HAVANA CLIMA

negritud cubana

Ennegrecer la diáspora: (otras) visiones cubanas

Con esta serie de entrevistas nos sumamos al esfuerzo sistemático por visibilizar la historia social, cultural y educativa de las cubanas/os negras/os. Deseamos establecer una conexión dialógica con personas vinculadas a diversos ámbitos, que tuvieron formación universitaria y desempeño laboral en Cuba y en la actualidad llevan adelante su vida profesional como parte de la diáspora cubana alrededor del mundo. Los datos estadísticos corroboran que las cubanas/os negras/os y mestizas/os son proporcionalmente minoría entre las personas que emigran, y esta desproporcionalidad refuerza la reproducción de imaginarios de una cubanidad “blanca” en el exterior y consecuentemente un apagamiento de las voces negras en escenarios profesionales de “éxito”, visto como un estado de bienestar emocional y (auto)reconocimiento que trasciende los términos económicos.
Es visible, además, que en no pocos campos profesionales, tanto en Cuba como fuera de la isla, se reproducen estereotipos raciales negativos, patrones estéticos de blanquitud, o una desmedida folclorización del ser negro/a y de la cultura afrocubana. Lo anterior puede mimetizar o colocar en desventaja a las personas negras al insertarse en determinadas esferas de actuación. Desde esta serie de entrevistas nos preocupa escuchar y entender cuáles son esas limitaciones, desafíos, estrategias de resistencia, oportunidades y redes de apoyo de las que se valen estas cubanas/os y que les permiten lograr (también) desempeños exitosos en sus espacios de confluencia diaspórica.
Comenzamos nuestros intercambios conversando con el tocayo Maikel Colón Pichardo, hijo de Malena y nieto de Zaida, cubano negro nacido en Guantánamo y criado en La Habana. Maikel es Licenciado en Historia por la Universidad de la Habana (2008), Máster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Autónoma de Barcelona (2013) y también Doctor en Filología (2021) por esta universidad catalana. Es autor del libro ¿Es fácil ser hombre y difícil ser negro? Masculinidad y estereotipos raciales en Cuba (1898-1912), por el que recibió en el 2014 el Premio “Calendario”, de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Ha sido autor de sistemáticas publicaciones en revistas científicas y blogs. Amante de los deportes, del barrio y su gente, y de sus amigos, tengo el placer de acercarme a su historia de vida.  
¿Por qué dices que es fácil ser hombre y difícil ser negro?
Esa es una interrogante que yo me planteé cuando, digamos, empecé a encaminarme en el mundo de la investigación, en 2003, cuando entré a estudiar Historia en la Universidad de La Habana. 
Portada y contraportada del libro “Es fácil ser hombre y difícil ser negro. Masculinidad y estereotipos raciales en Cuba (1898-1912)”, de Maikel Colón Pichardo. Foto: cortesía.
 ¿Eres guantanamero?
Sí. Yo soy guantanamero y me crié en La Habana. Ni siquiera llegar a la Universidad de La Habana y estudiar historia estaba previsto, porque pasé casi toda mi vida adolescente jugando al básquet, estuve en la ESPA, y luego tuve la necesidad de plantearme si realmente iba a dedicarme a ello, o no. Entonces, en esa disyuntiva al final decidí que quería estudiar en la Universidad y nada, me preparé para las pruebas de ingreso. Luego tuve una segunda disyuntiva porque realmente lo que yo quería estudiar era Sociología, pero por coincidencia, mi familia conocía a Eduardo Torres Cuevas (historiador cubano). Al final me decanté por Historia, al entrar en la Universidad en el 2003 digamos que no tenía muy claro, —como es normal cuando entras en primer año—, cómo será o a qué te vas a dedicar cuando te gradúes, por dónde van a ir los caminos. Si te soy sincero, cuando entro a la Universidad todavía no tenía muy asumido el tema de que la proporción de personas negras era muy pequeña en ese espacio, o sea que era algo que yo no tenía identificado todavía. 
¿No tenías conciencia acerca de eso?
No, no tenía conciencia sobre eso…
Ya en la Universidad ¿cuál fue tu impresión sobre ese asunto?
De manera general, la mayoría de las personas que estudian en la Universidad son blancas, o al menos en Cuba se consideran blancas; eso también es otro debate. Entonces ya en el segundo año de la carrera digamos que tuve la suerte de que en la oferta de cursos optativos estuviese un curso de “Historia de mujeres”, que nos llamó la atención pues era un tema con el cual no estábamos familiarizados. Y, para mi suerte, ese curso era impartido por el doctor Julio César González Pagés; ahí lo conocí y, de alguna manera, nuestra relación se convirtió en algo tridimensional, el seguiría siendo mi profesor-alumno, luego creamos una relación de amistad que después pasó a ser una relación como de padre a hijo y entonces, a partir de ahí, digamos, comenzó todo este proceso.
Julio César González Pagés es uno de los más importantes especialistas y activistas cubanos sobre masculinidades, ¿no?
Si, si, efectivamente.
¿En qué momento de tu actuación en la disciplina de las masculinidades (que luego se relaciona a un proyecto de investigación) es que piensan conjuntamente Julio César y tú en darle una vertiente a esos de estudios de masculinidades para los hombres negros y por qué?
Digamos que en cierto modo no fue algo tan fortuito, porque fuimos interactuando, leyendo, documentándonos, ampliando conocimientos sobre lo que implicaba el estudio de masculinidades. Entonces, a partir de esa interacción, pues empezaron a surgir interrogantes. Claro que eso tiene que ver con el enfoque que dimos al estudio de masculinidades, de manera tal que se lograran interseccionar diferentes problemáticas que esos estudios generaban en el debate en Cuba y que estaban, por supuesto, marcadas por mi condición de hombre negro.  
En este punto de mi desarrollo como estudiante, pero a la vez académico-profesional, ya estaba teniendo como que más percepción de lo que implicaba dentro de la sociedad cubana ser negro, asumirse como negro. Entonces a partir de que empezamos a nvolucrarnos en todos esos debates, junto a Julio, comenzamos a relacionarnos y a interactuar con gentes provenientes de otros saberes, de otras profesiones y, para mi suerte, en toda esa interacción apareció Tomás Fernández Robaina.
¿Cómo te diste cuenta, en lo personal, de lo que supone reconocerse como negro en Cuba? ¿Hay alguna experiencia que me puedas contar?
Cuando conocí a Tomasito (Tomás Fernández Robaina), él empezó a facilitarme bibliografía y comencé a leer, entonces tuve conciencia durante ese proceso en el cual uno se está nutriendo de conocimientos, de cosas que desconoce, desafortunadamente. Incluso los programas universitarios son deficientes, no siempre los libros de historia que se utilizan en la universidad cuentan toda la historia, con todas sus complejidades, hay cosas que desafortunadamente se quedan fuera. La experiencia de conocer a Tomasito y que pusiera en mis manos tanta bibliografía, tener la oportunidad de poder interactuar con esa bibliografía (…) a partir de ahí, de toda esa lectura y de la interacción con los documentos en el Archivo Nacional de Cuba, entonces fue que empecé a profundizar sobre la negritud en Cuba. 
Por otra parte, tengo que confesarte que en la infancia yo vivía en un barrio que era tranquilo, independientemente de que era un barrio donde predominaba la gente blanca y no la gente negra, pero luego la interacción cotidiana no te hacía notar el hecho de que tú, en cambio, eras negro. Eras Maikel el hijo de Malena y el nieto de Zaida, que viven en la esquina, no eras el negrito Maikel (…) Luego en la universidad sí tuve como un choque más frontal con el asunto, (…) cuando yo era un adolescente (…) no entendía que me pedían el carné de identidad no solo para ver si era de La Habana, sino también por ser negro.
Ya en la universidad, cuando te enfrentas a toda esta información y la procesas te das cuenta de que no era casual la experiencia de que el mismo policía te pidiera el carné cada día o dos o tres veces a la semana, cuando ibas a clase y subías la escalinata. Entonces tú lo miras y te preguntas: ¡Pero si tú me ves todos los días subir por aquí! y además ver que, delante de ti caminaban al menos dos o tres chicos, aparentemente blancos, a los que no le pedían la identificación. Entonces, digamos que eso fue una primera alerta sobre la complejidad de las relaciones raciales en Cuba. 
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Ahora, tú vivías en un barrio digamos que de clase media, analizándolo desde un punto de vista clasista ¿no?
Probablemente sí. Lo que pasa es que en mi barrio había mucha gente trabajadora, que no era precisamente de clase media, había gente obrera, por una razón o por otra. Miramar fue un barrio en su momento muy elitista, pero cuando triunfó la revolución mucha gente fue a trabajar y estudiar a La Habana y los alojaron en barrios como ese y allí se quedaron viviendo (…) Yo llego a ese barrio porque la hermana de mi abuela y mi abuela se fueron a trabajar a La Habana, de muy jovencitas eran del servicio doméstico de una casa y justo cuando triunfó la Revolución, cuando los dueños se fueron de Cuba, pues mi abuela y su hermana se quedaron con esa casa.
Es decir, tus familiares eran personas migrantes también…
Sí, sí, mi abuela y su hermana emigraron desde Guantánamo en los años 50 a trabajar en esa casa en el servicio doméstico. 
Entonces, en tu barrio no pudiste apreciar claramente esos estereotipos raciales…
¡No, en esa primera etapa, no!
Digamos que entonces, para ti, existía una percepción de armonía racial, ¿no? Ahora, cuando tu trascendías la frontera de tu barrio, de tu gente más cercana, tus vecinos y te acercabas a ese contexto académico universitario, digamos que de élite, era que comenzabas a sentir esas fronteras…
Si, en la Universidad sobre todo, porque varios de los profesores me subestimaron en el sentido de que yo era Maikel “el de Historia que jugaba básquet”. O sea, predominaba la idea del negro deportista pero no el negro académico, aunque yo llevaba las dos cosas de la mano; muchos de mis compañeros tampoco asociaban al negro de 1.90 m que jugaba baloncesto, con un participante en eventos o autor de textos publicados en alguna que otra revista. Eso, de algún modo, sobrepasaba las expectativas que tenían sobre mí algunos profesores y compañeros de clase.
El canon sobre ti se estaba rompiendo, estabas rompiendo los cánones establecidos…
¡Si, totalmente!
¿Será que tu decisión de continuar la vida académica como investigador, como historiador, es además una estrategia de resistencia a esas percepciones de Maikel el basquetbolista? ¿Hubo algo de eso u otra cosa más?
Yo creo que en cierto modo sí, pero por otro lado también es verdad que yo tuve la suerte, el privilegio de entrar en el equipo de trabajo del profesor Pagés, que de alguna manera me indicó un camino. Un mundo (el académico) al que mucha gente puede pensar que no puedes entrar por tu perfil, pero te das cuenta de que tú si puedes, que eres un hombre inteligente, un hombre que piensa, que se está formando.
Cuando entiendes que como persona negra puedes tener determinadas limitaciones, obstáculos, ¿te planteas estrategias (otras) para avanzar en tu camino? ¿pensabas en eso concientemente?
En un principio no, pero luego en el proceso de formación, en la medida que vas adquiriendo conocimientos y experiencias, te vas empoderando y obviamente en ese proceso vas a encontrar obstáculos; todos los encontramos. Pero, desafortunadamente, todavía en la sociedad contemporánea a nivel mundial existen los obstáculos que tienen que ver con la raza, o sea que tiene que ver con perfiles raciales concretos. Y si, hubo malas experiencias también relacionadas con esos perfiles, pero afortunada e independientemente a eso, yo estaba en ese proceso de empoderamiento, por decirlo de alguna manera; también contaba con esas redes de apoyo formadas por las personas que iban apareciendo en mi vida.
Tener el apoyo de ellos, tanto de Julio César, de Tomasito, de muchas otras y otros, me dio más seguridad. En la medida en que van apareciendo obstáculos de determinada índole, no solo racial, estar empoderado, y sentirte apoyado y que estás creciendo como ser humano, como investigador, como historiador, pues indistintamente vas buscando estrategias diversas para sortear los problemas que aparecen; y así sucedió conmigo.
¿Qué percepción tuviste de las personas cuando comenzaste a ser Maikel el académico, el historiador, el chico que ya publicó un libro y que fue premio “Calendario”? ¿Cómo se siente eso? ¿Cómo lo viviste? ¿Qué representa ser un académico negro en un contexto donde predomina la blanquitud?
Mira, yo siempre siento que en el caso mío particular, además de todo el trabajo, de toda la proyección, de todo mi esfuerzo, tuve la suerte de contar con el apoyo de gente relevante dentro del mundo académico. Cuando la gente sabe que tienes un padrino, como solemos decir en Cuba, las relaciones y las posibles “asperezas” que pueden aparecer en cierto modo cambian. Yo tuve la suerte, como te he dicho, de tener el apoyo de Julio César Pagés, de Tomás Fernández Robaina, y luego esa red fue creciendo, aparecieron Daysi Rubiera, Isabel Moya, Roberto Zurbano, mucha gente linda que no alcanzaría a nombrar. Esa gente buena en mi vida, que de alguna manera, —incluso sobre la base de la propia experiencia de lo que ellos mismos habían vivido—, te ayuda a sortear cualquier tipo de circunstancias que puedan aparecer. Obviamente yo no era el único joven negro que estaba insertado en un determinado espacio académico, pero tener el apoyo de toda aquella gente era un cúmulo de cosas positivas que de alguna forma avalaron mi carrera, que en ese momento estaba comenzando.
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