HAVANA CLIMA

escuela al campo

La beca

Si me puse nostálgica en la cita anterior, con esta casi lloro cuando pensé en el tema. Voy a ser sincera, lo sugirió mi esposo. No busqué ni un solo dato en Internet para conocer la cantidad de becados por años, ni las causas, o las más variopintas razones por las que me hicieron invertir tres años de mi vida recogiendo cuanto cítrico se había sembrado cerca de la Secundaria Básica en el Campo donde sobreviví parte de mi adolescencia. O chapeando, o recogiendo piedras para hacer una cerca.
A nadie pregunté, pues mi anecdotario personal es bastante notorio como para necesitar referentes. Y estoy convencida de que estas historias se replican en todo el país, con más o menos sustancia. Creo que en el capítulo cubano de las becas también nos deben miles de respuestas.
Y digo sobreviví, con todas las de la ley, porque todavía —sin tremendizar la cuestión—, hay momentos en que pienso en que trabajar es honorable, aún desde edades tempranas, si se regula y se combina con otras actividades para hacer de ese joven, un ser humano de bien. Pero aquello, por lo menos en el período en que me correspondió estudiar la secundaria, no fue estudio/trabajo. Insisto: fue sobrevivir. Hablamos de los noventa.
Los estudiantes de casi todos los municipios íbamos becados, los de la cabecera provincial no, como en el caso de mi esposo. Tenían acceso a la secundaria en la ciudad y solo pasaban unas semanas de escuela al campo en cada curso.
Creo que mi mamá me comentó alguna vez quiénes habían sido los «ideólogos» de las escuelas becadas de Unión de Reyes. Pero ya no lo recuerdo, como no rememoro muchos nombres de los que convivieron conmigo tres años, demasiado lejos de casa para nuestro gusto.
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Sí recuerdo, y de la manera menos grata, a una técnica de campo que nos gritaba la mar de procacidades para que no paráramos y poder cumplir la norma. La competencia era entre los técnicos y nosotros, que apenas podíamos cargar con los jolongos (el corrector de la laptop me señala en rojo esta palabra tan fea), lloriqueábamos por el esfuerzo y el temor de que —como ocurrió en varias oportunidades—, nos llevaran después del horario docente a terminar la norma que incumplimos en la jornada.
Cuán indefensa me sentía, yo, hija única de padres maestros, nieta amadísima, bitonga gorda de espejuelos, zapatos ortopédicos, saya por la rodilla, pelito corto y una estatura que no sobrepasaba los 1,45 m —con fama de sabelotodo además—, cuando aquella mujer nos gritaba tantas malas palabras… Sigo creyendo que las inventaba allí mismo, en exclusiva para nosotros. En mis doce años jamás había escuchado tan prosaico arsenal emergiendo de una boca humana.
Y nadie veía eso, jamás supe que le llamaran la atención o la sancionaran. Y regresábamos con el alma en vilo a la escuela, desde el surco, casi en silencio. Créanme si les confieso que por años llegué a odiar las sabrosísimas naranjas. Ironía del destino: hoy las añoro y mis hijos apenas si las conocen, para qué hablar de las mandarinas. Heredé un exprimidor eléctrico que he usado ¿dos veces? en siete años.
La otra jornada de supervivencia extrema nos esperaba cuando llegábamos del campo. Perfectamente mi pasta Perla o mi jabón Vitral no estaban en la taquilla y debía esperar a que una de mis amiguitas se bañara, amén de quedarme sin almuerzo, para no llegar tarde al docente.
No podría enumerar las veces que me robaron las medias, la comida, o la ropa interior, los «trapitos» que mi mamá me preparaba para pasar el período, las cositas del pelo…. No mercy. Pero lo del pelo sí lo solucioné rápido: me pelé bien bajito en el primer chance que tuve. Mi clásica maleta de madera no aguantaba candado, lejos de mi vista era presa constante de la insaciable hambre de tanta adolescencia acumulada.
Hoy me hubieran dicho que soy un punto, pero es que la mayoría en el albergue, en la escuela, lo era sin dudas. Éramos puntos de las niñas más grandes y de algunos varones abusivos. Y, sin mencionar nombres, afirmaré que también nos maltrataban un montón de profesores y de subdirectores.
A partir de las cinco de la tarde, una escuela con cientos y cientos de adolescentes y muy poco personal de guardia, era un hervidero de hormonas. Creo que éramos bastante buenos. Me gusta pensar que es que no teníamos los criterios, los saberes y herramientas de los jóvenes de hoy. También la cuota de irreverencia de la juventud actual, ni Internet…
(Foto: Kaloian/OnCuba)
Imagino las protestas que se hubieran armado frente al comedor, al tercer día de servir arroz (poco, medio apestosillo y duro), agua arriba, bolitas de chícharos al fondo y uno o dos huevos hervidos por comensal. Y la noche en que se regó la bola de una cabeza de lechuza en la sopa… Épico.
No protestábamos, íbamos o no al comedor, con aquellas bandejas de aluminio que después fueron plásticas, ¡válgame Dios! a comernos aquello. Todavía cierro los ojos y conservo en mi nariz el olor tan característico de un comedor escolar. Y si me tocaba limpiar las mesas en el día de operativo…
En contraste, atesoro momentos maravillosos junto a mi profesor Braulio, de Química, un viejito adorable de Bolondrón, que me preparó para los concursos y me contaba de su niñez detrás de un mostrador de bodega; o de mi profe Carmita, recién fallecida a causa de la espantosa Covid y la negligencia de algunos. Y mi profe de Geografía, Carlos Jesús, de quien creo heredé el gusto por los cactus. Pienso en la biblioteca de mi escuela y en la de libros de Julio Verne que devoré allí, con el hambre doble de la que hablaba Onelio Jorge Cardoso.
Esos recuerdos van y vienen, acompañados de la ocasión en que todo mi albergue tuvo que hacer una fila para lavar la toalla de la jefa del dormitorio. Alguien se la había metido en la taza sanitaria, una taza de escuela bien servidita… y todas pagamos las consecuencias.
Hablando de consecuencias. Todavía tengo la marca, cerca del codo en mi brazo izquierdo, hacia adentro, de la quemadura con una plancha que me hizo K. Todo ocurrió en segundos. Recuerdo despertarme sobresaltada en la litera de arriba, con mucha ardentía en la mano y ella, riéndose a mandíbula batiente en el pasillo por semejante chiste, con el instrumento del crimen en su mano.
Era de noveno grado y yo, yo era un punto de séptimo. Era una morena enorme, con tetas grandes y le teníamos pánico. Jamás me recuerdo hablando con ella si no era con la vista baja. Bueno, yo no hablaba con ella, ella nos gritaba órdenes para que las cuarteleras limpiáramos el albergue con mucha, mucha agua, cargada a cubos desde el primer piso, hasta el tercero.

A mis padres jamás les conté nada de esto. Me parecía una cobardía personal. Hoy lo sigo pensando así, pero que era también mucho bullyng colectivo. ¿Ningún adulto sabía que ocurría ese tipo de vejámenes? ¿O se hacían los de la vista gorda? Teníamos que estar allí, era la manera de estudiar. No existía otra opción. Yo no tenía familia en Matanzas para acudir a la secundaria urbana. Tenía que sobrevivir a toda costa. La Patria, el momento histórico, cará…
Otro cortometraje de la carpeta INOLVIDABLES. No teníamos pase ese fin de semana. Once días por delante y el dolor de cabeza o el catarro perenne por las duchas frías no me darían el voto para estar en mi casa. Ah, una amiguita convaleciente de conjuntivitis en la enfermería fue la respuesta a todos mis desvelos. El pañuelo, previamente restregado en sus ojos, apenas rozó los míos y ya el jueves por la noche mi papá me tuvo que ir a buscar, en un motor prestado, porque el director lo llamó con urgencia.
¿Que cómo terminó la historia de mis ojos verdes y después rojos? Quince preciosos días de vacaciones en el Hospital Pediátrico. Una queratitis de libro. Ay, por favor, si mi papá les pregunta no le vayan a decir que hice tal confesión: a esta altura todavía va y me pone de penitencia con carácter retroactivo.
Claro que guardo otras suculentas historias, pero un amigo me recomendó que las ficcionara para escribir una novela. No sé si pueda, juro delante de Dios que esta es la primera vez en mi vida que escribo sobre la BECA. Sobre esto jamás he escrito ni un poema.
Quisiera, como me recomendó otro, recopilar entrevistas, testimonios de alumnos y profesores. Porque un tema así se me queda pequeño con la ficción. Y saldría a buscar datos, estadísticas, resultados de las diversas etapas de las escuelas de becarios en Cuba. ¿Existen investigaciones en torno al tema? Por suerte, mis hijos no tendrán que vivir experiencias semejantes. Por lo menos, no de estas (aunque no coman naranjas). Tampoco los hijos de otros tantos que sobrevivieron las becas.
(Foto: Observa Cuba)
Qué vuelta de noria: aquellas escuelas hoy son casas de familia, oficinas o la naturaleza las ha tomado por asalto.
¿El saldo final?: primer escalafón de notas, muchas lecturas juveniles, los huecos de «arriba» en las orejas y la eterna amistad con Yanelys Sotolongo. También nuestros hijos mayores son amigos, a pesar de las distancias geográficas. No aprendí a bailar casino: esa lección la pospuse para el preuniversitario.
¿Y la beca del pre? Ah, ya ese es otro relato, dentro de otras tantas historias.

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