HAVANA CLIMA

PRENSA ESPIRITUANA

Conceden premios a profesionales de la prensa en Sancti Spíritus

Junto al premio por la obra de la vida a Arelys García, se definieron los reconocimientos por la labor del año 2021 a destacados periodistas espirituanos
Arelys, a la izquierda, durante una cobertura periodística en Venezuela, donde estuvo como enviada de la Radio Cubana.

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Arelys García Acosta, multipremiada periodista y directora de programas de la Emisora Radio Sancti Spíritus, fue reconocida este lunes con el Premio Provincial por la Obra de la Vida Tomás Álvarez de los Ríos, galardón que se otorga anualmente durante la jornada por el Día de la Prensa Cubana, fecha que se celebra cada 14 de marzo.

El jurado, integrado, entre otros, por Juan Carlos Castellón y Pedro Larralde, profesionales con una amplia trayectoria en el gremio, consideró la integralidad y dominio de la labor periodística de la realizadora, quien durante 31 años ha puesto a consideración de los oyentes y lectores materiales de alta calidad donde se demuestra, además, un excelente balance de los diferentes géneros.

Más de 150 premios en certámenes del territorio y nacionales avalan también el quehacer de esta Máster en Ciencias de la Comunicación, corresponsal de Radio Habana Cuba en Sancti Spíritus y colaboradora de otros medios como el periódico Escambray.

De acuerdo con el criterio de los expertos, desde sus inicios en Radio 8SF, planta radial del municipio de Segundo Frente, en Santiago de Cuba, García Acosta se ha ganado el respeto y la admiración del público, gracias a su acercamiento a temas de valor humano, como la batalla librada por Cuba para el regreso de los Cinco Héroes prisioneros injustamente en cárceles de Estados Unidos, su impacto y cercanía a la agenda pública.

En los años 2014 y 2015, esta Maestra de Radialistas y Premio al Mérito Periodístico en el 2019, fue enviada especial de la Radio Cubana en Venezuela, país sudamericano en el que volvió a poner de manifiesto su versatilidad y hondura para abordar los más disímiles temas de la realidad de esa tierra y de la colaboración cubana.

Tras evaluar las propuestas de los medios de prensa, en el apartado de Periodismo Digital se otorgó el Premio Provincial por la Obra del Año Honorio Muñoz a Mirelys Rodríguez Hernández, por su protagonismo para impulsar la Maestría en Ciencias de la Comunicación en esta demarcación y por su contribución para confeccionar el dossier de Escambray que le permitió al rotativo obtener el Premio a la Innovación en el II Festival de la Prensa.

Igualmente destacan su atención al sitio web Portal del Ciudadano, del Gobierno territorial, y su asesoramiento a otras páginas digitales; mientras, en Gráfica, se concedió el reconocimiento a Yamilet Trelles Mutis, del semanario espirituano, quien sobresalió por la profunda investigación, la creatividad y la interactividad de los gráficos elaborados como complemento armónico de los materiales publicados en varios soportes.

Por el tratamiento de temas que reflejan en profundidad al espirituano de a pie, por el exhaustivo trabajo investigativo, por el manejo de los recursos televisivos y la variedad de géneros abordados, Alain Jiménez Díaz, de Centrovisión Yayabo, se alzó con el galardón en la categoría televisiva; en tanto, la afamada realizadora Elsa Ramos Ramírez, lo hizo en Radio, gracias al tratamiento de temas de alta sensibilidad popular y su impacto en la opinión pública.

Luego de un intenso debate suscitado a raíz de la calidad de las propuestas presentadas, José Luis Camellón Álvarez, del periódico Escambray, mereció el galardón en Periodismo Impreso por el tratamiento de temáticas económicas de mucha actualidad e interés, vinculadas, sobre todo, a la Tarea Ordenamiento, por su repercusión, el contraste de fuentes y su manejo.

En este apartado, el jurado concedió un reconocimiento especial a Dayamis Sotolongo Rojas, también de este semanario.

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VisionEs: Un Quijote en el alma de Escambray

El pasado 4 de octubre se nos fue físicamente, por complicaciones asociadas a la covid, Juan Antonio Borrego Díaz, quien desde 1997 dirigió los destinos de Escambray. Más que un paradigma para el periodismo espirituano y cubano, Borrego fue un ser excepcional. Que esta emisión de VisionEs, su último gran sueño realizado, sirva para rendir homenaje a su fructífera existencia
VisionEs, el noticiero del periódico Escambray.

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El faro de Escambray

Gracias a su ejemplar conducción, Escambray ha merecido importantes reconocimientos. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

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Sentado al borde de esa mesa ha estado durante casi 24 años. Más alto que todos y más humilde que nadie; más inconforme que ninguno y menos descansado que los demás; más lúcido que los otros y más atrayente que un imán. Sobre él gravita todo —y gravitamos—: las páginas de un periódico que hace y deshace a diario, las ruedas sin repuesto de los carros, las sillas para acomodar la redacción periodística, el micrófono para grabar el noticiero VisionEs, los pesares de la vida de los otros.

Lo ha sostenido sobre sus hombros en aquella oficina de puertas abiertas de par en par como su alma. Es esa su casa, su campo de batalla, la fragua de los amigos, su refugio, su templo, su familia otra que ha ido cimentando desde las diferencias y sobre el amor común: el periodismo. Y todavía está allí.

Con los mismos ímpetus, como aquella mañana cuando se enteró que había aparecido una bomba en El Pedrero, cincuenta y tantos años después, y “explotaron” todas sus fascinaciones. Entonces la llamada inesperada a su oficina, la ilusión casi infantil por develar aquel misterio, la componenda para armar el viaje en horas, la insistencia de no dejar de preguntarle a nadie ni a los vecinos ni a los militares y la pasión avivándole los ojos hasta que detonó:

—Madame —el apelativo que usurpó y eternizó para nombrarme—, te vas para El Pedrero y no vires con la agenda vacía. Ya estás atrasada, el sábado hay que contar eso.

—Lindoro —el apodo con el que lo bauticé y que se me ha escapado hasta en los espacios más formales—, ¿qué voy a decir? Yo no sé escribir de eso.

Pero Borrego —y yo que tantas veces le he escrito en broma no me permito ahora seriamente hablar en pretérito—, que estremece más que un detonante, no entiende de pausas en esa constante búsqueda de lo inédito. Acaso porque es director de Escambray con el mismo apasionamiento que es periodista a tiempo completo. Lo entendemos, sobre todo, ahora: su vida ha sido el periodismo y viceversa.

BRÚJULA

“Escribir es una necesidad, es parte de mi contenido de dirección. Cuando en una se mana no escribo ni una nota me pongo como un perro con bicho”, me confesó el día aquel que me colé en su despacho con la grabadora encendida y camuflada sin decirle que lo entrevistaba. Demasiado esquivo para hablar de sí mismo, demasiada vocación para aquilatar el mérito de los otros antes que los suyos.

Y porque le corre también por su tinta ningún tema le ha parecido proscrito jamás. Ha azuzado, por el contrario, a que en las páginas de Escambray se retrate de cuerpo entero la prostitución con sus dolores y bajezas, se denuncie la corrupción que corroe, se diga con todas las letras cuando las fuentes oficiales han callado, se escriba desde los exorbitantes precios de los carros, la emigración, los juegos ilícitos… hasta el cierre de los centrales azucareros.

Para seducirlo editorialmente ha bastado plantarle el tema delante, pero con todos los fundamentos: los objetivos, las aristas por abordar, las fuentes, las infografías… Y para sostenerlo ha sido suficiente un argumento que ha devenido su arma y nuestro escudo: “Nadie te va a colgar en el mural los problemas”, ha repetido sin cansancio.

Es ese instinto por espolearles a los otros la inquietud de hurgar siempre, de contar la vida en la voz de los protagonistas, de no conformarse, como él, nunca.

Sin discernir entre plumas noveles y experimentadas. Borrego no anda en bandos: los jóvenes pueden apasionarse y escribir como los consagrados y los de más canas pueden ser pueriles otra vez y desvelarse como el primer día. Es esa la arcilla que ha ido moldeando en Escambray y, a veces, uno no se da cuenta de que no ha hecho otra cosa que ir esculpiéndonos.

Ni lo ha advertido él tampoco. Incrédulo como es, en lo único que no ha dejado de con fiar nunca es en su gente. Por nosotros ha sido chaleco antibalas cuando más de un trabajo ha desatado alguna balacera; por nosotros ha tenido que bajar la cabeza cuando se ha publicado algún error; por nosotros se ha enrolado lo mismo en una fiesta que en una sala de hospital.

Y se ha dejado conducir también, más —creo hoy— por saberse proa de un velero que empujamos entre todos. Se atrevió, sin zozobra de principiante, a lanzar Escambray a navegar en las redes de Internet en la década del 90, a multiplicarlo luego en Facebook y Twitter, a apostar por la azarosa travesía que ha llevado hasta VisionEs, el noticiero de Escambray, que le ha implicado convertirse lo mismo en operador de sonido, electricista, asistente de dirección… mástil.

Porque Escambray es un medio universal y de esa visión casi onírica han nacido también no pocas coberturas: el secuestro de los médicos cubanos en Kenia, el incendio del parque Alejandro de Humboldt, la terrible caída de aquel Boeing 737-200 en La Habana…

Acaso es ese el modo de asumir el periodismo sin límites, sin los cercos que terminan, a la postre, cercándonos la creación. Y de tal fe ha profesado en todos sus trabajos: en sus comentarios acerca de la crítica en los medios de prensa, en los reportajes sobre el Canal Magistral de la Zaza, en las entrevistas a testigos del bandidismo en el Escambray… Ha sido en todos estos años brújula y ahora mismo, como por inercia, andamos tras su rumbo.

PENSAR EN LOS OTROS

Roja se le puso hasta la calvicie el día aquel que en la delegación de base de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) se le propuso para optar por el premio provincial Por la Obra de la Vida Tomás Álvarez de los Ríos; ardió de la vergüenza. Pero valió la pena y el (dis)gusto.

Todo por esa obsesión suya de proponer antes de que lo propongan, de empujar a concursar a sus reporteros antes de mandar un trabajo con su firma, de querer quedar a la sombra siempre cuando es él, precisamente, la luz.

Y por pensar en los demás ha declinado no pocas propuestas. Lo hizo ante aquella llamada del director del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología de la provincia. Entonces iniciaba el ensayo clínico con Abdala y a él, que en Granma y Escambray había abordado temas científicos, lo llamaron para incluirse en el estudio. Mas, su respuesta fue tajante: “Si mis subordinados no se pueden vacunar, yo tampoco”.

Anteponer a los otros es parte del alma montuna nacida y criada en Jicotea, su Macondo de Yaguajay, y por más pueblerino que parezca de ese campo no se le ha desprendido ni uno de los ariques de la nobleza. Le quedan tan solo unos resabios cerreros que hemos ido aprendiendo a sobrellevar con la misma agilidad que pasa de clavarte una herradura en la frente —como le digo y lo niega— a estamparte un beso en la cabeza.

Únicamente por eso, por su diplomacia sin academias y porque, al decir de él, “yo he dirigido todos estos años por amistad”, es que se ha dado por vencido en pocas ba tallas como cuando la mayoría en el Consejo Editorial se niega a “bajarle” la estimulación salarial a alguien o le aventajan en masa para reconocer algún trabajo. Otras, pocas ocasiones, ha impuesto su carácter y su decisión.

Pero ha ganado más su mano en el hombro, su llamada a deshora solo para saludar, su preocupación constante, su magia para comprometer, su modo tan sutil de conminar: “Eres tú quien tiene que hacer eso”.

Lo mismo un sábado que un domingo; lo mismo estando de vacaciones que durante su misión periodística en Venezuela que mientras acude a las sesiones de la Asamblea Nacional… No ha dejado de estar en Escambray ni un día.

Tampoco lo ha hecho ahora cuando dicen que la covid, que tanto burló, ha intentado ponerle punto final a su existencia. Incierto. Hay palabras que desbordan planas enteras, hay proyectos en pausa, hay un salón de reuniones que espera por remodelarse, hay decisiones por consultar, hay muchísimas historias por contar.

Aún dentro nos vive con la misma intensidad que nos duele. Aún dentro de aquella oficina está sentado en la silla negra más alta que las otras, pasándose la mano por la cabeza tan pelada, callando para escuchar, hablando para crear juntos…

Se yergue, pero no se va. Luce más alto ahora, altísimo, como los faros que guían siempre y nunca se apagan.

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¡Carajo!, Juan, no pudiste salir de ese laberinto

Borrego, junto a otros colegas egresados de la casa santiaguera de altos estudios.

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Su enorme cuerpo llegó a convertirse en un hilo de luz que temblaba como luna en agua y que quisimos avivar para que no se apagara. Cuando comprendimos que la ciencia ya no podía sola mantenerlo con vida, muchos encendieron velas en el lugar más discreto de la casa; aprendí a rezar y me vi delante de una minúscula Virgen de la Caridad del Cobre —qué importa el tamaño, si aseguran que su alma es inmensa—, que compré a los pies del santuario en aquel viaje a Santiago de Cuba, con el colectivo de Escambray, otro de sus tantos proyectos. Pero ni la ciencia ni la Virgen hicieron el milagro. Y perdí a mi hermano.

Porque Juan Antonio Borrego Díaz (Juan, para sus allegados; Borrego, para el gremio periodístico) fue, ante todo, mi segundo hermano; luego sería un versátil corresponsal de Granma y el director, por casi 24 años, de Escambray, su realización mayor, que condujo con la fuerza hercúlea de su inteligencia y la humildad de un guajiro de Yaguajay, alérgico a las poses, estrados y portafolios.

Que esta hermandad nació en la Universidad de Oriente lo sabe medio mundo; que en los Altos de Quintero fundamos otra familia junto a Elsa, Mary Luz, Humberto y Oscarito, también. A bordo de un Lada carmelita —como escribí años atrás—, arribamos a finales de agosto de 1983 a Santiago de Cuba para cursar Periodismo. Nadie podría sospechar que aquel jovenzuelo de 18 años, larguirucho, de zancadas largas y tímidas y de cuyo hombro colgaba una cartera de cuero duro, con pinta de haber pertenecido al Ejército Rojo, devendría modelo de líder creativo de los medios públicos cubanos. Y jamás se lo propuso.

Lo logró por su sabiduría, que no humillaba, delatada por la calvicie prematura. Ya fuera en una partida de dominó en el edificio de la beca para ahuyentar las nostalgias de su casa de tablas y tejas, levantada por sus padres Eldo y Julia en la esquina de un potrero en Jicotea; ya fuera debajo del frondoso algarrobo del hotel Rancho Club, tomando una cerveza en el borde de una madrugada, Juan, sin más allá ni más acá, se mandaba una anécdota sobre las discrepancias entre Bolívar y Santander, y uno se quedaba de una pieza.

Su obsesión por la figura del Libertador lo llevó a recitar pasajes completos de El general en su laberinto, de García Márquez; disfrutaba, como pocos, la majestad del mayordomo José Palacios, hombre de “cabello encrespado de color de ardilla”, y su comunión con el guerrero, de “cuerpo desmedrado”, quien, a punto de partir, exclamó: “Carajos. ¡Cómo voy a salir de este laberinto!”.

Como pocos, igualmente, Juan celebraba la imaginación real y mágica del Gabo; aunque, cuando me comentó acerca de Memorias de mis putas tristes, salió con otra de sus tantas frases lapidarias: “No le da ni por los tobillos a Cien años de soledad”.

Y lo sostenía porque no se ausentó ni un minuto de las conferencias de Literatura Hispanoamericana, dictadas por el profesor Osmar Álvarez. Embelesado quedaba con sus disertaciones y las claves que refería para desmontar la obra garciamarquiana.

—Perdimos al mejor de la clase, le reafirmé este 4 de octubre a Jorge García Orce, de nuestro grupo universitario, del otro lado de la línea telefónica.

—Seguro, hermano, seguro.

Aunque, ahora que recuerdo, solo lo aventajé en algo: en la forma de romper caída en las prácticas de judo; entendible por su estatura de talla extra. En la fauna que nos inventamos para sobrellevar los días universitarios, él era la “jirafa” y este servidor, el “pitirre”. Por cierto, cuando a la tropa de la Facultad de Artes y Letras se nos metió entre ceja y ceja quitarnos el sambenito de “sotaneros” en los Mambises, lo mismo jugó la primera base del equipo de pelota, que tuvo la malla de voleibol de por medio, encestaba canastas de tres puntos, o compilaba las estadísticas para la tabla de posiciones como si lucháramos en la más ilustre de las olimpiadas; con el empuje de todos, nos llevamos el gato al agua.

Desde siempre fue un alumno todoterreno, que supo administrar milimétricamente su tiempo. En quinto año de la carrera, cuando la mayoría estábamos aplicando aún los instrumentos de investigación, Juan llevaba, debajo del brazo, la primera versión de su tesis, que puso en mis manos en su casa. Me la leí de un golpe, entre sorbo y sorbo del vino criollo, aderezado por Julia; en tanto, él ayudaba a Eldo a recoger la cosecha de frijoles. Un punto y coma aquí, la repetición de un término por allá. No más.

Mientras casi el resto de la clase emprendía estudios de audiencias o análisis de contenido de la producción periodística de la época, prefirió lo más complejo: examinar la evolución de la perspectiva martiana en torno a los sucesos de Chicago a través de tres crónicas: Grandes motines obreros, El proceso de los siete anarquistas de Chicago y Un drama terrible, reveladoras de la rectificación pública de sus criterios, que transitan desde la condena inicial a los trabajadores, hasta el reconocimiento de su inocencia, en una lección de ética periodística ejemplar.

Una mañana de junio de 1988, bajamos, codo a codo, la escalinata de Quintero para defender las tesis; otra mañana, pero de julio, nos sentamos, codo a codo, en el teatro para recibir el título de la licenciatura. Ese día a estos dos montunos por poco se les salen los ojos de las cuencas al subir a escena la mismísima Alicia Alonso con Muñecos, bailado como si estuviera poseída por Terpsícore.

Cantó alguien, que lamento no recordar; han transcurrido más de 33 años, y el tiempo desenvaina su daga, que, no por casualidad, mantiene con vida la noche en que asistimos al concierto de Silvio, donde casi tocamos las cuerdas de la guitarra y enmudecimos por tanto coro —claro, desafinado— a Ojalá, Sueño con serpientes…

—¡Ñooo! El tipo es un caballo, dijo con lo que le quedaba de voz.

EL QUE VIO MÁS LEJOS

En septiembre del 1988, comenzamos a andar a tientas en la profesión; él, en Radio Sancti Spíritus, y yo, en Escambray. Tropezamos, caímos; nos asimos a los ramajes de los robles añosos. Y empezamos a conspirar.

Para espantar la asfixia del diarismo, ideamos más de un viaje a La Habana. De allá, trajimos en la agenda las historias de mutilados de guerra de El Salvador, bajo tratamiento médico en Cuba, y los vaivenes en la construcción del hotel Neptuno, donde intervenía un contingente espirituano.

En ese retorno, el Lada blanco, en que íbamos, nos jugó una mala pasada, y no quedó otro remedio que coger la orilla de la Autopista Nacional. Ni los tirones del caballo de un vecino revivieron el motor. Unas papas que compramos en una tienda, a más de un kilómetro, nos calentaron el estómago esa noche. Al amanecer, soñoliento, siento a alguien extraño en el asiento trasero; era la voz de uno de los entrevistados. Juan preparaba ya el reportaje radial.

Aunque lo seducía la inmediatez de ese medio, en marzo de 1990 cruzó definitivamente el umbral de Escambray. Sin el menor de los complejos, se estrenó como asistente de redacción, pese a ocupar una plaza de reportero. Poco después, nacería la sección Gente nuestra, proyecto común para darles espacio a los rostros desconocidos de la noticia, como Timbales, célebre desmochador de palmas en la comarca de Jicotea.

Por la avidez de conocer, asimiló los códigos básicos del fotorreporterismo, el diseño gráfico, la edición de textos y de la hipermedia; saberes que les resultaron cardinales, primero, como subdirector del medio a partir de septiembre de 1994 y, luego, como director de este, desde noviembre de 1997.

No olvidó la premisa de que los árboles hacen el bosque, y que ninguno se asemeja al otro. Al parecer, por ello, devino, en las lides periodísticas, juez severo de su hermana Mary Luz, lúcida pluma de Escambray, a quien no favoreció ni con una línea de más de las previstas para la publicación de sus textos en las páginas del medio, ganador de notables galardones del gremio, entre estos el Gran Premio Acumulativo del II Festival Nacional de la Prensa Escrita, entregado por Fidel.

De las manos del líder, Juan merecía recibirlo; pero siempre buscaba embajadores para que lo representaran —se escudaba en increíbles pretextos—, díganse un evento en La Habana, Ciego de Ávila, adonde el medio presentó sus experiencias en la gestión editorial del sitio digital, proyectos que siempre contaron con el aporte de su esposa Mirelys, mano derecha en la web, plataforma que nos catapultó a las fronteras mundiales.

Quedó demostrado el 4 de noviembre del 2010, al precipitarse a tierra un avión de AeroCaribbean S. A., al sur de Sancti Spíritus, que ocasionó la muerte a 68 personas, de varias nacionalidades. A escasos minutos de la tragedia, Juan timbró a mi casa.

—Ojo, se cayó un avión.

—¡¿Quéeee?! ¿Dónde?

—Cerca de Mayábuna; estoy aquí, con Brito. Dicen que el avión salió de Santiago. Todo está en llamas. Búscala.

La busqué; buscamos la noticia, que fuimos construyendo a pedazos y en equipo. Esa cobertura certificó las cualidades de estratega editorial de Juan, en cuya oficina me aparecí una tarde de mayo del 2020, luego de varias semanas sin vernos por la covid.

—¿Qué tú haces con ese bastón? No me digas que te lo buscaste para trabajar menos.

Y las últimas palabras casi se le quedaron atrapadas en su garganta. No vi su rostro, sí la voz. El pasado lunes ni vi su rostro ni su voz. Arelys colocó mi mano tibia sobre su mano fría, muy fría. Dicen que dormía. ¿Será verdad?

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El gran mérito de Borrego fue hacerlo todo de manera natural

Colegas del gremio periodístico enaltecen la profesionalidad y la calidad humana de Juan Antonio Borrego Díaz, fallecido recientemente y quien asumiera por más de dos décadas la dirección de Escambray
Borrego, junto a los colegas Gisselle Morales y Enrique Ojito, en plena dinámica productiva.

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En el Yaguajay más profundo, en Jicotea, entre palmas y un arroyuelo, vino al mundo un periodista que transpiró humildad y sabiduría de los pies a la cabeza. Este 4 de octubre se nos fue físicamente, por complicaciones asociadas a la covid, Juan Antonio Borrego Díaz, quien desde 1997 dirigió los destinos del periódico Escambray, y a partir de 1992 asumió la corresponsalía de Granma en Sancti Spíritus. Antes de erigirse en paradigma dentro del periodismo espirituano y, por qué no, cubano, Borrego fue un ser humano excepcional.

Con esa mirada cálida que se empozaba en sus ojos agudos y escudriñadores, se adentraba en la redacción que tomó por casa propia, al decir de Yoleisy Pérez Molinet, editora general de la publicación.

“El gran mérito de Borrego fue hacerlo todo de manera natural, como si no estuviera conquistando nada y estaba conquistando el cielo. Convirtió a este periódico pequeño, anónimo, en uno de los mejores periódicos de Cuba. Él fue el padre de todos nosotros; nos queda recordarlo trabajando”.

En el parto diario de Escambray, en las intensas horas de cierre del semanario, siempre permaneció el caballero que conjugó talento y una singular manera de dirigir.

“Juan llegaba al salón de la redacción y se acercaba a las mesas donde estábamos escribiendo, y nos daba un beso en la cabeza a todas. Ese era su saludo. Estuvo ahí, para nosotros, para los problemas familiares de los trabajadores, y se convirtió, en muchas ocasiones, hasta en nuestro confidente.

“Fue una de las personas que más aportó al desarrollo del periodismo espirituano. El renovó, revitalizó a Escambray, con nuestro respaldo, y gracias a sus iniciativas, a su constancia, a su manera de pensar, a su mirada de futuro esta publicación llegó a ser la más integral de Cuba” (Xiomara Alsina Martínez, periodista).

“Mi primera nota informativa en Escambray tenía un error garrafal; le puse más estudiantes a la FEEM de los que tenía, y fui con los ojos aguados para donde estaba Borrego a disculparme porque había hecho que el periódico cometiera un error. Más que cocotazos, me dio cariño. Solo me dijo: ‘Si no le dieras importancia a ese error, me preocuparía; que hayas venido hasta aquí, es muestra de que te importa, y si te importa, si lo sientes, entonces, estoy frente a alguien que le da valor al periodismo.

“Nunca sentí barreras entre el director y el colega. Siempre le acompañaba ese humor, esa picardía, esa malicia propia del cubano. Es difícil ser jefe y que la gente de abajo te adore. Y la gente de Escambray respeta, quiere a Juan, y los colegas que estamos fuera también lo adoramos. Todo el mundo quiere tener un director como él.

“A Borrego hay que recordarlo por su lirismo. Tiene reportajes que son para enseñar en la academia. ¡Qué lindo escribe!, me decía cuando leía sus reportajes históricos y otros sobre la presa Zaza. Quizás, si se hubiese dedicado solo al periodismo, hubiera brillado más de lo que brilló. Aun así, tuvo la capacidad de dirigir, escribir, ser padre y también estar al tanto de la goma de un carro” (Katia Siberia, reportera multipremiada del periódico Invasor, de Ciego de Ávila).

“Borrego tenía mucha capacidad profesional, mucha visión como cuadro. Podía lidiar con diferentes caracteres, y hacer que todo el mundo olvidara las diferencias y pudiera unirse.

“Condujo un periódico que se erigió como el mejor del país cuando él mismo no era periodista protagonista, no porque faltara talento, Juan tenía mucha facilidad y belleza para escribir; pero no la explotaba lo suficiente.

“Era capaz de sugerir los temas más escabrosos, de decirte que buscaras una noticia debajo de la tierra. Te defendía cuando hacías un trabajo crítico. Como director del periódico aguantó estoicamente todos los palos que le dio la vida y nunca dejó que sus periodistas lo supieran.

“Borrego era el mejor ser humano del mundo y, por encima de todas sus cualidades, lo distinguió su humildad; la humildad de verdad, no esa que se pregona cuando la gente muere y todo el mundo dice que quien murió era bueno. Bastan dos ejemplos: Juan era diputado, director de un periódico prestigioso; sin embargo, era incapaz de utilizar esos cargos para pedir siquiera una hoja. No podía, no lo hacía.

“Siempre le admiré que uno de sus mejores amigos era su bodeguero. El bodeguero que conversaba con él, que jugaba dominó con él. La humildad era lo que más lo distinguía; por eso, tanta gente lo ha llorado” (Elsa Ramos Ramírez, periodista de Radio Sancti Spíritus y colaboradora de Escambray).

Palabras lapidarias nacidas de la conmoción reverencian al hombre que conoció el desafío de narrar lo cotidiano y hurgar en las dolencias de la sociedad. Pocos como él han asumido que un periódico, como acuñara una colega, es un libro de autor colectivo, horneado en los teclados, incluso, a deshoras cuando las ciudades duermen, agregaríamos.

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El hermano que uno elige para siempre

Lo he oído en su añoranza por la vida, en sus consejos atinados, porque a Borrego siempre habrá que escucharlo, leerlo y releerlo en presente
No dedicarle unas líneas sería traicionar a la hermandad fiel durante casi 30 años de páginas entintadas y de pasajes herméticos, escribe Ortelio. (Foto: Ortelio González/ Facebook)

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Hay noticias que ahogan el corazón. Jamás una me ha perforado tan hondo.

—Borrego acaba de fallecer, me dicen del otro lado del teléfono.

Y uno, que sabía de la alarma por haber dado “positivo” aquel falso PCR, uno que frecuentemente intercambiaba en los escasos minutos —casi siempre en horario nocturno, cuando disponía de algún momento para el amigo—; uno, que por el último mensaje supo que la ilusoria alarma se había convertido en algo real:

“Quijote. Ahora sí estoy positivo de verdad. Me agravé en horas y tuve que ingresar por neumonía. Pasé mejor la noche, sin fiebre y sin tos. Tengo los medicamentos para seguir adelante. Un abrazo”.

Uno, que veía el ingreso hospitalario como algo ligero, intrascendente, ante su estatura de puro guerrero de las adversidades, jamás imaginó que un jodido virus, invisible a los ojos humanos, pudiera penetrar en un gigante con un corazón también gigante que resistió seis paros cardíacos; corazón abierto a todo el que se le acercaba; HOMBRE CO…RAJUDO de verdad; tanto que desafió la muerte y cuando no pudo más forcejeó para arrancarse el equipo que lo mantenía con vida, porque imaginaba no tener tiempo para escribir todo lo que quería agradecer; Borrego, capaz de afrontar cada acto con valor espartano y provisto de una armadura que no era, precisamente, de bronce.

No dedicarle unas líneas sería traicionar a la hermandad fiel durante casi 30 años de páginas entintadas y de pasajes herméticos, porque Borrego fue ese hombre-hermano-amigo que a uno no le toca, sino que lo elige para siempre.

A él no le gustaba la fanfarria, ni el elogio; tampoco los timoratos o aquellos de palabras vacías, aunque siempre estaba dispuesto a escucharlos.

Era (es) un antidogmático por excelencia.

No tenía devoción por la palabra hablada, pero sí por la escrita, aunque la primera la utilizaba bien, en el momento exacto, preciso, con su expresión picaresca y los ojos medio en blanco, como una de las señales para hacerse entender.

Callaba si pensaba que nada aportaría al intercambio, a la conversación. Eso sí, cuando hilvanaba las ideas daba una clase admirable, lo mismo de periodismo que de historia. Uno, que tuvo la suerte de poder escuchar sus relatos y ocurrencias, conoció lo mismo de interioridades de las bandas contrarrevolucionarias del Escambray, que de Katanga (Israel Pérez Cáceres), el guajiro delegado del Poder Popular en Venegas y diputado como él.

Fidel, de crecida en crecida, ¿Quién tiró la primera piedra?, Abundio Sánchez: Héroe a machete, Los Potricos de Méyer, El imperio de Uruguay, El ciclón que camina como los borrachos, Polvo del Sahara se “traga” las lomas del Escambray, Una montaña rusa entre Méyer y Trinidad, Cuando Fidel cruzó el Rubicón…, son, entre otros muchos títulos, fruto de una imaginación sin límites y de un periodismo de excelencia.

Cuando hubo alguna “disputa” fronteriza en los límites entre Ciego de Ávila y Sancti Spíritus, no vaciló en decir: “Oye, Quijote, no te olvides que el canal Zaza nace en mi provincia y muere en la tuya. Así que estate tranquilito y no te metas más en mi territorio”.

Porque era (es) extremadamente creativo y dueño de las ocurrencias más insospechadas, como aquellos cuentos de “El Titi” y “Bangán”, verdaderos ingenios costumbristas que se dan bajo la luz de cualquier noche pueblerina y que él supo contar como nadie.

Jamás lo vi perder la paciencia o los estribos. Cuanto más bajo hablaba, más grande era el regaño. Tal vez mucho tenga que ver con la franqueza y la expresividad con que suele decir las cosas, la educación a la antigua que le legaron Eldo y Julia, sus padres.

Soñó (sueña) en el colectivo de trabajo que creó en el periódico Escambray, su hábitat natural que supo simultanear con la corresponsalía del periódico Granma en la provincia.

Lo he oído y lo seguiré oyendo en su añoranza por la vida, en sus consejos atinados, porque a Borrego siempre habrá que escucharlo, leerlo y releerlo en presente. Ahora, pasado un tiempo relativamente corto, y a la vez demasiado largo; ahora, que puedo escribir, le dedico estas líneas, con el temor de que en algún lugar las lea y me diga: “Oye, loco, no escribas tanta mierda”.

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Borrego: Un periodista todoterreno

El gremio de la pluma, de las ideas y de la escritura, en Sancti Spíritus y en Cuba, no despidió a Borrego, lo eternizó y lo tendrá presente en cada acción, en cada nota periodística
Borrego, a la extrema derecha, junto al colectivo que dirigió por casi 24 años. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

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 Por infortunio de la vida este cuatro de octubre, cuando el periódico Granma arribaba al aniversario 56 de su primera tirada, su corresponsal en la provincia de Sancti Spíritus, también de 56 años de edad, se despidió del mundo de los vivos.

Aunque Juan Antonio Borrego Díaz luchó por la supervivencia, la covid pudo más que su fortaleza física natural y espiritual, por lo que lo llevó a la muerte entre tantos esfuerzos del personal de la salud para impedir que se marchara antes de lo previsto.

El también director del periódico Escambray batalló por subsistir ayudado por el colectivo médico de la sala de terapia intensiva del hospital general Camilo Cienfuegos, pero en medio de la contienda, en la que se aferró a la vida por varios días, la muerte injusta y alevosa ganó, de forma pírrica, la batalla.

Quienes lo conocieron, mejor dicho lo conocimos,  apreciamos su estatura periodística y su dimensión humana, mostrada sin egoísmos ni falsa modestia en el quehacer de la prensa desde que en 1988 llegó, recién graduado de la Licenciatura en Periodismo, a la emisora provincial Radio Sancti Spíritus, y que luego en 1990 consolidó su hacendosa labor en Escambray, donde transitó de editor hasta director del órgano durante casi 24 años.

Su empinado cuerpo no se verá recorrer los espacios de la redacción, pero sus buenas acciones y sabiduría quedarán para las presentes y futuras generaciones de periodistas, a quienes seguirá alentando con sus sanos consejos.

Esa, su mirada a veces pícara y en otras ocasiones compasiva, proseguirá alentando a los que tuvieron la oportunidad de ser sus subordinados, sus compañeros, sus amigos de risas y disparates en el mejor sentido de este último vocablo.

Sin proponérselo llegó a ser diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular durante varias legislaturas, en las que, también, aportó humildemente sus conocimientos políticos, culturales y de ser humano revolucionario.

Ahora, en el descanso sereno que merece, seguirá dando lecciones de avezado periodista y escribiendo derecho, como siempre lo hizo, lo mismo una información que una entrevista, un comentario o cualquier otro género porque fue un periodista todoterreno.

En este aciago día, el gremio de la pluma, de las ideas y de la escritura, en Sancti Spíritus y en Cuba, no despidió a Borrego, lo eternizó y lo tendrá presente en cada acción, en cada nota periodística, porque él, con su frente martiana, se ha hecho omnipresente en este batallar de la  comunicación social.

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Juan Antonio Borrego: El arte de dirigir la prensa

Con una huella profunda para el reporterismo en Cuba, el timonel de Escambray durante casi 24 años Juan Antonio Borrego Díaz partió físicamente. Sus enseñanzas constituyen una guía para los tiempos por venir dentro del gremio
“Otros pueden decirlo antes, a nosotros nos corresponde contarlo lo antes posible y lo mejor posible”, remarcaba Borrego. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

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“China, te tengo un encarguito ahí”, solía decir, no sin antes saludar, preguntar cómo estaba, indagar por mis hijas y, últimamente, hasta por “Marcelino”, como le decía a mi nieto de cuatro años. Luego, las coordenadas, que podían ser relativas lo mismo a la huella de Fidel en el central Uruguay que al accidente de un ómnibus de Transtur en el que viajaban más de 30 turistas; el manejo de los fallecidos y los enterramientos en tiempos de covid o Luis Sáenz, el padre de la Pediatría.

“Si no encuentran fuentes oficiales dispuestas a informar acudan a otras: la vieja de la esquina que vio el accidente, el barrendero, el que pasaba por allí; el caso es traer la noticia y contarla, la gente tiene derecho a saber qué pasó”, nos decía. Y advertía a menudo algo que los periodistas solemos no tomar en cuenta: “Olvídense, que a nadie le gusta que lo critiquen. Nadie te va a abrir sus puertas así, de buena gente, para que entres a su centro a criticarlo. Esa es una reacción humana, pero nosotros tenemos que hacer nuestro trabajo”.

Para él no había imposibles. Cuando alguna vez sucedió que Escambray se retrasó en el abordaje de un suceso inédito no faltó el reproche, que no por suave dejó de doler. “Eso no nos debe suceder nunca”. Y recordó cómo un día, u otro, alguien del staff salvó la situación con una llamada desde el hospital, porque vio un movimiento raro; o desde una terminal, por la misma razón; o cuando Dayamis alertó sobre el avión varado en La Rotonda, que no era fruto de siniestro alguno. El asunto, insistía, era tener olfato para las noticias.

Su reclamo no consistía en que informáramos necesariamente primero, sino en que no le falláramos a ese público que desde hace dos décadas nos busca en las redes, o desde hace más de cuatro nos lee en la edición impresa. “Otros pueden decirlo antes, a nosotros nos corresponde contarlo lo antes posible y lo mejor posible”, remarcaba. No dijo nunca que él sentó las pautas, con aquella cobertura memorable de la caída del avión en Mayábuna, que convirtió al medio en una plataforma internacional.

“Hemos demostrado que aun tratándose de hechos ocurridos en otras provincias, si son de impacto para Cuba, podemos hacer buenos reportes”, y traía a colación los ejemplos donde sus discípulos nos crecimos, porque algo, pienso ahora, se nos tenía que pegar.

“Ya sabes que voy a ‘fusilarte’…”, era, luego del vocativo, el preámbulo del anuncio de que emplearía un texto ajeno para un reporte suyo, que solía resultar mejor, aunque él no hubiese estado allí. Lo contaba magistralmente, como si hubiera escuchado los testimonios de quienes narraban el recuento. Muchas veces me llamó a su oficina para que revisara, en su ordenador, el texto resultante; o me lo consultó por teléfono, porque sería imperdonable errar.

Lo mejor de todo era esa capacidad suya para descubrir un talento en los otros, para explotar la arista profesional en la que cada quien brillaba más o se sentía más cómodo. Y nada de restar méritos a quien los tenía, fuera el periodista más galardonado o la novata, o la recepcionista, o el chofer, o el custodio, o la carismática auxiliar de limpieza a quien siempre mortificaba con sus ocurrencias, porque era en extremo ocurrente y sabía, como nadie, hacer reír.

Lo veo ahora mismo subiendo las escaleras de mi casa en el reparto 26 de Julio, en una tregua de la lluvia durante el huracán Michelle, con una de mis gemelas en brazos tras una punción lumbar, u orquestando el auxilio a Manuel, nuestro reportero estrella, fallecido años atrás,o tramando una estrategia para socorrer a alguien en un momento duro.

Lo imagino, porque no pude verlo, empecinado en que yo no me fuera de Escambray cuando se me nubló el juicio tras la pérdida de mi padre. Uno de sus últimos diálogos por el chat versó sobre la salud de Carmen, entonces aquejada de covid, a quien llamó en cuanto supo de algunos síntomas preocupantes. Aquel domingo ya comenzaba a enfermar, pero las alusiones a sí mismo resultaban parcas.

“En la prensa cubana hay muchas talanqueras por quitar y hace falta mucha voluntad para lograrlo; pero no digan ahora que dije eso. Pueden decirlo solo cuando me muera, los autorizo”, manifestó, enfático, aunque del modo más informal que pueda imaginarse, un mediodía a la salida del comedor.

Todavía espero su llamada, para escucharlo nuevamente con uno de esos retos que me ponía delante, sin sospechar siquiera que no creía poder, hasta que él, con su mágica habilidad, me convencía de que sí. Dentro de poco sonará el teléfono y su voz me dirá: “China, te tengo un encarguito ahí”.

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Presidente de Cuba expresa pesar por muerte de Juan Antonio Borrego

Juan Antonio Borrego Díaz, director del prestigioso diario Escambray, que tanto debe a su ejemplar conducción, escribió el mandatario en Twitter
El gremio perdió uno de uno de sus miembros más brillantes y queridos: Juan Antonio Borrego Diaz, escribió Díaz-Canel en Twitter. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

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El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, expresó su pesar por el fallecimiento del reconocido periodista Juan Antonio Borrego, víctima de complicaciones derivadas de la Covid-19.

Me sumo al dolor y la conmoción del gremio periodístico por la temprana muerte por #COVID19 de uno de sus miembros más brillantes y queridos: Juan Antonio Borrego Díaz, director del prestigioso diario @escambraycu, que tanto debe a su ejemplar conducción, escribió el mandatario en Twitter.

Me sumo al dolor y la conmoción del gremio periodístico por la temprana muerte por #COVID19 de uno de sus miembros más brillantes y queridos: Juan Antonio Borrego Diaz, director del prestigioso diario @escambraycu, que tanto debe a su ejemplar conducción.https://t.co/8EzT8IR0BT— Miguel Díaz-Canel Bermúdez (@DiazCanelB) October 4, 2021

Al dar la noticia este 4 de octubre, el diario Granma, del que Borrego fue corresponsal durante 29 años en la central provincia de Sancti Spíritus, lo definió como un profesional certero y sagaz.

Recordó que Borrego combinó durante más de dos décadas su labor como reportero con la dirección del periódico Escambray, un medio de enorme prestigio que bajo su conducción conquistó todos los premios de periodismo que se confieren en Cuba.

Fue además diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular (Parlamento) durante varias legislaturas, por el municipio Taguasco, y entre 2007 y 2008 se desempeñó como enviado especial del periódico Granma a Venezuela.

El rotativo destacó la agudeza de Borrego como entrevistador y cronista de alto vuelo, con la capacidad para abordar con soltura todos los géneros periodísticos. De ahí que se le considerara, un ‘periodista todo terreno’.

Resaltó, además, los valores humanos que acompañaron al profesional excepcional y compañero entrañable.

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Para Juan Antonio Borrego, escribir fue una necesidad

Escambray acaba de perder a su timonel de los últimos 24 años. Juan Antonio Borrego Díaz, su director desde 1997, falleció por complicaciones asociadas a la covid. Sirva esta entrevista, realizada a propósito del aniversario de la fundación de este medio de prensa en 2019, como homenaje a quien lo condujo a conquistar todos los premios de periodismo que se confieren en Cuba
Su labor como reportero, se combinó durante más de dos décadas con la dirección del periódico Escambray. (Foto: José Manuel Correa)

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Aquella mañana en la sala de la casa lo había anunciado resueltamente: “Voy a estudiar Periodismo”. Y ni él mismo sabía de dónde le había sobrevenido aquella repentina vocación. Quizás le venía creciendo desde que, montado a la zanca del caballo del padre en días de temporal, recorría aquel camino poblado de matas, bueyes… para ir hasta la Manuel Ascunce Domenech —la escuela primaria a la que ingresó antes de tener edad por ese antojo prematuro de aprender— o desde que el maestro Felito le azuzara el ingenio con tantas enseñanzas o desde que el profe Martell lo embelesara con aquellas clases de Historia.

Acaso tanto como andar volando en la bicicleta destartalada por las idas y venidas a través de esos trillos le apasionaba leer periódicos y estar informado siempre. Mas, lo cierto es que de súbito había cambiado los planes de estudiar en la Unión Soviética para sentarse en un aula de la Universidad de Oriente.

Cuando en 1983 llegaba a los Altos de Quintero con aquel maletín rojo bajo el brazo era apenas un muchacho larguirucho con afición al baloncesto y a la pelota. Llevaba, también, una pasión desmedida por fabular que iría demostrando luego lo mismo en los documentales radiales —donde inmortalizó como héroe a Timbales, un común desmochador de palmas de su natal Jicotea— que en los cuentos desgranados a deshora en la redacción de Escambray.

Al periódico llegaba por embullo del amigo-hermano Enrique Ojito, en 1990, después de trabajar dos años en Radio Sancti Spíritus. Empezaba como asistente de Redacción en aquellos días de insomnio ante la vorágine del diarismo y en los que las planas se armaban con las enormes letras de plomo que se exprimían o se alargaban según conviniera. “¡Se acabaron las letras!, era una frase muy típica que se escuchaba —revela ahora sin saber que el celular va dejando constancia de un aparente diálogo informal—. Aprendí mucho en ese tiempo, también con Larralde, que era un editor excelente”.

En ese entonces publicaría el mayor disparate que, según dice, ha cometido hasta los días de hoy. “Había un reportaje de Orestes Ramos que se iba a publicar en una página interior y tenía como 14 cuartillas. Se estilaba poner un avance en la portada y luego, adentro, se ponía: Viene de la primera. Se habían reservado dos cuartillas para la primera, pero la portada se fue complicando y fueron apareciendo informaciones y se quedaron las primeras cuartillas sin publicar. Cuando el periodista vino a preguntarme tuve que decirle: Las cuartillas que faltan están en mi gaveta”.

El liderazgo profesional de Borrego, desde Escambray, se convirtió en un referente reconocido no solo dentro del gremio periodístico, sino también por la más alta dirección del país. (Foto: Escambray)

Desde esa fecha simultaneaba el oficio de editor con el reporterismo, tanto que desde 1992 se convirtió, por puro altruismo, en corresponsal de Granma y ni cuando pasó de subdirector a director dejó de escribir un día. Sin pensarlo asumía aquel noviembre de 1997 las riendas de un periódico que ya era semanario y que habría de convertirse —aunque le cueste reconocerlo— en imagen y semejanza de los lectores.

“Juan Antonio Díaz —entonces primer secretario del Partido en la provincia— me dijo: ‘Eso es para que estés un tiempito ahí’ y ya yo llevo más tiempo que los siete directores anteriores juntos”.

Empezaba a emplanar con esa inconformidad tan suya y tan contagiosa otro periódico: el de retratar la vida con sus claroscuros; el de publicarlo todo, por escabroso que sea el tema; el de rastrear las noticias, aunque las fuentes oficiales callen; el de atemperar políticas editoriales a las necesidades de los lectores; el del diario en Internet; el de multiplicarse en Facebook y en Twiter.

Bajo su tutela Escambray se coronaba en los Festivales Nacionales de la Prensa Escrita, trascendía de provincia en provincia y enamoraba a un staff —como le gusta decir— de encumbrados periodistas y colaboradores, muchos de los cuales aún permanecen.

Y el lidiar con esta galería de personajes para convencerlos —y a veces vencerlos— para poner de reliquia a las máquinas de escribir y empezar a crear en aquella rareza de microcomputadora llegada a la Redacción gracias a un canje de toneladas de papel; y el tener luego solo dos computadoras: una para teclear todos los textos y otra para diseñar.

“Escambray ha tenido dos momentos trascendentes: uno, el de la impresión directa a la offset y el otro, el de la introducción del diseño digital y la digitalización”.

Ha sido también por pujanza suya, por esa vocación perfeccionista de hacer las cosas cada vez mejor, por ese ímpetu indomable de no quedarnos a la zaga nunca.

Bajo su guía, Escambray recibió importantes reconocimientos, como la réplica del Machete de Máximo Gómez.

Logra camuflarse en una y muchas funciones; tanto que puede ocupar un escaño en la Asamblea Nacional desde 1998; puede organizar una cobertura ciclónica como si fuera el The New York Times; puede batirse por sus periodistas sin causar heridas mayores; puede abrirse una cuenta en Twiter y participar como si fuese un nativo digital; puede convertir en metáfora la más agreste de las realidades.

Tal vez porque sufre en carne propia el periodismo nuestro de cada día. “En Cuba hay un vicio de divulgación. La sociedad cree que los periódicos están para eso y no es así”.

Para salir airoso de esa pelea diaria entre lo que se dice y lo que verdaderamente se cree tiene un arma: “A veces hay que hacer concesiones”.

Sentado en la misma silla 21 años después, ni él mismo se lo cree. No ha mandado por imposición alguna; pesan más la mano en el hombro, el compromiso escurridizo que va atando día a día. “Hay que dirigir por procesos, en teoría —confiesa, pero ni yo mismo sé lo que es eso. Yo he dirigido todos estos años por amistad”.

Y porque Escambray lleva, a la par, su nombre; es también su obra y lo sabe. Porque ni aun en la misión en Venezuela o en días de ausencia le puede perder ni pie ni pisada. Porque desde el día aquel que decidió hacerse periodista no ha dejado de serlo.

“Escribir es una necesidad, es parte de mi contenido de dirección. Cuando en una semana no escribo ni una nota me pongo como un perro con bicho”.

Veintiún años después le siguen rondando los mismos ánimos, la misma nobleza, la incurable vocación de crear. Veintiún años después, para suerte nuestra, aquel guajiro de Jicotea dejó colgadas en uno de los cuartos de su casa la montura, las espuelas y las botas regaladas por el padre, y se hizo periodista.

Nota: La publicación de este trabajo fue, quizás, el primer acto de desacato editorial en los 40 años de Escambray.

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Julio Reina ha muerto: la noticia que Jatibonico no quiere escuchar

Por toda la geografía de ese poblado se esparció en las últimas horas la información, pero esta vez nadie le creyó: Julio Reina Romero, corresponsal y periodista durante años en medios de prensa espirituanos, se despidió tempranamente de la vida, víctima de la COVID-19
Desde Jatibonico, día tras día durante mucho tiempo se agenció su entrada en los espacios informativos de la radio espirituana. (Foto: Facebook Nicolás Hernández)

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Hay misiones que uno se niega a cumplir y termina aceptando tal vez por disciplina, tal vez por ese compromiso que se contrae con la profesión, aun en las peores circunstancias; o quizás —quién sabe— por la deuda de la despedida que no fue.

Una encomienda de esas es, nadie lo dude, escribir de la muerte de un amigo. Y lean bien, que no digo colega ni compañero de trabajo: Julio Reina Romero era mi amigo, al que por azar conocí gracias a dos de las cosas comunes que nos unieron: el periodismo y Jatibonico.

Aunque fuera oriundo de Taguasco, se ganó a fuerza de empeño un lugar en el corazón del pueblo del central Uruguay, desde que Radio Sancti Spíritus reclamara sus servicios como reportero en ese territorio.

Ya había bregado como corresponsal de varios medios de prensa, porque la vocación por informar lo hizo cambiar los destinos de su existencia.

Julio no lo dudó, aunque le asaltaran los temores de asumir una empresa de tamaño significado. Se “mudó” en botella para Jatibonico y desde los altos del edificio del Sindicato Azucarero instauró su corresponsalía con la dignidad de un consagrado.

Nadie me dejará mentir: no hubo noticia en ese sitio que se le escapara en aquel tiempo. Se montaba en un camión o en un caballo, pero llegaba a todas partes; lo mismo desde una escogida que desde un plantón de caña, día tras día se agenciaba su entrada en los espacios informativos.

Otros azares nos mantuvieron cercanos. Tal vez gracias a mí —y me enorgullezco de ello— le dijo adiós a la botella. En una visita ocasional a mi casa le presenté a la que luego fuera su compañera hasta el final de sus días. El amor los unió y él se convirtió por un tiempo en mi vecino, para hacerme cientos de veces cómplice de su entusiasmo periodístico.

Llegaba con sus apuntes, sus historias y aquella humildad tremenda para mostrar sus textos. Lo admiré tal vez en silencio, aunque fuera siempre él quien me profesara admiración a toda voz. Julio se atrevía con deseos y pasión a experimentar en el oficio lo que yo, con mi academia y todo, temía tantas veces enfrentar.

Y así venció también su curso de diplomado para reafirmarse como integrante genuino del gremio y de la Unión de Periodistas de Cuba, aunque en verdad demostrara con su ejemplo que en este trabajo no hacen falta tantos los títulos como las ganas. Y la constancia. Y la pasión.

Por esas paradojas de la vida, un buen día se alejó de los micrófonos. Pero la gente siguió recordando con gratitud su nombre. Y hoy ese nombre llega convertido en triste titular: Julio Reina Romero ha muerto, inesperadamente joven, con muchos proyectos por cumplir. Esta vez nadie quiso creer la noticia. Su voz se escucha a ratos entre las torres del Uruguay, mientras yo escribo la crónica más triste de mi vida. He perdido a un amigo y Jatibonico, a un hijo.

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Hay que cuidar la autoridad y la credibilidad del sistema de medios públicos cubanos (+ fotos)

Ronquillo Bello llamó a avanzar más en la construcción de un nuevo modelo de prensa pública. (Fotos: Vicente Brito / Escambray)

En un complejo escenario económico, social, político y comunicacional, hay que cuidar la autoridad y la credibilidad, piedras preciosas de nuestro sistema de medios públicos, manifestó en Sancti Spíritus Ricardo Ronquillo Bello, presidente de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), al resumir los debates generados en el gremio aquí, a raíz del análisis en torno al desempeño de la prensa realizado en el VIII Congreso del Partido Comunista de Cuba.

En intercambio con una reducida representación de periodistas y directores de medios de la provincia, Ronquillo Bello instó a aprovechar los señalamientos formulados por el General de Ejército Raúl Castro en el Informe Central de la cita partidista para avanzar en la construcción de un nuevo modelo de prensa pública para el Socialismo en Cuba y de esa forma corresponder también con el pronunciamiento capital del X Congreso de la UPEC, celebrado en julio de 2018.

Lo más importante es que periodistas, directores de los medios, editores, instituciones políticas, gubernamentales y representantes del resto de estas comprendamos que la visión triunfalista, que la adulteración de la realidad, conducen únicamente al descrédito del sistema de prensa pública, alertó el presidente de la UPEC.

Significó, además, la urgencia de fortalecer la credibilidad de ese sistema de medios para que cumpla cabalmente la función social de generar consensos en torno al proyecto sociopolítico cubano, asediado por un ecosistema de plataformas contrarrevolucionarias y sofisticados laboratorios de intoxicación mediática, respaldados por fondos millonarios para la guerra simbólica.

Comentó que buena parte de la transformación del modelo de prensa depende de los periodistas y de los directivos de los medios y, en segundo lugar, de las instituciones políticas, gubernamentales y todos los representantes institucionales a lo largo del país, que deben comprender que en el escenario actual lo que no favorezca al crédito del sistema de medios públicos es un favor que se le hace a la contrarrevolución, enfatizó.

El intercambio corroboró la importancia de construir la agenda mediática bajo el principio de la participación colectiva.

En estas circunstancias, no dar información es hacerle, a veces, un daño irreparable al proyecto político de la Revolución, remarcó el presidente de la UPEC, quien aclaró que el sacudón de Raúl no fue solo para los periodistas; sino, también, para las instituciones públicas de la Revolución, porque el sistema de prensa forma parte del sistema de instituciones de la Revolución.

La prensa sola no puede resolver el problema —añadió—; se requiere de una gran sensibilidad del Partido, del Gobierno, de los dirigentes empresariales, institucionales; de manera que no quede un hecho que afecte la vida cotidiana de los ciudadanos sin tener una explicación pública. De lo contrario, ese análisis lo hará otro por nosotros, alertó.

Si aquí sucede cualquier acontecimiento, y lo pone todo el ecosistema creado en paralelo al sistema público, eso contribuye al descrédito de la prensa local. Más que de actualidad, hoy se habla de instantaneidad en los procesos comunicacionales; de ahí, la importancia de que los medios públicos sean los primeros en el abordaje de los hechos, en explicarlos, reflexionó Ricardo Ronquillo.

Al profundizar en la necesidad de construir un nuevo modelo de prensa y de comunicación pública en Cuba, Ronquillo señaló que este debe sostenerse en cuatro pilares esenciales: un nuevo tipo de relación entre el sistema de instituciones públicas, incluido el Partido, y el sistema de medios, y nuevos modelos de gestión editorial, económica y tecnológica de los medios, subrayó finalmente.

En el encuentro con la presidencia nacional de la UPEC, representantes de Radio Sancti Spíritus, Centrovisión, de la corresponsalía de la Agencia Cubana de Noticias y de Escambray coincidieron en la necesidad de perfeccionar la gestión de contenidos al interior de los medios, de otorgarle mayor jerarquía a la planificación editorial, de emplear narrativas capaces de cautivar a mayores audiencias, y de mejorar el equipamiento tecnológico, sin obviar el transporte, para enfrentar de modo más efectivo la embestida mediática urdida contra la Revolución.

Durante el análisis, que tuvo por sede la Galería de Arte Oscar Fernández-Morera, el presidente de la organización gremial en Sancti Spíritus, Humberto Concepción Toledo, enumeró las principales direcciones de trabajo definidas aquí por el sector periodístico para desterrar de sus prácticas profesionales las manifestaciones de triunfalismo, la estridencia y la superficialidad en el abordaje de determinados ángulos de la realidad cubana.

El presidente de la UPEC en Sancti Spíritus, Humberto Concepción Toledo, expuso las proyecciones fundamentales del gremio para corresponder con los señalamientos a la prensa trascendidos en el VIII Congreso del Partido.

Entre las acciones previstas se encuentran aprovechar en mejor medida los espacios de superación, con énfasis en las variantes online, y fortalecer los vínculos con las universidades con el propósito de aplicarle ciencia a los productos y procesos comunicativos, en busca de respuesta a distintos fenómenos.

Es propósito, agregó Humberto Concepción, potenciar las alianzas con las instituciones, organismos y empresas como vía para conseguir el necesario acercamiento de las agendas mediante la solución de dificultades que aún se manifiestan y que en ocasiones demeritan la credibilidad de los medios.

Por su parte, el jefe del Departamento Ideológico del Comité Provincial del Partido, Yariel Hernández García, resaltó las competencias profesionales de los periodistas espirituanos para corresponder con el nuevo escenario comunicacional y aportar, desde sus funciones, a la continuidad del proyecto de la Revolución.

El jefe del Departamento Ideológico del Comité Provincial del Partido, Yariel Hernández García, destacó las competencias profesionales del gremio periodístico espirituano.

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