HAVANA CLIMA

escritoras cubanas

Escritora cubana Daína Chaviano recibe importante premio internacional

La escritora cubana Daína Chaviano, residente en Estados Unidos, recibió recién un importante galardón en el campo de la literatura para niños y jóvenes, según reseñan medios internacionales.  Chaviano obtuvo el lauro otorgado por el Banco del Libro en la categoría Juvenil por su libro País de dragones, una colección de relatos con la que la escritora ya había ganado el premio La Edad de Oro en 1989, antes de marcharse de Cuba. La obra, sin embargo, no llegó a publicarse en la Isla “porque su publicación fue vetada cuando decidí irme del país”, aseguró la narradora a el Nuevo Herald en entrevista concedida tras merecer este nuevo premio. Fue en 1997 que se publicó por primera vez en Venezuela, a través de la ya desaparecida editorial Rondalera, y luego aparecería en España bajo el sello Espasa Juvenil.  Veinte años después, la editorial Norma Colombia lo incluyó en su colección “Fuera de Serie”, y justo con esta edición alcanzó el lauro.“Recibí la noticia de la nominación por un mensaje que me dejó Fanuel Hanán, el editor del libro. Aunque me alegré mucho, creí que ahí quedaría todo. Fue también el editor quien me llamó para decirme: ¡Ganamos! A mí solo se me ocurrió preguntarle: ¿Estás seguro?”, contó Chaviano al Herald.De acuerdo con la publicación, Chaviano escribió País de dragones después de alcanzar un notable éxito en Cuba con su celebrado libro El abrevadero de los dinosaurios. “País de dragones nació del deseo por rescatar o preservar valores que a veces olvidamos o relegamos a un segundo plano: la creatividad como fuente de transformación, la certeza de que el amor y el dolor forman parte de la historia humana, el valor de la diversidad… Quise exponerlos de manera indirecta, a través de relatos que llevaran el aliento de las fábulas antiguas y las leyendas medievales”, señaló sobre esta obra.Acerca de por qué cree que sus libros siguen despertando interés en los lectores más jóvenes, la escritora respondió al Herald: “Supongo que sus temas se mantienen vigentes o siguen siendo tan importantes que consiguen desplazar ese universo virtual que se ha apoderado de las nuevas generaciones.”Daína Chaviano: una escritora mística y surrealistaEl premio Banco del Libro es entregado por la reconocida organización de igual nombre, fundada en 1960 y con sede en Caracas. Con este galardón se premia anualmente los mejores libros de literatura infantil y juvenil.Nacida en La Habana en 1957, Daína Chaviano está considerada una de las más importantes autoras de la literatura fantástica y de ciencia ficción en lengua española, y ha obtenido numerosos premios y distinciones. Entre sus libros destacan títulos como los ya mencionados en esta nota, y otros como Amoroso planeta, Historias de hadas para adultos, El hombre, la hembra y el hambre, Los mundos que amo, y La isla de los amores infinitos.

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Elena Corujo: “No escribo sobre niños felices”

Me llamo Nadia, pero para mi mamá soy Nadie. Ella no me ve, y yo casi no la veo. A veces, cuando siento la moto del Trueno, que viene a dejarla, salgo corriendo para darle un beso y contarle cómo nos fue en la tienda, pero ella me empuja con la mano y se va chocando con todo hasta la cama. La mitad de las veces no se baña ni come.Así comienza La tienda de Nadie, una novela que cuenta el desamparo de una niña de 12 años que vive con una madre alcohólica y sin contacto con su padre, que emigró a los EE.UU. Elena Corujo la escribió hace casi 15 años. No fue su primera obra, pero sí su primer Gran Premio en metálico. Gracias a él, la antigua profesora de español y literatura de preuniversitario, y luego directora de TV en un telecentro, pudo “levantar cabeza”.Su hermana recordó públicamente hace unos tres meses, al recibir en nombre de ella, en Valladolid, España, otro Premio, el de Poesía de Laguna de Duero, que de niña Elena no escribía, sencillamente se pasaba horas en el piso de la saleta dibujando figuras humanas, a las que luego les construía historias orales y les hablaba.Los Corujo, los tres, pues también hay un hermano varón, tuvieron una infancia feliz en Remedios, en el centro de Cuba, inmersos en lo que la misma Elena llama “riqueza pueblerina”, que a veces es difícil de describir, pero que comprende hechos insólitos, personajes raros, nombres indescifrables, pasados misteriosos, traiciones y fidelidades… Si bien sus relatos tienen lugar en el presente en que son escritos, están permeados de esas vivencias de décadas anteriores.“Yo conocía a todos los vecinos. Cuando se iba la luz jugábamos a trazar la psicología de los personajes del barrio. Mi papá me decía: ‘¿Quién es Mastuerzo?’ Es el loco del pueblo y actúa de tal manera…‘¿Quién es Trovadio?’ Es el bodeguero y hace tal cosa… Soy hija de gente humilde de pueblo, pero mi papá recitaba a Lorca y a León Felipe y mi mamá escuchaba novelas radiales, leía mucho y adoraba a Rubén Darío.”“Fui una niña muy inquieta, pero ágil nunca he sido, siempre me caía en cualquier travesura. Leía y me daba por interpretar personajes. Una vez me dio por ser Juana la loca y cogí a mi hermano lo metí en un cajón y me fui para el parque diciendo que era Felipe el hermoso. Soñaba con ser actriz, no con escribir. Con 16 años hice las pruebas de la Escuela Nacional de Arte y aprobé Actuación y Pintura, pero mi papá no me dejó venir a La Habana.”A los 3 años Elena Corujo aprendió a leer porque había una maestra que repasaba a niños en la casa contigua y ella la escuchaba desde la suya. Pero eso fue hace 60 años en Remedios. Ahora lo que escucha son gritos, discusiones, palabrotas, reguetón… Eso sin tener ni que salir de lo que ella denomina su cueva celta, donde vive hace 5 años. Una habitación húmeda que en apenas 4 metros cuadrados reúne cocina, baño y cuarto-sala, que adquirió gracias a un premio literario. Ah, pero está localizada a un paso de la Avenida 51, de Marianao, y donde esos mismos vecinos escandalosos le ayudan a conseguir lo poco que se puede obtener en los desprovistos establecimientos comerciales cercanos.“Aquí he escrito menos, y lo hago escuchando esos gritos de la gente del barrio a toda hora, pero que me nutren, porque me dan risa algunas de las cosas que dicen y también porque puedo sentir sus vidas o más bien sus sobrevidas, que las llevan muy fuertes, ‘guapeando’ para sus hijos. En la Isla de la Juventud también lo vi, pero eran otros tiempos. Allí tenía un paisaje maravilloso, desde mi apartamento en el reparto Abel Santamaría veía el mar si me paraba en el balcón y el monte si me paraba en el patio. Me conocí la isla completa. Allí fue donde más escribí”.Elena Corujo. Foto: Carol Canel.A Nueva Gerona Elena llegó en los años 80 con su hijo. Dejó atrás la docencia y, en alguna medida, las raíces. Pero había comenzado a escribir. Y poco después, a perseguir concursos y premios. “Cuando nació mi hijo, yo tenía 22 años y empecé a hacer poesía. Gané el Premio Villa Clara en 1984, que era de poesía para niños, pero eso no se publicó.”Su primer libro publicado fue Garabatos y palomas, también de poesía para niños, volumen que vio la luz porque ganó el Concurso “Mangle rojo” 1987, en la Isla de la Juventud. A partir de ahí su maquinita Smith Corona no va a detenerse hasta bien entrados los 2000, en que pudo tener su primera computadora.Escritos de un tirón, como suelen hacerse todos sus libros, salieron entonces de esa PC Pentium 1, lenta y quejumbrosa, sus primeras piezas narrativas. Todo comenzó con Coralita querida, una novela epistolar, en 2001.  Son cartas de una niña llamada Emilia a su mejor amiga que se ha ido del país, a quien le cuenta maravillas y angustias de su vida adolescente. Coralita salta al pon, la segunda parte, serán las respuestas, también maravillosas y angustiosas, de Coralita a Emilia desde España. Verán la luz gracias a la humilde editorial territorial El Abra. Dos tristes libritos que visualmente no conquistan a ningún niño, aunque su lectura sea luminosa.Con el acceso a internet, las cosas van a cambiar para Elena Corujo: tantas horas para fabular como para navegar en las profundidades de la red de redes que oferta innumerables concursos literarios, a veces bien pagados. En 2007 gana el Premio Internacional Desiderio Macía Silva, de México, con el libro de poesía para adultos Con gesto irreparable y se publica en ese país. Ese mismo año, una revista española le otorga mención a su cuento Carta de Dulcinea a Don Quijote. Y en 2010 con La tienda de nadie gana el Premio de Literatura Juvenil Libresa, de Ecuador, un certamen de gran prestigio en el cono sur.Libros de Elena Corujo. Foto: Carol Canel.“Después escribí Los pargos azules, que en 2012 ganó Mención en Casa de las Américas. Como vi que a nadie le interesó publicar esa novela, la mandé al concurso “Norma” de Colombia. Estaba dentro de las finalistas y no me dieron el premio porque yo declaré que había sido mención Casa, pero la publicaron en esa editorial, que es muy importante. Y luego la incluyeron como lectura complementaria en noveno grado, en Colombia.”Los niños colombianos están leyendo la historia de un adolescente cubano que es víctima de la exclusión social. Daniel es hostigado por su abuela para que no se relacione con su padre gay y sufre bullying en la escuela. Los pargos… y La tienda… se han comercializado en varios países latinoamericanos. Cada tres meses Elena recibe los reportes de venta y sostiene intercambios con los promotores de libros en Colombia. A esas novelas les ha ido muy bien.En Ecuador, durante las presentaciones de “La tienda de nadie”. Foto: cortesía de la entrevistada.Pero ninguno de los libros de Elena Corujo forma parte de los catálogos de las más importantes editoriales cubanas de literatura infantil y juvenil. En su perfil de Facebook hace poco se quejaba además de que no la llaman para formar parte de la Feria Internacional de Libro de Cuba que tiene un amplio programa en sus pabellones infantiles. Habría que ver qué pasará a partir de ahora, después de ganar con otra novela, La ventana de las palabras, el Premio Barco de Vapor del Caribe 2022, uno de los certámenes más importantes de la literatura infanto-juvenil en habla hispana.Anuncio del Premio “Barco de Vapor” en mayo de 2022. Foto: Facebook.“A mí me daba pena, y me sigue dando, llegar con un libro mío a una editorial. Y como nadie se ocupa de pedírmelo, pues lo mando a concursos. Es la forma que he tenido para publicar y de cierta manera es mi sustento. Todo lo que he publicado es porque fue a un concurso. Yo soy muy competitiva, de niña lo era. En aquellos planes de la calle o dondequiera que hubiera una competencia, siempre íbamos y ganábamos, yo dibujando y mi hermana corriendo. Y nos llevábamos los mejores premios, que generalmente eran juguetes o cake. La gente decía: ahí vienen las Corujo, no hay na’ pa’ nadie. Quizás eso explique que no tenga miedo a los concursos de literatura y además casi siempre son anónimos. No he tenido la suerte de otros porque a mí nadie me llama. Además, yo soy simpática y alegre, pero solitaria. Quizás por eso no me han tenido en cuenta. No soy mujer de eventos, ni de reuniones literarias. Tengo buenos amigos escritores, pero aislados, ya cuando se reúnen varios, no me gusta estar.”A la Isla de la Juventud Elena no ha regresado nunca y de Marianao a El Cano ha trazado un trillo. En ese pueblito habanero recóndito viven sus nietos, un futuro flautista y una fabuladora por excelencia, en una casa de más de 100 años, ideal para ensayar y fantasear. También son niños felices. No así la protagonista del libro recién premiado de la autora, otra vez una adolescente, que vive precisamente en El Cano. Su padre es un pintor esquizofrénico y su madre una religiosa fanática. La abuela es el sostén de la maltrecha familia y vende comida hecha en casa. Davina tiene la obsesión de ganar un Record Guiness y ese propósito la lleva a realizar mil peripecias.Los personajes creados por Corujo son víctimas del maltrato familiar o social o viven situaciones extremas. En El niño del pregón (Mención en el Premio Abril 2018) el protagonista padece de Distrofia muscular de Becker y su contraparte es otro niño con retraso mental que vende aromatizante por las calles. Silvia, la del mundo al revés, (Finalista en el concurso Libresa 2017) es, digamos, más noble. Cuenta la historia de dos hermanas gemelas que enfrentan el divorcio de sus padres, con el agravante de que una de ellas tiene Síndrome XP, afección hereditaria caracterizada por una sensibilidad extrema al sol, por lo que hace su vida en las noches, y la otra en los días.“Yo no escribo sobre niños felices, aunque lo son de alguna manera, pero encuentran la felicidad a través de alternativas. Me mata el dolor de ver sufrir a los niños. En mis novelas hay sucesos alegres, no voy solo a la tristeza, hay mucho humor y, desde luego, son muy cubanas, pero entendibles, porque las realidades que cuento son universales. No me propongo transmitir valores ni aleccionar. Los finales no son catastróficos porque son para niños, y ellos no perdonan eso, así que mis finales trato de hacerlos alegres.”El más reciente Premio alcanzado por esta autora cubana podría cambiar el rumbo de su vida: salir de la cueva que habita, tener una mejor computadora, viajar, emigrar, dejar de fumar, mejorar su estado de salud, muy afectado por una diabetes insulino-dependiente…No ha decidido cuál de esas variantes emprender. Lo que sí sabe es que este nuevo triunfo le ha dado seguridad en sí misma. “Nunca me creo que puedo llegar a donde he llegado”. Tal vez Elena Corujo necesite un poco del coraje de una de sus criaturas literarias, esa que dice casi al final de una novela: Voy con la frente alta y mirando a cada uno que intenta reírse o gritarnos. Voy con los bolsillos llenos de las lunas que no recogí, para lanzarlas al primero que se atreva a gritarle a mi padre…

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Elena Corujo: “No escribo sobre niños felices”

Me llamo Nadia, pero para mi mamá soy Nadie. Ella no me ve, y yo casi no la veo. A veces, cuando siento la moto del Trueno, que viene a dejarla, salgo corriendo para darle un beso y contarle cómo nos fue en la tienda, pero ella me empuja con la mano y se va chocando con todo hasta la cama. La mitad de las veces no se baña ni come.Así comienza La tienda de Nadie, una novela que cuenta el desamparo de una niña de 12 años que vive con una madre alcohólica y sin contacto con su padre, que emigró a los EE.UU. Elena Corujo la escribió hace casi 15 años. No fue su primera obra, pero sí su primer Gran Premio en metálico. Gracias a él, la antigua profesora de español y literatura de preuniversitario, y luego directora de TV en un telecentro, pudo “levantar cabeza”.Su hermana recordó públicamente hace unos tres meses, al recibir en nombre de ella, en Valladolid, España, otro Premio, el de Poesía de Laguna de Duero, que de niña Elena no escribía, sencillamente se pasaba horas en el piso de la saleta dibujando figuras humanas, a las que luego les construía historias orales y les hablaba.Los Corujo, los tres, pues también hay un hermano varón, tuvieron una infancia feliz en Remedios, en el centro de Cuba, inmersos en lo que la misma Elena llama “riqueza pueblerina”, que a veces es difícil de describir, pero que comprende hechos insólitos, personajes raros, nombres indescifrables, pasados misteriosos, traiciones y fidelidades… Si bien sus relatos tienen lugar en el presente en que son escritos, están permeados de esas vivencias de décadas anteriores.“Yo conocía a todos los vecinos. Cuando se iba la luz jugábamos a trazar la psicología de los personajes del barrio. Mi papá me decía: ‘¿Quién es Mastuerzo?’ Es el loco del pueblo y actúa de tal manera…‘¿Quién es Trovadio?’ Es el bodeguero y hace tal cosa… Soy hija de gente humilde de pueblo, pero mi papá recitaba a Lorca y a León Felipe y mi mamá escuchaba novelas radiales, leía mucho y adoraba a Rubén Darío.”“Fui una niña muy inquieta, pero ágil nunca he sido, siempre me caía en cualquier travesura. Leía y me daba por interpretar personajes. Una vez me dio por ser Juana la loca y cogí a mi hermano lo metí en un cajón y me fui para el parque diciendo que era Felipe el hermoso. Soñaba con ser actriz, no con escribir. Con 16 años hice las pruebas de la Escuela Nacional de Arte y aprobé Actuación y Pintura, pero mi papá no me dejó venir a La Habana.”A los 3 años Elena Corujo aprendió a leer porque había una maestra que repasaba a niños en la casa contigua y ella la escuchaba desde la suya. Pero eso fue hace 60 años en Remedios. Ahora lo que escucha son gritos, discusiones, palabrotas, reguetón… Eso sin tener ni que salir de lo que ella denomina su cueva celta, donde vive hace 5 años. Una habitación húmeda que en apenas 4 metros cuadrados reúne cocina, baño y cuarto-sala, que adquirió gracias a un premio literario. Ah, pero está localizada a un paso de la Avenida 51, de Marianao, y donde esos mismos vecinos escandalosos le ayudan a conseguir lo poco que se puede obtener en los desprovistos establecimientos comerciales cercanos.“Aquí he escrito menos, y lo hago escuchando esos gritos de la gente del barrio a toda hora, pero que me nutren, porque me dan risa algunas de las cosas que dicen y también porque puedo sentir sus vidas o más bien sus sobrevidas, que las llevan muy fuertes, ‘guapeando’ para sus hijos. En la Isla de la Juventud también lo vi, pero eran otros tiempos. Allí tenía un paisaje maravilloso, desde mi apartamento en el reparto Abel Santamaría veía el mar si me paraba en el balcón y el monte si me paraba en el patio. Me conocí la isla completa. Allí fue donde más escribí”.Elena Corujo. Foto: Carol Canel.A Nueva Gerona Elena llegó en los años 80 con su hijo. Dejó atrás la docencia y, en alguna medida, las raíces. Pero había comenzado a escribir. Y poco después, a perseguir concursos y premios. “Cuando nació mi hijo, yo tenía 22 años y empecé a hacer poesía. Gané el Premio Villa Clara en 1984, que era de poesía para niños, pero eso no se publicó.”Su primer libro publicado fue Garabatos y palomas, también de poesía para niños, volumen que vio la luz porque ganó el Concurso “Mangle rojo” 1987, en la Isla de la Juventud. A partir de ahí su maquinita Smith Corona no va a detenerse hasta bien entrados los 2000, en que pudo tener su primera computadora.Escritos de un tirón, como suelen hacerse todos sus libros, salieron entonces de esa PC Pentium 1, lenta y quejumbrosa, sus primeras piezas narrativas. Todo comenzó con Coralita querida, una novela epistolar, en 2001.  Son cartas de una niña llamada Emilia a su mejor amiga que se ha ido del país, a quien le cuenta maravillas y angustias de su vida adolescente. Coralita salta al pon, la segunda parte, serán las respuestas, también maravillosas y angustiosas, de Coralita a Emilia desde España. Verán la luz gracias a la humilde editorial territorial El Abra. Dos tristes libritos que visualmente no conquistan a ningún niño, aunque su lectura sea luminosa.Con el acceso a internet, las cosas van a cambiar para Elena Corujo: tantas horas para fabular como para navegar en las profundidades de la red de redes que oferta innumerables concursos literarios, a veces bien pagados. En 2007 gana el Premio Internacional Desiderio Macía Silva, de México, con el libro de poesía para adultos Con gesto irreparable y se publica en ese país. Ese mismo año, una revista española le otorga mención a su cuento Carta de Dulcinea a Don Quijote. Y en 2010 con La tienda de nadie gana el Premio de Literatura Juvenil Libresa, de Ecuador, un certamen de gran prestigio en el cono sur.Libros de Elena Corujo. Foto: Carol Canel.“Después escribí Los pargos azules, que en 2012 ganó Mención en Casa de las Américas. Como vi que a nadie le interesó publicar esa novela, la mandé al concurso “Norma” de Colombia. Estaba dentro de las finalistas y no me dieron el premio porque yo declaré que había sido mención Casa, pero la publicaron en esa editorial, que es muy importante. Y luego la incluyeron como lectura complementaria en noveno grado, en Colombia.”Los niños colombianos están leyendo la historia de un adolescente cubano que es víctima de la exclusión social. Daniel es hostigado por su abuela para que no se relacione con su padre gay y sufre bullying en la escuela. Los pargos… y La tienda… se han comercializado en varios países latinoamericanos. Cada tres meses Elena recibe los reportes de venta y sostiene intercambios con los promotores de libros en Colombia. A esas novelas les ha ido muy bien.En Ecuador, durante las presentaciones de “La tienda de nadie”. Foto: cortesía de la entrevistada.Pero ninguno de los libros de Elena Corujo forma parte de los catálogos de las más importantes editoriales cubanas de literatura infantil y juvenil. En su perfil de Facebook hace poco se quejaba además de que no la llaman para formar parte de la Feria Internacional de Libro de Cuba que tiene un amplio programa en sus pabellones infantiles. Habría que ver qué pasará a partir de ahora, después de ganar con otra novela, La ventana de las palabras, el Premio Barco de Vapor del Caribe 2022, uno de los certámenes más importantes de la literatura infanto-juvenil en habla hispana.Anuncio del Premio “Barco de Vapor” en mayo de 2022. Foto: Facebook.“A mí me daba pena, y me sigue dando, llegar con un libro mío a una editorial. Y como nadie se ocupa de pedírmelo, pues lo mando a concursos. Es la forma que he tenido para publicar y de cierta manera es mi sustento. Todo lo que he publicado es porque fue a un concurso. Yo soy muy competitiva, de niña lo era. En aquellos planes de la calle o dondequiera que hubiera una competencia, siempre íbamos y ganábamos, yo dibujando y mi hermana corriendo. Y nos llevábamos los mejores premios, que generalmente eran juguetes o cake. La gente decía: ahí vienen las Corujo, no hay na’ pa’ nadie. Quizás eso explique que no tenga miedo a los concursos de literatura y además casi siempre son anónimos. No he tenido la suerte de otros porque a mí nadie me llama. Además, yo soy simpática y alegre, pero solitaria. Quizás por eso no me han tenido en cuenta. No soy mujer de eventos, ni de reuniones literarias. Tengo buenos amigos escritores, pero aislados, ya cuando se reúnen varios, no me gusta estar.”A la Isla de la Juventud Elena no ha regresado nunca y de Marianao a El Cano ha trazado un trillo. En ese pueblito habanero recóndito viven sus nietos, un futuro flautista y una fabuladora por excelencia, en una casa de más de 100 años, ideal para ensayar y fantasear. También son niños felices. No así la protagonista del libro recién premiado de la autora, otra vez una adolescente, que vive precisamente en El Cano. Su padre es un pintor esquizofrénico y su madre una religiosa fanática. La abuela es el sostén de la maltrecha familia y vende comida hecha en casa. Davina tiene la obsesión de ganar un Record Guiness y ese propósito la lleva a realizar mil peripecias.Los personajes creados por Corujo son víctimas del maltrato familiar o social o viven situaciones extremas. En El niño del pregón (Mención en el Premio Abril 2018) el protagonista padece de Distrofia muscular de Becker y su contraparte es otro niño con retraso mental que vende aromatizante por las calles. Silvia, la del mundo al revés, (Finalista en el concurso Libresa 2017) es, digamos, más noble. Cuenta la historia de dos hermanas gemelas que enfrentan el divorcio de sus padres, con el agravante de que una de ellas tiene Síndrome XP, afección hereditaria caracterizada por una sensibilidad extrema al sol, por lo que hace su vida en las noches, y la otra en los días.“Yo no escribo sobre niños felices, aunque lo son de alguna manera, pero encuentran la felicidad a través de alternativas. Me mata el dolor de ver sufrir a los niños. En mis novelas hay sucesos alegres, no voy solo a la tristeza, hay mucho humor y, desde luego, son muy cubanas, pero entendibles, porque las realidades que cuento son universales. No me propongo transmitir valores ni aleccionar. Los finales no son catastróficos porque son para niños, y ellos no perdonan eso, así que mis finales trato de hacerlos alegres.”El más reciente Premio alcanzado por esta autora cubana podría cambiar el rumbo de su vida: salir de la cueva que habita, tener una mejor computadora, viajar, emigrar, dejar de fumar, mejorar su estado de salud, muy afectado por una diabetes insulino-dependiente…No ha decidido cuál de esas variantes emprender. Lo que sí sabe es que este nuevo triunfo le ha dado seguridad en sí misma. “Nunca me creo que puedo llegar a donde he llegado”. Tal vez Elena Corujo necesite un poco del coraje de una de sus criaturas literarias, esa que dice casi al final de una novela: Voy con la frente alta y mirando a cada uno que intenta reírse o gritarnos. Voy con los bolsillos llenos de las lunas que no recogí, para lanzarlas al primero que se atreva a gritarle a mi padre…

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“Niñas en la casa vieja”, de Dazra Novak

Niñas en la casa vieja, de Dazra Novak es una novela sobre el amar, el temer y el partir, por muy jocoso que esto suene, ¿por qué no? Si está narrada de forma tragicómica, con vuelos y aterrizajes forzosos, con ingenio, inocencia, picardía, rabia y bondad; si es una historia de amor y generosidad, de crecimiento espiritual y, por tanto, desprendimientos y despedidas. La historia está narrada desde una primera persona que no solo habla de sí misma, sino que comparte el protagonismo con sus inquilinas de paso, y todo ocurre alrededor de esa casa vieja —refugio para gente con el corazón roto— y, casi como un chisme, nos asomamos al espacio interior de cada habitante, cada mujer que, cual niña, busca la aceptación, comprensión y apoyo —¿acaso no lo necesitamos todos y todas?— ante el hostil mundo real y el aplastante tercermundismo tropical que no cree en sueños, ilusiones y/o delirios, y entrena al espíritu en el gimnasio de “la lucha”, esa que llaman en la calle “el deporte nacional”. La dueña de la casa, que cuenta todo, nos va presentando a esas niñas —y lo de niñas viene por lo desprotegidas, abandonadas y desubicadas: Ana Manso, Rosita Aparicio, Lina Linet, Rosario Farrás, Zulema Restrejo, Vera Borras, Camila Comas, que son también modos de presentarnos las varias caras y formas de LA MUJER, a la par de una visitante asidua: La gitana; una araña: Natasha; una promesa: David; y una escritora que llega al final, supuestamente tarde, o quizás, justo cuando tiene que llegar: la misma Dazra Novak. En la casa vieja, en un país envejecido física, moral y cívicamente, se reúnen, se refugian, se ingresan, como para recibir terapia, estas mujeres sin hombre-amazonas de dos tetas, en una curiosa sororidad que tan bien y también está descrita: «Todas las mujeres que vivieron en esta casa llegaron —rara vez sucede de otra manera— atormentadas por las limitaciones y las renuncias. Resignadas a que la vida que habían soñado y hasta la que habían vivido hasta un punto, se hubiera esfumado como por arte de magia. Como si Dios se hubiera olvidado de inscribirlas en el gran registro civil de la existencia humana y por eso carecían de todos los derechos —civiles, familiares, conyugales, humanos—…».Dazra utiliza a veces frases cortas que envuelven grandes temas, como cuando dice sobre el despertar lésbico de un personaje: «Sin nadie que la repudiara, pues no tenía familia para convencer de su elección sexual…», he aquí un hecho que aún machaca a nuestra sociedad, a nuestras mujeres: el rechazo a la homosexualidad femenina cuando prescinde de los hombres, —ya sabemos que la bisexualidad femenina roza mucho con la cosificación, pero ya ese es otro tema más extenso—; el innecesario y ridículo “dolor” familiar cuando una hija se asume como lesbiana, como si anunciara delincuencia, satanismo o enfermedad terminal. «Cuando eres gay siempre algo está dispuesto a romperte el alma y los huesos. Primero los padres (…) Luego las parejas (…) Luego los amigos…» he aquí lo real — simbólico y trágico— y lo maravilloso: la persistencia del deseo a pesar de esa supuesta fatalidad que le persigue, tanto a su esencia como a su cuerpo homosexual: el deseo de romper la “maldición”, el deseo de que todo vaya bien, el deseo de que amar no lleve destrozos, pero mucha razón lleva Cher cuando canta en Runaway, esa canción suya sobre la huída de lo impróspero : «(…) No puede haber amor sin lágrimas…». Niñas en la casa vieja es una novela cargada de “los colores” idiosincráticos de nuestro gentilicio; dígase religión cubana —esa que comúnmente llaman “afrocubana” pero en verdad es cubana, porque nació aquí a raíz de la unión de varias creencias que no son solo africanas—; dígase el habla popular con los lirismos y los vulgarismos que adornan y enriquecen a nuestro lenguaje; dígase el temple, el humor y la resiliencia, el descaro, la gitanería, el invento, las ladinas balsas de supervivencia, la supuesta locura —que ya saben lo que siempre digo: nos hacemos los locos para no volvernos locos—; y la generosidad, esa que ha sabido anteponerse a las miserias que nos patean las nalgas todos los días en nuestro país, esa generosidad que a veces puede confundirse con la estupidez si es filtrada por el ojo egoísta, y esa creo que es la virtud más exaltada en esta historia que reseño: la generosidad, el verdadero roce humano. Retrata, para que el lector juzgue desde su cosmovisión, ideales y proyecciones, y sin hacer mucho uso de juzgados personales, a pesar de que es narrada por un personaje, retrata todas esas aristas de la sociedad moderna cubana que dan pie a la larguísima lista de quejas y sugerencias que deambulan en las calles, desesperan en las colas, duelen en las enfermedades, titiritean a los nervios, brincan en los platos, lloran, huyen,  oyen y llaman… ¿que son las mismas “críticas quejicas” que colman a la literatura cubana desde hace ya varias décadas? Claro que sí, y esos berrinches seguirán apareciendo mientras todo lo que debe ser cambiado siga sin ser cambiado. De hecho, eso hace falta, si no, ¿cómo va a saber el futuro la verdad de las cosas? El arte tiene la verdad, de ahí que todavía existan las novelas realistas, para decirle al presente y recordarle al futuro, para exponer las diferentes formas que tiene la verdad, porque nada es de un solo color. Ya lo mágico, lo surreal o lo que sea, viene como aditamento, para aportar belleza, que tanta falta hace. Niñas en la casa vieja no es una novela lesbiana aunque sus protagonistas lo sean, es una novela de amor, de amistad, de supervivencia, nadie dice de Jane Eyre o de Madame Bovary que son novelas heterosexuales, dejemos ya esos atrasos sociales que ni se usan y nos hacen quedar mal y demasiado “detrás del palo” frente al mundo, ya es suficiente con la “hipocondríaca” economía que nos pervierte el espíritu. Otra de las cosas que logra la novela es entretener, y eso es muy importante, pues muchos “culturosos” se la pasan buscándole la contrapelusa de la pelusa a una obra para exaltarla, y las obras literarias, aparte de las proposiciones estéticas y demás, tienen un fin recreativo, no todo tiene que ser didáctico, aunque como digo una cosa digo la otra; una buena novela lleva consigo crítica social y filosofa sobre varios aspectos, de forma orgánica, fluida, natural, y esta en específico se nutre de la realidad para volverse obra, de ahí que logremos identificarnos e identificar a otros, y al cabo recrearnos en su lectura. Niñas en la casa vieja tiene todos los ingredientes de la cubanía, esa que también tiene inyecciones culturales, porque somos un pueblo culto, maravilloso y sorprendente, nuestro país tiene una magia que Dazra conoce, y ella ha sabido plasmarla entre estas páginas. La novela también habla de esas casas viejas cubanas, que tienen un antes y un después de la Revolución, un poco de la España católica y del mestizaje con su religión “negra”, un poco de esfuerzo capitalista, resentimiento socialista y el visible declive del tiempo. Habla de la casa que, como toda casa vieja cubana, tiene el alma ecléctica, y en este caso, también un trabajo de espiritismo que influye en sus habitantes.   «El que quiera entender este país no lo puede separar de la religión (…) La verdadera que libra a diario, que no es contra el imperialismo, los vectores, las indisciplinas sociales ni un carajo de la vela, sino contra los polvos (…) Polvos que se echan para conseguir y conservar empleos. Para arrastrar con el enemigo…», así como la disertación de la gitana con respecto a los muertos, más bien, los espíritus que nos acompañan, para bien o para mal, este es un asunto de lo más espeluznante y que forma parte de nuestra mentalidad tan orgánicamente que le hemos restado la parte de terror que le corresponde. Ante el embarazo de una de estas mujeres que protagonizan la obra, un cuarto es decorado con dibujos de todas partes, Disney, Cuba, en fin: «(…) El cuarto de nuestro bebé era el más democrático (…) Nuestro hijo o hija, también lo sería de su tiempo, sería libre. Estábamos de acuerdo en que probara todo y luego eligiera.» Padres y madres que leen: tomen nota, vayan también “empapándose de modernidad”, que vienen tiempos nuevos con nuevo Código de familia y nuevas formas de entendernos, además, como bien dijo Rimbaud: «Hay que ser absolutamente modernos».Genial lo de llorarreír, eso que hacemos los cubanos, que lloramos al reír, aunque no haya lágrimas: «Lloraban por sus vidas miserables, por lo que nunca tuvieron. Lloraban la vida que se les había acumulado por años, y eso era tanto, que el llanto era de risa. Llorarreía el viejo (…) llorrareía el hombre (…) Llorarreíamos todos (…)» Hay varias generaciones cansadas que hablan a través de las páginas de esta novela, gente que ya sabe que no cambiará nada, y que a su vez ansía ese cambio y lo delega al futuro: «David, sin haber nacido, quedaba exonerado de esta herencia nuestra harta de exilios, llantos, lamentables errores cobrados en una moneda más poderosa que las libras esterlinas: los años.»Y al final, la propia autora es otro personaje; hace una especie de cameo, a lo Hitchcock, a lo Allen, a lo Tarantino, se deja ver, dice y hace, y no creo que ese detalle convierta a la novela en autoficción, esa que tanto se usa ahora, y se vende a modo de reality show, y que capta la atención porque, como bien dice Dazra en la página 198: «(…) El oyente se queda porque es noticia de primera mano, sufrimiento a tiempo real donde el que sufre mide sus propias fuerzas, su resistencia ante el mundo y la audiencia que, impávida, suspira pensando qué-bueno-que-no-me-pasó-a-mí…»Recomiendo la lectura sobre estas mujeres que son niñas, porque recurren a la protección ante los tantos peligros ancestrales y sociales que las acechan, y se abrigan, se abren y se cierran con sus diferencias y cercanías en lo que su autora define como: «Celda país. Casa jaula. Lesbos maldecida.»Las sugerencias culturales que se van turnando en la narración abarcan desde obras musicales, literarias, películas, pinturas, personalidades, mitos; son guiños que en su momento aportan un toque de humor, drama, o simplemente ayudan a enfocar mejor una acción, una cosa, una persona o un sentimiento, ¿no es acaso para eso el arte también; para representar, para sugerir más?  Niñas en la casa vieja tiene música: boleros, baladas, trova, temazos de feeling, danzón y hasta rumba. No puedo dejar de mencionar, como artista plástico que también soy, la obra que engalana la portada, Las geishas de 5ta Avenida de la inconfundible Rocío García, una elección que encaja de maravilla con el texto, una sintonía hermosa, otra sugerencia que se une al cuerpo de la novela, pues la pintora es mencionada por uno de sus cuadros. Me gusta que una novela tan cargada de crudeza haya sido publicada por Letras Cubanas, antes de que una editorial extranjera lo hiciera. Muy bien. Tenemos que vernos a nosotros mismos primero, y no seguir dejando que nuestros creadores sean profetas en tierras ajenas para después de ningunearles, aplaudirles, ya eso no se usa, es cheo y apesta a adoctrinamiento, espanta al lector avispado que prefiere la libertad de consumir el producto artístico que mejor le sirva a su espíritu. Mis aplausos para Letras Cubanas. Recuerdo ese temazo de Los Van Van que en voz del inconfundible Pedrito Calvo repetía: «Nadie quiere a nadie, se acabó el querer», para extraer un pequeño y hermoso párrafo de este libro que, de algún modo, contradice a esos versos y pone un poco de esperanza donde creemos que no la hay: «(…) El amor nace en La Habana como los álamos en los aleros de sus edificios, poco importan las relaciones adversas.» Porque es cierto, porque es imposible no amar y todo es finito, lo bueno y lo malo, y ahí radica la verdadera magia de las cosas; en esta novela nos lo reiteran esas mujeres, esas tantas vidas, ellas que nos cantan sin cantarlo: «solo el amor convierte en milagro el barro».Sobre Dazra Novak:¿De verdad es ese su nombre? Porque suena mucho a pseudónimo. Que sí, lo es, un pseudónimo. La autora se llama Mairely Ramón Delgado, pero le diremos Dazra Novak, sagitario, de Cojímar, mujer con signo de fuego que se mueve entre el cuento, la novela, el minicuento y la crónica. Multipremiada y publicada también en antologías de Cuba y otros países. Tiene títulos muy buenos como Cuerpo Reservado y Cuerpo Público, de cuentos: Los despreciados (cuentos, Isla de Libros, Colombia, 2019), Erótica (Minicuentos, Cuadernos del Bongó Barcino, Barcelona, 2019), y las novelas Making of (2012) y Niñas en la casa vieja (2019, aunque salió ahora en 2022).Reproduzco lo que de Dazra dice la EcuRed, para invitarles a seguir su creación:«Ha sido columnista de varias revistas digitales como Cuba Contemporánea (Letra de molde), Cubahora (Una palabra) y La Jiribilla (Sin teques). Ha colaborado con revistas impresas como Casa de las Américas, La Gaceta, El cuentero, La letra del escriba y Casapalabras (Ecuador).Su blog personal Habana por dentro es un recorrido sentimental, de más de 400 textos, por la ciudad de La Habana, acompañada de fotos hechas en su mayoría por la propia autora.Muchos de sus textos, cuentos, fragmentos de novelas, minicuentos, columnas, incluso inéditos, están disponibles para la lectura gratuita en su blog Cuerpo Público.»Con esta excelente recomendación me despido por esta semana y recuerden, este mes celebro a la mujer cubana que escribe, principalmente a esas voces más jóvenes, de dentro y de fuera de la Isla. Esperen más “Librazos” y un abrazo. 

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“Niñas en la casa vieja”, de Dazra Novak

Niñas en la casa vieja, de Dazra Novak es una novela sobre el amar, el temer y el partir, por muy jocoso que esto suene, ¿por qué no? Si está narrada de forma tragicómica, con vuelos y aterrizajes forzosos, con ingenio, inocencia, picardía, rabia y bondad; si es una historia de amor y generosidad, de crecimiento espiritual y, por tanto, desprendimientos y despedidas. La historia está narrada desde una primera persona que no solo habla de sí misma, sino que comparte el protagonismo con sus inquilinas de paso, y todo ocurre alrededor de esa casa vieja —refugio para gente con el corazón roto— y, casi como un chisme, nos asomamos al espacio interior de cada habitante, cada mujer que, cual niña, busca la aceptación, comprensión y apoyo —¿acaso no lo necesitamos todos y todas?— ante el hostil mundo real y el aplastante tercermundismo tropical que no cree en sueños, ilusiones y/o delirios, y entrena al espíritu en el gimnasio de “la lucha”, esa que llaman en la calle “el deporte nacional”. La dueña de la casa, que cuenta todo, nos va presentando a esas niñas —y lo de niñas viene por lo desprotegidas, abandonadas y desubicadas: Ana Manso, Rosita Aparicio, Lina Linet, Rosario Farrás, Zulema Restrejo, Vera Borras, Camila Comas, que son también modos de presentarnos las varias caras y formas de LA MUJER, a la par de una visitante asidua: La gitana; una araña: Natasha; una promesa: David; y una escritora que llega al final, supuestamente tarde, o quizás, justo cuando tiene que llegar: la misma Dazra Novak. En la casa vieja, en un país envejecido física, moral y cívicamente, se reúnen, se refugian, se ingresan, como para recibir terapia, estas mujeres sin hombre-amazonas de dos tetas, en una curiosa sororidad que tan bien y también está descrita: «Todas las mujeres que vivieron en esta casa llegaron —rara vez sucede de otra manera— atormentadas por las limitaciones y las renuncias. Resignadas a que la vida que habían soñado y hasta la que habían vivido hasta un punto, se hubiera esfumado como por arte de magia. Como si Dios se hubiera olvidado de inscribirlas en el gran registro civil de la existencia humana y por eso carecían de todos los derechos —civiles, familiares, conyugales, humanos—…».Dazra utiliza a veces frases cortas que envuelven grandes temas, como cuando dice sobre el despertar lésbico de un personaje: «Sin nadie que la repudiara, pues no tenía familia para convencer de su elección sexual…», he aquí un hecho que aún machaca a nuestra sociedad, a nuestras mujeres: el rechazo a la homosexualidad femenina cuando prescinde de los hombres, —ya sabemos que la bisexualidad femenina roza mucho con la cosificación, pero ya ese es otro tema más extenso—; el innecesario y ridículo “dolor” familiar cuando una hija se asume como lesbiana, como si anunciara delincuencia, satanismo o enfermedad terminal. «Cuando eres gay siempre algo está dispuesto a romperte el alma y los huesos. Primero los padres (…) Luego las parejas (…) Luego los amigos…» he aquí lo real — simbólico y trágico— y lo maravilloso: la persistencia del deseo a pesar de esa supuesta fatalidad que le persigue, tanto a su esencia como a su cuerpo homosexual: el deseo de romper la “maldición”, el deseo de que todo vaya bien, el deseo de que amar no lleve destrozos, pero mucha razón lleva Cher cuando canta en Runaway, esa canción suya sobre la huída de lo impróspero : «(…) No puede haber amor sin lágrimas…». Niñas en la casa vieja es una novela cargada de “los colores” idiosincráticos de nuestro gentilicio; dígase religión cubana —esa que comúnmente llaman “afrocubana” pero en verdad es cubana, porque nació aquí a raíz de la unión de varias creencias que no son solo africanas—; dígase el habla popular con los lirismos y los vulgarismos que adornan y enriquecen a nuestro lenguaje; dígase el temple, el humor y la resiliencia, el descaro, la gitanería, el invento, las ladinas balsas de supervivencia, la supuesta locura —que ya saben lo que siempre digo: nos hacemos los locos para no volvernos locos—; y la generosidad, esa que ha sabido anteponerse a las miserias que nos patean las nalgas todos los días en nuestro país, esa generosidad que a veces puede confundirse con la estupidez si es filtrada por el ojo egoísta, y esa creo que es la virtud más exaltada en esta historia que reseño: la generosidad, el verdadero roce humano. Retrata, para que el lector juzgue desde su cosmovisión, ideales y proyecciones, y sin hacer mucho uso de juzgados personales, a pesar de que es narrada por un personaje, retrata todas esas aristas de la sociedad moderna cubana que dan pie a la larguísima lista de quejas y sugerencias que deambulan en las calles, desesperan en las colas, duelen en las enfermedades, titiritean a los nervios, brincan en los platos, lloran, huyen,  oyen y llaman… ¿que son las mismas “críticas quejicas” que colman a la literatura cubana desde hace ya varias décadas? Claro que sí, y esos berrinches seguirán apareciendo mientras todo lo que debe ser cambiado siga sin ser cambiado. De hecho, eso hace falta, si no, ¿cómo va a saber el futuro la verdad de las cosas? El arte tiene la verdad, de ahí que todavía existan las novelas realistas, para decirle al presente y recordarle al futuro, para exponer las diferentes formas que tiene la verdad, porque nada es de un solo color. Ya lo mágico, lo surreal o lo que sea, viene como aditamento, para aportar belleza, que tanta falta hace. Niñas en la casa vieja no es una novela lesbiana aunque sus protagonistas lo sean, es una novela de amor, de amistad, de supervivencia, nadie dice de Jane Eyre o de Madame Bovary que son novelas heterosexuales, dejemos ya esos atrasos sociales que ni se usan y nos hacen quedar mal y demasiado “detrás del palo” frente al mundo, ya es suficiente con la “hipocondríaca” economía que nos pervierte el espíritu. Otra de las cosas que logra la novela es entretener, y eso es muy importante, pues muchos “culturosos” se la pasan buscándole la contrapelusa de la pelusa a una obra para exaltarla, y las obras literarias, aparte de las proposiciones estéticas y demás, tienen un fin recreativo, no todo tiene que ser didáctico, aunque como digo una cosa digo la otra; una buena novela lleva consigo crítica social y filosofa sobre varios aspectos, de forma orgánica, fluida, natural, y esta en específico se nutre de la realidad para volverse obra, de ahí que logremos identificarnos e identificar a otros, y al cabo recrearnos en su lectura. Niñas en la casa vieja tiene todos los ingredientes de la cubanía, esa que también tiene inyecciones culturales, porque somos un pueblo culto, maravilloso y sorprendente, nuestro país tiene una magia que Dazra conoce, y ella ha sabido plasmarla entre estas páginas. La novela también habla de esas casas viejas cubanas, que tienen un antes y un después de la Revolución, un poco de la España católica y del mestizaje con su religión “negra”, un poco de esfuerzo capitalista, resentimiento socialista y el visible declive del tiempo. Habla de la casa que, como toda casa vieja cubana, tiene el alma ecléctica, y en este caso, también un trabajo de espiritismo que influye en sus habitantes.   «El que quiera entender este país no lo puede separar de la religión (…) La verdadera que libra a diario, que no es contra el imperialismo, los vectores, las indisciplinas sociales ni un carajo de la vela, sino contra los polvos (…) Polvos que se echan para conseguir y conservar empleos. Para arrastrar con el enemigo…», así como la disertación de la gitana con respecto a los muertos, más bien, los espíritus que nos acompañan, para bien o para mal, este es un asunto de lo más espeluznante y que forma parte de nuestra mentalidad tan orgánicamente que le hemos restado la parte de terror que le corresponde. Ante el embarazo de una de estas mujeres que protagonizan la obra, un cuarto es decorado con dibujos de todas partes, Disney, Cuba, en fin: «(…) El cuarto de nuestro bebé era el más democrático (…) Nuestro hijo o hija, también lo sería de su tiempo, sería libre. Estábamos de acuerdo en que probara todo y luego eligiera.» Padres y madres que leen: tomen nota, vayan también “empapándose de modernidad”, que vienen tiempos nuevos con nuevo Código de familia y nuevas formas de entendernos, además, como bien dijo Rimbaud: «Hay que ser absolutamente modernos».Genial lo de llorarreír, eso que hacemos los cubanos, que lloramos al reír, aunque no haya lágrimas: «Lloraban por sus vidas miserables, por lo que nunca tuvieron. Lloraban la vida que se les había acumulado por años, y eso era tanto, que el llanto era de risa. Llorarreía el viejo (…) llorrareía el hombre (…) Llorarreíamos todos (…)» Hay varias generaciones cansadas que hablan a través de las páginas de esta novela, gente que ya sabe que no cambiará nada, y que a su vez ansía ese cambio y lo delega al futuro: «David, sin haber nacido, quedaba exonerado de esta herencia nuestra harta de exilios, llantos, lamentables errores cobrados en una moneda más poderosa que las libras esterlinas: los años.»Y al final, la propia autora es otro personaje; hace una especie de cameo, a lo Hitchcock, a lo Allen, a lo Tarantino, se deja ver, dice y hace, y no creo que ese detalle convierta a la novela en autoficción, esa que tanto se usa ahora, y se vende a modo de reality show, y que capta la atención porque, como bien dice Dazra en la página 198: «(…) El oyente se queda porque es noticia de primera mano, sufrimiento a tiempo real donde el que sufre mide sus propias fuerzas, su resistencia ante el mundo y la audiencia que, impávida, suspira pensando qué-bueno-que-no-me-pasó-a-mí…»Recomiendo la lectura sobre estas mujeres que son niñas, porque recurren a la protección ante los tantos peligros ancestrales y sociales que las acechan, y se abrigan, se abren y se cierran con sus diferencias y cercanías en lo que su autora define como: «Celda país. Casa jaula. Lesbos maldecida.»Las sugerencias culturales que se van turnando en la narración abarcan desde obras musicales, literarias, películas, pinturas, personalidades, mitos; son guiños que en su momento aportan un toque de humor, drama, o simplemente ayudan a enfocar mejor una acción, una cosa, una persona o un sentimiento, ¿no es acaso para eso el arte también; para representar, para sugerir más?  Niñas en la casa vieja tiene música: boleros, baladas, trova, temazos de feeling, danzón y hasta rumba. No puedo dejar de mencionar, como artista plástico que también soy, la obra que engalana la portada, Las geishas de 5ta Avenida de la inconfundible Rocío García, una elección que encaja de maravilla con el texto, una sintonía hermosa, otra sugerencia que se une al cuerpo de la novela, pues la pintora es mencionada por uno de sus cuadros. Me gusta que una novela tan cargada de crudeza haya sido publicada por Letras Cubanas, antes de que una editorial extranjera lo hiciera. Muy bien. Tenemos que vernos a nosotros mismos primero, y no seguir dejando que nuestros creadores sean profetas en tierras ajenas para después de ningunearles, aplaudirles, ya eso no se usa, es cheo y apesta a adoctrinamiento, espanta al lector avispado que prefiere la libertad de consumir el producto artístico que mejor le sirva a su espíritu. Mis aplausos para Letras Cubanas. Recuerdo ese temazo de Los Van Van que en voz del inconfundible Pedrito Calvo repetía: «Nadie quiere a nadie, se acabó el querer», para extraer un pequeño y hermoso párrafo de este libro que, de algún modo, contradice a esos versos y pone un poco de esperanza donde creemos que no la hay: «(…) El amor nace en La Habana como los álamos en los aleros de sus edificios, poco importan las relaciones adversas.» Porque es cierto, porque es imposible no amar y todo es finito, lo bueno y lo malo, y ahí radica la verdadera magia de las cosas; en esta novela nos lo reiteran esas mujeres, esas tantas vidas, ellas que nos cantan sin cantarlo: «solo el amor convierte en milagro el barro».Sobre Dazra Novak:¿De verdad es ese su nombre? Porque suena mucho a pseudónimo. Que sí, lo es, un pseudónimo. La autora se llama Mairely Ramón Delgado, pero le diremos Dazra Novak, sagitario, de Cojímar, mujer con signo de fuego que se mueve entre el cuento, la novela, el minicuento y la crónica. Multipremiada y publicada también en antologías de Cuba y otros países. Tiene títulos muy buenos como Cuerpo Reservado y Cuerpo Público, de cuentos: Los despreciados (cuentos, Isla de Libros, Colombia, 2019), Erótica (Minicuentos, Cuadernos del Bongó Barcino, Barcelona, 2019), y las novelas Making of (2012) y Niñas en la casa vieja (2019, aunque salió ahora en 2022).Reproduzco lo que de Dazra dice la EcuRed, para invitarles a seguir su creación:«Ha sido columnista de varias revistas digitales como Cuba Contemporánea (Letra de molde), Cubahora (Una palabra) y La Jiribilla (Sin teques). Ha colaborado con revistas impresas como Casa de las Américas, La Gaceta, El cuentero, La letra del escriba y Casapalabras (Ecuador).Su blog personal Habana por dentro es un recorrido sentimental, de más de 400 textos, por la ciudad de La Habana, acompañada de fotos hechas en su mayoría por la propia autora.Muchos de sus textos, cuentos, fragmentos de novelas, minicuentos, columnas, incluso inéditos, están disponibles para la lectura gratuita en su blog Cuerpo Público.»Con esta excelente recomendación me despido por esta semana y recuerden, este mes celebro a la mujer cubana que escribe, principalmente a esas voces más jóvenes, de dentro y de fuera de la Isla. Esperen más “Librazos” y un abrazo. 

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