HAVANA CLIMA

sistema totalitario

De la lógica totalitaria a la ética democrática

A quienes se arriesgan hoy por el 15 de noviembre próximo.
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Lo humano es lo único que puede oponerse a lo inhumano. Sería completamente ilógico combatir el totalitarismo, o cualquier sistema inhumano, de una manera desalmada. Siempre que se ha utilizado la violencia para luchar contra la injusticia y el poder desmesurado, no se hizo más que replicarlos. ¿Hay posibilidad de seguir envenenados por la toxina totalitaria? Si nos quitamos el ropaje de silencio, ¿con qué «palabras» nos vestiremos?
No hay sociedad sin una lógica interna que dicte las pautas de cómo interpretar el mundo y cómo vivirlo. Hablo de formas priorizadas de representar al otro, y a sí mismo, de pensar la realidad, de relacionarnos. El totalitarismo insiste en sustentar y propagar una lógica de violencia binaria y excluyente.
Teniendo un enemigo exacerbado —y en esto el modelo ideo-político cubano es muy creativo, casi caricaturesco— se puede dejar lo cívico y lo ético a un lado justificadamente. Un régimen totalitario deshumaniza al enemigo, no reconoce humanidad en él y desde ahí, entonces, evade la culpa, se entrega feliz al acto de violencia o destrucción del otro. Esta es la manera de reclutamiento por excelencia de cualquier poder despótico. 
La urgencia política de los primeros pasos de la Revolución pudo justificar el continuar utilizando métodos de guerra. El resultado lo conocemos: nunca volvimos a ser una sociedad cívica ni democrática. Normalizamos los fusilamientos, el acoso, la intimidación, el destierro, las encarcelaciones arbitrarias.
Normalizamos los fusilamientos, el acoso, la intimidación, el destierro, las encarcelaciones arbitrarias.
Se logró anestesiar la mirada cívica del pueblo frente a los vejámenes a artistas, intelectuales, activistas, sin que la mayoría fuera capaz de horrorizarse y condenarlo. Vemos con naturalidad sujetos orgullosos de dar golpizas y disparar, como en el 11-J; periodistas alardean, profieren amenazas y asesinatos de reputación mediáticos por la televisión nacional. Hemos cambiado valores cívicos por valores de supervivencia.
No creo que un sistema totalitario se sustente solo en el miedo paralizante del pueblo. Me parece irrazonable asumir que un fenómeno tan complejo y devastador, se sostenga únicamente en ello. Hay que considerar también la transmisión de la lógica totalitaria en la vida cotidiana del cubano.
Reducir el asunto a un problema únicamente político o económico es un gran error. El daño social y antropológico que el modelo estalinista, con su encarnizada discriminación política, ha causado al tejido social de la nación, hay que tomarlo en consideración seriamente.
Varias generaciones de compatriotas han aprendido, consciente o inconscientemente, a tratarse con los códigos del totalitarismo. Es decir: exclusión y polarización política, justificación del odio al alimentar el miedo a un enemigo casi omnipresente, supeditación de la dignidad humana al dogma ideológico, ausencia de límites éticos cuando se trata de defender una posición política o ideológica. Lo humano, el lazo con el otro, con el cuerpo y su libertad, no valen nada si no se está a favor del partido.

#CheVive: “Seamos la pesadilla de los que pretenden arrebatarnos los sueños”
— Miguel Díaz-Canel Bermúdez (@DiazCanelB) October 8, 2021

Sea en nuestras familias, las amistades, las relaciones de pareja, instituciones religiosas y, por supuesto, en las instituciones estatales, se corre el riesgo de ser totalitario. Podemos continuar discriminándonos, odiándonos y desconfiando. La subjetividad es el campo desde donde se transmiten estas lógicas. Podemos creer que trascendimos el sistema, que estamos en contra, y aun así seguir regurgitando, a ciegas, los sesenta y dos años del ácido totalitario.
Bajo el mismo proceso de transmisión encontramos aquellos que, asumiendo una posición activa contra el gobierno cubano, no son más que clones del mismo, ya que no pueden hacer otra cosa que polarizar la sociedad, trasmitir violencia, miedo y paranoia social, como ha hecho la propaganda del PCC.
Hablo de los colaboradores de la lógica totalitaria del otro polo. Aquellos que hacen dinero de la acentuación del conflicto entre civiles. Estos, para lograr más audiencia en sus canales de YouTube, combinan noticias falsas con verdaderas (justifican así que todo vale para derrocar al enemigo), facilitando nuevos actos de repudio, esta vez organizados desde internet, contra la propia oposición o contra toda persona que no se inscriba en sus representaciones totalitarias de derecha.
No hay nada más lucrativo en los medios que una audiencia polarizada y creyente; pero a la vez, nada más peligroso. La mirada binaria de los extremos no piensa, solo reacciona, por tanto, es más fácil manipularla. Es una visión fascinada por la agresividad contra el otro polo. Perspectiva totalitaria sin los límites del respeto a lo humano. Extremos opuestos en contenido; iguales en su esencia.
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Para Foucault, la lógica de dominación se esconde no solo en las instituciones, sino también en los individuos. Se disfraza de una racionalidad, de argumentos que justifican la violencia. Dice en Dire et écrire: «el poder político es más profundo de lo que se sospecha. Hay centros y puntos de apoyo invisibles (…) Su verdadera solidez, su verdadera esencia se encuentra quizás, allí donde no lo esperamos (…)». (Foucault, 1994)
Si no aprendemos la lección de que no son los sistemas los que garantizan libertad y cambio, sino nosotros, cada individuo, el sujeto democrático; los seres humanos seguiremos repitiendo estos esquemas nocivos. Somos nosotros, los humanos, quienes somos éticos; no las creencias, ni las ideologías. La justicia, la democracia, es un acto, no una opinión. Si creemos que un cambio político es posible sin compromiso ético individual con la democracia, seguiremos repitiendo dictaduras.
Debemos comenzar a percibir nuestras diferencias en lo político como un ejercicio democrático, no como una señal de ataque. Debemos reconocer que la diversidad de la oposición; la ausencia esta vez de caudillos; las diversas proposiciones de lucha, perspectiva y organización; no son el enemigo, son la fuerza que trae ya el germen de la participación.
También opino que no es a los que vivimos fuera a quienes compete determinar qué debe hacerse dentro. Me parece repugnante pedir intervención militar desde Facebook, o alentar a los cubanos a arriesgarse en las calles desde un celular en otro país, comiendo ropa vieja, o un bocata con vino tinto; mientras jóvenes son golpeados, humillados y permanecen en prisión actualmente en Cuba. Entiendo que le toca al pueblo residente determinar qué hacer, y nosotros, los de fuera, apoyarlos. Sostener el reclamo del pueblo desde fuera, no al contrario.
Los cubanos que viven en otras naciones se han unido en su deseo de una Cuba democrática, pero asimismo corremos el riesgo de polarizarnos. Los tentáculos del pulpo totalitario también nos atrapan con sus leyes, sus precios, sus imposiciones económicas. Ahí hay mucho que hacer.
Los cubanos que viven en otras naciones se han unido en su deseo de una Cuba democrática, pero asimismo corremos el riesgo de polarizarnos. (Foto: Cristobal Herrera-Ulashkevich/EFE)
Confío en el poder de las manifestaciones, de las denuncias y testimonios de las víctimas de violencia de Estado. Creo en el poder de arrebatar pacíficamente la palabra secuestrada por los medios oficiales y en el cambio inminente en Cuba. Creo en la urgencia de parar la violencia política y sus derivados en la nación. Pero no creo que deba ser a cualquier precio.
El pueblo realmente no está dividido en dos. Dentro de los que amamos hay opositores y adeptos al régimen. Pongámosle rostro al otro, devolvámosle su humanidad y ya estaremos derrocando y sanando una sociedad enferma de soberbia totalitaria. El temor y la angustia que tenemos los cubanos no deben convertirse en «gesto asesino», como diría Levinas.
Judith Butler, en su texto Vida Precaria, hace un análisis de la situación política en Estados Unidos después del 11 de septiembre de 2001. El hecho de que la soberanía nacional haya sido desafiada —dice Butler—, no significa que deba reforzarse a cualquier costo, si ello conlleva la suspensión de las libertades civiles y la supresión del disenso político (Butler 2006).  
Respecto a Cuba, opino que es solo en la puesta en acto del ejercicio ético y democrático de los individuos y sus asociaciones, que se puede derrocar el despotismo. La propuesta del 15 de noviembre es un ejemplo.
Cada persona, sea cuales fueren su edad, género, identidad cultural, posición y clase social; tiene algo que no puede ser doblegado, un deseo irreductible, quiere ir más allá de lo que se le ha impuesto. Ningún régimen totalitario podrá jamás aplastarlo. Aun así, el modelo cubano lo intenta desgarradoramente. Urge pararlo. Esto, sin embargo, no excluye una interrogante crucial: ¿estaremos a la altura ética necesaria para la democracia?

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Controversias sobre el (los) diálogo(s)

Diálogo se ha vuelto palabra recurrente y controversial. Como expresión de la crisis sistémica del país, pareciera que hablamos sin entendernos. Desde la sociedad civil se acuña al gobierno como no dialogante; mientras, este reitera que siempre ha estado dispuesto al diálogo, y de hecho lo hace. ¿Entonces?
En principio, el diálogo es la forma de comunicación entre dos o más personas que exponen e intercambian ideas, una conversación que no implica necesariamente concertar acuerdos. Tiene múltiples variantes, es también mecanismo de resolución de conflictos y recurso fundamental para la convivencia civilizada.
En el ámbito sociopolítico —sean espontáneos, planificados, entre sectores sociales y entre estos y el poder— se emplea para articular consensos y solucionar problemas específicos. Sin embargo, cuando la crisis es general y se quiebra el pacto social, existen partes en disputa y represión; o cuando se pretende transitar de tradiciones autoritarias a una democratización de la sociedad, la experiencia internacional aconseja la convocatoria a un Diálogo Nacional.
Este debe ser inclusivo, sentar a la mesa de negociaciones a las partes en conflicto y derivar acuerdos vinculantes. Cinco reglas probadamente efectivas en escenarios negociadores son: 1) reconocer que todos tenemos percepciones viciadas sobre lo justo; 2) evitar que las tensiones se agraven con amenazas y provocaciones; 3) superar la mentalidad de «nosotros contra ellos» y concentrarse en buscar el objetivo común; 4) develar los problemas ocultos bajo la superficie y 5) separar los temas «sagrados» de los que no lo son en realidad.
La película Oslo, estrenada en la televisión cubana recientemente, ilustra cómo se lleva a cabo un proceso de diálogo entre partes en conflicto, Israel y Palestina en ese caso.

Tres factores evidencian la pertinencia de un Diálogo Nacional en Cuba:
1.- Desgaste e inoperancia de los canales tradicionales de diálogo relacionados con el poder. Han sido diversos entre ciudadanos y componentes del sistema político. El más amplio y decisivo para el desarrollo democrático es el de los órganos del Poder Popular. Desde hace más de tres décadas, o se han vaciado de contenido y eficacia, o no tienen impacto ni credibilidad a escala popular.
2.- Mayor complejidad y riesgos en el escenario actual: crisis económica y social, incremento de las contradicciones internas, ampliación del disenso con alternativas ideopolíticas, acciones cívicas contestatarias  e incremento de la represión. Noviembre 2020 abrió una fase crítica con los sucesos de San Isidro, el MINCULT y sucesivas protestas aisladas, hasta el estallido social del 11-J. Casi todas fueron pacíficas y apelaban en su mayoría al diálogo con la institucionalidad del país, pero fueron reprimidas.
3.- Persistencia de la criminalización del disenso y evasión del diálogo inclusivo a partir de la estimulación del extremismo político y la crisis. Dos ejemplos:
– Sucesos del 27 de noviembre en el MINCULT. Gracias a su magnitud y la sorpresa, se logró un primer diálogo, más que todo una negociación para el siguiente, con algunas decisiones oficiales emergentes para calmar los ánimos. Sin embargo, el gobierno canceló el diálogo e insistió en no hacerlo con personas supuestamente comprometidas con la agenda de los EE.UU. Inició una campaña de criminalización en varios medios y amplió sucesivamente, sin pruebas condenatorias, la lista de excluidos —quienes «apoyan actividades terroristas», o tienen demandas «con un origen en la mentira y el oportunismo»— con los que «no existe opción de conversar».
– Articulación Plebeya, iniciativa con rápida acogida en la sociedad civil y que generó un primer debate público en internet sobre el Diálogo Nacional. Este fue atacado directamente y el proyecto experimentó la criminalización en los medios y la desarticulación por el gobierno. Uno de los textos más agresivos «Ni plebeyos ni patricios: equivocados», se publicó en Cubadebate, con setenta y cinco comentarios del mismo tono, muchos sin conocer la razón del título.
Después del 27 de noviembre y el acuerdo inicial, el gobierno canceló el diálogo e insistió en no hacerlo con personas supuestamente comprometidas con la agenda de los EE.UU (Foto: Yamil Lage/AFP)
No basta reconocer la pluralidad
Esos y otros fracasos similares provocaron frustraciones y reservas respecto a la viabilidad de un Diálogo Nacional. El gobierno, aparentemente dialogante, ha mantenido el discurso polarizante y excluyente. No admite siquiera el derecho a réplica de quienes son desacreditados en medios oficiales. Estos solo encuentran espacio en las redes sociales y la prensa independiente.
Las recientes protestas masivas evidenciaron que no se trata de un sector, demanda o lugar específicos. Es un conflicto nacional que por primera vez replica la emigración en varios países. En la raíz está la fractura del pacto social que había emergido de la Revolución durante los años sesenta. La persistencia de un modelo con rasgos totalitarios y del corporativismo autoritario, agudizó las contradicciones internas que identifican nuestro presente.
Un proceso de diálogo nacional es la mejor vía para conseguir, como expresó el sociólogo cubano Lenier López, «un marco con reglas justas en el cual ninguna de las tantas partes que componen nuestra nación pueda ser avasallada por otra».
Solo los extremos —el sector radical en los EE.UU., que tiene algunos seguidores en Cuba y el gobierno cubano— se han opuesto a ese Diálogo. Ambos sostienen posturas intransigentes y no reconocen legitimidad en los contrarios.
El desconocimiento de la institucionalidad del país y el extremismo contra quienes optan por esa solución pacífica y soberana, no impediría el Diálogo, pero complica el escenario al enrarecer el ambiente para tal proceso. Deberían pensar responsablemente en las condiciones de Cuba y considerar que la violencia y/o cualquier subordinación a una agenda extranjera, los descalifica ante las mayorías.
La responsabilidad del gobierno es alta porque a su cargo está la estabilidad del país y la activación del mecanismo de diálogo nacional. Su actitud es incoherente con la capacidad negociadora que muestra internacionalmente. Una simple evidencia es su papel en los diálogos sobre la paz en Colombia, el proceso para restablecer las relaciones bilaterales con los EE.UU, e incluso con la CIA para cooperar en inteligencia.
La actitud del gobierno es incoherente con la capacidad negociadora que muestra internacionalmente. Una simple evidencia es el proceso para restablecer las relaciones bilaterales con los EE.UU (Foto: Pablo Mayo Cerqueiro/Reuters)
En el ámbito nacional, el Partido/Gobierno/Estado usa el diálogo en la cómoda y tradicional acepción de conversación, de donde pueden derivar o no decisiones oficiales. Con frecuencia se combinan las muestras de «reafirmación revolucionaria» y —desde el compromiso político incondicional— discretas reivindicaciones sectoriales. 
Todos los diálogos son legítimos, pero:
– Los que son al estilo del gobierno ayudan solo momentáneamente porque no resuelven el verdadero conflicto, que se mantiene en los procesos paralelos: agudización de la crisis, medidas paliativas o a destiempo, represión, cascada de leyes y decretos de espaldas al pueblo, algunas de las cuales otorgan ciertos beneficios, pero en lo esencial pretenden blindar más al Estado y ahogar el disenso.
– Existe una profunda asimetría entre las partes. Un Partido/Gobierno/Estado todopoderoso y una sociedad civil débil y violentada sistemáticamente por este. El gobierno es doblemente opresivo y agudiza las contradicciones cuando —a sabiendas de que la mayoría no responde a ninguna agenda extranjera— impide que esa parte en desventaja ejerza el mismo derecho a dialogar y articularse.  
No basta reconocer la pluralidad, es preciso apegarse al pluralismo político como principio para gobernar democráticamente. Estamos en un momento crucial y debemos entendernos. El conflicto es nacional y como tal debe encararse. Un diálogo a esa escala permite alcanzar acuerdos vinculantes y sostenibles para salir de la crisis. Sería un importante paso de avance en el camino para edificar un nuevo proyecto de país.
Para contactar con la autora: ivettegarciagonzalez@gmail.com

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