HAVANA CLIMA

Haydée Santamaría Cuadrado

Haydee: una mártir viva

Haydee Santamaría. Foto: Archivo de GranmaEn ocasión del aniversario 69 del Asalto al Cuartel Moncada, este 26 de julio, y con motivo del centenario de Haydee Santamaría, que se conmemora el 30 de diciembre del presente año, publicamos este texto que ha sido elaborado a partir de dos entrevistas realizadas a la periodista y escritora cubana Marta Rojas (1928-2021) para el documental Nuestra Haydee (2015).
La primera de ellas la hicieron Xenia Reloba y René Arencibia, en la Casa de las Américas, en 2009. La segunda, fue un diálogo en casa de Marta, en 2014, con Esther Barroso Sosa y Ana Niria Albo con la finalidad de precisar detalles, revisar documentos y filmar sus declaraciones para el documental. Este testimonio de Marta Rojas forma parte de un libro en preparación que recoge anécdotas, impresiones y valoraciones de cerca de veinte personas, entre compañeros de lucha, intelectuales, artistas, amigos y familiares de Haydee Santamaría, reunidos por Esther Barroso Sosa desde 2014 hasta la actualidad.
Yo vi a Haydee por primera vez sin saber que era ella el 26 de julio de 1953, a la 1:00 p.m. aproximadamente. Había una conferencia de prensa en el Moncada. Me había graduado de Periodismo, no trabajaba todavía como profesional, pero estaba en Santiago de Cuba, me enrolé con los periodistas y estuve en esa conferencia de prensa. Un fotógrafo, Panchito[1], me dijo: “por ese pasillo hay dos mujeres presas, si tú pides permiso para ir al baño, seguramente te dicen que vayas al de los oficiales y miras a la izquierda”. Eso hice y vi a esas dos mujeres, una rubia y una trigueña. Yo las miré y ellas me miraron sorprendidas. Estaban interrogándolas.
Así que cuándo empezó la conferencia de prensa, le pregunté a Chaviano[2]: “¿Quiénes son las dos mujeres presas?” Y él me dijo: “Aquí no hay presos, todos cayeron en el combate”. Un oficial le dijo algo y él dijo entonces: “Es posible que en este ínterin hayan cogido alguna mujer presa, yo no sé quiénes son”.
No vuelvo a verlas hasta el 21 de septiembre cuando comenzó el juicio del Moncada. Melba y Haydee se sentaron entre los demás combatientes y ella me volvió a mirar, con una mirada inquisidora. Ella era así, miraba con curiosidad. Si tú analizas sus fotografías, te vas a dar cuenta. Yo les sonreí y Melba se sonrió, pero ella no.
Haydee, Melba y Marta Rojas, en la parada de ómnibus, exteriores de la Cárcel de Guanajay, 1954. Foto: Archivo Granma
Pasó un día de juicio y otro… No querían que Haydee declarara. Un día, hacía mucho calor en aquella sala y Haydee y Melba se estaban secando el sudor con el mismo pañuelo. En un pequeño receso, le mandé con el alguacil un pañuelo negro de hilo con unas hojitas bordadas que yo tenía. Ella lo cogió y sonrió, era como una sonrisa de agradecimiento. Cuando terminó el juicio, yo me acerqué y les dije: “¿Cómo puedo saber sobre ustedes? Y rápidamente ella dijo: “Jovellar 107”. Regresé a La Habana y fui directo a esa dirección que resultó ser la casa de los padres de Melba, cosa que yo no sabía. Ahí entré en contacto con Elena y Manuel, ellos sí podían ir a la cárcel, yo no.
El día 6 de enero de 1954 fue Día de Reyes, y era costumbre que las damas de la sociedad y las monjas llevaran regalos a los hijos de las presas. Ya en ese momento yo estaba trabajando con Enrique de la Osa en Bohemia. Le dije a Enrique que yo quería ir a esa entrega de regalos para tratar de ver a Haydee y a Melba. Llamé a la madre de Melba para que les avisara que trataría de ir. Pero nos enteramos de que iba la Primera Dama a la prisión y que tal vez no dejarían abrir la puerta de la celda de las asaltantes.
El fotógrafo Panchito Cano fue conmigo, él llevaba dos cámaras y me dio una. Mientras él tomaba el acto de la entrega de regalos, yo le dije a uno de los niños: “enséñale tu juguete a aquella rubia” y les dije a ellas: “párense”. Y esa es la famosa foto donde están ellas de pie detrás de la reja, que se publicó después del triunfo de la Revolución, pero la primera foto que hice fue de los niños delante de esa celda, que se publicó en un reportaje 20 años después y uno de los niños se reconoció. Haydee, en medio de esa vorágine, quiso saber mi versión del juicio de Fidel y nunca hice una síntesis mejor que la de ese día.
En la Cárcel de Guanajay, 1954. Foto: Archivo Granma
Posteriormente, cuando se anunció la salida de ellas de la cárcel, yo fui a Guanajay y es esa otra foto en un banco afuera de la prisión. Y ahí fue cuando por primera vez estuvimos cerca y conversamos. Haydee me preguntó: “¿Y la foto, la que nos tomó el fotógrafo en el Moncada?” Y yo le dije: “no, esa foto nunca se hizo”. Y entonces ella me comentó: “Un soldado nos dijo que nos habíamos salvado porque un fotógrafo nos había tomado una foto”. De ahí fuimos al cementerio a llevarle flores a Chibás[3] y a partir de ahí, comenzamos una relación de amistad y nos veíamos casi a diario.
Un día yo le pregunté: “¿Haydee, por qué tu me miraste con los ojos atravesados aquel día en el Moncada?” Y ella me respondió: “Porque me resultó raro que una muchacha tan jovencita estuviera en ese cuartel donde había tantos asesinos caminando por los pasillos. Yo no tenía la menor idea de que eras periodista. Pensé que te iban a usar para interrogarnos y por eso mi reacción”.
En Bohemia todos los periodistas tenían que andar en automóvil. El director daba una entrada y tú lo seguías pagando mensualmente. Un día yo fui a Ambar Motors[4] a sacar el carro y como Jovellar está cerca, llegué con el carro hasta la casa de Melba, a donde Haydee fue a vivir al salir de prisión, y les dije: “Tengo un carro”. Y enseguida Haydee dijo: “Ese es el carro que necesitamos, tú nos llevas”. Y dije “¿A dónde?, si yo ni sé bien los mecanismos de este carro”. “En ese carro vamos a un lugar que tenemos que ir”. Se vistieron y en un segundo las tenía a las dos en el carro y fuimos a varios lugares. Ellas estaban trabajando en la clandestinidad para publicar La historia me absolverá. “Este es el carro que nos hace falta porque no está circulado”. Haydee tenía una chispa tremenda.
Cuando ya regresábamos, empezó a llover y en la esquina de Ayestarán, Infanta y Carlos III, con un tráfico tremendo; yo no sabía dónde se activaba el limpia parabrisas y no podía avanzar. Y de repente Haydee llamó a un policía que estaba en el semáforo para que nos ayudara. Después me di cuenta que si nos quedábamos ahí más rato, hubiera sido peor. Esas eran las cosas de Haydee. Cuando llegamos a la casa me dijo: “Pasado mañana tenemos que ir a otros lugares”.
Ella era una trabajadora excepcional de la lucha clandestina. A partir de ese momento tan traumático de la muerte de Abel y de Boris, ella lo dice en el libro del Moncada, la tarea que le dio Fidel con respecto al alegato del juicio le sirvió para rebasar esas situaciones tan traumáticas. Recibió una carta de Fidel con la misión de publicarlo. Haydee me dijo que ese fue de los momentos más felices pues “tenía por qué vivir”, y era lograr que se divulgara La Historia me absolverá. Empezó una búsqueda febril y esa idea de la muerte fue superada. Era una Haydee eufórica.
Tener una Historia me absolverá era tener dinamita en las manos. Yo deshice el folleto, una primera edición que me regaló Haydee. La metí en una enciclopedia, porque así era más difícil de encontrar. Después del triunfo la saqué, la presillé y la volví a ver hace unos años. Fidel hizo un viaje a Birán[5], llevé ese ejemplar y le dije: “Mira lo que tengo aquí, es el que Haydee me dio”. Y Fidel me dijo: “Te lo voy a firmar”. Lo conservo, por supuesto.
Un día me aparecí muy contenta porque yo iba a salir con un novio y llevaba un pulóver precioso. Y Haydee me dijo: “Ese pulóver me queda bien a mí, te voy a dar una blusa”. Le dije: está bien, pero pensé que era un capricho. Cuando se fue a EE.UU. se lo llevó, lo tuvo mucho tiempo. Después del 59, un día me lo trajo en una cajita. Y me dijo: “Lo he usado varias veces, pero aquel día te lo pedí porque tenía un encuentro clandestino en un cabaret”.
Yo no iba mucho a Santiago de Cuba, me lo aconsejaron en Bohemia porque antes del 26 de julio del 53 yo no era conocida, pero después sí. Sin embargo, tuve que ir a Santiago una vez en plena clandestinidad. Y estaba un día en la calle Enramada esperando un ómnibus y ahí había un café que se llamaba Las novedades. El ómnibus paró, pero justo en ese momento veo a una mujer desaliñada, como sin dientes, pero con un aire que me era conocido, no parecía limosnera porque estaba limpia. Yo la miraba y la miraba hasta que la mujer se me acercó y me dijo: “Acaba de montarte en esa misma guagua”. ¡Era Haydee! Parece que sintió que yo estaba a punto de decirle algo.
Después del 59 un día me dijo: “Oye, tú como luchadora clandestina eras mala, por poco me delatas ese día”. Esas eran cosas típicas de Haydee. Tenía la capacidad de transformarse.
Cuando triunfó la Revolución, a los pocos días yo fui al aeropuerto a recibirla cuando regresó de Miami. Hay una foto que yo le tomé ese día. En otra ocasión, la vi en el Ministerio de Educación donde ella empezó a trabajar y ese día me preguntó por Panchito, el fotógrafo. También estuve en la reunión donde se discutió el nombre de la Casa de las Américas. Alguien dijo que se le podía poner la Casa de América Latina y ella se quedó pensando hasta que dijo: “¿Y por qué no la Casa de las Américas?” Y eso tuvo mucho que ver después con el compromiso de la Casa con el Caribe, con los latinos en EE.UU., etc. Ella me propuso ir a trabajar a la Casa. Y yo le dije: “No, soy tu amiga, pero no subordinada tuya, déjame en Bohemia que desde allí puedo ayudar más”. Pero yo iba frecuentemente a la Casa.
Haydee, Melba y Marta Rojas. Foto: Archivo de Granma
Ella vivió cerca del mar, donde murió. Yo iba mucho a visitarla. En julio yo no faltaba. Eran días difíciles, se ponía a hablar de lo que pasó en el Moncada, se ponía tensa, se emocionaba. Yo a veces le decía: “Te quiero hacer una entrevista”. Y ella me decía: “A mí no, entrevista a los familiares de los mártires que son poco conocidos”. Cuando trabajé en el periódico Revolución, organicé un equipo para eso porque ella sugirió que se hiciera un libro llamado Mártires del Moncada.
Es decir, que ese era un mes muy difícil para ella. Pero en realidad nuestra amistad fue así, tenía el componente político, el hecho del Moncada. El afán que yo tuve fue profesional, pero de ahí pasó a la simpatía y después a la solidaridad y de ahí al compromiso político.
Ella pasaba de un estado a otro, era provocativa, le gustaba hacer bromas a gente querida. Tenía una gran inteligencia. Y siempre fue muy cuidadosa de su imagen, en la medida de lo posible. Y eso se ve en las fotos.
Fui armando mi libro durante todo ese tiempo, desde el asalto al cuartel, con datos que iba anotando. No se publicó hasta después del triunfo de la Revolución: El juicio del Moncada. Y cuando se celebró el Festival Internacional de la Juventud y los Estudiantes en 1978, hice unos reportajes y se me ocurrió hacer un libro con los testimonios del hospital que no había incluido en el libro del Moncada. Yo tenía prejuicios de modestia, que por la amistad con Haydee no debía enviar el libro al Premio Casa. Lo titulé El que debe vivir porque Haydee me contó que, en el momento crucial, ella y las enfermeras querían que Abel se salvara. Se podía haber salvado porque el hospital tenía cuatro salidas y Fidel estaba en la posta 3 del Moncada, pero como Abel sabía todo, quiso atraer el fuego enemigo hacia el hospital. Ellas querían sacarlo y él dijo: “No, el que debe vivir es Fidel. Y ustedes para que cuenten esta historia. Yo me quedo aquí”. Yo no le dije a Haydee que iba a presentar el libro al concurso y cuando lo supo, le dije: “Tú eras la única que no se podía enterar”.
Para mí esa Haydee que se sobrepuso a ese trauma tan terrible del Moncada y actuaba a veces festivamente, llevaba por dentro un dolor. Para mí Haydee era una mártir del Moncada, una mártir viva. Cuando yo iba en julio era hablar de Abel y de los otros, era una tensión muy grande. Todo ese sufrimiento, las torturas, las muertes, por dentro había algo muy fuerte. El suicidio fue en julio, el 28, acababa de celebrarse el 26. Yo la recuerdo con alegría porque ella supo sobreponerse, servir a la patria y hacer una familia. Es digna de admiración.
[1] Panchito Cano. Corresponsal de la revista Bohemia en Santiago de Cuba. Junto a Marta Rojas cubría los carnavales santiagueros para la revista.
[2] Alberto del Río Chaviano. Militar de la tiranía de Fulgencio Batista, apodado El Chacal de Oriente. Principal asesino de los asaltantes al Cuartel Moncada.
[3] Eduardo Chibás. Santiago de Cuba, 1907-La Habana, 1951. Político cubano, fundador del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo). Se destacó en la lucha contra la dictadura de Gerardo Machado y la denuncia de la corrupción en la Cuba prerrevolucionaria
[4] Ambar Motors Corporation. Distribuidor de General Motors en La Habana. Su oficina se ubicaba en la esquina de las avenidas Infanta y 23.
[5] Birán: pequeña localidad en el municipio de Cueto, provincia de Holguín. Se refiere a la finca donde nació Fidel Castro Ruz.
(Tomado de La ventana)

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Archivo CD: Si el hombre tuviese estatutos, serían los de Thiago

Poeta Thiago de Mello en Casa de las Américas, Cuba. Foto: redebrasil atualUna tarde del verano por 1974 caminando hacia la casa de un amigo que vivía en el Náutico vi que un señor con una larga cabellera blanca, todo vestido de blanco, que subía en el jardín de la casa a un cocotero sin zapatos. Me impresionó la destreza con la que se trepó y me llamó casi más la atención que la blancura del atuendo no perdió esplendor. Por esa época estaba en una secundaria en el campo y nada más de ponerme cualquier cosa esta se ensuciaba de tierra.
Han pasado unos cuantos años, aquella persona era uno de los grandes poetas de América; Amadeu Thiago de Mello[1]; y el día fue memorable, pues a los escasos 14 años que cargaba sobre las espaldas terminé siendo testigo de un recital del poeta brasileño y desde la guitarra le contestó otro poeta: Silvio Rodríguez.
Thiago nació en Brasil, en el Amazonas, el 30 de marzo de 1926 y por estas fechas ha rebasado los 91 años. Vivió de niño en Manaus y al terminar la escuela primaria se fue a Río de Janeiro. Después intentó ser médico en la Escuela Nacional de Medicina, pero abandonó los estudios para dedicarse al difícil e incierto camino de ser escritor.
En 1951 publicó su primer texto en versos, El silencio y la palabra, y para la crítica literaria se ganó el epíteto de ser “… un poeta de la verdad, y rara en este momento, es decirla”[2], sentencia que ha mantenido durante toda su carrera.
Varios años disfruté de su amistad, durante sus regresos a Cuba -gracias a la gentileza de Aida Santamaría Cuadrado que nos juntó en varias ocasiones-, y supe que había estado preso en 1964, que se tuvo que ir al exilio en Chile, que fue amigo allí de Pablo Neruda y Violeta Parra, que comenzó a partir de ese momento un largo peregrinar de su vida por Alemania, Argentina, Francia y Portugal. Cuando el régimen militar llegó a su fin, volvió a su pueblo, Barreirinha, en el Amazonas y allí vive aún.
En su larga vida ha publicado doce libros de poesía y siete de prosa.
La amistad es un privilegio, Cuba y la Casa de las Américas son también sus amigas. El poeta lo ha dejado claro durante muchos años y lo refrendó aún con más ahínco cuando donó los honorarios que le correspondieron por participar en la primera Bienal del Libro de Amazonas a la causa para la liberación de los 5 antiterroristas cubanos que por aquel tiempo guardaban prisión en los Estados Unidos[3].
La Casa incluyó en su colección Palabras de nuestra América a Thiago de Mello, en un maravilloso disco el poeta lee su obra y además lo honró concediéndole la medalla Haydeé Santamaría en 1989. Ella fue una persona especial con la que tuvo una gran cercanía y con quien Thiago compartió sus preocupaciones sociales.
Nació poeta, sus textos transpiran pasión, espontaneidad, autoctonía y autenticidad, está presente en ellos una perseverancia melancólica que ponen al ser humano en el centro de su eje creativo, en su preocupación principal y en comunión con la ética, la libertad y el amor.
Los Estatutos del Hombre es un poema clásico de la literatura brasileña contemporánea y es una obra de la esperanza; clamor, movimiento en el que la verdad se refleja como en un espejo del que irradia una rara ternura.
Evidentemente este poeta es muy valiente al clamar que el ordenamiento y obligación del hombre sean la libertad, la felicidad, el mejoramiento humano y el respeto al ser.
Otra cuestión que llama la atención de la obra de Thiago de Mello es su delicada sencillez, expresada como definición mayor a la que aspira cada poeta, llegar al hombre y describir sus circunstancias y anhelos con las palabras de la realidad cotidiana.
Los estatutos… son realmente subversivos y tal vez debieran ser Ley universal, porque si se refrendasen como hechos inviolables el amor, la esperanza, la sinceridad y la felicidad de los habitantes del planeta, seríamos realmente inocentes hasta el fin de los tiempos, ajenos a la maldad, la envidia, la mentira y la engañosa “libertad” alcanzaría un sentido otro.
¿Llegará al porvenir este tremebundo texto casi olvidado por nuestros adolescentes, jóvenes y adultos, en estos tiempos de nuevos Dioses que adorar, inefables aparatos que nos otean y con el reinado de los 140 caracteres?
No sé, clamo porque se borre de golpe la estulticia y que los hombres tengamos los estatutos que claman estos versos.
He “arrastrado” desde que me aprehendí al poema una pequeña sorpresa, descubierta por quizás por maña y no por sapiencia; el poeta invita con la fortaleza de los vientos y de la foresta de la madre Tierra al delirio que da el tesón para hacer realidad la frase de “…que los locos lo han perdido todo, menos la razón”[4].

Los estatutos del hombre [5]
                                                                             A Carlos Heitor Cony[6]
Artículo 1.Queda decretado que ahora vale la vida,que ahora vale la verdad,y que de manos dadastrabajaremos todos por la vida verdadera.Artículo 2.Queda decretado que todos los días de la semana,inclusive los martes más grises,tienen derecho a convertirse en mañanas de domingo.
Artículo 3.Queda decretado que, a partir de este instante,habrá girasoles en todas las ventanas,que los girasoles tendrán derecho a abrirse dentro de la sombra;y que las ventanas deben permanecer el día enteroabiertas para el verde donde crece la esperanza.
Artículo 4.Queda decretado que el hombreno precisará nunca más dudar del hombre.Que el hombre confiará en el hombrecomo la palmera confía en el viento,como el viento confía en el aire,
como el aire confía en el campo azul del cielo.
Parágrafo único:El hombre confiará en el hombrecomo un niño confía en otro niño.
Artículo 5.Queda decretado que los hombresestán libres del yugo de la mentira.Nunca más será preciso usarla coraza del silencioni la armadura de las palabras.El hombre se sentará a la mesa con la mirada limpia,porque la verdad pasará a ser servida antes del postre.
Artículo 6.Queda establecida, durante diez siglos,la práctica soñada por el profeta Isaías,y el lobo y el cordero pastarán juntosy la comida de ambos tendrá el mismo gusto a aurora.
Artículo 7.Por decreto irrevocablequeda establecidoel reinado permanentede la justicia y de la claridad.Y la alegría será una bandera generosapara siempre enarbolada en el alma del pueblo.
Artículo 8.Queda decretado que el mayor dolorsiempre fue y será siempreno poder dar amor a quien se ama,sabiendo que es el aguaquien da a la planta el milagro de la flor.
Artículo 9.Queda permitido que el pan de cada díatenga en el hombre la señal de su sudor.Pero que sobre todo tenga siempreel caliente sabor de la ternura.
Artículo 10.Queda permitido a cualquier persona,a cualquier hora de la vida, el uso del traje blanco.
Artículo 11.Queda decretado, por definición,que el hombre es un animal que ama,y que por eso es bello,mucho más bello que la estrella de la mañana.
Artículo 12.Decrétese que nada estará obligado ni prohibido.
Todo será permitido.
 Escrito en Quinta Normal, Santiago de Chile, abril de 1964.
Referencias:
[1] Es hermano del músico Gaudencio Thiago de Mello.
[2]Según Sergio Milliet da Costa e Silva (1898-1966) escritor, crítico de arte y pintor brasileño.
[3] Ver: http://www.josemarti.org.br/ver-todos-manifestacoes-mocoes/2003-poeta-brasileno-de-mello-ratifica-respaldo-a-antiterroristas-cubanos yhttp://www.cubadebate.cu/especiales/2012/01/08/cartas-cruzadas-tony-guerrero-y-thiago-de-mello-intercambian-poemas-y-carinos/#.WV1DS7mLyKE
[4] Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) importante escritor y periodista británico de inicios del siglo XX.
[5] He utilizado la traducción de Mario Benedetti.
[6]Carlos Heitor Cony, escritor brasileño, participó en 1967 como miembro del jurado del concurso Casa de las Américas.

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Los ojos de Abel

Le arrancaron un ojo. Guardó silencio. Y le extirparon el otro. Mostraron el despojo sangrante a su hermana Haydée. Con el alma desgarrada, ella también guardó silencio. Lo hicieron porque, en la pupila de Abel, anidaba el porvenir.
Bajo la tiranía prevaleció la tortura, expresión máxima de la represión institucionalizada para instaurar el terrorismo de Estado. Años más tarde se implementaría en el resto de América Latina, donde se estructuró a través del siniestro Plan Cóndor, al servicio del neoliberalismo, nueva forma de dominio colonial. Más adelante, la alta tecnología complementaría la operación con la manipulación de las conciencias.
Los asaltantes al cuartel Moncada procedían de la entraña del pueblo. Eran portadores de un identitario forjado en la tradición martiana y en un nacionalismo radical que aspiraba a conquistar la soberanía conculcada y erradicar los males de la República.
En Birán, Fidel y Raúl habían conocido las condiciones de existencia de los haitianos, que eran sometidos a la explotación extrema en los grandes latifundios cañeros. El Ejército Rebelde creció en contacto directo con los campesinos de la Sierra Maestra, acosados por la Guardia rural e impotentes ante la enfermedad y la muerte de sus hijos.
Las consecuencias del subdesarrollo y la insostenible deformación estructural de la sociedad se mostraban en su más dramática crudeza. En la práctica concreta de un vivir compartido, el programa social de la Revolución iba tomando forma. Para saldar las deudas acumuladas, la Reforma Agraria habría de ser punto de partida. Conduciría, de manera inevitable, como ocurrió antes en Guatemala, a una confrontación con el imperialismo.
Colonialismo y subdesarrollo repercutían en una economía deformada. Se manifestaban también en el plano de las mentalidades, problema que revestía primordial importancia teniendo en cuenta la interrelación entre factores subjetivos y objetivos.  Los hacedores del cambio, hijos del ayer, tenían que librarse del lastre de prejuicios y de muchas certidumbres heredadas. Correspondía a la educación desempeñar un irrenunciable papel estratégico.
En un año se llevó a cabo la Campaña de Alfabetización, logro sin precedentes, posible tan solo con la participación de las masas. Víctimas del terrorismo contrarrevolucionario, cayeron Conrado Benítez y Manuel Ascunce Domenech. Pero se había dado un paso decisivo en la conquista de la justicia y en el rescate de la dignidad humana. Mientras tanto, en tan crítico panorama de la instrucción pública, se establecían las bases para un ambicioso proyecto de desarrollo científico con la vista fija en el mediano y largo plazos.  La enseñanza superior se transformaba.
No era una simple Reforma Universitaria, sino una verdadera Revolución. La articulación entre docencia e investigación traspasaba los límites del laboratorio. Se volcaba hacia el conocimiento de la sociedad, donde mucho habría de tardar el subdesarrollo en desarraigarse del todo.
La implementación de los denominados “trabajos sociales” en zonas apartadas a lo largo de toda la Isla favoreció el aprendizaje de rudimentarias herramientas sociológicas y antropológicas, enseñó a mirar en lo profundo del país, a reformular el concepto de cultura y a percibir el legado del subdesarrollo, las raíces de valores que perdurarían a pesar del tiempo en un tejido real cargado de contradicciones.
Para los participantes en aquellas aventuras constituyó una experiencia humana estremecedora, un desafío intelectual que socavaba falsas seguridades y un componente decisivo del proceso de formación integral. Los residuos del ayer sobrevivían en una década caracterizada también por una movilidad social sin precedentes en la historia de Cuba. Los hijos de los desheredados de antaño se habían hecho cargo de la construcción del mañana.
El derrumbe del campo socialista tuvo efectos bien conocidos en el plano de la economía y en el de la conciencia. La caída brutal del Producto Interno Bruto repercutió en la existencia de todos, laceró proyectos de vida, sueños y aspiraciones forjados durante años. Muchos abandonaron los estudios en busca de formas de supervivencia más promisorias, bajo el apremio de las circunstancias de un presente concreto.  Se ampliaron las diferencias sociales, resurgieron antivalores que parecían haber sido superados. Aunque sobrevivieran en la memoria profunda del tejido social, afloraron nuevas manifestaciones de racismo.
Ante circunstancias tan complejas, amenazada la supervivencia de la nación, había que volver a las fuentes originarias. Era indispensable encontrar fórmulas económicas adecuadas, sin perder la perspectiva de la estrecha interdependencia entre economía, sociedad y política. La solución no habría de confiarse tan solo a la aplicación de mecanismos más eficaces, indispensables, sin duda. Había que actuar simultáneamente en los asuntos más acuciantes de la realidad y en sus transformadores, partícipes fundamentales del proceso. Surgida del examen de los fenómenos más graves manifiestos en el panorama social, la Batalla de ideas rescató a muchos y subrayó la importancia del trabajo social, del llamado permanente a analizar en profundidad el contexto mutante del mundo en que vivimos, de mantener viva la capacidad de redescubrir e innovar, de eludir las salidas simplistas y las soluciones dogmáticas. Así, para sorpresa de expertos, como reactivo poderoso frente a la resignación y el fatalismo, surgió el Moncada.
Porque había sabido ver el alma de la nación, porque había confiado en ella, extirparon los ojos de Abel. Pero el sacrificio no fue inútil. Constituyó siembra y eslabón definitorio de las vías abiertas a la defensa de la soberanía y de la justicia social que alumbró la continuidad de una batalla anticolonial, todavía inconclusa para Cuba y para los países del entonces llamado tercer mundo.
(Tomado de Juventud Rebelde)

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