Con todas sus letras

Conflicto, consenso, crisis. Tres notas mínimas sobre las protestas

La mayoría de las opiniones circulantes sobre las protestas del 11 de julio en Cuba, en particular las que rechazan el desorden y la violencia, así como las que interpretan y proponen soluciones al conflicto, deben tener su cuota de razón. Muchas reflejan preocupación y compromiso cívico ante problemas que van más allá del interés personal. Vistas así, serían una señal de “pegamento social”, de participación ciudadana y de consenso. Al mismo tiempo, son el espejo de una conflictividad nada despreciable.En este breve espacio, evitaré discutir interpretaciones bien o mal intencionadas, experiencias vividas, leídas o escuchadas, recomendaciones al gobierno, etc. Me propongo apenas dar un paso atrás, para examinar en frío algunos problemas básicos, entre los muchos que tenemos por delante. ¿Qué significan las protestas?Si le preguntáramos a Émile Durkheim, uno de los fundadores de la Sociología, cuál es la naturaleza de estas protestas, podría responder que se trata de un caso clásico de anomia. La anomia define una situación donde se desintegran normas y valores previamente establecidos; una reacción típica de períodos de cambios drásticos y rápidos en las estructuras sociales, económicas o políticas de la sociedad. Los grupos sociales que experimentan reacciones anómicas pueden sentirse desconectados, como si no pertenecieran a su sociedad, y como si esta no valorara su identidad. La anomia puede provocar falta de propósito, desesperanza, y alentar la desviación y el delito. He subrayado intencionalmente algunas palabras clave en esta definición clásica, que es el ABC de la sociología.En Cuba, hemos estado atravesando un proceso de transición durante más de dos décadas, caracterizado por cambios profundos en las estructuras sociales y en la vida económica de las personas, pero también en las relaciones entre la sociedad civil y el poder político. Entre otros cambios, digamos, está la propia idea del socialismo, que ahora incorpora concepciones diferentes a las defendidas durante medio siglo, así como políticas inéditas. Esta transición ha hecho visible una crisis de normas y valores, ampliamente debatida en diversos espacios y medios públicos. Asimismo, se ha apuntado el debilitamiento del sentido de pertenencia; y la reproducción de la marginalidad y sus conductas típicas, dentro de barrios y grupos sociales subalternos, pero también la proliferación del delito en otros espacios sociales e institucionales, donde crece la corrupción. En cuanto a la desesperanza, el arte y la literatura difundidos en la Isla son un buen espejo.En otras palabras, lo que ocurre en Cuba es una anomia que no nos debería coger de sorpresa, porque sus factores y manifestaciones no han permanecido ocultos ni amordazados, como cualquiera puede comprobar sin tener para eso que leer las redes sociales o los periódicos antigobierno. Ha estado ahí, delante de todos, analizada y comentada durante demasiado tiempo, para preguntarnos ahora de dónde salen las protestas, como si fueran un trueno en un cielo despejado. Habría que preguntarse más bien por qué no han ocurrido antes.¿Cómo es que la oposición cubana, en la Isla y en Miami, apertrechada con los manuales de guerra no convencional de moda, y la misma CIA, no hayan logrado desencadenar algo así hasta ahora? ¿Y por qué precisamente ahora? Durkheim recurriría a otro concepto que comparten las Ciencias Sociales y la ingeniería civil: la fatiga. Después de año y medio de COVID-19 y de seis meses de colas para comprar productos básicos —como diría el Dr. Durán— todos somos más vulnerables.¿Qué le pasa al nuevo gobierno?Antes he apuntado que el consenso se ha hecho más heterogéneo y contradictorio en Cuba, que ha incorporado el disentimiento, y que el gobierno cubano lo sabe. Antes de tomar posesión como presidente, Raúl reconoció que el liderazgo del fundador de la Revolución, Fidel, no se heredaba. Díaz-Canel, que ya estaba en el Buró Político en tiempos de Fidel, también lo pudo saber; y en todo caso, lo ha experimentado en carne propia desde que tomó posesión en 2018. De hecho, la continuidad ha conllevado maneras diferentes a como lo hicieron antes los históricos. Las circunstancias, que son el referente de la política, ya se los había impuesto a ellos antes de que se retiraran.Subrayo lo del nuevo gobierno, porque si se postula que esta es “la misma Cuba de Fidel y Raúl” se pueden construir metáforas literarias ocurrentes, pero difícilmente entender el proceso político y social del país. Este gobierno ha procurado construir su propio consenso desde el principio, en vez de descansar sobre lo que algunos llaman “el capital político” de la Revolución. Sin embargo, la vara de medir los cambios ya es otra.PublicidadEn efecto, el nuevo gobierno ha propuesto reformas sin precedentes desde 1960, empezando por una nueva Constitución, que admite una economía mixta, con mercados y sector privado, y que les otorga una autonomía inédita a los poderes locales. Su nuevo estilo, aprendido dirigiendo provincias, enfatiza la interacción entre el nivel central y local; y pone a ministros menores de 60 años a explicar problemas y responder preguntas en la televisión. A diferencia de períodos precedentes, los ciudadanos pueden identificarlos por sus nombres, juzgarlos, elogiarlos o burlarse abiertamente de ellos.No ha habido antes un momento como este en términos de libertad para criticar al gobierno, en las redes sociales, pero tampoco en los medios públicos, ni para acceder a información de fuentes muy diversas, incluidas las de la oposición; tampoco una mayor libertad para entrar y salir del país. El Artículo 56 de la Constitución aprobada en 2019 establece el derecho de asociación y manifestación pública. De hecho, una ley de manifestaciones estaba prevista en el calendario legislativo para octubre de 2020 —pospuesta, junto a otra docena de proyectos de ley a causa del coronavirus. A pesar de todo, la vara de medir predominante dictamina que este gobierno ha hecho muchísimo menos de lo que debería. Según esa vara, su vaso estaría casi vacío.Por si fuera poco, después de año y medio concentrado en una formidable crisis de seguridad humana a nivel global llamada pandemia, sin recursos ni alianzas protectoras como las de antaño, a este gobierno le ha tocado lidiar con las mayores manifestaciones de descontento ocurridas desde 1959. Bajando por las calles de San Antonio de los Baños, el Presidente Díaz-Canel debe haber recordado, como todos los que vivimos el verano de 1994, a Fidel seguido por un mar de gente, San Lázaro abajo, para controlar aquel brote de anomia en el Malecón, sin armas ni fuerzas especializadas en enfrentar disturbios. De cierta manera, él hizo exactamente lo mismo que Fidel: personarse en el lugar de los hechos, y convocar a los revolucionarios a tomar las calles y enfrentar la violencia, por la fuerza, en caso de ser necesario.Los mismos medios, sin embargo, pueden producir resultados diferentes en otras circunstancias. Darse cuenta le tomó algunas horas. Pero su primera consigna se cumplió al pie de la letra, no solo por la policía, sino por las organizaciones convocadas, en primer lugar, el Partido. En la acera de enfrente, la oposición, como el 27 de noviembre de 2020, capitalizó el descontento, y arrimó la brasa a su sardina. La clásica escalada de violencia que estudian los expertos en resolución de conflictos 1 no se hizo esperar.No podría imaginarse un escenario más complicado para mantener la ruta trazada en el VIII Congreso del Partido, hace apenas  90 días. ¿Qué violencia y cómo?En un país modelo para muchos en materia de estabilidad, respeto ciudadano y orden interior, como Japón, no son raras las protestas ante la brutalidad policial contra los extranjeros o el racismo. Un grupo de protestantes “extranjeros” (o sea, coreanos) puede reunir a su alrededor una nube de policías ataviados como personajes de la Guerra de las galaxias, con cascos y armaduras de policarbonato, escudos blindados y tonfas.Estamos habituados a ver imágenes de manifestaciones violentas en otros países. Los que tiran piedras son parte del pueblo, que se rebela contra la injusticia; los que le tiran chorros de agua a presión desde vehículos antidisturbios, gases lacrimógenos, balas de goma, o de verdad, son las fuerzas represivas. Estas imágenes globales no discriminan entre países como Chile, Sudáfrica, Kirguistán o los EEUU, sin ahorrarse los cientos de heridos y docenas de muertos que son su saldo.Las fotos y videos que circulan en medios —como BBC Mundo— por encima de toda sospecha de colusión con el “régimen cubano”, revelan que ni la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), que aquí en Cuba es la única institución policial, ni las tropas especiales del Ministerio del Interior (MININT) o las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), despliegan esos recursos. Seguramente en el Instituto de Ciencias Policiales del MININT se aprende cómo enfrentar escenarios de violencia. Pero ninguna clase o ejercicio equivale a lidiar con 700 personas enardecidas marchando por la calle, bajo el sol del verano —ni de hacerlo por la fuerza si es necesario— aunque sus instrucciones indiquen evitar producirles lesiones o usar medios letales.Este no es un detalle técnico ni circunstancial. Entre las imágenes de las protestas que se hicieron virales en las redes sociales, una docena de manifestantes pone ruedas arriba autos de la policía, e incluso otros vehículos, les salta encima y los destroza. En contraste con cualquier capital de América Latina, no se ven fuerzas que impidan estas agresiones a la autoridad, y que los repriman en ese momento. Al mismo tiempo, algunos policías y civiles, convocados a movilizarse en el teatro del enfrentamiento incurrieron en excesos.Entre los pocos datos disponibles para medir la violencia física está el saqueo de tiendas, en Moneda Libremente Convertible (MLC) y en pesos cubanos (CUP). No hubo ninguno en San Antonio de los Baños; ni tampoco en La Habana hasta después de la comparecencia televisiva del presidente Díaz-Canel (4:30pm). De los 28 asaltos registrados hasta esa hora, el 68% (19) ocurrió en Matanzas, la provincia más afectada por la pandemia; casi todos en Cárdenas (13), donde la combinación entre la caída del turismo de Varadero más la cuarentena ha golpeado un nivel de vida relativamente más alto que el de otros lugares de la provincia. En ese lapso, solo hubo saqueos significativos (4) en Colón (Matanzas), y Güines (Mayabeque); y otros dispersos en Holguín, Bayamo, Güira (1). Luego de la intervención del Presidente, fueron asaltadas 13 tiendas, incluidas 4 en La Habana.La polarización social que evidencia esta violencia es inversamente proporcional a la unidad, o sea, a la construcción de consenso. Además, repercute negativamente en la imagen del país, lo que opera a favor de la piedra angular de la política de EEUU: el aislamiento. Evitar que la batalla ganada en la ONU se pierda en las calles de Cárdenas o el Paseo del Prado es también un interés nacional.Después de haberlo probado todo con Fidel y Raúl, y 25 años después del fin de la Guerra Fría, Barack Obama y su gobierno consideraron que esa política era ineficaz, según su interés nacional. Sin embargo, aunque Joseph Biden, vicepresidente de aquel gobierno, apoyó la normalización, las cosas han cambiado para ellos. ¿Y si Díaz-Canel, sin la sabiduría y experiencia de “los Castro”, no fuera capaz de lidiar, en este momento de vulnerabilidad, con la crisis cubana? Podrían razonar que es mejor no bajarle ahora mismo la candela al bloqueo, sino dejar que siga cocinando la Isla a fuego lento. Como se diría en cubano: ¿cuál es el apuro?  Las protestas ofrecen lecciones a todos los que quieran leerlas. Podrían enseñar a algunos economistas que el éxito de las reformas no depende solo de resolver técnicamente la planificación, el mercado, la empresa estatal socialista o el sector privado, sino de abordar problemas como la redistribución del ingreso, la estratificación del consumo, los espacios económicamente “luminosos” u “oscuros” colindantes, las desigualdades y retrancas territoriales y locales, el estado de las fuerzas productivas llamadas los trabajadores. Han demostrado además a los políticos que el problema de la unidad nacional es el del consenso, y que no se resuelve únicamente con convocatorias y movilizaciones de revolucionarios, sino mediante el diálogo sostenido con todos los ciudadanos. Han evidenciado a los aparatos del Partido, una vez más, que la eficacia de un sistema de medios públicos no es ideológica, sino política, y que se mide por su credibilidad y capacidad de convencimiento (a los no convencidos, naturalmente). Han confirmado que las fuerzas del orden pueden proveer primeros auxilios a los brotes de violencia, pero a costa de otros daños, y que no son ellas las que deberían  lidiar con los problemas sociales y políticos donde se arraiga el disentimiento. Finalmente, les ha demostrado a los políticos estadounidenses que sus alianzas con esta oposición belicosa refuerza la línea dura de los dos lados, y daña el ejercicio real de la libertad y los derechos humanos en Cuba.El denominador común de estas lecciones es la sociedad cubana, con sus luces y sus sombras. Saber descifrar su presente, sin hojas de ruta bipolares, decidirá lo que vendrá.Nota: 1 “Violencia y solución de conflictos”, en Revista Temas # 53, enero-marzo, 2008.

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Contratiempo con síncopa: caso Padilla, cincuenta años después

Poeta de una generación que alcanzó su edad en el puente de los 40-50, junto a Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís, Pablo Armando Fernández, pero que tuvo su real despegue literario con el amanecer de la Revolución, Heberto Padilla tenía un talento indiscutible. Sus libros El justo tiempo humano (1962) y Fuera de juego (1969) lo demuestran. Pero lo que le da un élan particular a su obra, por encima de otros notables poetas de esa misma generación, como Rolando Escardó, José A. Baragaño, Rafael Alcides Pérez, Francisco de Oráa, Carilda Oliver, no fue tanto la calidad de su poesía contestataria, como la puesta en escena que la proyectó, políticamente hablando.El «caso Padilla» respondió a una peculiar combinación de factores: el cambio del contexto político nacional e internacional entre los años 60 y 70; la habilidad de un escritor para construir su disidencia; el manejo político contraproducente por parte del gobierno cubano; el sentido de la lealtad y el compromiso del intelectual en una época particular. En la Unión Soviética del deshielo post-estalinista, bajo Nikita Jrushov, los espectadores se entusiasmaban con las películas de Grigori Chujrai, que desacralizaban a los héroes de la Gran Guerra Patria y el clima de sospecha reinante bajo Stalin. Había colas en las librerías para conseguir Un día de Iván Denísovich, la noveleta de Alexander Solzhenitsyn sobre la vida en un campo de trabajo (gulag). Un poeta como Evgueni Evtushenko podía llenar él solo un estadio de fútbol para escuchar Los herederos de Stalin: «Yo pido a mi gobierno que refuerce la guardia,/ que duplique/y triplique/fuertemente la guardia/en la tumba de tierra donde Stalin está/para impedir que Stalin se levante de ella/a imponer el pasado otra vez.» Recuerdo haber leído estos versos traducidos por Padilla en 1962, mientras se desempeñaba como corresponsal de Prensa Latina en Moscú. Aunque todo lo anterior se difundió en Cuba casi inmediatamente, haber vivido en directo el corto verano del deshielo de Jrushov (sustituido por Brezhnev en 1964) le abrió a este poeta de 30 y pico de años algunas perspectivas.El volumen Fuera de juego atestigua esos vínculos elementales de parentesco. Un jurado formado por los poetas cubanos José Lezama Lima, José Zacarías Tallet, Manuel Díaz Martínez, el peruano César Calvo, y por el profesor y traductor británico John M. Cohen, quien había puesto en inglés a Boris Pasternak —otro de los escritores rusos parametrados por el estalinismo— le otorgan el premio de poesía de la UNEAC en noviembre de 1968. Según el juicio de este ilustre jurado, el poeta Padilla «reconoce que el hombre actual tiene que situarse, contraer un compromiso ideológico, y en Fuera de juego se sitúa del lado de la Revolución, se compromete con la Revolución y adopta la actitud que es esencial al poeta y al revolucionario: la del inconforme,» «no ser apologético, sino crítico, polémico, y estar vinculado a la idea de la Revolución como la única solución posible» para los problemas que lo obsesionan, «los de la época que nos ha tocado vivir.» Sin embargo, la directiva de la UNEAC opinaba diferente y en vano convocó a una reunión con los miembros del jurado para que revisara su fallo. El encuentro, no obstante, «luego de un amplísimo debate, que duró varias horas, en el que cada asistente se expresó con entera independencia» logró «por unanimidad» varios acuerdos que fueron publicados en una declaración. Uno de estos acuerdos fue que los textos premiados que causaron la polémica —Fuera del Juego, de Heberto Padilla, y en teatro, Los siete contra Tebas, de Antón Arrufat— iban a ser publicados con «una nota del comité director de la UNEAC expresando su desacuerdo con los mismos por entender que son ideológicamente contrarios a nuestra Revo­lución.» Resuelta a enmendar esa percibida debilidad, en la declaración se emplaza a Padilla por su escepticismo, que cierra «todos los caminos: el individuo se disuelve en un presente sin objetivos y no tiene absolución posible en la historia;» sino «abjurar de su personalidad y de sus opiniones para convertirse en una cifra dentro de la muchedumbre y disolverse en la masa despersonalizada.»Heberto Padilla: El único tren, perdidoLa susodicha nota del comité director de la UNEAC a modo de prólogo a Fuera de Juego, fechado el 15 de noviembre de 1968 afirma que «esa poesía y ese teatro sirven a nuestros enemigos, y sus autores son los artistas que ellos necesitan para alimentar su caballo de Troya a la hora en que el imperialismo se decida a poner en práctica su política de agresión bélica frontal contra Cuba.» Aunque acaba derivando el juicio definitivo a «la conciencia revolucionaria del lector que sabrá captar qué mensaje se oculta entre tantas sugerencias, alusiones, rodeos, ambigüedades e insinuaciones,» deja claro que la dirección de la UNEAC rechaza su contenido político, lo que considera saludable, porque profundiza y fortalece a la Revolución, al «plantear abiertamente la lucha ideológica.»  Los hechos posteriores revelan que, lejos de aislar políticamente a Padilla, este prólogo de denuncia contribuyó a exaltarlo más allá de las antologías de poesía cubana, y ponerlo en camino al estrellato de intelectual disidente. Como apuntó luego Roberto Fernández Retamar, «la corona del desacierto» llegaría al auspiciar, en la propia UNEAC, la autocrítica de Padilla, apenas dos años después, el 27 de abril de 1971.PublicidadMe he extendido al citar los textos anteriores, que no se han republicado después en Cuba, porque resultan aleccionadores sobre el hilo de nuestra historia. La autocrítica de Padilla sí se dio a conocer, casi de inmediato, en la revista Casa,1 junto a la polémica suscitada instantáneamente fuera de Cuba, y que como conjunto forman el dossier del «caso Padilla.» Una recopilación bastante completa de toda esta polémica acaba de ver la luz en el sitio digital de la propia Casa, con un prólogo explicativo y, muy especialmente, con reflexiones recientes de otros escritores, que lo iluminan desde nuevos ángulos.La autocrítica de Padilla pertenece a un género de documentos, como el juicio de Marquitos (1964), la postura de Cuba ante la invasión a Checoslovaquia (1968), el Congreso de Educación y Cultura (1971), los debates de la Biblioteca Nacional (1961) e incluso las propias Palabras a los intelectuales, que muchos citan y comentan de oído, sin apenas haberlas revisado. Aunque ninguna glosa de esa autocrítica de Padilla se acerca a la experiencia de leerla, desde la perspectiva ventajosa del tiempo, quiero apuntar algunos comentarios telegráficos.Padilla, símbolo de un conflictoSu contenido, tópicos, léxico, giros, redundancias, sus vueltas y revueltas, sus círculos concéntricos, su coherencia, serían buen tema para tesis de grado, que pusieran a prueba algunas verdades aceptadas. Por ejemplo, podrían demostrar cómo la autoflagelación de Padilla se vuelve inverosímil después de la primera media hora. Lo hace de varias maneras. Una es que construye sus argumentos desde el reverso del sentido común, lo que subraya la ilógica de su crítica —a la manera clásica de Marco Antonio en el Julio César de Shakespeare. Para «atacar» a otros escritores renegados, no solo los declara «agentes de la CIA», sino simula desacreditar sus méritos literarios: «¿Y qué valores artísticos excelentes y extraordinarios puede aportar la novela de Guillermo Cabrera Infante, Tres tristes tigres?» Asimismo, cuando subraya la nimiedad de su propia obra y la futilidad de su soberbia, frente a la grandeza de la Revolución, y alude, como de paso, a  los intelectuales «de primera fila» que le otorgaron el premio de la UNEAC. Un análisis de su léxico podría constatar que no solo se apropiaba de los adjetivos que la directiva de la UNAC usó en el prólogo a Fuera de juego, sino de los más frecuentes en la andanada de críticas publicadas por Verde Olivo, con el pseudónimo Leopoldo Ávila. A fuerza de repetidos, esos adjetivos eran el espejo de una caricatura de contrición: derrotista, resentido, amargo, pesimista, ambiguo, antihistórico, traidor, confundido, conflictivo, venenoso, vanidoso, provocador. Demasiadas autoinculpaciones para no suscitar sospechas.Con todo, el clímax de la parodia de autocrítica de Padilla no estuvo en el informe sobre sí mismo, ya incalificable, sino sobre otros. Así, cuando afirma que si hay «un sector políticamente a la zaga de la Revolución, políticamente a remolque de la Revolución, es el sector de la cultura y del arte. Nosotros no hemos estado a la altura de esta Revolución.» En buen cubano, el poeta echó p’alante (o sea, delató, acusó) a sus propios amigos y compañeros de letras, entre ellos, César López, Pablo Armando Fenández, Manuel Díaz Martínez, Norberto Fuentes, David Buzzi, e incluso José Lezama Lima, por compartir sus debilidades y ese lado «enfermizo de la personalidad creadora,» que otros llamarían veinte años después «las partes blandas de la sociedad cubana.»Un amigo presente en la sala de la UNEAC me contaría cómo él y la esposa de Norberto Fuentes lo convencieron de rechazar aquellas inculpaciones que lo ponían como contrarrevolucionario. De manera que, a pesar de haber felicitado primero a Padilla por su honestidad y haber asumido sus errores, pidió la palabra por segunda vez, y lo refutó todo. Esa recapacitación lo dejó solo. Mientras, todos los demás compartieron la autocrítica, quizás por miedo a las evidencias con que Padilla podría sustentar sus acusaciones, pero sobre todo porque creían realmente en el compromiso y sentido de lealtad con la Revolución, por encima de todo. Aunque pasaron años en ocupaciones alejadas de la literatura, como trabajadores de imprenta, bibliotecarios, traductores, ninguno quiso irse del país. Norberto recibiría, según mi amigo, un tratamiento diferenciado que vino de muy arriba, y que le permitiría escribir su libro sobre Hemingway.Resulta difícil entender hoy cómo las autoridades, las del gobierno y las de la UNEAC, pudieron haberse sentido contentas con aquella sesión de autocrítica que, lejos de fortalecer el espíritu revolucionario, producía una impresión funesta en todas partes: «el comunismo cubano había llegado a su etapa estalinista.» Como para avalar aquella percepción, en aquellos  mismos días se clausuraba el Congreso de Educación y Cultura, con una declaración que inauguraba el Quinquenio gris (1971-76). Dicen los músicos que la sincopa se prolonga hasta el tiempo siguiente; y que el contratiempo reemplaza los tiempos fuertes por silencios. Efectos prolongados y silencios acompañaron lo que vino después.Nota:1 Heberto Padilla, «Intervención en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba», revista Casa de las Américas número doble 65-66, marzo-junio, 1971, pp. 191-203.

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A cappella con lead

El conocimiento como base para la construcción de consenso y para el diálogo con el disenso.
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Allegro bárbaro

“En este contexto cultural insólito por su diversidad, vibración, democratización de la cultura, donde todo se aceleraba, tuvieron lugar los encuentros en la Biblioteca Nacional donde artistas y escritores dialogaron con el liderazgo revolucionario.”
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Andante con moto

El tejido social cubano de los 60 estaba atravesado por sus propias contradicciones, expuesto a políticas generadas desde el poder revolucionario, e impulsaba la transformación cultural de la gente.
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Moderato cantabile

Aquellos debates de los 60, los del cine, la literatura, y también los de la economía política del socialismo, tenían un nivel excepcional, incluidos los protagonistas de los dos bandos. Ninguno tocaba de oído, ni era un improvisado, ni usaba consignas como si fueran argumentos.
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