11-J

Jaleas Corpus

―Buenas tardes.
―¿Viene a hacer una denuncia?
―No exactamente. Le explico: estuve detenido aquí durante una semana, cuando los sucesos del 11 de julio…
―¡Muchachooo…! Ya decía yo que tu cara me era conocida. Me acuerdo hasta de tu mamá, que se puso en tremenda petulancia y tuve que propinarle una galleta. ¿Está bien ella?
―Sí, ya se incorporó al trabajo.
―¿Y qué te trae por aquí?
―Nada, que en el programa Hacemos Cuba oí que de surgir cualquier irregularidad en el actuar de las fuerzas del orden se esclarecerían las circunstancias en las cuales sucedieron los hechos y se tomarían las medidas correspondientes, ya sea en el orden disciplinario si fuera un combatiente, o en el penal si la conducta llegara a ser violatoria de la ley. Me quedó claro en la conferencia de prensa de la fiscal general de la República y el presidente del Tribunal Supremo Popular que había que presentar pruebas y evidencias concretas… Vine a buscarlas.
―Pues, claro, no faltaba más, estamos para servir a la población. ¿Tú recuerdas en qué circunstancias te trasladaron hasta aquí y cuántos policías te cayeron a gaznatones?
―Con claridad recuerdo a tres, pero eran seis los que me dieron tranca.
―Espérate, déjame hablar con los gallos finos…
―Ah, ¿porque son miembros de la Brigada Especial Nacional?
―No, les dicen así porque tienen una valla en las inmediaciones… ¡Eh, atiendan! ¿Quiénes de ustedes abusaron de este ciudadano, el de los conceptos raros del otro día?… ¿Ves que ni tú estás claro? Dices que fueron seis y son ocho. Ya anoto sus números… El de la derecha declara que tú tampoco eres un santo, que te les resististe. Apunto ese detalle, pues puede ser que te hayan pegado en defensa propia… Investigaremos, se darán a conocer los resultados y, de encontrarse violaciones, se tomarán las medidas que permitan la restitución de la legalidad.
―Agregue ahí que mi mamá estuvo cuatro días dando vueltas por toda la ciudad y nadie le daba mi paradero. Si no se pone dura…
―¡Tampoco así! La gente exagera: se pierde un joven durante cinco días y ya dicen que está desaparecido. El mío tiene dieciséis años y son muchas las veces que he tenido que ir a buscarlo a casa de la pelandruja de su novia. La muy desgraciada me denunció una vez porque la amenacé con caerle a tiros… ¿A ti te falta algún diente?
―No, ¿por qué?
―Porque en la celda donde estuviste se encontró un colmillo. Coméntaselo a tus socios por si es de alguno de ellos. Está en perfecto estado, un buen odontólogo lo coloca de nuevo… ¿Llevas encima el celular?
―Aquí lo tengo. Apagado, para que no digan que filmo o grabo algo.
―No, hombre, era por si querías ir a la celda y tirar algunas fotos, quién quita que encuentres alguna que otra mancha de sangre.
―Voy a agradecérselo, sí.
―Te insisto en que nos debemos al pueblo. Tenemos como principio, y es lo que caracteriza la actuación de las autoridades, el derecho a la vida, el derecho a la libertad y el derecho a la preservación y seguridad de las personas. Y el que así no crea, tiene derecho a reclamar… Mira, me indica uno de los ocho policías que va a facilitarnos la tabla con que te dio en la rodilla, a ver si conserva tu ADN. ¿Cuándo se ha visto tanta transparencia?
―A mí fue en la rodilla, pero a un amigo mío por poco le parten el calcañal.
―¡Qué fácil se dice eso! ¿Tú crees que en un escenario en que las turbas viran autos patrulleros ruedas arriba y lanzan piedras puede exigírsele a un guardia que coja puntería con un madero?… Anota aquí tu nombre y apellidos, carnet de identidad, dirección, correo electrónico y número del móvil.
―¿Para qué?
―¿Cómo que para qué? Contamos con diferentes canales para facilitar la comunicación de nuestro órgano con la población. Ya sea de manera presencial, vía telefónica, correo, portal web o redes sociales, nuestro personal está dispuesto a dar una respuesta y a investigar cualquier irregularidad denunciada.
―Ah, qué bien… Si puedo ayudar en algo…
―¿Ayudar? Claro que puedes. Tus ocho amigos represores están ahí porque a su pelotón le toca el matutino el viernes. Ve a ver si tú, que eres universitario, puedes tirarles un cabo… ¡Caballeros!… allá va el muchacho, desea cooperar.
―Para servirles, compañeros.
―¿Usted se sabe la estrofa esa: «No sé por qué piensas tú…», la de Nicolás Guillette, el bardo que está que corta?
―…No se llama así.
―Ya sabía yo que no era Nicolás, pero eso no importa. Acá discutíamos dónde es que está soldado el tipo del poema.
―…
―Ayúdenos, camarada, estamos para socorrernos mutuamente. Y si para reforzar se le ocurre alguna otra frase… ¡No vaya a salirme con la que puso en el grafiti: «Coopere con la policía: golpéese usted mismo»!

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Protestas en Cuba: causas y consecuencias para un debate desde América Latina

Para explicar las protestas en Cuba del domingo 11 de julio empecemos por lo que es conocido: la economía y la pandemia. Los manifestantes cubanos no son distintos de los de otros países latinoamericanos. Están asustados y hambrientos por la subida de los precios y carencias de alimentos. Están ansiosos y angustiados por la incertidumbre sobre cuándo terminará la pandemia. Lo sorprendente es que no se haya roto el cántaro después de tantos meses llevándolo a la fuente.
Las raíces
La isla ya venía renqueando por décadas con una crisis estructural del modelo estatista, remendado de vez en vez con algunas aperturas al mercado que en ausencia de una transición integral a una economía mixta orientada al mercado solo producían reanimaciones parciales. Esos cambios segmentados creaban islotes de mercado que demandaban más reformas que el gobierno cubano trataba con la lentitud del que tiene todo el tiempo del mundo. La reunificación monetaria y cambiaria, proclamada como necesaria desde finales de los años noventa, no ocurrió hasta 2020, en el peor momento, en medio de la pandemia.
Por otra parte, la pandemia no solo ha sembrado muertes y destrucción económica, sino también el miedo y la incertidumbre en una población desesperada que no ve cuándo terminará la angustia de vivir al límite. A pesar del conocimiento sobre su deterioro, la población cubana actuó confiada en la capacidad de su sistema de salud en tanto este contuvo el avance del virus y avanzaba en la experimentación para vacunas propias. El hechizo, sin embargo, se deshizo cuando en el último mes se dispararon los casos.
A pesar de un sistema de salud de cobertura universal y su relativo desempeño positivo, información a la población y liderazgo apegado a criterios científicos, la pandemia terminó por exponer con crudeza el mayor problema para el sector de bienestar social cubano: sin una economía que lo respalde ese sistema de salud estará siempre a merced de una crisis que agote sus recursos.
Cuba es el único país latinoamericano capaz de producir dos vacunas propias. A la vez su campaña de vacunación ha tenido notables retrasos para implementarse por falta de fondos para comprar sus componentes y otros elementos relacionados. Paradójico.
Vacunas y candidatos vacunales cubanos contra la Covid-19 (Foto: BioCubaFarma)
Las protestas indican un hartazgo en el que concurre mucha insatisfacción con la arrogancia y gestión gubernamental. Pero ingenuo sería ignorar que el contexto de las sanciones ilegales, inmorales y contraproducentes de Washington contra Cuba han hecho el problema difícil de la pandemia, casi intratable. El lema de «la libertad» suena muy rítmico pero detrás de los que rompen vidrieras, vuelcan perseguidoras, y la emprenden a pedradas contra las autoridades hay mucho del «hambre, desesperación y desempleo» que pedía Lester D. Mallory para poner a los cubanos de rodillas.
La pandemia y su impacto económico son los factores que determinan la coyuntura. Son la última gota. Pero en la raíz de las causas que originan la protesta hay factores estructurales que llenaron la copa para que se derramara. Entre esos factores, dos son fundamentales. Primero, el desajuste de una economía de comando nunca transformada a un nuevo paradigma de economía mixta de mercado, atrapada en un nefasto equilibrio de reforma parcial; y segundo, un sistema de sanciones por parte de Estados Unidos que representa un asedio de guerra económica, imposible de limitar al concepto de un mero embargo comercial.
América Latina ante Cuba
Ninguna región del mundo ha sido golpeada por la epidemia de Covid-19 como América Latina. Lo sucedido en Cuba tiene características propias pero ya no se trata de la excepción que fue. En términos económicos, quitando el factor estructural del bloqueo norteamericano por sesenta años, Cuba se parece cada vez más a un típico país caribeño y centroamericano con una dependencia notable del turismo y las remesas. En términos de desgaste, la protesta indica a la élite cubana que, pasada la fase carismática de los líderes fundadores, en especial Fidel Castro, la Revolución es, en lo esencial, una referencia histórica.
El espíritu de la Revolución sigue presente en tanto el actual régimen político atribuye su origen al triunfo de 1959, y Cuba sigue siendo objeto de una política imperial norteamericana de cambio de régimen impuesto desde fuera. Más allá de esos dos espacios específicos, particularmente el segundo, todo el manto de excepcionalidad y las justificaciones para evadir los estándares democráticos y de derechos humanos se han agotado. El gobierno de Cuba está abocado, a riesgo incluso de provocar su colapso histórico, a emprender reformas sistémicas de su paradigma.
Se trata de construir un modelo de economía mixta viable en el cual se mantengan las conquistas de bienestar social con un estado regulador, redistribuidor y empresario. En lo político, eso implica un aterrizaje suave y escalonado en un modelo político más pluralista donde al menos diferentes fuerzas que rechacen la política intervencionista estadounidense puedan dialogar y competir. Una cosa es rechazar que Estados Unidos tenga derecho a imponer a sus cubanos favoritos, otra es asumir ese rechazo como un respaldo a que el PCC nombre a los suyos con el dedo.
Es desde esa realidad, no desde simplismos unilaterales que niegan la agencia del pueblo cubano o el fardo estructural del bloqueo norteamericano, que una política latinoamericana progresista puede y debe estructurarse. Las élites cubanas han estado trabajando desde un tiempo atrás (el VI congreso del PCC en 2011) en un modelo de transición más cercano a las experiencias china y vietnamita, de economía de mercado con partido único, que a cualquier precedente occidental. Tal paradigma en lo político rivaliza con los estándares de legitimidad política en la región latinoamericana, donde el derecho a la libre asociación, la expresión y la protesta pacífica van mucho más allá que una simple democracia intrapartidaria leninista.
El derecho a la libre asociación, la expresión y la protesta pacífica van mucho más allá que una simple democracia intrapartidaria leninista. (Foto: Efe – Reuters)
De igual modo, el paradigma de democracia pluralista hace aguas cuando se pretende defender los derechos humanos desde dobles estándares o la ingenua ignorancia del rol de los factores internacionales y las asimetrías de poder. Discutir sobre la democracia en Cuba sin mencionar la intromisión indebida de Estados Unidos en maridaje con la derecha anticomunista y la violación flagrante, sistemática y masiva de derechos humanos, que es el bloqueo, equivale a conversar sobre Hamlet sin mencionar al príncipe de Dinamarca.
En Miami, los sectores de derecha pro-bloqueo defienden los derechos humanos martes y jueves, mientras el resto de la semana crean un ambiente descrito por Human Rights Watch en el informe «Dangerous Dialogue» como «desfavorable a la libertad de expresión».  En términos de transición a un sistema político cubano más abierto, con actores de tan malas credenciales, es imprescindible un proceso pacífico, gradual y ordenado. Esos adjetivos son tan importantes como el proceso mismo.
No solo la izquierda radical, sino importantes componentes moderados de la diáspora cubana y alternativas democráticas dentro de la intelectualidad y la sociedad civil cubana han expresado decepción por segmentos de la comunidad de derechos humanos, como Amnistía Internacional, por su falta de trabajo sistemático en la denuncia del bloqueo norteamericano contra Cuba.
Si un opositor de derecha, conectado a la política imperial de cambio de régimen, es detenido en Cuba, la directora Erika Guevara Rosas otorga un seguimiento permanente a su caso. Sus denuncias a la política imperial de bloqueo no lo catalogan como violación sistemática de derechos. Ocurren de vez en vez, y enfatizando que es una excusa del gobierno cubano que debe ser eliminada. ¿Por qué no protestaba cada vez que Trump implementó una nueva sanción que afectaba el derecho a la salud, educación, y otros más, incluidos los de viaje, de cubanos y estadounidenses?
Las protestas contra el gobierno que salió de la Revolución representan un reto para la discusión del tema Cuba en América Latina que solo podrá madurar desde el entendimiento de su complejidad, sin simplismos ni falsas analogías. En primer lugar, Cuba vive un conflicto de soberanía con Estados Unidos, que marca estructuralmente su vida política y económica. Nadie que quiera contribuir a una solución constructiva de los temas cubanos, latinoamericana para problemas latinoamericanos, puede ignorar ese fardo.
La OEA, por ejemplo, es un escenario minado a evitar pues ha sido un instrumento de la política de acoso y aislamiento. Se necesita una visión del siglo XXI, desde la autonomía latinoamericana ante los grandes poderes, incluyendo Estados Unidos, que admita la pluralidad de modelos de estado y desarrollo, sin imponer moldes neoliberales.       
Erika Guevara Rosas (Foto: ibw21.org)
En lugar de reeditar los conflictos de guerra fría, esa visión de pluralismo ideológico pondría en el centro de la acción una perspectiva respetuosa de la soberanía cubana, pero concebida de un modo moderno, más allá de la mera defensa de la no intervención. Cuba vive en una región donde la protesta de todos los estados no ha sido capaz de hacer a Estados Unidos entrar en razones sobre la ilegalidad del asedio contra la isla.
Exigir una elección pluripartidista en Cuba ignorando las sanciones equivalentes a una guerra económica, donde se violan consideraciones de derecho humanitario, es otorgar a la derecha cubana una ventaja que nunca ha merecido. Como los Borbones franceses, los que se plegaron a la invasión de Bahía de Cochinos, asesinaron a Orlando Letelier, y han construido un enclave autoritario en las narices de la primera enmienda de la constitución norteamericana, no olvidan ni aprenden nada.
A su vez, América Latina es una región que ha cambiado, donde traficar con excepciones al modelo de la Declaración Universal de Derechos Humanos es inaceptable. Claro que hay pluralidad de implementación y argumentos de emergencia sobre las que los estados erigen desviaciones más o menos justificadas. Pero el paradigma de un sistema unipartidista leninista que castigue la protesta pacífica por rivalizar con el supuesto rol dirigente del partido comunista es incompatible con la premisa central de que la soberanía está en el pueblo, la nación, no en partido alguno.
Una cosa es argumentar que en condiciones específicas de emergencia, decretadas acorde al modelo de la Declaración Universal, algunos derechos pueden postergarse. Otra, e inaceptable, es el pretexto de una «democracia» unipartidista que no puede ser tal sin libertad de asociación. Partido, recordemos, viene de parte.
***
Este artículo fue publicado originalmente en The Clinic y reproducido con autorización de su autor.

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Derechos, consignas y palabras mágicas

La vieja consigna «la calle es de los revolucionarios», acaso justificable décadas atrás, cuando Cuba no se regía por ninguna constitución, fue recordada por el Presidente de la república en una comparecencia televisiva. De inmediato se lanzó la campaña: Había llamado al enfrentamiento callejero entre ciudadanos.
Él matizó la consigna en las intervenciones posteriores, y ha repetido que no fue esa su intención, pero el daño estaba hecho. La frase ha sido y es usada y abusada constantemente: Ya vimos las consecuencias.
Prefiero creer que fue un exabrupto propio de la excitación del momento, pues regresaba de un encuentro, posiblemente el primero en su vida, con una manifestación de protesta contra el gobierno. Había descubierto la existencia de una realidad diferente de la registrada en los informes oficiales a que tiene acceso, y de la dibujada por la prensa autorizada.
Una realidad que, estoy convencido, no tiene oportunidad de ver en sus «encuentros con las masas».

Nuestros dirigentes políticos y estatales viven inmersos en una realidad que no es la del resto de los ciudadanos. En parte es la que desean ver, en parte es la que les permite ver su círculo inmediato de «colaboradores», entre ellos la prensa. Ese desconocimiento no es el único problema del país, pero está entre los más importantes.
Resulta que fue una de las causas que llevaron al derrumbe del llamado «campo socialista»…, pero se dice que nadie escarmienta por cabeza ajena.
Los noticieros muestran cómo, constantemente, los dirigentes se «relacionan con las masas», pero solo para prensa y dirigentes es un secreto que pocas veces esas masas actúan con espontaneidad.
Tales «encuentros», en sentido general, se producen en medio de la parafernalia de seguridad (imprescindible, pues hay que resguardar sus vidas), de «aseguramiento» (para acomodar la realidad al gusto del dirigente: calles y aceras limpias, caras sonrientes, niños con banderitas, viejita agradecida…) y de prensa acompañante, sobre todo cuando se trata de las principales figuras políticas del país.
Una cosa es pasear en medio de una «masa complacida» que corea consignas preparadas de antemano, y otra muy diferente encontrarse de sopetón, frente a frente, en plena calle y sin muchos preparativos, con gente insatisfecha que hace colas, sufre carencias y maltratos de funcionarios cuyos oídos son sordos a sus quejas, y descubrir que «la masa» reclama derechos y exige solución a sus problemas, no discursos que exhorten al sacrificio en aras de un futuro mejor que, cual línea del horizonte, nunca se alcanza.
No es lo mismo tomar un voto de pobreza que ser pobre, me comentaba hace años una amiga presbiteriana. La frase podría referirse a nuestros dirigentes. No es lo mismo «compartir los sentimientos del pueblo» que vivir la vida del pueblo. Se piensa como se vive, y no al contrario, como a veces nos han querido hacer creer.
Se puede pensar en el pueblo con sentido de solidaridad y responsabilidad hacia él, no lo niego; pero jamás se podrá sentir con la misma intensidad, desde una oficina refrigerada y con las necesidades vitales garantizadas, la frustración y el dolor del ciudadano de a pie cuando, luego de perder varias irrecuperables horas de su única vida en una cola para llevar algo de comer a su familia, llega un empleado y anuncia: «Se acabó», o «Es la hora de cerrar».
«(…) la frustración y el dolor del ciudadano de a pie cuando, luego de perder varias irrecuperables horas de su única vida en una cola…» (Foto: Yamil Lage/AFP)
Cuando al ciudadano le ocurre eso un día sí y otro también, y no encuentra vía por dónde encauzar su frustración, por muy respetuoso de las leyes que sea, llega un momento en que en su interior despierta la fiera atávica que todos llevamos dentro. Entonces grita, en el mejor de los casos: Las condiciones para el disturbio callejero están creadas.
Con esa realidad también se encontró el Presidente aquel día.
No reclamo que él o sus ministros hagan horas de cola para comprar un medicamento necesario para el abuelo, y ni así adquirirlo, para que experimenten en carne propia el sentir del pueblo, sería populismo pueril (aunque no sería mala idea que a algunos dirigentes los «castigaran» a vivir como un ciudadano común durante un tiempo, para comprobar si su «firmeza revolucionaria» se sostiene). Pero exijo que sean más cuidadosos al hablar o decidir en nombre del pueblo, pues viven en realidades diferentes.
(Está claro que el fenómeno de las realidades paralelas gobierno/población ocurre en cualquier lugar del mundo; la diferencia radica en que en otros lugares sus figuras principales no se hacen ilusiones con el espectáculo a que asisten cuando se producen sus «encuentros» con las masas en actos públicos, pues tienen oposición legal y prensa no oficialista que se lo recuerda).
Equivocaciones, tradición y palabras mágicas
Retomo la idea: Por una parte, encuentro comprensible el exabrupto del Presidente, como reacción primaria de un ser humano ante una situación inesperada: El pueblo real y concreto es ese, capaz de una respuesta airada, hasta de actuar irracionalmente contra sí mismo, no la entelequia que mencionan discursos y prensa lisonjera.
Pero el presidente de un país no es cualquier ser humano, sino su principal figura pública. El cargo otorga poder y privilegios, pero también limitaciones. Cada palabra, silencio o gesto suyo tiene consecuencias imprevisibles.
Las equivocaciones de un presidente restan lustre a su imagen, algo inconveniente en términos generales, pues de ella depende en parte su autoridad. Pero sus equivocaciones también pueden afectar a la ciudadanía. Por tanto, si expresa/hace algo desacertado, su obligación como servidor público es enmendarlo de inmediato y sin dejar lugar a dudas.
El Presidente demoró 24 horas en matizar sus palabras. En siguientes comparecencias amplió el matiz, pero dio tiempo a que sus palabras provocaran terribles consecuencias cuyo alcance estamos lejos de imaginar. Aunque no se quiera admitir, hoy existe una fractura en la sociedad.
Sin embargo, a pesar de la demora, pudo haber salido airoso del empeño, y haber eliminado parte del daño que hizo a su figura y a su pueblo, si hubiera acompañado esa rectificación (llamémosla así) con unas pocas palabras mágicas. Esas que algunos padres intentamos inculcar en nuestros hijos cuando los preparamos para la vida.
Acaso pido demasiado. En más de sesenta años, no recuerdo una sola vez en que la dirigencia del país haya usado esas palabras mágicas. Hasta habría que reconocerle al Presidente que su intento de enmendarse la plana, aunque demorado e insuficiente, lo convierte en rara avis en el catálogo de nuestros dirigentes.
Así es: En seis décadas, los máximos dirigentes cubanos han admitido muy pocas veces (en realidad no recuerdo ninguna) que algo que dijeron/hicieron estuvo mal.
Como ciudadano, me hubiera gustado oír estas palabras mágicas:

Pido disculpas a mis compatriotas por mis palabras, espero que no se entiendan como una incitación a oponer unos cubanos contra otros o limitar los derechos de unos y privilegiar los de otros. Todos somos ciudadanos cubanos y tenemos el mismo derecho a expresar públicamente nuestro pensamiento, como establece la Constitución, siempre dentro del marco del respeto al derecho de los demás.

No soy tan ingenuo que imagine que esas palabras hubieran detenido un fenómeno ya en marcha, pero hubieran restado argumentos a sus opositores, al mostrarlo como persona capaz de reconocer sus errores y consciente de que entre sus principales obligaciones están velar por la paz ciudadana, procurar el bienestar de todos y garantizar el disfrute de los derechos sin exclusión de nadie, sean opositores o seguidores del gobierno; consciente, en fin, de que es presidente de un país, no solo de quienes lo apoyan.
La tradición de no disculparse y, en cambio, «convertir el revés en victoria» (que muchas veces ha llevado a nuestros dirigentes a lo que llamo «aplaudir el autogol») merece reflexión aparte, por eso no me extiendo ahora. De momento, quiero referirme a por qué, para mí, esa consigna ha provocado tanto rechazo incluso entre las filas de los verdaderos revolucionarios (recalco el adjetivo: verdaderos).
Ocurre que la consigna no aparece como una nube de tormenta en cielo despejado: Circunstancias muy recientes muestran un cielo cualquier cosa menos despejado. Me refiero a la campaña mediática en los principales órganos de difusión del país que intentó tergiversar hace poco la frase martiana «con todos y para el bien de todos».
Hay pues, una conexión conceptual muy evidente entre ambas frases.
A ellas se suma la impresionante «metedura de pata» pública de un ministro, la cual, en lugar de ser enmendada mediante un pedido de disculpa, se convirtió en «muestra de intransigencia revolucionaria ante las maniobras provocadoras del enemigo». Y la presencia de una funcionaria en la televisión para justificar la violación de los derechos constitucionales de una ciudadana.
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Se prefirió aplaudir el autogol y mostrarlo como expresión de buen juego, antes que admitir que era un error de palmatoria (ese por el cual en otros tiempos el maestro golpeaba con la regla en la mano al alumno poco aplicado). 
La frase «la calle es de los revolucionarios» cayó, pues, en terreno abonado donde podía crecer y fructificar cuanta interpretación negativa se produjera. Ese terreno nunca debió existir. Pero ahí estaba, listo para recibir la semilla.
Está bien la denuncia del oportunismo exógeno en la actual situación, pero solo servirá para desviar la mirada del objetivo principal, si no se acompaña de una mirada autocrítica del gobierno y un esfuerzo mayor en la erradicación de las condiciones endógenas que contribuyeron a la situación actual.
Si, como es de suponer, el Presidente desea convertir el actual reto en oportunidad para su gobierno y la nación, es su obligación cortar el paso a quienes, pretendiendo dar una imagen de unanimidad monolítica en la ciudadanía y de «fervor revolucionario», actúan de manera inconstitucional y, en esencia, contraria a los intereses de la república.
Derecho del Estado y Estado de derecho
Afirmar que la república no es de todos sus ciudadanos, o que sus calles, o sus universidades, son solo para un sector de la población es una pretensión violatoria de los preceptos de la constitución vigente en el país.
Promocionar la respuesta primaria de una figura pública como acto digno de aplauso e imitación es cerrar el paso a cualquier intento de reconciliación entre cubanos. Es ceder posiciones ante quienes desean confrontación en lugar de diálogo. Justificar públicamente la violación de un derecho ciudadano es inconcebible.
La república es de todos (sus calles, sus universidades…). La Constitución rige por igual para todos los ciudadanos (artículos 33 al 44). Es la expresión de la voluntad del verdadero soberano, el pueblo. Ninguna norma jurídica, mucho menos una consigna, puede ir contra lo dispuesto en ella.
Cualquier Estado tiene el derecho de defenderse contra quienes intenten subvertir el orden establecido. Pero un Estado de derecho, para defenderse, debe atenerse a lo establecido por la constitución y las leyes del país de que se trate.
Si el Estado cubano es de derecho (artículo 1 de la Constitución), no reprime la oposición pacífica. La violenta la reprime, pero también dentro de los límites impuestos por la Constitución.
Manifestación pacífica frente al Capitolio de La Habana el 11 de julio (Foto: AFP)
Me gusta repetir que el Estado tiene el monopolio de la fuerza; si hace dejación de él se convierte en fallido. Entre sus obligaciones se encuentra la represión, en uso de dicho monopolio, de cuanto vaya en contra de la paz ciudadana, la constitución y los fundamentos legales de la sociedad. Pero jamás debe aplicarla contra quienes ejercen pacíficamente el derecho ciudadano a manifestarse.
Ese derecho está consignado en el artículo 56 de la Constitución cubana: «Los derechos de reunión, manifestación y asociación, con fines lícitos y pacíficos, se reconocen por el Estado siempre que se ejerzan con respeto al orden público y el acatamiento a las preceptivas establecidas en la ley». Ese artículo complementa el 54: «El Estado reconoce, respeta y garantiza a las personas la libertad de pensamiento, conciencia y expresión».
Cuba está urgida, lo demuestran los hechos recientes, de una norma jurídica que establezca cómo se garantiza a la ciudadanía el disfrute pacífico de lo establecido en esos artículos, y las reglas para una adecuada relación entre manifestantes y fuerzas represivas. Mas la carencia de esa norma no inhabilita del disfrute del derecho reconocido en la Constitución.
Si tiene interés en cumplir lo establecido en nuestra Carta Magna, el Estado cubano debe crearla cuanto antes. De momento no es posible aspirar a una ley, cuya elaboración podría llevar años. En cambio, mediante un decreto presidencial se podrían establecer los requisitos mínimos exigibles (y cumplibles, para no convertirse en un formalismo que enmascare la anulación del derecho) para organizar una manifestación legal, sea en favor del gobierno, sea en su contra.
Ese decreto debe establecer, por ejemplo, los lugares donde no se permiten manifestaciones por razones comprensibles. También los horarios y requisitos organizativos cuando una manifestación sea grande (por ejemplo, existencia de una comisión de orden que vele por la disciplina de los manifestantes).
Y no debe olvidar que el derecho a la libre expresión del pensamiento es tanto individual como colectivo; esto es, si una persona desea pararse en un lugar autorizado para ello con una pancarta o un altavoz para protestar contra algo o para reclamar un derecho que considera vulnerado, tampoco debería ser molestado por ningún agente de la autoridad, pues está ejerciendo su derecho constitucional.
Puesto que no existe una bancada opositora en el Parlamento cubano, y nunca un diputado ha levantado su voz para defender un derecho vulnerado de sus electores, o para exigir explicaciones a un ministro de desacertada actuación, la libre manifestación pública pacífica permitiría a las autoridades del país conocer las ideas diferentes, los disgustos, las expectativas de la ciudadanía.
Actuaría también como un antídoto contra el engaño de una prensa domesticada que se cuida mucho para no ser tildada de opositora, y de unos parlamentarios que no se sienten comprometidos con las necesidades de sus electores y no las expresan en las sesiones de la Asamblea Nacional.
Quizás algunos opinen que facilitar el cumplimiento de los artículos 54 y 56 de la Constitución significa una «concesión al enemigo». Se equivocan: Es cumplir una obligación del Estado de derecho. Bien vistas las cosas, resulta también una manera de «aliviar presión a la caldera» de las tensiones sociales.
Quien tenga oídos para oír, que oiga.

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El síndrome del niño escondido

Para sentirse oculto y protegido, a un niño le basta con cubrirse el rostro. Se supone invisible si los otros no pueden verle los ojos. La ilusión de invisibilidad termina cuando se cruzan las miradas. El 11 de julio pasado, entre el gobierno y una parte del pueblo de Cuba ocurrió ese cruce.
El discurso político apeló enseguida a un recurso gastado y falaz: la acusación masiva de «mercenarismo» —cargo por el que aún no ha sido procesado judicialmente ningún manifestante— o «confusión». También a la alegación de que toda la culpa de nuestros problemas recae en las medidas coercitivas impuestas por Estados Unidos, lo que es cierto solo en parte y coloca la pelota en cancha ajena e indica que únicamente podemos esperar una mejoría cuando a algún presidente de ese país se le ocurra eliminarlas, nunca antes.
Es esa la venda que ha utilizado el gobierno para sentirse protegido y evitar reconocer que el pacto social que mantenía en relativo equilibrio al sistema desde 1959 se quebró, quizás definitivamente, con los tonfazos del domingo 11 y la represión desatada después. Su postura es tan segura como acomodar la cabeza entre las mandíbulas abiertas de un caimán.

Nuestro pacto social tenía su base en un Estado protector —paternalista según algunos— que garantizaría un mínimo para vivir con mediana dignidad a cambio de apoyo y obediencia en un contexto de permanente plaza sitiada. Dicha relación se mantuvo más o menos saludable, pese a excesos y errores, hasta la crisis de los noventa. La necesidad de reconstruirla en un contexto completamente diferente al que le dio origen, impulsó el llamado a cambios profundos.
Las reformas anunciadas en 2007 debían garantizar niveles de prosperidad suficientes en lo económico; en lo político, la Constitución de 2019 nos dotaría de un Estado de derecho en el que, aun con cotos importantes, se podrían disfrutar ciertas garantías y libertades. Sin embargo, las reformas han sido postergadas ad nauseam de manera inexplicable y el Estado de derecho ha resultado una entelequia.
Por si fuera poco, muchas de la medidas tomadas en los últimos años —motivadas en parte por la necesidad de resistir los embates de la administración Trump y en parte por soberbia y torpeza política— en lugar de regenerar lo perdido, ratificaron la ruptura.
Por ejemplo, la implementación de las tiendas en MLC quebró el ya maltrecho ideal de igualdad, lo que hasta cierto punto explica que esos establecimientos hayan sido objeto de las piedras y saqueos de los vándalos. Por otra parte, la entrada en vigor de la «Tarea Ordenamiento» se encargó de propinarle buenos golpes a lo que quedaba, al dejar en condiciones de extrema vulnerabilidad a las personas dependientes de la Seguridad Social. Y finalmente, la pandemia de Covid-19 dañó el último de los pilares: la salud.
Las condiciones que dieron origen a las protestas del 11 de julio continúan existiendo e incluso agudizándose, por las razones que sean: crisis sanitaria y de alimentos, represión política, inexistencia de espacios de diálogo. A ello se suman un número creciente de trabajadores interruptos o desempleados y un proceso permanente de devaluación de la moneda. Asimismo, con cientos de detenidos —no existen cifras oficiales, por lo que circulan diferentes listas—, el desconocimiento absoluto de la legitimidad de cualquier reclamo y la estigmatización de los manifestantes, ha acumulado más malestar.
Siete meses después del 27 de noviembre, fecha en que se manifestara frente al Ministerio de Cultura un grupo de intelectuales, artistas y activistas, estallaron estas protestas, notablemente más masivas y heterogéneas. Dicho lapsus, por cierto, no fue ni remotamente calmo en lo político. No obstante, la fórmula aplicada para intentar contener el malestar ha sido la misma: descalificación mediática, desconocimiento de demandas y ninguna voluntad de diálogo. Con tan poca creatividad para afrontar un escenario complejísimo, es lógico esperar nuevas protestas, quizás de mayor magnitud y violencia.
Protesta del 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura (Foto: Ismael Francisco/AP)
Actuar con justicia —castigando tanto los abusos de las fuerzas del orden como a los manifestantes que vandalizaron— y comenzar con urgencia un proceso de diálogo nacional efectivo con todos los actores del Estado y la sociedad civil cubana, cuyos frutos se traduzcan en las reformas sistémicas que el país necesita y pide a gritos desde hace décadas, es el único modo de salir de esta crisis y reconstruir un nuevo pacto social duradero y equilibrado.
Lo cubanos, como cualquier persona, necesitamos vivir con la esperanza de que probablemente el año próximo, o el otro, será un poco mejor. La frase popular de que alguien apagó la luz al final del túnel, es la expresión más clara de cuánta desilusión nos embarga. Es por ello que muchos optan por emigrar, aunque ya no es tan fácil; otros prefirieron salir a las calles. La tonfa, la cárcel y el descrédito no pueden ser la fórmula para contenerlos, no solo porque no es constitucional, ni revolucionario, sino porque además es terriblemente torpe.
Atrincherarse en mundos idílicos que nada tienen que ver con la realidad y protegerse tras consignas vacías amplificadas por los repetidores que nunca faltan, es hoy un acto de suicidio político. Los resultados de un estallido social mal gestionado pueden conducir al país por caminos transitados en otras naciones, siempre con resultados negativos. A ello se suma el peligro externo habitual: Estados Unidos presto a «ayudar al pueblo cubano».
La temperatura de los hornos que son hoy las calles de Cuba puede cocer los cambios que se necesitan o incinerar principios, como el de la soberanía, que deben ser sagrados. La falta de visión política y de una actuación eficiente desde el gobierno, nunca han generados buenos dividendos.
Según cuenta el exquisito biógrafo Stefan Zweig en su libro María Antonieta, el día que los franceses tomaron la Bastilla, curiosamente en el mes de julio, el duque de Lianncourt interrumpió el sueño de Luis XVI con la noticia. «Pero ¡eso es una revuelta!», exclamó el monarca después de escuchar el reporte de su súbdito; Lianncourt previendo lo que podría costarle al soberano su miopía política, respondió como un profeta: «No, sire, es una revolución».

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Cuba en tres tiempos históricos

La historia es también un ciclo en movimiento constante. Estas reflexiones son hijas de mi participación en las luchas pasadas y de mi preocupación ante las actuales circunstancias de Cuba.
-I-
Antonio Guiteras y Joven Cuba (1933–1935) fueron precursores del Movimiento Revolucionario liderado por Fidel Castro, nombrado posteriormente 26 de Julio (MR 26-7). Ambos organizaron las etapas insurreccionales de las revoluciones contra las dictaduras de Fulgencio Batista, y contra el imperialismo norteamericano, en 1934 y 1952 respectivamente.[1]
Solo habían transcurrido diecisiete años del asesinato de Guiteras por órdenes suyas, cuando Batista consumó un golpe de Estado en marzo de 1952. El pueblo de Cuba conservaba  en su memoria la represión brutal que ocasionara su dirección frente al Ejército en la segunda mitad de los años treinta y, de manera espontánea, en las primeras horas de la mañana del 10 de marzo, se lanzó  ante los ayuntamientos y en los parques pidiendo armas para combatir.
La Federación Estudiantil Universitaria (FEU) fue la primera en acudir al Palacio Presidencial y ofrecerle al presidente de la República su apoyo incondicional para enfrentar a los golpistas. 
Los combatientes del treinta y los de la nueva generación revolucionaria de los cincuenta fundaron, entre marzo y mayo de 1952, grupos emergentes. De ellos nacieron organizaciones partidarias de la vía armada y de la revolución.
Algunas estuvieron presididas por combatientes del treinta, como fueron los casos, entre otros, de Rafael García Bárcenas del Partido Ortodoxo, que organizó el Movimiento Nacional Revolucionario (MNR); Aida Pelayo y Neneina Castro, también de ese partido, que constituyeron el Frente Cívico de Mujeres Martianas, integrado por ortodoxas, auténticas, del movimiento estudiantil y otras; o Aureliano Sánchez Arango, del Partido Auténtico, que fundó la Triple A.
Mientras, representantes de la nueva generación revolucionaria, como Fidel Castro y Abel Santamaría, organizaron el Movimiento Revolucionario, desde la capital y el occidente del país, con el plan de atacar los cuarteles Moncada, de Santiago de Cuba, y Carlos de Céspedes, de Bayamo, en la provincia de Oriente, para apoderarse de las armas. Ese propósito fue realizado el 26 de julio de 1953, precisamente hoy conmemoramos su aniversario sesenta y ocho.
Jóvenes de la Generación del Centenario en Los Palos, actual provincia Mayabeque, donde realizaban las prácticas de tiro previas al asalto al cuartel Moncada. De izquiera a derecha: Ñico López, Abel Santamaría, Fidel Castro, José Luis Tasende y Ernesto Tizol (Foto: Prensa Latina)
-II-
Después de los ataques, Batista ordenó perseguir y asesinar a Fidel Castro sin lograrlo. Cayó prisionero, fue juzgado y condenado junto a las mujeres y hombres que asaltaron las fortalezas. Su alegato de autodefensa contenía una serie de puntos que lo convertirían en el Programa de la Revolución.
En 1955, por las presiones del movimiento nacional de amnistía convocado por las fuerzas revolucionarias, salieron absueltos y reorganizaron el Movimiento Revolucionario, agregándole el nombre de 26 de Julio (MR 26-7).
A partir de ese momento, la estructura veintiseísta comenzó a extender su red organizativa en las seis provincias cubanas, con un aparato militar de las Brigadas Juveniles dirigidas por la dirección provincial de Acción y Sabotaje; la Sección Obrera y las de Propaganda y Finanzas.
Estas fuerzas se nutrieron, en provincias y municipios, de hombres y mujeres partidarios de «la línea dura», es decir, de la revolución organizada. Procedían del MNR, de la juventud, las mujeres y la estructura obrera del Partido Ortodoxo, del sector estudiantil y de elementos del movimiento insurreccional del Partido Auténtico.
En tanto, la vanguardia revolucionaria de la FEU, presidida por José A. Echevarría, organizó el Directorio Revolucionario, que desempeñó un importante rol insurreccional. 
Mientras esto acontecía en la Isla, Fidel y un grupo de combatientes del MR 26-7 se establecieron en México. Su plan era semejante al concebido por Guiteras, de organizar y entrenar la fuerza guerrillera en campamentos y luego retornar a Cuba en una expedición armada.   
Los expedicionarios del Granma debían desembarcar el 30 de noviembre de 1956 por la costa cercana a la Sierra Maestra. Ese día, el MR 26-7 desataría una huelga general apoyada por acciones armadas en toda la Isla.
Alzamiento de Santiago de Cuba, el 30 de noviembre de 1956
La táctica solo se hizo efectiva en el municipio de Guantánamo y algunas acciones en Santiago de Cuba. Falló la compra de armas con el dinero enviado por las provincias a Frank País, responsable nacional del aparato militar veintiseísta, que se abastecía por medio de una célula del Movimiento en la Base Naval de Guantánamo.   
Entre 1956 y 1958, las fuerzas del MR 26-7, la FEU y el DR, el movimiento insurreccional Auténtico y el movimiento insurgente de mujeres —que creó nuevas organizaciones: Mujeres Oposicionistas Unidas, en La Habana, y el Frente de Mujeres Cubanas, en la provincia de Oriente— fortalecieron la insurgencia en la nación y en la emigración.
Durante estos dos años, la conciencia popular y la fe en el proceso revolucionario fueron en ascenso, como resultado de las operaciones llevadas a cabo por dichas organizaciones. Resultaron decisivas las del Ejército Revolucionario del 26 de Julio, y del Frente del DR 13 de Marzo en el Escambray.
Por otra parte, el resquebrajamiento del Ejército de la República, batistiano, condujo a que diferentes grupos de altos militares conspiraran con la dirección del 26 de Julio. El alto mando militar intrigó igualmente con la Embajada de los Estados Unidos para que Batista abandonara el poder.
De tal manera culminó el proceso con la toma del poder por el Ejército Revolucionario del 26 de Julio en el Oriente y centro del país, y por la dirección de la lucha clandestina en las provincias occidentales. 
 El MR 26-7, sin serlo, jugó el papel de partido para la guerra, al contar con una base socio-clasista estructurada, con secciones obreras, estudiantiles, de resistencia cívica con intelectuales, profesionales, pequeña burguesía y religiosos. Ostentaba asimismo un aparato militar clandestino y un Ejército Revolucionario.
-III-
Después de que el liderazgo político militar del MR 26-7 tomara el poder, y que el Gobierno Revolucionario se estableciera en el Palacio Presidencial, Fidel Castro realizó una exitosa gira por América Latina. A su regreso, pronunció un discurso en el acto celebrado en la Plaza Cívica, el 8 de mayo de 1959. En la jornada rindió homenaje a Guiteras, al expresar:
«Algún día podríamos conmemorar dignamente la caída de Antonio Guiteras (…)» y «con infinita satisfacción cumplo el deber de rendirle el más emocionado tributo de recordación y simpatía (…) porque él quería hacer lo que nosotros hemos hecho y cayó como han caído otros muchos revolucionarios, porque se lanzó a hacer lo que nosotros estamos haciendo hoy».
A continuación añadió: «Cambió los mismos males que estamos combatiendo, luchó contra el mismo dictador con que nosotros luchamos después; cayó víctima de las balas enemigas que privaron de la vida a tantos compañeros nuestros (…) pero nos cabe la satisfacción (…) de que junto a los restos de Guiteras no se erigirá ningún recuerdo a los asesinos de Cuba».[2]
Discurso de Fidel Castro en la concentración popular en la Plaza Cívica, hoy Plaza de la Revolución, a su llegada de una gira por EE.UU., Canadá, Brasil, Argentina y Uruguay, el 8 de mayo de 1959. (Foto: Sitio Fidel Soldado de las Ideas)
Desde enero del 59, el Gobierno Revolucionario introdujo en la práctica social las leyes del Programa del Moncada (1959-1960). Aquel debió ser el momento de retomar el proyecto de construir el socialismo cubano a partir de las experiencias y tesis elaboradas por Guiteras,[3] quien afirmaba en el Programa de Joven Cuba que «el Estado socialista es una deducción racional basada en las leyes de la dinámica social» de la sociedad cubana.[4] Eso no fue lo que ocurrió.
En 1961 se produjo la integración del MR 26-7, el DR 13 de Marzo —ambas protagónicas de la etapa insurreccional de la Revolución—, y el Partido Socialista Popular, que hasta mediados del 58 solo había sido promotor de  la tesis electoralista de los partidos de oposición. 
La participación política del PSP con la dirección militar veintiseísta, promovió el proyecto de los viejos comunistas cubanos de introducir en la Isla el modelo de socialismo real soviético. Fue así que se transformaron las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI); primero en el Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS) y luego en el Partido Comunista de Cuba, ambos bajo el liderazgo de Fidel Castro.  
Uno de los problemas surgidos en estas décadas fue la decisión de la doble subordinación del PCC y el Gobierno a un solo mandatario, con funciones diferentes. El otro sería el sometimiento del Estado cubano al PCC.
En ese contexto se fue entronizando el poder partidista y estatal de la burocracia. Fenómenos asociados a la corrupción, hasta entonces menos notorios, comenzaron a emerger a la superficie a finales de la década de los setenta y principios de los ochenta.
La sociedad es un organismo vivo, que sobrevivió al período especial de los noventa, pero en las primeras décadas de este siglo, hombres y mujeres que habían alcanzado una mentalidad especializada y científico-social en diferentes esferas del conocimiento, comenzaron a ejercer la crítica constructiva revolucionaria por diferentes vías al Gobierno. Se planteó la necesidad del diálogo democrático y se alertó sobre el peligro de la campaña de las fuerzas que son favorables a la intervención del Gobierno estadounidense. No fueron escuchados.
Debido a la enfermedad de Fidel en 2006, su hermano Raúl lo sustituyó, primero interinamente y después de modo formal; en el Gobierno en 2008, y en 2011, tras el 6to Congreso del Partido, también frente a esa instancia política. En 2007 fue anunciado un proceso de reformas que de manera injustificada no se implementó en toda su magnitud. Mientras, se fortaleció la economía militarizada y apartada de cualquier mecanismo de control de la ciudadanía y el Parlamento. A lo largo de este período, la clase burocrática se robusteció y se tornó aún más elitista y separada del pueblo.
Fidel y Raúl Castro en el VI Congreso del PCC (Foto: ABC News)
En el 2019 se aprobó la nueva Constitución que fue sometida a debate popular desde 2018. Ella declaró a Cuba un Estado Socialista de Derecho, concepto vacío que habría que llenar de contenido.
Entre 2019 y 2021 se produjeron diferentes conflictos, que fueron haciéndose críticos por las situaciones de pobreza, escasez de alimentos, elevación de precios en los mercados estatal, particular y en el paralelo de la bolsa negra, provocados por los errores de la Tarea Ordenamiento; las malas condiciones de vida, la carestía de medicamentos, el incremento de la pandemia en el país, la no solución de los problemas, el bloqueo y el recrudecimiento de las medidas contra Cuba aprobadas por el presidente Donald Trump.
En el clímax de dichos conflictos, el 11 de julio fuimos sorprendidos todos por la explosión social de una parte del pueblo cubano, que se produjo en San Antonio de los Baños y se fue extendiendo de manera espontánea por todo el país, sobresaliendo los barrios más pobres.
La crisis actual está llena de complejidades, pero no cabe duda de que tiene que resolverse desde dentro de la Isla, y por los cubanos, sin injerencia extranjera de ningún tipo.
En las manifestaciones no aparecieron visibles liderazgos de disidentes tradicionales. Los medios oficiales no han aportado evidencias de que fuera organizada por agentes del imperialismo norteamericano dentro del territorio nacional. Fue después de ocurridos los hechos que volvió a arreciarse en los medios de comunicación miamense la campaña contra el gobierno de Cuba, que en esencia ha sido siempre contra el sistema socialista, la independencia y la soberanía.
El nacionalismo cubano como ideología, y la cultura contra la injerencia extranjera imperialista son principios de las generaciones revolucionarias.[5] Y la del nuevo milenio ha surgido integrada por sujetos de varias edades, cuyo objetivo es la solución de la crisis. Se trata de una época diferente a la del siglo pasado, pero muchos de nosotros mantenemos los ideales de Guiteras y de la generación del Centenario.   
Participé en las acciones del MR 26-7. Sufrí maltratos policiales, represión y tortura cuando fui prisionera (1957). Se me juzgó por el Tribunal de Urgencia y me defendió un abogado criminalista cuyos honorarios fueron sufragados por el movimiento estudiantil.
Ante la situación actual —si bien considero que se juzgue a los participantes en acciones vandálicas demostradas—, entiendo inaceptable que en este 11 de julio se haya reproducido la represión: golpizas, penas de prisión, juicios sumarios e incuso denuncias de maltratos policiales a personas detenidas
Es necesario poner la justicia social en el centro de la discusión y el debate partidista e institucional. Tener en cuenta las demandas populares y los análisis de intelectuales cubanos especializados en ciencias sociales y ciencias de la economía, en su vertiente popular y democrática. Así como encontrar solución a la dicotomía entre la propiedad estatal y la social, sin la cual jamás podrá hablarse de socialismo en Cuba.
***
[1] Ver Luis Busch, en Reinaldo Suárez: Un insurreccional en dos épocas. Con Antonio Guiteras y con Fidel Castro. Editorial de Ciencias Sociales, 2001.
[2] Selección de Ana Cairo: Antonio Guiteras 100 años después, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2007, en Periódico Revolución, 9 de mayo de 1959, y en el libro pp.149-150.
[3] José Tabares del Real: La Revolución del 30 sus dos últimos años, Editorial de Arte y Literatura, La Habana, 1971, pp. 548-553; Olga Cabrera: Antonio Guiteras su pensamiento revolucionario, Editorial de Ciencias Sociales, 1974.
[4] Olga Cabrera Guiteras El Programa de La Joven Cuba Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1977, p. 103.
[5] JACOBIN América Latina: «Está en juego la vida buena y justa en Cuba». Una entrevista de Martín Mosquera con Ailynn Torres Santana y Julio César Guanche.

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Atenienses a las consecuencias

Ciudadanos de Atenas, Grecia toda:
Se producen estos disturbios mientras somos asolados por la peste, que ha traído desorden moral, pérdida de valores, pánico y la huida por Pireo, único puerto disponible, por donde entran los pocos productos que nos es posible ofertar en los mercados con moneda espartana. Quienes se han pirado por Pireo son los principales instigadores de la sedición, que acontece en momentos en que tenemos una incidencia mayor del virus, sobre todo en la Atenas, pero también en los que hemos logrado cinco pócimas para combatir la enfermedad que harán innecesarios los rezos y plegarias en pos de que los dioses perdonen a los pecadores.
Es doloroso decirlo, pero ni Artemisa quedó al margen de las protestas. Elementos de la peor calaña pretendieron tomar Atenas bajo el lema: «Tumba, que ahí viene la polis». Se acusa a las fuerzas del orden de utilizar mazas, picas y espadas para reprimir a las hordas que intentaron obnubilar la tranquilidad antiquísima de esta urbe, que es centro histórico principal de Ática, con su ciudad amurallada y campos de cultivo y pastoreo beneficiados con las últimas sesenta y tres medidas gubernamentales.
No hay que asombrarse de tanta afrenta: desde el surgimiento de los papiros sociales son muchas las campañas de descrédito fomentadas por nuestra enemiga Esparta. ¡Y lo que no pueden perdonarnos los espartanos es el haber construido una democracia ateniense a solo 130 millas de sus costas! Porque democracia viene de «demos», que significa «pueblo», y de «kratos», que nos remite a «poder». De ahí que esta asamblea haya adoptado como lema «El kratos del demos: ¡ese sí es kratos!».
Se veían venir estas revueltas desde que sofocamos de un manotazo aquella provocación hace unos meses de un grupo de jóvenes frente al Partenón. Se habían sentado en sus inmediaciones a leer los poemas interminables de Heráclito de Ésefo, el que teorizó acerca de un cambio incesante de la materia… ¡que no vamos a permitir! A muchos de ellos se les ocuparon tablones con pensamientos de esos dos filósofos que se nombran Tales de Mileto y Pitágoras de Samos.
Tales de Mileto dejó como legado ―¡oigan esto!― la Teoría del Cambio, llamado sutil a la contrarrevolución. Pitágoras de Samos es el creador del teorema que enuncia algo tan subversivo como que en todo triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos. A los dos hay que gritarles: ¡más hipotenusas serán ustedes!
Cuánto no hemos hecho en materia de inclusión social desde que venciéramos al Imperio Aqueménida, comandado por Jerjes y sus jerjenes. Los estamentos más pobres de la población se vieron motivados a opinar y ambicionar más derechos, exigiendo una mayor participación en el poder político que tuvo su cumbre con la aprobación por amplia mayoría de la Constitución de Solón. Los grupúsculos del odio salieron a las plazas el otro día con pretensiones similares, alegando que en esta asamblea muy pocos podemos hablar libremente y todo el mundo levanta mano aprobatoria ante nuestras imposiciones.
Hemos dictado prisión provisional para un tal Aristóteles, quien ha escrito que en nuestro sistema «la prioridad máxima es beneficiar a unos pocos, mientras que el beneficio de la mayoría es una cuestión dejada para último momento; no es una democracia verdadera, sino otra oligarquía que se preocupa solo por quienes ostentan el poder». De él también es esa perla que define: «El principio básico del régimen democrático es la libertad; un rasgo de la libertad es el ser gobernado y gobernar alternativamente».
En nuestros órganos de instrucción se procesa también a otro supuesto filósofo conocido como Platón, en cuya papirería hemos encontrado críticas a nuestro sistema de gobierno. Considera que ofrecer puestos como sorteo implica que «muchos cargos gubernamentales son ocupados por gente que no tendrá las capacidades de un buen gobernante». Critica también la figura de la persona democrática radical, quien «En su búsqueda de la máxima libertad, quita derechos a los demás». Parece un estribillo. Ya habrá rapsodas que le respondan contundentemente.
¡No nos dejemos influenciar por ningún mercenario! ¡Tampoco permitamos que nuestras tribus se hagan arrastrar por el memetismo de esas sátiras políticas realizadas por Aristófanes, Cratés y Cratinos, cretinos que quieren pasar a la historia como inventores de la gran comedia antigua!
Claro que no es operativo pedirles a los manifestantes que desfilen señalando: «Pericles, el primer ciudadano de Atenas, es un personaje con un comportamiento anómalo, maligno, siniestro, inaudito, avieso y paradójico», pues semejante frase no cabe en un papiro y resulta difícil pronunciarla a coro. ¡Pero tampoco aceptaremos el poder de síntesis del que se han valido algunos para denostar de mi persona!
¡Tendrán que pasar por encima de nuestros cadáveres si quieren ganar esta Guerra del Peloponeso! ¡La orden de combate está dada! ¡El ágora es de los revolucionarios!

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Implicaciones económicas para un sector estratégico

De muy preocupantes pudieran calificarse las implicaciones para la economía, y en particular para el turismo, tras los estallidos de inconformidad social que se registraron recientemente en diversos puntos de la geografía nacional.
A mediados de los años noventa, Cuba abrió sus puertas al turismo internacional y ha incrementado paulatinamente el número de visitantes como resultado de sus bondades naturales, una política de promoción al sector, su acogedor pueblo y la imagen de paz que genera el mítico país. Esta combinación de factores, y una política de estimulación del gobierno, convirtieron al turismo en el motor impulsor de la economía y una de las fuentes principales de ingresos, tanto para el Estado como para el sector de la población involucrado.
Después del 11 de julio, a las primeras planas de los diarios internacionales fueron a parar las imágenes de los recientes estallidos que sacudieron al país. Hoy solo queda preguntarse en qué medida esto afectará el retorno de aquellos fieles visitantes o si se postergará el arribo de quienes venían atraídos por el clima y la visión de paz que destilaba el pospuesto destino.
El viajero tradicional, ese que busca experiencias en nuevas geografías, opta por lugares seguros y tranquilos, sobre todo porque ve en el turismo un espacio de disfrute con sus familias y allegados. Se decanta además por los ambientes de paz, donde coexista con hombres y mujeres en sus faenas y sueños diarios. Busca explorar comunidades, pobres quizá, pero donde las sonrisas de los habitantes hablen de una dignidad básica. Y examina costumbres inéditas o remotas con la certeza de que predomina el sosiego.
«El viajero tradicional, ese que busca experiencias en nuevas geografías, opta por lugares seguros y tranquilos» (Foto: Alexandre Meneghini/Reuters)
En esta ocasión, y por primera vez, hubo una fractura en la confirmación de esas garantías. Si a ello sumamos la inestabilidad monetaria que prevalece, o para ser más exactos, la penumbra monetaria en la que se desconoce cómo van a funcionar los servicios de ventas extra hoteleros al turista, o la simple cobertura de sus necesidades básicas, se comprende que el retorno a los números ansiados de visitantes pudiera ser muy lento. 
Tanto el factor  monetario como el de la fractura en la confianza complejizan mucho el panorama a futuro, una vez se logre controlar la pandemia, lo cual, en sí mismo constituye otro de los retos a enfrentar para recolocar a Cuba en los niveles de preferencia que solía tener. Baste comparar los resultados de la pandemia en su primer año con los recientes —cualesquiera sean las razones— para pasar la página en el libro de destinos turísticos al menos por un año más.
La geopolítica también ha hecho su contribución. El presidente estadounidense acaba de denominar a Cuba: «A Failed State» (Estado fracasado) lo cual, traducido en el idioma de los posibles visitantes provenientes de aquel país, significa que las expectativas no son positivas. Tampoco resulta positiva la decisión de los bancos cubanos de no aceptar el dólar estadounidense en efectivo; lo cual se convierte en otro desalentador natural para ellos, que son, poniéndolo en cifras, la quinta parte de los visitantes. 
Si hubiese algún despegue de visitantes del vecino norteño, lo más acertado sería suponer que, ante las carencias, sus desembolsos irían a parar a  manos privadas  —aconsejados además por su política estatal— y no a las grandes agencias nacionales, lo que demoraría aún más el reaprovisionamiento del sector y la entrada fluida de fondos al país.
«El suministro actual de productos básicos a la población es irregular e implica horas de dedicación en colas y recorridos» (Foto: EFE)
A esto habría que añadir los resultados expuestos por el viceprimer ministro Alejandro Gil, quien aseguró una reducción del 11% del Producto Interno Bruto en el 2020. Hasta la fecha no se han publicado evidencias de recuperación, como tampoco existen pruebas de que la economía —tras su intento de ordenamiento— haya quedado ordenada de manera alguna. 
Y si a todas estas cifras le incorporamos el  ingrediente de consternación tras los brotes de descontento, ira, desesperación y desconfianza; no resulta difícil concluir que la campaña publicitaria del destino turístico Cuba tendría que ser replanteada,  comenzando por lo social.
Son diversos los aspectos a tener en cuenta, pero lo cierto es que los indicios aseguran que la restauración del sector será lenta. Téngase en cuenta además, que el suministro actual de productos básicos a la población es irregular e implica horas de dedicación en colas y recorridos, por lo que no es lógico pensar que el abastecimiento al visitante sea más efectivo en sus escasos días de disfrute.
Podría concluirse que habrá que esperar;  quizás los más optimistas aseguren que  «no necesariamente»; sin embargo, las señales están a la vista, y todo eso suponiendo que los reclamos sociales sean cumplidos para beneplácito de todos. Se imponen la mesura y el diálogo inclusivo, con amplia participación de los actores sociales, tanto por lo que esto significaría en cuanto al bienestar socio-político en el presente y el futuro de la nación, como porque hacerlo contribuiría al retorno del destino a las listas de sitios más seguros en los escalafones de la publicidad turística internacional.

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Manipulación mediática: invirtiendo el catalejo

La manipulación de medios oficiales nacionales, internacionales y de internet, explica en parte la evolución de la crisis política cubana. Las tergiversaciones y noticias falsas evidenciaron los extremismos políticos, aunque los objetivos, recursos e impactos fueran diferentes.   
El gobierno de Cuba demostró otra vez que, aun cuando ha perdido en parte el monopolio de la información, sigue siendo el principal proveedor de la realmente masiva y puede imponerse en circunstancias específicas.
La suspensión de internet desde la tarde del domingo 11, perjudicó solo a los ciudadanos. La prensa oficial no estuvo donde la noticia, sino donde el gobierno. Los medios tradicionales y los digitales Granma, Cubadebate, las corresponsalías cubanas de Telesur y Russia Today, proyectaron en exclusiva y sistemáticamente los mensajes gubernamentales.
El gobierno cubano mostró efectividad en alertar acerca de las falsas noticias foráneas. También lo hicieron algunos medios independientes, como El Toque, que publicó sugerencias para identificarlas y denunciarlas.
(Imagen: El Toque)

Todo eso fue meritorio; sin embargo, los medios oficiales protagonizaron asimismo otras formas de manipulación política. El Partido/Estado cubano emplea y aporta a las estrategias definidas por el destacado intelectual Noam Chomsky.
No es solo lo que se dice y cómo se dice, sino también lo que se oculta. En los medios oficiales hubo omisiones, medias verdades y tergiversaciones a través del uso acostumbrado del lenguaje político. Este, según el catedrático Eugenio Bustos, «(…) no es inocente. Intenta siempre (…) mover al oyente en una dirección determinada, manipular nuestra conciencia».
Además de aplastar las protestas, tal recurso tuvo por objetivo adueñarse del espacio mediático al crear matrices de opinión dentro y fuera de la Isla. Se enfocó en: criminalizar la protesta con epítetos tradicionales y poniendo al vandalismo como norma; proteger la imagen gubernamental, que se arropa en palabras talismanes para Cuba y para la izquierda internacional; reducir las causas del estallido social al bloqueo y al origen externo del conflicto. A tenor con ello, se logró desviar la atención, neutralizar a indecisos, convocar a las mayorías y justificar una represión inédita en magnitud y formas.  
En un texto anterior advertí sobre el grado de toxicidad y extremismo político que tal fenómeno produce en la sociedad, cuyos efectos perduran cuando el país es más cerrado y controlado. Ciertos recursos que identifiqué entonces se constataron ahora: reducción del lenguaje a consignas; vocabulario de combate, focalización del «enemigo»; el «sesgo de etnogrupo» y las clasificaciones binarias; la descalificación del otro y el secretismo en la comunicación de asuntos públicos.
Noticias falsas y algunas verdades
Toda información requiere contrastación. Si fuera posible, la mayoría de los cubanos y el mundo verían que en esta crisis hubo cinco planos y una secuencia: manifestaciones cívicas contestatarias, actos vandálicos, grupos convocados para enfrentar a los manifestantes, manifestaciones populares de apoyo al gobierno y las de los emigrados en varios países.
(Foto: Yamil Lage)
Es un fenómeno en curso. Muchas cuestiones deben procesarse con sosiego y evidencias, sobre todo porque la prensa oficial es del gobierno y la independiente no es tolerada. No obstante, algunas cuestiones se pueden ir dilucidando:[1]
1.- Las manifestaciones cívicas y las del gobierno con sus bases de apoyo tuvieron naturaleza política. Se diferenciaron en organización, liderazgos, respaldos oficiales, consignas y comportamientos.
Las primeras fueron pacíficas, masivas, con diversidad socio-clasista y etaria  aunque con peso juvenil, y sus recursos fueron cuerpos, voces y celulares por prensa. Las segundas se fueron tornando agresivas desde la tarde del domingo. Fueron organizadas por el gobierno y respaldadas por fuerzas represivas, uniformadas o vestidas de civil. Portaron banderas, carteles y únicamente tuvieron prensa cuando no se ejercían actos de violencia hacia los manifestantes críticos al gobierno.
Contrario a lo que afirmaron las autoridades y medios oficiales, en varias de las primeras se cantó el himno nacional y algunas de sus consignas fueron: «No tenemos miedo», «Sí se puede», «El pueblo unido jamás será vencido», «Libertad», «No más mentiras», «Cuba es de todos», «Abajo la dictadura», «Patria y Vida» y «Viva Cuba libre». Las otras corearon las tradicionales: «Abajo el bloqueo», «Patria o muerte», «Yo soy Fidel», «Viva la Revolución», «Que se vayan», «La calle es de los revolucionarios» y «Yo estoy con Díaz Canel».  
2.- Los actos vandálicos, siempre presentes en tales circunstancias, se protagonizaron por personas y en sitios específicos. Fueron condenados por la mayoría y corresponde al Estado procesarlos judicialmente. También ameritan otros análisis. Convendría evaluar condicionantes que también tendrían un cariz político, pues se violentaron tiendas en divisas —vedadas para la mayoría— y se agredieron autos del PCC y la PNR.
3.- Las protestas cívicas críticas al gobierno no desplegaron banderas estadounidenses ni de Cubadecide, y tampoco llamaron a intervención extranjera como afirmaron el presidente, periodistas extranjeros y corresponsales cubanos para Telesur, Russia Today y Cubadebate. Todo eso se afirmó sin evidencias reales, utilizando imágenes de actos delictivos y manifestaciones ocurridas en Miami.
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Algunas consecuencias inmediatas
1.- La represión y la violencia se instalaron en múltiples formas contra manifestantes pacíficos y otros ciudadanos. Fueron usadas indiscriminadamente pistolas, tonfas, spray, palos y piedras. Mientras, se extendían los actos vandálicos con menor presencia de las fuerzas del orden, de ahí las tiendas saqueadas completamente.   
2.- Con la interrupción de internet desde la tarde del domingo se creó una gran confusión. Los ciudadanos y el mundo quedaron más expuestos a los radicalismos.
3.- Dicha situación arrastró a parte de la opinión pública internacional y movimientos de solidaridad con Cuba, cuyas fuentes habituales son medios oficiales cubanos y embajadas. Ello explica la rápida activación de esas organizaciones condenando el bloqueo y apoyando a Cuba desde la tradicional ecuación Revolución cubana-gobierno-pueblo vs imperialismo.
4.- Ambiente de temor en la ciudadanía y las familias, así como inseguridad de y sobre los detenidos. Ya se han conocido testimonios de maltratos y trato denigrante. Cuando se invoca la Convención contra la Tortura —de la cual Cuba es firmante—, se deben considerar las reconocidas internacionalmente como situaciones problemáticas[2] que pueden derivar en tortura: detenciones, demora policial y aislamiento, por ejemplo.
5.- Peligro que supone la transnacionalización del conflicto, como ha ocurrido en situaciones similares. Ya se ha visto la reproducción del extremismo político y la polarización frente al tema en otros países. Esto complejiza el procesamiento interno de la crisis; solo favorece la hostilidad del gobierno estadounidense y de un segmento radicalizado de la emigración en ese país que defiende una salida cruenta para Cuba.
Reflexionar y procesar la crisis
El necesario procesamiento de la crisis sugiere tomar nota de que: 
1.- La manifestación pacífica es un derecho establecido, no puede condicionarse ni criminalizarse. Por tanto, los detenidos antes y durante la protesta deberían estar libres sin condicionamientos. Como otros derechos constitucionales, deben regularse jurídicamente con urgencia.
2.- Todo debe ser investigado, esclarecido y reparado: actos delictivos, detenciones arbitrarias, abusos y otras expresiones de violencia institucional.
3.- Hubo declaraciones de organizaciones articuladas con el gobierno cubano: CTC, UPEC, UNEAC; pero también otras de la sociedad civil independiente: masonería, Iglesia católica, ciudadanos e importantes figuras de la intelectualidad y la cultura insular.

4.- En lo internacional, junto a pronunciamientos de apoyo al gobierno por algunos homólogos, figuras y organizaciones solidarias; hubo importantes personalidades e instancias que han condenado la represión. Entre estos últimos, resaltan notables intelectuales de izquierda y organismos internacionales como Human Right Watch, Naciones Unidas, Unión Europea, y Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
5.- El discurso gubernamental se ha moderado. Eso es positivo, pero hasta ahora no se traduce en medidas acordes a las circunstancias y los derechos humanos violentados.
6.-.No existe un movimiento estructurado o un programa que haya volcado a la calle a miles de cubanos. Líderes opositores y disidentes conocidos estaban presos o en reclusión domiciliaria desde antes, muchos sin justificación. Urge resolver eso con el mismo lente. La historia muestra que la represión no ahoga la energía contestataria, sino que la multiplica.  
7.- Además de la económica y sanitaria, hay crisis de gobernabilidad, de confianza y de esperanza en amplios sectores populares. Sin la transparencia que debe tener la política informativa oficial, sin la restitución de daños y sin respeto a derechos cívicos y políticos, la crisis sistémica se multiplicará.  
Condeno la violencia, el bloqueo y todo lo que afecte la soberanía nacional, lo que no excluye defender la soberanía popular y criticar al gobierno cuando corresponda. Insisto en la necesidad del diálogo nacional inclusivo y ahora en la urgencia de visibilizar testimonios, recabar información de las autoridades y actuar en consecuencia. Eso permitirá esclarecer y juzgar lo ocurrido, evitar su repetición, sanar y articular consensos sobre la Cuba que queremos.
En cualquier caso, la transparencia de los medios oficiales, la regularización de medios independientes y el libre acceso a la información son vitales. Es hora de invertir de una vez el catalejo.
Para contactar a la autora: ivettegarciagonzalez@gmail.com
***
[1] En todos los casos me baso en las evidencias plasmadas en medios oficiales y alternativos. Excluyo las expresiones obscenas.
[2] Una muestra se puede encontrar en «Tortura y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes. Concepto, legislación, obligaciones del Estado y propuestas tendientes a erradicarla». Publicación de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). Buenos Aires. Mayo de 2020.

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La semana de los desconectados

Hace apenas unos años, en Cuba cada cual se informaba por tres vías precarias: los medios de comunicación tradicionales en poder del Estado, accesos ilegales a través de señales de antena parabólica o cuentas de Internet hackeadas (con la socialización posterior entre amigos o clientes), y haciendo uso de cuentas de Internet legales que pertenecían a sectores privilegiados y «estratégicos».
Yo fui de las privilegiadas, igual que todos los estudiantes universitarios de mi generación. En el momento justo en que ingresamos a la universidad, se nos entregó una cuenta personal con acceso gratuito a los servicios de correo electrónico y navegación. Confieso que no todos le dimos un uso adecuado, o entendimos qué se nos estaba poniendo en bandeja de plata.
I
Me sentía revolucionaria, aunque fue algo que nunca cuestioné en lo personal. Tampoco reconvine a mis compañeros por no decir que lo fueran, o por decir lo contrario. Tuve la oportunidad de coincidir en la Universidad de La Habana con jóvenes que estuvieron a la altura de las circunstancias. Dos nombres vienen a mi mente: Randy Perdomo García y Leonardo Fernández Otaño.
Randy estudiaba Filosofía y Leo Historia. Durante la carrera se convirtieron en rostros mediáticos. El primero conversó íntimamente con Fidel en representación de los estudiantes de su Federación Estudiantil. El segundo ofreció al Papa Francisco, durante su visita a La Habana, el mensaje de los jóvenes cubanos. «Se puede crecer, estudiar, trabajar, caminar, soñar y ser feliz en esta compleja realidad que nos tocó vivir»,[1] fueron sus palabras.
Los dos acontecimientos los corroboré usando mi cuenta gratis de navegación en el laboratorio de computación de mi facultad.
Randy escribió un texto conmovedor en el que relató su encuentro, que fue publicado en Granma. Por su parte, Leo quedó estupefacto al comprobar que se había vuelto un tipo gugleable, no sé si lo recordará. Además de gugleables, los dos fueron, y son, tipos incómodos. Siempre con la crítica al filo de los labios, las soluciones, la sapiencia y la sensibilidad.
Randy Perdomo en su encuentro con Fidel Castro (Foto: Granma)
Randy fue presidente de la FEU de la Facultad de Filosofía Sociología e Historia, luego sería presidente de la FEU de la Universidad. Puedo asegurar que su tiempo frente a la organización no fue muerto. La vitalidad y el dinamismo que le proporcionó fueron rayos de luz entre tanta apatía política.
Leo fue un traslado de otra universidad. Desde que puso sus pies con sandalias en nuestro edificio lo noté. Siempre fue competitivo, tenía cualidades para ello. Comencé a coincidir con él en las actividades culturales y de investigación organizadas por la facultad, y luego en las salas de los teatros de la capital. Hasta que esas coincidencias las convertimos en costumbres. Incluso, me siguió en el proyecto de una revista de perfil cultural que al final tuvo solo dos números.
No los veo a ambos desde poco antes del comienzo de la pandemia. Sé de ellos por las redes, como todo el mundo. Ahora me comunico e informo a través de mi celular, enchufado a una señal de datos móviles que proporciona ETECSA desde finales de 2018, con un costo que aún mi salario de profesora universitaria puede permitirse. Desde la plataforma de Facebook los veo realizarse. Randy como delegado, muy querido en su matancero Consejo Popular de Pastorita, y a Leo en la continuación de sus estudios en la madre patria.
II
Dicen que la primera impresión es la que cuenta. Los sucesos del 11-J y días posteriores me llegaron, como a la gran mayoría, por la televisión nacional. Un presidente llamando «vándalos», «marginales» y «revolucionarios confundidos» a un «grupúsculo» de cubanos, que salió a unas calles «que no les pertenecían»; a reclamar cosas que el gobierno estaba dispuesto a consensuar y resolver por vías pacíficas.
Dijo que un enemigo imperialista le pagaba a este «grupúsculo» y que se amenazaba con una intervención militar. Y anunció que un «pueblo enardecido» salió, «pacífica y espontáneamente», junto a la dirección del gobierno a demostrar el respaldo a las conquistas de la Revolución cubana y la necesidad de recuperar la tranquilidad ciudadana. Eso fue en pocas palabras lo que expresó el presidente.
En los videos presentados por la televisión, se apreció a personas vitoreando a los líderes históricos —Fidel y Raúl— y proclamando su desacuerdo ante las manifestaciones en San Antonio de los Baños y otros lugares. El respaldo revolucionario (espontáneo o no), de una cantidad no despreciable de personas era palpable. Se explicó en televisión, además y una vez más, el peligro de una intervención desde el exterior en cualquiera de sus variantes. Fue necesario, había muchos juicios nublados por la efervescencia.
Ese mismo día complementé algo de lo dicho por el presidente, cuando un vecino alertó que nadie saliera de sus casas pues la esquina de Toyo estaba caliente, se lanzaban piedras y fueron volteadas patrullas. Pensé que se acababa el mundo. Llamé a mi familia para decirles que me acababa de enterar de los sucesos y que permanecía en casa.
De oficio fui a las redes en busca de mayor información sobre lo acaecido en la esquina caliente. Advertí en ese momento que no había señal de Internet. Así permaneció para mí —y la inmensa mayoría de usuarios— hasta que al cuarto día logré conectarme usando un VPN. Entonces pude comprobar que hubo más que «vándalos» y «marginales», «revolucionarios confundidos», «enardecidos revolucionarios» o dirigentes políticos en las calles; más que piedras y patrullas volteadas.
Hubo, además, policías reprimiendo, fuerzas de la Seguridad del Estado, incluso fuerzas desconocidas para mí, que empujaron a la tonga, en camiones de basura, a jóvenes que no habían tirado piedras ni volteado patrullas. Hubo jóvenes apresados por pedir ser escuchados, que clamaron por ese «consenso posible» que había sido expresado por el presidente en televisión. Eso fue, en pocas palabras, lo que vi. Y entonces, comprendí que todas las impresiones cuentan.
Entre aquellos jóvenes había estudiantes universitarios, intelectuales, obreros y profesionales respetados. Rostros mediáticos casi todos. Descubrí una silueta en cruz y unas sandalias conocidas, era Leo. A pesar de la tristeza que me provocó, aquella fotografía era hermosa y evocadora. Estaba de rodillas pidiendo diálogo, su profunda fe católica no le permite odio; su profundo amor a Cuba no le permite ofensas. Los revolucionarios que le repudiaban no debieron tener ninguna fe, ni ningún amor. Eso fue, en una imagen, lo que vi.

III
En el momento que escribo mis impresiones, se cumple una semana de aquel 11-J que parece tan lejano. Aún persiste la conexión irregular a Internet, que va y viene (oronda) a ratos. Y sigo contrastando realidades y discursos distintos. Los ofrecidos por los medios oficiales y los que veo en las redes sociales.
Continúan las expresiones revolucionarias. El pasado sábado fue convocado por la dirección del país, en distintos lares de la isla, lo que se ha dado en llamar actos de «reafirmación revolucionaria», como gesto de resistencia ideológica ante las posturas «vandálicas» del 11-J, por la condena al bloqueo y la denuncia de las verdaderas y viejas intenciones monrroístas de tomar la fruta madura.
Y del otro lado, proliferan en las redes imágenes y narraciones variopintas (incluidas posturas revolucionarias), mímesis del ajiaco (hirviente) que es ahora mismo la nación. Discursos en los que la diáspora se anota igualmente unos puntos.
En sus países de residencia, muchos cubanos salieron —es su derecho— a las calles en favor de los manifestantes isleños. Como resultado de lo que ellos llaman «perder las vendas» y «ganar las libertades», mostraron sus opiniones, en muchos casos constructivas, dialogantes y conciliadoras; otras románticas, ofensivas, genocidas, imparciales, subjetivas, provocadoras, difamadoras, y oportunistas. Algunos han preferido no pronunciarse por las razones que fueren, entre ellas el miedo. También hubo actos en apoyo a la Revolución, no menos contundentes.
En las redes se apreció esta semana la solidaridad de un grupo de cubanos (incluidas instituciones y organizaciones), de dentro y fuera de la Isla. Ellos aunaron voluntades y recursos —aseo, material médico, juguetes, alimentos— para Matanzas y otras provincias muy afectadas por la situación sanitaria.
Además, se compartieron mensajes de apoyo a los manifestantes, respaldo al diálogo, a la Revolución, reclamo por los desaparecidos y detenidos, y otras demandas. Muchas voces mediáticas se alzaron, entre ellas artistas, intelectuales, instituciones y mandatarios.
IV
Solapados han quedado importantes temas, he aquí algunos. La pandemia arrecia, los casos positivos a la Covid-19 siguen creciendo. La opinión de los que susurran, aquellos que no ofrecen criterios ni en redes ni fuera de estas. La necesaria crítica de los profesionales de las Ciencias Sociales. Algunos no se pronuncian, otros lo hacen tímidamente, imparcialmente, oficialmente, o desde la crítica. Estos últimos son los menos, pero auguro que poco a poco irán apareciendo constructivas reflexiones, el acontecimiento es joven aún.
Otros temas postergados son las motivaciones de los manifestantes, su falta de programas, que evidencia la diversidad de sus demandas, criterios y métodos. La vía y tiempo para el diálogo que no se ha establecido por ningún canal. Las declaraciones de las entidades competentes sobre los manifestantes desaparecidos y golpeados que protestaron pacíficamente (exigidas formalmente por una representación de la FEU y otras instituciones, además por los familiares y amigos de los implicados).
Y por último, y no menos importante, las explicaciones de ETECSA sobre el apagón de Internet. A la fecha, solo se ha pronunciado para prorrogar una semana el vencimiento de los bonos y paquetes y compensar con 1 Gb gratis la inopia tecnológica.   

El tema de la pandemia quedó varado en segundo plano (como si se tratara de un lujo). Todas las fuerzas hicieron sus cálculos, y para unos u otros pesó más la motivación/es a la manifestación o la respuesta rápida revolucionaria (legítimas motivaciones). En ningún caso se priorizó el cuidado de la salud —revolucionarios y manifestantes aducen que fue por un bien mayor— de los más de diez millones de cubanos que, como yo, se quedaron en casa. En tanto, de los dos lados se dijo defender «mis libertades y derechos».
Por argumentos como el citado, a esos diez millones de personas nos llaman, indistintamente, «cobardes», «chivatones» o «gusanos», dependiendo de quién lo mire. Esto da la medida de que el estallido fue social, pero no hubo unidad, ni apoyo social masivo —al menos no declarado—, entre otras razones por la desinformación mencionada.
El estallido tocó algunas fibras sensibles, o estratégicas, y el Gobierno adoptó de inmediato un paquete de medidas para flexibilizar la entrada de artículos de primera necesidad por personas naturales. El discurso del presidente fue suavizándose. La «calle solo de los revolucionarios» fue tornándose en una «Cuba de todos».
En el programa Hacemos Cuba, se ofrecieron explicaciones sobre las sanciones a los manifestantes, tal como estipula el Código Penal. Se comenzó a liberar algunos de ellos, incluso sin imputarle causas. Otros continúan detenidos. Tales medidas han sido duramente criticadas en las redes, por demoradas y contradictorias.
Entre la dirigencia se ha manifestado falta de coherencia en los discursos. Incluso, algunos han vuelto a posturas que se creían superadas a esos niveles, como el repudio a los disidentes. Por ejemplo, el Héroe de la República de Cuba, Gerardo Hernández Nordelo, coreó en el acto del sábado en la Piragua, una consigna de los ochenta: «pin pon fuera, abajo la gusanera».
Un éxito rotundo ha sido el de la sociedad civil red cubana, al demostrar que los únicos valores compartidos son los de su propia comunidad virtual y real, mucho más transparente y diversa. Bajo los principios de la libertad y la democracia, la sociedad civil red cubana goza de buena salud. Tal vez este era el empujón que necesitaba la sociedad de la información para rebasar las palabrejas técnicas: «informatización» e «infraestructura».
Para quien piense que intento invisibilizar o deslegitimar el trabajo del Gobierno/Estado/Partido/dirigentes, tengo la respuesta. La moraleja mayor de estos hechos es para ellos. Su trabajo —que no es poco, ni fácil— está siendo custodiado por el pueblo, que ha encontrado en las redes sociales y virtuales, canales expeditos para expresar y tramitar sus demandas. Somos un pueblo culto y sofisticado, que ha aprendido algo más que cacharrear nuevas tecnologías.
Las condiciones tecnológicas están creadas para el diálogo. La gran mayoría de la sociedad civil red cubana reclama diálogo popular y abierto, se opone a la anexión como vía y a la violencia como táctica, y condena el bloqueo. Eso sí, la sociedad civil red cubana es diversa y tiene demandas específicas que no deben descuidarse. La suerte está echada.
V
Mientras el potro salvaje, intoxicante y enajenante,[2] retorna, propongo reflexionar sobre algo urgente. Si partimos de que en Cuba no todos se sienten revolucionarios, o incluidos en el proyecto socialista, o amparados por sus leyes, o satisfechos y plenos —que no es igual—; y al mismo tiempo se afirma que todo es de los revolucionarios: díganse las calles, los privilegios, la palabra, los medios de comunicación tradicionales, la verdad, la paz, la crítica, la cultura, el cuestionamiento, el liderazgo, la tribuna, el permisivo aglutinamiento, las condiciones para el debate y ahora también (y de nuevo) las horas de Internet.
http://anterior.cubaminrex.cu/Sociedad_Informacion/2007/DiscursoRamiro.htm
¿Qué quedará entonces para los no revolucionarios, para los excluidos, para los no amparados, para los no satisfechos y plenos, sino callar, morir (en sus diferentes maneras) o irse lejos?
Cuando un científico social, al reflexionar sobre la realidad cubana, vuelva a cuestionarse el éxodo y la fuga de cerebros, plantéelo también en la línea de la incautación a las ideas por parte de un grupo de poder que se ha apropiado de todos los símbolos de una nación.
Olvidé mencionar, mi amigo Randy pasó su semana de desconexión trabajando laboriosamente por su comunidad, ayudando a sus convecinos que tanto lo necesitan. No ha compartido ninguna imagen ni palabra de odio en sus redes sobre los sucesos del 11-J. A Randy y Leo, cuyos egos no necesitan alimento, sino reconocimiento público y cívico, dedico mis palabras.
En esta semana de aparente desconexión ha pasado mucho más de lo que cuento aquí. Como ciudadana de esta tierra hermosa, anhelo que muchos entendidos aporten al debate para que los trascendentales hechos sean narrados en la Historia de Cuba con la necesaria objetividad.
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* El título alude al texto «La hora de los desconectados. Evaluación del diseño de la política de “acceso social” a internet en Cuba en un contexto de cambios», de Milena Recio. http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/becas/20131219083409/Recio_trabajo_final.pdf
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[1] «El joven que habló con el Papa». El Toque.
[2] Así se refirió a Internet el presidente de la República, Miguel Díaz-Canel, en comparecencia en la Mesa Redonda el 14 de julio pasado.  Además, dijo, parafraseo, «estas redes crean pánico, desvirtúan, es terrorismo mediático». Manifestó estar a favor de la informatización de la sociedad y haber contribuido a ello, pero «Internet confunde a los jóvenes y pobladores menos entendidos», resuelve que esta contradicción puede solventarse con «valores compartidos».

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Una lección de ética en tiempos de pandemia

Todo verdadero aprendizaje es el aprendizaje de otro y desde el otro,
y no precisamente del otro que es como yo,
sino del que es diferente…
Joan-Carles Mèlich, La lección de Auschwitz
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Son contundentes las emociones que despiertan en estos días. Tan es así, que hay personas que comentan: Cuba fue una antes del 11 de julio y otra después, ya nada puede ser igual. A pesar de ello, no voy a referirme a lo que ocurrió ese aciago día en nuestro país, sino a dos noticias que llamaron sobremanera mi atención.
La primera es la advertencia que estudiantes de la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana hicieron al gobierno sobre los riesgos de concentraciones multitudinarias. La segunda revela que algunos alumnos de Matemática de la mencionada institución académica, sostuvieron un intercambio con su Decano acerca de la convocatoria a la zona ubicada en los alrededores de La Piragüa, para demostrar apoyo incondicional a la Revolución. Ellos cuestionaron igualmente semejante proceder en medio de la grave situación epidemiológica que azota con fuerza a Cuba debido a la pandemia de Covid-19.
Mensaje de Raúl Guinovart, decano de la Facultad de Matemáticas y encargado del equipo que ha calculado las tendencias de la Covid-19 en Cuba, a sus estudiantes en el grupo de Telegram del centro docente.
Esas actitudes de un grupo de jóvenes universitarios han resultado —desde una mirada ética—, profundamente reveladoras. Estimo que la institución a la que pertenecen debería sentirse satisfecha de contar con discípulos tremendamente humanistas.
Independientemente de las presiones que existen, de la mediocridad y el oportunismo siempre agazapados, la Academia contiene en sí cierta aura de independencia solapada, misteriosa, siempre digna. Ahí conocí a profesores que admiro, que respeto, de los cuales aprendí en cada una de nuestras conversaciones y cuyas obras ocupan un lugar fundamental en la cultura científica de la nación.
Es importante explicar que cuando me refiero a la humanidad de esos jóvenes, pienso en su abierta y decidida «preocupación por el otro», por el dolor y el sufrimiento de muchos compatriotas en la actualidad. ¿Qué es más relevante, un día de proclamación de consignas o la vida y la salud de miles de personas?
Nada es más peligroso que reducir en estos momentos un contexto de miseria generalizada y descontento popular a la indiferencia hiriente y al mantenimiento de un esquema dogmático de representación de una realidad que en verdad no es tal, donde se simplifica la vida a una especie de cumplimiento de manual del perfecto «revolucionario». La filosofía de Emmanuel Levinas no se instala en las caras, sino en los rostros que se traducen en voces, gritos, llantos, ruegos. Con esto dotó el pensador lituano de un nuevo sentido a la responsabilidad.
Postura de la FEU de la Facultad de Biología ante la convocatoria al acto gubernamental del 17 de julio pasado.
Esos muchachos demostraron que la relación con el otro es un acceso ético de no indiferencia, un camino responsable. En tal sentido, dieron una lección, respondieron a una demanda de cumplimiento de un protocolo sanitario, intervinieron sobre este complejo presente; por lo tanto, es nuestro deber abrir una interpretación auténtica de lo que realmente nos sucede y desechar definitivamente la vía trillada, obsoleta, de un modelo social que ha demostrado por demasiado tiempo que no funciona.
La ética de estos tiempos descansa sobre la corporeidad, las situaciones y las mediaciones, la contingencia y los acontecimientos; ella necesita del matiz, del punto de vista, de la incertidumbre y la provisionalidad. Nada tiene que ver con grandes principios ni con la obediencia incondicional y ciega a determinados imperativos categóricos, instituciones o personajes.

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El derecho al libre albedrío

Desde que Eva convenció a Adán de morder la manzana del Paraíso, la voluntad de los humanos de ejercer su libre albedrío llenó de ira a los dioses y sus representantes: sacerdotes, monarcas y servidores. En la Cuba actual parece reproducirse esta pugna milenaria. Según muchos piensan, el pueblo de la Isla solo actúa si ejecuta órdenes; para unos, las provenientes del gobierno cubano; para otros, del estadounidense.
Si para el Gobierno/Partido/Estado los protestantes del 11-J eran «mercenarios pagados por el Imperio», ciertos opositores tradicionales perciben a quienes se manifiestan a favor del modelo como «obligados por el Estado», que los mantiene a condición de que permanezcan tranquilos y obedientes, como el buey manso del poema martiano Yugo y Estrella.
Ambas posturas reflejan una visión elitista y soberbia y un desprecio manifiesto por los hombres y mujeres del pueblo, al que dicen servir pero al que consideran incapaz de expresar directamente sus más caros deseos y aspiraciones por considerarlo más un rebaño de carneros que una multitud de individuos que ejercen su libre albedrío. ¡Qué casualidad que para los soberbios siempre los que actúan por encargo de sus jefes son los que piensan diferente!
«(…) para los soberbios siempre los que actúan por encargo de sus jefes son los que piensan diferente» (Foto: Estudios Revolución)
El 11-J sacó a la calle a tantos cubanos y cubanas de todas las edades y profesiones, que no bastaría el presupuesto de la CIA/USAID para pagarles el servicio. Puede haber existido un grupo de instigadores de lo acontecido, ladrones que aprovecharan para vandalizar donde único hay algo —las tiendas en MLC— y extremistas que atacaran a policías y hasta un hospital, pero la inmensa mayoría de los manifestantes expresaban sus más caras aspiraciones gritando pacíficamente en un arrebato de libertad. 
Casi todos los que hallan en el 11-J la expresión de un plan urdido en la sombra por una red de espías, lo hace por tres factores concomitantes: la estupefacción ante una explosión social sin antecedentes luego de 1959; la larga historia de agresiones y planes subversivos aupados por el gobierno de los Estados Unidos para acabar con la Revolución; y la incapacidad para asumir que alguien en Cuba se atreva a salir a la calle por propia voluntad a expresar opiniones políticas contrarias al gobierno.
Los dos primeros son hechos, el tercero es expresión de la eficacia con que han funcionado durante décadas los aparatos ideológicos del Estado —sistema de propaganda, escuela, prensa, medios de difusión, etc.— para imponer un sentido común acorde a sus intereses hegemónicos. A medida que lo ocurrido sale a la luz en vídeos, entrevistas y testimonios, todo parece indicar que la desesperación ante la situación existente, la agudización de la pandemia y la falta de concreción de los derechos plasmados en la Constitución de 2019, compulsaron a miles de personas a salir a las calles imponiéndose a sus miedos acumulados.
El agravamiento sostenido de la crisis, y sus consecuencias sobre los sectores más humildes y preteridos por las medidas tomadas —sobre todo las vinculadas a la venta de artículos de primera necesidad en tiendas en MLC y la consiguiente subestimación del peso cubano—, crearon el caldo de cultivo para este grito de los obstinados.
«Yo soy yo y mis circunstancias. Y si mis circunstancias cambian, cambio yo», decía Ortega y Gasset. Por eso no fue casual que los lugares donde se suscitaron las mayores protestas sean localidades y barriadas pobres, como puede apreciarse en los vídeos que proliferan en internet. De ahí que el Gobierno/Partido/Estado deba estipular medidas que favorezcan el consumo popular, no solo con el incremento de la producción nacional, sino también de las importaciones por vías que no sean las empresas comerciales monopólicas estatales, sancionadas por Trump y con sus arcas exhaustas.

Múltiples iniciativas se han propuesto. Todas implican superar el anacrónico monopolio estatal del comercio exterior, elemento del modelo que en seis décadas de funcionamiento ha demostrado su incapacidad para gestionar las necesidades de una economía abierta como la cubana, más allá de establecer enormes contratos con poderosos socios extranjeros —casi siempre de países aliados— que resultan obsoletos en la actual dinámica de la economía mundial y cubana en particular. También aquí es preciso confiar en el libre albedrío de los productores nacionales —estatales, cooperativos y privados— para escoger los proveedores y compradores extranjeros que mejor satisfagan sus intereses y las demandas del país.
Más allá de la implementación definitiva y eficaz de esta y otras reformas económicas pendientes, para que las protestas callejeras no se repitan y el país no entre en una espiral de violencia que no sería beneficiosa para nadie que quiera de veras a Cuba, hay que trazar una hoja de ruta conjunta del Estado y la sociedad civil.
Entre sus tareas deberían priorizarse el respeto y legalización de la libre expresión de las ideas políticas mediante una norma jurídica que establezca el procedimiento para hacerlo. Al mismo tiempo, determine los deberes y derechos de los participantes y de las fuerzas del orden que los protegerán e impedirán cualquier tipo de excesos.
Aunque la ANPP tiene su propio calendario legislativo, en el cual la implementación de los derechos de manifestación y reunión estaba prevista para septiembre de 2020 y fuera pospuesta por la pandemia, es preciso que los diputados se ocupen con urgencia de adelantar su discusión, aprobación y puesta en práctica. Es una deuda de los legisladores con sus electores, que son tanto los que salieron el 11-J a protestar pacíficamente, como las víctimas de actos violentos, los golpeados y encarcelados y sus represores.
También un compromiso para honrar los tratados internacionales sobre derechos humanos de los que Cuba es signataria. Más aún, llevar el derecho al libre albedrío político al cuerpo de la ley es una deuda con Martí quien previniera: «De nada servirían la libertad y el derecho, si el derecho y la libertad no se ejercieran; si todavía tuviera el pensamiento sobre sus espaldas el látigo de la censura».[1]
*** 
[1] “Los tiempos se acercan”, El Socialista, México, 11 de junio de 1876, OCEC, T2, p. 274.

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El tabú de las izquierdas

A propósito de las recientes protestas en Cuba, ante las cuales el gobierno de Miguel Díaz-Canel ha hecho un llamado explícito a sus partidarios a salir a las calles a enfrentar a los manifestantes, se ha abierto una nueva oportunidad para posicionarse críticamente sobre lo que ocurre en la isla, más allá de las posturas reduccionistas clásicas, que siguen reproduciendo esquemas políticos binarios,  que le hacen un flaco favor a la posibilidad de pensar alternativas y salidas transformadoras a la crisis actual.  
La crisis que ha sido agravada por las consecuencias de la pandemia, en la cual el turismo ha sido afectado de forma considerable, lo que económicamente es dramático, ya que ese sector aporta el 10% del PIB y el 11% del empleo. Ello termina afectando enormemente los ingresos del Estado y las importaciones de alimentos, que equivalen al 70%.
El turismo ha sido afectado de forma considerable (Foto: Ramón Espinosa/AP)
   En consecuencia, esto ha generado escasez de alimentos básicos, cortes en el servicio eléctrico y también un colapso en el sistema sanitario, producto del Covid-19, y de que la infraestructura de los hospitales está tremendamente deteriorada con el paso del tiempo.
El tema es que esta crisis ha derivado en protestas que podrían llevar a una inédita revuelta en Cuba, sumándose al escenario regional actual, donde importa bien poco si el gobierno es de izquierda o de derecha, ya que lo que se trata es de interpelar al poder político existente desde distintos movimientos organizados (estudiantiles. feministas, ecologistas, disidencias sexuales, afros, indígenas).
Por eso, la respuesta del gobierno cubano, reprimiendo y deteniendo incluso a figuras de la Revolución y de izquierda de la isla, como son los casos de Frank García Hernández, Leonardo Romero Negrín y Marcos Antonio Pérez Fernández, debiera despertar la reflexión regional y no ser cómplice de un proceso político cerrado en sí mismo.   
Planteo esto ya que pareciera que el proceso político cubano se ha transformado con el paso del tiempo en una especie de tabú para buena parte de las izquierdas en el mundo, especialmente latinoamericanas, en donde cualquier crítica al respecto es rápidamente denostada y descartada por su carácter imperialista y contrarrevolucionario.
Si bien es innegable la importancia crucial que tuvo la experiencia de la Revolución cubana para la autonomía política de la región, siendo quizás la más influyente de todas por sobre otros procesos políticos latinoamericanos fundamentales, no la hace un proceso sin errores y horrores en muchos sentidos.

Es verdad que históricamente los cuestionamientos hacia el gobierno de Cuba han sido una constante de sectores conservadores (pro-estadounidenses) para desestabilizar e intervenir el proceso político interno, el cual se ha mantenido por más de sesenta años a pesar de un bloqueo criminal de parte de Estados Unidos, que solo ha generado daño a la población de la isla, como pasa con la falta de medicamentos, por ejemplo. 
Pero de ahí a omitir el carácter centralista, militarista, autoritario y burocrático  del Estado en Cuba, conformado estructuralmente por la partidocracia castrista, es simplemente dejarse llevar por una noción estática y esencializada de lo que ha sido la Revolución en los últimos 62 años.
José Martí, uno de los más grandes antirracistas, anticolonialistas, antiimperialistas latinoamericanos y referente fundamental para la Revolución cubana, ya en su momento cuestionó los efectos devastadores de la concentración del poder político, señalando que «todo poder amplia y prolongadamente ejercido, degenera en castas, con las castas, vienen los intereses, las altas posiciones, los miedos a perderlas, las intrigas para sostenerlas».
Eso es justamente lo que terminó pasando en Cuba, generando un proceso de apropiación de la Revolución y prohibición de la autoorganización y participación popular, donde cualquier disidencia se transformó en un argumento perfecto para reprimir a quien pusiera en duda o planteara la posibilidad de discutir lo que dijera la casta en el poder.
De ahí que este estadocentrismo en la isla ha bloqueado la posibilidad de permitir al sujeto popular cubano pensar y construir mundos distintos y sostenibles, en los cuales la soberanía alimentaria, la soberanía energética, la propiedad comunitaria, la defensa de bienes comunes, la descolonización, los derechos de la Madre Tierra, la despatriarcalización, la plurinacionalidad, la autogestión y la democracia directa puedan ser horizontes posibles.  
Evidentemente esa crítica no omite la persistencia de Estados Unidos por derrocar al gobierno cubano y el rol de los grandes medios de información concentrados, que dan argumentos para una intervención militar (no así con China), pasando por alto de manera irresponsable también la soberanía del país y la autodeterminación del pueblo cubano.  
Por lo mismo, lo que se trata es de acompañar el proceso de manera crítica, sin caer en retóricas binarias y simplistas, que sólo terminan beneficiando a los poderes existentes, ya sea de la partidocracia cubana como del imperialismo estadounidense.

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Abusos a manifestantes en Cuba: necesidad de una Comisión de Verdad y Reconciliación

«Contra la injerencia extraña la virtud doméstica», era la máxima de la vieja mentalidad republicana. «En plaza sitiada cualquier disidencia es traición», nos repiten en Cuba hasta la saciedad. Pero ocurre que en el camino de guardar silencio para no dar armas al enemigo externo, se pueden extraviar la virtud y la justicia.
El testimonio que aquí se narra es demasiado grave, pero lejos de atizar pasiones políticas de cualquier signo ideológico, debemos serenarnos y poner, como ciudadanía, la vergüenza, la indignación y el desconcierto, al servicio del decoro y la decencia.
LJC solicita al gobierno cubano, primero que todo, garantías para la seguridad de Leonardo Romero Negrín; y segundo, el establecimiento de una Comisión de Verdad y Reconciliación que de manera transparente investigue estos hechos y otros que pueden haber ocurrido durante y después del 11-7.
***
¿Cuál es tu condición legal en este momento?
Estoy en reclusión domiciliaria, a la espera de un juicio por desorden público.
¿Por qué te cogieron preso en la manifestación del 11 de julio?
Estaba caminando y vi a un alumno mío en medio de la manifestación. Él tenía una cámara y estaba grabando. Lo sostuve por el brazo para evitar que alguien se lo llevara o que un tumulto de gente viniera y le diera golpes. Estábamos exactamente debajo de la cámara del hotel Saratoga; de hecho, le dije a los oficiales que si me negaba a declarar lo único que podrían usar era la grabación de esa cámara que muestra punto por punto lo que allí sucedió.
Estaba con mi alumno en la acera del hotel, viendo lo que pasaba. No me atreví a tomar partido en ese momento, a pesar de que vi atrocidades de todo tipo. Sabía que estaba en un proceso anterior por la manifestación de Obispo y no me podía meter en nada para no complicarme.
Leonardo Romero fue uno de los manifestantes detenidos el 30 de abril en la calle Obispo. Portaba un cartel con la frase «Socialismo sí, represión no».
De pronto, cuando miré hacia el lado, vi que a mi alumno le estaban dando golpes cuatro civiles. Él estaba tirado en el piso en posición fetal, para proteger la cámara, y estas personas le daban golpes y pisotones. Lo único que hice fue tirarme sobre él para que no lo golpearan más. Me cogieron varios oficiales, me hicieron una llave, me dieron golpes, pero no fue ahí donde me golpearon de verdad.
Me llevaron a la estación de Dragones, que está exactamente a una cuadra, y cuando entramos me tiraron en el piso de un estrallón y entre cuatro personas me cayeron a patadas por todas partes. Me cubrí la cara con los antebrazos y siguieron dándome patadas, por eso tengo un antebrazo hinchado, un médico lo vio. También una costilla me duele, no llegó a fracturarse, pero me duele y eso el médico también lo vio.
Después me llevaron para un patiecito. Un oficial fue con una tabla de madera blanca y una cámara en la otra mano, que era de un periodista estatal que estaba ahí y lo vio todo. No quiero involucrarlo, pero es un periodista de Alma Mater que vio exactamente todo lo que me hicieron. El oficial me dio varios tablazos por las piernas, todavía tengo las cicatrices.
Cuando iba a salir de allí vino otro oficial, el 03912 de la estación de Dragones, y le dijo a dos personas que me aguantaran, me cogió con las dos manos por el pelo y me dijo: «¡Por mercenario!». Me dio un cabezazo por la nariz, casi me desmayé, y siguieron dándome golpes antes de trasladarme a la estación de Zanja.
Ya no tienes tantas marcas en el cuerpo, precisamente porque ha pasado el tiempo, llevas casi una semana recluido.
Eso es una cosa, cuando llegamos a la estación las personas no querían que los médicos los vieran, porque sabían que si tenían golpes los iban a demorar para que se les bajara la hinchazón y entonces soltarlos.
Detención el 11 de julio (Foto: Yamil Lage/AFP)
A todos los que estuvieron en Ivanov —nombre con el que comúnmente se conoce a la prisión para menores del Cotorro— los pueden interrogar por separado, ponerles el polígrafo, que cada uno va a decir lo mismo sobre los golpes que yo tenía: un antebrazo completamente hinchado —el médico lo notificó—, la nariz con un hematoma, golpes detrás de la pierna, y la costilla.
Cuando nos llevaron al médico, le estaba explicando del golpe que tenía en la nariz, y mientras le decía del que tengo en el antebrazo, llegó un oficial que estaba fuera, me llevó y me dijo que ya no tenía nada que hacer ahí. Yo le había preguntado al médico si era civil o militar, me dijo que civil; entonces le pregunté: «¿A qué respondes, a un poder o al Juramento Hipocrático?». Me respondió que al Juramento. Entonces le dije: «Mira las marcas cuáles son» —yo tenía el nasobuco bien arriba para que no se me viera lo de la nariz—, y cuando le empecé a enseñar los golpes fue que el oficial me sacó.
Había un mayor sentado afuera que era el que procesaba si alguien quería quejarse. En ese momento que me estaban llevando le pregunté si con él era con quien tenía que hacer la denuncia, porque quería hacerla. Respondió: «Yo no tengo nada que hablar contigo». Me llevaron arrastrado hasta el colectivo 6, que era donde estábamos.
Lo que me hicieron a mí fue poco. Había gente que tenía un moretón en el ojo, la cara hinchada, otros con yeso, con dedos fracturados. A un viejito lo trajeron el viernes, lo fueron a buscar a su casa porque lo vieron en una cámara. Lo bajaron en Ivanov esposado y lo hicieron pasar por algo que se conoce como Somatón. ¿Qué es eso? Pues los bajan del camión y hay una hilera de militares a la izquierda y otra a la derecha, y tienen que pasar todos los reclusos por el medio de esas dos hileras para que les caigan a tonfazos [golpes propinados con las tonfas, arma contundente reglamentaria].
Esas personas no estaban haciendo nada, solo caminando esposados y les cayeron a golpes. Ese viejito de 74 años tiene un hematoma en toda la barriga, en las costillas. Por eso digo que lo que me hicieron no fue nada en comparación con lo de otros. A mí el brazo me duele, pero no tengo tanta hinchazón, lo de la nariz casi no se nota, pero tengo la cicatriz detrás de la pierna y el dolor en la costilla.
Leonardo (primero a la izquierda) festajado con amigos
Cuando me estaban interrogando le pregunté al instructor su nombre y le pedí que trajera al oficial de guardia. Eso fue al segundo día. Le dije que quería denunciar a todos los que estaban dando golpes ahí y me respondieron que yo estaba en medio de un proceso, que no podía hacer una denuncia. Entonces les dije: «Sépanlo todos ustedes, que a lo mejor ninguno lo sabe, estos dan golpes». Y los señalé, ellos negaron que dieran golpes, lo que es totalmente falso. Allí tienen total impunidad por las noches, cuando no hay ningún oficial.
Por ejemplo, a la hora de dormir uno se sentó en la cama porque le dolía la espalda y no quería acostarse. Le dijeron que se tenía que acostar, él explicó que tenía dolor. Le dijeron horrores, entraron y se lo llevaron. Todo el mundo lo vio. Era un muchacho rubio. Le cayeron a tonfazos y a golpes delante de todos, la unidad se despertó. Como ese caso se dieron más.
Cuando llegamos a la unidad nos desnudaron a todos. Nos decían que nosotros éramos unos maricones, chupa p… y que nos iban a coger el c…. Nos tuvieron contra la pared durante dos horas, llevábamos cuarenta minutos desnudos esperando, venían por detrás y me halaban el pelo —lo tengo largo—, y me decían: «Chinita, con este pelito se puede hacer tremendo peluquín». Me tocaban las nalgas, a mí y a otros también.
En una ocasión dieron con una tonfa en la mesa, José, el panadero, se viró asustado y le dijeron que qué miraba. Le cayeron a galletas. Él estaba esposado y solo gritaba: «¡Yo no he hecho nada!». Ellos le decía: «¡Cállate y no me mires la cara!». Eso lo vieron todas las personas del colectivo 5 y 6 de Ivanov, ellos pueden contar exactamente lo mismo. Como ese ejemplo hay más, pero no conozco los nombres.
¿Cuál es tu situación procesal?
Me notificaron que estoy en reclusión domiciliaria, como estaba antes por lo de Obispo pero con un nuevo proceso.
¿De qué se te acusa?
De desorden público, pero yo les dije que no desordené nada. En la cámara del Saratoga está todo, cuadro por cuadro. Yo solo estaba parado, ni siquiera grité aunque hubiera querido hacerlo pero no lo hice por lo del proceso anterior. Lo único que hice fue ponerme arriba de mi alumno para que no le dieran golpes.

Yo venía desde el barrio de Jesús María, y cuando crucé la calle Monte vi un tumulto de personas corriendo, gente gritando. Fui hacía la derecha, al Saratoga. No me metí, pero ganas no me faltaron de hacerlo porque vi manifestantes con la cabeza partida, recibiendo golpes, gente que se estaba manifestando pacíficamente y lo decía: «¿Por qué nos llevan si nos estamos manifestando pacíficamente?». Muchos auxiliaban a los que se estaban llevando y mientras se los llevaban les caían a golpes por la cara. Cuatro inmovilizaban y otros golpeaban.
Me pegué para la esquina de hotel Saratoga. Allí sucedieron varios eventos. Un señor, que parece que tenía una colostomía, se le fue la venda, se le salieron las tripas y empezó a gritar. Yo estuve todo el tiempo con mi alumno de la mano para que no le pasara nada.
Delante de mí le dieron golpes a un muchachito y pasó una escena que nunca voy a olvidar: vino un viejito que parece que duerme en la calle y se acostó al lado del muchacho que tenían tirado en el piso y le dijo a los policías que si se lo llevaban tenían que llevárselo a él también. Al viejito evidentemente lo estrujaron y lo montaron en una patrulla.
Minutos después de que pasara eso sucedió lo de mi alumno, le cayeron a golpes entre cuatro personas. Él solo estaba grabando, no gritó porque una de las cosas que le dije fue que no se complicara por ser menor de edad. Su nombre es Marcos Antonio Pérez Fernández, fue alumno mío cuando estaba en décimo grado, yo estudiaba en la universidad y daba clases.
Él fue acusado de desorden público, salió libre sin ningún cargo y con una multa de dos mil pesos. Ahí están los videos de cuando le quería quitar la cámara y le cayeron a golpes.
***
Escuche este testimonio en la propia voz de Leonardo Romero Negrín

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Urbanismo

―¿Viste qué hermoso te ves en esa foto, gritando desgañitado y con el brazo en alto?
―Yo…
―Ya sé por dónde vienes: es una manifestación pacífica… ¿De cuándo acá te has puesto tan del Partido de los Verdes? ¿Ahora pediste la militancia? Aquí tengo copia de las actas de las dos últimas asambleas de rendición de cuentas de tu circunscripción. A la primera no asististe, y en la segunda estabas, pero no consta que hayas hecho planteamiento alguno, a pesar de que hubo críticas muy duras con el asunto de Comunales y la recogida de basura. Se habló de la cantidad de desperdicios que la gente tiraba en la calle… quién iba a pensar que año y medio después la que se tirara para la calle y sin desperdicio fuera la gente.
―¿Sabe por qué…
―¡Cállate! Debías estar ronco después de lo que gritaste el domingo. ¿Es que no has tenido la oportunidad de plantear las inconformidades en las reuniones de los trabajadores de tu fábrica, aquellas en que tan duramente se ha criticado el recrudecimiento del bloqueo norteamericano? Dime si en el buró sindical de la Casa Blanca le han dicho tan clarito las verdades sobre Cuba al presidente de los Estados Unidos.
―¿Y qué resuelve…
―¡No me robes la palabra, coño! Cuando miro tu expediente y veo que eres hijo del mejor ingeniero en minas que tuvo este país, gracias a quien se descubrieron los pocos yacimientos de oro que se hoy se explotan en suelo cubano, no hago más que acordarme de la cantidad de veces que coincidí con él en movilizaciones de la zafra y en marchas del pueblo combatiente: ¡eso sí eran protestas!
―A papá…
―¡Venme ahora con la historia de su jubilación y de que fue poco el apoyo que se le dio tras el peritaje! Acabo de interrogar a algunos vecinos, dan fe de la cantidad de veces que el director de la Unión de Empresas pasó a hacerle consultas técnicas a tu viejo en el mismo portal de la Esquina de Toyo donde se sentaba a vender maní.
―¿Y acaso…
―¿Acaso calculas la cantidad de minas de oro que hay que explotar para pagarle la carrera a desagradecidos como tú?
―¿Tengo que…
―¡Tienes que ser consecuente con la historia! ¡Esta Revolución no se hizo para señalarle las manchas y después alegar que no hay detergente para quitárselas! Cada vez que veo esa foto tuya, encabezando a ese grupo de jóvenes, ¡qué digo jóvenes!: vagos, maleantes, delincuentes, mercenarios, rateros de la peor calaña que salen de la universidad y hasta una ocupación segura tienen…
―Somos…
―¡Unos imbéciles! ¿Quién les dijo que tienen tamaño para opinar sobre lo que pasa en este país? Para eso está la generación histórica. ¡Empínate ante la estatura de esos ancianos, que, a pesar de dejar sus responsabilidades, aún siguen sumándose a las visitas gubernamentales!
―¿Y no es hora…
―¡Es hora de que cierres la boca, me tienen harto tú y tus compañeritos con su hipercriticismo! ¿Qué pretendían: que se cambie el Día de la Rebeldía Nacional del 26 para el 11?
―La Historia…
―¡La Historia está escrita y ustedes ni la repasan! Antes no se veían las cosas que se ven hoy: no ya un presidente o un ministro, ¡cuidado del que hablara mal de un primer secretario del Partido en un municipio!… A propósito: ¡procura que en algún video no salga a relucir que tú y tus amiguitos repiten la frasecita de la canción o gritan a voz en cuello que el presidente fue violado contra natura!
―La Constitución…
―¡Constitución tarro! ¡Cada vez que alguien saca ese librito yo se lo haría tragar! ¿En qué acápite el panfleto ese dice que pueden enarbolarse ofensas a nuestros dirigentes? No creas que no investigaré qué hay detrás de la acotación que escribiste en el libro de Economía Política que tenemos incautado: «Lapin Gaesa». ¿Y todavía te ríes? La gozadera se acabó el día 11, ¿entendido? Ya lo dijo bien claro el compañero Díaz-Canel cuando dio la orden de combate: ¡la calle es de los revolucionarios!
―…y nosotros estábamos en la acera.

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El pueblo del 11-J

La violencia política desatada en las calles y plazas cubanas en estos días —usual en otras realidades, muy rara en la Isla— no se resolverá con la represión gubernamental y el miedo a la Covid-19. En la historia posterior a 1959 es difícil encontrar momentos similares a este del 11-J. Para acercarse a algunos habría que remontarse a la lucha de clases de inicios de los sesenta, los sucesos de la embajada del Perú/éxodo del Mariel (1980), y el Maleconazo/crisis de los balseros (1994). Este constituye su antecedente más cercano, pero sus diferencias con lo acaecido el 11-J son sustanciales y las soluciones de entonces no valen ahora.
−I−
Cuando ocurre el Maleconazo de 1994, hacía cinco años había comenzado el Período Especial en tiempo de paz. La pobreza, desnutrición y mortandad asolaban a la mayor parte de la población cubana. El USD, que estuvo a siete pesos en el mercado negro en 1990, llegó a rebasar los ciento cincuenta. Cantidad enorme de dinero en la calle y muy poco que comprar, dispararon una inflación de cuatro dígitos.
No obstante, aquel verano caliente del 94, las manifestaciones de carácter masivo y los encuentros violentos quedaron circunscriptos a una parte de Centro Habana y Habana Vieja y surgieron después de que fuera in crescendo durante semanas la emigración ilegal mediante el robo de embarcaciones. Aunque provocada por la desesperada situación existente, el Maleconazo era aupado desde el exterior por la Ley de Ajuste y la existencia de flotillas aeronavales de rescatistas que esperaban a los balseros en el estrecho de La Florida.
La reacción del gobierno fue reprimir con grupos de respuesta rápida y policías de civil. La presencia de Fidel en el centro de los acontecimientos terminó de aplacar los ánimos con relativa prontitud. Días después, se firmó un nuevo acuerdo con Estados Unidos que amplió la emigración legal y se aplicó un paquete de medidas liberalizadoras que incluían la creación del Mercado Libre Agropecuario, la ampliación de las ventas en USD y el impulso a la joven industria biofarmacéutica.
La presencia de Fidel en el centro de los acontecimientos del Maleconazo terminó de aplacar los ánimos con relativa prontitud. (Foto: BBC)
−II−
Lo ocurrido el 11-J une nuevamente el grito de los obstinados de las poblaciones y barriadas más empobrecidas de las ciudades y poblados con el conflicto Cuba-EEUU y su expresión mayor: el recrudecimiento del bloqueo en medio de la crisis pandémica. Pero ya no está Fidel para persuadir a las masas y convertir el revés en victoria con su ascendencia política. Tampoco hay Ley de Ajuste; por el contrario, es interés del gobierno de los Estados Unidos disminuir la emigración ilegal, y los capturados en el intento son retornados a Cuba.
Los que clamaron ese día por la intervención humanitaria, a sabiendas de que eso significaría la destrucción del país, no pueden hacerse ilusiones. El propio Bob Menéndez dejó establecido que Estados Unidos no pretende intervenir ni permitir un éxodo masivo desde Cuba. Las soluciones tendrán que ser encontradas y aplicadas entre cubanos.
En este inédito escenario, dos preguntas se hacen los que conocen poco, o mal, al pueblo y gobierno de Cuba:
– ¿por qué una población sale de pronto a las calles a expresarse políticamente, de manera clara y terminante, en rechazo a una política gubernamental que parecían acatar?
– ¿por qué las fuerzas del orden la emprendieron con violencia y saña contra manifestantes pacíficos, mientras brillaban por su ausencia cuando grupos violentos saqueaban tiendas y volcaban carros patrulleros?
Esta semana tuve la desdicha de escuchar a una periodista extranjera referirse despectivamente a los protestantes en Cuba como: «marginales, delincuentes y alcoholizados». Entre ellos pudo haber algunas personas así, pero predominaron estudiantes y profesores de nivel medio y superior, profesionales e intelectuales, obreros y campesinos, empleados y desempleados, jóvenes y viejos. ¡Más respeto, por favor, para el pueblo del país que la acoge!
Hace tres días fue 14 de julio, fecha de la toma de La Bastilla, no puedo menos que recordar a los pares de esos hombres y mujeres del 11-J: los sants culottes de los barrios pobres parisinos de 1789 y sus heroicas compañeras, que dieron la clarinada histórica para poner fin al viejo régimen aristocrático y servil. Parece que otra vez le ha tocado a los sectores del pueblo que sobreviven en la inopia y a los jóvenes rebeldes salir a la calle a gritar por todos los que aún no se atreven a usar su voz.
Es que ese pueblo cubano empobrecido, mal vestido, de habla vulgar, ocupante de casas pequeñas y humildes barbacoas, que tanto gustan de fotografiar los turistas extranjeros, hace mucho que anhela expresar sus convicciones políticas libremente. Si no lo hacía con vehemencia antes era por el respeto y magnetismo que irradiaba Fidel y por el vasto y eficaz sistema de control de las expresiones políticas que estableció. Dicho sistema, aunque aún funciona, ya no puede conservar el monopolio de la información y la comunicación ante la extensión de internet y las redes sociales.
Otra vez le ha tocado a los sectores del pueblo que sobreviven en la inopia y a los jóvenes rebeldes salir a la calle a gritar por todos… (foto: Alexandre Meneghini / Reuters)
Si el pueblo no lo hizo de esta manera durante la conducción de Raúl fue porque este abrió un proceso de eliminación de prohibiciones anacrónicas, promovió debates colectivos y proyectó reformas que dejaban un atisbo de luz al final del túnel y revivían las esperanzas de que sobrevinieran cambios.
Sin embargo, la posposición de las transformaciones de un año para otro, la presencia activa de la población en las redes sociales y el fiasco de constatar que la Constitución 2019, el VIII Congreso y la dirección del nuevo secretario/presidente serían solo continuidad de lo anterior; hicieron al país llegar a la crisis actual del sars-cov-2 con un extraordinario potencial conflictivo. Las consecuencias predecibles de la aplicación de la redolarización plástica y de la Tarea Ordenamiento hicieron el resto.
En la jornada del 11−J confluyeron tanto la ira popular como el temor del gobierno a perder el poder. Los obstinados salieron a gritar sus consignas improvisadas sobre la marcha, y desfilaron sin orden ni concierto, mientras filmaban lo que hacían con sus móviles para mostrar al mundo que habían perdido el miedo a hacerse escuchar.
Cuando lo ocurrido en San Antonio de los Baños se hizo viral en las redes sociales, las manifestaciones se extendieron espontáneamente. Las piedras llovieron sobre las odiadas tiendas en MLC, muchos aprovecharon para saquear y destruir —como ocurre en medio de acontecimientos como estos— y las autoridades comprendieron que era hora de cortar la internet e iniciar la represión porque: «La calle es de los revolucionarios».
Los efectos de esa confrontación fratricida fueron vistos en todo el mundo y estremecen hoy a los que apenas estamos recuperando el servicio de internet. Restañar las heridas de estos días y sobrepasar este momento difícil exigirá valor, mesura y tacto político al gobierno y a sus oponentes. La hora actual de Cuba es más para el diálogo y la persuasión que para las redadas y los encarcelamientos.
Los extremismos han de ceder el puesto a las posiciones consensuadas, pues no creo que haya regreso posible al diez de julio. El pueblo tuvo su 11-J y la gran mayoría de los que gritaron: «¡Libertad!» y «¡Patria y Vida!» no estaban pagados por el imperio ni ignoraban la trascendencia de lo que estaban viviendo. El gobierno debería hacer control de daños y poner en práctica cuanta medida conduzca a un diálogo nacional.
El Gobierno/Partido/Estado tiene que entender que el pueblo exige cambios en la economía, la sociedad y la política. Para que continúe el socialismo y la independencia, habrá que romper definitivamente con el inmovilismo y la soberbia burocrática. Mientras termino el post se anuncian nuevas medidas flexibilizadoras por parte del gobierno a la entrada de medicinas y alimentos y la estimulación empresarial. Buena señal. El poder del pueblo del 11-J, ese sí es poder.

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