HAVANA CLIMA

diálogo nacional

La libertad y el diálogo

-I-
Aunque las condiciones materiales agobian al infinito la vida cotidiana de los cubanos y cubanas de hoy, el grito que más se escucha en boca de los obstinados durante manifestaciones tipo 11-J, cacerolazos o tánganas por los apagones, no es ¡Comida!, o ¡Corriente!, sino ¡Libertad!
Poco a poco, el miedo a la libertad va desapareciendo en cada vez más personas. Pero los que emprenden este viaje han de saber que está lleno de obstáculos y sacrificios. No en balde Martí advertía: «La libertad cuesta muy cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio» (OC, T21, p. 108).
Si, según él: «La libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado y a pensar y hablar sin hipocresías» (OC, T18, p. 304), entonces las libertades de pensamiento y expresión constituyen sus expresiones básicas. Ambas florecen en un entorno de diálogo y persuasión honrados; pero se secan en ambientes opresivos, de pensamiento único y doble moral. Libertad sin diálogo útil y honrado es como pájaro sin alas.
La libertad y el diálogo se desarrollan con la práctica social, mediante la estimulación del pensamiento crítico y la lucha cívica. La ciudadanía adquiere estas capacidades entrenando la mente y el cuerpo en esas lides, corriendo riesgos, cayendo y levantándose para volver a pelear,  perdiendo hoy para ganar mañana. Familia, escuela y comunidad han de fomentar tales experiencias como valores individuales, familiares y sociales.
En momentos en que la salud de la nación requiere con urgencia de hombres y mujeres preparados para dialogar en libertad y debatir sus diferentes puntos de vista con inteligencia, honestidad y valor; es importante que ellos estén disponibles. Al referirse a los debates suscitados durante la elaboración de la constitución de Estados Unidos, Martí enfatizaba:

No ha de temerse la sinceridad; sólo  es tremendo lo oculto. La salud pública requiere ese combate en que se aprende el respeto, ese fuego que cuece las  ideas buenas y consume las vanas; ese oreo que saca a la luz a los apóstoles y a los bribones. En esos debates apasionados los derechos  opuestos se ajustan  en el choque, las teorías artificiosas  fenecen ante las realidades, los ideales grandiosos, seguros de su energía, transigen con los intereses que se les oponen. (OC, t.13, p. 322).

Como político que preparaba a su pueblo para una guerra republicana, Martí buscaba la unidad entre los revolucionarios por encima de sus diferencias, pero nunca la identificaba con la imposición de una voluntad superior sobre las demás. Para él: «Abrir al desorden el pensamiento del Partido Revolucionario Cubano sería tan funesto como reducir su pensamiento a una unanimidad imposible en un pueblo compuesto por factores diversos, y en la misma naturaleza humana».
Procedimiento fundamental sería el diálogo libre, regido por el conocimiento profundo de los problemas a dilucidar, pues ningún grupo encumbrado podría pensar y decidir por el pueblo: «O se habla lo que está en el país, o se deja al país que hable». Solo en esta atmósfera de fomento de la libertad de expresión se consolidaría una voluntad popular fundada en la razón, no en entusiasmos pasajeros, promesas incumplibles o consignas rimbombantes.

-II-
La sociedad cubana actual, a pesar de su alto nivel de instrucción y de la existencia de Internet y las redes sociales, no está preparada para ejercer las libertades de pensamiento y expresión. Estas han sido extinguidas, menguadas o tergiversadas en la conciencia y las experiencias de vida de los habitantes de la Isla, habido el largo ejercicio de los instrumentos de violencia física y cultural con que cuenta el Poder para dominar a la mayoría subalterna.
Llegados a un punto de grave problemática sociológica, antropológica y de psicología colectiva, es preciso efectuar a nivel social un proceso de deconstrucción espiritual capaz de modificar las estructuras mentales aprendidas y aprehendidas por varias generaciones. Este asunto exige de influencias externas, pero más aún de la voluntad y empeño de los individuos. Mientras ello no se consiga, las orientaciones y demandas del grupo de poder hegemónico seguirán siendo aceptadas y/o acatadas por la mayoría, aunque en su fuero interno muchos sospechen que están erradas y que nada bueno podrá esperarse.
Habrá incluso quienes tengan la mente tan adoctrinada por los que saben, que hasta disfruten y agradezcan su triste destino de manera masoquista. Según Martí: «El que vive en un credo autocrático es lo mismo que una ostra en su concha, que sólo ve la prisión que la encierra y cree, en la oscuridad, que aquello es el mundo; la libertad pone alas a la ostra». (OC, t.13, p.136).
Uno de los mayores temores que sienten los individuos formados en entornos totalitarios, dictatoriales y radicalizados, al ser puestos en un escenario de necesaria confrontación de ideas, es a quedar en minoría o, peor aún, en soledad, por defender sus criterios. Los cubanos no somos una excepción.
A los aún temerosos de faltar a la sempiterna unanimidad por algún gesto de disidencia o rebeldía, les recomiendo acordarse de Oscar Wilde: «Cuando la gente está de acuerdo conmigo siempre, siento que debo haberme equivocado». y de Goethe: «No preguntemos si estamos plenamente de acuerdo, sino tan sólo si marchamos por el mismo camino».
Sin embargo, el problema no es peculiar de la Revolución Cubana. Cuando la de Octubre empezó a derivar hacia un Estado burocrático militarizado y se prohibieron las opiniones críticas y divergentes, Rosa Luxemburgo planteaba: «Sin una confrontación de opinión libre, la vida se marchita en todas las instituciones públicas y la burocracia queda (…) la libertad siempre ha sido y es la libertad para aquellos que piensen diferente».
Rosa Luxemburgo
La represión a la libertad de expresión y la falta de diálogo en los países del Socialismo Real fueron de las condicionantes principales que condujeron al fracaso estrepitoso de aquel modelo en la URSS y Europa del Este. También en la Isla son factores que erosionan las posibilidades de reformar las diferentes esferas de la vida social y devolver las expectativas de crecimiento y desarrollo a la nación.
Si bien el respeto a la diversidad se ha ampliado actualmente con el reconocimiento de problemáticas referidas a religiones, géneros, animalistas, racialidades, etc.; el desconocimiento de la diversidad política —perteneciente a la primera generación de derechos humanos— constituye una rémora que nos convierte en un pecio totalitario en pleno siglo XXI.
La falta de libertad de expresión y diálogo interno, retarda la transformación del modelo estatizado y burocrático, fosiliza las mentes de amplios sectores de la población, divide a los cubanos y cubanas en extremos irreconciliables, estimula la emigración de la juventud y dilata la solución colectiva y participativa de problemas económicos y sociales, tanto de vieja como de nueva data.
Con el fin de encauzar las soluciones a la aguda crisis actual, es tarea de primer orden lograr echar a andar una mesa de debate libre y abierto de todos los problemas del país y la nación, que son de todos, con la participación de figuras representativas de diversos sectores del pueblo cubano, la Isla y la emigración. Baste recordar este mensaje martiano sobre el respeto a las opiniones diversas en el análisis y tratamiento de los problemas más acuciantes del país:
¡Que los pueblos no son como las manchas de ganado, donde un buey lleva el cencerro: y los demás lo siguen!: más bello es el valle, rodeado de montañas, cuando lo pasea, en grupos pintorescos, encelándose y apaciguándose, el ganado airoso y libre. Si se desgrana un pueblo, cada grano ha de ser un hombre. La conversación importa; no sobre el reglamento interminable o las minimeces que suelen salirles a las asociaciones primerizas, sino sobre los elementos y peligros de Cuba, sobre la composición y tendencias de cada elemento, sobre el modo de componer los elementos, y de evitar los peligros. (OC, t.2, p.17).

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El Papa Francisco y su visión de Cuba

Fui uno de los tres jóvenes escogidos por la Iglesia católica cubana para llevar al Papa Francisco la cruz de la Jornada Nacional de la Juventud durante su visita a la Isla en el 2015. Esa imagen en formato impreso y las palabras que el sucesor de Pedro nos regaló durante emotivo encuentro en el antiguo seminario de San Carlos y San Ambrosio, son un regalo invaluable que guardaré para siempre en el corazón.
Por estos días ha surgido un debate dentro de la sociedad civil cubana —redes sociales mediante—, con motivo de las palabras expresadas por el Sumo Pontífice a un año del estallido social del 11 de julio. Sin pretender abordarlo todo, deseo ofrecer algunas pistas sobre el pensamiento de Jorge Mario Bergoglio (Papa Francisco) que pueden ayudarnos a comprender su forma de interpretar nuestra realidad. Es lamentable que varios de los comentarios emitidos sobre el Papa se hayan elaborado a partir de lo que otros dicen, sin ver la entrevista completa donde expone sus declaraciones. Eso, sin dudas, resta fuerza al debate.  
Bergoglio detesta el intelectualismo abstracto, introducido siempre por una deriva ideológica, muros que cierran y distraen al ser humano de los problemas profundos que agobian su existencia. Por eso, para interpretar su frase de que: «Cuba es un símbolo, Cuba tiene una historia grande y yo me siento muy cercano a ella», es importante situarse en el contexto desde el que se hace esa reflexión.
Francisco es el primer Papa latinoamericano, y es jesuita, por eso, lo que plantea es observado invariablemente con lupa por un pensamiento rigorista —incluso dentro de varios sectores católicos cubanos— que se mueve a partir de lecturas incuestionables de la realidad, devenidas desde el centro occidental de Europa. El Papa es parte de una escuela de pensamiento surgida en Argentina en la década del setenta del siglo XX, conocida como Teología del Pueblo. Según el filósofo italiano Massimo Borguessi: «este pensamiento no constituía una alternativa conservadora a la teología de la liberación, sino una teología de la liberación sin el marxismo».
 La Revolución cubana es un símbolo de liberación para el sector de fe que se sumó a la lectura socio-religiosa de la realidad de nuestro continente ofrecida por la Teología Latinoamericana de la Liberación a partir de la década del sesenta del pasado siglo, y que puso como núcleo central de su reflexión la categoría pobre. Quien introdujo el término Teología de la Liberación en el contexto católico fue el dominico peruano Gustavo Gutiérrez. Él es también uno de los principales artífices de la unión entre teología y marxismo en el continente.
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El propio San Juan XXIII, Papa que convocó al concilio Vaticano II, (1) tomó de ejemplo a la Revolución cubana en uno de sus comunicados para denunciar las consecuencias sociales que podrían llevar a todo un pueblo a unirse para derrocar mediante una guerra a un gobierno dictatorial. En la Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín, en 1968, los obispos de nuestro continente continuaban viendo a Cuba y la lucha de su pueblo por la liberación como referente para otros pueblos de América Latina.  
Bergoglio no ha sido nunca un cura comunista. Decir eso lastra de antemano toda la seriedad de la persona que desee expresar un criterio acerca de sus últimas declaraciones respecto a Cuba. Francisco ha ido más allá de los mitos revolucionarios, comunistas o liberales —que se aúpan en la región bajo signos autoritarios—, para ponerse a la cabeza de los movimientos populares, a los que ofrece una salida diferente a la violencia para alcanzar sus metas emancipadoras.  
Él sí vio en el peronismo una defensa de los intereses populares, de la gente humilde, frente a gobiernos liberales de la alta burguesía. Ese tipo de peronismo se mantenía en la política como una vía para enriquecer la Fe. Bergoglio se mantenía en la fe, para desde ella enriquecer la política. Él decía que lo importante no era la ideología, sino el testimonio. Fue un cura peronista, no un peronista cura.
El Papa ha visitado nuestra Isla dos veces, lo que demuestra el interés eclesial que representa nuestro pueblo para su persona. La Fe no vive encerrándose sino abriéndose. Ya de Papa, Bergoglio diría que la Iglesia vive cuando sale de su propia autorreferencialidad.
 El juicio de Francisco sobre Cuba como símbolo, es también una forma de expresar su alegría cuando en la época de Obama y Raúl Castro, y con la mediación de la Iglesia católica, se logró una serie de pasos en pos del acercamiento de los pueblos cubano y norteamericano. Para él, la unidad verdadera no es uniformidad, sino unidad en la diferencia. Es interesante que durante la controversial entrevista expresara que de nuevo se están dando pasos en pos de un nuevo acercamiento, en este caso entre los gobiernos de Biden y Díaz Canel. ¿Será que la Iglesia, al igual que en otros momentos, vuelve a ser mediadora del acercamiento entre los gobiernos de ambos países?  
La referencia a Cuba y su Revolución como símbolo en el pensamiento del obispo de Roma es histórica, marcada por su formación intelectual. No hay que situarla necesariamente en lo que viene sucediendo en nuestro tejido social, sobre todo desde el afianzamiento de una clase política dentro de la nación que se aleja cada día más de la realidad existencial de un pueblo al que pretende callar mediante diferentes mecanismos de represión.    
Los grandes problemas humanos son sin dudas universales, y en cierto modo intemporales. Dentro del ámbito eclesial se ha juzgado bastante que el Papa plantee que tiene una relación humana con Raúl Castro. Desde que asumió su pontificado, Francisco asume sin temor las críticas por su intento de relacionar polos diversos como Obama y Raúl, y conciliarlos con la fuerza del Espíritu (del bien) que todo lo une.
Encuentro entre el Papa y Raúl Castro en 2015. (Foto: Vatican Media)
La amistad social, entendida como tentativa de superar conflictos mediante el diálogo y la colaboración entre partes opuestas, se realiza de forma paciente en la paciente trama que no pretende negar los acentos, las diversidades concretas que subsisten al interior de los líderes de estos procesos. Algunos de los que acusan a Francisco de comunista por su relación humana con Raúl, se olvidan que ese gesto es evangélico, pues Jesús, fundador del cristianismo, tejía relaciones humanas para intentar salvar, incluso, a sus grandes enemigos.
Tener una relación humana con alguien no es un gesto de aprobación de su conducta, el propio Jesús no lo hizo así, por eso le dijo a la mujer infiel a quien intentaban apedrear: «yo te perdono, vete y no peques más». La filosofía del Papa Francisco suele mostrar al buen samaritano como símbolo de lo que debe ser una relación humana entre dos personas que incluso la sociedad define como opuestas por sus creencias. La pregunta del Evangelio sigue haciéndonos reflexionar hoy: «¿quién es tu prójimo?» (próximo).
Cuando habla ex-cátedra y sobre política, el Papa puede ser interpelado incluso dentro del ámbito católico. Como ser humano, puede errar a la hora de emitir un criterio o con determinada actuación; pero los que por estos días lo denostan deben conocer que el diálogo político implica la superación de valores sectoriales y de los intereses de una parte, para mirar la totalidad de lo que se juzga.
No podemos dividir a la Iglesia de manera simplista: los que apoyan al Papa o los que lo critican, buenos y malos, justos y corruptos, patriotas y apátridas, de izquierda o derecha; la realidad de todas esas pociones humanas está cargada de matices. La democracia es compromiso, resolución de tensiones polares, superación del maniqueísmo. Su objetivo, a partir de la persecución del bien común, es la superación de las divergencias entre élites y pueblo, riqueza y pobreza, comunistas y cristianos.
Las declaraciones del Papa a propósito de Cuba, han salido en un contexto verdaderamente adverso para la mejor comprensión de su propósito, y es lógico el malestar que genera en diversos sectores de la sociedad civil y la Iglesia. Un joven líder católico —que ha sido incondicional con los esfuerzos por democratizar el tejido social de la nación, poniendo en juego muchas cosas importantes, como su libertad—, comentó que sentía esas declaraciones como un tiro a la voz del pueblo que salió el 11-J a las calles.
En ese sentido, es válido el esfuerzo de transmitir —en medio de una Iglesia que vive un proceso sinodal—, los criterios sobre la realidad del país recogidos por los católicos en las asambleas parroquiales, a alguna persona que los eleve al Vaticano. Pues, si difícil es para los propios cubanos comprender el proceso tan duro de precarización sistemática de la vida, ¿cómo será para los que nos observan desde fuera?
Deseo creer, apoyado en el criterio de otros amigos católicos, que Francisco intentó con sus declaraciones mover al gobierno actual del país a una zona de diálogo. Por supuesto, él es solo una voz, pero en medio de la inmovilidad que sentimos de cara a los grandes problemas que afronta la nación, cualquier esfuerzo por modificar la realidad en favor del pueblo, aunque sea un tilín, es importante.
Las palabras del Papa Francisco sobre Cuba, entendidas en sentido profundo y desafiante, pueden ser consideradas como la invitación a construir de un modo diferente la historia de nuestra Isla para el 2022. Para eso se hace oportuno instalar un ámbito social deseable por todos los cubanos, donde los conflictos, las tensiones y los opuestos puedan alcanzar una unidad pluriforme, que engendre un nuevo tejido social, marcado por el diálogo sincero, sin autoritarismos ni represión.
Para lograr ese sueño es importante descubrir qué provoca esta situación de desesperanza y fuga entre nuestro pueblo y desolidarizarse de esos elementos, sean personas, relaciones o estructuras. Pero también, optar por un estilo de vida que sea coherente con la realidad que deseamos instaurar.
***
(1) En el mes de octubre de 2022 se cumplirán sesenta años de este encuentro, que marcó una nueva época dentro de la Iglesia católica.

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Con la dictadura no hay diálogo posible

LA HABANA.- Eran más de las 12 de la noche, llevábamos unas tres horas en aquella reunión a puertas cerradas con funcionarios del MINCULT, éramos 32 los que representábamos al grupo de más de trescientos manifestantes que se aglomeraban a las afueras de la institución ese 27 de noviembre de 2020 (yo como parte de la prensa independiente). Recuerdo que en ese momento pasé una nota a Tania Bruguera, quien estaba sentada justo detrás de mi, en donde le decía: “están tratando de ganar tiempo”.
No había que ser muy inteligente para darse cuenta de las evasivas, de los compromisos pospuestos, de la fingida benevolencia y comprensión, de la insistencia en una reunión o encuentro en otro momento por parte del viceministro Fernando Rojas. Para los funcionarios, los representantes del poder, era fundamental disolver aquella masiva protesta, por eso recibieron a esos representantes, por eso fingieron un diálogo y entendimiento con ellos.
Menos de 24 horas después, el MINCULT rompía el pacto en uno de sus puntos fundamentales: cese del linchamiento mediático. El propio viceministro compareció en televisión nacional tergiversando y mintiendo sobre lo sucedido ese día. Menos de una semana más tarde, la Seguridad del Estado se volcaba con ferocidad contra el grupo del 27N, con lo cual rompían otro de los acuerdos: tregua.
Lo que sucedió después fue una presión y tensiones constantes entre ambos bandos que acabó definitivamente con la ruptura del proceso de diálogo cuando el 27 de enero de 2021, a dos meses de la protesta frente al MINCULT, alrededor de una veintena de artistas, activistas y periodistas independientes fueron víctimas de un acto de repudio y violenta detención en los que participaron funcionarios de la Institución, incluso el Ministro de Cultura, Alpidio Alonso, cuyo manotazo para arrebatarle el teléfono a un colega de la prensa, Mauricio Mendoza, dio luz verde al calvario.
Ese día no solo se rompió el diálogo o la posibilidad de entablarlo, ese día muchos entendieron que, definitivamente, habíamos sido engañados, que habían jugado con nosotros y, lo más importante, que no había diálogo posible con ese poder.
Poco después, como una forma de mantener viva la iniciativa y el espíritu del grupo, el 27N comenzó a trabajar en una propuesta de diálogo entre sectores de la sociedad civil. El Movimiento San Isidro (MSI) se “adelantaría” con una convocatoria similar: el llamado al Diálogo Nacional. Recuerdo que, por esos días, febrero-marzo de 2021, ambos grupos se reunieron para entenderse mutuamente, y coordinar acciones conjuntas en este sentido.
Después del caos inicial, similar al vivido por estos días con la segunda convocatoria al diálogo nacional del MSI, más nada se volvió a hablar o se supo del tema. No sé si se llegó a efectuar ese diálogo, ni cómo se hizo o sus resultados.
Pronto las sucesivas dinámicas sociales y represivas contra los diferentes grupos opositores y de la sociedad civil acapararon nuevos titulares: las protestas en San Isidro, la nueva huelga de hambre de Luis Manuel Otero Alcántara en protesta por la confiscación de sus obras y su posterior encierro en el Hospital Calixto García, la manifestación del 30 de abril en la calle Obispo en la que resultaron todos arrestados (algunos liberados meses más tarde), la crisis sanitaria y económica, y luego aquel glorioso 11J.
La frustrada Marcha Cívica por el Cambio convocada por el grupo Archipiélago para el 15 de noviembre (15N) del pasado año volvería a dejar en evidencia la ineficacia de un mecanismo de entendimiento con la dictadura.
Aunque ya el MSI ha explicado que su nuevo llamado al Diálogo Nacional no incluye al régimen, aprovecho para rememorar estos sucesos, los más recientes, ya que el fantasma del diálogo vuelve a rondar por estos días.
Yo fui de las ilusas con confió en ese diálogo con el poder del 27N, aunque más como beneficio de la duda. Pero hoy considero que el hecho de que se truncara fue un proceso necesario, ineludible para que muchos entendiéramos completamente al poder, sus mecanismos de manipulación y chantaje, y que esa vía no era la correcta. Porque, primero, establecer un diálogo -para el régimen- representaría reconocer a la oposición, lo cual se han negado a hacer durante décadas; y, segundo, porque un diálogo de este tipo conllevaría a una negociación en la que ambas partes deberán hacer concesiones y ellos, la dictadura, ha demostrado que no cederán en nada, que no quiere ni le conviene dialogar con nadie.
Además, ¿dialogar para qué, para exigir qué, a base de qué, con qué poder real o apoyo contamos para eso? Al 27N lo respaldaban los más de 300 que estuvieron ese día frente al MINCULT, luego esa fuerza se diluyó por el miedo y la represión. ¿Dialogar para pedir reformas? Una dictadura no es reformable, se tumba del poder y se transita a una democracia.
Los cubanos hemos estado dialogando entre nosotros, gracias a las redes sociales. Pero creo que cada vez más se hace necesario, más que dialogar, debatir y lograr un espacio o punto de encuentro con ideas y proyectos afines, sobre todo la de luchar en contra de la dictadura y cómo lograr la ansiada democracia para Cuba. Porque con ese régimen que reprime, que tiene a más de mil presos políticos, que golpea, tortura, intimida incluso a madres por exigir la libertad de sus hijos… con ese régimen, el único diálogo posible es ese en el que se vaya a pactar su salida del poder.
Es probable que en el futuro se vuelva a abrir un canal de diálogo con la dictadura; para entonces, aprendamos de la historia y de nuestros errores. No les sirvamos a sus propósitos, no les dejemos ganar más tiempo.
ARTÍCULO DE OPINIÓNLas opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quien las emite y no necesariamente representan la opinión de CubaNet.
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Diálogo Nacional para trascender y refundar

En otro texto llamé la atención sobre el Diálogo Nacional. Socializo ahora las fases del proceso y algunas lecciones de experiencias anteriores, porque entiendo que en el contexto cubano tal mecanismo permitiría trascender el conflicto y empezar a crear un nuevo contrato social.
Como mecanismos extra constitucionales y alternativos a las intervenciones extranjeras, los diálogos nacionales son complejos, esencialmente políticos y reconocidos mundialmente. Permiten llegar a la raíz de los problemas y ofrecer soluciones con garantías.
Voluntad política de las partes, imparcialidad y confianza, soberanía popular, máxima inclusión social y respeto a los principios de no intervención, autodeterminación y solución pacífica de controversias; son sus bases principales.
Se han implementado en países de Europa, África, Medio Oriente y Latinoamérica desde hace décadas. De esas experiencias derivan teorizaciones y protocolos reconocidos por expertos y organismos multilaterales, como el Manual Diálogos Nacionales y el Mecanismo de Montevideo.
Tales procesos se emplean para: transición democrática, fortalecimiento de la democracia y resolver conflictos armados. Ellos favorecen la aproximación y entendimiento de sectores en disputa, contribuyen a gestionar un nuevo proyecto de país, a reconciliar la nación y enrumbar el desarrollo.
Cuba fue sede de los diálogos de paz entre el gobierno colombiano y las FARC-EP. En la foto, Raúl Castro, Juan Manuel Santos y Timochenko unen sus manos en La Habana durante las negociaciones de paz. (Foto: Alexandre Meneghini/Reuters)
Las fases del proceso
Organizado por actores nacionales, el Diálogo Nacional es más complejo que otros mecanismos de gestión de conflictos. No existe un modelo o receta, depende del contexto aunque deben observarse ciertas regularidades.
Puede implementarse —casi siempre con participación internacional— para prevenir y gestionar crisis, o lograr un cambio fundamental, un nuevo contrato social. Métodos y procesos pueden combinarse e incluso escalar de la primera variante a la segunda.
Sus etapas son:
1. Exploración: supone análisis del conflicto, posibilidades, consultas a las partes, sensibilización, identificación de riesgos, figuras o líderes de opinión, mediadores y promotores que ayuden a persuadir sobre su necesidad, y anuncio oficial del proceso mediante decreto presidencial u otra vía.
2. Preparación: crear las condiciones, preparar a la ciudadanía, la prensa y otros actores, así como definir el marco del proceso. De su calidad depende en buena medida la del diálogo. Generalmente, es de por sí un proceso negociador y lo conduce una Comisión preparatoria integrada por las partes.
De estas primeras fases, que a veces se contemplan como una, derivan el Mandato y/o la Hoja de Ruta, en los que se definen: contexto sociopolítico, preocupaciones de las partes, objetivo fundamental, relación con el gobierno, calendario, cantidad y categoría de representación de las partes y actores internacionales, toma de decisiones, comunicación, reglas y procedimientos, naturaleza e implementación de los acuerdos y logística.
3. Diálogo Nacional: foro principal, funciona con presidencia electa, que debe ser independiente y tener legitimidad. Se desarrolla según la Hoja de Ruta y aprobación de agenda definitiva, reglamento y mecanismos de implementación. Se realiza en plenaria o combinándolo con grupos de trabajo para temas específicos.
Casi siempre la agenda incluye correcciones a la Constitución o elaboración de una provisional como puente hacia procesos ulteriores.[1] Implica transparencia para la ciudadanía y facilitación de su participación en foros, diálogos regionales, sectoriales, sondeos de opinión, etc.  
4. Implementación de resultados: se introducen, monitorean y evalúan los acuerdos, lo que confirma alcance y calidad del Diálogo Nacional. Se perfila lo previsto respecto a ciclos de consulta y retroalimentación, verificación, mecanismos y garantías. El diseño debe ser objetivo, con calendario realista y flexible, privilegiando los diálogos posteriores con ciudadanos y el enfoque transformador, lo que favorece soluciones sostenibles.  
Lecciones para Cuba
El Diálogo Nacional no es un fin en sí mismo, tampoco una fórmula ideal o exclusiva. Es un proceso de transformación estructurado y participativo, cuya viabilidad depende del objetivo, el conflicto que intenta resolver y las características específicas del escenario.
Modalidades, objetivos y «partes» son tan diversos como los contextos, aun en países que muchos asocian, como Cuba y Venezuela. Véase el de este último, que está transcurriendo en México.  
Gerardo Blyde Pérez, ex alcalde de Caracas, y Jorge Rodríguez Gómez, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, firmaron el memorando de entendimiento, junto con Marcelo Ebrard Casaubón, quien se presentó como testigo. (Foto: Karina Hernández / Infobae)
En Cuba, a pesar de las medidas flexibilizadoras recientes y de los diálogos parciales que ha sostenido el gobierno, las bases del conflicto y este en sí mismo se mantienen. Ello se evidencia en el incremento de las protestas,[2] la represión, peligro y grado de transnacionalización del diferendo y el resquebrajamiento de los niveles de confianza.
Ciertas características del modelo cubano también aconsejan un Diálogo Nacional: alta centralización del poder, inexistencia legal de oposición y medios de comunicación, no separación de poderes, carencia de instituciones independientes de defensa ciudadana, así como fuertes y diversos mecanismos de control social.
La nación cubana necesita el Diálogo Nacional para lograr un cambio fundamental, un nuevo contrato social. En calidad de «partes» podrían estar el gobierno con sus organizaciones de apoyo y una alianza de la sociedad civil independiente y los emigrados. En ambas existen corrientes y proyectos políticos.
En el camino deberán tomarse en cuenta parámetros internacionales establecidos y lecciones de la experiencia:

Importancia de una campaña nacional e internacional de sensibilización y en favor del Diálogo Nacional como solución.
Debe contar con apoyo de actores externos con mayor o menor peso en las distintas fases del proceso —promotores, facilitadores, financiadores, observador/testigo/mediador/garante, apoyo técnico y especializado— y con una sede imparcial para la mesa preparatoria y la realización del foro.
Ciertas precondiciones generales legítimas funcionan y son saludables como gestos de buena voluntad. Por ejemplo, cese de toda represión y liberación sin cargos para todos los detenidos y encarcelados por sus ideas y/o acciones políticas pacíficas.
No existen normas para la cantidad de participantes ni el tiempo de duración, pues se ajusta a posibilidades reales y complejidad del contexto.[3]
Su condición extra constitucional favorece la adopción de normas propias, lo que no supone desconocer la Constitución e institucionalidad del país.
No implica renunciar a derechos constitucionales, especialmente los de libertad de expresión, asociación y manifestación pacíficas. Al contrario, el desarrollo democrático depende de la lucha cívica como mecanismo de presión y acompañamiento.
La elección de representantes debe ser cuidadosa y contemplar equilibradamente lo regional y la presencia de juristas, actores políticos clave, académicos, líderes sociales, mujeres y jóvenes del espectro socio-clasista.
La agenda debe ser una construcción colectiva desde el principio y estar basada en demandas ciudadanas.

Hoy la ciudadanía cubana se debate entre la sobrevivencia y la incertidumbre. Denuncia, explora fórmulas para hacer valer sus reivindicaciones y crea nuevos espacios para el debate en las redes.

Los diálogos nacionales no son mecanismos perfectos ni resuelven el problema de un plumazo. Siempre existen riesgos, debilidades y fortalezas que abordaré en otro texto. Sin embargo, en las condiciones de Cuba sería el de mayores posibilidades. Países más cerrados, con conflictos armados y fronterizos, divisiones étnicas, bloqueos y contradicciones antagónicas lo han logrado.
El extremismo político y la desesperanza son obstáculos para traducir el malestar ciudadano en estrategia política capaz de articular consensos. Sirva a la reflexión que los cubanos somos eternos inconformes, siempre hemos tenido una nación «real» y  una «soñada». Nos distinguen los sueños, fueron ellos los que abanderaron nuestras mayores epopeyas.
Para contactar con la autora: ivettegarciagonzalez@gmail.com
***
[1] Algunas recomendaciones básicas a la agenda de diálogos nacionales son: no sobrecargarla y que se corresponda con los objetivos fundamentales acordados, debe ser inclusiva, avanzar de los puntos menos conflictivos, dedicar el tiempo necesario a los de mayor complejidad y desacuerdo, valorar pertinencia de usar grupos de trabajo para descomponer y analizar los aspectos más polémicos previo a su presentación en plenario.
[2] Luego de las protestas masivas del 11 y 12 de julio, se han registrado durante el mes de agosto otras 297 a pesar de la represión. Estas integran la cifra de 2,109 registradas desde septiembre del año pasado.
[3] En cuanto a participantes, según modalidad, objetivo y contexto, han oscilado entre diez hasta más de mil, y, en cuanto a duración, ha sido desde diez días hasta dos años.

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Controversias sobre el (los) diálogo(s)

Diálogo se ha vuelto palabra recurrente y controversial. Como expresión de la crisis sistémica del país, pareciera que hablamos sin entendernos. Desde la sociedad civil se acuña al gobierno como no dialogante; mientras, este reitera que siempre ha estado dispuesto al diálogo, y de hecho lo hace. ¿Entonces?
En principio, el diálogo es la forma de comunicación entre dos o más personas que exponen e intercambian ideas, una conversación que no implica necesariamente concertar acuerdos. Tiene múltiples variantes, es también mecanismo de resolución de conflictos y recurso fundamental para la convivencia civilizada.
En el ámbito sociopolítico —sean espontáneos, planificados, entre sectores sociales y entre estos y el poder— se emplea para articular consensos y solucionar problemas específicos. Sin embargo, cuando la crisis es general y se quiebra el pacto social, existen partes en disputa y represión; o cuando se pretende transitar de tradiciones autoritarias a una democratización de la sociedad, la experiencia internacional aconseja la convocatoria a un Diálogo Nacional.
Este debe ser inclusivo, sentar a la mesa de negociaciones a las partes en conflicto y derivar acuerdos vinculantes. Cinco reglas probadamente efectivas en escenarios negociadores son: 1) reconocer que todos tenemos percepciones viciadas sobre lo justo; 2) evitar que las tensiones se agraven con amenazas y provocaciones; 3) superar la mentalidad de «nosotros contra ellos» y concentrarse en buscar el objetivo común; 4) develar los problemas ocultos bajo la superficie y 5) separar los temas «sagrados» de los que no lo son en realidad.
La película Oslo, estrenada en la televisión cubana recientemente, ilustra cómo se lleva a cabo un proceso de diálogo entre partes en conflicto, Israel y Palestina en ese caso.

Tres factores evidencian la pertinencia de un Diálogo Nacional en Cuba:
1.- Desgaste e inoperancia de los canales tradicionales de diálogo relacionados con el poder. Han sido diversos entre ciudadanos y componentes del sistema político. El más amplio y decisivo para el desarrollo democrático es el de los órganos del Poder Popular. Desde hace más de tres décadas, o se han vaciado de contenido y eficacia, o no tienen impacto ni credibilidad a escala popular.
2.- Mayor complejidad y riesgos en el escenario actual: crisis económica y social, incremento de las contradicciones internas, ampliación del disenso con alternativas ideopolíticas, acciones cívicas contestatarias  e incremento de la represión. Noviembre 2020 abrió una fase crítica con los sucesos de San Isidro, el MINCULT y sucesivas protestas aisladas, hasta el estallido social del 11-J. Casi todas fueron pacíficas y apelaban en su mayoría al diálogo con la institucionalidad del país, pero fueron reprimidas.
3.- Persistencia de la criminalización del disenso y evasión del diálogo inclusivo a partir de la estimulación del extremismo político y la crisis. Dos ejemplos:
– Sucesos del 27 de noviembre en el MINCULT. Gracias a su magnitud y la sorpresa, se logró un primer diálogo, más que todo una negociación para el siguiente, con algunas decisiones oficiales emergentes para calmar los ánimos. Sin embargo, el gobierno canceló el diálogo e insistió en no hacerlo con personas supuestamente comprometidas con la agenda de los EE.UU. Inició una campaña de criminalización en varios medios y amplió sucesivamente, sin pruebas condenatorias, la lista de excluidos —quienes «apoyan actividades terroristas», o tienen demandas «con un origen en la mentira y el oportunismo»— con los que «no existe opción de conversar».
– Articulación Plebeya, iniciativa con rápida acogida en la sociedad civil y que generó un primer debate público en internet sobre el Diálogo Nacional. Este fue atacado directamente y el proyecto experimentó la criminalización en los medios y la desarticulación por el gobierno. Uno de los textos más agresivos «Ni plebeyos ni patricios: equivocados», se publicó en Cubadebate, con setenta y cinco comentarios del mismo tono, muchos sin conocer la razón del título.
Después del 27 de noviembre y el acuerdo inicial, el gobierno canceló el diálogo e insistió en no hacerlo con personas supuestamente comprometidas con la agenda de los EE.UU (Foto: Yamil Lage/AFP)
No basta reconocer la pluralidad
Esos y otros fracasos similares provocaron frustraciones y reservas respecto a la viabilidad de un Diálogo Nacional. El gobierno, aparentemente dialogante, ha mantenido el discurso polarizante y excluyente. No admite siquiera el derecho a réplica de quienes son desacreditados en medios oficiales. Estos solo encuentran espacio en las redes sociales y la prensa independiente.
Las recientes protestas masivas evidenciaron que no se trata de un sector, demanda o lugar específicos. Es un conflicto nacional que por primera vez replica la emigración en varios países. En la raíz está la fractura del pacto social que había emergido de la Revolución durante los años sesenta. La persistencia de un modelo con rasgos totalitarios y del corporativismo autoritario, agudizó las contradicciones internas que identifican nuestro presente.
Un proceso de diálogo nacional es la mejor vía para conseguir, como expresó el sociólogo cubano Lenier López, «un marco con reglas justas en el cual ninguna de las tantas partes que componen nuestra nación pueda ser avasallada por otra».
Solo los extremos —el sector radical en los EE.UU., que tiene algunos seguidores en Cuba y el gobierno cubano— se han opuesto a ese Diálogo. Ambos sostienen posturas intransigentes y no reconocen legitimidad en los contrarios.
El desconocimiento de la institucionalidad del país y el extremismo contra quienes optan por esa solución pacífica y soberana, no impediría el Diálogo, pero complica el escenario al enrarecer el ambiente para tal proceso. Deberían pensar responsablemente en las condiciones de Cuba y considerar que la violencia y/o cualquier subordinación a una agenda extranjera, los descalifica ante las mayorías.
La responsabilidad del gobierno es alta porque a su cargo está la estabilidad del país y la activación del mecanismo de diálogo nacional. Su actitud es incoherente con la capacidad negociadora que muestra internacionalmente. Una simple evidencia es su papel en los diálogos sobre la paz en Colombia, el proceso para restablecer las relaciones bilaterales con los EE.UU, e incluso con la CIA para cooperar en inteligencia.
La actitud del gobierno es incoherente con la capacidad negociadora que muestra internacionalmente. Una simple evidencia es el proceso para restablecer las relaciones bilaterales con los EE.UU (Foto: Pablo Mayo Cerqueiro/Reuters)
En el ámbito nacional, el Partido/Gobierno/Estado usa el diálogo en la cómoda y tradicional acepción de conversación, de donde pueden derivar o no decisiones oficiales. Con frecuencia se combinan las muestras de «reafirmación revolucionaria» y —desde el compromiso político incondicional— discretas reivindicaciones sectoriales. 
Todos los diálogos son legítimos, pero:
– Los que son al estilo del gobierno ayudan solo momentáneamente porque no resuelven el verdadero conflicto, que se mantiene en los procesos paralelos: agudización de la crisis, medidas paliativas o a destiempo, represión, cascada de leyes y decretos de espaldas al pueblo, algunas de las cuales otorgan ciertos beneficios, pero en lo esencial pretenden blindar más al Estado y ahogar el disenso.
– Existe una profunda asimetría entre las partes. Un Partido/Gobierno/Estado todopoderoso y una sociedad civil débil y violentada sistemáticamente por este. El gobierno es doblemente opresivo y agudiza las contradicciones cuando —a sabiendas de que la mayoría no responde a ninguna agenda extranjera— impide que esa parte en desventaja ejerza el mismo derecho a dialogar y articularse.  
No basta reconocer la pluralidad, es preciso apegarse al pluralismo político como principio para gobernar democráticamente. Estamos en un momento crucial y debemos entendernos. El conflicto es nacional y como tal debe encararse. Un diálogo a esa escala permite alcanzar acuerdos vinculantes y sostenibles para salir de la crisis. Sería un importante paso de avance en el camino para edificar un nuevo proyecto de país.
Para contactar con la autora: ivettegarciagonzalez@gmail.com

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