HAVANA CLIMA

de cierta manera

Flash back o de cómo el hábito no hace una Revolución

-VII-
La emisión por televisión del documental Canción de barrio (Alejandro Ramírez-2014), luego de casi siete años de realizado, generó hace unos meses un intenso debate en las redes sociales sobre el triste panorama existencial que ofrecían, para sus habitantes, varias zonas de la ciudad.
Recuerdo los largos aplausos que recibió cuando fue presentado en el cine Chaplin, y también las caras de desconcierto de algunos funcionarios, que fueron invitados para un filme sobre las giras de Silvio y se encontraron con uno sobre la gente que vive en los barrios donde cantó el trovador. Hay personas que anidan en una zona de confort, una burbuja, suerte de Matrix que los sitúa en otra dimensión. Nunca entienden nada, o quizás sí, pero prefieren esconder la cabeza, como el avestruz.
Cuando fue exhibido por televisión ya habían ocurrido las manifestaciones multitudinarias del 11 de julio, que tuvieron por motivo principal la irritación ciudadana ante la inercia de las autoridades, incapaces de solucionar cuestiones elementales como el suministro de agua, la alimentación o la electricidad en sus zonas de residencia.
Lo que comenzó como una protesta local, se extendió rápidamente por todo el país, confirmando que esa sensación de abandono y cansancio no era casual o puntual. Ese día se quebró el pacto social que la Revolución había propuesto desde hace décadas a los cubanos. Confiar, resistir, creer, tener fe en que, por su acción, la vida sería… ¿más próspera y sostenible?
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-VI-
Quince años antes, en el 2006, un grupo de jóvenes estudiantes de la facultad de medios audiovisuales (FAMCA-ISA) decidió realizar su ejercicio docente en los asentamientos ilegales de San Miguel del Padrón, Regla y Guanabacoa. Era importante documentar lo que allí ocurría y que los medios parecían ignorar.
Casas de madera y cartón, armadas con planchas de metal y desechos, salideros, falta de luz, rústicas letrinas y muchas otras calamidades formaban parte de la vida cotidiana allí. Un padre que se llama Fidel, nombra a su hijo recién nacido, Elián, en honor al niño rescatado en el estrecho de la Florida a fines de 1999, pero llora desconsolado ante las cámaras pues no tiene apenas dinero o trabajo para mantenerlo.
La mayor parte de los entrevistados proviene de las provincias orientales donde, según nos cuentan, no tienen oportunidades y la vida es muy dura. El documental se titulaba Buscándote Habana, fue dirigido por Alina Rodríguez y terminaba con el tema Lucha tu yuca, de Ray Fernández.

(…) el cacique mandó montones a contar
a la tribu, quiere censar
el bohío que ocupas tú, prepárale un ritual
no sea que te declaren ilegal.
 
(…) Ay trabaja, trabaja, como suda el indito
al que todavía pagan con espejitos
en las horas de ocio juega al Batos un poquito
porque está caro, muy caro
el areito
(…) Lucha tu yuca taíno, lucha tu yuca…

-V-
A finales de los años ochenta, el instituto de cine cubano (ICAIC) realizó una serie de documentales y noticieros que se adentraban en los llamados barrios insalubres que proliferaban en la capital. Poco antes, en 1986, Juan Formell y los Van Van habían lanzado su hit La Habana no aguanta más, y aunque todo el mundo lo bailaba y cantaba, el tema se percibía como un eco fiel del hacinamiento y desatención que se observaban en muchas zonas de la ciudad.
Jorge Luis Sánchez filmaría por esos años su premiado documental El fanguito (1990), donde daba voz e imagen a las angustias de los habitantes de esa comunidad, situada a orillas del río Almendares. Los pobladores, gente humilde y honesta, decían simpatizar con la Revolución, pero al mismo tiempo sentían que esta se había olvidado de ellos.  
En la URSS, Gorbachov había iniciado su Perestroika, proceso de reformas que cambiaría la historia contemporánea; en Cuba, Fidel respondía con su Período de rectificación de errores y tendencias negativas. Era evidente que el socialismo, tal cual se había entendido y —sobre todo— practicado, hacía aguas. Los sueños del futuro luminoso habían terminado para muchos.   
Por aquellos años, José Padrón realizaba varios Noticieros sobre el ruinoso estado de la vivienda en la capital. En uno de ellos aparecía el grupo Mezcla interpretando otro popular tema sobre el contaminado río Quibú, que atravesaba zonas densamente pobladas en Marianao. En algún momento, mientras el espectador contempla imágenes sombrías de casas levantadas entre aguas albañales, escuchamos lo siguiente:        

(…) en estas condiciones viven alrededor de 60 mil habitantes de la capital del país… En América Latina entre el cuarenta y el sesenta por ciento de los habitantes de las grandes ciudades viven en barrios insalubres, pero ellos no tienen una revolución socialista y nosotros sí.

Tal observación no es anecdótica. Entraña una profunda reflexión sobre el sentido del proceso de transformaciones sociales iniciado en el país a partir de 1959, que situó como centro de atención principal a los sujetos más desfavorecidos y olvidados. Infinidad de planes, proyectos y discursos se habían sucedido cada año para mantener activas las esperanzas de los ciudadanos, dispuestos siempre al sacrificio en aras de un futuro mejor para sus hijos. Y sí, se hicieron cosas, pero otras muchas, esenciales, vitales, fueron postergadas indefinidamente.   
Tres décadas después no habían sido solucionados, ni de cerca, problemas como el de la vivienda, la alimentación o el transporte. La emigración hacia el exterior continuaba y los desplazamientos de zonas rurales a urbanas resultaban indetenibles, a pesar de toda la inversión en obras sociales e industriales llevada a cabo por la dirección del país.
Como si esos casi treinta años de sacrificios, trabajo, zafras y promesas no fuesen nada, el periódico oficial del Partido nos decía en un gigantesco titular de 1987: ¡Ahora sí vamos a construir el Socialismo!
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-IV-
Años antes, en 1974, la realizadora cubana Sara Gómez filmó su primera y única película de ficción, titulada De cierta manera.  Un crédito inicial nos aclara ahora que se trata de un largometraje con algunos personajes reales y otros de ficción. Rápidamente, vemos imágenes de archivo que contrastan entornos ocupados por seres que subsisten en precarias condiciones sanitarias, alternando con otros donde diferentes familias habitan nuevas urbanizaciones populares.
Un narrador ofrece información generalizada de lo que ha venido ocurriendo desde los primeros años de la Revolución. Da algunas cifras comparando el antes y el después. Se nos dice que el desamparo y la marginalidad, tan habituales en la época anterior, van siendo paulatinamente sustituidos por las obras humanas de la Revolución. Hay un mensaje esencial: no basta con mejorar las condiciones de vida de una comunidad, sino que es necesario brindar a sus habitantes oportunidades laborales y de superación profesional.
Se insiste en que las conductas delictivas, la violencia y el desaliento son generadas por el desempleo, el analfabetismo y la falta de expectativas, componentes típicos del capitalismo. Pero… ¿acaso muchas de esas cuestiones no están presentes también hoy?
El sujeto, marcado por su entorno y por ciertas prácticas culturales; el viejo conflicto entre barbarie y civilización, entre lo viejo y lo nuevo; queda retratado en una imagen en la que se distinguen modernas casas prefabricadas y, en sus portales, en plena ciudad, los propietarios crían cerdos y cabras.  
Una secuencia nos introduce en una escuela primaria de la localidad: el matutino, las flores a Martí, los pioneros sonríen en una fila. Aparece la maestra y con ella el personaje, o sea, la ficción. Se muestra sorprendida porque no imaginó que una década y media después de la Revolución, aún podían encontrarse barrios en tales condiciones de atraso.  
La película, que adquiere por momentos un tono didáctico, sigue su curso. Salta de personajes y situaciones dramáticas a reflexiones sobre la marginalidad, las prácticas religiosas afrocubanas o el machismo. En algún momento leemos un extraño texto a toda pantalla: Después del triunfo de la revolución, no existe en Cuba sector marginal alguno.

El chovinismo, las consignas y polarizaciones —el dogma—, son actitudes consustanciales a la práctica socialista en Cuba. Cualquiera que estudie un poco los textos, discursos o leyes revolucionarias, encontrará repetidas mil veces las mismas palabras o visiones del mundo. La Revolución como fin de un camino. Ya nada puede superarla. Todo suele leerse, además, desde una lucha de contrarios, el lenguaje de la trinchera o, incluso, la guapería.

(…) el primer derecho que tiene la Revolución es su derecho a existir y contra ese derecho nada, ni nadie. (Fidel, 1961).

-III-
Sara fue una mujer inquieta y muy talentosa, que veía a la Revolución como un proceso justo, pero necesitado de perenne revisión. ¿Qué sería de ella hoy? Nunca se conformó con las historias oficiales, por eso se trasladó, en 1967, hacia la granja Libertad, un centro de reeducación para adolescentes situado en la Isla de la Juventud, donde filmaría sus documentales La otra Isla y Una Isla para Miguel.
Las ideas del hombre nuevo estaban en su apogeo, y qué mejor lugar que ese para documentar historias de vida y transformación. Allí se llevaba a cabo un experimento con jóvenes que presentaban «problemas de conducta» e inadaptación social. Los campamentos de trabajos forzados (UMAP) habían sido desmantelados, pero los ecos de esa tragedia estaban aún muy cerca.
Durante muchos años, al saco de «los marginales» fueron enviados los delincuentes y antisociales, los vagos y criminales, los enemigos de la Revolución y los críticos o disidentes ideológicos. Asimismo quedaron estigmatizados cientos de miles por su identidad sexual, el color de su piel o sus creencias religiosas.
El discurso oficial entendía que todas esas manifestaciones conformaban una «lacra social», remanente del pasado que debía ser extirpado. La reeducación, a través del trabajo y el sacrificio, era el camino.   
En los documentales de Sara encontramos por ejemplo a Fajardo, el voluntarioso instructor cultural de la granja. No cuenta con mucho apoyo y tiene que resolverlo todo por su propia gestión. Nos dice que allí todo es trabajo, pero que él trata de llevar la cultura y el teatro hacia ellos, porque siente que esos jóvenes lo necesitan. Una cosa no puede separarse de la otra.
Rafael es tenor, egresado de las primeras escuelas de arte creadas por la Revolución. Aunque interpretó algunos papeles, sintió la presión de los prejuicios raciales y la discriminación, ya que las cantantes o actrices no querían trabajar a su lado. Se trasladó a la Isla porque creía que podía purgar esa frustración trabajando por dos años en el campo. No ha olvidado el arte y sueña con representar algún día La Traviata. ¿Lo habrá conseguido? Dice que allí, la gente es diferente: no es como en La Habana, aquí hay otro tipo de conciencia.

Lázaro fue seminarista, es un joven educado bajo determinados principios y creencias. Cuando trabajaba en un área educativa en las montañas del Escambray conoció la muerte en el rostro del joven alfabetizador Manuel Ascunce, asesinado por bandas contrarrevolucionarias. Para él, nos dice, fue traumático, un impacto que le hizo repensar toda su existencia e ideas.
Desde ese día, entendió que la violencia era necesaria como única vía para erradicarla. Lleno de angustias y contradicciones, espirituales o profesionales, decide entrar en la granja de la Isla, para, a través del trabajo en una vaquería, encontrar el camino de la paz o el perdón para su conciencia, pues quiere ahora luchar por el hombre y su futuro.
En algún momento aparece Cacha, una profesora que nos explica cómo las muchachas tienen allí todas las libertades, salen de pase los fines de semana, van a la playa o incluso viajan a La Habana para ver a su familia. Sara le pregunta por las relaciones sexuales y los aspectos morales que pueden imponerse. Es mencionado el ejemplo de una muchacha embarazada, algo prohibido en el campamento. Se piensa aplicar un consejo disciplinario, quizás una expulsión, pero luego se llega a la conclusión de que ese bebé, será más comunista que todos nosotros juntos. 
La granja como espacio para exorcizar el mal. Lugar donde todos, incluyendo el feto de la muchacha, encontrarían su purificación absoluta. Revolución, trabajo, sacrificio, conciencia, comunismo. Todos hablan en similares términos. Como una ecuación matemática o piezas de un engranaje. Debes encajar, integrarte, sino serás desechado. ¿Y el ser humano? ¿Dónde ponemos sus miedos, sus sueños, su bondad, sus deseos íntimos, sus intereses, sus dolores y debilidades, su cultura, su familia?     
Recordé entonces un documental realizado por el ICAIC en 1960. Fue uno de los primeros rodados por esa institución. Se titulaba Torrens (dirigido por Fausto Canel), un filme auspiciado también por el Ministerio de Bienestar Social. Cerca de la capital se levantaba un centro de reeducación para menores. Como era habitual en muchos filmes de la época, el narrador marcaba las pautas. Era la voz de la… ¿sabiduría? En un momento hace la singular aseveración de que pronto desaparecerán lugares como ese porque sencillamente no habrá menores delincuentes en Cuba.
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Se desgranan los argumentos de la utopía revolucionaria, que desde momentos tan tempranos intenta convencer al espectador de su valía como proyecto social. Se trazan perspectivas y comparaciones entre dos épocas, mientras observamos a los niños que antes limpiaban zapatos, trabajaban o vivían en solares y cuarterías. El régimen anterior propiciaba la miseria, las diferencias de clases y el vandalismo.
Bajo el capitalismo, se nos enfatiza, los niños no tenían oportunidades y solo unos pocos (presentados como burgueses o privilegiados) podían superarse. Ahora la Revolución ha llegado para desterrar aquel pasado, favoreciendo una educación para todos y trabajo honesto como forma primordial de vida.
Existe una retórica aquí que empieza a imponerse, pero aún no lo sabremos. Es lógico, la mayoría está demasiado entusiasmada por los cambios y promesas revolucionarias. Frenar la emigración, el desamparo; entregar tierras y viviendas; acabar con el hambre, el analfabetismo, la prostitución, la muerte, la corrupción política, el juego, la venta de nuestras riquezas al extranjero.
Hay un proyecto por construir, un país que reformar. ¡La constitución del 40 sería restaurada y con ella todas las garantías democráticas! Eso dijo Fidel en La historia me absolverá. Pero, ¡cuántas cosas se dijeron antes del 59, y después: en los sesenta, los setenta, los ochenta… !
-II-
Las películas y documentales cubanos visualizan e imaginan un país. Son testimonio de las angustias e interrogantes que han acompañado a nuestros cineastas. Hoy se hacen otros filmes, hay otras generaciones, nuevos escenarios, compromisos y sujetos: unos hombres que habitan (¿y esperan la muerte?) en una chatarrería de barcos; unos héroes de Angola que se sienten solos y abandonados; un trovador al que le hacen actos de repudio, una madre que ve partir a sus hijos; una pareja que malvive en un solar y está dispuesta a todo.
Ellos también marchan al margen de la vida, son el resultado de un sistema, un grupo de ideas que quizás abrazaron cierto día, son víctimas de ellos mismos. Relatos tristes, dolorosos pero reales. Hay muchas sombras que iluminar, revelar. Una historia oficial que valorar, sí, pero también deconstruir, repensar.
(Inserto)
En 1988, mientras estudiaba en el instituto de cine de Moscú, la película Pequeña Vera (de Vasili Pichul) causaba furor, abarrotando los cines y generando amplio debate en los medios. Fue algo inédito en el cine soviético. Su drama, situado en una familia obrera y disfuncional, seguía el despertar sexual de una joven, rodeada de padres alcohólicos y amargados. Alguien irritado protestó en el parlamento o Duma estatal preguntando por qué se rodaban películas así. Le respondieron: Ellas no son el problema. Deberíamos sentir vergüenza por aceptar vivir así tantos años.
-I-
Cuando la Revolución despertó, la pobreza y la marginalidad seguían ahí. Pretender que ella, o el socialismo, borrarían para siempre tales cuestiones por el simple hecho de existir, solo demuestra idealismo y desprecio hacia las complejas leyes y dinámicas sociales o humanas que mueven el mundo. El acceso masivo a la educación, la salud, la cultura, son pasos de gigante, pero tienen que sostenerse sobre terrenos sólidos y estables; de lo contrario, se precipitan y desaparecen. Soñar es bueno, pero tener los pies en la tierra es mejor.
A los «marginales» se les denomina hoy «vulnerables», y los medios oficiales, instigados por las autoridades, tratan el asunto como si de pequeñas o aisladas comunidades se tratase, pero ya se sabe: no hay peor ciego que… el militante que no quiere ver.
No se trata de un barrio, sino de un país y de más de cien mil cubanos emigrando en apenas un año. Son demasiados para una isla que se creyó continente. Los «marginales» ya no están en la periferia, ahora son el centro. No son delincuentes, ni son las víctimas de un sistema anterior, puesto que la mayor parte de la población cubana nació después del 59.
Sesenta y dos años son muchos para seguir eludiendo responsabilidades. Las consignas no calzan ni visten a nadie, ninguna pone un plato en la mesa. Tenemos una política económica fracasada, un proyecto de país siempre postergado, ralentizado, realizado a ratos, a medias y tambaleante. La revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes, aún está por concretarse.

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