HAVANA CLIMA

playitas de cajobabo

Playitas de Cajobabo: “Salto, dicha grande” (+ Video)

Monumento a Máximo Gómez y José Martí en Playitas de Cajobabo. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.Apenas inicia el año 1895 y José Martí vive de un sobresalto en otro. Lleva más de media vida en la emigración, como un errante al que la Corona española le quita cada día una parte de su tierra. Sin embargo, él no pierde tiempo para cultivar la Patria. Ha sufrido años duros, difíciles, y conoce en carne propia la lejanía familiar, la incomprensión más íntima, la ausencia del hijo. Sabe tanto de traiciones y cobardías como de amigos y abrazos.
Es el Delegado del Partido Revolucionario Cubano, el orador, el editor de un periódico, el hombre que une voluntades como piedra angular para el proyecto de la Revolución.
Desde hace años tiene en Tampa y Cayo Hueso sus tribunas más acaloradas, aunque va de ciudad en ciudad para recaudar hasta el último centavo para una guerra que sabe necesaria. Por fin, el 11 de abril de 1895 pone sus pies en la Isla que lo vio nacer.
“En una cáscara o en un leviatán”
El 25 de marzo de 1895 Martí y Gómez firman el Manifiesto de Montecristi. Foto: Canal Caribe.
Hace frío en Nueva York, pero Martí parece concentrar todo el calor en las cartas que una y otra vez envía hasta Costa Rica y República Dominicana. Allí las reciben dos gigantes como Antonio Maceo y Máximo Gómez, que subsisten como pueden sin colgar el machete. El Titán ha reunido a un grupo de cubanos en una modesta colonia; el viejo Gómez ya empeñó su revólver, los lentes y el reloj para alimentar a los suyos.
Son las dos más grandes figuras de la Revolución y Martí sabe que nada de lo que se planee para Cuba puede estar ajeno a ellos.  “Yo ofrezco a Ud. —le dice a Gómez en una de tantas cartas—, sin temor de negativa, este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer del sacrificio y la ingratitud probable de los hombres”.
Con Antonio es igual de directo. “Ud. es imprescindible a Cuba —le reitera en abril de 1894—. Ud. es para mí, y lo digo a boca llena y a pluma continua, uno de los hombres más enteros y pujantes, más lúcidos y útiles de Cuba”.
El Delegado sabe que aun quedan en Maceo los ruidos del fracaso de 1886 y no deja de apelar al héroe que es: “Ayúdeme Ud. con su sobriedad, como me ha ayudado hasta aquí” —le dice en noviembre de 1894—, para un mes después confirmarle algo que ya sabe Gómez: “Mucho hemos padecido, pero ya estamos premiados. No puedo alzar la cabeza; pero Ud. me ayudará de allá con toda su bondad, su ahorro y su cordura”.
Todo está casi listo cuando en enero una delación frustra el Plan de la Fernandina, la cumbre de todos los esfuerzos por llevar tres expediciones fuertes a la Isla e iniciar la Revolución. Es necesario reinventarse sobre la marcha.
El 7 de febrero Martí llega a República Dominicana para unirse definitivamente a Gómez. Ambos saben que el país prácticamente está en pie de guerra y no pueden esperar más. Pasan dos semanas antes de los primeros alzamientos en la Isla. Es 24 de febrero de 1895.
Pero Maceo aun duda. Desde hace semanas le dice a Martí que necesita no menos de seis mil pesos para asegurar su expedición. Tras el fracaso de Fernandina y la pérdida de todo el dinero, el Apóstol apenas tiene dos mil. En medio de los pesares Flor Crombet se brinda para organizar la misión con esa suma. En un giro imprescindible el Delegado pone la encomienda en sus manos. Es una de las llagas que estallarán tres meses después en La Mejorana.
No obstante, solo dos días después Martí le explica al Titán: “¿Qué hacer en este conflicto? Ud. debe ir, con su alta representación, y los valientes que están con Ud. Pero Ud. me dice una y otra que requiere una suma que no se tiene. Y como la ida de Ud.  y de sus compañeros es indispensable, en una cáscara o en un leviatán, y Ud. ya está embarcado en cuanto le den la cáscara (…) decido que Ud. y yo dejemos a Flor Crombet la responsabilidad de atender ahí la expedición”.
Ese mismo día Maceo recibe otra carta, esta vez del viejo General. Desde República Dominicana la misiva es una invitación que parece casi una orden: “No nos queda otro camino que salir por donde se pueda y como quiera. Resuelto Ud., resuelto yo y resueltos todos los iniciados, todo cuanto queramos decirnos sería inútil y tardío en estos momentos de pura acción”.
Durante todo marzo Gómez y Martí intentan organizar su salida de República Dominicana, mientras Maceo y Crombet arreglan la suya desde Costa Rica. Unos y otros deben burlar la vigilancia, el espionaje español y las rencillas internas, como si fuera la última gran barrera antes de pisar suelo cubano. Por fin, el 1º de abril la goleta Honor trae al Titán de Bronce al frente de un grupo de hombres. Justo ese mismo día, el Delegado y el viejo General logran abandonar La Española.
Al mar
Luego de varios problemas por fin los expedicionarios lograron acercarse a Cuba. Mapa: Cubahora.
Una semana antes de ese primer día de abril Martí y Gómez firman en Montecristi firman un manifiesto que simbólicamente une ambas generaciones. Es 25 de marzo y el Apóstol envía la última carta a su madre. “Ud. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida —le confiesa—; y ¿por qué nací de Ud. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo”. Después escribe veloz, con esos trazos de relámpago que marcan toda su vida. “El deber de un hombre está allí donde es más útil”.
Luego, en una explosión de ternura, se dirige a María Mantilla y Carmen Millares, para abrazarlas “muchas veces sobre mi corazón” y también para pedirles que pongan “una escuela para diez niñas, a seis pesos, con piano y español”. Aunque sabe la respuesta, el Maestro les pregunta si lo quieren, justo antes de confesar que no tiene qué mandarles, “más que los abrazos”.
Es una jornada larga y aun resta la misiva a Federico Henríquez y Carvajal, el amigo dominicano. “Yo evoqué la guerra —asegura Martí—: mi responsabilidad comienza con ella, en vez de acabar”. Todo está dicho, hecho, no resta más que lanzarse al mar. En palabras de Gómez, echarse “verdaderamente en manos de un destino a todas luces incierto”.
Por fin pagan tres mil pesos para salir en un barco hacia Cuba. Sin embargo, cuando ya todo está arreglado los marinos se arrepienten y deben buscar una nueva tripulación. Encuentran una, pero el capitán no los lleva a menos que le compren el barco. No se puede perder tiempo y acceden. Durante 33 horas navegan hacia el norte y llegan a Inagua al anochecer del 2 de abril.
Junto a Gómez y Martí también viajan los generales Francisco Borrero y Ángel Guerra, el coronel Marcos del Rosario y el capitán César Salas. En Bahamas tienen otro problema: dos de los tres marinos los abandonan y los habitantes de la ciudad les niegan amparo. Solo los acompaña el cocinero de la tripulación.
Así pasan tres días hasta que el 5 de abril nuevamente logran moverse y toman pasaje en un barco frutero alemán. Tras una pausa en Cabo Haitiano, otra vez regresan a Inagua. Compran un bote por cien pesos. Es el mismo con el que se echarán al mar cuando caiga la noche.
Antes, sobre las cuatro de la tarde, ven por fin, a su derecha, las montañas de Cuba. El capitán del navío accedió a llevarlos hasta las cercanías de las costas cubanas. La embarcación bordea la Punta de Maisí.
El Apóstol permanece en el puente hasta que oscurece. Según Gómez es una noche tenebrosa, con mucho oleaje. “La oscuridad es tal —escribe— que el mar parece un negro manto funerario donde nos debemos envolver para siempre”.
En un momento el barco se detiene y bajo un aguacero descuelgan el pequeño bote, lleno con las armas y los pertrechos de guerra. El viejo General describe la escena con esa precisión tan suya: “caen dentro de él seis hombres; que cualquiera diría que eran seis locos”.
El lugar del desembarco es impresionante. Foto: Archivo.
Ninguno de ellos es marinero y reman mal. Martí y César Salas en la proa, los demás al centro y Gómez al final, con un timón que no logra controlar. Al momento se zafa y lo pierde. No tienen rumbo ni divisan la tierra. Llueve y apenas pueden ver lo que tienen delante. “Ideas diversas y revueltas en el bote”, dice el Delegado.
De pronto, dos figuras en tierra les sirven de guía involuntaria. Hacia allí se dirigen, como pueden, mientras intentan vencer una tormenta que comienza a ceder.
De un remo han improvisado otro timón. En lo alto comienza a verse la Luna. Ya han pasado dos horas y los farallones no los dejan desembarcar, pero tienen la costa de Cuba frente a ellos. Treinta minutos más permanecen en el pequeño bote, hasta que aparece un recodo. Es La Playita, en Cajobabo. Apenas hay poco trecho entre el mar y una pared de roca, altísima, que les cede el espacio justo.
Martí se queda el final para vaciar el bote. Lleva el revólver ceñido a la cintura y está listo para echarse de lleno en la manigua. Este es el momento que planeó durante larguísimos años de dolores y sacrificios. Significa la concreción de un gigantesco trabajo de unión, de limar asperezas, de despertar el fuego dormido de un país que no había olvidado aquella década de guerra.
Cuando ya todo está en tierra él mismo pone un pie en la barandilla y brinca. “Salto. Dicha grande”. Al fin Cuba.
“Una paloma y una estrella”
Detalle del monumento a Máximo Gómez y José Martí en Playitas de Cajobabo. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.
Luego de celebrar lo que parecía imposible hay que subir y echar a andar. Entre todos se reparten un cargamento donde lo más importante son las armas y los dos mil tiros que cada uno lleva. Encuentran una casa, pero no se deciden aun. Descansan un poco y de madrugada por fin llaman.
Los campesinos los reciben, les brindan café, y uno de ellos les sirve de guía. Martí se quita el sombrero para saludar a la familia. Ahora la principal tarea es hacer contacto con los mambises ya sublevados de la zona.
Cualquiera puede delatar su presencia, así que esperan en una cueva. La primera noche en Cuba todos durmieron a la intemperie; en la segunda tienen hojas secas como única comodidad. Esa noche Gómez anota en su diario un pequeño resumen de las últimas semanas: “Desde el día 7 de febrero que Martí se me reunió en Montecristi no hemos cesado un solo instante de estar bajo la ruda influencia de las más diversas vicisitudes. Nunca días más accidentados”.
Los días siguientes son de marcha forzada, loma arriba. Para Martí es un sacrificio enorme, pero asombra a todos por su firmeza. El propio Gómez lo reconoce en su diario. “Nos admiramos, los viejos guerreros acostumbrados a estas rudezas, de la resistencia de Martí, que nos acompaña sin flojeras de ninguna especie, por estas escarpadísimas montañas”.
Ese día, quizás mientras el viejo General anota en su cuaderno, el Maestro deja una nota que descubre su espíritu durante aquellas jornadas. “Y en todo el día, ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado. Miro del rancho afuera, y veo, en lo alto de la cresta atrás, una paloma y una estrella”.
Al día siguiente Gómez lo nombrará Mayor General del Ejército Libertador. Pocas jornadas después ambos se reunirán con Antonio Maceo en La Mejorana. Y exactamente dos semanas más tarde Martí caerá en Dos Ríos.
Será la muerte más trágica de la guerra, el final de un ciclo que el Apóstol anunció antes de tomar aquel bote hasta Playitas de Cajobabo: “Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí, ya es hora”.
En video, Eusebio Leal habla del desembarco:
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