AfrikReina

AfrikReina y su hijo, rumbo a su séptimo desalojo 

LA HABANA, Cuba. – “Mirando la foto del Gofundme recuerdo que ese día me sobrepuse y sonreí. Yo iba llorando con Nayab en los brazos porque esa noche tenía que irme del alquiler de J y 11”, dice Yanisleydis Borroto, la poeta AfrikReina, en conversación con CubaNet.
Se trata de uno de los 12 cambios de casa y uno de los siete desalojos que ha tenido que vivir en menos de dos años. Su historia comenzó cuando decidió ser madre aun siendo miembro del Movimiento San Isidro. 
La imagen de la que habla fue tomada por una fotógrafa francesa, Natahlie “Sarl Lheote”, que cruzó la avenida Paseo y casi se la suplicó. “Después solo tuvimos contacto cuando me envió la imágenes, pero ella me vio la angustia que llevaba a varios metros de distancia”, dice. 
Para ese momento ya AfrikReina había tomado más de una decisión desesperada, aunque estaba al principio de una carrera que aún no acaba.  
Cuando le hicieron la foto “el niño tenía casi dos años. No encontraba ningún alquiler para dónde ir. Recién había conseguido tenerlo en un círculo infantil y había logrado un contrato en una escuela como instructora de arte, pero ya se me había acabado el dinero y me habían dado 11 días para dejar la casa porque el dueño la había vendido”.
“Empecé a caminar por la zona en que vivía hasta que crucé el puente. Seguí por Playa e iba mirando lugares que lucieran abandonados. Imaginaba cuán difícil sería todo, pero estaba decidida a meterme con mi niño en algún lugar que el Estado tuviera abandonado y que después pasara lo que fuera a pasar”.
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De esa forma, encontró una casa de puntal alto donde ya habían entrado varias familias que le dijeron que ese inmueble pertenecía al Ministerio de Educación Superior (MES). 
Al día siguiente fue con el niño. Llevaba leche, un colchón pequeño para que durmiera, alimentos secos que no se echaran a perder, una hornilla eléctrica, “cosas primordiales para garantizar que tuviera qué comer allá adentro”, recuerda. 
“Entré y creé un mecanismo para cerrar por dentro; limpié porque el lugar estaba súper sucio de años y años abandonado. El niño lloraba mucho porque el lugar era muy húmedo”. 
Al tercer día tuvo que salir y, cuando regresó, le habían tapiado la puerta y puesto otro candado sobre el suyo. 
“Arranqué la tabla, quité el candado y logré entrar”, cuenta.
Entonces, apareció el represor de turno que decía ser el administrador de la Universidad de La Habana, la supuesta propietaria del local. “Me dijo que la rectora lo había llamado en persona, que llamaría a la Policía y lo hizo”.
“Los policías me interrogaron pero se mostraron solidarios. Le dijeron que no harían ningún tipo de denuncia y que como yo era una trabajadora de Educación tenían que resolverme. Incluso, el jefe de la Quinta Unidad fue a verme; el que estaba cuadrado era el supuesto administrador”.
Cuenta que ese mismo día el supuesto administrador se apareció con un funcionario de Vivienda y una mujer que decía ser la de Enfrentamiento. “Ella fue quien me confirmó mi sospecha de que la mano de la Seguridad del Estado estaba detrás de todo. Me dijo que ningún administrador tenía el poder ni la potestad para mover a quienes ese sujeto estaba moviendo y que a ella la habían sacado de una reunión con el gobernador de la ciudad”.
También recuerda que le dijo: “Aquí dicen que a las mujeres con niños no las tocan, pero eso es mentira. Este tipo va a llamar a ‘la fuerza’ que es un grupo de gente autorizada a romper la puerta y cargarte en peso. Al niño no le van a hacer nada, pero a ti sí”.
De paso, le explicó los trámites que debía comenzar, las cartas que debía enviar para que le resolvieran dónde vivir. 
Aún le quedaban un par de días en el alquiler de J y 11, por lo que regresó hasta que se cumplió el plazo y se quedó en el lobby del edificio con su hijo y sus pertenencias. 
“En ese tiempo estábamos planeando la exposición ‘Se Usa’ en San Isidro y la Seguridad del Estado me había sitiado. Un día esperaron a que saliera del Coppelia para interrogarme con mi hijo y todo. También me llamaron para hablarme del papá del niño. Imagino que así comenzó el seguimiento alrededor mío”.
El día que se quedó en el lobby del edificio una vecina la recogió en su casa y se quedó ahí dos semanas. 
“Sacaba a Nayab del círculo y lo llevaba a un parque a jugar, comíamos en la calle para regresar tarde y que fuera solo bañarlo y dormirlo, para que no molestara en esa casa”. Mientras, entregó un resumen que la funcionaria de Vivienda le hizo, más una carta en varias de las instituciones cubanas que debieran encargarse de estos casos. Hubo una investigación, mucha gente se mostró empática, pero al final no se resolvió nada.  
“Me enteré que había llegado al Partido (la noticia de) que había una madre deambulando con su hijo. Y me dijeron así mismo: ‘Es de madre que nosotros le resolvamos a veces a gente que no lo necesita tanto, pero para ti no tenemos nada que darte, ni una casa ni un albergue, nada’”.
No obstante, lo siguió intentando en Trabajo y Seguridad Social municipal, en la Dirección de Educación de Plaza de la Revolución, que era adonde pertenecía la escuela para la que trabajaba. Sus gestiones terminaron de caer en el vacío cuando comenzó la pandemia de COVID-19. 
AfrikReina (Foto: Cortesía)
La quinta mudanza fue para Cojímar, pero al mes de estar ahí la dueña se asustó con sus publicaciones de Facebook y le pidió que se fuera. 
“Tres días antes de pagar la renta me enfermé. Me cogió un estafilococo en las vías respiratorias. Recuerdo a la doctora del cuerpo de guardia del Hospital Calixto García decirme: ‘Tienes que dejar al niño con alguien, hay que ingresarte de urgencia’. Y yo estaba con Nayab cargado sin saber qué hacer. La doctora fue clara. Me dijo que me podía morir. Así que logré que mi mamá viniera de Mayabeque y se llevara al niño”.
Para cuando salió del hospital, la casera de Cojímar había cerrado con candado la casa, desmantelado el cuarto y arrinconado sus cosas. Tardó un par de días en recuperarlas porque la dueña del local no aparecía. 
Esta vez sin el niño, la vecina del Vedado volvió a permitir que durmiera en su casa. “Cuando apareció recuerdo haber pasado la noche en el P8, llevando mis cosas de un lugar a otro toda la madrugada”. 
Luego, encontró algo en Centro Habana para hacer escala entre un alquiler y otro. Esta vez fue a parar a Marianao. 
“A los tres meses consigo un trabajo en Beyond Roots, en La Habana Vieja, y soy yo la que decide moverse para un lugar más cercano porque los días que trabajaba maltrataba demasiado al niño”. Así consiguió quedarse en la casa de alguien que trabajaba en la UNEAC y que le había prometido que todo estaría bien. A los dos meses tuvo que salir. 
Para agravar su situación, la expulsaron de Beyond Roots pese a ser un negocio privado.   
“Se dio una situación personal con una compañera de trabajo y ellos aprovecharon esa cobertura. Llevaban un mes intentándolo. Les molestaba mi amistad con Luis Manuel, que me fuera a ver. Tampoco tenían cómo prohibirme mis publicaciones en Facebook. Ellos le decían a sus trabajadores lo que podían o no compartir”. 
Luego una amiga la acogió, pero a su hijo tuvo que llevarlo para la casa de su madre en Mayabeque y la nostalgia la venció. 
“Un día fui a buscar al niño y tardé en regresar casi siete meses”. Más adelante consiguió una casa en el Cerro, en la calle San Joaquín, donde estuvo mientras duró el allanamiento de San Isidro, el secuestro de Luis Manuel Otero en el Hospital Calixto García y la campaña de difamación contra el MSI y el 27N en la Televisión Cubana.
“Esa era la casa de los abuelos de una amiga. Los evité en las redes, les dije mi nombre de pila, cuidé que mi activismo no llegara a ellos hasta que todo se volvió color avispa y salí en el noticiero”.
Dice que la casera subió inmediatamente para decirle que ahí no la querían. Las palabras “y no nos importa si no tienes dónde estar”, dice la poeta que no las olvidará jamás. 
Sin embargo, sospecha que como ella dijo que iría a vivir a la sede de San Isidro la Seguridad del Estado llamó a la dueña de la casa y la estrategia cambió. 
“Me puso como condición que no podía visitarme nadie, pero para que me sintiera mal me dejaba sin agua. Se rompieron los cables de la (electricidad) 220 que iban al aire acondicionado. Cuando Luis Manuel pasaba a verme me gritaba desde el patio que no lo quería en su casa. Intentaba que me fuera. Otro día fueron a visitarme el Chino Novo, Julio Llópiz y Luis Manuel a la misma vez y ese fue el final”.
No dejó que pagara el día 27 de cada mes, como acostumbraba, y tuvo que irse.
El propietario de la vivienda a la que fue después sabía a quién admitiría en su casa, pero a las 72 horas de haberse mudado ya le había marcado un plazo para que abandonara el lugar. 
“Fui transparente con el dueño de la casa porque venía recomendado, pero él nunca contó con que fueran contra su familia. Tienen miedo hasta de hablar por teléfono”.
No es la primera vez que AfrikReina piensa en pedir ayuda a los amigos. Cuando Nayab tenía cuatro meses hizo un video que nunca publicó porque creyó que pese al sistema que desconoce la pobreza en que vive su gente, con su esfuerzo y talento podría lograr cosas tan elementales como una casa. 
Sin juicios de valor, la historia de esta mujer puede ser la de muchas otras madres solteras. Lo menos que se puede hacer es intentar que tengan un día una vivienda digna sin que renuncien a estar con sus hijos ni a su arte ni a su activismo. 
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