HAVANA CLIMA

Doctrina Monroe

El conflicto Cuba-EEUU desde el umbral del siglo XXI

Foto. APEl presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, lamentó el fallecimiento del destacado intelectual Esteban Morales, ocurrido en la ciudad colombiana de Medellín, a causa de un infarto cardíaco. “Duele la sorpresiva muerte de Esteban Morales. Extrañaremos su inteligente, incisiva y comprometida evaluación de los problemas de nuestra época”, expresó el mandatario en su cuenta de Twitter. Asimismo trasmitió sus condolencias a familiares, amigos y a la intelectualidad cubana, que “Esteban Morales prestigió con su obra”. El mandatario cubano se sumó así a los numerosos pronunciamientos de intelectuales, instituciones y pueblo en general por la pérdida a los 79 años de edad del reconocido politólogo y ensayista.
En homenaje a este destacado intelectual cubano, Cubadebate publica su texto “El conflicto Cuba-Estados Unidos desde el umbral del siglo XXI”, publicado el 30 de noviembre del 2021.
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Algunos antecedentes históricos
El conflicto entre Cuba y Estados Unidos no comenzó en 1959, como particularmente muchos ideólogos de este último país pretenden hacernos creer. Ese conflicto comenzó desde principios del siglo XIX (1805-1823), cuando las Administraciones norteamericanas pusieron en cautiverio preventivo a la nación que un día emergería de la entonces colonia caribeña de España. [1]
Es de sobra conocido que desde esa época Estados Unidos ya había diseñado la política a seguir con Cuba. Esta última tenía como núcleo esencial apoderarse de la Isla, conjuntamente con la Isla de Pinos y demás cayos e islas adyacentes, haciendo de ellas una extensión del territorio continental de la emergente nación norteamericana.
Cuba, según la concepción de las élites de poder norteamericanas de la época, era el resultado de la sedimentación de las arenas del Mississippi en el Golfo de México. Concepción geopolítica que aún, con sus variantes modernas, se mantiene.
Tales ideas estuvieron siempre presentes y, con muy limitadas excepciones, formaron parte del pensamiento de los Padres Fundadores de la nación norteamericana, por lo cual la lucha que Cuba ha tenido que librar por más de 200 años para llegar a ser una nación independiente no ha sido solo contra una clase política o un conjunto de sus Administraciones, sino contra una cultura política dominante, dentro de la cual el archipiélago cubano, siempre aparece como parte del territorio continental de la nación norteamericana y que hace aparecer como legítimo todo lo que se haga por recuperarla, después de que la Revolución cubana, en guerra desigual, se la arrebató a Estados Unidos.
La llamada Doctrina de la Fruta Madura, como corolario complementario de tal teoría, expresaba que Cuba debía permanecer en las manos de España y que, al liberarse de ella, caería en manos de Estados Unidos, como una fruta madura, desprendida del árbol de España. Ese principio primó en lo adelante en el comportamiento de ese país respecto a la Isla, guiando la actitud de las élites políticas norteamericanas, dentro de los acontecimientos que tuvieron lugar en Cuba durante todo el período colonial y a posteriori, hasta 1959.
A organizar esta política se dedicaron casi todas las Administraciones norteamericanas, desde Thomas Jefferson (1801-1809), hasta William Mc Kinley (1897-1901) y Teodoro Roosevelt (1901-1909), que fueron los que finalmente lograron coronarla con el triunfo al apoderarse de la Isla. [2]
Mientras ello no tuvo lugar, ¿qué hicieron entonces las Administraciones norteamericanas, particularmente durante el periodo colonial?

Trataron de comprar la isla de Cuba a España en no menos de seis ocasiones.
Desarrollaron una política hacia Cuba, dirigida a sustituir a España en las  relaciones económicas con la Isla, de modo que esta pasó a tener una relación neocolonial con Estados Unidos, antes de dejar de ser colonia de España.
Se opusieron denodadamente a que Cuba quedara enrolada en los procesos independentistas de América Latina. Recordemos los frustrados esfuerzos de Simón Bolívar en 1826. [3]
Después de formular la política de la fruta madura, diseñaron la Doctrina Monroe, “América para los americanos”. A modo de afianzar su posición frente a las intenciones de Inglaterra, especialmente, por apoderarse de Cuba.
Colaboraron abiertamente con España para evitar los intentos de los independentistas cubanos, desde el territorio de Estados Unidos, denunciando las actividades de los patriotas y frustrando sus  expediciones, entre otras.
Presionaron sobre España para que esta concediera la autonomía a Cuba, como un modo de crear las condiciones internas en la Isla, para su posterior  anexión.
Una vez iniciada la primera guerra de independencia en Cuba 1868-1878 y la segunda, 1895-1898, desconocieron sistemáticamente a las instituciones independentistas de la Isla, el Ejército Libertador, la Asamblea, etc. A tal punto llegó ese desconocimiento, que prefirieron donar el dinero para el licenciamiento del Ejercito Libertador, antes que reconocer a la Isla concediéndole un empréstito para tales fines.
Inventaron el incidente de la voladura del acorazado Maine para intervenir en la Guerra Cubano-Española. Pues todo parece indicar que se trató de un autogolpe, o al menos, obra de un descuido irresponsable y programado.
Manipularon la llamada Resolución Conjunta, aprobada por el Congreso norteamericano, convirtiéndola en un simple instrumento de intervención. [4]
Se inventaron una guerra que les permitió tratar a sus colaboradores, el Ejército Libertador, como enemigos y a los españoles, autonomistas y burócratas de la administración colonial, como aliados. A las tropas cubanas que colaboraron no les sería permitido entrar en Santiago de Cuba y después se enterarían de esa infamia.
El Tratado de París, por medio del cual España abandonaba Cuba, fue firmado solo por Estados Unidos y España, sin la presencia de los patriotas cubanos.
Engañaron, manipularon, extorsionaron y se aprovecharon de las debilidades, sobre todo filoanexionistas, de personalidades como Tomás Estrada Palma, Gonzalo de Quesada y otros, para finalmente licenciar el Ejército Libertador y disolver el Partido Revolucionario Cubano, fundado por José Martí. Estrada Palma cobró el favor, accediendo a la presidencia de la Isla, a pesar de ser ciudadano norteamericano.
Finalmente, implantarían la funesta Enmienda Platt a la Constitución de 1901, imponiendo el tipo de relaciones que debían existir con Cuba y bajo este contexto negociaron las relaciones con la Isla.

Estados Unidos sin embargo, no logró anexarse a Cuba. La tozudez de España de no venderle la Isla todas las veces que se lo propuso, y las consecuencias que dejaron tres guerras de independencia en la conciencia y el cuerpo de la nación, impidieron que Cuba pasara a ocupar un lugar similar al de Puerto Rico. 
Comienza a modificarse el escenario
Resultó algo diferente, cuando Estados Unidos formulaba su política para arrebatarle la Isla a España, a cuando a partir de 1898 tomó el control de Cuba, diseñando una república conveniente a sus intereses; a lo que tuvo lugar a partir de 1959, cuando una revolución nacional liberadora, agraria y antimperialista, tomó el poder en Cuba, comenzando a variar el modelo de república y de relaciones, que Estados Unidos había diseñado y aplicado por casi más de sesenta años.
Se trataba entonces, de que la república comenzaba a remodelarse a sí misma, a partir de una voluntad popular interna, en la que por demás, Estados Unidos no solo perdía su capacidad de influir en los destinos políticos de Cuba, sino que perdía claramente la capacidad, como hasta ese momento, de facturar en Washington los asuntos importantes, e incluso, no tan importantes, de la vida nacional cubana. Eso fue algo mucho más allá de lo que las élites políticas de ese país, estaban en condiciones de entender y sobre todo de aceptar.
Estados Unidos frente a la Revolución cubana triunfante
Comenzaba un período nuevo para Cuba en sus relaciones con Estados Unidos.
La Revolución cubana triunfó en 1959, al final del segundo mandato de la Administración de Dwight E. Eisenhower (1953-1961).
Todos los instrumentos de la Guerra Fría, inaugurada por el famoso memorando NSC-68 de George F Kennan, las reminiscencias de la llamada Doctrina Truman y otros legados recibidos por la Administración Eisenhower, matizaron el panorama político de la época. [5]
Eisenhower había apoyado el régimen del dictador Fulgencio Batista, desde que asumió la jefatura de Estados Unidos en 1953, por lo cual no estaba en condiciones de entenderse con la Cuba que emergía a partir de enero de 1959.
Es por ello, que el advenimiento del triunfo revolucionario no llevó a un nuevo diseño de la política norteamericana hacia Cuba, sino su continuidad, dado que el equipo presidencial que había fracasado tratando de hallar una alternativa para frustrar la toma del poder por las fuerzas revolucionarias, era el mismo que tenía entonces que entendérselas con la Cuba de Fidel Castro.
Eso explica que la política agresiva desplegada ya desde 1958, para sustituir al dictador Fulgencio Batista por un “candidato plausible”, ahora se empleaba con la pretensión de eliminar al máximo líder de la Revolución cubana, y que el núcleo rector de tal política fuera entonces: “… Si no pudimos evitar que tomaran el poder, al menos podemos impedir que lo consoliden”. [6]
Luego, la actividad contrarrevolucionaria de Estados Unidos contra Cuba había comenzado antes del triunfo de la Revolución cubana, y entre 1959-1961 se caracterizó por el diseño y puesta en práctica de un conjunto de concepciones, medidas y acciones, entonces dirigidas a evitar a toda costa la consolidación de la toma del poder político por las fuerzas revolucionarias en Cuba.
Tales pretensiones políticas y acciones agresivas abarcaron un espectro tan amplio, que más de 60 años después prácticamente no hay nada nuevo que diseñar o poner en práctica para agredir a Cuba, que ya no haya sido puesto en práctica por la Administración de Eisenhower en esos años [7].
Es decir, la esencia de la matriz política que las Administraciones norteamericanas han continuado aplicando contra Cuba hasta hoy (excepto en las Administraciones de James Carter y Barak Obama) surgió con la Administración de Dwight E. Eisenhower [8].
La política de Kennedy
Hacia el comienzo de la Administración de J.F. Kennedy, se puso de manifiesto que con Cuba nada cambiaría. Durante la campaña, el nuevo presidente había calificado a los contrarrevolucionarios como “luchadores por la libertad”, pidiendo apoyo para ellos y asumiendo los planes de invasión heredados de Eisenhower.
La CIA, entonces, asumió un astuto juego para liderar los planes de invasión y enrolar a Kennedy lo más posible en ellos, tratando de que el presidente se viese finalmente obligado a lanzar a los marines contra Cuba.
El 3 de enero de 1961, el Gobierno norteamericano ya rompía relaciones con la Isla, lo cual era una aspiración también heredada de la Administración anterior.
Kennedy no solo siguió las acciones diseñadas por su antecesor, sino que también aportó el llamado “libro blanco”, donde se situaba a Cuba como un “satélite de la URSS”, como “revolución traicionada” y “peligro presente en el hemisferio”, continuando junto a ello la política de sabotajes, ataques piratas y planes de asesinatos contra los líderes de la Revolución. [9]
La invasión de Girón, en particular, a pesar del factor sorpresa, fue un rotundo fracaso para la Administración Kennedy, lo que le permitió al presidente comprobar que sus preocupaciones respecto a las instituciones de su Gobierno no eran infundadas y hasta qué punto había sido mal asesorado e incluso engañado por sus colaboradores más cercanos.
Girón (Bahía de Cochinos para los norteamericanos) fue una derrota de Estados Unidos en su confrontación con la Revolución cubana, un descalabro para el aparato institucional, en particular el de la defensa, agravado esto por la visión idílica que Kennedy tenía de la CIA. La estructura de poder vertical no funcionó, como tampoco funcionó la intención del presidente de que el Pentágono fiscalizara la preparación de la invasión, por haber sido esto siempre obstruido por la CIA.
Si el plan de la invasión de Girón había sido asumido por el presidente como una herencia, la derrota se convertía en una fuerte humillación personal, de la cual Kennedy sentía que debía desquitarse. [10]
Por tanto, la dirección cubana, como resultado del descalabro sufrido por Kennedy, estuvo siempre consciente después de que algo muy serio y en gran escala se preparaba contra Cuba; que los preparativos avanzaban y que las fechas de una posible invasión armada, apoyándose en el ejército norteamericano, coincidían con los días finales del mes de octubre de 1962. En esta ocasión, la sorpresa de Girón no funcionó, Cuba se preparaba para lo que sabía se avecinaba. Y la ex-Unión Soviética también. [11]
La llamada entonces Operación Mangosta, el plan subversivo más grande puesto en marcha contra Cuba después de Girón, funcionaba como un instrumento de ablandamiento, que debía preparar las condiciones para la operación en gran escala contra la Isla. [12]
Por tanto, consideramos que de no haber estado precedidos de esos peligros mortales que se cernían sobre Cuba, los cohetes nucleares de alcance medio nunca habrían emergido como una alternativa para la defensa de la Revolución. Ni aun con la aspiración de buscar el equilibrio estratégico, pues el precio a pagar por el peligro de los cohetes en Cuba solo era asimilable sobre la base de que ellos sirvieran para equilibrar el poderío nuclear estratégico del campo socialista con el de Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, para desempeñar un fuerte papel disuasivo-defensivo frente a las entonces claras y comprobadas intenciones de Estados Unidos de invadir a Cuba en gran escala. [13]
Lo que comúnmente es conocido como Crisis de los misiles no comenzó ni duró el tiempo que los cohetes permanecieron en Cuba (al decir de Robert Kennedy, 13 días), sino que se prolongó más allá y fue la consecuencia de la acumulación de todos los actos de agresión que Estados Unidos había desplegado contra Cuba.
Constituyó un error moral, ético y político-estratégico de la dirección soviética dejar a Cuba al margen de la negociación con Estados Unidos para la retirada de los cohetes. De no haberlo hecho así, ello habría servido a la URSS para fortalecer su posición frente a Estados Unidos.
Además de lograr quedar bien con su aliado estratégico, aunque fuera un país pequeño, tal y como correspondía a las relaciones entre Cuba y la URSS, y a la confianza que la dirección cubana había depositado en ella.
Como si fuera poco, habría sido posible vencer a Estados Unidos en la confrontación política producida por la crisis, [14] dado que, tanto política como moralmente, Cuba tenía pleno derecho a contar con las armas necesarias para su defensa, aunque se tratara de cohetes nucleares y estuviesen a 90 millas del territorio de Estados Unidos.
De haber prevalecido la concepción cubana, esgrimida desde el principio por Fidel Castro (tanto respecto a la instalación de los cohetes, de no hacerlo en secreto tratando de engañar a Kennedy, como sobre los términos y el momento en que debió negociarse su retirada por la URSS y Estados Unidos), la conclusión de la Crisis de Octubre hubiese servido de base para resultados de fondo en el desenvolvimiento ulterior de la confrontación Cuba-Estados Unidos, [15] evitando así, como ocurrió, que Kennedy sacara el mayor provecho moral político de esa confrontación, cuando, al haber sido históricamente el agresor de Cuba, no lo merecía.
Los indicios de las percepciones que se tenían sobre la conclusión y los acontecimientos políticos que llevaron a la Crisis de Octubre, no podemos definirlos en su totalidad. Sin embargo, todo parece indicar que J.F Kennedy era lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de que él no había sido el triunfador en esa crisis, sino que Kruschov era el que la había perdido.
Pensamos que en 1963 J.F. Kennedy fue lo suficientemente agudo como para percatarse, poco tiempo antes de ser asesinado, de que las experiencias de la confrontación con Cuba habían sido lo suficientemente aleccionadoras como para tratar de buscar un nuevo modo de entenderse con la Isla, aunque ello no fuera utilizado para variar su estrategia contra el vecino país.
Habían transcurrido casi cinco años de ardua, agresiva y peligrosa confrontación entre ambos países. Los ingentes esfuerzos de Eisenhower por derrocar a la Revolución desde la cuna, las bandas contrarrevolucionarias operando dentro de Cuba, particularmente en el Escambray, la invasión de Girón, la feroz campaña internacional, radial, televisiva y propagandística para desacreditar a Cuba y excluirla del hemisferio expulsándola  de la OEA, el feroz bloqueo económico, la Operación Mangosta y la Crisis de Octubre no habían sido suficientes. Casi todo había sido probado para destruir a la Revolución Cubana. ¿Qué más se podía hacer, sino tratar de explorar la posibilidad de convivir con un país socialista a 90 millas de las costas de Estados Unidos?
Al parecer, eso pensaba J.F. Kennedy cuando envió al periodista Jean Daniel a conversar con Fidel Castro. Entrevista que se estaba celebrando en Varadero precisamente el fatídico 26 de noviembre de 1963, cuando, como resultado de una conspiración, J.F. Kennedy era asesinado en Dallas.
¿Buscaba entonces Kennedy, realmente, un nuevo modo de entenderse con Cuba, aceptando la existencia de la Revolución cubana, o exploraba el modo de fraguar una nueva estrategia política, sin dejar de lado el objetivo esencial de derrocar la Revolución?
Sobre ese particular no tenemos una reflexión por parte de Fidel Castro, y ya el presidente Kennedy no lo podrá esclarecer. Tal vez la desclasificación de los documentos de su asesinato aporte algo en el futuro. Pero esa acción ya ha sido varias veces pospuesta, incluso recientemente por el actual presidente Joe Biden. La pregunta continua sin respuesta. [16]
No obstante, lo cierto es que el gesto de Kennedy quedó como un antecedente de lo que otra Administración demócrata, la de James Carter (1977-1981), retomaría más tarde.
Sin dudas, los años 1959-1963 dejaron un conjunto de acontecimientos que marcaron pautas insoslayables para el análisis de la confrontación entre Cuba y Estados Unidos. Pareciendo como si la muerte de Kennedy hubiese truncado la posibilidad de comenzar una etapa nueva, que finalmente, por razones obvias, no sabemos lo que pudo haber producido. [17]
Sintetizar lo que ocurrió después no puede entrar en el breve espacio del que disponemos para este ensayo. Sin embargo, cinco parámetros básicos o constantes históricas nos ayudaran a comprender, al menos de modo general, que fue lo que tuvo lugar. Estas constantes, a mi entender, son las siguientes:

La agresividad ha sido siempre la constante fundamental del conflicto entre ambos países.
Cada Administración norteamericana ha querido siempre imprimir su sello en la política hacia Cuba.
El foco de la política (interno o externo) ha sido un factor importante al momento de determinar el tipo de medidas e instrumentos utilizados dentro de la confrontación.
Siempre que Estados Unidos ha tenido algo de su interés en negociar con Cuba, se rompe el bloqueo ideológico y ambos van a la mesa de negociaciones.
Cuando la extrema derecha de la llamada comunidad cubana considera o percibe que se está produciendo algún acercamiento entre ambos países, actúa para eliminar toda posibilidad de mejoramiento en las relaciones.

Nos referiremos sintéticamente a algunas de estas constantes.
La agresividad de la política
En lo que a la agresividad se refiere, esta ha sido una constante, excepto dentro de la Administración de James Carter en general y de Barak Obama, en particular, aunque el resto de las Administraciones no ha logrado superar la agresividad desplegada por las de Eisenhower y J.F.Kennedy. [18]
Incluso, con posterioridad a los años sesenta, el factor militar ha estado como espada de Damocles pendiente sobre Cuba, pero no se ha concretado en una invasión, aunque los más criminales sabotajes contra bienes y personas han sido contenidos permanentes de la agresividad desplegada, para confirmar que el compromiso de Kennedy de no invadir a Cuba no ha significado que esta no haya sido constantemente agredida por Estados Unidos y sus lacayos.
Si cada Administración ha tratado siempre de imprimir su sello en la política hacia Cuba, casi todas han mantenido la agresividad como factor permanente de ese sello.
Dentro de esa constante, la importancia de la Administración Carter es que resultó un precedente importante para cualquier perspectiva de negociación del conflicto entre Cuba y Estados Unidos.
Durante la Administración Reagan también, paradójicamente, a pesar de su agresividad, se negociaron dos de los asuntos más importantes: migración y el conflicto en África austral.
Pero Reagan, en particular, no fue más allá de los aspectos puntuales de su interés según el momento, incluso tomándose entonces el trabajo de aclarar que tales negociaciones no representaban cambios en las relaciones entre ambos países. [19]
Sin embargo, el periodo de Carter, más allá de los aspectos negociados, fue un punto de inflexión en el conflicto. Se negociaron asuntos particulares, pero, a diferencia del periodo de Reagan, también se trabajó por mejorar el contexto político y en particular de confianza dentro del cual se negociaba. [20]
La experiencia de las negociaciones entre los dos países evidenciaba que se puede llegar a ciertos acuerdos en asuntos puntuales, pero si el contexto político que rodea esas negociaciones es negativo y no es superado, los acuerdos finalmente se afectan. Razón por la cual solo sobrevivió hasta hoy, de los acuerdos de 1977, el establecimiento de las Oficinas de Intereses, firmado el 1 de mayo de 1977 y puesto en práctica el 1 de septiembre del mismo año.
Sin dudas, en 1977, durante la Administración Carter, se tenía una comprensión bastante precisa de cómo podrían arreglarse las cosas entre los dos países. [21] Junto a la negociación de asuntos puntuales de la agenda: aguas territoriales, pesca y otros, se daban también pasos moderados y recíprocos, cuya importancia consideramos era la creación de un clima de confianza y distensión mutua.
La Administración Carter representó la excepción, al desplegar una política dirigida a cambiar el curso, aunque no la estrategia, de las relaciones entre ambos países. Las conversaciones celebradas entre ambos Gobiernos durante su mandato, de los años 1977 a 1980, evidenciaron el interés de ambas partes por encontrar puntos de coincidencia, mientras se realizaban negociaciones puntuales sobre todo aquello en lo que se podía avanzar. [22]
Pero, aunque esa Administración fue un punto de inflexión en las relaciones entre ambos países, los condicionamientos que trataba de imponer Estados Unidos, relativos a la actividad internacional de Cuba, finalmente dieron al traste con la posibilidad de continuar avanzando en un mejoramiento de las relaciones. [23]. Estados Unidos insistía en alterar el curso de la política exterior cubana, en especial, la actitud de Cuba ante el movimiento revolucionario en Centroamérica y sus relaciones con la URSS.
Hasta ahora, esa fue la única Administración norteamericana durante la cual hubiese sido posible mejorar las relaciones entre ambos países. Pero esa posibilidad quedó frustrada. Z. Brzezinsky la frustró y el presidente Carter, junto a Cyrus Vance, se dejó llevar. [24]
El foco de la política
Si observamos sintéticamente hacia dónde ha mirado la política norteamericana sobre Cuba a lo largo de estos casi más de 60 años de confrontación entre ambos países, nos podemos percatar de que el foco de esa política ha variado en diferentes periodos históricos.
Durante todo el periodo colonial, la actividad de Estados Unidos se concentró en dos aspectos fundamentales:

Evitar a toda costa que Cuba pudiera pasar a otras manos. Debía mantenerse bajo el control de España, hasta pasar a ser poseída por Estados Unidos.
Acosar a España para que le vendiera la Isla a Estados Unidos o le concediera la autonomía.

De 1953 a 1959, Estados Unidos se concentró en la dinámica interna de la sociedad cubana.
Hasta diciembre de 1958, mientras más avanzaba la lucha de las fuerzas revolucionarias contra la dictadura de Fulgencio Batista, haciendo evidente su triunfo, la Administración Eisenhower incrementaba el apoyo a la dictadura batistiana.
Cuba, entonces, no representaba, desde el punto de vista de su política exterior, ningún interés para la Administración de turno. Podemos percatarnos que tal política se desplegó en dos periodos fundamentales:

Un primer periodo dentro del cual se trató de penetrar el movimiento revolucionario con agentes de la CIA, que mantuvieran al tanto a la Administración norteamericana de lo que estaba sucediendo, mientras apoyaba a la dictadura.
Un segundo periodo en el que, habiéndose percatado de que Batista no podría resistir el empuje de las fuerzas revolucionarias, la Administración se concentró en la búsqueda de una “alternativa plausible”, que le permitiera sustituir a Batista por una junta cívico-militar, dar un golpe de Estado o realizar una invasión militar. [25]

De 1959 a 1965, periodo de las Administraciones de Eisenhower, (1953-1961), John F. Kennedy (1961-1963) y el primer periodo de Lindon B. Johnson (1963-1969), se concentraron en la situación interna de Cuba.
Particularmente, Eisenhower lo hizo bajo el principio básico de que “…Si no les había sido posible frustrar la toma del poder por parte de las fuerzas revolucionaria, al menos impedirían que esas fuerzas se consolidaran en el poder…”, para lo cual esa Administración se concentró en desplegar todas las acciones imaginables para lograr sus objetivos. [26]
Dentro de ese periodo, y ya bajo la Administración de J.F. Kennedy, se continuaron profundizando las acciones internas, la ejecución de la invasión de Girón, el Plan Mangosta, las bandas contrarrevolucionarias, junto a la Crisis de Octubre, que fue el resultado del interés y despliegue de todas las acciones dirigidas a derrotar o invadir a Cuba en gran escala.
Tales acciones contrarrevolucionarias internas se prolongaron con posterioridad al asesinato de Kennedy, hasta la derrota de la contrarrevolución interna, en 1965.
El foco de la política norteamericana hacia la dinámica interna cubana se comportaba como una cuestión de prioridad, lo cual no quiere decir que no se prestara atención por parte de Estados Unidos al impacto externo que la Revolución cubana podía tener, especialmente en América Latina. Razón por la cual, por medio del llamado Libro Blanco, particularmente, fue desplegada una ardua y agresiva campaña, dirigida a proclamar a Cuba como incompatible con el sistema interamericano y expulsarla de la OEA en 1962.
Sin embargo, todo ello actuaba como un complemento de la agresividad, pues lo fundamental, el carácter agresivo de esa política, estaba en la actividad contrarrevolucionaria armada interna, cuyo objetivo fundamental era aplastar sangrientamente el régimen revolucionario de Cuba.
De 1965-1986. Durante estos años, que abarcan desde la parte final de la Administración de Lyndon Johnson (1963-1969) hasta el comienzo de los dos últimos años de la Administración de Ronald Reagan (1981-1988), es decir, hasta 1986, el activismo revolucionario externo de la Revolución cubana determinó que la política norteamericana, sin dejar de prestar atención a los asuntos internos de Cuba, se concentrara fundamentalmente en su presencia internacional.
Las Administraciones de Nixon (1969-1974), Ford (1974-1977) y Carter (1977-1981) fueron particularmente agresivas en cuanto a seguir muy de cerca el activismo internacional de Cuba, prestando mayor atención a este foco externo de la política, aunque Carter combinó esa agresividad con la búsqueda de un entendimiento con Cuba.
La participación del Che en Bolivia y la de Cuba en África, esta última reforzada a partir de 1975; la ayuda cubana a los movimientos revolucionarios en Centroamérica y su activismo en el Movimiento de los Países no Alineados y el Grupo de los 77, determinaron que el foco de la política en esos años se concentrara en la presencia internacional de Cuba. La Isla, a partir del comienzo de los años setenta, avanzaba, incluso económicamente, y su situación interna no tenía atractivos particulares para tratar de desestabilizarla desde adentro.
Comenzaron así los condicionamientos que se le exigían a Cuba para tener buenas relaciones con Estados Unidos, consistentes en:

Romper sus conexiones con la URSS. [27]
Dejar de ayudar a los movimientos revolucionarios en general y en Centroamérica en particular.
Retirar sus tropas de África.

Por supuesto, tales condicionamientos representaban también una aceptación tácita de que la Revolución cubana se comportaba como un proceso que presentaba un alto nivel de consolidación en lo interno, por lo que se consideraba que los esfuerzos fundamentales para derrocarla habría que realizarlos en el plano de su accionar internacional.
Tales condicionamientos de la política han perseguido siempre a Cuba en sus relaciones con Estados Unidos, aunque fueron particularmente agudos a partir de la segunda etapa de la participación de Cuba en África, coincidentemente con el conflicto en Centroamérica y el liderazgo cubano en el Movimiento de Países No Alineados y el fortalecimiento de la colaboración con la Unión Soviética. [28]
De 1986 al 2008. El comienzo de la segunda mitad de los años ochenta marcó un periodo nuevo en la confrontación entre Cuba y Estados Unidos. [29]
Acontecimientos tales como:

El paulatino proceso de derrumbe del campo socialista y la caída de la URSS en 1991 y el resto de los países socialistas.
La crisis económica cubana, que, comenzando oficialmente en 1989, ya había venido avanzando desde 1987, a partir de las dificultades que se manifestaban en el intercambio económico externo de la Isla, especialmente con el campo socialista y la URSS en particular.
Las causas 1 y 2 por corrupción y narcotráfico, que estallaron en medio de la crisis económica de 1989, en lo que se conoció como el Verano Caliente.
Las múltiples dificultades socioeconómicas internas que afectaron seriamente el nivel de vida de la población cubana.

La combinación entre las llamadas causas 1 y 2, y la situación provocada por la crisis económica interna, en particular, producían una valoración en las esferas de la política de Estados Unidos hacia Cuba, bajo una percepción que no daba oportunidad alguna de que la Isla lograría sobrevivir tal situación.
Se consideraba en las esferas políticas de la Administración (concluía su mandato Ronald Reagan y comenzaba George Bush padre) que en Cuba había dos crisis internas que se retroalimentaban mutuamente: una crisis económica considerada como irreversible y otra crisis en la esfera política, que tocaba a los más altos niveles del poder, lo que la Administración de George Bush hijo pretendió exacerbar con su campana de que la más alta dirección del país estaba metida en el narcotráfico.
A partir de entonces, se concebía que el momento por el que Cuba atravesaba era el más idóneo de los últimos 30 años para producir el derrocamiento de la Revolución.
Entonces, la negativa dinámica interna de la sociedad cubana comenzó a ser el pivote sobre el cual comenzaron a girar casi todas las acciones de la política norteamericana, apoyándose esta en las medidas siguientes:

Reducir a su mínima expresión la posibilidad de que Cuba hallara nuevos socios y mercados en el entorno internacional, impidiendo a toda costa su reinserción económica internacional.
Aprobar la llamada Ley Torricelli, en 1992, que, al mismo tiempo que eliminaba el comercio de Cuba con filiales de empresas norteamericanas en terceros países, logrado durante los años ochenta, proveía los pasos, mecanismos e instrumentos para hacer avanzar la llamada “subversión pacífica interna”. [30]
Se desataba una feroz campaña dirigida a demostrar que las más altas autoridades cubanas estaban enroladas en el narcotráfico, tratando de demeritar totalmente las fuertes medidas tomadas por el Gobierno y el liderazgo político de la Revolución. [31]
Ajustar la política norteamericana a la situación de emergencia que significaba el potencial derrumbe de la Revolución cubana, fenómeno que debía producirse bajo el modelo de la Rumania de Ceacescu. [32]
Mientras que la Ley Torricelli llegó en 1992 para frustrar el comercio internacional de Cuba, el paquete legislativo de la llamada Ley Helms Burton tenía como objetivo esencial frenar toda posibilidad de que Cuba articulase e hiciera avanzar las relaciones con el capital extranjero. [33]

Al mismo tiempo, se adoptaban las medidas necesarias para revitalizar la llamada “subversión pacífica interna”. Los temas de derechos humanos, democracia y economía de mercado tomaban un papel central en las exigencias que se hacían y aún se hacen a Cuba. 

Con el advenimiento de la Administración de George Bush hijo y el derribo de las Torres Gemelas del World Trade Center, Cuba pasaba a formar parte del grupo de los 60 “rincones oscuros del mundo”, acusada de participar en el terrorismo y, por tanto, objeto de la más agresiva estrategia desatada por la política norteamericana, que solo recuerda la agresión a Vietnam o la Crisis de Octubre.
En el 2004, la denominada Comisión Powell producía el Informe que orientaba cómo debía producirse la transición de la Isla, viéndose este posteriormente reforzado por la intervención de Condoleezza Rice. Otros intentos ya se habían hecho. Pero estos documentos contaban con un denominado anexo secreto y con la intención de acelerar el llamado proceso de la transición de Cuba hacia el pluripartidismo, la democracia liberal y la economía de mercado, bajo una estrategia de cambio de régimen. [34]

A partir de entonces, se ha adueñado y fortalecido dentro de la política norteamericana una percepción que pone los asuntos de la dinámica interna de la sociedad cubana en el centro de las acciones, mecanismos e instrumentos para derrocar la Revolución. Existe entonces un inventario de asuntos, tal vez cambiantes hacia el futuro, sin los cuales el conflicto entre Cuba y Estados Unidos se nos haría hoy incomprensible.
Tales asuntos son, a nuestro entender, los siguientes:

El papel determinante que la dinámica interna de la sociedad cubana se observa continuará protagonizando en la política de Estados Unidos contra Cuba.
La insistencia de Estados Unidos por perseguir la proyección externa de la política cubana, dondequiera y de cualquier signo con que esta sea desplegada por el liderazgo político de la Isla, junto a la continua actividad de Estados Unidos por desprestigiar a la Revolución cubana. [35] [36]
La actividad encaminada a la eliminación física del máximo líder de la Revolución cubana.
El trabajo de los formuladores de política hacia Cuba, dentro de las Administraciones norteamericanas, por mantener a nivel de instrumentos, de todos los dispositivos e instituciones, una matriz agresiva única, de política para subvertir a Cuba, promovida también a nivel internacional en correspondencia con el proceso de internacionalización del conflicto entre ambos países.
El permanente accionar para endurecer la política de bloqueo contra Cuba por medio de la persecución de los viajes y las sanciones y multas financieras, así como los obstáculos a las inversiones y a las relaciones comerciales. Es cierto que la Helms-Burton quitó al presidente la potestad de manejar la política de bloqueo, trasladándola al Congreso, pero la Administración puede tomar medidas punitivas, como el endurecimiento de las condiciones del comercio, la restricción a las remesas y los viajes en ambas direcciones.
La continua alianza entre las Administraciones norteamericanas y los sectores de la derecha cubanoamericana por hacer del Congreso de Estados Unidos un instrumento de permanente legislación contra Cuba.
El permanente interés por profundizar el carácter transnacional de la agresividad económica contra Cuba.
El accionar de las Administraciones norteamericanas por mantener y fortalecer a los sectores de extrema derecha de la llamada comunidad cubana en Estados Unidos, brindándoles las facilidades que les permitan agredir a la Revolución cubana, tanto dentro de los Estados Unidos como en el extranjero, conectándolos con la llamada disidencia interna en Cuba.
Mantener una permanente actividad de propaganda contra la Revolución cubana, principalmente desde los dispositivos de las mal llamadas Radio y TV Martí.
Estados Unidos se esfuerza continuamente por mantener una coordinación ideológica y política con sus aliados, especialmente los europeos, que, más allá de las discrepancias respecto a la política hacia Cuba existentes en el campo económico, los mantenga articulados a una estrategia política para subvertir la Isla, reforzando este mecanismo con la articulación de una política contra Cuba, dentro de la cual un grupo de expaíses socialistas que, liderados ahora por los checos y otros desde el Parlamento Europeo, mantengan una perenne labor de hostigamiento contra Cuba a nivel internacional. [37]

La Revolución cubana lucha y tendrá que continuar luchando contra todos los escenarios anteriormente esbozados, tomando en consideración, además, que Estados Unidos se ha propuesto restaurar su ya afectada hegemonía y, sobre todo, recuperar los espacios perdidos en su histórico traspatio, y que Cuba ocupa un lugar destacado dentro de esa estrategia agresiva.
Algo han cambiado las cosas desde que comenzó este conflicto, pero la agresividad continúa, aunque la maquinaria no haya logrado funcionar como Estados Unidos la diseñó. Cuba se ha defendido.
Estados Unidos diseñó una política contra Cuba para un mundo en que, si cambiaba, a Cuba no le daría tiempo a sobrevivir para verlo. Pero resulta que hoy es Estados Unidos el que está bastante aislado con su política hacia la Isla, lo que se manifiesta en las resoluciones contra el bloqueo en Naciones Unidas. Cuba, por su parte, avanza, incrementando su capacidad de defenderse de manera integral. [38]
No obstante, hoy la permanente tozudez de Estados Unidos por armarse, mantener la llamada guerra contra el terrorismo y haber activado recientemente la Cuarta Flota para que se pasee por los mares del hemisferio, son el síntoma más evidente de las intenciones de la extrema derecha norteamericana hacia el futuro inmediato.
Esperamos que los desafíos que Estados Unidos tiene ante sí, que son muchos y disímiles, le hagan reflexionar acerca de la necesidad de rectificar o al menos moderar el rumbo.
Al ganar la presidencia en el 2008 el candidato demócrata Barak Obama, se abrió una nueva incógnita acerca de cómo este podría manejar la política hacia Cuba. [39]
Pero Obama no fue el peor momento para Cuba, como ya hemos explicado. Cuando esa Administración dejó la presidencia, entró Donald Trump, con una agresividad particular que aún sufrimos y que la llevó a planos estelares, produciendo la aceleración de la aplicación de la política de bloqueo, con 243 medidas contra Cuba, tomadas en tiempo récord dentro de su Administración. De tal modo, que las remesas, que casi nunca había sido tocadas, fueron eliminadas, y la aplicación del Título III de la Ley Helms-Burton, que nunca había sido aplicado, comenzó a funcionar, por lo que la herencia dejada a Biden parecía increíble de mantenerse.
Biden, que había compartido la política de Obama hacia Cuba, engañó a todos con su promesa de campaña de que mantendría la política hacia Cuba de la Administración de la cual había sido vicepresidente.
Haciendo caso omiso de una política que entonces ya consideraba como fracasada, Biden no solo retorna a la agresividad de los peores años de las relaciones entre ambos países, sino que de modo casi inmediato se comporta peor que Trump, habiendo escogido para ello el peor momento de Estados Unidos, tanto desde el punto de vista interno como externo.
La situación de Cuba es actualmente en extremo difícil, dado que la Isla, además, transita por una coyuntura  económica muy compleja, en la que el bloqueo la atenaza más que nunca y que Biden aprovecha para trata de darle nuevos aires a la contrarrevolución interna.
Sin embargo, no tiene Biden la mejor situación para tirarse de nuevo contra Cuba, que lucha denodadamente para levantar su economía, paulatinamente supera la pandemia y disfruta de un nivel de solidaridad internacional, incluso interna en los propios Estados Unidos, como nunca antes.
Por lo que Biden sufre las críticas por su política hacia Cuba, especialmente entro de su propio país, y Cuba se defiende, avanzando en la superación de sus dificultades. Mientras que el Estados Unidos de Biden cada día se hunde más en las incapacidades para solucionar su crítica situación interna y sufre los descalabros de su fallida política exterior, en la que su reciente retirada de Afganistán le ha dado un dolor de cabeza espectacular.
Aquejado además de incapacidades físicas y mentales, Biden no logra estabilizar al país económica, política ni socialmente. Arrastra las contradicciones con los aliados heredadas de Trump, al mismo tiempo que se le achica el espacio en su histórico traspatio.
No se trata de jugarle a las esperanzas, sino de que realmente Biden parece estar repitiendo la misma historia con Cuba.
Notas: 
[1] Se conoce que desde los años del comienzo de Estados Unidos como nación, cuando aún eran solo 13 colonias en la costa este, ya se producían incursiones que trataban de ocupar territorio en la Isla.[2] Tal vez con la excepción de Abraham Lincoln, sobre el cual, se desconoce que personalmente haya sostenido tal actitud respecto a Cuba.[3] Se conoce de los esfuerzos del Libertador Simón Bolívar, al calor del Congreso de 1826 por enrolar a Cuba en los procesos de la Independencia Latinoamericana.[4] El 19 de abril de 1898; pero en ella, mientras se consignaba la entrada de las tropas norteamericanas, sin embargo, no decían cuando se irían. Lo cual la convirtió en un instrumento de manipulación casi perfecto.[5] Para ampliar sobre este aspecto, ver: Carlos Alzugaray, “Crónica de un Fracaso Imperial “, Editorial Ciencias Sociales, 2000, pp.47-69.[6] Eisenhower se caracterizó siempre por el aquello de “Gatica María Ramos”, la que tira la piedra y esconde la mano”. Siempre interesado en tener la posibilidad de desmentir si se le acusaba de algo.  De él se conoce el término de las llamadas “razones plausibles”.[7] Para ampliar ver: Esteban Morales, Revista Cuba Socialista No. 25, 2002, pp.4-6.La invasión por Playa Girón, fue diseñada por la Administración de Eisenhower; Kennedy la recibió como herencia.[8] En el breve espacio de que disponemos, solo podremos caracterizar a muy grandes rasgos tal continuidad de política, según las Administraciones, sintetizando los aspectos más relevantes.[9] Para ampliar, ver Esteban Morales, Cuba Socialista No. 25, pp. 9-10.[10] Para ampliar, ver Esteban Morales, Cuba Socialista No. 25, pp. 12-13-[11] Para ampliar sobre esto ver: Esteban Morales “Crisis de los Misiles o Crisis de Octubre”. Revista Contracorriente No. 20, 2004.[12] Para ampliar, ver Esteban Morales, Cuba Socialista No. 25, pp. 15-20[13] Para ampliar, ver Esteban Morales, Cuba Socialista No. 25, pp. 24-26[14] Para ampliar Ver: Esteban Morales: ¿Crisis de los Misiles o crisis de octubre? Revista Contracorriente No. 20, La Habana, Cuba, 2004, pp.20-24[15] Para ampliar Ver: Esteban Morales, “Crisis de los Misiles o Crisis de Octubre “, Revista Contracorriente No. 20, 2004, La Habana, Cuba, pp.20-22.[16] Fidel Castro ha hablado sobre este asunto .Incluso tuve la oportunidad de participar junto a Senador George MacGover, y los profesores Fred Holbord y Richard Wallace en una conversación en 1985, en la que el jefe de la revolución se refirió a la Crisis de octubre, a insistencias de sus interlocutores, pero no dijo nada al respecto. Fidel Castro siempre ha tratado con mucho respecto a J.F.Kennedy. Para ampliar ver: Ignacio Ramonet. “Cien Horas con Fidel “. Tercera Edición. Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2006, pp.307-329.[17] Cualquier análisis del Conflicto Cuba- Estados Unidos se hace incomprensible sino se va a eso tumultuoso e iniciales años.[18] Tal parece que George Bush –hijo quisiera superar los límites, pero el contexto actual los impone y resulta más ruido que nueces.[19] Se trata solo de asuntos puntuales, que no representaron nada para el mejoramiento de las relaciones entre ambos países, las que eran particularmente tensas entonces. Ese fue un momento en que se percibió como cercana la posibilidad de una invasión a Cuba.[20] No obstante desde 1977 Fidel Castro tenía la preocupación de que las realidades políticas de Estados Unidos, a pesar de la actitud de Carter, impedirían normalizar las relaciones entre ambos países.[21] Ver: Memorando, Robert Pastor, a Zbigniew Brezesisnky, Consejo de Seguridad Nacional, 8 de marzo de 1977, Washington DC.[22] Cuba y Estados Unidos negociaron hasta el mismo año de 1980.Ver: Conversaciones, entre Petter Tarnoff  y Fidel Castro, 16 y 17 de enero de 1980.Dpto. de Estado Washington DC.[23] Ver: Memo, Brezezinsky al Presidente Carter, Titulado: La URSS y Etiopia…31 de marzo de 1978, Anexo Clave, Washington D.[24] Ver: Memo, 19 de marzo de 1977.Washington DC.[25] Desde siempre Estados Unidos le “sacó las castañas del fuego “a las élites políticas en Cuba, de aquí la confianza que siempre tuvieron de que en Cuba no podría ocurrir nada, que cuestionara el poder de Estados Unidos de mediar siempre de una manera exitosa.[26] Ver. Cuba Socialista, No. 25, pp. 3-6[27] Esta exigencia era una falacia basaba en la apreciación de que Cuba era un satélite de la URSS, usándola para desacreditar a Cuba. Sin embargo, ellos sabían que Cuba tenía una política exterior propia. Ver: Nota Confidencial. Memorando de Análisis Presidencial, NSC-6, 23 de mayo de 1978, firmado por Zbiniew Brezesinsky, punto 5.[28] A Estados Unidos le preocupaba especialmente la colaboración militar entre Cuba y la URSS en África.[29] Para ampliar ver: Revista Economía y Desarrollo 34, La Habana, Cuba 1996, pp. 91-111.[30] El comercio de Cuba con las filiales no representaba más de un 15 %, pero se trataba de productos que llegaban tarde, o no era posible obtenerlos en el mercado socialista. Se dice que la llamada Ley Torricelli encerraba el eclecticismo, de que al mismo tiempo que eliminaba el comercio, inducía medidas de acercamiento que permitieran desplegar el llamado Carril II.[31] Las fuertes medidas adoptadas por Cuba contra ante el fenómeno del narcotráfico, con el fusilamiento de altos oficiales de las FAR y del MININT eran demeritadas; Se acusaba a los líderes de la revolución de estar enrolados en el delito y se desataba una fuerte campaña dirigida a desacreditar a Cuba.[32] El derrumbe debía sobrevenir y se llenaron los hoteles de periodistas que lo esperaban. Rumania era el modelo que se avizoraba; el periodista norteamericano-argentino, Andrés Openhaimer, publicaba entonces, “La Hora final de Castro “.[33] Pero la llamada Helms-Burton llegaba más bajo el síndrome del temor de que en 1996 ya la economía cubana había salido de la crisis económica, comenzaban a llegar las inversiones extranjeras y había que frenar a toda costa el proceso de reinserción económica de Cuba .De aquí que las amenazas contenidas en el capítulo del Trafico, para sancionar a los potenciales inversionistas y la amenaza de negar las visas a los empresarios extranjeros que negociaran con Cuba, formaban el contenido esencial de esta ley, especialmente promovida por la derecha cubano-americana y alentada su firma, dentro de la Administración Clinton, a partir de la provocación que trajo como consecuencia el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate el 24 de febrero de 1996.[34] Con tales medidas, la agresividad de la política norteamericana hacia Cuba ha retornaba a los peores momentos que es posible recordar y la Isla volvía a estar amenazada de sufrir una agresión militar por parte de Estados Unidos.[35] A diferencia de lo que ocurrió en otras Administraciones, la actual de George Bush hijo, no permite la más mínima disidencia respecto a la política hacia Cuba, habiendo logrando crear un dispositivo dentro del cual todos actúan en la misma dirección contra la Isla.[36] La política norteamericana no ve con buenos ojos la labor humanitaria de Cuba en el mundo, comportándose ante ella, prácticamente, como algo amenazante para la hegemonía de Estados Unidos. De aquí los múltiples obstáculos que pone para que Cuba pueda desplegar esa labor.[37] Los aliados de Estados Unidos, no lo siguen en la política de no tener relaciones economizas con Cuba. Esos son los casos particulares de Canadá, Inglaterra y otros, pero si comparten la estrategia norteamericana de hostigar a Cuba para hacerla cumplir los condicionamientos en terminas de derechos humanos, pluripartidismo y las llamadas elecciones libres.[38] Los procesos que tiene lugar en América Latina han venido en auxilio de Cuba, que ya no está sola. Estados Unidos tiene que emplear sus fuerzas en muchas direcciones, ya no las puede concentrar todas en Cuba.[39] Ver del Autor, Dossier La Jiribilla, diciembre del 2008.
(Tomado del Blog del autor)

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Rodríguez Parrilla: Cumbre de las Américas ignorará problemas de salud en la región

Ministro de Relaciones Exteriores de la República de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla. Foto: Abel Rojas /Juventud RebeldeEl canciller de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla, descartó este sábado que la próxima Cumbre de las Américas en Estados Unidos trate problemas de salud que afectan a las grandes mayorías en el continente.
A través de su cuenta en Twitter, el titular de Relaciones Exteriores aseguró que la cita prevista para junio en Los Ángeles no abordará la falta de servicios en este sentido de millones de habitantes del hemisferio, la carencia de medicamentos o la debilidad de los sistemas de salud pública.

Se sabe ya que la cita convocada por EEUU en Los Ángeles no tratará problemas como la falta de servicios de salud de millones de habitantes del hemisferio, la carencia de medicamentos o la debilidad de los sistemas de salud pública, temas de interés para las grandes mayorías.
— Bruno Rodríguez P (@BrunoRguezP) May 14, 2022

Recientemente Rodríguez denunció la exclusión de la isla de los preparativos de la Cumbre de las Américas y la negociación de un documento sobre salud que ignora la realidad latinoamericana.
El canciller calificó de opaca, con elementos neoliberales y de muchas carencias las negociaciones en torno a un plan de resiliencia de las Américas.
Según el titular, esas negociaciones se sostienen de manera oscura con la exclusión de Cuba y de otros estados miembros de la Organización Panamericana de la Salud.
En una declaración a la prensa, añadió que tales tratativas evaden la cooperación sustancial y financiamientos fundamentales para enfrentar las secuelas de la COVID-19.
Una Cumbre de las Américas excluyente amenaza con descarrilarse y eliminaría la mejor oportunidad para Estados Unidos de desplegar una política integral para el hemisferio occidental, estimaron expertos.
Gobiernos de la región han mostrado su inconformidad por la decisión de Washington de excluir a Cuba, Nicaragua y Venezuela de los preparativos de la cita.
Vea, además
IX Cumbre de las Américas: Otra cumbre de exclusiones, ¿a qué le temen?

(Con información de Prensa Latina)

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Canciller cubano denuncia exclusión de Cuba de Cumbre de las Américas

El canciller de Cuba, Bruno Rodríguez. Foto: CubaMinrexEl ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez Parrilla, denunció este viernes en Twitter que al excluir a Cuba de la Cumbre de las Américas, Washington elimina la posibilidad de discusión sobre temas importantes en la relación bilateral y regional, como el migratorio.
Rodríguez Parrilla calificó de limitado y excluyente el evento a celebrarse en Los Ángeles, y subrayó que el Gobierno de Estados Unidos se somete a presiones de sectores extremos.

El gobierno de Estados Unidos, sometido a presiones de sectores extremos, convoca a una Cumbre limitada y excluyente en Los Ángeles. Excluye a #Cuba de discusiones sobre temas que, como el migratorio, ocupan un lugar importante en la relación bilateral y regional.
— Bruno Rodríguez P (@BrunoRguezP) May 13, 2022

Estados Unidos, anfitrión de la IX Cumbre de las Américas, decidió negar a Cuba, Venezuela y Nicaragua la participación en la reunión, que debe celebrarse entre el 8 y 10 de junio.
Las temáticas a tratar en el foro incluyen la salud, la migración y la democracia y los derechos humanos.
En recientes declaraciones a la prensa nacional y extranjera, el jefe de la diplomacia cubana resaltó que en el ámbito de la salud, en estos momentos se negocia de manera opaca un llamado plan de acción en salud y de resiliencia de las Américas hasta el 2030, el cual no se corresponde con las verdaderas necesidades de los pueblos.
Mientras, Cuba, de manera modesta, pero altruista y persistente, ha brindado su cooperación en materia de salud, reconocida a escala mundial. Son cubanas las brigadas que han atendido emergencias sanitarias, epidemias y desastres naturales en más de 50 países, así como las vacunas contra la COVID-19, subrayó.
Sobre la migración, Rodríguez Parrilla dijo que se negocia también a espaldas de la opinión pública una carta de entendimiento sobre gestión migratoria y protección de migrantes, que pretende reprimir la migración y obligar a Estados latinoamericanos a absorber los migrantes que Estados Unidos rechace.
Agregó que respecto a Cuba, la conducta de Estados Unidos ha sido cortar los canales de migración regulares y seguros, restringir los vuelos y limitar los viajes de los cubanos, pues incumple con su obligación legal de otorgar un mínimo de 20 000 visas anuales y obliga a los ciudadanos cubanos a viajar hasta Guyana para esos trámites.
Señaló que un tercer eje a tratar en la Cumbre es el de democracia y derechos humanos. Estados Unidos pretende erigirse como modelo de defensa de estos temas en la región, incluso cuando el bloqueo económico, comercial y financiero a Cuba resulta una violación masiva de los derechos humanos.
Ante la negativa de Washington de invitar a Cuba, Venezuela y Nicaragua, varios representantes de Gobiernos de la región han anunciado su no participación si se mantiene la decisión.
Es el caso de Andrés Manuel López Obrador, de México; Xiomara Castro, de Honduras, y Luis Arce, de Bolivia, además de la Comunidad del Caribe (Caricom).
(Con información de la ACN)
Vea además:
Canciller de Cuba: La exclusión de Cuba de la Cumbre de las Américas sería un retroceso en la historia (+ Video)

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IX Cumbre de las Américas: Otra cumbre de exclusiones, ¿a qué le temen?

Estados Unidos decidió excluir a Cuba, Venezuela y Nicaragua de la IX Cumbre de las Américas, prevista para los días 8 al 10 de junio próximo en la ciudad de Los Ángeles bajo el lema “Construyendo un futuro sustentable, resistente y equitativo”.Según el anuncio del Departamento de Estado norteamericano, el objetivo del evento sería promover el combate a la pandemia de COVID-19 y la recuperación “verde” de las economías, un manejo “integral” del fenómeno migratorio y la búsqueda de “un consenso hemisférico” respecto a los desafíos de la democracia como forma de gobierno en la región.
Siguiendo la narrativa de Washington, Cuba, Venezuela y Nicargua no tendrían entonces nada que opinar sobre salud, economía, migraciones y democracia, aun cuando son tópicos medulares para todos los países del hemisferio.
Quizás lo que realmente sucede es que a Washington no le interesa escuchar lo que esos tres países digan al respecto, sencillamente porque sabe que el discurso de los llamados “Gobiernos molestos” no seguirá el guion diseñado por la actual Administración estadounidense para la región.
El canciller Bruno Rodríguez Parrilla ya había denunciado la exclusión de La Habana por Washington de los preparativos del foro y la presión ejercida sobre Gobiernos vecinos que se oponen a esa postura.
El jefe de la diplomacia cubana aseguró que evitar la presencia de Cuba en esa reunión sería un grave retroceso histórico e iría en detrimento de los objetivos de concertación.
La intención de excluir a La Habana de la cumbre obedecería a una maniobra políticamente motivada, como parte del doble rasero vinculado a la situación interna y electoral de Estados Unidos.
En reciente entrevista con el diario norteamericano The Hill, el viceministro de Relaciones Exteriores Carlos Fernández de Cossío señaló que el Gobierno estadounidense, como anfitrión de la cita, se siente con el privilegio de invitar solamente a quien quiere y aún así llamar al evento Cumbre de las Américas.
Agregó que, en realidad, la Casa Blanca pretende hacer una cumbre de amigos que sean capaces de escuchar lo que dice EE.UU., aceptar la agenda estadounidense y replicar lo que dice EE.UU.
El vicecanciller cubano exhortó a Washington a no temer a dialogar, aun cuando el tema pueda parecer conflictivo o cuando otros puedan tener nociones o visiones diferentes a las suyas.
Pero, como decíamos antes, Washington sabe que lo que Cuba, Venezuela y Nicaragua tienen que decir no será de su agrado.

Las cumbres de las Américas se celebran cada tres o cuatro años desde su edición fundacional en Miami, en 1994. Esta será la primera vez que EE.UU. la organiza desde entonces.
La IX Cumbre debió desarrollarse en 2021 y se pospuso, según los estadounidenses, debido a la pandemia (debates no consensuados sobre si se realizaría en formato presencial o virtual).
No obstante, puede que su retraso se debiera a asuntos de índole política, como la evidente crisis interna en el seno del ejecutivo estadounidense, relacionada con cuestiones electorales, y la celebración de las elecciones presidenciales en algunos países latinoamericanos.
De acuerdo con el investigador del Centro de Política Internacional y máster en Historia Contemporánea y Relaciones Internacionales Elio Emilio Perera Pena, el contexto en el que se desarrollará la cumbre es complejo.
“La pandemia continúa azotando al mundo, con efectos no solo sanitarios sino también socioeconómicos.
“EE.UU. ve amenazado su imperialismo unipolar mientras otros bloques de poder se han abierto paso, y de manera acelerada.
“Washington y sus socios europeos empujaron a la OTAN hacia las fronteras de Rusia, y ahora vemos cómo la guerra en Ucrania repercute en la economía global, con alzas en los precios del petróleo, el gas, las materias primas y los alimentos.
“Además, la IX Cumbre se realizaría previamente a la cita de ministros de Defensa de las Américas prevista para el año, que incluirá en su agenda temas de seguridad y otros diferendos regionales como la situación de las Malvinas, de la base militar en la Guayana Francesa, la posición de principal aliado extra Alianza del Atlántico Norte (OTAN) para Colombia, y los intereses estadounidenses por preservar la defensa latinoamericana ante lo que cataloga como regímenes nefastos (léase Venezuela, Nicaragua y Cuba)”.
Hasta ahora se han celebrado ocho cumbres ordinarias: Miami (1994), Santiago de Chile (1998), Québec (Canadá, 2001), Mar del Plata (Argentina, 2005), Puerto España (Trinidad y Tobago, 2009), Cartagena de Indias (Colombia, 2012), Panamá (2015) y Lima (Perú, 2018).Sin embargo, solo a la cumbre celebrada en Panamá asistieron todos los líderes de los 35 países que integran la Organización de Estados Americanos (OEA) y Cuba.
Cuba repitió su participación tres años más tarde, en Lima, pero ese evento estuvo marcado por la ausencia de Venezuela.
Además, en 2018, por primera vez no asistió el mandatario de EE.UU, debido a que Donald Trump (2017-2021) delegó en el vicepresidente Mike Pence su representación en el encuentro.

Latinoamérica, ¿patio trasero?
El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, rechazó la manipulación política de EE.UU. con el propósito de excluir a Cuba de la IX Cumbre de las Américas.
“Los Estados Unidos no comprenden que la región de América Latina y el Caribe ha cambiado para siempre y que no hay cabida para reinstaurar la Doctrina Monroe y la visión panamericanista, con las cuales pretende imponer su dominación hegemónica en el hemisferio occidental”, subrayó durante su intervención en el reciente Pleno del Comité Central del Partido Comunista.
Enfatizó que no existe una sola razón que justifique excluir del evento a La Habana o a otra representación de América. “Nadie puede negar que la celebración de otra reunión de este foro sin la presencia de Cuba supondría un retroceso histórico en las relaciones hemisféricas”, sostuvo el mandatario.
El presidente cubano denunció, además, la exclusión de Cuba de participar en las negociaciones del Plan de Acción sobre Salud y Resiliencia en las Américas hasta el 2030, uno de los documentos que se llevarán a la cita de Los Angeles.
Se trata de una verdadera afrenta –dijo–, a sabiendas de que los resultados de Cuba en materia de salud son incuestionables. “En tiempos de pandemia, es un ultraje aún mayor prescindir del aporte de Cuba, de sus notables avances científicos y cooperación solidaria en el enfrentamiento a la COVID-19”, apuntó.

Analistas consideran que en la IX Cumbre de las Américas, la Administración de Joe Biden pretende delinear los nuevos objetivos o parámetros que, a su juicio, deberían congregar y unificar a los países del hemisferio. Escenario en el que, al parecer, voces alternativas no tendrían cabida.
Al asumir la presidencia en enero de 2021, Biden repitió varias veces el mensaje de “América está de vuelta”, con el cual pretendía dar la idea de que su Administración tenía como objetivo ponerle punto final al aislacionismo internacional de EE.UU. que caracterizó al Gobierno de Trump, y que las alianzas multilaterales serían reconstruidas, lo cual le permitiría enfrentar con mayor éxito a China y Rusia, sus principales rivales.
Las prioridades de Biden en política exterior se delinearon entonces de la siguiente forma: salir lo más decorosamente posible de Afganistán (luego del fiasco); reafirmar lazos con Europa Occidental y Oriental, en detrimento de Rusia, a través de la OTAN, y desplegar la estrategia del denominado Indo-Pacífico, con el propósito de contener la influencia de China en esa zona.
¿Y América Latina? Expertos consideran que, en este esquema, la región quedaba relegada a un segundo plano.
Para Biden, lo primordial respecto a América Latina sería frenar la creciente migración de centroamericanos vía México, según sus palabras “de la forma más ordenada y humanitaria posible”; dar un golpe de timón en la política hacia Venezuela, donde los intentos por derribar a Nicolás Maduro por la vía militar o por medio de un alzamiento popular extendido demostraron ser inútiles; multiplicar los diálogos con los Gobiernos vecinos para poner obstáculos al avance económico de China en la región, y contener también el avance de los Gobiernos progresistas.
Biden convocó en diciembre de 2021 a una cumbre (o mejor dicho, a un show) global de las democracias, de la cual fueron excluidos, además de China y Rusia, por supuesto, ocho países latinoamericanos: Venezuela, Nicaragua, Cuba, Bolivia, El Salvador, Honduras, Guatemala y Haití.
El presidente de Diálogo Interamericano, Michael Shifter, dijo en esa ocasión que “es muy probable que la ausencia de los países iberoamericanos sea contraproducente tanto para los intereses de EE.UU. como para la democracia en la región”.
Múltiples voces de políticos y dirigentes sociales en el mundo criticaron las acciones de Washington entonces, como lo hacen ahora, cuando Biden repite el guion excluyendo a Cuba, Venezuela y Nicaragua de la IX Cumbre de las Américas.
¿Qué moral tiene EE.UU. para imponer recetas de democracia y respeto a los derechos humanos?
Citando al canciller Bruno Rodríguez: “Poco podrá exhibir el Gobierno de Estados Unidos en la Cumbre de las Américas después de la última campaña y elecciones presidenciales, del asalto al Capitolio, del involucramiento de políticos en la sedición y de la insuperable corrupción de la política”.
El Gobierno de los Estados Unidos no es un modelo de derechos humanos, ha sostenido el ministro, un punto que mencionan con frecuencia otras voces de la arena política internacional.
“La violación sistemática de los derechos de salud, de los de la población bajo el nivel de pobreza, del derecho a la educación, a la alimentación de los estadounidenses; las políticas represivas y brutales contra la emigración, la falta de amparo y atención a los sectores de bajos ingresos, la represión de las minorías, de las personas LGTBIQ+, la restricción de los derechos sindicales, la explotación y represión de los pueblos y culturas originarias, las brechas de igualdad y la discriminación de género, el racismo y la discriminación contra los afroestadounidenses, la brutalidad policial y las más de 1 000 muertes de personas por disparos de la policía durante 2021.
“EE.UU. es el país de la explotación laboral en las cárceles privadas, la violencia y las armas de fuego, la represión del aborto y de los derechos de salud reproductiva; es el Gobierno de las guerras, las cárceles secretas, los secuestros, las ejecuciones extrajudiciales y el uso de la tortura (…)”.
En la Cumbre de Panamá tuvo lugar el encuentro entre el presidente cubano Raúl Castro y el estadounidense Barack Obama. Foto: Sitio de la VII Cumbre de las Américas
Cuba y las Cumbres de las Américas
Las cumbres de las Américas se celebran bajo el patrocinio de la Organización de Estados Americanos (OEA), organismo que expulsó a Cuba en 1962 por iniciativa de Washington, después de que el Comandante en Jefe Fidel Castro declarara el carácter socialista de la Revolución cubana.
En 2009, la OEA levantó la sanción a Cuba, pero el Gobierno revolucionario ha rechazado su reincorporación a esta organización, al considerar que siempre ha sido un instrumento de dominación estadounidense.
Muestra de ello es que mediante los documentos que se negocian hoy de manera turbia para su presentación en la Cumbre de las Américas, se pretende imponer que la OEA certifique todas los procesos electorales en la región.
Con la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela en 1998 y el triunfo de varios Gobiernos progresistas en la región, se comenzó a exigir la participación de Cuba en las cumbres de las Américas.
En la V Cumbre, celebrada en Trinidad y Tobago, en 2009, el presidente Barack Obama enfrentó un fuerte desafío a la hegemonía estadounidense y debió abordar la necesidad de una nueva política de su país hacia América Latina y el Caribe.
El reclamo de la presencia de Cuba en las cumbres se volvió ensordecedor en la VI cita, en Cartagena de Indias, Colombia, en 2012, en cuyo plenario Washington quedó aislado en ese tema por las declaraciones de varios Gobiernos de que no habría una próxima cumbre sin la incorporación de La Habana.
En 2015, el Gobierno de Panamá, país sede de la VII edición, invitó al presidente Raúl Castro, quien participó, por primera vez en la historia, como resultado del sólido y unánime consenso de América Latina y el Caribe.
Cuba repitió su presencia en 2018, en Lima, Perú.
….
El sociólogo y politólogo cubano Jorge Hernández Martínez, profesor titular del Centro de Estudios Hemisféricos y sobre EE.UU. (Cehseu), ha expresado que desde la presidencia de Eisenhower hasta la de Biden, la confrontación con la Revolución cubana ha constituido pieza funcional y clave en el diseño e implementación de la política de EE.UU. hacia Latinoamérica y el Caribe.
Para EE.UU., la única opción válida con Cuba sería el establecimiento de “una relación de dependencia”, lo cual, obviamente, los cubanos no estamos dispuestos a aceptar.

Luego de más de 60 años de confrontación, Cuba sigue siendo objeto de los más variados métodos o modalidades de agresión por parte de EE.UU.

En la actualidad, las expectativas de que la presidencia de Biden retomara el enfoque de Obama o de que, al menos, aliviara las tensiones generadas por Trump, se han disipado, opina el investigador en su artículo La política latinoamericana de EE.UU. y la Revolución cubana.
En el primer año del Gobierno de Biden, no solo no se han dado muchas señales de mejoramiento de las relaciones, sino que se ha mantenido la política de reforzamiento del bloqueo, añadiendo nuevas presiones y reavivando el discurso que exige a Cuba cambios en sus conceptos y prácticas en temas como la democracia y los derechos humanos, como condicionantes para modificar las relaciones con la Isla, apunta Hernández Martínez.
La confrontación con Cuba permanece como una suerte de eje alrededor del cual se modela, en su conjunto, la política latinoamericana de EE.UU.
Para el analista del Cehseu, Cuba es el caso test a partir del cual Washington concibe el enfoque y tratamiento de otros casos, como Venezuela, Nicaragua o Bolivia, evaluados tan problemáticos como Cuba para los intereses estadounidenses en la región.
Neutralizar la influencia de Cuba y debilitar los procesos revolucionarios, progresistas y antiimperialistas en el ámbito latinoamericano han sido móviles esenciales de la política estadounidense hacia la región, recuerda el experto.
Añade que “la relación histórica de EE.UU. con América Latina se define ante todo, desde el siglo XIX hasta el XXI, por una gran asimetría de poder, por una fuerte dependencia y reiterada conflictividad (…) El relieve, importancia y prioridad que adquiere la región para EE.UU. dependen de coyunturas específicas, pero existen intereses geopolíticos y geoeconómicos de larga data”.
El historiador estadounidense Lars Schoultz define tres consideraciones que siempre han determinado la política de EE.UU. hacia América Latina: primero, la presión de la política doméstica norteamericana; segundo, la promoción del bienestar económico de los EE.UU., y tercero, la protección de la seguridad nacional estadounidense.
América Latina ha cambiado profundamente desde fines del siglo XX, abriéndose paso procesos, Gobiernos y movimientos sociales de izquierda, junto a alternativas integracionistas como el ALBA-TCP y la Celac, pero la proyección estadounidense ha mostrado más continuidad que cambio, agrega Hernández Martínez.
Lo cierto es que EE.UU. continúa pensando en una “América para los americanos”, al estilo monroísta.
“El esquema de subversión ideológica que promueve el imperialismo en América Latina es congruente con el que aplica en Cuba. El discurso contrarrevolucionario que se utiliza contra Venezuela y Nicaragua pretende actualmente, como en Cuba, desarticular la unidad ideológica entre el pueblo y el liderazgo, en circunstancias en que la ofensiva contra el socialismo se escuda en consideraciones reformistas, socialdemócratas, que apelan a una flexibilización de su relación antinómica e incompatible con el capitalismo, basada en una alternativa centrista, que logra confundir, dividir, sembrar la duda y el desencanto con respecto a la viabilidad del socialismo”, asegura el analista del Cehseu.

En la IX Cumbre de las Américas, Estados Unidos pretende imponer a los Gobiernos del hemisferio lo que considera sus intereses vitales, sin que nadie cause ruido en su dircurso. Es algo habitual en estas reuniones, aunque muy peligroso en el actual contexto.
Temas claves como la salud y la migración no serán tratados a fondo, sino, más bien, en el discriminatorio marco de la política de Washington.
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Locuras

Tropas del Ejército de Estados Unidos, pertenecientes a la 82 División Aerotransportada, descargan vehículos de un avión de transporte después de llegar desde Fort Bragg al aeropuerto de Rzeszow-Jasionka en el sureste de Polonia, el domingo 6 de febrero de 2022. Foto: AP.Apenas unos cuatro meses después de retirarse de la guerra más larga de su historia en Afganistán, Washington suena de nuevo los tambores bélicos con el mismo ritmo de siempre, pero ahora con una canción nostálgica de los mejores tiempos de la guerra fría con letra ya conocida sobre la grave amenaza de Rusia a la pax americana.
Qué fracaso más espectacular de la política exterior del gobierno de Joe Biden. Más allá de eso, y más esencial, es que debería ser inaceptable para todos en este mundo que dos líderes de naciones armadas con suficientes bombas nucleares para destruir al planeta varias veces estén jugando a la guerra. ¿Aún el mundo tolera tal cosa? Más allá de sus intereses geopolíticos, ¿no es demasiado absurdo, obsceno y hasta criminal que esos señores puedan tener estas opciones a estas alturas de la historia humana?
Tan enredados están en su retórica bélica que hasta el propio gobierno ucranio que Biden está defendiendo le pidió públicamente a Washington que de favor le bajara con el tono guerrero, que dejaran de gritar tanto ya que “no somos el Titanic”. Esto, sólo horas después de que el jefe del estado mayor estadunidense, general Mark Milley, advirtió en conferencia de prensa que las fuerzas militares rusas en la frontera con Ucrania amenazaban con una invasión de todo el país, agregando que “uno tendría que regresar bastante a la guerra fría para ver algo de esta magnitud”.
En Washington, legisladores progresistas y diversas organizaciones antiguerra advirtieron a su gobierno que el envío de cientos de millones más en armas a Ucrania, nuevos despliegues de tropas y amenazas de sanciones severas sólo incrementarán las tensiones y que no hay una solución militar de esta crisis; el enfoque tiene que ser la diplomacia.
Mientras de nuevo elevan a Moscú a sus anteriores alturas de amenaza, de repente convierten a Ucrania en un epicentro geopolítico donde se definirá el futuro del planeta. Biden declaró que si Rusia procede contra Ucrania será la invasión más grande desde la Segunda Guerra Mundial y que eso cambiaría al mundo.
Su secretario de Estado, Antony Blinken, afirma que la defensa estadunidense del derecho soberano (de Ucrania) de escribir su propio futuro (está hablando de integrarse a la OTAN) frente a Rusia es un asunto moral. Proclamó que “un país no tiene el derecho de dictar las políticas de otros o decirle a ese país con quién puede asociarse… un país no tiene el derecho de ejercer una esfera de influencia. Esa noción debería de ser relegada al basurero de la historia”.
¡Eso sí es noticia! O sea, ¿ya tiraron la doctrina Monroe al basurero? ¿Ya se suspendieron operaciones militares y clandestinas estadunidenses en el hemisferio, están por cerrar Guantánamo y desmantelar el Comando Sur? ¿Washington ya acepta responsabilidad por las invasiones, intervenciones y golpes todos justificados por los llamados intereses nacionales y seguridad nacional de Estados Unidos?
Mientras esperamos respuesta, el hecho es que donde hay una grave crisis para unos, hay negocio para otros. “Estamos viendo, yo diría, oportunidades para ventas internacionales… tensiones en Europa Oriental, tensión en el Mar de China… estoy plenamente esperando que veamos un beneficio de eso”, comentó el ejecutivo en jefe de Raytheon –uno de los principales contratistas militares de Estados Unidos– en una llamada con accionistas. No es el único de los ejecutivos de la industria militar que ve con optimismo las tensiones en el mundo; sus empresas absorben casi la mitad del astronómico presupuesto militar estadunidense de 740 000 000 de dólares este año.
La vieja doctrina nuclear se llamaba destrucción mutua asegurada o MAD en la que los superpoderes aceptaban que nadie podría ganar una guerra nuclear porque todos quedarían destruidos. Mad, por cierto, es otra palabra para loco.
(Tomado de La Jornada)

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