HAVANA CLIMA

ciudadanos

Enajenación política

La política no implica todo el espectro ético de los seres humanos, pero con el devenir del tiempo y la especialización de las formas de organización social ha ido ganando una gravitación amplia y determinante en nuestra existencia. Nadie escapa a sus vicisitudes, designios, torpezas o dividendos.
Si bien numerosas personas, sobre todo en el propósito de no crearse aprietos que, en ocasiones pueden ser riesgosos, señalan que no les importa o «no se meten» en política, sin embargo no pueden escapar de ella e incluso la ejercen por defecto, pues ella deriva regulaciones y prácticas que influyen en gran medida sobre la actuación cotidiana de dichos seres. Si no vas a la política, ella de todos modos vendrá hacia ti.
Un ejemplo elemental: en este momento escribo estas líneas con buena disposición e ideas precisas, pero supongamos que inesperadamente me cortan la electricidad. Esto no solo implicaría que me cercenan lo que tenía en mente hacer, que por disgusto se desestructure mi pensamiento sobre el asunto y que pierda un importante tramo de mi tiempo, sino que mi estado de ánimo se irrite. Mi disposición psíquica se ha alterado negativamente producto de una acción dirigida por cierta norma política. Justificada o no.
Además, el propio hecho de resolver no «meterse» en política es una postura de tal índole por rechazo, sobreentendiéndose que al sujeto no le interesa cómo es administrada la sociedad en su entorno. Ya Aristóteles afirmaba que el ser humano era un zoon politikon, pues si bien vivía en colectividad como los animales (zoon), tenía la facultad y disposición para organizar provechosamente esa vida compartida (politikon). Podía construir un espacio común ordenado: la ciudad, donde los individuos: ciudadanos, llegaban a cohabitar sin antagonismos insuperables pues los regía la civilidad, o sea, la política.
De aquí que se haga necesaria no solo nuestra educación en esa esfera, sino nuestra más consciente determinación de participar crítica y activamente en su dimensión vital, que establece y orienta una significativa porción de nuestra existencia.
No obstante, con el tiempo, la política se ha ido profesionalizando cada vez más y ha hecho surgir una nueva categoría profesional: el político de carrera. En sus inicios, la política —forma derivada del latín politicus que lo adquirió de la palabra griega para «civil»— se refería al modo en que el conjunto de ciudadanos de un país interactuaba para decidir acuerdos y proyectos sobre cómo organizar su vida civil del modo más eficaz y beneficioso.
Aristóteles afirmaba que el ser humano era un zoon politikon.
Si bien en teoría su resultado debería en toda ocasión implicar una acción provechosa a todos; producto de las complejidades del ser humano, así como de las inevitables diferencias en los modos de percibir y proyectar la forma y el contenido de la existencia entre unos y otros, no siempre una decisión será universalmente bien acogida. Es por ello que para lograr una coexistencia política favorable sea imprescindible un elemento esencial: el consenso, esto es, hallar el compromiso que menos perjudique a los individuos para realizar exitosamente alguna aspiración.
De esta creciente separación y especialización de la actividad política, desde la construcción colectiva de los ciudadanos a la proyección y decretación de acciones por un cierto grupo «representativo», ha surgido una creciente enajenación de la acción política entre dirigentes y dirigidos. Esto es, ha pasado el control de la organización de nuestras vidas de manos de los propios ciudadanos al desempeño de un número reducido de funcionarios.
Estos últimos, por el propio hecho de centrarse en observar la sociedad en perspectiva general; en conocer mediante disímiles mediaciones las preocupaciones, dilemas y aspiraciones de sus súbditos; en pensar cómo diseñar acciones para organizar, estimular, sustentar, preservar y encaminar las existencias de estos; se convierten en una suerte de sector supra-común de individuos. De modo que, gradualmente, el ámbito donde actúan se distancia del mundo exacto y complejo en que viven los ciudadanos.
A esto hay que añadir que un dirigente se guía por cierta plataforma ideológica que responde a los intereses del grupo o partido al que representa. Se sabe que la ideología es una formulación más o menos constante de determinados juicios que se consideran necesarios y decisivos para la consecución de ciertos fines.
Como la misma se concibe como una suerte de fin ideal deseable para alcanzar la redención humana, no es difícil entender que la visión ideológica en el curso de una práctica prolongada llega a sustituir el conocimiento de la realidad concreta común. Esto se hace más factible si no hay una intervención directa, sistemática y crítica de los implicados, sobre todo desde diferentes posiciones de discernimiento, en su evaluación y actualización,  
Si bien el concepto realidad virtual es de uso bastante reciente, impuesto  por el desarrollo de la información digital, su existencia es tan vieja como el ser humano, pues desde siempre la mente humana ha creado un ámbito donde lo pensado y ansiado se da por hecho. Es algo muy evidente en la ideología, pues la misma es un constructo ideal a partir de principios, juicios, conceptos y generalizaciones que se conciben, no como aspiración, sino como posibilidad concreta.
De ahí que toda ideología cristalice en utopía, espacio inexistente pero expresado como realidad palpable. Es una de las razones por las cuales los políticos, incluso a su pesar, se distancian cada vez más de su base social, pues mientras los sujetos tienen que enfrentar cada día la ardua existencia y gestionar su mejor desempeño en ella, los dirigentes, convencidos de la infalibilidad y progresismo de sus preceptos ideológicos, que los han llevado al puesto que ocupan, se atrincheran con mayor determinación en ellos como única manera de solventar la existencia.
El escritor rumano Norman Manea hablara de «felicidad obligatoria» bajo el régimen de Ceaucescu, pues en una sociedad así, todos están obligados a ser felices según los supuestos de la ideología en el poder. (Foto: Hooland)
Es algo palpable en el modo en que manejan actos como el diálogo o las respuestas a sus subordinados. Tales acciones no se conciben específicamente como un intercambio donde cada parte expone sus asuntos y una y otra ceden en ciertos elementos, hasta construir una base de aceptación que permita avanzar a una solución más admisible y benéfica para todos.
Por lo general, para los funcionarios dialogar quiere decir acercarse a los que tienen otros pensamientos y exponerles cómo deben entender lo que no entienden y qué causas motivan que las cosas sean como son, a pesar de que los receptores de estas exposiciones no les vean lógica o beneficio, porque no puede ser de otro modo a menos que se traicionen los presupuestos que guían el honor del sistema elegido.
Por eso es frecuente la orientación, consistentemente expuesta por los diversos medios, de la necesidad de explicar al pueblo, educarlo, hacerlo entender, convencerlo… Es como si la colectividad humana que ellos dirigen estuviera conformada por sujetos mal informados, de escaso desarrollo mental y poca capacidad reflexiva para entender sus propios asuntos.
Los líderes, sobre todo los que creen encarnar los designios de sus pueblos, consideran que su pensamiento resume y expresa el de los demás, su forma de proyectar la vida implica la de los otros, y su concepción de la felicidad es la que beneficia a todos. De aquí que el escritor rumano Norman Manea hablara de «felicidad obligatoria» bajo el régimen de Ceaucescu, pues en una sociedad así, todos están obligados a ser felices según los supuestos de la ideología en el poder.
En tal estado de determinación vertical: de arriba hacia abajo, nunca el flujo de conocimiento se verifica en sentido contrario: del pueblo hacia los dirigentes. Lo que sube desde la base social es contestado y reformulado según la perspectiva oficial para que los emisores comprendan y acepten debidamente el por qué las cosas son como son y no como ellos las piensan.
Incluso en el caso de funcionarios de mejor voluntad se observa esa convicción que los hace creer que ellos sintonizan y expresan el interés popular. Llegan a considerar que por su visión más informada y panorámica, por su permanente intercambio con «representantes» de la población, por su constante empeño en trabajar en la dirección de los asuntos públicos; se hallan en mejor disposición para saber lo que desea el pueblo y, por ende, ese mismo pueblo debe aceptar consecuentemente lo que se les indica.
Se entiende que nadie como ese mediador del pensar y el sentir general puede exponer mejor los intereses y preocupaciones generales ni disponer mejor su realización. Esto llega hasta a la delimitación de ciertos conceptos para imprimirles el sesgo personal del líder. Así, libertad, desarrollo, felicidad, etc., vienen a ser lo que el líder entiende por cada uno de ellos, y entonces la sociedad se debe ajustar a los mismos.
Un elemento principal para extender esta perspectiva de concepción infalible y verdadera de lo que se expresa por el grupo de poder, es el apoyo en los medios. Estos, comúnmente asociados al grupo gobernante, no solo se encargan de difundir los juicios e ideas de los que dirigen, sino que realizan profusas campañas para fundamentar y justificar «teóricamente» lo que se concibe oficialmente. De modo que el individuo tendrá que vivir en una perpetua confrontación entre lo que padece y lo que le exponen.
Los medios trabajan desde la perspectiva de una visión orientada en conseguir una sublimación de la realidad. (Foto: History, Culture and Legacy of the People of Cuba)
No pocas veces tal dicotomía lo lleva a dudar de sus propias ideas y a asumir superficialmente lo que se le informa. Los medios trabajan desde la perspectiva de una visión orientada en conseguir una sublimación de la realidad, para razonarla y exponerla de modo que coincida con la fundamentación oficial.
Súmese a esto que los políticos viven en condiciones que distan de ser semejantes a las de sus súbditos. Cuentan con mejores condiciones de vida, con determinados beneficios resultantes de su posición, sin sufrir el necesario tráfago para resolver la subsistencia cotidiana, en un mundo de relaciones con individuos que propugnan similares conceptos e ideología, moviéndose de una reunión a otra donde se habla un lenguaje común y se toman decisiones sin mayores confrontaciones ni refriegas.
Incluso acercándose al medio que dirigen mediante visitas sorpresivas a lugares donde se han adoptado las medidas pertinentes para que el resultado sea el esperado, y poniéndose en contacto con una porción de la población debidamente orientada de sus deberes. Todo esto coadyuva a que no haya confrontación entre lo que estos políticos creen que es y lo que manifiestamente ven.  
De aquí lo inadecuado, para el mejor desempeño y progreso de un país, de eternizar en su puesto a algún cuadro, pues con el paso del tiempo no solo se fosiliza en sus creencias y juicios, sino que se hace más distante la relación realidad objetiva-realidad ideológica. De este modo, por lo general, gradualmente los políticos pierden la percepción real del ámbito de los sujetos que dirigen, pues se encasillan en el mundo de sus ideas, perspectivas e intereses y tienden a ver lo que creen, como lo que es; y lo que resulta distinto es entendido como una anomalía de aquello que creen.
Es así como la política se enajena de la realidad y, a la vez, como los subordinados no perciben una debida correspondencia entre lo expuesto y lo que viven, la realidad se enajena de la política, constituyéndose un mundo ambiguo e ilusorio.
Con el fin de que la política no derive en enajenación y cumpla mejor su función de procedimiento eficaz para organizar la vida de los ciudadanos, es necesario que se dinamice y actualice lo más objetivamente posible mediante el constante diálogo ciudadano.
Para ello, es necesario que se den posibilidades de participación efectiva en la adopción de acuerdos y compromisos a la mayoría de los ciudadanos. Que se estimule el pensamiento crítico así como la crítica bien intencionada y fundamentada. Que se acepte el disenso cívico y la mayor diversidad de pensamiento y análisis sin prejuicios ni rechazos. Que se permita el desarrollo de una sociedad civil auténtica y espontánea, sin compromisos únicos con el sistema político en ejercicio.
Que se viabilice el desarrollo de medios de comunicación alternativos que permitan el más amplio horizonte de información y análisis para una colaboración más plena y consciente de los ciudadanos en los asuntos de la polis.

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El sujeto que necesitamos

El espacio que habitamos ha estado marcado durante más de sesenta años por la impronta de una revolución. Este fenómeno ha permeado todas las esferas de la sociedad, de modo que lo que se espera en un ámbito así es que los individuos actuantes en él sean revolucionarios.
Debido a ello, en el principio se pretendió forjar el «hombre nuevo», un sujeto que acogiera todas las señas de quien construye una sociedad desconocida hasta entonces. Pero esto se asumió desde presupuestos principalmente ideológicos y con una dirección burocrática que muchas veces contravenía lo que se procuraba.
No se realizó desde una generosa y profunda formación humanista de valores que gradualmente se enraizaran como convicciones para la actuación. Antes bien se concibió como un intenso adoctrinamiento despersonalizado y dogmático, donde el discurso importaba más que la acción práctica. Consecuentemente, se premió más la obediencia y disciplina formales que la actitud consciente.
¿Cuántos de nuestros conciudadanos no proclamaron por años el propósito de ser «como el Che» (modelo de alta exigencia ética) y luego enrumbaron por sendas totalmente opuestas y devinieron individuos antisociales que refutaban tal objetivo? La aparición de conductas negativas que se han desarrollado en el país, denunciada por el entonces primer secretario del Partido, Raúl Castro —en su discurso ante la Asamblea Nacional el 7 de julio de 2013—, es muestra fehaciente del fracaso.
Los valores se forman desde la actuación sensible y consciente, así como en el más desprejuiciado y abierto humanismo. La decencia, la honestidad, la honradez, la sinceridad, la sensibilidad, la solidaridad, la participación, la responsabilidad, la productividad, la cooperación, etc. no son de izquierda ni de derecha, sino de lo más enraizadamente humano. No son lemas ideológicos, sino modos de ser debidamente interiorizados.
A pesar de lo dicho, vivimos rodeados de seres que se autoproclaman revolucionarios aun cuando su actuación se aleje notablemente de lo que presupone tal calificativo. Se presume que un revolucionario sea alguien que continua y denodadamente luche por mejorar las condiciones en que vive, por cambiar los nudos que impiden un avance sistémico incesante y, a la vez, por mejorarse a sí mismo a través de su aportación.
(Foto: GTRES)
Muchos de los que se autodenominan así, son personas que básicamente se atienen a cumplir órdenes incondicionalmente, repetir postulados recibidos y mantener una conducta según lo estipulado por quienes marcan la pauta del proceso llamado Revolución.
Por lo general, no estudian la vida, no se inspiran en las vicisitudes de su entorno y de sus conciudadanos para trazarse nuevos propósitos y formas de actuación. Los impulsa su concepto del deber y no el verdadero ser. Es esto lo que conduce a un estatismo frustrante e improductivo. El país está necesitado de sujetos activos, ampliamente informados, atentos al fluir de la vida, con un pensamiento crítico, que sientan la necesidad de transformar el estado de cosas hacia una permanente superación.
El espíritu de transformación —y consecuentemente de auto-transformación— es principal. No se puede ser un mero perceptor o receptor de lo que acontece. Hay que involucrarse generadoramente. No se trata de cambiar solo para dar muestras de que algo se mueve. Se trata de ir a tono con el contexto y las exigencias de los tiempos y los seres humanos que transitan por ellos, para crear las condiciones de existencia donde mayoritariamente estos se puedan desarrollar satisfactoria y armónicamente.
Una sociedad que aspira a un modo de vida altamente cívico y próspero, demanda seres que tengan la voluntad de hacer lo posible para lograrlo, siempre pensando que no se puede postergar la vida. Ella es nuestro patrimonio mayor y es único e irrepetible. Hay que empezar a alcanzar lo ansiado desde hoy. De ahí la constancia indetenible del denuedo exigido.
Por esto es tan necesario el sujeto activo. Según mi parecer, este no debe semejar a un soldado que se limita a cumplir órdenes. Antes bien, debe ser un creador que, a partir de su conocimiento e información, así como de su involucramiento con el medio, comporte una constante intervención que lo lleve a obrar con opiniones y acciones en la evolución de su entorno. Ello implica, principalmente, una vocación humanista, un espíritu crítico, una inclinación meliorativa, en sentimiento cooperativo, una responsabilidad participativa, una postura cívica, así como una voluntad emprendedora.
Es  muy necesario el desarrollo de una conciencia crítica, pues el análisis sensato, la indagación constante y la inconformidad con los postulados osificados, son premisas para cualquier transformación. No obstante, a la vez, es imprescindible una postura activa en la búsqueda de solventar aquello que se critica.
Esto hace necesario que tal sujeto esté sensibilizado con los asuntos de sus conciudadanos y que sienta la responsabilidad de hacer, no solo por él mismo, sino por los otros. Se supone que, si cada cual asume esta actitud, pues la solidaridad y la armonía desplazarían a la indiferencia y el desdén típicos de la mentalidad gregaria que se guía por lo establecido. Al tener esa postura, consciente y activa, este sujeto estará apercibido de que las instituciones que los hombres crean para organizar y orientar a la sociedad solo los representan y a ellos deben responder.
Esto quiere decir que dichos sujetos tendrán una conducta vigilante para evitar que el estado y sus instituciones devoren a sus ciudadanos y lograr que los derechos e intereses de estos prevalezcan. Solo con tal actitud alerta se puede vencer cualquier situación de burocratismo autoritario, castrante e infuncional respecto a lo que necesitan y buscan los individuos.
(Foto: GTRES)
Para que ello se logre, se requiere un alto sentido de responsabilidad ciudadana, así como las condiciones que estimulen la actuación de ese tipo de individuo, antes que frenarlo, en circunstancias que incentiven su iniciativa y actividad transformadora.
Tal sentido de responsabilidad significa que los sujetos deben estar imbuidos de que es necesario que cada cual haga su parte y que ningún logro material o espiritual puede concretarse si no estamos convencidos y decididos a alcanzarlo. La libertad, la prosperidad, la democracia, la urbanidad armónica, solo se alcanzan si primero existen como determinación en nuestro fuero interno, que es quien dirige nuestro proceder.
La indiferencia a tomar partido, el temor a expresar lo que se piensa y la contención a actuar por iniciativa propia, solo derivan de espíritus ignorantes, domesticados y sin altos propósitos en su existencia. Hacen falta individuos atrevidos, que se arriesguen para obtener algo mejor, que quieran hacer su vida y no que esperen porque alguien se la diseñe.
En esto la autoestima es fundamental, pues si los individuos no tienen conciencia de lo que merecen ser, ni actúan a la altura de los tiempos por los que transita la humanidad, nada lograrán. Es necesario que vean su existencia como una creación a partir de sus deseos y aspiraciones, únicamente posible mediante su voluntad y desempeño. Porque la vida humana no es solo una realización biológica sino, sobre todo, una cultural y espiritual, lo que da preeminencia a la disposición del sujeto.
Es imprescindible desterrar el nefasto espíritu de masa, materia informe y manipulable, ente abúlico que solo sigue los impulsos de una fuerza externa superior. Debe sustituirse por el de un sujeto actuante, alguien que dialoga, concierta y actúa con sus semejantes para elevarse sobre las vicisitudes, carencias y limitaciones hacia su realización plena.
Tal vez esto parezca platónico, pero no lo es. Se necesita la voluntad que abra oportunidades y cree el contexto propicio para que germine un sujeto activo. En fin, más que el seguidor entusiasta de una idea que lo lleve a portarla como insignia permanente de identificación («revolucionario»), el país necesita de ciudadanos conscientes, sensibles, activos y escrupulosamente cívicos.

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Por un nuevo humanismo

Hace unos doscientos mil años el hombre echó a andar hacia un supuesto progreso siempre creciente que lo redimiría de toda precariedad y sojuzgamiento. Sin embargo, tras una larga, penosa y exterminadora marcha, «somos aun aquel de la honda y de la piedra», al decir del poeta. Tenemos más artilugios y sutilezas técnicas, pero no más alma ni humanidad.
Poderes, guerras, sistemas y teorías no han conseguido librarnos del imperio de la necesidad, la estupidez, la ambición y la injusticia. Ni el capitalismo surreal de abarrotados escaparates y vacuos corazones, ni el socialismo real de entorpecedora y castrante burocracia han resuelto, resuelven ni resolverán nuestros más esenciales y caros anhelos.
Su empecinada e irresoluble polarización ha sumido al planeta en persistentes tensiones, guerras e injustas asimetrías que agobian y laceran a millones de personas. El mundo pide a gritos un cambio de paradigma que haga posible la vida con satisfacciones materiales asequibles, amplios horizontes espirituales, absoluto respeto a la diversidad física e intelectual, plenitud de goces humanos, así como justicia y equidad para convivir en armonía.
Es necesario que los intelectuales reasumamos la convicción de que solo nos hace meritorios de tal categoría el implicarnos con determinación y arrojo en los más candentes asuntos que afectan nuestra existencia y la de nuestros semejantes en el tiempo que nos ha tocado vivir, algo que debemos hacer conscientes de que nuestro real compromiso es con la verdad, la justicia y la realización humana, sin condicionamientos ni manipulaciones por bandos políticos, credos, ideologías u otras distinciones sociales.
Tenemos que trabajar para que el estado no sea ni Big Brother ni Big Father, sino una entidad sensata, justa y equitativa, que organice dinámica y razonablemente el desempeño de sus sostenedores con el fin de que logren sus aspiraciones, y que cree el entorno propicio a los ciudadanos para realizar sus vidas físicas y espirituales a la medida de sus anhelos y según sus afanes, y no siguiendo un plan dictado por el mercado o algún presupuesto ideológico.
Es preciso salir de las oficinas climatizadas, dejar los raudos autos de cristales ahumados, descender de los aviones cosmopolitas y caminar junto a los seres humanos que día tras día sudan y sufren y sueñan, casi siempre postergando indefinidamente la realización de sus proyectos. Sentir y pensar con ellos porque compartimos, y por tanto comprendemos, sus vicisitudes y ansias.
(Foto: psicologiaymente.com)
Por eso convocamos a todos los creadores a que, desde su obra y su actitud cotidiana, luchemos por forjar un nuevo humanismo. Uno que surja del centro palpitante y sensible del hombre, de su naturaleza y su sentido de la vida. Un humanismo que se sustente básicamente en:

la disposición de toda acción económica, política, científica y cultural a salvaguardar, desarrollar y enaltecer ante todo la vida de los seres humanos en su más amplia diversidad y plenitud, así como a preservar el medio ambiente que a esos seres ofrece refugio y sustento,
la incentivación del pensamiento crítico, no adormilado, venal ni dogmático; sino activo, lógico, constructivo y transformador, que abra mejores vías para el crecimiento de las ideas y el horizonte intelectual,
el recurso al diálogo desprejuiciado como procedimiento para la búsqueda interactiva e integradora de soluciones más justas y fructíferas a necesidades y conflictos,
el empleo del consenso como vía de implicar a mayor número de individuos en la proyección de sus vidas y las maneras para hacerlo, de modo que las decisiones se asuman consecuentemente,
la participación permanente y diversa de cuantos ciudadanos sea posible en la toma de decisiones generales, lo que formará sujetos activos y solidarios, de modo que no sientan ninguna disposición como ajena o extraña, sino pertinente y propia,
la incentivación del constante respeto al otro y lo otro en su más varia diversidad (étnica, sexual, religiosa, ideológica, etc.) como único camino a la paz y la seguridad,
el cultivo de la armonía con la vida y la naturaleza, que logre garantizar la subsistencia del planeta y el decoro de la vida humana en él,
la educación del espíritu indómita y permanentemente libertario, que no admita sometimientos y nos haga dignos, pues solo en la libertad es posible la vida y la felicidad verdaderas.

Hace falta con urgencia este humanismo salvador, ya que no solo el planeta sino el mismo ser humano están en riesgo de extinción. No puede haber nada por encima del ser humano ni de la vida. Esta última no se puede postergar pues es una y necesitamos vivirla cuando se nos da y para siempre del mejor modo.
Solo a través del humanismo universal y edificante, debidamente entendido y practicado, podremos desarrollar a plenitud las potencialidades que nos permitan alcanzar la satisfacción material y el esplendor espiritual que significa la verdadera existencia humana, así como garantizar la permanencia de los humanos y el planeta.

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La derecha española y su contumacia en las relaciones con Cuba

En enero de 1960 Fidel Castro, frente a las cámaras de la televisión, acusó a las embajadas de España y los Estados Unidos de apoyar a los grupos de la contrarrevolución más violenta. La Cuba revolucionaria se encontraba en aquel momento a las puertas de los procesos de intervención en las grandes compañías norteamericanas y a escasas semanas de formalizar acuerdos comerciales y diplomáticos con la URSS.
Aquella acusación del líder cubano tuvo como colofón la bochornosa réplica del embajador de la España franquista, Juan Pablo de Lojendio e Irure, marqués de Vellisca: el diplomático irrumpió de imprevisto y con malos modos en los platós de la televisión cubana y exigió su derecho a réplica. El episodio, que cerca estuvo de terminar en golpiza, se cerró con la expulsión del embajador español y la llamada a consultas del embajador cubano en Madrid, quien a la sazón era el exprimer ministro, José Miró Cardona.
Este último no regresó a la capital española y Franco no repuso a su embajador en La Habana. La relación bilateral, aunque no se rompió, quedó dañada y reducida a la categoría de encargados de negocios. España, en un contexto de profunda transformación en Cuba, había optado por la vía ideológica en detrimento de la pragmática y tomó partido por los que impugnaban el poder establecido en la Isla con las armas en la mano. El régimen franquista había elegido bando y el fallo en la elección de aliados pronto se evidenció.  
Cuatro años después, en octubre de 1964, la misma contrarrevolución a la que la embajada de España, en connivencia con algunos sectores de la Iglesia católica y la diplomacia estadounidense, había encubierto frente a las autoridades cubanas atacaba un buque mercante español con destino a la Isla. La agresión al navío Sierra de Aránzazu, que cubría la línea regular con Cuba, se saldó con tres fallecidos –el capitán, el segundo oficial y el tercer maquinista–, varios heridos entre la tripulación, y cuantiosas pérdidas materiales tanto en el barco como en la mercancía.
Juan Pablo de Lojendio, embajador de España, frente a Fidel Castro
Un año después, otro mercante español, el Satrústegui, cargado con similar destino que el anterior, sufría un nuevo atentado en aguas de Puerto Rico. Los socios tradicionales de la España franquista atacaban sin clemencia a sus antiguos aliados por su negativa a dejar de comerciar con Cuba y apuntalar el cerco sobre la Isla. Los aliados del franquismo, con nombres y apellidos bien conocidos en la embajada española de La Habana, cambiaban la dirección de sus armas y se convertían en enemigos en aras de la consecución de un fin que no atendía, ni atiende, a alianzas permanentes.
Este objetivo no es otro que ultimar al gobierno cubano instaurado en enero de 1959 haciendo uso de los métodos que sean necesarios y sin atender a compromisos pasados o futuros o a lealtades hacia compañeros de viaje circunstanciales.
El régimen franquista entendió entonces que la posición ideológica frente a Cuba no beneficiaba ni a sus intereses materiales ni al intercambio acostumbrado entre ambos pueblos. Aquella amarga experiencia, en la que se evidenció lo erróneo en la elección de aliados en la escena cubana, pareció rectificar el rumbo, y, a pesar de las presiones norteamericanas, el estado español siguió comerciando con Cuba y se abstuvo de continuar sustentando a aquellos grupos contrarrevolucionarios.  
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Tras el fin de la dictadura franquista, los gobiernos de Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo y Felipe González tuvieron a bien, a pesar de los desencuentros, encontronazos puntuales y conflictos sonados, atender a las enseñanzas que había dejado su predecesor. La doctrina Estrada, o una versión atemperada de la misma, debía establecerse como hoja de ruta si se querían conservar las relaciones con Cuba en todos los órdenes.
Estos gobiernos conservadores y socialdemócratas, consideraron que para el bien de las relaciones de España con Cuba y el resto del continente, la injerencia, la ideologización y la puesta en cuestión de la soberanía no parecían la mejor estrategia. Se consideró, como había hecho el franquismo tras sus traumáticas experiencias, que los intereses de España en Cuba no tenían que ser los mismos que encarnaba la administración norteamericana y la disidencia más agresiva al régimen cubano.
Todo parecía indicar que el advenimiento de la democracia liberal a España cimentaría lo que ya se venía ensayando en las últimas décadas; sin embargo, años después, tras la salida de los socialistas del gobierno, la derecha española cayó en el error en el que habían incurrido sus padres ideológicos en los albores del triunfo de la Revolución.
Durante el período de la presidencia de José María Aznar, padrino de la posición común de la Unión Europea, se volvió a apostar por estar del lado de quienes impugnaban con mayor vehemencia el poder establecido en Cuba y, nuevamente, como le sucedió a Franco, los intereses de España sufrieron las consecuencias.
José María Aznar y Fidel Castro (Foto: extraconfidencial.com)
Aznar, además, arrastró al resto del continente europeo a secundar la postura española, comprometió y puso en cuestión la soberanía cubana y debilitó la española en sus relaciones futuras con la Isla, pues supeditó su estrategia a la que emanara de la Unión Europea. Los sectores sobre los que se apoyó en los asuntos cubanos fueron los mismos que presionaron para que las Leyes Torricelli y Helms-Burton salieran adelante.
En aquel período, la tensión entre ambos países alcanzó cotas que no se recordaban y se exacerbaron las diferencias, lo que causó el correspondiente deterioro de las relaciones bilaterales en todos los órdenes. Una vez más la derecha española se equivocaba de aliados y ello traía aparejadas consecuencias: la colisión con las autoridades de La Habana, el pago al sector más duro de la insaciable e intransigente comunidad contrarrevolucionaria afincada en los Estados Unidos, nunca satisfecha del todo con la postura de España, y las dificultades de la colectividad española en la isla, especialmente la apegada al tejido empresarial.
Tras la salida de Aznar del gobierno español, el nuevo ejecutivo trató de corregir el rumbo. Después de aquellos años horrendos (1996-2004), se precisaba un giro de timón para aliviar el asfixiante contencioso con Cuba. En el presente siglo, la diplomacia española ha tenido que trabajar para reparar los desperfectos generados por la apuesta orquestada por el ejecutivo durante el período del Partido Popular de corte «aznarista».
Esta corrección del rumbo se dio, de manera manifiesta, durante el gobierno de Rodríguez Zapatero, y de forma emboscada, durante el de Mariano Rajoy. Ambos ejecutivos, con estilos divergentes fruto de la herencia histórica y de afinidades y fobias, trataron de recuperar la senda que más convenía y conviene a España tanto en lo espiritual como en lo material: la entente con Cuba, sin renunciar a la crítica, pero sin injerencias, paternalismos y condiciones políticas para el intercambio.
Se trató de establecer una agenda, con matices y diferencias entre populares y socialistas, que tuvo como premisas el acompañamiento, la no injerencia y la colaboración en las reformas cubanas puestas en marcha, y en las venideras, en el ámbito de lo político, lo social y lo económico. Ello no fue óbice para que los conflictos regaran un período de relativa calma y también, es necesario apuntarlo, de mayor proximidad entre los gobiernos socialistas de España y los dirigentes cubanos y de menor afinidad durante la administración de los populares. Sin embargo, a pesar de las diferencias, los ejecutivos encabezados por Zapatero y Rajoy hicieron de la diplomacia y la prudencia los ejes en las relaciones bilaterales.
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La llegada de Pedro Sánchez a la presidencia parecía alumbrar el asiento definitivo de esta tendencia: recomponer las relaciones, llevarlas al máximo nivel y esquivar los conflictos apoyándose en los ámbitos de mutuo beneficio.  Su visita y la del jefe de Estado, el rey Felipe VI, a Cuba parecían presagiar el advenimiento de una España atenta a no cometer los errores del pasado como consecuencia de la sima ideológica que separa a ambos países desde 1959.
Los reyes de España durante su visita a Cuba en un recorrido por La Habana con el Dr. Eusebio Leal (Foto: GTRES)
Sin embargo, desde la oposición, las derechas españolas, sus versiones y familias, cada vez peor avenidas, parecen empeñadas en perpetuar los errores de antaño y en devolver a la actualidad la versión del franquismo más hosco o del «aznarismo» más cerril en lo tocante al tema.
Vox, el partido de la extrema derecha, hijo putativo del Partido Popular (PP) o de su versión más ultra, parece marcar el paso a sus compañeros. En el PP, el alma gallega, que tan sabiamente había conducido los temas cubanos dentro de la derecha española, se ve arrinconada y Pablo Casado parece volver a sus orígenes y al despliegue de las maneras que le llevaron a encabezar el partido: la confrontación ideológica y el enfrentamiento con las formaciones situadas a su izquierda en el arco parlamentario español.
En los últimos días, como consecuencia de la crisis en Cuba, Casado ha presionado al ejecutivo para que condene al régimen de La Habana y denuncie de forma explícita su carácter dictatorial. Vox y el PP, junto a la otra formación de la derecha, Ciudadanos, se han lanzado a las calles, con especial significación en Madrid, para condenar al régimen cubano, simplificar la explicación del reciente, complejo y multicausal estallido social y forzar al gobierno español para que emita una condena sobre la gestión de la crisis por parte de las autoridades cubanas.
Del día 12 del mes en curso hasta la masiva manifestación del domingo 20 de julio en Madrid, la derecha española se ha aplicado para aparecer retratada al frente de las protestas contra el gobierno cubano, tratando de capitalizar las manifestaciones en provecho propio como plataforma para su enfrentamiento con el gobierno español y la difusión del relato manido y absurdo de que España está bajo la tutela de los comunistas.
En los planteamientos de los herederos legítimos del franquismo ya no figura la rancia hidalguía de este ni su negativa a plegarse a las presiones norteamericanas para secundar el bloqueo; ni rastro queda de los resabios del 98 ni del tan cacareado orgullo patrio frente al dictado de Washington. Santiago Abascal, Rocío Monasterio, Iván Espinosa de los Monteros y sus adláteres en Vox; Pablo Casado y los suyos en el Partido Popular, y Ciudadanos, especialmente activo a través de su vicealcaldesa en el ayuntamiento de Madrid, Begoña Villacís, recrean en España los discursos del sector más intransigente de la derecha cubano-norteamericana.
Las tres formaciones se han implicado de lleno en las reivindicaciones de la comunidad cubana que reside en España y han obviado las implicaciones exteriores del contencioso cubano y la complejidad de las causas que han desatado las protestas en el interior de la isla.
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De todos modos, a nadie sorprende la politización del conflicto social cubano por parte de la derecha española y tampoco el carácter militante que están desplegando en las protestas. Llueve sobre mojado, pues las imágenes de los últimos días nos remiten a un guion de actuación que presenta unas líneas muy claras y que tienen su centro en Madrid y en Bruselas.
Pablo Casado en una de las marchas en solidaridad con los sucesos del 11-J (Foto: El Español)
La política de la oposición española con respecto a Cuba está en manos de los que promovieron y consiguieron aprobar hace un mes una resolución en el Parlamento Europeo que trata de torpedear el actual marco de relaciones entre la Unión Europea y Cuba, el llamado Acuerdo de Diálogo político y cooperación.
Dicha resolución, aprobada y capitaneada por el Partido Popular, Vox y Ciudadanos; supone una enmienda a la totalidad de la política europea con respecto a Cuba, va en contra de los intereses y valores que el bloque ha tratado de promover en la Isla y nos retrotrae al viejo marco de la guerra fría y al anticomunismo trasnochado que encerró a España y a Europa en el callejón sin salida de la Posición Común instaurada tras la llegada de José María Aznar al gobierno.
La derecha española arrastra así los errores de pasado, y los repite, al plegarse a las intransigencias de la pasada administración norteamericana y al inmovilismo de la actual. Tanto la resolución del Parlamento Europeo como el posicionamiento de la derecha española abanderan una reivindicación de los derechos humanos que no contempla la inclusión de los derechos económicos, sociales y culturales y que se centra exclusivamente en los políticos.
En su punto de mira se coloca la gestión del servicio europeo de acción exterior, del ministerio de Exteriores y del ejecutivo de España, y se descontextualiza y minimiza el marco de liberación económica y social en el que está inmersa Cuba. Marco que está presidido por limitaciones, lentitud en las reformas y problemas que trae aparejada la Tarea de Ordenamiento en materia de salarios, precios y calidad de la producción y que contribuyen, en gran medida, al esclarecimiento de las razones que están detrás del estallido social.
De igual modo, en la explicación orquestada se hace caso omiso a las presiones exteriores y al bloqueo. Reducen el conflicto cubano a la promoción de un proceso de transición a una democracia multipartidista liberal que no está en la agenda de las autoridades cubanas y que justifica la posición de Cuba en defensa de su soberanía. El posicionamiento desplegado por Vox, el PP y Ciudadanos es partidista, ideológico y en nada ayuda a las posiciones legítimas de muchos de los cubanos que se lanzaron a las calles el pasado 11 de julio.
Alberto Núñez Feijóo, presidente de la Xunta de Galicia
La derecha española, en su nueva versión tripartita, quiere regresar a lo peor de su pasado, aquel en que optó por los aliados menos convenientes para defender los intereses y valores de Europa y de España. Su actitud y sus alianzas con los sectores más radicales de Estados Unidos y Europa contribuyen a reforzar la posición numantina de las autoridades cubanas, replegadas a una posición defensiva renuente a abrir el diálogo en aspectos políticos, económicos y sociales que demandan franca mejora.
Nada queda ya en el Partido Popular de lo que representaron Manuel Fraga y Mariano Rajoy, en sus versiones militante y pasiva, o de lo que encarna Núñez Feijóo, en su modalidad contemporizadora, en las relaciones con Cuba. El alma gallega que pilotó con astucia las contradicciones que generaban las relaciones entre el PP y la Cuba de los últimos decenios está en retirada.
El PP que representa Casado y sus compañeros de viaje, el intransigente Vox y el complaciente Ciudadanos, agitan las calles en España contra el gobierno cubano, presionan en la Unión Europea para terminar con el marco de colaboración y acosan al gobierno de coalición español, formado por el Partido Socialista y Unidas Podemos, para enturbiar las relaciones y romper con el actual marco de entendimiento.
La derecha, contumaz en sus errores, trata de llevar a España y a Europa, como hizo la dictadura franquista en los inicios de la Revolución y después durante la democracia el Partido Popular de José María Aznar, al enfrentamiento y la colisión con las autoridades cubanas, algo que, ineludiblemente, deriva en la erosión de los valores e intereses europeos y españoles en la Isla.

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