Ciudad

Estampas del Sol naciente: 35 minutos

Unas veces se mira a la izquierda y surge la bahía, rematada con el imponente Tokyo Sky Tree, la estructura artificial más alta del país. Foto: Yunier Sifonte/Cubadebate.Poco más de media hora no basta para captar el espíritu de una ciudad. Si acaso, alcanza para hacerse una idea general, tal vez abstracta, de los reflejos que proyectan sus edificios, su organización y su gente. Es como si ese fuera el tiempo justo solo para ganar una primera impresión. Sin embargo, cuando se habla de la sede de unos Juegos Olímpicos, hay detalles que enseguida salen a la luz.
Uno tras otro aparecen durante los 35 minutos que demora el traslado desde el distrito de Bunkyo, ubicado casi en el centro de Tokio, hasta Odaiba. El destino final es una extensa isla artificial ganada al mar que sirve de sede a varias disciplinas y que acoge el Centro de Prensa Internacional del evento deportivo más grande del planeta.
Mientras se dejan atrás calles y kilómetros poco a poco aparece una metrópoli inmersa en un nuevo estado de emergencia para contener su cuarta ola de contagios por la COVID-19, pero que ni aun así detiene el ritmo. De vez en cuando pasa una ambulancia, aunque la mayoría de los contagiados aquí se curan de la enfermedad en sus hogares.
“Normal en una ciudad con más de 13 millones de habitantes” —diría cualquiera—, pero si se piensa bien, con poco más de mil casos diarios, en Tokio hay una de las tasas de contagios más bajas entre las grandes capitales del planeta. Aun así, las mascarillas son obligatorias en los espacios públicos. Mientras esperan en los cruces peatonales, los tokiotas intentan guardar una distancia a veces imposible.
A pesar del estado de emergencia, aquí la vida no detiene su ritmo. Foto: Roberto Morejón/Jit.
Son escenas que se repiten mientras el ómnibus avanza por una urbe donde las formas de los edificios cambian para entregar siempre un paisaje distinto. Unas veces se mira a la izquierda y surge la bahía, rematada con el imponente Tokyo Sky Tree, la estructura artificial más alta del país. Otras, la vista se pierde entre decenas de construcciones que demuestran cómo los japoneses saben optimizar hasta el menor de los espacios.
Todo aquí es una mezcla: lo novedoso con lo tradicional, lo tecnológico y lo natural, el minimalismo y lo gigante. Es parte de ese espíritu de modernidad y diversidad que tienen las grandes capitales. Sin embargo, Tokio tiene una ventaja importante: en medio de tantas luces, ha sabido conservar su cultura y su estilo.
En las principales avenidas, abarrotadas de autos y de carrileras, lo que más resalta son las filas de árboles a ambos lados de la calle. Desde los altos viaductos, hechos para acortar las distancias y aliviar un sistema de transporte que cada día mueve a millones de personas, todavía pueden verse los edificios tradicionales, los parques, los discretos cementerios para despedir y honrar a los antepasados.
No han perdido el verdor y están allí como si los japoneses se empeñaran en recordar cuánto necesita el hombre de la naturaleza. Quizás por eso es algo raro encontrar basura en las calles. Tirar una envoltura fuera de los cestos, por pequeña que sea, implica multas altísimas.
Los viaductos son comunes. Foto Roberto Morejón, periódico Jit, Inder.
La contaminación, tan común en estas ciudades, parece aquí un problema menor. De hecho, las aplicaciones que miden en tiempo real la calidad del aire muestran evaluaciones de bien en la mayoría de los distritos. Pero hay algo que le falta a Tokio en estos días: el espíritu olímpico.
Durante los 35 minutos de viaje apenas se ven carteles distribuidos por la ciudad. Ni siquiera en las sedes de competencias y sus alrededores existe demasiado entusiasmo y solo unas pequeñas banderas anuncian que esta es la capital del deporte mundial. Casi al llegar al Centro de Prensa hay par de letreros más grandes, una excepción en medio de esta especie de calma olímpica que los más experimentados dicen no haber vivido nunca.
Pero este viernes Tokio inaugura sus juegos y pone toda la esperanza en ellos. Como un símbolo involuntario, por primera vez el pebetero olímpico no estará dentro del estadio y brillará por 18 días en algún punto de la capital, celosamente guardado hasta el momento justo. Es la metáfora perfecta para una ciudad que necesita el brillo y el calor de una olimpiada.

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Ciudad de Liverpool pierde categoría de Patrimonio de la Unesco

La ciudad inglesa de Liverpool fue eliminada de la lista de sitios de Patrimonio Mundial de la Unesco después de que la agencia cultural de Naciones Unidas halló que la construcción de nuevos edificios, incluido un estadio de fútbol, ​socavaron el atractivo de sus muelles victorianos.
Liverpool fue incluida en la lista del Patrimonio Mundial en 2004, sumándose a hitos culturales como la Gran Muralla China, el Taj Mahal y la Torre Inclinada de Pisa. Se trata de la tercera eliminación que sufre la prestigiosa lista.
Después de una votación realizada en China por miembros de su Comité del Patrimonio Mundial, la Unesco dijo en Twitter que Liverpool debería ser eliminada de la lista de la organización cultural internacional.
La alcaldesa de Liverpool, Joanne Anderson, dijo que la decisión es “incomprensible” y espera poder apelar.
“Estoy muy decepcionada y preocupada por esta decisión de eliminar el estatus de Patrimonio Mundial de Liverpool, que se produce una década después de que la Unesco visitara la ciudad por última vez para verla con sus propios ojos”, dijo. “Trabajaremos con el gobierno para examinar si podemos apelar”.
Los únicos otros sitios despojados previamente del título son un santuario de vida silvestre en Omán en 2007, afectado por la caza furtiva y la pérdida de hábitat, y el valle del Elba en la ciudad alemana de Dresde en 2009, cuando se construyó un puente de autopista de cuatro carriles sobre el río.
La etiqueta de patrimonio brinda a los sitios históricos acceso a fondos de conservación de la ONU, además de aparecer en guías turísticas de todo el mundo.
La amenaza de ser eliminado de la lista se cernía sobre Liverpool desde 2012, cuando la Unesco advirtió que los nuevos edificios habían cambiado el horizonte de la ciudad y estaban destruyendo el valor patrimonial de su zona costera.
(Con información de La Jornada)

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