HAVANA CLIMA

el mayor

Película El Mayor se presenta en Buenos Aires

El Mayor, del director cubano Rigoberto López (1947-2019), fue proyectado ayer en el Centro Cultural Kirchner, en Buenos Aires, Argentina, como parte de un ciclo de cine de la Isla celebrado este mes en esta ciudad. 
Estrenado tras la muerte de su realizador, el largometraje propone un acercamiento a la vida de Ignacio Agramonte (1841-1873), una de las figuras más sobresalientes de las luchas independentistas en la nación caribeña, informó Prensa Latina. 
Durante la filmación, López indicó que aunque la película contiene algunos elementos de ficción, no traiciona la rigurosa investigación histórica en base a la cual se fundamentan y recrean hechos reales de la niñez y juventud del héroe camagüeyano.
La cinta, cuyo rodaje incluyó seis batallas en esa provincia cubana, así como escenas en sitios patrimoniales de la ciudad, refleja la época y narra los principales acontecimientos de la vida del patriota. 

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Cubanos enfrentan a funcionarios del régimen en Canadá: “Fuimos a decir la verdad”

MIAMI, Estados Unidos. — Cubanos residentes en Ottawa, Canadá, se enfrentaron este martes a funcionarios del régimen castrista que asistieron a la proyección de la película El Mayor (2018), dedicada al patriota cubano Ignacio Agramonte y Loynaz.
Entre los cubanos que increparon a la delegación oficial cubana se encontraba el influencer Darwin Santana, creador del canal de YouTube El mundo de Darwin.
“Hemos salido de la película y nos hemos enfrentado a la Embajada cubana sin miedo, sin lío, sin nada de eso. Está bueno ya de descaro ya”, comentó el joven mientras abandona el lugar.
Los activistas aprovecharon la ocasión para entonar consignas como “Patria y Vida” y recordar que los cubanos, dentro y fuera de la Isla, están pidiendo libertad.
“Lo que es increíble es que el protagonista de esa película tuviera que exiliarse en Miami”, dijo Santana en alusión al actor Daniel Romero Pildaín, quien llegó a Miami hace algunos meses procedente de México.
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En declaraciones ofrecidas a CubaNet, Darwin Santana dejó claro que el objetivo era desmontar la “gran farsa” que los funcionarios del régimen quisieron mostrar a los canadienses.
“Fuimos ahí porque es nuestro deber. Fuimos ahí porque, primeramente, era una gran farsa lo que le estaban mostrando a los canadienses. Esto es un festival de cine latinoamericano donde cada día que pasaba proyectaban una película de un país diferente, y ayer fue de Cuba”, explicó el youtuber.
Santana señala que en el lugar no solo se encontraban funcionarios de la Embajada cubana, sino también de otras sedes diplomáticas.
“Ellos eran entre 15 y 20 y nosotros éramos seis. Querían hacer una especie de acto para responder preguntas sobre la película. Y ahí irrumpimos. Por supuesto, no lo pudieron hacer”, expresó.
“Fuimos a decir la verdad”
“Estábamos tratando de que no engañaran a la gente que estaba ahí. Y trataron de hacer eso con sus consignas de ´Patria o Muerte´, etc. No pudieron con nosotros”, añadió el joven.
Darwin Santana advirtió que dondequiera que vayan los diplomáticos de la Embajada cubana irán ellos detrás a enfrentar las mentiras y la manipulación del régimen cubano.
“Fuimos a decir la verdad. Y donde quiera que vaya la Embajada cubana a mentir nosotros vamos a estar atrás para ser la contrapartida de todo eso”, aseguró el influencer.
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El Mayor cabalga en la memoria de Cuba

¡Con la verguenza¡ sí, también de esa manera lucha un revolucionario, aun cuando el enemigo lo crea vencido. Eso nos enseñó Ignacio Agramonte y Loynaz, y fue solo una de las incontables lecciones de coraje, moral, y dignidad que nos legó quien fuera uno de los más grandes jefes militares de nuestras luchas por la independencia.
El Mayor General que condujo con maestría y brazo firme a la caballería camagüeyana, temida por el enemigo español, ganó, por su lealtad a la Patria, el respeto no solo de todos aquellos que tuvo bajo su mando, sino de los más insignes patriotas con los que coincidió en el tiempo.
Sus hazañas militares, su concepto de la guerra y la defensa de sus ideales y principios, consolidaron al hombre que muy pronto dejó de ser solo un héroe del Camagüey, para serlo de Cuba toda.
Fue una estrella cuyo brillo no tardó en iluminar las esperanzas de libertad que latían en el corazón de los cubanos.
Desde que se incorporó a la Guerra de los Diez Años, en Las Clavellinas, puso la vida a los pies de su tierra. Cada una de las responsabilidades que ocupó desde entonces, manifestaron la grandeza de quien pudo preferir la vida reposada de un abogado, el calor hogareño junto a la mujer amada, pero eligió la del mambí, aunque eso implicara constantes privaciones y sacrificios.
Fue Agramonte el hombre que no abandonó al Brigadier Sanguily, y para rescatarlo, protagonizó una de las más grandes proezas militares que guarda con celo la historia de Cuba, y que le ganó, incluso, la admiración de sus enemigos.
Estaba hecho de una fibra que lo convirtió en leyenda, porque hombres de su estirpe dejan huellas que el tiempo no puede borrar.
La muerte lo sorprendió el 11 de mayo de 1873 en Jimaguayú, en un momento en que mucho podía hacer aún por la causa de su tierra, y su pérdida dejó un innegable vacío en las filas del Ejército Libertador, aunque ya su ejemplo estaba destinado a perdurar.
Sus enemigos pensaron que, al desaparecer su cadáver, desaparecería con él la impronta de aquel mambí excepcional, pero la memoria de los pueblos nada ni nadie puede borrarla, y allí, en ese espacio sagrado del homenaje y el respeto, cabalgará eternamente El Mayor.

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De Cuba, los héroes y otros demonios

-I-
Hace unas semanas, mientras veía la película cubana El mayor (Rigoberto López, 2021) me vinieron a la mente viejas cuestiones sobre la necesidad que tiene nuestro cine de adentrarse en la historia, pero no para describir didácticamente eventos pasados o idealizar aún más ciertas figuras, sino para confrontarlas con su propia época, que es lo que verdaderamente tiene sentido. Ver, y si es posible entender al sujeto en toda su complejidad, con sus miedos, contradicciones, virtudes y pasiones.
Del pasado podemos aprender mucho, pero es necesario percibirlo en toda su dimensión. Se dice popularmente que debemos hacerlo para no repetir los mismos errores, no obstante, como afirma el refrán, el hombre es el único animal que tropieza mil veces con la misma piedra.
Entiendo que para numerosos historiadores o espectadores, ese viaje debe hacerse con rigor y respeto a la verdad, pero ya se sabe que esta es relativa, dependiente de las circunstancias, la subjetividad humana y los intereses del poder. Por otra parte, el arte cinematográfico es representación, juego con las formas y, en esencia, manipulación. Aunque el mundo esté ahí, necesitamos articular múltiples mediaciones —técnicas, artísticas, dramatúrgicas, visuales— para captarlo y reproducirlo, de modo que los cineastas siempre van a seleccionar y discriminar utilizando un lenguaje, el del arte.
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Ocurre que cuando se trata de un suceso histórico, se pide a nuestros artistas que sean fieles, no tanto a los hechos como a la manera en que el poder los interpreta y cosifica; es decir, los filmes deben legitimar las lecturas e intereses oficiales sobre determinado asunto, y eso no es arte, sino propaganda. En definitiva, es el gobierno cubano a través de sus instituciones el que financia la mayoría de los proyectos (El mayor contó con estimable apoyo del MINFAR, y antes aconteció lo mismo con Kangamba, de Rogelio París, 2008; y Sumbe, de Eduardo Moya, 2011); así que todo adquiere sentido.
Tomás Gutiérrez Alea en Una pelea cubana contra los demonios (1971) y La última cena (1976), Humberto Solás con Cecilia (1981) y Fernando Pérez con José Martí: el ojo del canario (2011), fueron cuestionados por sus libertades a la hora de leer la historia e interpretar las sagradas escrituras. En una época oscurantista hubieran sido quemados en la hoguera por blasfemos.
Ellos tenían claras las limitaciones que representaba el tiempo cinematográfico. Imposible llevar al cine toda la vida de un individuo, mucho menos recoger las dinámicas y eventos alrededor de un gran suceso. Huyendo del panfleto o la adulación, se propusieron captar lo que se desprende de esos personajes y acontecimientos, buscando quizás un hilo que los conectara con el presente.    
Me gustaría recordar entonces uno de los por cuanto que, en la temprana fecha de marzo de 1959, sostuvieron la creación del ICAIC:

«Por cuanto: Nuestra Historia, verdadera epopeya de la libertad, reúne desde la formación del espíritu nacional y los albores de la lucha por la independencia hasta los días más recientes una verdadera cantera de temas y héroes capaces de encarnar en la pantalla, y hacer de nuestro cine fuente de inspiración revolucionaria, de cultura e información».

Queda plasmada desde sus inicios una extraña simbiosis que conectará indeleblemente a nuestro cine con los intereses del grupo que asume el poder. La ley 169 que crea el ICAIC, no solo fue la primera en el ámbito de la cultura, sino que se adelantó a otras como las de Reforma Agraria o Urbana.
Préstese atención al hecho de que en aquellos meses iniciales, donde tantas cosas se estaban fundando y organizando, confluían las expectativas y deseos de diversos sectores, partidos y movimientos sociales que simpatizaban con la revolución en su lucha para sacar al dictador Batista del poder. Pero, como ya sabemos, eso era una cosa y la Revolución declarada socialista en abril del 61, otra.
No fue casual que buena parte de los filmes y documentales producidos durante esa primera década estuviesen signados por el didactismo, la representación de los cambios revolucionarios, su compromiso con el poder y el viaje al pasado; en lo que se entendía como imprescindible rescate de nuestras raíces e identidad.
El primer largometraje terminado por el ICAIC fue Cuba baila (Julio García Espinosa, 1960), relato sobre una quinceañera contado en clave de sátira social, pero su estreno oficial fue postergado hasta abril de 1961 para darle paso —no podía ser de otra forma—, a Historias de la revolución (Tomas G. Alea, 1960) que se exhibiría en el cine La Rampa en los días finales de 1960.
No pasaría mucho tiempo para que se produjera, en mayo de 1961, el crispado debate alrededor de PM (Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante) documental censurado —en su exhibición en salas— al considerarse por la Comisión de Estudios y Clasificación de Películas: «nocivo a los intereses del pueblo cubano y su Revolución», unas líneas que aparecerán, como escritas en sangre, en cuanto documento, decreto o ley nos acompaña desde entonces.
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Curiosamente y desde temprano, empiezan a aparecer también los elegidos que hablan en nombre del pueblo, determinando lo que podemos ver, escuchar, sentir… Ya sabemos que: «dentro de la Revolución, todo, contra la Revolución, nada, porque el primer derecho que tiene la Revolución es su derecho a existir y contra ese derecho, nada ni nadie…».
Lo que no sabemos «luego de tantos palos que nos dio la vida», es qué se entiende por Revolución, así que cada uno la ha interpretado, practicado y soñado como Frank Sinatra: «a su manera».
-II-
En la película El mayor volvemos a toparnos con los mismos errores de puesta en escena observados en filmes con estas características. Hablo de situaciones inverosímiles, gestos y voces grandilocuentes, personajes encartonados, largos parlamentos que parecen extraídos de un libro de texto, ceños fruncidos y posturas hieráticas de los héroes que, entre otras cuestiones, lastran una rica historia de vida, mostrada sosamente como si se tratara de un power point escolar, utilizando graficaciones y saltos arbitrarios en el tiempo.
Entonces, como me gusta relacionar las cosas y sé que nuestra cinematografía continúa en gran medida atrapada por el contexto, observo, no sin suspicacia, que todos esos problemas de naturaleza artística son secundarios ante el verdadero mensaje que intenta proyectar el relato. Varias son las escenas donde se presentan puntos de vista opuestos sobre la conducción de la guerra, y luego sobre las estrategias a seguir para encauzar la nación una vez soberana.
Agramonte y otros patriotas —más apegados al rol de una Asamblea de representantes, con poderes para elegir o destituir al presidente según los dictámenes de la nueva Constitución—, se enfrentan a las ideas de Carlos Manuel de Céspedes, quien prefería el mando total y centralizado en su figura como única vía para derrotar a los españoles y reconducir el destino de Cuba.
Céspedes comprendía (como después Martí) que el caudillismo o regionalismo —existían fuertes discrepancias entre los patriotas orientales y los del centro— no llevarían a feliz término esa contienda. El filme dedica amplios segmentos —para sufrimiento del espectador— a estos intercambios de palabras e ideas, que atentan contra la dramaturgia pero son esenciales para el mensaje que se pretende. 
Decía, por cierto, Ignacio Agramonte ante el claustro de la Universidad de La Habana: «(…) el gobierno que con una centralización absoluta destruya ese franco desarrollo de la acción individual y detenga la sociedad en su desenvolvimiento progresivo, no se funda en la justicia y en la razón, sino tan solo en la fuerza (…)».
El actor Daniel Romero Pildaín interpreta a Ignacio Agramonte el la película El Mayor. (Foto: Rodolfo Blanco Cué)
Todos los días, desde hace décadas, escuchamos el mantra de la UNIDAD. En las escuelas, titulares de prensa, palabras de los políticos y vallas publicitarias, se nos dice que «Un pueblo unido jamás será vencido»; frase que lleva muchísima razón si no fuera empleada también como acicate para anular toda manifestación que discrepe o cuestione el discurso, las leyes o las políticas oficiales.
Las críticas al gobierno y sus acciones suelen ser vistas como fisuras que resquebrajan la unidad y permiten el paso al enemigo. Sí, los ciudadanos pueden quejarse del estado del transporte público, la excesiva burocracia, la carencia de viviendas, la inflación, la falta de alimentos o… ¡el gramaje del pan!; pero nunca asociar tales problemas a una falla estructural del sistema, la pésima gestión de las autoridades de la nación o el rol del partido, aunque esos sean males persistentes por más de seis décadas.
-III-
Cuando en otros países se producen protestas, huelgas, marchas y manifiestos, son resultado de la inconformidad del pueblo con el sistema que los oprime y violenta; pero en Cuba tales actos solo responden a agendas trazadas por el enemigo y muchos de los que participan… están confundidos. Constantemente nos hablan de la hegemonía del capital y los poderes mediáticos dominados por grandes transnacionales, interesadas en controlar la información y la mente de las personas; pero en nuestro país debemos aplaudir que toda la prensa, la radio y la televisión estén al servicio del pueblo… bajo el control del aparato ideológico del único partido existente.
En el mundo proliferan líderes corruptos de países endeudados que dictan leyes en contra de sus ciudadanos; pero en Cuba, nuestros dirigentes son continuidad, renegocian la deuda, rectifican errores y hacen tareas para ordenar y mejorar nuestras vidas. 
En nuestros libros de Historia se cuenta la gesta de hombres y mujeres que durante siglos han levantado esta nación, con palabras y acciones que merecen todo el honor; no obstante, es una historia oficial, y no hay nada más frágil y sospechoso que las historias oficiales que obvian matices y colores. La unidad es buena, pero la ética y la honestidad serán siempre mejores.
Para los políticos, la historia es otra cosa. Es el lugar al que recurren para salvarse, sostenerse con toda su mediocridad y falta de autenticidad. Incapaces, la mayoría, de hacer algo real, duradero y trascendente; apelan al héroe que ya no está, ni aparecerá aunque le hagan monumentos y lo evoquen mil veces. Se sabe, pero algunos no desean comprender, que mientras más empeño pones en mostrar una cosa, mayor resulta tu debilidad. Atrapados en un círculo vicioso que solo habla de panteones y muertos, olvidan que frente a ellos discurre la vida, breve y única, de millones de cubanos.
No habremos aprendido nada de la historia, y el sacrificio de tantos habrá sido vano, si todavía, siglo y medio después de la caída de Agramonte y a sesenta y tres años de una revolución, por los humildes, con los humildes y para los humildes; estamos pugnando aún sobre la justicia, la desigualdad, el progreso, el respeto y la libertad.

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El Mayor: Los héroes siempre visten de smoking

El Mayor, en su intento de insuflar vida a la figura de Ignacio Agramonte, queda atrapada entre la fidelidad a la Historia y los imperativos dramatúrgicos.
Foto: Tomada de Agencia Cubana de Noticias

Una película de época que intenta dar una determinada visión de la Historia, está condenada al fracaso si no empieza por despojarse de la Historia y se rebela como un discurso con una sólida argumentación estética que implica, al propio tiempo, una clara demarcación de su ethos, es decir, de su fundamento ético.
Dicho con otras palabras, si usted volvió los ojos a una anécdota del pasado, espero que haya sido porque encontró allí un problema que ventilar, una duda que esclarecer, un mito que renovar, o una inquietud que, manifestada en el presente, precisa rastrear su génesis en busca de respuesta, sea que la halle o no.
Por eso ante cualquier ejercicio creativo audiovisual, que se autoproponga como “inspirado en hechos reales”, yo me enfoco en lo que es: una dramatización, una ficción. En ese sentido, El Mayor (Rigoberto López, 2020) es la historia de un joven revolucionario llamado Ignacio Agramonte, que decide sumarse a la lucha contra la metrópolis española por la independencia de su patria.
En ese empeño, Agramonte tropieza con la oposición de un célebre revolucionario de otra región del país, llamado Carlos Manuel de Céspedes, con quien sostiene fuertes discrepancias en torno a la conducción de la guerra y los procedimientos para fundar una nación soberana.
Trama interesante, desarrollo fallido
Las dos posiciones en disputa se resumen, por una parte y según Céspedes, en concentrar la autoridad en un solo mando (el suyo), dejando para después cuestiones no medulares en el escenario de una guerra. Mientras que, por la otra y según Agramonte, debe priorizarse en la misma conducción de la contienda, el concepto de una república democrática con separación de poderes, teoría acuñada por Montesquieu, y que establece la base del constitucionalismo moderno.
Las mujeres como Amalia Simoni, la esposa del patriota, quedan disueltas en el trasfondo de la película
Al final, cuando ambos dirigentes se hallan envueltos en intrigas, disconformidades y divergencias entre facciones, que amenazan con desautorizarlos y malograr la añorada victoria, pactan una solución intermedia. Ignacio recupera de forma oficial el mando y queda al frente de las regiones de Camagüey y Las Villas; pero poco después muere en combate.
La trama asumió un punto de partida muy inteligente. Sin embargo, su desarrollo no da respuesta al conflicto que animó la acción dramática inicial. El realizador se sintió más comprometido con la fidelidad a los hechos históricos y se saltó, como el mejor acróbata del Cirque du Soleil, el cierre lógico de una premisa que, desde el punto de vista narrativo —realista a ultranza—, estaba obligado a respetar y resolver.
En medio de una confusión entre relato fílmico e Historia, puede que sintamos un cierre lógico e indefectible. Pero violentar las reglas de la dramaturgia en una ficción convencional no es, a veces, el resultado de un fallo de la forma, sino la consecuencia de la incertidumbre que emana del propio contenido. ¿Cómo darle la razón a un prócer o al otro, o peor: quitársela a ambos, proponiendo, acaso, una tercera iniciativa?
De la premisa del filme a la contradicción histórica
El tema es la lucha por el poder, por hacer prevalecer, a toda costa, un criterio por encima de otro. Ello queda definido en la escena en que Ignacio (Daniel Romero) le pide al soldado español que se disculpe por haber tropezado accidentalmente con su futura novia, Amalia (Claudia Tomás). El soldado lo hace de buen grado, pero un oficial superior lo interpela por su amable gesto y ahí se dispara la intransigencia de Ignacio. Total, que la discusión termina con un reto a duelo.
Esa es la premisa del filme: las discrepancias se resuelven mediante la violencia. Expresado a escala sociopolítica: las discrepancias entre españoles y cubanos se han de resolver en el campo de batalla. Pero esto último es solo un signo accesorio para apuntalar el tema principal.
En el caso de esta obra, la contradicción histórica y los enfrentamientos entre mambises y españoles, son secundarios. Lo importante en El Mayor es (o debió ser) la disputa entre un patriota y otro, encarnando dos posiciones políticas diferentes que, a la larga —ya lo sabemos por lo que cuentan los libros—, entorpecieron el logro del objetivo común: la independencia de Cuba. Sin embargo, la película se termina sin que el espectador de Groenlandia se entere jamás a dónde condujo el conflicto propuesto al inicio.
Héroes, villanos y patriotas
Dentro de un esquema básico donde el héroe se enfrenta al villano, Ignacio es héroe y Céspedes es antihéroe en una sencilla adecuación de las funciones de los llamados dramatis personae. En esos términos, el héroe está llamado a vencer, aunque luego se produzca su trágica muerte. Esa es la fórmula que se viene repitiendo en la pantalla desde que el cine hereda el ABC narrativo de la literatura decimonónica, luego sistematizado por los pioneros de la escuela inglesa de Brighton, Porter, Griffith y compañía.
Otra cosa puede suceder en películas experimentales, cine avant garde, de ensayo, de autor, etc., enfrascado en la clarividente desobediencia a las convenciones estilísticas, lingüísticas y técnico-expresivas del cine cotidiano.
También es cierto que, en El Mayor, el conflicto de los personajes principales de la película contiene un núcleo mucho más complejo que la simple medición testicular. ¿Quién de los dos tenía la razón? Ambos demostraron ser valientes caudillos. Pero las posturas divergentes que ellos representaron, no fueron ni cuestionadas ni argumentadas a lo largo de todo el filme. Por lo que consumido un tiempo prudencial de metraje y agotados los acontecimientos históricos que marcaron la vida del joven militar, llegó el momento de poner fin, y ya está.
Si el personaje de Céspedes no fue suficientemente perfilado como para ocupar con la debida eficacia el lugar actancial que le correspondía como contraparte del héroe, anótese como un fallo de la narración, tendente a empobrecer la riqueza del conflicto. Otra vez, la mirada tímida sobre la sacrosanta Historia impide que diégesis y discurso, significante y significado cobren el sentido potencial que exige el texto fílmico.
A la carga con el panfleto
Diálogos inauditos y actuaciones encartonadas y miméticas, hicieron lucir bastante mal a una pléyade de actores de primera línea como Rafael Lahera, Ulyk Anello y Aramís Delgado. Todavía recordado por José Martí: el ojo del canario, Daniel Romero, a pesar de su agradable presencia en pantalla, se me queda chiquito frente a la mitología del soberbio camagüeyano. Lo demás fueron muchas cargas al machete, campamentos que daban grima por la poca representatividad escénica que tuvieron, así como las imágenes de ejércitos paupérrimos en ambos bandos.
Ni hablar de las soluciones escenográficas que no alcanzaron, por ejemplo, para describir la opulencia material de la clase adinerada, cuyos representantes son, en efecto, los líderes de la guerra libertaria. Lógica ambientación de teleplay cubano, dada la escasez de recursos de un cine tercermundista como el nuestro, que se atreve con una cinta de época ¡y bélica!, en la que solo para resolver con verosimilitud las batallas campales se habría necesitado un presupuesto multimillonario. Y por lo que resultó en pantalla, parece una obra de bajo costo.
Las mujeres quedan disueltas en la escenografía, como siempre sucede en un tipo de cine centrado en exaltar al sujeto masculino a través de sus hazañas descritas con una irreprimible male gaze. Ana Betancourt tuvo quince segundos de fama al reclamar el derecho al voto para la mujer, luego de lo cual la retiraron, para volver a mostrarla con brevedad soltando un sonado lagrimón, mientras se aprobaba la Constitución de Guáimaro.
Visión pedagógica de El Mayor
A otro nivel, en el equipo de creación se destacan, entre otras féminas, Arietis Valdés en la dirección de arte, Anisleidys Boza y Yohannia Cabrera en el diseño de vestuario; en el maquillaje la consagrada Magaly Pompa junto a Magdalena Álvarez, el montaje a cargo de Beatriz Candelaria y el diseño sonoro de la joven y experta Velia Díaz de Villalvilla.
En resumen, un relato entretenido, bueno para introducir el tema de la Guerra de los Diez años a estudiantes de primaria. Y enseñarles, entre otras cosas, que para ganarse un puesto en cualquier historia se ha de ser blanco, lindo, hombre y valiente como Ignacio, como su hermano Eduardo y como Sanguily, al que le gustaba andar limpio y oler bien.
Que Ignacio le escribía unas cartas hermosas a su esposa Amalia, se afeitaba con puntualidad o era lampiño; jamás se despeinó ni se sudó en combate, y su ayudante, que era un negro analfabeto, ni se afeitaba, ni se pelaba y probablemente tampoco olía bien. (2022)

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Fiscalía: ser justos e íntegros en la defensa del pueblo (+ Video)

Cerca de una veintena de profesionales de nuevo ingreso firmaron el Código de Ética de los Cuadros y Trabajadores de la Fiscalía General de la República (FGR), en acto presidido por Roberto Morales Ojeda, miembro del Buró Político y secretario de Organización y Política de Cuadros del Comité Central del Partido; y Yamila Peña Ojeda, fiscal general de la República, en ocasión del aniversario 48 de ese organismo del Estado.
Numerosas han sido las tareas de la FGR como encargada de la observancia de la legalidad socialista y de ejercer la acción penal pública en representación del Estado. Por eso es necesario contar con hombres y mujeres firmes, con la plena conciencia de que no es suficiente ser justo, cuando es preciso ser íntegros en el cumplimiento del deber.
Se entregaron sellos conmemorativos por diez y hasta 40 años en el sector, como la Fiscal General de la República, quien cumplió 30, y, de manera especial, por sus 40, a Pedro Pablo Cutiño Diéguez y a José Luis Toledo Santander, presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales y Jurídicos de la Asamblea Nacional del Poder Popular, por sus 20 años. Se entregaron, además, carnés del Partido a nuevos militantes.
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Agramonte llama de nuevo a la carga por la Patria

CAMAGÜEY. — A 180 años de su natalicio, el mayor general Ignacio Agramonte Loynaz llama nuevamente al pueblo cubano, desde su grandeza patriótica, a la carga contra todo lo que se interponga en el camino glorioso de la Revolución.
Así lo percibieron quienes, en representación de toda Cuba, asistieron a la tradicional peregrinación que al amanecer de cada 23 de diciembre realizan los camagüeyanos desde la casa natal de El Mayor hasta el parque que lleva su nombre.
 «Como hacemos cada año, renovemos el juramento de Ignacio Agramonte: que nuestro grito sea para siempre ¡Independencia o Muerte!», proclamó el historiador José Fernando Crespo Baró.
En sus palabras, el especialista llamó a los cubanos dignos a tomar las virtudes del insigne patriota: su ética, su honra, su lealtad, su decencia, su ejemplo de trabajo infatigable, de incorruptibilidad e inquebrantable fidelidad a la Bandera y a la Patria.
«El recuerdo de Agramonte es infinito, como infinito ha de ser nuestro respeto y lealtad a su espíritu y a cuanto hizo por dejarnos esta Patria independiente y decorosa» expresó Crespo Baró de un hombre que no pidió nada a Cuba como no fuera la oportunidad de servirle con honor al precio del sacrificio y de la muerte.
El historiador instó a hablar más de El Mayor, a ponderarlo y a verlo no solo como el genio militar que fue, sino también a conocer y asombrarse de tantas facetas de su vida que constituyen ejemplo para las presentes y futuras generaciones de cubanos.
«Como nunca antes, señaló, la historia nacional se ha de llevar de almohada y traer a nuestros pies a esas almas fundadoras de la nación para que sigan escudándonos ante peligros, iluminen nuestros pensamientos y no nos dejen caer ni en la zozobra ni en la cobardía de rendir las armas.»
En jornada de reafirmación patriótica, los camagüeyanos ratificaron el compromiso de ser fieles al llamado de Fidel, el 11 de mayo de 1973, de cargar como la caballería gloriosa de Ignacio Agramonte en la lucha por el desarrollo y por la Revolución.

Foto: del autor

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El Mayor

Foto: Cartel de la película

La ovación a sala llena que recibió la presentación de El Mayor, este domingo en el cine Yara, despejó cualquier duda acerca de los no pocos conflictos de orden histórico que plantea el filme de Rigoberto López, y la comprensión asimilada por el público más variado.
No fueron aplausos en una función premiere, donde a veces se baten palmas por altruismo, sino de espectadores ganados por una trama que aunó con eficacia tres líneas narrativas convergentes: Ignacio Agramonte, audacias combativas y contradicciones conceptuales con otros patriotas camagüeyanos, su amor por Amalia Simoni (Claudia Tomás), de lo cual han dejado testimonio cartas desbordadas de pasión, y las discrepancias con Carlos Manuel de Céspedes acerca de cómo conciliar política y lucha armada.
El Mayor es un filme pletórico de emotividades relacionadas con una contienda independentista que exigió de nuestros antepasados entregas sin límites frente a un colonialismo español caracterizado por su brutalidad. Los dos bandos en contienda sabían a quiénes se enfrentaban y de ello da cuenta la encomiable fotografía de Ángel Alderete, interesada en resaltar la fiereza desplegada en los combates y, en especial, las cargas al machete de los mambises, comentadas en los corrillos españoles –según testimonios de la época– con el pavor de los que no quisieran referirse a ellas.
La recreación ambiental siempre ha sido una asignatura pendiente para cualquier filme de época y El Mayor alcanza un indiscutible sobresaliente, no obstante estar involucrados en las acciones miles de extras. Las actuaciones son correctas, con mayor o menor destaque para unos y otros, pero con una media convincente, y la música de José María Vitier alcanza las alturas de un subrayado dramático indispensable.
Pero lo que realmente estaba por ver en El Mayor era el tratamiento artístico del momento histórico que le tocó vivir a Ignacio Agramonte. Tiempos de fundación en que la identidad del cubano se consolidó en un grito por la independencia anhelada, aunque no se concretaran las mejores vías de encauzarla sin perder la unidad, amenazada por el regionalismo y otros factores relacionados con lo que debía ser la naciente República.
El guion, del propio Rigoberto López y del dramaturgo Eugenio Hernández Espinosa, contó con la asesoría de destacados historiadores, entre los que estuvieron la camagüeyana, ya fallecida, Elda Cento Gómez, premio nacional de Historia. ¿Se encauzaría la película por hechos generales que pusieran de manifiesto las proezas del héroe de la batalla de Jimaguayú y redactor de la primera Constitución de la República de Cuba, o se entraría de lleno en los conflictivos días que marcaron la existencia del Mayor General y jefe de la división de Camagüey? Y de ser así, ¿cuánta carga de didactismo debería tener el filme para hacer comprender lo sabido, lo ya olvidado y lo nuevo por conocer?
El principal reto de El Mayor fue entrarle con la manga al codo a la historia sin convertir su narración en un suceder discursivo desprendido de las constantes reuniones efectuadas para delimitar responsabilidades y establecer principios de convivencias y luchas. Y aunque algo de ello hay, los realizadores encontraron las vías para articular un discurso coherente con los hechos acaecidos, o aclarados ahora para satisfacción de los que rastrean en el pasado lecciones para el presente. En tal sentido, el didactismo que por momentos se desprende del fin, se atempera y se diluye convenientemente al calor de los hechos, y como parte del estilo narrativo asumido.
Tanto los personajes de Agramonte como de Céspedes se presentan sin afeites de ningún tipo, humanos, múltiples y hasta contradictorios dentro de su grandeza, lo que requiere profundidades y matices por parte de los actores involucrados, Daniel Romero y Rafael Lahera.
Se respeta la historia en El Mayor, pero hay momentos de recreación imaginativa de hondo calado artístico, como cuando Agramonte, en una escena que tiene lugar bajo una lluvia simbólica de dificultades, a caballo los dos hombres, le dice a Céspedes que no obstante sus contradicciones, está dispuesto a ponerse otra vez bajo su mando, y uno siente, como espectador, la nobleza de la entrega por el bien de la Patria. Otras escenas reveladoras son el rescate de Sanguily por parte de Agramonte, y la forma en que muere el Mayor General en Jimaguayú, aspectos que se deben descubrir viendo el filme.
Hay probados directores en el mundo que sucumbieron ante el reto de realizar superproducciones con gran movimiento de extras y vastos recursos. Superando expectativas, Rigoberto López lo logró poniendo alma y vida en un empeño que lo mantuvo activo a lo largo de varios años. Esta película, que el realizador no alcanzó a ver en los cines junto a un público agradecido que lo aplaude, ennoblece aún más su última entrega.

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Una película que va a tocar el alma de los cubanos

Seguro de que El Mayor «es una película que va a tocar el alma de los cubanos», el joven actor Gabriel Wood Barranco, quien interpreta el personaje del brigadier Julio Sanguily, ha dicho que la vigencia del pensamiento de Agramonte es uno de los principales aciertos de esta producción que compite en la categoría de Largometraje de Ficción, en el 42 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. «Un filme que lleve la historia patria al público siempre se agradece», remarcó.
A quienes protagonizaron nuestras gestas libertarias hay que «estudiarlos con mayor profundidad. No debemos quedarnos solamente en los libros. Se trata de ir más allá y descubrir la esencia de esas grandes figuras de la historia de Cuba, buscar en su humanidad para ver que somos iguales a ellos, en épocas distintas, defendiendo lo mismo».
Precisamente, para asumir su rol en la cinta, a Wood Barranco no le bastó con lo aprendido en la escuela, sino que se nutrió, leyó, indagó en bibliotecas y, sobre todo, a través de epistolarios, para salirse de los esquemas e ideas preconcebidas.
Su objetivo no era «encarnar al héroe, sino al hombre que fue Sanguily», quien es recordado –a pesar de sus méritos personales– por haber dado lugar a una de las hazañas más bravas de la Guerra de los Diez Años, su rescate al mando de Ignacio Agramonte, en octubre de 1871, uno de los momentos referenciados en la producción audiovisual, y que da fe «de la amistad entre ambos y del decoro de El Mayor».   
Para el artista, además de «un gustazo», participar en ese filme fue «un honor y un gran reto actoral», pues requirió preparación extra: aprender junto al resto del elenco a montar a caballo y a luchar usando el machete como arma, de la misma forma en que lo hicieron los mambises. Para ello contaron con asesoramiento historiográfico y militar.
En el caso específico de su personaje, Wood Barranco cuenta que, al estudiarlo, lo pudo ver «como un hombre de carne y hueso, que sufrió mucho. Recibió un tiro en el tobillo derecho que no le permitía realizar la articulación del pie, por lo que le hicieron una prótesis para tener la pierna recta y poder montarse en el caballo y combatir».
Al actor la prótesis de la pierna le quedaba «holgada, y para ajustarla –narra–, ponía piedras en el zapato para tener aún más sensación de molestia al caminar».
«Es una experiencia que guardaré siempre. Trabajar con Rigoberto López fue especial, así como con los grandes actores que intervinieron en la película. Todos hicieron un gran trabajo», subraya.
Luego de disfrutar de la película en una cita de magnitud y tras el necesario intercambio con los espectadores, Gabriel Wood Barranco asegura que «siempre se pueden mejorar muchas cosas. Hay que ser exigente, pero estoy satisfecho. Fue impresionante la primera proyección en el Festival. Cuando terminó, hubo un gran silencio en la sala. Pensé que todo había quedado ahí, pero de pronto el público estalló en aplausos». 

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