HAVANA CLIMA

nostalgia

Duele ser cubano

Hago el mismo recorrido de todos los días. Busco a los amigos que no están, necesito hablarles de la vida, las cosas… pero mis amigos habitan en otra parte, o se han ido a algún país, o están muertos, o se han alcoholizado, o ya no son mis amigos.
Hay una fiebre enorme de huir a cualquier lado, a algún sitio donde se pueda estar tranquilo, reunir unos quilos y regresar a reunirse con aquellos que una vez estuvieron, con los que permanecen leales, o con la familia dispersa. Lo ideal es una playa, un río, el asado de un puerco en medio de la calle, una finca o, simplemente, un lugar donde estar unidos; al menos en esos instantes fugitivos, memoriosos, que nos hacen tan felices.
Un padre ha traído su niño desde Estados Unidos, lo he visto descalzo, metido entre la gente, lleno de tizne, tomando un café en el lugar de todos; —tiene al cubano en los genes, dicen sus cercanos. Así las cosas, la gente está viniendo de cualquier lugar a buscar a los suyos, a darse una dosis enorme de espiritualidad compartiendo una cerveza, un plato de comida, caramelos, chicles; lo que ayude a unir, dar alegría, repartir sueños.
Casi nunca se habla de política porque están agotados de lo mismo. La gente tiene sed de muchas cosas y esos amigos que llegan traen un espíritu que vale la pena compartir. Son cubanos hasta los genes, como el niño tiznado, cubanos que no traicionaron nunca, que se fueron por mejorar económicamente; deportistas, artistas, personas que hoy tienen mucho que darle a sus hermanos de la Isla.
Merecen volver, ser llamados ciudadanos, porque Martí fue puntual cuando escribió: «La patria no es juguete de unos cuantos tercos, sino cosa divina».  Solo con esos amigos puede montarse una bicicleta de agua en Varadero, o contemplar el azul del mar, las arenas blancas; los placeres de un capitalismo que una vez llamamos brutal y nos acompaña hoy disfrazado de pañuelos rojos.
Ahora hace falta esa gente que está afuera para darnos venturosos días de felicidad. «¡Mi familia, carajo! —dice un viejo octogenario al que saludo cada mañana. Hasta campos de golf para ricos están floreciendo, eso tampoco es para los cubanos de adentro como yo, porque con qué bolsillo entrar allí».
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Las grandes ciudades embellecen. Los pueblos pequeños, como el mío, siguen con el mismo maquillaje de sus inicios. Las ciudades grandes viven de los pueblos pequeños. No hay manera de cambiarlo. ¿Con qué poder?
Vivo en un pueblo al que sus creadores llamaron «Mesopotamia oriental», tierra entre los ríos Cautillo, Jiguaní y Contramaestre, donde cualquier semilla era fruto de la noche a la mañana y el ganado se esparcía silvestre. De aquella Mesopotamia solo queda el recuerdo.
La gente que viene busca el pueblo bello, el de las viejas fotos; algunos quieren fundar, invertir, pero no hay manera de hacerlo. Lo que una vez José Martí llamó «crucero del mundo» es una metáfora inalcanzable. Pensar que aquí hubo libaneses, como Isaías y Erasme Tarabay, que crearon hoteles identificados con sus apellidos; emigrantes asturianos como Carnero, que también lo hicieron; gente de Galicia, Murcia, Canarias, Andalucía…Todo lo que habla del Contramaestre que somos, tiene un fuerte componente de riquezas traídas o creadas por inmigrantes…
El regreso a casa, día por día, me pone sentimental. Pienso en los viejos amigos: ¿dónde estarán?, ¿en qué mares del mundo?, ¿en qué pueblos?, ¿qué familias fundaron?, ¿qué huellas dejaron en la vida?
Mis dudas lastiman profundamente, como mismo laceran a muchos que una vez fueron amigos y hoy no lo son. Pablo Milanés me acompaña y cantamos, como hacen todos los que vuelven y encuentran a su gente:

¿Dónde estarán los amigos de ayer? (…) ¿Dónde andarán mi casa y su lugar, mi carro de jugar, mi calle de correr? ¿Dónde andarán la prima que me amó, el rincón que escondió mis secretos de ayer? Cuánto gané, cuánto perdí, cuánto de niño pedí, cuánto de grande logré. ¿Qué es lo que me ha hecho feliz? ¿Qué cosa me ha de doler?

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Casa Juancho: la comida hispanocubana en Miami que estimula la nostalgia

Son casi las 11 de la noche y hace un frío inusual en Miami. Estamos en invierno y a esa hora el cliente busca un lugar donde comer, calentarse y degustar algo poco usual en la ciudad. Está cansado y quiere comer algo de fácil digestión para irse a dormir. Llama a un amigo, quien le sugiere algo interesante: “Vete a Casa Juancho, está en la Calle Ocho, pide una fabada asturiana que con eso tienes antes de ir a dormir”, le dice.La sugerencia no suena ideal. Después de todo, la fabada asturiana es algo “pesado” para comer antes de ir a dormir, pero la curiosidad lo mata. Acude al espacio. A esa hora no está lleno aunque hay algunas personas terminando una comida. Se sienta en el bar, pide la fabada y un vino español. No todos son buenos, pero hay algunos que sirven; como los tempranillos, por ejemplo.La fabada viene rápido, le dice el cantinero, porque la hacen por la mañana y durante el día va “mejorando”. Es algo popular en invierno en este restaurante, que se caracteriza por la comida española, pero la mayoría de los clientes no vienen de la Madre Patria. La Casa Juancho es uno de los restaurantes preferidos de los cubanos en Miami. No importa que la sala esté decorada con jamones ibéricos, postres de la península o botellas de vino exquisitos. Lo que importa es que todo el mundo recomienda el restaurante, que también asienta su fama en la nostalgia, aquí por partida doble.Uno de los comensales reconoce al cliente (autor de este texto) y lo invita a su mesa. Le pregunto, porque lo he visto otras veces por acá y la respuesta viene rápida, parece bien ensayada: “En La Habana de mis tiempos había una Casa Juancho y mis padres acudían mucho, yo iba con ellos. La verdad es que la cocina la recuerdo como la habanera. A nosotros los cubanos nos gusta todo lo español”.Y les gusta también la nostalgia. Porque como en La Habana de entonces, en el Miami de estos tiempos todo se ha reproducido. Sean otros restaurantes como el Centro Asturiano, el Centro Vasco, el Rincón de las Fritas, y otros lugares como las funerarias Rivero o Woodland, la Casa de los Trucos y decenas de timbiriches que intentan mantener una nostalgia vivita y coleando.[embedded content]En la Casa Juancho, creada por Felipe Vals, el dueño del emblemático Versailles, hay familias que llevan generaciones yendo.Las ventanitas de café cubano en MiamiPublicidadComenzaron en La Habana y siguen en Miami. “Los restaurantes españoles se concentran en lo suyo. Pero como arrastran una clientela cubana, también parte del menú es cubano”, dice mi amigo, discreto, porque si lo identifico le pueden caer otros amigos arriba. Es crítico culinario y ha hecho varios enemigos por sus opiniones.Y explica: “Dejemos la Casa Juancho aparte, que no se ha ‘abastardado’. Respeta lo cubano. Pero por ahí hay cada restaurante que ha intentado hacer sus cosas, y las mezclan. Como uno de Hialeah que dice servir comida cubano-portuguesa. ¿Te imaginas?”. Le respondo que no sirve ni para animar al niño Jesús, como dicen en Lisboa. Paella, otro de los platos fuertes de Casa Juancho. Foto: Zomato.com.Durante la pandemia algunos restaurantes españoles de Miami han cerrado. La Dorada es el más emblemático. Pero los que cerraron son precisamente los que no lograron hacer el apareamiento entre las cocinas de la Madre Patria y la “siempre fiel” colonia de ultramar. Esa noche el cantinero de Casa Juancho, sin mucho movimiento, está particularmente conversador. Está sirviendo a un grupo de periodistas, productores y camarógrafos que filman un documental sobre la historia del Miami cubano y hacen muchas preguntas. Y consumen muchas fabadas asturianas, y vino de la Rioja, creo. Dice que ya es tarde, pero sugiere que hay que venir a almorzar. Entre los jamones y las tapas, recomienda  pescados como el pargo y el lenguado. Dice que el cocinero español todavía no ha abandonado la “terriña” y se divierte detrás de las cazuelas en este espacio de la Calle Ocho. Explica que muchos de los críticos no entienden bien la necesidad de adaptar el menú a los gustos apurados y diversificados de los que viven en tierra ajena, lejos de la suya. “Esto es algo especial. Me lo dicen a menudo y se van contentos. Regresan y piden siempre lo mismo. Una mezcla de España y Cuba”, explica.Y lo remata el encargado de estacionar los carros: “Conozco el coche de cada cual”. Así mismo: “coche”, como en España. Y me llama la atención: “Cuidado con la fabada asturiana. Eso llena”. Es que… me llevaba una segunda ración que terminé consumiendo en casa. Y dormí bien.

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The Future of My Nostalgia

MONTANA, United States. ─ “The Future of Nostalgia” is a complex book by Svetlana Boym. Until her death in 2015, at the young age of 56, Boym was Professor of Slavic and Comparative Literature at Harvard University. Born in Leningrad, USSR (Now, once again, Saint Petersburg). Professor Boym’s work explores homesickness, particularly the nostalgia of Russian exiles escaping from communism. In this column, I borrow from her work as I consider parallels to the Cuban exile experience and to my own.
Professor Boym defines nostalgia as a longing for a home that no longer exists or has never existed. “Nostalgia is a sentiment of loss and displacement, but it is also a romance with one’s own fantasy.” That is, we may feel nostalgia for a place, but we are actually yearning for a different time. Boym explores nostalgia for a place, but also our nostalgia “for the unrealized dreams of the past and visions of the future that became obsolete.”
Nostalgia is not melancholia, which is mostly concerned with individual consciousness. Nostalgia is more about our individual biography and the history of our nation. Nostalgia is about the relationship between our personal memory and the collective memory of our countrymen.  Nostalgia is about seeking “repetition of the unrepeatable, materialization of the immaterial.”
The word nostalgia was coined by the Swiss doctor Johannes Hofer in his 1688 medical dissertation. The newly diagnosed disease, evident in displaced people of the time, was said to produce “erroneous representations that caused the afflicted to lose touch with the present. Longing for their native land became their single-minded obsession.” In those days, nostalgia was thought to be a demonstration of the patriotism of those who loved their homeland to the point of sickness. This “hypochondria of the heart” or mal de corazon was a disease curable with leeches, hypnotic emulsions, or opium, but the best remedy for nostalgia was a return to the homeland.
Nostalgia has an interesting history from what was thought to be a curable disease in the 1600’s to today’s incurable condition of lost youth, and lost chances. The study of nostalgia still frustrates psychologists, sociologists, philosophers and other specialists.
Professor Boym distinguishes between two kinds of nostalgia that she labels as restorative and reflective. Restorative nostalgia evokes a national past and seeks a timeless reconstruction of the lost home, whereas reflective nostalgia focuses of the longing itself. Reflective nostalgia is more about our individual and cultural memory.
If we are a reflective nostalgic, we look at old photographs and tell family stories. As reflective nostalgics we miss the past, but we do not really want the past back because we recognize that the old homestead is destroyed, and we would not like it as it is now.
On the other hand, if we are a restorative nostalgic, we want to “rebuild the lost home and patch up the memory gaps.” Restorative nostalgics do not recognize that the past may have been flawed. Restorative nostalgics, like many of my countrymen, have a cartoon-like recollection of history.
For freedom-seeking exiles, the idea of freedom is initially limited to the concept of freedom from the oppression of their former governments. Exiles think of that freedom as constantly in danger. It is perhaps for this reason that exiles often appear to be more dedicated to the ideals of freedom than the natives of their adopted homelands. Yet, as exiles we do not renounce critical thinking even as we embrace a profound emotional bonding with our history. And although our inability to return home is a personal tragedy, it is also an enabling force.
Professor Boym tells of a Russian saying that the past has become much more unpredictable than the future. The Cuban exile experience has lasted a lifetime and, as memories fade, our past has indeed become unpredictable. We do well to remember Emily Dickinson’s iconic poem, “Forever is Composed of Nows.”  Our exile nostalgia can be a creative emotion if we chose to be nostalgic not for the past the way it was, but for the past the way we could have made it.  Such is the future of my nostalgia.
Dr. Azel’s latest book is “Liberty for Beginners”.
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Nostalgia, exilio y libertad

MONTANA, Estados Unidos. ─ El Futuro de la Nostalgia (The Future of Nostalgia) es un libro complejo de Svetlana Boym. Hasta su muerte, en 2015, a la temprana edad de 56 años, Boym fue profesora de literatura eslava en la Universidad de Harvard. Nacida en Leningrado, URSS (ahora, de nuevo, San Petersburgo) la obra de la profesora Boym explora la nostalgia, en particular, la de los exiliados rusos que escaparon del comunismo. En esta columna tomo prestado de su trabajo, teniendo en cuenta su paralelismo a la experiencia del exilio cubano y de la mía propia.
La profesora Boym define la nostalgia como el anhelo de un hogar que ya no existe o que nunca ha existido. “La nostalgia es un sentimiento de pérdida, de desplazamiento, aunque también tiene algo de fantasía”. Podemos sentir nostalgia por un lugar, pero en realidad anhelamos un momento. Boym explora la nostalgia por un lugar, pero también “por los sueños y visiones de un futuro que no ocurrió”.
La nostalgia no es melancolía. Esta última se refiere a la conciencia individual. Mientras la melancolía cuenta la historia personal y nacional; la nostalgia es sobre la relación entre nuestra memoria personal y la colectiva de nuestros compatriotas. La nostalgia busca “la repetición de lo irrepetible, la materialización de lo incorpóreo”.
La palabra nostalgia fue acuñada por el médico suizo Johannes Hofer en su tesis médica de 1688. Decía que esa enfermedad, evidente en los desplazados de la época, producía “representaciones erróneas que hacía que los afligidos perdieran el contacto con el presente. El anhelo por su tierra natal se convirtió en una obsesión”. En aquellos días, se pensaba que era una muestra del patriotismo de aquellos que amaban su tierra natal hasta el punto de enfermedad. Esta “hipocondría del corazón” o mal de corazón era una enfermedad que se trataba con sanguijuelas, emulsiones hipnóticas y opio, pero el mejor remedio era el regreso a la patria.
La nostalgia tiene una historia interesante que va desde lo que se pensaba que era una enfermedad curable en el siglo XVII, hasta la actual condición incurable de la pérdida de la juventud y de oportunidades. El estudio de la nostalgia todavía frustra a psicólogos, sociólogos, filósofos y otros especialistas.
La profesora Boym distingue entre dos tipos de nostalgia, que califica como restauradora y reflexiva. La nostalgia restauradora evoca un pasado nacional y busca una reconstrucción atemporal del hogar perdido; mientras que la reflexiva se centra en un anhelo personal. La nostalgia reflexiva ahonda sobre nuestra memoria individual y cultural.
Si somos un nostálgico restaurador, miramos viejas fotografías y contamos historias familiares. Como nostálgicos reflexivos extrañamos el pasado, pero no queremos que vuelva porque reconocemos que ese mundo ya no existe, y no nos gusta como es ahora.
Los nostálgicos restauradores quieren “reconstruir el hogar perdido, llenar las lagunas de la memoria y no reconocen los defectos del pasado”. Como muchos de mis compatriotas, recuerdan la historia como una caricatura.
Para los exiliados que buscan la libertad, esta idea se limita inicialmente al concepto de libertad de la opresión de sus anteriores gobiernos. Los exiliados piensan que esa libertad está constantemente en peligro. Es quizás por esta razón que los exiliados a menudo parecen estar más dedicados a los ideales de libertad que los nativos de sus patrias adoptivas.
Sin embargo, como exiliados no renunciamos al pensamiento crítico incluso cuando abrazamos un profundo vínculo emocional con nuestra historia. Y aunque nuestra incapacidad para volver a casa es una tragedia personal, también es una fuerza habilitadora.
La profesora Boym cita un dicho ruso que dice que el pasado se ha vuelto mucho más impredecible que el futuro. La experiencia del exilio cubano ha durado toda una vida, y a medida que los recuerdos se desvanecen, nuestro pasado se ha vuelto realmente impredecible. Hacemos bien en recordar el poema icónico de Emily Dickinson, “La eternidad está compuesta de ahora(s)”. Nuestra nostalgia de exiliados puede ser una emoción creativa si elegimos ser nostálgicos no por el pasado de la manera en que fue, sino por el pasado de la manera en que podríamos haberlo hecho. Tal es el futuro de mi nostalgia.
El último libro del Dr. Azel es “Libertad para novatos”
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