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Actualidades del libro en Cuba

A veces, para hablar de la literatura, nos referimos solo a autores y obras. No siempre la crítica literaria contempla al editor, a la casa editorial, sus planes, logros y fracasos, a los talleres de impresión, librerías, bibliotecas y al lector. La circulación de la obra literaria creada por un artista de la palabra resulta intensa, extensa, y no se detiene en la imaginación y la creatividad que terminan en la escritura. Precisa también de la industria y de la promoción. Muchas veces un experto editor propicia el mejoramiento de la obra creada por un escritor, cualquiera que sea el género mediante el cual se exprese.
En los últimos dos años la situación del libro en Cuba ha venido siendo difícil, afrontando avatares que atentan no contra la calidad ni la creatividad de los autores, sino contra el proceso de edición, tan complejo y múltiple. Carencias esenciales de medios de impresión y problemas técnicos en los talleres se confabularon durante 2019, todo el año pandémico de 2020 y lo que va de 2021. Los lectores no han tenido siempre la posibilidad de observar la aflicción de nuestros escritores y editores para poder cumplir sus planes de publicación, o tener que retirar o posponer libros valiosos con retrasos de los procesos técnico-productivos.
¿A quién atribuir tales molestias, detenimientos, demoras? Primero hay que preguntarse de dónde viene el papel, cómo puede adquirirlo el país y en qué transporte hacerlo llegar desde el exterior hasta los sitios donde es imprescindible. Luego hay que ver dentro de los talleres de impresión las no pocas dificultades que crea la escasa solvencia para renovar sus equipos, y para adquirir la materia suficiente para producir. Es una cadena que va desde la industria hasta la editorial, y de esta a los autores y lectores.
La tensa situación del libro en la Cuba de hoy pasa por el maligno bloqueo norteamericano sobre toda la vida material y espiritual de la nación. La pandemia de la COVID-19 lo ha ido agravando, desde la liquidez del país para adquirir insumos hasta mil y un problemas dentro de las editoriales y los talleres impresores. Somos testigos de los esfuerzos denodados del Instituto Cubano del Libro por mitigar la situación. El cierre de las librerías ha traído consigo demoras o atascos de la extensión del libro impreso y en venta. No tenemos un sistema de vendedores ambulantes que pueda dar un paliativo a esa situación. No estaría mal crearlo.
Tomo por ejemplo los esfuerzos de dos editoriales: La Luz, de Holguín, y la propiamente llamada Matanzas, que han demostrado con los años ser de las mejores con que contamos, por la magnífica gestión, la calidad de sus libros, el rigor en sus portadas y lo que llamamos «la tripa» del libro. La Luz y Matanzas se han distinguido por años en las ferias del libro, y ahora enfrentan la plaga del tiempo actual: el bloqueo, la pandemia y las trabas internas difíciles de desanudar.
Dirigida por el poeta Luis Yuseff, La Luz tiene un plan editorial de unas 36 obras desde 2019, cuyas salidas no ha podido completar, si contamos con que algunos de esos libros vienen de planes de años anteriores, como ocurre en casi todas las editoriales cubanas. Hoy mismo posee no pocos libros de autores muy jóvenes, pues La Luz es una editorial afiliada a la Asociación Hermanos Saíz (ahs), y divide sus planes en tres segmentos: el Plan Riso, volúmenes no mayores de cien o 120 páginas, para ser impresos en las máquinas llamadas Riso. Ese plan marcha digamos que bien: 15 obras de variados géneros han salido o están por salir de sus talleres.
Su Plan especial de libros más voluminosos depende mucho de las capacidades del Instituto Cubano del Libro para financiar y lograr sus salidas, y ello se complejiza en todas las editoras del país, numerosas por cierto. La Luz tiene 14 libros en ese plan, y han podido salir algunos, como el notable Fidel Castro. Como una espada reluciente, una compilación de textos de María Julia Guerra y Rubén Rodríguez, o los ensayos Apuntes en torno a la guerra cultural, de Abel E. Prieto, y también obras de ficción para la infancia de autores reputados como Nelson Simón, Luis Caissés, Enrique Pérez Díaz, Magaly Sánchez, Ariel Fonseca, Alberto Peraza, Celima Bernal, Luis Carlos Suárez, entre otros varios (me apena no poder ofrecer aquí el listado completo). El tercer plan llamado Fondo de población incluye siete obras tan codiciables como los ensayos de Roberto Manzano, Anatomía del trabajo artístico, más sendas antologías de poesía y cuento.
La Editorial Matanzas también ha alcanzado un alto prestigio, dirigida por el poeta y premio nacional de Edición, Alfredo Zaldívar. Lleva ya no pocos años mostrando calidades entre los libros que edita y cualidades de gran valía en sus acabados. Ha podido publicar hasta 25 obras en este lapso pandémico a partir de su propio taller de impresión, más tres números de la revista Matanzas. Posee actualmente otros 25 títulos entregados a talleres de impresión en sus planes Especial y de Fondo de población, que irán saliendo gradualmente. Entre estos últimos, han visto ya su publicación cinco obras tan notables como Los Beat: poesía de la rebelión, con selección de Margaret Randall y traducción de Edelmis Anoceto, o también Los generales escriben, un grupo de cartas de los generales de la independencia atesoradas en el Museo Oscar María de Rojas, en Cárdenas, una compilación de Danilo Martínez Carmenate.
La Editorial Matanzas se ha dado el casi lujo, para los tiempos que corren, de poder editar, en medio de tantas peripecias en su contra, poemarios de ocho cubanos: Efraín Rodríguez Santana, Damaris Calderón, Sergio García Zamora, Luis Marimón, Carlos Zamora, Ronel González,
Soleida Ríos, y Rolando Estévez. Obras de diversos géneros de Laidi Fernández de Juan, Daniel Céspedes, Geovanny Manso y Urbano Martínez Carmenate, entre otros, así como cuatro cuadernos de literatura para la infancia, y otros cuatro títulos de los premios Milanés y de la Fundación de la Ciudad. Son obras locales (matanceras) y universales que en su conjunto forman un bloque selecto concluido con muchísimos esfuerzos.
La Luz y Matanzas poseen filtros cualitativos serios, y cuentan con librerías, salones para actos (presentaciones de libros, conferencias, eventos…), talleres de labor inmediata en la edición de sus libros, y desarrollan conveniente divulgación de sus ediciones y labor de promoción de la lectura. Diseñadores e ilustradores tan notables como Robert Ráez o el cada vez más destacado Johann E. Trujillo, son partes respectivas de los equipos de edición, emplane, corrección, diagramación y otros trabajadores de apoyo.
Cuánto nos duelen las librerías cerradas, el poco estímulo para sus libreros, que precisan de una mayor capacitación, un conocimiento a fondo de las técnicas de promoción y venta, y que se destaque nacionalmente cuáles son las librerías y los libreros de mejores rendimientos. Nos duele hondo que una pandemia, la rudeza de varios tipos de bloqueos que sufre Cuba no solo de la nación estadounidense (por ejemplo, bancarios), pero sobre todo de ella, y nuestras propias deficiencias, entorpezcan la creación, edición, divulgación, promoción, venta de los libros y el placer receptivo de los lectores.
Se advertirá que no me he referido al libro digital, esfera en la que Cuba deberá avanzar aún muchísimo más, más allá de los esfuerzos notables que realizan en ello tantas instituciones cubanas. Tampoco me he referido a los libros que editoras universitarias, o de Pueblo y Educación y otras varias que producen para el campo educativo, o de las ciencias y las técnicas en general, y que lo hacen también bajo tantas presiones negativas en su positiva labor.
El lector debe saber que el asunto aquí expuesto y ejemplificado con dos editoriales representativas es mucho más complicado que el esquema de mi enunciado. Es bueno que se conozcan las dificultades para que el libro tenga la resonancia que precisa y llegue a las manos de quien lo hace subsistir con su lectura. No me las sé todas, pero estoy seguro de que no se han tocado aún todas las puertas para hallar soluciones. Vendrán tiempos mejores. Ahora mismo las editoriales cubanas, las imprentas y las librerías batallan duramente para que el libro en Cuba cumpla el papel que las circunstancias les regalan o les imponen.

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