Ciudadanía

Por qué le creo a Leonardo Romero, por qué creer en él

Se trata de la curiosidad y de la ausencia de curiosidad. Del pudor. Del beneficio de la duda que se otorga o no. Todo eso ante un evento único de su tipo en 60 años: las protestas del 11 de julio de 2021. Pero sobre todo se trata del eco, de la resonancia que produce en el Periodista, acaso por primera vez, el testimonio de Leonardo Romero Negrín, 22 años, un estudiante de Física de la Universidad de La Habana detenido y conducido a varias estaciones de policía, donde lo recibió una especie de aparato o sistema procesador de golpes que solo se concebía fuera de Cuba.
El testimonio “Abusos a manifestantes en Cuba: necesidad de una Comisión de Verdad y Reconciliación”, publicado por La Joven Cuba el lunes 19 de julio, estremeció a varios usuarios en las redes sociales. Se compartió y comentó como prenda de brutalidad policial contra manifestaciones vinculadas a la libertad de expresión. Pero con un plus, que el Periodista podría describir como: “un texto más real y doloroso que cualquier otro anteriormente publicado”.
La entrevista, que aparece firmada por el Consejo Editorial del medio, se consume en formato pódcast y texto. Leonardo describe varios momentos donde él y otros detenidos son golpeados a puño, patadas, y con objetos contundentes de fabricación industrial y artesanal, como tonfas o un trozo de madera. Es una descripción minuciosa, contada con una inteligencia inocente y no enfocada en la eficacia del texto.
Si el testimonio de Leonardo Romero es real, los policías que lo maltrataron a él y a un grupo de detenidos encontraban disfrute en la tortura, repetían un patrón de violencia. Hay un momento en que un agente uniformado le pega con la cabeza a Leonardo en el tabique, al estilo de series de mafia rusa, y le dice: “Por mercenario”. Luego lo conducen a la estación de policía de Zanja y después a la prisión de menores del Cotorro, donde sufre más golpizas y vejaciones.
Su lectura impresiona porque desgarra a quienes aun sabiendo y sintiendo que en la Isla existe una férrea dictadura, como es el caso del Periodista, simpatizan todavía con “algo”, que incluso cuesta describir luego de dicha lectura, porque ese “algo” parece importante solo si se vive en un equívoco. El Periodista cree que ese “algo” está hecho de afectos, de figuras cercanas y no de categorías teóricas. Ese “algo”, ahora roto o violado, está hecho de una percepción a priori, por defecto, de que se vive en una casa decente en medio de un barrio indecente y disfuncional. Un hogar que se habita percibiendo la necesidad de paz y que esa paz tiene un precio: un Padre. Esa cultura de tener un Padre viene acompañada también de una cultura de precio y sacrificio: hay que pagar un precio, hay que hacer un sacrificio, y este es directamente proporcional al poder que ejerce el Padre. Si el Padre es excesivamente mandón, sea cual sea el beneficio, la energía que despliega su mandato exige un similar despliegue de obediencia, que puede pasar el limite que acepta la dignidad.
Entonces, tenemos en el hogar a un Padre demasiado ocupado en prohibir y controlar. Un Padre que, en su versión amable, manda a callar o a bajar la voz si alguien o algo pervierte su lectura del diario, o si alguien se mueve mucho a su alrededor o fuera de su control. Un Padre sacrificado que expone a toda hora su esfuerzo, su desvelo y las dificultades que atraviesa para lograr esa paz tensa que no existe fuera, en el sucio barrio. Cuestionar a este Padre parece inútil en la práctica, porque censura en vez de escuchar y castiga a quienes lo critican, haciendo un uso velado de la fuerza. Es sumamente complicado y estresante discutir cualquier decisión; los habitantes de la casa mastican y tragan por miedo e, incluso, por agradecimiento.
El testimonio de Leonardo revela hasta dónde sería capaz de llegar el Padre si un evento amenaza su intento sistemático de mantener la paz. El Padre despliega la fuerza sobre quienes habitan la casa; arroja al suelo a quienes alzan la voz. De este choque cuesta levantarse sin tener una revelación doble: a) el Padre puede volverse indecente y soez, como el resto de los padres del barrio (desaparece así el velo de excepcionalidad que cubría al hogar); y b) tal despliegue de fuerzas trasciende, rasga en dos la paz y deja entrever que el Padre se cree empoderado sobre el conocimiento. El Padre se siente portador de una verdad última.
El Periodista conocía la segunda revelación (“b”) dado que su oficio tiene que ver con la búsqueda de la verdad o la justicia; y precisamente por esto, en su forma crítica e independiente, es prohibido en Cuba. Por ejercerlo ha recibido advertencias directas e indirectas de los órganos represivos del Padre, mas no tenía una idea exacta de la primera revelación (“a”), aun cuando lo había leído y escuchado cientos de veces; lo cual quiere decir que no siempre se tiene la capacidad de escarmentar por cabeza ajena, a veces hace falta vivir para aprender. En este caso, la noción de experiencia vivida nace de ser el Periodista testigo de los hechos del 11 de julio en su ciudad. Este conocimiento se juntó –por una rara amalgama– con la información transmitida por Leonardo Romero.
Ahora bien, el saldo que saca el Periodista es más sofisticado que la presencia simultanea de “a” (el Padre violento y soez, similar al resto) y “b” (el Padre empoderado sobre la verdad). Ambas revelaciones generan un precipitado fantasmal. El Padre deja ver una zona de sí, una zona capaz de volverse otra cosa, que lo saca del frasco o la máscara que prevalecía de él y lo vuelve una nueva entidad. No es solo que el Padre se pueda volver violento, eso podría calcularse, e incluso dominarse, sino que el Padre ya no es una unidad predecible. Se vuelve un desconocido.
Descubrir que se ha convivido durante mucho tiempo con un desconocido es más potente que descubrir que se ha convivido con un Padre violento. Esto último no es ya una conclusión lógica, aprendida, sino un sentimiento, un viaje del que no se regresa igual. El Periodista cree que esta percepción no solo le ha sido revelada a él, sino a las miles de personas que estaban en una región, en un imaginario común al suyo.
El valiente testimonio de Leonardo Romero Negrín ha provocado un desmoronamiento. La realidad que Leonardo develó hizo que un trozo del imaginario que conservaba a la Revolución tal y como ella se ha configurado a sí misma se haya ido abajo, como sucede con esos trozos de montaña que de vez en cuando se desmoronan si llueve mucho.
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Al rastrear el impacto de la denuncia, el Periodista encontró algo interesante: hay personas, incluso graduados de nivel superior, profesores universitarios, que se niegan a leer o escuchar dicho testimonio. Algo en su negación tiene ribetes de “No puedo creerlo”. Pero su “no poder creer” es tan categórico que cierran los ojos y se tapan los oídos.
¿Qué creen ellos que se les manchará por dentro si leen o escuchan lo que en verdad pudo haber sucedido? El Periodista cree que todo.
¿Qué piezas componen ese rechazo a ver y escuchar? Al Periodista se le parece al gesto de Odiseo, amarrándose al mástil del barco para no oír los irresistibles cantos de sirena. Theodor W. Adorno y Max Horkheimer especulan usando este gesto en su ensayo Dialéctica de la Ilustración: “La seducción de las sirenas permanece irresistible. Nadie que escuche su canto puede sustraerse a ella. La humanidad [cubana] ha debido someterse a cosas terribles hasta constituirse el sí mismo, el carácter idéntico, instrumental y viril del hombre, y algo de ello se repite en cada infancia. El esfuerzo para dar consistencia al yo queda marcado en él en todos sus estadios, y la tentación de perderlo ha estado siempre acompañada por la ciega decisión de conservarlo”.
Quien cierra ojos y oídos ante un probable abuso de carácter político, identifica una razón enemiga o desagradable en eso que rechaza. Cerrarse significa amarrase al mástil. El gesto demuestra una ciega decisión de conservar la razón.
¿Dónde estaría algo tan inocente como la curiosidad en tal caso? ¿Inhibida, desactivada o simplemente ausente? El Periodista cree que quizá la amalgama que le hace creer el testimonio de Leonardo Romero está compuesta de curiosidad. Pero, al parecer, la curiosidad no se excita por cualquier evento, es selectiva. El rechazo a conocer el episodio de Leonardo revela que la curiosidad no es una noción innata y que ha sido despojada de inocencia. Es decir, de nada sirve llamarla “curiosidad” para pretender que se usa una categoría virgen, que no ha sido conquistada ya por un colono o un virus invisible. La curiosidad se aprende, se ensambla, se educa. No es de extrañar entonces que existan profesores universitarios amarrando su cintura a un mástil. Han sido educados, ensamblados, como cualquier otra persona. Entonces, una experiencia que pudo haber sido amparada por la curiosidad pasa, en cambio, directamente al rechazo; ni siquiera a la apatía, sino al rechazo.
Cerrar los sentidos y el entendimiento ante un fenómeno como la posibilidad de la tortura en el cuerpo policial cubano; cerrarse ante la posibilidad de una refutación de la supuesta paz y democracia cubana, implica para el Periodista que el rechazo ha sido aprehendido y que la curiosidad no es un estudiante libre que se registra en cualquier congreso.
Podría asumirse también que existe dentro de cada uno de nosotros un dispositivo activo, inhibidor, policial, que se dispara automáticamente cuando se escucha cierta clase de mensajes que amenazan con echar abajo estructuras que nos constituyen, nos permiten vivir en paz. Y su carácter activo es el que nos amarra, el que nos lleva a reaccionar con miedo, con violencia, con insultos. Estos dispositivos se manifiestan en cualquier persona, no importa su signo ideológico, si marxista, comunista o anticastrista; lo mismo en profesores universitarios fieles al discurso oficial, que en el Periodista cuando escucha que alguien reclama una invasión armada en Cuba; sus sentidos también se cierran, coinciden en él figuras de rechazo: la violencia, el aburrimiento ante lo que considera un discurso viejo y tradicional, y la conclusión, más teórica que aprehendida, de que esta vía conllevaría a un largo periodo de guerras que no promoverá a corto plazo una sociedad más justa que la precedente, sino otro modelo de casta militar similar al de hoy. Conclusiones que se basan en proyecciones…
Identificamos entonces ciertas razones como “claramente enemigas”. Existen en un campo de simpatías y rechazos que se conmutan gracias a códigos cultivados. La potencia de un gesto de negación como no querer oír o mirar lo que sucedió el 11J, no querer oír o reconocer un bando crítico, no tener curiosidad hacia lo que este puede decir, parece otra manera de aceptar que la brutalidad es inmediatamente necesaria. A esa brutalidad se le puede incluso guardar cierto culto, como el culto que el soldado le hace a la autoridad, a la obediencia, desechando los porqués de la curiosidad. La brutalidad del Padre como vector necesario para defender la tranquilidad ciudadana.
La propaganda oficial ha logrado enlazar control, brutalidad policial y gestión del conocimiento. Entonces, el gesto de no oír ni leer va más allá de sofocar una indisciplina social y se interna en graves y perversas formas de marcar el conocimiento. Desde lejos, sin entrar en él, se marca donde dice “Peligro”, donde dice “Aquí no”. Y desde lejos se rechaza.
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Karl Popper cree que a partir de Galileo Galilei se verifica uno de los primeros gestos exitosos de instrumentalización del conocimiento, esto es: separar la verdad de lo empírico y verificable. Digamos que cuando se decía que la tierra era redonda, no plana, y que giraba alrededor del sol, se debía declarar que eso no era una verdad o la verdad, sino una aproximación matemática, una especie de función pedagógica para hacer más comprensible el funcionamiento de determinados movimientos del universo.
“No había ninguna objeción a que Galileo enseñara la teoría matemática del sistema, mientras pusiera en claro que su valor era solamente instrumental; que no era más que una ‘suposición’, como decía el cardenal Bellarmino; o una ‘hipótesis matemática’, una especie de estratagema matemática, ‘inventada y supuesta con el fin de abreviar y facilitar los cálculos’. En otras palabras, no había ninguna objeción mientras Galileo estuviera dispuesto a compartir la opinión de Andreas Osiander, quien, en su prefacio al De revolutionibus de Copérnico, había dicho: ‘No hay ninguna necesidad de que estas hipótesis sean verdaderas, o siquiera que se asemejen a la verdad; solo se pide de ellas que permitan realizar cálculos que sean concordantes con las observaciones’”.
Negarse a leer y escuchar hechos que podrían ser verdaderos es otra manera de instrumentalización. Ensamblar la curiosidad implica instrumentalizarla, orientar rutas que la saquen de un cauce general. Igual suerte corren principios éticos universales y campos completos del conocimiento como la Historia, la Filosofía o cualquier tipo de observación empírica. ¿Cómo puede ser posible esto? ¿Qué movimiento logra que la verdad pueda ser separada de la observación empírica de forma tal que es posible, sin desgarramiento ni vergüenza, desactivar incluso la curiosidad?
Popper explica una consecución de hechos que podrían revelarnos algo:
“La Iglesia [la que juzgó a Galileo Galilei] estaba poco dispuesta a admitir la verdad de un nuevo sistema del mundo que parecía contradecir un pasaje del Viejo Testamento. Pero esta no era la razón principal. Unos cien años más tarde, el obispo Berkeley expuso claramente una razón más profunda en su crítica a Newton.
”En la época de Berkeley, el sistema copernicano del mundo había dado origen a la teoría de la gravitación de Newton, y Berkeley veía en ésta a una seria competidora de la religión. Estaba convencido de que se produciría una declinación de la fe religiosa y de la autoridad religiosa en caso de ser correcta la interpretación de la nueva ciencia de los ‘librepensadores’; pues estos veían en su éxito una prueba del poder del intelecto humano, sin ayuda de la revelación divina, para descubrir los secretos del mundo, la realidad oculta detrás de sus apariencias.
”Berkeley consideraba que eso era interpretar mal la nueva ciencia. Analizó la teoría de Newton con total honestidad y gran penetración filosófica; y el examen crítico de los conceptos newtonianos lo convenció de que esta teoría no podía ser más que una ‘hipótesis matemática’, esto es, un instrumento conveniente para el cálculo y la predicción de los fenómenos o apariencias; que no podía ser tomada, en modo alguno, como una descripción verdadera de algo real”.
La defensa del obispo Berkeley se basaba en argumentos que el propio Popper comparte sobre la investigación científica. Ambos, con siglos de diferencia y llegando por caminos distintos, creen que el hombre no puede arribar al conocimiento último de nada. Berkeley, porque tal propiedad solo la tiene Dios; Popper, porque un conocimiento último solo le atañe a una teoría no científica. No puede ser científica una teoría que se reconoce a priori con la propiedad de encontrar la razón última.
Lo que el Periodista quiere hacer notar es que cualquier intento de verificación fuera de una verdad decretada y oficial es susceptible de ser instrumentalizado. Esto quiere decir que de alguna manera estamos culturalmente listos, culturalmente ensamblados para aceptar un rechazo a la curiosidad. Esta ha sido instrumentalizada, domada, ensamblada, como se doma y ensambla un potro para que pueda ser montado por hombres. Aplica a los que en Cuba defienden ciegamente la versión oficial de la Revolución y a quienes se oponen furiosamente a ella. La furia contra Castro, contra el comunismo, parece por momentos seguir el mismo patrón de colocar bridas de hierro a la curiosidad.
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Opuesto al grupo que rechaza leer y escuchar, hay personas que creen que es cierto lo que dice Leonardo Romero. Sus reacciones son igual de complejas. Para algunos el testimonio es desgarrador, implica una especie de derrumbe y profunda decepción. Para otros es una confirmación de viejas y consolidadas certezas, incluso vivencias.
El Periodista se ha hecho una pregunta que no sabe si podrá responder: ¿por qué creerle un poco más a Leonardo Romero si solo existe apenas su versión de los hechos? A continuación, posibles razones:

Leonardo en su declaración menciona elementos que podrían confirmar sus palabras. La cámara de seguridad del hotel Saratoga podría demostrar que él no se manifestó explícitamente a favor de ningún bando durante la protesta, y que en el momento de su detención solo cubría con su cuerpo a un antiguo alumno suyo para que no lo pateara más la policía. Menciona a un posible testigo: un periodista de la revista Alma Mater que estaba en la estación, detenido como él, y que nadie sabe si hablará o no. Alma Mater se adelantó a prometer que revelaría dicho testimonio, pero semanas después del hecho, no sale. Nota: Aunque esta demora es un elocuente silencio a favor del testimonio, nada tiene que ver con la veracidad inmediata que el Periodista intenta explicarse.
Leonardo se niega a decir el nombre del periodista de Alma Mater para evitarle represalias. Las represalias son figuras conocidas por todos en Cuba: expulsión del centro laboral (Alma Mater pertenece a la Casa Editora Abril, empresa perteneciente a la Unión de Jóvenes Comunistas), expulsión del centro estudiantil, maltratos en el barrio. Las represalias por ejercer la libertad de expresión son una institución oficial en Cuba.
Varias personas confiables dan fe de la sinceridad, honestidad y singularidad de Leonardo Romero como individuo. Esta singularidad respalda su conducta a la hora de cubrir con su cuerpo al alumno que es reprimido, y su presencia en las protestas aun teniendo una causa legal en proceso por participar en una manifestación pacífica en abril.
Es militante de la Unión de Jóvenes Comunistas, de la Federación Estudiantil Universitaria, ambas oficialistas. En una manifestación que ocurrió el viernes 30 de abril, Leonardo Romero fue apresado al portar y exhibir un cartel que decía “Socialismo sí, represión no”. Protestar en el caso de Leonardo implica transgredir el silencio que toda militancia impone; su transgresión está en función de un imperativo moral. Esta transgresión implica vida, disidencia, idealismo, compromiso con la verdad.
Sus amigos, los que lo han defendido públicamente, son personas que se declaran socialistas desde posiciones críticas; en estas prevalece un discurso constructivo y de diálogo con las doctrinas de la oficialidad. Ahora bien, el Periodista considera que lo importante no es el diálogo con la oficialidad, sino el crédito al compañero, y el crédito a su disidencia a contrapelo de dicha voluntad de diálogo con la oficialidad. La izquierda tradicional suele traicionar precisamente esto. Suele alinearse con el discurso oficial del Partido Comunista cubano, que en épocas pasadas también se alineó con acciones que demandaban rechazo inmediato, como las invasiones soviéticas a Checoslovaquia y Afganistán. No abandonar a su compañero de lucha implica también una búsqueda de la verdad. Sus amigos le otorgan veracidad porque su propia conducta parece incorruptible.
Del lado de las fuerzas policiales estaban las condiciones creadas para que estas se mostraran agresivas. Las fuerzas policiales cubanas son las que están más expuestas a contener las demandas populares que bloquean esas doctrinas dominantes dentro del Partido Comunista de Cuba. Son de alguna manera víctimas. Estas prohibiciones no solo alejan de lo justo a la policía, sino que las sobreexponen éticamente. Muchos policías conocen que las prohibiciones son ajenas a las necesidades y demandas populares, y se muestran permisibles con su violación; en esta permisibilidad cabe la aceptación de regalos. Para la ley son sobornos, para ellos son regalos. Estas prácticas de corrupción son de amplio conocimiento popular. Muchas personas sienten que la policía está avocada a mentir, a favor incluso de su propia autoridad.
La debilidad institucional. La violación arbitraria y sistemática de principios constitucionales, sin fiscalización a cargo de instituciones independientes, hace que no existan garantía para ejercer las libertades reconocidas en la carta magna. Lo cual crea un marco débil, un terreno fértil para el abuso de poder.
Intención de castigo. Este fenómeno es similar al voto de castigo electoral, cuando la sociedad castiga al paquete completo por mal proceder, por abusos o corrupción. Esto significa que hay una predisposición de incredulidad hacia la voz oficial y que debe primar, en cualquier caso, el castigo a su versión de los hechos. Leonardo Romero representa ese castigo, por lo cual su testimonio es amigable.

El Periodista cree que aún esta enumeración no está completa. Siente que el efecto-curiosidad devora su certeza, que es como una mesa de dos patas en equilibrio gracias a la curiosidad. El equilibrio es la curiosidad y no la certeza.
Leonardo Romero Negrín podría mentir, y algunos, no todos, de los puntos enumerados desmoronarse. Pero no caerían los hechos que no dependen de la personalidad de Leonardo: el silencio de Alma Mater; el mutismo del periodista que presenció los maltratos; las represalias institucionalizadas por ejercer la libertad de expresión en Cuba; el beneficio que le otorgan sus amigos a Leonardo Romero; los tanques soviéticos entrando a Checoslovaquia y Afganistán, la ceguera voluntaria habitual de la izquierda tradicional; las asfixiantes prohibiciones, la corrupción del cuerpo policial; la intención de castigo disuelta en una gran parte del imaginario popular; el Periodista mismo. Aun si se demostrara que Leonardo Romero Negrín miente, una curiosidad ensamblada por los hechos antes mencionados no quitaría razón a sus argumentos.

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«Cambiamos o nos hundimos»

«Cambiamos o nos hundimos», sentencia que anunciaba profundas transformaciones, fue pronunciada por Raúl hace más de una década. Un poco después, Fidel Castro sentenciaba al referirse al socialismo: «Esto no nos sirve ni a nosotros…». Semejantes afirmaciones —además de ser verdades indiscutibles— parecían prometer cambios significativos. Falso. Ha ocurrido todo lo contrario.
Hoy nos asomamos a una realidad que insinúa, dolorosamente, un señalado revés. El 11 de julio e incidentes posteriores marcan el hundimiento del viejo modelo sobre el cual quiso perpetuarse una experiencia agotada.
Examinemos algunos puntos clave:
1. No le concedo el mérito a EE.UU.; al Miami cubano; a la oposición pagada (como siempre la he caracterizado) que lleva más de seis décadas tratando de hacer reventar el país cual olla de presión (tesis propugnada desde 1960); y tampoco a los delincuentes que siempre acompañan semejantes estallidos sociales, de ser los gestores e inspiradores del 11/7/21.
En especial, dejemos de echarle la culpa de todos nuestros males al imperio. Desde Washington hasta la Calle 8, y a los asalariados en la Isla; a todos los tomó por sorpresa los hechos de ese día, como también ocurrió con los gobernantes cubanos. Obviamente, los factores hostiles de inmediato tratan de capitalizar lo ocurrido por medio de su andamiaje mediático.
2. Sustento el criterio de que lo ocurrido es, típicamente, una explosión social espontánea de considerable extensión, que abarcó numerosas provincias y ciudades e involucró a miles de personas. Se aprecia en ella una composición social donde se distinguen zonas y barrios de reconocida pobreza y en la que sobresalen negros y jóvenes, pilares de la revolución en décadas pasadas.
No han faltado expresiones de una  suerte de neo-anexionismo, al enarbolar no pocos símbolos de EE.UU., en tanto que en las calles de Miami se pedía, una y otra vez, la intervención por parte de Washington, cual suma absoluta de todas las soluciones.
Cubanos en Miami piden la intervención tras las protestas del 11-J (Foto: Pedro Portal/Miami Herald)
3. Por otro lado, ambas partes reclaman el monopolio del término pueblo. Gran error. Amplios segmentos de pueblo se hallan a ambos lados. Hay miles de cubanos protestando y miles todavía del lado del gobierno; un escenario que recuerda aquello de «masas contra masas». Una tal polarización se  deriva de la actual situación de penurias, escaseces extremas, falta total de alicientes (tanto materiales como socio-culturales), la dolarización (más allá de lo habitual en el contexto cubano) y, en particular, la reacción frente a los efectos del llamado «Ordenamiento».
 A esto último le concedo especial importancia. Durante treinta años se dijo y repitió que la dirigencia cubana nunca aplicaría una «terapia de choque», pero, en la práctica, el «Ordenamiento» se tradujo precisamente en una monumental «terapia de choque» que dejó a la inmensa mayoría de la población en una situación en que precios y salarios devenían categorías antagónicas, alimentada por una hiperinflación.
4. La informatización y las redes sociales introdujeron una dinámica multiplicadora y súbita sin precedentes, que se trató de silenciar por parte de los monopolios cibernéticos del Estado. Esto fue un acto inútil y de cobardía política.

¿A quién beneficia el cierre de Internet y otros servicios? ¿Al gobierno cubano? Ciertamente no. Beneficia a los oponentes y desacredita al que lo hace.

5. La responsabilidad esencial de todo esto descansa en la resistencia institucionalizada a cualquier cambio significativo, con enfoque abarcador y que suponga un rediseño integral del modelo probadamente inoperante que ha descansado en un conjunto de dogmas absolutistas-estatistas como Partido-Estado, Partido de la Nación Cubana, totalmente inadecuados y superados tras sesenta y dos años del triunfo revolucionario.
La urgencia de semejantes cambios se hizo patente en 1980 con el episodio del Mariel. Nada se hizo, se trató de descalificar a todos como «escoria», y la rigidez del sistema se reforzó. La llamada Rectificación de Errores de 1986 originó esperanzas de cambio, pero sin aportar nada efectivo. En 1991, previo al IV Congreso del Partido, se suscitó una ola de propuestas de cambios radicales en el momento de la discusión del Llamamiento al IV Congreso.
La respuesta de la dirección del Partido fue de rechazo total y severas recriminaciones y advertencias. Una vez más, esta dirigencia liquidaba toda posibilidad de cambio, incluyendo la expansión del proceso de Perfeccionamiento Económico por ellos promovido y que era propugnado por las FAR desde inicios de los ochenta.          
6. Con el desplome del socialismo real y de la Unión Soviética (1989-1991), se presentó la coyuntura idónea para impulsar una remodelación abarcadora; sin embargo, no se hizo cosa alguna, sino que se profundizaron los mecanismos absolutistas, el abroquelamiento. La adopción de algunos parches, aquí o allá, poco lograban en la ya urgente necesidad de transformaciones profundas.
El argumento de que «si aflojamos, la situación se nos va de las manos», prevalecía una y otra vez. Mientras, se hacían cada vez más visibles —deviniendo comidilla popular— la corrupción y enriquecimiento de muchos dirigentes, sus hijos y nietos —incluyendo cuentas y viajes al extranjero— y, con ello, un desgaste acentuado de la autoridad moral que debe distinguir a cualquier dirigente.
7. Los dirigentes cubanos empezaron a vivir de espaldas a la realidad, rehusando percibir que las épocas y valores habían cambiado, que las generaciones más jóvenes ya no eran los entusiastas revolucionarios de los sesenta ni los obedientes militantes de otras décadas; que sesenta años no transitan por gusto y que los mecanismos de comunicación e interconexión de una generación a otra se modifican raigalmente. Para estos dirigentes, el tiempo al interior del país parecía haberse detenido.
8. A la altura del VI Congreso del Partido parecieron soplar vientos de cambios, pero sin culminar en nada real. El VII Congreso se traduciría en la supresión de tales posibilidades y una fuerte contracorriente a algunas de las medidas o parches Una vez más se imponía la marcha atrás.
9. Llegó entonces el VIII Congreso (abril del 2021) sin que se construyeran amplios debates y consensos preliminares, a pesar de que los niveles de pobreza y carencias alcanzaban niveles insospechados y de una gravedad casi imposible de imaginar, empeorados por la guerra económica de Trump y la pandemia. El VIII Congreso pudo representar el hito o viraje hacia una ruta de transformaciones profundas. Pero no fue así.
El presidente Miguel Díaz Canel en su discurso durante el VIII Congreso del Partido (Foto: Estudios Revolución)
Fue esta la última posibilidad que hubiera podido tal vez apaciguar las tensiones y alentar la remodelación. Y todo esto es lo que conduce directamente al estallido social del 11 de julio, sus secuelas y ulteriores y renovadas tensiones, interrogantes e incógnitas.
10. ¿En qué direcciones se proyectan tales tensiones, interrogantes e incógnitas? Lo primero y más urgente a definir es: ¿colapsa el gobierno? Categóricamente no… por ahora. Pero su imagen interna e internacional, su prestigio y legitimidad se han visto seriamente erosionados; no volverá a ser lo mismo ni remotamente; el estigma del 11 de julio será imborrable.
11. Serán su disposición y capacidad para rediseñar integralmente el sistema las que digan la última palabra. Un factor agravante a tomar en cuenta y que limita en extremo cualquier diseño de cambios es que el gobierno cubano enfrenta una situación notable de bancarrota, endeudado en extremo en todas las latitudes (Club de París, China y Rusia), es un paria en las relaciones financieras internacionales.
Dicha situación se agrava tras el 11 de julio, pues a los ojos de potenciales inversionistas y turistas, una situación como esa no es nada atrayente. En un contexto tal, únicamente cabe acometer el rediseño integral en el orden interno y de cara a la inversión extranjera y a la reinserción de Cuba en las instituciones financieras internacionales, si es que se desea asegurar flujos de capital y tecnologías a mediano plazo.
12. A corto plazo habrá que hacer maravillas en materia de política agraria; de pleno y fácil acceso de las MPYMES a todas las actividades, su respaldo financiero sin asfixias fiscales; sustancial reducción del monopolio estatal y muchas otras que, repetidamente, han sugerido y aconsejado economistas cubanos. No se trata de parchecitos como los adoptados en estos días (cero restricciones a los viajeros cubanos que traen mercancías para familiares y pequeños negocios, pagos a plazo y otros) que parecen sacados de una tienda de antigüedades y que eran urgentes desde los ochenta.
13. Y si unido a esos hipotéticos cambios, se produjera el milagro de alguna mejoría de relaciones con EE.UU. —que parece difícil con Biden pues su administración busca a cualquier costo el colapso del gobierno cubano con el fin de ganar la Florida para su Partido— y una igual mejoría de la pandemia, entonces mejorarían las cosas, pero nunca a corto plazo. No es ni siquiera previsible en un tiempo cercano llegar a los cinco millones de turistas ni tampoco a un flujo de 600 mil cubanos como visitantes.
14. El corto plazo será el que decida, y lo hará sobre la olvidada premisa de que: «Cambiamos o nos hundimos».

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Atenienses a las consecuencias

Ciudadanos de Atenas, Grecia toda:
Se producen estos disturbios mientras somos asolados por la peste, que ha traído desorden moral, pérdida de valores, pánico y la huida por Pireo, único puerto disponible, por donde entran los pocos productos que nos es posible ofertar en los mercados con moneda espartana. Quienes se han pirado por Pireo son los principales instigadores de la sedición, que acontece en momentos en que tenemos una incidencia mayor del virus, sobre todo en la Atenas, pero también en los que hemos logrado cinco pócimas para combatir la enfermedad que harán innecesarios los rezos y plegarias en pos de que los dioses perdonen a los pecadores.
Es doloroso decirlo, pero ni Artemisa quedó al margen de las protestas. Elementos de la peor calaña pretendieron tomar Atenas bajo el lema: «Tumba, que ahí viene la polis». Se acusa a las fuerzas del orden de utilizar mazas, picas y espadas para reprimir a las hordas que intentaron obnubilar la tranquilidad antiquísima de esta urbe, que es centro histórico principal de Ática, con su ciudad amurallada y campos de cultivo y pastoreo beneficiados con las últimas sesenta y tres medidas gubernamentales.
No hay que asombrarse de tanta afrenta: desde el surgimiento de los papiros sociales son muchas las campañas de descrédito fomentadas por nuestra enemiga Esparta. ¡Y lo que no pueden perdonarnos los espartanos es el haber construido una democracia ateniense a solo 130 millas de sus costas! Porque democracia viene de «demos», que significa «pueblo», y de «kratos», que nos remite a «poder». De ahí que esta asamblea haya adoptado como lema «El kratos del demos: ¡ese sí es kratos!».
Se veían venir estas revueltas desde que sofocamos de un manotazo aquella provocación hace unos meses de un grupo de jóvenes frente al Partenón. Se habían sentado en sus inmediaciones a leer los poemas interminables de Heráclito de Ésefo, el que teorizó acerca de un cambio incesante de la materia… ¡que no vamos a permitir! A muchos de ellos se les ocuparon tablones con pensamientos de esos dos filósofos que se nombran Tales de Mileto y Pitágoras de Samos.
Tales de Mileto dejó como legado ―¡oigan esto!― la Teoría del Cambio, llamado sutil a la contrarrevolución. Pitágoras de Samos es el creador del teorema que enuncia algo tan subversivo como que en todo triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos. A los dos hay que gritarles: ¡más hipotenusas serán ustedes!
Cuánto no hemos hecho en materia de inclusión social desde que venciéramos al Imperio Aqueménida, comandado por Jerjes y sus jerjenes. Los estamentos más pobres de la población se vieron motivados a opinar y ambicionar más derechos, exigiendo una mayor participación en el poder político que tuvo su cumbre con la aprobación por amplia mayoría de la Constitución de Solón. Los grupúsculos del odio salieron a las plazas el otro día con pretensiones similares, alegando que en esta asamblea muy pocos podemos hablar libremente y todo el mundo levanta mano aprobatoria ante nuestras imposiciones.
Hemos dictado prisión provisional para un tal Aristóteles, quien ha escrito que en nuestro sistema «la prioridad máxima es beneficiar a unos pocos, mientras que el beneficio de la mayoría es una cuestión dejada para último momento; no es una democracia verdadera, sino otra oligarquía que se preocupa solo por quienes ostentan el poder». De él también es esa perla que define: «El principio básico del régimen democrático es la libertad; un rasgo de la libertad es el ser gobernado y gobernar alternativamente».
En nuestros órganos de instrucción se procesa también a otro supuesto filósofo conocido como Platón, en cuya papirería hemos encontrado críticas a nuestro sistema de gobierno. Considera que ofrecer puestos como sorteo implica que «muchos cargos gubernamentales son ocupados por gente que no tendrá las capacidades de un buen gobernante». Critica también la figura de la persona democrática radical, quien «En su búsqueda de la máxima libertad, quita derechos a los demás». Parece un estribillo. Ya habrá rapsodas que le respondan contundentemente.
¡No nos dejemos influenciar por ningún mercenario! ¡Tampoco permitamos que nuestras tribus se hagan arrastrar por el memetismo de esas sátiras políticas realizadas por Aristófanes, Cratés y Cratinos, cretinos que quieren pasar a la historia como inventores de la gran comedia antigua!
Claro que no es operativo pedirles a los manifestantes que desfilen señalando: «Pericles, el primer ciudadano de Atenas, es un personaje con un comportamiento anómalo, maligno, siniestro, inaudito, avieso y paradójico», pues semejante frase no cabe en un papiro y resulta difícil pronunciarla a coro. ¡Pero tampoco aceptaremos el poder de síntesis del que se han valido algunos para denostar de mi persona!
¡Tendrán que pasar por encima de nuestros cadáveres si quieren ganar esta Guerra del Peloponeso! ¡La orden de combate está dada! ¡El ágora es de los revolucionarios!

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Manipulación mediática: invirtiendo el catalejo

La manipulación de medios oficiales nacionales, internacionales y de internet, explica en parte la evolución de la crisis política cubana. Las tergiversaciones y noticias falsas evidenciaron los extremismos políticos, aunque los objetivos, recursos e impactos fueran diferentes.   
El gobierno de Cuba demostró otra vez que, aun cuando ha perdido en parte el monopolio de la información, sigue siendo el principal proveedor de la realmente masiva y puede imponerse en circunstancias específicas.
La suspensión de internet desde la tarde del domingo 11, perjudicó solo a los ciudadanos. La prensa oficial no estuvo donde la noticia, sino donde el gobierno. Los medios tradicionales y los digitales Granma, Cubadebate, las corresponsalías cubanas de Telesur y Russia Today, proyectaron en exclusiva y sistemáticamente los mensajes gubernamentales.
El gobierno cubano mostró efectividad en alertar acerca de las falsas noticias foráneas. También lo hicieron algunos medios independientes, como El Toque, que publicó sugerencias para identificarlas y denunciarlas.
(Imagen: El Toque)

Todo eso fue meritorio; sin embargo, los medios oficiales protagonizaron asimismo otras formas de manipulación política. El Partido/Estado cubano emplea y aporta a las estrategias definidas por el destacado intelectual Noam Chomsky.
No es solo lo que se dice y cómo se dice, sino también lo que se oculta. En los medios oficiales hubo omisiones, medias verdades y tergiversaciones a través del uso acostumbrado del lenguaje político. Este, según el catedrático Eugenio Bustos, «(…) no es inocente. Intenta siempre (…) mover al oyente en una dirección determinada, manipular nuestra conciencia».
Además de aplastar las protestas, tal recurso tuvo por objetivo adueñarse del espacio mediático al crear matrices de opinión dentro y fuera de la Isla. Se enfocó en: criminalizar la protesta con epítetos tradicionales y poniendo al vandalismo como norma; proteger la imagen gubernamental, que se arropa en palabras talismanes para Cuba y para la izquierda internacional; reducir las causas del estallido social al bloqueo y al origen externo del conflicto. A tenor con ello, se logró desviar la atención, neutralizar a indecisos, convocar a las mayorías y justificar una represión inédita en magnitud y formas.  
En un texto anterior advertí sobre el grado de toxicidad y extremismo político que tal fenómeno produce en la sociedad, cuyos efectos perduran cuando el país es más cerrado y controlado. Ciertos recursos que identifiqué entonces se constataron ahora: reducción del lenguaje a consignas; vocabulario de combate, focalización del «enemigo»; el «sesgo de etnogrupo» y las clasificaciones binarias; la descalificación del otro y el secretismo en la comunicación de asuntos públicos.
Noticias falsas y algunas verdades
Toda información requiere contrastación. Si fuera posible, la mayoría de los cubanos y el mundo verían que en esta crisis hubo cinco planos y una secuencia: manifestaciones cívicas contestatarias, actos vandálicos, grupos convocados para enfrentar a los manifestantes, manifestaciones populares de apoyo al gobierno y las de los emigrados en varios países.
(Foto: Yamil Lage)
Es un fenómeno en curso. Muchas cuestiones deben procesarse con sosiego y evidencias, sobre todo porque la prensa oficial es del gobierno y la independiente no es tolerada. No obstante, algunas cuestiones se pueden ir dilucidando:[1]
1.- Las manifestaciones cívicas y las del gobierno con sus bases de apoyo tuvieron naturaleza política. Se diferenciaron en organización, liderazgos, respaldos oficiales, consignas y comportamientos.
Las primeras fueron pacíficas, masivas, con diversidad socio-clasista y etaria  aunque con peso juvenil, y sus recursos fueron cuerpos, voces y celulares por prensa. Las segundas se fueron tornando agresivas desde la tarde del domingo. Fueron organizadas por el gobierno y respaldadas por fuerzas represivas, uniformadas o vestidas de civil. Portaron banderas, carteles y únicamente tuvieron prensa cuando no se ejercían actos de violencia hacia los manifestantes críticos al gobierno.
Contrario a lo que afirmaron las autoridades y medios oficiales, en varias de las primeras se cantó el himno nacional y algunas de sus consignas fueron: «No tenemos miedo», «Sí se puede», «El pueblo unido jamás será vencido», «Libertad», «No más mentiras», «Cuba es de todos», «Abajo la dictadura», «Patria y Vida» y «Viva Cuba libre». Las otras corearon las tradicionales: «Abajo el bloqueo», «Patria o muerte», «Yo soy Fidel», «Viva la Revolución», «Que se vayan», «La calle es de los revolucionarios» y «Yo estoy con Díaz Canel».  
2.- Los actos vandálicos, siempre presentes en tales circunstancias, se protagonizaron por personas y en sitios específicos. Fueron condenados por la mayoría y corresponde al Estado procesarlos judicialmente. También ameritan otros análisis. Convendría evaluar condicionantes que también tendrían un cariz político, pues se violentaron tiendas en divisas —vedadas para la mayoría— y se agredieron autos del PCC y la PNR.
3.- Las protestas cívicas críticas al gobierno no desplegaron banderas estadounidenses ni de Cubadecide, y tampoco llamaron a intervención extranjera como afirmaron el presidente, periodistas extranjeros y corresponsales cubanos para Telesur, Russia Today y Cubadebate. Todo eso se afirmó sin evidencias reales, utilizando imágenes de actos delictivos y manifestaciones ocurridas en Miami.
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Algunas consecuencias inmediatas
1.- La represión y la violencia se instalaron en múltiples formas contra manifestantes pacíficos y otros ciudadanos. Fueron usadas indiscriminadamente pistolas, tonfas, spray, palos y piedras. Mientras, se extendían los actos vandálicos con menor presencia de las fuerzas del orden, de ahí las tiendas saqueadas completamente.   
2.- Con la interrupción de internet desde la tarde del domingo se creó una gran confusión. Los ciudadanos y el mundo quedaron más expuestos a los radicalismos.
3.- Dicha situación arrastró a parte de la opinión pública internacional y movimientos de solidaridad con Cuba, cuyas fuentes habituales son medios oficiales cubanos y embajadas. Ello explica la rápida activación de esas organizaciones condenando el bloqueo y apoyando a Cuba desde la tradicional ecuación Revolución cubana-gobierno-pueblo vs imperialismo.
4.- Ambiente de temor en la ciudadanía y las familias, así como inseguridad de y sobre los detenidos. Ya se han conocido testimonios de maltratos y trato denigrante. Cuando se invoca la Convención contra la Tortura —de la cual Cuba es firmante—, se deben considerar las reconocidas internacionalmente como situaciones problemáticas[2] que pueden derivar en tortura: detenciones, demora policial y aislamiento, por ejemplo.
5.- Peligro que supone la transnacionalización del conflicto, como ha ocurrido en situaciones similares. Ya se ha visto la reproducción del extremismo político y la polarización frente al tema en otros países. Esto complejiza el procesamiento interno de la crisis; solo favorece la hostilidad del gobierno estadounidense y de un segmento radicalizado de la emigración en ese país que defiende una salida cruenta para Cuba.
Reflexionar y procesar la crisis
El necesario procesamiento de la crisis sugiere tomar nota de que: 
1.- La manifestación pacífica es un derecho establecido, no puede condicionarse ni criminalizarse. Por tanto, los detenidos antes y durante la protesta deberían estar libres sin condicionamientos. Como otros derechos constitucionales, deben regularse jurídicamente con urgencia.
2.- Todo debe ser investigado, esclarecido y reparado: actos delictivos, detenciones arbitrarias, abusos y otras expresiones de violencia institucional.
3.- Hubo declaraciones de organizaciones articuladas con el gobierno cubano: CTC, UPEC, UNEAC; pero también otras de la sociedad civil independiente: masonería, Iglesia católica, ciudadanos e importantes figuras de la intelectualidad y la cultura insular.

4.- En lo internacional, junto a pronunciamientos de apoyo al gobierno por algunos homólogos, figuras y organizaciones solidarias; hubo importantes personalidades e instancias que han condenado la represión. Entre estos últimos, resaltan notables intelectuales de izquierda y organismos internacionales como Human Right Watch, Naciones Unidas, Unión Europea, y Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
5.- El discurso gubernamental se ha moderado. Eso es positivo, pero hasta ahora no se traduce en medidas acordes a las circunstancias y los derechos humanos violentados.
6.-.No existe un movimiento estructurado o un programa que haya volcado a la calle a miles de cubanos. Líderes opositores y disidentes conocidos estaban presos o en reclusión domiciliaria desde antes, muchos sin justificación. Urge resolver eso con el mismo lente. La historia muestra que la represión no ahoga la energía contestataria, sino que la multiplica.  
7.- Además de la económica y sanitaria, hay crisis de gobernabilidad, de confianza y de esperanza en amplios sectores populares. Sin la transparencia que debe tener la política informativa oficial, sin la restitución de daños y sin respeto a derechos cívicos y políticos, la crisis sistémica se multiplicará.  
Condeno la violencia, el bloqueo y todo lo que afecte la soberanía nacional, lo que no excluye defender la soberanía popular y criticar al gobierno cuando corresponda. Insisto en la necesidad del diálogo nacional inclusivo y ahora en la urgencia de visibilizar testimonios, recabar información de las autoridades y actuar en consecuencia. Eso permitirá esclarecer y juzgar lo ocurrido, evitar su repetición, sanar y articular consensos sobre la Cuba que queremos.
En cualquier caso, la transparencia de los medios oficiales, la regularización de medios independientes y el libre acceso a la información son vitales. Es hora de invertir de una vez el catalejo.
Para contactar a la autora: ivettegarciagonzalez@gmail.com
***
[1] En todos los casos me baso en las evidencias plasmadas en medios oficiales y alternativos. Excluyo las expresiones obscenas.
[2] Una muestra se puede encontrar en «Tortura y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes. Concepto, legislación, obligaciones del Estado y propuestas tendientes a erradicarla». Publicación de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). Buenos Aires. Mayo de 2020.

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La semana de los desconectados

Hace apenas unos años, en Cuba cada cual se informaba por tres vías precarias: los medios de comunicación tradicionales en poder del Estado, accesos ilegales a través de señales de antena parabólica o cuentas de Internet hackeadas (con la socialización posterior entre amigos o clientes), y haciendo uso de cuentas de Internet legales que pertenecían a sectores privilegiados y «estratégicos».
Yo fui de las privilegiadas, igual que todos los estudiantes universitarios de mi generación. En el momento justo en que ingresamos a la universidad, se nos entregó una cuenta personal con acceso gratuito a los servicios de correo electrónico y navegación. Confieso que no todos le dimos un uso adecuado, o entendimos qué se nos estaba poniendo en bandeja de plata.
I
Me sentía revolucionaria, aunque fue algo que nunca cuestioné en lo personal. Tampoco reconvine a mis compañeros por no decir que lo fueran, o por decir lo contrario. Tuve la oportunidad de coincidir en la Universidad de La Habana con jóvenes que estuvieron a la altura de las circunstancias. Dos nombres vienen a mi mente: Randy Perdomo García y Leonardo Fernández Otaño.
Randy estudiaba Filosofía y Leo Historia. Durante la carrera se convirtieron en rostros mediáticos. El primero conversó íntimamente con Fidel en representación de los estudiantes de su Federación Estudiantil. El segundo ofreció al Papa Francisco, durante su visita a La Habana, el mensaje de los jóvenes cubanos. «Se puede crecer, estudiar, trabajar, caminar, soñar y ser feliz en esta compleja realidad que nos tocó vivir»,[1] fueron sus palabras.
Los dos acontecimientos los corroboré usando mi cuenta gratis de navegación en el laboratorio de computación de mi facultad.
Randy escribió un texto conmovedor en el que relató su encuentro, que fue publicado en Granma. Por su parte, Leo quedó estupefacto al comprobar que se había vuelto un tipo gugleable, no sé si lo recordará. Además de gugleables, los dos fueron, y son, tipos incómodos. Siempre con la crítica al filo de los labios, las soluciones, la sapiencia y la sensibilidad.
Randy Perdomo en su encuentro con Fidel Castro (Foto: Granma)
Randy fue presidente de la FEU de la Facultad de Filosofía Sociología e Historia, luego sería presidente de la FEU de la Universidad. Puedo asegurar que su tiempo frente a la organización no fue muerto. La vitalidad y el dinamismo que le proporcionó fueron rayos de luz entre tanta apatía política.
Leo fue un traslado de otra universidad. Desde que puso sus pies con sandalias en nuestro edificio lo noté. Siempre fue competitivo, tenía cualidades para ello. Comencé a coincidir con él en las actividades culturales y de investigación organizadas por la facultad, y luego en las salas de los teatros de la capital. Hasta que esas coincidencias las convertimos en costumbres. Incluso, me siguió en el proyecto de una revista de perfil cultural que al final tuvo solo dos números.
No los veo a ambos desde poco antes del comienzo de la pandemia. Sé de ellos por las redes, como todo el mundo. Ahora me comunico e informo a través de mi celular, enchufado a una señal de datos móviles que proporciona ETECSA desde finales de 2018, con un costo que aún mi salario de profesora universitaria puede permitirse. Desde la plataforma de Facebook los veo realizarse. Randy como delegado, muy querido en su matancero Consejo Popular de Pastorita, y a Leo en la continuación de sus estudios en la madre patria.
II
Dicen que la primera impresión es la que cuenta. Los sucesos del 11-J y días posteriores me llegaron, como a la gran mayoría, por la televisión nacional. Un presidente llamando «vándalos», «marginales» y «revolucionarios confundidos» a un «grupúsculo» de cubanos, que salió a unas calles «que no les pertenecían»; a reclamar cosas que el gobierno estaba dispuesto a consensuar y resolver por vías pacíficas.
Dijo que un enemigo imperialista le pagaba a este «grupúsculo» y que se amenazaba con una intervención militar. Y anunció que un «pueblo enardecido» salió, «pacífica y espontáneamente», junto a la dirección del gobierno a demostrar el respaldo a las conquistas de la Revolución cubana y la necesidad de recuperar la tranquilidad ciudadana. Eso fue en pocas palabras lo que expresó el presidente.
En los videos presentados por la televisión, se apreció a personas vitoreando a los líderes históricos —Fidel y Raúl— y proclamando su desacuerdo ante las manifestaciones en San Antonio de los Baños y otros lugares. El respaldo revolucionario (espontáneo o no), de una cantidad no despreciable de personas era palpable. Se explicó en televisión, además y una vez más, el peligro de una intervención desde el exterior en cualquiera de sus variantes. Fue necesario, había muchos juicios nublados por la efervescencia.
Ese mismo día complementé algo de lo dicho por el presidente, cuando un vecino alertó que nadie saliera de sus casas pues la esquina de Toyo estaba caliente, se lanzaban piedras y fueron volteadas patrullas. Pensé que se acababa el mundo. Llamé a mi familia para decirles que me acababa de enterar de los sucesos y que permanecía en casa.
De oficio fui a las redes en busca de mayor información sobre lo acaecido en la esquina caliente. Advertí en ese momento que no había señal de Internet. Así permaneció para mí —y la inmensa mayoría de usuarios— hasta que al cuarto día logré conectarme usando un VPN. Entonces pude comprobar que hubo más que «vándalos» y «marginales», «revolucionarios confundidos», «enardecidos revolucionarios» o dirigentes políticos en las calles; más que piedras y patrullas volteadas.
Hubo, además, policías reprimiendo, fuerzas de la Seguridad del Estado, incluso fuerzas desconocidas para mí, que empujaron a la tonga, en camiones de basura, a jóvenes que no habían tirado piedras ni volteado patrullas. Hubo jóvenes apresados por pedir ser escuchados, que clamaron por ese «consenso posible» que había sido expresado por el presidente en televisión. Eso fue, en pocas palabras, lo que vi. Y entonces, comprendí que todas las impresiones cuentan.
Entre aquellos jóvenes había estudiantes universitarios, intelectuales, obreros y profesionales respetados. Rostros mediáticos casi todos. Descubrí una silueta en cruz y unas sandalias conocidas, era Leo. A pesar de la tristeza que me provocó, aquella fotografía era hermosa y evocadora. Estaba de rodillas pidiendo diálogo, su profunda fe católica no le permite odio; su profundo amor a Cuba no le permite ofensas. Los revolucionarios que le repudiaban no debieron tener ninguna fe, ni ningún amor. Eso fue, en una imagen, lo que vi.

III
En el momento que escribo mis impresiones, se cumple una semana de aquel 11-J que parece tan lejano. Aún persiste la conexión irregular a Internet, que va y viene (oronda) a ratos. Y sigo contrastando realidades y discursos distintos. Los ofrecidos por los medios oficiales y los que veo en las redes sociales.
Continúan las expresiones revolucionarias. El pasado sábado fue convocado por la dirección del país, en distintos lares de la isla, lo que se ha dado en llamar actos de «reafirmación revolucionaria», como gesto de resistencia ideológica ante las posturas «vandálicas» del 11-J, por la condena al bloqueo y la denuncia de las verdaderas y viejas intenciones monrroístas de tomar la fruta madura.
Y del otro lado, proliferan en las redes imágenes y narraciones variopintas (incluidas posturas revolucionarias), mímesis del ajiaco (hirviente) que es ahora mismo la nación. Discursos en los que la diáspora se anota igualmente unos puntos.
En sus países de residencia, muchos cubanos salieron —es su derecho— a las calles en favor de los manifestantes isleños. Como resultado de lo que ellos llaman «perder las vendas» y «ganar las libertades», mostraron sus opiniones, en muchos casos constructivas, dialogantes y conciliadoras; otras románticas, ofensivas, genocidas, imparciales, subjetivas, provocadoras, difamadoras, y oportunistas. Algunos han preferido no pronunciarse por las razones que fueren, entre ellas el miedo. También hubo actos en apoyo a la Revolución, no menos contundentes.
En las redes se apreció esta semana la solidaridad de un grupo de cubanos (incluidas instituciones y organizaciones), de dentro y fuera de la Isla. Ellos aunaron voluntades y recursos —aseo, material médico, juguetes, alimentos— para Matanzas y otras provincias muy afectadas por la situación sanitaria.
Además, se compartieron mensajes de apoyo a los manifestantes, respaldo al diálogo, a la Revolución, reclamo por los desaparecidos y detenidos, y otras demandas. Muchas voces mediáticas se alzaron, entre ellas artistas, intelectuales, instituciones y mandatarios.
IV
Solapados han quedado importantes temas, he aquí algunos. La pandemia arrecia, los casos positivos a la Covid-19 siguen creciendo. La opinión de los que susurran, aquellos que no ofrecen criterios ni en redes ni fuera de estas. La necesaria crítica de los profesionales de las Ciencias Sociales. Algunos no se pronuncian, otros lo hacen tímidamente, imparcialmente, oficialmente, o desde la crítica. Estos últimos son los menos, pero auguro que poco a poco irán apareciendo constructivas reflexiones, el acontecimiento es joven aún.
Otros temas postergados son las motivaciones de los manifestantes, su falta de programas, que evidencia la diversidad de sus demandas, criterios y métodos. La vía y tiempo para el diálogo que no se ha establecido por ningún canal. Las declaraciones de las entidades competentes sobre los manifestantes desaparecidos y golpeados que protestaron pacíficamente (exigidas formalmente por una representación de la FEU y otras instituciones, además por los familiares y amigos de los implicados).
Y por último, y no menos importante, las explicaciones de ETECSA sobre el apagón de Internet. A la fecha, solo se ha pronunciado para prorrogar una semana el vencimiento de los bonos y paquetes y compensar con 1 Gb gratis la inopia tecnológica.   

El tema de la pandemia quedó varado en segundo plano (como si se tratara de un lujo). Todas las fuerzas hicieron sus cálculos, y para unos u otros pesó más la motivación/es a la manifestación o la respuesta rápida revolucionaria (legítimas motivaciones). En ningún caso se priorizó el cuidado de la salud —revolucionarios y manifestantes aducen que fue por un bien mayor— de los más de diez millones de cubanos que, como yo, se quedaron en casa. En tanto, de los dos lados se dijo defender «mis libertades y derechos».
Por argumentos como el citado, a esos diez millones de personas nos llaman, indistintamente, «cobardes», «chivatones» o «gusanos», dependiendo de quién lo mire. Esto da la medida de que el estallido fue social, pero no hubo unidad, ni apoyo social masivo —al menos no declarado—, entre otras razones por la desinformación mencionada.
El estallido tocó algunas fibras sensibles, o estratégicas, y el Gobierno adoptó de inmediato un paquete de medidas para flexibilizar la entrada de artículos de primera necesidad por personas naturales. El discurso del presidente fue suavizándose. La «calle solo de los revolucionarios» fue tornándose en una «Cuba de todos».
En el programa Hacemos Cuba, se ofrecieron explicaciones sobre las sanciones a los manifestantes, tal como estipula el Código Penal. Se comenzó a liberar algunos de ellos, incluso sin imputarle causas. Otros continúan detenidos. Tales medidas han sido duramente criticadas en las redes, por demoradas y contradictorias.
Entre la dirigencia se ha manifestado falta de coherencia en los discursos. Incluso, algunos han vuelto a posturas que se creían superadas a esos niveles, como el repudio a los disidentes. Por ejemplo, el Héroe de la República de Cuba, Gerardo Hernández Nordelo, coreó en el acto del sábado en la Piragua, una consigna de los ochenta: «pin pon fuera, abajo la gusanera».
Un éxito rotundo ha sido el de la sociedad civil red cubana, al demostrar que los únicos valores compartidos son los de su propia comunidad virtual y real, mucho más transparente y diversa. Bajo los principios de la libertad y la democracia, la sociedad civil red cubana goza de buena salud. Tal vez este era el empujón que necesitaba la sociedad de la información para rebasar las palabrejas técnicas: «informatización» e «infraestructura».
Para quien piense que intento invisibilizar o deslegitimar el trabajo del Gobierno/Estado/Partido/dirigentes, tengo la respuesta. La moraleja mayor de estos hechos es para ellos. Su trabajo —que no es poco, ni fácil— está siendo custodiado por el pueblo, que ha encontrado en las redes sociales y virtuales, canales expeditos para expresar y tramitar sus demandas. Somos un pueblo culto y sofisticado, que ha aprendido algo más que cacharrear nuevas tecnologías.
Las condiciones tecnológicas están creadas para el diálogo. La gran mayoría de la sociedad civil red cubana reclama diálogo popular y abierto, se opone a la anexión como vía y a la violencia como táctica, y condena el bloqueo. Eso sí, la sociedad civil red cubana es diversa y tiene demandas específicas que no deben descuidarse. La suerte está echada.
V
Mientras el potro salvaje, intoxicante y enajenante,[2] retorna, propongo reflexionar sobre algo urgente. Si partimos de que en Cuba no todos se sienten revolucionarios, o incluidos en el proyecto socialista, o amparados por sus leyes, o satisfechos y plenos —que no es igual—; y al mismo tiempo se afirma que todo es de los revolucionarios: díganse las calles, los privilegios, la palabra, los medios de comunicación tradicionales, la verdad, la paz, la crítica, la cultura, el cuestionamiento, el liderazgo, la tribuna, el permisivo aglutinamiento, las condiciones para el debate y ahora también (y de nuevo) las horas de Internet.
http://anterior.cubaminrex.cu/Sociedad_Informacion/2007/DiscursoRamiro.htm
¿Qué quedará entonces para los no revolucionarios, para los excluidos, para los no amparados, para los no satisfechos y plenos, sino callar, morir (en sus diferentes maneras) o irse lejos?
Cuando un científico social, al reflexionar sobre la realidad cubana, vuelva a cuestionarse el éxodo y la fuga de cerebros, plantéelo también en la línea de la incautación a las ideas por parte de un grupo de poder que se ha apropiado de todos los símbolos de una nación.
Olvidé mencionar, mi amigo Randy pasó su semana de desconexión trabajando laboriosamente por su comunidad, ayudando a sus convecinos que tanto lo necesitan. No ha compartido ninguna imagen ni palabra de odio en sus redes sobre los sucesos del 11-J. A Randy y Leo, cuyos egos no necesitan alimento, sino reconocimiento público y cívico, dedico mis palabras.
En esta semana de aparente desconexión ha pasado mucho más de lo que cuento aquí. Como ciudadana de esta tierra hermosa, anhelo que muchos entendidos aporten al debate para que los trascendentales hechos sean narrados en la Historia de Cuba con la necesaria objetividad.
***
* El título alude al texto «La hora de los desconectados. Evaluación del diseño de la política de “acceso social” a internet en Cuba en un contexto de cambios», de Milena Recio. http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/becas/20131219083409/Recio_trabajo_final.pdf
***
[1] «El joven que habló con el Papa». El Toque.
[2] Así se refirió a Internet el presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, en comparecencia en la Mesa Redonda el 14 de julio pasado.  Además, dijo, parafraseo, «estas redes crean pánico, desvirtúan, es terrorismo mediático». Manifestó estar a favor de la informatización de la sociedad y haber contribuido a ello, pero «Internet confunde a los jóvenes y pobladores menos entendidos», resuelve que esta contradicción puede solventarse con «valores compartidos».

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Una lección de ética en tiempos de pandemia

Todo verdadero aprendizaje es el aprendizaje de otro y desde el otro,
y no precisamente del otro que es como yo,
sino del que es diferente…
Joan-Carles Mèlich, La lección de Auschwitz
***
Son contundentes las emociones que despiertan en estos días. Tan es así, que hay personas que comentan: Cuba fue una antes del 11 de julio y otra después, ya nada puede ser igual. A pesar de ello, no voy a referirme a lo que ocurrió ese aciago día en nuestro país, sino a dos noticias que llamaron sobremanera mi atención.
La primera es la advertencia que estudiantes de la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana hicieron al gobierno sobre los riesgos de concentraciones multitudinarias. La segunda revela que algunos alumnos de Matemática de la mencionada institución académica, sostuvieron un intercambio con su Decano acerca de la convocatoria a la zona ubicada en los alrededores de La Piragüa, para demostrar apoyo incondicional a la Revolución. Ellos cuestionaron igualmente semejante proceder en medio de la grave situación epidemiológica que azota con fuerza a Cuba debido a la pandemia de Covid-19.
Mensaje de Raúl Guinovart, decano de la Facultad de Matemáticas y encargado del equipo que ha calculado las tendencias de la Covid-19 en Cuba, a sus estudiantes en el grupo de Telegram del centro docente.
Esas actitudes de un grupo de jóvenes universitarios han resultado —desde una mirada ética—, profundamente reveladoras. Estimo que la institución a la que pertenecen debería sentirse satisfecha de contar con discípulos tremendamente humanistas.
Independientemente de las presiones que existen, de la mediocridad y el oportunismo siempre agazapados, la Academia contiene en sí cierta aura de independencia solapada, misteriosa, siempre digna. Ahí conocí a profesores que admiro, que respeto, de los cuales aprendí en cada una de nuestras conversaciones y cuyas obras ocupan un lugar fundamental en la cultura científica de la nación.
Es importante explicar que cuando me refiero a la humanidad de esos jóvenes, pienso en su abierta y decidida «preocupación por el otro», por el dolor y el sufrimiento de muchos compatriotas en la actualidad. ¿Qué es más relevante, un día de proclamación de consignas o la vida y la salud de miles de personas?
Nada es más peligroso que reducir en estos momentos un contexto de miseria generalizada y descontento popular a la indiferencia hiriente y al mantenimiento de un esquema dogmático de representación de una realidad que en verdad no es tal, donde se simplifica la vida a una especie de cumplimiento de manual del perfecto «revolucionario». La filosofía de Emmanuel Levinas no se instala en las caras, sino en los rostros que se traducen en voces, gritos, llantos, ruegos. Con esto dotó el pensador lituano de un nuevo sentido a la responsabilidad.
Postura de la FEU de la Facultad de Biología ante la convocatoria al acto gubernamental del 17 de julio pasado.
Esos muchachos demostraron que la relación con el otro es un acceso ético de no indiferencia, un camino responsable. En tal sentido, dieron una lección, respondieron a una demanda de cumplimiento de un protocolo sanitario, intervinieron sobre este complejo presente; por lo tanto, es nuestro deber abrir una interpretación auténtica de lo que realmente nos sucede y desechar definitivamente la vía trillada, obsoleta, de un modelo social que ha demostrado por demasiado tiempo que no funciona.
La ética de estos tiempos descansa sobre la corporeidad, las situaciones y las mediaciones, la contingencia y los acontecimientos; ella necesita del matiz, del punto de vista, de la incertidumbre y la provisionalidad. Nada tiene que ver con grandes principios ni con la obediencia incondicional y ciega a determinados imperativos categóricos, instituciones o personajes.

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Sin gaceñiga no hay revolución

Es 11 de julio. Un domingo cualquiera con su habitual aburrimiento y parsimonia. O eso parece ser, hasta que veo en una transmisión en vivo que en San Antonio de los Baños la gente ha salido a las calles a protestar. Es una protesta numerosa e inesperada. Espontánea y muy cubana: paso de conga, bicicletas, dolores, chiflidos, “singaos” a Díaz-Canel, reclamos de libertad.
Un amigo me envía el enlace de la transmisión. “¿Viste esto?”, me pregunta. Le respondo que sí, lo acabo de ver y no me lo puedo creer. Siento ansiedad. Me dice que él también.
―Me dan ganas de salir pa la calle ―añade―. O de estar allí.
En las redes la gente comparte y comenta con júbilo y esperanza el video de la protesta. San Antonio de los Baños de pronto se vuelve viral y la mayoría ve en él la chispa de la libertad. Ha dado el empujón. Luego se une el poblado de Palma Soriano en Santiago de Cuba y poco a poco se suman otros pueblos y ciudades de la isla. Algunos preguntan en las redes: “¿Y La Habana?”.
―¿Qué hacemos? ―me pregunta mi amigo―. ¿Maleconazo?
Le respondo con tres emojies de carcajadas.
―No te rías y prepara la jaba. Vamos para Malecón.
Estoy indecisa. Mi indecisión tiene que ver más bien con mi pereza dominical.
―Dale, vamos, vieja. Y te llevo gaceñiga.
Me dejo sobornar y me empiezo a vestir. Total, es algo que me debo: un día de probar lo que es hacer uso de mi derecho a manifestarme. A la marcha cuir del 11 de mayo de 2019 no fui porque un oficial de la Seguridad del Estado me advirtió que lo mejor era que ese sábado no saliera de mi casa. Tampoco participé en el plantón frente al Ministerio de Cultura el histórico 27 de noviembre de 2020. No puedo dejar pasar este 11 de julio, cuando todo indica no será ya un domingo cualquiera.
A fin de cuentas, ¿qué puede pasar? ¿Que en La Habana nadie salga a la calle o que a los tres o cuatro más envalentonados que salgan la policía los reprima y disipe cualquier otro intento de manifestación? Siempre quedará la opción de sentarnos por ahí a comernos la gaceñiga.
Mi amigo y yo acordamos vernos en algún sitio cercano a Malecón, pero luego nos enteramos de que un grupo de artistas y activistas iría para el ICRT. Mejor vernos en El Vedado. De todos modos, un lugar queda cerca del otro. Después se verá qué decidimos. La idea, de momento, es salir a la calle. A esas alturas ni él ni yo podemos quedarnos tranquilos dentro de la casa. Son cada vez más sitios los que se levantan. Efecto dominó. O una especie de contagio por “transmisión autóctona”, hablando en términos de pandemia, cuando la causa no es un agente foráneo sino local.
Salgo a tomar un taxi y me doy cuenta de que ya han quitado internet. Se habían demorado, pienso. El Gobierno ha tomado la primerísima de las medidas para controlar el “contagio”: restringir la información que entra y que sale, la posibilidad de que se organicen otras protestas a través de las redes y grupos de mensajería rápida y, de paso, ocultar al mundo, al menos en tiempo real, las acciones de violencia y el despliegue represivo que usa contra quienes disienten.
El propio Gobierno nos ha enseñado desde la noche del 26 de noviembre de 2020, cuando sacó de su sede a los acuartelados de San Isidro, que si corta internet es porque algo está pasando, alguna puerta está rompiendo para sacar a huelguistas opositores, alguna morada está allanando, algún ministro está dando un manotazo, a algún grupo de artistas y periodistas están metiendo a golpes en una guagua. Cortar internet en Cuba es una alerta de represión.
Cuando el taxi va por Neptuno, próximo a entrar en El Vedado, damos de frente con un grupo de personas que se manifiestan. Centro Habana ha tomado las calles. Llevan un paso firme, algunos cantan “Patria y vida”, otros solo gritan “Libertad”. Aparecen cada vez más personas. Me impresiono. Hay policías en una esquina. Ellos también observan la manifestación walkie talkie en mano, anonadados, como si no supieran qué hacer y esperaran indicaciones del alto mando.
El taxi va despacio para no atropellar a nadie. Me impaciento y al mismo tiempo pienso que nunca me he sentido tan feliz en un atascamiento como este. Lo vale. Tengo deseos de bajarme y unirme a los manifestantes, pero mi amigo me espera. Cuando llego, le llamo por teléfono y le aviso que ya estoy en El Vedado. Voy rumbo al ICRT.
De lejos veo que hay un grupo de jóvenes frente a la entrada. Gritan algo, alzan las manos, gesticulan, se mueven. Algunos vehículos y personas se detienen a mirar. A medida que me acerco descubro rostros familiares. También se me hace más claro lo que reclaman. Piden que se les dé unos minutos de réplica en televisión. Una televisión única en Cuba, controlada por el Partido Comunista, que desde hace meses se ha encargado de asesinar públicamente la reputación de todos ellos, acusándoles de mercenarismo, revelando detalles de su vida íntima, violando la privacidad de sus redes sociales. Una televisión sin contrapartida, difamatoria y paternalista con sus usuarios, a quienes intenta explicarles, condescendencia mediante, lo que llama la “farsa de los artistas y opositores pagados por el enemigo”.
Los artistas frente al ICRT piden además que se respeten los derechos de expresión, de creación, de manifestación y de asociación sin que medie la violencia. “¡Derecho a tener derechos!”, claman. Llego justo en el momento en que los manifestantes cantan el Himno Nacional. Me emociono. Abrazo al actor Daniel Triana, saludo a Yunior García Aguilera y a otros conocidos. Enseguida me uno a sus demandas.
Los trabajadores del Instituto, parados en el portal del edificio, responden con consignas pro-Gobierno. Lanzan vivas a Fidel, a Raúl y a la Revolución. De vez en cuando se acuerdan de Díaz-Canel. Se les unen más trabajadores. Por la manera en que llegan, parecen haber sido convocados con premura. Traen banderas cubanas, como si a ellos Cuba les importara más que al resto. “¡Somos cubanos!”. “¡Somos iguales a ustedes!”, les recordamos a todo pulmón. Nos sentamos en el suelo. No queremos enfrentamiento. Aun sentados nos mantenemos firmes pidiendo que se respeten los derechos que hemos venido a exigir.
Quieren probar nuestro verdadero interés en Cuba repitiendo consignas como “¡Abajo el bloqueo!”, “¡Cuba sí, yanquis no!”. Ni cortos ni perezosos nos levantamos y, a diferencia de ellos, demostramos que podemos decir sus consignas, las que conservan un poco de sensatez. Aquello les confunde. No se esperan que nos pronunciemos contra el bloqueo y contra la injerencia norteamericana. Pero como buenos repetidores retoman su discurso. No se les ocurre otra cosa.
Sus consignas carecen de creatividad. Son las que el oficialismo enseñó desde 1959. Desde entonces ha muerto toda originalidad y espontaneidad. La Revolución sin revolucionarios. O con muy pocos, los pocos que también han sido expulsados del oficialismo y difamados por haberse atrevido a disentir en lo más mínimo.
Los “segurosos” o agentes de la Seguridad del Estado han empezado a llegar. Se han ido colocando estratégicamente entre nosotros. Algunos parecen nerviosos, reciben llamadas, cuelgan, sudan, se limpian las gotas, nos miran, trastean el celular, se llevan las manos a los bolsillos, nos miran, se comen las uñas, intentan camuflarse entre nosotros. Pero sabemos distinguirlos. Y solemos acertar bastante.
Están a la espera del momento propicio para detener con violencia a las figuras clave de la manifestación y disiparlo todo. Estamos rodeados. Detrás y a los lados los tenemos a ellos y enfrente a los trabajadores del ICRT, que han subido el tono, se han puesto agresivos. Lo que ellos entienden como un enfrentamiento para ver quién grita más alto y quién defiende más a Cuba, para nosotros es un intento de diálogo, una interpelación al poder, un ensayo de democracia.
Nos miran con odio y nos gritan “¡Abajo la gusanera!”. Se acercan a reafirmarnos en la cara: “¡Cuba Sí, yanquis no!”. Les secundamos: “¡Cuba Sí, yanquis no, autoritarismo oficialista y violaciones de derechos humanos tampoco!”. Les respondemos con “¡Viva Cuba Libre!”, libre de yanquis y también de autócratas y dictadores mal llamados revolucionarios.
Veo a mi amigo a lo lejos y salgo del tumulto para encontrarme con él. Un seguroso me agarra del brazo y me pregunta a dónde voy. No le respondo y solo miro su mano sobre mí. Me suelta. Está impaciente y sofocado. Ya quiere empezar su maniobra represiva. “Andan a la cara”, le digo. Mientras me alejo, escucho que le dice a uno: “¿Qué tú haces aquí? Pírate o te voy a montar a ti también”.
Llego a donde está mi amigo y le cuento lo que ha pasado. Nos mantenemos a una distancia prudencial. A él le parece que eso ahí es un intento fallido. Un camión parquea justo detrás de los manifestantes. Los trabajadores del ICRT han ahogado la manifestación. Mi amigo se irrita:
―¿Pero ves las edades? ¿Te das cuenta? El problema de Cuba es generacional ―sentencia―. Vamos pa Malecón que por ahí debe de haber algo.
En lo que nos alejamos se arma el caos. Montan con fuerza en el camión a algunos artistas y activistas. La turba “revolucionaria” les grita desde abajo, aprueba la violencia. Es cómplice. Vemos gente corriendo entre los carros, policías y agentes de la Seguridad del Estado persiguiendo y agrediendo a periodistas que han filmado los sucesos. Lo más seguro es que quieran borrarles lo grabado y destruir sus equipos de trabajo. Siento frustración y un poco de angustia. ¿Qué pasará con ellos?
Bajamos La Rampa y atravesamos Centro Habana por las calles cercanas a Malecón. La idea es sumarnos a cualquier protesta que aparezca. Por el camino se nos unen otros amigos y conocidos. Uno de ellos nos cuenta que Díaz-Canel en televisión acaba de mandar a los revolucionarios a las calles a contrarrestar las manifestaciones, al pueblo a enfrentarse contra el pueblo. Ha dicho que la orden de combate está dada. “Singao” empieza a perder para mí su tufo homofóbico y a parecerme un adjetivo muy pobre para describirlo.
De momento no vemos nada, aunque las calles están revueltas. Se nota que algo ha pasado. Cuba ha amanecido con más deseos de libertad que nunca. El sol está fuerte y empiezo a sentir sed. Llegamos hasta Prado. Ahí tampoco hay nada. Al fin compramos agua en una cafetería por el Museo de Bellas Artes. Subimos en dirección al Parque Central, cansados y sin esperanzas. Creemos que ya todo se ha acabado.
Mientras nos acercamos se escucha un coro de voces cada vez más fuerte. Justo en el parque nos sorprende una cantidad inmensa de personas manifestándose. Aquello es impresionante. No he visto en Cuba una concentración así que no sea para actos convocados por el oficialismo, comúnmente bajo coacción. La alegría de la gente es contagiosa. Mi amigo sonríe, graba con su celular. Se emociona y alienta a los que pasan. Le escucho decir: “Esto, esto es lo que teníamos que hacer. Mañana Cuba amanece libre”.
Enseguida nos metemos entre los manifestantes, quienes van por Prado en dirección a Malecón. Nadie pide intervención militar, nadie pide anexión a Estados Unidos. Al menos allí, “¡Patria y Vida!”, “¡Tenemos hambre!”, “¡Medicinas!”, “¡Cierren las tiendas MLC!”, “¡Abajo la dictadura!”, “¡No más violencia ni represión!” y “¡Libertad!” son los reclamos y consignas que dominan la protesta. Cierto, también de vez en cuando le dedican un “singao” a Díaz-Canel.
Entre los “boinas negras” y los pocos “revolucionarios” que han aparecido intentan tomar el control y cortarnos el paso. Pero somos muchos; somos una masa de gente que yo jamás pensé ver reunida algún día. Los “boinas negras” nos amedrentan con sus armas y les respondemos coreando que no tenemos miedo, porque “el pueblo unido jamás será vencido”. La consigna que nos ha hecho memorizar el oficialismo, hoy la usamos en su contra. Hay chiflidos, aplausos, sonrisas, entonaciones del Himno Nacional cada vez que los “boinas negras” pretenden aplicar su fuerza.
Nos cortan el paso, pero agarramos a toda velocidad por una calle perpendicular a Prado hasta llegar a la del Museo de la Revolución. Es un giro inesperado para quienes pretenden disipar la protesta. La gente corre por los laterales y jardines del museo rumbo a Malecón. Disfruto el caos. El tráfico se detiene, las guaguas y los carros nos regalan sus cláxones, algunas personas nos alientan desde las ventanillas de las guaguas.
Nos encontramos con unas muchachas trans y travestis que también van en la manifestación. Mi amigo me dice: “La comunidad LGBTIQ presente”, y reímos los dos. Me aprieta fuerte la mano y seguimos. Me detengo a mirar a la gente que está protestando. La mayoría afrodescendientes, gente de barrio. Somos un batallón. Somos la gente que vive en barrios y comunidades vulnerables, por la que se hizo la Revolución. “Marginales”, “vulgares”, “confundidos”, “delincuentes”, dirían el presidente y algunos intelectuales.
Cruzamos por encima del túnel y nos acercamos cada vez más a Malecón. Los “boinas negras” nos persiguen. Cuando se acercan a alguien en particular corremos a rodearle con las manos en alto. No vamos a ser violentos, pero tampoco dejaremos que violenten a nadie. Corremos de un lado a otro. Los tenemos sofocados. De pronto pierdo a mi amigo. Me llama y me dice que están en la estatua de Máximo Gómez. La explanada circular está llena de manifestantes. El gran bloque parece haberse fragmentado: algunos han llegado al malecón, otros han retrocedido o permanecen bajo el Generalísimo gritando “Libertad”.
Me rencuentro con mi amigo, que está feliz de ver todo lo que se ha armado. Empezamos a sentir el cansancio y la sed y decidimos marcharnos de allí. Un grupo de hombres de la tercera edad armados con palos nos pasa por el lado. Son los convocados por el presidente para pelear contra los manifestantes. Son unos viejos fatigados. Pueden ser mi abuelo. En ese momento me siento feliz de que mi abuelo, el combatiente, haya muerto y haya muerto decepcionado. A mi abuelo nadie lo obligará a dar palos. Nadie lo va a coger para eso.
Más atrás vemos una formación de soldados del servicio militar obligatorio y guaguas de las que han bajado civiles que llegan a enfrentarse a nosotros. Algunos de estos últimos nos alcanzan en la calle Habana cuando pretendemos retirarnos. Vienen con banderas y con sus consignas de autómatas, sus vivas a Fidel y a la Revolución. Vienen con su tradición de actos de repudio, nos cantan “Pin pon fuera, abajo la gusanera”, nos gritan vendepatrias, pagados, mercenarios. Todavía me asombro de la facilidad con que los oficialistas llaman mercenario a cualquier persona con un pensamiento disidente.
Corean “¡Yo soy Fidel!” y dicen que contra esta Revolución nadie puede. La mayoría son mujeres. Se desgañitan y las venas se les marcan, el rostro enrojecido. Mi amigo le pide a una que se suba la mascarilla. La mujer le responde que ella tiene más cojones que él. Nos gritan que nos vayamos, que abandonemos el país, que Cuba es de ellos, los “revolucionarios”. Exhiben sus banderas con orgullo, como si nosotros anheláramos otra bandera. Como si solo ellos fueran dignos de portarlas.
Siento una profunda impotencia y deseos de responderles. Mi amigo me convence de la improductividad de intentar algún diálogo con ellos. Los fanáticos solo creen en sus dogmas y de ahí no hay quien los mueva. Finalmente nos vamos. Cae la tarde. Todavía seguimos sin internet, pero nos hemos enterado de que en toda Cuba ha habido protestas, arrestos, exceso de violencia por parte de las fuerzas policiales, incluso heridos.
Volvemos a salir a Prado. Hay un tumulto confuso de “revolucionarios” y protestantes anti-Gobierno. Nos encontramos con otros amigos que nos cuentan que en Carlos III se ha armado algo grande también. Hacia allá vamos. Ya estoy cansada, sigo sedienta y sudorosa, pero ahora mismo no hay nada más importante en mi país que estar en las calles y apoyar.
Por el camino una señora nos pregunta:
―¿Y ustedes de qué bando son? ¿De Patria y Vida o Patria o Muerte?
Primero nos reímos, luego entendemos lo que ha querido decir. Uno de nosotros le responde que de “Patria y Vida”. “Somos de los que queremos una vida mejor, libertades, que se respeten nuestros derechos, una Cuba Libre”, matizo. Entiendo también qué es lo que mi papá –electricista y negro marginal de San Miguel del Padrón según la descripción de la cúpula del poder― quiere decir cuando canta “Patria y Vida”. Él y los miles que la coreamos por todo Prado.
Subimos por Belascoaín. La calle está llena de gente y todos hablan de lo mismo: las protestas y la violencia policial. Carlos III tiene más policías que civiles. Parece que algo pasó aquí. Nos sentamos en un parque wifi. Una de las que vienen con nosotros se logra conectar a internet y nos va contando lo que ha pasado en otros municipios y ciudades del país. Al parecer, en la Plaza de la Revolución ha habido un enfrentamiento grande. “Ese es el lugar”, dice mi amigo. Y hacia allá vamos. Tal vez alcancemos a algo.
El cansancio y la sed aumentan. Mis piernas no dan más y tengo hambre. Todos se nos quedan mirando en la calle. La gente empieza a mirar con desconfianza. Nosotros también a ellos. ¿Serán? ¿Qué serán? ¿Serán de “Patria y Vida” o de “Patria o Muerte?”. Llegamos a una de las calles que conducen a la Plaza. En la esquina hay un grupo de personas que observan algo. Es un desfile de “reafirmación revolucionaria” que el Gobierno está preparando. Una manera de limpiar el honor de la Revolución.
Más adelante, bajo unos árboles, hay unos civiles mayores que también observan. Pasamos por detrás de ellos. Un muchacho que viene de correr nos dice que eso allá está militarizado. No nos van a dejar pasar hasta después del desfile. Decidimos regresar. Los señores que hemos dejado atrás nos empiezan a gritar cosas. Uno de ellos, el más anciano, nos pregunta qué hacemos y a dónde vamos. Le respondemos que a la casa.
―Ustedes saben que eso es mentira ―dice alterado―. Ustedes no iban para la casa. Váyanse de aquí, provocadores.
Yo voy delante. Procuro no dejarme provocar. Recuerdo las palabras de mi amigo: “El problema de Cuba es generacional”. No voy a negar que esos señores reaccionarios me intimidan. Se vuelven agresivos en un minuto. Pero en realidad lo que tienen es un profundo miedo: unos a perder su posición social y sus prebendas, otros a perder algo que hace tiempo les falta.
―Váyanse. Las calles son de los revolucionarios ―nos dice el anciano.
―No, las calles son de todos los cubanos ―le responde uno de nosotros.
El anciano se queda vociferando mientras nos alejamos. Más adelante, antes de entrar al Vedado, vemos otro grupo de “revolucionarios”. Una mujer nos intercepta y nos pregunta también a dónde vamos. La reconozco. Es una de las que llegó como refuerzo y con banderitas cubanas al ICRT.
―Vamos para la casa ―le decimos y nos mira con desconfianza. Están convencidos de que las calles son de ellos.
Son las 8:00 p.m., tengo sed, no siento mis piernas. Necesito un baño. La verdad, no tengo mucha hambre. En lo que menos he pensado es en la gaceñiga. Mi amigo no ha cumplido su parte. Para la próxima será, pienso. Ya esto no hay quien lo pare.
Esa noche me quedo en su casa. Me ha agarrado el toque de queda. No logro conciliar el sueño pese al cansancio. Lo vivido durante el día me mantiene excitada. Ha sido una inyección de energía. Finalmente me duermo, satisfecha. Nos podrán quitar las calles, pero ya perdimos el miedo. Hemos probado otro sorbo de libertad y eso es como cuando descubrimos el sexo o algún vicio. Sentimos la necesidad de repetir una y otra vez.
Nos podrán asustar con sus perros, con sus tiros; violentar con sus tonfas y palos; detener, sitiar, interrogar, meter a empujones en un camión, cortarnos internet, pero no podrán negar que esta noche dormimos en una Cuba un poco más libre. Nos podrán enemistar con familiares, amigos y vecinos, pero no me harán olvidar que tengo una gaceñiga pendiente para próximas revoluciones.

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El derecho al libre albedrío

Desde que Eva convenció a Adán de morder la manzana del Paraíso, la voluntad de los humanos de ejercer su libre albedrío llenó de ira a los dioses y sus representantes: sacerdotes, monarcas y servidores. En la Cuba actual parece reproducirse esta pugna milenaria. Según muchos piensan, el pueblo de la Isla solo actúa si ejecuta órdenes; para unos, las provenientes del gobierno cubano; para otros, del estadounidense.
Si para el Gobierno/Partido/Estado los protestantes del 11-J eran «mercenarios pagados por el Imperio», ciertos opositores tradicionales perciben a quienes se manifiestan a favor del modelo como «obligados por el Estado», que los mantiene a condición de que permanezcan tranquilos y obedientes, como el buey manso del poema martiano Yugo y Estrella.
Ambas posturas reflejan una visión elitista y soberbia y un desprecio manifiesto por los hombres y mujeres del pueblo, al que dicen servir pero al que consideran incapaz de expresar directamente sus más caros deseos y aspiraciones por considerarlo más un rebaño de carneros que una multitud de individuos que ejercen su libre albedrío. ¡Qué casualidad que para los soberbios siempre los que actúan por encargo de sus jefes son los que piensan diferente!
«(…) para los soberbios siempre los que actúan por encargo de sus jefes son los que piensan diferente» (Foto: Estudios Revolución)
El 11-J sacó a la calle a tantos cubanos y cubanas de todas las edades y profesiones, que no bastaría el presupuesto de la CIA/USAID para pagarles el servicio. Puede haber existido un grupo de instigadores de lo acontecido, ladrones que aprovecharan para vandalizar donde único hay algo —las tiendas en MLC— y extremistas que atacaran a policías y hasta un hospital, pero la inmensa mayoría de los manifestantes expresaban sus más caras aspiraciones gritando pacíficamente en un arrebato de libertad. 
Casi todos los que hallan en el 11-J la expresión de un plan urdido en la sombra por una red de espías, lo hace por tres factores concomitantes: la estupefacción ante una explosión social sin antecedentes luego de 1959; la larga historia de agresiones y planes subversivos aupados por el gobierno de los Estados Unidos para acabar con la Revolución; y la incapacidad para asumir que alguien en Cuba se atreva a salir a la calle por propia voluntad a expresar opiniones políticas contrarias al gobierno.
Los dos primeros son hechos, el tercero es expresión de la eficacia con que han funcionado durante décadas los aparatos ideológicos del Estado —sistema de propaganda, escuela, prensa, medios de difusión, etc.— para imponer un sentido común acorde a sus intereses hegemónicos. A medida que lo ocurrido sale a la luz en vídeos, entrevistas y testimonios, todo parece indicar que la desesperación ante la situación existente, la agudización de la pandemia y la falta de concreción de los derechos plasmados en la Constitución de 2019, compulsaron a miles de personas a salir a las calles imponiéndose a sus miedos acumulados.
El agravamiento sostenido de la crisis, y sus consecuencias sobre los sectores más humildes y preteridos por las medidas tomadas —sobre todo las vinculadas a la venta de artículos de primera necesidad en tiendas en MLC y la consiguiente subestimación del peso cubano—, crearon el caldo de cultivo para este grito de los obstinados.
«Yo soy yo y mis circunstancias. Y si mis circunstancias cambian, cambio yo», decía Ortega y Gasset. Por eso no fue casual que los lugares donde se suscitaron las mayores protestas sean localidades y barriadas pobres, como puede apreciarse en los vídeos que proliferan en internet. De ahí que el Gobierno/Partido/Estado deba estipular medidas que favorezcan el consumo popular, no solo con el incremento de la producción nacional, sino también de las importaciones por vías que no sean las empresas comerciales monopólicas estatales, sancionadas por Trump y con sus arcas exhaustas.

Múltiples iniciativas se han propuesto. Todas implican superar el anacrónico monopolio estatal del comercio exterior, elemento del modelo que en seis décadas de funcionamiento ha demostrado su incapacidad para gestionar las necesidades de una economía abierta como la cubana, más allá de establecer enormes contratos con poderosos socios extranjeros —casi siempre de países aliados— que resultan obsoletos en la actual dinámica de la economía mundial y cubana en particular. También aquí es preciso confiar en el libre albedrío de los productores nacionales —estatales, cooperativos y privados— para escoger los proveedores y compradores extranjeros que mejor satisfagan sus intereses y las demandas del país.
Más allá de la implementación definitiva y eficaz de esta y otras reformas económicas pendientes, para que las protestas callejeras no se repitan y el país no entre en una espiral de violencia que no sería beneficiosa para nadie que quiera de veras a Cuba, hay que trazar una hoja de ruta conjunta del Estado y la sociedad civil.
Entre sus tareas deberían priorizarse el respeto y legalización de la libre expresión de las ideas políticas mediante una norma jurídica que establezca el procedimiento para hacerlo. Al mismo tiempo, determine los deberes y derechos de los participantes y de las fuerzas del orden que los protegerán e impedirán cualquier tipo de excesos.
Aunque la ANPP tiene su propio calendario legislativo, en el cual la implementación de los derechos de manifestación y reunión estaba prevista para septiembre de 2020 y fuera pospuesta por la pandemia, es preciso que los diputados se ocupen con urgencia de adelantar su discusión, aprobación y puesta en práctica. Es una deuda de los legisladores con sus electores, que son tanto los que salieron el 11-J a protestar pacíficamente, como las víctimas de actos violentos, los golpeados y encarcelados y sus represores.
También un compromiso para honrar los tratados internacionales sobre derechos humanos de los que Cuba es signataria. Más aún, llevar el derecho al libre albedrío político al cuerpo de la ley es una deuda con Martí quien previniera: «De nada servirían la libertad y el derecho, si el derecho y la libertad no se ejercieran; si todavía tuviera el pensamiento sobre sus espaldas el látigo de la censura».[1]
*** 
[1] “Los tiempos se acercan”, El Socialista, México, 11 de junio de 1876, OCEC, T2, p. 274.

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El 11J en Cuba: contextos, circunstancias y escenarios

Manifestantes, en su mayoría jóvenes, recorren las inmediaciones de la sede de la Asamblea Nacional de Cuba, en el paseo del Prado de La Habana, durante las protestas antigubernamentales estalladas el 11 de julio en el país insular caribeño.
Foto: Jorge Luis Baños/IPS

LA HABANA, 20 jul.- Las manifestaciones del domingo 11 de julio a lo largo y ancho del territorio cubano no deberían haber sorprendido. Los cubanos llevaban meses sufriendo penurias cada vez mayores. Algo tenía que pasar.
A pesar de los numerosos errores e insuficiencias de la política económica, algunos reconocidos por Raúl Castro, el propio presidente Miguel Díaz-Canel y otros dirigentes, hasta ese día, se mantenía incólume la percepción, ahora puesta en duda, de que el gobierno cubano controlaba la situación, pues había heredado suficiente capital político y margen de maniobra.
Bastaba con apelar a la continuidad en la defensa de la soberanía y de las conquistas sociales de la Revolución. Se aceptaba algo que es solo parcialmente cierto: las excepcionales dificultades sufridas en los últimos meses se deben al bloqueo y a la pandemia, que era manejada con mucha solvencia. El tiempo estaba de su parte y podía llevar a cabo las reformas prometidas en el 2011 sin prisa, pero sin pausa, aunque a veces estas últimas parecían ser muy largas.
El 11 de julio cambió todo eso.
No cabe duda de que el detonante de la mayoría de estas manifestaciones y disturbios fue la campaña de desinformación y promoción del estallido social que se realiza persistentemente en las redes sociales desde fuera de Cuba, con apoyo de financiamientos de Washington.
Se han convertido en un elemento tóxico en la realidad nacional, que impacta sobre todo en jóvenes y especialmente en barrios empobrecidos. Esa campaña se combina de manera perversa con las propias medidas coercitivas unilaterales o bloqueo. Pero si esa campaña fue el detonante, también es cierto que no habría sido efectiva si no existiera un caldo de cultivo en los siguientes factores:
-el deterioro de la situación social en barrios empobrecidos (algo que no es nuevo pero que se ha agudizado en años recientes y no solo por la pandemia);
-el aumento de las enormes dificultades para conseguir alimentos, que las autoridades han sido incapaces de resolver;
-debido a los últimos brotes, especialmente en Matanzas, la falsa sensación de que el gobierno pudiera no ser tan eficiente como parecía en el manejo de la pandemia, tanto en su aspecto preventivo (vacunas y candidatos vacunales) como asistenciales (control de contagios y letalidad);
-una ineficiente estrategia comunicativa;
-una tendencia a desconocer, limitar y hasta criminalizar el disenso.
El gobierno cometió y sigue cometiendo el error de subestimar y hasta ignorar que sus propias acciones o falencias, percibidas o reales, provocan el malestar ciudadano. Se ha aferrado a la narrativa de que el estímulo exógeno al estallido social es el único o al menos el principal causante.
A una semana escasa del 11 de julio, se observa a las autoridades intentando operaciones de control de daños. Pero ese esfuerzo sigue siendo incompleto o mal dirigido.
Carlos Alzugaray.
Para continuar por ese camino es imprescindible evaluar correctamente la situación política y social y no cometer el error de culpar solamente a los factores externos sin atender los internos.
Ante todo, tiene que acometer con urgencia las reformas prometidas y garantizar que las mismas mejoren la vida cotidiana de los ciudadanos. Las colas para alimentos se han convertido en un suplicio para cualquiera.
Un problema adicional que complica la situación es cómo contener a los elementos criminales que se aprovecharon de la situación para propiciar disturbios violentos sin que, al mismo tiempo, se cree la imagen, tanto dentro de la sociedad cubana como en el entorno internacional, de una represión excesiva contra manifestantes pacíficos.
Una de las primeras manifestaciones, la acontecida en San Antonio de los Baños, parece haber sido de estas, una protesta pacífica, como confirmó la presencia del presidente Díaz-Canel en esa ciudad ese día. Se trataba en gran medida de ciudadanos descontentos por penurias adicionales no adecuadamente justificadas por las autoridades.
Dentro de la sociedad cubana la experiencia de haber debatido y aprobado una nueva Constitución que contiene importantes elementos de respeto por el debido proceso no es un hecho menor. Entre los ciudadanos existe un mayor nivel de exigencia en el cumplimiento de la ley a que las autoridades policiales están obligadas.
En cuanto a la estrategia de comunicación debe buscar el adecuado balance para sumar y recuperar apoyos y evitar perder aún más de éstos. Hay una evidente erosión de la capacidad de convencimiento del argumento que todo se debe al bloqueo, más allá de que sea una verdad comprobable. El abuso de ese argumento sin enfocarse autocríticamente en los propios conduce a una pérdida aún mayor de credibilidad
Las autoridades deben intentar superar dos obstáculos político-ideológicos importantes. El primero es que aún prevalece en la burocracia la vieja mentalidad estrecha del socialismo como un modelo estatista basado en la planificación centralizada, que minimiza el papel del mercado en la asignación de recursos.
El segundo nace de concepciones que definen el socialismo en términos autoritarios, desconociendo o criminalizando el disenso de los que recomiendan cambios en el modelo social para hacerlo más eficiente económicamente y más democrático y respetuoso del estado de derecho que se estableció por la Constitución del 2019.
Esta tendencia arremete contra todo el que disiente endilgándole muchas veces epítetos como el de “centrista”, que se intentan convertir en sinónimo de contrarrevolución.
Las interpretaciones que se le están dando desde los medios oficiales a lo acontecido el domingo demuestran ese punto. Hay un intento de desprestigiar, disminuir y hasta criminalizar a todo el que se sumó a las protestas, calificándolos de “anexionistas”, criminales o “confundidos”. No todo el que participó cabe en esas descripciones ambiguas.
Hay demandas reales hechas de forma pacífica, cuyo desconocimiento puede ser arriesgado.
A ello habría que añadir que el discurso oficial justifica el uso de la violencia represora y esto impacta negativamente en sectores de la población que se mantienen al margen, pero observan con consternación todo lo que sucede. Un ejemplo que viene al caso es el de intelectuales y artistas que han hecho públicas sus críticas.
Los acontecimientos han repercutido negativamente en la imagen internacional de Cuba. Se percibe que las autoridades, incluso las de seguridad, fueron tomadas por sorpresa. También hay la apreciación de que se está ocultando el nivel de la represión.
A estas alturas no hay todavía una cifra de detenidos ni una información de cuántas manifestaciones se produjeron, cuántas fueron pacíficas, cuántas fueron claros disturbios, ni de cuántos ciudadanos participaron. Y, por supuesto, hay voces que reclaman la liberación de todo el que protestó pacíficamente.
Este vacío de información provoca que tanto la ciudadanía como actores externos puedan ser desinformados por aquéllos que tienen el evidente propósito de acosar al liderazgo cubano sin importarles más nada.
No se tiene en cuenta que en la ciudadanía ya se ha arraigado la idea de que la protesta pública pacífica es lícita y debe ser protegida por la ley, ante cuyo precepto el gobierno parece tener una actitud negativa, cuando reacciona proclamando que “la calle pertenece a los revolucionarios”.
Esa no es la respuesta más conveniente ni desde el punto de vista interno ni del externo, además de que atenta contra el estado socialista de derecho.
En resumen, estas manifestaciones son inéditas y llaman la atención sobre problemas internos de la sociedad cubana agudizados por las medidas coercitivas unilaterales del gobierno norteamericano, que empobrecen al pueblo y acosan al gobierno cubano.
Es un reto de gran magnitud para un liderazgo político cubano que, a pesar de que ya ha sido puesto a prueba, está en proceso de consolidación en condiciones excepcionalmente adversas, no sólo por la pandemia.
Los desafíos son sumamente complejos, pero son también decisivos.
Los líderes cubanos harían bien en considerar que, en situaciones similares en otros contextos, la estrategia exitosa seguida por homólogos políticos afines ha tenido como divisa sumar y no restar; escuchar y no hacer oídos sordos a los reclamos legítimos.

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11 de julio: se acabó la pausa

En 2014, cuando aún vivía en mi vieja casa de Lawton, en La Habana profunda, escribí estos versos espantosos, que titulé “La pausa”. Decía yo entonces:
Es julio.Y es verano.Un verano caliente y monótonocomo si estuvieras metido en una novela de William Faulkner,en la que te sientes como el cadáver de la señora Addie Bundren,penando bajo el sol de la América profunda,entre las plantaciones de algodón y los salmos,entre los baches de las calles y la basura sin recoger,entre la ruina y la decadencia.
Pero todo está bien.Jodido, pero bien.Todo es igual que ayer,e igual que mañana.El destino se pierde en el largo senderoque tenemos aún por delante.“¿Dónde están esas banderas?”, nos preguntan en las jornadas combatientes del pueblo.Gritemos bien fuerte: “¡No pasarán! ¡Imperialistas de mierda!”.
Pero todo será para mejor.Se han tomado acuerdos.Se está trabajando fuerte.Se han identificado las causasobjetivas y subjetivas de los problemas.Y todo quedó consignado en acta.“Comandante en Jefe ¡Ordene!”¡Ordene, mi general de ejército!
Pero con calma. Con mucha calma.Sin prisas.Por eso es la pausa.
Para ese entonces estaban de moda los llamados “Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución”, e incluso se trabajaba en un diseño estratégico de la economía para los próximos treinta años. Recuerdo a una compañera del Departamento Ideológico del Comité Central del Partido, una especie de Lady Gaga de la Comintern, golpearse en la frente y decir:
―Todo está ahí. Todo está en los Lineamientos.
Faltó poco para que levantara con solemnidad aquel cuadernillo impreso en papel gaceta y besara la portada. Extra Ecclesiam nulla salus, fuera de la Iglesia no hay salvación. ¡Alaba’o-si-mi-dió! Ahora sí que íbamos a construir el socialismo, a construir algo, a responder a la pregunta que quedó dibujada en el cielo patrio cuando cayó el Muro de Berlín y once millones de cubanos nos preguntamos cuál iba a ser el rumbo de la nación. El general-presidente repitió, año tras año, en aquellos discursos que leía en las sesiones de nuestro parlamento amodorrado, que avanzaríamos sin prisas, pero sin pausas, en la construcción de un socialismo próspero y sostenible. Para eso había que ahorrar, sustituir importaciones, ser muy pacientes, y también orar por un milagro.
Contra todo pronóstico, Dios mandó un botecito salvavidas, quizás el mismo que aparece en la imagen de la Virgen de la Caridad. Justamente el día de San Lázaro, nos enteramos de que Barack Obama y el general-presidente abrían embajadas: a la retórica del “no pasarán” se le añadía un componte. Ya no eran “yanquis de mierda” los compañeros yanquis. No sé los demás, pero yo respiré con alivio. Celebré el arribo de los cruceros, de la esperanza, a una Habana que hacía siglos no escuchaba buenas noticias y que no acababa de empatarse con el vaso de leche fresca que había prometido el general-presidente en un discurso por el 26 de julio en la ciudad de Camagüey.
Después, como en las películas francesas, no pasó nada. Las reformas nunca llegaron, o llegaron tarde, o llegaron mal. El compañero Marino Murillo, el zar de los Lineamientos, hablaba con regularidad en la Mesa redonda y nos presentaba diapositivas con cifras, gráficos y tareas por cumplir, con esa jerga para mí incomprensible que tienen los economistas del socialismo real.
Y yo, sin mucho aguaje, como el cobarde que soy, dejé de creer en lo poco que había creído. Me arrodillé y moví los labios en señal de oración, un buen recurso en cuestiones de fe, pero por más que lo intenté no logré desentrañar el misterio de la empresa estatal socialista, no logré encontrarle la poesía perdida a mi barrio de Lawton. Me venció la absoluta fealdad que me rodeaba, e hice lo que muchos desde hace tanto tiempo. Salí echando. Me piré.
Para ese entonces, mis amigos ya se habían ido de Cuba o estaban en el trámite. Conmigo quizás la patria no perdió mucho, un intelectualito de café con leche, una “parte blanda” de la sociedad que bien poco podía aportarle a la “obra gloriosa de la revolución”. Pero al mismo tiempo en que yo lo hacía, la patria perdió también a gente muy valiosa de mi generación: obreros, médicos, poetas, emprendedores, artistas plásticos, escritores, contadores, ingenieros, gente buena y gente noble que en otras circunstancias habrían plantado árboles, tenido a sus hijos y escrito su obra en Cuba. Otros se quedaron en la isla, pero no vieron las señales de la prosperidad anhelada.
Yo metí a Cuba en mi maleta. A mis muertos. A mis sueños. A mis libros. La Habana se fue en mi idioma. La Habana se fue con todos los amigos a quienes reencontré en las calles de Madrid, la Ciudad de México, Miami, Nueva York y Montreal. “Ganaron ellos”, pensé. “Ganaron los ‘compañeros’. Suyo es el reino”.
Estos días de sangre y furia me han traído a la memoria aquel verano aplastante de 2014 cuando escribí esos malos versos, y con él las huellas de mi desesperanza, de la pausa en la que hemos estado por tan largo tiempo, una pausa que es causa principal de las manifestaciones de descontento popular que el 11 de julio sacudieron la mayor parte de la geografía cubana.
Al compañero Miguel Díaz-Canel, sucesor designado del general de ejército a título de Presidente de la República y Primer Secretario del Partido Comunista, le ha tocado capear una tormenta perfecta. Las reformas económicas nunca llegaron. Donald Trump, contra todo pronóstico, resultó vencedor en las elecciones de 2016 y revirtió la política aperturista de Obama. Para colmo, una pandemia de proporciones bíblicas se abatió sobre el planeta. Mientras el barco hace aguas, el compañero timonel sigue en la bodega leyendo un manual de instrucciones que, para colmo, está escrito en la neolengua de la Escuela Superior del Partido, la Ñico López.
El pecado original del diazcanelismo y su incapacidad para reflotar el barco está bien expresado en el lema de su gobierno: “Somos continuidad”. La continuidad es un huevo de Fabergé que, al abrirlo, despliega los usos y las costumbres de un viejísimo “gobierno de difuntos y flores”. Continuidad es culto al pasado, a la “gloria que se ha vivido”, pero no hay capacidad para replantear el juego en otros términos, para arriesgarse a cambiar las cosas, para dejar de hablar en consignas, ya saben, romper con la cadena toma de acuerdos – identificación de problemas – trabajo puntual en las soluciones.
Entre las cualidades que avalaron la designación del compañero Díaz-Canel y su equipo de gobierno está, sobre todo, la disciplina partidista, el respeto sacrosanto a lo establecido, su capacidad de trabajo; pero nunca, que yo sepa, he visto que lo alabaran por su imaginación, una cualidad de dudosa estima entre los funcionarios que hacen carrera en el Partido. Hace falta mucha imaginación, mucha adrenalina, mucho riesgo, toneladas de valentía, para que Cuba salga de la pausa en la que está metida, para que Cuba arribe de algún modo al siglo XXI.
La continuidad es un intento por repetir infinitamente las mismas fórmulas que han demostrado ser inefectivas, esperando siempre obtener un resultado diferente. Continuidad es pensar que el país no ha cambiado, que los cubanos somos los mismos de hace treinta, cuarenta años. Pero la crisis, nuestra crisis histórica, nos ha pasado factura. Hoy somos menos, estamos más cansados, estamos más aburridos, estamos más estratificados, estamos más jodidos, en la acepción más amplia de la palabra.
Puro avestrucismo es pretender que las contradicciones de la sociedad cubana son “no antagónicas”, que se pueden expresar en el debate interno de un partido, por demás, el único partido legal que existe en Cuba; dinamitar los puentes con una sociedad civil en franca expansión, convertir a la cultura en un editorial de Granma. Cuba es un país cada vez más plural, y por mucho que invoquen a la momia de Lenin y el “no pasarán”, ya todo el poder no puede estar en manos de los bolcheviques; el poder hay que socializarlo, hay que compartirlo, hay que negociarlo a nivel de prácticas y a nivel de discursos. La patria ya no es gobernable a golpe de consignas y mucho menos a golpe de tonfas.
Mientras tanto, en lo que el Gobierno continuaba estudiando, sin prisas pero sin pausas, la cuadratura del círculo y los medios de comunicación del Estado/Partido/Gobierno seguían apelando al pasado glorioso, llegó la epidemia de coronavirus y todo se desestructuró más de lo que estaba, hasta la esperanza, hasta ese arte infinito de la paciencia que ha caracterizado a la nación en su historia reciente. La gente se cansó. Daba igual si el “imperio”, la CIA, los influencers, el bloqueo yanqui, el show de Otaola, las damas de blanco, Yoani Sánchez, los blogueros, las redes sociales y la madre, la mismísima madre de todos los tomates se la tenían jurada al generalato y al Consejo de Ministros. La gente no pudo más con las colas, con la falta de medicamentos, con la desesperanza, con el calor agobiante que hay en nuestras ciudades desarboladas, con los derrumbes, con la “muela” del televisor, con Humbertico y sus shows acerca de la “canalla mediática”. Se armó, como se arma en nuestros países del Caribe, uno de esos salpafueras que después pasan a los libros de historia.
Estas manifestaciones populares son la punta del iceberg, la lava que se escapa del volcán, pero en esencia son el resultado de problemas estructurales que vienen arrastrándose desde hace décadas, de problemas que hacen metástasis en este gobierno de la continuidad. La continuidad, sépanlo bien, terminó el 11 de julio. La continuidad y la pausa. Los cubanos, todos nosotros, ya comenzamos a andar.

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Seis horas

11 de julio de 2021. La Habana. Cuba.
Una de la tarde.
El teléfono suena. Es mi madre.
–¿Dónde estás?
–En la casa. Tranquilo.
–No vayas a salir. Quédate ahí. Voy a llamar a tu hermano ahora. No sé dónde está.
La llamada se cae. Vuelve a sonar. Es mi abuela.
–¿Dónde estás?
–En la casa. Tranquilo.
–No vayas a salir.
–¿Alguien me puede explicar qué pasa?
La llamada se cae.
Logro conectarme a internet. San Antonio de los Baños está en la calle. Una marea de gente grita LIBERTAD frente a la sede local del Partido Comunista. También en Cárdenas, Ciego de Ávila, Camagüey, Santiago de Cuba.
Las directas inundan Facebook. Miles de personas en más de sesenta puntos del país corean: “Estamos cansados”, “Patria y Vida”, “Abajo la dictadura”.
Sigo las etiquetas #SOSCuba y #SOSMatanzas, que son tendencia en Twitter desde hace varios días. Veo que Díaz-Canel va rumbo a San Antonio en un carro negro rodeado de policías y “boinas negras”.
Suena el teléfono. Es mi compañera de apartamento que había ido a ver el fútbol a casa de un amigo. Juega Inglaterra contra Italia. Es la final de la Eurocopa.
–Díaz-Canel está hablando en el televisor –nosotros no tenemos televisor en la casa.
–Pero si estaba en San Antonio…
–Él se teletransporta.
–¿Qué dijo?
–“La orden de combate está dada, a la calle los revolucionarios”.
–Ese tipo está loco, está convocando a una guerra civil.
La llamada se cae.
***
Dos de la tarde.
Reviso las redes. No sé buscando qué. Leo todo cuanto puedo a ver si entiendo lo que sucede.
Cuba llevaba varios días al borde del colapso. Médico, político y económico.
Si miramos atrás no hay que ser experto para notar que se les ha ido de las manos el control de la COVID-19. Son incongruentes las medidas tomadas por el Gobierno con las estadísticas de contagio.
Este 11 de julio la Isla reporta 6 923 casos positivos y 47 fallecidos, para un acumulado de 244 914 y 1 579 respectivamente desde comienzos de la pandemia. Esto contrasta con un toque de queda de nueve de la noche a cinco de la mañana en la capital, en otras provincias más extenso; interminables colas para acceder a alimentos y productos de primera necesidad y largos períodos de cuarentena en instalaciones hoteleras a los llegados del extranjero.
Por otra parte, la tensión política es palpable. El aumento de la persecución de periodistas, artistas, activistas y miembros de la sociedad civil en el último año es alarmante.
Hace poco más de siete meses las autoridades irrumpieron en la sede del Movimiento San Isidro (MSI), en La Habana Vieja, donde varios miembros se habían declarado en huelga de hambre, sed o ambas en protesta contra la detención y el proceso judicial del rapero Denis Solís.
Jóvenes artistas y activistas se reunieron a las puertas del Ministerio de Cultura a pedir diálogo. En menos de cinco días, las autoridades apoyadas por los medios de comunicación oficiales encontraron pretextos para difamar, deslegitimar y acusar de tener intereses “dudosos” a los participantes del movimiento que luego se conocería como 27N.
Según el portal Observa Cuba, solamente en junio se registraron 713 acciones represivas, de las cuales 114 fueron detenciones arbitrarias y 599 abusos como hostigamiento, sitios de viviendas, multas y amenazas.
Otro factor que ha golpeado al pueblo cubano es la dolarización de la economía. La Tarea Ordenamiento, impuesta unilateralmente el pasado enero, ha acrecentado el acceso desigual a recursos de primera necesidad.
A esta situación habría que sumar los daños permanentes del bloqueo impuesto por Estados Unidos, agravados por las medidas que implementó la administración Trump. Dentro de ellas, las sanciones a empresas relacionadas con el consorcio GAESA, que condujeron al cierre de los servicios de Western Union y a un recorte de las remesas.
La situación sanitaria también es crítica. Ante la escasez de implementos médicos, la falta de disponibilidad de camas para los ingresos y las largas jornadas a las que es expuesto el personal de salud, internautas cubanos comenzaron hace unas semanas las campañas #SOSCuba y #SOSMatanzas, provincia occidental más afectada por la pandemia hoy.
Varias celebridades tanto cubanas como extranjeras se hicieron eco de estas etiquetas. Residente, Mia Kalifha, Alejandro Sanz, Olga Tañón, Yotuel, Daddy Yanky, Karol G, Paco León y muchos otros.
Los discursos triunfalistas de las vacunas Abdala y Soberana opacan en los medios oficiales la verdad que vive el país. La gente está asfixiada. Ha sido un desenlace inevitable. Cuba lleva mucho tiempo al borde del colapso.
***
Tres de la tarde.
La Habana está caliente. Hay gente reunida en el parque Maceo. Están hablando de subir hasta el Capitolio.
Mi barrio es tranquilo. Siempre he pensado que esta zona vive una realidad paralela a la que veo por ahí. Aquí no se va la corriente. Los agros no tienen mucho, pero tienen. Hay varias tiendas en MLC bastante surtidas. Aquí la gente tiene MLC.
Frente a mi casa los abuelos burgueses sacan a pasear a sus perros. Varias patrullas bajan y suben la calle Paseo. Cortaron el tránsito por Línea. El internet está intermitente.
Suena el teléfono. Es Reynier, un amigo que hace varios meses se encuentra fuera de Cuba.
–¿Qué está pasando? –me dice.
–Asere, la gente no puede más.
–¿Tú tienes internet?
–Viene y va.
–Te voy a llamar a cada rato para irte contando lo que veo. Hay gente detenida. Hay gente golpeada. Viraron una patrulla en Cárdenas. Cuídate.
¿De qué me tengo que cuidar precisamente? ¿De la turba de gente que grita? ¿De los policías que reprimen? ¿De mi cobardía que no me deja salir? ¿Del miedo a que llamen a mi madre y le digan que estoy detenido, o peor?
Mis amigos están en la calle. Mi colegas también. Mi hermano sigue sin aparecer.
Él tiene 21 años. Estudia en la universidad. Su único sueño es irse del país. Todo eso es una combinación peligrosa en Cuba ahora mismo.
***
Son las cuatro de la tarde. La Habana está que arde. La gente está ya frente al Capitolio. En Güines saquearon una tienda. Medios gubernamentales anuncian que Díaz-Canel volverá a hablar en la televisión. El internet caído.
Dice el presidente que la gente que grita está confundida. “Revolucionarios manipulados. Mercenarios bien pagados por la mafia anticubana”.
Los “no confundidos” salieron a la calle con bates de pelota, palos y tubos metálicos. Hacen caso a su presidente. Los “confundidos” tienen banderas cubanas y carteles que dicen: “No más tiendas en MLC. Tenemos hambre”. También gritan LIBERTAD.
Los “buenos revolucionarios” enfrentan a los “mercenarios”. La sangre empieza a correr.
Suena el teléfono. Es Reynier.
–La caliente es en el Capitolio –me dice.
–De madre que me tengas que contar tú desde allá lo que pasa aquí.
–Hay fotos y videos de agresiones. La cosa está fea.
–Todo estaba en calma. Fueron ellos –el Gobierno– los que incitaron a la violencia.
–Claro. Pero qué se piensan ellos que es una protesta, ¿una marcha pioneril?, ¿un primero de mayo?
–La gente tiene hambre, asere, con eso no se entiende.
–Dicen que hay un VPN. Trata de conectarte.
***
Cinco de la tarde.
La impotencia de estar dentro de la casa me tiene caminado de la sala al balcón. Del balcón al baño. Del baño al cuarto. Del cuarto a la sala. Solo espero que suene el teléfono y alguien me diga qué sucede afuera.
La puerta de la calle se abre. Es mi compañera de apartamento. Luego aparecen dos amigos que no pudieron llegar a las protestas y me piden asilo.
Ahora somos cuatro personas sentadas en el sofá.  Solo una tiene acceso a internet. Vemos los videos de la policía agrediendo a los manifestantes una y otra vez. Odio ese tipo de masoquismo.
Me levanto. Hago café para ellos y disimulo la angustiante idea de no saber nada de mi hermano.
***
Seis de la tarde.
Mis amigos se van. Deben llegar a su casa antes del toque de queda. El transporte en la capital está parado.
El teléfono suena. Es Amílcar, un amigo que vive en Centro Habana.
–Papa, ¿tú estás en tu casa?
–Sí.
–Voy a pasar por ahí. Deja que te cuente.
Minutos después llega cubierto en sudor. Los ojos inyectados de sangre. Jadeando.
–Eso por allá está en candela. Hay un mar de gente. ¿Por aquí no ha pasado nada? –me dice.
–Nada.
–Eso me contaron. En Playa tampoco ha pasado nada. Se ve que en esos barrios la gente está bien. Bueno, mejor que los demás. En este país nadie está bien.
–¿Tú tienes internet? –le pregunto.
–Dicen que por el Nauta con un VPN. ¿Tú crees que después de esto se pueda demandar a ETECSA? ¿Te imaginas? El país entero.
–Sí claro –le digo en tono irónico–, es más probable que levanten el bloqueo a que esta gente se dejen demandar. Estás viendo muchas series.
***
Siete de la tarde.
Suena el teléfono. Es Reynier.
–Maykel González Vivero, el director de Tremenda Nota, está detenido. Luz Escobar, Julio Llópiz-Casal, Manuel De la Cruz y Tania Bruguera en arresto domiciliario. Gretel Medina, Yunior García, Raúl Prado y Reinier Díaz fueron violentados en una protesta frente al ICRT y no se sabe dónde están. Dicen en el Comité contra la Desaparición Forzada de la Organización de las Naciones Unidas que hay 187 personas desaparecidas. Están dando bastonazos y echando gas pimienta. Los videos están fuertes.
Hace varios días tengo una dermatitis que recorre todo mi cuerpo. El doctor me dijo: “Lo ideal sería ketoconazol, miconazol o tolnaftato. No hay nada de eso. Prueba bañarte con manzanilla u hojas de guayaba”. El estrés no ayuda.
Suena el teléfono. Es mi madre.
–Ya tu hermano apareció.
–¿Dónde estaba?
Se cae la llamada. Ha sido un día intenso. Todo parece indicar que la noche será peor.

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Urbanismo

―¿Viste qué hermoso te ves en esa foto, gritando desgañitado y con el brazo en alto?
―Yo…
―Ya sé por dónde vienes: es una manifestación pacífica… ¿De cuándo acá te has puesto tan del Partido de los Verdes? ¿Ahora pediste la militancia? Aquí tengo copia de las actas de las dos últimas asambleas de rendición de cuentas de tu circunscripción. A la primera no asististe, y en la segunda estabas, pero no consta que hayas hecho planteamiento alguno, a pesar de que hubo críticas muy duras con el asunto de Comunales y la recogida de basura. Se habló de la cantidad de desperdicios que la gente tiraba en la calle… quién iba a pensar que año y medio después la que se tirara para la calle y sin desperdicio fuera la gente.
―¿Sabe por qué…
―¡Cállate! Debías estar ronco después de lo que gritaste el domingo. ¿Es que no has tenido la oportunidad de plantear las inconformidades en las reuniones de los trabajadores de tu fábrica, aquellas en que tan duramente se ha criticado el recrudecimiento del bloqueo norteamericano? Dime si en el buró sindical de la Casa Blanca le han dicho tan clarito las verdades sobre Cuba al presidente de los Estados Unidos.
―¿Y qué resuelve…
―¡No me robes la palabra, coño! Cuando miro tu expediente y veo que eres hijo del mejor ingeniero en minas que tuvo este país, gracias a quien se descubrieron los pocos yacimientos de oro que se hoy se explotan en suelo cubano, no hago más que acordarme de la cantidad de veces que coincidí con él en movilizaciones de la zafra y en marchas del pueblo combatiente: ¡eso sí eran protestas!
―A papá…
―¡Venme ahora con la historia de su jubilación y de que fue poco el apoyo que se le dio tras el peritaje! Acabo de interrogar a algunos vecinos, dan fe de la cantidad de veces que el director de la Unión de Empresas pasó a hacerle consultas técnicas a tu viejo en el mismo portal de la Esquina de Toyo donde se sentaba a vender maní.
―¿Y acaso…
―¿Acaso calculas la cantidad de minas de oro que hay que explotar para pagarle la carrera a desagradecidos como tú?
―¿Tengo que…
―¡Tienes que ser consecuente con la historia! ¡Esta Revolución no se hizo para señalarle las manchas y después alegar que no hay detergente para quitárselas! Cada vez que veo esa foto tuya, encabezando a ese grupo de jóvenes, ¡qué digo jóvenes!: vagos, maleantes, delincuentes, mercenarios, rateros de la peor calaña que salen de la universidad y hasta una ocupación segura tienen…
―Somos…
―¡Unos imbéciles! ¿Quién les dijo que tienen tamaño para opinar sobre lo que pasa en este país? Para eso está la generación histórica. ¡Empínate ante la estatura de esos ancianos, que, a pesar de dejar sus responsabilidades, aún siguen sumándose a las visitas gubernamentales!
―¿Y no es hora…
―¡Es hora de que cierres la boca, me tienen harto tú y tus compañeritos con su hipercriticismo! ¿Qué pretendían: que se cambie el Día de la Rebeldía Nacional del 26 para el 11?
―La Historia…
―¡La Historia está escrita y ustedes ni la repasan! Antes no se veían las cosas que se ven hoy: no ya un presidente o un ministro, ¡cuidado del que hablara mal de un primer secretario del Partido en un municipio!… A propósito: ¡procura que en algún video no salga a relucir que tú y tus amiguitos repiten la frasecita de la canción o gritan a voz en cuello que el presidente fue violado contra natura!
―La Constitución…
―¡Constitución tarro! ¡Cada vez que alguien saca ese librito yo se lo haría tragar! ¿En qué acápite el panfleto ese dice que pueden enarbolarse ofensas a nuestros dirigentes? No creas que no investigaré qué hay detrás de la acotación que escribiste en el libro de Economía Política que tenemos incautado: «Lapin Gaesa». ¿Y todavía te ríes? La gozadera se acabó el día 11, ¿entendido? Ya lo dijo bien claro el compañero Díaz-Canel cuando dio la orden de combate: ¡la calle es de los revolucionarios!
―…y nosotros estábamos en la acera.

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A propósito de una tiza que dibuja un caballo desbocado

¿Cómo se puede llegar a consensos sin diálogos o cómo se pueden entender las razones del otro sin escucharlo? ¿Cómo se puede ejercer el poder en una nación diversa sin que haya diversidad de poderes? O lo que sería otro modo de preguntar lo mismo: ¿se puede sumar algo —o alguien— a una pretendida totalidad absoluta?
Una vez alguien me dijo que, a la larga, era menos laborioso detener a un caballo desbocado que azuzar a un caballo holgazán. Pero lo que a nadie sensato se le ocurriría jamás sería azuzar a un caballo desbocado. Porque ese arrasará con todo lo que encuentre en su camino, y terminará despeñándose, chocando con algo más fuerte que él mismo, y matándose.
El domingo 11 de julio yo vi azuzar, peligrosa e irresponsablemente, a un caballo desbocado que se llama pueblo de Cuba.  ¿Quién más lo vio? ¿Tú lo viste? Haberlo visto, haberlo identificado: ¿te hace un mercenario? ¿Te hace un represor? ¿Te hace un agente de la Seguridad del Estado? ¿O te hace un topo de la CIA?
Yo vi ese día a un caballo desbocado, azuzado por una guerra que comenzó siendo contra el imperialismo yanqui y se está convirtiendo en una guerra entre los cubanos ¿nadie se da cuenta de eso?
Si no digo aquí que Díaz-Canel azuzó al caballo desbocado al llamar al combate a un pueblo cuya idiosincrasia es pelear, que parece que está peleando hasta cuando celebra, ¿entonces soy un comunista que apoya a Díaz-Canel y merezco ser arrastrado por algunos de mis propios compatriotas? Y si lo digo: ¿soy lo contrario?
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Si no afirmo que el bloqueo lleva más de sesenta años entorpeciendo todos nuestros empeños, que afecta incluso a quienes lo defienden, y a las madres y a los ancianos de quienes lo justifican: ¿entonces soy un mercenario? Y si lo digo: ¿soy lo contrario?
Y si digo ambas cosas: ¿soy lo contrario de ambas cosas?
¿Y qué es ser lo contrario de ambas cosas? ¿Es la paradoja de la suma a la totalidad absoluta? ¿Es la búsqueda sin diálogo del consenso? 
¿Y si me callo? Bueno, eso sí es fácil de responder: soy un cobarde. Entonces mejor sigo preguntando: ¿Qué nos está pasando como nación?
En Estados Unidos vive una muchacha que me llamaba «padre». Cristiana evangélica. Violinista. Con su hermosa voz la he escuchado alabar a su señor Jesucristo.  Ayer leí las ofensas que profería a un amigo común  —periodista de un medio estatal. Católico—  porque no ha dicho que en Cuba se  ha producido un genocidio.
¿Alguien en su sano juicio puede creer que en Cuba ha ocurrido un genocidio? ¿Alguien en su sano juicio puede comparar lo ocurrido en Cuba esta semana con la reconcentración de Weyler? Sí, esa muchacha que me llamaba «padre» lo cree. Y se indigna. Y llora por los niños asesinados, que en realidad están vivos. Y afirma que han sido expuestos irresponsablemente a la Covid. Y dice que si enferman esos niños, serán atendidos por los médicos de la trata. ¿Se puede esconder en la era de los satélites y la inteligencia artificial la muerte de decenas, cientos, miles de personas?
Y sin embargo sí hemos tenido una violencia que no era necesaria, ni es justa, ni es admisible, ni es compatible con la decencia. ¿Quiénes la han alentado durante meses y años? Eso queda para los historiadores. ¿Qué bando la inició en cada lugar del país donde se produjo una protesta? Eso queda para los jueces. ¿Quiénes tenemos el deber de evitarla a partir de ahora? ¡Todos los cubanos! Todos los cubanos que amamos a Cuba, porque Cuba somos todos: revolucionarios y conservadores, ortodoxos y renovadores, anti-comunistas y comunistas, demócratas, liberales, republicanos, creyentes y no creyentes. Todos deberíamos ser Cuba, ahora y siempre. ¿Es tan difícil entenderlo?
Hemos tenido una violencia que no era necesaria, ni es justa, ni es admisible, ni es compatible con la decencia (Foto: Efe – Reuters)
Entonces encuentro la respuesta:
No es posible llegar al consenso sin diálogo. Si alguien cree que por eso busco una porción del poder, que él llama pastel, se equivoca rotundamente. No se me aparezcan con esa reducción falaz de que, quienes abogamos por el diálogo, lo hacemos porque queremos repartir algo. No reduzcan el pueblo cubano a una sarta de indigentes políticos alrededor de la pira de los sueños.
Tampoco es posible sumar a la totalidad absoluta. Primero, porque la totalidad absoluta es imposible, como se ha visto en estos días. Lo que sí es posible matemáticamente es el cero absoluto, según creo haber aprendido, y nadie querrá llegar a él. Segundo, porque si algo llegara ser totalmente absoluto, sería porque no se le puede sumar nada más.
De tal modo, cada cubano debería empezar por reconocer que no posee todas las verdades, sino algunas. Ni todas las razones sino algunas. Y que solo comenzaremos a entendernos, si reconocemos las del otro y hacemos un esfuerzo por comprenderlas y compartirlas.
¿A usted no le interesa comprender ni compartir las razones ni la verdad del otro? Entonces siga azuzando el caballo desbocado, arrase todo a su paso y expóngase a ser arrasado por la autodestrucción. Yo no estaré para verlo. Caeré antes, tratando de detener al caballo o defendiendo el amor. Usted, el del látigo, seguramente llegará hasta la caída final sin importar si la consigna que escoja para el instante póstumo, se cante con muerte o se grite con vida.  

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El pueblo del 11-J

La violencia política desatada en las calles y plazas cubanas en estos días —usual en otras realidades, muy rara en la Isla— no se resolverá con la represión gubernamental y el miedo a la Covid-19. En la historia posterior a 1959 es difícil encontrar momentos similares a este del 11-J. Para acercarse a algunos habría que remontarse a la lucha de clases de inicios de los sesenta, los sucesos de la embajada del Perú/éxodo del Mariel (1980), y el Maleconazo/crisis de los balseros (1994). Este constituye su antecedente más cercano, pero sus diferencias con lo acaecido el 11-J son sustanciales y las soluciones de entonces no valen ahora.
−I−
Cuando ocurre el Maleconazo de 1994, hacía cinco años había comenzado el Período Especial en tiempo de paz. La pobreza, desnutrición y mortandad asolaban a la mayor parte de la población cubana. El USD, que estuvo a siete pesos en el mercado negro en 1990, llegó a rebasar los ciento cincuenta. Cantidad enorme de dinero en la calle y muy poco que comprar, dispararon una inflación de cuatro dígitos.
No obstante, aquel verano caliente del 94, las manifestaciones de carácter masivo y los encuentros violentos quedaron circunscriptos a una parte de Centro Habana y Habana Vieja y surgieron después de que fuera in crescendo durante semanas la emigración ilegal mediante el robo de embarcaciones. Aunque provocada por la desesperada situación existente, el Maleconazo era aupado desde el exterior por la Ley de Ajuste y la existencia de flotillas aeronavales de rescatistas que esperaban a los balseros en el estrecho de La Florida.
La reacción del gobierno fue reprimir con grupos de respuesta rápida y policías de civil. La presencia de Fidel en el centro de los acontecimientos terminó de aplacar los ánimos con relativa prontitud. Días después, se firmó un nuevo acuerdo con Estados Unidos que amplió la emigración legal y se aplicó un paquete de medidas liberalizadoras que incluían la creación del Mercado Libre Agropecuario, la ampliación de las ventas en USD y el impulso a la joven industria biofarmacéutica.
La presencia de Fidel en el centro de los acontecimientos del Maleconazo terminó de aplacar los ánimos con relativa prontitud. (Foto: BBC)
−II−
Lo ocurrido el 11-J une nuevamente el grito de los obstinados de las poblaciones y barriadas más empobrecidas de las ciudades y poblados con el conflicto Cuba-EEUU y su expresión mayor: el recrudecimiento del bloqueo en medio de la crisis pandémica. Pero ya no está Fidel para persuadir a las masas y convertir el revés en victoria con su ascendencia política. Tampoco hay Ley de Ajuste; por el contrario, es interés del gobierno de los Estados Unidos disminuir la emigración ilegal, y los capturados en el intento son retornados a Cuba.
Los que clamaron ese día por la intervención humanitaria, a sabiendas de que eso significaría la destrucción del país, no pueden hacerse ilusiones. El propio Bob Menéndez dejó establecido que Estados Unidos no pretende intervenir ni permitir un éxodo masivo desde Cuba. Las soluciones tendrán que ser encontradas y aplicadas entre cubanos.
En este inédito escenario, dos preguntas se hacen los que conocen poco, o mal, al pueblo y gobierno de Cuba:
– ¿por qué una población sale de pronto a las calles a expresarse políticamente, de manera clara y terminante, en rechazo a una política gubernamental que parecían acatar?
– ¿por qué las fuerzas del orden la emprendieron con violencia y saña contra manifestantes pacíficos, mientras brillaban por su ausencia cuando grupos violentos saqueaban tiendas y volcaban carros patrulleros?
Esta semana tuve la desdicha de escuchar a una periodista extranjera referirse despectivamente a los protestantes en Cuba como: «marginales, delincuentes y alcoholizados». Entre ellos pudo haber algunas personas así, pero predominaron estudiantes y profesores de nivel medio y superior, profesionales e intelectuales, obreros y campesinos, empleados y desempleados, jóvenes y viejos. ¡Más respeto, por favor, para el pueblo del país que la acoge!
Hace tres días fue 14 de julio, fecha de la toma de La Bastilla, no puedo menos que recordar a los pares de esos hombres y mujeres del 11-J: los sants culottes de los barrios pobres parisinos de 1789 y sus heroicas compañeras, que dieron la clarinada histórica para poner fin al viejo régimen aristocrático y servil. Parece que otra vez le ha tocado a los sectores del pueblo que sobreviven en la inopia y a los jóvenes rebeldes salir a la calle a gritar por todos los que aún no se atreven a usar su voz.
Es que ese pueblo cubano empobrecido, mal vestido, de habla vulgar, ocupante de casas pequeñas y humildes barbacoas, que tanto gustan de fotografiar los turistas extranjeros, hace mucho que anhela expresar sus convicciones políticas libremente. Si no lo hacía con vehemencia antes era por el respeto y magnetismo que irradiaba Fidel y por el vasto y eficaz sistema de control de las expresiones políticas que estableció. Dicho sistema, aunque aún funciona, ya no puede conservar el monopolio de la información y la comunicación ante la extensión de internet y las redes sociales.
Otra vez le ha tocado a los sectores del pueblo que sobreviven en la inopia y a los jóvenes rebeldes salir a la calle a gritar por todos… (foto: Alexandre Meneghini / Reuters)
Si el pueblo no lo hizo de esta manera durante la conducción de Raúl fue porque este abrió un proceso de eliminación de prohibiciones anacrónicas, promovió debates colectivos y proyectó reformas que dejaban un atisbo de luz al final del túnel y revivían las esperanzas de que sobrevinieran cambios.
Sin embargo, la posposición de las transformaciones de un año para otro, la presencia activa de la población en las redes sociales y el fiasco de constatar que la Constitución 2019, el VIII Congreso y la dirección del nuevo secretario/presidente serían solo continuidad de lo anterior; hicieron al país llegar a la crisis actual del sars-cov-2 con un extraordinario potencial conflictivo. Las consecuencias predecibles de la aplicación de la redolarización plástica y de la Tarea Ordenamiento hicieron el resto.
En la jornada del 11−J confluyeron tanto la ira popular como el temor del gobierno a perder el poder. Los obstinados salieron a gritar sus consignas improvisadas sobre la marcha, y desfilaron sin orden ni concierto, mientras filmaban lo que hacían con sus móviles para mostrar al mundo que habían perdido el miedo a hacerse escuchar.
Cuando lo ocurrido en San Antonio de los Baños se hizo viral en las redes sociales, las manifestaciones se extendieron espontáneamente. Las piedras llovieron sobre las odiadas tiendas en MLC, muchos aprovecharon para saquear y destruir —como ocurre en medio de acontecimientos como estos— y las autoridades comprendieron que era hora de cortar la internet e iniciar la represión porque: «La calle es de los revolucionarios».
Los efectos de esa confrontación fratricida fueron vistos en todo el mundo y estremecen hoy a los que apenas estamos recuperando el servicio de internet. Restañar las heridas de estos días y sobrepasar este momento difícil exigirá valor, mesura y tacto político al gobierno y a sus oponentes. La hora actual de Cuba es más para el diálogo y la persuasión que para las redadas y los encarcelamientos.
Los extremismos han de ceder el puesto a las posiciones consensuadas, pues no creo que haya regreso posible al diez de julio. El pueblo tuvo su 11-J y la gran mayoría de los que gritaron: «¡Libertad!» y «¡Patria y Vida!» no estaban pagados por el imperio ni ignoraban la trascendencia de lo que estaban viviendo. El gobierno debería hacer control de daños y poner en práctica cuanta medida conduzca a un diálogo nacional.
El Gobierno/Partido/Estado tiene que entender que el pueblo exige cambios en la economía, la sociedad y la política. Para que continúe el socialismo y la independencia, habrá que romper definitivamente con el inmovilismo y la soberbia burocrática. Mientras termino el post se anuncian nuevas medidas flexibilizadoras por parte del gobierno a la entrada de medicinas y alimentos y la estimulación empresarial. Buena señal. El poder del pueblo del 11-J, ese sí es poder.

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Oficio de astrónomo

El amor, madre a la Patria, no es el amor ridículo a la tierra
Abdala, José Martí
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Leonardo Romero Negrín, estudiante de Física de la Universidad de La Habana, fue detenido en las manifestaciones del 30 de abril en Obispo por portar un cartel que decía «Socialismo sí, represión no». En los sucesos del 11 de julio fue apresado nuevamente por ser un simple espectador circunstancial que le preguntó a la policía por qué reprimían brutalmente a su amigo y estudiante Marcos Antonio Pérez Fernández, menor de edad. Actualmente se encuentra preso y se conoce muy poco de su situación
A Leo le pueden quebrar las costillas pero no la revolución. A Leo le pueden dar con un palo por las piernas pero no será menos pacifista, ni dejará de pensar en un país donde todos trabajemos en un huerto y los viejitos no vivan solos y los niños no sean decepcionados. A Leo lo pueden meter en el calabozo más oscuro, en la celda más negra, pero no va dejar de ser «el físico», «el mago Leo de los niños», el maestro Leo que hace levitar bolsas de té.
Hoy en la prisión, después de ser maltratada por un oficial, de no poder verle ni tener noticias suyas, vi a un adolescente en una torre cuidando el patio del centro penitenciario. Le grité desde afuera que si veía a Leonardo Romero Negrín, el físico, le dijera que su madre y yo estábamos ahí y que iba a salir.
Leonardo Romero fue detenido en las manifestaciones del 30 de abril en Obispo por portar un cartel que decía «Socialismo sí, represión no».
Pensé en los cuentos que Leo me ha hecho sobre lo importante que fue en su vida pasar el servicio militar en una prisión. Sobre cuánto aprendió en esas guardias interminables pescando caballos con zanahorias y pensando en «la tarde que a la tarde mira», siendo la parte más consciente del crepúsculo, pensando en un mejor país.
En el servicio militar Leo fue libre, me lo confesó mil veces. Libre de pensarlo todo en los ratos en que los humanos somos más creativos, esos momentos en que el tedio de no planear ni decidir nos arrastra. Siempre dijo que esta sociedad acelerada y poblada de interacciones y tecnología no deja mirar a las estrellas y que solo así los humanos descubrieron los misterios de su existencia.
Ese oficio de astrónomo, de lector empedernido y analógico, hizo parir en la cabeza de Leo los pensamientos más esclarecedores en materia de política que haya escuchado en mi vida. Anoche descubrí en su cama tres libros: uno sobre Martí y la fundación del Partido Revolucionario Cubano, otro sobre Filosofía Marxista y otro sobre el discurso de Fidel «Palabras a los intelectuales».
Anoche supe por alguien que lo vio en la prisión, que no le han quebrado el espíritu y que allí dentro insiste en un país socialista. «Seguro ya creó una escuela marxista en la prisión», comenté a quién me contaba sobre él y la respuesta fue: «¿Cómo sabes eso?».
Leo no ha dejado de ser comunista. Muchos se preguntan cómo un joven, después de haber sufrido tanta violencia, continúa creyendo que el socialismo es la vía para Cuba, persiste en defender un proyecto «con todos y para el bien de todos». Yo ni siquiera me lo cuestiono, comprendo que ahora más que nunca Leo entiende la necesidad de la verdadera revolución. A Leonardo Romero Negrín la historia le acaba de dar la razón.
En los sucesos del 11 de julio fue apresado nuevamente por ser un espectador circunstancial (Foto: Yamil Lage/AFP)
Pocos entendieron el cartel que sacó ese negro 30 de abril en Obispo. «Socialismo sí, represión no», fueron las palabras escritas por las que lo privaron de su libertad la primera vez. Leo le dijo ese día a los manifestantes que el socialismo es la vía para Cuba, que la injerencia extranjera y el capitalismo son el cáncer que amenazaba con aniquilar a un pueblo, que el bloqueo es real y es violatorio, pero que el gobierno debe revisar su accionar político porque la represión por motivos ideológicos, sea policial o simbólica, no es la salida.
Leo se puso en medio de ambos bandos para que esa batalla de odio se librara en territorio de su cuerpo y no dañara a más hermanos suyos. Leo alertó a este gobierno sin dejar de apostar por el estado socialista y lo hicieron pagar, y no lo escucharon. 
Hoy su consigna es un espejo en el que Cuba debe mirarse para vendar las heridas del odio. Cuba debería sanar también las heridas del territorio que fue invadido ese 30 de abril, territorio preso nuevamente. Un cuerpo de joven que sufre por un país se pudre en una prisión y nosotros salimos al trabajo en esta mañana, sin pensar que a cada minuto que pasa somos asediados también por el odio y la presión de escoger un bando.
Yo seguiré luchando por abrazar a Leonardo Romero Negrín, todos sus amigos lo haremos, todos los seres que su alma ha tocado. Yo sé que él lo sabe y sonríe. Leo no sufre. Su madre está bien y su patria también lo estará.

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Los detenidos del 11J en Cuba

«El 11 de julio se rompió totalmente el mito de los grupúsculos»
Testimonio de Yunior García Aguilera, actor y dramaturgo, uno de los manifestantes pacíficos frente al Instituto Cubano de Radio y Televisión.
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Estallido social en Cuba: las señales ignoradas

Duele ver el estallido social en Cuba; sin embargo, no asombra en lo más mínimo. Las ciencias sociales no serán exactas pero no son ciegas. Si quienes dirigen  cierran los ojos a la realidad, las mujeres y hombres de ciencia no debemos hacerlo. Está en juego nuestra credibilidad y, lo más importante, la vida de muchas personas y el futuro de la Patria.
Las señales
En entrevista para OnCuba hace poco más de un año, Alex Fleites me preguntó si creía que en la Isla se incubaba un nuevo momento histórico y cuáles serían sus señales más visibles. Esta fue mi respuesta:
«Sí, lo creo. Una crisis no es tal hasta que los actores sociales no toman cuenta de ella, ahí es determinante el factor subjetivo. Es una especie de malestar de época, por decirlo de un modo que ciertos críticos hallarán metafórico. Casi siempre se relaciona con el agotamiento de un modelo, fíjate que no digo de un sistema (…)
Para la llegada a ese momento de malestar existen hoy, en mi opinión, dos condicionantes. Por un lado la incapacidad de nuestros gobernantes de encauzar un camino de reformas exitoso. Ya son más de tres décadas del derrumbe del campo socialista y dos períodos de intento de reformas, uno en los noventa y otro a partir del 2010, este último incluso de modo formal y con una gran cantidad de documentación confirmatoria. Por otro lado, existe la capacidad ciudadana de someter a juicio público esa incapacidad, eso es algo novedoso. La ruptura de un canal de información unidireccional permite visibilizar las señales de alarma. Y los que dirigen lo saben bien pero han sido incapaces de responder adecuadamente.
Mi opinión es que presenciamos el agotamiento definitivo de un modelo económico y político, el de socialismo burocrático. Quienes dirigen no logran hacer progresar la nación con los viejos métodos, pero no son capaces de aceptar formas más participativas, con un peso mayor de la ciudadanía en la toma de decisiones».
El 27 de noviembre de 2020 tuvo lugar frente al Ministerio de Cultura una protesta de artistas, intelectuales y activistas (Foto: Ismael Francisco/AP)
Doce meses después, publiqué en LJC el artículo «Cuba, los árboles y el bosque», donde afirmé:
«En Cuba están maduras desde hace tiempo las condiciones objetivas para una transformación. Es indudable que la nación dejó de avanzar: la economía no crece desde hace años, la deuda externa aumenta constantemente, igual que los niveles de pobreza, y, a pesar de ello, las reformas han sido demoradas de manera inexplicable. Es evidente que los de arriba no pueden seguir administrando y gobernando como antes. Pero ¿qué ocurre con los de abajo?
Sin la maduración del factor subjetivo esa transformación no era posible. Se requería la voluntad de querer cambiar de las personas, una energía cívica que había sido aplastada por condicionamientos políticos, educativos y mediáticos. La «indefensión aprendida» también existe en un modelo socialista en el que el sistema controla en cierta medida la manera de comportarse de sus ciudadanos.
Faltando el factor subjetivo, las condiciones objetivas por sí solas no determinarían nada. Sin embargo, actualmente existen señales muy claras de su existencia. Tales signos no han sido entendidos por el aparato ideológico, que se equivoca al reducir las manifestaciones de descontento a «un golpe blando», a «una manipulación generalizada», o a la «creación de matrices de opinión negativas sobre el gobierno»; sin que yo niegue de plano que ello también ocurra. La dirección del país no termina de ubicarse en:
– El novedoso entorno que ha creado el acceso masivo a internet y las redes sociales, que los ha privado del monopolio absoluto de la información que tuvieron por décadas y ha democratizado su difusión y generado la posibilidad de campañas y denuncias ante arbitrariedades.
– Un estado de permanente polémica, visible en las redes y fomentado por la propia dirección del país a raíz de la consulta popular para la redacción de la nueva Constitución; quizás pensaron que al concluir la referida consulta y no requerirse más de nuestros puntos de vista cesaríamos de ofrecerlos, ingenuo de su parte, ahora tenemos cómo y no necesitamos de sus convocatorias.
– La declaración de Cuba como un Estado Socialista de Derecho que visibilizó mejor las prerrogativas de cubanas y cubanos y los compulsó a exigir libertades que la propia Constitución garantiza.
– La existencia de generaciones jóvenes, cuestionadoras per se, que han encontrado repercusión en generaciones mayores, ya cansadas de promesas incumplidas y reformas demoradas o interrumpidas.
Esta coexistencia de condiciones objetivas y subjetivas para una trasformación social es totalmente novedosa en el devenir del modelo socialista cubano. La cuestión que está en juego ahora no es si hay que cambiar, sino cómo hacerlo (…)
Llegados al punto en que se encuentra Cuba hoy, los caminos para un cambio social pueden ser dos: pacífico o violento. El primero de ellos, al que me adscribo totalmente, significaría aprovechar los espacios legales —muchos de ellos que habría que crear primero—, para presionar por cambios económicos, políticos y jurídicos dentro de un diálogo nacional en que no haya discriminación por motivo de credos políticos (…)
Alerto que es un momento gravísimo en este país. Se reúne un potencial conflictivo en un escenario que está siendo muy mal analizado, no solo por el gobierno sino también, infelizmente, por intelectuales y científicos sociales a los que su formación teórica y su habilidad para interpretar los hechos sociales debería separarlos de una declaración meramente ideológica (…)
Son nuestras muchachas y muchachos, dialoguemos con ellos y con la sociedad civil cubana que desea caminos de cambio y de paz. Si se escoge por el gobierno la confrontación violenta como respuesta, puede ocurrir, a gran escala, lo que ya vimos en el Vedado: un grupo pacífico de jóvenes rociados con gas pimienta; o lo que ocurrió en el Parque de la Libertad de Matanzas en la noche del sábado: un pequeño grupo que fue golpeado por miembros de la Seguridad del Estado. No importa que impidan el acceso a internet por algunas horas. Todo se conoce, y se enjuicia.
Mi conciencia no me permite callar.

Cuba soberana no acepta injerencias. Algunos se empeñan en protagonizar shows mediáticos contra la Revolución, envenenando y mintiendo en las redes. El pueblo revolucionario cubano dará el combate. #Somos🇨🇺 #SomosContinuidad https://t.co/QDJSfUfCP8 Via @Granma_Digital
— Miguel Díaz-Canel Bermúdez (@DiazCanelB) November 28, 2020

El resultado
Los intelectuales que alertamos durante meses al gobierno sobre la posibilidad de un estallido social de mayor magnitud fuimos denominados mercenarios. El aparato partidista y gubernamental desconoció con negligencia las señales de alarma. Este es el resultado de su actitud.
El domingo 11 de julio, miles de personas se manifestaron en numerosas ciudades y pueblos de la Isla. Junto a los que solicitaban cambios, mejores condiciones de vida y libertades políticas; como es común en todo conflicto de estas dimensiones, también se sumó el que pretendía únicamente delinquir y vandalizar, pero esa fue la excepción, no la regla.
El presidente y primer secretario Miguel Díaz-Canel reaccionó a esos hechos, inéditos en la historia reciente de Cuba, con la siguiente convocatoria: «La orden de combate está dada. A la calle los revolucionarios».
En su primera comparecencia televisiva reconoció que entre los manifestantes había personas revolucionarias y confundidas. En la segunda aparición, el día 12, aseveró que todos eran contrarrevolucionarios y mercenarios y que lo acaecido era resultado de un plan diseñado en el exterior. Esa es la narrativa que se ha sustentado desde entonces. Para él, los miles de manifestantes no son parte del pueblo. Gran error.
Las fuerzas del orden —del Ministerio del Interior, las FAR, Tropas Especiales, los cadetes de las Academias militares y hasta la reserva—, han reprimido con violencia. También algunos grupos de manifestantes han sido violentos.
Se sabe de al menos una persona muerta y otras heridas, golpeadas y detenidas. Una parte de ellas fue liberada al siguiente día. No sucedió así en otros casos, como el de Leonardo Romero, joven estudiante de Física de la Universidad de La Habana que fue preso hace dos meses por alzar un cartel que decía «Socialismo sí, represión no». Transitaba cerca del Capitolio con un alumno suyo de preuniversitario. El muchacho intentó grabar la enorme manifestación que se había congregado allí. Lo agredieron con saña. Era un menor de edad y Leonardo lo defendió. Fueron detenidos ambos.
Leonardo Romero fue detenido en las cercanías del Capitolio. Su familia aún desconoce su paradero. (Foto: Yamil Lage/AFP)
Es imposible conocer con exactitud lo ocurrido, porque desde las 3 de la tarde de ese día fue quitado el servicio de internet en Cuba. Somos un pueblo a ciegas, sin derecho a información y sin posibilidad de expresarnos. Los periodistas oficiales demuestran con su actitud que apenas son meros propagandistas del gobierno. Caiga sobre ellos toda la vergüenza del gremio.
Declaraciones justificativas, y en ocasiones incoherentes, han marcado la tónica del gobierno. El Buró Político se reunió hoy con la presencia de Raúl Castro pero nada trascendió de lo tratado. Al parecer, no existe una hoja de ruta diseñada para resolver una situación interna como este estallido, que es presentada ante la opinión pública como una gran conspiración internacional que emergió a partir de la etiqueta SOS Cuba.
Se han limitado a pedir la eliminación del bloqueo norteamericano. Ni una admisión autocrítica acerca de reformas postergadas y transgresiones constitucionales. Ni una invitación al diálogo. Creen, o quieren hacer creer, que los incómodos apagones de las últimas semanas son los responsables de la molestia ciudadana, sin reconocer las inmensas deudas sociales acumuladas que datan de décadas.
Bruno Rodríguez Parrilla, ministro de Exteriores, dijo en una conferencia con la prensa extranjera acreditada que en Cuba «nadie pasa hambre». Esa afirmación es otra evidencia del nivel de desconexión del gobierno con la gente de a pie. Solo es comparable con la crítica que hiciera Raúl en su «Informe Central» al 8vo. Congreso como secretario general saliente, a la «cierta confusión» que tuvieron algunos cuadros de dirección al emprenderla contra la «supuesta desigualdad» que ha creado la comercialización dolarizada en Cuba.
La desesperación de la gente la ha lanzado al estallido, a protestas masivas en medio del peor momento de la pandemia en la Isla. Es previsible esperar un enorme crecimiento de contagios, tanto entre los manifestantes como entre las fuerzas del orden y en los grupos de respuesta rápida convocados en los centros de trabajo para mostrar apoyo al gobierno.
A todo esto se une el oportunismo político de algunas voces en el exilio que piden una solución militar para Cuba. Deben saber que afectar la soberanía nacional con la tesis de una intervención humanitaria es totalmente inaceptable para una enorme mayoría de este pueblo, incluso para muchos de los que se manifiestan hoy contra el gobierno.
Al dirigirse a la prensa extranjera, Rodríguez Parrilla argumentó con ligereza que este no era el peor momento que se ha vivido en Cuba. Es cierto que en los noventa tuvimos una crisis terrible y un maleconazo; no obstante, le recuerdo que en aquella etapa teníamos un líder con visión suficiente para ofrecer cambios a corto plazo y un pueblo con esperanzas de que ante la caída del socialismo real en Europa el gobierno tendría la inteligencia suficiente para encauzar una vía expedita y continua de cambios.
Ninguna de estas cosas existe hoy. Pero pedirle al gobierno cubano que atienda a las señales es, ya lo hemos visto, arar en el mar.

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Las protestas del 11 de julio en imágenes

El 11 de julio de 2021 se reportaron protestas en más de 50 ciudades de Cuba en medio de la crisis sanitaria y económica que vive la Isla.
El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, reiteró que “las calles son de los revolucionarios” y convocó a sus seguidores a salir a enfrentar las protestas. La jornada terminó con la militarización de varias ciudades del país y personas detenidas o en paradero desconocido.
A continuación se muestran fotografías tomadas por el equipo de Periodismo de Barrio durante las protestas en La Habana.
Protestas en La Habana, Cuba (Foto: Periodismo de Barrio).
Protestas en La Habana, Cuba (Foto: Periodismo de Barrio).
Protestas en La Habana, Cuba (Foto: Periodismo de Barrio).
Protestas en La Habana, Cuba (Foto: Periodismo de Barrio).
Protestas en La Habana, Cuba (Foto: Periodismo de Barrio).
Protestas en La Habana, Cuba (Foto: Periodismo de Barrio).
Protestas en La Habana, Cuba (Foto: Periodismo de Barrio).
Protestas en La Habana, Cuba (Foto: Periodismo de Barrio).
Protestas en La Habana, Cuba (Foto: Periodismo de Barrio). 

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Elsabrupto

Fiel a la Resolución 41 / 2018 que me designó presidente de esta instancia municipal, informo a los organismos superiores sobre el saldo dejado en la localidad por la tormenta tropical Elsa.
La susodicha nos visitó en un contexto marcado por la culminación de la reciente zafra azucarera, en la que el central Tres Libras ha logrado la hazaña de igualar la cantidad de azúcar obtenida en 1864 por el ingenio del que fue dueño el mayor general Teovigildo Espirragosa, héroe local y principal inspirador de las nuevas batallas a las que nos llaman el Gobierno y el Partido.
Conocida la cercanía de la depresión a la Isla, y de que el organismo tropical rozaba una peligrosa presión atmosférica de mil Héctor Pascal, se desató un movimiento anticiclón por parte de las organizaciones políticas y de masas, entre cuyas iniciativas estuvo un acto político-cultural en la escuela primaria Batalla de Mal Tiempo, con la presentación de la orquesta de cámara Vientos de Cuaresma.
A partir de esa fecha, el Centro Municipal de Gestión y Reducción de Riesgos no quiso arriesgarse a que Elsa nos cogiera reducidos, y gestionó con la Oficoda el aseguramiento, para los niños evacuados, de mirogurt, intento de yogurt que yo ni miro. A los mayores se les aprovisionó con una vaguada de mango producida por las mini-industrias del territorio.
Ante la inminencia del azote del organismo tropical sobre nuestra región, tomamos la determinación de evacuar hacia almacenes seguros un total de ochenta y tres toneladas de arroz, cincuenta y seis de azúcar, veintinueve de chícharos y treinta y seis de frijoles negros para ponerlas a buen resguardo… de la población.
Es justo señalar autocríticamente que los estudios meteorológicos locales se han tornado con cierta precipitación, y fueron nublados en estos días al no poder prever con exactitud el área por donde saldría Elsa hacia el Golfo de México, inicialmente prevista por nuestros investigadores para la zona conocida como Voye Chando. El error de cálculo puso en peligro la vida de los tripulantes de las treinta y seis embarcaciones que organizaron siete kilómetros más allá una regata en contra del acoso imperial, en áreas de la otrora cooperativa pesquera, hoy conocida (y reconocida) como la BABA (Base Acuática contra el Bloqueo y sus Acólitos).
La decisión más osada que se tomó días previos al paso de la depresión tropical por el municipio fue la de albergar a sesenta y ocho familias vulnerables en el hotel cuatro estrellas que se construye en Playa Jején. Tropas especiales del Minint pugnan hoy por sacarlos de allí, mas no nos arrepentimos: de no ser por el esfuerzo de las autoridades, nadie sabe qué hubiera pasado con los huéspedes de esas treinta y dos viviendas que en el día de ayer dejaron la condición de peligro de derrumbe y definitivamente fueron abajo. Hoy estaríamos hablando no ya del resto de la población, sino de sus restos.
No puedo dejar de mencionar la excelente actitud de la comunidad Primitiva, cuyos moradores accedieron a no abandonar las cuevas en las que viven evacuados desde el ciclón que nos asoló en el 2008, con estragos cercanos a aquellos que dejó el Flora cuando acabó con la fauna.
Fue suspendido el transporte público hacia las cabeceras de las demarcaciones aledañas, lo cual no se hizo ver. Ante la pertinente escasez en las farmacias para combatir altas y bajas presiones, nos vimos impelidos a fomentar la medicina verde… la de billetes ídem. Los familiares del norte han respondido y no dejan, a pesar del meteoro, de meter oro en nuestras desvencijadas arcas.
Sufrimos la pérdida de cincuenta y ocho cabezas de ganado. Pudimos contarlas gracias a que los lugareños las dejaron abandonadas y se llevaron la parte sustantiva aprovechando la confusión en la vaquería. La granja avícola tiene pienso para alimentar por cuatro días a las aves, y estas a su vez poseen carne para alimentar por solo dos a la población. Las goteras en dichos establecimientos surgen a cuentagotas.
Acabo de enterarme de que la Asamblea Nacional ha suspendido el séptimo período de sesiones, vaya desesión, y que en el Caribe oriental se formó la que se formó: la depresión tropical Gonzalo, que viene tras su consorte Elsa. El municipio, que ha dejado la fase informativa para regresar a la desinformativa, se repondrá de esas y de otras desgracias, y sabrá preservar los bienes y los males.
La población del invicto territorio nos invicta a proseguir, cual huracán, nuestro sinuoso recorrido, y se mantendrá atenta, a través de las palomo-conferencias y con la consigna «¡El que no oye al Consejo no llega a viejo!», a las orientaciones del Consejo de Defensa Provincial.
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Si desea suscribir nuestra petición al gobierno para que flexibilice la entrada de medicamentos a Cuba, deje un comentario con su nombre en el post o escriba a nuestro correo electrónico (jovencuba@gmail.com)

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Donaciones por Cuba

Cuba vive posiblemente uno de los períodos más difíciles del último medio siglo. La alarmante crisis de salud, producto del aumento de los contagios de Covid-19 y la sostenida falta de medicamentos en las farmacias y centros asistenciales, era algo impensable hace apenas dos años. Ante esa situación que tiende peligrosamente al agravamiento, numerosas iniciativas ciudadanas desde dentro y fuera del país buscan ayudar.
Una de esas es la recepción de donaciones que organiza el Centro Memorial «Martin Luther King», organización que cuenta con dos redes nacionales con gran experiencia en trabajo comunitario y que se encargará de clasificar y distribuir lo recolectado para enviar a la provincia de Matanzas.
Las donaciones se están recibiendo en varios puntos de la ciudad de La Habana: la sede de esa institución en Ave. 53 entre 96 y 98, Marianao; la Primera Iglesia Presbiteriana, ubicada en Salud 222, entre Lealtad y Campanario, Centro Habana; y la tienda Clandestina, en Villegas 403, entre Teniente Rey y Muralla.

Por otra parte, la escritora y profesora matancera Mabel Cuesta, residente en Houston, desde hace meses realiza envíos de medicamentos a la Isla a través de agencias de carga. Aquí son recibidos por contactos y repartidos entre personas necesitadas.
Cuesta se encuentra desde hace varios días en Cuba. «Estoy entrando en Matanzas. Abrazo a mi abuela, a mis tías, a mis sobrinas y a mi madre y voy pa’la calle a repartir medicinas», comentó en su perfil de Facebook.
En su post anunció además que uno de sus compañeros de causa, Enrique Guzmán Karell, llegará pronto «cargado con todo lo que pueda cargar y pagando un billete ridículamente caro vía Toronto». El grupo recibe donaciones sobre todo de cubanos residentes en los Estados Unidos. «Ten una sola fe: esto va por y para la gente», concluyó.
Enfocados también en ayudar a los residentes en la ciudad de Matanzas, un grupo de masones nucleados en torno a la Gran Logia de Cuba y a la Logia habanera José de la Luz y Caballero recepcionan medicamentos y víveres. Estos serán recibidos allá por miembros de la Logia Libertad y repartidos entre quienes los requieran. La institución masónica está compuesta por más de trescientas logias repartidas por todo el territorio nacional y cuenta con una infraestructura organizativa que podría funcionar en la gestión y reparto de donaciones.
También en La Habana, el filólogo, activista por los derechos humanos y periodista Ulises Padrón, ha recibido dinero y medicamentos por parte de numerosas personas. Su destino es igualmente Matanzas, donde serán recibidas hoy y distribuidas entre los necesitados.
Desde España, mediante una directa en Facebook, la cubana Leisam Rubio, como parte de un equipo de voluntarios, comunica que tiene miles de agujas y de jeringuillas para vacunar. También algodón, gasa, mascarillas, pinzas para trabajar, uniformes para los médicos y personal de primera línea, pañales y muchos insumos.
«Avisen, abran una vía, y lo multiplicamos por 100», dijo Leisam al gobierno cubano en un post de Facebook
Asimismo, gran cantidad de bolsas de medicamentos destinados a varias provincias, y especialmente a Matanzas por la crisis de contagios.
Solicita que las autoridades médicas cubanas coordinen un vuelo de AeroVaradero hasta Madrid, donde ellos se comprometen a llevar al aeropuerto toda la donación para que sea recibida después en Cuba por personal médico y se derive a las provincias y personas necesitadas. 
El grupo no puede pagar los envíos por la cantidad de paquetes. Aseguran que pueden seguir obteniendo muchas más donaciones si las autoridades sanitarias de Cuba garantizan un canal para recogerlas.
Algo similar pidió Alfredo Ballesteros en una misiva enviada al cónsul de la Isla en Guyana. «En mi nombre y haciendo uso de mis derechos como ciudadano cubano, con respeto le solicito que por las vías diplomáticas legales correspondientes, interceda ante el gobierno de Cuba para que nos permita a los millones de cubanos que estamos fuera, ayudar a nuestras familias, amigos, hermanos de Patria. Solicitamos una vía y que, por favor, el gobierno escuche el clamor ciudadano», afirmó en su carta el comunicador residente en el país sudamericano.
Otras iniciativas proliferan en las redes sociales. Estas son apenas algunos ejemplos. En los próximos días, LJC seguirá informando al respecto.
Al respecto han surgido criterios discrepantes que consideran inaceptables estos ofrecimientos, pues arguyen que pueden generar una comercialización de medicamentos en el mercado negro a altos precios. Es probable que quienes afirman eso ignoren –cosa difícil a estas alturas– que desde hace meses los precios han alcanzado cifras astronómicas y son incosteables para la mayoría de las familias.
De modo que la aceptación de estas donaciones, distribuidas por personas e instituciones de sabida probidad –incluso con intervención estatal, como es el caso de la solicitud de Leisam Rubio–, será un inmenso alivio a las dramáticas condiciones de salud en la Isla.
Por ello resulta inverosímil, por no decir cínico, catalogar actos de este tipo como parte de campaña de agresión alguna. Ese victimismo absurdo no lleva a ninguna parte, sobre todo cuando lo que está en juego es la vida de muchos cubanos. Dijo Martí que: «Debe hacerse en cada momento, lo que en cada momento es necesario».
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Petición a las autoridades ante la crisis de medicamentos

La enorme crisis causada por el déficit actual de medicamentos en Cuba afecta a casi todo nuestro pueblo. Fármacos esenciales para tratar enfermedades crónicas como el Mal de Parkinson, hipertensión arterial, diabetes mellitus, asma bronquial y afecciones nerviosas, están totalmente ausentes o se reciben en cantidades insuficientes en los establecimientos farmacéuticos.
Lo mismo sucede con otros de igual importancia, como los antibióticos y los analgésicos. Incluso, escasean enseres médicos de uso hospitalario, imprescindibles en intervenciones quirúrgicas y otros procedimientos vitales.
El pasado 21 de junio, concurrieron en el espacio televisivo Mesa Redonda directivos de BioCubaFarma, FarmaCuba y MedSol para explicar las causas de esta situación. Sus intervenciones pueden resumirse en que el sistema biofarmacéutico cubano ha centrado sus esfuerzos en garantizar los productos de protocolo a la Covid-19 y el desarrollo de las vacunas.
Asimismo, expusieron con detalle los inconvenientes que ocasionan las medidas coercitivas unilaterales impuestas por Estados Unidos, que hacen casi imposible la adquisición de tecnologías, materias primas, reactivos, medios diagnósticos, medicamentos, dispositivos, equipos y piezas de repuesto.
Fueron resaltados también los obstáculos que suponen las presiones norteamericanas a determinados bancos, que han sido multados por recibir pagos provenientes de Cuba.
Otra causa —no mencionada en la emisión del programa— fue la disminución de la inversión en ciencia e innovación tecnológica, la cual durante el pasado año fue setenta y dos veces menor que la ejecutada, también en plena pandemia, en las áreas de «servicios empresariales, actividad inmobiliaria y de alquiler», que incluye la inversión turística, pese a la considerable disminución de la demanda en ese sector.
Los efectos inmediatos de tal situación se traducen directamente en dolencias que no pueden ser aliviadas, enfermedades incontroladas e incluso el riesgo de muerte o la muerte misma de pacientes.

Compete a las autoridades de Estados Unidos levantar sus sanciones, pero ante esa realidad nada podemos hacer los ciudadanos de Cuba —más que expresar nuestro rechazo—, como tampoco ha podido influir una gran parte de las naciones del mundo que días atrás manifestaron su parecer en la votación acontecida en la Asamblea General de la ONU.
Sin embargo, así como aumentar las inversiones en el sector, también está en manos del gobierno cubano flexibilizar y facilitar los mecanismos establecidos en las resoluciones 72, 131 y 148 del Ministerio de Salud Pública para que entren al país donaciones de medicamentos y enseres que podrían aliviar la dramática situación humanitaria que nos agobia.
Una medida más expedita aunque de alcance menor que podría tomarse cuando la situación epidemiológica lo permita, es la de facilitar la entrada a los viajeros cubanos vacunados —previa presentación de la documentación que los acredita como tales y después de realizadas las pruebas que se estimen pertinentes— sin necesidad de someterlos a una estancia prolongada en centros de asilamiento. Así se aumentaría la entrada de personas provenientes del exterior y con ello, el acceso a medicamentos.
Son conocidas las numerosas trabas, restricciones y arbitrariedades que padecen personas o instituciones cuando intentan entrar este tipo de productos por las diferentes vías que existen. Nos son pocos los cubanos y extranjeros, así como organizaciones de diverso tipo, que envían donaciones a Cuba aun a riesgo de perderlas —sin recibir muchas veces siquiera una explicación— cuando deben pasar por la aduana.
Existen mecanismos creados por esos ciudadanos y organizaciones para entregar el producto de las donaciones a los necesitados cuando estas llegan a la Isla. El punto más difícil es el paso por la Aduana y las restricciones en cantidad y variedad impuestas por las regulaciones cubanas.
Teniendo en cuenta lo anterior, solicitamos al presidente de la República, al ministro de Salud Pública y al jefe de la Aduana General de la República, que faciliten y viabilicen el proceso para permitir la entrada de medicamentos y enseres médicos al país y que colaboren con los donantes sin que ello signifique controlar el proceso de recepción y distribución, en el cual podrían participar como un eslabón más de la cadena solidaria.
Hacerlo no implicará ningún esfuerzo para el Sistema Nacional de Salud Pública y sí un alivio para el pueblo de Cuba que sufre, entre las numerosas carencias habituales y las acrecentadas desde hace más de un año, de un incremento de enfermedades y padecimientos que pueden cobrar muchas vidas.
Suscriben y publican esta petición,
La Joven Cuba
Blog Comunistas
Tremenda Nota  
(Si desea sumar su firma, puede hacerla llegar a La Joven Cuba mediante los comentarios de la web, canales en redes sociales o el correo jovencuba@gmail.com.)
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Alberto Abreu
Alina B. López Hernández
Carmelo Mesa Lago
Diosnara Ortega
Enrique Guzmán Karell
Fernando Pérez
Frank García Hernández
Giordan Rodríguez Milanés
Gladys Marel
Harold Cárdenas Lema
Ivette García González
Jesús Arencibia
Jorge Fernández Era
José Manuel González Rubines
José Otoniel Vázquez Monard
Julio Antonio Fernández Estrada
Lázaro Faustino Cuesta Valdés
María Isabel Alfonso
Mario J. Valdés Navia
Mauricio de Miranda Parrondo
Orlando Rojas
Rafael Rojas
René Fidel García González
Rita García
Rodolfo Alpízar Castillo
Samuel Farber
Teresa Díaz Canals

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¿Qué hacer con un enfermo en casa?

Por Madelyn Sardiñas Padrón*
El año 2012 fue uno de los más tristes de mi vida. En un lapso de doce meses, mi hijo fue ingresado por una sospecha de dengue, que no tenía, probablemente en la peor de las salas (en todos los sentidos) del Hospital Pediátrico Provincial de Camagüey; mi papá tuvo su primera gran crisis de insuficiencia renal, mi mamá sufrió un infarto cerebral hemorrágico que la dejó postrada con hemiplejia derecha y una gastrectomía; y mi hermana falleció sin haber cumplido 49 años. Otro en mi lugar pudiera pensar que mis familiares pagaron los platos que pude haber roto en esta u otra vida.
Los sucesos de ese año, por un lado, pusieron a prueba mi capacidad de adaptación a nuevas y complicadas situaciones, y por otro, me enseñaron que la muerte es la fase final del proceso de la vida y que de lo que se trata es de que sea lo menos dolorosa posible. Pero sucede que nadie sabe cuándo llegará ese momento, ni cuánto será capaz el organismo de resistirse a ella. Por tanto, mientras exista vida, hay que cuidarla y hacerla lo menos engorrosa posible, hasta que la ciencia ya no dé más para mantenerla. Esa fue la enseñanza que, con todo el dolor que representa, me dejó la partida de mi querida hermana.
Cuatro largos años estuvo mi mamá apagándose poco a poco; me tocó aprender varios de los cuidados de enfermería gracias a la valiosa ayuda de profesionales conocidos y desconocidos. En esa época había con qué ofrecer todos esos cuidados paliativos para aliviar el sufrimiento que padecía.
Hoy es mi papá quien muestra, a sus 93 años, los síntomas de que se va apagando y de muy poco me sirven los adelantos de la ciencia y los conocimientos, experiencia y habilidades que me tocó adquirir para aliviar su dolor. Sencillamente, no hay con qué hacerlo. Riñones a media máquina y no hay furosemida, lesiones en la piel y no hay yodopovidona ni sulfadiazina de plata ni ketoconazol o terbinafina y triamcinolona; mucho menos analgésicos, antipiréticos y antibióticos; ni siquiera las sondas vesicales y los colectores de orina se han ofertado para todos los que los necesitan en todo un año.
En cuidado de un enfermo se dificulta dada la alarmante crisis de medicamentos que sufre el país desde hace más de un año (Foto: Jessica Domínguez/ Periodismo de Barrio)
¿Alguno de los que decide emplear el dinero en otra cosa tiene un familiar que necesita esta clase de cuidados? Si lo tiene, ¿sufre las mismas carencias que la mayoría? ¿Por qué si los urólogos recomiendan cambiar una sonda cada diez días, en la farmacia sólo venden dos al mes por persona, cuando el suministro es estable? ¿Quién es el irresponsable que sugiere o indica que se reutilice un insumo destinado al uso una sola vez?
A un paciente postrado hay que cambiarle la ropa de cama al menos una vez al día, pero no hay jabón suficiente para lavarla ni manera de sustituirla cuando ya no da más. ¿Quién le dijo al Ministerio de Comercio Interior que doce jabones, dos metros de tela antiséptica, una toalla y un metro y medio de hule, si hay, es suficiente para mantener la higiene de un prostrado durante seis meses?
Entras a un hospital por una insuficiencia renal y, además de no haber diuréticos, sales de allí con una escabiosis, para lo que tampoco hay tratamiento disponible.
Se dice que se prohíben actividades de comercio en el sector privado porque, por política, esa es una responsabilidad estatal, pero si el Estado no es capaz de cumplir su responsabilidad, sean cuales sean las causas, entonces lo lógico sería cambiar esas políticas.
Si para que haya ofertas de lo que el pueblo necesita, el comercio tiene que ser privado, ¡que lo sea! Y no me refiero a corporaciones «privadas» como las de GAESA, esas son empresas de un Estado paralelo. Tampoco estoy hablando de que regalen el trabajo de otros a quienes puedan pagarlo.
Facebook me da la oportunidad de expresar un sentimiento, pero en situaciones como esta uno se debate entre la tristeza, la impotencia y la frustración, todos conducentes a la inestabilidad emocional de las personas a cargo del cuidado de estos pacientes.
¡Y no! ¡No me voy a tirar del techo de la casa! Todavía no he llegado a ese límite y espero no cruzarlo. Pero no me voy a cansar de denunciar lo que considero incorrecto. Necesitamos cambiar nuestras políticas y nuestros métodos. No es el éxodo de los cubanos ni ignorar las críticas lo que nos va a sacar de esta miseria.
Si este gobierno y su partido único no son capaces de entenderlo y actuar en consecuencia, no me dejarán otra opción que dejar de confiar en su intención expresada de trabajar por el bien de todos los cubanos, con la cola de efectos que ello puede implicar. Yo soy sólo una, pero deben haber más que todavía confían en que se puede hacer mucho mejor y podrían decepcionarse.
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*Tomado con su consentimiento del perfil de Facebook de la autora.
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Cartas a La Joven Cuba es una sección de correspondencia cuya intención es visibilizar quejas y solicitudes de nuestros lectores, así como recepcionar las respuestas de las instituciones involucradas en darle seguimiento y solución a los problemas aquí planteados, si las hubiese.
A diferencia de otras secciones de igual índole existentes en la prensa cubana, no tramitamos las situaciones aquí expuestas con las instancias pertinentes, solo ofreceremos el espacio para hacerlas públicas.
Para comunicarse con la sección, nuestros lectores pueden escribir al correo electrónico: cartasalajovencuba@gmail.com

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Ideología de género y conservadurismo religioso

Uno de los conceptos más vilipendiados en Occidente durante y tras la llamada Guerra Fría, ha sido sin dudas el de ideología. Una de las constantes del discurso liberal y neoliberal fue acusar al socialismo real de haber fundado sociedades ideologizadas y controladas, no solo por y desde el instrumental de los poderes del estado, sino, además, a través de su «vigoroso instrumental ideológico», que no resultó tan efectivo ni tan poderoso. En algunos de esos delirios discursivos no le faltó razón a los diletantes del llamado entonces «mundo libre».
Lo que nunca reconocieron ni han aceptado, es que también tras la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo articuló una poderosa maquinaria ideológica que ha ido desarticulando progresivamente la conciencia para sí de las clases, grupos y sectores subsumidos en las sociedades burguesas, hasta convertirlos, inconscientemente, en cómplices de sus propias lógicas de dominación.
La explicitación de esa dicotomía se la escuché al dominico Frei Beto allá por 1992, cuando se conmemoraban quinientos años de lo que los europeos definen como el descubrimiento de América. El teólogo brasileño afirmó que el gran abismo entre capitalismo y socialismo real fue que el primero privatizó la propiedad y socializó los sueños, mientras el segundo estatizó la propiedad y privatizó los sueños; el primero ha vendido sueños y el segundo los intervino. Eso también explica quiénes vencieron y quiénes no en aquella confrontación de la postguerra.
Conservadurismo religioso y educación sexual

Lo cierto es que cada vez que los vencedores han procurado deslegitimar alguna actitud o proceso, han acudido a la socorrida denuncia de ideologización, para dejarla en entredicho o crear rechazo. Hace unas décadas también han entrado a esos límites los llamados constructos de género y sus luchas por derechos civiles, económicos y políticos. Ellos han tenido como sus principales detractores a los sectores más conservadores de las estructuras políticas, eclesiales y religiosas.

El término ideología, etimológicamente, procede del griego antiguo y está conformado por dos elementos lingüísticos: idea, que se define como «apariencia o forma», y el sufijo logia, que puede traducirse como «estudio», por tanto, significaría: estudio de las ideas. De ahí se desprenden sus conceptualizaciones.
La mayoría de los autores define a la ideología como: un conjunto normativo de emociones, ideas y creencias colectivas que son compatibles entre sí y están especialmente referidas a la conducta social humana.
Según esta visión, son ideales que generan normas y emociones, compartidos por grupos humanos en una sociedad históricamente determinada, y no suele individualizarse. De acuerdo a esta concepción, no hay ideologías unívocas en individuos aislados, suelen tener carácter social.
Otros autores la definen como conjunto de ideas fundamentales que caracterizan el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso, político u otros.
Antoine-Louis-Claude Destutt
El término —presuntamente acuñado por Antoine-Louis-Claude Destutt, marqués de Tracy e ilustrado francés—, ha tenido no pocos críticos. Al parecer, el primero de ellos fue Bonaparte, que usaba el término ideólogos para referirse a aquellos que consideraba privados de sentido político y que asumían posiciones demagógicas y apologéticas. Por tanto, para el caudillo, un ideólogo inevitablemente tergiversa la realidad a favor de sus intereses y fines, personales o grupales.
A posteriori, los fundadores del marxismo vuelven sobre el tema. En La Ideología Alemana, texto de ambos autores escrito entre 1845-1846, abordan la problemática. Aquí le confieren doble connotación a la ideología, al afirmar que «Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal de las relaciones materiales dominantes…», o «No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia».[1] En base a tales presupuestos, la ideología sería conciencia, reflejo activo del mundo material en el que se desenvuelven los sujetos históricamente determinados.
A su vez acotan: «Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época: o, dicho, en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante».[2]
Aquí la ideología es presentada como «falsa conciencia», como reflejo falseado de la realidad o inducido por la clase dominante para dominar a los sectores subsumidos también en el ámbito espiritual.
Esta doble connotación ha sido leída y releída por multiplicidad de autores y escuelas de pensamiento, lo que produjo diferentes definiciones y juicios de valor sobre lo ideológico. Ellos se mueven pendularmente en direcciones encontradas: los que consideran que la ideología, por ser conciencia o reflejo de la vida, permite elaborar estrategias de sostenibilidad social para los diferentes grupos humanos y sus intereses; y los que afirman la intencionalidad manipuladora de las ideologías.
Lo cierto es que el pensamiento más conservador de derechas, y algunos en la izquierda, también hacen uso o legitiman la tesis de la ideología como falsa conciencia, siempre que se refiera a la ideología de los otros y no a la propia. Es desde ese presupuesto que conceptúan y juzgan lo que se ha definido como ideología de género, tal como se señaló. 
El concepto género eclosiona en 1994, tras su inclusión en la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo. Fue admitido en documentos oficiales de la ONU por acuerdo entre gobiernos para referirse a los derechos de las mujeres y otros grupos humanos minoritarios. La ONU volvió a utilizarlo en los escritos preparatorios para la Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer, celebrada en 1995 en Beijing. Ello provocó la reacción de grupos católicos conservadores estadounidenses.
Su uso, ya en pose de demonización, aparece en el texto «La agenda de Género», de la periodista católica ultraconservadora norteamericana Dale O’Leary, publicado en 1997 y traducido a decenas de idiomas. O’Leary asegura que el término género es una herramienta neocolonial instigada por una conspiración feminista internacional de inspiración izquierdista.
Cardenal Joseph Ratzinger, quien posteriormente sería el Papa Benedicto XVI
Uno de los más importantes ideólogos de la Iglesia Católica en la segunda mitad del siglo XX, Joseph Ratzinger, publicó en el propio 1997 su libro La sal de la tierra. Cuando lo hizo, era aún Cardenal y líder de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Allí asegura que el concepto género disimula una insurrección del hombre contra los límites que lleva consigo como ser biológico.
A inicio de los 2000, en la medida en que las sociedades, sobre todo occidentales, comenzaron a legislar sobre los derechos de las minorías y a incentivar la defensa de las demandas femeninas —que paradójicamente también en algunos discursos son consideradas una minoría—, tras la presión de diferentes grupos sociales, fue que se explicitaron los discursos sobre la llamada ideología de género.
Comenzó a ser definida así en la dirección de «falsa conciencia», y se la presentó como generada presuntamente por actores del llamado neomarxismo, con la intención de desarticular y desestabilizar las «sociedades del mundo libre». Fue equiparada como «libertinaje sexual» y «desregulación de la moral tradicional judeo-cristiana».
A los discursos católicos conservadores se han sumado denominaciones cristianas u otras religiones, sobre todo las que tienen tradición de libro y larga usanza en lecturas literales de los textos sagrados. El tono de la confrontación ha escalado siempre que en algún país o contexto se aprueban los llamados matrimonios igualitarios o se implementan reformas en sistemas educativos para introducir programas de educación sexual y reproductiva.
Añádasele que muchas de esas iglesias o denominaciones han conseguido articular agendas políticas y acceder a estructuras de poder estatal con el apoyo de sectores en los que han hecho base social. De modo tal, esos espacios políticos se llenan de voceros anti-género que aducen entonces argumentos como los defendidos por Ratzinger en el referido texto, pero muchas veces con posturas más agresivas contra todas las formas de diversidad sexual y sus expresiones sociales.

No solo se oponen a que esos grupos humanos sean sujetos de derechos civiles, económicos y políticos, sino que aseguran que con ello se desarticula la familia tradicional y se subvierte lo que definen como naturaleza biológica y psicológica de los seres humanos, que por creatura divina, o hijos de la evolución, tienen naturaleza bipolar.
Hoy no solo apelan al Génesis para defender sus posturas ideológicas, recurren incluso a la simbología civil o hasta política de los pueblos, en sus construcciones más tradicionales, o hasta a Darwin, para desacreditar toda cientificidad en las propuestas de los que defienden el concepto de género.
Es un combate simbólico y político que escinde a las sociedades en grupos enfrentados, lo que muchas veces desemboca en conflictos. Esto responde a posturas ideomorales y éticas donde colisionan dos visiones de entender al hombre, su naturaleza, derechos y aspiraciones, que convierten al cuerpo y a la subjetividad de ese cuerpo en campo de batalla por el dominio del deber ser.
Ese pugilato ha llegado a Cuba hace unos años, e implica al Estado, a la sociedad civil y al ciudadano común. No todos con los mismos argumentos, comprensión de lo que se licita, destinos y sensibilidades, o estructuras para ejercer poder; pero evidentemente, cada quien con la certeza de que la razón le asiste, lo que convierte al combate, quizás en una batalla donde los perdedores pueden ser, otra vez, los más vulnerables.     
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[1] Carlos Marx y Federico Engels: La ideología alemana, Editora política, La Habana, 1979.
[2] Ídem p 48

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