HAVANA CLIMA

Se va a caer

La Diva en la vitrina

Ella es La Diva de la noche habanera. Félix, la dueña de Pazillo. Félix, la niña de su casa. Félix, un joven luchador.
“Mi familia es pequeña. Mi mamá, mi abuela y yo. También hay un padrastro intermitente”.
Félix nació en un barrio pobre llamado Santa Amalia, en el municipio Arroyo Naranjo de La Habana. Viene de una familia negra con la que ha tenido algunas desavenencias.
“Nada es perfecto. Mi madre se preocupa un poco, pero de manera general me apoya. Compramos ropa juntas, nos hacemos las uñas. Mi abuelita, que tiene un principio de demencia, lo ve todo muy artístico”.
Para Félix, la sociedad ha creado un estereotipo sobre las historias de personas género disidentes enfocado en el abandono, la prostitución, las drogas o el sufrimiento. Pero esa no es su historia. Ella es una persona realizada. En el 2016 se graduó del Conservatorio Amadeo Roldán en la especialidad de Canto Lírico. Desde hace varios años ha tomado la escena nocturna habanera para convertirse en la reina de la noche.
Cada miércoles Félix se alista y va a trabajar. El bar Pazillo se ha ido ganando al público LGBTIQA+ de la ciudad y ella es la anfitriona de la noche. La Diva, le dicen.
Vestida de traje. Vestido con minifalda. Con un pantalón. A veces maquillada; otras no. Con barba y labial rojo. Es el alma de la fiesta. Va de mesa en mesa. De persona a persona. Los hace reír. Los educa. Los enseña a aceptar.
“Yo hago una animación personalizada. Me esfuerzo por que las personas se sientan incluidas y la pasen bien. Les cuento un chiste o una historia de amor. También canto”.
Cuando se visita ese rincón de la barriada de El Vedado lo primero que los clientes preguntan es: “¿Está hoy La Diva?”.
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Es necesario que exista una educación sexual inclusiva, trabajar los falsos mitos, tener referentes diversos para los infantes (Foto: Ismario Rodríguez).
La Fundación del Español Urgente (FundéuRAE) define el concepto “género fluido” como la persona que no se identifica con una única identidad de género, sino que va fluyendo entre ellas. Con respecto a este tipo de identidad de género, profesionales del Grupo de Psicología y Sexología de la Delegación de Sevilla del Colegio Oficial de Psicología de Andalucía Occidental (COP-AO) suscriben que “el género fluido es una identidad que se caracteriza por que la persona va variando, es decir, fluyendo entre dos o más identidades, por ejemplo, bigénero y ágenero, o pueden ser identidades dentro del binarismo hombre/mujer o bien fuera de la idea normativa de hombre y mujer”.
Por tanto, el género fluido desgarra el pensamiento que define la identidad de género como estática y binaria dentro de los parámetros de masculino y femenino, además, se reconoce como un concepto más diverso que puede variar a lo largo del tiempo. Asimismo, este Grupo de Psicología destaca que la diversidad y la complejidad de la propia definición de género fluido hace que sea una vivencia única en cada persona.
“Así, habrá personas que varíen su expresión de género conforme a la identidad, otras en las que no habrá cambios en su forma de vestir o comportarse, también habrá quien decida recurrir a tratamiento hormonal o intervención quirúrgica, así como quienes decidan no tomar esta vía. En este sentido, en algunos casos habrá fluidez de pronombres, una petición de no uso de los mismos o bien que se mantengan los asignados”, detallan.
Con respecto al uso de pronombres inclusivos, Santiago Muñoz Machado, máximo directivo de la Real Academia Española, dijo en Cuba que si el llamado lenguaje inclusivo –por ejemplo, escribir o decir “todes” en vez de “todos” o “todas”– se impone entre los hispanohablantes, la RAE no tendrá más remedio que asimilarlo, pero aseguró que por ahora se trata de una extravagancia que no facilita la comunicación.
Lo importante es entender el lenguaje como un aparato social destinado a evolucionar. No es estático o rígido. Se debe respetar las palabras que las personas escogen para referirse a ellas mismas.
Para Félix, una persona de género fluido es alguien que no se identifica con un género ni con otro. Es un ser auténtico que fluye con lo que le apetece en el momento.
“Si me quiero sentir hoy más femenino, lo asumo. Si me siento más masculino, pues está bien. Depende de cómo tenga el día”.
Félix no cree que tenga una identidad. Tampoco tiene por qué sentirlo.
“Yo soy Félix y punto. Félix con saya. Félix con pantalón. Félix con vestido. Félix con traje. Depende de las circunstancias, el momento y lo que me apetezca usar, llevar o ser. Con quien me apetezca estar, puede ser con un hombre, con una mujer o con otra persona fluida”.
Se pueden referir a ella como mujer o como hombre. Prefiere que se refieran como Félix.
“Para mí fue un proceso de autodescubrimiento. Yo siempre creí que era gay. Pero he notado que también me atraen las mujeres. No tiene una cosa que ver con la otra”.
La identidad de género es independiente a la orientación sexual. Esencialmente, al hablar de género fluido existen asociaciones incorrectas sobre la orientación sexual de estas personas. Al respecto, la Asociación Americana de Psicología afirma que identidad de género y orientación sexual son cosas diferentes: “La orientación sexual hace referencia a la atracción física, romántica y/o emocional permanente de una persona por otra, en tanto que la identidad de género se refiere al sentido interno que una persona tiene de ser hombre, mujer o algo diferente”.
De forma que una persona de género fluido, a veces incorrectamente englobada dentro del espectro trans, puede ser heterosexual, homosexual, bisexual o asexual, al igual que el resto de personas que se identifican con otras identidades de género.
Hasta la fecha en Cuba los planes de estudio existentes sobre educación sexual tienden con frecuencia a excluir a las personas LGBTIQA+, incluso a estigmatizarlas. La juventud de este grupo se enfrenta a menudo al acoso escolar y corre un mayor riesgo de autolesionarse o suicidarse debido al rechazo social que su orientación sexual o identidad de género origina. Es imperativo proporcionar una educación sexual integral que satisfaga sus necesidades.
Por lo tanto, la educación sexual debe incluir información relevante para que sea científicamente rigurosa y apropiada para la edad. Se trata, en definitiva, de ayudar a comprender qué es la orientación sexual y la identidad de género, desmontar mitos y estereotipos comunes sobre las personas LGBTIQA+.
El 26 de febrero de 2021, el Ministerio de Educación (Mined) aprobó un “Programa de Educación Integral en Sexualidad con enfoque de género y derechos sexuales y reproductivos”, que luego sería aplazado indefinidamente por presiones de grupos religiosos y conservadores.
Desde el punto de vista legal, en Cuba estas personas continúan sin ser reconocidas dentro de la identidad que asumen.
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La expresión de género es la forma en la que la identidad se expresa en un contexto social a través de actitudes, comportamientos y roles. La identidad y la expresión de género no siempre coinciden (Foto: Ismario Rodríguez).
Félix nunca salió del armario. Estaba en una vitrina. En un mostrador, expuesto.
“Siempre fui muy amanerado. A veces era un poco retraído por el bullying. Era muy tranquilo para no llamar la atención. Cuando crecí un poco más y entré en la escuela de arte, que siempre son un poco más abiertas que el resto, tuve la valentía de convertirme plenamente en mí, en lo que soy ahora. Aún estoy descubriendo el mundo, mi mundo”.
Para algunas personas esconderse no es una opción. Ya sea por coraje o simplemente porque no pueden.
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La expresión de género no es un disfraz. En ocasiones se confunde erróneamente con travestismo (Foto: Ismario Rodríguez).
La gente le hace preguntas raras.
–¿Cuál es tu nombre?
–Félix.
–¿Y por qué Félix, si estás vestido de mujer?
–Yo no estoy vestido de mujer. Estoy vestido de yo.
“Cuando me pongo una prenda deja de ser de mujer o de hombre. Es mi prenda”, explica.
Estas preguntas parecen no perturbarlo. Pero en varias ocasiones las circunstancias han escalado a violencia.
Hace poco se encontraba en una fiesta alejada de la cuidad. Eran cerca de las 10 de la noche. Allí se lastimó un tobillo. Una lesión vieja. Tuvo que retirarse porque le dolía mucho. Ninguno de los taxis que allí había quiso llevarlo porque solo tenía 700 pesos.
Finalmente logró parar uno y le pagó al chofer. Al cabo de unos minutos notó que el carro se había desviado de la avenida principal.
“Me asusté muchísimo. Todo parece indicar que me quería asaltar, violar, o peor”, cuenta.
La policía detuvo al carro porque iba a exceso de velocidad y rápido Félix se bajó y les explicó a los oficiales lo que estaba pasando. No le hicieron ningún caso.
Cuando el chofer vio que le estaba contando a la policía lo que sucedía, golpeó a Félix en la cara.
“Nos esposaron a los dos. Nos llevaron para la estación. Nos pusieron una multa por violencia pública”.
Ese día Félix tenía puesta una saya.
***
“Lo importante no es ser normal, sino ser uno mismo”, dice Félix. (Foto: Ismario Rodríguez).
“Yo soy una persona sufrida”, dice.
Ella tiene un mundo interior profundo. Es de ese tipo de gente que siente todo lo que hace. Cada experiencia la vive intensamente. Es también un luchador.
Félix ha tenido que “guerrear” por su nombre, por su derecho a ser, por su familia, pero sobre todo por sí mismo. Ella sabe que no será completamente plena hasta que no deje de tratar de complacer a todo el mundo. Ser quien es por él, para ella.
“Yo soy una persona sufrida”, repite mientras canta canciones de divas desconsoladas. La Lupe, Elena Burke, Bola de Nieve.
Interrumpe la melodía y dice: “Ahora que lo pienso, yo no tengo ningún problema real en mi vida. Soy una persona sufrida, pero feliz”.

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Si no pujas bien, él va a morir

Como a las seis de la mañana sentiste que te estabas orinando porque claro, tú no sabías qué era reventar la fuente. Tú no sabías nada. Mami entró a llevarte el desayuno y habló con los médicos para que te revisaran. Había llegado el obstetra que buscamos para tener algo seguro porque el Materno estaba “en candela”. El Materno y todo lo que fuera hospitales. Habías dilatado cuatro centímetros después de pasar la noche rabiando de dolor sin que te hicieran el mínimo caso. Te decían: “Acuéstate a dormir, porque mañana no vas a tener fuerzas para parir”, y tú no podías dormir, no podías sentarte, no podías estar de pie por los dolores. Te asomabas por la ventana de la salita aquella, ¿te acuerdas?, la que daba a un patio interior que tiene el hospital Camilo Cienfuegos de Sancti Spíritus, a donde habían trasladado el Materno entonces; y del otro lado estábamos nosotros, en aquel pasillo oscuro, mirándote llorar bajo una luz fría, con la palma de la mano apoyada en el cristal.
No podíamos hacer nada, Yenny, y tú lo sabías y nosotros lo sabíamos, pero todo acabaría pronto y lo que nos esperaba era demasiado feliz: conocer a Thiago por fin (“¿Cómo serán su carita, o sus manitos, lo has pensado?”, jugábamos todo el tiempo). Luego desaparecías por un rato, intentabas dormir, orinar, dar paseítos, y volvías al cristal de la ventana. ¿Nos separaban qué, cincuenta metros? Algo así. Estábamos mami, Erick y yo; después llegó Tati con pozuelos de comida y pomos de jugo que devoramos escondidos en la escalera donde nos tirábamos a descansar cuando no estábamos mirándote o usando el teléfono público del fondo del pasillo. Veintinueve años tenías entonces, yo dieciocho. Te habían ingresado porque cumplías ya 41 semanas y no te ponías de parto. Lo más probable era que te indujeran cuando empezaron los dolores a las dos de la tarde.
***
En preparto te acostaron en una cama y una enfermera te puso un suero sin decirte qué era ni para qué. Preguntaste y entonces te explicaron: papaver para aliviar un poco el dolor y oxitocina para dilatar mejor el cuello del útero y mejorar el trabajo de parto. Nadie te consultó si querías un parto libre de drogas. A partir de ese momento, en que se intensificó el dolor, estuviste sola. Afuera nos teníamos unos a los otros: para preocuparnos por ti y por el bebé, para distraernos, qué sé yo.
Cada cierto tiempo los médicos te llamaban y te hacían tactos invasivos, con toda la mano, literalmente toda la mano, para dilatarte ellos mismos. Mientras, estabas acostada en una camilla y, cuando te venía una contracción, tenías que bajarte de allí, agacharte, hacer cuclillas y pujar más o menos bien. También podías quedarte acostada, subir las piernas e intentarlo de nuevo. A veces te ponían la cardiotocografía o CTG para monitorear al bebé, pero el resto del tiempo estabas acá y ellos allá, sentados en una cama hablando de fútbol. Te dijeron: “Cuando sientas que se te sale algo, nos avisas”, y pusieron a la muchacha que limpiaba la sala al lado tuyo, para que ella les dijera cómo ibas.
Y la verdad es que no podían tener quejas, porque tú, a pesar estar pasando por todo aquello, te comportaste “de buena manera” y hacías todo lo que te mandaban sin protestar ni llorar ni nada.
Fue mucho lo que pujaste ahí acostada hasta que sentiste deseos de hacer caca –esa es la sensación, ¿verdad? porque yo no sé nada de eso–, y le dijiste a la muchacha que limpiaba: “Yo siento que se me está saliendo algo”, y cuando ella miró era la cabeza del niño. Los médicos te dijeron: “Bueno, ahora te tienes que levantar y salir caminando hasta la sala de parto”. No podías creer aquello, no iban a llevarte en una camilla, Yenny, debías llegar tú sola, con tu bebé empujando desde dentro, defecando en tu vientre sin que te dieras cuenta. Complicando las cosas.
Lograste llegar a la sala de parto sin saber muy bien cómo, te acostaron y te dijeron que pujaras. Pensabas que lo habías estado haciendo bien, pero el niño no salía y por más que te esforzabas no había avance. Uno de los médicos se subió encima de tu panza y empujó con todas sus fuerzas: la maniobra Kristeller se le llama, un procedimiento que consiste en ejercer presión sobre el fondo uterino durante el período expulsivo. En ese momento no teníamos idea de qué significaba aquello, si era rutinario, si podía tener consecuencias para ti o para el bebé; si las había, no te las explicaron ni a ti ni a nosotros. Luego supe que se considera una mala práctica, que su uso está desaconsejado por la Organización Mundial de la Salud y que a pesar de ello se sigue implementando. Podría haber comprometido el estado fetal, o haberte provocado desgarros perineales de primer grado, según un artículo de la Revista Cubana de Obstetricia y Ginecología, sin contar la violación de tu autonomía, de tu derecho a decidir sobre tu cuerpo.
A Yadira Rubio Hernández, una amiga que entrevisté para esta serie sobre violencia obstétrica, también le aplicaron la maniobra sin consultarle antes. Ella tuvo a Daniel en 1997 y me contó que luego de horas de dolor y rayos X y sueros inconsultos también, y de haber pasado por varias salas, un médico comenzó a darle golpes en la barriga, debajo de los senos “para estimular que el niño saliera”. Entre el dolor, el miedo y el llanto, Yadira no sabía a qué atinar. Me dijo que siempre lloraba cuando contaba esto: en medio de su desesperación, le cogió las manos al doctor, “un moreno alto, fuerte”, se las quitó de encima y comenzó a besárselas, entre lágrimas, fue a lo que atinó, como diciendo “¡No me maltrates más, por favor!”. Lloré junto con ella esa tarde, y mientras te escribía esto.
***
La palabra “meconio” te resultaba extraña, pero no más que cualquier otra palabra que escuchas por primera vez. Los médicos la habían usado un par de veces porque estaban viendo el color de los fluidos que expulsabas. Thiago había defecado dentro de ti y eso los ponía en peligro a los dos. La enfermera te advirtió: “Fíjate lo que te voy a decir, ahora cuando venga la contracción tienes que pujar, porque si el niño no sale ahora se va a morir”, así te dijo, y yo imagino tu espanto ante esa revelación: en ese momento la que te querías morir eras tú. Uno de los médicos se acercó entonces y te explicó cómo debías hacerlo: como si quisieras defecar. Una información tan simple que llegaba con tanto retraso. Dos esfuerzos más bastaron para que naciera el bebé. El obstetra que te había estado atendiendo durante tantos meses lo recibió, se lo entregó al neonatólogo y se fue. Se fueron todos menos uno, encargado de “hacer todo lo demás”. Fue ahí que sentiste un dolor muy fuerte, incluso más fuerte que el de parto y cuando le preguntaste te dijo que era la extracción de la placenta.
¿En qué momento te cortaron? El proceso fue tan terrible que la episiotomía pudo haber ocurrido en cualquier minuto. “La herida que le hacen aquí a todas las embarazadas” le llamaste; la que, según ellos, hacen para que “haya mayor capacidad para el parto”; y tú no tienes idea de si tenías capacidad o no, nadie te hizo un estudio, un análisis, nada. “En estos momentos te estoy suturando”, te dijo el médico cuando preguntaste, “afuera son seis puntos nada más, pero dentro son un montón”, te advirtió.
Todo eso sin haber cargado a tu bebé, que tampoco entiendes por qué no te lo dieron enseguida, y eso que él lloró perfectamente, no tuvieron que hacerle nada extraño, tuvo un buen peso, fue un parto “normal”, como tú misma me dices.
Yadira tampoco recuerda el momento exacto en que le realizaron la episiotomía. Ella solo sintió “cómo aquello se abrió por ahí para abajo” sin que nadie le preguntara antes. Su bebé estaba llorando y a ella ya no le importaba nada más. Hasta que comenzaron a suturarla. Un dolor tan grande como el del parto. Incluso peor, me dijo. Cero anestesia, cero empatía. “¡Aguanta!”, era todo lo que escuchaba, y ella respondía: “Pero no me regañen más, me está doliendo, ¿qué quieres que haga, que me muerda los labios?”. Como tú, ella no estaba preparada para un procedimiento así. “Yo no sabía que eso dolía así, yo no sabía que ustedes me iban a coser como si fuera una vaca. Me lo tienen que decir: ‘mira te vamos a meter una aguja, no hay anestesia, o eso no lleva anestesia, aguanta…’. Un poquito de conversación, de dulzura, de cariño, al menos información, pero bueno, nada. Esa fue mi primera experiencia”. Veintipico puntos le dieron, casi los mismos que a ti.
Luego tendrías que pasar cinco horas en recuperación, en las que no pudiste orinar, pero nadie se preocupó por ello, ese era un “problema que tenías que resolver” con la acompañante que te permitían, porque las enfermeras no se dieron por enteradas. No sé si serían las mismas que luego, en la sala de cesárea –horas después de que pasara el ginecólogo de guardia y no se acercara a tu cama o a la del bebé– se asombraron de que quisieras curarte. “Eres la primera persona que nos pide que la curen, porque las embarazadas no se interesan por eso”, te dijeron, como si eso dependiera del “interés”, me dices, y no fuese una obligación curar las heridas cada mañana.
A esas alturas no sabías lo que había pasado durante el parto, ni por qué tenías un suero con antibióticos aún. En la tarde una enfermera se acercó y te preguntó quién te había indicado aquello, cuando los antibióticos se suministraban “única y exclusivamente” a las cesareadas y tú habías sido parto normal. “Te voy a quitar el suero”. Tú no sabías si eso estaba bien o mal, si ella podía tomar esa decisión o debía consultarlo con algún médico, si llevabas o no ese medicamento y por cuánto tiempo más tu cuerpo lo necesitaría.
Fue la pediatra, al mediodía siguiente, quien te dijo que el niño había sido un meconio intenso: “¿Tú no sabes lo que es eso? ¿No te lo dijo el ginecólogo que te hizo el parto?”. A ti lo único que te habían dicho era que pujaras más fuerte porque el bebé no podía permanecer más de cinco minutos dentro de ti. “Eso significa que se hizo caca en el vientre”, te explicó entonces, “pudo haber estado grave mucho tiempo, y eso también te puede traer otras consecuencias, porque en el caso de que salgas embarazada otra vez, se puede repetir”. No obstante, Thiago estaba de alta, y tú, a pesar de todo, eras de algún modo feliz. Y nosotros también lo fuimos.
El repetitivo recuento a quienes llegaban a la casa a conocer al bebé no revelaba nada fuera de lo ordinario: “Me porté bien”, “Tuve que pujar muchísimo ahí sola”, “Ah, sí, mima, eso es así, pero si lloras la cogen contigo”, “Lo que importa es que ambos tienen salud”. Todo normal. Doce años he demorado en ser consciente de la violencia que sufriste, en explicártelo sin que la impotencia me nuble la vista. Cinco viviste ese “trauma” tú, como lo has llamado, y cuando Oliver iba a llegar te agenciaste una cesárea para “no tener que volver a sufrir tanto”. Hoy sabemos las dos, también, que no fue exactamente así, y que por más arreglos que intentaste hacer la violencia se había enquistado al punto de volverse rutinaria. Como si no existiera otra forma conocida de hacer las cosas.
Nada te prepara para ese momento, me repites, a pesar de todos los cuentos, de todas las historias de las mujeres de la familia y las amigas y las vecinas. Una no sabe la magnitud de lo que le espera y, si hubiese manera de saberlo, no pariríamos, no aquí.

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Si no pujas bien, él va a morir

Como a las seis de la mañana sentiste que te estabas orinando porque claro, tú no sabías qué era reventar la fuente. Tú no sabías nada. Mami entró a llevarte el desayuno y habló con los médicos para que te revisaran. Había llegado el obstetra que buscamos para tener algo seguro porque el Materno estaba “en candela”. El Materno y todo lo que fuera hospitales. Habías dilatado cuatro centímetros después de pasar la noche rabiando de dolor sin que te hicieran el mínimo caso. Te decían: “Acuéstate a dormir, porque mañana no vas a tener fuerzas para parir”, y tú no podías dormir, no podías sentarte, no podías estar de pie por los dolores. Te asomabas por la ventana de la salita aquella, ¿te acuerdas?, la que daba a un patio interior que tiene el hospital Camilo Cienfuegos de Sancti Spíritus, a donde habían trasladado el Materno entonces; y del otro lado estábamos nosotros, en aquel pasillo oscuro, mirándote llorar bajo una luz fría, con la palma de la mano apoyada en el cristal.
No podíamos hacer nada, Yenny, y tú lo sabías y nosotros lo sabíamos, pero todo acabaría pronto y lo que nos esperaba era demasiado feliz: conocer a Thiago por fin (“¿Cómo serán su carita, o sus manitos, lo has pensado?”, jugábamos todo el tiempo). Luego desaparecías por un rato, intentabas dormir, orinar, dar paseítos, y volvías al cristal de la ventana. ¿Nos separaban qué, cincuenta metros? Algo así. Estábamos mami, Erick y yo; después llegó Tati con pozuelos de comida y pomos de jugo que devoramos escondidos en la escalera donde nos tirábamos a descansar cuando no estábamos mirándote o usando el teléfono público del fondo del pasillo. Veintinueve años tenías entonces, yo dieciocho. Te habían ingresado porque cumplías ya 41 semanas y no te ponías de parto. Lo más probable era que te indujeran cuando empezaron los dolores a las dos de la tarde.
***
En preparto te acostaron en una cama y una enfermera te puso un suero sin decirte qué era ni para qué. Preguntaste y entonces te explicaron: papaver para aliviar un poco el dolor y oxitocina para dilatar mejor el cuello del útero y mejorar el trabajo de parto. Nadie te consultó si querías un parto libre de drogas. A partir de ese momento, en que se intensificó el dolor, estuviste sola. Afuera nos teníamos unos a los otros: para preocuparnos por ti y por el bebé, para distraernos, qué sé yo.
Cada cierto tiempo los médicos te llamaban y te hacían tactos invasivos, con toda la mano, literalmente toda la mano, para dilatarte ellos mismos. Mientras, estabas acostada en una camilla y, cuando te venía una contracción, tenías que bajarte de allí, agacharte, hacer cuclillas y pujar más o menos bien. También podías quedarte acostada, subir las piernas e intentarlo de nuevo. A veces te ponían la cardiotocografía o CTG para monitorear al bebé, pero el resto del tiempo estabas acá y ellos allá, sentados en una cama hablando de fútbol. Te dijeron: “Cuando sientas que se te sale algo, nos avisas”, y pusieron a la muchacha que limpiaba la sala al lado tuyo, para que ella les dijera cómo ibas.
Y la verdad es que no podían tener quejas, porque tú, a pesar estar pasando por todo aquello, te comportaste “de buena manera” y hacías todo lo que te mandaban sin protestar ni llorar ni nada.
Fue mucho lo que pujaste ahí acostada hasta que sentiste deseos de hacer caca –esa es la sensación, ¿verdad? porque yo no sé nada de eso–, y le dijiste a la muchacha que limpiaba: “Yo siento que se me está saliendo algo”, y cuando ella miró era la cabeza del niño. Los médicos te dijeron: “Bueno, ahora te tienes que levantar y salir caminando hasta la sala de parto”. No podías creer aquello, no iban a llevarte en una camilla, Yenny, debías llegar tú sola, con tu bebé empujando desde dentro, defecando en tu vientre sin que te dieras cuenta. Complicando las cosas.
Lograste llegar a la sala de parto sin saber muy bien cómo, te acostaron y te dijeron que pujaras. Pensabas que lo habías estado haciendo bien, pero el niño no salía y por más que te esforzabas no había avance. Uno de los médicos se subió encima de tu panza y empujó con todas sus fuerzas: la maniobra Kristeller se le llama, un procedimiento que consiste en ejercer presión sobre el fondo uterino durante el período expulsivo. En ese momento no teníamos idea de qué significaba aquello, si era rutinario, si podía tener consecuencias para ti o para el bebé; si las había, no te las explicaron ni a ti ni a nosotros. Luego supe que se considera una mala práctica, que su uso está desaconsejado por la Organización Mundial de la Salud y que a pesar de ello se sigue implementando. Podría haber comprometido el estado fetal, o haberte provocado desgarros perineales de primer grado, según un artículo de la Revista Cubana de Obstetricia y Ginecología, sin contar la violación de tu autonomía, de tu derecho a decidir sobre tu cuerpo.
A Yadira Rubio Hernández, una amiga que entrevisté para esta serie sobre violencia obstétrica, también le aplicaron la maniobra sin consultarle antes. Ella tuvo a Daniel en 1997 y me contó que luego de horas de dolor y rayos X y sueros inconsultos también, y de haber pasado por varias salas, un médico comenzó a darle golpes en la barriga, debajo de los senos “para estimular que el niño saliera”. Entre el dolor, el miedo y el llanto, Yadira no sabía a qué atinar. Me dijo que siempre lloraba cuando contaba esto: en medio de su desesperación, le cogió las manos al doctor, “un moreno alto, fuerte”, se las quitó de encima y comenzó a besárselas, entre lágrimas, fue a lo que atinó, como diciendo “¡No me maltrates más, por favor!”. Lloré junto con ella esa tarde, y mientras te escribía esto.
***
La palabra “meconio” te resultaba extraña, pero no más que cualquier otra palabra que escuchas por primera vez. Los médicos la habían usado un par de veces porque estaban viendo el color de los fluidos que expulsabas. Thiago había defecado dentro de ti y eso los ponía en peligro a los dos. La enfermera te advirtió: “Fíjate lo que te voy a decir, ahora cuando venga la contracción tienes que pujar, porque si el niño no sale ahora se va a morir”, así te dijo, y yo imagino tu espanto ante esa revelación: en ese momento la que te querías morir eras tú. Uno de los médicos se acercó entonces y te explicó cómo debías hacerlo: como si quisieras defecar. Una información tan simple que llegaba con tanto retraso. Dos esfuerzos más bastaron para que naciera el bebé. El obstetra que te había estado atendiendo durante tantos meses lo recibió, se lo entregó al neonatólogo y se fue. Se fueron todos menos uno, encargado de “hacer todo lo demás”. Fue ahí que sentiste un dolor muy fuerte, incluso más fuerte que el de parto y cuando le preguntaste te dijo que era la extracción de la placenta.
¿En qué momento te cortaron? El proceso fue tan terrible que la episiotomía pudo haber ocurrido en cualquier minuto. “La herida que le hacen aquí a todas las embarazadas” le llamaste; la que, según ellos, hacen para que “haya mayor capacidad para el parto”; y tú no tienes idea de si tenías capacidad o no, nadie te hizo un estudio, un análisis, nada. “En estos momentos te estoy suturando”, te dijo el médico cuando preguntaste, “afuera son seis puntos nada más, pero dentro son un montón”, te advirtió.
Todo eso sin haber cargado a tu bebé, que tampoco entiendes por qué no te lo dieron enseguida, y eso que él lloró perfectamente, no tuvieron que hacerle nada extraño, tuvo un buen peso, fue un parto “normal”, como tú misma me dices.
Yadira tampoco recuerda el momento exacto en que le realizaron la episiotomía. Ella solo sintió “cómo aquello se abrió por ahí para abajo” sin que nadie le preguntara antes. Su bebé estaba llorando y a ella ya no le importaba nada más. Hasta que comenzaron a suturarla. Un dolor tan grande como el del parto. Incluso peor, me dijo. Cero anestesia, cero empatía. “¡Aguanta!”, era todo lo que escuchaba, y ella respondía: “Pero no me regañen más, me está doliendo, ¿qué quieres que haga, que me muerda los labios?”. Como tú, ella no estaba preparada para un procedimiento así. “Yo no sabía que eso dolía así, yo no sabía que ustedes me iban a coser como si fuera una vaca. Me lo tienen que decir: ‘mira te vamos a meter una aguja, no hay anestesia, o eso no lleva anestesia, aguanta…’. Un poquito de conversación, de dulzura, de cariño, al menos información, pero bueno, nada. Esa fue mi primera experiencia”. Veintipico puntos le dieron, casi los mismos que a ti.
Luego tendrías que pasar cinco horas en recuperación, en las que no pudiste orinar, pero nadie se preocupó por ello, ese era un “problema que tenías que resolver” con la acompañante que te permitían, porque las enfermeras no se dieron por enteradas. No sé si serían las mismas que luego, en la sala de cesárea –horas después de que pasara el ginecólogo de guardia y no se acercara a tu cama o a la del bebé– se asombraron de que quisieras curarte. “Eres la primera persona que nos pide que la curen, porque las embarazadas no se interesan por eso”, te dijeron, como si eso dependiera del “interés”, me dices, y no fuese una obligación curar las heridas cada mañana.
A esas alturas no sabías lo que había pasado durante el parto, ni por qué tenías un suero con antibióticos aún. En la tarde una enfermera se acercó y te preguntó quién te había indicado aquello, cuando los antibióticos se suministraban “única y exclusivamente” a las cesareadas y tú habías sido parto normal. “Te voy a quitar el suero”. Tú no sabías si eso estaba bien o mal, si ella podía tomar esa decisión o debía consultarlo con algún médico, si llevabas o no ese medicamento y por cuánto tiempo más tu cuerpo lo necesitaría.
Fue la pediatra, al mediodía siguiente, quien te dijo que el niño había sido un meconio intenso: “¿Tú no sabes lo que es eso? ¿No te lo dijo el ginecólogo que te hizo el parto?”. A ti lo único que te habían dicho era que pujaras más fuerte porque el bebé no podía permanecer más de cinco minutos dentro de ti. “Eso significa que se hizo caca en el vientre”, te explicó entonces, “pudo haber estado grave mucho tiempo, y eso también te puede traer otras consecuencias, porque en el caso de que salgas embarazada otra vez, se puede repetir”. No obstante, Thiago estaba de alta, y tú, a pesar de todo, eras de algún modo feliz. Y nosotros también lo fuimos.
El repetitivo recuento a quienes llegaban a la casa a conocer al bebé no revelaba nada fuera de lo ordinario: “Me porté bien”, “Tuve que pujar muchísimo ahí sola”, “Ah, sí, mima, eso es así, pero si lloras la cogen contigo”, “Lo que importa es que ambos tienen salud”. Todo normal. Doce años he demorado en ser consciente de la violencia que sufriste, en explicártelo sin que la impotencia me nuble la vista. Cinco viviste ese “trauma” tú, como lo has llamado, y cuando Oliver iba a llegar te agenciaste una cesárea para “no tener que volver a sufrir tanto”. Hoy sabemos las dos, también, que no fue exactamente así, y que por más arreglos que intentaste hacer la violencia se había enquistado al punto de volverse rutinaria. Como si no existiera otra forma conocida de hacer las cosas.
Nada te prepara para ese momento, me repites, a pesar de todos los cuentos, de todas las historias de las mujeres de la familia y las amigas y las vecinas. Una no sabe la magnitud de lo que le espera y, si hubiese manera de saberlo, no pariríamos, no aquí.

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¿Tú no sabías que parir duele?

Desde la cola para la cesárea a la que la han remitido, Mayté González Ferriol puede verlo todo, incluidas las cinco mujeres que entrarán a cirugía antes que ella. Por delante de su cama caminan embarazadas desnudas, en trabajo de parto. Hay orina y heces en el suelo que nadie limpia. Sangre por todas partes. Las contracciones son cada vez más seguidas, no la dejan coger un respiro. Su esposo le acaricia la espalda para calmarla, pero Mayté tiene ganas de “arañar las paredes”. Frente a ellos una mujer acostada en una cama, con las piernas abiertas, parece estar pariendo sola. Nadie la atiende. Ha dicho una mala palabra. Se ha portado mal.
Mayté es pequeña y rubia. Los ojos muy verdes. Espera conectada al monitor que controla el bienestar de su bebé. Por el catéter que cuelga de su vena, una enfermera intenta administrarle un medicamento que supuestamente inhibirá sus contracciones y le permitirá esperar su turno. Mayté ha perdido ya la cuenta de cuántas veces se ha salido la aguja de la vena. Ha perdido ya la cuenta de las horas que lleva en Maternidad Obrera, vistiendo una bata sucia de sangre y sudor, cuando finalmente vienen a buscarla. La doctora repara en el catéter. “¿Pero yo no dije que no pasaran más esto, porque hace reacción con la anestesia?”. Mayté pide a Dios que la salve, que no la maten en ese lugar.
Es la noche del 17 de octubre de 2019. Había ingresado el 15.
―Yo no tuve problemas en el embarazo, ninguno, pero sí le tenía tremendo miedo al parto. Enseguida me busqué a una doctora y empecé a ir a consultas con ella todas las semanas en esos últimos meses, y le llevaba un presente, para que estuviera feliz.
Cuando pasaron las 40 semanas, y su barriga estaba al explotar, la doctora le dijo que la haría venir a una de sus guardias para inducirle el parto o hacerle una cesárea si no dilataba lo suficiente. El día antes, Mayté fue al hospital con su esposo. La doctora la hizo subir a una camilla para reconocerla: una pierna aquí, otra allá. Relájate.
―Mi primer trauma. En ese momento del embarazo yo no tenía sexo ni nada, estaba que ahí no me cabía ni un lápiz. Esa mujer ha metido su mano a la velocidad de un violador, no te puedo explicar, y ha empezado a hacer una cosa así que yo grité, grité del dolor tan grande que sentí, “Ahh ahhhhhh”, y me decía “Cállate, tienes que callarte, que esto no es nada”, y yo “¡Para, pero para!”, “No, no, esto lo tengo que ver yo ahora”, y pa’lante y dale que voy. Yo salí de ahí, te juro, con la presión a mil. Cuando ella paró, sacó la mano llena de sangre… Mira, sudo, de acordarme de todo eso.
La doctora dijo que así no podía trabajar. No podía. Mayté tenía que dejar de gritar y de echarse para atrás cuando iba a reconocerla otra vez. Toma conciencia, le dijo, de que ya vas a parir.
―Era como si me estuviera sacando el riñón con sus propias manos por allá abajo, eso es lo que se sentía.
La doctora quería ayudar, pero Mayté no se dejaba. En ese punto aún no había roto la fuente ni había dilatado medio centímetro. Todo estaba normal. La doctora había intentado “ayudarla a empezar” desgarrando un poco su vagina para que “el cuerpo mismo se activara”.
Mayté no conocía esa práctica.
No tenía idea de que, cuando aparece la violencia obstétrica, la mujer apenas tiene poder de decisión sobre su cuerpo: ni sobre las drogas que le administran, ni sobre la posición en la que dará a luz. Ella sabía que debía portarse bien, y hacer todo lo que le mandaran. Nada más.
***
No cuestionar las prácticas que sobre su cuerpo se ejercen. Los médicos son los que saben qué resultará mejor para los bebés. Las explicaciones son demasiado técnicas a veces y no hay tiempo para informar, una por una, a toda una sala, qué va a pasar después. Qué está pasando ahora. El parto, ese proceso natural, se convierte para muchas mujeres en un momento agónico –más allá del dolor– por la excesiva medicalización a la que son sometidas.
“El control biomédico de las etapas del curso vital femenino ha logrado una considerable reducción en las tasas de morbi-mortalidad materna y neonatal en gran parte del mundo y avances en el tratamiento de la infertilidad, entre otros beneficios. Sin embargo, sus prácticas han sido objeto de crítica por dos motivos: su énfasis en los aspectos fisiológicos por sobre los psicosociales y su tendencia a medicalizar procesos biológicos normales”, explica Dailys García Jordá en su tesis doctoral titulada “Representaciones y prácticas sobre el nacimiento: un análisis desde la perspectiva antropológica. Ciudad de La Habana, 2007-2010”.
El uso de la episiotomía sistemática (un corte entre la vagina y el perineo) y no selectiva, sin consultar o informar siquiera a la madre; la práctica de cesáreas que no son indispensables; la administración de drogas como la oxitocina para acelerar el proceso; o la imposibilidad de compartir el momento con quienes la futura madre decida, son algunas de las violencias más recurrentes.
Desde 1996, la Organización Mundial de la Salud (OMS) presentó una serie de indicaciones para los cuidados del parto normal; guía que se ha modificado según los estudios obstétricos y ginecológicos se han actualizado. Las Recomendaciones de la OMS: cuidados durante el parto para una experiencia de parto positiva, publicado en 2019, prescriben la atención respetuosa de la maternidad, con la atención proporcionada de manera tal que las mujeres mantengan su dignidad, privacidad y confidencialidad, así como el aseguramiento de su integridad física y la toma de decisiones informadas. A partir de ahí, se listan una serie de indicaciones divididas en categorías (recomendado, no recomendado, recomendado solo en contextos específicos, y recomendado solo en el contexto de investigaciones rigurosas), pero todas responden a una visión de parto humanizado, donde la mujer forme parte activa y consciente del proceso.
“En la Conferencia Internacional sobre la Humanización del Parto, celebrada en noviembre del año 2000, se precisó el concepto de humanización de la atención de salud. Este se orienta hacia la búsqueda del bienestar por parte de los/as propios/as interesados/as, como un factor de progreso y desarrollo humano, donde lo fundamental es la responsabilidad y el protagonismo de los sujetos para el logro de una vida más saludable, en un equilibrio dinámico con el desarrollo social, económico y ambiental de la sociedad. En relación al parto, su humanización implica que el control del proceso lo tenga la mujer, no el equipo de salud; requiere de una actitud respetuosa y cuidadosa, calidad y calidez de atención, que se estimule la presencia de un acompañante significativo para la parturienta. O sea, que la mujer sea el foco en la atención y los servicios ofrecidos sensibles a sus necesidades y expectativas”, explica Dailys García Jordá.
Sobre el parto humanizado, en Cuba, no existe actualmente referente alguno. En la Gaceta Oficial de la República de Cuba No. 14 Extraordinaria (8 de marzo de 2021), se publicó el Decreto Presidencial No. 198, que contenía el “Programa Nacional para el adelanto de las Mujeres (PAM)”. Allí se orienta: “Contribuir a crear las condiciones objetivas y subjetivas que propicien el estímulo de la fecundidad; asegurar el derecho de las mujeres a decidir el número de hijos y el momento en que desee tenerlos, así como garantizar las condiciones necesarias para un parto seguro y amigable, a partir de la preparación para una sexualidad plena, enriquecedora y responsable, como parte de la estrategia integral de atención al envejecimiento poblacional y la baja natalidad”.
Y eso es todo.
***
Mayté no salió ese día del hospital. No le preguntaron si necesitaba regresar a casa a recoger sus cosas. La pesaron y se acomodó tranquila en la cama que le asignaron. A esperar. Cerca de la medianoche rompió la fuente y comenzaron las contracciones: una, otra, otra, cada vez más fuertes. A las ocho de la mañana siguiente (día en que su doctora entraba de guardia), comenzaron a administrarle medicamentos para contrarrestar una posible infección. Metronidazol, antibióticos.
―¿Te informaron qué te iban a poner?
―No. Venía una enfermera con unas jeringuillas grandes así, de 20 mililitros, pero yo era la que le preguntaba qué me estaban pasando, no había trocar, entonces cada vez que me pasaban un medicamento me tenían que coger la vena con una mochita. Y ellas apuradas, porque tenían que inyectarle todas esas cosas a toda una sala, y para que la vena no se te maltratara tenían que hacerlo muy despacio. A veces te miraban a la cara, a veces ni te miraban.
Pasaron horas. Llegó otra vez la noche y, con ella, se acercaba el fin de la guardia de su doctora. Mayté le pidió información: cómo iba, qué estaba pasando con ella, cualquier cosa. El dolor se había vuelto parte de su cuerpo, pero no por ello menos insoportable.
―Me dijo, no se me olvida: “Parir duele, ¿tú no sabías que parir duele? ¿Para qué saliste embarazada entonces?”. Ahí es cuando uno respira paciencia… ¿Qué respuesta es esa? Obviamente, yo sé que parir duele, pero llevo una pila de horas abandonada sin nadie que me mire, nada más una enfermera que pasa a inyectarme cosas.
Su esposo intervino. Le pidió a la doctora que la reconociera otra vez. Esperaron unos minutos en un saloncito y luego lo mismo: la mesa metálica, cubierta parcialmente por un cartón, y Mayté subiendo con su panza de 40 semanas. La mano de la doctora entrando en ella. Mayté gritando más fuerte que la primera vez, queriendo cerrar las piernas. “¡Cállate!”, otra vez.
Todo eso se repetiría a la mañana siguiente. Como un loop del dolor.
Lo próximo es Mayté en la sala de preparto, sentada en un sillón de suiza. De su vagina gotea la sangre y cae al suelo, junto a la sangre de la embarazada que se había sentado ahí antes que ella, y de la anterior.
Nunca más volvió a ver a la doctora.
***
Con cuatro o cinco centímetros de dilatación, cada una hora monitorean los latidos y el bienestar de su bebé. El procedimiento le resulta incómodo: debe estar acostada bocarriba y las cintas de la cardiotocografía o CTG le aprietan y estimulan aún más sus contracciones. A veces se zafan y el monitor deja de registrar y hay que empezar de cero. Cuarenta minutos en eso, a veces cincuenta, recuerda Mayté.
Se concentró en “tratar de hacer las cosas lo mejor posible”: caminar un poco, no preguntar, no hablar con nadie.
―En una de esas me ponen el monitor y se van a almorzar. Pasó una hora y media, y ya no aguantaba más… Eso va soltando un papel con un registro, y el papel había llegado al piso y daba vueltas, del tiempo que llevaba con esa mierda puesta… La enfermera me miraba y no me respondía nada, seguía caminando, como si yo fuera un perro ahí. Preguntaba y nadie me respondía. Ya era tarde, me quito el monitor, me lo zafo yo misma y me siento ahí a respirar.  En eso entra un médico muy alto y muy fuerte, y me dice: “¿Qué coño te pasa a ti?, ¡Tú lo que eres tremenda fresca!”.
El grito la paralizó. El dolor había consumido sus fuerzas, su capacidad de reacción, de respuesta. Además, Mayté había escuchado historias de cómo la pueden “coger contigo”, o “dejarte en una esquina” y no atenderte. Todo eso pasó por su mente mientras intentaba coordinar qué decirle a ese hombre, cómo decírselo.
―“¿Tú no sabes que ahora tú no importas aquí? ¿Que lo único que importa es eso que está dentro de ti? ¿Quién te mandó a zafarte el monitor?”. Hasta ese momento yo no sabía por qué él me estaba diciendo todo eso.  Le dije “Mira, tú no me puedes hablar así, porque ahora mismo yo no te puedo responder como te mereces”. Dijo: “¿Quién es el acompañante de la paciente esta?”, “¡Tráiganme al acompañante ahora mismo, que yo quiero ver qué va a decir ella!”.
Lejos de asustarse, Mayté se tranquilizó. Si hacían pasar a su esposo, estaba salvada.
―“Es más, ve al baño, que te voy a reconocer yo ahora”. Había entrado otro turno y él era el jefe de la guardia. Ese hombre. “Dale, mijita, dale, ve al baño, ve”; y me llevó por el brazo.
Una segunda amenaza.
No salió del baño hasta que su esposo fue a buscarla. El médico le había dicho que Mayté se estaba portando mal. Pero él sabía que si ella estaba así era por algo, así que el médico tenía que calmarse. “Sale”, le dijo, “que ahora él te va a reconocer y nos va a decir qué está pasando”.
Encima de la camilla, Mayté. Las piernas abiertas. Más, abre más, le pide el médico, y haz como si quisieras defecar. “Como si fueras a cagar”, le dijo. “¿Tú no sabes cagar?”. “¿Tú no cagas?”. Luego dos enfermeros agarrando sus piernas y llevándolas lo más atrás que el cuerpo de Mayté puede soportar. La mano del médico pasando por los nueve centímetros de dilatación, comprobando que a pesar de ello la bebé no muestra señales de “querer salir”.
A Mayté le dijo: “Bájate y espérame ahí”.
Al esposo de Mayté le dijo: “Hay que hacerle una cesárea porque la bebé está muy arriba y no parece que quiera bajar al canal de parto”. Le explicó que había una maniobra que podían hacerle: “Se suben arriba y empujan, pero tiene sus riesgos”.
Se refería a la maniobra de Kristeller, un procedimiento que consiste en hacer presión sobre el fondo uterino durante la segunda parte del trabajo de parto. Entre sus consecuencias está el desgarro vaginal, y muchas veces se realiza sin consentimiento previo. La OMS la sitúa entre las prácticas no recomendadas.
Mayté se negó.
***
Es difícil saber cuánto tiempo duró la cirugía hasta que Amaya nació.
Una vez dentro del salón, Mayté subió a la camilla y el anestesiólogo le dijo que no podía moverse un milímetro, o se quedaba inválida. Ni siquiera si le venía una contracción podía moverse. La cesárea la practicaría una médica residente que aprendería con Mayté cómo hacerla. Sus errores y las correcciones de la obstetra informaron a Mayté, nadie más.
―De pronto el salón se empieza a llenar de humo, “Ayyy, dile a Mengano que se vaya a fumar pa’llá afuera, ¿Por qué él siempre tiene que fumar en el salón?”. Yo abierta, tú sabes, como un conejo… “Ay, con este humo no se puede trabajar bien, a ver, corte…”, porque esa doctora estaba guiando, “Corte, así, anjá, sí, de izquierda a derecha”, “Esto así no se puede hacer, porque entonces mira la hemorragia que se forma”, “¡Succión!”. Veías todo pasando, la sangre, cosas amarillas…, y oyendo los errores que estaba cometiendo esa muchacha. De pronto, me empieza a faltar el aire, les dije: “¡No puedo respirar!”. “Ah, ¿porque tú estabas inhalando fuerte?”, “¡Pero es que no puedes respirar así, mijita! ¡Porque la anestesia te sube pa’ los pulmones y te ahogas! Respira superficial, pa’ que aguantes…”.
Mayté se permite reír un poco mientras lo cuenta. Una risa nerviosa, de quien revive el horror sabiéndose a salvo ya. Su hija de casi dos años hojea un libro sentada en sus piernas.
―Dice la doctora: “Ay, pero esta niña no es blanca, ¿el papá es mulato?”. Y yo la miro así, “¿Qué pasó? Sí”. Dice: “Ah, porque esta niña no es blanca, busca rápido el papel”, “Márcale el pie en la hoja”, “Esta es tu niña, después no hay invento”.
No se la entregaron en ese momento. Cosieron su herida (una herida deforme, demasiado abajo) y, a falta de camas en la sala, la colocaron en el pasillo del salón, encima de una camilla. Completamente exhausta, Mayté pidió que le trajeran una sábana para el frío. Las mismas ropas cubrían su cuerpo pegajoso. Eran cerca de las nueve. Ahí pasó la noche, sola.
Casi cuarenta y ocho horas después, tuvo a Amaya en brazos. Primero transitó por una sala de recuperación, a la espera de una cama en la sala de cesárea. Allí estuvo, dice, casi inmóvil. Si no le iban a traer a su bebé no quería ni mirar para el lado.
Dos años hará en unos meses. Y aún le faltan cosas por contar. Le falta, por ejemplo, decir que cuando la cargó, Amaya no sabía mamar. Dirá que ella tiene lo que llaman un “pezón plano” y que en esos casos a los bebés les cuesta más y por tanto una debe ponérselos enseguida, para que aprendan. “¿Tú no tienes hijos?”, el tono no es de pregunta, sino de confirmación, dirá: “No sabes lo que se siente que tengas a tu bebé, los pechos así, reventándose de leche y tu bebé no sabe tomar, no puede, porque no la encuentra”.
Habrá otras historias: de la herida mal cosida, los hematomas en todo el cuerpo, el examen de hemoglobina que olvidaron hacerle.
Lo ha soltado de una vez, como quien necesita desprenderse del horror. Y tiene que soltarlo así porque después de eso ha escuchado historias. De salas enteras de mujeres violentadas. Y tú sabes cuáles son tus derechos, dice, pero cuando llegas ahí estás a merced de lo que pueda ocurrir, y tratas de hacer lo mejor posible con lo que se te presenta. “Y lo que se te presenta en ese momento es que no tienes decisión de nada”. No te quejes más, Mayté, le han dicho, que tienes una niña sana y tú también estás bien. Ya eso va a pasar.
A medida que las pronuncia, las palabras dejan de pertenecerle solo a ella. El miedo compartido da menos miedo.

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La libertad empieza un día

Desde que decidió expresar abiertamente sus deseos de un cambio político y social en Cuba, Claudia Genlui, historiadora y curadora de arte, ha sufrido la violación de sus derechos y de su privacidad, acoso policial, detenciones arbitrarias, desalojo de la vivienda en que se encontraba, presiones laborales y familiares. Todas estas son formas de la violencia de Estado.
«La libertad empieza un día» es un podcast de Se va a caer: por un país sin patriarcado, una serie de Periodismo de Barrio sobre la violencia de género.

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Mariana, el aborto y los restos fetales

El antecedente
“El antecedente de todo esto es que en Cuba no hay condones. Desde hace dos años es prácticamente imposible encontrar”, me gritó Mariana desde la cocina. “Nosotros nos cuidábamos lo suficiente, pero estas cosas pasan y más en un país donde, te repito, no hay condones hace dos años y si los consigues cada uno te cuesta veinticinco pesos. Entonces, me hice un test de embarazo porque tenía cuatro días de retraso”.
A Mariana le corresponde un policlínico del Vedado. Fue el primer lugar a donde llegó con su esposo, con el objetivo de que la orientaran para abortar. Le pidieron realizarse todos los análisis pertinentes. Le dijeron que volviera al otro día para la regulación, o aborto por aspiración, como también se le llama en otros países.
Acuéstate ahí
“Estuvimos esperando a la doctora desde las seis y media hasta las nueve, y terminaron haciéndome la regulación como a las once de la mañana. Me realizó una serie de preguntas que contesté sin dilatar, porque la veía malencarada. Nunca me preguntó cómo estaba; prácticamente ni me miraba. La enfermera que estaba con ella reproducía el mismo patrón. Entre anotación y anotación, yo les expresé ciertas dudas que tenía y nunca respondieron. Era como si no me escucharan. Y así fue durante todo el proceso abortivo. Me dijo: ‘Acuéstate ahí’. Eso fue todo”.
La doctora le puso el espéculo y comenzó.
“El dolor es indescriptible: una mezcla de que te están chupando, apretando y cortando por dentro. A todas estas, mientras te lo hacen, ellas te amenazan diciéndote que si te mueves te van a herir y todo va a salir mal. Si pides un segundo para reponerte, te dicen que no. Y si te quejas por el dolor, te dicen que cuál es la exageración, que ese procedimiento se lo hacen un montón de mujeres y es como si fuera un dolor de ovarios”.
Nadie puede pensar que eso se sienta como un dolor de ovarios.
¿Con anestesia o sin anestesia?
La regulación por absorción, según la exjefa de Interrupción de embarazos de primer y segundo trimestre y especialista en Ginecología y Obstetricia en el Hospital Materno Infantil de Matanzas (quien actualmente radica en España), es un método que si se realiza con el tiempo adecuado no requiere la aplicación de ningún tipo de anestésico. No obstante, plantea que muchas veces en Cuba la regulación se realiza en cualquier momento. En esos casos, si hay que pasar cánulas grandes o estar más tiempo, sí es necesario anestesia; pero en la Isla no la ponen.
Aun así, en la mayoría de las clínicas fuera de Cuba, este proceso se realiza con anestesia general, local, o con sedantes. Solo en caso de que la mujer en cuestión quiera “vivir” el proceso, se aplica un sedante más leve para que esté consciente. Pero en ningún momento encontré algún artículo que plantease como técnica habitual el nulo uso de sedantes durante este procedimiento. Le platiqué esto a Mariana.
“Igual creo que lo hacen así porque no hay anestesia suficiente en el país; también para que aprendas ‘la lección’ y no le cojas el gusto a estarte haciendo abortos”, respondió.
¿Y dónde está el otro involucrado en el embarazo?
“A los hombres no los dejan pasar”, me dice Mariana en tanto mira a su esposo. “Durante todo esto nadie habló con él. El sermón siempre se lo dan a la madre abortiva, no al hombre. También, es interesante ver cómo la mayoría de las mujeres en las consultas de Ginecología y Obstetricia siempre están acompañadas por sus madres. Lo mismo durante las prácticas abortivas: o vas con tu madre, hermana, o con una amiga, pero pocas veces vas con tu pareja u otro responsable. Por dicha razón, me miraron extrañadas al ver que mi esposo era quien estaba conmigo y me acompañaría durante todo el proceso”.
Los restos fetales y el Hospital González Coro
“Luego de la regulación, la doctora y la enfermera me explicaron, bastante malhumoradas, que si tenía algún sangramiento, fiebre, o alguna anomalía, debía volver a la consulta, ahora en el Hospital Ramón González Coro. Estuve de reposo. Como al segundo día oriné y tuve una enorme hemorragia. Fuimos corriendo para allá”.
En el Cuerpo de Guardia estuvieron esperando cuatro horas. Mariana dentro del hospital, sintiéndose morir por la sangre y el dolor, y su esposo afuera. Después de todo ese tiempo no aguantó más y fue a hablar con la recepcionista para explicarle su caso. “Me mandaron a sentarme y a los cinco minutos gritaron: ‘¡La de la hemorragia!’. Eso, en medio de un salón lleno de personas. Yo me levanté y fui para allá”.
En ese momento Mariana no se llamaba Mariana, sino “la de la hemorragia”.
“Me hicieron un ultrasonido. Dijeron que todo estaba bien, que me fuera. Al cumplirse una semana de la regulación fui a una consulta de seguimiento. Le conté a la doctora malencarada que había tenido leves sangramientos. Me recetó azitromicina. ‘Esto no es lo que tú llevas, pero es lo único que hay ahora, así que te lo tomas’. Me hicieron otro ultrasonido. Tampoco vieron restos”.
“A los tres días volví a la consulta. Le comenté que continuaba con síntomas leves y que dormía mucho. Por primera vez pude reconocer una pizca de preocupación en la cara de la doctora. Dormir mucho es un síntoma de septicemia”.
“Fui para el González Coro a hacerme otro ultrasonido. Entonces, me dijeron muy tranquilos: ‘Sí, ahí está. Tienes restos, pero eso se resuelve fácil’”.
Fácil es no salir embarazada
 “Te vamos a hacer un legrado de urgencia”, le dijeron. Supuestamente lo realizarían a las seis de la tarde de ese mismo día, pero no fue hasta las once de la noche que la pasaron y le dijeron que ya no, que había que ponerle antibióticos y que no sabían si la iban a “vaciar”. Fin. No más explicaciones.
“Empecé a llorar. Sin comer, sin tomar agua, sin ir al baño, sin que nadie me explicara nada; en medio de mi ataque de llanto les dije que yo no sabía cómo algo que me habían dicho que era tan fácil se había complicado tanto. Entonces, el médico exclamó: ‘Fácil es no salir embarazada’. Y se fue”.
“Me empezaron a pasear por todo el hospital. Yo no paraba de llorar. Todo el mundo estaba viendo mi llanto sin la más mínima intención de preguntarme algo o, al menos, explicarme por qué no me harían el legrado ese día. Al final, me dejaron en un cuarto de recuperación porque no había donde meterme. No tenía baño. Mi única opción para hacer mis necesidades era una silla con un hueco en el medio y un tibor abajo. A veces, como había residentes y otras personas allá, yo tenía que orinar de cualquier forma y todos me tenían que ver, sí o sí. Recuerdo que en un momento necesitaba hacerlo y había tres residentes al lado mío. No se dieron ni la vuelta. Yo sentía como si estuvieran a la espera de que se me saliera un seno, no sé…, de que yo les mostrara algo sin querer. ¿Acaso es necesario que un grupo de residentes me vea mientras orino o defeco? ¿Es importante eso cuando te van a sacar los restos de un feto? Yo no sé, y aún continúo sin saber, porque nunca me explicaron. Solo me miraban”.
A todas estas, el esposo de Mariana seguía abajo, desde las seis. Eran casi la 1:00 a.m. y no tenía noticias de ella.
“Yo continuaba llorando. Pasó una enfermera. Me sacó de la sala. Le dije que desconocía qué me iba a pasar, que nadie me explicaba nada, que me habían dicho que quizás me vaciaban. La enfermera me sentó en una silla y me explicó. La única persona que me explicó algo calmadamente. Me expuso que me pondrían antibióticos, que debía quedarme en el hospital y después del quinto día me harían el legrado. Esa misma señora se apiadó de mi estado físico y emocional y, aunque no estaba permitido, habló con el conserje para que le avisara a mi esposo y lo dejara subir con ropa limpia para mí y algo de comer. Llevaba casi ocho horas sin ingerir ni agua y estaba manchada de sangre”.
A partir de esa madrugada, los días para Mariana se tornaron confusos. Primero la pasaron a la sala de Oncología, debido a que era en el único lugar donde había una cama disponible. Luego la pasaron a una sala con una rusa recién parida y otra chica a quien le practicarían un legrado sin anestesia.
“Esa fue una de las noches que peor pasé; la rusa no hablaba español ni inglés y no paraba de vomitar en la cama donde también estaba el recién nacido. Pedía auxilio y nadie venía. Yo desde la otra cama, con los sueros, no sabía qué hacer para ayudarla. Solo le decía: ‘Tranquila, tranquila’, y también gritaba, a ver si venía alguien. A su vez, el legrado sin anestesia lo estaban realizando en una sala que estaba muy pegada a la nuestra. Nosotras sentíamos los gritos de la muchacha pidiendo que por favor pararan, que no podía más”.
“También llegó una chica, de la mano de una doctora, para la cual sí hubo anestesia; sí hubo explicación detallada de todo su proceso; sí hubo buenos tratos. Si venía una enfermera, en caso de que se sintiera mal, siempre le sonreían”.
Al tercer día llevaron a Mariana con un grupo de estudiantes porque la iban a agarrar como caso de estudio.
“De repente, estaba con las piernas abiertas y un espéculo metido, con un grupo de estudiantes viendo las paredes de mi útero. La profesora no paraba de decir que las paredes de mi útero eran bellas, que observaran lo lindo que era mi útero, que eso sí era un útero, que se acercaran más y más para apreciar mi útero”.
Entonces Mariana, que antes había sido “la de la hemorragia”, se convirtió en “la del útero lindo”.  Un útero lindo con residuos de feto.
Y me dice el doctor: “Si tú quieres tener hijos, yo hago niños lindísimos”
El último día le dijeron que no comiera porque ya le harían los análisis de sangre y, en la noche, el legrado.
Le pusieron una trasfusión de sangre para subir la hemoglobina. Al rato llegó la anestesióloga. “Vino muy alterada y no me hizo ninguna pregunta ni ningún reconocimiento”.
Habitualmente, un anestesiólogo debe hacer una serie de reconocimientos físicos y preguntas respecto al historial clínico y experiencia con la aplicación de anestesia general que tenga el paciente. No la midió, no la pesó, no le preguntó nada.
“Me llevaron al salón. Me pusieron el espéculo, luego la anestesia. Y desaparecí. Por un instante, antes de dormirme, sentí un alivio enorme. Ya nadie me miraba feo, ya nadie me ignoraba, ya no me sentía maltratada, desecha. Ya no sentía nada”.
“Al día siguiente me hicieron un ultrasonido. Me dijeron que tenía coágulos. Me inyectaron algo para botarlos. Yo pregunté si aquello era bueno o malo. No me respondieron. Después de eso no me hicieron otro ultrasonido para cerciorarse de que hubiesen desaparecido. Solamente me dijeron que me vistiera y me fuera a casa”.
“En dos ocasiones, al despertar de la anestesia y al hacerme el ultrasonido, le pregunté a dos doctores (en distintos momentos) si toda esta situación iba a tener alguna repercusión en caso de querer tener hijos más adelante”.
“Ambos me dijeron que no”.
“Ambos me miraron bien coquetos”.
“Ambos me dijeron que si yo quería tener hijos, ellos hacían hijos lindísimos”.
“Uno fue el cirujano que me hizo el legrado”.
“El otro fue el ecografista”.
“Yo no dije nada. Solo me quería ir de ese lugar”.
Lo doloroso de todo esto
En España no se realizan muchas regulaciones, es más habitual el raspado bajo ultrasonido, en el cual siempre se aplica anestesia, me explicó la ginecobstetra de Matanzas. También me explicó que en Cuba todo es “a ciegas” y depende de la pericia del operador. “Hay que saber sentir que no dejaste nada y eso se logra reconociendo el sonido del útero cuando está limpio. En España es más fácil. Se puede ir observando si quedan restos”.
Mariana, desafortunadamente, no tuvo una doctora con la pericia necesaria para saber cómo suena un útero limpio; ni con la pericia necesaria para saber cómo tratar a alguien que va a atravesar por un proceso de esa índole. El dolor indescriptible de una regulación sin anestesia se acrecienta con el dolor que causa no recibir ningún tipo de acompañamiento ni apoyo emocional.
Durante el mes que Mariana estuvo en esas condiciones, solo tuvo contacto con una persona comprensiva entre tantos doctores y enfermeras. Actos como ignorar al paciente, la falta de explicación del proceso, la poca privacidad, la morbosidad, los juicios morales hacia la mujer y, para finalizar, los comentarios acosadores por parte de algunos doctores, hacen de este proceso un infierno.
“La gratuidad no significa que puedan tratarme de esa forma”, me dice Mariana. “Si la cosa va a ser así, entonces mejor pagar”.
Este es un caso muy determinado de maltrato físico, psicológico y espiritual a una paciente dentro de dos centros hospitalarios en La Habana, lo cual no significa que necesariamente esta deba ser la historia de todas las mujeres que han atravesado por dicha situación. No obstante, el problema de la mala atención en Cuba es una cadena que encuentra su origen en el generalizado descontento social en la Isla. Un descontento social que lleva a la deshumanización y a la falta de empatía hacia aquel que casi siempre está justo al otro extremo de la cadena. Hablo del pueblo y, en este caso, hablo de Mariana: una paciente que salió embarazada por la falta de preservativos en Cuba desde hace dos años y a la cual le dejaron restos fetales.
Esta historia ocurrió durante el mes de mayo del 2020.

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¿Por qué se va a caer y por qué necesitamos un país libre de patriarcado?

El 15 de diciembre de 2019 había pasado más de un año del nacimiento de mi primera hija, Marina. Sé que el nacimiento de un ser humano debe ser el día más feliz de la vida de cualquier persona; pero recuerdo el nacimiento de Marina, también, como el día que me quise morir. Tardé más de un año en reconciliarme con todo lo que había pasado desde mis primeras contracciones hasta mi salida del hospital América Arias, ubicado en el capitalino municipio de Plaza de la Revolución. Hice silencio, conversé con mi pareja, lloré, vi series de televisión, leí artículos académicos y, un día, el 15 de diciembre de 2019, escribí lo que me había sucedido.
Mandé mi testimonio al medio digital elTOQUE con la esperanza de que si había alguna mujer como yo cerca, no se sintiera sola. Gritar mi historia, permitir que otros ojos la manosearan, era mi forma de curarme. No sabía que, contando mi historia, diciendo que el día que nació mi hija no fue el más feliz de mi vida, que me quise morir y bien, y que esas ganas de morirme habían sido causadas por la violencia obstétrica, terminaría liberándome.
Cuando se publicó el texto recibí una avalancha de comentarios públicos y privados. Mujeres de todas las edades me contaban sus historias, encontraban en ese sitio digital un espacio de reconocimiento, de desahogo, de sanación. Había otras mujeres que, como yo, también se habían querido morir el día que nacieron sus hijos. El eco de cada una de nuestras historias resonó en otra y en otra y en otra. Por un instante que dura hasta hoy me sentí acompañada. Esa compañía me permitió sanar.
La violencia es violencia es violencia es violencia… Reconocerla es el primer paso para deconstruirla. Y para reconocerla hay que contarla. “Se va a caer: por un país sin patriarcado” es una iniciativa de Periodismo de Barrio liderada por Geisy Guia Delis, nuestra directora de pódcast. Durante más de un año, Geisy ha acompañado y producido investigaciones que descubren experiencias como la mía en las más disímiles áreas de la vida cotidiana en Cuba.
Diseño: Monkc
En marzo de 2021 la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) anunció la creación de un Observatorio de Género que incluiría registros actualizados de feminicidios y otras expresiones de violencia machista en Cuba. Solamente en lo que va de año, la plataforma independiente Yo sí te creo Cuba ha contabilizado 20 feminicidios y un asesinato por razones de género en la Isla, y la última Encuesta Nacional sobre Igualdad de Género en Cuba (2016) mostró que el 39,6 % de las mujeres cubanas ha vivido violencia a lo largo de toda su vida.
Repito: 39,6 %.
39 de cada 100 mujeres.
El otro 61 % puede que también la haya experimentado, pero tal vez no la percibe, o no sabe nombrarla. No la saben nombrar, quizás, porque debemos volver al inicio, a la manera en que la gente aprende a nombrar la realidad, reconociéndose como parte de esta. Muchas mujeres que comentaron aquel testimonio publicado en 2019 no se sabían víctimas de violencia obstétrica. Fue la narración, la historia en primera persona, desde el dolor, la rabia, la confusión, las ganas de sanar, lo que permitió que otras mujeres se reconocieran y, reconociéndonos, fuimos más conscientes y aprendimos a nombrar.
Violencia obstétrica, violencia psicológica, violencia doméstica, violencia sexual, violencia física, violencia económica, violencia patrimonial, violencia social, matrimonio infantil…
Una mujer que disiente, una mujer que aborta, una mujer musulmana, una mujer víctima de abuso doméstico y una mujer que pare tienen en común en esta serie las diferentes formas de violencia a las que son sometidas, pero también su capacidad de resiliencia. Lanzamos estos testimonios al aire con la esperanza de que otras mujeres se sientan reconocidas, apoyadas, acompañadas; con la esperanza de que nuestro Periodismo de Barrio sirva como ágora para contar nuestras historias, y para que ese gesto continúe ayudando.
La violencia es violencia es violencia es violencia…

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