HAVANA CLIMA

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De cometas y revoluciones

Hace unos días, conversando con mi amigo, el colega Antonio Enrique González Rojas, recordábamos la película Contacto, basada en el libro homónimo de Carl Sagan. En ella, una civilización extraterrestre conoce la existencia de vida en la Tierra cuando sus radares perciben las primeras imágenes transmitidas por la televisión de nuestro planeta, que no son otras que el discurso de bienvenida de Adolf Hitler al inaugurar la Olimpiada de Berlín en 1936.
Sagan utiliza para su libro, ondas de radio, mientras Zemeckis, el director del filme, recurre a imágenes audiovisuales. ¿Qué idea del mundo pueden tener los extraterrestres de lo que es la vida, la historia o lo que llamamos civilización humana, si todo lo que tienen de ella es aquel precario instante y fatal personaje?
Aunque ese punto de partida dramatúrgico tiene su basamento científico, funciona perfectamente como detonante del imaginario popular, de modo que cada espectador o lector hará sus propias analogías. Como la mente actúa de forma misteriosa, y muchas veces impredecible, imaginé con cierto espanto cuál pudiera ser la reacción de una comunidad alienígena si observaran un día las señales que, ahora mismo, transmite la televisión cubana.
¿Qué pensarían de nosotros si, por ejemplo, les llegaran solamente los reportes del noticiero, que intentan explicarnos por enésima vez los problemas del helado en Coppelia? ¿Reconocerían la identidad de una nación, sus conflictos reales, virtudes o defectos, cultura o sueños, en esa sucesión de fotogramas y cabezas parlantes? ¿Estarían dispuestos a viajar millones de años, atravesar agujeros negros y sortear todo tipo de peligros para conocernos y alertarnos sobre lo que se avecina?
Desde luego, siempre pueden toparse con imágenes peores, muestras del fracaso que somos como especie, si observaran, por ejemplo, la guerra desatada por Rusia en Ucrania, o el hambre y la devastación natural que golpean a buena parte de la humanidad.
Mi amigo Tony me recordaba el breve relato titulado Historia de un cometa, escrito hace más de un siglo por el astrónomo francés Camille Flammarion. En él, un cometa sigue su trayectoria por el espacio y cada cierto tiempo, medido en cientos de miles de años, cruza por el sistema solar y, por supuesto, roza la Tierra. Como el cuerpo celeste tiene vida y conciencia propias, reflexiona sobre los cambios ocurridos en la humanidad desde sus primeras visitas. ¿Cuánto han evolucionado, o no, los seres humanos? Tiene incluso un dialogo con su «hermano» Halley, con quien coincide en una de sus incursiones.
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El relato juega con el tiempo, incorpora elementos fantásticos, especula con la historia y otorga privilegios extraordinarios al astro, que ha sido testigo de infinitos acontecimientos, mayormente desconocidos u olvidados por la especie humana.
Pienso entonces en lo interesante que sería poder conversar también con ese cometa, capaz de revelarnos tantas cosas que hoy parecen perdidas en algún recodo del tiempo. Es cierto que nuestra vida es corta, diría que efímera, y la memoria, selectiva; pero esas son solo justificaciones que no conjuran los problemas reales que afectan nuestros recuerdos; y es que el poder, cualquiera que este sea, trata de regularlos al dictar sus sentencias sobre el pasado y el presente, lo que deja en el camino más vacíos que certidumbres.   
En nuestro país tenemos un serio problema con la interpretación del pasado, especialmente cuando se trata de abordar ciertas gestas y figuras. Se resaltan unas y se ocultan otras según las épocas o intereses ideológicos predominantes. De hecho, existe una expresión bastante usual entre los funcionarios: «no es el tiempo, o el lugar adecuado, para tal o más cual cosa».
Así, la autoridad instrumenta su gramática para controlar los espacios y el discurso. Con ello anula al individuo, incapaz de detectar los verdaderos problemas de la nación. Últimamente, a esas figuras inquietas se les llama ciudadanos confundidos.
No es casual que toda la historia del país se divida en un antes y un después de 1959. En las escuelas, los libros, las palabras de los líderes, los medios oficiales y las leyes que se firman; se repite como un mantra que: «antes de la Revolución, Cuba era un país empobrecido, hambriento, mal educado, dependiente, con diferentes clases sociales, de identidad cultural borrosa y gobernantes corruptos o asesinos».
Esas… ¿certezas? (ver La Historia me absolverá) legitimaron la faena revolucionaria, presentada como solución final para el destino de la nación. Gracias a su acción y luego de múltiples avatares, podemos aspirar hoy a ser el «país próspero y sostenible» soñado por nuestros próceres.
Patria, independencia, nación, cultura, revolución, libertad, justicia; todo empezó a cobrar vida bajo una nueva narrativa que, al mezclar arbitrariamente los conceptos, terminó por diluir sus verdaderos significados. La Revolución se ofrecía al mundo como esas tiendas de todo por uno: el faro de América, la esperanza de la humanidad…

La propia Constitución cubana refiere que nuestra nación jamás volverá al capitalismo y que solo en el socialismo, o comunismo, el ser humano alcanzará su dignidad plena. La carta magna ha traducido aquella vieja conga que se escuchaba a inicios de los sesenta del pasado siglo: somos socialistas pa′lante y pa′lante, y al que no le guste, que aguante, que aguante.  
Seis décadas son mucho tiempo para los cubanos, que ya han visto de todo, han tenido sueños y pesadillas. Tal vez los sabios que escribieron nuestra Ley de leyes, debieron prestar más atención a las letras del presente. Una visita por Santiago de Cuba, «la cuna de la Revolución», los actualizaría, porque en sus calles ahora se escucha:
…ya no me dan carne res, ni de primera ni segunda /el café me lo dan ligao, la multipropósito perdió la junta/ oyeee… me quitaron el jabón de baño, el de lavar, con el detergente/ me quitaron una libra de azúcar y liberaron la pasta de dientes/ oyeee…ya no existen los reyes magos/ desaparecieron los juguetes, los niños están embarcaos/ a los siete años les quitan la leche.   
Hay que andar por nuestras calles —no en visitas guiadas—, recorrer los pueblos y zonas rurales para comprender realmente cuál es la Cuba que tenemos. Y es que el discurso oficial continúa ofreciendo una visión polarizada de las dinámicas políticas que mueven el mundo contemporáneo: bien-mal, dentro-fuera, izquierda-derecha. Se juega con supuestos, obviando las contaminaciones existentes dentro de cada proceso político.
Se pretende desconocer la proliferación de nuevos actores sociales que conforman grupos y partidos no tradicionales. El activismo comunitario, los discursos de género, las interacciones en redes y plataformas virtuales ofrecen, entre otras cuestiones, un nuevo paisaje con formas de participación y empoderamiento que la Escuela Superior del Partido Ñico López debería procesar. ¿Qué es ser socialista o capitalista, hoy? ¡Hola! ¡Bienvenidos al siglo XXI!
Por otra parte, asociar la dignidad humana únicamente a la práctica de una experiencia comunista o a la pertenencia a un tipo de ideología, es punto menos que reaccionario y además irrespetuoso. El decoro no es consustancial a una ideología y filiación política particulares. En nombre de la izquierda, el socialismo o el comunismo, se han cometido también todo tipo de crímenes y vejaciones.
Si la dignidad dependiera de un carnet del partido, tendríamos que anular el rol de todos los que un día hicieron la Revolución, nacidos y educados sin excepción bajo «el oprobioso sistema capitalista». Y si de precisiones se trata, pudiéramos recordar además que muchos de ellos ni siquiera militaban en el Partido Socialista Popular (comunista).     
No importa el área de atención que se tenga sobre cualquier aspecto del país, siempre aparecen las comparaciones entre pasado y presente, como si tal asunto definiera a estas alturas el quehacer cotidiano de la ciudadanía. ¿Que antes de la Revolución había «profundas diferencias sociales»? Ahora también las hay.
Si antes los gobernantes y funcionarios públicos eran corruptos, ahora también te los encuentras por todos lados, siendo, por cierto, la doble moral uno de los grandes logros de la Revolución. Si antes, bajo la cruel dictadura de Batista, había un sentimiento de asfixia, falta de libertades y persecución política; no estamos lejos, en el presente, de percibir lo mismo. Tanto nadar para morir en la orilla.     
La gran mayoría de la población cubana nació después de 1959. Varias generaciones se han sucedido desde esa fecha, entregándole a la revolución —y a la cosa esta que vino después, como diría el héroe del filme Juan de los muertos—, todas sus energías, tiempo y desvelos, siempre en aras de que sus hijos o nietos vivieran en una sociedad mejor, más equitativa, justa y digna. ¿Responde la Cuba de nuestros días a aquellos sueños y expectativas?
Solo se puede tener conciencia del momento que se ha vivido. Nuestra esencia, valores o formas de actuar, estarán determinadas por procesos cognoscitivos que parten, en lo esencial, de esas vivencias. El pasado, por terrible o formidable que sea, no puede reimplantarse en el cerebro de las personas. Conocerlo es necesario, pero todos somos hijos de nuestro tiempo, un axioma que cuesta entender a algunos.
A nuestros gobernantes no parece importarles mucho la solución definitiva de los agudos problemas (vivienda, transporte, salarios, alimentos, estado de las calles y caminos, calidad de vida, emigración) que golpean a la ciudadanía, pues para eso existe el bloqueo, engendro norteamericano que cargará con todas las culpas. Ellos dicen saber lo que hacen. Lo importante es la propaganda, mantener el espectáculo.
Los discursos, los congresos, las reuniones interminables, los planes y proyectos, las movilizaciones y el ¡Ahora sí construiremos el socialismo! mantienen a la gente entretenida, participando de una puesta en escena cíclica, redundante, en la que cada ciudadano cumple un rol asignado. Si alguien sobreactúa —el 27N y el 11J fueron señales—, será debidamente castigado en la plaza pública, sin derecho a réplica, encarcelado, desterrado o sepultado en vida, pues «intentó beber las mieles del poder, sin haber hecho nada a cambio».  
Ahora a los superrevolucionarios parece gustarle el arte abstracto. La imprecisión es su doctrina. ¡Van con todo! ¿Qué es eso? y son… ¡Continuidad!, pero, ¿de qué parte o momento de la Revolución son continuidad?
Nuestro cometa, que tanto ha visto, sabe de qué hablo, pero al poder y los fundamentalistas no les gusta leer relatos de ciencia ficción.

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Yunior García, la dolosa ingenuidad 

Careciendo de capacidad de dirección táctica y estratégica, en suma, de talento y astucia para ejercer el liderazgo Yunior García no se percató de la victoria
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¿Dónde está el primer secretario?

Un viejo amigo pinareño, profesor de Historia de Cuba que conocí en La Habana en un postgrado, solía narrar esta anécdota con el orgullo que le ponía la gente a los cuentos —siempre victoriosos— del carismático líder. Resulta que un potente huracán amenazaba a una de las localidades más occidentales de Cuba, en Pinar del Río, y Fidel sobre un helicóptero militar se dirigía hacia ese territorio, a comprobar in situ los preparativos para enfrentar el fenómeno atmosférico.
Al aterrizar lo fue a recibir el Primer Secretario del Partido en el municipio, elegantemente vestido, con camisa de mangas largas metida por dentro del pantalón, zapatos impecables, todo pulcro y lisonjero.
Cuando lo vio, el Comandante en Jefe le preguntó a quemarropa que dónde estaba el primer secretario de aquella zona. «Seguramente no es usted, porque a esta hora, esperando un ciclón, el líder del partido aquí debe andar vestido de verde olivo, con su traje de presidente del Consejo de Defensa en la localidad, botas enfangadas y verificando que no haya el más mínimo problema», dicen que le dijo. El hombre, pálido y desconcertado, no hallaba palmo de tierra donde meterse.
Cuenta la leyenda popular que Fidel realizó la visita de trabajo, verificó lo que correspondía, dio órdenes en ráfaga, como solía hacer, tomó nuevamente su helicóptero y retornó a La Habana. Ese mismo día, al más puro estilo autoritario que tipificaba al Comandante, el dirigente local de marras quedó sustituido de su cargo.
Fidel, con todos los defectos que pueda señalársele, sabía el valor político de tocar con sus manos los problemas.
Cierta o no, aunque perfectamente verosímil, la historia devela no pocos matices de cómo se construyó el orden de cosas que hoy nos agobia: verticalismo atroz, mando de campamento donde debiera imperar poder colegiado de república; devoción y miedo permanentes al todopoderoso Jefe; funcionamiento de las instituciones no por mecanismos eficientes de trabajo colectivo, sino por personalismos rampantes…
Pero también evidencia que Fidel, con todos los defectos que pueda señalársele, sabía el valor político de tocar con sus manos los problemas, estar allí donde la gente padecía y, al menos con su palabra, contribuir al alivio y la esperanza. Cuando salió de la escena y arrancaron los 12 años de regencia de su hermano menor, ese estilo varió sustancialmente. Raúl comenzó a gobernar a distancia, en la sombra, y esto tampoco representó que las instituciones funcionaran por sí mismas.
Con Díaz-Canel al mando, desde 2018, el Gobierno ha intentado recuperar aquella tradición de interactuar con la gente, palpar los problemas en las localidades y poner la mano en el hombro necesitado. Sin embargo, esto ni ha llegado a concretarse en su necesaria magnitud, ni se ha traducido en estrategias eficientes de desarrollo, ni ha podido evitar el colapso en que las múltiples pandemias (no solo la de Covid-19) tienen sumida a la Isla.
La reflexión me viene a cuento tras leer en redes y escuchar de boca de varios amigos que viven en la antigua Vueltabajo, desgarradores relatos de lo que allí acontece. ¿Cómo se explica que en la provincia de mayor reserva forestal de la nación, que incluso envía camas de madera a otros territorios, no exista la imprescindible disponibilidad de ataúdes y los cadáveres (con sus familias custodiándolos) se amontonen en las morgues 6, 8, 10 horas, en espera de esos tristes cajones fúnebres?
¿En qué lógica puede concebirse que el Estado, que es dueño y administra en nuestro nombre las tiendas en MLC y los hospitales, no pueda disponer de cinco split de las primeras para armar una sala de emergencia en los segundos?
Pues no, tienen que conmoverse cuatro campesinos tabacaleros, donar el dinero de su sudor, y que otro cuentapropista compre los aires acondicionados; y que otros más los instalen a toda velocidad; porque el administrador plenipotenciario de los centros médicos tampoco parece disponer ni siquiera de un transporte o de una brigada de mantenimiento para estas labores. La historia, en la que es de destacar el espíritu solidario de los lugareños, también tiene ribetes ridículos si uno la mira con detenimiento.
¿Cómo es posible que ninguno de los dirigentes locales advierta la relación directamente proporcional entre las medidas restrictivas en la provincia que, por ejemplo, lleva más de siete meses sin transporte público y ha tenido hasta toque de queda alas 2:00 pm, y el ascenso desmedido de los casos de contagio? ¿Acaso no se ve que si las tiendas y demás entidades solo trabajan de 8:00 a 12m (medida que ya por suerte se rectificó), las colas y aglomeraciones lejos de disminuir van a aumentar, y con ellas, los enfermos?
¿Acaso no se ve que si las tiendas y demás entidades solo trabajan de 8:00 a 12m (medida que ya por suerte se rectificó), las colas y aglomeraciones lejos de disminuir van a aumentar, y con ellas, los enfermos?
¿Dónde quedó aquel slogan de que esta provincia había pasado de Cenicienta a Princesa con el triunfo de la Revolución? ¿Una princesa de la que nadie se ocupa, a la que nadie le «pone corazón», para decirlo a tono con la propaganda de turno? ¿Una Alteza donde 2500 familias afectadas por huracanes esperan soluciones de vivienda desde hace 19 años? ¿Una soberana a la que le aplican hasta 8 horas de apagón, para que, encima de sus ya trágicas condiciones, siga «disfrutando de lo lindo»?
Los muertos vueltabajeros, como los de toda Cuba, se seguirán subdeclarando. El SARS-CoV-2, cuando ya no tenga más habitantes que infectar, porque en cada cuadra, en cada familia, tiene su comité, terminará bajando los niveles de agresividad. Y cuando eso pase, en el NTV nos dirán que ha sido gracias a las certeras medidas de nuestro monolítico Estado/Partido/Gobierno. El 15 de noviembre se abrirán los aeropuertos. Y, como dice el jocoso (ahora dramático) refrán: «el muerto al hoyo y el vivo al pollo».
Pero la gente, la tan machacada gente que ya no digiere más promesas y discursos, ante cada nuevo dislate se seguirá preguntando cada día en voz más alta: ¿dónde diablos está el Primer Secretario?

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