HAVANA CLIMA

La Opinión de Montaner

Huye Batista y llega Castro

MIAMI, Estados Unidos. – Fue el primero de enero de 1959, hace 63 años, que los barbudos comenzaron a entrar en La Habana. Yo estaba feliz, como todos los muchachos de 15 años en aquel entonces. Batista se había fugado en la madrugada del 31 de diciembre. Había ido a parar a la República Dominicana de Rafael Leónidas Trujillo, el decano de todos los dictadores del siglo XX. En ese momento también estaba ahí Juan Domingo Perón. 
En Cuba, todas las ciudades importantes estaban bajo el poder de Batista, que contaba con un ejército poderoso, supuestamente intacto (estaba profundamente desmoralizado). Eran unos tipos gordos, buenos para desfilar el Día de la Patria, pero no para pelear.

La cúpula conspiraba. Era notorio que Estados Unidos le había decretado un embargo de armas de guerra. Batista había perdido el favor de Eisenhower. El mensaje se lo llevó William D. Pawley, un hombre de negocios que había sido embajador de Estados Unidos.
Batista se largó a las pocas semanas de haber recibido el mensaje. Fidel Castro era un hombre resuelto como Francisco Franco. De Franco se decía que tenía baraka, la palabra árabe para denominar la buena fortuna. Había sido herido muy peligrosamente en el vientre en los años 20. No obstante, ambos, Fidel y Franco, murieron en sus camas. Aunque Fidel nunca fue tocado por una bala, falleció semialejado del poder y frustrado por la noción de que había fracasado.      
Su archienemigo, Estados Unidos, seguía al frente del planeta: era la superpotencia de entonces.  
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Supongamos que en Chile gana Kast 

MIAMI, Estados Unidos. – El 19 de diciembre de 2021 será el balotaje en Chile. Se enfrentarán por la presidencia, José Antonio Kast, de 55 años, JAK para abreviar, abogado, representando a la derecha, y Gabriel Boric (se pronuncia Borich en croata) a la izquierda. Boric de solo 35 años, sin título universitario, porque dejó de estudiar Derecho a media carrera.
¿Quién ganará? Dependerá de cuánta gente salga a votar y de la edad de los electores. Si son muchos ganará Kast. Si son pocos y jóvenes, el triunfo será de Boric. Pese al criterio del Colegio de Periodistas, sospecho que ganará Kast. Es la opinión de un joven analista chileno de CNN, sobrio y serio, José Manuel Rodríguez, que hago mía porque me parece muy persuasiva.
Supongamos que la mayoría de los chilenos votará por Kast. ¿Por qué lo harían? Porque encarna la ley y el orden. Los chilenos pasaron mucho miedo cuando, súbitamente, salieron a la calle numerosos jóvenes “indignados” a destruirlo y quemarlo todo. Ni Kast es la “ultraderecha”, sino un católico conservador que cree en la ley y el orden, ni Boric un comunista, sino un radical de izquierda que está lejos de creer en la ley y el orden.
¿Qué es un “católico conservador”? Alguien que cree en la vida eterna, en la propiedad privada y, además, en el caso de Kast, alguien que pertenece al Movimiento Apostólico “Schoensttat”, una especie de Opus Dei originado en Alemania, lo que le lleva a querer controlar la entrepierna de sus compatriotas, algo que siempre es un detestable error. Sacar al Estado de la habitación es lo que se espera en los tiempos que corren.
En su momento, Kast, que es graduado de la Pontificia Universidad Católica de Chile, una de las mejores del país, se opuso al matrimonio de personas del mismo género, al aborto y cree en tener todos los hijos que “Dios le mande”. Hasta ahora le ha mandado nueve.
También ha poseído 10 hermanos (él es el menor). Entre ellos un economista, Miguel Kast (1948-1983), el mayor, muerto muy joven de cáncer de huesos, quien presidió el Banco Central de Pinochet, y le enseñó que el gobierno debe ser pequeño, y para ello hay que privatizar todo lo que se pueda y reducir los impuestos. El gasto público debe controlarse férreamente, y dejar al mercado que actúe con libertad. Era uno de los “Chicago boys” que rodearon a Pinochet para impedir que cometiera errores. A él se debe un valioso estudio de la pobreza extrema en Chile.
Su apellido, por supuesto es el de su padre, un teniente del ejército alemán, Michael, quien en 1942, siendo un chiquillo de 18 años, se inscribió en el Partido Nazi. Llegó a Chile en 1950 procedente de Bavaria (de ahí su catolicismo), casado con otra expatriada alemana, Olga Rist, con dos hijos pequeños, el mencionado Miguel, y Bárbara, su gemela, a los que se agregaron otros siete nacidos en Chile.
La familia creó una exitosa firma de embutidos (Cecinas Bavaria), fundada en 1964 sin apenas recursos, dos años antes de que naciera YAK. La empresa se ha ampliado al sector de restaurantes y cafeterías mediante el sistema de franquicias. Hoy dirige el consorcio Christian Kast, hermano de José Antonio. El padre murió en 2014. La experiencia demuestra la importancia de los migrantes en el desarrollo de los pueblos. Están llenos de lo que llamó un economista “el fuego del inmigrante”. No se extingue hasta que mueren.
Los chilenos pueden morir de éxito. Están angustiados porque hay cientos de miles de venezolanos dentro de sus fronteras. Cada uno de ellos es un homenaje al pensamiento liberal. No van a Bolivia ni a Cuba. Van a donde arraigó el desarrollo. Van a Chile.
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Son los cubanos los que quieren un cambio de régimen

MIAMI, Estados Unidos. – Bruno Rodríguez Parrillla, el canciller cubano, fue utilizado por Raúl Castro para intentar “asustar” a los jóvenes creadores de Archipiélago y del Movimiento San Isidro. Bruno convocó a los diplomáticos radicados en Cuba y dijo que no se tolerarían los “desmanes” anunciados para el día 15 de noviembre. ¿Por qué? Muy sencillo y muy siniestro: porque Estados Unidos estaba detrás de esos esfuerzos para “cambiar el régimen de la Isla”. Estaba detrás con su dinero sucio y con la malvada CIA que no pierde una oportunidad de hacerle daño al país.
Cuando Raúl pensó a quién asignar la presidencia de Cuba dudó en utilizar al ingeniero Miguel Díaz-Canel. En cierto momento creyó que la presidencia la defendería mejor Bruno Rodríguez, pero optó por confiar en el criterio de José Ramón Machado Ventura, su “cazatalentos” oficial. 
Ambos están arrepentidos por la selección, pero creyeron que les bastaría con situarle a Díaz-Canel un primer ministro en su entorno, como si fuera una nana mágica. Para esos fines utilizaron al arquitecto Manuel Marrero Cruz, aunque tuvieran que revivir el cargo, liquidado desde 1976. (En su momento, Marrero ofendió a los médicos en medio de la pandemia, lo que le pareció injustificable a Raúl Castro, pero prefirió reprenderlo en privado, algo que Díaz-Canel se encargó de divulgar).
Tal vez es imposible tener un presidente y un primer ministro ajenos al origen de la revolución. Para eso se instauraron las repúblicas, organizadas en torno a leyes e instituciones absolutamente neutrales que cambian de destino con cada generación que va llegando al poder. En Estados Unidos se asegura que el Partido Demócrata fue creado por Thomas Jefferson, pero este “padre fundador” tenía en la cabeza una sociedad esclavista de pequeños propietarios de plantaciones, como era lógico pensar en aquellos años (fue presidente de 1801 a 1809). 
El error está en creerse el cuento del marxismo-leninismo y en suponer que, una vez hecha la revolución, se dio con el diseño del Estado perfecto y los objetivos permanentes. Eso, sencillamente, no es verdad. Como dice la canción del cantautor cubano Carlos Varela: “Guillermo Tell/ tu hijo creció/ y quiere tirar la flecha”. Los cubanos jóvenes no se ven a sí mismos como los continuadores de ninguna revolución. Quieren tirar sus propias flechas. El líder del Movimiento San Isidro, el artista plástico Luis Manuel Otero Alcántara, o el dramaturgo Yunior García Aguilera, una de las caras más visibles de Archipiélago, nacieron en los años 80 y no sienten la menor adhesión a la obra de Fidel, Raúl o el Che. 
Si la revolución es cambio súbito, el país más revolucionario del mundo es Estados Unidos, al menos desde el siglo XX. Ahí surgen los hallazgos tecnológicos y científicos más importantes del planeta, pero también las experiencias literarias más trascendentes, los cantautores, desde el ragtime al rap, pasando por los blues, el rock, el country, el gospel y hasta la salsa “niuyorquina” que incorpora guarachas cubanas, música puertorriqueña y bachatas y merengues dominicanos.
No hay ninguna posibilidad de comunicarles a los jóvenes las emociones “antiyanquis” de algunas generaciones que hicieron la revolución. Para ellos el bloqueo es un pretexto para oprimirlos. Saben que Paquito D’Rivera, Chucho Valdés y Arturo Sandoval tuvieron que irse con su música a otra parte, como antes habían hecho Celia Cruz, Olga Guillot y Fernando Albuerne, por solo mencionar unos pocos artistas entre los miles que se han exiliado, porque en Cuba la idiotez y la dictadura se concretaban en una expresión extraordinaria que tuvo que oír alguna vez Paquito D’Rivera: “el saxofón es un instrumento contrarrevolucionario”.
En efecto, los cubanos desean cambiar el régimen que impera en la Isla. No son los Estados Unidos. A los Estados Unidos les importa bien poco el destino de sus vecinos. Los cubanos no quieren echarse al monte ni liarse a tiros para cambiar de régimen. Desean hacerlo pacíficamente, mediante consultas periódicas abiertas y de buena fe. No conozco el ánimo de los gobernantes cubanos. Pero si estuviera en los zapatos de ellos me lo pensaría.
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El liberalismo en el siglo XXI

MIAMI, Estados Unidos. – Comienzo por hacer una distinción elemental. El liberalismo al que me refiero no tiene nada que ver con el significado de esa palabra en Estados Unidos. Las ideas liberales que sostengo (o las que me sostienen) son las que se definen como tales en el resto del planeta. Tiene que ver con Estados pequeños y eficientes, muy pendientes de los derechos de propiedad, con gobiernos limitados por la ley escrita, con libertades y democracia, y organizados en torno al mercado.
Continúo.
El esfuerzo de los “cabeza-calientes” para destruir el liberalismo es ingente. (Los peruanos, con esa habilidad humorística que tienen para poner motes, les llaman “termo-cefálicos”). Los “cabeza-calientes” le han abierto fuego al liberalismo desde la izquierda radical y la derecha más conservadora, casi siempre religiosa. Se han inventado una expresión ―“el neoliberalismo”― para golpear las ideas más fácilmente. Sin embargo, no han podido destruirlas. ¿Por qué? Por lo que sigue.
En el siglo XVIII, cuando comenzó a arraigar el liberalismo moderno, se trataba de enterrar las “monarquías absolutistas” y con ellas el sistema de privilegios que caracterizaba al “antiguo régimen”, entregándoles la soberanía a “los pueblos”. (“Los pueblos”, en esa época, eran los varones blancos). Eso se logró plenamente durante la revolución americana de 1776 con Thomas Jefferson, Benjamín Franklin y George Washington. En Inglaterra, en ese mismo año, se publicó un libro fundamental para entender la lógica, a veces contraintuitiva, del liberalismo: Indagación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones por Adam Smith. En todo caso, surgió y se mantuvo la revolución industrial británica hasta que Alemania, primero, y EE. UU, después, recogieron el testigo.
El siglo XIX fue el de las repúblicas latinoamericanas. Comenzó como una respuesta a Napoleón que había tomado prisionera a la familia real española. Desde el rey Carlos IV, a su mujer María Luisa de Parma, presuntamente ligada con el verdadero gobernante, don Manuel Godoy, y a su hijo, el lamentable Fernando VII.
Los latinoamericanos comenzaron las guerras de independencia dando “vivas” a Fernando VII y las concluyeron dando “mueras”. Luego los liberales se ocuparon, grosso modo, de educar al pueblo, de eliminar la importancia que había tenido la religión católica, durante la Conquista y Colonización de España, de reivindicar el divorcio, y claro, de combatir a los conservadores a sangre y fuego. En Europa fueron los años de Mazzini y Garibaldi, los dos Giuseppe que dejaron una honda huella en Italia y en América Latina. (Garibaldi fue ciudadano de Perú).
Entre 1870 y 1914 hubo un periodo de crecimiento mundial a remolque de las ideas liberales. Fue, realmente, la “belle époque”. Pero el fascismo y el comunismo lo echaron todo a perder. Del 14 al 45, terminada la Segunda Guerra mundial, y aún hasta 1989, con el derribo del muro de Berlín y la subsecuente desaparición de la URSS, sobrevino un periodo de “estadolatría”. De una parte las ideas marxistas y de sus primos fascistas, y de la otra, oponiéndose, el keynesianismo, aunque fuera democrático, dominaron el pensamiento occidental.
En 1947 don Salvador de Madariaga, exiliado antifranquista en Londres, escribió el manifiesto fundacional de la Internacional Liberal. En él se quejó de que entre 1914 y la segunda posguerra (que era, en realidad la Guerra Fría), lo que había sucedido era la desaparición de las ideas liberales. Había que revivir esa manera de enfrentar la convivencia. Al fin y al cabo, por ese mismo se había creado en Suiza la Sociedad Mont Pelerin y los más destacados economistas y pensadores ―Hayek, Mises, Friedman― reivindicaban el pensamiento liberal.
En efecto, no hay un criterio más absurdo que rechazar el liberalismo con un “son-ideas-del-pasado”. No. Son ideas del presente porque existe una intención de escuchar las nuevas tendencias sociales e incorporarlas a los reclamos del liberalismo, siempre y cuando no estén en conflicto con las bases programáticas.
Se puede ser liberal y creer que existe un derecho sobre el propio cuerpo a utilizar drogas, como piensan Friednan, Benegas Lynch y Gloria Álvarez. No recomiendan esa estupidez, pero reconocen ese derecho. Lo mismo sucede con el Movimiento Me Too, la “corrección en el lenguaje” para no herir innecesariamente a nadie o la capacidad de colocarse bajo la piel de las personas negras y entender que, a estas alturas, no tiene sentido defender los símbolos sureños. Simultáneamente, nada hay más liberal que, por ejemplo, respetar y concederle todos los derechos a la comunidad LGBTIQ (Lesbianas, Gais, Bisexuales, Trans, Intersexuales y Queers). Sencillamente, ha llegado su momento.
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EE. UU. en peligro

MIAMI, Estados Unidos. ─ La trilogía se compone de Fear, Rage y Peril. La traducción sería algo así como “miedo”, “ira” y “peligro”. Es sobre Donald Trump. El último de la serie es Peril. Se trata de una obra formidable  de Bob Woodward ─el incisivo escritor que le costó el cargo al presidente Richard Nixon tras desenredar, junto a Carl Bernstein, la madeja de “Watergate”─, y Robert Costa, un joven y notable periodista del Washington Post.
El libro es claramente “periodismo investigativo”, una especialidad de la cultura anglo-norteamericana. Les cuesta mucho dinero a los editores mantener a los periodistas mientras escriben todo un libro. Por eso es un asunto de la económicamente poderosa cultura anglo-norteamericana. Lleva mucho tiempo entrevistar a 200 personas y grabarlas con su consentimiento.
Luego hay que transcribir las entrevistas, lo que, generalmente, hacen los propios autores para no separarse del material por razones de seguridad, editarlas sin traicionar la esencia de lo que han dicho, y construir con ellas una historia coherente. En el caso de Peril,  Woodward y Costa  les dieron vida a 72 capítulos que se leen muy rápidamente y que convencen a cualquier lector objetivo de que Donald Trump era un peligro para la democracia estadounidense.
¿Por qué era (y es) un peligro? Porque, una vez que averiguó que perdió las elecciones, intentó revertir el clarísimo resultado electoral, alegando que fue víctima de un fraude a gran escala, destruyendo insensiblemente la imagen de EE. UU.
¿Por qué seguiría nadie el ejemplo norteamericano, si el ocupante de la Casa Blanca es producto de una estafa y no tendría que ocupar ese cargo? Si fuera verdad que la presidencia de Joe Biden es producto del fraude masivo, los participantes en la insurrección del 6 de enero del 2021 serían héroes y no vulgares asaltantes del capitolio.
No se trata de la calidad de las intenciones que anidaban en Biden o en Trump, sino en el procedimiento para ser seleccionado. La democracia está basada en la regla de la mayoría. Esa mayoría puede referirse al extraño Colegio Electoral (en las elecciones de 2016 Trump obtuvo 304 votos frente a los 227 en la votación, lo que lo hizo Presidente, pese a que Hillary Clinton lo aventajó por casi tres millones de votos).
Si el señor Biden, en las elecciones del 2020, se proponía elevar los impuestos y desatar un proceso inflacionario a través del aumento del gasto público, o si resultaba evidente que lo que Ucrania buscaba era crear una relación non sancta con la Casa Blanca por medio de pagarle miles de dólares mensuales a Hunter Biden, el abogado y lobista, hijo del presidente electo, es otro cantar, mucho menos importante y grave que deslegitimar el proceso electoral mediante una acusación ridícula que, sorprendentemente, han creído más de la mitad de los afiliados al partido republicano.
¿Lo cree el propio Donald Trump? ¿Lo creen los diputados y senadores republicanos, pese a que ellos resultan electos en los mismos comicios calificados de “fraudulentos”? Mi impresión es que cualquier persona medianamente informada, especialmente los líderes republicanos, no creen en esas imputaciones irresponsables. Los que cuentan las papeletas no creen que haya un ápice de verdad en esas afirmaciones temerarias. Las autoridades federales o estatales que regulan y vigilan los procesos electorales, tampoco. Los jueces, entre los que hay muchos republicanos, rechazaron en los tribunales, por infundadas, algo más de sesenta alegaciones.
Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, supone que los latinoamericanos escogen mal a sus gobernantes. En efecto, eligen rematadamente mal. Por Hugo Chávez votaron mayoritariamente los venezolanos. Los mexicanos le entregaron su corazón a Andrés Manuel López Obrador. Juan Domingo Perón nunca sacó menos del 56% de los votos. Recuerdo las encuestas, al comienzo de la revolución (yo entre ellos, a mis 15 años de entonces) cuando el 91% de los cubanos respaldaba a Fidel Castro. Nada similar al 9% que hoy está junto a la Revolución.
Pero en todas partes cuecen habas: Adolf Hitler y Benito Mussolini fueron escogidos por los cultos europeos. Todo está en que se combinen las circunstancias propicias. La Dra. en Psicología Mary L. Trump, afirma que su tío Donald Trump es un sociópata. Lo único que realmente le interesa es ser amado y admirado por todos, escribió en “Siempre demasiado y Nunca Suficiente: Como mi familia creó a uno de los hombres más peligrosos del mundo”. Así lo califican Woodward y Costa: un ser extraordinariamente peligroso.
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Ángela Merkel y la diversidad

MIAMI, Estados Unidos. – Es la persona más popular de Alemania. De acuerdo con las encuestas, hubiera podido prorrogar su poder un quinto mandato. No estoy seguro de eso, pero, en todo caso, será difícil calzar los zapatos de Ángela Merkel. Estuvo 16 años como canciller (primera ministra) al frente del CDU, el partido de los democristianos alemanes. Todo joven de menos de 24 años solo la recuerda a ella al frente del Estado.
Konrad Adenauer gobernó 14 años (1949-1963). Le tocó organizar al país tras la Segunda Guerra Mundial, recoger los escombros provocados por el nazismo, enterrar los muertos y crear las bases de la unidad europea junto al francés Robert Shuman.
Es verdad que tuvo la cooperación de Ludwig Erhard, el hombre del “milagro alemán”, su ministro de Economía, un liberal ―en el sentido europeo del término―, miembro de la “Mont Pelerin Society”, que tuvo la genialidad de llamarle al modelo que implantaría “economía social de mercado”, descolocando a los socialdemócratas que le disputaban el poder. En rigor, como cuenta en su libro Bienestar para todos, fueron soluciones liberales a los problemas que iban surgiendo.
La otra gran figura alemana en el siglo XX fue Helmut Kohl, el arquitecto de la reunificación de las dos Alemania, y el hombre que estaba al frente de la primera economía de Europa en el momento en que desapareció la Unión Soviética. Recuerdo, como si fuera hoy, a Kohl asegurando que la reunificación se produciría en 10 años, pero los acontecimientos se precipitaron por una cadena de errores impredecibles.
En fin, si a Adenauer le tocó el gran reto de reconstruir una Alemania minuciosamente destruida tras la Segunda Guerra Mundial, a Kohl le cupo el honor de absorber democráticamente a la Alemania comunista y tomar decisiones económicas y políticas dramáticas, casi siempre acertadas. Kohl también gobernó por 16 años (1982-1998), y si no continuó en el cargo fue por el caso “Flick”, un escándalo de corrupción que alcanzó a todos los partidos del Bundestag (y tuvo consecuencias en España) por el financiamiento ilegal de los grupos políticos a cambio de una exención fiscal millonaria en beneficio del señor Friedrich Karl Flick.
¿Por qué Ángela Merkel está entre las tres personas más importantes de la vida política alemana contemporánea, junto a Adenauer y Kohl? Porque se dio cuenta que Alemania y el mundo, incluido Estados Unidos, habían cambiado, y no solo aceptó esas alteraciones como una fatalidad histórica, sino como una fuente de oportunidades para todos.
Me explico. El CDU había sido, desde sus comienzos, un partido liberal, pero poco a poco, imperceptiblemente, tras la desaparición del marxismo como alternativa a la economía de mercado y a la existencia de propiedad privada, fue compareciendo en el planeta un novedoso eje de confrontación entre la diversidad y la uniformidad.
Ese nuevo reñidero tenía distintas manifestaciones.
Había que elegir entre aceptar a los inmigrantes de buen grado o negarles la entrada. Merkel tuvo la audacia de abrirles los brazos a más de un millón de sirios sin temerle al islamismo que profesaban, mientras que Hungría y otros países de Europa les cerraban las puertas en nombre de una pureza racial y cultural que era insostenible y contraria a la naturaleza de los tiempos en que vivimos.
Era muy importante reconocer que los “Verdes” tenían razón en algunas de sus campañas. Ángela Merkel aprovechó el accidente nuclear japonés Fukushima I en 2011 para dar la costosísima orden de cerrar todas las plantas nucleares alemanas en el plazo de una década y sustituirlas por fórmulas mucho menos peligrosas de generar energía: eólicas, fotovoltaicas, incluso las revolucionarias neutrinovoltaicas en las que Alemania lleva la delantera en experimentación.
Había que admitir que las pulsiones sexuales no se limitaban al sistema binario que hasta entonces había imperado, calificando de “pecado” o de “locura” cualquier otra preferencia. Las mujeres lesbianas, las personas homosexuales, bisexuales y transexuales debían gozar de todos los derechos humanos.
La señora Merkel, tras confirmar que la mayoría del CDU, su partido, votaría una ley en el Bundestag que ampararía esos derechos, les dio libertad en un tema atravesado por la moralidad, aunque ella tuviera otro criterio, demostrando con ello un talante liberal excepcional.
El tema a debate era la adopción. En este nuevo ambiente que se estaba formando, era absurdo limitar a la pareja hombre-mujer los núcleos familiares que se podían formar. En ese sentido, era muy perjudicial la superstición de que solo podían criarse niños felices en hogares biparentales conformados por hombres y mujeres.
En Alemania y otras partes del mundo finalmente se admitió una legislación que aceptaba los hogares monoparentales o compuestos por dos mujeres o dos hombres ante la evidencia de que no se requería un tipo unívoco de progenitores para lograr la felicidad de los hijos.
Hoy el Bundestag es una buena muestra de la diversidad que impera en Alemania. Si Hitler resucitara volvería a morir de un infarto ante Armand Zorn, un hombre negro llegado de Camerún a los 12 años que representa a un distrito de Frankfurt, o a Omid Nouripur, de Irán, que llegó a los 13 de su país y ha sido electo por otro distrito de la misma ciudad. O ante dos diputadas trans, muy felices de su selección. Vivimos en un mundo diferente. Por eso Ángela Merkel es muy importante. ¡Viva la diversidad!
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El fascismo latinoamericano perdió las elecciones en Argentina

MIAMI, Estados Unidos. – ¿Quiénes ganan y quiénes pierden con las elecciones celebradas en Argentina? Indiscutiblemente Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner perdieron en las elecciones parciales que se celebraron. Esta es una mala noticia para toda la izquierdería latinoamericana. Es mala para la Cuba de Miguel Díaz-Canel, para la Venezuela de Nicolás Maduro y para la Bolivia de Evo Morales, aunque el presidente sea un personaje políticamente inexistente llamado Luis Arce. 
Es una mala noticia para el mexicano Andrés Manuel López Obrador, que puede perder eventualmente a uno de sus compinches en política exterior. Y sobre todo es una pésima noticia para el matrimonio imperial formado por Daniel Ortega y Rosario Murillo, presidente y vicepresidenta de Nicaragua.
Es verdad que las elecciones fueron una especie de primarias, pero indican por dónde van los tiros en el mayor país de habla española de todo el mundo. Si bien hay más de 127 millones de mexicanos, Argentina cuenta con casi 3 millones 800 000 kilómetros cuadrados en los cuales viven 47 millones de habitantes. Es el octavo país por superficie del planeta. 
Pero no es su área geográfica lo que importa de Argentina, sino su historia: antes de 1930 era uno de los países más desarrollados del mundo; tal vez era el sexto. En 1930 le dieron un golpe militar a nombre del fascismo a Hipólito Yrigoyen, un gobernante esencialmente liberal. Juan Domingo Perón fue un factor menor en ese golpe, pero a principios de los 40, tras ser agregado militar en la Italia de Benito Mussolini, trajo a la Argentina una buena parte de la legislación fascista. Ese es el peronismo. Y eso es lo que está agotándose. O sea, los argentinos se están beneficiando del desastre del peronismo en las urnas.
Espero que la tendencia no se debilite y que este sea el comienzo realmente del fin del peronismo. Siempre es útil que se hunda la versión latinoamericana del fascismo y que renazca uno de los grandes países del planeta.

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