia de Covid-19 dañó el último de los pilares: la salud.
Las condiciones que dieron origen a las protestas del 11 de julio continúan existiendo e incluso agudizándose, por las razones que sean: crisis sanitaria y de alimentos, represión política, inexistencia de espacios de diálogo. A ello se suman un número creciente de trabajadores interruptos o desempleados y un proceso permanente de devaluación de la moneda. Asimismo, con cientos de detenidos —no existen cifras oficiales, por lo que circulan diferentes listas—, el desconocimiento absoluto de la legitimidad de cualquier reclamo y la estigmatización de los manifestantes, ha acumulado más malestar.
Siete meses después del 27 de noviembre, fecha en que se manifestara frente al Ministerio de Cultura un grupo de intelectuales, artistas y activistas, estallaron estas protestas, notablemente más masivas y heterogéneas. Dicho lapsus, por cierto, no fue ni remotamente calmo en lo político. No obstante, la fórmula aplicada para intentar contener el malestar ha sido la misma: descalificación mediática, desconocimiento de demandas y ninguna voluntad de diálogo. Con tan poca creatividad para afrontar un escenario complejísimo, es lógico esperar nuevas protestas, quizás de mayor magnitud y violencia.
Protesta del 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura (Foto: Ismael Francisco/AP)
Actuar con justicia —castigando tanto los abusos de las fuerzas del orden como a los manifestantes que vandalizaron— y comenzar con urgencia un proceso de diálogo nacional efectivo con todos los actores del Estado y la sociedad civil cubana, cuyos frutos se traduzcan en las reformas sistémicas que el país necesita y pide a gritos desde hace décadas, es el único modo de salir de esta crisis y reconstruir un nuevo pacto social duradero y equilibrado.
Lo cubanos, como cualquier persona, necesitamos vivir con la esperanza de que probablemente el año próximo, o el otro, será un poco mejor. La frase popular de que alguien apagó la luz al final del túnel, es la expresión más clara de cuánta desilusión nos embarga. Es por ello que muchos optan por emigrar, aunque ya no es tan fácil; otros prefirieron salir a las calles. La tonfa, la cárcel y el descrédito no pueden ser la fórmula para contenerlos, no solo porque no es constitucional, ni revolucionario, sino porque además es terriblemente torpe.
Atrincherarse en mundos idílicos que nada tienen que ver con la realidad y protegerse tras consignas vacías amplificadas por los repetidores que nunca faltan, es hoy un acto de suicidio político. Los resultados de un estallido social mal gestionado pueden conducir al país por caminos transitados en otras naciones, siempre con resultados negativos. A ello se suma el peligro externo habitual: Estados Unidos presto a «ayudar al pueblo cubano».
La temperatura de los hornos que son hoy las calles de Cuba puede cocer los cambios que se necesitan o incinerar principios, como el de la soberanía, que deben ser sagrados. La falta de visión política y de una actuación eficiente desde el gobierno, nunca han generados buenos dividendos.
Según cuenta el exquisito biógrafo Stefan Zweig en su libro María Antonieta, el día que los franceses tomaron la Bastilla, curiosamente en el mes de julio, el duque de Lianncourt interrumpió el sueño de Luis XVI con la noticia. «Pero ¡eso es una revuelta!», exclamó el monarca después de escuchar el reporte de su súbdito; Lianncourt previendo lo que podría costarle al soberano su miopía política, respondió como un profeta: «No, sire, es una revolución».

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Articulan planes contra Brasil y el expresidente Lula da Silva

El periodista estadounidense Brian Mier, en un contacto con TV 247, alertó que el Gobierno de Estados Unidos planea impedir el regreso de Luiz Inácio Lula da Silva a la presidencia, favorito en las encuestas de opinión, y articula planes en contra de la democracia en Brasil.
Sus declaraciones están basadas en las palabras del representante de Washington en el gigante sudamericano, quien dijo sentirse preocupado por la corrupción gubernamental y no con la democracia, según detalla Prensa Latina.
«Fue honesto (Chapman). A Estados Unidos no le preocupa la democracia, sino el petróleo. Esa fue exactamente la razón principal del golpe de 2016, privatizar el presal (grandes reservas de carburante y gas natural)», afirmó Mier sobre el discurso del diplomático, citado por PL.

Además, alertó mantener una vigilancia constante ante las acciones de EE. UU. y buscar la unidad para defender al país de esos planes del imperialismo.
«Prepárense para otro golpe el año que viene, prepárense para un bombardeo en las redes sociales contra el PT (Partido de los Trabajadores) y contra Lula, porque esta es la nueva herramienta de la guerra de espectro completo, originada en Estados Unidos», señaló, y luego sugirió: «Todo se está preparando. No podemos pensar que solo porque Lula esté a la cabeza en todas las encuestas será elegido presidente».
Hoy Brasil vive un clima político muy complejo, donde la mayoría de la población pide la destitución del presidente y este se burla con propuestas irracionales ante la difícil situación sanitaria que vive el país. Las miradas electorales se centran en Luiz Inácio Lula da Silva, pero aún él no ha formulado su candidatura oficial.

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Democracias y demócratas contra Cuba

Foto: YouTube.¿Qué democracia es aquella que estrangula, ahoga, oprime y viola los derechos humanos gritando libertad? ¿Y qué demócratas aquellos que se refugian en la crítica fácil denunciando el hambre sin apuntar a sus responsables? ¿Serán los demócratas que no tienen empacho en declarar que viven en democracia y sus gobiernos venden armas, desestabilizan países, justifican invasiones, patrocinan magnicidios y golpes de Estado? ¿Serán acaso los demócratas que bajan la cabeza cuando se trata de pagar impuestos? ¿O serán los demócratas con cuentas en el extranjero y gritan libertad? ¿Serán acaso los gobiernos democráticos cuyos gobernantes dejan morir a miles de personas que cruzan el Mediterráneo en pateras? ¿O acaso son los demócratas que construyen campos de hacinamientos para refugiados donde esperan un asilo que nunca llega? ¿O, por el contrario, son los gobiernos democráticos que esquilman las riquezas naturales en América Latina, bajo el principio de practicar la libertad de mercado? ¿Serán, acaso, los demócratas que denuncian fraude cuando pierden elecciones y patrocinan el terrorismo judicial? ¿O, por el contrario, serán los reyes que gozan de impunidad y mandan callar, mientras roban a mansalva? ¿Serán los gobiernos democráticos que contaminan ríos, mares y se ufanan de hacerlo en nombre de la libertad? ¿O, por el contrario, son los gobiernos democráticos que han deforestado y desertizado, poniendo en riesgo la biodiversidad del planeta? Me pregunto si ¿serán aquellos gobiernos donde asesinan a dirigentes sindicales y defensores de los derechos humanos? O, por el contrario, ¿serán los demócratas que persiguen al inmigrante bajo la estatua de la libertad? ¿Igual son los que levantan muros de la vergüenza? Me cuesta pensar que fuesen los demócratas que han vaciado las arcas públicas en beneficio propio. Tal vez sean otros demócratas, los que pagan sueldos de miseria, defraudan a la seguridad social, solicitan planes privados de pensiones ¿O tal vez, sean los demócratas, cuyos principios les impide condenar el racismo? Igual me imagino a los demócratas homófobos y machistas que niegan la violencia de género.
Contra Cuba, ¿podrían ser demócratas convencidos de la superioridad de la raza blanca? ¿Tal vez, sean los democráticos gobiernos que patrocinan guerras, negocian con la muerte y trafican con la paz? ¿O los políticos democráticos cuya corrupción les preceden y cuyas fortunas son fruto de la estafa y el narcotráfico? ¿Tal vez, pueden ser los sacerdotes pederastas y la iglesia que les protege, quienes levanten la bandera de la libertad en Cuba?
Las preguntas se me acumulan cuando pienso que pueden ser los demócratas que a precio de saldo vendieron empresas públicas a compañías trasnacionales. No sé si quienes hablan de falta de medicamentos en Cuba, son los mismos que han privatizado la salud, hacen negocio con la enfermedad, desmantelan hospitales y construyen clínicas privadas. Tengo más dudas: ¿serán los gobiernos democráticos que lucran a fondos buitres, rematando la vivienda social al tiempo que desahucian a sus legítimos dueños? Y ahora que hablamos de las falsas noticias y la libertad de prensa, ¿pueden ser los democráticos dueños de los medios de comunicación, que mienten, censuran y rotulan libertad y democracia para Cuba? En este suma y sigue: ¿tal vez, pueden ser los democráticos banqueros y sus consejos de administración, cuyas entidades se han beneficiado de la crisis, llevando a la quiebra a cientos de pequeños y medianos empresarios? ¿O pueden ser los bien pagados y democráticos periodistas condenados por difamar, mentir y ­desinformar?
En este mar de preguntas, busco respuestas para entender cómo han surgido tantos demócratas y democracias cuyos gobiernos se arrogan el poder de exigir a Cuba aquello de lo que carecen. No dejo de interrogarme sobre los gobernantes democráticos cuyas promesas se van al limbo y no renuncian. Pienso en los oligarcas, terratenientes, empresarios que expropian tierras comunales, matan a dirigentes de los pueblos originarios bajo el grito de libertad de mercado y democracia, apoyados en sus fuerzas paramilitares. En definitiva, pienso en los gobiernos democráticos y tantos demócratas, literatos, académicos, cantantes y tertulianos, que se rasgan las vestiduras al hablar de Cuba, desde la equidistancia, pero restan importancia al bloqueo o lo minimizan hasta dejarlo en una caricatura. Una excusa de izquierdistas trasnochados, dirán. Hoy, todos contra Cuba. No son los defensores de la democracia son sus verdugos.
(Tomado de La Jornada)

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¿Democracia es desinformar sobre Cuba?

A veces creo que no sé si hemos evolucionado del todo. Hemos pasado de unas dictaduras donde se ocultaba la información en nombre de la seguridad del Estado a unas “democracias” donde se difunde información falsa en nombre de la “libertad”.
Basta con observar cómo, en nombre de la libertad y la democracia que algunos piden para Cuba, se está sembrando de mentiras y engaños los medios de comunicación y las redes. La propia agencia Reuters titulaba así un análisis al hilo de los recientes acontecimientos cubanos: “Fake news muddies online waters during Cuba protests”. (Las noticias falsas online enturbian las aguas durante las protestas en Cuba).
Claro, que Reuters deja caer las opciones de que esas fake news pueden estar sembradas por la oposición o por el Gobierno cubano. Sería el único caso en la historia en que un Gobierno siembra las noticias falsas de que sus ministros huyen y airea fotos de manifestaciones masivas de apoyo presentándolas como de opositores. Vamos, que un Gobierno siembra noticias falsas en su contra.

Porque una de las falsedades más espectaculares fue la de incluir imágenes de manifestaciones de apoyo al Gobierno y a la revolución como manifestaciones de protesta contra el Gobierno. Sobre ellas, el diario La Nación, de Argentina, titula a gran tamaño “Una multitudinaria e inédita protesta en las calles sorprende al régimen cubano”, pero la imagen que incluye es de una manifestación de apoyo, eso sí, con un pie en letra pequeña que dice “Defensores del régimen salieron a marchar después de un llamado del presidente Miguel Díaz-Canel”.
Igualmente el diario El País no precisa que esta foto es de seguidores de la revolución como se evidencia al portar la bandera del 26 de julio, la organización guerrillera que lideró Fidel Castro. La información incompleta es, también, información sesgada.

Si alguna vez se reproduce una foto de una manifestación de partidarios de la Revolución, como en esta de El País, la imagen se limita a una persona y el pie reza “una mujer grita”. Es decir, un caso aislado y único de apoyo al Gobierno, una sola persona que grita.

Una televisión chilena insertó una imagen de heridos por sangre durante el referéndum de Cataluña en la noticia sobre las manifestaciones en La Habana. Se trata del programa Mucho Gusto, del canal Mega.

El diario ABC difundía la noticia de la dimisión del viceministro del Interior de Cuba, en desacuerdo por el uso de fuerza excesiva contra los manifestantes. Algo que se desmintió, pero la noticia sigue colgada en su web. ¿Rectificaciones? Ni están ni se las espera.

En The New York Times los manifestantes pasan de ser cientos a miles en la misma noticia por arte de magia. Primero publicaron la noticia diciendo que eran “hundreds” y después la retocaron para decir que eran “thousands”.

En la cadena estadounidense de noticias Fox News decidieron pixelar las pancartas de los manifestantes a favor del Gobierno para que no se pudiera leer que ponían “Las calles son de los revolucionarios”, y presentarlas como manifestaciones de oposición.

Si lo anterior sucede en la prensa, que es un medio que se juega su credibilidad, imaginen lo que puede suceder en redes, donde nada pasa factura, ni hay filtro de veracidad.
Todo vale para atacar la Revolución cubana, desde una foto de la manifestación del 1 de mayo en La Habana hace unos años que se hace pasar por actual con manifestantes contra el Gobierno. Veamos más ejemplos.

Una foto muy difundida en redes decía corresponder a una protesta “en el malecón de Cuba” y aparecían cientos de miles de manifestantes. El equipo de AFP Factual, un servicio de verificación de noticias de la agencia AFP, descubrió que se trataba de una foto de Associated Press de una movilización en Alejandría el 11 de febrero de 2011, tras la caída del régimen de 30 años de Hosni Mubarak en Egipto. Reuters también tuvo que desmentirla.
Se hacen collages de fotos de heridos ensangrentados que ninguno era de Cuba. Se utilizan niños heridos en un tiroteo por delincuencia común en Caracas o las imágenes de un torturado acusado de pertenencia a ETA en Euskadi.

Incluso, Naciones Unidas difundió en Twitter como imagen de las protestas a unos manifestantes que se movilizaban en sentido contrario. Uno de ellos lo denunció en las redes y la reacción de Twitter al entrar en su perfil fue insertar este mensaje: “Precaución: Esta cuenta está temporalmente restringida. Estás viendo esta advertencia porque se detectó actividad inusual en esta cuenta”. La ONU terminó retirando el tuit.

En redes también circuló la noticia de que Raúl Castro huía a Venezuela y tuvo que ser desmentido por los verificadores de noticias. La foto que se difundía era de la llegada de Castro a Costa Rica a una cumbre que tuvo lugar en 2015.

Se utilizó una foto de nicaragüenses rezando en 2018 para superponer una bandera de Cuba y afirmar que eran cubanos “clamando a Dios”.
El servicio de verificación de noticias de RTVE desveló el origen trucado de un mensaje aparecido en redes sociales que expresaba “Cuba despertó ¡Abajo la dictadura! ¡Abajo el comunismo! ¡Libertad para Cuba! #SOSCuba”, acompañado de una fotografía donde se ve a un joven encapuchado y con la cara tapada, arrojando una botella incendiaria. Tras él se observa una pared con la fotografía del Che Guevara y la frase “No más comunismo”. Se trataba de un montaje a partir de una instantánea del fotógrafo estadounidense David McNew que se tomó el 30 de mayo de 2020 en Los Ángeles, California, en EEUU, durante las protestas por el asesinato del afroamericano George Floyd.
Los analistas y tertulianos no se escapan de esas “mentiras” recurriendo a argumentos y falsedades. Un columnista de Voz Populi que ostentó cargos de subdirección de Informativos de TVE y fue director-editor de la Primera Edición del Telediario afirma que “en Cuba el régimen hace desaparecer a las personas, como también sucede en Venezuela con la impunidad de quien ejerce la fuerza tras desmontar la democracia liberal”.
No existen desapariciones forzadas en Cuba reconocidas por las instituciones internacionales, más allá de que algún detenido durante unas horas no se informe de su paradero, de igual modo que ocurre en nuestro país tras determinadas detenciones. En España también puede suceder que un detenido se traslade de centro y durante unas horas la familia no sepa en que comisaría se encuentra.
En una tertulia de La Sexta dicen que la prueba de democracia es la frontera si no dejan salir es una dictadura. Obviando que los países que blindan fronteras son los ricos, como Estados Unidos o la Unión Europea y olvidando que desde hace años los cubanos pueden salir de su país sin problema, que la dificultad con la que se encuentran para hacerlo es conseguir un visado del otro país.

Sorprende la atención que han recibido en los medios las manifestaciones en Cuba mientras esos mismos medios han pasado de puntillas sobre el asesinato a tiros del presidente de Haití, o han callado ante la represión en Colombia con 63 personas asesinadas en dos meses. Sin ir más lejos, ese mismo fin de semana murieron 72 personas por disturbios en Sudáfrica. Si hasta ha ocupado Cuba más que las noticias sobre el enriquecimiento de Juan Carlos de Borbón con la venta de armamento.
Y volviendo a Cuba, no han aparecido las posiciones de responsables del Gobierno, miembros del cuerpo diplomático ni de portavoces de las cientos de organizaciones de apoyo a la Revolución cubana que hay por el mundo.
Tampoco, y al hilo del sufrimiento del pueblo cubano por la pandemia que sí se usó como argumento para las críticas, no se ha comentado suficientemente el papel del bloqueo impuesto por Estados Unidos. Los mismos analistas y medios que informaban sobre rebeliones en Cuba y hacían llamamientos para solidarizarse con ellas no denunciaban que debido al bloqueo comercial han tenido graves problemas de suministros sanitarios para luchar con la pandemia.
Las organizaciones MediCuba Suiza y Suiza-Cuba denunciaron en un comunicado que en abril del pasado año el bloqueo impidió transferencias de dinero para que Suiza pudiera vender respiradores a Cuba. Igualmente, el multimillonario propietario de la plataforma de comercio electrónico Alibaba, cuando decidió donar mascarillas y kits de diagnóstico covid a 24 países de América Latina, comprobó que el material no pudo llegar a Cuba porque viajaba en una aerolínea que, aunque colombiana, tenía capital estadounidense y tenía prohibido comerciar con Cuba.
Recordemos que la Asamblea de las Naciones Unidas, como todos los años, votó masivamente en contra de ese bloqueo el pasado mes de junio. Solo Estados Unidos e Israel votaron en contra de la resolución de rechazo al embargo, que contó con el apoyo de 184 países.
Quizá, además del debate de si Cuba es una dictadura o no, podríamos mirar la viga en el ojo propio y debatir si una democracia puede llamarse así si los ciudadanos no están informados o son engañados. Porque en las dictaduras la gente sabe que no está informada, pero en nuestros sistemas actuales creemos que sí y tampoco lo estamos.
(Tomado de Cuba Periodistas)

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El tabú de las izquierdas

A propósito de las recientes protestas en Cuba, ante las cuales el gobierno de Miguel Díaz-Canel ha hecho un llamado explícito a sus partidarios a salir a las calles a enfrentar a los manifestantes, se ha abierto una nueva oportunidad para posicionarse críticamente sobre lo que ocurre en la isla, más allá de las posturas reduccionistas clásicas, que siguen reproduciendo esquemas políticos binarios,  que le hacen un flaco favor a la posibilidad de pensar alternativas y salidas transformadoras a la crisis actual.  
La crisis que ha sido agravada por las consecuencias de la pandemia, en la cual el turismo ha sido afectado de forma considerable, lo que económicamente es dramático, ya que ese sector aporta el 10% del PIB y el 11% del empleo. Ello termina afectando enormemente los ingresos del Estado y las importaciones de alimentos, que equivalen al 70%.
El turismo ha sido afectado de forma considerable (Foto: Ramón Espinosa/AP)
   En consecuencia, esto ha generado escasez de alimentos básicos, cortes en el servicio eléctrico y también un colapso en el sistema sanitario, producto del Covid-19, y de que la infraestructura de los hospitales está tremendamente deteriorada con el paso del tiempo.
El tema es que esta crisis ha derivado en protestas que podrían llevar a una inédita revuelta en Cuba, sumándose al escenario regional actual, donde importa bien poco si el gobierno es de izquierda o de derecha, ya que lo que se trata es de interpelar al poder político existente desde distintos movimientos organizados (estudiantiles. feministas, ecologistas, disidencias sexuales, afros, indígenas).
Por eso, la respuesta del gobierno cubano, reprimiendo y deteniendo incluso a figuras de la Revolución y de izquierda de la isla, como son los casos de Frank García Hernández, Leonardo Romero Negrín y Marcos Antonio Pérez Fernández, debiera despertar la reflexión regional y no ser cómplice de un proceso político cerrado en sí mismo.   
Planteo esto ya que pareciera que el proceso político cubano se ha transformado con el paso del tiempo en una especie de tabú para buena parte de las izquierdas en el mundo, especialmente latinoamericanas, en donde cualquier crítica al respecto es rápidamente denostada y descartada por su carácter imperialista y contrarrevolucionario.
Si bien es innegable la importancia crucial que tuvo la experiencia de la Revolución cubana para la autonomía política de la región, siendo quizás la más influyente de todas por sobre otros procesos políticos latinoamericanos fundamentales, no la hace un proceso sin errores y horrores en muchos sentidos.

Es verdad que históricamente los cuestionamientos hacia el gobierno de Cuba han sido una constante de sectores conservadores (pro-estadounidenses) para desestabilizar e intervenir el proceso político interno, el cual se ha mantenido por más de sesenta años a pesar de un bloqueo criminal de parte de Estados Unidos, que solo ha generado daño a la población de la isla, como pasa con la falta de medicamentos, por ejemplo. 
Pero de ahí a omitir el carácter centralista, militarista, autoritario y burocrático  del Estado en Cuba, conformado estructuralmente por la partidocracia castrista, es simplemente dejarse llevar por una noción estática y esencializada de lo que ha sido la Revolución en los últimos 62 años.
José Martí, uno de los más grandes antirracistas, anticolonialistas, antiimperialistas latinoamericanos y referente fundamental para la Revolución cubana, ya en su momento cuestionó los efectos devastadores de la concentración del poder político, señalando que «todo poder amplia y prolongadamente ejercido, degenera en castas, con las castas, vienen los intereses, las altas posiciones, los miedos a perderlas, las intrigas para sostenerlas».
Eso es justamente lo que terminó pasando en Cuba, generando un proceso de apropiación de la Revolución y prohibición de la autoorganización y participación popular, donde cualquier disidencia se transformó en un argumento perfecto para reprimir a quien pusiera en duda o planteara la posibilidad de discutir lo que dijera la casta en el poder.
De ahí que este estadocentrismo en la isla ha bloqueado la posibilidad de permitir al sujeto popular cubano pensar y construir mundos distintos y sostenibles, en los cuales la soberanía alimentaria, la soberanía energética, la propiedad comunitaria, la defensa de bienes comunes, la descolonización, los derechos de la Madre Tierra, la despatriarcalización, la plurinacionalidad, la autogestión y la democracia directa puedan ser horizontes posibles.  
Evidentemente esa crítica no omite la persistencia de Estados Unidos por derrocar al gobierno cubano y el rol de los grandes medios de información concentrados, que dan argumentos para una intervención militar (no así con China), pasando por alto de manera irresponsable también la soberanía del país y la autodeterminación del pueblo cubano.  
Por lo mismo, lo que se trata es de acompañar el proceso de manera crítica, sin caer en retóricas binarias y simplistas, que sólo terminan beneficiando a los poderes existentes, ya sea de la partidocracia cubana como del imperialismo estadounidense.

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Abusos a manifestantes en Cuba: necesidad de una Comisión de Verdad y Reconciliación

«Contra la injerencia extraña la virtud doméstica», era la máxima de la vieja mentalidad republicana. «En plaza sitiada cualquier disidencia es traición», nos repiten en Cuba hasta la saciedad. Pero ocurre que en el camino de guardar silencio para no dar armas al enemigo externo, se pueden extraviar la virtud y la justicia.
El testimonio que aquí se narra es demasiado grave, pero lejos de atizar pasiones políticas de cualquier signo ideológico, debemos serenarnos y poner, como ciudadanía, la vergüenza, la indignación y el desconcierto, al servicio del decoro y la decencia.
LJC solicita al gobierno cubano, primero que todo, garantías para la seguridad de Leonardo Romero Negrín; y segundo, el establecimiento de una Comisión de Verdad y Reconciliación que de manera transparente investigue estos hechos y otros que pueden haber ocurrido durante y después del 11-7.
***
¿Cuál es tu condición legal en este momento?
Estoy en reclusión domiciliaria, a la espera de un juicio por desorden público.
¿Por qué te cogieron preso en la manifestación del 11 de julio?
Estaba caminando y vi a un alumno mío en medio de la manifestación. Él tenía una cámara y estaba grabando. Lo sostuve por el brazo para evitar que alguien se lo llevara o que un tumulto de gente viniera y le diera golpes. Estábamos exactamente debajo de la cámara del hotel Saratoga; de hecho, le dije a los oficiales que si me negaba a declarar lo único que podrían usar era la grabación de esa cámara que muestra punto por punto lo que allí sucedió.
Estaba con mi alumno en la acera del hotel, viendo lo que pasaba. No me atreví a tomar partido en ese momento, a pesar de que vi atrocidades de todo tipo. Sabía que estaba en un proceso anterior por la manifestación de Obispo y no me podía meter en nada para no complicarme.
Leonardo Romero fue uno de los manifestantes detenidos el 30 de abril en la calle Obispo. Portaba un cartel con la frase «Socialismo sí, represión no».
De pronto, cuando miré hacia el lado, vi que a mi alumno le estaban dando golpes cuatro civiles. Él estaba tirado en el piso en posición fetal, para proteger la cámara, y estas personas le daban golpes y pisotones. Lo único que hice fue tirarme sobre él para que no lo golpearan más. Me cogieron varios oficiales, me hicieron una llave, me dieron golpes, pero no fue ahí donde me golpearon de verdad.
Me llevaron a la estación de Dragones, que está exactamente a una cuadra, y cuando entramos me tiraron en el piso de un estrallón y entre cuatro personas me cayeron a patadas por todas partes. Me cubrí la cara con los antebrazos y siguieron dándome patadas, por eso tengo un antebrazo hinchado, un médico lo vio. También una costilla me duele, no llegó a fracturarse, pero me duele y eso el médico también lo vio.
Después me llevaron para un patiecito. Un oficial fue con una tabla de madera blanca y una cámara en la otra mano, que era de un periodista estatal que estaba ahí y lo vio todo. No quiero involucrarlo, pero es un periodista de Alma Mater que vio exactamente todo lo que me hicieron. El oficial me dio varios tablazos por las piernas, todavía tengo las cicatrices.
Cuando iba a salir de allí vino otro oficial, el 03912 de la estación de Dragones, y le dijo a dos personas que me aguantaran, me cogió con las dos manos por el pelo y me dijo: «¡Por mercenario!». Me dio un cabezazo por la nariz, casi me desmayé, y siguieron dándome golpes antes de trasladarme a la estación de Zanja.
Ya no tienes tantas marcas en el cuerpo, precisamente porque ha pasado el tiempo, llevas casi una semana recluido.
Eso es una cosa, cuando llegamos a la estación las personas no querían que los médicos los vieran, porque sabían que si tenían golpes los iban a demorar para que se les bajara la hinchazón y entonces soltarlos.
Detención el 11 de julio (Foto: Yamil Lage/AFP)
A todos los que estuvieron en Ivanov —nombre con el que comúnmente se conoce a la prisión para menores del Cotorro— los pueden interrogar por separado, ponerles el polígrafo, que cada uno va a decir lo mismo sobre los golpes que yo tenía: un antebrazo completamente hinchado —el médico lo notificó—, la nariz con un hematoma, golpes detrás de la pierna, y la costilla.
Cuando nos llevaron al médico, le estaba explicando del golpe que tenía en la nariz, y mientras le decía del que tengo en el antebrazo, llegó un oficial que estaba fuera, me llevó y me dijo que ya no tenía nada que hacer ahí. Yo le había preguntado al médico si era civil o militar, me dijo que civil; entonces le pregunté: «¿A qué respondes, a un poder o al Juramento Hipocrático?». Me respondió que al Juramento. Entonces le dije: «Mira las marcas cuáles son» —yo tenía el nasobuco bien arriba para que no se me viera lo de la nariz—, y cuando le empecé a enseñar los golpes fue que el oficial me sacó.
Había un mayor sentado afuera que era el que procesaba si alguien quería quejarse. En ese momento que me estaban llevando le pregunté si con él era con quien tenía que hacer la denuncia, porque quería hacerla. Respondió: «Yo no tengo nada que hablar contigo». Me llevaron arrastrado hasta el colectivo 6, que era donde estábamos.
Lo que me hicieron a mí fue poco. Había gente que tenía un moretón en el ojo, la cara hinchada, otros con yeso, con dedos fracturados. A un viejito lo trajeron el viernes, lo fueron a buscar a su casa porque lo vieron en una cámara. Lo bajaron en Ivanov esposado y lo hicieron pasar por algo que se conoce como Somatón. ¿Qué es eso? Pues los bajan del camión y hay una hilera de militares a la izquierda y otra a la derecha, y tienen que pasar todos los reclusos por el medio de esas dos hileras para que les caigan a tonfazos [golpes propinados con las tonfas, arma contundente reglamentaria].
Esas personas no estaban haciendo nada, solo caminando esposados y les cayeron a golpes. Ese viejito de 74 años tiene un hematoma en toda la barriga, en las costillas. Por eso digo que lo que me hicieron no fue nada en comparación con lo de otros. A mí el brazo me duele, pero no tengo tanta hinchazón, lo de la nariz casi no se nota, pero tengo la cicatriz detrás de la pierna y el dolor en la costilla.
Leonardo (primero a la izquierda) festajado con amigos
Cuando me estaban interrogando le pregunté al instructor su nombre y le pedí que trajera al oficial de guardia. Eso fue al segundo día. Le dije que quería denunciar a todos los que estaban dando golpes ahí y me respondieron que yo estaba en medio de un proceso, que no podía hacer una denuncia. Entonces les dije: «Sépanlo todos ustedes, que a lo mejor ninguno lo sabe, estos dan golpes». Y los señalé, ellos negaron que dieran golpes, lo que es totalmente falso. Allí tienen total impunidad por las noches, cuando no hay ningún oficial.
Por ejemplo, a la hora de dormir uno se sentó en la cama porque le dolía la espalda y no quería acostarse. Le dijeron que se tenía que acostar, él explicó que tenía dolor. Le dijeron horrores, entraron y se lo llevaron. Todo el mundo lo vio. Era un muchacho rubio. Le cayeron a tonfazos y a golpes delante de todos, la unidad se despertó. Como ese caso se dieron más.
Cuando llegamos a la unidad nos desnudaron a todos. Nos decían que nosotros éramos unos maricones, chupa p… y que nos iban a coger el c…. Nos tuvieron contra la pared durante dos horas, llevábamos cuarenta minutos desnudos esperando, venían por detrás y me halaban el pelo —lo tengo largo—, y me decían: «Chinita, con este pelito se puede hacer tremendo peluquín». Me tocaban las nalgas, a mí y a otros también.
En una ocasión dieron con una tonfa en la mesa, José, el panadero, se viró asustado y le dijeron que qué miraba. Le cayeron a galletas. Él estaba esposado y solo gritaba: «¡Yo no he hecho nada!». Ellos le decía: «¡Cállate y no me mires la cara!». Eso lo vieron todas las personas del colectivo 5 y 6 de Ivanov, ellos pueden contar exactamente lo mismo. Como ese ejemplo hay más, pero no conozco los nombres.
¿Cuál es tu situación procesal?
Me notificaron que estoy en reclusión domiciliaria, como estaba antes por lo de Obispo pero con un nuevo proceso.
¿De qué se te acusa?
De desorden público, pero yo les dije que no desordené nada. En la cámara del Saratoga está todo, cuadro por cuadro. Yo solo estaba parado, ni siquiera grité aunque hubiera querido hacerlo pero no lo hice por lo del proceso anterior. Lo único que hice fue ponerme arriba de mi alumno para que no le dieran golpes.

Yo venía desde el barrio de Jesús María, y cuando crucé la calle Monte vi un tumulto de personas corriendo, gente gritando. Fui hacía la derecha, al Saratoga. No me metí, pero ganas no me faltaron de hacerlo porque vi manifestantes con la cabeza partida, recibiendo golpes, gente que se estaba manifestando pacíficamente y lo decía: «¿Por qué nos llevan si nos estamos manifestando pacíficamente?». Muchos auxiliaban a los que se estaban llevando y mientras se los llevaban les caían a golpes por la cara. Cuatro inmovilizaban y otros golpeaban.
Me pegué para la esquina de hotel Saratoga. Allí sucedieron varios eventos. Un señor, que parece que tenía una colostomía, se le fue la venda, se le salieron las tripas y empezó a gritar. Yo estuve todo el tiempo con mi alumno de la mano para que no le pasara nada.
Delante de mí le dieron golpes a un muchachito y pasó una escena que nunca voy a olvidar: vino un viejito que parece que duerme en la calle y se acostó al lado del muchacho que tenían tirado en el piso y le dijo a los policías que si se lo llevaban tenían que llevárselo a él también. Al viejito evidentemente lo estrujaron y lo montaron en una patrulla.
Minutos después de que pasara eso sucedió lo de mi alumno, le cayeron a golpes entre cuatro personas. Él solo estaba grabando, no gritó porque una de las cosas que le dije fue que no se complicara por ser menor de edad. Su nombre es Marcos Antonio Pérez Fernández, fue alumno mío cuando estaba en décimo grado, yo estudiaba en la universidad y daba clases.
Él fue acusado de desorden público, salió libre sin ningún cargo y con una multa de dos mil pesos. Ahí están los videos de cuando le quería quitar la cámara y le cayeron a golpes.
***
Escuche este testimonio en la propia voz de Leonardo Romero Negrín

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Reclamo por los detenidos y desaparecidos

Después de cinco días, aún no se conoce con exactitud la cantidad de detenidos en las protestas del pasado domingo 11 de julio. Sin embargo, el número parece estar en los orden de los cientos.
Las estaciones de policía y centros penitenciarios, sobre todo en la capital, se han llenado de madres, padres, esposas y familiares que buscan a quienes ese día no regresaron a casa. Tanto los que ejercieron su derecho a la protesta cívica y pacífica pero fueron reprimidos brutalmente, como los que apelaron a la violencia, todos merecen un proceso justo y transparente. La respuesta que reciben en esos lugares ha sido en ocasiones grosera y vaga.
No pocos detenidos sufrieron heridas, algunas severas, producto de la violencia ejercida por la Policía, la Seguridad del Estado y personas convocadas por el gobierno para reprimir. Incluso en esos casos, permanecen recluidos sin que sus familiares tengan acceso a ellos ni siquiera a través de un abogado, como estipulan las leyes. De otros, se ignora su paradero.
Ocultar de su familia las heridas de un detenido no disminuye la violencia contra él, sino que la potencia; impedir que una madre o un padre conozcan el paradero de su hijo es tan ilegal como la desaparición misma. Actuar amparados en el ocultamiento de informaciones, solo reafirma la tesis de que el procedimiento seguido para gestionar la crisis política ha sido incorrecto e ilegítimo.
El Consejo Editorial de La Joven Cuba demanda que se transparenten esas informaciones, se esclarezca el paradero de las personas desaparecidas y se ofrezca a los detenidos la atención médica y legal que requieren.

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Un alarido

Parece muy posible que todo lo ocurrido en Cuba a partir del pasado domingo 11 de julio lo hayan alentado un número mayor o menor de personas opuestas al sistema, pagadas incluso algunas de ellas, con intenciones de desestabilizar el país y provocar una situación de caos e inseguridad. También es cierto que luego, como suele suceder en estos eventos, ocurrieron oportunistas y lamentables actos de vandalismo. Pero pienso que ni una ni otra evidencia le quitan un ápice de razón al alarido que hemos escuchado. Un grito que es también el resultado de la desesperación de una sociedad que atraviesa no solo una larga crisis económica y una puntual crisis sanitaria, sino también una crisis de confianza y una pérdida de expectativas.
A ese reclamo desesperado, las autoridades cubanas no deberían responder con las habituales consignas, repetidas durante años, y con las respuestas que esas autoridades quieren escuchar. Ni siquiera con explicaciones, por convincentes y necesarias que sean. Lo que se impone son las soluciones que muchos ciudadanos esperan o reclaman, unos manifestándose en la calle, otros opinando en las redes sociales y expresando su desencanto o inconformidad, muchos contando los pocos y devaluados pesos que tienen en sus empobrecidos bolsillos y muchos, muchos más, haciendo en resignado silencio colas de varias horas bajo el sol o la lluvia, con pandemia incluida, colas en los mercados para comprar alimentos, colas en las farmacias para comprar medicinas, colas para alcanzar el pan nuestro de cada día y para todo lo imaginable y necesario.
«(…) las autoridades cubanas no deberían responder con las habituales consignas, repetidas durante años…» (Foto: Canal Caribe)
Creo que nadie con un mínimo de sentimiento de pertenencia, con un sentido de la soberanía, con una responsabilidad cívica puede querer (ni siquiera creer) que la solución de esos problemas venga de cualquier tipo de intervención extranjera, mucho menos de carácter militar, como han llegado a pedir algunos, y que, también es cierto, representa una amenaza que no deja de ser un escenario posible.
Creo además que cualquier cubano dentro o fuera de la isla sabe que el bloqueo o embargo comercial y financiero estadounidense, como quieran llamarlo, es real y se ha internacionalizado y recrudecido en los últimos años y que es un fardo demasiado pesado para la economía cubana (como lo sería para cualquier otra economía). Los que viven fuera de la isla y hoy mismo quieren ayudar a sus familiares en medio de una situación crítica, han podido comprobar que existe y cuánto existe al verse prácticamente imposibilitados de enviar una remesa a sus allegados, por solo citar una situación que afecta a muchos. Se trata de una vieja política que, por cierto (a veces algunos lo olvidan) prácticamente todo el mundo ha condenado por muchos años en sucesivas asambleas de Naciones Unidas.
Y creo que tampoco nadie puede negar que también se ha desatado una campaña mediática en la que, hasta de las formas más burdas, se han lanzado informaciones falsas que al principio y al final solo sirven para restar credibilidad a sus gestores.
«(…)  ni una ni otra evidencia le quitan un ápice de razón al alarido que hemos escuchado. Un grito que es también el resultado de la desesperación de una sociedad…» (Foto: Yamil Lage/AFP)
Pero creo, junto con todo lo anterior, que los cubanos necesitan recuperar la esperanza y tener una imagen posible de su futuro. Si se pierde la esperanza se pierde el sentido de cualquier proyecto social humanista. Y la esperanza no se recupera con la fuerza. Se le rescata y alimenta con esas soluciones y los cambios y los diálogos sociales, que, por no llegar, han causado, entre otros muchos efectos devastadores, las ansias migratorias de tantos cubanos y ahora provocaron el grito de desesperación de gentes entre las que seguramente hubo personas pagadas y delincuentes oportunistas, aunque me niego a creer que en mi país, a estas alturas, pueda haber tanta gente, tantas personas nacidas y educadas entre nosotros que se vendan o delincan. Porque si así fuera, sería el resultado de la sociedad que los ha fomentado.
La manera espontánea, sin la atadura a ningún liderazgo, sin recibir nada a cambio ni robar nada en el camino, con que también una cantidad notable de personas se ha manifestado en las calles y en las redes, debe ser una advertencia y pienso que es una muestra alarmante de las distancias que se han abierto entre las esferas políticas dirigentes y la calle (y así lo han reconocido incluso dirigentes cubanos). Y es que solo así se explica que haya ocurrido lo que ha ocurrido, más en un país donde casi todo se sabe cuando quiere saberse, como todos también sabemos.
Para convencer y calmar a esos desesperados el método no puede ser las soluciones de fuerza y oscuridad, como imponer el apagón digital que ha cortado por días las comunicaciones de muchos, pero que sin embargo no ha impedido las conexiones de los que quieren decir algo, a favor o en contra. Mucho menos puede emplearse como argumento de convencimiento la respuesta violenta, en especial contra los no violentos. Y ya se sabe que la violencia puede ser no solo física.
«Mucho menos puede emplearse como argumento de convencimiento la respuesta violenta, en especial contra los no violentos». (Foto: Yamil Lage/AFP)
Muchas cosas parecen estar hoy en juego. Quizás incluso si tras la tempestad regresa la calma. Tal vez los extremistas y fundamentalistas no logren imponer sus soluciones extremistas y fundamentalistas, y no se enraíce un peligroso estado de odio que ha ido creciendo en los últimos años.
Pero, en cualquier caso, resulta necesario que lleguen las soluciones, unas respuestas que no solo deberían ser de índole material sino también de carácter político, y así una Cuba inclusiva y mejor pueda atender las razones de este grito de desesperación y extravío de las esperanza que, en silencio pero con fuerza, desde antes del 11 de julio, venían dando muchos de nuestros compatriotas, esos lamentos que no fueron oídos y de cuyas lluvias surgieron estos lodos.  
Como cubano que vive en Cuba y trabaja y crea en Cuba, asumo que es mi derecho pensar y opinar sobre el país en que vivo, trabajo y donde creo. Ya sé que en tiempos como este y por intentar decir una opinión, suele suceder que «Siempre se es reaccionario para alguien y rojo para alguien», como alguna vez dijera Claudio Sánchez Albornoz. También asumo ese riesgo, como hombre que pretende ser libre, que espera ser cada vez más libre.
En Mantilla, 15 de julio de 2021.

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Dictadura 1957: la historia puede repetirse

Aunque las imágenes de los últimos días evoquen a la dictadura de 1957, la situación en Cuba no es justificación para una intervención militar como la clase política en Miami pide. Nunca he apoyado ni apoyaré la intervención política ni militar en los asuntos de los cubanos. Varios hemos trabajado mucho en Washington para lograr eso: que se levante el bloqueo, que en la política exterior de Estados Unidos hacia Cuba prime el respeto a los derechos humanos y que la isla deje de ser demagogia para el consumo de la política doméstica en la Florida.
Hemos visto mucho de eso en estos días. En los últimos 100 años, la historia ha demostrado que una intervención extranjera, del país que sea, no es la varita mágica que muchos piensan o aspiran y la carne de cañón siempre serán civiles, inocentes y los pobres de esta tierra.

Dicho esto, ya hay un fallecido en las protestas. Lamentablemente, es posible que haya más. Ha sido una irresponsabilidad política y cobardía dar una orden de combate en televisión nacional cuando el pueblo clama ser escuchado. Ha sido una irresponsabilidad política y cobardía movilizar jóvenes del servicio militar con palos para acallar a un pueblo que pide ser escuchado. Ha sido una irresponsabilidad política y cobardía ignorar los muchos vídeos de agentes uniformados disparando en las calles para acallar a un pueblo que pide ser escuchado. Estoy seguro de que quien dio la orden de combate no tiene a su familia clamando ser escuchada.

.@DiazCanelB: “La orden de combate está dada: a la calle, los revolucionarios”
¿Combate? ¿Serio? pic.twitter.com/O0RjdNpPNx
— Monik (@m0n1kfs) July 11, 2021

Creo en el diálogo, es la mejor manera para solucionar los problemas, cualquiera que sea. Por muchos años se ha ignorado, se ha marginalizado, se ha manipulado y se han minimizado los múltiples clamores desde distintos sectores sociales por cambios. El más reciente fue el reclamo de los artistas el 27 de noviembre. Muchos intelectuales han señalado problemas y propuesto soluciones.
Los torquemadas de la doctrina ortodoxa han mandado a la hoguera ideológica a los que llamamos al diálogo y señalado un proyecto de país más amplio y diverso. Un país con todos y para el bien de todos, donde la Ley Primera de la República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre. Hace muchos años que esto se ha olvidado imponiendo decisiones arbitrarias sin el consenso necesario.
Lo ocurrido el domingo ha sido la crónica de una protesta anunciada. En estos días, en medio de un apagón comunicacional se ha violentado impunemente la joven constitución. El Estado Socialista de Derecho no puede estar sancionado por desapariciones, aún cuando sean por unos días. En el 2019, cuando fue aprobada la Constitución, le desee mejor suerte que a la anterior.

La palabra centrismo se ha utilizado como sinónimo de traición a la Patria.
A mí, un panfletero oportunista con la aquiescencia del Departamento Ideológico del Comité Central públicamente me comparó con Luis Posada Carriles. Al escribir esto, lloro al recordar cómo mi profesora hizo deshacerse en lágrimas a un aula entera de quinceañeros hablando de sus otros alumnos asesinados por una bomba un 6 de octubre de 1976 en pleno vuelo. Fidel Castro días después dijo que cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla.

Hay que reconocer que el terrorismo usado contra Cuba ha sido real e inmoral. Hay que reconocer que lanzar desesperados al mar como instrumento de presión política al poderoso vecino del norte ha sido real e inmoral. También hay que reconocer que provocar la división física y emocional de las familias ha sido real e inmoral. En Cuba hemos visto por años a un pueblo llorar, en especial las madres. El domingo vimos a la injusticia temblar.

No olvidaré jamás que, de niño, vi a mi padre llorar cuando su hijo le pidió un jugo en una tienda en divisas. El niño en ese momento no entendía, y decía “papi, ¿por qué lloras si lo único que te pido es un jugo?” Cosas que uno sólo entiende de adulto. Luego tuvimos mejor posición económica. Privilegios que no estaban disponibles para el vecino de al frente o de al lado. Cuando era estudiante, tuve acceso a personas con tantos o más privilegios que yo.
Muchas veces, los privilegios venían como resultado de una posición política. Así, vi mucha soberbia, vi mucha doble moral, vi a gente con muchos privilegios producto de esas posiciones políticas olvidar que eran minoría, que esos privilegios no estaban disponibles para todos. Reconozco que también muchas veces lo olvidé.
Tener salud y educación no son privilegios, son derechos. Si esos derechos se sacan en cara ante cualquier reclamo, dejan de ser derechos para convertirse en material de cambio. Lo que ha ocurrido estos días son consecuencias de la soberbia y las ansias de poder, de olvidar que los privilegios de unos pocos no están al alcance de una mayoría. Una amiga me enseñó que si en una discusión defendemos el status quo entonces somos parte del problema. Dar una orden de combate contra el pueblo es ser parte del problema.

Es muy fácil decidir sin prisas cambios que son necesarios y reclamados urgentemente cuando se tienen esos privilegios.
Cuando no se pasa hambre ni se sufre ante la falta de oportunidades por un futuro mejor, sobre todo el futuro de los hijos y nietos. Cuando no hay necesidad de responder a un “¿cómo estás?” con un “ahí, luchando.” Eso es algo que los que hemos tenido privilegios a veces olvidamos.

La pasión nunca es buena consejera, y en política mucho menos. En la alocución del domingo, habló el Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba. Así era como lo anunciaba el cartel de presentación escogido que tenía impreso delante. El domingo quedó claro que habló solamente para los militantes del Partido, alrededor de 700.000. Ese día no habló el presidente de la República para los más de 11 millones de cubanos. Si alguien actúa primero como Primer Secretario de un partido político que como presidente, entonces no debe ser presidente de todos los cubanos.

Una señal positiva sería una disculpa inequívoca del presidente. Dijo Fidel Castro que Revolución es no mentir jamás ni violar principios éticos. Desde el lunes hemos visto en modo de control de daños y justificar con malabares ante el pueblo y la opinión pública internacional los actos de represión. Usar selectivamente el concepto de Revolución no es revolucionario. Tampoco lo es la ausencia de autocríticas ni escudarse en las desigualdades sociales de Europa ni Estados Unidos que también tienen bastante.
Tiene mucha razón el profesor Michael Bustamante cuando dice que “clasificar a los manifestantes como ‘vulgares’ no se trata solo de elección de epítetos o de la acción de unos pocos en voltear los carros de policía. Es un lenguaje codificado clasista y racista que, en este caso, canaliza una mentalidad burguesa bajo el manto de la moral socialista.” Hay mucho racismo y clasismo en nuestros gobernantes.

Classifying protestors as “vulgares” is not just about their choice of epithets or the choices of a few to flip over cop cars.
It’s coded classist, racist language that, in this case, channels a bourgeois mentality under the cover of socialist morality.
— Michael J Bustamante (@MJ_Busta) July 13, 2021

Las comparaciones entre 1957 y el 2021 pueden parecer lejanas, dolorosas y chocantes. Los asesinatos de tantos jóvenes valientes no pueden haber sido en vano. Sabemos que la dictadura anterior tenía voluntad represiva y represores sedientos de revancha. Sabemos que la dictadura anterior no dudaba en soltar jaurías de uniformados hambrientos con rabia para amilanar las ansias del pueblo de escoger un futuro más digno e inclusivo. Es lo que he visto el domingo.
Algunos hablan de una fractura social. Si el pueblo sigue reclamando sus derechos civiles y políticos en las calles, temo que la respuesta uniformada que veremos será peor. Si las noticias y vídeos de abuso policial, de detenciones arbitrarias, de violentar los hogares con pistolas desenfundadas, de disparos a mansalva ante una protesta de ciudadanos que quieren ser escuchados son ignorados por las propias autoridades que han dado “la orden de combate” en cadena nacional, entonces las comparaciones pueden ser no tan lejanas.

La historia no puede ser letra muerta ni repetir consignas y frases mecánicamente sin análisis.
La historia tiene que verse críticamente. Tiene que ponernos molestos, incómodos. Esto que escribo sale del raciocinio, aunque acepto un poco de ímpetu al ver tanto abuso. El camino a una dictadura comienza siempre con unos pocos muertos, espero este no sea el caso. Un esposo abusador comienza con el primer golpe. Luego pide perdón, dice que fue obligado por la víctima. Habla también que no ocurrirá nuevamente e intenta convencer a la familia y vecinos con su mejor sonrisa. Sin embargo, el abuso ocurre de nuevo mientras la impunidad no termina. Es lo que hemos visto este domingo.

Por mucho tiempo ha existido la versión romántica del sacrificio en favor de la Patria. ¿Qué es la Patria? Desde pequeños aprendimos que el cubano más grande le dijo a su madre que el amor a la Patria no es el amor ridículo a la tierra, ni a la yerba que pisan nuestras plantas; es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca. La Patria no es el Cabo de San Antonio ni la Punta de Maisí. La Patria es el ingeniero, el médico, pero también es el hambriento, el pobre, el desesperado.
La Patria son los “vulgares delincuentes” que han salido a protestar por un pan digno. Somos todos. Pedir sacrificios que no se sufren a la Patria, es oprimirla. Un líder que exige Patria o Muerte se confirma en la antítesis de sí mismo. No hay Patria con muerte, y la Patria bien vale la vida de un inocente. La Patria es de los comunistas y de los que no lo son. La Patria somos todos, indivisibles.

Las medidas excepcionales de ayer confirman la avaricia y arrogancia de nuestros gobernantes. El gobierno clama ante la opinión pública, con razón, que el bloqueo de los Estados Unidos hacia el pueblo de Cuba entorpece la compra de alimentos y medicinas. Bienes tan esenciales para la Patria no deberían estar sujeto a restricción alguna en nuestras fronteras. Cuando hace una semana en estas mismas páginas se propuso levantar las restricciones para la entrada de medicinas, protegidos del Departamento Ideológico del Comité Central calumniaron.
En un país sufrido y hambreado bajo la espada del memorándum de Lester Mallory y con la agricultura atrofiada, priorizar en una balanza el cobro de aranceles sobre un paquete de carne para tantas parejas de ancianos que dependen de sus hijas y nietos en el exterior, es opresión. Es doloroso ver cómo se lucra con las familias emigradas, aquellas que sudan en cualquier punto de este mundo para alimentar a los suyos, y de paso se les niega dignidad a quienes le esperan en el archipiélago.
Es doloroso ver a un burócrata obeso, que no necesita del sudor de sus emigrados, decidir quién puede abrazar en el caimán y cuantas libras de comida y medicinas entrar. Nos han dicho que todos somos iguales. Pero la realidad es que hay unos más iguales que otros.

He tenido oportunidad de dialogar distendidamente con diplomáticos norteamericanos participantes en el proceso de acercamiento con Cuba de la administración Obama. Algunos han regresado a la administración actual. Ellos, acostumbrados al ir y venir de inquilinos en la Casa Blanca, coinciden en lo insólito de ver la falta de celeridad de los funcionarios cubanos. Como si el tiempo no fuera un lujo.
Recuerdo en especial una anécdota de un alto funcionario estacionado en la embajada en La Habana y su diálogo con alguien que es hoy Viceprimer ministro de Cuba. El cubano se jactaba de que iba a restringir reuniones con empresarios estadounidenses ante la alta cantidad de solicitudes recibidas. El funcionario norteño le respondió que no olvidara que en menos de un año habría un nuevo presidente en ese momento desconocido en la Casa Blanca y que los capitalistas norteamericanos tienen un tiempo de atención demasiado corto. Memento mori.
En un país con tanta necesidad de inversión extranjera, donde ganar la atención del capital estadounidense es vital para nuestros intereses nacionales, la altanería es canallesca.

Para más inri, es doloroso ver cómo la semana pasada en la televisión guantanamera una funcionaria provincial admitió que, en plena pandemia, había sólo una ambulancia para toda la provincia. El domingo vimos más camiones listos para golpear que ambulancias listas para sanar. La falta de ambulancias no es exclusiva del último año y priorizar la compra de técnica antimotines sobre ambulancias y camillas, es también tiranizar.

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Paz y gestión política del conflicto

La responsabilidad del Estado con la paz ciudadana y la gestión política de los conflictos son cruciales. Cuando se ocultan, tergiversan o subvaloran los diferendos internos y la capacidad de negociación del gobierno es limitada, la situación sociopolítica tarde o temprano deriva en caos.
Es lo que ocurre hoy en Cuba, expresión de la crisis de gobernabilidad anunciada. En textos anteriores llamé la atención sobre el peligro del extremismo político, la violencia y la urgencia del diálogo nacional.
Las inéditas protestas cívicas del domingo pasado en varias ciudades del país, incluida la capital, eran previsibles. Tuvieron factores detonantes, pero sus causas son profundas. Se sumó la incitación desde el exterior y hubo incluso algunos llamados a fórmulas impensables e inaceptables como una intervención humanitaria o de los EEUU en el país.
La comparecencia del presidente de la República a las 4 pm de ese día no pudo ser más errática. Debió llamar a la paz, impedir la represión e informar sobre acciones concretas de solidaridad con Cuba que la mayoría desconoce, pero optó por viejos mecanismos manipuladores y consignas incitando a la violencia. La del lunes fue más sosegada, pero en los mismos términos y justificando la ejercida bajo su amparo.
Protestas que eran pacíficas se complicaron desde la tarde con actos vandálicos, mayor confrontación y apresamiento violento de muchos ciudadanos. Las consecuencias en detalles se desconocen todavía.
Algunos precedentes
La crisis estructural y sistémica se complejizó por el impacto de las sanciones trumpistas, el desabastecimiento y la carencia extrema de productos y servicios básicos. También por la falta de libertades y efectos de medidas impopulares adoptadas desde el año pasado. Todo eso ha provocado agotamiento y tensión social extremos, no gestionados con lente político. Señalo algunos ejemplos en dos ámbitos:
La pandemia:

Se han incrementado las violaciones de derechos humanos y la represión; los encarcelamientos expandieron el fenómeno y provocaron más traumas a las familias.
Los medios oficiales replicaron el estilo triunfalista del gobierno y apelando a la confianza y resistencia del pueblo mientras criminalizaba toda crítica. El día antes de las protestas se registró récord con 6923 nuevos casos y 47 fallecidos; Matanzas como epicentro.
Hubo dilación excesiva del proceso de inmunización. La producción de vacuna propia no impedía gestionar donaciones de las ya existentes ni adscribirse al COVAX integrado por 190 países.

La situación económica:

Las causas internas de la crisis se mantienen y muchas se agravaron en virtud de la lentitud respecto a transformaciones que son urgentes.
Las inversiones se concentran cada vez más en servicios empresariales, actividad inmobiliaria y de alquiler incluido turismo, en detrimento de sectores prioritarios: agropecuario, salud y asistencia social.
El país se privó de remesas por vía regular desde la sanción a FINCIMEX -empresa del sector militar sancionada por EEUU-, pero no existe explicación plausible para la negativa gubernamental de designar una entidad civil que la sustituyera para ese fin.

Medidas emergentes para una situación límite
Situaciones de emergencia demandan medidas emergentes y prueban la capacidad de negociación del gobierno. Requiere discernimiento, visión y reconocimiento de la sociedad civil como actor también en las relaciones internacionales. Las victimizaciones y atrincheramientos de gobierno y seguidores no ayudan. Tampoco criminalizar toda crítica, responsabilizar de todo a factores externos o rechazar iniciativas que no estén bajo control absoluto del Estado.
Urge la adopción de medidas urgentes, tales como:

Detener toda forma de represión.
Hacer llamados conciliadores desde el gobierno para gestionar la emergencia y la solución del conflicto.
Reforzar medidas sanitarias y de atención a sectores vulnerables.
Ampliar las formas de gestionar la solidaridad. El día antes de las protestas, Cubadebate ofreció amplia información sobre el volumen de donaciones que ha recibido durante la pandemia, además de 543 ofrecimientos de más de 51 países al cierre de junio. Sin embargo, la realidad indica que no es suficiente.

El gobierno debería rebasar esquemas tradicionales y abrirse a fórmulas más acordes al escenario de emergencia y las potencialidades de la sociedad civil,  aceptar la ayuda de donde venga, no permitir la comercialización de ningún donativo y gestionar el proceso sin monopolizarlo. Dos vías serían fundamentales:

La estatal, que se canaliza con organismos internacionales y países a través de nuestras embajadas. Entre los días nueve y once pasados se publicó el anuncio en 35 de las 123 existentes. Contempla donativos en efectivo y de insumos médicos (jeringuillas, máscaras, guantes, etc.).
La sociedad civil puede complementar esos canales incluyendo ayudas en alimentos, medicamentos y otros productos básicos para las familias. Solo requerirían coordinación con el gobierno para que -como se expuso en este foro recientemente- flexibilice las medidas aduaneras y permitan los arribos con destino a organizaciones sociales, iglesias, etc. Hace más de una semana se han organizado diversas fórmulas vía Facebook, Twiter y Watsapp, definiendo puentes y redes de apoyo dentro y fuera de Cuba. Entre ellos con el Centro Memorial Martin Luther King, Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo, Gran Logia de Cuba, Grupo #SOSMatanzas, facultades universitarias y también fuera de Cuba, con Caritas además de voluntarios desde México, España, Ecuador y EEUU.

Transparentar toda la información en los medios de comunicación incluyendo las redes sociales, contemplando procedimientos para ayudas, prioridades y normas sanitarias para la recepción.
Ofrecer un plazo para empezar a negociar con la sociedad civil una hoja de ruta para un diálogo nacional.

El llamado de hoy para todo cubano debe ser “no a la violencia” y por la gestión política del conflicto, que no implica desconocer ni renunciar a derechos fundamentales. El gobierno debe comprender la complejidad del momento y sus causas, los enormes factores de tensión que vive hace tiempo el pueblo, una parte no despreciable del cual tiene importantes demandas que no encuentran una canalización efectiva. Volvamos a José Martí y recordemos que “La patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos, y no feudo ni capellanía de nadie”.
Los sucesos del 11 de julio

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Acerca de derechos, intervenciones y corredores

No importa de qué país sea usted, ni cuál sea la tendencia de su gobierno, derecha, centro, izquierda, liberal, neoliberal, de bienestar, autodenominado comunista: Usted tiene derecho a no gustar de él, a discrepar, a oponérsele. En fin: Nadie puede obligarlo a concordar con su gobierno. Es una buena noticia, ¿verdad? Pero usted ya lo sabía.
I
El problema es que hay una mala noticia: El gobierno tiene derecho a no estar de acuerdo con su desacuerdo; esto es, no está obligado a tomar como bueno cuanto usted haga para demostrarle su oposición.
Se trata de dos derechos encontrados. ¿Se había dado cuenta? Supongo que sí.
Normalmente, en países civilizados, esa contradicción coexiste pacíficamente sobre la base de determinadas normas. Pero suelen darse dos situaciones (en realidad, no abundan los países verdaderamente civilizados):

a) Usted se extralimita en la forma de ejercer su derecho.
b) El gobierno se extralimita en la forma de ejercer el suyo.

Al respecto, otra mala noticia, aunque imagino que también la conoce: El Estado (que no es invento comunista ni capitalista, pues existe desde hace varios miles de años), disfruta de un privilegio que ningún ciudadano en ningún país del mundo puede disputarle: el monopolio de la fuerza. No hay Estado que renuncie a él, so pena de convertirse en fallido.
¿Imagina un Estado en el cual cualquier grupo de personas pueda ejercer el derecho de la fuerza a su albedrío? Esa es la sencilla razón de tal privilegio.
(Estado no es lo mismo que gobierno, lo sé, pero a los efectos de lo que nos interesa ahora podemos prescindir de matices).
Para ejercer ese derecho, el Estado dispone de órganos de represión: fuerzas armadas y policía, fundamentalmente. Por suerte, gracias al desarrollo de la humanidad, existen normas para la aplicación de la represión en casi todos los países del mundo, y son escasos los gobiernos con las manos enteramente libres para aplicarla.
En resumen: Usted tiene derecho a oponerse a su gobierno, pero está obligado a saber que su gobierno tiene derecho a defenderse de cualquier acción suya que lo desestabilice o tienda a derrocarlo.
Lo más frecuente es que, siempre que se mantenga dentro de los límites de la legalidad establecida, su gobierno no le haga mucho caso cuando usted ejerce su derecho a estar en contra de él.
Pero puede ocurrir que a usted eso de los límites lo tenga sin cuidado, y ejerza su derecho a traspasarlos. La parte mala de ejercer ese derecho es que, como el Estado tiene el suyo, usted se expone a conocer de cerca el alcance del término «monopolio de la fuerza». Digamos que si le lanza piedras a un policía es poco probable que de él reciba flores.
Pero no se amilane por eso. Acepte el precio de ejercer su derecho: pedrada para el policía, palazo/balazo para usted. A fin de cuentas, «Sarna con gusto no pica».
II
Voy a buscarme la malquerencia de muchos con esto que voy a decirle, pero es la verdad: Usted, que no quiere saber nada de su gobierno, por la razón que sea, tiene todo el derecho del mundo a solicitar, por esa razón, una intervención militar para provocar su caída.
Seguramente ya lo había pensado.
Lo que tal vez no haya pensado es que una intervención militar es una inversión, una operación económica. Por tanto, para lograrla usted tiene que convencer al gobierno al cual pida la intervención de que le ofrece un negocio rentable.
De otra manera no sueñe que le van a hacer caso.
(Las guerras, olvide la propaganda de cualquier color, son empresas comerciales. Si no hubiera guerras en el mundo durante todo un año, ni carrera armamentista, se produciría una crisis económica mundial de proporciones incalculables; suena feo, pero es la verdad).
¿Imagina cuánto cuesta mover una tropa, digamos, de cinco mil uniformados? Primero, hay que trasladarlos del lugar donde estaban acuartelados (cuidando de no «desvestir un santo para vestir a otro»). Después, hay que disponer de los elementos de transporte, pues las tropas no se mueven mediante varitas mágicas, sino mediante complicadas operaciones de desplazamiento.
Sepa usted, por cierto, que el momento de mayor riesgo para una tropa es el desplazamiento. Por tanto, para movilizar a esos cinco mil uniformados hace falta una operación que incluya la protección de las tropas.
También se ha de considerar otros elementos organizativos y logísticos, pues esas tropas no van a ir «a pecho descubierto». Además de las diferentes vituallas, hay que contar con abundantes raciones de combate, pues no es posible saber cuánto tiempo durará la operación (cualquiera sabe cuándo comienza una guerra, pero no cuándo termina), y no hay razón para pensar que los van a recibir con banquetes de bienvenida. Sin contar que habrá que reponer municiones y armamento, lo cual resulta bastante caro.
¿Y qué me dice del aspecto político? Porque esas fuerzas armadas no «se mandan» a sí mismas; salvo que el país al cual usted convenció de derribar al gobierno sea una monarquía absoluta, lo más probable es que haya un parlamento y una opinión pública a quienes convencer de que ese gasto del dinero de los contribuyentes está justificado (en términos exactos: de que es un buen negocio).
Puede ocurrir que ese gobierno suyo que tan mal le cae no se desplome así como así, y entre los interventores haya muertos (a cuyas viudas habrá que asegurar una pensión) y heridos (a quienes habrá que trasladar, curar y, si quedan mutilados, pensionar de por vida). Eso encarece la operación.
Vaya, que usted tendrá que tener un lápiz muy bien afilado si quiere convencer a algún país para que le haga el favor de derribar al gobierno que tan mal le cae.
Alcalde de Miami, Francis Suárez, pide intervención militar de EE.UU. en Cuba para “proteger al pueblo”. Foto: AP
Supongamos que la cuenta da (su país tiene riquezas de las cuales los interventores se apropiarán para resarcir pérdidas y obtener ganancias, como en todo negocio), se derroca al gobierno que le cae mal, y los interventores logran recuperar la inversión. Usted, satisfecho y agradecido, les pide que se retiren. ¿Lo hacen? ¿Conoce usted algún caso en que eso haya ocurrido?
¿Una tropa interventora llega, derriba un gobierno que disgustaba a alguien y se retira, sin más ni más? ¿No deja detrás, cuando menos, una Enmienda Platt, como en Cuba? Por más que me esfuerzo, no recuerdo alguna ocasión en que haya ocurrido algo parecido.
Lo que me viene a la mente es Libia, uno de los países con más desarrollo (o el de más desarrollo) de África. Un día sufrió una intervención militar extranjera porque de repente los gobiernos occidentales se acordaron de que su presidente era un dictador y, como eso es algo muy malo, era necesario derrocarlo.
Como resultado, Libia prácticamente no existe en estos momentos.  (Pasemos por alto los miles de muertos, la mayoría civiles, y los que siguen muriendo).
Otro ejemplo que se me ocurre es Irak, cuyo presidente de repente dejó de ser amigo de los norteamericanos (lo fue mucho tiempo; por ejemplo, ahorcó a los miembros del partido comunista iraquí, usó armas químicas facilitadas por los occidentales contra los kurdos, y atacó a Irán, también con armas occidentales). A partir de ese momento pasó a ser una amenaza para Estados Unidos, por las armas de exterminio en masa que poseía. Con ese argumento se convenció al congreso y a la opinión pública mundial de la necesidad de derrocar al presidente de Irak…
Nadie ha sido capaz de contabilizar la cantidad de muertes ocasionadas por esa intervención militar, e Irak jamás ha vuelto a alcanzar los niveles de desarrollo que tenía antes de ella (tampoco ha conocido un día de paz desde entonces).
Lo curioso es que décadas después de la intervención que destruyó a Irak (que no ha terminado del todo) nadie ha visto las famosas armas de destrucción masiva.
Libia e Irak son buenos ejemplos de las consecuencias para un país cuando se produce una intervención extranjera. Pero a través de la historia del planeta se pueden encontrar ejemplos en abundancia, no hay que pensar que es un invento de norteamericanos ni de los tiempos modernos.
No obstante, usted, que está informado de lo que he relatado, sigue teniendo todo el derecho del mundo a pedir la intervención extranjera en su país para que derroque al gobierno que tan mal le cae. Que se destruya el país y muera un montón de inocentes no es tan importante, ¿verdad?
Por tanto, para ser consecuente con usted mismo:

a) No olvide los antes mencionados derechos del Estado, sobre todo, tenga presente que en algunos países existen leyes que consideran la incitación a la intervención militar extranjera como crimen de traición a la patria. Y se aplican.
b) No pretenda que sus conciudadanos lo consideren un patriota. Ser patriota y solicitar intervención extranjera contra el propio país no son elementos concordantes. Eso no tiene por qué importarle a usted. Asúmase: Usted no es un patriota y ya; está en su derecho de no serlo.
Asúmase, repito: Usted está por la intervención militar extranjera en su país, para deshacerse del gobierno que no le gusta; por tanto, no ande con subterfugios, olvídese de la corrección política y proclámelo abiertamente. Es su derecho. No acuda a innecesarios eufemismos.

No diga, por ejemplo, que pide un corredor humanitario para su país. Pida abiertamente lo que quiere pedir. De lo contrario, se muestra como un ignorante o como un hipócrita. Y usted no desea que lo consideren ni lo uno ni lo otro.
Usted no es un hipócrita y usted sabe que un corredor humanitario es, en esencia, una operación militar. Una forma de intervención militar. Afróntelo.
Convocatoria a una Intervención Militar estadounidense en Cuba lanzada desde la Florida, con 270,000 firmas
Los corredores humanitarios son vías que facilitan la circulación segura, libre de ataques, de la ayuda humanitaria y de las víctimas de los conflictos armados.
Esto es: un corredor humanitario se crea porque existe, previamente, una situación de conflicto armado entre bandos diversos (en ocasiones son más de dos). Es decir, para que se establezca un corredor humanitario tiene que existir un conflicto bélico en desarrollo.
Por lo común, esos corredores humanitarios se garantizan mediante la presencia militar de una «fuerza neutral», la cual se coloca entre las partes beligerantes. Sirve para la evacuación de heridos o de civiles atrapados entre los fuegos. (En ocasiones sirve para acciones «menos santas», como favorecer a una de las partes del conflicto, o para saquear las riquezas del lugar, pero eso es «peccata minuta»).
Por tanto, usted tendría que provocar primero un conflicto armado en su país para solicitar después la creación de un corredor. Y tambien tiene que poner de acuerdo a los bandos enfrentados, para que no le caigan a bombazos a la «fuerza humanitaria» que usted solicitó.
Pero eso no es lo que usted quiere, es demasiado complicado. Dígalo, pues, de forma directa, para que no haya confusión: Usted no pide un «corredor humanitario» para su país (pues nada lo justifica).
Usted lo que quiere es una intervención militar extranjera que le quite de encima a ese gobierno que tan mal le cae. Y ya. Es su derecho. Proclámelo con todas las letras. Nada como la correcta expresión de las ideas.
(Lea aquí la posición del Consejo Editorial de La Joven Cuba sobre los eventos del pasado domingo)

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Cuba y el incendio de San Antonio

Hasta el año 2021, el día 11 de julio era una fecha más en nuestro calendario, como lo fue el venidero 14 en Francia hasta que en 1789 los habitantes de París tomaron la Bastilla. Este domingo, las calles de muchos pueblos y ciudades de Cuba se llenaron de personas con reclamos e ideologías seguramente distintas, unidas por un malestar común y la exigencia –no ya petición– de cambios.
La tranquila ciudad de San Antonio de los Baños, al sudeste de la capital, aparentemente fue el origen desde donde se esparció la protesta, la llama que quemó la sábana. Esta vez no fueron «grupúsculos mercenarios», tampoco «una reunión de marginales», mucho menos «cuatro gatos pagados desde el extranjero». Miles de cubanos en el momento más difícil de la pandemia tomaron los espacios públicos.
A raíz de los acontecimientos protagonizados por el Movimiento San Isidro el 4 de abril pasado, también un domingo, alerté en un artículo titulado La hoguera de San Isidro –es intencional la piromanía– sobre el peligro que implicaba para Cuba un posible estallido social violento si no se gestionaba con eficiencia e inteligencia política la situación del país.
Pues aquí está y ha sucedido en el peor momento posible –si es que para estas cosas existe una buena ocasión–. Con tres días consecutivos reportando más de seis mil nuevos casos diarios de Covid-19 y los sistemas de salud de varios territorios colapsados o a punto de colapsar, estas protestas resultan más que alarmantes y es de esperarse que las jornadas por venir sean críticas.
(Foto: AFP)
No en todos los lugares las manifestaciones fueron pacíficas. Las imágenes de lo acontecido aún asombran por parecer tan ajenas: tiendas en MLC vandalizadas, patrullas ruedas arriba, policías apedreados, multitudes exaltadas.
Pero por tremendas que sean, lo más asombroso no son las protestas mismas, sino la respuesta dada a ellas por el presidente de la República en su alocución de las cuatro de la tarde, después de regresar visiblemente agitado de uno de los escenarios.
Le asistía la razón al jefe de Estado cuando enumeró las consecuencias del bloqueo y las más de doscientas medidas para recrudecerlo tomadas por la administración Trump y mantenidas por Biden en una coyuntura de absoluta complejidad mundial y nacional. El silencio de Estados Unidos y su inacción ante los embates de la pandemia afectan directamente al pueblo de Cuba.
No obstante, depositar toda la responsabilidad de la situación actual en el poderoso vecino o en las campañas en redes sociales es un autodestructivo acto de desconocimiento. Además del factor externo, la crisis sistémica nuestra tiene sus causas en erradas políticas económicas, reformas demoradas eternamente y un Estado de derecho que no acaba de salir de las páginas de la Constitución.
Lo llamativo es que esos elementos han sido reconocidos por el propio gobierno y las estrategias para superarlos, trazadas meticulosamente. Pero no solo de autocríticas y planes vive el hombre –parafraseando las Escrituras–, se precisan resultados que han tardado demasiado en llegar y, como se ha visto, no todas las generaciones tienen la misma paciencia, ni todos los contextos son iguales.
Sin embargo, de la alocución no es esto lo más notable. El presidente de la República dejó pasar la oportunidad histórica de ocupar su rol al frente de una nación que pretende ser democrática, plural e inclusiva; y en su lugar llamó a que cubanos se enfrenten a cubanos. Aseguró que la orden de combate estaba dada, solo que esta vez la carga a degüello es de hermanos contra hermanos. El hombre que posee formalmente las riendas del Estado, parece incitar un conflicto civil de proporciones difícilmente calculables en un país desgarrado por la pandemia, el desabastecimiento y el acoso exterior.
Entre sus consecuencias –además de las evidentemente epidemiológicas– está la posibilidad de que una espiral de violencia sea usada como excusa para una intervención militar extranjera, lo que implicaría una severa amenaza a la soberanía nacional. Los problemas de Cuba debemos resolverlos los cubanos sin intromisión de fuerza externa alguna, pero también sin violencia.
(Foto: EFE – Reuters)
Que miles de personas se manifiesten en las calles no puede ser un acto de «confusión masiva», tampoco de «manipulación desde las redes sociales» o de «mercenarismo colectivo». Incluso en un primer momento de su intervención, el presidente reconoció que entre los manifestantes había diferentes motivaciones, pero retomó inmediatamente la tan nefasta postura del binarismo revolucionarios/mercenarios –igual que sucedió con los congregados frente al Mincult el 27 de noviembre–. Aquellos polvos trajeron estos lodos.   
La parte del pueblo de Cuba que salió a pedir cambios y que los quiere desde el respeto a la soberanía de la nación, merece ser escuchada y el presidente es quien debe propiciarlo. Es su responsabilidad como jefe de Estado, así como también lo es cuánto ha sucedido y suceda después de su intervención.
En lugar de a tomar las calles para enfrentar a unos con otros, el llamado debería ser a la calma en medio de la tormenta sanitaria que vivimos, a la unidad en torno a quienes necesitan medicinas y alimentos para curar sus dolencias; a la flexibilidad en las políticas para producir más, participar más, mejorar todos.
Cuba no ha vivido en muchos años una época tan oscura –y no lo digo solo por los molestos apagones–. Pero del mismo modo que la solidaridad ha primado entre quienes desean ayudar y los ha unido sin importar el lugar del espectro político en que se encuentren; esperemos que esas reservas espirituales impidan que la situación tenga el saldo catastrófico que potencialmente aparenta. Aguardemos con la esperanza de Martí en que «todo como el diamante, antes que luz fue carbón».

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Palabras descontextualizadas

La línea previa
Exactamente sesenta años atrás, en un salón de la Biblioteca Nacional, el líder del gobierno revolucionario, Fidel Castro, concluyó una serie de reuniones con figuras de las artes y las letras. Su intervención final, bajo el nombre Palabras a los intelectuales, es presentada como la base de la política cultural revolucionaria. Sin embargo, fue mucho más que eso.
Apenas dos meses antes, en abril de 1961, había sido declarado el carácter socialista del proceso. La Revolución cubana no fue concebida y dirigida por un Partido —como ocurriera con la soviética—, pero, desde muy temprano, dirigentes del Partido Socialista Popular (PSP) se convirtieron en funcionarios clave en áreas donde se decidía sobre la producción cultural y simbólica.
Y si algo sabían bien los dirigentes comunistas era recabar disciplina y posicionamientos incondicionales ante lo que denominaban la línea del Partido. Palabras a los intelectuales se adelantó en cuatro años a la refundación, sobre nuevas bases y dirección pero también sobre antiguos dogmas, del Partido Comunista de Cuba (PCC) en 1965. Pero con ellas, desde junio del 61, quedó establecida la futura línea ideológica partidista en sus relaciones con el sector, que ha permanecido con pocos cambios hasta hoy.
Un Partido único —que no tiene siquiera facciones—, requiere mantener controlada la opinión de la ciudadanía. Es condición sine qua non para una existencia prolongada y sin disturbios. La intelectualidad es, por lo general, la avanzada díscola de aquella, de ahí que las relaciones de subordinación de los intelectuales a esa disciplina sean esenciales.
Las consecuencias posibles de esa relación no eran desconocidas entre nosotros. En fecha tan temprana como 1930, el joven Juan Marinello publicó su ensayo Sobre la inquietud cubana. La intelectualidad insular se hallaba entonces en el centro de una encrucijada histórica, pues al combatir la tiranía machadista tenía tres caminos ante sí: subordinación al imperialismo, fascismo o socialismo.
Juan Marinello
Su perspectiva sobre la experiencia soviética —que sopesada con interés en los inicios fue criticada en la medida que el estalinismo se entronizó—, sometió a debate el tema de la libertad de creación en el socialismo. Esto generó las siguientes interrogantes de Marinello:
«Y, llegados a ese falansterio de nuevas proporciones y de nuevo tipo, ¿tendremos la libertad esencial, la que nos movió desde su encierro a echar abajo las dominaciones dolorosas? ¿No habremos entrado, queriendo salir de ella, en una cárcel de hierros invencibles porque todos seremos hierros en nosotros mismos?».
Dudas muy razonables estas, que tendrían respuesta en 1934, con la celebración en la URSS del Primer Congreso de Escritores Soviéticos. Dicho cónclave impuso límites estrictos a la creación artística e intelectual, condenó al ostracismo a destacadas figuras de la literatura y el arte, como Mijaíl Bulgakov, Serguei Eisenstein y Yuri Olesha, entre otros; creó una Comisión de Arte y Literatura presidida por Stalin y un premio con su nombre.
Cuatro años más tarde, en 1938, el primer Partido Comunista de Cuba fue legalizado. Con los nombres de Unión Revolucionaria Comunista (1939-1944) y PSP (1944-1953), se mantuvo durante quince años, hasta su prohibición por Batista. En esos tres lustros participó en el sistema parlamentario, con representantes en la Cámara y el Senado, órganos oficiales de prensa y una política cultural muy activa aunque poco estudiada.[1]
Sus transformaciones, derivadas de cambios políticos y alianzas coyunturales —que se explican por el comienzo de la II Guerra Mundial, la entrada de la URSS en ella, la postguerra y la Guerra Fría—, provocaron que tanto su política cultural como la crítica artística, funcionaran cual escenario de negociación.
Su vínculo con los intelectuales se subordinó más a consideraciones políticas, estratégicas y tácticas que a percepciones estéticas; de ahí sus abruptos cambios y el modo que osciló, entre actitudes plurales y dogmáticas, a lo largo de esos años.
Cuba fue el único país capitalista del hemisferio occidental en que un partido comunista llegó a ser parte actuante de su sistema parlamentario, incluso durante el período de Guerra Fría. No obstante, el PSP era uno más dentro de un sistema político en el que coexistían otros, algunos con bases populares más amplias, de ahí que los comunistas aprendieran a ejercer la negociación política. Eso cambiaría después de 1959.
¿Qué se dirimía en junio de 1961?
Si se analizan las Palabras a los intelectuales vinculadas a su contexto —el de una revolución recién nacida, con apoyo mayoritario no solo por las medidas tomadas en beneficio de las mayorías, sino por las promesas futuras; en una nación amenazada y atacada por una potencia vecina mucho más poderosa— se entiende la necesidad de garantizar, por parte del gobierno, el apoyo de un sector como el intelectual, que es, por su naturaleza, rueda de trasmisión entre él y la ciudadanía.
Vistas en perspectiva, el famoso fragmento de la intervención de Fidel, citado hasta el infinito —«dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada, porque la Revolución tiene también sus derechos y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir y frente al derecho de Ia Revolución de ser y de existir, nadie»—, camuflaba, lo hace aún, que lo que se dirimía allí en realidad era el derecho del gobierno a tomar decisiones sin ser abiertamente confrontado por parte de la intelectualidad.  

Se olvida, sin embargo, que a continuación de esa frase seguía esta: «Por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la Nación entera, nadie puede alegar con razón un derecho contra ella».
Entonces, no era un posicionamiento a elegir entre la política y la creación artística. Tampoco un cheque en blanco el que se entregaba y en el cual se cedían de por vida el pensamiento crítico y la capacidad de interpelación de los intelectuales y de los ciudadanos al poder, como parecen creer algunos.
De acuerdo a la frase completa, la Revolución exigía esa incondicionalidad porque también reconocía obligaciones y compromisos: comprender los intereses del pueblo y los intereses de la Nación.
A tenor con ello, más importante que determinar el significado de los conceptos dentro y fuera, como posturas de los intelectuales respecto a la Revolución, sería pertinente analizar si la Revolución, tras seis décadas de pronunciado este compromiso, lo ha cumplido cabalmente.
Las revoluciones son procesos coyunturales que se caracterizan por su corta duración, que implican la toma del poder y la creación de nuevos mecanismos de gobierno. El breve período de una revolución se distingue por la desarticulación de las estructuras económicas, sociales, políticas y culturales; muchas decisiones son espontáneas, carecen de tiempo para el análisis antes de su aplicación, y por ello pueden ser desorganizadas y experimentales. No puede haber, por tanto, una revolución que dure sesenta y dos años, mucho menos sesenta y dos mil milenios.
¿Qué se dirime en junio de 2021?
El 28 de junio, hace apenas dos días, se organizó un homenaje que recordaba la intervención de Fidel. Fue en el mismo salón de actos de la Biblioteca Nacional, pero seis décadas después y en un contexto diferente.
Ahora no se trata de una revolución recién nacida, con inmenso apoyo popular y con promesas al futuro. Se trata de una revolución que fue ahogada por un modelo de socialismo burocratizado. De un proceso en crisis dirigido por un grupo de poder que ha sido reacio a reformas que él mismo diseñara y anunciara desde hace trece años. De un anunciado Estado socialista de derecho que solo existe en la letra de una Constitución inviable.
El azote de la pandemia y la hostilidad desmedida del gobierno norteamericano, agravan hasta lo dramático antiguos errores y determinaciones jamás corregidos.

Dentro de la Revolución todo significa que lo único que no está en discusión es la Revolución. No es ella un hecho en disputa. Es el hecho mismo, la razón de ser de aquel encuentro. #PalabrasALosIntelectuales #FidelPorSiempre pic.twitter.com/xBSggsU5xT
— Miguel Díaz-Canel Bermúdez (@DiazCanelB) June 29, 2021

La intervención de Miguel Díaz-Canel, presidente y desde hace poco primer secretario del Partido, es ejemplo de tal crisis. Un discurso correcto en su forma pero absolutamente inconveniente en su contenido. Un político debe saber trascender ideas ajenas y épocas pasadas.
En 2017, cuando se valoró la posibilidad de un cambio generacional, antes de que se produjera su nombramiento, escribí:
«El posible reemplazo de la primera figura en la dirección del país, prometido para el próximo año, pudiera utilizarse como ícono de cambios, cuando en realidad una simple sustitución de la dirigencia no echa por tierra una filosofía del inmovilismo.
Hay que detectar lo real detrás de lo aparente, y a mi juicio lo aparente es el cambio político, pero manteniendo todo lo demás que sería lo real; es decir, la carencia de un método científico en la planeación de las transformaciones económicas y la existencia de una filosofía escolástica sobre la historia y su devenir, que apela a la pasividad, el conformismo y la incapacidad de reacción para convertir a Cuba en todo lo que los conceptos anuncian: una nación “soberana, independiente, socialista, democrática, próspera y sostenible”».
Hacía votos por equivocarme en aquel momento, desgraciadamente no ocurrió así. Según el presidente/primer secretario: «Hoy estamos como hace sesenta años, hablando de arte y de cultura, de creadores y artistas, de obras y de públicos, mientras el mundo arde afuera».
Si por el mundo entiende el ámbito que existe fuera de ese salón de reuniones, está bien. Si cree que Cuba no es parte de ese mundo que bulle de insatisfacciones y necesidades, está equivocado.
Su insistencia en la secuencia inalterable del proceso se evidencia en la aseveración de que: «La reunión de la biblioteca nacional tuvo una continuidad en el tiempo que llega hasta nuestros días». Ello hace contradictoria esta otra afirmación: «Luchamos todos los días contra el inmovilismo, la parálisis y los posibles retrocesos».
Dice el máximo dirigente: «Para empujar un país hay que leer muchos números»; sin embargo, también apunta:
«Leo todos los días algún post o análisis pidiéndonos liberar las fuerzas productivas, ¿en serio creen que nos interesa atarlas, contenerlas o frenarlas? ¿Cuál es la fórmula mágica por la que creen que podemos, con un decreto presidencial, hacer que todo funcione y broten bienes y productos del cuerno de la abundancia?».
Quizás si el mandatario no creyera que «La Cultura es lo primero que hay que salvar», y se percatara de que sin resultados económicos no se puede salvar la cultura ni ninguna otra cosa en este país, y atendiera a los excelentes economistas que llevan décadas alertando y proponiendo cambios concretos, tendría una fórmula, no mágica pero sí científica.

Dentro de la Revolución sigue existiendo espacio para todo y para todos, excepto para quienes pretenden destruir el proyecto colectivo. #PalabrasALosIntelectuales pic.twitter.com/KdJhanx6eY
— Miguel Díaz-Canel Bermúdez (@DiazCanelB) June 29, 2021

A su afirmación de que: «Hemos apostado a la innovación, a la ciencia, al talento y a la disposición del pueblo para enfrentar los múltiples desafíos que entraña avanzar rompiendo monte en cueros, como los cimarrones, como los mambises, como los rebeldes»; se le pueden objetar dos aspectos:
1) Los informes sobre inversiones en Cuba demuestran la escasa proporción de ellas en el ámbito científico, y 2) no todos avanzamos rompiendo monte en cueros, quizás a esto se deba la poca prisa y las muchas pausas en cambiar todo lo que debe ser cambiado.  
Considera el presidente/secretario que se honra con estas palabras:
 «“Dentro de la Revolución” sigue existiendo espacio para todo y para todos, excepto para quienes pretenden destruir el proyecto colectivo. Así como Martí excluyó de la Cuba con todos y para el bien de todos a los anexionistas y en sus Palabras en 1961 Fidel separó a los incorregiblemente revolucionarios, en la Cuba de 2021 no hay cabida para los anexionistas de siempre ni para los mercenarios del momento».
¿Cómo puede manipularse el pensamiento martiano y sentir honra? ¿Cómo puede una persona con su responsabilidad política regodearse con ligereza en clasificaciones que estarían bien para Humberto López pero que en él son imperdonables? ¿Cómo referirse a un proyecto colectivo desde el elitismo que no da cabida a la participación política en él?
Sesenta años después, es posible constatar que aquella negociación de 1961 no fue cumplida. La Revolución, entiéndase el Gobierno, no ha logrado, en el largo plazo, representar los intereses del pueblo, ni los de la Nación. De modo que podemos alegar con razón nuestro derecho a recuperar, ya lo estamos haciendo, la capacidad de interpelación de los intelectuales y de la ciudadanía frente al poder. Eso es lo que se dirime hoy en Cuba.
***
[1] Lo más completo sobre el tema: Yinela Castillo: «La Política Cultural del Partido Comunista de Cuba reflejada en el periódico Noticias de Hoy entre 1938–1948», y Liset Hevia: «La crítica artística en las páginas del periódico Noticias de Hoy entre 1938–1948», Tesis presentadas en opción al título académico de Máster en Estudios Históricos y Antropología Sociocultural, Universidad de Cienfuegos, 2017.

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Las “kakistocracias” socialistas

MONTANA, Estados Unidos – Una kakistocracia es un sistema de gobierno dirigido por los peores, menos cualificados y más inescrupulosos ciudadanos. El uso de la palabra se remonta al siglo XVII, pero lo aprendí recientemente del libro de Dinesh D’Souza United States of Socialism. Como señala D’Souza, “el socialismo es posiblemente la idea más desacreditada de la historia”, y sin embargo hay una tendencia contemporánea en la política americana de repudiar la historia fallida del socialismo y reintroducir las ideas socialistas.
Tal vez sea una cuestión de ignorancia. Una encuesta de Gallup de 2019 encontró que el seis por ciento de los encuestados entendió el socialismo como “el ser social, los medios sociales, hablar con la gente”.
¿Cómo explicamos que, a pesar de que el colapso de la Unión Soviética y el descrédito del socialismo fueron los acontecimientos sociopolíticos cruciales del siglo XX, las encuestas muestran que los americanos se sienten cada vez más atraídos por el socialismo? Estudios realizados inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial mostraron que sólo el 15 por ciento de los americanos deseaban que el país “fuera más en la dirección del socialismo”. Actualmente, Gallup informa que el 43 por ciento de la población adulta sostiene que el socialismo sería algo bueno para el país.
¿Qué puede explicar este aumento de la popularidad si bajo la perspectiva materialista marxista los individuos carecen de derechos? Como dijo Marx: “No tenemos compasión (…) Cuando llegue nuestro turno, no pondremos excusas para el terror”. O, en palabras de Lenin: “Cuando se reprocha nuestra crueldad, nos preguntamos cómo es que la gente puede olvidar el marxismo más elemental”.
También oímos a los jóvenes comparar a gritos el capitalismo con el fascismo. Aparentemente, no son conscientes de que fue el Socialismo Nacional de Hitler y no el “Capitalismo Nacional” el que subordinó a los alemanes a una sociedad colectivista con el Estado como único árbitro del bien común.
La idea fundacional de la democracia americana es que el Estado es enemigo natural de nuestros derechos, y que la libertad depende de la capacidad de los ciudadanos para limitar el poder del Estado. Los fundadores entendieron que nada es más deshumanizante que experimentar la vida como un evento colectivista sin sentido. Los Estados Unidos es una república fundada en ideas que honra al individuo no a la colectividad.
El socialismo no sólo es la idea socioeconómica más desacreditada de la historia; sino el ejemplo preeminente de gobierno kakistocrático con la historia más homicida. El Libro Negro del Comunismo (escrito por varios académicos europeos en 1997) ofrece un estimado conservador de cien millones de individuos inocentes asesinados por el socialismo marxista en el siglo XX.
El panorama del gobierno socialista kakistocrático es siempre el mismo, ya sea la China de Mao, la Corea del Norte de Kim Il Sung, a Vietnam bajo el Tío Ho, a Cuba bajo los Castro, a Etiopía bajo Mengistu, a Angola bajo Neto, a Afganistán bajo Najibullah, a Venezuela bajo su revolución socialista o a otros. De alguna manera, los socialistas estadounidenses pasan por alto que todos estos gobiernos son fracasos kakistocráticos medidos por su incapacidad de ofrecer a la ciudadanía libertades políticas y participación, estado de derecho, transparencia, responsabilidad, derechos humanos y oportunidades económicas sostenibles.
La nueva generación de políticos socialistas estadounidenses como Alexandria Ocasio-Cortez, Rashida Tlaib, Ilhan Omar, y veteranos como Bernie Sanders, niegan la historia y hacen la extraordinaria afirmación de que el socialismo es la forma más moral de gobierno y que el capitalismo es malvado. Según el aforismo popularizado por el astrónomo Carl Sagan, “las afirmaciones extraordinarias, requieren pruebas extraordinarias” y los socialistas no ofrecen ninguna prueba para sus afirmaciones.
Estos políticos socialistas no prestan atención al hecho de que el capitalismo ha sido enormemente exitoso en aliviar el sufrimiento y sacar a la gente de la pobreza. Para ellos, la victoria ideológica es mucho más importante que la verdad.
Hay, por supuesto, algunas kakistocracias capitalistas, pero el capitalismo gana fácilmente la apuesta por el desarrollo económico. Desafortunadamente, los socialistas no aprenden mucho de las lecciones de la historia y no suelen visitar la biblioteca de la reflexión humana.
El último libro del Dr. Azel es “Libertad para novatos”.
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El mito de la derecha democrática

Manifestaciones en apoyo a Pedro Castillo, quien aún no ha sido proclamado Presidente pese a haber ganado las elecciones. Foto: Perú Libre
La derecha nunca fue democrática, no lo es hoy y jamás lo será.
Pese a que el veredicto de la historia es irrefutable el saber convencional de las ciencias sociales y la opinión establecida difunden sin cesar la errada concepción de que la derecha latinoamericana se ha reconciliado con la democracia; que ya cortó amarras con su génesis oligárquica, racista, patriarcal y colonial; que puso fin a su historia como conspicua instigadora y frecuente ejecutora directa de innumerables golpes de Estado, atentados, sabotajes, masacres y toda clase de violaciones a los derechos humanos y las libertades políticas. Pese a ese origen perverso ahora, dicen algunos académicos y “opinólogos” despistados (o que juegan para la derecha), ésta se ha “aggiornado” y acepta a las reglas del juego democrático.
Trágico error, confirmado, como decíamos al principio, por la vida práctica: la derecha nunca fue democrática, no lo es hoy y jamás lo será en el futuro. Por su raigambre e intereses de clase está llamada a defender con uñas y dientes el orden social del capitalismo dependiente del cual es su exclusiva beneficiaria. Por eso apela a todos los inmensos recursos de que dispone (dinero, huelga de inversiones, fuga de capitales, evasión y elusión tributarias, ataques especulativos contra la moneda local, despidos de personal, cierre de establecimientos, terrorismo mediático, invocación al intervencionismo militar, el favor de jueces y fiscales, protección de “la embajada”, etcétera) ante cualquier amenaza, por moderada que sea.
En mi “Siete tesis sobre reformismo, revolución y contrarrevolución en América Latina” (incluido en el libro de descarga gratuita que compilara CLACSO bajo el título Atilio Boron. Bitácora de un Navegante ) aporto algunos antecedentes decisivos sobre el tema. Por eso sugiero a las personas interesadas en el tema que lean dicho artículo para acceder a una elaboración más completa sobre este argumento.
De momento, me conformo con este breve recordatorio sobre la conducta de la derecha latinoamericana para que los lectores extraigan sus propias conclusiones.
En la Argentina, en el año 2015, aquélla representada por Mauricio Macri triunfó en la segunda vuelta de la elección presidencial sobre Daniel Scioli. La diferencia fue de un 3 por ciento, y la coalición perdedora admitió la derrota esa misma noche. En 2017 el narcopolítico Juan O. Hernández se impuso en la elección presidencial hondureña gracias a un escandaloso fraude que fue tan descarado que postergó por varias semanas el reconocimiento de Washington, del cual aquél era su alfil. Pese a las protestas de la oposición ésta no tuvo más remedio que admitir su “derrota.” En las presidenciales brasileñas del 2018 triunfó Jair Bolsonaro, vocero de los golpistas que desalojaron, lawfare mediante, a Dilma Rousseff de la presidencia. Pese a las groseras y múltiples violaciones de la legislación electoral (entre las cuales la no comparecencia de Bolsonaro el debate presidencial); al siniestro papel jugado por el poder judicial -que ilegalmente impidió que Lula fuese candidato- y los medios de comunicación, férreamente controlados por la derecha, la derrotada alianza opositora respetó el veredicto de las urnas. Los políticos brasileños en el Congreso, la “justicia” de ese país y los grandes medios de comunicación de masas, a cuál más corrupto, están haciendo pagar un precio inmenso al pueblo de ese país por haber instalado en el Palacio del Planalto a un sociópata como Bolsonaro, que con su negacionismo de la pandemia envió a más de medio millón de sus compatriotas a la muerte.
En Uruguay, en 2019, el candidato de la derecha Luis Lacalle Pou derrotó a Daniel Martínez, del Frente Amplio por un 1.5 por ciento de los votos válidos, y el perdedor admitió su derrota sin chistar. A poco de asumir la presidencia Lacalle Pou hizo gala de un suicida negacionismo, proclamando con una actitud chauvinista que al Uruguay no le ocurriría lo mismo que a sus vecinos argentinos y brasileños. Tuvo que tragarse sus palabras y hoy Uruguay está pagando un precio muy elevado por la soberbia de su presidente.
En México, el candidato izquierdista Cuauhtémoc Cárdenas iba ganando la elección presidencial de 1988 hasta que una sospechosa “caída del sistema” de la Comisión Federal Electoral obró el milagro: al reiniciarse computadoras el candidato de Washington, Carlos Salinas de Gortari, aparecía disfrutando de una amplia ventaja sobre su oponente y fue proclamado ganador. De nada valieron las protestas populares ante un fraude tan descarado como ese. La derecha quería ganar “a como diera lugar” y, con el visto bueno de Washington y la OEA lo hizo.
También en México, en el 2016, la derecha produjo otro atraco electoral. Varios días después de finalizado el reñido comicio el Instituto Federal Electoral emitió un comunicado anunciando el fin del conteo de los votos y que el candidato conservador Felipe Calderón se imponía por una diferencia del 0,62 por ciento de los sufragios sobre Andrés M. López Obrador. Pese al generalizado repudio ante tan descarada estafa electoral –por ejemplo, en numerosas mesas de votación sufragó mucha más gente de la que estaba registrada- Calderón fue proclamado ganador de la contienda electoral.
En la elección presidencial de Nicaragua (25 febrero de 1990) triunfó la candidata de la Unión Nacional Opositora, Violeta Barrios de Chamorro. Obtuvo el 55 por ciento de los votos, doblegando a Daniel Ortega, a la sazón presidente de Nicaragua y candidato del Sandinismo, que fue apoyado por el 41por ciento del electorado. Dos días después de finalizado el comicio Ortega reconoció públicamente su derrota y felicitó a la candidata triunfante. Ortega recién volvería a ser electo como presidente en el año 2007.
En la Argentina de la década de los años treinta el fraude de la derecha adquirió un status cuasi institucional, bajo el nombre de “fraude patriótico”. El propósito: impedir a cualquier costo que la “chusma radical” y los socialistas y comunistas accedieran a cualquier cargo de elección popular. El fraude era exaltado como un servicio que una virtuosa oligarquía, con sus partidos, jueces y diarios rendían a la patria. Hasta el día de hoy persisten en esa actitud de pretender burlar la voluntad popular, claro que apelando a las nuevas tecnologías del neuromarketing político para manipular, mediante el odio y el temor, las actitudes y las conductas de las masas. La derecha no sólo apeló al fraude; además proscribió durante dieciocho años al peronismo, la principal fuerza política del país. Y cuando ni el uno ni el otro eran suficientes, la “carta militar” siempre estaba a mano: una interminable sucesión de “planteos militares” carcomían a los débiles e ilegítimos -a causa de la proscripción del peronismo- gobiernos civiles surgidos después del derrocamiento del peronismo en 1955. Dos brutales dictaduras jalonaron este proceso de descomposición política: primero, la encabezada por Juan C. Onganía en 1966 y, diez años después, la apoteosis del crimen y el genocidio con la dictadura cívico-militar instaurada con el golpe militar del 24 de marzo de 1976 que sumiría al país en un inolvidable e imperdonable baño de sangre. En ambos casos, la colaboración de la derecha argentina fue esencial proveyendo ideas, proyectos, funcionarios, diplomáticos y poniendo su aparato mediático al servicio de los dictadores.
Por contraposición, el 20 de octubre del 2019 Evo Morales ganó las elecciones presidenciales de Bolivia al obtener el 47.08 por ciento de los sufragios contra el 36.51 del candidato de la oposición Carlos Mesa. La legislación electoral de ese país establece que si ningún candidato alcanza el 50 por ciento de los votos válidos debería llamarse a una segunda vuelta electoral, salvo cuando se superase el 40 por ciento y hubiese una diferencia de diez por ciento o más en relación al segundo, cosa que efectivamente se verificó por aproximadamente el 0.60 por ciento del caudal electoral. No obstante ello, sendos informes de la OEA, uno anterior y otro posterior a la votación, señalando supuestas irregularidades en el recuento de los votos instalaron un clima de fraude y sospecha que potenció hasta el infinito las denuncias de una derecha que ya antes del comicio había afirmado que no reconocería otra victoria que no fuera la del candidato de la oposición. Luego de una serie de violentas manifestaciones y ante la incomprensible indefensión oficial, los altos mandos del Ejército y la Policía apoyaron las denuncias de la derecha racista y exigieron la dimisión del presidente Morales. Pocas semanas más tarde diversos informes de organismos académicos estadounidenses, especializados en la temática electoral, confirmaban la transparencia y honestidad de las elecciones bolivianas, pero ya era tarde y Bolivia se desangraba ante la violencia del nuevo régimen. Un año después, el MAS boliviano recuperaba la presidencia aplastando electoralmente a la derecha golpista.
El más reciente capítulo de esta fraudulenta saga de la derecha latinoamericana se está escenificando en estos días, en junio del 2021, en el Perú, donde el candidato presidencial de la izquierda, Pedro Castillo, se impone ante la corrupta representante de los poderes fácticos en ese país, Keiko Fujimori. Pese a los virulentos reclamos de la oposición el conteo definitivo le otorga una ventaja clara, aunque pequeña, al candidato de Perú Libre. Complejos procedimientos de chequeo de actas con irregularidades realizadas por organizaciones especializadas concluyen que en ningún caso éstas alteran el resultado electoral. Pese a ello la coalición derechista ha apelado a toda clase de recursos, incluyendo el subrepticio llamado a un golpe militar hecho por Mario Vargas Llosa para impedir que Perú “caiga en las garras del totalitarismo chavista.” Hubo inclusive un pronunciamiento de militares retirados en ese sentido, enérgicamente repudiado por el presidente Francisco Sagasti. De todos modos no se descarta que pueda producirse un golpe parlamentario encaminado a anular las elecciones o a descalificar a su ganador, Pedro Castillo.
Desgraciadamente, el Congreso de la República del Perú, compuesto por 130 miembros, cuenta con atribuciones para destituir al presidente por múltiples causas, entre ellas la muy enigmática “incapacidad moral”. La presidenta de esa institución, Mirtha Vásquez -frenteamplista de extensa experiencia en defensa de los derechos humanos en su país- ha llamado a la reflexión a sus colegas para evitar convertirse en cómplices de la maniobra destituyente o golpista de la derecha. Para que tal cosa suceda ésta debe controlar los dos tercios de los votos en el Congreso, o sea 87 congresistas. Que por ahora no tiene pero, como se rumorea en Lima, “no los tiene pero los puede alquilar.” El éxito o no de esta maniobra dependerá, como siempre, de la capacidad de movilización y organización de las fuerzas de izquierda que se opongan a la misma. El desenlace de esta elección lo conoceremos en los próximos días.
Conclusión de este breve repaso: cuando gana la derecha, la izquierda admite el veredicto adverso de las urnas; cuando gana la izquierda, la derecha apela al chantaje, al fraude o al golpe militar o institucional, ratificando por enésima vez que la derecha no es ni será democrática. No olvidemos esta lección. A la derecha no se le puede confiar ni un tantito así, ¡nada!, como decía el Che Guevara en relación al imperialismo. Y la misma actitud conviene seguir con los hijos putativos del imperio, esparcidos por toda América Latina y el Caribe.

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Colombia: Estudiante perdió su ojo tras impacto de granada lacrimógena (+ Podcast)

“Las 4:30 y la 5:20 de la tarde, horas que marcan un reloj sin detener, se han fijado en mi cuerpo como marcas que siempre cargaré, en este tiempo, yo cantaba arengas, extendía mi brazo arriba, demostrando mi rasgo de inconformidad, entonces el estallido llegó, los integrantes del Esmad empezaron a moverse entre las calles, para dispersar a los manifestantes, luego llegó el sonido del disparo, me arrojaron un gas a la cara, a mi ojo derecho, parecían que nos estuvieran cazando.”, relata Daniel desde una clínica de Cali.

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Diputados cubanos denuncian nueva maniobra en el Parlamento Europeo

Un reducido grupo de eurodiputados que responden a la agenda de Washington, han logrado incluir en la Asamblea Plenaria del Parlamento Europeo que se celebrará el día 8 de junio, un punto relativo a la Situación Política y los Derechos Humanos en Cuba. Pretenden que se adopte una resolución contra nuestro país, tergiversando la realidad que vivimos.

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Los más ricos en EE.UU no pagarán 600 mil millones de dólares en impuestos en 2021 y 7.5 billones en los próximos 10 años

Mientras los trabajadores estadounidenses tienen que pagar impuestos por hasta el último centavo de sus ingresos, los ciudadanos más ricos de ese país dejar de aportar cada año cientos de miles de millones de dólares. “El resultado es que la mayoría de los asalariados pagan su parte justa, mientras que muchos dueños de negocios se involucran en un fraude flagrante a expensas públicas”, señala un editorial de este domingo de The New York Times

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Fiesta de la libertad

Henchido de alegría, el presidente del Interamerican Institute for Democracy (IID) Tomás Regalado, abrió el foro por la Defensa de la democracia en las Américas que tuvo lugar la semana pasada, en el hotel Biltmore de Miami. El foro de Miami fue ampliamente cubierto por Infobae, el tóxico portal mediático que dirige el oscuro empresario Daniel Hadad.

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El pueblo tiene la palabra

¿Qué revolución, qué profundidad, qué cambio, qué diálogo, qué democracia se construye articulados con quienes son pagados públicamente por organizaciones…

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