HAVANA CLIMA

Reforma

Biden pide leyes estrictas contra las armas

El presidente Joe Biden instó hoy jueves al Congreso a «finalmente hacer algo» sobre el control de armas y pidió a los legisladores prohibir las armas de asalto y los cargadores de alta capacidad mientras la nación pasa por el trauma de tres tiroteos masivos en las últimas tres semanas.«Después de Columbine, después de Sandy Hook, después de Charleston, después de Orlando, después de Las Vegas, después de Parkland, no se ha hecho nada», dijo Biden en un discurso en horario estelar que duró 17 minutos desde el Salón Este de la Casa Blanca. El presidente dijo que si el Congreso no podía prohibir las armas de asalto, entonces deberían aumentar la edad para comprar ese tipo de armas de 18 a 21 años. También dijo que se deberían fortalecer las verificaciones de antecedentes y pidió la aprobación de leyes de «bandera roja» que permitan los tribunales retirar las armas de fuego a quienes consideren un peligro para ellos mismos o para los demás.Las matanzas en un supermercado en Buffalo, Nueva York, una escuela primaria en Uvalde, Texas, y un centro médico en Tulsa, Oklahoma, han revigorizado el impulso del presidente para pedir una reforma en materia de  armas.«Pasamos horas con cientos de familiares que estaban destrozados, cuyas vidas nunca volverán a ser las mismas», dijo en su discurso aludiendo a su visita a Texas. «Tenían un mensaje para todos nosotros. Hagan algo. Solo hagan algo. Por el amor de Dios, hagan algo».«Algo haremos», dijo Biden a los familiares de las víctimas asesinadas en Texas  Los demócratas de la Cámara de Representantes han presentado un paquete de proyectos de ley que incluye aumentar la edad mínima para comprar rifles semiautomáticos de 18 a 21 años, prohibir los cargadores de municiones de alta capacidad y prohibir la venta de kits de «armas fantasmas» sin verificación de antecedentes.La medida fue aprobada por el Comité Judicial de la Cámara de Representantes en una votación de 25-19 poco después de que hablara Biden. Hay posibilidades remotas de que encuentren apoyo bipartidista en el Senado.Un grupo bipartidista de senadores tiene un marco para un proyecto de ley mientras buscan un compromiso que podría ser aceptable para algunos republicanos que históricamente se han resistido a fortalecer las leyes contra las armas.El grupo incluye a los senadores demócratas Chris Murphy y Richard Blumenthal de Connecticut, Kyrsten Sinema de Arizona, Joe Manchin de West Virginia y Martin Heinrich de Nuevo México y los senadores republicanos Pat Toomey de Pensilvania, Susan Collins de Maine, Lindsey Graham de Carolina del Sur y Bill Cassidy de Luisiana.Como presidente, Biden ha pedido regularmente verificaciones de antecedentes de armas y la renovación de la prohibición de las armas de asalto. Pero por primera apoyó la legislación federal que elevaría la edad mínima para portar un arma de 18 años a 21.Associated Press/OnCuba.

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Cuestión de tiempo

Dos grandes adversarios tiene ante sí la clase política que detenta el poder en Cuba: el tiempo malgastado y la pérdida del monopolio de la información y las comunicaciones. La hostilidad de los Estados Unidos, y el injusto bloqueo que es su secuela más evidente, influyen negativamente pero no representan el principal obstáculo; lejos de eso, han permitido justificar políticas erróneas e ineficacias internas de vieja data.

Cuando en abril del 2011, once años atrás —en medio del 6to Congreso del PCC—, los inf proclamaron al 2030 como meta hipotética o puerto de llegada a un socialismo «próspero y sostenible» (devenida utopía discursiva) ya el bloqueo estaba allí, era, por tanto, un miembro de la ecuación. Trump no estaba. Ni la pandemia. Otra cosa que estaba era una infraestructura básica en condiciones de franco deterioro.
¿Cómo fue posible entonces anunciar una transformación de la economía nacional sin haberse propuesto asimismo transformar previamente, o al menos en una fase inicial, la infraestructura básica? Esta pregunta es esencial. Nuestra burocracia política es muy dada a definir conceptos generales en pose grandilocuente, pero rara vez consigue operacionalizarlos en estrategias viables que se concreten en el corto, mediano y largo plazos.
Tampoco logra concebir las medidas en forma de sistema. De modo que la lentitud, estancamiento o no realización de proyectos se debe también a que se han aprobado decisiones imposibles de concretar, pues otras debieron ser tomadas antes o al mismo tiempo, y no después. O nunca.
En una isla estrecha y alargada debió haber sido más fácil mejorar el estado de carreteras, autopistas, calles, caminos, viales y ferrocarriles que en extensos territorios continentales. No lo ha sido. Hace pocos meses viajé desde Matanzas al poblado Los Palos, en la provincia de Mayabeque. Fueron necesarias más de dos horas para recorrer apenas setenta y cinco kilómetros por el estado de las carreteras, verdaderos caminos vecinales olvidados de Dios.
Una carretera central construida en tiempos de Gerardo Machado, durante la primera mitad del pasado siglo, y una autopista que llega solo hasta la provincia de Sancti Spiritus —ambas en muy mal estado y testigo de dramáticos accidentes—, son las vías más importantes del país. El resto, mientras más alejadas de la Carretera Central en peores condiciones están. Una excepción es la Vía Blanca que conecta La Habana y Matanzas, construida en tiempos de Batista cuando grupos mafiosos del Norte se interesaron en el turismo insular.  
(Foto: todocuba.org)
Los ferrocarriles, por su parte, presentan pésimo estado a pesar de que el nuestro fue el segundo país del hemisferio en estrenar el innovador medio de transporte en 1835, aun antes que la metrópoli española. Eso en cuanto al transporte interprovincial. Respecto al urbano, ni la capital ni ninguna ciudad importante cuenta con un metro que ayude a descongestionar la transportación citadina, que se convierte en lucha cotidiana de las personas para trasladarse a sus centros laborales.  
De la generación eléctrica, qué decir que no suframos cotidianamente. Cuba produce casi toda su electricidad mediante termoeléctricas que utilizan el petróleo nacional, muy pesado y rico en azufre, con el consiguiente desgaste técnico por mantenimientos y roturas. La más aportadora de todas, la planta matancera Antonio Guiteras, fue construida para producir electricidad con eficiencia por treinta años. Ya tiene treinta y cuatro. El socialismo sostenible requeriría una energía ídem que no parece haber estado entre las prioridades del diseño reformador.
En la época de gran afluencia de recursos provenientes del campo socialista, se comenzaron la autopista y una central electronuclear que quedaron inconclusas. Contamos igualmente con conductoras ineficientes y muy pocos centros de tratamiento de agua; redes telefónicas técnicamente antiguas; y limitado abastecimiento de gas, que se concentra en determinadas ciudades y zonas.    
No sin razón se le denomina infraestructura básica o crítica, pues describe bienes esenciales para el funcionamiento de una sociedad y economía sin los cuales es difícil sustentar otros procesos y cambios. Tal es así, que su estado es uno de los aspectos que tiene en cuenta la inversión extranjera antes de aventurarse en cualquier país. Algo que evidentemente no ha sido una preocupación para los que atienden ese ámbito en Cuba.
No creo que privatizar tales bienes sea la solución para su correcto manejo, ya que por su carácter estratégico deben ser de propiedad pública, o al menos mixta en determinados sectores. Pero su estatalización y la consiguiente falta de democracia en el manejo de lo público en Cuba, impidió a la ciudadanía intervenir en su proceso de administración y gestión, lo que incluye las inversiones necesarias para un adecuado funcionamiento.
Existen experiencias que documentan cómo la sociedad civil cubana funcionó en tanto mecanismo de presión sobre autoridades de gobierno para el manejo de infraestructura básica. Citaré como ejemplos al Comité Pro-calles de Cárdenas y al Patronato Pro-calles de Matanzas durante la República, hay muchos otros.
Este último actuó entre 1941 y julio de 1959 y se caracterizó por su aporte desinteresado y su honradez administrativa. Se financiaba en parte con fondos del gobierno municipal o provincial, y en parte con fondos particulares a través de una cuota mensual voluntaria de un peso, entregada por personas asociadas; escuelas públicas y privadas; negocios, industrias y comercios locales; asociaciones profesionales y obreras; sindicatos, logias masónicas, partidos políticos, medios de prensa, clubes, asociaciones… Su declive tuvo lugar durante el gobierno de Carlos Prío, cuando se prohibió inyectar fondos estatales a proyectos gestionados por particulares.
El prestigio de esa organización cívica fue tan grande, que cuando el 7 de enero de 1959 la Caravana de la Libertad pasó por Matanzas, el pueblo solicitó a Fidel Castro que el acueducto de la ciudad —subastado en 1958 por treinta años a la empresa Servicios Públicos Unificados, como parte de un turbio negocio—, fuera administrado por el Patronato Pro-calles, lo cual se aprobó, aunque por apenas dos meses. (1)
   
Los que gobiernan Cuba —devenidos clase política con el decursar de los años—, se adaptaron desde el inicio del proceso revolucionario a administrar mal y a no rendir cuentas. No debían temer nada y, efectivamente, durante décadas nada se les reclamó. No era posible. En buena medida por la confianza en ellos de gran parte de la ciudadanía, pero también porque no existía modo de confrontar decisiones erróneas en el uso de los fondos de inversión de las empresas, el manejo de créditos, inversiones y deudas; la concertación de negocios, licitaciones o contratación de servicios y, más recientemente, en la transferencia y/o disolución de la propiedad pública.
Desde la desaparición del campo socialista hasta hoy, han sido innumerables las estrategias, proyectos y planes anunciados para revertir la situación de la economía cubana. He aquí algunos de los más significativos en orden cronológico: proceso de Rectificación de errores y tendencias negativas, proceso de Perfeccionamiento empresarial, creación del holding Gaesa, desmontaje de la industria azucarera, Programa electro-energético nacional, proceso de Actualización de la economía cubana, experimento de Artemisa y Mayabeque, Zona Especial de Desarrollo Mariel, Tarea Ordenamiento.
A tenor con su costumbre de dilapidar el tiempo, quizás los decisores no se han percatado (¿o sí?) de que solo restan siete años y medio para el ansiado 2030. En ese breve plazo casi todo está por hacer, de modo que nuestra élite política empieza a reciclar expectativas en lugar de reciclarse a sí misma.
Veinte años después de su decisión de desmontar la industria azucarera, se nos informa que Raúl Castro convocó a salvarla. Dicha convocatoria llega justo a tiempo: la zafra del 2021 es la más baja desde 1959. En esa vuelta en círculos también se apela a la revitalización del ALBA. Nada que no hayamos visto antes.
No obstante tales dejavus, la realidad se muestra implacable, agravada asimismo por más de dos años de pandemia. La temporada turística fue decepcionante, lo que no se explica únicamente por la situación que generó la Covid-19, si se comparan los resultados del año con los de países del área turística caribeña.
Para Cuba, cuyo Estado ha destinado en el último lustro el mayor por ciento de sus inversiones a la construcción inmobiliaria asociada al turismo, esas cifras son elocuentes indicadores del fracaso en la concepción del modelo económico, que como bien ha demostrado el economista Mauricio de Miranda, solo ha conducido a la persistencia del subdesarrollo y al mantenimiento de la pobreza generalizada.
La necesidad de pagar la deuda externa contraída, más las escasas fuentes de financiamiento provenientes del exterior; retroalimentan una situación interna de crecimiento acelerado de la inflación, aumento sostenido de precios, escasez de alimentos y productos esenciales y enorme descontento ciudadano, que se expresó como estallido social hace casi un año.   
A fines de 2019 el presidente Miguel Díaz Canel exhortó a vivir «los próximos días y horas como si triunfara la Revolución otra vez». Su solicitud era congruente con la costumbre, descrita por Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, de las generaciones que:

 «(…) aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria [que] es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal».

En lugar de vivir «como si triunfara la Revolución» deberíamos lograr que triunfara una que nos libere de la «burocracia empoderada», como denomina el estudioso Mario Valdés Navia a esa clase política que ha enajenado para sí el poder al excluir a la ciudadanía de cualquier decisión. Bien la describe un fragmento del ensayo «Los excluidos», del profesor René Fidel González García:

Los que han manejado durante muchos años la información pertinente y objetiva de todas las ramas de la sociedad cubana, los que han podido incluso evaluar e intentar corregir a partir de datos y evidencias suficientes los errores y deformaciones que ellos suponen, los que han podido articular e instrumentar durante todo este tiempo propuestas y decisiones como políticas públicas en un orden de complejidad sistémico, los que han dominado en todo momento los umbrales de incertidumbre y los riesgos de cada escenario, nos han llevado, por la acumulación y calidad de sus actos de gobierno, por los propios límites y la soberbia presentes en sus aprendizajes y desenvolvimiento, por el goce inapelable de la impunidad y la imposibilidad de la exigencia de cualquier tipo de responsabilidad y control de sus actos, por la inexistencia de mecanismos de rendición de cuentas reales, a una situación de desastre estratégico, a una situación potencialmente inestable y catastrófica para futuras generaciones pero de seguro crítica y difícilmente reversible en el orden económico y social (…)   

Ese grupo cree que puede mantenerse exclusivamente mediante la coacción y la instrumentación de la ley a su favor. Se equivoca.
«Los perros metidos en el tabaco»
Con permiso de Rubén Remigio Ferro, presidente del Tribunal Supremo Popular, bautizo este epígrafe con una frase coloquial suya, eco de su natal Pinar del Río, que usara en una reunión del 2018 de la cual conocimos hace poco. El funcionario alertaba a sus pares de la Fiscalía y el Minint que con la nueva Constitución los abogados podrían intervenir desde el inicio en la fase de instrucción penal y serían tan incómodos como «perros metidos en el tabaco».
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En un modelo político como el de Cuba, una ciudadanía activa y dispuesta a participar en los asuntos públicos es, ni más ni menos, semejante a una enorme jauría. Sobre todo cuando tiene todos los motivos para estar molesta. Dicho modelo detenta, como condición sine qua non, el monopolio  de la información, las comunicaciones y la opinión pública.
En mi artículo anterior argumentaba que «Un partido único se puede mantener si existen estas condiciones: 1) control casi absoluto de la información y de la opinión pública y 2) ciertos niveles de consenso y prosperidad social, incluso en condiciones de austeridad. Puede fallar una de ellas, pero no ambas. Ninguna está presente en Cuba hoy».
El grupo de élite que determina la política insular parece convencido de que con mano dura (evidente en el Decreto-Ley 35, en la severidad de las penas a las personas detenidas el 11 de julio y en el nuevo Código Penal) solucionará el creciente disenso. Ya la propia Constitución, que crearon a su imagen y semejanza, les resulta incómoda y dejan muy claro que penalizarán la «práctica abusiva de derechos constitucionales». Pero es precisamente practicando tales derechos que se podrá influir en el presente y el futuro de la nación para que la burocracia empoderada no siga definiendo proyectos y estrategias que no está en sus manos, ni en su voluntad, cumplir.
Hace unos días se suscitó un interesante debate en Facebook a partir de la valoración de hipotéticas opciones de cambio político para Cuba sugeridas por José Gabriel Barrenechea. Una de ellas cuestionaba la definición de situación revolucionaria, al argüir que el modelo cubano ha demostrado que «los de arriba» pueden mantenerse siempre que «su aparato represivo funcione y la élite se mantenga unida».

No se interpretaba bien ahí el verdadero significado de la frase de Lenin: «que los de arriba no puedan». No se trata de que puedan porque posean la fuerza del aparato represivo; se trata de que puedan continuar en el poder usando los métodos tradicionales de gobierno. Lo cual, para el caso de un Partido y gobierno que se define de izquierda y popular, significaría no abandonar esa actitud para asumir cada vez más un cariz abiertamente anti-constitucional, violento y dictatorial.
Se trata de poder gobernar manejando ciertos niveles de legitimidad, pero esos niveles han disminuido peligrosamente en los últimos tiempos, sobre todo tras el 11 de julio. Si se acudiera única o esencialmente a la fuerza represiva para mantener el poder, ello ocasionaría (ya se está viendo) que el costo político y (no perder de vista) el económico sean tan elevados que no puedan pagarse sin que repercuta en un aumento consiguiente del disenso, que conduciría asimismo a mayor represión, en un proceso de alimentación recíproca o relación directamente proporcional.
Sin embargo, tal proceso no puede ser eterno, pues no existe posibilidad para el gobierno de mantenerse mucho tiempo sin recuperar legitimidad y aumentar el consenso en alguna medida. Eso si pretende continuar presentándose ante los ojos de la ciudadanía y de la comunidad internacional como popular y de izquierda, cosa cada vez menos creíble.  
En el artículo «Cuba, los árboles y el bosque», de finales del 2020 resalté la novedosa coexistencia de condiciones objetivas y subjetivas para una transformación sociopolítica del modelo cubano. Afirmé entonces: «La cuestión que está en juego ahora no es si hay que cambiar, sino cómo hacerlo».
Continúo pensando igual, creo que es una cuestión de tiempo y sigo defendiendo medios pacíficos para el cambio. La incógnita sería entonces: ¿Un cambio para construir un inexistente socialismo democrático o que apueste a una perspectiva pro-capitalista?  Pero eso será objeto de un próximo análisis.
***
(1) Caridad Contreras: El Patronato Pro Calles de Matanzas. Una respuesta ciudadana, Ediciones Matanzas, 2009.

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¿Habrá descentralización esta vez en Cuba?

La sociedad cubana está presenciando el tercer impulso de las últimas décadas a la descentralización. Según proyectan el Partido/Gobierno/Estado y los medios oficiales, esta vez sí va en firme. Conviene evaluar antecedentes y desafíos, porque depende de cómo se conduzca y hasta dónde esté dispuesta a llevarla la actual dirigencia.
En tanto ejercicio pleno de la autonomía municipal, la descentralización  es condición de gobernabilidad e implica democratizar el Estado y la sociedad. Supone un reparto de autoridad, es clave para enfrentar la pobreza y las brechas sociales y territoriales, desplegar la participación ciudadana en todos los ámbitos y promover el desarrollo local. 
Al parecer, existe más en el diseño y el discurso que en la realidad, a pesar de la elogiosa y triunfalista cobertura mediática. Según Granma, «el 2022 es un año decisivo para los municipios». De los principales dirigentes del país trascienden expresiones como estas: «la autonomía municipal avanza de forma paulatina, pero a paso firme», las dificultades se resolverán con la «planificación del 2023», «hay que crear capacidades» o «hace falta que el municipio use de verdad la autonomía (…) y que se empiecen a resolver los problemas (…)».
Conviene no perder de vista en esta nueva etapa descentralizadora que: 1) igualmente transcurre en momentos de crisis —ya sistémica—, cuando el Estado necesita liberarse de responsabilidades y desplaza la crisis hacia abajo, delegando así obligaciones a los municipios sin que estos tengan capacidades reales para cumplirlas; 2) las razones que frustraron impulsos anteriores se mantienen y 3) incluye los riesgos de que se ignore su carácter democratizador y se emplee como instrumento de reducción del Estado, sin transferencia de recursos y sin contenidos de cambio social sostenibles.
-I-
Cuba contaba con una larga tradición municipalista que comenzó a subvertirse desde 1959, al considerarse excesivas las funciones municipales. Durante las siguientes décadas se fueron creando estructuras correspondientes a un modelo estatista, burocrático y sumamente centralizado en todos los órdenes.  
Con la profunda crisis de los años noventa se dispensaron ciertas posibilidades de autonomía a los municipios, pero el impulso se frustró en cuanto la economía empezó a recuperarse. Con la siguiente (2008-2010) y la Actualización se volvió al tema. Sucesivas y puntuales experiencias derivaron fracasos, pero también hubo resultados positivos que no se aprovecharon ni replicaron. 
Prevalecieron la improvisación y burocratización del proceso, indefinición de la autonomía y competencias, cultura de la espera y excesivo centralismo en la toma de decisiones, administración de recursos y elaboración de políticas. También existieron falta de financiamiento e incapacidad real de gestionarlo; insuficiente capacitación, limitada participación ciudadana y del sector no estatal, así como superposición de estructuras administrativas y partidarias.

Algunas causas y limitaciones pueden mencionarse:
1. Excesivo peso de lo estatal, partidario y gubernamental y de la amplísima burocracia que lo sostiene. Con ello se duplican y superponen estructuras, se desangra el presupuesto nacional y se reproduce una lógica de tutelaje que impide el real empoderamiento de los municipios y los ciudadanos.
2. Persistencia de la economía centralmente planificada —que no genera un sistema productivo eficaz— y de un estilo de trabajo verticalista en ministerios, organismos y empresas nacionales.
3. Inexistencia de una filosofía y un imaginario de lo local. El dominio del esquema centralista durante tantas décadas, derivó en una mentalidad desfavorable a la descentralización en todas las esferas y niveles. Ello explica la insuficiente conciencia respecto a su importancia y urgencia en decisoresy algunos  (1) Muchos son los mismos que han sostenido el modelo centralizador que nos trajo hasta aquí.
4. Lentitud, dispersión y carencia de visión estratégica del ordenamiento jurídico que se requiere. La intención de descentralizar se puede verificar en documentos rectores y diversas normas jurídicas (2). Sin embargo, están más en función de la burocracia, mantienen indefiniciones, no sitúan adecuadamente la participación y control ciudadanos y el sujeto popular sigue siendo pasivo. Sin contar que la Ley 136 (2020), por ejemplo, la contradice.   
-III-
Según algunos expertos y fuentes oficiales ahora existe una visión diferente sobre la descentralización. Se basan en que está en todos los documentos, se entiende como base del desarrollo humano local y es uno de los pilares fundamentales del modelo económico.  
Sin embargo, preocupa cuán viable puede ser —económicamente hablando— cuando la planificación centralizada es la norma, los municipios están limitados en recursos, no existe un sistema productivo que la respalde y las reformas económicas actuales mantienen viejos lastres del propio modelo.  
Desde las ciencias sociales y actores internacionales se han hecho recomendaciones en diferentes momentos. Hoy la situación es muy compleja. Si realmente se quiere asegurar la descentralización, sería vital:
1.- Definir una estrategia nacional con enfoque amplio y democratizador que contemple: importancia de reformas del Estado central; principios y lineamientos de política con objetivos medibles y significado de políticas para enfrentar desequilibrios regionales y entre zonas rurales y urbanas. De ahí debería derivarse una Ley de Municipios que delimite claramente su autonomía y competencias, e integre, preferiblemente, o ampare a otras normas jurídicas asociadas y pase por consulta popular.
2.- Reformar al Estado al eliminar la duplicidad y expansión burocrática del modelo social, fortalecer una cultura de servicio público y de control popular  sobre la gestión gubernamental. Asimismo, articular los diferentes niveles del Estado, los intereses públicos, privados y de sectores, así como un equilibrio entre centralización-descentralización.
3.- La creación de capacidades propias en los municipios y el cambio de paradigma son necesarios, pero no se logran a corto plazo, no existe imaginario o cultura política que lo favorezca. En lo inmediato, de acuerdo con Juan Valdés Paz, deberían transferirse cuadros competentes de los organismos centrales a los municipios. 
4.- Debe tener al menos lo político, administrativo y fiscal como componentes básicos y junto con competencias, lo que incluiría posibilidades de cooperación internacional. Es vital transferir recursos y presupuestarse atendiendo a la realidad del contexto. Entre otras cosas, debería considerarse un 5% y no el irrisorio 1% como aporte al desarrollo local.
5.- La descentralización y la autonomía deben medirse sistemáticamente con instrumentos e indicadores. Ello supone contrastar diseño y ejecución de políticas públicas con resultados, evaluar su calidad e impacto en la transformación social, la gestión gubernamental y con ello los avances y retos.
La creación de capacidades propias en los municipios y el cambio de paradigma son necesarios, pero no se logran a corto plazo.
-IV-
Hace sesenta y tres años Cuba era, muy probablemente, el país latinoamericano más municipalista; sin embargo, como afirmó Valdés Paz, «Hemos liquidado jerarquías, lugares, los poderes locales. Hay que reconstruir todo eso… una obra inmensa».
La raíz del problema, como de otros muchos, es la misma: persistencia durante más de medio siglo de un modelo de sociedad anacrónico, políticamente autoritario y económicamente inviable. A juzgar por la práctica, la descentralización es incongruente con el proyecto de país del cual el gobierno se dice «continuidad». 
El Partido/Gobierno/Estado tendrá que abandonar reservas, apatías y escepticismos manifiestos fuera de las cámaras televisivas. Son muchos años de crisis, experimentos, fracasos y promesas de «ahora sí». Tendrá que demostrar real voluntad política, e impedir a toda costa la repetición del tradicional ciclo «crisis-reforma-represión de las reformas». Como los cubanos somos tan dados al desafío, veremos si con este tercer impulso, por fin, toca el turno a los municipios.
Para contactar con la autora: ivettegarciagonzalez@gmail.com
***
(1) Algunos todavía consideran que el problema no era el esquema centralizado, sino «la pasividad de los territorios y la carencia de interacciones entre ellos y los niveles centrales». Por otro lado, es interesante que la revista Temas dejara recientemente constancia de que, de veintisiete especialistas consultados, solo cuatro plantearían al gobierno entre las prioridades a atender, el tema de la descentralización, la autonomía y el desarrollo local.  
(2) Leyes 132 (de organización y funcionamiento de las asambleas municipales y los consejos populares) de 2019; las 138 (organización y funcionamiento del gobierno provincial del Poder Popular) y 139 (organización y funcionamiento del Consejo de la Administración Municipal) del 2021. También el Decreto No.33 (2021) para la gestión estratégica del desarrollo territorial.

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México: Oposición frenó la reforma eléctrica promovida por Gobierno de López Obrador

Un momento del debate sobre la reforma eléctrica en la Cámara de Diputados de México, este domingo 17 de abril. Foto: La Jornada.La Cámara de Diputados de México rechazó en la noche de este domingo, luego de un debate en un pleno especial que La Jornada calificó de “ríspido”, la propuesta de reforma constitucional sobre el sector energético presentada por el Gobierno, que buscaba garantizar más del 50% de la generación por el Estado y establecía al litio como un mineral estratégico solo de explotación estatal.
Según La Jornada, la Cámara de Diputados desechó el dictamen de reforma eléctrica al no haber alcanzado la mayoría calificada, pues registró 275 votos a favor de los partidos Morena, el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de México(PVEM), y 223 del Partido Acción Nacional (PAN), el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Movimiento Ciudadano (MC).
Con esa votación, Morena, el partido del presidente Andrés Manuel López Obrador, y sus aliados, no lograron la mayoría cualificada (332) para sacar adelante los cambios en la carta magna. No hubo abstenciones.
La reforma buscaba garantizar al Estado la generación de al menos el 54% de la electricidad que necesita el mercado, dando ventaja a las compañías estatales sobre las empresas privadas.
Además, incluía considerar el litio un mineral estratégico que solo puede explotar el Estado.
Sin esperar a la votación sobre la reforma eléctrica, el presidente AMLO envió el domingo por la noche al Congreso una propuesta de cambios a la ley minera para garantizar la medida sobre el litio., para su debate este lunes. En este caso, el Gobierno sí cuenta con votos suficientes para sacarla adelante.
La discusión del dictamen de la reforma eléctrica concitó la presencia de los 499 legisladores que tiene actualmente la Cámara.
La Jornada destacó que, como pocas veces, la reforma captó el interés de los ciudadanos. Más de 47 000 personas siguieron el desarrollo de la sesión a través de la plataforma de YouTube.
Durante el debate, el bloque mayoritario y la oposición se acusaron de traición a la patria. Morena y aliados apuntaron que el rechazo a la propuesta por parte de sus adversarios obedecía a que estaban defendiendo los intereses de empresas trasnacionales.
Sus señalamientos estuvieron acompañados de la consigna “la patria se defiende, la patria no se vende”, así como de pancartas en las que de antemano reprocharon el sufragio en contra. “No votar por la reforma eléctrica es ir en contra del pueblo de México”.
Por su parte, los integrantes de la alianza opositora Va por México (Partido Revolucionario Institucional, Partido Acción Nacional y Partido de la Revolución Democrática) reiteraron que la reforma atenta contra el medioambiente.
En una prolongada discusión en la que hicieron uso de la tribuna 33 oradores y se registraron incidentes y acusaciones de agresiones verbales que no llegaron a la violencia física, Ignacio Mier, coordinador de Morena, puso en el micrófono un discurso del expresidente Adolfo López Mateos alusivo a la nacionalización de la industria eléctrica.
En él, el exmandatario llamaba a no confiarse porque en años futuros algunos “malos mexicanos, identificados con las peores causas del país, intentarán por medios sutiles entregar de nuevo el petróleo y nuestros recursos a inversionistas extranjeros… Solo un traidor entrega su país a los extranjeros”.
“Subordinarse al dinero y a las empresas extranjeras, como lo hicieron en 2013, es de malos legisladores. No hipotequen su honra, porque no habrá dinero para que la recuperen”, dijo Mier a los legisladores.
“Si hoy votan en favor habremos dado un paso muy importante en beneficio no de un presidente, no de un partido, sino en favor de la sociedad y del país”, enfatizó, pero sus planteamientos no fueron escuchados.
El entendimiento sobre el tema energético se prevé complicado, pero dar claridad legal a un sector sumido en la incertidumbre es una de las demandas de la iniciativa privada y también del Gobierno de Estados Unidos (país de origen de muchos de los inversores en el sector), que ya auguró más litigios en foros tanto nacionales como internacionales.
La actual Ley de la Industria Eléctrica, modificada en 2021 en la misma línea de la reforma constitucional, está recurrida en los tribunales porque, entre otros puntos, prevé la revisión o anulación de contratos ya firmados.
(Con información de La Jornada y AP)

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A 60 años de la reforma universitaria revolucionaria, ¿misión cumplida?

Estudiantes de la Universidad de La Habana. Foto: Irene Pérez/ Cubadebate.En 1962, apareció publicado en La Habana un documento con el título “La Reforma de la Enseñanza Superior en Cuba”,1 editado por el Consejo Superior de Universidades, creado un año antes para coordinar el trabajo de las tres instituciones de educación superior oficiales de entonces que habían sido reabiertas tras el triunfo revolucionario. El régimen batistiano las había cerrado casi tres años antes por ser “focos de subversión”.
Según versa en su introducción, esa reforma universitaria entró en vigor el 10 de enero de ese año al publicarse el número ordinario de la Gaceta Oficial de la República contentivo de las bases fundamentales de la reforma de la enseñanza superior. Señala también que la fecha fue seleccionada en homenaje a Julio Antonio Mella, pionero de la reforma universitaria en Cuba y símbolo del gran ideal de vincular la universidad a los trabajadores y al pueblo, por conmemorarse dicho día el 33 aniversario de su asesinato.
Repasar sus páginas es aprender de las visiones dialécticas de los tiempos. El escenario de entonces era el de un país recién salido de un poder político neocolonial que tuvo su clímax negativo en la sangrienta y corrupta etapa de la tiranía batistiana.
Se intentaba entonces resolver las contradicciones socioeconómicas que habían conducido ese estado de cosas a partir de los modelos del socialismo que se consideraban entonces con un presente y un futuro luminosos. La industrialización del país era un motivo constante y el sustento científico de ese proceso era imprescindible.
En el orden estructural se contaba con tres universidades públicas: la de La Habana, Las Villas en Santa Clara y Oriente en Santiago de Cuba. A partir de esa reforma, sus estructuras internas serían las de facultades como estructuras administrativas que agrupaban “escuelas” que, a su vez, contenían los “departamentos”, sustitutivos de las cátedras unipersonales que predominaban anteriormente.
La docencia se gestionaría con una comisión de profesores en las escuelas. El curso se distribuyó en dos semestres académicos, cambiando el obsoleto esquema anual. Se proveyeron rigurosas disposiciones para asegurar una enseñanza realmente activa, proscribiendo el “verbalismo”, el “memorismo” y el “pasivismo”. Se crearon esquemas para garantizar la formación integral de los alumnos.
También se creó la extensión universitaria como actividad sustantiva de penetración de la cultura y la ciencia universitarias en toda la sociedad. Todo esto y mucho más estuvo matizado también por la creación de la comisión de investigaciones, para garantizar que se promoviera y desarrollara la investigación científica en forma sistemática “y a un verdadero nivel superior”.
Así cumpliría la universidad “una de sus misiones básicas irrenunciables, cuyo abandono o deficiencia no puede concebirse en nuestra república socialista”. La universidad cubana de la reforma de 1962 quedó oficialmente como una universidad científica con fines igualmente importantes de formación de profesionales e investigación científica.
Obviamente, una cosa eran las declaraciones y otras las realidades del escenario imperante. El grueso de los claustros tradicionales había abandonado sus puestos y hasta el país. Las graduaciones de un par de decenas de institutos de segunda enseñanza alcanzaban escasamente unos 6 000 jóvenes al año. Muchas instalaciones eran claramente insuficientes y, como regla, no existían ni la tradición ni el saber hacer imprescindibles para crear esa universidad científica.
Muchos profesores de la enseñanza secundaria ocuparon plazas de docentes universitarios. Se tuvo que recurrir a personas calificadas que ni siquiera habían acabado sus estudios superiores y a estudiantes avanzados para impartir asignaturas básicas.
Para aumentar el alumnado se facilitó y aceleró el ingreso a la educación superior de estudiantes que tuvieran condiciones y completaban ese nivel de enseñanza dentro de las universidades. Se implementaron muchas otras acciones de supervivencia y fomento, algunas de ellas muy audaces y exitosas. Lo que sí se garantizó fue un amanecer para la universidad científica en el escenario de una Cuba revolucionaria, transformadora y más justa.
Mucho ha cambiado en este mundo y el escenario actual también está lleno de novedades y retos.
Algunas estructuras de las entonces creadas permanecen solo en el recuerdo. La universidad cubana está hoy en todas las provincias del país, educa a centenares de miles de estudiantes y genera regularmente más de la mitad de nuestra ciencia de alto nivel, según los premios anuales de la Academia de Ciencias de Cuba.
Ahora se dispone de una red de redes digital que facilita la comunicación y el intercambio que podría permitir graduar estudiantes en cualquier lugar del país y del mundo. La información disponible en la mejor biblioteca universitaria es ínfima en comparación con la que un estudiante o investigador pueden obtener instantáneamente mediante un teléfono, en cualquier sitio.
El nivel educacional promedio del cubano se reporta como de 11.8 grados,2 según la Universidad de Oxford, lo que es un éxito resonante en nuestro continente hacia el sur, pero no suficiente para una revolución como la nuestra. Los EE.UU. alcanzan 13.4 y Alemania 14.1 grados gracias a sistemas flexibles de educación superior que llegan a las comunidades y a esquemas de formación especializada de ciclo corto, que podrían tener un lugar en nuestra práctica y nuestras concepciones.
La autonomía municipal en Cuba requiere de la consolidación de la cultura científica y tecnológica desde las bases. La experiencia de los centros universitarios locales, si trascendieran solo la formación en algunas carreras de formato nacional y se adaptaran a las necesidades de cada localidad, podría elevar la escolaridad y también crear focos de ciencia e innovación que propulsarían el desarrollo de forma sostenible en muchos entornos.
Las concepciones imperantes acerca de las ciencias están dando un lugar significativo a rupturas de las fronteras entre las disciplinas tradicionales, tanto en la creación de conocedores como en la de conocimientos. Nuestras carreras tienen carácter nacional y algunas están enmarcadas en moldes disciplinarios demasiado estrictos que conllevan hasta uniformidades artificiales entre ciencias muy diversas.
La concepción de incluir a universidades especializadas como estructuras integrantes de los sistemas nacionales de salud y educación desde 1976 llevó a la fragmentación de la educación superior entre diferentes organismos y a una modulación endogámica de sus desarrollos. Esto suele frenar tanto a la universidad como a la innovación y competitividad de esos importantes servicios sociales. Esta situación solo se ha comenzado a corregir en el caso de la educación.
El escenario actual es radicalmente diferente al de cualquier etapa previa y así será de forma más o menos acelerada hacia el futuro.
El razonamiento científico nos conduce a las naturales preguntas: ¿está cumplida la misión de la reforma de 1962? ¿Debemos conformarnos por sus hechos o inspirarnos por su intención de transformación dialéctica? Las medidas tomadas respondían a la situación de entonces.
Sin embargo, los cambios socioeconómicos y culturales que condujeron al escenario actual merecen al menos una nueva mirada a muchos aspectos, si nos apropiamos de la intención renovadora y revolucionaria de entonces como uno de sus principales legados.
Esto nos invita a plantearnos el problema de una nueva reforma universitaria cubana desde sus propios fundamentos. No son obligatorias las transformaciones radicales e iconoclastas.
Se trata de mirar hacia un futuro que será absolutamente diferente para los estudiantes que estamos formando ahora mismo y para la ciencia que estamos produciendo como tesoro inalienable de los cubanos que verán el final del presente siglo.
Notas:
1 La Reforma de la Enseñanza Superior en Cuba. Consejo Superior de Universidades: La Habana, 1962; p 115.
2 Consultar enhttps://ourworldindata.org/grapher/mean-years-of-schooling-long-run

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Demandan justicia y reforma de agencias del orden en funeral de niña chilena muerta en operativo policial en EEUU

Los padres de Valentina durante una rueda de prensa en la que se pidió justicia, a finales de diciembre de 2021. Foto: Getty Images.Familiares, amigos y defensores de los derechos civiles asistieron este lunes en Los Ángeles al funeral de la adolescente chilena Valentina Orellana Peralta, quien murió por un disparo de un policía de la ciudad el pasado 23 de diciembre.
El reverendo Al Sharpton, líder de los derechos civiles en Estados Unidos, fue el encargado de dar el mensaje principal en el funeral, en el que pidió enérgicamente justicia para la adolescente de 14 años y una reforma de las agencias policiales en todo el país, una exigencia cada vez más escuchada en años recientes a raíz de las muertes de ciudadanos negros a manos de policías en servicio.
Orellana Peralta, quien había emigrado a Estados Unidos con su madre hacía seis meses desde Chile, murió en un operativo del Departamento de Policía de Los Ángeles (LAPD) para detener a un sospechoso de agredir a clientes en una tienda de ropa en el sector de North Hollywood.
El operativo policial se realizó tras varias llamadas de alerta sobre un posible asalto con arma mortal en la tienda Burlington Coat Factory.
Al llegar al centro comercial, los agentes comenzaron una búsqueda y localizaron a una mujer ensangrentada y, a poca distancia, un sospechoso. Uno de los policías disparó tres veces con su rifle automático contra el hombre, que murió en la escena.
Al menos una bala atravesó la pared de un probador donde Valentina se encontraba con su madre, Soledad Peralta, y alcanzó a la menor, quien murió en los brazos de su mamá.
“Escuchamos gritos. Nos sentamos en un asiento, abrazadas, rezando, cuando algo impactó a mi hija Valentina. Y murió en mis brazos. No pude hacer nada”, relató la madre en una conferencia de prensa días después de la muerte de Valentina.
El padre de la menor, Juan Pablo Orellana, explicó que su hija estaba desde hace seis meses en EE.UU. intentando establecerse en el país. “Ella lo único que quería era ser ciudadana americana. Yo le dije: ‘Vámonos de este país’. Me dijo: ‘No papá, este país es el más seguro del mundo, el país de las oportunidades’”.
“No es racional que la policía entre en una tienda dos días antes de Navidad y persiga a un hombre sin que se hubiera podido realizar una desescalada de la situación”, dijo Sharpton en el funeral.
El reverendo recordó las décadas de denuncias contras el Departamento de Policía de Los Ángeles tras la golpiza propinada en 1991 por oficiales de ese cuerpo al afroamericano Rodney King, un suceso que desató revueltas que marcaron la historia de la ciudad.
(Con información de EFE y BBC)

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La economía cubana: entre la confusión y el sin sentido

A partir de lo visto en el recién concluido III Pleno del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC), resulta claro que la dirigencia política del país insiste en conducir la economía cubana con criterios ideológicos voluntaristas que demuestran su confusión respecto a las leyes objetivas de la economía y el sin sentido que genera despreciar y vulnerar esas leyes.
Hemos pasado por esto varias veces y los resultados han sido siempre los mismos: el fracaso. ¿Cuál es el objetivo de insistir en lo que ya se ha demostrado que no funciona? Pareciera que a falta de creatividad y sentido común, insisten en revitalizar círculos viciosos que han afectado severamente el desempeño de la economía nacional desde los años sesenta del pasado siglo hasta hoy.
El problema de la inflación
La inflación es el aumento de precios de los bienes y servicios que componen la «canasta» del «consumidor promedio» de un país, y se mide como un índice de precios respecto a un período base. Lo usual es que se calcule mensualmente, como valor acumulado del año, y también interanual respecto al mismo período del año precedente.
En general, los economistas preferimos que se creen las condiciones para que los precios mantengan una relativa estabilidad, usando los recursos de las políticas monetaria y fiscal. En ocasiones, un incremento «moderado» de los precios puede estimular a los productores a producir más para aprovechar ese diferencial. Pero la historia económica indica que la inflación «galopante» o la hiperinflación destruyen la capacidad adquisitiva de la población y el tejido productivo, pues deterioran la demanda y, en consecuencia, poseen un efecto recesivo.

La teoría económica demuestra que cuando se establece un precio por vía administrativa, por debajo del que sugiere el equilibrio entre la oferta y la demanda, la oferta desaparece y se produce escasez de bienes. Entonces la inflación no se manifiesta en el mercado formal sino en el informal, hacia el cual se canalizan los bienes escasos a precios superiores.
Esa es precisamente la secuela que tienen los «topes» de precios en la actualidad, y también el efecto que tuvieron los precios administrados estatalmente en los años sesenta, cuando no se tenían en cuenta los costos de producción ni las condiciones del mercado.
Durante muchos años no se calculó la inflación en Cuba. En la crisis de los noventa se evidenció que aunque los precios oficiales no fueron aumentados, los productos que se vendían por esa vía representaban una fracción baja y decreciente de las necesidades de subsistencia de la población; sin embargo, en los mercados informales los precios siguieron un curso que estuvo determinado por el tipo de cambio informal del dólar con el peso cubano. Eso está volviendo a ocurrir, pero no solo en los mercados informales sino también en aquellos en los que se desarrollan actividades económicas no estatales.
El primer secretario del Comité Central abogó por hacer un llamado a los empresarios privados y cooperativos a «renunciar a parte de las ganancias sin caer en pérdidas» para bajar los precios, y de nuevo convocó «al pueblo», esta vez a consumar un «control popular» sobre los precios.
¿Realmente cree Díaz-Canel que de esa forma se combate la inflación? No, así se oprime una vez más al productor y el resultado será la caída de la producción, que es todo lo contrario de lo que se necesita.
Por su parte, Alejandro Gil, ministro de Economía y Planificación, hizo referencia en el Pleno partidista al tema de la inflación, emplazando a combatir a «las personas inescrupulosas que aprovechándose del escenario de escasez que está viviendo el país, intentan vivir de eso y hacerse ricos a costa de las necesidades del pueblo y no lo podemos permitir». A lo anterior añadió que «la fortaleza del socialismo que nos da y la autoridad moral para enfrentar eso lo tenemos que tener siempre presente y es el combate de este momento».
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Haciendo gala de la escasa autocrítica a la que la dirigencia cubana nos tiene acostumbrados, el ministro insistió en que el problema no era el «Ordenamiento». No se ha admitido que la llamada «Tarea Ordenamiento» se realizó a destiempo, dejando pasar muchas oportunidades, en el peor momento posible y cuando existían muy pocas posibilidades de que la oferta de bienes y servicios reaccionara a la recesión.
Tampoco reconoció que el tipo de cambio utilizado no tuvo asidero alguno con la realidad y resultó de colocar un tipo de cambio «deseado» en lugar de tener en cuenta las condiciones del mercado cambiario. La economía no puede ser «forzada» a aceptar el tipo de cambio que los gobernantes consideran conveniente establecer.
Cuando se adoptan medidas como las tomadas por el gobierno, el mercado les recuerda que siempre existe la válvula de la informalidad, y eso es lo que está pasando en la economía. Quienes diseñaron el proceso y quienes lo aceptaron —que son miembros del aparato institucional del Partido, el Gobierno y la Asamblea Nacional—, pretendieron que los mercados podían ser dominados por sus voluntades; y está más que demostrado que eso no es posible.
La inflación actual
Una explicación sencilla de la teoría cuantitativa del dinero, afirma que el equilibrio monetario en un mercado existe cuando la oferta monetaria es igual al nivel de precios multiplicado por el nivel de transacciones (lo cual se traduce en el nivel de ingreso o del producto de una sociedad). Si se incrementa la oferta monetaria en condiciones de estancamiento económico, o incluso de recesión, no existe otra cosa que pueda pasar que no sea el incremento de los precios. Eso es lo que ocurrió en Cuba.
Habría resultado similar de producirse el reajuste de salarios y pensiones antes, pero las circunstancias serían otras si previo a ese proceso se hubiera estimulado la producción, lo que implicaba desatar los nudos que frenan el desarrollo de las fuerzas productivas en el país. Eso debió ser lo primero, y había que hacerlo mucho tiempo antes. El escenario de la crisis agravada por la pandemia fue el peor de los momentos posibles.
Marino Murillo, uno de los ideólogos del ordenamiento
No obstante, hasta el momento nadie ha respondido por esos errores. No lo han hecho las direcciones del Partido elegidas en el 6to, 7mo y 8vo congresos; ni los gobiernos existentes desde entonces. Y ellos son responsables máximos de tales fallas, conjuntamente con los diputados a la Asamblea Nacional en las diversas legislaturas, por permitirlas sin cuestionamientos.
La moral y la ética que algunos dirigentes exigen al pueblo, debería llevarlos a asumir sus responsabilidades políticas por estos yerros. Al mismo tiempo, la inteligencia y el sentido común debiera conducirlos a análisis objetivos y a la adopción de medidas necesarias y urgentes, en lugar de continuar insistiendo en un enfoque ideológico que no conduce a otro lugar que no sea a un callejón sin salida.
No dudo que algunos productores, en su afán de lucro, «aprovechen» las condiciones del mercado escuálido y desabastecido de Cuba para obtener ganancias extraordinarias. Pero estoy seguro de que la mayoría simplemente está reaccionando a la realidad de sus condiciones objetivas.
El ministro al menos reconocía que determinados productores requerían insumos en divisas y debían comprarlas en el mercado informal a un precio varias veces el oficial —que está lejos de las condiciones del mercado— por lo cual eso se traslada a los precios. ¡Y es lógico que así sea! Ello no lo hace inmoral ni muestra una ética expoliadora, sino es el resultado de la acción objetiva de las leyes de la economía.
Adicionalmente, el gobierno sigue sin reconocer el daño moral causado a su imagen y a la del PCC con el establecimiento y posterior expansión de las tiendas en monedas libremente convertibles (MLC). Con esta medida se ha apelado al mismo expediente, segregacionista y rentista, que caracterizó el surgimiento del mercado en las llamadas shopping de los años noventa. Se apela a una dolarización de los costos de los consumidores y los productores privados sin que se dolaricen sus ingresos.
La inflación actual en Cuba es hija de la escasez estructural en los mercados de bienes y servicios. El sector productivo no es capaz de reaccionar a las necesidades de la demanda por múltiples factores. Entre ellos cabe mencionar las restricciones persistentes al desarrollo de negocios privados en una serie de sectores; las limitaciones del sector agropecuario en el acceso a los mercados; la obsolescencia tecnológica de la mayor parte de las industrias; los precios de monopolio de muchos servicios, entre ellos los tecnológicos y de telecomunicaciones; las restricciones al desarrollo de dichos servicios mediante un clima de competencia; el subdesarrollo de los sistemas de transportes, comunicaciones e infraestructura; pero sobre todo, la escasa capacidad de ahorro e inversión de la economía doméstica.
Eliminar la dolarización o dolarizar/euroizar toda la economía
Soy partidario de que Cuba conserve su moneda nacional. El establecimiento del peso en 1914, aunque atado al curso del dólar, fue una muestra de soberanía. Sin embargo, en las actuales condiciones el peso cubano carece de soberanía en todas las transacciones dentro del territorio nacional, debido a la decisión del gobierno de captar divisas frescas mediante tiendas en las que solo se venden productos en MLC.
Las primeras monedas cubanas fueron acuñadas en 1915.
Eso ha llevado incluso al restablecimiento de relaciones inter-empresariales que se denominan en moneda extranjera. Esta simple decisión es factor decisivo para la depreciación de la moneda cubana en el mercado doméstico, y debilita la tan cacareada soberanía que el gobierno dice defender.
Resulta inmoral y éticamente cuestionable que la sociedad cubana deba depender de transferencias desde el exterior para satisfacer necesidades elementales de la vida cotidiana. El carácter rentista del Estado, acostumbrado a exprimir por diversos mecanismos extractivos, se traslada a la sociedad en su conjunto y ello debilita el emprendimiento y la productividad.
No es posible continuar con la situación actual, que es una reedición de la que existía a inicios de los noventa. ¿Qué hacer? O toda la economía se expresa en pesos cubanos, a una tasa que se corresponda con las condiciones del mercado, o reconocemos de una vez y por todas que la soberanía nacional se ha deteriorado al punto de requerir que nuestra moneda deje de ser la que funcione en la economía del país y reemplazarla por otra que, debido a las circunstancias de enfrentamiento persistente con el vecino del Norte, podría ser el euro.
Para ello resultaría necesario un acuerdo con la Unión Europea, tal como han hecho Montenegro y Kosovo. Pero un acuerdo implicaría no solo una disciplina monetaria y fiscal, sino también una serie de condicionamientos políticos.
Yo preferiría defender la moneda nacional, no por prurito nacionalista o patriotero, sino porque contar con la soberanía monetaria permite que el tipo de cambio sirva de válvula de escape a los desequilibrios internacionales. Si la economía mantiene su vocación deudora respecto al mundo, la devaluación reflejará esa realidad, pero, si por el contrario, fuéramos capaces de crear condiciones para que la inmensa iniciativa empresarial y capacidad de emprendimiento de los cubanos, aun reprimidas, florezcan en condiciones de libertad —con regulación pero sin control—, podríamos prosperar económicamente, lo cual debe traducirse también en bienestar social.
Control popular sobre la gestión del gobierno, no sobre los precios
No es posible esperar un cambio fundamental hacia la prosperidad en las condiciones actuales de Cuba si no se democratiza nuestra sociedad. A estas alturas es imposible desligar las transformaciones estructurales de la economía sin realizar modificaciones estructurales en las instituciones políticas que apunten a una democratización real.
Los principales obstáculos frente a esas necesidades son: la persistencia del dominio político de un partido único, no democrático en su vida interna, que controla a toda la sociedad siendo minoritario y que en su gestión ha estado lejos de constituir una verdadera vanguardia de la sociedad; la exclusión de la crítica y la oposición a la gestión del gobierno, tildada de mercenaria cuando simplemente es resultado de los sucesivos yerros de una dirigencia que desconoce las realidades objetivas de la vida contemporánea y se niega a rendir cuentas ante la sociedad, como debería; un sistema institucional que no responde a las necesidades y demandas de la sociedad aunque insistan en no reconocerlo.
Esa realidad puede ser cambiada desde el poder o desde la sociedad, o desde ambos. Sin embargo, para empezar, valdría la pena que las autoridades abandonen su confusión y el sin sentido de sus medidas.

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Cooperativas autónomas para resolver la crisis de alimentos: ¿lecciones que aprender de Noruega?

En la actual crisis económica y política de Cuba, un desafío resalta quizás más que cualquier otro: cómo producir alimentos. No es de extrañar que la dramática situación social que hace insuficiente el acceso a los alimentos, y la consiguiente presión macroeconómica que produce el uso excesivo de divisas para la importación de productos alimenticios básicos, haya llevado al gobierno a identificar este como un tema de seguridad nacional.
Al discutir qué hacer con esta situación insostenible, podría ser interesante ver si Cuba tiene algo que aprender de Noruega y los países nórdicos, en particular en lo que respecta al papel fundamental de las cooperativas de agricultores. La profunda crisis que sufrió Noruega en la década del treinta del pasado siglo, no es muy diferente a la que vive Cuba hoy, y este tipo de cooperativas fueron decisivas como salida a la crisis.
En los países nórdicos, las cooperativas agrícolas fueron importantes desde finales del siglo XIX y principios del XX, cuando los agricultores familiares comenzaron a organizarse. Estas se constituyeron como cooperativas de crédito, seguros, procesamiento y comercialización.
Al principio se extendieron desde Dinamarca hacia el resto del norte de Europa, llegando luego a los colonos ubicados en América del Norte. Las cooperativas de agricultores pronto se convirtieron en un elemento clave en la agricultura privada en las economías de mercado. Muchas se convirtieron en grandes empresas en las economías capitalistas, otras en sociedades anónimas ordinarias o conservaron su condición de cooperativas de propiedad de los agricultores, como en Noruega.
Contrario a esta experiencia, tras las revoluciones de inspiración marxista en Rusia, China, Europa del Este y más tarde en Vietnam y Cuba, se establecieron cooperativas organizadas por el estado y controladas por el gobierno. Muchas de ellas, en la ex Unión Soviética y Europa del Este, colapsaron cuando las economías de planificación centralizada fueron abolidas a principios de la década del noventa. Sin embargo, han surgido nuevas formas de cooperación en la producción y distribución de alimentos, tanto en los países capitalistas como en los ex socialistas. Estas cooperativas se organizaron tanto entre productores como entre consumidores, con el fin de satisfacer las necesidades comunes de acceso directo a los alimentos.
Tras las revoluciones de inspiración marxista en Rusia, China, Europa del Este y más tarde en Vietnam y Cuba, se establecieron cooperativas organizadas por el estado y controladas por el gobierno.
Si bien se supone que la agricultura familiar y los mercados alimentarios deberán desempeñar un papel más importante en la economía cubana en el futuro, el éxito de dicha transformación dependerá de que se permita a los pequeños agricultores, en colaboración con las cooperativas mayoristas, desarrollarse a corto y largo plazo. Estas cadenas alimentarias de suministro sostenibles, podrían ser competitivas frente a la agricultura capitalista multinacional y a la socialista de estado.

La expansión de las cooperativas agrícolas fue un factor clave en la modernización e industrialización de la agricultura noruega. Las mismas se construyeron para defender los intereses de los campesinos y pequeños agricultores, quienes no tenían mucho poder económico individualmente. Durante la primera parte del siglo XX aumentó el número de cooperativas de entrada y salida.
En 1929, el mismo año del desplome de la Bolsa de Nueva York, el precio de la leche noruega cayó drásticamente a casi un tercio del nivel de 1920. Una de las razones de esta severa caída fue que la mayoría de las lecherías intentaron llevar su leche a la ciudad y venderla como fresca, mejor pagada que la mantequilla y el queso.
En respuesta a esta crisis, los agricultores exigieron acciones organizativas y políticas. Se celebraron reuniones masivas en las provincias, donde los agricultores acudieron para discutir la acción colectiva. Con el tiempo, se generó más y más apoyo para una idea simple pero radical: las agrupaciones de leche regionales deberían comprarla toda a un precio fijo. En consecuencia, se eliminó la competencia en la venta de leche para consumo fresco en los mercados más grandes y atractivos, y el pago a los productores de leche se mantuvo en un nivel común y más alto de lo que hubiera sido de otra manera.
En 1930, el Parlamento aprobó la Ley de Comercialización que otorgaba a las agrupaciones cooperativas autoridad cuasi pública para administrar el mercado de la leche e imponer una tasa de comercialización variable a todos los productos lácteos. Se creó un Consejo de comercialización —con representantes de cooperativas de productores, organizaciones comerciales minoristas y organizaciones de consumidores—, para determinar las tarifas y supervisar los efectos de la Ley de comercialización. La membresía para formar parte de la junta era voluntaria.
Se puede contar la misma historia para diversos productos: la carne de cerdo se incorporó a la Ley en 1931, la de ovino en 1934 y la de vacuno en 1940. Este sistema de comercialización cooperativo fue relativamente eficiente si lo comparamos con las juntas públicas de comercialización introducidas al mismo tiempo en otros países. Dar responsabilidad a los agricultores a través de sus cooperativas fue muy importante, especialmente en tiempos de sobreproducción.
Las principales características del sistema noruego de regulación agrícola, basado en una alianza entre las cooperativas de agricultores y el estado noruego, se consolidaron y han sobrevivido hasta el día de hoy. El éxito de las cooperativas en Noruega se explica en parte por el nivel educativo relativamente alto de sus agricultores, lo que es comparable a la situación actual de Cuba.
A fines de la década del veinte e inicios de la siguiente, la mayoría de los partidos políticos, con la importante excepción del Partido Conservador, apoyaron a las organizaciones cooperativas como medio para combatir la crisis agrícola. Este fuerte nivel de aceptación política fue un factor importante para obtener mayoría parlamentaria con vistas a la Ley de Comercialización de 1930.
Otra fuerza impulsora fue el crecimiento de los mercados nacionales de alimentos durante la industrialización. Los mercados de carne casi se duplicaron entre 1917 y 1939, y el de leche fresca prácticamente se triplicó en el mismo período. Después de la Segunda Guerra Mundial, los mercados de alimentos se expandieron rápidamente. Las lecherías, queserías y carnicerías de los agricultores de todo el país se organizaron en cooperativas regionales especializadas.
Parte de su fuerza les fue otorgada por la autoridad cuasi pública para regular los mercados en virtud de la Ley de Comercialización. Este acto ha sido defendido continuamente por partidos políticos de centro izquierda, y sobrevivió hasta ahora a todos los ataques de políticos neoliberales y de negociadores comerciales internacionales que presionan por un mercado de alimentos más liberalizado en Noruega.
El Partido Laborista, bajo el lema «Trabajo para todos», fue el gran ganador de la campaña electoral de 1933, en la que obtuvo el 40% de los votos. Por primera vez lograron un apoyo sustancial en las zonas rurales, principalmente entre trabajadores agrícolas, campesinos y pescadores.
La nueva alianza ganadora entre los partidos laborista y campesino, acordó aumentar la cartera de la Agencia Estatal de Préstamos para Agricultores en 1934. Después del fin de las negociaciones entre dichos partidos, se otorgaron subvenciones de crisis a la agricultura, la silvicultura y la pesca; así como a los municipios para luchar contra el desempleo mediante la construcción de carreteras y otras obras públicas.
A pesar del escepticismo inicial en el Partido Laborista, su líder Johan Nygaardsvold obtuvo el apoyo de la mayoría para una solución de crisis históricamente decisiva con el Partido de los Agricultores. Este fue uno de los pilares más importantes del modelo nórdico en el caso noruego, al establecer un pacto social entre capital y trabajo en el sector industrial.
Johan Nygaardsvold
En 1935, Nygaardsvold se convirtió en el Primer Ministro de un gobierno socialdemócrata noruego, en representación de un partido político que hasta 1923 había estado haciendo campaña por la revolución proletaria armada.
La construcción de alianzas para combatir la crisis agrícola no fue solo un fenómeno noruego. En 1933, los socialdemócratas suecos llegaron a un acuerdo con el Partido de los Agricultores; mientras, en Dinamarca, los liberales y socialdemócratas convinieron sobre aranceles y política comercial ese mismo año. En esencia, las medidas del Partido Socialdemócrata en Escandinavia para combatir la crisis fueron de tipo keynesiano, gastando dinero público para generar empleo mantuvieron las ruedas económicas en marcha.
El Acuerdo de Crisis de 1935 fue el movimiento político más importante para detener la propagación del populismo de derecha en el partido nazi noruego entre los agricultores y los pobres de las zonas rurales. Bajo el lema «Pueblo y tierra, de la mano», personas de nuevos grupos sociales ahora asumieron cargos gubernamentales, anteriormente ocupados principalmente por personas de las clases altas.
La regulación estatal todavía tiene un papel de liderazgo en el desarrollo de la agricultura noruega. En comparación con las agriculturas capitalistas desreguladas de Australia y Nueva Zelanda, por un lado, y del modo de producción socialista clásico en Cuba, por el otro; el modelo de agricultura noruego puede verse como una forma híbrida de economía de mercado regulada.
La introducción de la agricultura socialista en Cuba
La satisfacción del consumo interno de alimentos fue uno de los principales objetivos de la Ley de Reforma Agraria de Cuba en 1959. Esta ley, y las discusiones que la condujeron, fue considerada un elemento fundamental en los primeros días de la Revolución Cubana, bajo la fuerte influencia del Che Guevara. Se basaba en el reconocimiento de que:

«Los campesinos que pertenecieron a nuestros primeros ejércitos guerrilleros procedían de ese sector de esa clase social que muestra con más fuerza el amor por la tierra y la posesión de ella; es decir, lo que demuestra más perfectamente el espíritu pequeñoburgués. Los campesinos lucharon porque querían tierra para ellos y sus hijos, para administrarla, venderla y enriquecerse con su trabajo».[1]

No obstante, inspirada por otros países socialistas, Cuba pronto estableció cooperativas organizadas por el estado y controladas por el partido. El sector de la agricultura familiar tradicional, que había existido en paralelo a la agricultura de plantación capitalista, pronto se vio muy disminuido. Las plantaciones de azúcar a gran escala y las unidades de producción de café fueron asumidas por el estado. El cultivo de tabaco permaneció predominantemente en manos privadas, mientras que la comercialización y la exportación estuvieron bajo el control estatal.
Los Lineamientos de la política económica y social aprobados por el VI Congreso del Partido (2011), establecieron, (en el punto 177), la meta de: «(…) lograr que este sector [agricultura] contribuya progresivamente a la balanza de pagos del país, para dejar de ser un importador neto de alimentos». Este objetivo se remonta a los primeros días de la revolución cubana, cuando Fidel Castro, en un discurso en septiembre de 1959, anunció la intención de lograr la independencia alimentaria, analizando en detalle una extensa lista de productos agrícolas y especificando en qué cantidades tenían que producirse y cuánto representaría en ahorro monetario.[2]
Fidel Castro anunció la intención de lograr la independencia alimentaria.
Este objetivo nunca se alcanzó. Cuando Raúl Castro inició sus reformas, Cuba aún importaba entre el 60 y el 70% de sus alimentos, gastando en ello hasta 2 mil millones de dólares anuales de su escasa moneda extranjera, sin deshacerse nunca de la escasez crónica de alimentos y con precios muy por encima del poder adquisitivo de los salarios ordinarios.
Como argumenta la mayoría de los economistas agrícolas cubanos (García Álvarez y Nova González, 2013), la productividad agrícola aumentará solo al permitir a los campesinos y agricultores privados más autonomía para producir y comercializar sus productos. Según estos expertos, los cambios estructurales en la agricultura debían incluir derechos de propiedad o de usuario, acceso a instrumentos de producción y crédito, transporte y, no menos importante, libertad para vender productos en un mercado abierto, al por mayor o directamente a los consumidores, incluidos los hoteles y restaurantes (estatales y privados).
La opción potencial de incursionar en el procesamiento industrial de productos alimenticios —por ejemplo, a través de cooperativas de segundo grado— daría a los campesinos un incentivo adicional. Esto implicaría un cambio dramático desde el control estatal a las condiciones del mercado bajo regulación estatal; una trasformación que inevitablemente tendría repercusiones en el equilibrio general entre el plan y el mercado en la economía general.
La mayoría de estos criterios fueron cubiertos, al menos en parte, por las Directrices de reforma, pero solo se implementaron a medias. En la fase inicial de las reformas de Raúl Castro, se dieron algunos pasos importantes hacia una mayor autonomía de los productores agrícolas, sobre todo en la estructura de tenencia de la tierra. A los agricultores privados se les permitió alquilar tierras para producir y vender productos alimenticios, tanto al estado como a los consumidores.
La participación no estatal en la tenencia de la tierra aumentó drásticamente de menos del 20% a alrededor del 50% entre 2007 y 2012; antes de comenzar a caer nuevamente a alrededor del 40% en 2016.[3] Esta tierra es administrada por agricultores familiares, ya sea por cooperativas de crédito y servicios (CCS), por campesinos privados sobrevivientes, o por campesinos que arriendan tierras al estado (a través del usufructo). En la mayoría de los casos, estos grupos se organizaron en CCS.
Las reformas del mercado también dieron como resultado que una parte creciente de la producción se vendiera fuera de los canales estatales. La estructura de Acopio, famosa por su ineficiencia, se redujo gradual y significativamente (en un momento se esperaba que desapareciera por completo), y se informó que el porcentaje que se vendía a través del estado cayó de aproximadamente 80% antes que se introdujeran las reformas, a aproximadamente 50%, el resto por canales no estatales.
Los productos alimenticios a menudo simplemente se pudren en las granjas. (Foto: Adelante)
A principios de 2016, sin embargo, se produjo una reversión antimercado, supuestamente para reducir la especulación y la economía del mercado negro. Se iniciaron esfuerzos para restablecer controles de precios a la mayoría de los productos básicos y restringir la distribución y venta de productos alimenticios. A los camiones de propiedad privada se le ordenó descargar en los mercados estatales en lugar de en las tiendas minoristas, y la mayoría de los vendedores ambulantes, que se habían convertido en una importante salida del mercado, perdieron sus licencias o se ahuyentaron de la calle. La participación oficial del estado en las ventas de alimentos volvió a su nivel anterior o incluso más.
La falta de acceso al por mayor para los implementos agrícolas representa un problema aún más grave. El acceso al transporte también ha sido un factor crítico para los productores no estatales. Como resultado de estas deficiencias, se ha documentado que una proporción significativa de la producción agrícola nunca llegó a los mercados: los productos alimenticios a menudo simplemente se pudren en las granjas.
Hacia un sistema de doble vía de la agricultura cubana
La «acumulación de capital» y la «concentración de riqueza» han sido prohibidas en Cuba por razones ideológicas. Con la Constitución de 2019, se puso más énfasis en la redistribución mediante impuestos. Sin embargo, no hay duda de que muchos agricultores privados exitosos han logrado acumular cantidades considerables de efectivo, incluso en moneda convertible, pero sin los medios para invertirlo en fines productivos.
El gobierno no estaba dispuesto a permitir formas de organización más independientes y autónomas entre campesinos y agricultores, que aún dependían de una ANAP altamente centralizada y leal al Partido.
La siguiente conclusión es ineludible: la agricultura cubana nunca despegó para alcanzar la autosuficiencia antes de la era reformista de Raúl Castro, y la última década de reformas también ha fracasado a pesar de sus intenciones de dar el paso decisivo para alimentar al pueblo cubano a partir de la producción nacional. Esto contrasta radicalmente con China y Vietnam, donde reformas de mercado mucho más consistentes en la agricultura han llevado a un éxito impresionante en el aumento de la producción.
La falta de éxito en la sustitución de importaciones se torna paradójica si comparamos los precios que paga el estado a los agricultores con lo que tiene que pagar al importar los mismos productos. Al tomar en cuenta las distorsionadas tasas de cambio en Cuba, el estado paga a los productores domésticos alrededor del 45% del precio de los frijoles importados, el 30% del arroz y el 20% de la leche.[4]

Entonces, la gran pregunta es: ¿por qué el Estado no está dispuesto a pagar mejores precios a los productores nacionales y, en general, incentivar más la producción nacional cuando se gastan cantidades tan enormes de divisas en la importación de alimentos?

En una situación en la que la agricultura controlada por el estado ha fracasado, y donde el gobierno mantiene extrema cautela contra una privatización de la economía, uno debería pensar que un sector cooperativo robusto sería la alternativa intermedia atractiva, particularmente con experiencias exitosas documentadas en otros países.
La otra alternativa intermedia, el usufructo, también debe reforzarse con más seguridad a largo plazo (intergeneracional), autonomía productiva y acceso directo al mercado para que la producción crezca.
En ambos casos, la manía de control del Partido y la burocracia representa una barrera contra la liberalización de las fuerzas productivas en la agricultura. El acceso para reinvertir las ganancias en mecanización y mejora de equipos de producción es otro desafío para los agricultores cubanos en la actual estructura agrícola.
Un análisis comparativo de la cooperación agrícola en Noruega y Cuba
En Noruega, las cooperativas agrícolas se han desarrollado en cuatro oleadas. En la primera, a fines del siglo XIX y principios del XX, los agricultores establecieron pequeñas lecherías y carnicerías en sus comunidades. A finales de la década del veinte y principios de la siguiente —durante la gran crisis económica en Noruega y en otras partes del mundo capitalista—, los precios de la leche y la carne cayeron de manera significativa, muchos se endeudaron y el número de quiebras en la agricultura aumentó drásticamente.
En Noruega, las cooperativas agrícolas se han desarrollado en cuatro oleadas. (Foto: Shutterstock)
Como solución política a esa crisis de ingresos y deudas en la agricultura, las cooperativas controladas por agricultores organizaron grupos cooperativos nacionales, a los que se dio autoridad cuasi pública bajo la ley gubernamental para regular los mercados de alimentos. Durante la segunda ola, la mayoría de los productos agrícolas se sometieron a regulación estatal y se estabilizaron precios para los agricultores.
Después de la Segunda Guerra Mundial —debido a las nuevas tecnologías de transporte y refrigeración, y a la creciente urbanización—, hubo una tercera ola de cooperación agrícola, en la que las lecherías y carnicerías locales se fusionaron en unidades regionales más grandes. Durante esta tercera fase de desarrollo cooperativo, la mayoría de los agricultores del país se unieron a cooperativas de leche, carne, insumos y ventas a nivel regional.
En la década del noventa, el movimiento cooperativo agrícola noruego atravesó una cuarta ola de desarrollo organizativo e industrial. Las cooperativas regionales se fusionaron en unidades nacionales que desarrollaron sus propias marcas de mercado. Las grandes cooperativas noruegas de productos lácteos y cárnicos (Tine y Nortura), son ahora algunas de las empresas alimentarias más grandes de Noruega que aún están controladas por agricultores familiares mediante procedimientos democráticos. Tine tiene una participación del 85% en mercado total de productos lácteos, mientras que Nortura tiene una participación promedio del 56% en los mercados de carne.[5]
Si comparamos la situación cubana con la transformación de las cooperativas agrícolas noruegas de empresas alimentarias locales, regionales a nacionales, hay cuatro factores a observar:
1. De acuerdo con el primer principio del cooperativismo, que establece que la membresía en una cooperativa es abierta y voluntaria, a los agricultores de Noruega se les permitió formar cooperativas sin interferencia gubernamental (Almås 2004).
2. La cooperación agrícola noruega se construyó piedra a piedra desde el nivel local hasta el nacional, con muchos reveses. La liquidación financiera a los agricultores por sus productos entregados tomó la forma de un dividendo anual pagado a los miembros en relación con sus ventas. Este principio era importante para mantener la lealtad de los agricultores a las cooperativas.
3. Se mantuvo el principio cooperativo de: una granja, un voto. En la década del noventa, se otorgaron dos votos a cada finca para que las mujeres tuvieran derecho a votar junto con los hombres.
4. A medida que la economía noruega se convirtió en una economía capitalista industrial y de servicios a gran escala, las cooperativas locales originales se convirtieron en cooperativas de segundo orden a nivel nacional.
Tine tiene una participación del 85% en mercado total de productos lácteos.
La participación del Estado en el establecimiento y funcionamiento de las cooperativas en Cuba ha retrasado el desarrollo de las mismas como sector económico independiente. Las cooperativas han sido consideradas en gran medida como parte de la economía estatal de planificación centralizada, bajo estricto control político por parte del Partido Comunista.
Si bien el programa de reforma económica de 2011 pareció identificar una mayor independencia cooperativa —con cooperativas de segundo grado, ventas al por mayor no estatales, nuevas cooperativas urbanas— como parte crucial en la rehabilitación económica, este principio nunca se implementó realmente. La resistencia contra su uso activo resultó demasiado fuerte, a pesar del éxito evidente de las cooperativas más independientes. En 2020, la mayoría de los cubanos todavía ven las «cooperativas» como una forma más de propiedad estatal.
Dado el estado crítico de la provisión de alimentos y el efecto sangrante que esto tiene sobre la moneda extranjera, las políticas agrícolas pueden convertirse en punto de partida para reformas económicas y políticas más profundas. Hay razones para creer que la crisis actual solo fortalecerá la necesidad de volver a la agenda original de reformas de Raúl Castro, y quizás llevarla varios pasos más allá.
Eso implicaría otorgar a los campesinos y agricultores más autonomía y participación en la toma de decisiones sobre todo el ciclo de producción-distribución-venta en la agricultura. Sacar al estado de la venta al por mayor tanto en el lado de los insumos como en el de la producción. Abrir espacios para permitir a los productores privados organizarse como un grupo de interés independiente del control estatal y del partido y, no menos importante, dar a las cooperativas una autonomía real y una voz fuerte en los mercados agrícolas, incluso a través de las cooperativas de segundo grado.
Cuando Cuba llegue a este punto de inflexión, sugerimos que la evolución histórica de las políticas agrícolas en Noruega puede convertirse en un interesante caso de referencia, como ejemplo de compromiso socialista-capitalista.
En comparación con su estructura agrícola prerrevolucionaria, hoy no existe una clase terrateniente en Cuba, la economía de las plantaciones está radicalmente reducida y la mayoría de los productores son campesinos y pequeños agricultores. La agricultura de Cuba está cada vez más dominada por lo que podríamos denominar agricultores familiares, que producen alimentos básicos para el mercado interno, con el potencial y, de hecho, la necesidad de aumentar la productividad de manera espectacular.
Esto es bastante similar a la situación en Noruega hace cien años. Imaginamos que la agricultura cubana podría tener mucho que aprender de las experiencias noruegas en lo que respecta a cómo los agricultores familiares comenzaron a cooperar a lo largo de la cadena de valor a fines del siglo XIX y primera mitad del siglo XX.
También las experiencias del desarrollo reciente de cadenas de valor de producción de alimentos locales, regionales y orgánicos, podrían ser útiles en la actual modernización de la agricultura cubana; quizás en este caso con una visión particular de vender al mercado turístico, así como a nichos de mercado de exportación, por ejemplo, entre la diáspora cubana en Europa y América del Norte.
El punto de fricción es obviamente político. La herencia ideológica lineal leninista conserva una profunda preocupación porque los agricultores independientes constituyan una especie de clase kulak contrarrevolucionaria. Con políticas públicas y reglamentaciones razonables, y dada la composición de clases de la población agrícola actual, este peligro será, a nuestro juicio, mínimo. Más bien se podría imaginar que el peligro sería empujar a la población rural hacia posiciones reaccionarias si la burocracia agrícola y el poder político centralista continúan experimentando un ejercicio completo del control.
Los kulaks eran los agricultores rusos que poseían tierras y contrataban trabajadores. (Imagen: Póster soviético/ Ivanov, A .; Mirzoyants, Sh.A. 1930)
Al permitir a las cooperativas una autonomía real y, no menos importante, mediante la construcción de estructuras de segundo grado como permiten las Directrices de 2011, la economía agrícola podría convertirse en pionera en el desarrollo de una economía mixta fuerte y base para la rehabilitación de un estado de bienestar.
También es relevante que un sector cooperativo fuerte podría garantizar una función mayorista más eficiente para los implementos y productos alimenticios, e incluso para un cierto nivel de industrialización de los productos agrícolas. Al tiempo, sería un laboratorio de prácticas democráticas en el país.
El sistema de distribución de alimentos en Cuba es principalmente local y desactualizado. No existe una cadena de refrigeración desde el productor hasta el consumidor y la logística se ve obstaculizada por falta de instalaciones de almacenamiento y medios de transporte eficaces. Evidentemente, también se requieren inversiones y mejoras tecnológicas.
Conclusiones
El bajo nivel de autosuficiencia de Cuba se contrasta con las expectativas de los primeros días de la Revolución. El economista francés de desarrollo rural René Dumont asumió entonces que los recursos naturales cubanos deberían ser suficientes para alimentar cuatro veces la población actual de 11,5 millones de personas; diez veces más de lo que se produce en la actualidad.
Como apuntan Nova & Galia (2018, p. 7): «A pesar de las medidas implementadas desde 2007, la producción agrícola es insuficiente (…), lo que demuestra que las fuerzas productivas (es decir, los medios de producción más el trabajo humano) en ese sector permanecen estancadas».
La agricultura actual en Cuba enfrenta desafíos básicos: ¿Cómo puede este país, tan rico en recursos, producir más alimentos para su propia población y reducir algunas de sus importaciones? ¿Cómo pueden desarrollarse las redes alimentarias alternativas, que también tienen algunas ventajas con el bajo consumo actual en fertilizantes y plaguicidas? ¿Se desarrollarán para satisfacer la demanda que en gran parte proviene de los turistas (y los mercados internacionales)?
La política agrícola cubana debería evolucionar a lo largo de dos estrategias que son en parte diferentes: una agricultura de volumen, que entregue alimentos básicos duraderos y de alta calidad a la población predominantemente urbana, pero que también entregue comida tradicional local y con elaboración artesanal a turistas y a la creciente población cubana de clase.
La primera estrategia requiere un importante esfuerzo estatal, con capital, transporte, tecnología, formación y orientación para los agricultores familiares y las verdaderas cooperativas que quieran desarrollar su negocio alimentario. La segunda estrategia demanda la liberación de los agricultores y cooperativas que abastecen los mercados locales de alimentos y los turistas extranjeros que viajan a Cuba.
Ambas estrategias necesitan que el mecanismo de precios se maneje de manera flexible, para incentivar a agricultores y cooperativas con vistas a producir más de lo que se demanda, como vemos hoy en China y Vietnam. A esto se le puede considerar un modelo híbrido estatal-agricultor familiar, que podría ser una convergencia del modelo cooperativo noruego y el modelo controlado por el estado cubano.
El mecanismo de precios debe manejarse de manera flexible, para incentivar a agricultores y cooperativas con vistas a producir más de lo que se demanda, como en China y Vietnam.
Los modelos de hoy ya no son una opción para una sociedad en profunda crisis económica y con la legitimidad de la generación de Castro muy deteriorada. La Constitución de 2019 mantiene la estructura política leninista general, pero con un interesante potencial de reforma en algunos aspectos.
A pesar de ello, hasta ahora no ha habido voluntad de abandonar los viejos dogmas ideológicos de una sociedad vertical y centralista, que representa el impedimento para el surgimiento de estructuras económicas y sociales más horizontales, como es un movimiento cooperativo autónomo. La economía agrícola puede convertirse en escenario decisivo para la necesaria ruptura paradigmática de estos dogmas.
Desde 2012, Cuba también comenzó a experimentar con cooperativas no agrícolas (CNA). Se creía ampliamente que el sector cooperativo devendría una fuerza económica líder, uniendo las economías rurales y urbanas. Ritter (2016) especuló que este sector podría emplear hasta un tercio de la fuerza laboral de Cuba, en un escenario que denominó «economía mixta con cooperativización intensificada».
Esto implicaría permitir cooperativas en todos los ámbitos, incluidas las actividades profesionales; alentar las empresas de abajo hacia arriba; proporcionar derechos de importación y exportación; y mejorar los sistemas de crédito y venta al por mayor de las cooperativas. Hasta ahora, esto es poco más que un sueño.
Mientras la Isla atraviesa su actual coyuntura crítica, el principal desafío económico es proporcionar a las personas un empleo digno, comida en la mesa y un resurgimiento del que solía ser el único estado de bienestar de América Latina.
Deng Xiaoping comprendió, cuando inició el dramático cambio de rumbo posterior a Mao, que la supervivencia de la revolución china «dependería de la legitimidad, que ya no podría depender de la ideología, sino de su desempeño [de los líderes] en el gobierno del país» (Fukuyama 2014 p. 383).
Obviamente, este es el mismo caso de los líderes cubanos posteriores a Castro. Un sector cooperativo fuerte e independiente, tanto en la agricultura como en la economía urbana, puede ser una herramienta crucial para lograrlo.
***
[1] Discurso del Che Guevara el 9 de abril de 1961: Cuba: excepción histórica o vanguardia en la lucha anticolonial:
[2] «Premier busca la movilización del ahorro de los cubanos para asegurar el crecimiento», New York Times, 19.09.59.
[3] Lo que entendemos por «participación no estatal» aquí incluye cooperativas de crédito y servicios (CCS), tierras en usufructo (arrendadas por el estado) más tierras de propiedad privada. No se incluyen las cooperativas directamente controladas por el estado (CPA y UBPC) (Ref. Bye 2020, Tabla 6.1).
[4]Nova (2013i: 152), Tabla 5.
[5] Alimentación e industria Instituto Noruego de Bioeconomía (NIBIO) 2018 (texto publicado en noruego) 2018.

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Cuba en el corazón y en mi cabeza

Foto: Ministerio de Cultura.Días pasados alguien desde Cuba me envió una copia de la entrevista que en febrero del 2009 me hiciera el periódico digital brasileño Correio da Cidadanía. Junto a ese material venía un pedido, casi una orden: ¡publícala otra vez! ¡Lánzala al ruedo como un material de discusión!
Dudé unos cuantos días, pero finalmente, hoy me decidí a hacerle caso a mi anónimo interlocutor previa nota aclaratoria, imprescindible para un texto que ya tiene doce años porque como dijo Raúl en numerosas oportunidades, y antes también Fidel, a diferencia de otros países Cuba no tiene derecho a equivocarse, no puede cometer errores a la hora de tomar decisiones trascendentales. Una ciudad cercada por crueles enemigos durante sesenta años no puede dase tales lujos, porque lo pagaría muy caro.
Por eso un observador como quien esto escribe, que contempla con preocupación los asuntos de la Isla pero con un acceso limitado al conocimiento de esa realidad y las opciones existentes para cambiarla debe ser muy cauteloso a la hora de opinar o aconsejar. Espero que los párrafos que siguen honren esa advertencia y sean de alguna utilidad para la discusión pública.
Dicho esto quiero comenzar diciendo que estoy muy preocupado por la muy lenta e incompleta aplicación de los “Lineamientos” aprobados en el VIº congreso del Partido Comunista de Cuba en abril del 2011. Y añado que muchos amigos y amigas de la Revolución Cubana en todo el mundo comparten esta inquietud. Algunos estudiosos en Cuba aseguran que apenas el 20% de dichos lineamientos se aplicaron y convirtieron en políticas de estado. Los otros quedaron archivados, languideciendo.
Esto pese a que el informe oficial del VIº Congreso apropiadamente tiene a guisa de breve prólogo aquellas brillantes palabras de Fidel pronunciadas el 1ro de mayo del 2000 cuando con su acostumbrada lucidez definió lo que era una revolución. Me limitaré a recordar tan sólo las dos características, que no por casualidad el Comandante situó al principio: “sentido del momento histórico” y “cambiar todo lo que debe ser cambiado”.
“Sentido del momento histórico”, sí, porque vivimos una época muy especial en donde las renovadas amenazas que se ciernen sobre la revolución son de una gravedad sin precedentes, a diferencia del existente en el 2009 cuando concedí mi entrevista al Correio da Cidadanía. El “momento histórico” actual está signado por la inexorable declinación del poderío del imperialismo en el tablero geopolítico mundial pero, precisamente por eso, como lo profetizara Martí hace más de un siglo, arrecia la necesidad de “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América.”
Y esto es así porque la auspiciosa declinación del imperio, sin duda una gran noticia, no debe empañar la visión del reverso de la medalla: ante esa situación se exacerban las peores tendencias subyacentes a la sociedad norteamericana. Trump y el auge de una derecha radical, racista, xenófoba y violenta son prueba de ello y, en ese marco, el recurso a la violencia, como Cuba y Nuestra América la padecen con singular intensidad, se convierte en la nueva normalidad de la dominación imperialista.
La razón de fondo de esta mutación involutiva es que la transición geopolítica hacia un mundo multipolar, de la cual tanto se ha hablado en los últimos años, ya ha concluido, ¡y en desmedro de Estados Unidos! Y precisamente eso es lo que define nuestro “momento histórico” y lo que explica que ante la consolidación de una nueva tríada dominante en el sistema internacional –en la cual China y Rusia se convierten en inesperados e intolerables contrapesos a la pretérita omnipotencia estadounidense- Washington se lance con renovada brutalidad sobre estas tierras para refugiarse en su reserva estratégica y, desde allí, tratar de capear el temporal.
Por eso la extrema urgencia de que Cuba se fortalezca –política y económicamente- para repeler el bloqueo y neutralizar al “Girón informático” con el cual está siendo agredida. Y, además, la necesidad de reconstruir cuánto antes las instituciones como la Unasur y la Celac para que nuestros países puedan defenderse de la belicosidad imperial.
Pero también decía el Comandante que revolución era “cambiar todo lo que debe ser cambiado”. Y agregaría algo más que incluido en esa magnífica definición: “luchar con audacia, inteligencia y realismo”. Audacia para cambiar sin más dilaciones en Cuba lo acordado en aquellos 313 lineamientos aprobados en el VIº Congreso y en buena medida ratificados en el VIIº Congreso del PCC; e inteligencia para convencer a quienes tienen en sus manos la aplicación de estas medidas que ahora el tiempo nos juega en contra, muy en contra.
Durante mucho tiempo lo hizo a favor, y eso es lo que trasunto en mi entrevista. Pera ya no más, por tres factores principales aunque no los únicos. Primero, los cambios sociales (principalmente, la traumática re-emergencia de diferenciaciones clasistas en una sociedad que la Revolución había convertido en una de las más igualitarias del mundo y la irrupción de renovadas aspiraciones de bienestar y consumo); segundo, la revolución informática que desde la Internet puso fin a la insularidad de Cuba y la tornó vulnerable ante las guerras de cuarta generación y la toxicidad de los bombardeos de sus enemigos, básicamente la mafia cubano-americana radicada en el Sur de la Florida, apelando al sicariato mediático, las redes sociales y a lo que apropiadamente un espléndido documental cubano denomina “La Dictadura del Algoritmo” ; y, en tercer lugar, la modificación en la composición demográfica de la sociedad y sus implicaciones políticas, a saber: el envejecimiento de su población y la desaparición de los contingentes etarios que fueron testigos o protagonistas del proceso revolucionario; la aparición de nuevas generaciones para las cuales el Moncada, el Granma, la Sierra Maestra, etcétera, no son experiencias vivenciales o atestiguadas sino imágenes, más o menos difuminadas según los casos, de una historia poco relacionada con el aquí y ahora; y, tres, el remezón producido por las migraciones y el vínculo entre población migrante y quienes permanecieron en Cuba. Todo esto configura un amenazante cuadro sociopolítico y económico que exige la introducción, sin tardanzas, de cambios en el modelo económico que como advertía Fidel, “cambien todo lo que debe ser cambiado.”
Pero esto supone una cierta dosis de audacia y firmeza de convicciones porque invariablemente todo cambio provoca una reacción en donde se abroquelan quienes prefieren que las cosas sigan como están. Audacia y firmeza de convicciones, por ejemplo, para no ceder ante quienes todavía prefieren hablar de los “Lineamientos” o “actualizaciones” para evitar el uso de una palabra que en ciertos ámbitos se convirtió en un tabú: “reformas”. Vocablo, que sin embargo, cubanas y cubanos lo pronunciaron decenas de veces cada vez que me detuve a conversar con ellos en las calles de La Habana, Santiago, Santa Clara, Pinar del Río, entre otras locaciones. ¡Como si el socialismo fuese congénitamente “irreformable”, una creación única e inmutable, que irrumpe en la historia bajo una cierta forma para así permanecer hasta el fin de los tiempos!
Esa noción, aclaro, no tiene absolutamente nada que ver con el marxismo. Lo mismo la interesada confusión entre “reforma” y “reformismo”; este último es una capitulación, la primera una necesidad. Esta confusión asume que cualquier reforma abre inevitablemente la puerta para el retorno del capitalismo. Veamos un ejemplo entre muchos, para no alargar más de la cuenta esta ya larga introducción a mi entrevista: ¿en cuál capítulo de El Capital Marx dice que en el socialismo debe remunerarse exactamente igual tanto a los trabajadores que con su esfuerzo, disciplina, dedicación y patriotismo hacen posible la construcción de una buena sociedad como a quienes se toman a la ligera sus obligaciones laborales, incumplen con el horario, se ausentan a menudo y cuando asisten no actúan en conformidad con la ética socialista que sí tienen muchos de sus compañeros?
¿Hay alguien que pudiera seriamente acusar a esa política por la cual se premia al trabajador consciente como una “reforma capitalista”? ¿No hay acaso que hacer una profunda “reforma intelectual y moral”, como pedía Gramsci, para combatir una opinión por desgracia demasiado generalizada que hace que mucha gente no cuide como se debe a carros, buses, máquinas, equipos de propiedad pública porque dicen que “eso no es mío, es del gobierno”?
Estos son ejemplos entre tantos otros que demuestran que hay decisiones que pueden y deben tomarse a pesar de las restricciones impuestas por el bloqueo genocida. Pero éste, en su infinita maldad, afortunadamente no alcanza para atar de pies y manos al gobierno cubano. A pesar de la brutalidad del bloqueo y de la monstruosa sangría económica producida por Washington (¡equivalente nada menos que a dos Planes Marshall ¡), premeditadamente concebida para provocar el sufrimiento del pueblo cubano todavía hay cosas que pueden hacerse, y decisiones gubernamentales que pueden implementarse, venciendo las resistencias de las costumbres establecidas, las rutinas burocráticas o las conveniencias de algunos sectores enquistados en el aparato estatal.
El socialismo, como proyecto de creación histórica –no como una construcción libresca para discutir en un seminario de posgrado- requiere de continuas reformas. Y subrayo, para disipar cualquier malentendido, reformas que fortalezcan al socialismo; que lo tornen económicamente más eficiente y capaz de garantizar el creciente bienestar de la población. Reformas que le den más consistencia y continuidad a las exitosas políticas de salud, de educación, de acceso a la cultura y al deporte, a la seguridad social que colocan a Cuba en el grupo de países más avanzados del mundo pese al bloqueo y a los graves problemas del subdesarrollo que afectan a toda Nuestra América. El socialismo, decían Marx y Engels, es una fase de transición y de despliegue de contradicciones dialécticas; por eso jamás podría ser lineal, una flecha que vuela recta y a toda velocidad hacia el cielo de la sociedad comunista. Habrá avances y retrocesos; logros y transitorias concesiones a los requerimientos de los mercados.
Estos existen y no hay resolución burocrática que pueda acabar con ellos. Existen como instituciones reconocidas de la vida económica, y por eso mismo rigurosamente reguladas; o como “mercados negros”, en donde los desastrosos efectos de la lógica mercantil se despliegan con toda su brutalidad. Por consiguiente, constituye un grave error asimilar el socialismo con el estatismo, o con la lisa y llana supresión de los mercados. Tanto es así que el propio Che reconocía el papel de los incentivos materiales si bien les negaba (y estamos de acuerdo totalmente en eso) el papel excluyente y determinante que aquellos detentan en las sociedades capitalistas.
Los incentivos morales e ideológicos debían tener precedencia, pero los otros no podían ser completamente desechados. Volviendo al tema del estatismo no cabe duda que no se puede construir el socialismo sin un estado robusto y, sobre todo, bien organizado, con un funcionariado profesionalmente competente y con fuerzas armadas bien equipadas para defender a la Revolución de sus enemigos externos.
Ahora bien: ¿Significa esto que el estado y el gobierno deben hacerlo todo, sofocando el impulso creativo que brota de la sociedad? No, de ninguna manera. China y Vietnam, países con poblaciones heroicas como la cubana, que han padecido la violencia criminal del imperio, demuestran que un estado socialista puede regular los impactos de una limitada apertura mercantil sin sucumbir ante la lógica del capital y, contrariamente a ésta, acabar con la pobreza y las penurias económicas de centenares de millones de personas. No se trata aquí de erigir “modelos”, porque estos no son otras cosas que los molinos de viento que veía el alucinado Don Quijote. Si hay algo tremendamente original en la vida social y política son las revoluciones que, como decía Mariátegui, jamás pueden ser “calco y copia sino creación heroica de los pueblos.”
La Revolución Cubana es absolutamente original e inimitable; y lo mismo podemos decir de las revoluciones que crearon un mundo nuevo en Rusia, China y Vietnam, o abrieron impensados horizontes en la Venezuela bolivariana. Pero la futilidad del esfuerzo imitativo no debe impedir que estos procesos se conviertan en ricas fuentes de inspiración y aprendizaje.
Veamos: en Bolivia y Venezuela se acabó con el analfabetismo, y eso fue posible aprendiendo de la experiencia cubana; y hoy día se está mejorando la atención médica a millones de personas en más de cincuenta países capitalizando la experiencia pionera de Cuba. Pero sería insensato que se reprodujera en estos países un fenómeno tan singular como la Revolución Cubana.
Ahora bien, si muchos países aprendieron cosas muy importantes de Cuba, ¿no podría ella aprender algo de las experiencias de China y Vietnam, dos países que sin renunciar a la construcción del socialismo cayeron en la cuenta que no siempre el camino más recto es el mejor y que, en ocasiones, hay que tomar algunos rodeos y hacer ciertas concesiones a los mercados para asegurar el éxito final del proyecto emancipatorio? Estas políticas, ¿convirtieron a China y Vietnam en economías capitalistas? No, definitivamente no. ¿Hay componentes capitalistas en su construcción socialista? Sí, sin dudas, como también las hay, en menor medida, en Cuba desde hace más de veinte años en la industria turística.
Pero, ¿Quién dirige y controla este proceso en aquellos países asiáticos? ¿Son las grandes empresas las que dictan la política que sigue el estado en China o Vietnam, tal como ocurre en Estados Unidos, Europa y, en general, en todos los países capitalistas? No, es exactamente al revés. ¿Por qué? Porque hay un estado socialista que tiene al comunismo como objetivo y que subordina el capital a su lógica estatal; lo acepta, con rigurosas estipulaciones que limitan sus movimientos y se apropia de una significativa parte de su productividad y sus ganancias y las invierte en el bienestar de su pueblo.
En otras palabras: en China y Vietnam hay una formación económico-social que entrelaza distintos modos de producción –desde el comunitarismo agrario, la pequeña producción campesina, la pequeña producción mercantil e industrial, la empresa privada nacional, la gran empresa pública, las empresas “mixtas” de asociación entre empresas públicas y privadas nacionales o extranjeras, las grandes transnacionales- muchos de ellos con fuertes tonalidades capitalistas pero invariablemente acotadas por el papel rector, inexpugnablemente rector, de un estado socialista. Reitero: no se trata de copiar esa fórmula pero sí de ver qué se puede aprender. Como otros aprendieron de Cuba, Cuba tiene algo, o mucho, que aprender de lo actuado por China o Vietnam.
La actualización del modelo económico cubano, prometido desde el VIº Congreso se ha convertido en una necesidad imperiosa e impostergable. Y se podrá concretar en tanto perdure la inmensa legitimidad popular de la Revolución Cubana. Pero, tal como lo recordaba Fidel en el discurso conmemorativo del 60ª aniversario de su ingreso a la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, “esta Revolución puede destruirse, los que no pueden destruirla hoy son ellos; nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra.” Creer que toda revolución es indestructible, o irreversible, es una fatal ilusión desmentida por la historia. Lo mismo pensar que la legitimidad popular de la revolución será eterna y resistirá indemne al paso del tiempo.
Para ello se requiere que el Partido y el gobierno mantengan una permanente sintonía fina, un oído muy alerta para escuchar los reclamos y los anhelos procedentes del subsuelo profundo de la revolución, evitando –cosa que hasta ahora afortunadamente se ha logrado- incurrir en lo que sería un catastrófico error: descalificar a los disconformes como “contrarrevolucionarios”. Algunos podrán serlo, pero la enorme mayoría de quienes protagonizaron el 11 J no lo eran, pese a que la propaganda yanqui dice lo contrario. Sería un error fatal caer en esa trampa.
Permítaseme concluir con una metáfora. La Revolución Cubana se encuentra hoy como un avión que vuela en medio de una tremenda tormenta (un recrudecido bloqueo genocida, las 243 medidas de Trump, la pandemia del Covid-19, el derrumbe mundial del turismo) y con poca bencina en sus tanques. De repente, se hace un pequeño claro entre las amenazantes nubes y el piloto advierte una isla en la cual puede intentar un aterrizaje. Sabe que es un desvío del trayecto prestablecido, pero que será transitorio y que tiempo después podrá retomar su curso.
Consciente del grave peligro que corren la seguridad del avión y de quienes viajan a bordo deja de lado cualquier vacilación y se lanza en busca de ella. Entre los pasajeros reina la indignación al enterarse de la maniobra, y protestan a viva voz exigiendo que se mantenga la ruta trazada según los manuales de aeronavegación que, obviamente, no tienen en cuenta circunstancias y contingencias como la tormenta o el agotamiento de la bencina. Por suerte, el piloto hace oídos sordos ante la gritería y, con audacia y convicciones sólidas, lanza el avión en picada.
El descenso es complicado y turbulento, pero controla a la aeronave y finalmente aterriza con todos a salvo. Los gritones son los mismos que en caso de haber seguido la ruta predeterminada no habrían ahorrado insultos y maldiciones si el avión ya sin bencina y vapuleado por la tormenta hubiera tenido que hacer un aterrizaje de emergencia en un descampado, poniendo en peligro la vida de todos. Afortunadamente el piloto hizo a un lado los libros y privilegió los datos de la realidad.
En tan dramáticos momentos recordó un pasaje de las Tesis de Abril de Lenin en donde éste, citando un pasaje del Fausto de Goethe, decía que “la teoría es gris, amigo mío, pero el árbol de la vida es eternamente verde”. Y ese verdor debe animar a los decisores del estado cubano a actuar con audacia y firmeza para poner la admirable obra de la revolución a salvo. Lo digo absolutamente convencido de que estos no son tiempos de moderación sino de intrepidez.
Entrevista al sociólogo argentino Atilio Borón
Atilio Alberto Borón (76 años) es doctor en ciencias políticas de la Universidad de Harvard. Foto: Emilia Rothen.
“Consolidada, la Revolución Cubana requiere romper con el inmovilismo social y burocrático”
Por Valeria Nader y Gabriel Brito

¿Cuál es el real significado de las medidas que Raúl Castro ha tomado en Cuba relativas a la propiedad agrícola, a las posibilidades de adquisición de artículos electrónicos, al salario de los funcionarios estatales y a la circulación de cubanos en las áreas turísticas, entre algunas con mayor visibilidad en nuestros medios de comunicación?

Estas medidas indican que la reforma económica dentro del socialismo está comenzando a llevarse a la práctica. Es el inicio de un proceso largo y difícil, porque se quiere evitar, con toda razón, aplicar reformas que impliquen de un modo u otro la reintroducción de relaciones capitalistas en Cuba o la ficción de un socialismo de mercado, en donde el segundo terminaría devorándose al primero. Esto es lo que, al menos parcialmente, ha ocurrido en China y en Vietnam y los cubanos no están dispuestos a incurrir en ese mismo error.
Esa sería la ruta reformista más fácil, pero desencadenaría una enorme regresión económica y social en la revolución cubana que remataría en su práctico agotamiento. El otro camino, el de las reformas dentro del socialismo, es más dilatado y complejo y no existen antecedentes internacionales que permitan extraer algunas lecciones acerca de lo que se debe hacer y lo que no se debe hacer.
Las reformas de la ex-Unión Soviética culminaron en un fenomenal retroceso y con Rusia convertida en un país capitalista. Y en China y Vietnam, como se dijo más arriba, se inició un tránsito que, especialmente en el segundo caso, bien podría terminar igual que Rusia. China es distinta, porque por sus meras dimensiones geográficas y demográficas unidas a la fortaleza de su estado le otorgan la posibilidad de fijar condiciones al capital extranjero (y al nacional) que ningún otro país del planeta posee.
Por eso los cubanos están a la vanguardia de la historia, haciendo un experimento muy complicado. Por otra parte, la inédita circunstancia de que tres huracanes arrasaran la isla en el 2008 ha obligado a lentificar el proceso de reformas y a moverse con gran cautela en una situación de emergencia económica nacional. Además, la continuación del bloqueo imperialista es otro obstáculo formidable en un proceso de innovaciones como el que Cuba está ensayando.

Según usted, ¿Qué es lo que caracterizaría actualmente a algunos impasses de la sociedad cubana?

Creo que hay muchos factores. En la respuesta anterior ya mencioné algunos, muy importantes como el carácter inédito de reformas socialistas dentro del socialismo, el bloqueo imperialista, la devastación de los huracanes. Habría que agregar otros: la existencia de una burocracia con muy poca vocación innovadora es uno de los factores que también explica la existencia de esos impasses.
Otro elemento importante es la debilidad del debate económico en Cuba, que en los años iniciales de la revolución supo tener una notable densidad teórica, como lo demuestra el intercambio entre el Che Guevara y Bettelheim. Hoy ese debate está ausente, o tiene una incipiente presencia. Las reuniones anuales de la ANEC han sido uno de los pocos ámbitos en los cuales los economistas y los especialistas comenzaron a discutir estos temas, centrados en torno a una gran pregunta:
¿Qué hacer ante la irreversible obsolescencia del modelo de planificación ultracentralizada? Si ese modelo funcionó en el pasado, cosa que es motivo de intensas polémicas, no cabe duda alguna de que ya no funciona más. ¿Con qué reemplazarlo? Por otra parte, y esto lo señalaron Fidel y Raúl de manera reiterada en los últimos años, hay una tendencia «quietista» en una sociedad que luego de cincuenta años de revolución se acostumbró a que los problemas, cualquier problema, lo resuelva el estado. La consecuencia es la pasividad y el inmovilismo, y para cambiar se requiere precisamente lo contrario: activismo y movilización.
Finalmente, creo que el Partido debería cumplir un papel educativo y movilizador que no estoy seguro esté desempeñando con la intensidad que se necesita. Lo hace, pero sus esfuerzos son parciales e insuficientes. Y esto se agrava por la aparición de un importante hiato generacional entre los grandes líderes de la revolución y la juventud, que considera a la epopeya de la Sierra Maestra con la lejanía de los acontecimientos históricos y quiere el cambio ya. Esta urgencia despierta, en amplios sectores de la burocracia estatal, una reacción «inmovilista» que lejos de facilitar los cambios los torna mucho más difíciles.

¿Cómo será posible solucionar estos impasses? ¿Proseguirá Cuba su camino socialista?

Estoy seguro que sí, que Cuba, que rompió los moldes de la tradición con el triunfo de su revolución en un país de la periferia y subdesarrollado y que, pese a ello, sobrevivió a medio siglo de bloqueos, atentados y sabotajes de todo orden, también sabrá responder exitosamente a los desafíos actuales. Cuba es un país que cuenta con un amplio sector de la población que posee un elevado grado de conciencia política, como no existe en esa proporción en ningún otro país de América Latina y, tal vez, del mundo.
Es además una población que ha sido muy bien organizada por el Partido y que sabe que una eventual caída del socialismo retrotraería a la isla al siglo diecinueve, con la mafia terrorista de Miami a la cabeza y dispuesta a cobrar revancha por la osadía de haber desencadenado la revolución. Sabe también que los logros de la revolución, en campos como salud, educación, deportes, cultura, que tiene a Cuba muy por encima de cualquier otro país de América Latina, serían barridos por el retorno de la derecha en caso de que flaquearan las fuerzas revolucionarias.
Pero no hay tal peligro: Fidel se mantuvo a pie firme cuando el socialismo se derrumbaba en todo el mundo y la historia, también en este caso, lo absolvió dándole la razón. Y su ejemplo seguirá vigente, aún después de su desaparición física, para inspirar a los millones que están dispuestos a entregar su vida por la defensa del socialismo y el comunismo en Cuba.

Se especula mucho respecto del tipo de socialismo que deberá existir en Cuba, aludiéndose, por ejemplo, al modelo chino y también a los gobiernos de Chávez, Morales y Correa en América Latina, que han tenido un enfrentamiento más fuerte con el neoliberalismo. ¿Cómo es que usted encara esta cuestión?

Algo de eso examiné in extenso en un libro que acabo de publicar y que se llama Socialismo Siglo XXI. ¿Hay vida después del neoliberalismo? La tesis central es que no hay ningún modelo o tipo de socialismo que se pueda imitar o que se encuentre listo para aplicar. Cada proceso es una creación histórica única y más allá de algunos comunes denominadores -como por ejemplo la intransigente batalla en contra de las relaciones capitalistas de producción (y no sólo del neoliberalismo) y la mercantilización de todos los aspectos de la vida social, incluyendo desde los bienes y servicios hasta las ideas, las religiones, la política y el Estado- las experiencias concretas de construcción socialista en este siglo serán muy distintas entre sí.
Lo de Cuba es inimitable; lo de Chávez también, y lo mismo ocurre con lo de Correa o Evo. Vale aquí el verso de Machado, con un par de ligeras variantes: militante no hay modelo, se hace el modelo al andar. Brasil, Argentina, Chile, en la medida en que abandonen las ilusiones centroizquierdistas de la tercera vía (que tanto daño nos han hecho y tanto tiempo nos han hecho perder) se irán incorporando a este proyecto de construcción socialista pero con características absolutamente propias, idiosincráticas, irrepetibles. Y está bien que así sea: esa diversidad de caminos hacia el socialismo nos enriquece y nos hace más fuertes.

¿Existe el temor de que las fuerzas imperialistas puedan de alguna forma doblegar la resistencia cubana?

No lo lograron en cincuenta años, cuando la correlación mundial de fuerzas era mucho más favorable para el imperialismo. Ahora no tienen condiciones para intentar algo así. La incorporación de Cuba al Grupo de Río y a la Unasur, así como la práctica expulsión del imperio en la resolución de la crisis boliviana del año pasado, demuestra que, como dice el presidente Correa, estamos viviendo un cambio de época y no sólo una época de cambios.
¿Quién se hubiera imaginado hace apenas unos pocos años que un presidente de Bolivia podría expulsar al embajador norteamericano sin tener que enfrentarse, a los pocos días, con un golpe militar? ¿Quién podía pensar que la flota rusa haría maniobras en el Caribe con la Armada venezolana sin desencadenar un ejemplar escarmiento de los Estados Unidos? ¿O que Ecuador podría decirle a Washington que no le renueva el alquiler de la base de Manta, estratégica para el control político del área andina? La reacción imperialista no pudo acabar con la revolución cubana cuando existían condiciones internacionales propicias para ello. Perdió esa oportunidad, y hoy esas condiciones ya no existen más. La revolución llegó para quedarse.

¿Cuál es la expectativa en Cuba en relación al gobierno de Obama y que relación se piensa tener con los estadounidenses a partir de ahora?

No hay grandes expectativas. No puede haber grandes expectativas porque las declaraciones de Obama en relación a Cuba fueron bastante poco felices, para no hablar de lo mala que fueron las de Hillary Clinton en su audiencia de confirmación en el Senado. Siguen exigiendo libertades políticas para la oposición sin reconocer que en Cuba esa oposición es contrarrevolucionaria y está probadamente financiada y organizada por la CIA y las diversas agencias del gobierno norteamericano.
Existen hasta filmaciones que constatan que esa oposición es, en realidad, un grupo de agentes del imperio operando en Cuba. Obama ha dicho que no piensa levantar un bloqueo que ha sido condenado desde la Asamblea General de la ONU hasta Juan Pablo II, pasando por las más importantes personalidades del mundo entero. Creo que los cubanos, con razón, no se hacen ilusión alguna con Obama, y sería bueno que en el resto de América Latina tampoco nos la hagamos. Si por algún motivo Obama se saliera del libreto y tuviese gestos concretos de apertura, comprensión y mayor racionalidad hacia Cuba La Habana respondería positivamente.

¿Cómo viven los cubanos el momento actual? ¿Es perceptible el crecimiento de algún tipo de ambivalencia en la población o persiste con fuerza el apoyo a la experiencia revolucionaria?

El apoyo a la revolución sigue siendo impresionante. Por supuesto, no es unánime, ni podría serlo. Pero es muy fuerte. Eso no significa que aprueben todas las políticas que sigue el gobierno revolucionario. Hay muchas críticas sobre la escasa oferta de alimentos, los bajos salarios, la vivienda, el burocratismo, el limitado acceso a Internet o las restricciones para viajar. Pero la gente sabe que estos problemas se originan en causas que en buena medida exceden lo que el gobierno pueda hacer o manejar.
El bloqueo le ha costado a Cuba casi 100 000 millones de dólares, más de dos veces el PBI de la isla. El impacto sobre las finanzas públicas ha sido demoledor. Además, debido a la permanente agresión de Washington Cuba debe destinar a gastos de defensa una proporción muy elevada de su presupuesto público. Si no existieran estas dos condiciones, es decir, sin bloqueo y sin amenazas permanentes de ataque exterior, Cuba dispondría de muchos más recursos para incentivar la producción de alimentos, construir viviendas, mejorar los salarios. Pero esas condiciones no existen, lamentablemente. Por supuesto, aun así algunas cosas podrían mejorarse: por ejemplo, adoptando una política más flexible en relación al campesinado para incrementar la oferta alimenticia, o para explotar tierras que siguen sin cultivarse. Allí pesa el papel de una burocracia que se ha conservatizado y que no está pensando en una alternativa post-planificación centralizada.
Otras restricciones también causan malestar en la población: el transporte era un problema muy grave, sobre todo en La Habana, pero en el último año ha habido una considerable mejora gracias al apoyo de China. Internet es un problema, porque EEUU sanciona a cualquier país o empresa que le facilite la banda ancha a Cuba. Ahora Venezuela está tirando un cable submarino para resolver ese problema. En fin, hay protestas, además porque el pueblo cubano es muy extrovertido y no tiene temor alguno a expresar sus quejas y demandas.
Pero estas se dirigen fundamentalmente hacia algunas políticas y no al régimen revolucionario o al socialismo. Mucho menos hacia la figura de Fidel. Creen, y tienen razón, que puede haber un socialismo más eficiente, con mayor capacidad de proporcionar bienestar a la población. Pero no se les olvida que pese a todas las limitaciones y restricciones Cuba cuenta con la tasa de mortalidad infantil más baja de las Américas, igual a la de Canadá y menor que la de Estados Unidos, y tres o cuatro veces más baja que la que tienen países potencialmente tan ricos como Argentina o Brasil.

¿Cómo se vio la Cumbre de las Américas, en Bahía, los pedidos de los gobernantes para poner fin al embargo son cada vez más frecuentes -mismo la ONU se manifestó en el mismo sentido, por 17º vez, en el 2008? ¿Existe en la isla la ilusión de, finalmente, poder insertarse plenamente en la economía o, por lo menos, de estrechar las asociaciones y acuerdos con algunas naciones latinoamericanas?

El cubano es un pueblo muy culto y que ha aprendido mucho con la revolución. No abrigan ilusión alguna porque sabe que el imperialismo nunca dejará de hostigar a Cuba y, por lo tanto, su inserción en la economía mundial dominada por las grandes transnacionales, muchas de ellas norteamericanas o de países gobernados por aliados o clientes de la Casa Blanca, estará plagada de dificultades.
No creen que en lo inmediato EEUU vaya a levantar el bloqueo (no se trata de un embargo sino de un bloqueo, que es algo mucho más grave), aunque si lo hace sería una gran noticia. Pero al poder comerciar libremente con los países de América Latina y el Caribe, unida a su creciente relacionamiento con China, Rusia y otras grandes economías, Cuba puede resolver gran parte de sus problemas. Por eso es de suma importancia que las mayores economías de América Latina, como Brasil, México y Argentina, adopten una política de solidaridad militante con la revolución cubana. Una revolución que exporta médicos, enfermeros, odontólogos, maestros, instructores deportivos; una revolución que ayuda a desterrar el analfabetismo en Bolivia y Venezuela, que devuelve la vista a millones de personas, que vende vacunas para combatir enfermedades al margen y muy por debajo de los precios del mercado. Una revolución, en suma, que siempre fue solidaria con nuestros pueblos y que merece nuestra más rotunda solidaridad.
Basta con pensar, para quienes todavía tengan dudas, lo que hubiera sido de América Latina si la revolución cubana hubiese sido derrotada en Playa Girón o si, luego de la implosión de la Unión Soviética, hubiera llegado a la conclusión de que había que retornar al capitalismo lo antes posible. Si tal cosa hubiera ocurrido en América Latina no existiría un Chávez, un Evo, un Correa, un Lugo, para ni hablar de la centroizquierda; estaríamos convertidos en un inmenso protectorado norteamericano, y en donde las figuras más a la izquierda de la región serían políticos como Álvaro Uribe, Alan García u Oscar Arias. Gracias a la presencia inquebrantable de la revolución cubana nos ahorramos esa pesadilla. Por eso, nuestra deuda con Cuba será eterna y todo lo que hagamos para ayudarla será poco.

CUBA, un debate necesario para resistir y neutralizar el criminal bloqueo de EEUU durante 60 años, cuyo costo equivale a 2 Planes Marshall en contra. En esta nota arriesgo algunas hipótesis y sugiero algunas alternativas, todo como insumo p/ la discusión.https://t.co/Lbgt7vWPGj
— Atilio Boron (@atilioboron) August 3, 2021

(Tomado de Cubaenresumen)

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