HAVANA CLIMA

Medardo Vitier

Iluminaciones 2: Cintio y Fina, sobre Medardo Vitier

Medardo Vitier (1886 – 1960).Centro de Estudios Martianos, 8 de junio de 2006
Junto con unos pocos amigos y familiares, fui invitada al conversatorio dedicado a Medardo Vitier. Se cumplían 120 años del natalicio del padre de Cintio y él no quería hacer de aquello otra cosa que una velada íntima, sin texto escrito previamente, sin formalidades.
Con su aprobación, grabé el diálogo para publicar una reseña que finalmente salió el 13 de junio en Juventud Rebelde, con el título “Dicho en el alma”, apenas unas 80 líneas de la charla de aquella tarde. Convencí a Cintio de la importancia de rescatar aquel encuentro de manera íntegra y comenzamos a trabajar juntos en la versión que publicaría Aitana Alberti en sus cuadernillos.  A la charla original se le incorporaron fechas, nombres, citas y algunas acotaciones para hacer más comprensible las ideas, pero se respetó la disertación original. La edición impuso varias sesiones de trabajo inolvidables en la oficina que el matrimonio compartía en la Casona de Calzada y 4, en el Vedado.
Cintio Vitier: Estamos conmemorando el 120 aniversario del nacimiento de mi padre, un día como hoy, 8 de junio de 1886, en Rancho Veloz. Quiero leer unos versos que escribí el 5 de abril de 1962 —él murió en 1960—, y que se titulan “Dicho en el alma”, como evocación de mi padre.
Algunas cosas tengo que explicarlas antes. Por ejemplo: mi padre fue pesador de caña hasta los catorce años. Era campesino, hijo de un carpintero del central “Merceditas”, de Santa Clara, y que llegó a ser lo que fue, un maestro de la cultura cubana. ¿Cómo ocurrió ese milagro?
Empezó al ingresar, con mucho sacrificio de la familia, en el colegio “La Progresiva”, en Cárdenas, que fue muy importante en la época. Ingresó como estudiante y terminó como profesor, como el más joven profesor de “La Progresiva”, en Cárdenas, un colegio protestante.
Él tenía una formación protestante en su adolescencia porque su padre lo era, y muy devoto. Una tarde —que con el tiempo yo convertí en noche, porque me pareció más coherente y así está en una pintura de mi nieto José Adrián, que ha resultado un pintorazo, aunque no le gusta, desde luego, que lo nombren en público, ni en privado—, en fin, una tarde de regreso por un sendero de Las Villas, de vuelta al ingenio donde trabajaba como carpintero, sintió que el caballo se crispaba, se detenía, como suelen hacer estos animales cuando ven algo raro o sienten algo raro. Y entonces —me lo dijo varias veces con una sencillez absoluta, como algo irrefutable—, vio pasar delante de él a todos los animales de la Creación.
Pudo ser influjo de sus lecturas bíblicas, no sé, pero él lo contaba, con mucha sencillez, como una experiencia de guajiro. Ese cuadro, esa visión, la pintó mi nieto y ahí quedó un testimonio, ya no sólo en estos versitos que ahora les leo, sino en el cuadro de José Adrián.
Dicho en el alma
Querido pesador de caña,
querido filósofo,
hijo del cazador de venados,
del carpintero que hizo la mesa donde escribo,
del lector de la Biblia
que una tarde, en un sendero de Las Villas,
vio todos los animales de la Creación;
hijo de Luz, de Varela, de Varona,
querido niño estudioso,
querido orador,
amado anciano y maestro,
poeta, padre mío, suave estoico,
espíritu radiante,
no me abandones.
Cuando escribí este poema habían transcurrido un par de años de la muerte de mi padre. Creo que es el retrato de mi padre que yo conservo —cada una de estas líneas responde a una realidad y a una vivencia mía—, un retrato que aspiro también lo sea para ustedes.
En otro libro posterior, no sé de qué fecha, recojo un testimonio de algunas conversaciones de temas filosóficos que me atreví a tener con él en el portal de mi casa, cuando ya vivíamos en la Víbora.
La verdad
Hablando con mi padre, en el portal nocturno, a veces parecía
que se iba a descorrer una terrible telón.
                                               Entonces las palabras alejábanse
como los contornos de un paisaje que atravesáramos en sueños,
la situación de los interlocutores también extrañamente
                                                                                              se diluía,
dejando de sí solo jirones vagos, débiles conjeturas angustiosas.
 
¿Me hablaba del pasaje de Platón sobre el lustroso hígado,
espejo de las profecías, que a él le recordaba los hígados de las
reses que vio abrir con hábil cuchillo en su niñez?
                                                                                   Los árboles inmóviles
soplaban suavemente un halo vaporoso hacia la luna.
                                                                                         Los cuchillos
destellaban, la resbalosa víscera vinosa espejeaba
                                                                                   entre las manos.
Todo ocurría ya en otro mundo. Las palabras,
                                                                       las ideas y los hechos
incrustábanse en una oquedad remota. Eran sólo imágenes.
                                                                                                          La tela
viva se estaba desgarrando ardientemente.
                                                           Veía el abismo de lo inmediato.
Despierto, en lo indecible.
 
(Dejo estos signos como lo que son: un fracaso, la huella del explorador que se ha perdido para siempre en la nieve.)
Cintio Vitier: Después yo quisiera que Fina también recordara algunas cosas de mi padre, que a ella le hacían mucha gracia. Él tenía un gran sentido del humor que muchos no sospechan. Con frecuencia recordaba frases sueltas de lo que en su tiempo se llamó “La Cartilla”, con la cual aprendían a leer los niños. En esa “Cartilla” había cosas tremendamente inesperadas. ¿Tú recuerdas alguna?
Fina García-Marruz: ¡Cómo no!
Cintio Vitier: Por ejemplo: “¡Qué atmósfera la del Horeb!”
Fina García-Marruz: Eran los ejemplos que aparecían en “La Cartilla” para que los niños empezaran a aprender a leer, completamente inconexos, de una incoherencia muy graciosa. “¡Qué atmósfera la del Horeb!” Y a continuación decía: “Huevo de caimán”, y más adelante: “No llores, bribón”.
Cintio Vitier: Recordar eso a él le causaba muchísima alegría.
Fina García-Marruz: Sí, hay una incoherencia, pero siempre nosotros le buscábamos una coherencia poética. Por eso le dediqué las Nociones elementales a mi suegro Vitier, que me enseñó la coherencia de la incoherencia. Con la “atmósfera del Horeb” uno de pronto se imaginaba una escena y el “huevo de caimán” era Cuba donde algún niño, de esos majaderos, recibía la orden: “¡No llores, bribón!”
Cintio Vitier: Nadie sabe por qué, pero realmente eran así esas “Cartillas”.
Fina García-Marruz: Empezaban: “Cristo, A, B, C…”
Cintio Vitier: A propósito de “¡Qué atmósfera la del Horeb!” escribí unos versitos que no tienen nada que ver, que son casi más incoherentes y más locos que “La Cartilla” misma, pero de todas maneras los someto, no a consideración, sino sencillamente quiero compartirlos con ustedes:
Cartilla de mi padre
El papalotero en el tapiz de Goya
me recuerda esa luz que mi padre,
soñándose y riéndose, extraía
del Cristo A,B,C de su infancia, como chorreante
pescado misterioso.
Asombrado hijo del hechizo,
mientras la nada trepa por las piedras,
el majo bruto tiende el hilo
que lo levanta a él a peso ingrávido
en la exposición de esa nublada luz, ya tan extraña.
 
El que abajo fuma un pitillo nada sabe.
El brumoso embozado sabe.
¿Y yo, y tú?
¡Oh cometa, melodía,
qué atmósfera la del Horeb!
La poesía se presta para esos disparates. Un día, ya en la casa que vivo actualmente, muchos años después, me encontré con un paquete de cartas de mis padres, de la época en que eran novios. Estaba guardadito en un escaparate desde siempre y un día yo zafé las cintas que le ataban y me puse a leer aquellas cartas. Y descubrí, entre otras cosas, que mi padre también era un poeta. Cosa que no dejó de demostrarme en otras formas, porque también escribió algunos poemitas. ¿Recuerdas los poemitas que nos escribió?
Fina García-Marruz: Sí, cómo no.
Cintio Vitier: Escribí estos versitos pensando en esas cartas de amor que mi padre le dirigía a mi mamá, María Cristina Bolaños. Ella entonces era su alumna en el colegio protestante “Irene Tolland”, de Matanzas.
Pasó el tiempo de la flor,
el azafrán, el gallo,
pasó el tiempo del amor,
un suave rayo.
 
Pasó el tiempo del amor,
la frente pura,
pasó toda la dulzura,
mi madre en flor.
Este noviazgo ocurría entre la ciudad de Matanzas y la finca que estaba en un caserío llamado Empalme, cerca de Ceiba Mocha, por eso aparecen estas evocaciones de tipo rural.
La chispa azabache, el verde
rayado por el Sol,
la naranja que se muerde
y la postal tornasol.
 
Pasaron las lecturas
de las cartas de amor.
Llegaron manos duras.
Cayó la flor.
Aunque un poquito escéptico este final, me rehago a mí mismo pensando en aquellos amoríos, que dieron como resultado mi nacimiento, sobre el cual escribió mi querida Nancy Morejón[1] una prosa también inolvidable. Y me atreví a escribir este poemita que se llama: “Prosa para mi nacimiento”. No sé si podré leerlo, realmente:
Prosa para mi nacimiento
Hijo único de la declaración de amor
que hizo mi padre hace setenta años
como un romántico, un modernista, un provenzal de la provincia,
celebro que abril y mayo le fueran tan inmensos
y le inspiraran tanto como a mí este mayo y este junio
que me han lavado los ojos con la lluvia del silencio.
El silencio era el tema mayor de aquella epístola.
 
Rompe el llanto el silencio donde estaba
gestándose la nueva criatura,
imposible de decir en términos verídicos,
porque la bienvenida general lo desdibuja todo
y únicamente los ojos de la madre
saben qué es, quién es, aquello, aquél, en su ignorancia
que es la más alta flor de la inocencia.
 
Se mece el niño en esa flor, y llora,
nostálgico ya entre sangrientos nubarrones
de aquél silencio que era el vientre de la madre.
 
Yo estaba escribiendo estos poemas entre mayo y junio, que están recogidos en un cuaderno que se llama así, Poemas de mayo y junio. Recuerdo una carta de mi padre a mi mamá —a la que iba a ser mi mamá—, de una belleza extraordinaria. Y en esta carta, el tema central es un elogio del silencio, cosa realmente tremenda entre dos novios. Notable, ¿no? “El silencio —dice él—, ese gran trabajador.” Son cartas de un lirismo precioso. Él era un poeta; cada vez lo siento más.
Roto el silencio en átomos y en astros,
roto en casas, en viajes y en ciudades,
roto en sílabas, en lenguas y rencores,
roto en árboles, en nubes y deseos,
roto en días y noches, verdades y mentiras,
dolores y alegrías, olvidos y memorias,
hecho añicos el silencio, comienza a trabajar.
 
“Ese gran trabajador que es el silencio”,
así decía mi padre en su declaración de amor.
 
Ahora han vuelto los dos a ser criaturas del silencio
y yo me acerco a ellos, a sus reliquias y cartas silenciosas,
les quito el polvo, las repaso, las pongo un rato al sol,
lleno de este estruendo que es el llanto del silencio,
y oigo en el fondo los golpes del gran trabajador
que no descansa nunca, ni en la noche estrellada.
Es un pequeño homenaje al enamoramiento de mi padre y de mi madre, a sus nupcias y a mi nacimiento. Estos son recuerdos estrictamente personales, que he querido compartir con ustedes, porque los quiero mucho a todos y a cada uno de los que están aquí.
Recuerdo que cuando yo tenía siete u ocho años, mi padre ofreció una cena al gran escritor mexicano José Vasconcelos. Por cierto, tuve la oportunidad de recordarlo cuando me dieron el Premio Juan Rulfo en México. A José Vasconcelos, el mexicano, y no al cubano, porque tuvimos en Cuba un Vasconcelos.
Fina García-Marruz: Ramón Vasconcelos, un periodista bastante desorejado.
Cintio Vitier: Era un pillo, periodista; muy buen periodista, por cierto.
Fina García-Marruz: Sí, era un buen periodista.
Cintio Vitier: A mi padre lo hicieron presidente del Grupo Minorista en Matanzas y una de las primeras actividades fue organizar el homenaje a Vasconcelos, que pasaría por Matanzas. No olviden que mi padre había escrito Del ensayo americano, un libro muy importante, el único que escribió sobre literatura, pues los ámbitos de interés fundamental de mi padre gravitaban sobre la filosofía cubana.
En Del ensayo americano aparecen Vasconcelos, Mariátegui y todos los grandes ensayistas del continente. Este libro lo publicó el Fondo de Cultura Económica de México. Mi padre tenía una gran admiración por Vasconcelos, quien después se echó a perder, parece, en México. No sé, quizás por las situaciones que hubo allá, pero de que era una estrella de la cultura mexicana, no cabe duda.
Fina García-Marruz: Su Ulises criollo es una obra maestra…
Cintio Vitier: Lo recordé con motivo del Premio Juan Rulfo que me dieron allá. Yo era un niño y no se me olvida que, en vísperas de la llegada de Vasconcelos a mi casa en Matanzas, mi mamá me pidió algo especial para ese encuentro… Ah, mi mamá, que no olvido nunca, entre otras cosas, por sus ojos. Eran ojos que siempre me recuerdan un poema de Zenea dedicado a la gran actriz norteamericana Adah Menken.
Fina García-Marruz: “Del color de las olas en reposo / el verde puro de sus ojos era, / cuando cubre su manto el bosque hojoso / con sombras de esmeralda en la ribera.”
Cintio Vitier: Esos eran los ojos de mi madre.
Fina García-Marruz: Sus ojos eran de un verde raro.
Cintio Vitier: Era muy bonita; ella era preciosa.
Fina García-Marruz: “Sombras de esmeralda en la ribera.”
Cintio Vitier: De niño yo estaba enamorado de los ojos de mi mamá.
Fina García-Marruz: Ibas a contar la historia de la bandera que te mandaron a hacer…
Cintio Vitier: Mamá me dijo: “Ve, sal corriendo ahora mismo, porque esta noche es el banquete a José Vasconcelos, que es una gran figura hispanoamericana, y queremos tener una bandera mexicana en el patio de la casa, donde el Grupo Minorista le va a dar un banquete.” Atravesé Matanzas, corriendo, como un loco, para pedirle ayuda a mi maestro de pintura; por aquel entonces yo quería ser pintor. Mi madre quería que yo fuera un niño prodigio de todas maneras y me puso a estudiar violín a los siete años…
Fina García-Marruz: Francés, mecanografía, taquigrafía, pintura…
Cintio Vitier: Se estudiaba mecanografía y taquigrafía, como si fuera una carrera. Eso me permitió, a partir de los doce años, ser el mecanógrafo de mi padre.
Fina García-Marruz: De toda la obra de él.
Cintio Vitier: Toda su obra periodística y literaria, todos sus libros y todos sus artículos, yo los copié. Ahí me enteré de lo que decían aquellos textos por dentro. Cuando uno copia una obra la siente más cercana, la incorporas mucho mejor… Mi padre quería presidir aquel homenaje a Vasconcelos con una bandera mexicana. Salí corriendo para que mi maestro de pintura me ayudara…
Fina García-Marruz: El pintor Tarascó, en Matanzas.
Cintio Vitier: Alberto Tarascó se tomaba tan en serio su oficio, su vocación, que pintaba con una boina de pintor y una bata, todo el tiempo. Tenía una esposa muy linda, mexicana, que él pintaba mucho y era su musa. Sabiendo que él estaba casado con una mexicana, mi mamá me mandó con él y me dio un paño, y yo salí corriendo por Matanzas con aquello en la mano… Una hora después, Tarascó había pintado la bandera…
Fina García-Marruz: La puso sobre un mimbre.
Cintio Vitier: La puso sobre un sillón de mimbre y allí pintó al águila que aparece en la bandera mexicana. Las pinceladas sobre el mimbre daban la sensación de las plumas del águila. Salió impecable: las alas con sus plumitas perfectas. Yo regresé corriendo con aquella bandera desplegada, como una insignia, por todas las calles. Recuerdo que ya había un montón de gente en el patio de mi casa, que era la poesía misma.
Yo vivía entonces al lado de una familia, las Febles, unas muchachas. Una de ellas era pianista y era visitada por un extraordinario violinista, un viudo. Nunca he conocido una persona tan solemne y tan funeral en toda mi vida. “Todo de negro hasta los pies vestido”, como Felipe II, según algún verso de Antonio Machado.
Fina García-Marruz: Pantaleón de la Concha se llamaba.
Cintio Vitier: Pantaleón de la Concha… ¡Qué nombre!
Fina García-Marruz: Con su vestimenta.
Fina García-Marruz: “¡Qué atmósfera la del Horeb!”
Fina García-Marruz: Pantaleón de la Concha.
Cintio Vitier: Era una extraordinaria persona y escuchándolo a él, me enamoré del violín. Yo le ofrecí a Lolina Febles, que era la pianista, y a Pantaleón, mi ayuda para pasar las páginas de las partituras, que era lo único que sabía hacer entonces, porque estaba estudiando solfeo.
Fina García-Marruz: Ellos tocaban la Sonata Primavera, de Beethoven.
Cintio Vitier: Y yo pasaba las páginas.
Fina García-Marruz: Cintio llegó a tocar también esa sonata.
Cintio Vitier: Aceptablemente. Me enamoré del violín gracias a Pantaleón de la Concha. A los mexicanos les conmovió este recuerdo infantil, asociado a la figura de Vasconcelos, un escritorazo. No sé si ustedes han leído las memorias de Vasconcelos.
Nancy Morejón: Uno de los primeros títulos que vi de Medardo Vitier fue publicado por Samuel Feijóo, en aquella colección tan hermosa de la Universidad de Las Villas. Me interesaba saber qué relación tuvieron ambos. Medardo murió en el año 60, cuando la colección de la revista Islas, que Feijóo dirigía, comenzaba a publicarse.
Cintio Vitier: Ellos se conocieron en mi casa. Samuel venía mucho a La Habana.
Fina García-Marruz: Él paraba en casa cuando venía.
Cintio Vitier: Paraba, dormía y vivía en mi casa. Era una persona maravillosa, realmente inolvidable. No olviden que yo fui a trabajar a la Biblioteca Nacional, después del triunfo de la Revolución. Samuel decía que yo ganaba más que el Che, porque, además, daba clases entonces en la Escuela Normal de La Habana, en la sesión nocturna, con Lino Novás Calvo. Después me invitaron a dar clases de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Las Villas, cuando estaba empezando, después de liberada Santa Clara por el Che. Precisamente por eso era la broma de Samuel.
Sergio Vitier: Todos nosotros tuvimos una relación muy estrecha con él hasta su muerte. Tú sabes que los últimos tiempos de Samuel fueron muy tristes, porque padeció del mal de Alzheimer y perdió la noción de las cosas. Fue un gran amigo nuestro y papá se divertía mucho con él. Samuel era tremendo, un genio de la conversación.
Cintio Vitier: Sí, los cuentos que él hacía… Sergio, ¿recuerdas?
Sergio Vitier: El Elefante galante, El barbero Agustín, El Comandante Padilla…
Fina García-Marruz: Él se iba con Sergio a las montañas de Guamuaya y era la única persona a la que yo le confiaba a Sergio.
Cintio Vitier: No se sabe por qué, porque más loco que Samuel no lo había…
Fina García-Marruz: Sí, pero cuidaba a los niños maravillosamente, y ambos me mandaban cartas preciosas.
Cintio Vitier: Cuando llegué a la Universidad de Las Villas, ya lo conocía y se fortaleció mucho nuestra amistad y también con Núñez Jiménez, que había sido capitán de la tropa del Che. Y allí conocí a… ¿cómo se llamaba el italiano?
Fina García-Marruz: Fávole…
Cintio Vitier: Y también al rector de la Universidad de Las Villas, Mariano Rodríguez Solveira, que despidió el duelo de mi padre… Muy agradable, muy inteligente, muy buena persona.
Fina García-Marruz: Samuel publicó como ochenta libros cuando dirigió la Dirección de Publicaciones de la Universidad Central de Las Villas. Libros de Cintio, de Fernando Ortiz, de Roa…
Julio Domínguez García: A mí nunca se me olvida una de las conferencias que Samuel impartió en la Biblioteca Nacional, en la que se apareció con un tibor en la cabeza, rematado con una vela encendida.
Fina García-Marruz: Las “samueladas”… Ya él había publicado Sobre los movimientos por una poesía cubana hasta 1856, que es un libro clásico porque nadie había estudiado ese período tanto como él. Era un especialista del siglo xix. Nosotros teníamos una competencia fraternal en torno a quién sabía más del siglo xix cubano, que era su locura. María Teresa Freyre lo invitó a dar una conferencia, y yo estaba temblando por las “samueladas”, las travesuras que hacía. Él era como un niño. Y, efectivamente, se apareció con el tibor y un poema dedicado a “su oreja infantil debajo de la cama”.
No, no, pero lo grande fue que aquella gente, todos aquellos grandes investigadores como la doctora Freyre, que era una mujer muy elegante, se reían a todo dar. Se convirtieron en niños, como si tuvieran cinco o seis años.
Julio Domínguez García: Recuerdo que cuando terminó la conferencia, se quitó el tibor y apagó la vela.
Cintio Vitier: Apaga y vamos.
Fina García-Marruz: Esa fue una de las travesuras que nos hacía para ponernos nerviosos. A Cleva Solís la conocía por correspondencia y se admiraban mucho. Él decía que tenía cinco lectores: su mujer, Cintio, Cleva, el linotipista y yo. Cleva era muy seria y muy impresionable. El día que fue a conocer personalmente a Cleva, le dijo: “Te tengo que confesar que yo soy un drogadicto”. Cleva se asustó: “¡un drogadicto!” Y él le dijo: “Sí, sí, y además estoy escondido de la policía porque…” y después se echó a reír. Esas eran las “samueladas” que nos hacía.
Sergio Vitier: No tomaba ni fumaba, nada.
Fina García-Marruz: No tomaba nada. Él renunció a un cargo que le consiguió Cleva para anunciar bebidas, en un momento en que él estaba pasando mucha necesidad. Era un gran fotógrafo. Recuerdo un álbum con sus fotografías en los que aparecían cascadas de la Isla que ni siquiera eran conocidas por Núñez Jiménez. En Bohemia también aparecieron sus reportajes sobre los desalojos. Cleva le consiguió un trabajo de fotógrafo para promocionar una bebida norteamericana, un whisky, creo, y él no lo aceptó. Le dijo al hombre: “No, yo no voy a ganar un peso anunciando eso; he visto muchas familias destruidas por la bebida.” Y así fue. Renunció a un trabajo que estaba muy bien pagado.
Así y todo se presentó un día en la casa de Julián Orbón, que lo quería conocer porque lo admiraba muchísimo, y se apareció con una “samuelada”. Y Julián, que lo admiraba tanto, me decía: “¿Escribe hipnotizado, no? Porque lo que escribe es una maravilla.” 
Julio Domínguez García: Usted sabe que yo hice una pequeña cronología de la República, desde el principio del siglo xx hasta 1929, que ya salió publicada. Ahora trabajo en el segundo tomo. Recuerdo que en la investigación encontré una referencia a la renuncia de su padre como ministro. El anuncio decía algo así: “Salió de la secretaría —que era como se llamaba entonces—, con la misma dignidad con que entró”. Y esas son palabras que en aquella época significaban mucho.
Cintio Vitier: Recuerdo cuando eso ocurrió. La culpa —si se puede decir así— de que mi padre aceptara ser Secretario de Educación —entonces se llamaba así al Ministro—, la tuvo, con la mejor intención del mundo, desde luego, Agustín Acosta, quien era íntimo amigo de mi padre.
Fina García-Marruz: El mejor amigo de Vitier.
Cintio Vitier: Agustín Acosta vivió en Jagüey Grande, muy cerca de Matanzas, y mi padre y él se veían con mucha frecuencia, casi siempre en mi casa. Integraban, con Fernando Llés y otros, el Grupo Minorista de Matanzas, que dirigió mi padre… Yo presencié la visita que le hizo un enviado del entonces director del Diario de la Marina, Pepín Rivero. Recuerdo bien a aquel hombre inmenso, vestido con un traje de dril blanco, muy ostentoso, que llegó a la casa, cuando nosotros vivíamos en la Víbora, en la casa de mi tío “Monzo”.
Este hombre traía la misión de obtener en aquella visita, inmediatamente, nada menos que la subasta del material escolar de toda la República de Cuba para un recomendado de Pepín Rivero.
Cuando el hombre terminó de hablar —yo estaba oyendo la conversación—, que fue larga y tendida, mi padre le respondió: NO. Sencillamente.
Fina García-Marruz: Nada más le dijo eso: NO.
Cintio Vitier: El tipo se fue hecho polvo y con la cabeza baja. Pero al día siguiente empezaron los ataques contra mi padre.
Fina García-Marruz: Toda la prensa. Bueno, el caso fue parecido al de mi padre [doctor Sergio García-Marruz], que fue Secretario de Salubridad y terminó envuelto en un escándalo similar. Aquellos gobiernos buscaban a una persona que tuviera un prestigio. Duraban unos cuatro o seis meses en el cargo, hasta el momento en que se negaban a participar en la corrupción.
Cintio Vitier: En realidad la mayor parte de ustedes, por la juventud que los caracteriza, no se pueden hacer idea de lo que era aquello. No había disimulo. Sencillamente te iban a ver, te pedían tal cosa y si no lo hacías te pasaban la cuenta.
Fina García-Marruz: Con una campaña de descrédito.
Cintio Vitier: Casi había que agradecer cuando algún periódico se empeñaba en arremetidas como esas.
Renio Díaz: Uno de los primeros libros que se escribió en Cuba sobre Martí es de Medardo Vitier.
Cintio Vitier: Así es. En 1911, diez años antes de que yo naciera, mi padre publicó un estudio que fue premiado por el Colegio de Abogados de La Habana, con el título: Martí, su obra política y literaria. Fue el primer libro dedicado a Martí como tal: como libro. Y ese libro llegó tarde a mis manos, por muchas razones, de todo tipo. Lo cierto es que cuando lo leí me quedé asombrado, porque él había dicho diez años antes de mi nacimiento cosas que yo creí haber descubierto en Martí.
Martí era el tema obligado de todos los oradores políticos buenos y malos de Cuba. Desde luego, era un hombre super nombrado. Mi padre se enamoró absolutamente de esa figura, de una forma radiante, de una forma entrañable y para siempre. Toda su vida se la pasó estudiando a Martí. Nunca le oí hablar a papá de cómo se acercó por primera vez a Martí, pero era imposible que no ocurriera ese encuentro.
Hay una idea que a mí me sorprendió mucho cuando leí tardíamente ese libro: la consideración del pensamiento poético y del pensamiento político de Martí como un todo; no como dos cosas distintas que se pueden estudiar separadamente, sino como un todo. Así también lo he visto siempre y todo parece indicar que lo heredé de él. No por la lectura sino por la sangre.
Fina García-Marruz: Por el pensamiento del que antes hablabas.
Cintio Vitier: Porque cuando leí ese libro, ya yo había escrito mucho sobre Martí, porque empecé muy temprano a escribir sobre él, particularmente cuando trabajábamos Fina y yo en la Biblioteca Nacional. Lo estudié mucho cuando se acercaba la fecha del Centenario, que fue tan importante en todo sentido.
Las Ideas en Cuba no tienen más que un sentido: llegar a Martí. Sin embargo, él cometió un error del cual se arrepintió después y lo confesó. Yo quisiera recordar, como un ejemplo de su absoluta honradez intelectual, lo que él mismo dice: “No lo incluí (a Martí) en mi libro La Filosofía en Cuba, por ceder a alguna idea muy extendida, pero injusta…”.
Se refiere a un hecho muy concreto. A La Habana vino un gran pensador, en el sentido moderno de la palabra, el español José Gaos, invitado por el Centro Hispano Cubano de Cultura que dirigía Fernando Ortiz.
Mi padre se enteró por José Gaos de una tesis a la cual le sacó muchísimo partido después, la que realmente le permitió acercarse de veras a Martí. José Gaos sostuvo que ni en España ni en Hispanoamérica hay filosofía, sino pensamiento. Pensamiento filosófico, en vez de sistemas filosóficos…
Fina García-Marruz: A la alemana.
Cintio Vitier: Como en Francia, como en Alemania, como en Italia…
Fina García-Marruz: Y por eso no lo incluyó entre los filósofos.
Cintio Vitier: En un momento dado dice:
“No lo incluí [a Martí] en mi libro La Filosofía en Cuba por ceder a una idea muy extendida, pero injusta: la de que son filósofos quienes originan sistemas, quienes ocupan cátedras de Filosofía o quienes escriben tratados sobre la materia, ya en lo histórico, ya en lo teórico, con exclusión de los escritores no especializados, pero dotados de la aptitud filosófica, con título para que se les llame pensadores. En realidad creo que Martí debe figurar en el recuento de La Filosofía en Cuba.”
Y así, en el libro Martí. Estudio integral, que recibió el Premio del Centenario, en 1953 —todos sabemos que no ocurrió en las mejores circunstancias políticas del país, sino en las peores, y yo creo que está perfectamente justificado porque es un estudio del pensamiento de Martí fuera de toda escuela, fuera de todo sistema— dice cosas importantísimas. Por ejemplo: en ningún caso Martí estudia la axiología como tal, o sea, la teoría de los valores. Los valores para él —dice mi padre— no son valores, sino vivencias; no son objetos de estudio, sino algo que él lleva dentro y que expone no como resultado de estudio ni de investigaciones, ni mucho menos algún tipo de teoría, sino como cosas que ha vivido, que está viviendo, que lo están haciendo arder. Los valores como algo que nos enciende, que nos hace dar luz, que nos hace sufrir, inclusive, por la capacidad que todo hombre tiene en un momento dado de realizar los valores de la Historia. Y habla de eso en el último trabajo.
Por cierto, que a esta segunda edición de Las Ideas en Cuba, le falta la última página, lo cual es una errata gravísima. Dice:
Es la suya una filosofía de seguridades [la de Martí], es decir, de lo que hoy se busca afanosamente, como se buscó, a partir de la muerte de Aristóteles, en el 323 a. de C., durante el período denominado helenístico, que algunos extienden hasta los días de San Agustín.
Naturaleza ardiente, más sintética que analítica, pide cuenta del ser y del destino individual. No la pide al puro razonamiento; ni a la apariencia de seres y cosas, que diría Parménides; ni a las conclusiones de la ciencia, cuyas “leyes” son, a lo más, simbólicas; ni a los sistemas, en discrepancia continua. Pide esa cuenta a la vida, en su drama perenne, y al dolor, en su majestad, para muchos, impenetrable, para él, reveladora.
Ese párrafo da una idea de la penetración, de las profundidades del estudio que hace de la filosofía, del pensamiento de Martí, que parte realmente del dolor y de las revelaciones del dolor como tal. No axiológicamente considerado, sino vivencialmente. Me parece que son cosas definitivas, profundas, importantísimas, que están en este ensayo de él, sobre todo en el capítulo que le dedica, en el libro que les estoy evocando en este momento, el Estudio integral, dedicado al pensamiento de Martí.
Y después hay otro dedicado a la religiosidad de Martí. Religiosidad, que yo llamo sin iglesia. ¿Por qué? Martí no podía pertenecer a ninguna Iglesia. La Iglesia católica era un instrumento de la Colonia. ¿Cómo iba a estar Martí en la Iglesia Católica? Y la Iglesia protestante no era tampoco la suya, aunque tuvo gran admiración por los grandes protestantes americanos, como todos sabemos.
Este análisis es un ejemplo más de la honradez de mi padre, algo que hay que reconocer aunque sea su hijito el que está hablando ahora aquí. Él se dio cuenta de que había fallado, que no le había dado el lugar en el pensamiento filosófico que Martí merece y, lo dijo, y se arrepintió. Su idea era que la religiosidad no se le puede negar a Martí.
Fina García-Marruz: Esa es la prédica que él recibió directamente en su hogar: la del cristianismo popular español. Recuerdo que Martí habla de eso en su primer poema.
Cintio Vitier: La formación de su papá y de su mamá, en esa casita, su casita, la que conocemos y que parece un pesebre.
Fina García-Marruz: Él dijo: “Cristiano, puramente cristiano”, que se traduce en: “Mi vida por la vida de los demás, mi sangre por la sangre de los demás.” Eso es lo esencial en el cristianismo.
Cintio Vitier: Creo que eso está por ver todavía con toda la profundidad posible.
Fina García-Marruz: Es un tema que requeriría tiempo para explicar lo que Martí llama el sentimiento “innato”, no “la idea de Dios”, que es adquirida y que cada pueblo se hace una distinta, y que puede ser enajenante, y en eso coincide Marx con Moisés, y Martí con Moisés. Puede ser, no una idea, sino un sentimiento, y un conocimiento innato, en todos los hombres y en todos los pueblos… A veces le llaman Brahma, Alá, Zeus, pero es el mismo Ser Creador. Es la idea de un Ser Alto que creó el mundo, que para Martí es innata. Y si al hombre no le enseñaran eso —nos dice Martí— lo inventaría.
Cintio Vitier: Está claro que lo inventaría.
Fina García-Marruz: Porque incluso él, que no tenía conocimientos teológicos —era lo único que no tenía—, en El presidio político en Cuba, sin nombrar a la Segunda Persona de la Trinidad, descubre a Dios encarnado en el sufrimiento de Nicolás del Castillo: “En ese hombre está Dios”, dice.
Descubre a Dios en Nicolás del Castillo, y sin embargo, yo estoy segura de que doña Leonor no le explicó esto. Su cristianismo era casero, popular. Él lo dice en su primer poema: “A Dios le pido constantemente / Para mis padres vida inmortal. / Porque es muy grato sobre la frente, / Sentir el roce de un beso ardiente / que en otra boca nunca es igual.” Su primera formación se produce en ese cristianismo: “Soy solamente un cristiano”, dice, porque no podía ser católico en un momento en que la Iglesia estaba aliada a la Colonia por el Patronato regio.
Cintio Vitier: Y era el brazo más importante de la Colonia desde la conquista.
Fina García-Marruz: Eso tiene que ver más con la historia de la Iglesia y no del cristianismo. Él dice: “El padre no tiene la culpa de los crímenes de sus hijos.” Ese pensamiento está perdido en sus Obras Completas. Me refiero a la página donde él habla de la religión como algo innato y no como una idea. Aunque en El Presidio Político…, al principio dice: “Dios existe, sin embargo, en la idea del bien, que vela el nacimiento de cada ser.” “¿Qué cosa es Dios? El bien es Dios.” La idea de una cosa buena y alta. Eso es lo que dice al principio.
Pero ya después, cuando ve el dolor de Nicolás del Castillo y del niño Lino Figueredo, entonces dice: “ÉL está ahí.” Dios está encarnado en el sufrimiento. Y antes de descubrirse la Teología de la Liberación —cuya esencia es San Mateo 25—, Martí lo ha descubierto, y antes, José de la Luz y Caballero, cosa que no se dice.
Luz y Caballero fue el primero que habló de lo que sentaría la base de la Teología de la Liberación: San Mateo 25, que le dice a los ateos: “Venid, porque cuando estaba preso, me visitasteis; cuando estaba enfermo me vinisteis a ver; cuando tuve hambre me disteis de comer.” En el siglo xviii cubano aparece ese concepto en el Papel Periódico de la Havana. Nosotros lo estudiamos mucho cuando estábamos en la Biblioteca Nacional. Martí ya descubre a Cristo en el sufrimiento y dice: “Ahí está Dios, en el sufrimiento de Nicolás del Castillo”, porque eso es innato, porque como él decía, eso no hay que enseñarlo. Esto se puede encontrar claramente en las Obras Completas, Tomo 19.
Cintio Vitier: Tomo 19, página 391. Y en esa misma sección hay dos trabajos en contra de la Iglesia Católica.
Fina García-Marruz: Sí, la Iglesia como historia, la Iglesia como institución.
Cintio Vitier: Martí defiende el cristianismo puro, innato en el ser humano, y cree que la religión cristiana es la que más se acerca a la religión natural. ¿Tú recuerdas, Mayra Beatriz, cuando estuvimos aquí reunidos leyendo esa página? Hubo varias opiniones, pero tú me dijiste una cosa que yo me quedé pensando: esa página de Martí demostraba su carácter de político. Tú lo llamaste “zoom politicon”, como diría Aristóteles: animal político. Yo te dije también, un poco en broma, solo politicon, porque no me gusta lo de animal.
Fina García-Marruz: Porque Martí siempre hablaba de la dignidad del hombre y eso es otro tema, un temazo. Otro temazo es el estudio de la crónica de Martí: “Un Congreso Antropológico en los Estados Unidos”.
Pero antes de terminar, quería darles mi testimonio, lo que conocí de él desde que me casé con Cintio hasta que murió. Hablarles de un Vitier doméstico, muy revelador para mí. Lo había leído antes de casarme. Recuerdo que él dio un curso sobre Lógica, y lo fui a oír. Conservo la libreta con los apuntes de ese curso, realmente muy bueno.
Lo conocía a él como maestro antes que a Cintio. Pero lo llegué a conocer mejor cuando empecé a convivir todos los días con él. Entonces alcancé a ver muchas otras facetas suyas. Ya les hablé un poco de la humorística. Recuerdo sus cuentos. Por ejemplo, la fábula del ganso que tenía que transportar a cuatro personas: a unas las llevaba y a otras las traía. Era un problema matemático que él quería que lo resolviéramos y no había forma de resolverlo: ¿cómo podía llevar y traer hasta cuatro personas en cuatro lugares distintos? Era muy cómico eso.
Él tuvo que aprender solo la Filosofía, que era lo que más le interesaba. Decía que las personas que escriben sobre Filosofía dan por hecho que uno sabe muchas cosas; pero en realidad no las sabe. Y entonces decía él —lo veo tan cómico—, que cuando él, un guajirito que estaba empezando a estudiar, veía de pronto un texto filosófico y se encontraba con la palabra sic, como se suele hacer, en latín, él pensaba: “bueno, eso debe ser una forma de advertir que la persona dice SIC”. Era una delicia. Un día, cuando ya estaba para morir, el pobre, lo veo riéndose en la cama. Le digo: “Vitier: ¿usted se está riendo solo?” Me dice: “¡Ay, hija!, yo me voy a morir de buen humor.”
Cintio Vitier: Y sufrió mucho. Esa última enfermedad fue muy mala, muy dolorosa. Y sin embargo, se reía solito, se reía de cosas que recordaba…
Fina García-Marruz: Como todos los ancianos, sustituyó la memoria inmediata por la antigua. Recordaba cosas de su niñez. Sin embargo, mientras pudo, estudió. Lo recuerdo estudiando alemán solo, para leer a los filósofos en su propio idioma. La mitad de los libros de su biblioteca eran en inglés. Este idioma lo aprendió solo, y leía un poco el latín. No creo que lo conociera tanto como Luz y Caballero, pero sí lo suficiente para entender aquellas frases que aparecían de pronto en los textos. También sabía un poco de griego.
Sergio Vitier: Decía: “Si uno estudia todos los días un poco, un día amanece sabio.”
Fina García-Marruz: Sí, él decía esas cosas.
Sergio Vitier: Me decía: “Tú no te has fijado que cuando llega al pueblo un perro del campo, todos los demás perros le huelen el culo.” Él tenía mucho humor campesino y era muy simpático.
Fina García-Marruz: Era un pedagogo extraordinario. Un día le dije, por ejemplo: “Mire, usted no solamente enseña lo que enseña, sino que enseña a enseñar.” Porque él me decía: “Cuando uno quiere que otro aprenda, hay que dirigirse siempre al que sabe menos. No hay que ponerse en el lugar del que sabe más para ser brillante, sino del que sabe menos y tratar de que se lleve de la clase dos o tres ideas centrales. Porque si tú hablas de muchas cosas, lo que pasa es que cuando el muchacho sale no se acuerda de ninguna.”
Martí creía que esa era una técnica esencial en la pintura: no se debe perder mucho tiempo en colores, sino destacar la energía central. No se debía terminar la clase hasta no tener la convicción de que a esa persona, que es la que sabía menos, llegaba con una idea clara de una cosa. Ese era su método y al vocabulario le daba mucha importancia.
Otra cosa, decía, el idioma que se habla comúnmente no es el de los libros. Por ejemplo, si uno oye la palabra idealista, no debe pensar que es un hombre de muchos ideales. El idealismo filosófico no tiene nada que ver con ser muy idealista. Entonces, lo primero que hacía era enseñar el vocabulario y después argumentar una idea central. Esas eran sus dos mejores estrategias. A él le gustaba mucho, admiraba mucho la precisión de la pedagogía francesa, los liceos de Francia. Más que la academia universitaria, el saber de Liceo, que a su juicio era la base de la claridad francesa.
Recuerdo que un día llegué de la calle y dije: “He estado cinco horas esperando la guagua” —en aquella época cinco horas todavía no era mucho. (Risas). Él, que estaba leyendo, levantó la cabeza y me dijo: “No diga cinco horas, nadie le va a creer si usted dice eso; diga el tiempo que usted estuvo realmente: veinte minutos, más o menos.”
Él sabía que existe el tiempo psicológico y el tiempo real. A una persona ansiosa, cinco minutos le parecen dos horas, ¿no? Él no desconocía eso, sino que veía en la exageración la forma más benévola de la mentira.
Nunca se me ocurrió enseñarle ni una poesía, ni ningún otro trabajo mío. A Vitier yo lo respetaba tanto que no me atrevía a nada. Creía que sólo me conocía como la mamá de Sergio y José María. Cuando se estrenó la Universidad del Aire en la CMQ, Mañach nos invitó a los Origenistas a hablar a través de la emisora. Y fuimos Lezama, Eliseo, Cleva, Octavio y yo. Leí una página, que después publiqué en mis Ensayos, sobre Gracián y Martí. Él lo escuchó por la radio.
Cuando llegué descubrí que Vitier había oído el programa y me puse a temblar. Él era muy especial. Me dijo algo que parecía un elogio, pero no lo era: “Usted peca de plétora.” Cuatro palabras: “Usted peca de plétora.” Yo tenía muchas cosas que decir, pero las quería decir todas. “Diga lo esencial”, repetía.
Un día lo fueron a ver unos estudiantes. Tenían la idea de que Vitier podía ser como Enrique José Varona, una especie de maestro de los jóvenes. No recuerdo exactamente qué querían, pero no olvido una frase de él, muy buena. Uno de ellos hablaba mucho y le hacía perder mucho tiempo. El muchacho le empieza a dar una conferencia y, además, hablaba muy alto. Vitier lo escuchó con paciencia. El joven de pronto le dice: “Hemos venido porque nosotros que somos estudiantes, y perdone, maestro, que lo estemos molestando, pero es que nosotros somos estudiantes…” Entonces Vitier levantó la cabeza y le respondió: “Mire, joven, yo creo que aquí el único estudiante soy yo.” Y era verdad: siempre estaba estudiando y trabajando.
El otro Vitier que conocí fue al músico. Nunca le había oído cantar nada. Jamás escuchaba la radio, ni la televisión, salvo al final, que seguía los discursos de Fidel, a quien admiraba. Me dijo una cosa muy bonita un día de un discurso de Fidel.
Vitier venía de su oficina por la mañana, del Ministerio de Educación, almorzaba y como era sabio, no dormía la siesta, sino que encendía su cigarro y caminaba por el pasillo hasta terminarlo. Después se sentaba, dormía muy poco y empezaba a estudiar.
Y hasta que no se ponía la mesa por la noche, yo no le vi hacer otra cosa en toda mi vida que estudiar. Como decía Guimaraes Rosa, “Maestro no es el que siempre enseña, sino el que de pronto aprende”. Él no estaba siempre de maestro, sino de aprendiz, de estudiante. Eso: el único estudiante era él.
Nunca lo había oído cantar nada. Pero Sergito no dormía a ninguna hora del día, si no era con su abuelo. Y de pronto descubrimos que él recordaba de su época de guajiro las tonadas guajiras y también recordaba el zapateo.
Sergio Vitier: Y tocaba la filarmónica.
Fina García-Marruz: La filarmónica era de los niños. No sabía de música pero él buscaba las notas en la filarmónica, y reproducía la canción que él había oído en el campo, una música que yo no he olvidado porque es muy curiosa. Les voy a explicar por qué.
Resulta que Vitier admiraba a José María de Heredia, “el francés”, primo del cubano José María Heredia. En El Fígaro, José María, el francés, que tenía una gran fama, publicó un saludo a José María Heredia, el cubano.
Y empezaba: “Desde la Francia, / madre bendecida, / por la sublime libertad / ¡qué bella…” Fíjense que es una frase melódica larga, ¿verdad? El orden gramatical hubiera sido: “¡Qué bella fue la Francia madre de la libertad!” ¿no?, sin embargo, su construcción obedecía a un ritmo, y decía Vitier: “Ese hombre debió conocer muy bien el español, pero la frase tiene una construcción rara.”
“Desde la Francia madre bendecida por la sublime libertad, ¡qué bella! ¡Qué bella!” Él se la cantaba a Sergio cuando no se quería dormir, y era lo único que lo dormía. En serio: cargaba al niño, ponía su cabecita en el hombro, comenzaba a cantar y Sergio se quedaba dormido.
Se subía al niño en el hombro y con el tacón iba marcando en la primera frase: “Desde la Francia…” Lo que suena son las vocales, las consonantes no suenan ¿no? Entonces sonaba “A, E, I”, daba tres golpecitos y marcaba el ritmo de A, E, I: “Desde la Francia, madre bendecida”. Después: “Por la sublime libertad, ¡qué bella!”. Entonces invertía, en vez de A, E, I, marcaba; I, E, A. “Desde la Francia madre bendecida, por la sublime libertad, qué-bella”.
Cintio Vitier: Y lo bailaba, además.
Fina García-Marruz: Lo cantaba y lo bailaba.
Cintio Vitier: Pero lo bailaba como dicen los bailadores, en un ladrillo.
Fina García-Marruz: La frase melódica la convierte en rítmica, marcándola con el pie. Él no olvidaba que Heredia era el cantor de la libertad que había inspirado la guerra de la independencia, la guerra libertaria. Se ponía de pie para cantar el último verso, que era precioso: “De pie tocando tu vibrante escudo.” Marcaba la frase “E, U”: “De pie tocando tu vibrante escudo.” Y la terminaba apoyándose en una sola vocal: O.
Lo que me extrañaba de Vitier era que él no oía música, y me preguntaba cómo tocaba la filarmónica y cómo hacía el baile, la danza.
Cintio Vitier: Todo eso le venía de su infancia guajira.
Fina García-Marruz: De su infancia guajira, de la cual no olvidaba ni los puntos ni los contrapuntos. Pero este no era ni un punto, ni un contrapunto, aunque se parece. Era una melodía muy rara…
Sergio Vitier: Yo no sé qué cosa era.
Fina García-Marruz: Yo tampoco lo he sabido nunca, pero era muy especial, y tendría que ser algo que él oyó. Bien, no quiero demorarme más. No quiero pecar de plétora, como decía él.
Cintio Vitier: Peca de plétora, peca de plétora (se ríe).
Fina García-Marruz: Para terminar —sin pecar de plétora—, quiero comentarles en pocas palabras la impresión última de Vitier. Su cualidad principal era la serenidad, el equilibrio de todos sus dones. Él decía que tenía de la madre la aequanimitas griega, la ecuanimidad, el estar por encima de lo que está pasando. De su padre, heredó la sensibilidad. Él tenía esas dos herencias muy fuertes. Ellos fueron sus primeros maestros, éticamente definieron su manera de ser. Ese equilibrio, esa serenidad, la mantuvo hasta la muerte.
Él decía que le gustaba mucho la frase de Martí “concretar para vigorizar”. La frase se vigoriza cuando se concreta. Y en eso era un maestro. Si tuviera que decir una sola cosa de Vitier, diría que fue como Martí pidió en aquella carta, que algunos creen fría, y yo creo que es lacónica y dolorosa: “Sé justo.” Eso fue Vitier, un hombre justo. Era un hombre justo.
Cintio Vitier: Mira, hay una cosa que yo quisiera recordar ya para terminar este encuentro, que no es un homenaje, sino una conversación evocadora. Recuerdo que a mi padre fueron a verlo para que se solidarizara con el manifiesto de los estudiantes contra la prórroga de poderes de Machado.
En aquella ocasión pronunció un discurso en el Teatro Sauto de Matanzas, para mí inolvidable. Yo era un niño prácticamente y lo escuché temblando. Fue un discurso martiano y antimachadista, violentamente antimachadista, que no le costó la cárcel porque, en aquella época y en esta, en todas las épocas, hay personas buenas.
Un teniente de Matanzas, de apellido Madruga, lo protegió. Después de ese discurso mi padre tuvo que escapar para la finca de mi abuela en Empalme y esconderse allí. Claro, era un escondite relativo porque muchas personas sabían que allá estaba la finca de la familia. El teniente Madruga ocultó dónde estaba. Esas acciones son conmovedoras, porque podía costarle el puesto, e inclusive, ir a prisión, y sin embargo no dijo lo que sabía. En aquella ocasión, también debo decirlo, aprendí, a través de aquel discurso, que Martí no era ni podía ser solamente un motivo de estudio. Martí era un arma de combate.
Medardo Vitier Guanche (Rancho Veloz, Las Villas 08/06/1886, La Habana, 18/03/1960). De modesto origen campesino, inició sus estudios en Cárdenas, se graduó de Maestro de Enseñanza Primaria en 1904, figuró en el Claustro del Colegio La Progresiva, fundó en Matanzas el Colegio Froebel, se graduó de Doctor en Pedagogía en 1918 y fue profesor de Literatura y director varias veces de la Escuela Normal para Maestros de Matanzas.
Por adherirse al manifiesto de los estudiantes de la Universidad de La Habana contra la prórroga de poderes de Gerardo Machado, se le instruyó expediente y se le separó de su cátedra. Trasladado a La Habana, ocupó brevemente la Secretaría de Educación en 1934, cargo que en aquellas circunstancias resultó incompatible con sus principios, y sucesivamente fue superintendente de Segunda Enseñanza, inspector general de Escuelas Normales y también, brevemente, director de Cultura en 1944. Desde 1952 ejerció como profesor de Historia de la Filosofía en la Universidad Central de Las Villas, que le confirió el título de Doctor Honoris Causa en Filosofía en 1956. Fue miembro de número de la Academia Nacional de Artes y Letras y del Ateneo de La Habana, y correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua, y de la Academia Nacional de Ciencias de México.
Colaboró en El Fígaro, Cuba Contemporánea, Revista de Avance, Universidad de La Habana, Lyceum, Revista Bimestre Cubana, Boletín de la Academia Cubana de la Lengua, Islas, El Mundo, Información, Diario de la Marina.
Sus obras principales son: Martí, su obra política y literaria (Premio del Colegio de Abogados de La Habana, 1911), La ruta del sembrador; motivos de literatura y filosofía (1921), Lo fundamental: ideas sobre educación (1926), Apuntaciones literarias (1935), José Ortega y Gasset (1930), Varona, maestro de juventudes (1937), Las Ideas en Cuba (Premio Nacional de Literatura, 1938), Estudios, notas, efigies cubanas (1944), Del ensayo americano (México, 1945), La Filosofía en Cuba (México, 1948), Enrique José Varona, su pensamiento representativo (1949), Martí. Estudio integral (Premio del Centenario, 1954), José de la Luz y Caballero como educador (1956), Kant, iniciación en su filosofía (1958), Valoraciones (2 vol., 1960-1961).
Nota bibliográfica
[1] “Prosa para el nacimiento de Cintio Vitier”. En: Pluma al viento, Editorial Oriente, 2006.
Cintio y Fina, en fotos

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