HAVANA CLIMA

ejercicios fisicos

La otra acera del Malecón

Sin el bullicio de siempre parecía muerto. Tenía la imagen de un corazón infartado. Y comparar aquel espacio de concreto rugoso y bañado del salitre con uno de los órganos vitales del cuerpo no resulta una exageración. Para La Habana, el Malecón cumple la misma función, solo que por estos días falta su gente, y se ha afectado hasta terminar pareciendo, a ratos, un lugar fantasmal.
Toda gran urbe tiene sus sitios distintivos por los que se la identifica en el mundo. En París, la Torre Eiffel; en Madrid, la Puerta del Sol; en Río de Janeiro, el Cristo Redentor; en La Habana pudiera ser su Malecón. Solo que últimamente algo ha cambiado.
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A finales de 2019, los titulares de los grandes medios se referían al surgimiento de una nueva enfermedad respiratoria de origen viral en la ciudad china de Wuhan. Por su elevado nivel de contagio, la neumonía causada por el virus SARS-CoV-2 se propagó de forma desordenada por toda la región y, en poco tiempo, por el mundo. Era una emergencia sanitaria global. Nos enfrentábamos a una pandemia. 
En Cuba, el primer caso de COVID-19 fue reportado el 11 de marzo del 2020. No tardaron en establecerse medidas de distanciamiento social para reducir la transmisión del virus pero, como en todo el planeta, el número de casos aumentó. Se paralizaron escuelas, centros de trabajo y el transporte público; por períodos se decretó el confinamiento domiciliario.
Sin tiempo de reacción, se nos detenía la vida como la conocíamos. Para otros, significó algo más.
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Mendaro Gregory transmite una sensación de juventud como pocos a su edad. No parece llevar sobre la espalda setenta años bien vividos. Quizás sea por las dotes de actor, o por su propia figura; tal vez, la forma de vestir, su estilo personal, o ese arete que le otorga un swing de bailarín caribeño.
En su apartamento del Vedado habanero retumba la potente proyección de su voz, recordada por miembros de las recientes generaciones en la serie radial infantil Tía Tata cuenta cuentos. Su rostro fue familiar en programas televisivos de Aventuras y Telenovelas; algunas, como El viejo espigón, Sin perder la ternura y Tierra o sangre, rememoradas por los que pasan de cuarenta años. En la trayectoria de este artista cubano destacan, entre otras condecoraciones, la Medalla Raúl Gómez García y el Premio Actuar 2019 por la Obra de la Vida.
A la derecha, Mendaro Gregory interpretando un personaje en la televisión.
Pero, a pesar de su apariencia, Mendaro es un hombre enfermo. En 1969 una comisión médica le diagnosticó Psicopatía Afectiva. Padece de diabetes, hipertensión e insuficiencia respiratoria. En estos tiempos de COVID-19, aun sin padecerla, la enfermedad ha afectado su vida en demasía.

Estuve encerrado durante meses. No podía salir al pasillo. Encontré mi zona de confort en casa. Era la forma de escapar al virus. Sé que tengo mis problemas de fobia. Bajé cuarenta y cinco libras. Llegó un momento en el que no podía más por las taquicardias de la hipertensión, así que escribí una carta al correo electrónico de la Presidencia solicitando ayuda. Recibí atención por parte de la Dirección de Salud del municipio Plaza de la Revolución. Me trajeron medicinas, fui atendido por el médico de la familia. Aun así, no recibí la atención por ser vulnerable.

Poco tiempo después solicitó la ayuda de un psicólogo. El especialista le recomendó caminar como forma de ejercicio físico.

El ejercicio me ayuda a controlar la psiquis. Me incorporé a caminar. Lo hacía en el Malecón. Con casi dos años de pandemia, las personas —hasta niños y jóvenes— que vivimos cerca, deberíamos poder salir a caminar, sin acercarnos, manteniendo el distanciamiento social. Es una forma de combatir el estrés.
Mendaro Gregory había desarrollado una fobia al contacto interpersonal por su temor a la COVID-19.
Sin embargo, con el aumento de la propagación del coronavirus en La Habana, las autoridades imposibilitaron la circulación peatonal por el Malecón. El testimonio de Mendaro Gregory ayuda a entender las implicaciones del asunto:

Escuché que podías caminar pero no hacer estancia, sentarte, socializar. En ocasiones caminaba por el Malecón, pasaban las perseguidoras y no decían  nada. Como es algo que no está regulado, el problema sería crear un precedente. Si en el periódico se explicara que no se puede caminar por el Malecón, igual que se dice que no se van a abrir las playas, no camino por ahí. Pero no se menciona nada.
La policía no está para establecer las disposiciones, sino para hacerlas cumplir. Eso no está establecido, de lo contrario la policía me tiene que decir que se prohíbe por la disposición tal, no importa si es ley, decreto o una disposición ministerial, o lo que sea. Pero me tienes que decir basado en qué; no en que me lo diga un policía, porque si es así, le estamos dando el derecho a la policía a poner leyes en este país, y ya tenemos bastantes problemas para que también la policía pueda poner las leyes.
El 11 de julio vi que en G estaba parqueada una patrulla. Me acerqué para dialogar. Uno de ellos, el jefe de la patrulla, me dijo que sabía lo que yo le decía, que no estaba establecido, que no había salido en el periódico, que no lo habían dicho, pero… “—Si no lo hacemos, nos dan con el cinto”.
Al otro día caminaba alrededor de las siete de la mañana. En J y 9 estaba una patrulla, la número 009, con un oficial de mayor rango que lo habitual. Me acerqué a plantearle lo que había hablado antes con los otros jóvenes (patrulleros):“—Ustedes tienen que entender que si quieren disponer eso, tienen que publicarlo. Yo no tengo por qué obedecer lo que me diga la policía si no hay constancia de que esté reglamentado. Si me dicen que cruce, lo hago, pero al otro día quizás transite por el mismo lugar”. El oficial llegó a la conclusión de que tenía razón.
El pasado martes regresaba del túnel de Línea por la senda del Malecón, necesitaba caminar de frente al tráfico. Están muy malas las aceras. Con setenta años puedo caerme. Me topé con la primera perseguidora, con la que había hablado antes. Al ver que eran ellos me reí, pues me resultaba curiosa la casualidad, no por ofender. Me mandaron a cruzar para la otra acera, crucé.
Pero necesitaba transitar frente al tráfico y retomé la senda. Me puse tan fatal que me topé con la misma patrulla. Me ordenaron cruzar y uno de ellos dijo que sería conducido a la estación. Fui esposado. Llamaron a la planta (operador de patrullas). Cuando íbamos subiendo por G, les informaron que a nuestra ubicación se dirigiría otra perseguidora con un oficial. Se acercó y preguntó mi edad, ordenó esposarme por delante. Le planteé que si no existía una norma, o si no era publicada la orden de cierre de circulación peatonal, volvería a circular por el Malecón.
—Mañana volveré a caminar por acá. Si me mandan a cruzar, lo haré, pero usted es policía, no tiene derecho a poner una norma. Esta es la forma en que le tendrá que volver a decir a su jefe que eso está mal, o indicar que lo publiquen en la prensa. Es pacíficamente, volviendo a caminar, que uso mi derecho.
El oficial explicó que si permitían la circulación, se aglomerarían personas. Al final, me retiraron las esposas. Es que no lo pueden justificar. Los ciudadanos tenemos que exigir nuestro derecho.

Patrulla policial de guardia frente al Malecón, en la zona del Vedado.

La divulgación en medios oficiales de las medidas restrictivas ha sido casi inexistente. El área en cuestión se extiende por los municipios Habana Vieja, Centro Habana y Plaza de la Revolución y consta de ocho kilómetros.
4 de agosto: Se visitó la sede del Gobierno Provincial de La Habana. En el departamento de Atención a la Población, una de sus funcionarias alegó desconocer la existencia de documentación sobre el asunto y remitió a la sede del Gobierno de Habana Vieja.
5 de agosto: Mientras se producía la polémica caravana de bicicletas desde La Chorrera hasta el Parque 13 de Marzo, organizada por la UJC, se acudió al Gobierno Municipal de Habana Vieja. En esa sede, luego de solicitar al periodista sus datos personales, el Secretario de la Asamblea se negó a conceder una información que debería ser de carácter público; además,  alegó que la misma pudiera ser obtenida en la sede del Gobierno Provincial ya visitada. La funcionaria antes entrevistada volvió a manifestar desconocimiento.
1:53 p.m: En la estación de policía de Habana Vieja, ubicada en Cuba entre Tacón y Chacón, el oficial de guardia informó que hasta la fecha, en ese municipio se permitía la circulación de peatones en la zona de la bahía.
4:10 p.m: Se visitó la estación de policía del municipio Centro Habana, ubicada en Dragones entre Lealtad y Escobar. Después de consultar con su superior, el oficial de guardia indicó que no existía restricción de movilidad peatonal en la zona que comprende desde Malecón y Prado hasta las inmediaciones del Hospital Hermanos Ameijeiras. 
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Viernes, 20 de agosto de 2021. Malecón.
Me provoca una sensación extraña caminar más de un kilómetro por un sitio en el que no debía estar, solo para forzar el encuentro con algo que siempre había evitado. A esa misma hora, casi todos los días, pasan dos, tres o más; pero justo aquel día ninguna patrulla aparecía. Es surrealista pretender ser requerido por la policía, pero aquel viernes lo necesitaba.
Justo en las afueras del Hospital Clínico Quirúrgico «Hermanos Ameijeiras», en el populoso municipio Centro Habana, muy cerca del barrio Vedado, perteneciente a Plaza de la Revolución, se produjo el primer contacto con oficiales de la PNR. Una pareja que custodiaba los alrededores del Monumento a Antonio Maceo.
El peligroso trayecto de un corredor por la vía del Malecón habanero.
El oficial, cuya placa era 26436, repetía con amabilidad las palabras que tanto ha dicho en el ejercicio de su trabajo: no se puede. Ante cada una de las preguntas incisivas se refugiaba en el suelo o en un punto cercano al mar y, a la vez, tan lejano de mí, de todo. Su compañero permanecía inmutable a varios metros de distancia. Eran oficiales de la unidad de la PNR de Centro Habana, pero de ellos no obtendría las respuestas que buscaba.
A menos de treinta y cinco metros se acercaba una patrulla. Eran dos muchachos menores de treinta años: uno negro, flaco, medio perezoso, al que le costó muchísimo pararse del asiento secundario; el jefe, bajito, inmediatamente después de que me presentara, pidió el carnet de identidad y anotó mi nombre en una libreta donde figuraban otros seis. Llamó entonces a la base para verificar mis antecedentes. Mientras les preguntaba, no recibía respuestas. Solo repetían que había que revisar. Si hubiera tenido antecedentes, ¿me conducirían solo por preguntar? Aún no lo entiendo.
Tras la inspección, el segundo oficial del carro 537 B de Patrulla Provincial, indicaba que ese era el procedimiento.«¿Absurdo, no crees?», indiqué. Silencio. Para él era más útil esperar a que su compañero interrumpiera para informar que «aquella era una orden dada, pero que no la dominaba». Más de lo mismo. Gracias.
El otro lado
María Antonia dice correr cinco kilómetros todas las tardes y yo le creo. No detalla la edad pero estimo que esté sobre los cincuenta. Viste una licra oscura muy ajustada al cuerpo y una blusa corta que deja al aire la musculatura que ha logrado con los años; en los tobillos ajusta un par de cintas elásticas que le ayudan a evitar nuevas lesiones. Hace unos meses sufrió una fuerte caída mientras corría que le ocasionó un esguince grado dos y afectó sus ligamentos; ahora se recupera.
«Iba corriendo cerca de la embajada de Estados Unidos. En esa zona te mandan a cruzar para la acera del Malecón, pero inmediatamente tienes que regresar. Cuando volvía, se acercaba un auto y tuve que apretar el paso. Choqué con el contén y le metí el pie a un desagüe. Me torcí el tobillo y me lesioné».

Para ella, eso se podía haber evitado si pudieran correr, como antes, por el Malecón.

Entiendo en parte que por la situación epidemiológica no se permita hacer estancia, pero, por ejemplo, hace menos de un mes, en el acto que hicieron en la Piragua, eso se llenó de gente. Hace unos días organizaron una caravana. Entonces, creo que correr o caminar en el Malecón no es un peligro real para la población si se toman las medidas.

Mendaro Gregory considera, además, que el estado de la acera alterna no es el mejor para practicar ejercicios físicos, de ahí que muchos corredores prefieran optar por los bordes de la calle.
El exceso de velocidad de los automóviles, el consumo de bebidas alcohólicas o desperfectos técnicos, pueden propiciar accidentes de tránsito que pongan en riesgo la salud de los corredores. 
Distintas realidades
Mientras se imposibilita la circulación de personas por el Malecón habanero en nombre de las medidas sanitarias para enfrentar la COVID-19, en otras áreas de la capital se producen aglomeraciones en espacios públicos y se viola el distanciamiento físico. Las cubanas y cubanos han sufrido en el último año y medio no solo la presencia de la enfermedad en el país, sino la caótica situación originada por el desabastecimiento de alimentos, medicamentos y productos de primera necesidad.
Menores de edad juegan en el Paseo del Prado sin cumplir las medidas sanitarias.
En reiteradas ocasiones, la OMS y especialistas de la Isla han convocado a la práctica de ejercicios para mantener la salud física y mental. El Malecón habanero es un espacio con las condiciones para realizar esta actividad. Velar por el cumplimiento de las medidas de distanciamiento social debe recaer en las autoridades locales, pero resulta inconcebible que sea el Malecón un área con prohibiciones que no se aplican en otras zonas de la capital.
Mucho menos admisible es que las referidas reglamentaciones no sean publicadas y de conocimiento oficial mediante la prensa o las respuestas de funcionarios gubernamentales y policiales. La ciudadanía requiere conocimiento exacto del estatus legal de esas medidas. Es necesario devolverle a La Habana un poco de vida en su Malecón.

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