HAVANA CLIMA

socialismo burocrático

Nicolae Ceaușescu: metamorfosis y caída de un dictador

En los años setenta del siglo pasado circulaba un chiste, según el cual el mundo era una larga carretera que se bifurcaba en dos caminos. En un primer carro iba el presidente de los Estados Unidos. El chófer pregunta por cuál de los dos caminos tomarían y Richard Nixon responde: «siempre por la derecha». El segundo automóvil era un Zil soviético y ante la misma pregunta del chófer, Leonid Brezhnev respondió: «siempre por la izquierda». En el tercer automóvil iba el presidente rumano Nicolae Ceaușescu y ante igual interrogante indicó a su conductor: «ponga los indicadores para la izquierda, pero tome hacia la derecha».
En agosto de 1968, en ocasión de la invasión a Checoslovaquia, el presidente rumano se desmarcó del resto de los países del Pacto de Varsovia y no solo se negó a invadir aquel país, sino que condenó abiertamente la decisión de los líderes soviéticos, respaldada por Alemania Oriental, Polonia, Hungría y Bulgaria. Convocó a un mitin en el que afirmó: «La invasión a Checoslovaquia es un grave error, una gran amenaza para la paz en Europa y al futuro del socialismo en el mundo. Es completamente inaceptable que los países socialistas invadan la libertad y la independencia de otro país».
Llevaba tres años en el poder, pero a partir de allí llamó la atención de los principales líderes capitalistas, varios de los cuales visitaron la capital rumana —entre ellos Richard Nixon— y lo invitaron a realizar visitas de Estado, además de ofrecerle créditos para facilitar importaciones de maquinarias y bienes industriales.
Rumanía alcanzó un estatus parecido al que gozaba Yugoslavia desde fines de los cuarenta, cuando el régimen de Josip Broz Tito fue expulsado del Buró de Información de Partidos Comunistas y Obreros (Kominform) por su disputa con Stalin. Eran dos países comunistas «diferentes» para la política exterior de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN.
No importaba que sus gobernantes respectivos tuviesen poderes casi absolutos, ni que se reprimiera cualquier tipo de oposición, sino que mostraban una política exterior relativamente independiente de la Unión Soviética. En virtud de ello, se incrementaron las relaciones comerciales entre Rumanía y los países capitalistas y fluyeron hacia el país balcánico recursos financieros de préstamos que incrementaron notablemente su vulnerabilidad financiera externa a partir de la segunda mitad de la década del setenta.
Rumanía fue el primer país del Pacto de Varsovia que reconoció y estableció relaciones con la República Federal Alemana, ingresó al Fondo Monetario Internacional, al Banco Mundial y al Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio. Ceaușescu personalmente contribuyó a allanar el camino para las conversaciones entre China y Estados Unidos que condujeron a la vista de Nixon a Beijing en 1972, así como a la visita del entonces presidente egipcio Anwar El-Sadat a Israel. Mantuvo relaciones tanto con Israel como con la Organización para la Liberación de Palestina. En 1984 se negó a secundar el boicot soviético y de otros países del bloque comunista a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles.
Richard Nixon y Nicolae Ceaușescu en Bucarest, 1969.
El camino al poder
Nicolae Ceauseșcu (1918-1989) nació en una familia campesina pobre en la localidad de Scornicești, a 160 kilómetros de Bucarest. A los diez años marchó a la capital y en 1932 ingresó al Partido Comunista Rumano. Pasó la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial y de la ocupación nazi en cárceles y campos de concentración, donde estableció amistad con Gheorghe Gheorghiu-Dej, quien en 1944 asumió el liderazgo del Partido. Después de la guerra, se convirtió en un cercano colaborador del líder y ocupó importantes posiciones políticas, sobre todo cuando los comunistas se hicieron con el poder total desplazando a los demás partidos antifascistas.
A diferencia de otros países, la llamada facción «nacional» resultó más estalinista que la «moscovita» —integrada por quienes regresaron con la ocupación soviética, sobre todo en lo relativo a la colectivización forzosa de las tierras campesinas impuesta por Gheorghiu-Dej. Cuando se produjo la crítica a Stalin en la URSS, a partir del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), la dirigencia rumana se resistió a condenar abiertamente al estalinismo, aunque tampoco se enfrentó al liderazgo soviético de forma abierta, como hicieron los líderes comunistas chinos y albaneses.
Ceaușescu ascendió rápidamente en el núcleo de poder. Sin haber sido miembro de ejército alguno, recibió el grado de general y se desempeñó como viceministro de Defensa a cargo de la sección política de las fuerzas armadas entre 1950 y 1954. A partir de ese último año se convirtió en miembro del Buró Político del Partido. Al morir su mentor, en 1965, fue nombrado secretario general del Partido tras vencer en la carrera por el liderazgo a Gheorghe Apostol. En 1967 asumió también la jefatura del Estado.
Se dedicó entonces a promover a personas de su confianza en las principales posiciones del Partido y el gobierno y apartó a la mayor parte del equipo de Gheorghiu-Dej. Paulatinamente promovió a su esposa Elena hasta convertirla en la segunda persona con mayor poder.
En 1971 realizó un viaje a China, Corea del Norte, Vietnam y Mongolia. A pesar de la ruptura ideológica sino-soviética, y quizás por ella, decidió estrechar vínculos con el régimen maoísta. Al parecer, quedó impactado por el culto a la personalidad que se rendía a Mao Zedong y a Kim Il sung en sus respectivos países y decidió algo similar en Rumanía. En el apogeo de la ridiculez los medios de comunicación rumanos le llamaban «Conducator» (título que usó también el fascista Antonescu en su gobierno), «Gigante de los Cárpatos», «Gran Arquitecto», entre otros.
En el discurso pronunciado el 6 de julio de 1971 ante el Comité Ejecutivo Político del Partido Comunista Rumano (PCR), conocido como «Tesis de Julio», lanzó un llamado a «reforzar la educación marxista-leninista y la actividad político-ideológica» del Partido, que se tradujo en el incremento de la censura cultural, de la propaganda política y de los mecanismos de movilización ideológica. Todo ello se acompañó de una campaña nacionalista, en la que se intensificaba el culto a su personalidad, apoyado en el fortalecimiento de la temida Securitate.
En la medida en que reforzaban su poder autocrático y su megalomanía, se enfrascaba en proyectos faraónicos que afectaron gravemente la economía rumana. Entre ellos, la construcción del «Palacio del Pueblo», que sería la sede del Parlamento (en la actualidad aloja además al Museo del Totalitarismo). El segundo edificio público más grande del mundo requirió la mudanza obligatoria de 40.000 familias; se demolieron doce iglesias y tres sinagogas y 700 arquitectos y más de un millón de rumanos trabajaron en sus obras. Como se prohibió a sus constructores realizar importaciones, se construyeron fábricas para producir en el país aquello que era necesario de acuerdo con los diseños, aunque su producción tuviera solo aquel destino.
Palacio del Pueblo
La crisis económica y social
En la década del setenta, el PIB de Rumanía creció a una tasa promedio anual de 9,9%, (1) favorecida por las inversiones estatales orientadas a alcanzar una industrialización sobredimensionada y a los créditos occidentales, así como a condiciones internacionales favorables derivadas del tratamiento especial que recibía debido a su política exterior independiente de la URSS. En consecuencia, creció notablemente la deuda externa del país, de 1,2 mil millones de dólares estadounidenses (USD) en 1971 a 13 mil millones en 1982.
Sin embargo, a fines de la década de los setenta empeoraron las condiciones económicas, debido al aumento de los precios de los combustibles y de las tasas de interés internacionales, lo que obligó al gobierno a solicitar una línea de crédito al Fondo Monetario Internacional. La posición financiera externa se había deteriorado mucho, especialmente debido al incremento del déficit en la balanza comercial y de la cuenta corriente de la balanza de pagos. De acuerdo a UNCTADStat (2022), el déficit en el comercio de bienes pasó de 558,4 millones de USD en 1977 a 1.551,7 millones en 1978 y a 2.064,5 millones en 1979.
Rumanía fue uno de los países socialistas más golpeados por la crisis de la deuda externa de 1981-1982, debido a que el gobierno se negó a renegociar los pagos del servicio de la misma ante sus acreedores, lo que produjo la cancelación de líneas de préstamos internacionales. Ceaușescu decidió adoptar un plan de austeridad económica para pagar la deuda en pocos años, mediante el incremento de las exportaciones —incluso de parte de la producción de alimentos usualmente destinada al consumo doméstico— y la reducción de las importaciones, de forma tal que el déficit comercial se transformara en superávit. En la práctica, ello significó el establecimiento de una situación de «cuasi-autarquía» económica, que afectó a la economía en general y al nivel de vida de la población en particular.
Las medidas de austeridad adoptadas durante los ochenta incluyeron el restablecimiento del racionamiento en la distribución de alimentos; supresión de la calefacción; cortes de energía eléctrica (de hecho, cuando había electricidad solo se permitía el uso de bombillas de 40w) y del suministro del gas natural. En marzo de 1989 se había pagado casi toda la deuda a costa de un inmenso sacrifico económico y social. A pesar de ello, no solo se mantuvieron los racionamientos de carne, huevos, leche, azúcar y otros alimentos, sino que se hicieron más estrictos. En el invierno de 1988, varios cientos de ancianos murieron debido a la hipotermia.
Del dirigente comunista independiente de Moscú y abierto a las relaciones con Occidente, Ceaușescu aparecía ahora como un dictador megalómano, despiadado y dispuesto a sacrificar a su pueblo para conservar el poder. Mientras tanto, la propaganda oficial seguía insistiendo en el «futuro promisorio del socialismo», tal y como quedó reflejado en los XIII y XIV Congresos del PCR, efectuados en 1984 y 1989.
Entre 1980 y 1989, el PIB creció solo un 1,7% promedio anual. Sin embargo, en 1987 apenas se incrementó un 0,8%; en 1988 se contrajo a -0,5% y en 1989 a -5,8%. Mientras tanto las autoridades, y muy especialmente la pareja Ceaușescu, que disfrutaban de lujos versallescos, daban muestras de ignorar las dificultades en la vida de la inmensa mayoría de los rumanos.
Las duras condiciones de vida de la población provocaron sucesivas protestas sociales. En septiembre de 1983 se produjo una huelga en siete minas de Maramures. En noviembre de 1984 ocurrió otra de los trabajadores industriales de Cluj-Napoca, así como en la fábrica de vidrio de Turda, en protesta por la reducción de salarios y de raciones de pan. En febrero de 1987 estallaron protestas de miles de trabajadores y estudiantes en la ciudad industrial de Iași y 150 obreros fueron expulsados de sus trabajos.
En noviembre de 1987, cerca de 20.000 trabajadores de la planta de Steagul Rosu, la fábrica de tractores y la hidromecánica declararon una huelga masiva en la ciudad industrial de Brasov, contra la reducción de salarios decretada por el gobierno y la propuesta de reducir 15.000 empleos. En este último caso, alrededor de trescientos participantes fueron procesados y condenados a penas entre seis meses y tres años.
Protestas en Timișoara contra Nicolae Ceaușescu.
La caída
En marzo de 1989, seis antiguos altos dirigentes del PCR —Gheorghe Apostol, Corneliu Mănescu, Alexandru Bârladeănu, Silviu Brucan, Constantin Pîrvulescu y Grigore Răceanu— publicaron una carta abierta en la que criticaban las políticas de Ceaușescu, así como su estilo autoritario y la ausencia de democracia partidista.  Lo acusaban de traicionar al socialismo, no respetar los derechos humanos y conducir al país a un desastre. No exigían la democratización del país sino del Partido, así como el fin de las políticas represivas del régimen.
La carta fue divulgada por diversos medios occidentales, incluyendo Radio Europa Libre y la Voz de América. Todos fueron detenidos e interrogados por la Securitate, sin embargo, no se adoptaron medidas extremas contra ellos debido a que algunos mantenían vínculos con el Kremlin e incluso con la KGB y aunque Ceaușescu se había desmarcado abiertamente de las reformas de Gorbachov en la URSS, temía ser derrocado por un golpe de Estado.
El XIV Congreso del PCR, efectuado entre el 20 y el 24 de noviembre de 1989, aprobó el rumbo de la política de Nicolae Ceaușescu y lo ratificó como secretario general. Mientras, en otros países del bloque soviético comenzaba el derrumbe de sus respectivos regímenes. Con la retórica característica del socialismo burocrático, durante el congreso se convocó a modernizar la industria, especialmente la ligera y la alimentaria, y a elevar el rol del Parlamento en la conducción del país.
No obstante, la crisis económica, el deterioro del nivel de vida y la férrea represión habían ahondado la fractura del consenso político, ya evidente desde años atrás. Adicionalmente, se había desatado una campaña nacionalista contra la minoría húngara de Transilvania, debido al inicio de una corriente migratoria de estos hacia Hungría, que era el más avanzado en reformas económicas dentro del socialismo.
En diciembre de 1989 estallaron protestas en Timișoara que reclamaban la renuncia del dictador y el establecimiento de libertades cívicas, pero fueron reprimidas violentamente por la Securitate, la policía local e incluso fuerzas militares por órdenes directas de Nicolae y Elena Ceaușescu.
Para entonces, había caído el Muro de Berlín; debido a protestas populares en sus respectivos países habían renunciado Erich Honecker en Alemania Oriental, Todor Zhivkov en Bulgaria y Gustav Husak en Checoslovaquia; mientras que en Polonia Wojciech Jaruszelski gobernaba en cohabitación con un gabinete mayoritariamente de Solidaridad. En todos ellos, además de Hungría, se perfilaban elecciones libres para el año siguiente. Todo ello era conocido por la población rumana a través de las noticias difundidas por medios radiales occidentales.
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La caída se produjo el 21 de diciembre, al día siguiente del regreso de Ceaușescu de una visita a Irán, para cuando estaba convocado un mitin de reafirmación del apoyo popular a su gestión. En principio fue una convocatoria típica de las escenificadas bajo el llamado «socialismo real», con banderas rojas y carteles de apoyo al PCR y al socialismo, inmensas fotos de Nicolae y Elena, y una primera fila de disciplinados apparatchiks aplaudiendo sin cesar. Pero solo ocho minutos después de comenzar el discurso del máximo dirigente, se escucharon protestas desde la parte trasera de la multitud que fueron creciendo ante la mirada atónita del dictador y de los dirigentes que ocupaban la tribuna.
Poco después, una marea humana rompió el cordón de seguridad que impedía el acceso al edificio del Partido desde cuyo balcón hablaba Ceaușescu.  Lo demás es conocido: las fuerzas armadas le retiran el apoyo, enfrentamientos en las calles entre civiles y miembros de las fuerzas de seguridad, intento de fuga de la pareja gobernante en un helicóptero, posterior captura, juicio sumario y fusilamiento. Mientras tanto se derrumbaba el viejo orden y se instauraba un gobierno provisional de un «Frente de Salvación Nacional» encabezado por Ion Iliescu, antiguo dirigente comunista defenestrado por Ceaușescu e integrado por otros dirigentes provenientes de las filar del PCR.
En Rumanía confluyeron las peores características de la crisis del socialismo: la economía en profunda crisis sin solución dentro del modelo predominante; una dirigencia que hacía caso omiso a las realidades políticas y sociales; el desprestigio del Partido Comunista y sus dirigentes; las duras condiciones de vida de la población y la imposibilidad de que la propaganda y la movilización política pudieran ofrecer esperanzas respecto a un mejor futuro inmediato. Todo esto, unido a la violencia con que se reprimían las protestas sociales y la disidencia, resultó una mezcla explosiva que condujo al derrumbe de un régimen totalitario del socialismo burocrático con derramamiento de sangre.
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(1) Cálculos del autor con base a UNCTAD (2022).

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El Ejército, la República y el Socialismo

El incendio ocurrido en la Base de Supertanqueros de Matanzas desde la noche del 5 de agosto de 2022, superó las fuerzas y capacidades de los cuerpos de bomberos pertenecientes al Ministerio del Interior, tanto en su adiestramiento como en la disponibilidad de tecnología para rebasar los efectos destructivos del siniestro, un hecho sin precedentes en la historia reciente de la Isla.
Entre los fallecidos figuran varios adolescentes que se encontraban en cumplimiento del servicio militar obligatorio. Según los familiares de las víctimas, algunos de ellos apenas recibieron una preparación que no superaba los quince días. Sin embargo, fueron enviados a la zona del desastre a pesar de ser un hecho que desafiaba la capacidad de los más aptos profesionalmente para enfrentar una eventualidad de tal magnitud. La muerte de los inexpertos profundiza el infortunio de sus familiares y potencia en la esfera pública el debate sobre la abolición del ejército.
Resultan sobradamente conocidas las alternativas de las familias de clase alta —mediante la corrupción económica y el tráfico de influencias— para evitar que sus hijos pasen por tan exigente periplo. Ello provoca que en las unidades militares estén asignados mayormente aquellos descendientes que provienen de sectores humildes, quienes pierden su vida o sufren lamentables accidentes en períodos de paz.
Eso resultaría evitable con una preparación responsable, así como mediante la instauración de milicias alejadas de prácticas nocivas a la integridad humana. Tal concepción sería enteramente consecuente con los ideales socialistas que el gobierno dice defender. Además, optimizaría los recursos destinados a la defensa del país, al fomentar valores populares en la instrucción de bases formativas que se deben sustentar en la preparación no definida por el abuso de poder, actualmente llevado a cabo por una gubernatura acostumbrada al método de ordeno-mando.
En tal sentido, el presente texto establece un recorrido sobre la abolición y/o democratización del ejército entre diversas corrientes del pensamiento socialista, que en caso de abogar por su mantenimiento, poseen una concepción distanciada de toda idea despótica en torno a la funcionalidad de su proyección republicana.

Las fuerzas armadas han servido como herramienta de las burguesías nacionales para acometer procesos bélicos encaminados a la expansión y reproducción del capital, cuya maquinaria deshumanizadora fue calificada por el economista David Harvey como proceso de acumulación por desposesión, llevado a cabo por los países del Norte mediante relaciones desiguales de intercambio. Se establece así una continuidad en las prácticas originarias que dieron lugar al actual sistema capitalista mundial.
David Harvey en su despacho de la City University of New York (CUNY) (Foto: Abel Albet)
La instauración obligatoria del servicio militar tiene su génesis en la modernidad, bajo el mando imperial de Napoleón Bonaparte, según refiere el intelectual republicano/socialista Antoni Domènech en su obra El eclipse de la fraternidad (2004). Este edicto generó un profundo malestar entre las clases bajas en Francia a inicios del siglo XIX, al socavar las bases fraternales y populares del republicanismo en función de los intereses de la burguesía.
Las ideas de Marx sobre la abolición del ejército fueron contundentes en sus análisis de la Comuna de París, para la conformación de una sociedad basada en la primacía de preceptos igualitarios. Ellas fueron plasmadas en su libro La guerra civil en Francia (1871), cuando afirma: «…El primer decreto de la Comuna fue la supresión del ejército permanente para sustituirlo por el pueblo armado».
Vladimir Ilich Lenin, en su obra El Estado y la Revolución (1917), aseveró que la abolición del ejército era una de las premisas del régimen socialista como paso necesario para el cese de los antagonismos de clases, al tiempo que pondría fin a la maquinaria burocrático-militar, responsable del sostenimiento de las elites sobre las masas desposeídas. En uno de sus pasajes expresa:

«El ejército permanente y la policía son los instrumentos fundadores de la fuerza del Poder estatal. Pero ¿puede acaso ser de otro modo? (…) Se forma el Estado, se crea una fuerza especial, destacamentos especiales de hombres armados, y cada revolución, al destruir el aparato estatal, nos muestra la descubierta lucha de clases, nos muestra muy a las claras cómo la clase dominante se esfuerza por restaurar los destacamentos especiales de hombres armados a su servicio, cómo la clase oprimida se esfuerza por crear una nueva organización de este tipo que sea capaz de servir no a los explotadores, sino a los explotados».

Mientras la socialdemocracia europea apoyó el militarismo nacionalista en la disputa de dimensiones imperiales que ocasionó el desenlace de la I Guerra Mundial, Lenin había manifestado la voluntad de acometer la extinción del Estado —fiel a los preceptos del marxismo—, con el propósito de quebrar la esencia fundamental de su poderío. Al respecto planteó:

«La burocracia y el ejército permanente son un parásito adherido al cuerpo de la sociedad burguesa, un «parásito» engendrado por las contradicciones internas que desgarran a esta sociedad, pero, precisamente, un parásito que «tapona» los poros vitales (…) merece especial atención la profundísima observación de Marx de que la abolición de la máquina burocrático-militar del Estado es «condición previa de toda verdadera revolución popular».

El decursar de la primera revolución proletaria del siglo XX, sin embargo, condujo a la burocratización del Estado, al predominio de jerarquías en el ejército y a su sostenimiento como mecanismo represivo junto a los órganos de Seguridad. De esta forma, el régimen ruso evolucionó hacia la instauración de formas opresivas en sus relaciones de producción predominantes.
Este hecho permitió que algunos especialistas lo calificaran como «imperialismo», debido a: sus intereses expansionistas, que coartaron las libertades democrático-civiles en los países del este europeo; sus pactos de distribución territorial con el régimen nazi-fascista y el socavamiento mediante las armas de movimientos populares como los de Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968), en contra de la soberanía nacional y el principio de «libre autodeterminación de los pueblos».
El giro que adoptara la nomenklatura bolchevique con su influencia en las esferas de poder se consolidó entre 1927-1929, cuando el terror estalinista optó por liquidar toda esencia revolucionaria. Las últimas batallas de Lenin, hasta su muerte en 1924, se concentraron en quebrar el poderío burocrático de la maquinaria política que él mismo había contribuido a establecer.
En esa dirección se encaminaron los esfuerzos de León Trotski antes de que fuera deportado de la URSS. El insigne revolucionario había sido clave en la fundación del Ejército Rojo y un ferviente partidario de su democratización, tiempo antes de que degenerara en feudo de aristócratas distanciados de todo interés de representación social.
León Trotski da un discurso a soldados del Ejército Rojo.
El teórico marxista Tony Cliff, partidario de una concepción socialista «desde abajo», de forma que el control de los medios de producción estuviera en manos de la clase trabajadora, en su obra Capitalismo de Estado en la URSS (1947), analizó el fenómeno del militarismo como una de las más plausibles expresiones de su carácter reaccionario, al afirmar: «el fortalecimiento del Estado ruso, su totalitarismo creciente, solo puede ser el resultado de profundos antagonismos de clase y no de la victoria del socialismo».
Cliff era defensor del principio democratizador en las fuerzas armadas como forma de evitar los abusos de poder, la corrupción y el tráfico de influencias en la institucionalidad uniformada, cuya garantía más certera encuentra mayor viabilidad con la instauración de un cuerpo representado por las bases populares. En tal sentido, expresó:

«Los mandos, los comisarios políticos y aquellos que tenían autoridad en el ejército rojo, empezaron a aprovecharse de sus nuevos puestos en beneficio propio. Trotski les lanzó fuertes críticas; el 31 de octubre de 1920, por ejemplo, en una carta dirigida a los Consejos Militares Revolucionarios de Frentes y Ejércitos, condenó el uso, por las autoridades, de coches oficiales “para elegantes fiestas, ante los ojos de los agotados soldados del Ejército Rojo”. Habló furioso de los mandos que se visten con extrema elegancia mientras los luchadores andan semidesnudos, y denunció las juergas de mandos y comisarios».

El Ejército, la República y el Socialismo en Cuba
El triunfo del proceso revolucionario cubano en 1959, estuvo signado desde fases tempranas por las contradicciones de la Guerra Fría. La inviabilidad del liderazgo nacional en acometer vías sustentables para garantizar la independencia económica ante la hostilidad del imperialismo estadounidense, provocó que la Isla quedara vinculada al bloque conocido como «campo socialista», aunque estudios posteriores de economía política aseveran que ese régimen jamás existió al interior de las fronteras de los países que se identificaban bajo dicho signo político, encabezados por sus Partidos Comunistas.
En los referidos modelos se impuso una concepción que defendía el precepto de partido único de vanguardia, y denostaba los principios de representatividad republicanos, considerados como burgueses. En la praxis, tales fundamentos tributaron al anquilosamiento del aparato burocrático-militar de matiz excluyente, expresado tanto en la deficiente participación política de la ciudadanía como en la falta de transparencia de la gestión pública e impunidad de sus cuadros. Así, se echaban al vacío los postulados de la Ilustración sobre los que se sustentan las bases democráticas del republicanismo.
En los denominados modelos del «socialismo real», existió una amplia expansión de las relaciones monetario-mercantiles, predominio del trabajo asalariado bajo una hegemonía sustentada por la propiedad estatal (no socializada) sobre los medios de producción, relaciones verticales de dominación económica, cooptación de los intereses de la clase trabajadora y diversos sectores de la sociedad civil bajo lógicas autoritarias, como analizó el teórico italiano Antonio Gramsci, sumado a una enajenación del fruto del trabajo por parte de los productores.
Antonio Gramsci
De igual forma, se establecieron irresolubles conflictos en el campo arte-política que limitaban la plena realización humana —advertidos por notables exponentes del socialismo, como Rosa Luxemburgo—, la extensión de patrones desarrollistas altamente contaminantes que no fueron capaces de generar bienestar social, la represión hacia otras tendencias o corrientes de pensamiento, la instauración de una economía militarizada que sirvió como mecanismo de vigilancia interna, así como la adopción de estrategias intervencionistas en estados vecinos.
Esta realidad ha conllevado a que numerosos autores consideren a tales sistemas como sociedades en las que predominó un régimen «capitalista de Estado» (Tony Cliff), de carácter posrevolucionario/prehistórico (Inmanuel Wallerstein), con un fuerte matiz burocrático (Ernesto Che Guevara), anti-popular (Ernest Laclau), negacionista del marxismo (Herbert Marcuse), con expresiones neo-feudales en su estructura sistémica (Alan Touraine), que demostraron su inviabilidad en establecer ciclos de reproducción de las riquezas bajo formas institucionalizadas eficientes (Michael Lebowitz), lo que condujo al fomento de un mercado paralelo altamente referencial (Eric Hobsbawn).
Por ende, la abolición del ejército en el imaginario político de estos modelos no estaba concebida de acuerdo a los preceptos socialistas. Su existencia era condición necesaria para el mantenimiento de oligarquías que transitaron hacia sistemas neoliberales encabezados por las propias figuras que decían defender los preceptos del «comunismo», aliados a las fuerzas del capitalismo y traicionando los ideales emancipatorios que movilizaron a sus pueblos en defensa de las causas de los oprimidos.
En Cuba, la instauración de milicias voluntarias sería el mejor antídoto contra los anhelos intervencionistas de cualquier nación extranjera y frente a los abusos del poder estatal, que en el caso antillano presenta además escandalosas evidencias de corrupción en su empresariado militar. De igual forma, el actual diseño ofrece escasa preparación técnica a los reclutas y resulta incapaz de sembrar valores humanistas entre los soldados, debido al bonapartismo predominante en su oficialidad, lo que suele transformarse en expresiones de rebeldía por parte de los subordinados.
La adopción de esta forma de ejército reduciría la ocurrencia de hechos lamentables ante la irracionalidad de las órdenes superiores y haría más eficientes los recursos defensivos, al instaurar una mentalidad descolonizada en las tropas dispuestas al sacrificio de sus intereses de clase, contrario a los designios de las autoridades estatales. Dicha proyección está en consonancia con los preceptos del republicanismo socialista y las ideas marxistas, alejada de toda visión oligárquica de la democracia que caracteriza a la actual dirigencia política, revestida de un falso ropaje «progresista y popular».

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Poco, tarde y enredado

En el 9no período de sesiones de la Asamblea Nacional de Cuba, celebrado a finales de julio, se anunciaron numerosas medidas con la intensión de influir en algo sobre el modelo económico imperante. El presidente Díaz-Canel, en una intervención del 21 de julio ante la Comisión de Asuntos Económicos, precisó: «Todo lo que vayamos a hacer, será siempre salvando el socialismo, no vendiendo ni privatizando el país; podemos tener ahora privaciones y carencias, pero tenemos dignidad humana y seguridad para vivir, así como conquistas sociales que permiten un acceso gratuito a la Salud y la Educación, para todos, sin distinciones». Con permiso de Díaz-Canel, algunas precisiones se imponen:
Empiezo por comentarle que todo el lenguaje empleado —como se ha venido haciendo desde el VII Congreso— resulta en extremo enredado, difícil de comprender hasta por especialistas; una suerte de neolengua cantinflesca de la que se dificulta aprehender el núcleo central de cada frase o medida y, para colmo, saturada de triunfalismo. No es solo mi criterio, sino el de no pocos economistas y sociólogos. Me limito a citar el juicio responsable de un conocido sociólogo y economista, Carlos García Pleyán, quien ha subrayado: «Es sorprendente y preocupante el nivel de abstracción o la falta de concreción» presente en la mayoría de los documentos presentados.
Si por socialismo entendemos el inoperante modelo de estatización absolutista  y de monopólica gestión económica, de escaso parentesco con las ideas de Karl Marx y mucha imitación de las aberrantes fórmulas del estalinismo, agotado ya hace décadas, podemos decir con certeza que ese modelo no merece ser salvado. Las privaciones y carencias han alcanzado un nivel en extremo crítico —como nunca antes—, y eso incluye a los simbólicos servicios de salud y educación, buenos ejemplos del pasado distante.
Nadie sugiere vender ni privatizar el país, aunque sí introducir una remodelación integral del presente modelo y sus chapisteos de hace apenas un año. Se trata de una remodelación multi-estructural, con amplios espacios para los sectores de propiedad privada, inversión extranjera, mixta y estatal; mas no para las calendas griegas, la urgencia se transforma en imperativo a muy corto plazo dada la caótica situación existente.
No creo que chinos y vietnamitas hayan vendido ni privatizado sus países. El socialismo de mercado en una sociedad multi-estructural, es un recurso válido y exitoso en estos tiempos sin apadrinamientos tutelares a lo soviético y en pleno apogeo de la globalización.
En este punto, vale traer a colación lo que no pocos economistas cubanos en la Isla gustan citar pues le reconocen más audiencia y credibilidad: Silvio Rodríguez, el cantor por excelencia de la Revolución cubana, quien ha sido preciso al destacar: «Mi opinión personal es que las experiencias de China y Vietnam son lo mejor hasta ahora: gobiernos socialistas, dirigiendo economías capitalistas. No estoy de hablando de calcar, sino de interpretar. Para mí es obvio que Cuba necesita revolucionar la Revolución».
Para mí es obvio que Cuba necesita revolucionar la Revolución. (Foto: Twitter @elpce)
¿Son las 75 medidas anunciadas la remodelación integral que al país urge? ¡Muy lejos de ello! Es cierto que se anuncian avances en materia de flexibilización de la importación por personas naturales con carácter no comercial (a lo que el Estado estuvo opuesto por más de tres décadas). Así habrá de fluir la pacotilla de no pocos bienes de consumo con más libertad y costos menores para familiares y amigos en Miami y otras latitudes de la emigración cubana, que en menos de un año agrega ya 160 000 personas más.
Otro ángulo no menos positivo, es la formación de un nuevo mercado para la compraventa de divisas, lo que deberá ampliar en medida considerable el sector y actividades vinculados a este proceso, que amplía los niveles de dolarización (aunque ello se niegue por los medios oficiales) tanto para cubanos como para visitantes. Todavía no se han anunciado los tipos de cambio, pero ya ha llegado a su fin el arbitrario e insostenible recurso oficial de 24×1, en tanto en los mercados informales el cambio ha oscilado en 120×1.
No menos importante es el propósito —tantas veces anunciado desde hace décadas— de identificar todas las posibilidades para incrementar los ingresos en divisas e impulsar las producciones nacionales, industriales y agro-pecuarias y procurar el equilibrio financiero del sector presupuestado. Optimismo rampante para un país que muy poco hace para ingresar divisas, superar los déficits presupuestarios que se acumulan, con más de 500 industrias en franca bancarrota por décadas y el grueso de las restantes —como destaca en un trabajo bien documentado el economista José Luis Rodríguez—, clasificadas  como «sin avance»  o «avance bajo» desde hace décadas.
Brillan por su ausencia políticas y medidas que liberen a una agricultura completamente estancada por las políticas y mecanismos estatales que sigue imponiendo el Estado a los diversos sectores agrícolas (privado, UBPC, cooperativas), por medio de los mecanismos monopolistas que se siguen aplicando por intermedio del nefasto mecanismo de Acopio. Esto sigue erosionando directamente a cuatro de los pilares más apremiantes de la crisis en su situación actual: desayuno, almuerzo, comida y precios (inflación desbocada).
¿Cuántas medidas se promulgaron hace años para liberar las UBPC y dónde fueron a parar? A un fracaso estrepitoso, oficialmente reconocido. ¿Y dónde ha ido a parar la «racionalización» de la industria azucarera del 2002? Al peor desempeño en su historia.
¿Y dónde ha ido a parar la «racionalización» de la industria azucarera del 2002? Al peor desempeño en su historia. (Foto: Oscar Alfonso Sosa)
Otros aspectos clave, cuya ausencia o tratamiento completamente superficial son inexplicables en estas medidas, son los siguientes:
Deuda Externa: el tema es tratado como algo marginal y poco importante, pese a que Cuba logró a mediados de la década pasada la negociación más exitosa que ningún otro país en la etapa (gracias a las expectativas que despertó la coyuntura fallida de la normalización de relaciones con EE.UU.). Pero, como apunta con su buen tino, el economista Juan Triana: «Lamentablemente fue mal aprovechado, y hemos vuelto a caer en una situación insostenible. La deuda eleva el riesgo país, daña las finanzas y enturbia el ambiente de negocios, eleva el costo financiero de cualquier operación mercantil».
Son múltiples los casos de pésima gestión y falta de profesionalismo que ha desembocado en materia de financiamientos, inversiones y proyectos. Se pregunta Triana en este orden de cosas: «Alguien ha sido sancionado por eso, por contribuir a que Cuba pierda miles de millones para su desarrollo? O nos ponemos a tono con el mundo o nos quedamos fuera de él».
Inversión extranjera: se continúa anunciando la cartera de oportunidades desde hace una década, con proyectos evaluados en 3000 o 5000 millones de dólares. El caso que le hacen las grandes empresas, capaces de aportar capital y tecnologías, brilla por su ausencia; a excepción de algunos sectores como: ron, tabaco, níquel y turismo ¿Cuántos se han logrado instrumentar o poner en práctica? Se cuentan hasta ahora poco más de 285 proyectos establecidos, casi todos con empresas extranjeras pequeñas o medianas, excepto algunos que se localizan en la ZDEM (Mariel), en la que operan cuarenta y nueve proyectos y veintinueve reinversiones.
La ZEDM es un proyecto que apenas logra despegar hasta hoy. Ejemplo elocuente es que en el primer semestre del 2022 únicamente se concretaron nueve negocios por veinte millones. Entre 2020 y 2021, solo cuarenta y siete negocios fueron aprobados, pero exclusivamente veinticinco de ellos se han establecido. Todas estas cifras son de una indigencia enorme, con escasa gravitación sobre el desarrollo del país.
El proyecto de dar luz verde a la inversión extranjera en asociación con las MPYMES viene —como es habitual— acompañado de muy diversas restricciones, incluyendo la prerrogativa del Estado de determinar cuáles son las prioridades que le interesan y cuáles no, lo que —una vez más— amarra las manos de las MPYMES en su articulación efectiva con el sector externo. El ministro de Inversión Extranjera y Comercio Exterior, Rodrigo Malmierca, promete nuevamente actualizar la legislación vigente (Ley de Inversión Extranjera del 2014) a «fin de eliminar obstáculos» que limitan el acceso a la inversión extranjera, noción con la que vienen especulando desde hace ocho años sin efectos positivos hasta el momento. El propio Malmierca debió reconocer el pasado diciembre que los resultados deseados «no han sido alcanzados».
La crisis energética por la que atraviesa el país fue objeto de algunas observaciones e ideas de menor importancia (que las personas compren equipos de energía solar, que ni el Estado mismo tiene suficientes para cubrir sus necesidades, o el uso más generalizado de biocombustibles). No hubo un debate medular que indicara el camino. Plantea con razón el economista Triana: «¿Acaso para crecer no hace falta tener un sector energético sólido, moderno, eficiente y estable? Entonces cómo se resuelve la ecuación pollo versus kilowatt/hora?». Conclusión elemental: simple y llanamente, sin semejante sistema, la totalidad del funcionamiento económico y social se estanca, se degrada, paraliza y tiende a colapsar.
El sistema electro-energético nacional (SEN) de Cuba continúa descansando —desde hace más de cinco décadas— en veinte termoeléctricas (y apenas un 5% aportado por otras fuentes). Sin temor a equivocarnos, se puede afirmar que todas ellas, que eran un montón de cacharros de viejas tecnologías ya en el momento de su instalación por la Unión Soviética, hoy están degradadas en extremo.
Se puede afirmar que todas las termoeléctricas, que eran un montón de cacharros de viejas tecnologías ya en el momento de su instalación por la Unión Soviética, hoy están degradadas en extremo. (Foto: Néster Núñez)
Incluso las menos viejas, como Felton, Guiteras y Cienfuegos (tras su remodelación capital aportada por el chavismo), ya se han sumado a este desastroso estado. Excelente juicio al respecto proporciona el experto en la materia y conocedor directo del sistema cubano, Jorge Piñón, al razonar lo siguiente:

«When you keep running the equipment past its capital maintenance scheduled it falls into a downward spiral with no short-term solution» y advierte: «The announced scheduled blackouts are not insolidarity but rather a necessity to avoid a possible total collapse of the system». («Cuando el equipo sigue funcionando más allá de su mantenimiento capital programado, cae en una espiral descendente sin solución a corto plazo» y advierte: «Los apagones programados anunciados no son en solidaridad, sino una necesidad para evitar un posible colapso total del sistema»).

Es cierto también que Cuba ha acudido a Rusia en repetidas ocasiones en los últimos veinte años en búsqueda de las tan necesitadas modernizaciones capitales y nuevas plantas, encontrando solo promesas incumplidas hasta hoy; es verdad que el chavismo prometió villas y castillosen este terreno y apenas cumplió con la reparación de la termoeléctrica de Cienfuegos; y que los chinos han hecho —hasta ahora—, mutis por el foro en tan sensible tema.
No menos importante es destacar que en julio del 2016, Cuba firmó un memorándum de entendimiento con la firma alemana Siemens AG. De acuerdo a este documento, Siemens —en coordinación con las autoridades cubanas—, acometería el desarrollo de proyectos y provisiones de servicios en la generación de energía, transmisión y distribución; proyectos de energía renovable y automatización, además de aportar tecnologías para el suministro de energía y «futuras plantas de energía en Cuba».
Parecería sensacional, pero las autoridades de la Isla no han explicado hasta hoy por qué no se instrumentó semejante acuerdo. Lo mismo —si bien en menor medida— ha ocurrido con firmas británicas y españolas (parques eólicos con 100% de propiedad extranjera). Y, nuevamente, todo se diluyó en el tiempo por la pésima gestión empresarial a la que aludía Triana.
En abril del 2018 se anunciaba un posible acuerdo con la empresa francesa Total S.A. con vistas a re-gasificar (LNG) su SEN por semejante movida hacia el rediseño de una nueva política energética. El especialista Piñón congratulaba a los cubanos por semejante iniciativa. Cuatro años más tarde, ni un solo paso en esta dirección se había dado por Cuba, ni tampoco una explicación coherente. Y así llegamos al presente, donde presenciamos el cuasi colapso del SEN insular. Así se paga ahora este pésimo desempeño en materia de negociación y captación de IE, de capital y tecnologías.
Con estos antecedentes, la conclusión más atinada es la que el reconocido economista Humberto Pérez —asesor económico de Raúl Castro en otros tiempos, miembro del Buró Político y presidente de la Junta Central de Planificación entre 1970 y 1986—extendió en carta personal a Alejandro Gil Fernández, actual ministro de Economía y Planificación:

«Sólo te auguro, sin demasiado riesgo de fallar en este vaticinio, y deseando fallar, que veremos pasar el tiempo con un “cuartico que se mantendrá igualito” en lo fundamental, que nos llevará a valorar a estas 75 medidas actuales como un acumulado más de medidas insuficientes que nos conducen a un gran esfuerzo burocrático, pero que lo hoy aprobado, aunque puede renovar por el momento algunas esperanzas, no ha sido más que “más de lo mismo”, con la consiguiente pérdida sucesiva de cuotas de la confianza política que aún mantiene el gobierno entre la población». 

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La agonía del extremismo económico estatal

Cuando los bolcheviques tomaron el poder en Rusia en 1917, su objetivo no era la estatización inmediata de una economía que solo en los grandes núcleos urbanos mostraba algunas empresas con alto nivel de concentración capitalista. Fue la política coyuntural del Comunismo de Guerra (1918-1921), implantada a consecuencia de la guerra civil y la invasión extranjera, la que condujo al dogma de la absoluta centralización económica. Después, ya todo fue aplicar la «experiencia victoriosa de la Unión Soviética» en cualquier lugar del mundo donde los comunistas conquistaron el gobierno.
Tras la aparición del campo socialista se llegaron a establecer supuestas regularidades de la construcción del socialismo (1957), encabezadas por el establecimiento de la propiedad social socialista sobre los medios fundamentales de producción. En la práctica, se trataba de la imposición plena del dominio estatal sobre la inmensa mayoría de los medios de producción.
¿Es similar el caso cubano a lo acontecido en las economías socialistas europeas y la URSS? ¿Qué consecuencias trajo para la Isla estatizar al extremo la vida económica? ¿Cuál es el estado actual de la gestión económica estatal centralizada y su tendencia manifiesta?

-I-
La revolución democrática que en 1959 derrocó a la tiranía de Batista, inició el tránsito al socialismo con la adopción de medidas favorables a las mayorías que tenían un carácter redistributivo, o de ampliación de la pequeña y mediana propiedad a cuenta de los grandes propietarios nacionales y extranjeros.
Entre las primeras estuvieron: confiscación en beneficio público de bienes malversados, reducción de las tarifas eléctrica y telefónica, planes de becas, incremento de presupuestos e inversiones en salud y educación. Entre las segundas: leyes de reforma urbana y agraria, acordes con la Constitución del 40. Nada que ver aún con la nacionalización socialista al estilo soviético.
La afectación a los monopolios estadounidenses y los oligarcas cubanos originó los primeros choques con los Estados Unidos, que fueron in crescendo en la medida en que se incrementaba el apoyo del Norte a acciones terroristas y alzamientos contra la reforma agraria. El inicio de ese conflicto, en plena Guerra Fría, abrió las puertas a la alianza y colaboración geopolítica con la otra antagonista: la URSS.
Los acontecimientos se precipitaron y la inicial «revolución democrática y socialista» se radicalizó, al punto de tornarse más papista que el Papa. Apenas un lustro después, a partir del nivel de desarrollo alcanzado por las fuerzas productivas en el capitalismo republicano, Fidel planteaba la posibilidad de pasar directamente al comunismo a través del entusiasmo productivo y el desarrollo de la conciencia de las masas populares.
Para ello sería preciso establecer el dominio absoluto de la propiedad estatal y poner toda la mano de obra a su disposición, con o sin retribución, lo cual exigía  liquidar abruptamente las demás formas de propiedad mediante diversas vías. Una de ellas fue la Ofensiva Revolucionaria en 1968, que estatizó 57.600 pequeñas propiedades en la ciudad y el campo; pero incluía también la estatización forzosa de fincas privadas, una ley contra la Vagancia (1965) y la creación de asentamientos semiurbanos de campesinos enajenados de sus tierras. De esa forma, Cuba sobrepasaría al resto de los países socialistas, incluyendo a la URSS, en la extensión de la propiedad bajo control del Estado.
A partir de entonces, el Gobierno/Partido/Estado pudo emplear todas las potencialidades del país en realizar cuanto experimento se le ocurría, muchos de ellos descabellados. La guinda del pastel fue la Zafra de los Diez Millones (1969-1970). En función de ese designio colosal se tensaron todas las fuerzas durante dos años. Su fracaso daría al traste con el proyecto de un socialismo/comunismo cubano independiente de la URSS.

En consecuencia, desde 1971 se estableció en la Isla una versión extremista del modelo soviético de socialismo de Estado. Este se presentó como monopolio único —patrono, comerciante y empleador— en manos de un grupo burocrático-militar que hegemoniza la economía, la sociedad y la política mediante una planificación verticalista centralizada y con el empleo de todos los aparatos de control, físico y simbólico, de que dispone.
-II-
Medio siglo después, los resultados catastróficos de la estatización extrema saltan a la vista. Más allá de las consecuencias perniciosas del bloqueo estadounidense y los efectos de la situación pandémica, la economía insular sufre una crisis estructural y de gestión debido a sucesivas decisiones erróneas en política económica. Muchas de ellas no tienen que ver con el modelo tradicional del socialismo de Estado soviético, sino con medidas ineficaces aplicadas en las últimas dos décadas.
Desde 1994, en plena crisis del Período Especial, se adoptaron medidas descentralizadoras que incluían una elevada autonomía empresarial, autorización del uso del USD en el mercado interno, fomento de la inversión extranjera asociada al Estado y promoción del trabajo por cuenta propia (TCP). Sin embargo, no se fue más allá en pos de conservar —o retornar en cuanto se pudiera— el tradicional modelo socialista estatizado, ya desaparecido en Europa y que aquí hacía aguas desde mediados de los años ochenta.
Tras el establecimiento de la Venezuela bolivariana y la creación del ALBA, con la propensión del gobierno de Chávez a canalizar petrodólares hacia Cuba, la mayoría de aquellas medidas flexibilizadoras fueron eliminadas y sustituidas por la centralización absoluta de los ingresos en divisas y su utilización desde una cuenta única del Estado.
Poco duró esta nueva gallina de los huevos de oro. La crisis mundial de 2008, la enfermedad y muerte de Chávez y los problemas socio-económicos y políticos de la era Maduro, frustraron la aspiración de convertir a Cuba en un exportador de derivados del petróleo e impidieron seguir disfrutando de los ingresos millonarios provenientes de las Misiones Sociales de profesionales cubanos en Venezuela.  La crisis del progresismo latinoamericano y la sustitución por gobiernos derechistas, acabaron por hundir los ingresos devenidos mediante convenios gubernamentales.
Con la propensión del gobierno de Chávez a canalizar petrodólares hacia Cuba, la mayoría de las medidas flexibilizadoras fueron eliminadas. (Foto: Radio Ángulo)
El incremento de fondos públicos durante la referida bonanza, lejos de canalizarse hacia una fuerte inversión en sectores productivos internos (agro, industria, minería, transporte, infraestructura, ciencia y tecnología), se dilapidó en los proyectos ilusorios, inconexos y voluntaristas de la denominada Batalla de Ideas.
La quimera de una economía de servicios llegó a tal punto que se desmontaron sectores claves de la economía y se vendieron como chatarra, entre ellos la agroindustria azucarera —uno de los pilares de la identidad nacional—, y las flotas mercante y de pesca. Al unísono, dejó de respetarse la paridad CUC/USD y se fomentó la voluntad importadora mediante una falsa tasa de convertibilidad de 1×1, que arruinaba a los productores nacionales y beneficiaba a las empresas monopólicas de comercio exterior.
Las reformas iniciadas por Raúl Castro en 2008 disminuyeron los gastos sociales del Estado en beneficio de la inversión inmobiliaria para GAESA, y el subsidio a irrentables empresas estatales y sus sacrosantas burocracias. Al unísono, ampliaron con reticencias y vaivenes el sector no estatal, pero siempre preservando asideros con empresas estatales que garanticen la subordinación de los nuevos actores mediante el plan nacional y contratos obligatorios. 
No es en el discurso oficial, sino en la competencia con los demás sectores económicos —privado, cooperativo, inversión extranjera y mixta—, donde el sistema empresarial estatal tiene que demostrar que es «la forma de gestión dominante en la economía». La broma pesada, y divisa del super-monopolio ETECSA: «¡Gracias por elegirnos!», ha de ceder paso a un mercado de bienes y servicios libre y competitivo, en el que cada sector despliegue su potencial en las áreas donde sea idóneo.
Después del trienio terrible 2019-2021, con su espiral descendente de  Coyuntura/Pandemia/Ordenamiento, las opciones de salida a la agonía del modelo estatizado-burocrático parecen confiarse a milagros futuros: crecimiento de la producción sin inversión, nuevos gobiernos izquierdistas en Latinoamérica con la bolsa abierta, o un cambio de actitud de Biden que nos regrese a la época de Obama.
Las conocidas reformas liberalizadoras, que se recomiendan desde hace décadas por investigadores y productores, se sustituyen sistemáticamente por nuevas formas de control de GAESA, devenida especie de senescal del Gobierno/Partido/Estado para atender todo lo relacionado con los ingresos en divisas; mientras, el resto de la economía y la sociedad yacen en la inopia.
Lástima que en esta agonía los que menos sufran sean precisamente los que durante años se hicieron pasar por los que saben. Ahora, cuando la renta nacional —fuente principal de su enriquecimiento ilícito—, disminuye a niveles mínimos, también sus familiares y acólitos invierten en el sector no estatal y/o abandonan el país. Pero no para fomentar emprendimientos internos, o buscarse la vida en otros lugares y ayudar a los viejos que dejaron atrás, sino para abrir negocios familiares trasnacionales donde lavar sus fondos mal habidos y garantizar la continuidad de su buen vivir, dentro y fuera del país.
A decir verdad, cosas como las que sufre Cuba actualmente no pueden achacarse a influencias de Lenin, Stalin o Breznhev. La falsa utopía insular de la estatización absoluta para llegar más rápido al comunismo, está terminando en la estafa de la reconversión de propiedades públicas y fondos enajenados al erario público en negocios de familias de la burocracia y sus prestanombres.
Aún existen posibilidades en Cuba para un diálogo nacional inclusivo que impulse las reformas necesarias a fin de encauzar sus destinos de manera próspera y sostenible. Los intereses mezquinos, que lucran con las dificultades y carencias del momento actual, no pueden ser más fuertes que la voluntad general del pueblo. No serán los oligarcas y demagogos los que prevalezcan cuando obreros, campesinos, intelectuales, estudiantes, artistas, militares, empresarios, empleados y TCP alcen su voz y decidan hacer cumplir sus más caros derechos y aspiraciones. 

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Cuba: entre el debate teórico y los imperativos de la realidad

Cuba enfrenta una severa crisis económica que está teniendo repercusiones políticas y sociales. Los efectos nocivos de la pandemia del Covid-19 y el recrudecimiento de las sanciones económicas de Estados Unidos, adoptadas por el gobierno de Trump y no desmontadas por Biden, se unen a los factores estructurales que han profundizado la deformación de la economía y a errores en la política económica que, en conjunto, definen una crisis del modelo del «socialismo burocrático» que confirma la inviabilidad de los sistemas de administración centralizada de la economía.
Los cambios en los mecanismos económicos han sido parciales, no sistémicos y no han respondido a una concepción de reforma estratégica sino a la urgencia de las circunstancias. La adopción de necesarias reformas económicas orientadas a mejorar el bienestar de la población, se dilataron en el tiempo, han sufrido retrocesos y, en los casos más recientes, graves errores de concepción, diseño e implementación.
Las protestas sociales del 11 de julio pasado mostraron evidencia de una mayor ruptura del consenso político, a pesar de su carácter desorganizado y de la durísima represión que también se manifiesta en los procesos judiciales, lo que pone en tela de juicio la validez de la Constitución de 2019.
La población cubana ha debido enfrentar durante las últimas tres décadas un persistente deterioro del nivel de vida, se ha profundizado su incapacidad para asegurar necesidades materiales con el fruto de su trabajo y, en consecuencia, se ha incrementado su dependencia respecto a la ayuda externa a partir de remesas, que llegan al país tanto por canales formales como informales. Esta situación es aún más grave en el caso de personas de la tercera edad.
La población cubana ha debido enfrentar durante las últimas tres décadas un persistente deterioro del nivel de vida. (Foto: cuba.eseuro.com)
Frente a este panorama, las autoridades persisten en mantener el «modelo» de economía centralmente administrada como fundamento del mecanismo económico, basado en el predominio de empresas estatales a las que, además, se les denomina «socialistas» en el discurso oficial, como si la combinación de ambos elementos fuera garantía de la existencia del socialismo en tanto sistema socio-económico.
En consecuencia, a las formas «no estatales» de propiedad se les ha otorgado —incluso constitucionalmente—, un carácter complementario en la economía. Con ese fin, los decretos aprobados para regular el funcionamiento de micros, pequeñas y medianas empresas; cooperativas y trabajadores por cuenta propia, se han encargado de marcar los límites que mantienen prohibiciones al desempeño de 212 actividades de producción y servicios.

Las camisas de fuerza que se siguen imponiendo al emprendimiento privado y cooperativo, parecieran tener fundamento teórico en el supuesto de que la preservación del predominio de las empresas estatales asegura, junto a la «planificación» centralizada, el carácter socialista de la economía. Sin embargo, ese argumento pasa por alto una realidad inapelable: el socialismo como sistema se basa en el predominio de la propiedad social sobre los medios de producción fundamentales.
Para que la propiedad social sobre los medios de producción pueda realizarse como tal, es necesario que la sociedad, propietaria colectiva de los medios de producción, esté en capacidad de gestionarla o, al menos, de controlar y/o supervisar la gestión de esa propiedad colectiva. Esto solo puede lograrse a través de mecanismos democráticos que incluyan la elección de esos gestores, así como la transparencia y rendición de cuentas de los mismos ante la sociedad.
Si los propietarios colectivos, es decir, la sociedad, carecen de la capacidad para gestionar la propiedad o para controlar su gestión, no puede decirse que la propiedad estatal sea realmente social.
Este no es un debate nuevo. Involucra de manera particular a la academia, con las restricciones que el sistema político impuso tradicionalmente a las ciencias sociales, pero ha tenido siempre una connotación esencialmente política. Desde la época de la NEP en la Unión Soviética, pasando por los diversos intentos de transformaciones en varios de los llamados países socialistas, hasta las profundas reformas adoptadas en China y Vietnam; se ha argüido que el mercado y la existencia de empresas privadas conducen indefectible al capitalismo. No obstante, en ninguno de los casos se atendió con suficiente profundidad que la realidad económica y política de estos países distaba mucho del socialismo.
Para Marx y Engels, la transición entre el capitalismo y el socialismo se produciría en un tipo de Estado particular: la «dictadura del proletariado». Sin embargo, desde la revolución bolchevique, en lugar de la dictadura del proletariado y del poder de los soviets, se impuso la dictadura del Partido y, en especial, de su cúpula dirigente. Lejos de construir Estados «de todo el pueblo», se consolidaron gobiernos autoritarios que, para mantenerse en el poder, han apelado históricamente a la censura y la represión hacia cualquier tipo de disidencia. Rosa Luxemburgo alertó con clarividencia, desde una posición crítica pero militante, sobre este tipo de deformaciones cuando analizó la Revolución Rusa.
Rosa Luxemburgo
Desde el punto de vista político, el socialismo no puede lograrse en una sociedad sin un Estado de todo el Pueblo. Y para que tenga esta condición debe ser irremediablemente una sociedad democrática. No se trata de imponer una visión uniforme de la vida, porque ello solo puede hacerse a costa de la exclusión y la represión del disenso, sino de construir una sociedad, como dijera Martí «con todos y para el bien de todos», y esto, como ya se dijo, solo puede consumarse en una sociedad plenamente democrática.
Desde el punto de vista económico, el socialismo no puede lograrse si no se realiza plenamente la propiedad social sobre los medios de producción fundamentales, lo cual requiere superar la falsa identidad que se ha pretendido establecer entre la propiedad estatal y la propiedad social, cuando la sociedad carece verdaderamente de las posibilidades de gestionar, o de controlar la gestión de su supuesta propiedad.
Finalmente, tampoco la experiencia de los sistemas de planificación centralizada ha logrado realizarse como tal. La planificación científicamente fundamentada es imposible en la práctica a ese nivel de agregación, por lo que el debate académico llegó a sugerir como alternativa la descentralización de la actividad planificadora, combinada con el funcionamiento de mercados regulados. Sin embargo, la tendencia dominante, especialmente en Cuba, ha sido sustituir la planificación por la administración centralizada de la economía, con resultados probadamente ineficaces.
Ese tipo de socialismo «realmente existente» ha fracasado de manera rotunda, y prueba de ello fue el derrumbe ocurrido a fines del siglo pasado. Por eso, quienes defendemos el ideal socialista insistimos en la necesidad de comenzar por construir, de manera colectiva y democrática, una sociedad basada en el emprendimiento productivo en pos del bienestar material y en la justicia social. Para Cuba sería un camino largo, que requiere un sistema económico diferente al actual y un sistema político e institucional democrático y plural.
Mientras tanto, tenemos una crisis que solucionar, porque sin presente no hay futuro y ello nos coloca ante los imperativos de la realidad.
La solución de los problemas urgentes
Los errores de política económica, la inexistencia de una democracia real y sobre todo las penurias de la vida cotidiana; unidos al progreso material de buena parte de la emigración, han erosionado en muchos cubanos, especialmente jóvenes, la confianza en el socialismo como alternativa socio-económica. Por eso resulta imprescindible adoptar medidas urgentes para impulsar el crecimiento económico, asegurar la justicia social y democratizar la sociedad.

⚠️⚠️Lamentablemente esta escena se repite y no todos corren la misma suerte… duele ver a nuestros compatriotas pasando por esto😔 pic.twitter.com/i4JAiaa9RJ
— Mag Jorge Castro🇨🇺 (@mjorgec1994) February 9, 2022

Con el objetivo de impulsar el crecimiento económico, es esencial crear condiciones para el emprendimiento privado y cooperativo, no solo limitado a pequeñas y medianas empresas y definitivamente eliminando las prohibiciones que actualmente restringen su desarrollo; incluso con la opción de convertir algunas de las empresas estatales que se encuentren descapitalizadas en mixtas, no exclusivamente con capital extranjero, sino con inversionistas nacionales, considerando como tales a los compatriotas residentes en el exterior. En tal sentido, los cubanos residentes fuera de la Isla deben contar con todos sus derechos ciudadanos en el país, y el conjunto de los inversionistas tendrían que disfrutar de garantías que protejan sus inversiones.
Un nuevo marco legal deberá favorecer un clima adecuado para los negocios. Debería asegurarse una Ley de Empresas que las coloque a todas en pie de igualdad, con independencia de su tipo de propiedad. La misma estaría complementada con un nuevo Código de Comercio, que permita la creación de diversos tipos de sociedades mercantiles, fomente la competencia y asegure las condiciones para evitar la formación de monopolios y oligopolios, sean privados o del Estado. Las susodichas garantías legales requerirán de tribunales independientes que aseguren la confianza en la imparcialidad del sistema jurídico.  
La llamada «Tarea Ordenamiento» mantuvo la dualidad monetaria y ha unificado el tipo de cambio en un nivel aún artificial, que no refleja las condiciones competitivas de la economía. En consecuencia, ha florecido un mercado informal de divisas con un tipo de cambio mucho más alto que el normal. En estas condiciones difícilmente podrá progresar la economía. Es necesario devolverle al peso cubano su condición de verdadera moneda nacional con curso legal forzoso y fuerza liberatoria ilimitada en todo el territorio del país, con un tipo de cambio flexible determinado por el mercado.
Temporalmente, esta flexibilidad podría ser regulada con la intervención del Banco Central en una determinada banda, para evitar presiones especulativas. Esto debe significar la eliminación de todo tipo de transacciones en monedas libremente convertibles para adquirir bienes y servicios dentro del país.
Resulta fundamental sanear las finanzas públicas, porque tanto un déficit fiscal excesivo como una deuda pública exagerada, limitan la capacidad del Estado para intervenir en la economía en tiempos de crisis o catástrofes y restringen su capacidad como inversionista en pos del desarrollo económico. La gestión de las finanzas públicas requiere la elevación de los ingresos presupuestales y la eliminación de los gastos improductivos que genera una administración inflada por platillas supernumerarias.
El aumento de los ingresos fiscales debería resultar de un sistema tributario progresivo, en el que los ingresos más altos de la sociedad contribuyan en mayor medida al fisco y, al mismo tiempo, limitar la adopción de impuestos regresivos —como el de las ventas sobre alimentos básicos—, que golpean severamente a los sectores de más bajos ingresos.
Por otra parte, en la medida que florezcan los negocios se incrementarán los ingresos presupuestales por vía de los impuestos. La reducción del gasto público debería concentrarse en la administración, en primera instancia. Existe una opción en el traslado de la responsabilidad con el funcionamiento de organizaciones políticas y sociales del Estado a las propias organizaciones, a partir de la cotización de sus miembros o de contribuciones de fuentes no estatales.
Los recursos del presupuesto deberían concentrarse en preservar el acceso a sólidos sistemas de salud, educación, asistencia y seguridad social. Para ello se necesita un sistema tributario robusto, no expoliador, que estimule el desarrollo de la producción y, en consecuencia, los ingresos fiscales. Sin embargo, a la par de sistemas públicos de educación y salud de acceso universal y alta calidad, considero conveniente la existencia de sistemas privados con la debida supervisión del Estado sobre la idoneidad y calidad en la prestación de esos servicios. Mientras tanto, es imperativo superar el deterioro actual de ambos sistemas en la Isla.
La solución de los problemas económicos y sociales de Cuba debe estar en manos de todo el pueblo, empoderado de esa capacidad en una sociedad democrática, que haga realidad el precepto constitucional de que la soberanía del país reside en el pueblo.

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Cuba: destino, socialismo y disensos

La negativa del gobierno cubano a la solicitud de autorización para una manifestación pacífica a celebrarse el 15 de noviembre, y los argumentos jurídicos que se ofrecieron para justificar dicha prohibición, generan las siguientes reflexiones.
El destino, ¿fatalidad o determinación?
Si un texto legal no pudiera modificarse, aún estaría vigente el Código de Hammurabi, compendio de leyes y decisiones judiciales del imperio babilónico que se creía dictado por los dioses y, por ello, inmutable. Si las sociedades no pudieran transformarse, las comunas esclavizadas del Egipto Antiguo —con su estado absolutista, teocrático y centralizado— existirían todavía.
Como afirmaba el filósofo alemán Ludwig Feuerbach en La esencia del cristianismo: aun cuando el hombre lo ignorase, él mismo es el motor de la historia. Marx, por su parte, fundamentó que entre el hombre y la historia hay una acción recíproca y una reacción dialéctica.
El devenir de la humanidad ha mostrado que ningún tipo de sociedad es inalterable. El derrumbe del campo socialista dejó muy claro que ningún sistema social es definitivo. Son los hombres y mujeres, como sujetos activos, los que pueden decidir sobre sus condiciones de existencia y, mediante la práctica política, transformarlas.
Declarar irreversible un sistema social es un enfoque mecanicista y antimarxista de la historia. Es también pesimista y pretende transformar al sujeto social en un ente pasivo, obediente a una voluntad superior, dirigido hacia un destino inexorable —especie de fatalidad histórica—, del cual no puede escapar. 
No será el artículo de un tratado legal, sino la implicación de las personas que logren encontrar en el sistema socialista la encarnación de sus aspiraciones, lo asuman como opción consciente y participen activa y directamente en su construcción, lo verdaderamente decisivo. Recordemos que la constitución soviética también declaraba la irreversibilidad de ese sistema.
Un hombre ataviado con uniforme prerrevolucionario quema una bandera de la URSS en una protesta en Moscú tras el intendo de golpe de estado de agosto de 1991.
 Paradójicamente en Cuba, once años después del derrumbe del socialismo europeo fue que se modificó la Constitución de 1976, al adicionar este párrafo al artículo 3 del capítulo I:[1]

El socialismo y el sistema político y social revolucionario establecido en esta Constitución, probado por años de heroica resistencia frente a las agresiones de todo tipo y la guerra económica de los gobiernos de la potencia imperialista más poderosa que ha existido y habiendo demostrado su capacidad de transformar el país y crear una sociedad enteramente nueva y justa, es irrevocable, y Cuba no volverá jamás al capitalismo.

Para aprobar dicha modificación constitucional, como expliqué en el artículo «Crónica de un meteorito», no se siguieron los pasos de un referéndum: informado y secreto. Se hizo en forma de convocatoria política, con firmas públicas en libros abiertos. Tampoco fueron avaladas por notario alguno, como se exige actualmente.
Esa declaración, que daba la espalda a la ciencia y la experiencia, fue considerada desde entonces contenido pétreo, es decir, jamás modificable. Así lo estipuló el artículo 137 del capítulo XV. Por tal razón, en la consulta popular para la Constitución del 2019 tampoco se admitieron planteamientos de la ciudadanía encaminados a variaciones del sistema político y electoral.
El principal dilema de esta cláusula —denominada de intangibilidad—, no es que se convierta en una inconsecuencia teórica con el marxismo y contradiga el preámbulo de la Constitución, que nos considera «guiados por el ideario de José Martí y las ideas político-sociales de Marx, Engels y Lenin». Más grave es que, al declarar irrevocable (inevitable, inapelable, irremediable, necesario, fatal, indefectible, irreparable) no solo al socialismo, sino al sistema (método, régimen, técnica, procedimiento, gobierno, medio, vía, rumbo) económico, político y social vigente en esa constitución, cierra el camino a transformaciones sustanciales o reformas.
Este tipo de cláusula intenta eternizar en el poder a la burocracia dirigente y subordinar la voluntad popular al mandato de un grupo privilegiado. Cuando un grupo de poder —afianzado como nueva clase—, despoja al marxismo de su método científico, lo reduce a su dimensión ideologizante y lo convierte en ideología de Estado, este deja de ser una corriente liberadora y revolucionaria para instrumentarse en mecanismo de dominación. A ese punto hemos llegado en Cuba. Es una postura contrarrevolucionaria y debe ser denunciada.
Casi veinte años han trascurrido desde que el socialismo insular mutara en un requerimiento legal de perspectiva autoritaria y enfoque teleológico. Muchos de nuestros hijos y nietos no habían nacido en el 2002 o no tenían edad para firmar aquella determinación. Ahora se les obliga a acatarla por la fuerza de la coerción. 
En el grupo de Facebook «Utopía Revolucionaria», Daniela Rojo, joven participante en el estallido social del 11-J, indagaba con toda lógica: «¿Si en Cuba no hay socialismo, que es lo irrevocable?» —«Buena pregunta», le respondí.
«¿Si en Cuba no hay socialismo, que es lo irrevocable?»

Hasta hoy, en los países en que ha triunfado una revolución que se ha proclamado socialista, a lo más que se ha llegado es a la estatalización de los medios de producción. No somos una excepción.
La burocracia dirigente aprovechó la nueva Constitución para deslizar astutamente un término que no contenía su predecesora. En el artículo 22, al estipular las formas de propiedad, explica en el inciso a) que la socialista de todo el pueblo es aquella «en la que el Estado actúa en representación y beneficio de aquel como propietario».
En consecuencia, no bastándole ser administradora de hecho, ahora nuestra burocracia lo es también de derecho. Pero un administrador tiene que rendir cuenta a los dueños y esta es una deuda pendiente. En las asambleas de trabajadores, cuando excepcionalmente se celebran, se anuncian disposiciones verticales.
Además, como argumenté en el artículo «Economía militar en Cuba», una parte sustancial del patrimonio económico nacional está sustraído al control popular y se encuentra bajo la égida del Grupo de Administración Empresarial SA (GAESA), empresa adscrita al Ministerio de las FAR y no subordinada a la Contraloría General de la República.
La noción de «propiedad de los trabajadores sobre los medios de producción» se difuminó ante una realidad en la que es imposible designar a los que administran directamente tales medios. La falta de democracia política consustancial al modelo es secuela directa de la falta de democracia en la gestión y administración de la economía.
Las Asambleas de trabajadores de los primeros años fueron cediendo a decisiones impuestas, hasta desaparecer o convertirse en actos formales. En el proceso, los sindicatos, con una larga y prestigiosa historia anterior a 1959, se convertirían en la Boca de Sauron de las administraciones. A ello me referí en el texto «Ventrílocuos».
En los debates del proyecto de Constitución se resaltó la necesidad de implementar el control obrero, lo que además fue incluido en el artículo 20: «Los trabajadores participan en los procesos de planificación, regulación, gestión y control de la economía. La ley regula la participación de los colectivos laborales en la administración y gestión de las entidades empresariales estatales y unidades presupuestadas».
Los sindicatos, con una larga y prestigiosa historia anterior a 1959, se convertirían en la Boca de Sauron de las administraciones. En la foto, Ulises Guilarte de Nacimiento, secretario General de la Central de Trabajadores de Cuba. (Foto: Ariel Cecilio Lemus/Cubadebate)
No obstante, ni en el congreso posterior de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), ocurrido en abril de 2019, ni en la reunión celebrada el 8 de enero del pasado año, se debatió, o se hizo siquiera referencia, al modo en que el referido artículo será concretado en leyes claras y precisas, que permitan a trabajadoras y trabajadores tener un protagonismo real en los planes de la economía, y no uno que solo viva en el discurso y en los conceptos. Así lo reafirmé en el artículo «Puesta en escena».
Sin un efectivo control ciudadano en la vida política, en el modo de nominar y elegir a quienes gobiernan, no podremos sustituir a los incompetentes, atajar a los corruptos y controlar los medios de producción fundamentales, que en teoría son de todos pero en la práctica son gestionados y administrados por una capa burocrática.
El socialismo burocrático de Partido único ha creado una especie de deidad que escapa al imperio de la ley al situarse por encima de ella, acentúa el extremismo político y se separa de la ciudadanía. Hasta ahora todos los modelos con estas características, lejos de conducir a una sociedad socialista, han disimulado un capitalismo de Estado con rasgos de corrupción y elitismo.
¿Y es eso lo que se anuncia como irreversible? ¿Ese es el futuro eterno que se nos ofrece? Es perfectamente lógico entonces que existan entre la ciudadanía sentimientos de inconformidad y rechazo y actitudes discrepantes. Sin embargo, ¿puede hablarse de una disidencia en Cuba?
Los disensos
Como en el modelo de socialismo burocrático de partido único no se admite la participación real y espontánea de la ciudadanía en la actividad política, todo disenso ha sido reducido a una categoría: el enemigo. Por lo general se acompaña de apelativos muy variados: pagados (por el imperialismo, Soros, o la CIA); mercenarios del imperio, u otros.
Comprendo que para la dirigencia política sea más pragmático luchar en un frente que en varios. Pero en Cuba es más realista hablar de disensos, en plural. En mi percepción, que no pretendo imponer, existen tres tipos reconocibles. Sin intentar una clasificación pormenorizada, solo identificaré tendencias generales: 
1. Socialistas democráticos (un amplio espectro ideológico que abarca desde marxistas críticos, anarquistas, católicos y cristianos de izquierda, socialdemócratas, ecologistas, feministas, afrodescendientes…). Son proclives a un socialismo inclusivo y participativo, con respeto a la pluralidad y ajeno al modelo burocrático vigente.
2. Pro-capitalistas democráticos (con diferentes matices desde el liberalismo al neoliberalismo e incluyen también algunos de los sectores y minorías mencionados). Se distinguen por su pluralismo político y no rechazan la convivencia con posturas de izquierda.
3. Pro-capitalistas radicales y extremistas (son el otro lado del espejo del Partido único). No admiten la legitimidad de las posturas de izquierda y proclaman la censura del Partido Comunista en un país futuro, favorecerían una supervisión de los Estados Unidos en Cuba.

Socialismo = Represión.
El socialismo es represión de libertades económicas, políticas, educativas, religiosas, de conciencia… Todo en nombre del bien social y común-ISTA#SocialismSucks #BigGovSucks #LibreMercado #Paleolibertario @CubaDerecha pic.twitter.com/GNTo2vHrot
— Pastor Adrian Pose (@PstorAdrianPose) May 2, 2021

Cuando se debatía el proyecto de Constitución publiqué el texto «Disonancia», en el que manifestaba mi preocupación porque si bien el artículo 1 del proyecto reconocía:

Cuba es un Estado socialista de derecho, democrático, independiente y soberano, organizado con todos y para el bien de todos, como república unitaria e indivisible, fundada en el trabajo, la dignidad y la ética de sus ciudadanos, que tiene como objetivos esenciales el disfrute de la libertad política, la equidad, la justicia e igualdad social, la solidaridad, el humanismo, el bienestar y la prosperidad individual y colectiva;

se apreciaba una notoria incoherencia en el hecho de que en el artículo 40, entre los derechos, libertades y oportunidades que recibían la protección de las autoridades y que no podían ser objeto de discriminación, se habían omitido las creencias políticas.
Advertí al respecto: «Esta incongruencia no puede ser justificada por ningún argumento. Todas las ideologías deben tener igual protección ante la ley, más si el propio artículo 1 reconoce su disfrute como uno de los objetivos de la República».
El modo en que nuestra burocracia resolvió la susodicha incoherencia puede pasar al libro de Records Guinnes del cinismo. Simplemente omitieron una palabrita, una simple palabrita del artículo 1. Donde antes decía «libertad política», quedó escrito en el documento definitivo de la Constitución: «para el disfrute de la libertad, la equidad, la igualdad, la solidaridad, el bienestar y la prosperidad individual y colectiva».
Saber qué entiende la burocracia por libertad a secas es más de lo que puedo discernir. Lo cierto es que el cambio de redacción le dio ínfulas para ejercer la discriminación sin ningún tipo de límites.
Cuando se niega el derecho a manifestación que la Constitución proclama —y que es interpretado de un modo en que el Estado Socialista de Derecho deviene quimera—, se le está negando a todas estas tendencias. Vale reflexionar entonces en la fuerza real de un modelo que teme a sus críticos, que cree posible que una manifestación lo derroque, que anuncia su confianza en el pueblo y asegura estar apoyado por la mayoría; pero no se atreve a probarlo en la práctica política.

La respuesta de las autoridades del Gobierno entregada este martes a la notificación para la realización de la Marcha Cívica por el Cambio el día 15 de noviembre informó a los integrantes de Archipiélago que “no se reconoce legitimidad en las razones que esgrimen para la marcha” pic.twitter.com/rfNNxoNS8k
— Archipiélago (@ArchipielagoCu) October 12, 2021

Haber gobernado tanto tiempo desconociendo el sentir real de la ciudadanía, sin dar espacio a la crítica profunda y a la participación popular, aislados de las bases sociales, justificando sus errores y desaciertos con el bloqueo de los Estados Unidos, sin ver retada su permanencia en puestos de dirección; ha debilitado al poder. Esta negativa a manifestación es evidencia de debilidad, no de fuerza.
Yo creo en el socialismo, pero no como un destino impuesto por la fuerza de la ley, tampoco como un futuro de prosperidad siempre inaccesible que exija fidelidad y constantes sacrificios a sus seguidores; sacrificios que no son compartidos por la clase burocrática.
El socialismo debe ser una opción consciente y ratificada por el pueblo, no solo por un artículo constitucional. Debe ser efectivamente un sistema de justicia social, que genere equidad pero que no esté reñido con la prosperidad y la empresa privada, que tenga en cuenta a los débiles y vulnerables, que erradique la pobreza extrema y favorezca un presente de transformaciones para que nuestros hijos deseen permanecer en este país.
Si la protesta pacífica hubiera sido una práctica política desde el inicio del proceso, es muy probable que no se hubieran acumulado los enormes problemas que tenemos hoy. Pero este modelo no lo permite, por eso es necesario transformarlo y para ello se requiere normalizar el disenso. En caso de que la Constitución sea una barrera impermeable, habría que proponerse cambiarla.
***
[1] Ley de Reforma Constitucional, dada en la Sala de Sesiones de la Asamblea Nacional del Poder Popular, Palacio de las Convenciones, Ciudad de La Habana, a los 26 días del mes de junio del 2002, «Año de los Héroes Prisioneros del Imperio». (Publicada en la Gaceta oficial de la República de Cuba: 27-06-2002).

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Fecalismo al vacío

La frase que da título a estas líneas me la regaló el maestro Esteban Llorach en alguna de las charlas que sostuvimos y de las que tanto aprendí. Aquel día, llegaba Esteban de una de las reuniones a las que frecuentemente lo invitaban, para debatir problemas comunitarios y acciones culturales que podrían ayudar a mejorar los durísimos entornos del hacinado municipio Centro Habana.
En cierto momento de la reunión —contaba Llorach— salió el fétido tema del «fecalismo al vacío», manera en que llamaba un compañero de la presidencia a una práctica de varias familias residentes en cuarterías semiderruidas, con escasa agua y cuyos sistemas sanitarios habían colapsado. Los lugareños hacían sus necesidades fecales en una bolsa de nailon y después las arrojaban a los alrededores del edificio. La ley de gravedad y el viento cumplían su parte y al otro día, en aceras, patios, espacios comunes o plena vía pública amanecían los «fragantes» mazacotes.
El término, otra joya del lenguaje eufemístico-burocrático cubano (haya sido o no una creación original suya), me vino a la memoria luego de ver el conmovedor documental Canción de Barrio, de Alejandro Ramírez Anderson, en torno a la gira artística de Silvio Rodríguez y su grupo por sitios marginados de La Habana.
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Terminado de producir en 2014, el audiovisual logra trenzar en un cuerpo palpitante, el recorrido y la música del trovador y su conjunto, los entornos golpeados de la ciudad a los que accedieron en los dos primeros años de conciertos, y la vida, la simple y estremecedora vida de la gente común que, aun en medio de mil angustias cotidianas, se deleitó con una bocanada gratis de acordes y poesía.
La realidad, ya lo han dicho grandes literatos, siempre supera a la ficción. El trozo de realidad que condensó magistralmente Ramírez Anderson en una hora y 20 minutos de imagen y sonido, estruja el alma.
Gente luchadora, «metedora de cuerpo», como dice uno de los entrevistados. Gente que coge la corriente eléctrica de donde puede cuando no se la dan. Que no tienen libreta de abastecimientos ni documentos de identidad legalizados. Que sobrenada entre tupiciones, goteras y albañales. Que construye ranchitos de madera con trozos de cajas de muerto. Que le dice a la cámara: «En este país del salario no se puede vivir: te mueres de hambre». Que se pregunta: «Si el café lo cosechamos aquí […], ¿por qué nosotros tenemos que tomar más chícharos que café?». O reflexiona: «Esto pa’ cambiarlo… esto es candela»; «la necesidad aquí es permanente».
Ancianas enjutas, niños con más guapería que tamaño, «aseres» y «aseras», que no han tenido más papeletas que vivir del invento, de la lucha. Madres con ojos gastados y una idea fija: «Cuando uno tiene un hijo es para a’lante… a lo que venga».
Y ahora hay muchos sorprendidos, o mejor, «perpletónitos» (neologismo que creó el inmortal Zumbado mezclando atónitos y perplejos) porque esos barrios, esas historias, esa pobreza y desaliento estaban ahí, esperando que les llegara algo más que el tremendísimo gesto poético de Silvio y quienes le apoyaron.
La TV nacional —que se dice pública y la pagamos todos de nuestro bolsillo— se preocupó exhaustivamente por evitarnos el «mal rato» y llevaba al menos seis años con el documental disponible sin proyectarlo. Seis años en los que —no hay que ser adivino para sospecharlo— algunas de esas pobres personas terminaron de morir lo que les restaba; otros, quizá, con temeridad y buena suerte se largaron en una balsa y llegaron a algún destino; y acaso la mayoría siguió «metiendo el cuerpo», más vieja, extorsionada y maltrecha que antes.
«He aprendido que la gente está jodida, muy jodida, mucho más jodida de lo que pensaba. Y bueno, eso es una manera de conectarse con la realidad de tu país, de seguir constatando las cosas como son», comentó Silvio en una magnífica entrevista, también de 2014. Y en el propio documental dice dudar de que esos entornos cambien, al menos radicalmente, en lo que le queda a él de vida; y que por eso la gira no va a terminar nunca.
«He aprendido que la gente está jodida, muy jodida, mucho más jodida de lo que pensaba. Y bueno, eso es una manera de conectarse con la realidad de tu país, de seguir constatando las cosas como son».
Ah, pero algunos perpletónitos se cuestionan todavía cómo es posible que en la Isla de los derechos, y las conquistas, y el ejemplo revolucionario de América Latina, donde no pasan dos horas sin que la TV nos ponga un programa patriótico o una cita de algún líder, donde los noticieros comienzan por lo que tuiteó o visitó o recomendó ese día el Presidente aunque caigan —literalmente— meteoritos en alguna parte del archipiélago; algunos se cuestionan, digo, cómo ese minúsculo fallo, esa breve manchita en el radiante Sol que es la patria, pudo existir sin que la viéramos y solucionáramos.
Y claro, rápido se consuelan diciéndose que no, que ya los programas sociales activados en más de 60 comunidades vulnerables —casualmente después del estallido social del 11 de julio último— deben haber colmado, con su militante abundancia, las carencias de dichos hogares.
¿Dije «estallido social»? Disculpen. Fue el mercenario corrector de textos. En verdad debí poner pequeños y aislados disturbios causados por una turba de delincuentes, de barrios conflictivos, financiados por el Imperialismo. Seguramente los mismos que ahora andan entregando carticas para marchar dizque pacíficamente el próximo 15 de noviembre. Vendepatrias y lacayos que no dejaremos circular ni en el portal de su casa, como es lógico.
Ah, pero para esos perpletónitos hay dos o tres malas noticias: Canción de barrio, con todo y su excelencia, no descubrió nada. El dinosaurio de esa miseria estaba hacía décadas allí y aún goza de una envidiable salud. En esta islita ejemplar se sigue practicando el fecalismo al vacío. Lástima que nuestros burócratas no acierten al menos a pasar en hora por las calles precisas para que del cielo les caiga la mejor muestra de lo que han hecho.

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Ellos y nosotros, sus hijos y los nuestros…

La incoherencia entre discurso oficial/realidad y la certeza de que existe un «ellos» y un «nosotros», aumenta la frustración de muchos cubanos. Nunca fuimos iguales, nunca sus hijos fueron como los nuestros. Pero no sabíamos cuán hondo era el abismo. Mi generación creció bebiendo de la épica, la esperanza y los discursos oficiales. Apostamos una y otra vez y sacrificamos a nuestros hijos en aras de la entrega «revolucionaria».
La mayoría vivía despreocupada de la vida privada de los dirigentes. Entendía que estaba bien que no fuera pública y que tuvieran muchos respaldos por su seguridad y responsabilidad. Ignorábamos que el «socialismo realmente existente» que nos incorporaron generaba el fenómeno nomenklatura. Como expresara el historiador francés Jean Elleinstein en el prólogo[1] al libro homónimo de su colega soviético Michael Voslensky:

La Nomenklatura (…) no desea que se le conozca. No se asume como tal. No vive más que de noche. Odia la luz. (…) Enmascara sus privilegios. Está en contradicción total con las ideas que inculca a los ciudadanos de su país. Rara vez el pozo ha sido tan profundo entre lo que una clase dominante dice y lo que hace, entre el ideal que ella dice realizar y la realidad de su dominación. Es esto lo que hace particularmente peligrosa a la Nomenklatura y, al mismo tiempo, tan vulnerable […] Ella es nacionalista y habla de internacionalismo. Es racista y habla contra el racismo. Es privilegiada y habla contra los privilegios (…).

-I-
Nosotros depositamos una confianza extrema en el liderazgo político, cual si fuéramos feligreses. Ellos reivindicaron de la Historia únicamente lo conveniente. Así, por ejemplo, conocimos solo en parte a Martí, el Che y Fidel.
El Apóstol había advertido desde 1883 que: «Todo poder amplia y prolongadamente ejercido degenera en castas. Con la casta, vienen los intereses, las altas posiciones, los miedos de perderlas, las intrigas para sostenerlas, las castas se entrebuscan y hombrean unas a otras».
«Todo poder amplia y prolongadamente ejercido degenera en castas. Con la casta, vienen los intereses, las altas posiciones, los miedos de perderlas, las intrigas para sostenerlas, las castas se entrebuscan y hombrean unas a otras». (Imagen: Nestor Lominchar)
Y al año siguiente auguró que el socialismo de Estado sería «la futura esclavitud»: «Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios (…) lo iría perdiendo el pueblo (…) De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas (…) iría a ser esclavo de los funcionarios». 
Ningún dirigente o maestro invocó el incómodo concepto guevariano de contrarrevolucionario:

(…) aquel que lucha contra la Revolución (…) pero también (…) el señor que valido de su influencia consigue una casa, que después consigue dos carros, que después viola el racionamiento, que después tiene todo lo que no tiene el pueblo, y que lo ostenta o no lo ostenta pero lo tiene. (…) El que utiliza sus influencias buenas o malas para su provecho personal o de sus amistades.

Y nadie, ni Fidel Castro, volvió sobre su concepto de revolucionario (1961) entendido como «(…) una actitud ante la vida, (…) ante la realidad existente.  (…) hay hombres que no se pueden resignar ni adaptar a esa realidad y tratan de cambiarla: por eso son revolucionarios (…). Es precisamente el hombre, (…) la redención de su semejante (…) el objetivo de los revolucionarios».
Tampoco conocimos las alertas sobre lo que era el modelo socialista asumido. Durante esas décadas circularon obras como Rebelión en la granja y 1984, de George Orwel; La nueva clase de Milovan Djilas y Camino a la servidumbre de F.A. von Hayek, entre otras. Unas se retiraron pronto de la circulación y otras ni pudieron entrar al país.
Supimos lo que permitieron. Cuando constatamos algo de sus privilegios, dijimos que lo merecían porque lucharon, porque tenían mucho trabajo y responsabilidades. Y luego elogiábamos a los hijos que, por lo menos, no ostentaban esas ventajas.
La permisibilidad fue pasando por generaciones. Así dejamos conformarse la casta y nos convertimos en siervos. Aprendimos a aceptar las incoherencias y a callarlas para no favorecer al enemigo o dañar la imagen de la Revolución.
Hoy las evidencias pululan, pero algunos continúan justificando los privilegios de los descendientes y salvando la responsabilidad de los padres. Dicen que hacen lo mismo que otros, que eso no es la Revolución ni define al dirigente, o que no miremos esas pequeñas manchas sino la obra.
En «La historia cobra los silencios», llamé la atención sobre el hecho de que muchos no condenen el fenómeno, sino el que este salga a la luz. Prefieren que quede en los bautizos de la inteligencia popular: «los hijos de los pinchos», «los hijos de papá», «somos iguales pero algunos somos más iguales que otros», etc.
Cedimos tanto que nos vaciaron y, peor aún, dejaron desiertas y sin referentes a las nuevas generaciones. «Los nietos de la Revolución», de hace una década, incluyendo su tema musical final, es una buena muestra.
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-II-
Ante nuestros ojos se formó una minoría aristocrática cuya riqueza proviene del poder político y la ascendencia, como ocurrió en Europa. Véanse en los libros mencionados: tipos de privilegios, familias extendidas, nepotismo, corrupción, lo que representa la casta y cómo se va constituyendo.
No hay que buscar al verdadero poder en el Partido, el Ejército, la Seguridad del Estado o la economía. Actores de todos esos ámbitos constituyen la nueva clase dominante.
Ni de sus hijos ni de los nuestros nació el hombre nuevo. Nacieron personas hijas de su tiempo y circunstancias, pero eso sí, muy desiguales. Los suyos han disfrutado siempre de clínicas exclusivas, casas de descanso, carreras universitarias dentro y fuera de Cuba y viajes de turismo a lugares exóticos.
No tienen escuelas especiales pero son especiales en las escuelas, no fueron expuestos en zonas de guerra de misiones internacionalistas a las que sí fueron los nuestros, ascienden vertiginosamente en las instituciones militares y, por «racionalidad política», no los desenmascaran cuando aparecen involucrados en hechos de corrupción.
Para ellos las playas y las embarcaciones de cualquier porte están listas, asimismo las mejores casas y servicios en polos turísticos; tienen autos lujosos, se mezclan entre ellos y se protegen. A pesar del bloqueo y las carencias, sus gustos son capitalistas, sin embargo, para los nuestros eran inclinaciones y desviaciones burguesas.
Aun así también emigran, pero en condiciones especiales. No tienen que huir en balsas, ni vender todo el patrimonio para costear un viaje por fronteras, selvas y mares; están a salvo de peligrosas travesías. No los verán en las interminables colas o buscando medicamentos. Tampoco reprimidos por ejercer derechos cívicos, ni en actos «revolucionarios». Todo eso es para los nuestros.
Salvo alguna excepción, no hacen política ni son muy públicos fuera de Cuba. Prefieren prosperar pasando inadvertidos y pueden entrar y salir libremente al país, lo que está vedado para muchos de los nuestros.

Hoy tienen prósperos negocios privados en Cuba y otros países, sobre todo en EE.UU. Solo cuando llegan a ese país por vía irregular —lo que pocas veces ocurre—, somos iguales: tienen que declarar persecución, pasar la prueba del «miedo creíble» y, pasado un año, también se benefician de la ley de ajuste cubano, considerada «asesina» por el gobierno de la Isla.
-III-
Para quienes creyeron que esa era la generación histórica, también el velo ha caído. Los nuevos reproducen el fenómeno. También de ellos sobran evidencias.
El problema no es de sus hijos. Es de la hipocresía y demagogia consustancial al modelo de socialismo implantado, que se sostiene creando y protegiendo a la casta y reprimiendo todo disenso.
Una clase que no rinde cuentas, que no declara su patrimonio personal, que tiene un enemigo externo al que puede culpar de todo, que controla los medios, mantiene oculta su vida privada y no precisa del voto popular; no siente compromiso más que con ella misma. Puede construir un capitalismo de la peor especie y vestirse con desfachatez de socialista para la escena pública.
El principal impacto del fenómeno es la profunda erosión en las bases sociales del gobierno, porque todo eso se hace mientras se pide al pueblo más y más sacrificios. Perdieron con esa actitud autoridad moral y confianza política de amplios sectores.
El ejemplo y la coherencia entre discurso y práctica son vitales para la legitimidad y el consenso. Después de haberlos leído y escuchado hablar tanto de ejemplaridad, contra la corrupción y el nepotismo, es imposible callar. Ni enemigo ni bloqueo, es la naturaleza del modelo la que no permite ni rozar el poder de la casta retenido hace años. Son ellos, esa nueva clase, el peligro para la nación; seremos nosotros y nuestros hijos la salvación de Cuba.
***
[1] Fuente: Jean Elleinstein, prólogo al libro La Nomenklatura, del historiador Michael Voslensky.

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Desde la izquierda crítica cubana

Cada generación, dentro de una relativa opacidad, tiene que descubrir su misión, cumplirla o traicionarla.
Frantz Fanon
***
El socialismo, más que un fin, es un camino, un tránsito que no tiene sentido si no es con libertad. Y «libertad —decía la extraordinaria Rosa Luxemburgo— solo para los que apoyan al gobierno, solo para los miembros de un partido, por numeroso que este sea, no es libertad en absoluto. Libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa diferente». Así también lo creyó José Martí cuando escribió en sus «Escenas mexicanas»: «siempre es desgracia para un país que la libertad sea un partido».
Renovando fuerzas
Los únicos actores políticos y sociales legales en Cuba —tradicionalmente declarados de izquierda—, en su atadura a la esclerótica burocracia se han ido derechizando conforme esta ha persistido en su obliteración estalinista. Tras largos años de dependencia y subordinación, las fuerzas de izquierda perdieron su autonomía. A medida que fue quedando atrapada al ensamblaje estatal se produjo un proceso de desarticulación y, en ese hermetismo atemporal y acrítico, se gestó un fenómeno que no se describe mejor sino a través de la popular certeza de que no existe nada más conservador que un revolucionario aferrado al poder.
Frente a esta situación de larga data, ha germinado una nueva izquierda desde la sociedad civil. Una joven corriente heterodoxa con las teorías crítica latinoamericana y decolonial como nuevos paradigmas, y vindicativa del rico pensamiento revolucionario cubano e internacional. Una izquierda comprometida y consciente, que se niega a que el creciente descontento social sea capitalizado por agendas más centradas en sustituir las formas que en revolucionar plenamente la ecuación formato-contenidos.
Definiendo la ruta
La única alternativa viable para salir de la grave situación política, económica y social que vive Cuba es la democratización profunda de la sociedad. Socialismo también es redistribución del poder. Es indispensable que la gente tenga poder para decidir y gestionar su futuro sin que una nomenclatura burocrática marque las agendas, los ritmos y los tiempos. Identificar a la Revolución con la casta dirigente —pensaba Trotski— es traicionar a los trabajadores. La fórmula tiene que ser, diseñar y construir la nación desde abajo en un plebiscito constante. La lucha por la democracia es cuestión intrínseca de la lucha por el socialismo.
León Trotski
La izquierda crítica, si bien defiende la democracia y la total garantía de libertades para el ejercicio del derecho, también considera impostergable honrar las deudas con los sectores empobrecidos y marginados. La transformación de la realidad de estos «preteridos» tiene que ser una prioridad, no un resorte para el impulso de los intereses políticos de siempre.
Claramente, no es posible redistribuir riqueza sin crearla. El propio Marx aseveraba que esto solo conduce a la socialización de la miseria y la reproducción del caos. Sin embargo, tampoco una fórmula neoliberal basada en la acumulación/desposesión puede solucionar las profundas y añejas grietas del país. El desarrollo económico, por sí solo, no conduce al bienestar de todos. Un sistema que tenga como base la igualdad de derechos y la colaboración entre todos los ciudadanos, estructura un desarrollo con justicia social.
La izquierda crítica, siendo coherente con estos fundamentos, en el momento presente debe encauzar y centrar su lucha, que es la de todos, en exigir y demandar el fin a los privilegios de la burocracia y la corrupción política, para asegurar una redistribución justa del precario patrimonio colectivo y un gobierno transparente, con verdadera vocación de servicio público; la socialización real y desmilitarización de las propiedades estatales, con el fin de posibilitar la autogestión y el control popular, potenciando así su misión pública.
También el respeto y garantías inmediatas a los derechos de asociación y sindicalización, huelga y manifestación pacífica, cómo vías de empoderar a la sociedad civil en defensa de sus derechos laborales y ciudadanos frente a los actores que acumulan poder, —dígase burocracia y capital—, y a la pétrea subordinación paraestatal de los existentes sindicatos y organizaciones.
En la aspiración de una sociedad justa, la izquierda debe batallar por equilibrar y asegurar cuotas de poder para todos. Son indispensables en tal sentido los derechos a la información, a la libertad de pensamiento, conciencia y expresión. Es fundamental el logro de la independencia y socialización de los medios de comunicación cómo garantía para un ejercicio contra-hegemónico y popular del periodismo, encaminado a la búsqueda de la verdad.
Reivindicando a Mella, la izquierda crítica tiene que reclamar autonomía universitaria, pues solo el autogobierno de las universidades genera las condiciones para superar y evitar el adoctrinamiento y la enseñanza bancaria, en favor de una educación superior libre y liberadora.
Activista por los derechos LGBTIQ+ es detenido por la policía mientras participaba en una marcha independiente en mayo de 2019. (Foto: Ernesto Mastrascusa / EFE)
No es posible cambiar una realidad que se niega, sea parcial o totalmente. Se debe reconocer la persistencia de los racismos, la LGTBI-fobia, la desigualdad y violencia de género, cómo fenómenos de significativa incidencia en la desigualdad social, y abogar por su erradicación mediante la educación y la legislación. Urge concretar programas con enfoque de equidad social, que estimulen y protejan el acceso al sistema educativo y laboral, para interrumpir y terminar los ciclos de marginación de sectores históricamente afectados por el colonialismo cultural.
La izquierda crítica se posiciona ante todas las asimetrías de poder. Son ineludibles tanto el cese de la criminalización a la disidencia y la vulneración de sus derechos, la liberación inmediata de los presos de conciencia imputados de delitos comunes; como la oposición, rechazo y condena al imperialismo en cualquiera de sus manifestaciones y orígenes, eso es, el repudio a la política hostil y coercitiva estadounidense y a la injerencia rusa y china.
En definitiva, la izquierda crítica contra-hegemónica y decolonial cubana, tiene que articular esfuerzos en cristalizar una nueva arquitectura para el poder, que tenga como premisas impedir su concentración y fraguar un metabolismo más sano con el eje central en el componente ciudadano. El socialismo se va haciendo realidad en la medida en que el individuo se va liberando de la opresión, ya sea económica o burocrática. La primera condición para conseguirlo es la concientización colectiva. Lo que no toma forma en la conciencia humana, no lo hace en el constructo social.
Ante el peligro siempre presente de la traición, las contra-revoluciones políticas, la prostitución de los principios, el vaciamiento de los paradigmas y la derechización de las tradicionales fuerzas de izquierda en la región, es válido recordar a Trotski y su pronunciamiento de 1936, en el prólogo a La Revolución traicionada: «mientras la revolución es la locomotora de la historia, los regímenes reaccionarios —especialmente regímenes totalitarios como el estalinista— actúan como un gran freno para la conciencia humana».
La nueva izquierda cubana no se puede quedar en el cuestionamiento y el debate, la situación demanda una actitud propositiva y resolutiva; una izquierda con agenda propia que construya. Frente a las disyuntivas políticas actuales, un camino: ni burocratismos ni bloqueos: ¡Socialismo y libertad!

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