HAVANA CLIMA

servicios públicos

La quiebra del ritual de la subsistencia

Al triunfo de la Revolución, la economía cubana clasificaba como una de las más productivas de la región y, al unísono, como una de las más desiguales. Los principales problemas socioeconómicos de entonces estaban relacionados con los altos índices de inequidad en la distribución y, por ende, de injusticia social y desproporción entre los territorios. A esto se añadía, en lo político, la imposición de la dictadura de Batista como ruptura de la continuidad democrática postulada por la Constitución del 40.
De ahí que sean ciertas las imágenes de los años cincuenta, tanto las de bodegas surtidas y avenidas iluminadas llenas de automóviles, como las de niños famélicos de vientres hinchados, desalojos campesinos y jóvenes asesinados tirados en las cunetas. Para librar al país de la tiranía y poner esa riqueza a disposición del pueblo, fue que este hizo la Revolución al precio de sus mejores hijos. Sin embargo, seis décadas después, la producción cubana ha mermado tanto que no alcanza siquiera para dar continuidad al paupérrimo ritual de la subsistencia cotidiana.
-I-
Los regímenes de socialismo estatizado y burocrático partieron de garantizar a las grandes mayorías determinados niveles a través de una combinación de bajos precios y salarios y amplios fondos sociales de consumo. Tanto Stalin como Mao postularon que las masas no debían alcanzar niveles de vida propios de clases medias, por cuanto esto estimularía las ínfulas pequeñoburguesas y pondría en peligro la uniformidad necesaria en la llamada dictadura del proletariado.
En ese entorno de escasez relativa, se enraizó un estado de cosas donde la baja calidad de los bienes y servicios, carencias y largas colas se incorporaron al modus vivendi de las mayorías en tanto rituales consustanciales a la nueva sociedad. No obstante, el igualitarismo en la distribución, la protección a los grupos vulnerables y los logros en salud, educación, cultura y deportes pasaron a ser atributos de los países socialistas y elevaron, en sentido general, los niveles de vida. Con sus peculiaridades, Cuba manifestó todos esos rasgos hasta 1990.
Transporte público durante el Período Especial. (Foto: Havana Leaks)
Cuando ese modelo implosionó a escala global y se instauró el llamado Período Especial en Cuba, la sociedad insular presenció no solo la quiebra brusca de la vieja economía monoexportadora, sino un crecimiento de las dificultades para acceder a bienes esenciales de subsistencia (alimentos, medicinas, vivienda, servicios básicos), ahora más escasos y cada vez más caros. Parecía que si bien habíamos entrado en la crisis como un todo, cada uno iría saliendo de ella por su cuenta.
Con altibajos, esta situación se fue tornando cotidiana y las medidas tomadas por el Gobierno/Partido/Estado para relanzar la producción y los servicios, aún con  éxitos temporales, naufragaron una tras otra. Doble moneda, Batalla de Ideas, Revolución Energética, paraíso turístico del Caribe, Misiones profesionales, Zona Especial de Desarrollo Mariel… fueron otras tantas quimeras que no lograron detener la ruina de la producción nacional y el aumento de la desigualdad social.
En consecuencia, crecieron la desconfianza en las autoridades y la enajenación de amplios sectores poblacionales, en particular la juventud, evidenciada en su tendencia creciente a emigrar a cualquier parte. Haciendo oídos sordos a la presión popular y a la opinión especializada, que clamaban por reformas liberalizadoras del obsoleto modelo, el Gobierno/Partido/Estado perdió un tiempo precioso por razones de extremismo ideológico y afán oportunista en preservar la hegemonía del grupo de poder militar/burocrático tradicional.
Mientras se construían cada vez más hoteles para GAESA, la industria, agricultura, ciencia y tecnología, educación y salud, agonizaban por falta de inversiones; junto a ellas, caían estrepitosamente los niveles de consumo y la ya restringida calidad de vida de la población. Para colmo de males, cuando las medidas del presidente norteamericano Donald Trump para recrudecer el bloqueo y la pandemia de la Covid-19 azotaban con más fuerza, el ritual de subsistencia de los sectores populares fue puesto en crisis como nunca antes por una decisión interna: la «Tarea Ordenamiento».
-II-
Si bien durante años muchos abogamos por la eliminación de la doble moneda y sus múltiples tasas de cambio, creo que nadie concibió que ello se aplicara de tal forma que la cura sería peor que la enfermedad. No fue el necesario reordenamiento monetario y económico lo que agravó los males del país, sino el modo en que se efectuó, guiado por el empeño en proteger los intereses de grupos privilegiados que se sitúan por encima de las necesidades nacionales.
No haber estimulado previamente la creación de empresas privadas y cooperativas que dieran empleo de calidad a miles de trabajadores; eliminar el CUC para establecer en su lugar un creciente mercado dolarizado digitalmente vía tarjetas MLC; no adoptar mecanismo alguno para venderlo a la población; fijar una tasa de cambio sobrevaluada artificialmente y mantenerla aunque la informal, más realista, la supere cinco veces; y añadirle ahora una tercera, intermedia, para vender MLC solo a determinadas empresas escogidas centralmente; son otros tantos factores de deterioro del valor del peso cubano y, por tanto, del incremento de la inflación y hundimiento del nivel de vida de los sectores populares.

El viejo ritual socialista de la subsistencia acaba de quebrarse en pedazos ante el peñón de los intereses particulares de un grupo de agiotistas, que han hecho de la explotación directa a los consumidores cubanos y sus familiares emigrados un modo de producción propio. Los sectores más vulnerables, en particular los adultos mayores, pensionistas y jubilados, se hallan al límite de su resistencia física y emocional ante la presión combinada de precios estatales sin subsidio, carencia de posibilidades de acceder al mercado en MLC, hiperinflación en los diferentes mercados y escasez permanente en la oferta de alimentos y otros bienes y servicios básicos.  
Basta recorrer pueblos y ciudades para notar la proliferación de grupos de ancianos, famélicos y cansados, esperando en las afueras de bodegas y panaderías a que vendan algo a precios no tan altos para hacer la cola y llevar a casa algo con que atenuar transitoriamente el hambre de la familia. Este mes de junio vienen a complicar aún más la situación las dificultades con el cubrimiento de la ración normada de azúcar, arroz y granos —de por sí insuficiente—, la continuidad de los apagones y el fuerte inicio de la temporada de lluvias.
Si la protección a los sectores más vulnerables prácticamente va extinguiéndose mes tras mes, aun cuando han sido ellos los protagonistas más heroicos y leales del proyecto de la Revolución: ¿qué queda en Cuba del viejo modelo socialista estatizado, excepto el monopolio del poder por el mismo grupo que lo ha ejercido desde hace décadas, sus descendientes y senescales?
Urge abandonar la práctica demagógica de prometer y justificar, una y otra vez, y tomar iniciativas objetivas y racionales que conduzcan a resultados más promisorios.
Entre ellas: ampliar la oferta de bienes y servicios estatales en moneda nacional; abandonar el mecanismo de expoliación de los cubanos de dentro y afuera a través del mercado en MLC; disminuir los compromisos estatales y promover la producción y venta libre de las producciones agropecuarias y la competencia entre los diferentes sectores productivos; crear un mercado transparente de divisas; renunciar al fallido monopolio estatal sobre el comercio exterior e interior; y abrir el mercado interno a comerciantes, cubanos y  extranjeros, que lo provean de bienes suficientes a precios seguramente más bajos que los de las actuales tiendas de GAESA.
Es preciso cambiar de una vez la forma de gobernar, soberbia y elitista, del sector hegemónico de la burocracia en el Gobierno/Partido/Estado, incapaz ya de plantear siquiera proyectos eficaces, viables y aglutinadores de la voluntad popular; y adoptar propuestas de solución para los problemas viejos y nuevos que incorporen los puntos de vista de la ciudadanía, tantas veces ignorados y ninguneados. Solo así podrá el pueblo cubano librarse definitivamente del triste ritual de la subsistencia que tanto amarga sus vidas, y tener la posibilidad de satisfacer sus necesidades con mayor holgura, acorde a lo que cada uno aporte honestamente al bien común.

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Vergüenza propia

El conocido trovador y poeta Silvio Rodríguez realiza una pregunta movilizadora en su blog Segunda Cita e invita a quienes son asiduos a ese espacio de opinión a pensar y opinar sobre el tema en forma de hipótesis o posibles respuestas a su pregunta.
Las primeras respuestas que se inscriben, en mi parecer, sitúan el tema adecuadamente, pues no buscan cabezas de turcos sino que se atienen a lo estipulado en nuestra Constitución, especialmente en los artículos 5, 42, 102, 107, 125 y 133, de manera que la máxima responsabilidad recae en el primer secretario del Partido, el presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, el presidente del Consejo de Estado y el primer ministro, en tanto representantes, cada uno de ellos, respectivamente, de «la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado», «el órgano supremo del poder del Estado», la República de Cuba y el Gobierno de la República; administrador, este último, de todos los bienes del Estado Cubano.
A ellos yo añadiría a la propia ciudadanía de la nación —de la cual formo parte—, por nuestro carácter pasivo, por no estar todavía a la altura de nuestra responsabilidad ciudadana. No importa si hemos funcionado así por un exceso de disciplina, de confianza en nuestros dirigentes, por inercia tras años sin ejercitar verdaderamente nuestros derechos ciudadanos; por frustración, cansancio, falta de fe, pragmatismo, por mantenernos ocupados —y bien ocupados— siempre en nuestra doméstica supervivencia, y cualquiera otra razón. El resultado es el mismo. Hemos perdido tiempo, un tiempo irrecuperable. Al menos, que quede como lección para otros.
A la vez, me parece pertinente no dejar de razonar sobre los vacíos y las brechas. Los vacíos están en el modo, la forma, el lugar donde hacer valer —eficazmente, por demás— nuestros criterios. ¿Dónde hablamos y quién —de verdad— nos escucha y responde?  En cómo es que se ejerce el derecho ciudadano de modo no angustioso, sino simple y transparentemente.
El conocido trovador y poeta Silvio Rodríguez realiza una pregunta movilizadora en su blog Segunda Cita.
Los vacíos también están en los conceptos: baste citar el más alto, la responsabilidad individual mayor, el de ciudadano. El conjunto de la ciudadanía conforma el pueblo y el pueblo es el real soberano de nuestro sistema social. Por el pueblo y para el pueblo existe todo lo demás, pero no es un secreto, sino triste práctica cotidiana que, en primer lugar, los servidores públicos maltratan, sistemáticamente, al pueblo.
En segundo lugar, es factible apreciar como a una zona significativa de los servidores públicos no les interesa el bien común en lo absoluto, ni mucho menos el Socialismo, se han convertido en «clase para sí» y solo responden a sus personales intereses y beneficios. Ellos son eso que yo denomino «la burocracia perversa». Ellos, y no los manifestantes pacíficos que muestran con claridad sus posturas, son quienes constituyen el peligro, por las posiciones que ocupan en el entramado social y las cuotas de poder que detentan.
¿Las brechas? Una de ellas, que gana espacio de modo alarmante, se halla entre la ciudadanía y los estratos dirigentes, al punto que el segundo factor desconoce y es incapaz de imaginar siquiera, las condiciones en que desarrolla cotidianamente su vida el primero. La gravedad del tema, en una visión puramente pragmática, es que así, en estas condiciones, ha de concebir, implementar y decidir políticas sociales.
La otra se manifiesta entre lo que se piensa y lo que se hace. Aun cuando éticamente debieran coincidir, es común y hasta «premiable» la distancia entre ambos. Por conveniente, por útil para pasar ante el que tendría que ejercer el arbitraje es que gana adeptos tal ejercicio hipócrita y enajenado, pero no puede ser de otra manera cuando, en ocasiones, dicha práctica no es ajena al árbitro.

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