Con tinta negra

Sin embargo, los cubanos

El Embargo no es un mito. Es real. Abrumadoramente real. Un agobio. Manto invisible pesando sobre la existencia cotidiana. Pregúntenle sino a los millones de cubanos cuyas vidas, en la isla, son estructuradas en torno a la constante búsqueda de alimentos, medicinas, productos de aseo. Pregúntenle a quienes dependen de los dólares enviados regularmente por sus parientes en los Estados Unidos, que de súbito hallaron truncada esta entrada a causa de las nuevas restricciones sobre las remesas implementadas durante la administración de Donald Trump.Pero no debe olvidarse que concomitante al Embargo va el inseparable Contraembargo —como podríamos llamar a las reacciones por su parte lanzadas por el gobierno cubano: una extensa lista de medidas y acciones dentro de las que se incluyen la opacidad e improvisación de las políticas financieras y económicas, la errática distribución de productos de consumo y recursos energéticos, el desorganizado comercio interior, el desatino agrícola.Atrapados en la intrincada red tejida dentro de la trasnochada Guerra Fría, por décadas cubanos en una y otra orilla del estrecho de la Florida lamentan la ausencia de padres, hijos, hermanos, esposos, amantes, amigos. Es asimismo indiscutible que los obstáculos restringiendo la libre circulación monetaria, de bienes y personas, afectan a la mayoría de los cubanos, dentro y fuera de la isla. Nunca sobra entonces volver a preguntarnos dónde ha quedado el origen de este demasiado largo y doloroso impasse. Habiéndose iniciado en los tempranos 1960s, ¿se han borrado ya las condiciones que posibilitaron la fragua del Embargo y el Contraembargo? ¿Podrían estas haber sido absorbidas por la historia, o persisten inmutables? En otras palabras, ¿qué o quiénes mantienen vigentes la confrontación original, la polaridad generadora del Embargo y el Contraembargo? Y, más importante aún, ¿por qué lo hacen?Excepto durante aquellos raros días en que a Obama le dio por aflojar tiranteces, las retóricas oficiales se mantienen más o menos invariables desde los años 1960. La presión ejercida por ambos gobiernos persiste en su sostenido pugilato.En el medio, comprimido, queda siempre el pueblo. Aguardando. En interminables colas. Y mientras esperando se agotan, hablan entre sí: de huracanes, de los estragos de COVID, de telenovelas, de lo mala que está “la cosa” … Todo menos aludir directamente al Embargo, al que parecen mirar como un quiste demasiado antiguo que nadie consigue extirpar. Mientras, avanza la gangrena.Al Embargo se le menciona, por otra parte, ad libitum en el Noticiero y la Mesa Redonda, en Granma y La Jiribilla, en tribunas y sesudas o tendenciosas, rápidas o mesuradas entrevistas. Recurren a él políticos de la izquierda y la derecha, actrices, académicos, expresidentes y cantantes. Hace pocos días, en absoluto desconocimiento del extenso trabajo de historiadores y científicos sociales, culturales y políticos hubo quien presentó al Embargo como razón primera de la pervivencia del racismo en la isla. Casi al unísono, otros declaran con aplomo que no debe facilitarse el envío de remesas, porque no resultará beneficiada la población negra. Todos, en definitiva, quieren su caramelo cuando al final de tan intenso tironeo se rompa la piñata: Embargo sí, Embargo no. ¿Quién va a ganar? Cualquiera, pero ¿será el pueblo cubano?Curiosamente, ese pueblo, que es quien más descarnadamente sufre el Embargo, poco lo nombra con todas sus letras. Tal vez, porque intuyen que no son para ellos los caramelos contenidos en la piñata. Nunca lo han sido. Saben que no es en el interminable careo en torno al Embargo que se resolverán todos sus problemas. Que hay más, mucho más que transformar en el seno de la sociedad cubana. El pueblo en las calles —esperando en colas o buscándose la vida como puede o protestando porque sabe que merece una vida mejor— es consciente de que las soluciones sólo pueden emanar cuando se abandone la rígida oposición ideológica y se abracen posibilidades situadas más allá de la obsoleta y opresiva polaridad en que hasta hoy se ha mantenido la vida insular.“Pero entiéndelo, brother, tómalo como quieras: la política no cabe en la azucarera”, cantaba ya en 1995 Carlos Varela. Y toda la compleja sencillez del dilema cubano quedaba encerrada en una sola frase.Publicidad[embedded content]El futuro del pueblo cubano, no el de los políticos que nunca han escuchado a consciencia a Carlos Varela y desde uno y otros bandos insisten en utilizar en provecho propio su miseria y su dolor, fuerza y resistencia, exige una osadía mayúscula: desasirse de los acostumbrados binarismos. Se impone acabar de dar el salto por encima de la sempiterna confrontación entre la izquierda y la derecha. Toca echar al basurero discursos de toda una vida, olvidar los slogans y reconsiderar pactos y promesas sellados a la ligera, por costumbre —todas las mañanas en que repetimos, “¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Ché!” ¿De veras? ¿Por qué serlo? ¿Por qué lo seríamos todos? ¿Por qué el Ché, o el comunismo?Todo podría ser o no ser. Es la propuesta fundamental hacia una vida sin los asideros de siempre, esos que por ahora no nos han traído hasta ningún puerto seguro. Ni Embargo ni Contraembargo. Mejor apostar por los territorios todavía desconocidos que se alojan detrás de la disquisición obstinada, por los espacios que sólo puede engendrar la imaginación desenfrenada. Si nos quedamos solamente culpando al Embargo de todos los males de Cuba y esperando que su levantamiento opere milagros, perdemos la oportunidad de mejorarnos. Hay que vencer de una vez el temor a mirarse desnudos en el espejo. ¿Embargo no? ¿Embargo sí?  Lo que importa es escuchar y responderle humanamente al pueblo; que ahí está, que ahí sigue, sin embargo.

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Sin embargo, los cubanos

El Embargo no es un mito. Es real. Abrumadoramente real. Un agobio. Manto invisible pesando sobre la existencia cotidiana. Pregúntenle sino a los millones de cubanos cuyas vidas, en la isla, son estructuradas en torno a la constante búsqueda de alimentos, medicinas, productos de aseo. Pregúntenle a quienes dependen de los dólares enviados regularmente por sus parientes en los Estados Unidos, que de súbito hallaron truncada esta entrada a causa de las nuevas restricciones sobre las remesas implementadas durante la administración de Donald Trump.Pero no debe olvidarse que concomitante al Embargo va el inseparable Contraembargo —como podríamos llamar a las reacciones por su parte lanzadas por el gobierno cubano: una extensa lista de medidas y acciones dentro de las que se incluyen la opacidad e improvisación de las políticas financieras y económicas, la errática distribución de productos de consumo y recursos energéticos, el desorganizado comercio interior, el desatino agrícola.Atrapados en la intrincada red tejida dentro de la trasnochada Guerra Fría, por décadas cubanos en una y otra orilla del estrecho de la Florida lamentan la ausencia de padres, hijos, hermanos, esposos, amantes, amigos. Es asimismo indiscutible que los obstáculos restringiendo la libre circulación monetaria, de bienes y personas, afectan a la mayoría de los cubanos, dentro y fuera de la isla. Nunca sobra entonces volver a preguntarnos dónde ha quedado el origen de este demasiado largo y doloroso impasse. Habiéndose iniciado en los tempranos 1960s, ¿se han borrado ya las condiciones que posibilitaron la fragua del Embargo y el Contraembargo? ¿Podrían estas haber sido absorbidas por la historia, o persisten inmutables? En otras palabras, ¿qué o quiénes mantienen vigentes la confrontación original, la polaridad generadora del Embargo y el Contraembargo? Y, más importante aún, ¿por qué lo hacen?Excepto durante aquellos raros días en que a Obama le dio por aflojar tiranteces, las retóricas oficiales se mantienen más o menos invariables desde los años 1960. La presión ejercida por ambos gobiernos persiste en su sostenido pugilato.En el medio, comprimido, queda siempre el pueblo. Aguardando. En interminables colas. Y mientras esperando se agotan, hablan entre sí: de huracanes, de los estragos de COVID, de telenovelas, de lo mala que está “la cosa” … Todo menos aludir directamente al Embargo, al que parecen mirar como un quiste demasiado antiguo que nadie consigue extirpar. Mientras, avanza la gangrena.Al Embargo se le menciona, por otra parte, ad libitum en el Noticiero y la Mesa Redonda, en Granma y La Jiribilla, en tribunas y sesudas o tendenciosas, rápidas o mesuradas entrevistas. Recurren a él políticos de la izquierda y la derecha, actrices, académicos, expresidentes y cantantes. Hace pocos días, en absoluto desconocimiento del extenso trabajo de historiadores y científicos sociales, culturales y políticos hubo quien presentó al Embargo como razón primera de la pervivencia del racismo en la isla. Casi al unísono, otros declaran con aplomo que no debe facilitarse el envío de remesas, porque no resultará beneficiada la población negra. Todos, en definitiva, quieren su caramelo cuando al final de tan intenso tironeo se rompa la piñata: Embargo sí, Embargo no. ¿Quién va a ganar? Cualquiera, pero ¿será el pueblo cubano?Curiosamente, ese pueblo, que es quien más descarnadamente sufre el Embargo, poco lo nombra con todas sus letras. Tal vez, porque intuyen que no son para ellos los caramelos contenidos en la piñata. Nunca lo han sido. Saben que no es en el interminable careo en torno al Embargo que se resolverán todos sus problemas. Que hay más, mucho más que transformar en el seno de la sociedad cubana. El pueblo en las calles —esperando en colas o buscándose la vida como puede o protestando porque sabe que merece una vida mejor— es consciente de que las soluciones sólo pueden emanar cuando se abandone la rígida oposición ideológica y se abracen posibilidades situadas más allá de la obsoleta y opresiva polaridad en que hasta hoy se ha mantenido la vida insular.“Pero entiéndelo, brother, tómalo como quieras: la política no cabe en la azucarera”, cantaba ya en 1995 Carlos Varela. Y toda la compleja sencillez del dilema cubano quedaba encerrada en una sola frase.Publicidad[embedded content]El futuro del pueblo cubano, no el de los políticos que nunca han escuchado a consciencia a Carlos Varela y desde uno y otros bandos insisten en utilizar en provecho propio su miseria y su dolor, fuerza y resistencia, exige una osadía mayúscula: desasirse de los acostumbrados binarismos. Se impone acabar de dar el salto por encima de la sempiterna confrontación entre la izquierda y la derecha. Toca echar al basurero discursos de toda una vida, olvidar los slogans y reconsiderar pactos y promesas sellados a la ligera, por costumbre —todas las mañanas en que repetimos, “¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Ché!” ¿De veras? ¿Por qué serlo? ¿Por qué lo seríamos todos? ¿Por qué el Ché, o el comunismo?Todo podría ser o no ser. Es la propuesta fundamental hacia una vida sin los asideros de siempre, esos que por ahora no nos han traído hasta ningún puerto seguro. Ni Embargo ni Contraembargo. Mejor apostar por los territorios todavía desconocidos que se alojan detrás de la disquisición obstinada, por los espacios que sólo puede engendrar la imaginación desenfrenada. Si nos quedamos solamente culpando al Embargo de todos los males de Cuba y esperando que su levantamiento opere milagros, perdemos la oportunidad de mejorarnos. Hay que vencer de una vez el temor a mirarse desnudos en el espejo. ¿Embargo no? ¿Embargo sí?  Lo que importa es escuchar y responderle humanamente al pueblo; que ahí está, que ahí sigue, sin embargo.

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Entre cubanos

No sé cómo ni cuándo ni a quién le llegue este texto, porque los relojes y brújulas de todos los cubanos decentes andan dislocados. Desde que estallaran las protestas del pasado 11 de julio, sacudiendo a la isla entera y alcanzado a sus hijos, donde quiera que estén; no dormimos, comemos cualquier cosa, respondemos a medias y olvidamos cuanto hacemos o dijimos apenas minutos atrás. Los cuerpos se mueven mecánicamente en espacios que no reconoce, porque la mente y el corazón están en otra parte: Cuba.Es difícil escribir. Es difícil pensar. Todas nuestras energías están dominadas por el dolor y la rabia. Hubo estupefacción: ¿Cómo es posible que las Unidades de Tropas Especiales que son entrenadas para defender al país de ofensivas enemigas, se ensañen con tal violencia sobre el pueblo desarmado? ¿Desde cuándo esa masa se convirtió en “el enemigo”? Duele el recuerdo de la furia emanando de otras fuerzas militares, la policía, los civiles que no resistieron al llamado del presidente Miguel Díaz-Canel aún si iban a enfrentarse y golpear a sus vecinos, parientes, colegas, amigos.Pero a la estupefacción han seguido la rabia y el dolor.En eso estamos ahora, inmersos en el dolor, que ha logrado unir a la mayoría de los cubanos. En apenas una semana, el dolor colectivo devino marea arrasando con nuestras infinitas diferencias —ideológicas y políticas, culturales, raciales, sexuales, socioeconómicas o geográficas—, para colocarnos unos junto a los otros, compartiendo no sólo el dolor sino también el consuelo y las respuestas que nos salven y nos permitan continuar.11-J en Cuba: sobre lo bueno y lo justoAquí estamos. Juntos, como estuvieron en las marchas pacíficas el joven marxista Frank García Hernández, los activistas LGTBQ Maikel González Vivero y Mel Herrera, el artista disidente Luis Manuel Otero Alcántara, el actor y dramaturgo Yunior García Aguilera. Con ellos, protestaban también tantos cubanos y cubanas dentro de todo el espectro de ocupación y edades; negros, blancos y todo lo demás; mujeres, hombres y de género sólo por ellos definido; gente de pueblo, gente urbana; los apacibles y los impulsivos. Todos, manifestando su descontento y luego reprimidos y lanzados a los camiones y encerrados no sabemos dónde. Todos. Estamos juntos, y sin haber sido oficialmente convocados. Nuestra unidad es espontánea.Es una pena que sea el dolor lo que nos junte. Pero así es. Ahora, lo que corresponde es aprovechar el inesperado resultado de este lacerante capítulo de la historia nacional. Podemos sacar fuerzas del dolor para mantenernos alertas y fuertes y ayudarnos todos. En algún momento, tal vez ya, tocará comenzar a sanar las heridas: en el rostro, brazos, piernas. Sanar las heridas del alma. Conscientes, sin embargo, de que sanar no es olvidar. Hemos de animarnos y ayudarnos recíprocamente a recuperar las energías que necesitaremos para llegar a mañana; y, lo que es todavía más importante, para crearlo.A todos nos ha resultado durante los últimos días casi imposible contactar con nuestros familiares y amigos en la isla. A mi madre y a mí, bajo el asedio de la pandemia, se nos había instalado la costumbre de conversar cada noche por WhatsApp. Era esa la diaria oportunidad con que contábamos para estar al tanto la una de la otra, consolarnos y alentarnos mutuamente. Tras el 11 de julio, las obstrucciones impuestas a los servicios de comunicaciones en la isla han prácticamente impedido el mantenimiento de ese ritual. Mi madre vive sola en La Habana y, como muchos otros, sufre aun más en estos días. En las raras ocasiones en las que durante esta semana hemos logrado conversar, me esfuerzo en ofrecerle aliento. Le pido que resista, pero enseguida me arrepiento de haberlo dicho. ¿Cómo pedirle algo así a quienes permanecen en la isla, si no han hecho otra cosa que resistir desde hace más de 60 años?PublicidadQuisiera poder hacerla reír, aunque sea por unos segundos, para invocar el momento futuro en que volvamos a hacerlo juntas. En que podamos abrazarnos nuevamente, todos los cubanos. Traigo cerca de mí, entonces, una vieja imagen de la Virgencita del Cobre, que perteneciera a mi abuela. Nuestros difuntos pueden traernos el amparo que necesitamos. Pienso en mis ancestros. Entreveo los cuerpos de los africanos forzados a abandonar su condición humana al ser marcados con hierro candente como reses, lanzados a la inmunda bodega del barco, vendidos, mutilados, violados y asesinados. ¿Cómo se mantuvieron mis ancestros esclavizados, para que gente negra como yo sobrevivamos aún en las Américas? La misma fuerza, insuflada por el pasado africano que ya no recuperarían, es la que puede ayudarnos ahora, por lo menos a mi madre y a mí. Sé que será igual con los demás. Recurramos a esa fuerza puede venir de cualquier parte: algún paraje africano o europeo, algo enterrado por los indígenas en suelo cubano, lo que esconde Olokún en el fondo del océano, lo mejor de la historia de esta isla. Donde sea, tomemos las energías que nos ayuden a resistir, a perdurar.

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4 de julio: callejeo, espero

4 de julio. Elsa es la realidad: una tormenta más arremetiendo contra Cuba. Es lo incierto. Pánico. La impotencia.Pero vivo en Filadelfia y es 4 de julio, insisto. Y es también domingo, día en que se me exacerba la pereza. Desde los ventanales de mi apartamento, puedo ver tranquilamente la mañana soleada trocándose en tarde lluviosa y, en la noche, el espectáculo de los fuegos artificiales. Mas no aguanto la modorra —Elsa u otro arrebato o una gran tristeza que no consigo comprender me lanzan a las calles. Vivo cerca de los lugares “sacros”: la campana de la libertad, la casita donde Betsy Ross cosió la primera bandera, tantos edificios antiguos ante los que se detienen con actitud exaltada los turistas; se me confunden las placas conmemorativas, pierdo el sentido… Suelo pasar junto a la tumba de Benjamin Franklin, camino a una tienda de antigüedades que visito regularmente. Casa de Betsy Rose, 239 Arch Street, Philadelphia. Foto: Wikipedia.Vivir en Filadelfia es como vivir en Santiago de Cuba, jugueteo a veces. Demasiadas esquinas significativas, estatuas y objetos memorables pueden abrumar la existencia cotidiana. Pero como hoy es 4 de julio, me dejo embriagar por la parafernalia patriótica.Vagabundeo, pues. Como si este amago de extravío fuera a depararme un destino diferente a todo lo preconcebido. Torcer mi suerte. Siempre lo he intentado; saltando de una orilla a la otra del Atlántico como emigrada que soy. Flâner, se le llama a esta costumbre mía en París, donde sentía la misma incomodidad el día de la fiesta nacional. También en París viví por una época cerca de los sitios de más intenso temblor histórico; era difícil no caer en el epicentro del jubileo, la Bastille, cada 14 de julio.Siempre julio: 4, 14, 26. Me pregunto en qué consiste el sex appeal del mes de julio para las efemérides libertarias. Aunque la que con mayor brío levanta mis instintos celebratorios no ocurre en julio sino en enero: 1ro de enero de 1804, día en que fue proclamada la independencia de Haití, en que fue instaurada la primera república latinoamericana, por hombres y mujeres negros, esclavizados, que se emanciparon a sí mismos y de un tajo crearon un país propio. Empobrecido, pero propio. Un país negro en medio de Occidente. Entretanto, las otras revoluciones y repúblicas nos relegaron siempre a un espacio subalterno dentro de la democracia planeada, siempre en un escaño inferior, siempre trayéndonos a la escena civil con titubeo y desconfianza. Ya no se esconde más la ambigua posición de Thomas Jefferson, que, mientras aparentemente apoyaba la gradual abolición de la esclavitud, en toda su vida apenas se dignó liberar dos de los más de 600 esclavos que poseyó. Carlos Manuel de Céspedes, por su parte, se abrogaba el derecho de declarar libres a los cimarrones apalencados, siempre y cuando se incorporasen al Ejército libertador, luchando bajo el mando de los líderes independentistas —muchos de ellos, sus antiguos amos. ¿No se nota la paradoja en la propuesta de “liberar” a cimarrones que ya se habían procurado por sí mismos la libertad?Pero, volviendo a Filadelfia, hoy, en mi deambular, pasé por un costado del Carpenters’ Hall, donde el Congreso Continental firmó la Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776. Los guías gritaban y gesticulaban con mayor fervor que de costumbre, seguidos por grupos de turistas más circunspectos que de costumbre. Mis calles de todos los días estaban sin embargo desiertas. Yo había salido de casa con la esperanza de descubrir cómo el pueblo de Filadelfia, festejaba su día nacional; para toparme casi exclusivamente con turistas. Se me hizo fácil imaginar que ya mis vecinos estaban seguramente en la playa o en el campo o abriendo las primeras cervezas a punto de comenzar el barbecue familiar. Carpenters’ Hall. Foto: carpentershall.orgA cada cual su barbecue. El mío no es hoy, fue exactamente una semana atrás en un patio berlinés, en casa de mi padre, otro emigrado. Y los emigrados festejamos cuando podemos y como podemos, en julio como en enero… Mi familia y mis amigos andan casi todos desperdigados por el mundo; por lo que a mí no me queda más remedio que perseguirlos, de país en país, mendigando un cariño que dura siempre poco: apenas los días de mi estancia en Berlín, Coímbra, Madrid, París… La Habana. Allí quisiera ahora mismo estar. Llegar antes que Elsa, la atribulada, y correr a abrazar a mi madre. Pero no puedo. Cuando par de meses atrás recibí la segunda dosis de mi vacuna, completando el ciclo de las inmunizaciones contra el coronavirus, me sentí liberada y de inmediato empecé a hacer planes para viajar a La Habana… sólo para que una tras otra mis reservaciones hayan sido canceladas por las aerolíneas. Más de 3500 casos diarios. No escampa. Encima, se acerca Elsa.En mi horizonte, aun si no es noche completa, comienzan a estallar los fuegos. De vuelta estoy en casa, acomodándome junto a la ventana para verlos mejor. Me pierdo algo de la pirotecnia, sin embargo, pues sigo las noticias que describen otro cielo. Acecho a Elsa, que, según avisa el licenciado Rubiera en la televisión cubana, avanza a estas horas desorganizada, indecisa a las puertas de Cuba. No se sabe qué pueda traer.PublicidadVa ya anochecido de veras y los fuegos artificiales arrecian. Sirenas de ambulancia. O la policía. No recuerdo dónde estoy. Soy una inmigrante.Dicen que llegan vuelos desde Madrid y Moscú, con turistas ávidos de veranear en las playas cubanas, ahora desiertas. Llevan euros, o rublos, monedas aceptadas en la isla. Dicen que viajan también muchos cubanos desesperados. Harán cuarentena antes de poder reunirse con sus familias.No lo entiendo muy bien. Yo no entiendo más que el dolor. Se mezclan en mi mente los mensajes de los viajes cancelados, con las fotos satelitales de Elsa y las curvas registrando los casos de COVID, con la tasa de cambio de dólares en euros, o rublos o yuanes ¿por qué no? Pienso en el artículo que leí esta mañana sobre la Ruta de la Seda y los festejos por el centenario del Partido comunista chino; pero me interrumpen los fuegos. Grandiosos, hipnóticos, incluso para alguien como yo, que nunca ha conseguido entender la dinámica emocional de los fuegos artificiales.Es 4 de Julio, ¿cómo olvidarlo?Mucho antes de establecerse en Miami en el 2001, repatriarse a La Habana en el 2013, para luego regresar a los Estados Unidos, Manolín “El Médico de la Salsa” lanzó un tema cuya pegajosa frase “te fuiste, y si te fuiste perdiste; yo no, yo me quedé”, se escuchaba en todas las discotecas cubanas. Probablemente hasta sonaba en las bocinas del aeropuerto José Martí cuando en 1995 me marché a París. En ocasiones, de agarrarme la sensiblería aritmética, descubro que llevo más años viviendo fuera de la isla que adentro. También, perfectamente recuerdo cuándo decidí marcharme, en pleno Período especial. Fue durante una tarde de apagón en 1993, casi de noche, mientras hacía cola en la carnicería para comprar algo llamado pasta de oca —tenía que ser así, pues sin electricidad para hacer funcionar los frigoríficos y mantener fría la mercancía, había que despacharla en el momento mismo en que la descargaba el camión. Yo me preguntaba si no debía estar entonces preparándome para un examen que tenía al día siguiente, en vano me torturaba imaginando cómo hubiera sido mi día de estudiante de estar en otro país. Pero mi pregunta carecía de sentido, porque yo vivía sola con mi abuela, que andaba además enferma por aquellos días; y todo lo que tenía que hacer era permanecer de pie en la cola, hasta que llegara mi turno para comprar la cantidad que me había sido asignado consumir de la misteriosa pasta de oca. La pregunta sólo tenía en realidad una respuesta, concretada dos años después según me convertía en emigrada.Ahora, si me es permitido, doy viajes de una esquina a otra del planeta recuperando retazos, procurando recomponer lo roto. Y callejeo mientras pienso y espero. Son demasiados meses pendientes de mi madre a través de mensajes y llamadas. No me canso de repetirlo: no importa la edad, necesitamos siempre la madre. No importa cómo sea su estilo de maternidad, iremos a ella, la buscamos bajo cualquier circunstancia.Termino por cerrar las ventanas y correr las cortinas. Afuera siguen los fuegos. Tal vez, el próximo mes, suspiro, dejen de cancelarme los vuelos. El olor de la carne de mi madre no ha de llegarme nunca por WhatsApp.

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