HAVANA CLIMA

PERIODISTAS ESPIRITUANOS

Adiós, damisela encantadora

Este martes fue sepultada en Sancti Spíritus Marisela Hernández García, reconocida por sus aportes desde las filas de la prensa tanto radial como impresa, y muy querida por su carisma personal
Marisela era la viva estampa de la alegría. (Foto: Tomada de su perfil en Facebook)

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A Miguel Baguet el día se le volvió triste tan pronto como escuchó la noticia por la radio, la misma radio a la que ella le dedicó muchísimos años de su vida. Fundador del periódico Escambray, evocó de inmediato a la reportera sonriente, amable y sensible, con quien bromeaba casi a diario. «No, muchacho, estate tranquilo, que tú eres muy regado», le decía ella muerta de risa cada vez que él la enamoraba.

Pero la tristeza de este lunes en la noche, o de este martes desde el amanecer es común a muchos. La confiesan su amiga Amelia desde Cienfuegos; la compañera de estudios y luego vecina María del Carmen, desde España; la periodista Ana Martha, desde Trinidad, a quien abrió las puertas de su corazón cuando llegaba a la Emisora Provincial; la escritora Mirta, desde Cabaiguán, nacida en su mismo barrio; la condiscípula Arlene, desde La Habana, quien jamás conoció “a alguien tan noble de carácter como ella”.

Marisela era la viva estampa de la alegría, y lo demostraba a diario con esas ganas de hacer que la llevaron a ser reconocida y querida donde quiera que trabajó. Licenciada en Español y Literatura, poseía un excelente dominio del idioma; eso, más un poco de astucia, le permitió incursionar con éxito en el periodismo. En Escambray atendió durante años primero el sector educacional y luego el de la salud, pero ponía tanto corazón en cada trabajo que centenares de personas recuerdan todavía textos suyos, donde abordó situaciones, cuestionó o elogió conductas.

Amiga de sus amigos, Marisela solía visitarlos y estar al tanto de sus problemas. Amaba particularmente a los niños y alguna vez me confesó que entre sus desempeños laborales había disfrutado más los de la programación infantil, tanto en Radio Sancti Spíritus como en Radio Vitral, emisoras donde fungió no solo como periodista, sino también como realizadora.

No le fue fácil en la vida. La acompañé en múltiples sufrimientos, que venció con estoicidad de grandes; en particular la pérdida de su madre.

Un Parkinson le comenzó a rondar años atrás y ella, dada a la apariencia digna y a la elegancia hasta en el hogar, ni siquiera lo declaró. No quería envejecer, mucho menos morir, pero la enfermedad le ganó la pelea.

Busco y no encuentro una imagen que le haga justicia a mi bella, noble, recatada y presumida colega. Fotografías que guardaba sucumbieron ante la rotura de mi ordenador. Entonces acudo a su perfil de Facebook, donde hace años no escribía. Y encuentro algunas que la muestran feliz, como quisiera recordarla. Dos de ellas, en un encuentro nacional de mujeres danzoneras junto a Lidia, su amiga y vecina, quien fue, además de Sachy, su hija querida, quien la atendió en los peores momentos. La otra, junto a Odalis Cid, de Radio Vitral, durante una cobertura de prensa.

Entonces tomo prestada la frase con la que la calificó un amigo común, ya fallecido, cuya compañera de vida me contó al respecto. Él la llamaba «damisela encantadora», y esa combinación de palabras, creo, le viene a Marisela como anillo al dedo. 

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Ada González Curbelo, una radialista leal

Escambray se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social, así como los que no guarden relación con el tema en cuestión.

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Yo sigo con la grabadora en la mano (+fotos)

La radio hechiza con esa ilimitada riqueza expresiva que posee, asegura Arelys.
(Foto: Félix Súarez)

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Quien la ve empuñando el celular lo mismo delante de un médico, una recogedora de café, del Héroe de la República Gerardo Hernández Nordelo, un funcionario o en una cola de las farmacias no aquilata que a esa mujer diminuta de estatura le crezcan, luego, historias tan inmensas. Les han ido naciendo de una pasión sin límites por convertir aquel concierto de voces dispares en una sinfonía de carne y hueso. Ha sido esa, tal vez, la banda sonora de su vida. Y estremece.

A Arelys García Acosta le conmueve desde hace más de tres décadas la radio y ha sabido conmover a través de esas ondas sonoras que se cuelan más adentro que en la sala de la casa. Acaso porque ella misma es la sensibilidad que le agua hasta el alma y la paciencia, el hablar en susurro —aunque de vez en vez alce la voz para abogar por algún derecho o para requerir a Pablito o a Alejandro, sus hijos—, los ojos de uno y el horcón de todos.

Y el Premio Provincial de Periodismo por la Obra de la Vida Tomás Álvarez de los Ríos ha venido a reconocer los desvelos de una vida entera y a permitirnos escucharla, como pocas veces, con la grabadora apuntándole hasta sus esencias. Las palabras van ciñéndosele de pies a cabeza y descubriéndola: Arelys tal como se oye es.

En cada viaje a las esencias de la obra solidaria cubana en Venezuela cabía el asombro, y me sentí responsable de hacerla trascender, comenta Arelys.

Graduada de Letras de la Universidad de Oriente, ¿cómo y por qué llegas al periodismo?

Hace más de 31 años llegué a la emisora serrana Radio 8SF, en Segundo Frente. Había un solo estudio y desde allí se transmitía en vivo, se montaban los programas grabados y a altas horas de la noche se asistía a la hechura de una crónica o un reportaje. Ese ambiente de creación periodística me conquistó. 

Radialistas muy sensibles como Jorge García Orce, Eddy Gamboa, Abelardo Osorio y Betty Beatón me enseñaron a encontrar en las historias cotidianas el rostro humano de la radio y de la noticia, en particular; esos relatos debían ser carne y hueso de nuestros partos diarios, por decirlo de algún modo.

Quizás fue la tanta nobleza de los campesinos de aquel lomerío, la naturaleza, la historia de esos parajes; lo cierto es que un buen día, a las cinco de la mañana, me vi en las alturas de Tumba Siete, frente a Edelmira Tejera, una recogedora de café millonaria, con una filosofía de vida y una manera de cantar décimas sorprendentes. En esa ocasión, un radialista apasionado, Enrique Ojito Linares, mi profesor y compañero de vida durante más de 30 años, me dijo: “Grabaremos hasta el canto de esos guariaos que vienen desde las lomas porque eso, también, le dará color a la crónica”. Desde entonces, quedé alucinada por esa manera de hacer radio y hacer periodismo.

¿Cómo fue el aprendizaje en esos años iniciales?

Esos años iniciales fueron de descubrimientos; por aquella época Radio 8SF se convirtió en un laboratorio de creación y en un referente de radio comunitaria. Casi todas las semanas se convocaban talleres periodísticos, de programación. Todos aprendíamos de todo y de todos. Por otra parte, la emisora registraba altísimos niveles de audiencia, y cuando salías a la calle las personas te abordaban lo mismo para sugerirte un tema, que para hacerte otra recomendación.

Pero una de las lecciones que guardo de aquellos tiempos es que se puede hacer una radio digna, incluso con pretensiones artísticas, con un mínimo de recursos, con herramientas tecnológicas muy rudimentarias. Con una grabadora SONY, de casete, que pesaba una tonelada, se conquistaba el mundo. En aquellos 60 minutos de grabación cabía buena parte de la existencia misma de la serranía. Mis maestros me insistían, entonces, conciliar realidad y creatividad y no olvidar, sobre todo, el mandato primero de la radio: hacer ver la vida a través de los oídos.

Más de 30 años después permaneces haciendo radio, ¿hechizo o necedad?

Las dos cosas. La radio hechiza con esa ilimitada riqueza expresiva que posee, y que cuando esta se aprovecha, la potencialidad del discurso periodístico radiofónico puede humanizarse más. Ir hasta el escenario mismo de los hechos, describir ambientes, darles color y hasta olor a las historias contadas por sus protagonistas se han convertido para mí en una necesidad y hasta en una necedad, por qué no admitirlo.

La radio me apasiona, además, por su poder de persuasión, de movilizar sentimientos. Ahora me viene a la mente lo sucedido la madrugada del 15 de junio del 2002, cuando las cortinas de la presa Lebrije amenazaron con romperse y sus aguas devastar el poblado de Jatibonico y caseríos aledaños.

Ese día, una voz nacida desde los micrófonos de CMGL, Radio Sancti Spíritus, convocó entonces al pueblo. En menos de tres horas más de 35 000 personas asistían a la mayor evacuación de que se tenga noticia en Cuba hasta hoy. Nunca la radio fue tan oportuna. Por esa y otras vivencias, la radio —al menos para mí— se ha elevado a la estatura de imprescindible.

Arelys: La vocación del periodismo es servir y hace bien enaltecer la vida de otros.

Contar desde la piel de los otros ha sido como una obsesión, pudiera decirse, en tu quehacer periodístico, ¿por qué ese desvelo por humanizar el mensaje, por las historias de vida tan ausentes, a veces, en nuestra prensa?

Al periodismo que hacemos le faltan latidos, lo decía el colega santiaguero Reinaldo Cedeño. Aun cuando ciertos materiales periodísticos asoman luces sobre el asunto, el diarismo, como tendencia, ahoga en cifras a los seres humanos que hay detrás de cada hecho noticioso; a mi modo de ver, falta describir más, narrar más, hacer oír, desandar más los caminos del cubano de a pie.

No podemos ser solo periodistas de gabinete, hay que hacer del reportaje, de la crónica, del género que se trate, la noticia vivida. Aunque, para ser sincera, eso a veces no basta. Un escritor y periodista español, Eduardo del Campo, reflexionaba sobre este tema y decía: “¿De qué sirve un enviado especial que se hunda en el barro y la sangre, si luego a su historia le falta humanidad, tensión, coherencia o vida?”.

Busco darle rostro a la noticia y he descubierto así desde un pocero ciego que cava la tierra y encuentra el agua en las profundidades, hasta un médico que en tiempos de covid, como alguien apuntara, “literalmente se ha matado por salvar al resto”. A propósito, la cobertura periodística de la pandemia ha revelado las competencias profesionales de muchos colegas al adentrarse en la piel de los seres humanos, ya sean víctimas del virus, personal de salud, de apoyo, para hacer más cautivador y efectivo el mensaje.

En tantos años de ejercicio periodístico, ¿cuál ha sido tu peor fiasco profesional?

Todo error periodístico duele y es difícil borrarlo de un plumazo cuando se tiene vergüenza profesional. Cierta vez, debido a la desconcentración a la hora de redactar una nota informativa para Escambray sobre la aplicación del Heberprot-P en pacientes espirituanos, cambié la unidad de medida que deben tener las úlceras del pie diabético para ser tratadas con este fármaco cubano; di la cifra en milímetros, en lugar de centímetros. Si el eminente doctor Jorge Berlanga, creador del medicamento, hubiese leído la información se hubiera quedado patitieso, dicho cubanamente. El mismo día de la publicación, el cirujano Leonel Albiza tuvo a bien alertarme del error, y sinceramente se lo agradecí.

En el plano profesional y personal, ¿cuáles fueron los aprendizajes de tu misión en Venezuela?

El primer desafío fue aprender, en apenas días, a editar y musicalizar mis propios trabajos, a sabiendas de que a cualquier hora y en cualquier lugar tenías que tributar para emisoras nacionales de mucho prestigio como Radio Rebelde, Radio Habana Cuba… El equipo de prensa acreditado allí, hizo periodismo prácticamente en condiciones de campaña. El amanecer podía sorprendernos en una canoa sobre las aguas del río Orinoco, en los cerros más elevados de Caracas o en las comunidades indígenas de extrema pobreza del estado de Zulia.

En cada viaje a las esencias de la obra solidaria cubana cabía el asombro, y me sentí responsable de hacerla trascender. Recuerdo, por ejemplo, aquellas entrevistas en la lancha de Aureliano Monterola durante el trayecto hasta la isla de Pedernales. Supe de los partos hechos en plena travesía, de los niños deshidratados salvados en medio de aquel océano de agua dulce, y hasta de la enfermera María, que a la luz de un farol cosía los paños de los bebés nacidos en aquella zona selvática. 

A escasos días de la llegada a Venezuela, fuimos a la parroquia de Santa Rita, estado de Zulia, ubicada a la orilla de un hueco abismal dejado por un deslave. A pocos pasos de este lugar, una niña recién nacida tenía como cuna una hamaca bajo los árboles. Y hasta allí vi llegar a una doctora guantanamera, que llevaba, además del estetoscopio, la medicina del cariño. Allí surgió una de las crónicas más queridas.

En la brasa de la escritura para Escambray he confirmado la profundidad del periodismo y ello impone un respeto enorme, señala la multipremiada.

¿Qué gratitudes e ingratitudes te ha granjeado el periodismo?

He ganado la gratitud de gente humilde que he descubierto en la lavandería de un hospital, en la Zona Roja de un centro de aislamiento, en los cañaverales de Dos Ríos, Palma Soriano, o en un monte de marabú en la Loma del Infierno, Cabaiguán, donde una mujer de 64 años desbroza los matorrales a machete limpio. La vocación del periodismo es servir y hace bien enaltecer la vida de otros.

¿Ingratitudes? No siempre las fuentes oficiales comprenden el aquí y el ahora del periodismo. La inmediatez, más en la radio, pasa la cuenta cuando un directivo deja reposar un dato a la sombra del burocratismo o a la espera de que el jefe superior autorice brindarlo. Ante esa zancadilla, lo importante es tocar otra puerta para acceder a la información y, en consecuencia, el oyente la reciba y, al final, no te pase la cuenta como reportero.

La ingratitud también ha aparecido cuando cierto directivo se somete a juzgar determinado trabajo que has realizado, al suscribir a ciegas la opinión de otro funcionario, sin ni siquiera haber escuchado un segundo la información original radiada. No es que ocurra todos días, pero me ha sucedido, como a tantos otros colegas más. Esos burócratas pueden que permanezcan un tiempo en sus funciones; yo sigo con la grabadora en la mano.

En tu realización periodística se puede encontrar lo mismo la historia de una carbonera, la entrevista a un médico o el testimonio de Gerardo Hernández Nordelo, ¿qué temas prefieres abordar? ¿Cuántos detalles y desvelos hay detrás de cada una de tus entregas?

Los temas sociales han sido brújula en mi ejercicio, te dan las coordenadas para el hallazgo de lo real maravilloso en lo cotidiano. Reportajes relacionados con la venta ilegal de medicamentos, con los altos precios aprobados para el expendio de estos a partir de la aplicación de la Tarea Ordenamiento o con las indisciplinas de parte de la ciudadanía en las colas en las farmacias me obligaron a compartir vivencias, levantarme a las tres de la mañana y ponerme en la capilla ardiente, por ejemplo, de los revendedores de turnos.  

Los sucesos históricos, igualmente, me han espoleado en el orden profesional; no me dejarán mentir los testimonios de Neysa Fernández Rojas, la única alumna que logró alfabetizar el joven maestro Manuel Ascunce; de Héctor Soto Izquierdo, uno de los mejores antropólogos del mundo, que integró el equipo de expertos cubanos que encontró en junio de 1997 los restos del Che y de varios de sus guerrilleros en áreas de la pista antigua del aeropuerto de Vallegrande, Bolivia; y de las hermanas Marlene y Brenda Esquivel, torturadas física y psicológicamente en el estado de Aragua, Venezuela, por el terrorista Luis Posada Carriles en 1972.

El ejercicio del periodismo ofrece oportunidades únicas. Varias de las entrevistas que realicé junto a Ojito a las madres, hijos y esposas de los Cinco Héroes, así como a Gerardo Hernández, René González y Ramón Labañino fueron sacudidas estremecedoras e implicaron, en lo personal, el desafío de contar sus historias desde ángulos menos trillados; al menos, intentamos no apelar a un discurso periodístico repetitivo.

Compartes vida y profesión con una pluma cinco estrellas, ¿cómo es lidiar con ese Ojo escrutador todo el tiempo?

 Ojito y yo establecimos, hace 30 años, esas ligaduras necesarias de las que muchos hablan. Juntos hemos ideado proyectos, hemos compartido un estudio de grabaciones días enteros, incluso, madrugadas. Nuestro cuarto es prácticamente una redacción informativa. Escruta mis trabajos con la lupa del profesor y el periodista inmenso que es. Sin duda, es mi más exigente censor. Hay muchas luces en Enrique Ojito Linares y agradezco que su humildad sea tanta como para respetar mi espacio y hacer que yo construya mi obra con luz propia.

En la prensa escrita te desenvuelves con igual desenfado que en la radio, ¿por qué sigues apostando por el discurso radiofónico?

En la radio vivo un embeleso del que no he podido desprenderme; a la vuelta de los años, me sigue seduciendo la capacidad expresiva de las voces de los protagonistas de los hechos noticiosos, de los ambientes sonoros tomados in situ, de la música y hasta del silencio. Y en esos andares creativos, he encontrado en Elsa Ramos la maestra mayor, por ser una periodista todoterreno.

En la brasa de la escritura para Escambray he confirmado la profundidad del periodismo y ello impone un respeto enorme; mido el peso de cada palabra que escribo para Escambray. Confieso haberme sentido deslumbrada, más de una vez, por las posibilidades ilimitadas que brinda la prensa impresa de combinar realidad y literatura.

Arelys ha recibido importantes premios en su carrera periodística, tanto a nivel provincial como nacional.

Con importantes premios en tu carrera periodística, tanto a nivel provincial como nacional, ¿qué ha venido a significar el Tomás Álvarez de los Ríos?

Este premio viene a oxigenar mi vida profesional e, incluso, personal, y si apelo a la memoria del corazón, es un tributo a mi madre que hilvanó sola la vida de sus tres hijos en una máquina de coser; es agradecimiento infinito a Ale y a Pabli, nuestros herederos; a Ojito por los saberes múltiples que me ha entregado sin reparos y también a mis colegas de Radio Sancti Spíritus, forja de mis mejores cosechas.

A la vuelta de más de tres décadas, ¿sigue siendo el periodismo una pasión o un peso en tu agenda?

A pesar de algún que otro sinsabor quedado en el camino, el periodismo me continúa seduciendo; aunque a veces uno llega a la casa y no quien ver, ni por seña, una computadora, porque, bien sabes, Daya, que los periodistas no somos robots. Sin embargo, esa desazón pasa volando, y antes de acostarte, te ves pensando en la historia que contarás al otro día.

Ojito escruta mis trabajos con la lupa del profesor y el periodista inmenso que es. Sin duda, es mi más exigente censor, expresa Arelys.

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VisionEs: Un Quijote en el alma de Escambray

El pasado 4 de octubre se nos fue físicamente, por complicaciones asociadas a la covid, Juan Antonio Borrego Díaz, quien desde 1997 dirigió los destinos de Escambray. Más que un paradigma para el periodismo espirituano y cubano, Borrego fue un ser excepcional. Que esta emisión de VisionEs, su último gran sueño realizado, sirva para rendir homenaje a su fructífera existencia
VisionEs, el noticiero del periódico Escambray.

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El faro de Escambray

Gracias a su ejemplar conducción, Escambray ha merecido importantes reconocimientos. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

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Sentado al borde de esa mesa ha estado durante casi 24 años. Más alto que todos y más humilde que nadie; más inconforme que ninguno y menos descansado que los demás; más lúcido que los otros y más atrayente que un imán. Sobre él gravita todo —y gravitamos—: las páginas de un periódico que hace y deshace a diario, las ruedas sin repuesto de los carros, las sillas para acomodar la redacción periodística, el micrófono para grabar el noticiero VisionEs, los pesares de la vida de los otros.

Lo ha sostenido sobre sus hombros en aquella oficina de puertas abiertas de par en par como su alma. Es esa su casa, su campo de batalla, la fragua de los amigos, su refugio, su templo, su familia otra que ha ido cimentando desde las diferencias y sobre el amor común: el periodismo. Y todavía está allí.

Con los mismos ímpetus, como aquella mañana cuando se enteró que había aparecido una bomba en El Pedrero, cincuenta y tantos años después, y “explotaron” todas sus fascinaciones. Entonces la llamada inesperada a su oficina, la ilusión casi infantil por develar aquel misterio, la componenda para armar el viaje en horas, la insistencia de no dejar de preguntarle a nadie ni a los vecinos ni a los militares y la pasión avivándole los ojos hasta que detonó:

—Madame —el apelativo que usurpó y eternizó para nombrarme—, te vas para El Pedrero y no vires con la agenda vacía. Ya estás atrasada, el sábado hay que contar eso.

—Lindoro —el apodo con el que lo bauticé y que se me ha escapado hasta en los espacios más formales—, ¿qué voy a decir? Yo no sé escribir de eso.

Pero Borrego —y yo que tantas veces le he escrito en broma no me permito ahora seriamente hablar en pretérito—, que estremece más que un detonante, no entiende de pausas en esa constante búsqueda de lo inédito. Acaso porque es director de Escambray con el mismo apasionamiento que es periodista a tiempo completo. Lo entendemos, sobre todo, ahora: su vida ha sido el periodismo y viceversa.

BRÚJULA

“Escribir es una necesidad, es parte de mi contenido de dirección. Cuando en una se mana no escribo ni una nota me pongo como un perro con bicho”, me confesó el día aquel que me colé en su despacho con la grabadora encendida y camuflada sin decirle que lo entrevistaba. Demasiado esquivo para hablar de sí mismo, demasiada vocación para aquilatar el mérito de los otros antes que los suyos.

Y porque le corre también por su tinta ningún tema le ha parecido proscrito jamás. Ha azuzado, por el contrario, a que en las páginas de Escambray se retrate de cuerpo entero la prostitución con sus dolores y bajezas, se denuncie la corrupción que corroe, se diga con todas las letras cuando las fuentes oficiales han callado, se escriba desde los exorbitantes precios de los carros, la emigración, los juegos ilícitos… hasta el cierre de los centrales azucareros.

Para seducirlo editorialmente ha bastado plantarle el tema delante, pero con todos los fundamentos: los objetivos, las aristas por abordar, las fuentes, las infografías… Y para sostenerlo ha sido suficiente un argumento que ha devenido su arma y nuestro escudo: “Nadie te va a colgar en el mural los problemas”, ha repetido sin cansancio.

Es ese instinto por espolearles a los otros la inquietud de hurgar siempre, de contar la vida en la voz de los protagonistas, de no conformarse, como él, nunca.

Sin discernir entre plumas noveles y experimentadas. Borrego no anda en bandos: los jóvenes pueden apasionarse y escribir como los consagrados y los de más canas pueden ser pueriles otra vez y desvelarse como el primer día. Es esa la arcilla que ha ido moldeando en Escambray y, a veces, uno no se da cuenta de que no ha hecho otra cosa que ir esculpiéndonos.

Ni lo ha advertido él tampoco. Incrédulo como es, en lo único que no ha dejado de con fiar nunca es en su gente. Por nosotros ha sido chaleco antibalas cuando más de un trabajo ha desatado alguna balacera; por nosotros ha tenido que bajar la cabeza cuando se ha publicado algún error; por nosotros se ha enrolado lo mismo en una fiesta que en una sala de hospital.

Y se ha dejado conducir también, más —creo hoy— por saberse proa de un velero que empujamos entre todos. Se atrevió, sin zozobra de principiante, a lanzar Escambray a navegar en las redes de Internet en la década del 90, a multiplicarlo luego en Facebook y Twitter, a apostar por la azarosa travesía que ha llevado hasta VisionEs, el noticiero de Escambray, que le ha implicado convertirse lo mismo en operador de sonido, electricista, asistente de dirección… mástil.

Porque Escambray es un medio universal y de esa visión casi onírica han nacido también no pocas coberturas: el secuestro de los médicos cubanos en Kenia, el incendio del parque Alejandro de Humboldt, la terrible caída de aquel Boeing 737-200 en La Habana…

Acaso es ese el modo de asumir el periodismo sin límites, sin los cercos que terminan, a la postre, cercándonos la creación. Y de tal fe ha profesado en todos sus trabajos: en sus comentarios acerca de la crítica en los medios de prensa, en los reportajes sobre el Canal Magistral de la Zaza, en las entrevistas a testigos del bandidismo en el Escambray… Ha sido en todos estos años brújula y ahora mismo, como por inercia, andamos tras su rumbo.

PENSAR EN LOS OTROS

Roja se le puso hasta la calvicie el día aquel que en la delegación de base de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) se le propuso para optar por el premio provincial Por la Obra de la Vida Tomás Álvarez de los Ríos; ardió de la vergüenza. Pero valió la pena y el (dis)gusto.

Todo por esa obsesión suya de proponer antes de que lo propongan, de empujar a concursar a sus reporteros antes de mandar un trabajo con su firma, de querer quedar a la sombra siempre cuando es él, precisamente, la luz.

Y por pensar en los demás ha declinado no pocas propuestas. Lo hizo ante aquella llamada del director del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología de la provincia. Entonces iniciaba el ensayo clínico con Abdala y a él, que en Granma y Escambray había abordado temas científicos, lo llamaron para incluirse en el estudio. Mas, su respuesta fue tajante: “Si mis subordinados no se pueden vacunar, yo tampoco”.

Anteponer a los otros es parte del alma montuna nacida y criada en Jicotea, su Macondo de Yaguajay, y por más pueblerino que parezca de ese campo no se le ha desprendido ni uno de los ariques de la nobleza. Le quedan tan solo unos resabios cerreros que hemos ido aprendiendo a sobrellevar con la misma agilidad que pasa de clavarte una herradura en la frente —como le digo y lo niega— a estamparte un beso en la cabeza.

Únicamente por eso, por su diplomacia sin academias y porque, al decir de él, “yo he dirigido todos estos años por amistad”, es que se ha dado por vencido en pocas ba tallas como cuando la mayoría en el Consejo Editorial se niega a “bajarle” la estimulación salarial a alguien o le aventajan en masa para reconocer algún trabajo. Otras, pocas ocasiones, ha impuesto su carácter y su decisión.

Pero ha ganado más su mano en el hombro, su llamada a deshora solo para saludar, su preocupación constante, su magia para comprometer, su modo tan sutil de conminar: “Eres tú quien tiene que hacer eso”.

Lo mismo un sábado que un domingo; lo mismo estando de vacaciones que durante su misión periodística en Venezuela que mientras acude a las sesiones de la Asamblea Nacional… No ha dejado de estar en Escambray ni un día.

Tampoco lo ha hecho ahora cuando dicen que la covid, que tanto burló, ha intentado ponerle punto final a su existencia. Incierto. Hay palabras que desbordan planas enteras, hay proyectos en pausa, hay un salón de reuniones que espera por remodelarse, hay decisiones por consultar, hay muchísimas historias por contar.

Aún dentro nos vive con la misma intensidad que nos duele. Aún dentro de aquella oficina está sentado en la silla negra más alta que las otras, pasándose la mano por la cabeza tan pelada, callando para escuchar, hablando para crear juntos…

Se yergue, pero no se va. Luce más alto ahora, altísimo, como los faros que guían siempre y nunca se apagan.

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¡Carajo!, Juan, no pudiste salir de ese laberinto

Borrego, junto a otros colegas egresados de la casa santiaguera de altos estudios.

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Su enorme cuerpo llegó a convertirse en un hilo de luz que temblaba como luna en agua y que quisimos avivar para que no se apagara. Cuando comprendimos que la ciencia ya no podía sola mantenerlo con vida, muchos encendieron velas en el lugar más discreto de la casa; aprendí a rezar y me vi delante de una minúscula Virgen de la Caridad del Cobre —qué importa el tamaño, si aseguran que su alma es inmensa—, que compré a los pies del santuario en aquel viaje a Santiago de Cuba, con el colectivo de Escambray, otro de sus tantos proyectos. Pero ni la ciencia ni la Virgen hicieron el milagro. Y perdí a mi hermano.

Porque Juan Antonio Borrego Díaz (Juan, para sus allegados; Borrego, para el gremio periodístico) fue, ante todo, mi segundo hermano; luego sería un versátil corresponsal de Granma y el director, por casi 24 años, de Escambray, su realización mayor, que condujo con la fuerza hercúlea de su inteligencia y la humildad de un guajiro de Yaguajay, alérgico a las poses, estrados y portafolios.

Que esta hermandad nació en la Universidad de Oriente lo sabe medio mundo; que en los Altos de Quintero fundamos otra familia junto a Elsa, Mary Luz, Humberto y Oscarito, también. A bordo de un Lada carmelita —como escribí años atrás—, arribamos a finales de agosto de 1983 a Santiago de Cuba para cursar Periodismo. Nadie podría sospechar que aquel jovenzuelo de 18 años, larguirucho, de zancadas largas y tímidas y de cuyo hombro colgaba una cartera de cuero duro, con pinta de haber pertenecido al Ejército Rojo, devendría modelo de líder creativo de los medios públicos cubanos. Y jamás se lo propuso.

Lo logró por su sabiduría, que no humillaba, delatada por la calvicie prematura. Ya fuera en una partida de dominó en el edificio de la beca para ahuyentar las nostalgias de su casa de tablas y tejas, levantada por sus padres Eldo y Julia en la esquina de un potrero en Jicotea; ya fuera debajo del frondoso algarrobo del hotel Rancho Club, tomando una cerveza en el borde de una madrugada, Juan, sin más allá ni más acá, se mandaba una anécdota sobre las discrepancias entre Bolívar y Santander, y uno se quedaba de una pieza.

Su obsesión por la figura del Libertador lo llevó a recitar pasajes completos de El general en su laberinto, de García Márquez; disfrutaba, como pocos, la majestad del mayordomo José Palacios, hombre de “cabello encrespado de color de ardilla”, y su comunión con el guerrero, de “cuerpo desmedrado”, quien, a punto de partir, exclamó: “Carajos. ¡Cómo voy a salir de este laberinto!”.

Como pocos, igualmente, Juan celebraba la imaginación real y mágica del Gabo; aunque, cuando me comentó acerca de Memorias de mis putas tristes, salió con otra de sus tantas frases lapidarias: “No le da ni por los tobillos a Cien años de soledad”.

Y lo sostenía porque no se ausentó ni un minuto de las conferencias de Literatura Hispanoamericana, dictadas por el profesor Osmar Álvarez. Embelesado quedaba con sus disertaciones y las claves que refería para desmontar la obra garciamarquiana.

—Perdimos al mejor de la clase, le reafirmé este 4 de octubre a Jorge García Orce, de nuestro grupo universitario, del otro lado de la línea telefónica.

—Seguro, hermano, seguro.

Aunque, ahora que recuerdo, solo lo aventajé en algo: en la forma de romper caída en las prácticas de judo; entendible por su estatura de talla extra. En la fauna que nos inventamos para sobrellevar los días universitarios, él era la “jirafa” y este servidor, el “pitirre”. Por cierto, cuando a la tropa de la Facultad de Artes y Letras se nos metió entre ceja y ceja quitarnos el sambenito de “sotaneros” en los Mambises, lo mismo jugó la primera base del equipo de pelota, que tuvo la malla de voleibol de por medio, encestaba canastas de tres puntos, o compilaba las estadísticas para la tabla de posiciones como si lucháramos en la más ilustre de las olimpiadas; con el empuje de todos, nos llevamos el gato al agua.

Desde siempre fue un alumno todoterreno, que supo administrar milimétricamente su tiempo. En quinto año de la carrera, cuando la mayoría estábamos aplicando aún los instrumentos de investigación, Juan llevaba, debajo del brazo, la primera versión de su tesis, que puso en mis manos en su casa. Me la leí de un golpe, entre sorbo y sorbo del vino criollo, aderezado por Julia; en tanto, él ayudaba a Eldo a recoger la cosecha de frijoles. Un punto y coma aquí, la repetición de un término por allá. No más.

Mientras casi el resto de la clase emprendía estudios de audiencias o análisis de contenido de la producción periodística de la época, prefirió lo más complejo: examinar la evolución de la perspectiva martiana en torno a los sucesos de Chicago a través de tres crónicas: Grandes motines obreros, El proceso de los siete anarquistas de Chicago y Un drama terrible, reveladoras de la rectificación pública de sus criterios, que transitan desde la condena inicial a los trabajadores, hasta el reconocimiento de su inocencia, en una lección de ética periodística ejemplar.

Una mañana de junio de 1988, bajamos, codo a codo, la escalinata de Quintero para defender las tesis; otra mañana, pero de julio, nos sentamos, codo a codo, en el teatro para recibir el título de la licenciatura. Ese día a estos dos montunos por poco se les salen los ojos de las cuencas al subir a escena la mismísima Alicia Alonso con Muñecos, bailado como si estuviera poseída por Terpsícore.

Cantó alguien, que lamento no recordar; han transcurrido más de 33 años, y el tiempo desenvaina su daga, que, no por casualidad, mantiene con vida la noche en que asistimos al concierto de Silvio, donde casi tocamos las cuerdas de la guitarra y enmudecimos por tanto coro —claro, desafinado— a Ojalá, Sueño con serpientes…

—¡Ñooo! El tipo es un caballo, dijo con lo que le quedaba de voz.

EL QUE VIO MÁS LEJOS

En septiembre del 1988, comenzamos a andar a tientas en la profesión; él, en Radio Sancti Spíritus, y yo, en Escambray. Tropezamos, caímos; nos asimos a los ramajes de los robles añosos. Y empezamos a conspirar.

Para espantar la asfixia del diarismo, ideamos más de un viaje a La Habana. De allá, trajimos en la agenda las historias de mutilados de guerra de El Salvador, bajo tratamiento médico en Cuba, y los vaivenes en la construcción del hotel Neptuno, donde intervenía un contingente espirituano.

En ese retorno, el Lada blanco, en que íbamos, nos jugó una mala pasada, y no quedó otro remedio que coger la orilla de la Autopista Nacional. Ni los tirones del caballo de un vecino revivieron el motor. Unas papas que compramos en una tienda, a más de un kilómetro, nos calentaron el estómago esa noche. Al amanecer, soñoliento, siento a alguien extraño en el asiento trasero; era la voz de uno de los entrevistados. Juan preparaba ya el reportaje radial.

Aunque lo seducía la inmediatez de ese medio, en marzo de 1990 cruzó definitivamente el umbral de Escambray. Sin el menor de los complejos, se estrenó como asistente de redacción, pese a ocupar una plaza de reportero. Poco después, nacería la sección Gente nuestra, proyecto común para darles espacio a los rostros desconocidos de la noticia, como Timbales, célebre desmochador de palmas en la comarca de Jicotea.

Por la avidez de conocer, asimiló los códigos básicos del fotorreporterismo, el diseño gráfico, la edición de textos y de la hipermedia; saberes que les resultaron cardinales, primero, como subdirector del medio a partir de septiembre de 1994 y, luego, como director de este, desde noviembre de 1997.

No olvidó la premisa de que los árboles hacen el bosque, y que ninguno se asemeja al otro. Al parecer, por ello, devino, en las lides periodísticas, juez severo de su hermana Mary Luz, lúcida pluma de Escambray, a quien no favoreció ni con una línea de más de las previstas para la publicación de sus textos en las páginas del medio, ganador de notables galardones del gremio, entre estos el Gran Premio Acumulativo del II Festival Nacional de la Prensa Escrita, entregado por Fidel.

De las manos del líder, Juan merecía recibirlo; pero siempre buscaba embajadores para que lo representaran —se escudaba en increíbles pretextos—, díganse un evento en La Habana, Ciego de Ávila, adonde el medio presentó sus experiencias en la gestión editorial del sitio digital, proyectos que siempre contaron con el aporte de su esposa Mirelys, mano derecha en la web, plataforma que nos catapultó a las fronteras mundiales.

Quedó demostrado el 4 de noviembre del 2010, al precipitarse a tierra un avión de AeroCaribbean S. A., al sur de Sancti Spíritus, que ocasionó la muerte a 68 personas, de varias nacionalidades. A escasos minutos de la tragedia, Juan timbró a mi casa.

—Ojo, se cayó un avión.

—¡¿Quéeee?! ¿Dónde?

—Cerca de Mayábuna; estoy aquí, con Brito. Dicen que el avión salió de Santiago. Todo está en llamas. Búscala.

La busqué; buscamos la noticia, que fuimos construyendo a pedazos y en equipo. Esa cobertura certificó las cualidades de estratega editorial de Juan, en cuya oficina me aparecí una tarde de mayo del 2020, luego de varias semanas sin vernos por la covid.

—¿Qué tú haces con ese bastón? No me digas que te lo buscaste para trabajar menos.

Y las últimas palabras casi se le quedaron atrapadas en su garganta. No vi su rostro, sí la voz. El pasado lunes ni vi su rostro ni su voz. Arelys colocó mi mano tibia sobre su mano fría, muy fría. Dicen que dormía. ¿Será verdad?

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El gran mérito de Borrego fue hacerlo todo de manera natural

Colegas del gremio periodístico enaltecen la profesionalidad y la calidad humana de Juan Antonio Borrego Díaz, fallecido recientemente y quien asumiera por más de dos décadas la dirección de Escambray
Borrego, junto a los colegas Gisselle Morales y Enrique Ojito, en plena dinámica productiva.

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En el Yaguajay más profundo, en Jicotea, entre palmas y un arroyuelo, vino al mundo un periodista que transpiró humildad y sabiduría de los pies a la cabeza. Este 4 de octubre se nos fue físicamente, por complicaciones asociadas a la covid, Juan Antonio Borrego Díaz, quien desde 1997 dirigió los destinos del periódico Escambray, y a partir de 1992 asumió la corresponsalía de Granma en Sancti Spíritus. Antes de erigirse en paradigma dentro del periodismo espirituano y, por qué no, cubano, Borrego fue un ser humano excepcional.

Con esa mirada cálida que se empozaba en sus ojos agudos y escudriñadores, se adentraba en la redacción que tomó por casa propia, al decir de Yoleisy Pérez Molinet, editora general de la publicación.

“El gran mérito de Borrego fue hacerlo todo de manera natural, como si no estuviera conquistando nada y estaba conquistando el cielo. Convirtió a este periódico pequeño, anónimo, en uno de los mejores periódicos de Cuba. Él fue el padre de todos nosotros; nos queda recordarlo trabajando”.

En el parto diario de Escambray, en las intensas horas de cierre del semanario, siempre permaneció el caballero que conjugó talento y una singular manera de dirigir.

“Juan llegaba al salón de la redacción y se acercaba a las mesas donde estábamos escribiendo, y nos daba un beso en la cabeza a todas. Ese era su saludo. Estuvo ahí, para nosotros, para los problemas familiares de los trabajadores, y se convirtió, en muchas ocasiones, hasta en nuestro confidente.

“Fue una de las personas que más aportó al desarrollo del periodismo espirituano. El renovó, revitalizó a Escambray, con nuestro respaldo, y gracias a sus iniciativas, a su constancia, a su manera de pensar, a su mirada de futuro esta publicación llegó a ser la más integral de Cuba” (Xiomara Alsina Martínez, periodista).

“Mi primera nota informativa en Escambray tenía un error garrafal; le puse más estudiantes a la FEEM de los que tenía, y fui con los ojos aguados para donde estaba Borrego a disculparme porque había hecho que el periódico cometiera un error. Más que cocotazos, me dio cariño. Solo me dijo: ‘Si no le dieras importancia a ese error, me preocuparía; que hayas venido hasta aquí, es muestra de que te importa, y si te importa, si lo sientes, entonces, estoy frente a alguien que le da valor al periodismo.

“Nunca sentí barreras entre el director y el colega. Siempre le acompañaba ese humor, esa picardía, esa malicia propia del cubano. Es difícil ser jefe y que la gente de abajo te adore. Y la gente de Escambray respeta, quiere a Juan, y los colegas que estamos fuera también lo adoramos. Todo el mundo quiere tener un director como él.

“A Borrego hay que recordarlo por su lirismo. Tiene reportajes que son para enseñar en la academia. ¡Qué lindo escribe!, me decía cuando leía sus reportajes históricos y otros sobre la presa Zaza. Quizás, si se hubiese dedicado solo al periodismo, hubiera brillado más de lo que brilló. Aun así, tuvo la capacidad de dirigir, escribir, ser padre y también estar al tanto de la goma de un carro” (Katia Siberia, reportera multipremiada del periódico Invasor, de Ciego de Ávila).

“Borrego tenía mucha capacidad profesional, mucha visión como cuadro. Podía lidiar con diferentes caracteres, y hacer que todo el mundo olvidara las diferencias y pudiera unirse.

“Condujo un periódico que se erigió como el mejor del país cuando él mismo no era periodista protagonista, no porque faltara talento, Juan tenía mucha facilidad y belleza para escribir; pero no la explotaba lo suficiente.

“Era capaz de sugerir los temas más escabrosos, de decirte que buscaras una noticia debajo de la tierra. Te defendía cuando hacías un trabajo crítico. Como director del periódico aguantó estoicamente todos los palos que le dio la vida y nunca dejó que sus periodistas lo supieran.

“Borrego era el mejor ser humano del mundo y, por encima de todas sus cualidades, lo distinguió su humildad; la humildad de verdad, no esa que se pregona cuando la gente muere y todo el mundo dice que quien murió era bueno. Bastan dos ejemplos: Juan era diputado, director de un periódico prestigioso; sin embargo, era incapaz de utilizar esos cargos para pedir siquiera una hoja. No podía, no lo hacía.

“Siempre le admiré que uno de sus mejores amigos era su bodeguero. El bodeguero que conversaba con él, que jugaba dominó con él. La humildad era lo que más lo distinguía; por eso, tanta gente lo ha llorado” (Elsa Ramos Ramírez, periodista de Radio Sancti Spíritus y colaboradora de Escambray).

Palabras lapidarias nacidas de la conmoción reverencian al hombre que conoció el desafío de narrar lo cotidiano y hurgar en las dolencias de la sociedad. Pocos como él han asumido que un periódico, como acuñara una colega, es un libro de autor colectivo, horneado en los teclados, incluso, a deshoras cuando las ciudades duermen, agregaríamos.

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El hermano que uno elige para siempre

Lo he oído en su añoranza por la vida, en sus consejos atinados, porque a Borrego siempre habrá que escucharlo, leerlo y releerlo en presente
No dedicarle unas líneas sería traicionar a la hermandad fiel durante casi 30 años de páginas entintadas y de pasajes herméticos, escribe Ortelio. (Foto: Ortelio González/ Facebook)

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Hay noticias que ahogan el corazón. Jamás una me ha perforado tan hondo.

—Borrego acaba de fallecer, me dicen del otro lado del teléfono.

Y uno, que sabía de la alarma por haber dado “positivo” aquel falso PCR, uno que frecuentemente intercambiaba en los escasos minutos —casi siempre en horario nocturno, cuando disponía de algún momento para el amigo—; uno, que por el último mensaje supo que la ilusoria alarma se había convertido en algo real:

“Quijote. Ahora sí estoy positivo de verdad. Me agravé en horas y tuve que ingresar por neumonía. Pasé mejor la noche, sin fiebre y sin tos. Tengo los medicamentos para seguir adelante. Un abrazo”.

Uno, que veía el ingreso hospitalario como algo ligero, intrascendente, ante su estatura de puro guerrero de las adversidades, jamás imaginó que un jodido virus, invisible a los ojos humanos, pudiera penetrar en un gigante con un corazón también gigante que resistió seis paros cardíacos; corazón abierto a todo el que se le acercaba; HOMBRE CO…RAJUDO de verdad; tanto que desafió la muerte y cuando no pudo más forcejeó para arrancarse el equipo que lo mantenía con vida, porque imaginaba no tener tiempo para escribir todo lo que quería agradecer; Borrego, capaz de afrontar cada acto con valor espartano y provisto de una armadura que no era, precisamente, de bronce.

No dedicarle unas líneas sería traicionar a la hermandad fiel durante casi 30 años de páginas entintadas y de pasajes herméticos, porque Borrego fue ese hombre-hermano-amigo que a uno no le toca, sino que lo elige para siempre.

A él no le gustaba la fanfarria, ni el elogio; tampoco los timoratos o aquellos de palabras vacías, aunque siempre estaba dispuesto a escucharlos.

Era (es) un antidogmático por excelencia.

No tenía devoción por la palabra hablada, pero sí por la escrita, aunque la primera la utilizaba bien, en el momento exacto, preciso, con su expresión picaresca y los ojos medio en blanco, como una de las señales para hacerse entender.

Callaba si pensaba que nada aportaría al intercambio, a la conversación. Eso sí, cuando hilvanaba las ideas daba una clase admirable, lo mismo de periodismo que de historia. Uno, que tuvo la suerte de poder escuchar sus relatos y ocurrencias, conoció lo mismo de interioridades de las bandas contrarrevolucionarias del Escambray, que de Katanga (Israel Pérez Cáceres), el guajiro delegado del Poder Popular en Venegas y diputado como él.

Fidel, de crecida en crecida, ¿Quién tiró la primera piedra?, Abundio Sánchez: Héroe a machete, Los Potricos de Méyer, El imperio de Uruguay, El ciclón que camina como los borrachos, Polvo del Sahara se “traga” las lomas del Escambray, Una montaña rusa entre Méyer y Trinidad, Cuando Fidel cruzó el Rubicón…, son, entre otros muchos títulos, fruto de una imaginación sin límites y de un periodismo de excelencia.

Cuando hubo alguna “disputa” fronteriza en los límites entre Ciego de Ávila y Sancti Spíritus, no vaciló en decir: “Oye, Quijote, no te olvides que el canal Zaza nace en mi provincia y muere en la tuya. Así que estate tranquilito y no te metas más en mi territorio”.

Porque era (es) extremadamente creativo y dueño de las ocurrencias más insospechadas, como aquellos cuentos de “El Titi” y “Bangán”, verdaderos ingenios costumbristas que se dan bajo la luz de cualquier noche pueblerina y que él supo contar como nadie.

Jamás lo vi perder la paciencia o los estribos. Cuanto más bajo hablaba, más grande era el regaño. Tal vez mucho tenga que ver con la franqueza y la expresividad con que suele decir las cosas, la educación a la antigua que le legaron Eldo y Julia, sus padres.

Soñó (sueña) en el colectivo de trabajo que creó en el periódico Escambray, su hábitat natural que supo simultanear con la corresponsalía del periódico Granma en la provincia.

Lo he oído y lo seguiré oyendo en su añoranza por la vida, en sus consejos atinados, porque a Borrego siempre habrá que escucharlo, leerlo y releerlo en presente. Ahora, pasado un tiempo relativamente corto, y a la vez demasiado largo; ahora, que puedo escribir, le dedico estas líneas, con el temor de que en algún lugar las lea y me diga: “Oye, loco, no escribas tanta mierda”.

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Borrego: Un periodista todoterreno

El gremio de la pluma, de las ideas y de la escritura, en Sancti Spíritus y en Cuba, no despidió a Borrego, lo eternizó y lo tendrá presente en cada acción, en cada nota periodística
Borrego, a la extrema derecha, junto al colectivo que dirigió por casi 24 años. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

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 Por infortunio de la vida este cuatro de octubre, cuando el periódico Granma arribaba al aniversario 56 de su primera tirada, su corresponsal en la provincia de Sancti Spíritus, también de 56 años de edad, se despidió del mundo de los vivos.

Aunque Juan Antonio Borrego Díaz luchó por la supervivencia, la covid pudo más que su fortaleza física natural y espiritual, por lo que lo llevó a la muerte entre tantos esfuerzos del personal de la salud para impedir que se marchara antes de lo previsto.

El también director del periódico Escambray batalló por subsistir ayudado por el colectivo médico de la sala de terapia intensiva del hospital general Camilo Cienfuegos, pero en medio de la contienda, en la que se aferró a la vida por varios días, la muerte injusta y alevosa ganó, de forma pírrica, la batalla.

Quienes lo conocieron, mejor dicho lo conocimos,  apreciamos su estatura periodística y su dimensión humana, mostrada sin egoísmos ni falsa modestia en el quehacer de la prensa desde que en 1988 llegó, recién graduado de la Licenciatura en Periodismo, a la emisora provincial Radio Sancti Spíritus, y que luego en 1990 consolidó su hacendosa labor en Escambray, donde transitó de editor hasta director del órgano durante casi 24 años.

Su empinado cuerpo no se verá recorrer los espacios de la redacción, pero sus buenas acciones y sabiduría quedarán para las presentes y futuras generaciones de periodistas, a quienes seguirá alentando con sus sanos consejos.

Esa, su mirada a veces pícara y en otras ocasiones compasiva, proseguirá alentando a los que tuvieron la oportunidad de ser sus subordinados, sus compañeros, sus amigos de risas y disparates en el mejor sentido de este último vocablo.

Sin proponérselo llegó a ser diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular durante varias legislaturas, en las que, también, aportó humildemente sus conocimientos políticos, culturales y de ser humano revolucionario.

Ahora, en el descanso sereno que merece, seguirá dando lecciones de avezado periodista y escribiendo derecho, como siempre lo hizo, lo mismo una información que una entrevista, un comentario o cualquier otro género porque fue un periodista todoterreno.

En este aciago día, el gremio de la pluma, de las ideas y de la escritura, en Sancti Spíritus y en Cuba, no despidió a Borrego, lo eternizó y lo tendrá presente en cada acción, en cada nota periodística, porque él, con su frente martiana, se ha hecho omnipresente en este batallar de la  comunicación social.

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Juan Antonio Borrego: El arte de dirigir la prensa

Con una huella profunda para el reporterismo en Cuba, el timonel de Escambray durante casi 24 años Juan Antonio Borrego Díaz partió físicamente. Sus enseñanzas constituyen una guía para los tiempos por venir dentro del gremio
“Otros pueden decirlo antes, a nosotros nos corresponde contarlo lo antes posible y lo mejor posible”, remarcaba Borrego. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

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“China, te tengo un encarguito ahí”, solía decir, no sin antes saludar, preguntar cómo estaba, indagar por mis hijas y, últimamente, hasta por “Marcelino”, como le decía a mi nieto de cuatro años. Luego, las coordenadas, que podían ser relativas lo mismo a la huella de Fidel en el central Uruguay que al accidente de un ómnibus de Transtur en el que viajaban más de 30 turistas; el manejo de los fallecidos y los enterramientos en tiempos de covid o Luis Sáenz, el padre de la Pediatría.

“Si no encuentran fuentes oficiales dispuestas a informar acudan a otras: la vieja de la esquina que vio el accidente, el barrendero, el que pasaba por allí; el caso es traer la noticia y contarla, la gente tiene derecho a saber qué pasó”, nos decía. Y advertía a menudo algo que los periodistas solemos no tomar en cuenta: “Olvídense, que a nadie le gusta que lo critiquen. Nadie te va a abrir sus puertas así, de buena gente, para que entres a su centro a criticarlo. Esa es una reacción humana, pero nosotros tenemos que hacer nuestro trabajo”.

Para él no había imposibles. Cuando alguna vez sucedió que Escambray se retrasó en el abordaje de un suceso inédito no faltó el reproche, que no por suave dejó de doler. “Eso no nos debe suceder nunca”. Y recordó cómo un día, u otro, alguien del staff salvó la situación con una llamada desde el hospital, porque vio un movimiento raro; o desde una terminal, por la misma razón; o cuando Dayamis alertó sobre el avión varado en La Rotonda, que no era fruto de siniestro alguno. El asunto, insistía, era tener olfato para las noticias.

Su reclamo no consistía en que informáramos necesariamente primero, sino en que no le falláramos a ese público que desde hace dos décadas nos busca en las redes, o desde hace más de cuatro nos lee en la edición impresa. “Otros pueden decirlo antes, a nosotros nos corresponde contarlo lo antes posible y lo mejor posible”, remarcaba. No dijo nunca que él sentó las pautas, con aquella cobertura memorable de la caída del avión en Mayábuna, que convirtió al medio en una plataforma internacional.

“Hemos demostrado que aun tratándose de hechos ocurridos en otras provincias, si son de impacto para Cuba, podemos hacer buenos reportes”, y traía a colación los ejemplos donde sus discípulos nos crecimos, porque algo, pienso ahora, se nos tenía que pegar.

“Ya sabes que voy a ‘fusilarte’…”, era, luego del vocativo, el preámbulo del anuncio de que emplearía un texto ajeno para un reporte suyo, que solía resultar mejor, aunque él no hubiese estado allí. Lo contaba magistralmente, como si hubiera escuchado los testimonios de quienes narraban el recuento. Muchas veces me llamó a su oficina para que revisara, en su ordenador, el texto resultante; o me lo consultó por teléfono, porque sería imperdonable errar.

Lo mejor de todo era esa capacidad suya para descubrir un talento en los otros, para explotar la arista profesional en la que cada quien brillaba más o se sentía más cómodo. Y nada de restar méritos a quien los tenía, fuera el periodista más galardonado o la novata, o la recepcionista, o el chofer, o el custodio, o la carismática auxiliar de limpieza a quien siempre mortificaba con sus ocurrencias, porque era en extremo ocurrente y sabía, como nadie, hacer reír.

Lo veo ahora mismo subiendo las escaleras de mi casa en el reparto 26 de Julio, en una tregua de la lluvia durante el huracán Michelle, con una de mis gemelas en brazos tras una punción lumbar, u orquestando el auxilio a Manuel, nuestro reportero estrella, fallecido años atrás,o tramando una estrategia para socorrer a alguien en un momento duro.

Lo imagino, porque no pude verlo, empecinado en que yo no me fuera de Escambray cuando se me nubló el juicio tras la pérdida de mi padre. Uno de sus últimos diálogos por el chat versó sobre la salud de Carmen, entonces aquejada de covid, a quien llamó en cuanto supo de algunos síntomas preocupantes. Aquel domingo ya comenzaba a enfermar, pero las alusiones a sí mismo resultaban parcas.

“En la prensa cubana hay muchas talanqueras por quitar y hace falta mucha voluntad para lograrlo; pero no digan ahora que dije eso. Pueden decirlo solo cuando me muera, los autorizo”, manifestó, enfático, aunque del modo más informal que pueda imaginarse, un mediodía a la salida del comedor.

Todavía espero su llamada, para escucharlo nuevamente con uno de esos retos que me ponía delante, sin sospechar siquiera que no creía poder, hasta que él, con su mágica habilidad, me convencía de que sí. Dentro de poco sonará el teléfono y su voz me dirá: “China, te tengo un encarguito ahí”.

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Presidente de Cuba expresa pesar por muerte de Juan Antonio Borrego

Juan Antonio Borrego Díaz, director del prestigioso diario Escambray, que tanto debe a su ejemplar conducción, escribió el mandatario en Twitter
El gremio perdió uno de uno de sus miembros más brillantes y queridos: Juan Antonio Borrego Diaz, escribió Díaz-Canel en Twitter. (Foto: Vicente Brito/ Escambray)

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El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, expresó su pesar por el fallecimiento del reconocido periodista Juan Antonio Borrego, víctima de complicaciones derivadas de la Covid-19.

Me sumo al dolor y la conmoción del gremio periodístico por la temprana muerte por #COVID19 de uno de sus miembros más brillantes y queridos: Juan Antonio Borrego Díaz, director del prestigioso diario @escambraycu, que tanto debe a su ejemplar conducción, escribió el mandatario en Twitter.

Me sumo al dolor y la conmoción del gremio periodístico por la temprana muerte por #COVID19 de uno de sus miembros más brillantes y queridos: Juan Antonio Borrego Diaz, director del prestigioso diario @escambraycu, que tanto debe a su ejemplar conducción.https://t.co/8EzT8IR0BT— Miguel Díaz-Canel Bermúdez (@DiazCanelB) October 4, 2021

Al dar la noticia este 4 de octubre, el diario Granma, del que Borrego fue corresponsal durante 29 años en la central provincia de Sancti Spíritus, lo definió como un profesional certero y sagaz.

Recordó que Borrego combinó durante más de dos décadas su labor como reportero con la dirección del periódico Escambray, un medio de enorme prestigio que bajo su conducción conquistó todos los premios de periodismo que se confieren en Cuba.

Fue además diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular (Parlamento) durante varias legislaturas, por el municipio Taguasco, y entre 2007 y 2008 se desempeñó como enviado especial del periódico Granma a Venezuela.

El rotativo destacó la agudeza de Borrego como entrevistador y cronista de alto vuelo, con la capacidad para abordar con soltura todos los géneros periodísticos. De ahí que se le considerara, un ‘periodista todo terreno’.

Resaltó, además, los valores humanos que acompañaron al profesional excepcional y compañero entrañable.

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Para Juan Antonio Borrego, escribir fue una necesidad

Escambray acaba de perder a su timonel de los últimos 24 años. Juan Antonio Borrego Díaz, su director desde 1997, falleció por complicaciones asociadas a la covid. Sirva esta entrevista, realizada a propósito del aniversario de la fundación de este medio de prensa en 2019, como homenaje a quien lo condujo a conquistar todos los premios de periodismo que se confieren en Cuba
Su labor como reportero, se combinó durante más de dos décadas con la dirección del periódico Escambray. (Foto: José Manuel Correa)

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Aquella mañana en la sala de la casa lo había anunciado resueltamente: “Voy a estudiar Periodismo”. Y ni él mismo sabía de dónde le había sobrevenido aquella repentina vocación. Quizás le venía creciendo desde que, montado a la zanca del caballo del padre en días de temporal, recorría aquel camino poblado de matas, bueyes… para ir hasta la Manuel Ascunce Domenech —la escuela primaria a la que ingresó antes de tener edad por ese antojo prematuro de aprender— o desde que el maestro Felito le azuzara el ingenio con tantas enseñanzas o desde que el profe Martell lo embelesara con aquellas clases de Historia.

Acaso tanto como andar volando en la bicicleta destartalada por las idas y venidas a través de esos trillos le apasionaba leer periódicos y estar informado siempre. Mas, lo cierto es que de súbito había cambiado los planes de estudiar en la Unión Soviética para sentarse en un aula de la Universidad de Oriente.

Cuando en 1983 llegaba a los Altos de Quintero con aquel maletín rojo bajo el brazo era apenas un muchacho larguirucho con afición al baloncesto y a la pelota. Llevaba, también, una pasión desmedida por fabular que iría demostrando luego lo mismo en los documentales radiales —donde inmortalizó como héroe a Timbales, un común desmochador de palmas de su natal Jicotea— que en los cuentos desgranados a deshora en la redacción de Escambray.

Al periódico llegaba por embullo del amigo-hermano Enrique Ojito, en 1990, después de trabajar dos años en Radio Sancti Spíritus. Empezaba como asistente de Redacción en aquellos días de insomnio ante la vorágine del diarismo y en los que las planas se armaban con las enormes letras de plomo que se exprimían o se alargaban según conviniera. “¡Se acabaron las letras!, era una frase muy típica que se escuchaba —revela ahora sin saber que el celular va dejando constancia de un aparente diálogo informal—. Aprendí mucho en ese tiempo, también con Larralde, que era un editor excelente”.

En ese entonces publicaría el mayor disparate que, según dice, ha cometido hasta los días de hoy. “Había un reportaje de Orestes Ramos que se iba a publicar en una página interior y tenía como 14 cuartillas. Se estilaba poner un avance en la portada y luego, adentro, se ponía: Viene de la primera. Se habían reservado dos cuartillas para la primera, pero la portada se fue complicando y fueron apareciendo informaciones y se quedaron las primeras cuartillas sin publicar. Cuando el periodista vino a preguntarme tuve que decirle: Las cuartillas que faltan están en mi gaveta”.

El liderazgo profesional de Borrego, desde Escambray, se convirtió en un referente reconocido no solo dentro del gremio periodístico, sino también por la más alta dirección del país. (Foto: Escambray)

Desde esa fecha simultaneaba el oficio de editor con el reporterismo, tanto que desde 1992 se convirtió, por puro altruismo, en corresponsal de Granma y ni cuando pasó de subdirector a director dejó de escribir un día. Sin pensarlo asumía aquel noviembre de 1997 las riendas de un periódico que ya era semanario y que habría de convertirse —aunque le cueste reconocerlo— en imagen y semejanza de los lectores.

“Juan Antonio Díaz —entonces primer secretario del Partido en la provincia— me dijo: ‘Eso es para que estés un tiempito ahí’ y ya yo llevo más tiempo que los siete directores anteriores juntos”.

Empezaba a emplanar con esa inconformidad tan suya y tan contagiosa otro periódico: el de retratar la vida con sus claroscuros; el de publicarlo todo, por escabroso que sea el tema; el de rastrear las noticias, aunque las fuentes oficiales callen; el de atemperar políticas editoriales a las necesidades de los lectores; el del diario en Internet; el de multiplicarse en Facebook y en Twiter.

Bajo su tutela Escambray se coronaba en los Festivales Nacionales de la Prensa Escrita, trascendía de provincia en provincia y enamoraba a un staff —como le gusta decir— de encumbrados periodistas y colaboradores, muchos de los cuales aún permanecen.

Y el lidiar con esta galería de personajes para convencerlos —y a veces vencerlos— para poner de reliquia a las máquinas de escribir y empezar a crear en aquella rareza de microcomputadora llegada a la Redacción gracias a un canje de toneladas de papel; y el tener luego solo dos computadoras: una para teclear todos los textos y otra para diseñar.

“Escambray ha tenido dos momentos trascendentes: uno, el de la impresión directa a la offset y el otro, el de la introducción del diseño digital y la digitalización”.

Ha sido también por pujanza suya, por esa vocación perfeccionista de hacer las cosas cada vez mejor, por ese ímpetu indomable de no quedarnos a la zaga nunca.

Bajo su guía, Escambray recibió importantes reconocimientos, como la réplica del Machete de Máximo Gómez.

Logra camuflarse en una y muchas funciones; tanto que puede ocupar un escaño en la Asamblea Nacional desde 1998; puede organizar una cobertura ciclónica como si fuera el The New York Times; puede batirse por sus periodistas sin causar heridas mayores; puede abrirse una cuenta en Twiter y participar como si fuese un nativo digital; puede convertir en metáfora la más agreste de las realidades.

Tal vez porque sufre en carne propia el periodismo nuestro de cada día. “En Cuba hay un vicio de divulgación. La sociedad cree que los periódicos están para eso y no es así”.

Para salir airoso de esa pelea diaria entre lo que se dice y lo que verdaderamente se cree tiene un arma: “A veces hay que hacer concesiones”.

Sentado en la misma silla 21 años después, ni él mismo se lo cree. No ha mandado por imposición alguna; pesan más la mano en el hombro, el compromiso escurridizo que va atando día a día. “Hay que dirigir por procesos, en teoría —confiesa, pero ni yo mismo sé lo que es eso. Yo he dirigido todos estos años por amistad”.

Y porque Escambray lleva, a la par, su nombre; es también su obra y lo sabe. Porque ni aun en la misión en Venezuela o en días de ausencia le puede perder ni pie ni pisada. Porque desde el día aquel que decidió hacerse periodista no ha dejado de serlo.

“Escribir es una necesidad, es parte de mi contenido de dirección. Cuando en una semana no escribo ni una nota me pongo como un perro con bicho”.

Veintiún años después le siguen rondando los mismos ánimos, la misma nobleza, la incurable vocación de crear. Veintiún años después, para suerte nuestra, aquel guajiro de Jicotea dejó colgadas en uno de los cuartos de su casa la montura, las espuelas y las botas regaladas por el padre, y se hizo periodista.

Nota: La publicación de este trabajo fue, quizás, el primer acto de desacato editorial en los 40 años de Escambray.

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Julio Reina ha muerto: la noticia que Jatibonico no quiere escuchar

Por toda la geografía de ese poblado se esparció en las últimas horas la información, pero esta vez nadie le creyó: Julio Reina Romero, corresponsal y periodista durante años en medios de prensa espirituanos, se despidió tempranamente de la vida, víctima de la COVID-19
Desde Jatibonico, día tras día durante mucho tiempo se agenció su entrada en los espacios informativos de la radio espirituana. (Foto: Facebook Nicolás Hernández)

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Hay misiones que uno se niega a cumplir y termina aceptando tal vez por disciplina, tal vez por ese compromiso que se contrae con la profesión, aun en las peores circunstancias; o quizás —quién sabe— por la deuda de la despedida que no fue.

Una encomienda de esas es, nadie lo dude, escribir de la muerte de un amigo. Y lean bien, que no digo colega ni compañero de trabajo: Julio Reina Romero era mi amigo, al que por azar conocí gracias a dos de las cosas comunes que nos unieron: el periodismo y Jatibonico.

Aunque fuera oriundo de Taguasco, se ganó a fuerza de empeño un lugar en el corazón del pueblo del central Uruguay, desde que Radio Sancti Spíritus reclamara sus servicios como reportero en ese territorio.

Ya había bregado como corresponsal de varios medios de prensa, porque la vocación por informar lo hizo cambiar los destinos de su existencia.

Julio no lo dudó, aunque le asaltaran los temores de asumir una empresa de tamaño significado. Se “mudó” en botella para Jatibonico y desde los altos del edificio del Sindicato Azucarero instauró su corresponsalía con la dignidad de un consagrado.

Nadie me dejará mentir: no hubo noticia en ese sitio que se le escapara en aquel tiempo. Se montaba en un camión o en un caballo, pero llegaba a todas partes; lo mismo desde una escogida que desde un plantón de caña, día tras día se agenciaba su entrada en los espacios informativos.

Otros azares nos mantuvieron cercanos. Tal vez gracias a mí —y me enorgullezco de ello— le dijo adiós a la botella. En una visita ocasional a mi casa le presenté a la que luego fuera su compañera hasta el final de sus días. El amor los unió y él se convirtió por un tiempo en mi vecino, para hacerme cientos de veces cómplice de su entusiasmo periodístico.

Llegaba con sus apuntes, sus historias y aquella humildad tremenda para mostrar sus textos. Lo admiré tal vez en silencio, aunque fuera siempre él quien me profesara admiración a toda voz. Julio se atrevía con deseos y pasión a experimentar en el oficio lo que yo, con mi academia y todo, temía tantas veces enfrentar.

Y así venció también su curso de diplomado para reafirmarse como integrante genuino del gremio y de la Unión de Periodistas de Cuba, aunque en verdad demostrara con su ejemplo que en este trabajo no hacen falta tantos los títulos como las ganas. Y la constancia. Y la pasión.

Por esas paradojas de la vida, un buen día se alejó de los micrófonos. Pero la gente siguió recordando con gratitud su nombre. Y hoy ese nombre llega convertido en triste titular: Julio Reina Romero ha muerto, inesperadamente joven, con muchos proyectos por cumplir. Esta vez nadie quiso creer la noticia. Su voz se escucha a ratos entre las torres del Uruguay, mientras yo escribo la crónica más triste de mi vida. He perdido a un amigo y Jatibonico, a un hijo.

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