HAVANA CLIMA

infancias

Madres y neurodivergencias: del amor y otros berriches

A partir de los dos años y medio aproximadamente, mi niño comenzó a cambiar su conducta. Parecía más distraído y con menos ganas de interactuar socialmente. De tan risueño, pasó a un mundo en el que le costaba regalar su risa desenfadada. Un mundo de aparente introspección. Mis alarmas internas se encendieron.Llamé a dos especialistas recomendadas y coincidieron en que era muy pequeño para evaluar algún diagnóstico. Debía darle chance a que siguiera desarrollándose y, con mayor madurez, entonces chequearlo. Sin embargo, comenzaron las quejas en su escuela. Las maestras decían, con desdén y hasta con enfado, que algo con el niño no iba bien, que no se quería integrar y que armaba unos berrinches (perretas) interminables. Sus compañeritos y compañeritas lo adoraban, pero ellas, como docentes, “no podían con él”.La misma escuela nos proporcionó la consulta (pagada) de una psicoanalista que nos podía ayudar como familia. La cita tuvo lugar en la propia escuela y, una vez allí, la entrevista comenzó a enrarecerse por las preguntas que nos hacía. No obstante, nos abrimos y contribuimos en todo lo necesario. Llegado su fin, la “especialista” sentenció que no debíamos “hablarle mal” al niño de los mexicanos. Ambos (su padre y yo) éramos extranjeros y, por tanto, el rechazo social de mi hijo se explicaba porque hacíamos referencias negativas hacia la sociedad mexicana. Esa fue su hipótesis. Además de salir abatidos y luego de haberla increpado, nos dimos cuenta de que nos encontrábamos severamente solos como migrantes. Una pareja interracial en una sociedad prejuiciosa y excluyente, que poco entendía acerca de las diferencias humanas.Visitamos tantas escuelas como pudimos. Todas coincidían, maestras y directoras que no eran especialistas, en que mi niño era autista. Ante los indicios de estigmatización social, la falta de profesionales, la ausencia de nuestras familias y la incomprensión e insensibilización de los grupos de personas allegadas, la vida se nos dio vuelta.Finalmente, poco antes de cumplir los cuatro años, y gracias a una amiga que nos abordó sin prejuicios y con harto amor, llegamos a evaluar a nuestro hijo con una excelente especialista. Tras varios días de exámenes, la doctora Citlali me miró a los ojos compasivamente y me dijo: “mamá, su hijo no tiene autismo”. Así rezaba en el informe médico y advertía que, en efecto, a pesar de su temprana edad, era probable que padeciera un Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH).El TDAHEl TDAH es un trastorno del desarrollo infantil que puede iniciar a partir de los 2 años y que se caracteriza por la manifestación de una serie de conductas de inatención, hiperactividad e impulsividad. En otras palabras, es un patrón persistente o continuo de una atención deficitaria, con una actividad excesiva y poco autocontrol. Estos patrones, que pueden darse combinados entre sí o no, impiden la fluidez de las actividades diarias.  Investigaciones recientes sugieren que este trastorno responde a un desequilibrio químico que afecta a los neurotransmisores en el cerebro, aunque la predisposición genética ocupa un lugar fundamental para explicar sus causas. Los distintos estudios familiares le asignan al TDAH una heredabilidad de casi 80 por ciento.Es un trastorno bastante frecuente a pesar de que se habla muy poco de ello, al punto de llegar a convertirse en un tema tabú o totalmente incomprendido. Puede aparecer a nivel global en el 3 % de los niños y niñas, con un predominio de 6 a 9 veces más en los varones. La prevalencia mundial estimada del TDAH hasta los 18 años es de 5,29 por ciento y representa entre un 20 y un 40 por ciento de las consultas en los servicios de psiquiatría infantiles y juveniles.Se ha demostrado también, en estudios de seguimiento a largo plazo, que entre el 60 y el 75 por ciento de quienes fueron diagnosticados con TDAH en edad infantil, continúan presentando los síntomas durante la edad adulta.Actualmente, se ha observado un crecimiento constante en su prevalencia. En Estados Unidos, por ejemplo, en un período de cinco años, las cifras de TDAH aumentaron un 22 por ciento. Eso indica que uno de cada diez niños y niñas (10%) se encuentra diagnosticado con TDAH (5,4 millones de menores entre 4 y 17 años). Por ello no deja de preocupar la posibilidad de sobrediagnósticos del trastorno y, en la misma medida, la necesidad de insistir en la preparación especializada no solo de profesionales de la salud mental, sino también de educadores, educadoras y de toda la sociedad con mínimos conocimientos y sensibilización respecto a este tipo de trastornos.Generalmente son los familiares (fundamentalmente madres y padres) y las cuidadoras, maestros y maestras quienes juzgan la frecuencia de dichas conductas y quienes determinan si esa frecuencia llega a ser “anormal”. De hecho, una posible explicación para la diferencia en recurrencia según el sexo/género está dada porque las niñas con TDAH manifiestan menos impulsividad que los varones, por tanto, llaman menos la atención dentro del aula a pesar de que se distraen con muchísima facilidad.Es común que, por los rasgos de impulsividad, falta de autocontrol, actitud inquieta y frecuente distracción, se les estigmatice como niños “distintos”, incontrolables, mal educados, problemáticos o malos estudiantes. También a las madres y a los padres, nos tildan de no haberlos educado bien o ser permisivos y malcriadores. Sin embargo, detrás de ese juzgamiento injusto que nunca es inocuo y que trae consecuencias en el entorno y personales casi siempre irreversibles, se obvia la posibilidad de que esas conductas se expliquen por un problema tan complejo como el TDAH.El mejor de los triángulos amorosos: especialistas, escuela y hogarComprender lo que sentía y pensaba mi niño, además de entender el porqué de su actuación, nos volvió a encauzar la vida hacia el sosiego y la certidumbre. Esto aparejado a (des)aprender una manera distinta de ser madre y padre, donde las reglas tradicionales de la crianza no tienen ninguna cabida. Todo lo que hemos imitado en nuestras familias termina en borrón y cuenta nueva para niñas y niños que tienen TDAH.La imposición, el decir “no”, la verticalidad y la confrontación ante lo aparentemente mal hecho por el niño no funciona. No hay una receta pero, en general, el amor con límites, la explicación, la estructura y, por sobre todas las cosas, la comprensión, la repetición y la persuasión son imprescindibles. Y sí, quien esté leyendo dirá que así es, o debe ser, con todas las infancias, pero lamentablemente no es la generalidad.¿Por qué la crianza respetuosa?Si sales a pasear y se antojan de algún juguete pero toca decir “no”, lo más probable es que su frustración se desborde en un berrinche tal, que ocupará la mirada y los comentarios de todas las personas alrededor. No tienes cómo ponerle frenos, no tienen tampoco autocontrol, el TDAH es sinónimo de impulsividad y para colmo de males, los susurros de quienes te rodean como “míralo qué malcriado”, “cría cuervos” y cosas por el estilo empeora la situación.Mientras en otros casos un “no” a secas y con firmeza resuelve la disyuntiva, en el nuestro tenemos que olvidarnos completamente del mundo hostil que nos juzga, debemos concentrarnos en que nuestro hijo es especial, explicarle, respirar, comprender y mil técnicas más según las circunstancias del momento aunque alrededor nuestro las miradas ajenas nos estén condenando.Mientras en otras familias se felicita la precocidad en el aprendizaje y los dibujos hermosos, en nuestro caso nos alegra sobremanera cualquier pasito pequeño de avance, cualquier garabato simpático y, sobre todo, cuando comenzamos a decirle “no se puede”, “después” o “hay que esperar” sin más consecuencias que recibir un “está bien”.Lograr estos avances implica a la escuela. Un claustro preparado, profesional y especializado en integración. Una comunicación continua entre las tres partes: médico-terapeutas, escuela y familia. Esa tríada tiene que ser infalible y armónica. Una vez que se logra, la marcha del tren fluye.Su doctor una vez me dijo: no es una carrera de velocidad, es una de resistencia. Una de sus terapeutas también me dio un consejo inolvidable: olvida todo lo aprendido, comienza por ponerte en su lugar. Como tutores de nuestro hijo asumimos la responsabilidad de que el resto de la familia sepa cómo convivir con él, desaprendiendo.Hay amistades que han sido cercanas y de grandísima ayuda, muy pocas, pero existen. Que nos han ayudado con su sabiduría y nos han apoyado con sus conocimientos. Otras que, en cambio, me han reprochado por la falta de comunicación con ellas, incluso, me han juzgado por no haberles contado o por haberme ausentado de sus vidas. Siguen sin entender la complejidad de nuestro desafío. También están las madres de los amiguitos y amiguitas de escuela, que fomentan la estigmatización, que crean rumores, que recelan de que nuestros hijos e hijas jueguen juntos y juntas “porque sus hijas no saben de juegos bruscos”, “son totalmente ingenuas”, etc. Seguramente intentaron ser buenas personas y doy fe que hacen cursos y terapias para demostrarlo, pero a la hora de la verdad, excluyen a los que “no somos normales”.Todos estos girones de la vida nos han llevado también a no pedir ayuda cuando lo hemos necesitado para evitarnos un mal rato, una respuesta dolorosa o inesperada. Es un hecho que también hay contradicciones de nuestra parte. Como cuando nos visitan y nos dicen “pero como ha avanzado, ¡es increíble!”. En el fondo me alegra que se den cuenta, pero a la vez me entristece que nos circunde una expectativa especial.Ser mamá de un niño con TDAH es todo esto y más. Confrontar con una sociedad prejuiciosa, que trae mucho discurso de la “inclusión” pero que estigmatiza y excluye; que hay profesionales y especialistas que dejan muchísimo que desear; que en las escuelas falta una preparación gigantesca en torno a las diversidades todas (incluida la neurodiversidad o neurodivergencias); que hay maestras y maestros insensibles; que los programas docentes pocas veces contemplan esta pluralidad; que el solo hecho de criar o maternar no te hace solidario por naturaleza y que muchas veces el bullying que practican nuestros hijos e hijas comienza por imitación al rechazo que expresan sus familias; que faltan programas sociales que presten atención a estos problemas, sobre todo para aquellos hogares empobrecidos.El gasto por terapias, consultas, medicamentos (quien los necesite), adecuación del programa de enseñanza escolar y más, es altísimo (al menos aquí en el capitalismo de nuestros países del sur global). Siempre pienso en aquellas familias que viven con una economía al día, precarizadas, marginalizadas.Ser mamá de un niño con TDAH es saber acumular una paciencia que pudiera definir como ancestral, cambiar radicalmente tu cerebro estructurado hacia el sentir-pensar de personitas pequeñas que ni entienden por qué se frustran tanto. Es darte cuenta del adultocentrismo, del daño de la competencia y el individualismo y que desde las primeras edades tenemos el deber de incentivar otros valores. Pero también es constatar que se potencia el amor por cosas diminutas que hacen que su existencia en este mundo sea algo perfecto. Mi niño proyecta una ternura inconmensurable, es bondadoso y solidario, risueño (otra vez) y muy travieso. Sus esencias llenan mis mañanas y construyen mis fuerzas en el día a día.Por eso le quiero dedicar estas líneas a las mamás, especialmente, que crían niños y niñas con TDAH, porque sé lo difícil que es atravesar los días en una sociedad que no comprende y que solo las virtudes más imperceptibles de nuestras hijas e hijos (y que solo nosotras vemos), nos pueden aliviar ese camino.Mayo sabe a hijoA partoHuele a nacimientoA tripa vivaSangre y llanto en la memoriaSudor y esfuerzo,El más intenso esfuerzo por vivir…MayoMes donde nos dimos (a) luzMes de MarcosDe Madre, de parida,De bebé meciéndose en mis brazosLeche en las tetasLluvia afuera que caeLlanto, llanto de hijoMes de mi sonrisa más iluminadaDe mis lágrimas más conscientes y severasDe amor grave, sempiterno,Que se agranda y se multiplicaMayo de partirme en dosLa de ayer y la de aquí en adelanteNo quiero ser más la de antesMe gusta(o) esta que soy ahoraMadre, madre, por todos los cielos de esta fuerzaDe este amor tan sano, omnipresenteMe inclino al universo a dar las graciasMe quedo con esta,Y con mi hijo…. Mayo…

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Madres y neurodivergencias: del amor y otros berrinches

A partir de los dos años y medio aproximadamente, mi niño comenzó a cambiar su conducta. Parecía más distraído y con menos ganas de interactuar socialmente. De tan risueño, pasó a un mundo en el que le costaba regalar su risa desenfadada. Un mundo de aparente introspección. Mis alarmas internas se encendieron.Llamé a dos especialistas recomendadas y coincidieron en que era muy pequeño para evaluar algún diagnóstico. Debía darle chance a que siguiera desarrollándose y, con mayor madurez, entonces chequearlo. Sin embargo, comenzaron las quejas en su escuela. Las maestras decían, con desdén y hasta con enfado, que algo con el niño no iba bien, que no se quería integrar y que armaba unos berrinches (perretas) interminables. Sus compañeritos y compañeritas lo adoraban, pero ellas, como docentes, “no podían con él”.La misma escuela nos proporcionó la consulta (pagada) de una psicoanalista que nos podía ayudar como familia. La cita tuvo lugar en la propia escuela y, una vez allí, la entrevista comenzó a enrarecerse por las preguntas que nos hacía. No obstante, nos abrimos y contribuimos en todo lo necesario. Llegado su fin, la “especialista” sentenció que no debíamos “hablarle mal” al niño de los mexicanos. Ambos (su padre y yo) éramos extranjeros y, por tanto, el rechazo social de mi hijo se explicaba porque hacíamos referencias negativas hacia la sociedad mexicana. Esa fue su hipótesis. Además de salir abatidos y luego de haberla increpado, nos dimos cuenta de que nos encontrábamos severamente solos como migrantes. Una pareja interracial en una sociedad prejuiciosa y excluyente, que poco entendía acerca de las diferencias humanas.Visitamos tantas escuelas como pudimos. Todas coincidían, maestras y directoras que no eran especialistas, en que mi niño era autista. Ante los indicios de estigmatización social, la falta de profesionales, la ausencia de nuestras familias y la incomprensión e insensibilización de los grupos de personas allegadas, la vida se nos dio vuelta.Finalmente, poco antes de cumplir los cuatro años, y gracias a una amiga que nos abordó sin prejuicios y con harto amor, llegamos a evaluar a nuestro hijo con una excelente especialista. Tras varios días de exámenes, la doctora Citlali me miró a los ojos compasivamente y me dijo: “mamá, su hijo no tiene autismo”. Así rezaba en el informe médico y advertía que, en efecto, a pesar de su temprana edad, era probable que padeciera un Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH).El TDAHEl TDAH es un trastorno del desarrollo infantil que puede iniciar a partir de los 2 años y que se caracteriza por la manifestación de una serie de conductas de inatención, hiperactividad e impulsividad. En otras palabras, es un patrón persistente o continuo de una atención deficitaria, con una actividad excesiva y poco autocontrol. Estos patrones, que pueden darse combinados entre sí o no, impiden la fluidez de las actividades diarias.  Investigaciones recientes sugieren que este trastorno responde a un desequilibrio químico que afecta a los neurotransmisores en el cerebro, aunque la predisposición genética ocupa un lugar fundamental para explicar sus causas. Los distintos estudios familiares le asignan al TDAH una heredabilidad de casi 80 por ciento.Es un trastorno bastante frecuente a pesar de que se habla muy poco de ello, al punto de llegar a convertirse en un tema tabú o totalmente incomprendido. Puede aparecer a nivel global en el 3 % de los niños y niñas, con un predominio de 6 a 9 veces más en los varones. La prevalencia mundial estimada del TDAH hasta los 18 años es de 5,29 por ciento y representa entre un 20 y un 40 por ciento de las consultas en los servicios de psiquiatría infantiles y juveniles.Se ha demostrado también, en estudios de seguimiento a largo plazo, que entre el 60 y el 75 por ciento de quienes fueron diagnosticados con TDAH en edad infantil, continúan presentando los síntomas durante la edad adulta.Actualmente, se ha observado un crecimiento constante en su prevalencia. En Estados Unidos, por ejemplo, en un período de cinco años, las cifras de TDAH aumentaron un 22 por ciento. Eso indica que uno de cada diez niños y niñas (10%) se encuentra diagnosticado con TDAH (5,4 millones de menores entre 4 y 17 años). Por ello no deja de preocupar la posibilidad de sobrediagnósticos del trastorno y, en la misma medida, la necesidad de insistir en la preparación especializada no solo de profesionales de la salud mental, sino también de educadores, educadoras y de toda la sociedad con mínimos conocimientos y sensibilización respecto a este tipo de trastornos.Generalmente son los familiares (fundamentalmente madres y padres) y las cuidadoras, maestros y maestras quienes juzgan la frecuencia de dichas conductas y quienes determinan si esa frecuencia llega a ser “anormal”. De hecho, una posible explicación para la diferencia en recurrencia según el sexo/género está dada porque las niñas con TDAH manifiestan menos impulsividad que los varones, por tanto, llaman menos la atención dentro del aula a pesar de que se distraen con muchísima facilidad.Es común que, por los rasgos de impulsividad, falta de autocontrol, actitud inquieta y frecuente distracción, se les estigmatice como niños “distintos”, incontrolables, mal educados, problemáticos o malos estudiantes. También a las madres y a los padres, nos tildan de no haberlos educado bien o ser permisivos y malcriadores. Sin embargo, detrás de ese juzgamiento injusto que nunca es inocuo y que trae consecuencias en el entorno y personales casi siempre irreversibles, se obvia la posibilidad de que esas conductas se expliquen por un problema tan complejo como el TDAH.El mejor de los triángulos amorosos: especialistas, escuela y hogarComprender lo que sentía y pensaba mi niño, además de entender el porqué de su actuación, nos volvió a encauzar la vida hacia el sosiego y la certidumbre. Esto aparejado a (des)aprender una manera distinta de ser madre y padre, donde las reglas tradicionales de la crianza no tienen ninguna cabida. Todo lo que hemos imitado en nuestras familias termina en borrón y cuenta nueva para niñas y niños que tienen TDAH.La imposición, el decir “no”, la verticalidad y la confrontación ante lo aparentemente mal hecho por el niño no funciona. No hay una receta pero, en general, el amor con límites, la explicación, la estructura y, por sobre todas las cosas, la comprensión, la repetición y la persuasión son imprescindibles. Y sí, quien esté leyendo dirá que así es, o debe ser, con todas las infancias, pero lamentablemente no es la generalidad.¿Por qué la crianza respetuosa?Si sales a pasear y se antojan de algún juguete pero toca decir “no”, lo más probable es que su frustración se desborde en un berrinche tal, que ocupará la mirada y los comentarios de todas las personas alrededor. No tienes cómo ponerle frenos, no tienen tampoco autocontrol, el TDAH es sinónimo de impulsividad y para colmo de males, los susurros de quienes te rodean como “míralo qué malcriado”, “cría cuervos” y cosas por el estilo empeora la situación.Mientras en otros casos un “no” a secas y con firmeza resuelve la disyuntiva, en el nuestro tenemos que olvidarnos completamente del mundo hostil que nos juzga, debemos concentrarnos en que nuestro hijo es especial, explicarle, respirar, comprender y mil técnicas más según las circunstancias del momento aunque alrededor nuestro las miradas ajenas nos estén condenando.Mientras en otras familias se felicita la precocidad en el aprendizaje y los dibujos hermosos, en nuestro caso nos alegra sobremanera cualquier pasito pequeño de avance, cualquier garabato simpático y, sobre todo, cuando comenzamos a decirle “no se puede”, “después” o “hay que esperar” sin más consecuencias que recibir un “está bien”.Lograr estos avances implica a la escuela. Un claustro preparado, profesional y especializado en integración. Una comunicación continua entre las tres partes: médico-terapeutas, escuela y familia. Esa tríada tiene que ser infalible y armónica. Una vez que se logra, la marcha del tren fluye.Su doctor una vez me dijo: no es una carrera de velocidad, es una de resistencia. Una de sus terapeutas también me dio un consejo inolvidable: olvida todo lo aprendido, comienza por ponerte en su lugar. Como tutores de nuestro hijo asumimos la responsabilidad de que el resto de la familia sepa cómo convivir con él, desaprendiendo.Hay amistades que han sido cercanas y de grandísima ayuda, muy pocas, pero existen. Que nos han ayudado con su sabiduría y nos han apoyado con sus conocimientos. Otras que, en cambio, me han reprochado por la falta de comunicación con ellas, incluso, me han juzgado por no haberles contado o por haberme ausentado de sus vidas. Siguen sin entender la complejidad de nuestro desafío. También están las madres de los amiguitos y amiguitas de escuela, que fomentan la estigmatización, que crean rumores, que recelan de que nuestros hijos e hijas jueguen juntos y juntas “porque sus hijas no saben de juegos bruscos”, “son totalmente ingenuas”, etc. Seguramente intentaron ser buenas personas y doy fe que hacen cursos y terapias para demostrarlo, pero a la hora de la verdad, excluyen a los que “no somos normales”.Todos estos girones de la vida nos han llevado también a no pedir ayuda cuando lo hemos necesitado para evitarnos un mal rato, una respuesta dolorosa o inesperada. Es un hecho que también hay contradicciones de nuestra parte. Como cuando nos visitan y nos dicen “pero como ha avanzado, ¡es increíble!”. En el fondo me alegra que se den cuenta, pero a la vez me entristece que nos circunde una expectativa especial.Ser mamá de un niño con TDAH es todo esto y más. Confrontar con una sociedad prejuiciosa, que trae mucho discurso de la “inclusión” pero que estigmatiza y excluye; que hay profesionales y especialistas que dejan muchísimo que desear; que en las escuelas falta una preparación gigantesca en torno a las diversidades todas (incluida la neurodiversidad o neurodivergencias); que hay maestras y maestros insensibles; que los programas docentes pocas veces contemplan esta pluralidad; que el solo hecho de criar o maternar no te hace solidario por naturaleza y que muchas veces el bullying que practican nuestros hijos e hijas comienza por imitación al rechazo que expresan sus familias; que faltan programas sociales que presten atención a estos problemas, sobre todo para aquellos hogares empobrecidos.El gasto por terapias, consultas, medicamentos (quien los necesite), adecuación del programa de enseñanza escolar y más, es altísimo (al menos aquí en el capitalismo de nuestros países del sur global). Siempre pienso en aquellas familias que viven con una economía al día, precarizadas, marginalizadas.Ser mamá de un niño con TDAH es saber acumular una paciencia que pudiera definir como ancestral, cambiar radicalmente tu cerebro estructurado hacia el sentir-pensar de personitas pequeñas que ni entienden por qué se frustran tanto. Es darte cuenta del adultocentrismo, del daño de la competencia y el individualismo y que desde las primeras edades tenemos el deber de incentivar otros valores. Pero también es constatar que se potencia el amor por cosas diminutas que hacen que su existencia en este mundo sea algo perfecto. Mi niño proyecta una ternura inconmensurable, es bondadoso y solidario, risueño (otra vez) y muy travieso. Sus esencias llenan mis mañanas y construyen mis fuerzas en el día a día.Por eso le quiero dedicar estas líneas a las mamás, especialmente, que crían niños y niñas con TDAH, porque sé lo difícil que es atravesar los días en una sociedad que no comprende y que solo las virtudes más imperceptibles de nuestras hijas e hijos (y que solo nosotras vemos), nos pueden aliviar ese camino.Mayo sabe a hijoA partoHuele a nacimientoA tripa vivaSangre y llanto en la memoriaSudor y esfuerzo,El más intenso esfuerzo por vivir…MayoMes donde nos dimos (a) luzMes de MarcosDe Madre, de parida,De bebé meciéndose en mis brazosLeche en las tetasLluvia afuera que caeLlanto, llanto de hijoMes de mi sonrisa más iluminadaDe mis lágrimas más conscientes y severasDe amor grave, sempiterno,Que se agranda y se multiplicaMayo de partirme en dosLa de ayer y la de aquí en adelanteNo quiero ser más la de antesMe gusta(o) esta que soy ahoraMadre, madre, por todos los cielos de esta fuerzaDe este amor tan sano, omnipresenteMe inclino al universo a dar las graciasMe quedo con esta,Y con mi hijo…. 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¿Por qué la crianza respetuosa?

Las personas adultas solemos sorprendernos cuando descubrimos las cosas que son capaces de hacer niñas y niños. Es muy común escuchar frases como: ¡Qué inteligente es, maneja el teléfono mejor que yo! o ¡Qué ocurrencias tiene, no sé de dónde las saca! o Es increíble, ¿cómo aprendió eso, si yo no se lo he enseñado?Es que niñas y niños son personas que descubren el mundo y la vida no sólo a través de lo que les enseñamos en la familia, sino también de lo que sucede a su alrededor: aprenden en la escuela, con los medios de comunicación y los grupos con los que se relacionan. Son muchos factores los que influyen en su educación y no todos pueden ser controlados desde el espacio familiar.Por eso es tan importante educar a las infancias para que sean cada vez más autónomas y tomen las mejores decisiones en cada espacio de aprendizaje y etapa de su ciclo de vida. Aunque nos sorprenda, las niñas y los niños son seres que en la medida que van creciendo pueden tomar decisiones y formarse opiniones propias acordes a su edad. Darles esa oportunidad los hace más creativos, saludables y les permite enfrentar con éxito los retos que van encontrando por el camino.Este es uno de los derechos por los que apuesta el proyecto de Código de las familias que está siendo sometido por estos días a consulta popular. En ese anteproyecto se defiende la idea de que niñas, niños y adolescentes (NNA) son sujetos de derecho y no pertenencias de las personas adultas, tal como suscribe la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN), tratado internacional ratificado por 196 Estados.Ainoa es una niña de cinco años. Antes de ir al círculo infantil, su mamá la invita a escoger la ropa que usará ese día entre tres opciones. La abuela de Ainoa no entiende por qué la madre de la niña hace esto, cuando puede decidir directamente ella qué ponerle y así ahorrar tiempo. Sin embargo, para la mamá de Ainoa ese es un tiempo ganado: es la manera que encontró para que su hija aprenda a ser responsable y tomar decisiones libres de presiones ajenas y que la hagan feliz. Al parecer su alternativa de crianza funciona: Ainoa es una niña realizada, con iniciativa, activa, sociable y muy creativa.Esa experiencia es un ejemplo de los estilos de crianza respetuosa o positiva que intenta promover el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) en Cuba y el mundo. Se trata de estilos educativos que tienen en cuenta el interés superior de NNA, rechazan toda forma de abuso, abandono o violencia y promueven la autonomía y responsabilidad infantil, según UNICEF Cuba.1  Esta agencia especializada de la Organización de las Naciones Unidas también apunta que este tipo de prácticas educativas favorecen el desarrollo de la autonomía, la identidad, el amor propio y el establecimiento de lazos libres de violencias y sustentados en el respeto mutuo.De hecho, UNICEF ha reconocido la inclusión de estos principios de crianza respetuosa en el proyecto de Código de las familias en consulta. Destaca su alineación con estándares internacionales contemplados en la CDN, así como con metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible relacionadas con la eliminación de todo tipo de violencias y la promoción de la inclusión social.2Criar por y para la vidaEn su Artículo 5, el nuevo Código de las familias incluye varios aspectos importantes en materia de derechos de las infancias. Algunos son: el derecho a ser escuchados de acuerdo a la capacidad y autonomía progresiva, la participación en la toma de decisiones familiares relacionadas con los intereses de NNA, el libre desarrollo de la personalidad y crecer en ambientes libres de violencias y discriminación. También en el Artículo 7 se establece como principio rector el interés superior de NNA y en el 200 se permite el matrimonio sólo entre personas adultas, de modo que se elimina la posibilidad de contraerlo antes de los 18 años.Algunas de estas propuestas han enfrentado resistencias entre grupos de madres y padres que ven en ellas un quiebre de la autoridad que pueden ejercer sobre ellos y ellas sus hijas e hijos. Sin embargo, están pensadas justamente para promover relaciones más respetuosas y saludables entre las personas adultas y su descendencia.Pablo asiste al mismo círculo infantil que Ainoa. Sin embargo, él y ella son muy diferentes. Con apenas dos años les gritaba, empujaba y golpeaba a otros niños. Las educadoras, preocupadas, comenzaron a indagar qué sucedía en su entorno más cercano para intentar comprender el origen del problema y buscar una solución conjunta con la familia. Su madre y su padre solían tener discusiones a gritos frente a él y cuando le llamaban la atención al niño, lo hacían de igual modo. Lejos de la disciplina que pretendían imponerle a su hijo, habían desarrollado en él actitudes rebeldes y agresivas.Esta familia había asumido la educación de su hijo desde una perspectiva autoritaria, que a su vez se tradujo en una forma de maltrato infantil. Desafortunadamente, el de Pablo no es un caso aislado. Una sistematización de investigaciones realizadas en Cuba sobre el maltrato infantil confirma que este es un fenómeno presente en nuestro país y que permanece invisibilizado por desconocimiento sobre lo que es e implica la violencia; también porque en muchas ocasiones se asume el maltrato físico y psicológico como un método educativo.3Aquí es importante entender que autoridad y autoritarismo no son lo mismo. El autoritarismo en la crianza de hijas e hijos está relacionado con la imposición de criterios por la personas adultas, un control estricto, muchas restricciones, poca escucha y escaso apoyo emocional. Se ha demostrado que quienes crecen en ambientes de este tipo suelen ser personas agresivas, temerosas y con problemas de autoestima.Miremos hacia nuestros entornos más cercanos y analicemos: ¿cuántas veces hemos presenciado resistencia y rebeldía como respuesta cuando alguien intenta imponer un criterio? Es la reacción habitual cuando no se manejan razones o argumentos y se intentan imponer ideas. En cambio, la autoridad se construye cuando los límites y el control se establecen a través del diálogo y los afectos. No significa dejar hacer sin control o rendirse ante caprichos, sino orientar, acompañar, razonar, negociar con niñas, niños y adolescentes y explicar las normas de acuerdo a su madurez progresiva. Sólo así podrán entender los límites y aplicarlos conscientemente, aún cuando no estén presentes las figuras parentales.Hacia esta dirección apuntan las nociones de responsabilidad parental y respeto a la autonomía progresiva de NNA incluidas en la propuesta Código de las familias cubano. Desde esa perspectiva, la crianza garantiza los derechos de NNA a ser escuchados, a participar en la toma de decisiones en la medida que vayan adquiriendo las capacidades para esto. No significa restarles autoridad a madres y padres, sino construirla sobre la base del amor y el respeto.Código de las Familias, guía para el debate (X)En ese sentido, la doctora Patricia Arés Muzio, experta en temas de familias, refiere que en la crianza debe fomentarse más la autonomía que la dependencia, atendiendo a que el desarrollo infantil implica una serie de desprendimientos progresivos que ocurren en el camino hacia a la autonomía y responsabilidad en la toma de decisiones durante la vida adulta.4El proyecto cubano de Código de las familias tiene en cuenta esas capacidades que van desarrollando los infantes para el ejercicio de sus derechos. Por eso defiende el reconocimiento de NNA como co-protagonistas y no simples receptores de protección o asistencia. También reivindica como principio el interés superior de NNA, para cuya aplicación se hace necesario escuchar las opiniones infantiles y adolescentes.Desaprender puede ser el primer pasoEsto implica romper patrones culturales que por mucho tiempo han prevalecido en el imaginario de cubanas y cubanos. Roxanne Castellanos Cabrera, profesora y psicóloga especializada en atención a NNA, cita una investigación reciente sobre maltrato infantil en la que se corrobora que las personas adultas en Cuba ven con preocupación que NNA tengan derecho a opinar, pues consideran que esto les puede generar una pérdida de autoridad.5La psicóloga explica que esto tiene que ver con un modelo de educación vertical que promueve la obediencia. Continúa alertando sobre las consecuencias negativas del verticalismo en la crianza: NNA, cuando entienden que las personas adultas tienen una autoridad incuestionable (esa que se impone, no que se construye), pueden llegar a considerar como normales algunas formas de violencia o maltrato infantil, justamente porque provienen de quienes han aprendido a identificar como figuras de poder que dictaminan lo que está bien o está mal.Por eso, la especialista ratifica la importancia de empoderar a las infancias a través de la creación de relaciones más repetuosas y horizontales, pues estas son factores esenciales de protección ante situaciones complejas como el abuso sexual, por ejemplo.En la vida cotidiana, el sentido de posesión sobre hijos e hijas, las maneras verticalistas de educación y la promoción de la obediencia salen a relucir de manera repetida cuando se dice: “Mi hijo es mío y yo lo crío como quiero”; “cuando los mayores hablan, los niños se callan” o “tienes que hacerlo porque lo digo yo”. Detrás de esos pronunciamiento no necesariamente hay malas intenciones. Sin embargo, cuando se traducen en prácticas educativas autoritarias, NNA ven limitado el desarrollo de sus capacidades y esto los afecta a lo largo de sus vidas. También se resienten las relaciones entre los miembros de la familia.¿Queremos NNA alegres, creativos, inteligentes? ¿Queremos que aprendan a valerse por sí mismos y que tomen buenas decisiones? ¿Queremos prepararlos para la vida? ¿Queremos que haya buena comunicación y armonía familiar? Si estos deseos son parte de las expectativas de vida que tenemos para nuestros hijos e hijas, la mejor estrategia es la crianza respetuosa, basada en el diálogo, la participación y los afectos.El Código de las familias en consulta contiene algunas claves básicas para que esas aspiraciones se vuelvan realidad. Nos invita a pensar en el bienestar de ellas y ellos, a cuidarlos, a protegerlos, a respetarlos, pero sobre todo a prepararlos para la vida.***Notas:1 UNICEF Cuba.  Prólogo. En: R. Castellanos. Bienestar psicológico de niños, niñas y adolescentes. Compilación de artículos sobre crianza positiva para madres, padres y cuidadores. Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana. Unicef Cuba. Sello Editor Educación Cubana, pp.5-7. 2 UNICEF Cuba reconoce la armonía que existe entre el Anteproyecto de Código de las Familias y la Convención sobre los Derechos del Niño. 2 de noviembre de 2021. En: Notas de prensa. 3 Martín, R., Ferrer, D.M. y Camero.O. Maltrato infantil intrafamiliar en Cuba. ¿Un problema social o un problema de salud?. En A.Jiménez y Y.Sarduy (Comp. Ed.) (2019). Pensar en las infancias cubanas: coordenadas socioculturales. La Habana: ICIC Juan Marinello y FLACSO Cuba, pp.117-118.  4 En Fariñas, L. Código de las Familias en Cuba: ¿Por qué responsabilidad parental en lugar de patria potestad?. 10 de febrero de 2022. Cubadebate. 5 Castellanos, R. Cultura de la infancia y derechos de la niñez. En A.Jiménez y Y.Sarduy (Comp. Ed.) (2019). Pensar en las infancias cubanas: coordenadas socioculturales. La Habana: ICIC Juan Marinello y FLACSO Cuba, pp.159-168.  

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