HAVANA CLIMA

Crisis de Octubre

Autoincineración

Mi lugar de nacimiento es un dato confuso: en algunas inscripciones aparezco pinareño, en otras habanero, y en la última resulta que soy devoto de la diosa Artemisa. Los pocos miembros de mi familia que quedan en Guanajay me prefieren capitalino, y no me perdonan haberles quemado accidentalmente, niño aún, un rancho repleto del mejor tabaco del mundo. Una fumada espectacular.
Lo más relevante de mi enseñanza primaria fue un mural que diseñé en ocasión de una visita del presidente de la república para inaugurar una carretera. Busqué una foto de Carlos Prío y la rodeé de flores y tres o cuatro frases altisonantes. Al retirar la tela que lo cubría, el presidente se puso pálido y por poco me manda a fusilar (es conocido el carácter que se mandaba Batista).
Hoy, en el Museo de Guanajay, se conserva una instantánea del momento de estupor que produjo mi mural, pero se le achaca la «protesta cívica» a mi entonces maestra. Algún día reivindicaré aquella burrada, aunque solo me sirva de prueba la libreta de Historia que aún conservo con las clases que nos impartió la susodicha.
Al triunfo de la Revolución me encontraba preso en el Castillo del Príncipe. La injusticia quiso se me acusara del asesinato de un senador acribillado por las balas segundos antes de salir yo por la chimenea de su residencia con un botín a cuestas. Qué puede esperar un joven de veinticuatro años condenado a uno más de cárcel (veinticinco) que no sea podrirse entre rejas.
Los barbudos me devolvieron la vida. Y tuve que devolver al tesoro público un diamante valorado en veinticinco mil pesos (a mil el año hubiera salido la cosa). Me dejé crecer la barba y estuve treinta y dos meses con grados de subteniente al frente de la galera número tres del Príncipe, la misma en que figuraba como reo el verdadero asesino del senador del diamante. Este (el criminal) falleció calcinado en un incendio que causó la colilla de un habano una semana antes de que me trasladaran a la Escuela de Artillería de Managua (siempre me he sentido sospechoso de provocar tal incendio).
Allí, limpiando una escopeta, se me escapó un tiro y herí de muerte, o maté de heridas, al cocinero del regimiento. Salvé la honra porque en la investigación salieron a relucir relaciones un tanto estrechas del occiso con un homosexual bailarín de Tropicana que voló al norte. Ignoro cuál de los vuelos cerró el caso, pero quedé como el tipo que por poco mata dos pájaros de un tiro.
Como medida disciplinaria me mandaron esta vez a los cafetales de Maisí, donde pasé los mejores años de mi juventud desvelado por las atenciones al aromático grano y por las cantidades industriales que bebí de la estimulante infusión. De aquella época data un artículo que envié al periódico provincial y que el director, con solo ver el encabezamiento, me publicó sin chistar. «El título le levanta el patriotismo a cualquiera», había comentado él. «La heroína de la Sierra» era un análisis sobre el consumo de estupefacientes en la zona de Puriales de Caujerí.
Muchos años después, al fundamentar la separación definitiva de mi puesto de administrador de la granja pecuaria El Cuartón de Tula por colocar a su entrada una valla con la foto de Ubre Blanca y el texto «Comandante en Jefe, ordeñe», se citaba, como antecedente de mi conducta, la ambigüedad del mencionado título.
Al surgir el Cordón de La Habana nos hicimos célebres (el antiguo director del periódico provincial y yo) por la cantidad de posturas enviadas a occidente para sembrar cafetales en las colinas de la capital; aprovechábamos las trincheras cavadas en plena Crisis de Octubre. Fue el fin de la pujante finca, porque el café nunca retoñó en La Habana, y la historia demostró que dichas tierras —las de la capital y las de Maisí— eran más productivas para el cultivo del marabú.
Los últimos años de la década del sesenta los pasé como jefe de lote en los campos villareños, sembrando la caña que se molió en la Zafra de los Diez Millones. Al finalizar esta, se le achacó la culpa de su fracaso a mi entusiasmo por el sistema australiano de quema de la caña de azúcar. A mi favor debo decir que nadie advirtió que de la quema estaban exentos los viveros destinados a semillas.
Diez años estuve en Cayo Veitía como guardafrontera, comido por los jejenes o engulléndolos. Conservaba el desvelo de los tiempos gloriosos de los cafetales de Maisí: en mi zona no hubo infiltración enemiga. En otros puestos fronterizos los centinelas se dormían, recibían una lluvia de tiros, y luego eran ascendidos por repeler la agresión. Yo, que en mi sonambulismo solo repelía mosquitos y prendía hogueras para el café de medianoche, quedé en soldado raso, pues por mi posta nunca hubo penetración enemiga, ni siquiera ideológica.
Cuando la emigración por el Mariel, y dada la abundancia de plazas vacantes, me situaron —uniforme incluido— en el Banco Nacional de Cuba a incinerar billetes viejos o en mal estado. Me fue bien, tanto que estuve hasta 1992, pero un día no cumplí mi cometido y por poco me apropio, si no me hubieran descubierto, de un pequeño maletín con varios miles de pesos.
Como a todo desmovilizado del Ministerio del Interior, se me dio la oportunidad de trabajar en una firma extranjera, en este caso española: la sucursal de los autos Seat en Cuba. Mi puesto de asesor de márquetin del área comercial justificó propusiera el siguiente slogan: «Donde Seat, como Seat y para lo que Seat».
La sanción consistió en ocupar el puesto de fregador de platos y otros enseres en este, el entonces centro turístico El Salado. La experiencia de otrora consolidó mi prestigio con la cafetera y el director confió en mí para la colada del mediodía. La conversión en motel para el turismo internacional me sorprendió afianzado en la plaza de maletero y como ayudante del bar, donde inventé varios cocteles con crema de café premiados en competencias provinciales de gastronomía.
Tras la dolarización de la economía, con un título de Licenciado en Bioquímica obtenido quemándome las pestañas, he ganado en propinas, mensualmente, diez veces la suma de mis salarios como subteniente, jefe de granja y de lote, guardafrontera, empleado del Banco Nacional y asesor de márquetin.
Ahora, por mi condición de vanguardia —ya hablé de los premios, pero agrego mis donaciones de divisas a la Sala de Quemados del hospital Calixto García— me recomiendan para un puesto en el Partido municipal. La Comisión de Idoneidad pidió redactara esta autobiografía. Espero haber sido lo suficientemente honesto para que, lectura concluida, desistan del empeño y me sugieran incinerarla.

Leer más »

60 años no es nada (III)

Aunque la Crisis de los Misiles es un evento archidocumentado y analizado desde todos los ángulos, sigue siendo pasto de estereotipos habidos y por haber.
Basta un calendario para comprobar que entre el 22 de octubre, cuando JFK denunció la presencia de los cohetes y se inició el despliegue de fuerzas y el bloqueo aeronaval, y el 20 de noviembre, cuando las fuerzas armadas de EEUU recibieron la orden de pasar de Defcon 3 al nivel normal de alerta, transcurrieron 29 días, no 13, como se dijo.
Más que 13 días
Esto de la duración no tendría mucha importancia, si no fuera porque el mito de los 13 días refuerza la idea de que la crisis fue un pulseo entre dos líderes, y quedó sellada en cuanto alcanzaron un acuerdo. Deja fuera que el peligro de confrontación se extendió durante todo el tiempo que se mantuvo el bloqueo aeronaval a la isla; los aviones de combate siguieron volando a baja altura, para «verificar el desmantelamiento de las bases;» continuó la presión para que además de los cohetes nucleares se retiraran los bombarderos Il-28, las lanchas  Komar, los Mig 21, y otras armas convencionales en Cuba, que EEUU no había convertido en piedra de escándalo.
Puesto a rodar por el best-seller de Robert Kennedy Thirteen Days, ese mito de los 13 días no recoge el tiempo en que EEUU trató de seguir metiéndoles el pie a los soviéticos, aprovechando que estaban en retirada, y minimizar su apoyo efectivo a Cuba, aprovechando que esta no había participado en la negociación. La Crisis se alargó no solo por esa presión de EEUU, la mediación del Secretario General de la ONU, U Thant, y la misión diplomática del vice-premier Anastas Mikoyan, sino por el mantenimiento de los vuelos a baja altura. Solo cuando Fidel Castro le anunció en carta pública a U Thant, el 14 de noviembre, la decisión de no permitir más vuelos rasantes, que atronaban el espacio aéreo y la moral de combate de los cubanos, JFK mandó a suspenderlos (al día siguiente), y luego a desmovilizar las tropas. Ahí fue que la Crisis quedó sellada.
Otra idea repetida es que la «posición inamovible de JFK» y «la cordura» y ecuanimidad de los dos líderes fueron claves en hacer retroceder el conflicto, y cauterizaron sus raíces. Si se considera que JFK estaba aterrado por el predominio de la invasión a Cuba en su Consejo de Seguridad Nacional, y Jruschov se había dado cuenta de que la situación se le estaba yendo de las manos luego del derribo del U-2 en Holguín, se puede entender que ninguno de los dos buscara un acuerdo de fondo, estable y duradero, sino apenas un pronto arreglo, que parara el golpe nuclear, en medio de una situación tan azarosa, que podía desencadenar la Tercera guerra mundial. 
Después de octubre
Esto no tendría mucha importancia, si no fuera porque la causa de la Crisis, o sea, la amenaza de EEUU, y sus efectos sobre la vida de los cubanos, no cesaron nunca. Porque quedar expuesta y a solas con unos EEUU no precisamente apaciguados determinó su sistema político y la conducta de su liderazgo en lo adelante. Porque siguieron ahí la base naval de Guantánamo, con sus constantes provocaciones; el apoyo a los alzados en varias provincias, y los cuarteles de organizaciones paramilitares en Florida, a lo largo de los 60 y 70; el bloqueo económico, convertido en eje de la estrategia de aislamiento y desestabilización. Y también porque la isla se mantuvo como actor recurrente en sus radares sobre amenazas en el Caribe, y objetivo en sus planes de contingencia.
Así, en 1978 se desencadenaría una «minicrisis» en torno a unos Mig 23 «recién descubiertos» en la isla; y otra más, un año después, acerca de una supuesta «base de submarinos nucleares» en Cienfuegos. Ambas desvanecidas en el aire, pero alimentadas por el mismo vaho de 1962: Cuba como «proxy soviético» y «exportadora de revoluciones,» en la región y más allá. Según un informe del Pentágono en los años 80, Cuba era para EEUU  una amenaza «solo menor que la soviética.»
Apenas iniciadas las guerras centroamericanas en aquella década, el general Alexander Haig, secretario de Estado, propuso públicamente «ir a la fuente» del conflicto, y lanzar un «golpe quirúrgico» contra Cuba, según él, la causa de la guerra en El Salvador, Guatemala y Nicaragua. La expresión que usó en privado el general Haig fue la misma del general Lemay en 1962: «podemos convertir la isla en un parqueo en cinco minutos.» La URSS, por su parte, le recordaría secretamente a Cuba que la sombrilla del Pacto de Varsovia, veinte años después, se limitaba al otro lado del Atlántico.
En esa misma época, los planificadores militares del Pentágono razonaban sobre la capacidad cubana para interferir las «líneas de comunicación marítimas» (sea lanes of communication) requeridas por las fuerzas que atravesaran el Canal de Panamá y el Caribe, en el escenario de una contingencia militar en Europa o el Medio Oriente. La mera idea de que la Marina cubana —una flotilla de guardacostas, lanchas con misiles y tres submarinos de entrenamiento— tratara de detener el convoy de la 82 División Aerotransportada de EEUU en zafarrancho de combate por el Caribe podría parecer más bien la trama de un thriller. Salvo si se considera que su versión invertida se hizo realidad cuando la invasión a Granada, en 1983.
Reunidos en Antigua para preparar la Conferencia Tripartita sobre la Crisis de Octubre en La Habana, McNamara me aseguró que si Cuba dejaba de intervenir en El Salvador, EEUU buscaría normalizar relaciones, y que él lo sabía «de buena tinta,» o sea, por la Casa Blanca de George H. Bush. Suponiendo que las guerras en El Salvador y Guatemala se mantuvieran por el apoyo cubano, le dije yo, ¿por qué entonces EEUU vetó que Cuba participara en las mesas de negociación de Contadora y Esquipulas? En lugar de sentarse con el gobierno cubano, como cuando se alcanzó el acuerdo de paz en el suroeste de África, en 1988. Aunque EEUU seguramente sabe que Cuba ha reducido a la mitad sus fuerzas armadas después de Angola, sin embargo, nada de eso ha movido un milímetro las relaciones. ¿Cómo podemos asegurar que lo haría si Cuba le virara la espalda al FMLN; y que no seguirán pidiéndonos concesiones de política interna ad infinitum? «Se lo garantizo yo,» me dijo.
Y treinta años después
Treinta años después, sin guerras en Centroamérica, tropas cubanas en Africa ni alianza cubano-soviética, la política de EEUU hacia la isla sigue arrastrando básicamente la estructura de conflicto heredada de la Crisis de 1962, y manteniendo el patrón de pre-condiciones y doble rasero. Igual que sigue intentando meterles el pie a sus enemigos grandes e ignorar a los chiquitos.
60 años no es nada (II)

En el contexto de la crisis en torno a Ucrania, parece como si las alarmas de 1962 se hubieran disparado, y halcones, osos, dragones y otros animalitos del zoológico de la Guerra fría se hubieran despertado. Me pregunto, por ejemplo, qué pasaría si mañana un corresponsal o un medio antigobierno aquí anunciara que les han pasado el dato de que «Rusia concederá a Cuba un crédito de más de 50 millones USD para comprar todo tipo de armamento y material militar.» Que además de «modernizar la industria de armamentos cubana, Cuba le comprará tanques, vehículos blindados y helicópteros artillados a Rusia.»
Antes de disparar la alarma al respecto, es bueno saber que esta noticia tiene más de tres años, y no ha pasado nada. De hecho, Rusia le vende medios militares a varios países de América Latina, entre ellos Brasil, Perú, Chile, Bolivia, Nicaragua, Venezuela y Cuba, desde hace más de quince años. Y los militares de EEUU han dicho ni esta boca es mía.
En todo caso, cualquier paralelo entre las crisis en torno a Ucrania y a Cuba no debería soslayar uno: la dimensión doméstica. Como antes apunté, citando una conversación con Arthur Schlesinger, la Crisis de 1962 fue más una sobrerreacción política por la presencia soviética en el traspatio, que una respuesta proporcional al desafío estratégico-militar real. El factor del año electoral, lo que podríamos llamar la fatalidad de los años pares, influyó sobre el equipo de JFK, especialmente después del desastre de Playa Girón, unos meses antes. El fantasma de la «amenaza roja» cifrado en la frase «the Ressians are coming!» era parte integral de la cultura política de la Guerra fría, y un ingrediente imprescindible de la contienda política, sin exceptuar a JFK en su campaña contra Richard Nixon en 1960.
Se sabe que el desenlace de la Crisis tuvo el aura de una victoria política para Jruschov entre la gente soviética, en la medida en que había arrancado a EEUU la promesa de no invadir a Cuba. No es difícil, digamos, imaginar el impacto de un despliegue de la OTAN en la frontera ucraniana de Rusia para el pueblo, y por extensión, para el consenso político en Moscú.  En todo caso, incluso para un país acostumbrado a la proximidad del adversario, como Rusia, anticipar que va a estar puerta con puerta debe tener una connotación problemática para la popularidad del gobierno.
Finalmente, la Crisis de los Misiles fue parte de una escalada cuya aceleración cifró la Ley del embargo, en febrero de 1962. A diferencia de lo que algunos arguyen, no respondió a la incautación de bienes malversados, reformas agrarias o urbanas, intervenciones de propiedades, nacionalizaciones y otras medidas en 1959-60; ni siquiera al estrechamiento de relaciones con la URSS. Fue firmada por JFK tres años después que la Ley de Reforma agraria interviniera los latifundios de las mayores compañías azucareras de EEUU en Cuba. En cambio, el bloqueo económico total anticipaba la guerra caliente, como parte del aislamiento hemisférico de la isla, y prolegómeno para la intervención militar directa, prevista como estación final del Plan Mangosta. No por gusto antecedió solo en dos meses al acuerdo cubano-soviético sobre los cohetes.
Cuando la Crisis selló, al menos temporalmente, la invasión, el bloqueo emergió como la columna vertebral de esa política, dirigida a rendir por hambre y drenaje humano a la isla comunista, combinando con el Programa de Refugiados cubanos de 1961. Este binomio —bloqueo más atracción migratoria— ha estado en la matriz de una política encaminada al aislamiento y la erosión del consenso interno. Es decir, a propiciar y acelerar el derrumbe del sistema, o lo que es lo mismo, a alcanzar la meta de la invasión por otros medios. 
No hay que ser crítico del capitalismo, de izquierda, ni mucho menos simpatizante del PCC, para entender que el mayor impacto del bloqueo no es sobre el Estado cubano, sino sobre la gente, de manera que hasta neoliberales y conservadores lo descalifican. Un análisis puramente numérico puede demostrar sus efectos sobre «el consumo de las familias y las dinámicas de las ventas y el empleo del sector privado, sin apreciarse un efecto significativo en los indicadores de la economía estatal.» En cambio, no siempre se aprecia su efecto político interno.
Cuando los medios cubanos o extranjeros comentan acerca del embargo, no parecen considerar cuánto incide en las reacciones políticas de los cubanos, en su percepción de los problemas del país, y en los mecanismos defensivos del sistema. En qué medida contribuye a dividir opiniones sobre el propio embargo, por ejemplo, a distinguir entre «efectos reales del bloqueo» y «justificación de malas políticas.» A mantener la mentalidad de fortaleza sitiada, por ejemplo, temer a los efectos secundarios de una normalización con EEUU, por la incertidumbre ante una circunstancia nueva y desconocida. A otros efectos colaterales, digamos, que personas no necesariamente opuestas al socialismo adquieran la noción de estar fatalmente «en el lugar equivocado,» con «un pasaporte equivocado,» por las desventajas que impone a los ciudadanos cubanos el simple hecho de serlo, respecto a los de cualquier otro país. A un sistema de regulaciones y controles, dispositivos de seguridad y defensa, encaminados a proteger el interés nacional, cuyo funcionamiento gravita con su peso sobre la vida cotidiana.
Haber sobrevivido a las sucesivas dimensiones de la hostilidad durante 60 años, desde la Crisis, ha creado fortalezas y costos insólitos, cuyos aspectos externos e internos resultan a menudo inextricables. Aprehenderlos en su carácter contradictorio, más allá del blanco y negro, y revisar las lecciones de la Crisis para la política y la seguridad nacional cubanas actuales requiere pensarlo duro y otra vez.

Leer más »

60 años no es nada (II)

La literatura estadunidense de la Guerra fría sobre la Crisis de los Misiles remeda un manual de zoología fantástica. Fue entonces que se acuñaron términos como halcones, palomas y búhos, para caracterizar tendencias políticas, en particular, ante crisis mayores de seguridad nacional.Los halcones se identificaban con la opción de lanzar un ataque aéreo inmediato contra la isla, seguida por una invasión, para neutralizar lo que se percibía como el plan soviético de barrer las principales ciudades de EEUU con un primer golpe nuclear. En esta jaula estaban el ex-decano de la Facultad de Humanidades de Harvard, McGeorge Bundy, Asesor de Seguridad Nacional de JFK; el empresario republicano John McCone, director de la CIA;  el general Maxwell Taylor y todo el Estado Mayor conjunto, entre otros. Cuando Kennedy les preguntó qué harían los soviéticos ante un ataque a Cuba, el jefe de la Fuerza Aérea, Curtis Lemay, le respondió que «nada, pues sabían que EEUU tenía más cohetes» que ellos.Las palomas proponían el bloqueo naval de la isla, con 240 buques de guerra y cierre de su espacio aéreo, medida militar resuelta, pero que les daba a los soviéticos tiempo para recapacitar y ponerle marcha atrás a la construcción de las bases en territorio cubano. Estos incluían al ex-presidente de Ford Motors y secretario de Defensa Robert McNamara, al embajador en ONU Adlai Stevenson y al Asesor personal y escritor de discursos de JFK Ted Sorensen. Entre ellos surgieron propuestas de negociar con los soviéticos ofreciéndoles el desmantelamiento de los misiles estadounidenses en Turquía, e incluso, la base naval de Guantánamo.A esa ornitología política se incorporaron luego los búhos, quienes, aprendiendo de aquella Crisis, argumentaban la necesidad de evitarlas mediante acciones preventivas, pues una vez desatadas, corrían el riesgo de quedar atrapadas en una espiral de cabos sueltos y trampas mortales. Como cuando el primer buque soviético se acercó a la línea de cuarentena, y el comandante de un destructor estadunidense consideró disparar sus cañones al aire, en dirección al buque, como «señal de aviso.» O cuando un bombardero estratégico amagó en dirección a Leningrado, y los radares de la ciudad lo registraron como una misión de combate abortada. O cuando un oficial soviético a cargo de una batería antiaérea de misiles tierra-aire en Holguín preguntó por teléfono al mando si le disparaba a un U-2 que estaba entrando en su zona, no tuvo respuesta, y decidió abatirlo, un 27 de octubre recordado luego como el sábado negro.Curiosamente, en aquellos tiempos de Guerra fría, los enemigos de EEUU no eran vistos como especies de aves diversas, sino apenas como bestias feroces: el Oso gris (la URSS) o el Dragón (China). En frase memorable, el General Lemay había argumentado la idea de atacar a Cuba de la siguiente manera: «al querer meter su zarpa en aguas de América Latina, se la hemos cogido en una trampa al oso ruso, y ahora había que cortársela hasta los testículos. O mejor, cortarle los testículos de una vez.» Con jefes como ese a cargo de la Fuerza Aérea, y ante aquella azarosa escalada, JFK se preocupó tanto que despachó a su hermano Bobby a reunirse con el principal oficial de la KGB en Washington, y buscar rápidamente, por un canal oculto al resto de su plana mayor, un entendimiento con Juschov, aunque tuvieran que concederle en secreto la retirada de los cohetes estadunidenses emplazados en Turquía, así como la renuncia pública a invadir a Cuba y a vetar su colaboración militar convencional con la isla.Foto aérea de base militar donde se observa el silo de misiles, en San Cristóbal, Cuba.La misma noche del sábado negro, gracias a la providencia y a aquel canal escondido, Nikita respondería por el canal formal su famosa propuesta de retiro de los cohetes, reaccionando a la oferta negociadora recibida de JFK. En los próximos minutos, sin embargo, llegaría otra carta, firmada por el mismo Jruschov, donde reafirmaba que los cohetes no se retirarían, porque no eran ofensivos, etc. JFK respondió públicamente a la primera carta, e hizo como si la segunda no existiera. Para decirlo en el lenguaje animalista de la Crisis, en vez de poner sus testículos sobre la mesa, o de amagar con arrancárselos al oso, el atribulado búho tomó la sabia decisión de responderle al oso negociador, e ignorar al otro.Los países no alineados —Vietnam, Yugoeslavia, Indonesia, Corea del Norte, Argelia, Cuba— no eran identificados en esta zoología política, como si fueran espectadores que no pinchaban ni cortaban. Sus imágenes, las de gritonas criaturas menores de edad, sí han pululado en el discurso gráfico de la prensa, caricaturas y carteles de propaganda comercial o política, desde muchísimo antes de la Guerra fría. Pero no más que eso.Publicidad«Por si acaso», caricatura alemana de 1962.El pitirre y los nombres de las crisisEn el Moscú de 1989, donde soplaban vientos de peristroika tardía, los cubanos, invitados por primera vez a la Conferencia Tripartita sobre la Crisis, tuvimos lo que el poeta Roque Dalton había llamado «el turno del ofendido.» En la última sesión de aquel encuentro, donde concurrían sobre todo palomas, algunas ya mutadas en búhos, así como cualquier cantidad de osos, de varios colores, fui el bateador designado del equipo Cuba. Comparto aquí mis comentarios de entonces.Como estábamos allí para empezar a entendernos, dije que les quería presentar un ave cubana llamada pitirre. Considerablemente más chiquito que todos los mencionados, este pájaro se destacaba por ciertas cualidades. Tenía una voz característica que se hacía sentir en todas partes. Le costaba mucho acostumbrarse a estar enjaulado. Y sobre todo era capaz de defender su territorio frente a otros más grandes, sin importarle las consecuencias. Ahí les expliqué el sentido de la frase guajira «le cayó como el pitirre al aura,» momento en el cual debí ganarme el odio de los traductores.Pitirre abejero.Finalmente, en la misma cuerda de análisis sobre los discursos, les comenté mi tesis sobre los nombres de la Crisis:En EEUU, era llamada Crisis de los Misiles, porque en ninguna otra los norteamericanos se habían llegado a sentir tan expuestos a unas armas nucleares que ellos percibían como peligro inminente. Sin embargo, el profesor Arthur Schlesinger, asesor de Kennedy allí presente, me había reconocido unos años antes, en La Habana, que por encima de su amenaza militar real prevalecía el componente psicológico de estar colocadas «en el corazón de una zona de interés vital para los EEUU,» o sea, aquí en Cuba. A ese factor psicológico había respondido la decisión de imponer la cuarentena naval y aérea, casi dos semanas antes de que el Pentágono contara con una evaluación cuantificada sobre la medida en que el poder de fuego estratégico se había desnivelado a favor de la URSS. Según revelara luego el propio autor de la evaluación, Raymond Garthoff, los EEUU habían seguido sobrepasando 15 veces al poder nuclear soviético, incluso contando con sus misiles en Cuba.En la URSS, donde se le ha denominado Crisis del Caribe, se le confinaba a la categoría de conflicto regional, que no iba a escalar a nivel global, como antes lo habían sido la Guerra de Corea (1950-53), la Crisis de Suez (1956), o luego, Vietnam (1965-75). En 1989, escuché a Andrei Gromyko, canciller soviético en 1962, afirmar todavía que realmente nunca se había llegado al borde de una guerra termonuclear. Nada en las noticias de Pravda se parecía a la alarma desatada en la prensa de EEUU en aquellos días. Así que mientras los norteamericanos de a pie quedaron marcados para siempre por el pánico reinante, los soviéticos siguieron su vida como si tal cosa, ignorantes de la gravedad de lo que estaba pasando.Por su parte, desde 1960, los cubanos se habían acostumbrado a convivir con las crisis. Es decir, entre estados de alerta, bombardeos de campos y ciudades, barcos de guerra de la US Navy que podían verse desde el malecón, guerra civil con grupos armados en todas las provincias, infiltraciones y desembarcos de fuerzas enemigas, movilizaciones de milicias, maniobras y juegos de guerra de la Marina en el Caribe y la base naval de Guantánamo. Después de Playa Girón, la idea de una invasión directa de EEUU se mantuvo como noción cotidiana. La Crisis de octubre en 1962 solo llevó al límite esa certidumbre. Pero ni siquiera su desenlace clausuró la posibilidad de una guerra convencional, ni otorgó seguridad a Cuba y los cubanos.En 1965, 42 mil marines desembarcaban en República Dominicana, a 500 kilómetros de nosotros, y se iniciaba la invasión de Vietnam en gran escala. En ninguno de estos casos, ni en otras intervenciones militares de la Guerra fría, ellos habían usado armas nucleares. Pero en la guerra de desgaste contra Vietnam sí aplicaron una estrategia de tierra arrasada equivalente al poder destructivo de varias bombas atómicas. De hecho, los mil bombarderos convencionales que estuvieron listos para atacar la isla durante los 30 días que duró la movilización militar en 1962 podrían haberla devastado tanto o más que un ataque nuclear. Como se sabe, el plan de contingencia para invadirnos no fue una paranoia de Fidel Castro, pues estaba ahí mucho antes de que los soviéticos aparecieran en La Habana con la propuesta de sus misiles, en abril de 1962.Así que cuando un historiador de la talla de Arthur Schlesinger, opuesto al bloqueo y a favor de la normalización, afirmaba que «nunca EEUU tuvo la intención de atacar a Cuba,» y se burlaba de «la letanía cubana sobre las conspiraciones de la CIA,» como «una manera de desviar la atención sobre los problemas reales del país,» uno se pregunta si halcones, palomas y búhos aprendieron realmente algo de la Crisis de octubre.60 años no es nada (I)¿Qué importancia tiene en política la intención, en contraste con la aplicación deliberada de una escalada encaminada a alcanzar el punto de quiebre del enemigo? ¿O con la perpetuación de la hostilidad? ¿Qué significa, políticamente hablando, que presidentes palomas se decidieran a cambiar el régimen de las relaciones con Cuba, si la lógica geopolítica y la subvaloración de los pitirres siguió propiciando hostilidad y ha mantenido abierta la puerta de otras posibles crisis?Siempre me ha llamado la atención que notables filmes sobre Vietnam como Apocalipsis now o Pelotón se dedicaran a presentar la guerra solo como tragedia americana, donde los combatientes vietnamitas apenas se ven. Tampoco en los dedicados a la Crisis de los misiles aparecen los cubanos, ni siquiera cuando los vuelos a baja altura los pudieron retratar claramente. Es como si fueran, estrictamente hablando, pájaros del bosque, pitirres que apenas habitan el paisaje. Juego sobre la Crisis de los Misiles.Años después, supe que el pitirre es un emblema del orgullo nacional puertorriqueño. Reivindicar esta categoría, vilipendiada como una banda de conflictivos, populistas, hipernacionalistas, inmaduros, emotivos, arrebatados ideológicos, requeriría aprender quiénes fueron realmente Ho Chi Minh, Tito, Yasser Arafat, Omar Torrijos, Gamal Abdel Nasser, Jawaharlal Nehru,  Kwame Nkrumah, y actualizar su legado. Me he preguntado también por qué en la TV cubana siempre se muestran las mismas imágenes de la Crisis de Octubre, con las mismas explicaciones y razonamientos ideológicos, narrativas militares y discursos. Por qué ni en la prensa ni en las escuelas se explican los avatares apasionantes de aquel drama, sus problemas y lecciones políticas, ni se muestran las fotos tomadas desde los cazas RF 101 volando a baja altura sobre San Cristóbal, ni se explica cómo rayos se suspendieron. Comprender aquel contexto, el del conflicto con EEUU y el de nuestras complejas relaciones con la URSS, requiere ir más allá. Para hacerlo, hay que volver atrás.

Leer más »

60 años no es nada (I)

En el libro Fidel, a Critical Portrait, de Tad Szulc —la mejor biografía que he leído sobre él—, fue donde leí por primera vez que no fuimos nosotros, sino los soviéticos, quienes propusieron instalar los cohetes en 1962. Esa visión sobre la Crisis de Octubre se basaba en horas de entrevista con el único protagonista vivo del conflicto.El periodismo de investigación que Tad encarnaba tiene hoy menos seguidores criollos, en contraste con quienes quieren ser Oriana Fallaci o Tom Wolfe cuando sean grandes. Él lograría grabar largas conversaciones con actores de la Revolución, de ambos lados, algunos casi olvidados, como Universo Sánchez, y otros tan perennes como Ramiro Valdés. En la casa que tenía alquilada en Marina Hemingway, adonde me invitó una vez, me contó que el propio Fidel les había instruido contestar todas sus preguntas. Ninguno le reveló, naturalmente, cuál había sido el acuerdo sellado con la URSS.Leí el libro en 1987, después que la revista América Latina, de la Academia de Ciencias de la URSS, dedicara un número al aniversario 25 de la Crisis del Caribe —como le decían ellos—, con un texto de Sergó Mikoyan, y otro mío. En el capítulo 5, me enteré de cuántos errores tenía mi textículo soviético, basado en fuentes públicas. Me consolaba pensando que autores considerados la verdad revelada sobre la Crisis, como Graham Allison, Robert Divine, David Larson, Elie Abel, habían cometido más errores que yo. Aquella nueva visión era consistente con todos los documentos desclasificados y obras de investigación posteriores, especialmente publicadas a partir de la Conferencia Tripartita de Moscú en enero de 1989.Como «el tuerto es rey,» mi contrahecho artículo me convirtió en especialista sobre un tema del que prácticamente ningún investigador, periodista, académico cubano se ocupaba. Recuerdo que un dirigente del Partido me había dado un consejo sano: «No te metas en ese tema, Rafa, que al Jefe no le gusta hablar de eso.» Cuál sería mi sorpresa cuando, casi por carambola, terminé integrando la delegación al encuentro internacional de veteranos y expertos sobre la Crisis, donde la tercera pata del conflicto, o sea Cuba, había sido invitada por vez primera.Voy a dejar para luego la intrahistoria de aquellos intercambios pioneros que condujeron a la Conferencia de La Habana sobre la Crisis de Octubre, en su trigésimo aniversario, con la presencia del propio Fidel. Me limito aquí a comentar algunas de las cosas que aprendimos, desde que la inmersión en el océano de documentos desclasificados nos reveló la subpolítica profunda, sus abismos y criaturas fosforescentes, tan distintas a como se imaginan desde la superficie. En otras palabras, que casi nada de lo que creíamos antes había sido realmente así. A pesar de los libros publicados luego por investigadores cubanos, como los tenientes coroneles (r) Tomás Diez y Rubén Jiménez, todavía algunos comentaristas del patio aluden a aquel momento como «cuando Cuba quedó atrapada en el choque entre dos elefantes durante la Guerra fría.» Esa peculiar visión sobre un capítulo de nuestras relaciones con el Norte solo merece ser comentada porque se repite ad nauseam, de manera directa o implícita, cada vez que se atribuyen nuestras broncas a esa «mala idea» de «escoger a los rusos como aliados.»En mis clases de historia con estudiantes de allá y de aquí, acostumbro a ilustrar la decisión cubana sobre la instalación de los cohetes mediante una parábola. «Un Chiquito comparte una misma cuadra con un Grande. Cada vez que puede, el Grande le boconea, lo agita, lo aturde con una moto grande de esas, para asustarlo y hacer que baje la cabeza. Un día, el Chiquito se convence de que le va a pasar por arriba con la moto, y se pone a buscar quien le venda un bate.  Pero los que tienen bates no quieren vendérselo. Finalmente, encuentra a un Grande que vive a diez cuadras, con bates de todos los tamaños. Este, que no se lleva bien con el vecino del Chiquito, le propone, en vez de un bate, una ametralladora. El Chiquito razona que él no necesita una ametralladora, porque su interés no consiste en fusilar al vecino, sino nada más apaciguarlo. También saca cuentas de que si le dice que no al Grande, quien se ha ofrecido a apoyarlo en su bronca con el peligroso vecino, se puede seguir quedando cada vez más solo de lo que ya está en ese barrio. En la lógica elemental de un quid pro quo, o como diría el filósofo Adalberto Álvarez, de «pedir pa ti lo mismo que tú pa mí,» decide asumir. A fin de cuentas, una ametralladora también va a apaciguar al guapo del vecindario, aunque este tenga un arsenal. Así que acepta.»La historia de mis fotos: crisis de los misilesPublicidadAlgunos se figuran el campo de la política como una gran tienda donde uno escoge los zapatos que le gustan. Ni en la economía, ni en la seguridad, ni en la salud pública, ni en la meteorología el free choice funciona como premisa real. Sin embargo, se juzga la política como el territorio donde el libre albedrío y las personalidades prevalecen. Razón de Estado es sinónimo de visión malévola y caprichosa. Discursos y lemas se confunden con espejos de la política profunda. Y el poder y su ejercicio terminan siendo una especie de patología, cuya esencia se manifiesta en ignorancia, arbitrariedad, ceguera ideológica, o simple torpeza de unos funcionarios ahí. De manera que la política es mala por naturaleza, según ya afirmaba mi abuela, quien al menos nunca se presentó como analista política. A diferencia de otros acontecimientos del pasado, este gran evento de la Guerra fría tiene la ventaja de que prácticamente todo lo necesario para juzgarla ha sido sacado a la luz por las tres partes. Así que no solo están los testimonios de participantes, sino los documentos secretos, algunos muy reveladores. Yo les decía a mis amigos académicos gringos, argonautas en aquella travesía, que los 15 mil papeles desclasificados de que se ufanaba el National Security Archives valían lo mismo que el puñado de cartas entre Jrushov y Fidel que la delegación cubana a la reunión tripartita de Moscú había puesto sobre la mesa en 1990. No hace mucho, un profesor cubano, de los primeros que estudió filología rusa, advertía confusiones en las traducciones de aquellos candentes mensajes. El embajador ruso en La Habana, oficial de la KGB que les traducía a los dos líderes, había puesto ataque donde Fidel había dicho invasión. De manera que la frase «si ellos llegan a… invadir a Cuba, ese sería el momento de eliminar para siempre semejante peligro, en acto de la más legítima defensa,» fue leída en Moscú como «si ellos llegan a atacar…a Cuba, etc.» Jrushov entendió que Fidel le recomendaba lanzar un ataque nuclear contra EEUU en caso de que este bombardeara las bases de cohetes. «No ignoraba cuando las escribí que las palabras contenidas en mi carta podían ser mal interpretadas por usted y así ha ocurrido, tal vez porque no las leyó detenidamente; tal vez por la traducción, tal vez porque quise decir mucho en demasiadas pocas líneas,» le respondió el Comandante.De todas maneras, la «carta del Armagedón,» como ha sido calificada noveleramente por algunos autores, llegó a Moscú después de que Jruschov ya le había propuesto a JFK un acuerdo por separado, que soslayaba a Cuba. Así que su decisión no obedeció a que la tal carta le diera la impresión de emocional o impulsiva. Tampoco porque Nikita fuera un cobarde o un inconsecuente, como algunos autores cubanos le han calificado. Sino porque en una bronca entre dos Grandes, los Chiquitos no se sientan a la mesa de negociación. La historia hasta hoy mostraría, sin embargo, que esta visión de realpolitik o paternalista entraña un error estratégico garrafal, pues sin la cooperación de los Chiquitos no se alcanza la paz en la mayor parte de los conflictos.En todo caso, lo que Fidel le estaba diciendo al Premier soviético era que si ellos invadían la isla, la escalada iba a ser imparable. Treinta años después, en La Habana, los altos mandos militares rusos a cargo de los misiles revelaron que aquí había 43 mil tropas de la URSS. Y que si bien los cohetes nucleares «estratégicos» de alcance medio e intermedio no podían usarse sin decisión de Moscú, en las costas estaban desplegados unos misiles nucleares «tácticos,» cuyo uso discrecional les tocaba decidir a los generales soviéticos en el teatro de operaciones.Así que una invasión hubiera enfrentado en combate directo, por primera vez, a las fuerzas de las dos superpotencias, no solo con armas convencionales, sino nucleares. Una invasión habría sido repelida con esos cohetes tácticos, sin contar con Moscú, lo que habría desencadenado la temida Tercera guerra mundial.Recuerdo la cara que puso el ex-Secretario de Defensa de JFK, cuando se enteró de aquel «detalle inesperado:» misiles nucleares que ellos nunca habían fotografiado, así como montón de ojivas que habían logrado llegar a la isla antes de que se sellara el bloqueo aeronaval. Al final de la historia, aquella carta no se equivocaba respecto al enorme peligro de que los EEUU lanzaran el primer golpe, incluso sin que sus más altos dirigentes se lo hubieran propuesto con anticipación. La moraleja extraída por McNamara tomó entonces la forma de un melancólico comentario:  «there’s nothing like crisis management» —»no existe algo como el manejo de crisis.»Como se sabe, el pacto JFK-Jruschov que selló la mayor confrontación de la Guerra fría no se concretó en un tratado, ni siquiera en un papel firmado, y dejó numerosos cabos sueltos e incongruencias. Aunque Cuba no participó en la negociación, se acordó que debía dejar inspeccionar su territorio por los EEUU y la ONU. En su defecto, que EEUU verificaría el desmantelamiento de las bases de cohetes mediante vuelos rasantes sobre el territorio nacional. Que los soviéticos retiraran «las armas ofensivas,» no «los cohetes de alcance medio e intermedio.» Así que las lanchas lanzamisiles Komar, los MiG 21, y todo otro medio convencional que pudiera alcanzar el territorio de EEUU caía dentro de lo que EEUU podía seguir reclamando.El compromiso de EEUU se limitaba a no invadir con sus tropas. Nada sobre las acciones paramilitares desde territorio norteamericano, el apoyo a los grupos armados en todas las provincias, el terrorismo y otras acciones subversivas, las provocaciones desde la base naval de Guantánamo, el embargo multilateral total.Cuba se identificó con el espíritu de evitar la conflagración que había presidido el acuerdo, pero no con la forma en que se negoció, sin su presencia. No solo por principios de soberanía y equidad, sino por haber sido parte inalienable de la decisión de colocar los cohetes, además de teatro de operaciones. Es decir, por estar en la primera línea de combate, corriendo el mayor peligro, y poniendo el pellejo por delante. A pesar de todo, sin embargo, cooperó con la salida de los cohetes y las tropas soviéticas; y se quedó a solas con el enemigo, que no había renunciado en ningún momento a acabar con la Revolución.  En los 36 meses siguientes, los caballeros que habían alcanzado el acuerdo verbal, JFK y Nikita, salieron por la fuerza de esta historia. Aunque el statu quo acordado se ha respetado en la práctica, sin embargo, como parte de los ires y venires de la política en EEUU, ha sido puesto entre signos de interrogación en varias ocasiones.Nada en el acuerdo se refería, por cierto, a las tropas soviéticas desligadas de las bases de misiles; de manera que más de 2000 permanecieron, en una unidad cerca de La Habana, para «hacer ejercicios conjuntos,» como parte de la colaboración militar convencional. Aunque en los canales de la política profunda quedó perfectamente claro que, en un escenario de conflicto, la isla no iba a contar con la sombrilla soviética, el gobierno cubano insistió en mantener este grupo de militares soviéticos, como muestra del respaldo de la URSS a Cuba.Toda esta historia tiene mucho más de lo que se cree para entender el presente. 

Leer más »

Unión con el mundo, no con una parte

La agudización del conflicto entre Rusia y EE.UU. por la expansión de la OTAN hacia el este y el destino incierto de las conversaciones entre ambas potencias para resolverlo, han puesto de nuevo sobre el tapete la posibilidad de un despliegue de cohetes rusos en esta área geográfica. De nuevo, porque esta Rusia es la heredera de aquella CCCP que en 1962, en plena Guerra Fría, instalara proyectiles nucleares en Cuba —aprovechando el riesgo de agresión directa de los Estados Unidos a la entonces llamada Isla de la Libertad— para equilibrar la balanza nuclear global ante la amenaza de cohetes estadounidenses situados en Turquía.
No es gratuito el revuelo político y mediático que causó en todo el mundo, a excepción del Gobierno cubano y su prensa oficial, la respuesta ambivalente del jefe de la delegación rusa en las conversaciones con Estados Unidos a una pregunta al respecto. La Crisis de Octubre/de los Misiles/o del Caribe, cumple este año su aniversario sesenta y ningún ser humano en su sano juicio —del que excluyo a los extremistas de ambos bandos—, desearía que se repitiera un escenario como aquel que puso a gran parte de la humanidad, incluida Cuba, ante su peor amenaza de extinción violenta.
Aunque algunos se asombren de las reacciones de alarma en gran parte de la sociedad civil cubana, el asunto no es como para que metamos la cabeza en la arena. Primero, porque ya pasamos por eso en 1962 y sabemos cómo finalizó: un acuerdo entre los dos grandes para retirar sus respectivos misiles y una promesa verbal al pequeño de que no habría invasión del ejército regular de los Estados Unidos; pero nada de terminar los ataques terroristas, acoso político y diplomático, bloqueo económico y base de Guantánamo.   
Segundo, porque en la larga historia de relaciones de la nación cubana y sus instituciones representativas con el expansionista vecino del Norte —desde la República de Cuba Libre en Armas hasta el actual gobierno socialista—, hay toda una tradición de roces y choques por razones bilaterales, como le ocurre a todos los países pequeños situados en la periferia de poderosos imperios, que no vale la pena exacerbar por intereses de terceros.
Si alguien profundizó en el tema del conflicto Cuba-EE.UU., cuando aún no éramos república, fue José Martí. De él analizaremos varios juicios que pueden ayudarnos a entender cuál debiera ser la posición actual de Cuba ante esta «pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos».[1]
El viceministro de Exteriores ruso, Sergei Riabkov, se ha referido a la presencia militar en América Latina en una entrevista con la cadena RTVI. (Foto: Thomas Peter / fotografía de Pool vía AP, Archivo)
-I-
En aquella época de fines del siglo XIX, el Apóstol advirtió a nuestros pueblos de América sobre la necesidad de prepararse para enfrentar el peligro mayor que se avecinaba: la intervención de los Estados Unidos. De ahí que otorgó rango de ley sociológica a esta generalización: «Los pueblos de América son más libres y prósperos a medida que más se apartan de los Estados Unidos». (19, 365)
En las Bases del Partido Revolucionario Cubano quedó definido que los patriotas cubanos aspiraban a constituir: «una nación capaz […] de cumplir, en la vida histórica del continente, los deberes difíciles que su situación geográfica le señalan». (1, 279) Tal pretensión era el clímax de la lucha incesante de Martí contra las pretensiones estadounidenses de apoderarse de la América Hispana que alcanzó primeros planos con la Conferencia Panamericana (1889) y la Conferencia Monetaria. (1891)
Martí comprendió que la política expansionista de los Estados Unidos no se limitaba a la tradicional intervención político-militar, sino que concebía también la de tipo económico. De ahí su verdadera intención al celebrar tales encuentros internacionales: juntar a los países latinoamericanos en una unión continental bajo su hegemonía económica.
Por ello advierte sin ambages:

Jamás hubo en América, de la independencia para acá, asunto que requiriera más sensatez, que obligue a la mayor vigilancia, que pida examen más claro y minucioso que la invitación que los Estados Unidos, poderosos, repletos de productos invendibles y determinados a extender sus dominios por América, hacen a las naciones americanas de menos poder, ligadas por el comercio libre y útil con los pueblos europeos, para coordinar una liga contra Europa y cerrar los negocios con el resto del mundo (6, 46). 

Martí percibió con agudeza que el proyecto de integración regional que los nunca generosos Estados Unidos intentaba ensayar en Latinoamérica implicaba un nuevo sistema de colonización. Ante esta coyuntura postuló cuál era la mejor política a seguir para los «pueblos menores»:

El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios. Distribuya sus negocios entre países igualmente fuertes. Si ha de preferir a alguno, prefiera al que lo necesite menos, al que lo desdeñe menos. Ni uniones de América contra Europa, ni con Europa contra un pueblo de América (…). La unión, con el mundo, y no con una parte de él; no con una parte de él, contra otra. (6,160)

Por eso, más que aprovechar en nuestro beneficio las contradicciones interimperialistas, el Apóstol exhortaba a la unidad latinoamericana y al desarrollo urgente de sus países como valladar ante el avance de los yanquis. En 1891 declaró: «el deber urgente de Nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento» [frente] «al desdén del vecino formidable, que no la conoce». (6, 22)
Percibía la lucha entre ambas Américas como un peligro en ciernes que aún era posible conjurar mediante una política sabia y emprendedora. Fue en este contexto histórico, fortificado con el presumible avance económico de la región al terminarse las obras del canal interoceánico, que madura en el pensador cubano la idea de una república antillana, libre y fuerte, que sirviera a Nuestra América «de pórtico y guarda».
No obstante, la visión de Martí sobre Estados Unidos no fue jamás  antinorteamericana, pues, al mismo tiempo, es crítica con los defectos y entusiasta con los aspectos positivos y novedosos de aquel inmenso país, su cultura y grandes personalidades. En una sentencia define su posición al respecto: «Amamos a la patria de Lincoln, tanto como tememos a la patria de Cutting», (1,231) contraponiendo dos símbolos: el popular presidente, salvador de la Unión y liberador de esclavos, y el famoso aventurero expansionista, que intentara arrebatarle el Estado de Chihuahua a México.
Estatua de José Martí en Ybor City, Estados Unidos.
-II-
En la tercera década del siglo XXI mucho ha cambiado el mundo: durante la pasada centuria los Estados Unidos establecieron su hegemonía a nivel americano y mundial, y ahora pelean por conservarla ante la amenaza de potencias emergentes como China y Rusia, dueñas de arsenales nucleares. Los países pequeños debemos tener sumo cuidado y proteger nuestros intereses nacionales al navegar en aguas batidas por las colas de esos monstruos furiosos. 
El propio Martí aseveró: «Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras» (6, 16) y también: «No se debe exagerar lo que se ve, torcer, ni callar […] Lo primero, en política, es esclarecer y prever». (22,256)
Con ese espíritu analicemos la actual coyuntura mundial y los riesgos y beneficios que puede reportar para Cuba, sin caer en extremismos ni idealizaciones.
Rusia no es la URSS y sus pretensiones hegemónicas no poseen un alcance similar. Aunque tiene un territorio inmenso y sus fuerzas armadas son poderosas, su economía no está ni entre las diez primeras del mundo y marcha a la zaga en muchos aspectos de la ciencia y la tecnología. Una exacerbación de las tensiones con Estados Unidos y la OTAN no les sería favorable bajo ningún concepto. Difícilmente provocarían a esos rivales con el envío de una importante fuerza militar —ni hablar de cohetes nucleares— al otro lado del Atlántico, lo cual provocaría una reacción militar segura de tan poderosos contendientes.
En cambio, el espacio vital ruso llega hasta el este de Ucrania, de modo que harán todo lo necesario para evitar que el Donbass sea recuperado por Kíev y convertido en una plataforma de emplazamiento de cohetes que apunten al corazón de su territorio. Es más plausible que invadan Ucrania a que instalen armas en Cuba y Venezuela. El gobierno y pueblo cubanos no pueden dejarse llevar por el espejismo de una sombrilla nuclear rusa; si la URSS no pudo sostenerla cuando estaba casi a la par con Estados Unidos en la carrera nuclear, menos podría hacerlo Rusia en este momento.
Muñecas de madera rusas tradicionales del presidente ruso Vladimir Putin y el presidente estadounidense Joe Biden en una tienda de souvenirs en Moscú. (Foto: Pavel Golovkin / AP)
Cuba tiene mucho por hacer en la reforma económica y política del país con el fin de encontrar una senda propia, con o sin bloqueo estadounidense, como para involucrarse en un enfrentamiento entre poderes imperiales. Liberar la actividad económica en todos los sectores (estatal, cooperativo, privado e inversión extranjera) hará más fuerte a Cuba que cualquier compromiso con una potencia de segundo orden como Rusia.
El bloqueo estadounidense afecta despiadadamente a la Isla, pero su poderío militar destruyó a Vietnam por diez años y luego lo bloquearon durante veinte más (1976-1996). Sin embargo, cuando la reforma Do Moi demostró que el país se desarrollaba con sus propias fuerzas, el interés económico hizo que los EE.UU. retiraran el bloqueo y se convirtieran en uno de sus principales socios económicos.
Si Cuba reemprendiera el camino del crecimiento podría aspirar a una mayor y más provechosa relación económica con la otra gran potencia actual: China, país socialista a su manera, pero renuente a subvencionar las eternas pérdidas cubanas por el mal funcionamiento de su aparato económico.
Cuando Cuba se abra a su propio pueblo —emprendedor, creativo y trabajador como pocos—, sin monopolios ineficaces ni burocracias parasitarias; y sus empresas puedan unirse libremente al mundo de los negocios internacionales, la sombrilla económica la protegerá con más seguridad que cualquier alineamiento con potencias mundiales que requieran de su apoyo coyunturalmente.   
[1] José Martí: «Nuestra América», Obras Completas, 28 tomos, editorial Ciencias Sociales, 1975-1978, T6, p. 15. Todas las referencias son de esta edición, por lo que solo se consignará entre paréntesis el tomo y la página.

Leer más »
 

Contáctenos

 

Si desea contactar NoticiasCubanas.com, el portal de todas

las noticias cubanas, por favor contáctanos.

¡Estaremos felices de escucharlo!

 

Con gusto le informáremos acerca de nuestra oferta de publicidad

o algún otro requerimiento.

 

contacto@noticiascubanas.com

 

Oferta


Si deseas saber como tu sitio de noticias puede formar parte de nuestro sitio NoticiasCubanas.com, o si deseas publicidad con nosotros.

 

Por favor, póngase en contacto para mas detalles.

Estaremos felices de responder a todas tus dudas y preguntas sobre NoticiasCubanas.com. ¡La casa de todas las noticias cubanas!

contacto@noticiascubanas.com


Sobre nosotros

NoticiasCubanas.com es la casa de todas las noticias cubanas, somos un sitio conglomerado de noticias en Cuba. Nuestro objetivo es darle importantes, interesante, actuales noticias sobre Cuba, organizadas en categorías.

Nosotros no escribimos noticias, solo recolectamos noticias de varios sitios cubanos. Nosotros no somos parte, solo proveemos noticias de todas las fuentes de Cuba, y de otras partes del mundo.

Nosotros tenemos un objetivo simple, deseamos brindarle al usuario el mayor monto de noticias con calidad sobre Cuba, y la visión que tiene el mundo sobre Cuba. Nosotros no evaluamos las noticias que aparecen en nuestro sitio, tampoco no es nuestra tarea juzgar las noticias, o los sitios de las noticias.

Deseamos servir a los usuarios de internet en Cuba con un servicio de calidad. Este servicio es gratuito para todos los cubanos y todos aquellos que estén interesados en las noticias cubanas y noticias internacionales sobre Cuba.

 

Términos de uso

NoticiasCubanas.com es gratis para todas las personas, nosotros no cobramos ningún cargo por el uso del sitio de ninguna manera. Leer los artículos es completamente gratis, no existe ningún costo oculto en nuestro sitio.


Proveemos una colección de noticias cubanas, noticias internacionales sobre Cuba para cualquier persona interesada. Nuestros usuarios utilizan NoticiasCubanas.com bajo el acto de libre elección y bajo su propia Responsabilidad.

Nosotros no recolectamos ningún tipo de información de nuestros usuarios, no solicitamos ninguna dirección electrónica, número telefónico, o ningún otro tipo de dato personal.

 

Medimos el monto de tráfico que noticiasCubanas.com recibe, pero no esperamos compartir esta información con alguien, excepto nuestros socios de publicidad. Nos regimos bajo las normas Cubanas en cada cuestión legal, cualquier aspecto no clarificado aquí debe ser considerado sujeto bajo el sistema Legal de Cuba.