HAVANA CLIMA

Salvador Allende

Boric anuncia plan de búsqueda de más de 1 000 desaparecidos durante la dictadura de Pinochet

El presidente de Chile, Gabriel Boric. Foto: EFE.El presidente chileno, Gabriel Boric, informó este domingo sobre la creación de un Plan Nacional de Búsqueda de más de 1 000 personas desaparecidas durante la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).
Durante un acto en La Moneda para recordar el aniversario 49 del golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende, Boric dijo que “hay 1 192 detenidos desaparecidos que todavía no sabemos dónde están. No es aceptable, no es tolerable, no lo podemos naturalizar”.
Más de 3 200 personas fueron asesinadas o desaparecidas durante los 17 años de dictadura militar. Cientos de familias desconocen todavía el paradero de sus familiares.
El mandatario afirmó que el Plan tendrá una relación de trabajo cercana con las organizaciones de familiares de las víctimas de la dictadura chilena.
“Hace 49 años estos muros fueron testigos de una serena firmeza con la que un grupo de chilenos y chilenas intentaron defender la institucionalidad democrática, mientras eran avasallados por la fuerza de las armas”, dijo.
Boric señaló que este 11 de septiembre los chilenos recuerdan a Salvador Allende, a quienes sufrieron humillaciones, persecución o exilio, a las víctimas de la represión y los que lucharon por el regreso a la democracia.
“La memoria no es un acto puramente intelectual, un objeto del pasado, sino un ejercicio movilizador”, aseguró.
(Con información de Prensa Latina)

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Crearán en Chile plan de búsqueda de desaparecidos durante la dictadura

Gabriel Boric, presidente de Chile, anunció hoy un Plan Nacional de Búsqueda de más de mil personas desaparecidas durante la dictadura (1973-1990) y de las cuales aún se desconoce su paradero.
«Hay 1 192 detenidos desaparecidos que todavía no sabemos dónde están, no es aceptable, no es tolerable, no lo podemos naturalizar», dijo el mandatario -citado por Prensa Latina- durante un acto en el palacio de La Moneda para conmemorar el aniversario 49 del golpe de Estado contra Salvador Allende.
El 11 de septiembre de 1973 el ejército de Chile perpetró un cuartelazo para deponer al gobierno de la Unidad Popular e instaló en el poder al general Augusto Pinochet.
Durante los 17 años de dictadura militar fueron asesinadas o desaparecidas más de 3 200 personas y hasta el momento hay cientos de familias que todavía ignoran qué fue de sus seres queridos, añade PL.
El Plan Nacional de Búsqueda trabajará estrechamente con las organizaciones de parientes de las víctimas, aseguró el presidente.
Ante un grupo de invitados en La Moneda recordó Boric que «hace 49 años estos muros fueron testigos de una serena firmeza con la que un grupo de chilenos y chilenas intentaron defender la institucionalidad democrática, mientras eran avasallados por la fuerza de las armas».
Hoy recordamos a Allende, pero no solo a él, agregó el jefe de Estado y se refirió a quienes sufrieron humillaciones, persecución o exilio, a las víctimas de la represión y a quienes lucharon por recuperar la democracia.
La memoria, dijo, no es un acto puramente intelectual, un objeto del pasado, sino un ejercicio movilizador, agregó la agencia latinoamericana de noticias.

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El golpe de Estado en la memoria

En el alma de los chilenos está presente el golpe de Estado contra el gobierno de Salvador Allende
El 11 de septiembre de 1973 se concretó el golpe de Estado contra Allende. (Foto: Archivo histórico/Escambray)

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Como parte de la conmemoración del aniversario 49 del sangriento golpe, a las 10:00, hora local, comenzará la tradicional romería desde la Plaza de los Héroes hasta el Cementerio General para colocar ofrendas florales y rendir homenaje a las víctimas del régimen de Augusto Pinochet (1973-1990).

Durante ese período se registraron en el país más de 40 mil casos de delitos de lesa humanidad, entre asesinatos, torturas, detenciones y desapariciones.

También en horas de la mañana habrá un acto en el palacio de La Moneda encabezado por el presidente Gabriel Boric, con la participación de miembros de su gabinete.

Mientras, el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos dedicará un espacio a recordar a las mujeres víctimas de la dictadura y a las que resistieron ese período.

Este año la conmemoración tiene lugar en un momento complejo, ya que el 4 de septiembre fue rechazado en un plebiscito un proyecto de constitución que buscaba reemplazar la carta magna impuesta por el régimen pinochetista.

Tras el resultado del referendo, el presidente chileno expresó su compromiso de construir, junto al Congreso y a la sociedad civil, un nuevo proceso constituyente.

Pero aún no hay un itinerario y, mientras desde la izquierda se plantea volver a elegir otra convención para redactar una nueva propuesta, hay sectores de la derecha que abogan porque se haga desde el Parlamento o por un grupo de expertos.

La nueva titular chilena del Interior, Carolina Tohá, expresó su esperanza de contar con una nueva Constitución para 2023, antes de que se cumplan los 50 años del golpe de Estado. “Sería lo más sano para los chilenos”, expresó la ministra.

(Con información de Prensa Latina)

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La vía chilena al socialismo: lecciones de historia política o A quien pueda interesar

 No hay una manera no-mitológica, no-ideológica,
de contar la historia de un país.
Richard Rorty[1]
***
El 10 de septiembre de 1970, seis días posteriores al triunfo de Salvador Allende, seis días de incertidumbre y remezón en las fuerzas políticas de Chile, llevaron al Partido Democracia Cristiana a negociar «garantías formales de preservación de la democracia». Esto sellaba un pacto con la Unidad Popular que implicaría la ratificación de Allende en el Congreso como Presidente de Chile.
La Constitución de 1925 establecía que, de no obtener mayoría absoluta, la elección debería realizarse en el Congreso Pleno entre los candidatos con más votación. El 36% de los votos a favor de Allende, obtenidos el 4 de septiembre, debía entonces competir con el 35% de los acumulados por Jorge Alessandri. Era así que la fuerza de la Democracia Cristiana se volvía decisora para la ratificación, o no, de Allende.
Entre el 4 de septiembre y el 4 de noviembre de 1970, la polarización se radicalizó y ocurrieron actos como el asesinato de René Schneider, Comandante en Jefe del Ejército. El 20 de octubre, dos días antes del atentado a Schneider, el Partido Demócrata Cristiano acuerda votar por Allende en el Congreso Pleno, donde fue elegido como presidente de la República por 135 votos a favor el 24 de octubre.
En el tiempo trascurrido desde el 24 de octubre de 1970 y hasta el 11 de septiembre de 1973, la resolución del conflicto político y los intereses de diversas fuerzas políticas, en jaque unos sobre otros; pasaron de la negociación al golpe, del Estatuto de Garantías Constitucionales a la instauración de una dictadura militar que duraría diecisiete largos años.
Los tres años de la Unidad Popular fueron de una política de cambios limitados por el diseño constitucional del Estado y la correlación de fuerzas (reformismo vs. revolución). La vía chilena al socialismo implicó algo bastante más que un programa con empanadas y vino tinto; fue una experiencia de «gobierno popular» desde «dentro del Estado», que combinó cambios estructurales en lo económico a la vez que no desconocía sus efectos de clase, aunque no pudo sobreponerse a ellos ni a las fracturas ideológicas dentro de la propia izquierda y centro izquierda.[2]
Esta «vía» no solo ponía en cuestionamiento la relación Socialismo-Democracia, Poder-Estado, dentro de las teorías sobre la transición al socialismo, sino a las propias experiencias históricas existentes (Moulian, 2006). Esto es: la experiencia de un socialismo democrático y no la importación de una dictadura del «proletariado» bajo el régimen de un partido único.[3]

La combinación de medidas nacionalistas, democráticas y socialistas fueron el sello del programa de la UP. Al respecto pueden verse el Plan de Desarrollo para 1971 y el Programa Básico de Gobierno de la Unidad Popular, candidatura presidencial de Salvador Allende, aprobados por los partidos Comunista, Socialista, Radical, Social Demócrata, el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) y la Acción Popular Independiente, el 17 de diciembre de 1969.
El asalto no era solo al estado burgués sino al estado de los «socialismos reales». Se trató de un gobierno popular, no de un gobierno socialista, aunque el socialismo era uno de los ejes de su programa. Allende sabía que para alcanzar dicho socialismo solo la fuerza popular y democrática sería la vía.
El trauma histórico
La UP tuvo que cursar entre dos tendencias extremas: por un lado el movimiento Patria y Libertad, gestado el 13 de septiembre de 1970, organización ultraderechista cuyo primer objetivo fue bloquear el pacto entre la DC y el Partido Nacional y que luego constituyó el Frente Nacionalista Patria y Libertad (1971); por el otro, el Movimiento Izquierda Revolucionaria (MIR), organización de extrema izquierda (1965) favorable a la vía armada como vía de acceso al poder para construir una sociedad comunista.
La estrategia ecléctica al interior de la UP, y el liderazgo conciliador de Allende, que sacrificó consistencia programática[4] en aras de cohesión interna, provocaron la pérdida de hegemonía e inconsistencia del gobierno, implantando con ello una estrategia política del «empate». La «tendencia aliancista» de Allende, ha sido interpretada como uno de los factores que incidió en el debilitamiento del gobierno popular (Moulian, 2006).
Estos factores a lo interno no pueden ser comprendidos, a su vez, al margen de la crisis económica, la capacidad de reorganización de la derecha y el arrastre del partido centrista, las correlaciones de fuerzas externas al gobierno y el peso de clase en la configuración política de la cultura chilena. Pero fueron los errores internos —la puesta en riesgo de la legitimidad democrática de las reformas económicas sin reformas político-institucionales—, lo que hizo que la vía chilena dejara de ser, en el camino de la aceleración política, la vía chilena. El resultado: el 11 de septiembre.
Bombardeo al Palacio de la Moneda de Chile, el 11 de septiembre de 1973.
El 11 de septiembre no puede ser apreciado únicamente como un hecho conspirativo –lectura bastante común y superficial desde cierta izquierda ortodoxa y acrítica—; fue también resultado del divorcio entre UP y las clases medias, de la entrada de la estrategia gremialista a lo político, y del deterioro de la «situación de clase» —no solo económica— de la clase media, así como de la relación político-militar mal asumida por instancias políticas que creyeron tener en las Fuerzas Armadas un instrumento táctico, sin comprender su carácter clasista, que la llevaría a responder a un proyecto político propio.
Aprender de los errores internos es vital en política; asimismo, no maximizar los efectos de los factores externos, controlar las teorías conspirativas del enemigo todopoderoso, desarrollar capacidad de análisis crítico y transformación oportuna y rápida, porque todos podemos tener un 11 en nuestras biografías.
Lecciones
Las fracturas políticas evidencian la imposibilidad del diálogo, que en política siempre significa negociación y confianza. Dicha imposibilidad descansa en varios hechos: la ruptura del consenso entre diversas fuerzas políticas y/o a su interior; poder desmedido de una de dichas fuerzas sobre el resto (poder autoritario), fragilidad de la hegemonía (sustitución por la dominación).
Ninguno de estos hechos-variables contempla directamente las formas de resistencia o el poder ciudadano, con toda intención: la democracia no depende tanto de los de abajo, sino de los de arriba controlados por los de abajo.
Chile tuvo un quiebre democrático y la instauración de una dictadura en la cual se suman más de 40 mil casos reconocidos como víctimas de prisión política, tortura, desaparecidos y ejecutados políticos durante diecisiete años (1973-1990) Comisión Valech II. ¿Fueron los chilenos y chilenas un pueblo poco resistente?
Augusto Pinochet.
Las dictaduras no son «culpa» de sus pueblos, no son resultado de una ciudadanía débil. Las dictaduras son el resultado de poderes autoritarios que logran, a través de la negociación y la coacción, traficar parcelas de miedos y aspiraciones: el poder militar pasó, de ser instrumento al servicio de los sectores políticos de centro y derecha y de sectores gremialistas de clase media, a imponer su propio programa.
«La política está hecha de deseos y de miedos», decía Norbert Lechner.[5] Las dictaduras son regímenes donde el miedo se vuelve ente controlador de la biografía de las personas y también de la nación. De allí que la gestión del miedo sea una estrategia política por excelencia en estados dictatoriales. Pero el miedo no habla de la falta de valor, sino del exceso de terror.
Solo quienes tienen conciencia del terror, sus costos y por tanto han vislumbrado tácticas de resistencia o enfrentamiento a dicho terror, experimentan el miedo. Quienes tienen suficiente valor para confrontar el poder autoritario de una dictadura son los que llevan en sí mayores cuotas de miedo.
El 11 de septiembre representa, en los imaginarios y la memoria política de chilenos y chilenas, un trauma. Como tal es procesado y revivido cada septiembre. El trauma social del 11 remite directamente a la fractura de una nación, la actualización del miedo y las formas en que este país ha encontrado para lidiar con ello: democracia y libertad. Una libertad que no ponga en riesgo la democracia, una democracia que se haga fuerte ampliando la libertad.
Los traumas históricos tienen costos políticos. De ahí la importancia de gestionar políticamente el conflicto. La imposibilidad de lograrlo y la imposición de la fuerza represiva ante una situación de conflicto político puede llevar directamente al trauma, y el peso de esto en la historia hacia adelante es altamente costoso para los de abajo, y para los de arriba, que un día ya no serán los de arriba y tampoco podrán ser los de abajo.
***
[1] Richard Rorty: Achieving our Country, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1998.
[2] Según analiza Tomás Moulian, en junio de 1972 se producen dos rupturas que comienzan a poner a la gobernabilidad al límite: el fracaso de las conversaciones con la Democracia Cristiana y su apoyo al Área de Propiedad Social (APS), y el cambio en la conducción del plan económico (Plan Millas). Al respecto apunta: «El énfasis programático estuvo puesto en la construcción de esa área [APS] como si se pensara que el requisito único o principal de existencia del socialismo era la propiedad estatal de los medios de producción». (T. Moulian: Fracturas. De Pedro Aguirre Cerda a Salvador Allende (1938-1973), Santiago de Chile LOM/ARCIS, 2006, p. 244).
[3] Desde 1933 el Partido Comunista había expresado la necesidad de una etapa de carácter democrático-nacional. Ver Luis Corvalán: Camino de Victoria, Santiago, Impresora Horizonte, 1971. (Referenciado por Moulian (2006). Analiza el período 1964-1970).
[4] El programa de gobierno priorizó y fue consistente con las reformas económicas y cambios estructurales en la economía chilena, procesos de expropiación y nacionalización que fueron su punta de lanza. Sin embargo, se pospusieron las reformas político-institucionales sin las cuales no es posible un cambio de modelo, al menos asegurando su dimensión democrática. La transición socialista implica ante todo un cambio en las estructuras mentales, en la cultura política, y en la organización político-institucional desde donde las fuerzas productivas entrarán en franco proceso de transformación, o no.
[5] N. Lechner: Los patios interiores de la democracia. Subjetividad y política, Santiago de Chile, FLACSO, 1988.

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Tato Ayress: Con la utopía entre el humo y la metralla

Tato Ayress fue torturado durante la dictadura de Pinochet. Desde 1977 vive en Cuba. Foto: Andy Jorge Blanco/ Cubadebate.El día que bombardearon el Palacio de La Moneda, con Allende dentro, Tato Ayress estaba en la Escuela Experimental de Artes Plásticas, y no creyó, o no quería creer, que había muerto el presidente, hasta que vio las imágenes en la televisión. La escuela donde estudiaba se ubicaba en la comuna La Reina, en la periferia de Santiago de Chile, muy próxima a la Cordillera de los Andes. Cerca de allí –cuenta– Pinochet dirigía el golpe de Estado desde Peñalolén.
“Yo estaba aquel 10 de septiembre de 1973 en la casa del subdirector de la escuela. Sobre las 11 o 12 de la noche la atmósfera empezó a cambiar y se escuchaban rumores de movimientos de tropas. Ni dormimos casi. Por la mañana del día 11 la radio informaba de los tanques en La Moneda y se supo entonces que era un golpe militar. Muchos padres fueron a buscar a los estudiantes. Yo me quedé casi al final. Era martes, y había un día medio gris”, recuerda.
Antes de que las Fuerzas Armadas, de conjunto con el Cuerpo de Carabineros de Chile, arremetieran con saña contra el palacio presidencial, Salvador Allende habló por Radio Magallanes. Fueron sus últimas palabras. Su último día. 11 de septiembre de 1973. “Lo escuché. Todos estábamos con los pelos parados”, dice Carlos “Tato” Ayress Moreno, mientras añade, como si fueran suyas, las palabras de Allende: “Pagaré con mi vida la lealtad del puebo”. Lo dice y hace silencio.
A sus 16 años, cuando ocurrió el golpe de Estado, Tato conocía a Allende. Lo admiraba. Había crecido en la comuna de San Miguel, un lugar que apoyaba las candidaturas del líder de la Unidad Popular hasta que salió presidente.
“Tengo muy fresco en la memoria su penúltima candidatura. Era un sábado, nunca se me olvida, y yo me levanté como a las ocho de la mañana. La casa tenía una escalerita a la entrada y allí me senté.
“De pronto siento un ruido de carros, eran como seis, doblan la esquina y pasa Allende, compadre. Había tremenda desolación en la calle. Venían con bocinas, haciendo la propaganda de su campaña electoral. Corrí al lado del carro donde él iba y me regaló una banderita chilena. Yo crecí en ese ambiente de lucha en San Miguel”, dice ahora, a sus 64 años, desde un apartamento del barrio La Timba, en La Habana.
Aquel martes, gris, septiembre 11, en Chile, los carros que bajaron de la cordillera no regalaban banderas. Eran tanques blindados y camiones repletos de militares que se desplegaron entre los pobladores de la comuna La Reina y empezaron a sacar a la gente de sus casas a puro culatazo.
El Palacio de la Moneda durante el golpe de Estado a Salvador Allende. Foto: Archivo.
Durante el gobierno de Allende, los estudiantes de la Escuela Experimental de Artes Plásticas hicieron 40 murales que representaban las 40 medidas tomadas por la Unidad Popular desde la toma del poder en 1970. Tato Ayress pertenecía al Frente de Estudiantes Revolucionarios, que era el ala estudiantil del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), dirigido por Miguel Enríquez.
“La escuela estaba comprometida con la izquierda y eso fue motivo para que la prensa reaccionaria de la derecha en Chile tirara todos los dardos contra nosotros, hasta que llegaron los militares y nos sacaron ese día”.
“En ese momento me dije: ‘¿para dónde cojo?’. Salimos y me refugié en casa de unos compañeros. Allí estuve una semana sin poder salir a ninguna parte porque estaba el toque de queda. Algunos compañeros intentamos seguir la lucha revolucionaria. Hicimos planes para rescatar armamento y definirnos como una guerrilla urbana. Teníamos algunas granadas y escopetas hechas a mano, pero… ¡qué va!.
“Dada la situación, nos dimos cuenta que era una locura. Nos iban a coger, y nada más que supieran que tenías una granada, eso era fusilamiento al acto. Quien se resistiera –decían en la radio y así era– iba a ser bombardeado o fusilado al momento. Las pocas armas que teníamos las tiramos en un baño colectivo porque si allanaban una casa y encontraban eso, imagínate. Después comenzamos a saber de los secuestros, los desaparecidos y los campos de concentración”.
***
En enero de 1974, cuatro meses después del golpe de Estado, un operativo de la temible Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) llegó a su casa en San Miguel. Buscaban a su hermana Nieves, vinculada a un grupo del Partido Socialista, en cuyas filas se infiltraron varios agentes de la derecha más radical de Chile, incluso antes del golpe.
En las camionetas estacionadas a la entrada de la casa, había dos personas detenidas, con los ojos vendados. Eran amistades de la familia. Al esposo de una de ellas lo habían asesinado como parte del Plan Leopardo, diseñado por el general Sergio Arellano Stark, el mismo que dirigió la Caravana de la Muerte, cuando fueron por todo Chile fusilando gente. En 17 años de dictadura, hubo más de 40 000 víctimas.
La DINA buscaba a su hermana Nieves, pero se llevaron también al padre y a Tato. Los lanzaron a la camioneta, les taparon los ojos, y con los pies y manos amarrados empezó el recorrido hacia el primer campo de concentración en el que estuvieron: Londres 38, una casa clandestina en el centro de Santiago de Chile.
“Nos desnudaban a los tres. Me decían que yo tenía que violar a mi hermana. Te metían palos por el ano, te amarraban los pies, los brazos, los testículos con cables y te daban corrientazos. Abusos sexuales con mi hermana. Y cosas así…”, cuenta Tato Ayress y se obliga a dejar de enumerar las torturas. Hace una pausa, como si quisiera olvidarlo todo, y sentencia: “Nosotros estamos vivos de milagro”. Tenía 16 años. Era casi un niño.
En la prisión, aprendió a tocar guitarra. Es fácil descubrir su aire trovadoresco, sobre todo si se le mira a las manos, de uñas largas en la derecha y recortadas en la izquierda. “Calle Londres, cuántas vidas separadas, dónde están nuestros hermanos, dónde están los que lucharon, sus presagios convocaron al nuevo canto”, dice la letra de una de sus canciones.
Como prisionero de guerra junto a su padre y su hermana, a Tato Ayress lo trasladaron durante tres años a seis campos de concentración, distribuidos por todo el país: Londres 38, Tejas Verdes, Estadio de Chile, Chacabuco, Puchuc Cabi y Tres Álamos. Cuenta que tenían la misma estructura de los de la Alemania Nazi, con sus torres y torretas, el alambrado, las minas al medio… “Allí la palabra de orden era sobrevivir”, agrega.
Campo de concentración de Puchun Cabi, durante la dictadura de Pinochet. Foto: Cortesía del entrevistado.
“En Tejas Verdes las torturas eran de un desgastamiento físico, moral y espiritual muy grande. Todo te lo hacían para aniquilarte mentalmente. Hay gente que no resistió y se volvió loca. Yo los vi. Es duro. En la celda me ponía a contar las tablas y las puntillas para mantener la mente ocupada en algo. Pero en eso sacaban a un compañero y lo regresaban hecho mierda. Tuve compañeros que les sacaron las 10 uñas. A otros los asesinaban. Y eso te descompensaba.
“A mi hermana la violaron, acabaron con ella, no podía caminar porque le fracturaron las piernas y los brazos. Yo recuerdo que cuando nos bajaban de los camiones a ella la envolvían en una frazada y la cargaban entre dos soldados. Así la llevaban a la celda.
“Yo estaba completamente negro. Mientras nos desnudábamos nos caían a latigazos y para esperar por tu turno te ponían en puntillas con los brazos amarrados detrás y la cabeza dentro de un hueco, de pie. Eran horas así. Yo decía llorando ‘¡no doy más, no doy más!’”.
En Tejas Verdes la escena era surreal. A los prisioneros los torturaban en un subterráneo y arriba, en el club social de los militares, se escuchaba música. Debajo los gritos y el llanto. Arriba el canto y la risa.
“Recuerdo una vez que estaban poniendo a Nino Bravo y aquella canción: ‘Dicen que la alambrada solo es un trozo de metal’. Y abajo torturándonos, compadre.
“Me pusieron en una cama que le decían el potro. Me amarraban los brazos y los pies, y aquella cama tenía unas palancas con las que comenzaban a estirarte por ambas extremidades. Yo decía por dentro: ‘¡me van a partir por la mitad!’. Nos metían hasta en tanques con mierda”.
Una de las canciones de Tato Ayress dice: “Por los 70’ tocábamos guitarra, con la utopía entre el humo y la metralla, luego el exilio, apagaron la palabra, acallaron la guitarra, Víctor Jara”. Ahora, sentado en una silla, 48 años después del golpe y de tanta tortura, añade: “Cuando uno tiene convicciones bien arraigadas, si te llega la hora jodida uno asume”. Así también lo hizo Jara, pero lo asesinaron en el Estadio Nacional que hoy lleva su nombre.
***
Tato Ayress Moreno pudo salir de Chile en 1976 junto a su padre, luego de ser torturados durante tres años por la dictadura de Pinochet. Foto: Cortesía del entrevistado.
“Salir de Chile era difícil. Mi mamá hizo muchas cartas y denuncias al Papa, a la Comisión de Derechos Humanos, las Naciones Unidas, y fue muy perseguida por eso. Nuestro caso fue conocido mundialmente por todas las barbaridades que hicieron con nosotros. Después empezaron a cerrar lugares de detención. Mi papá y yo fuimos de los últimos presos de Tres Álamos. Gracias a la presión internacional aparecimos en una lista y salimos en libertad en 1976. Fue una tarde, casi oscureciendo. Ya en la calle uno tenía ese síndrome de la persecución. Yo estaba asustado. Todo el tiempo me preguntaba: ‘¿Qué me va a pasar ahora?’.
Tato tiene cinco hermanos. Tras el golpe, uno de ellos se asiló en la embajada de Italia, tres huyeron a Argentina y después viajaron a Cuba. Nieves seguía en prisión.
“Pasaron seis meses hasta que salió nuestro viaje por Naciones Unidas. Nos fuimos mi papá y yo para Italia. Pero mi hermana seguía presa y mi mamá tenía que ocuparse de ella. Salieron poco después del país”, recuerda Tato Ayress y agrega que meses después viajaron juntos a La Habana, en mayo de 1977. “En Cuba me afinqué, y me fui aplatanando”, dice y, por dura que le haya sido la vida, Tato Ayress sonríe.
La Isla lo recibió como refugiado de la dictadura de Pinochet. Aquí estudió Artes Plásticas en la Escuela Nacional de Arte y luego en el ISA. Y como rara vez un artista sabe hacer una sola cosa, también es parte del movimiento de la nueva trova. Fundó el grupo musical Guaicán. Conoció a Noel Nicola, Silvio, Pablo, Gerardo Alfonso, Frank Delgado, Vicente Feliú. Tuvo dos hijos y volvió a Chile, cuatro años después del fin pinochetista. Pero “siempre mis recuerdos regresaban a La Habana”, tararea. En Cuba dirigió la Casa Memorial “Salvador Allende” durante diez años.
En su apartamento en La Habana hay una bandera del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), una pequeña pegatina en la pared de la cocina. Tato Ayress Moreno reafirma que después de 48 años, las imágenes de aquellos años no se borran de la conciencia.
“Ahora mi hermana y yo presentamos demandas que pronto se discuten en los tribunales. Hace dos años fui a Chile, a un cara a cara con mis torturadores. Yo decía todas las barbaridades que me hicieron y los tipos como si nada, no reconocían nada. Que te lo sienten delante de ti después de tantos años… En la cárcel de Punta Peuco están los que nos torturaron, los principales jefes de la DINA. Son tipos que tienen casi 80 años”, cuenta.
Otra de sus canciones dice: “Escribiendo en caminos en celdas del tiempo, sus heridas enseñan que el honor no es un juego”.
Chacabuco, uno de los seis campos de concentración por los que pasó Tato Ayress en Chile. Foto: Cortesía del entrevistado.
Cuarenta años después de las torturas, Tato Ayress visitó el campo de concentración de Chacabuco. Foto: Cortesía del entrevistado.
Mural de Tato Ayress. Foto: Cortesía del entrevistado.

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