HAVANA CLIMA

Abuelos

Esperanza de abuelos en un Código de amor (+ Video)

Granma.–El día en que María del Carmen Brizuela Áreas sufrió la pérdida de la menor de sus dos hijas –quien falleció en junio de 2021 con apenas 29 años, víctima de una enfermedad– ella también quiso morir; pero tenía una razón muy fuerte para seguir adelante: su nieto de cinco años.
Cuidar su inocencia, ayudarle a crecer sin su mamá, e ir con él a su primer día de clases, fueron entonces algunas de las metas que se propuso María del Carmen. 
Sin embargo, sus anhelos pronto encontraron muros legales. Tras quedar huérfano de madre, el niño fue a vivir con su papá, mientras que, poco a poco, a la abuela materna se le comenzaron a reducir las oportunidades de formar parte activa de la vida del pequeño.
«Mi nieto vivía conmigo, con mi esposo y con su mamá desde que era un bebé, pero como está establecido, por ley, el papá asumió su guarda y cuidado tras la muerte prematura de mi hija.
«Para nuestra familia esa separación fue un proceso muy difícil, pero más triste ha sido ver cómo se reduce la posibilidad de formar parte de la vida del niño, al no poder visitarlo con la sistematicidad que deseamos, ni compartir con él fuera de la casa de su familia paterna, porque ellos no nos lo permiten», comenta María del Carmen, con la mirada hecha llovizna.
Junto a ella, su esposo Jorge Luis Morejón Quintana también habla con pesar de sus afectos truncos. «Nuestro matrimonio tiene más de 20 años, por lo que me convertí en un padre afectivo para las dos hijas de mi mujer, y en el abuelo afectivo del niño, al que vi crecer en mi hogar hasta que su mamá falleció.
«Ya hace más de nueve meses que estamos separados, porque al no estar reconocida esta forma de parentesco en el Código de la Familia vigente, me han impedido que vuelva a tener contacto con mi nieto, pues legalmente yo no soy nada suyo», agrega.
A esas vicisitudes se han sumado otras, no menos complejas, que constituyen un reflejo de las limitaciones que en materia jurídica tienen los abuelos y abuelas en el escenario actual de la Isla.
No obstante, María del Carmen Brizuela y Jorge Luis Morejón no le dan cabida al desaliento. Ambos sueñan con el día en el que se establezca, en letra de ley, el derecho de las abuelas, los abuelos y otros parientes y personas afectivamente cercanas, a la comunicación con las niñas, niños y adolescentes de su ámbito familiar.
«Mi nieto es mi vida. Lo único que quiero es su bienestar, que tenga un buen desarrollo sicológico y físico, y que pueda disfrutar por igual del cariño, tanto de su familia paterna como de la materna», apunta María del Carmen, quien resalta los beneficios que el proyecto del nuevo Código de las Familias ofrece al respecto.
«El nuevo Código abre puertas, no las cierra. Incluye aspectos valiosos como el de tener en cuenta la opinión de los niños y adolescentes en correspondencia con su autonomía progresiva; además de que facilita la comunicación familiar, y reconoce la importancia de la participación de los abuelos en la vida de sus nietos y nietas».
Por su parte, Jorge Luis Morejón considera que la aprobación de dicho Código constituiría un logro del país y un gran paso de avance para todas las familias cubanas, pues entre sus tópicos más sensibles se encuentra el reconocimiento de esos lazos de afecto que forman un hogar más allá de la consanguineidad.
«Hoy en Cuba hay muchas familias afectivas y personas que tienen limitado ese derecho de amor, que es tan válido como el derecho mismo que dan los lazos de sangre; por eso, el nuevo Código es también, para nosotros, un sinónimo de esperanza».
DE LA LEGALIDAD: CUANDO EL AMOR NO BASTA
Para el abogado Iván Alexander Barón Fernández, miembro del Bufete Colectivo del municipio de Bayamo, e integrante del Capítulo Provincial de Derecho Civil y Familia, en la sede de la Unión de Juristas de Cuba, en Granma, la necesidad de contar con una norma jurídica que reconozca los derechos de los abuelos y las abuelas es un asunto impostergable en el contexto cubano, caracterizado por la tendencia creciente al envejecimiento poblacional.
En diálogo con este diario, Barón Fernández explica que el Código de la Familia vigente es un texto legal de 1975 (tiene más de 40 años), por lo que en sus artículos no se recoge nada en cuanto a la comunicación de los menores de edad con los familiares que no sean sus padres, ni se precisan los derechos de los abuelos.
«Esa es una de las principales limitaciones que tiene la norma jurídica actual, y una de las novedades que incorpora el proyecto del Código de las Familias que se somete a debate popular», acota.
No obstante, refiere el abogado, es importante reconocer que, gracias a la Convención Internacional de los Derechos de los Niños, Niñas y Adolescentes, del año 1989 –la cual Cuba suscribió a partir de 1991– se ha podido potenciar la comunicación de los menores de edad con el resto de los miembros de la familia.
Por otra parte, detalla Barón Fernández, también la Constitución de la República del año 2019 significó un importante paso de avance, al reconocer todas las formas de familias existentes en el país y al respaldar los derechos y deberes que tienen tanto los padres, como los parientes consanguíneos o afectivos con los menores de edad.
«Sin embargo, amén de estas prerrogativas, todavía en los procesos legales relacionados con la comunicación entre nietos y abuelos, o los derechos de estos últimos, el abogado que los representa corre el riesgo de que se declare sin lugar su petición, porque la norma familiar cubana vigente no hace referencia a estos aspectos, aun cuando la Convención de los Niños… y la propia Constitución han servido para encauzar determinados casos.
De igual modo, según refiere el abogado, existen, además, varios ejemplos relacionados con conflictos familiares en los que uno o ambos padres se oponen a que el menor de edad mantenga contacto con sus abuelos –ya sean paternos o maternos– y legalmente no existe una norma jurídica que ampare a los abuelos.
En cambio, el proyecto del Código de las Familias es exquisito y preciso en torno a la comunicación de los menores de edad no solo con sus padres, sino también con otros miembros de la familia, ya sean consanguíneos o afectivos, y en especial con los abuelos.
«Incluso, en el tema de la responsabilidad parental introduce el deber que tienen los padres de contribuir a que los niños mantengan una adecuada comunicación con sus parientes y, de hecho, se da la posibilidad de que puedan delegar, por una causa justificada, dicha responsabilidad de forma temporal», resalta.
«Por ello, el texto legal en desarrollo, si algo valioso tiene, es que premia y reconoce la importancia de los abuelos, no solo como sujetos de derecho que ameritan cuidado y protección, sino también como familiares afectivos que merecen mantener una relación adecuada con sus nietos.
«Además, con este proyecto nos estamos colocando en la avanzada de la doctrina jurídica a nivel internacional y, sobre todo, estamos ponderando, desde la legalidad, los derechos y deberes que nos permitirán seguir desarrollándonos como una sociedad justa. Es, en esencia, una apuesta por los afectos verdaderos en la que todos ganamos», concluye Barón Fernández.
PRECISIONES
El texto del proyecto de ley del Código de las Familias que se somete a consulta popular establece, en relación con los abuelos:
Que debe existir una armónica y estrecha comunicación familiar entre las abuelas, abuelos, otros parientes, personas afectivamente cercanas y las niñas, los niños y adolescentes.
Que el Estado reconoce la importancia de los abuelos y abuelas en la transmisión intergeneracional de las tradiciones, cultura, educación, valores, afectos y en las labores de cuidado.
Que los titulares de la responsabilidad parental pueden delegar, con carácter temporal, su ejercicio a las abuelas y a los abuelos, a otro pariente o persona afectivamente cercana a su hija o hijo menor de edad, con condiciones para ello, por razones suficientemente justificadas y siempre en interés de la hija o el hijo.
Bajo esos mismos principios se determina que el cuidado de un menor puede ser atribuido temporalmente a favor de las abuelas, abuelos, otros parientes o personas afectivamente cercanas.

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Extremar el cuidado de los abuelos, hoy los más vulnerables a la COVID-19

A juzgar por las estadísticas del predominio en Cuba de cepas del SARS-COV-2 más transmisibles –aunque con baja incidencia en la mortalidad, dadas las altas tasas de vacunación en el archipiélago–, son las personas de la tercera edad las que mayores cuidados necesitan, por ser, actualmente, las más vulnerables a padecer gravemente la enfermedad.
«Casi el 80 % de quienes están muriendo debido al coronavirus sobrepasa la séptima década de vida», dijo Carilda Peña García, viceministra de Salud Pública, citada por la web de la Presidencia.
En la sesión, el sábado, del Grupo temporal de trabajo para el enfrentamiento a la COVID-19 –encabezada por el Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez–, la experta recomendó elevar el autocuidado y la atención familiar a las abuelas y abuelos, especialmente a los que padecen comorbilidades como diabetes, hipertensión, cardiopatías y nefropatías, así como a aquellos con discapacidades mentales, limitados para el cuidado propio y para hacer saber qué los aqueja.
Alertó también sobre la disciplina que debe seguirse con las personas de la tercera edad, que están llegando a las consultas a los siete u ocho días de los primeros síntomas, lo que puede derivar hacia estados de gravedad.
A través de videoconferencia, el primer ministro, Manuel Marrero Cruz, dirigió el intercambio que incluyó a autoridades de todas las provincias, y en el cual se informó que decrece el reporte de casos positivos, el número de activos, las personas en estado grave o crítico, y que se ha recuperado el 98,5 % de los enfermos reportados desde marzo de 2020; sin embargo, se enfatizó, nada debe llevarnos a pensar que «la pandemia ya pasó». 

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Relaciones entre abuelos y nietos, ¿las protegemos?(+Video)

Las sociedades actuales, y Cuba no es la excepción, experimentan un proceso de envejecimiento de la población que debe ser asimilado en sentido positivo, haciéndose acompañar de políticas públicas concebidas con esa mirada.
El mejoramiento de los diagnósticos en el ámbito de la salud, gracias al desarrollo de la ciencia y la tecnología, los avances de la farmacología y la biotecnología, su impacto en el bienestar de las personas y, por consiguiente, en el crecimiento de sus expectativas de vida, han permitido, junto a otros cambios sociales, recolocar en nuevas posiciones dentro de las familias a los miembros de mayor edad.
A partir de estas reflexiones, la doctora Ana María Álvarez-Tabío Albo, profesora titular de la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, convida a una mirada diferente hacia los abuelos y abuelas, quienes, en líneas generales, «han dejado de ser figuras secundarias, de respeto a veces reverencial (sobre todo a los abuelos), para implicarse de forma mucho más directa en las relaciones familiares cálidas, afectivas y cercanas con sus nietos y nietas.
«Se habla ya de la “abuelidad” en la misma dimensión en que han evolucionado los significados de maternidad y paternidad, directamente conectados con el amplio proceso de transformación y democratización de las familias».
En el caso cubano, afirma, el rol de los abuelos y abuelas es muy relevante y, como parte de las familias, su presencia efectiva ha sido tradicionalmente aceptada de manera natural cual fuente de afecto, de transmisión de valores y conocimientos hacia sus nietos y nietas, a diferencia de la realidad que acontece en otras geografías. Visto de manera bidireccional, tanto abuelos como nietos son –con todas las cautelas que llevan las generalizaciones– una fuente de satisfacción y soporte afectivo mutuos.
Según un artículo de la doctora Patricia Arés, sicóloga especializada en la atención a las familias, publicado en la revista Temas el año pasado, «20 000 menores en Cuba vivían solo con sus abuelos, lo que representa el 13 % de los niños y adolescentes. A partir de las evidencias empíricas de casos vistos en consulta, las causas son: sus padres están en misión, alguno de los dos o ambos han emigrado, padres divorciados con abandono paterno y madre fuera del país, o madre que forma una nueva familia y deja su descendencia al cuidado de los abuelos».
Por ello, sostiene Álvarez-Tabío Albo, «no deja de sorprender la escasa atención que se ha prestado a las relaciones entre unos y otros, y el casi nulo reconocimiento de los derechos que pudieran corresponderles por parte de la legislación en general y la justicia familiar, especialmente en lo concerniente a lo que se ha dado en llamar el derecho de relación».
En opinión de la especialista, integrante de la comisión redactora del nuevo Código de las Familias, «solo es digna de mencionar la posibilidad que brinda el Decreto-Ley 339/2016 a los abuelos maternos o paternos trabajadores, y que refuerza el artículo 68 de la Carta Magna, de recibir una prestación social (del 60 % del salario) por el cuidado del nieto hasta el primer año de vida, algo que se venía realizando en la práctica diaria por una cuestión de responsabilidad social y familiar.
«Y la concesión, en determinados casos, de algunos derechos de comunicación por los tribunales cubanos, y en otros, al menos en uno, de la guarda y cuidado de sus nietos a una abuela, una vez que se le reconoció como una figura clave en su crianza, por haber fallecido su madre y desentenderse el padre de sus deberes».
***
La mamá de Sofía lo pensó muchísimo antes de aceptar una misión de trabajo en el extranjero. Era importante para su desarrollo profesional y la economía familiar, pero alejarse de la niña era complicado, sobre todo sin un padre a quien encomendársela. Él, tras el divorcio, se desentendió totalmente de su hija.
Pero estaba Mercedes, la abuela materna y horcón de la familia, quien ya se había encargado de suplir, de alguna manera, la ausencia del padre. Sin pronunciamiento judicial alguno, basta con el amor, Mercedes quedó con la guarda de Sofía por el tiempo que fuera necesario.
Sin embargo, a Sara y Leonel, los abuelos paternos, solo el amor no les bastaba para relacionarse con su única nieta. Con la madre lejos, ellos podían ayudar mucho, pero los malos comportamientos de su hijo sentaron un mal precedente. La relación con Sofía dependía de la buena voluntad de la parte materna, que, con más o menos razón, casi nunca era buena.
Para casos de esta naturaleza, valdría preguntar entonces, ¿contiene la ley alusiones expresas? ¿Existen allí soluciones claras?
***
Cuando se habla del derecho de los abuelos y los nietos a rela­cionarse, se tiende a asumir como una cuestión dependiente del interés de los progenitores o de algo más moral que jurídico. Sin embargo, al decir de la doctora Ana María Álvarez-Tabío, «su abordaje desde la ciencia del Derecho conduce a consecuencias prácticas importantísimas.
«La primera de ellas, como derecho subjetivo vinculado al libre desarrollo de la personalidad de abuelos y nietos, y que permite a unos y otros reclamar ante cualquier expresión de su restricción: tanto el niño, la niña o el adolescente para obtener la efectividad de esa relación, como los abuelos para que no se limite su desenvolvimiento, aunque se condicione al interés de aquellos.
«La segunda permite distinguir el derecho a las relaciones personales entre abuelos y nietos del simple derecho de visitas, que, como su nombre indica, solo les otorgaría la po­sibilidad de visitarles en el domicilio de estos, pero no les fa­cultaría para tenerles consigo durante periodos relativamente prolongados o para algo tan simple como poder llamarles por teléfono o utilizar cualquier vía moderna de comunicación».
De acuerdo con la experta, cuando hablamos de derecho a las relaciones personales, el abanico de posibilidades para los abuelos es mucho más amplio y «permite que, en cada caso concreto, se le dote de contenido coherente con cada realidad familiar y atemperado a las circunstancias concurrentes como el lugar de residencia de los abuelos, su estado de salud, horarios escolares de los menores y laborales de abuelos y padres, grado e intensidad de las relaciones entre los abuelos, los padres y los nietos, etcétera».
Para Álvarez-Tabío Albo, un fundamento indiscutible de este derecho, por sobre cualquier otra consideración, es el del interés superior del nieto menor de edad, consagrado constitucionalmente en el artículo 86, pues se trata de favorecer su desarrollo integral, sustentado en el cariño y apoyo que sus abuelos puedan ofrecerle.
Pero ello, aclara, es solo una parte de la verdad. Para las personas adultas mayores, sean o no abuelos, se viene desarrollando un proceso gradual de particularización de sus derechos, como una vía de protección diferenciada, al igual que ha ocurrido con los niños, niñas y adolescentes, las mujeres y las personas con discapacidad.
Ese trato especial que han de brindar los sistemas jurídicos, subraya, «no responde a un problema de titularidad, sino de ejercicio de derechos, por lo que el de relación personal con los integrantes de la familia, incluidos sus nietos, también hay que analizarlo desde la perspectiva de su interés preferencial».
–¿En qué situaciones y contextos familiares se justifica el ejercicio de este derecho a las relaciones personales entre abuelos y nietos?
–Muchas de ellas están presentes en la sociedad cubana, razón que, por sí sola, justificaría su reconocimiento explícito en la normativa familiar que Cuba ha de promulgar a corto plazo:

Ruptura de la pareja de modo que la guarda y cuidado queda solo en favor de uno de los progenitores y, por la mala relación previa o la falta de acuerdo, este puede dificultar el mantenimiento de las relaciones con los abuelos de la rama familiar del progenitor no custodio.
Fallecimiento de uno de los progenitores, cuando el sobreviviente no garantiza el contacto entre el menor y los abuelos por parte del fallecido.
Cuando la pareja no está en crisis, pero mantiene malas relaciones con los abuelos, lo que impide el contacto de los hijos con ellos.
Cuando el menor es adoptado por otra familia, pero existe una fuerte vinculación previa de este con sus abuelos biológicos.
A juicio de esta doctora, en cualquiera de esas situaciones los abuelos desempeñan un papel fundamental de cohesión, y pueden ser esenciales para la protección y estabilidad de sus nietos, al pro­porcionarles asideros seguros para neutralizar los efectos negativos y traumáticos que suelen acompañar las crisis.

LOS ABUELOS Y SU AURA PROTECTORA
El principio de realidad familiar, asegura Ana María Álvarez-Tabío, «obliga a prever en la norma las premisas generales que permitan valorar toda clase de situaciones: la regla debe ser que las relaciones personales entre abuelos y nietos favorezcan el interés de ambos. Y solo ante la existencia de una causa que lo justifique, se ha de proceder a la limitación o la negativa del derecho de relación.
Podrían considerarse entre esas causas, por ejemplo, los maltratos físicos o síquicos o cualquier otra manifestación de violencia infligida al nieto por los abuelos o viceversa, el ánimo permanente de los abuelos de influir en as­pectos que forman parte del ámbito propio de la responsabilidad parental de sus progenitores, o la desvalorización de la figura de alguno de estos.
También cabría mencionar factores como una enfermedad o deficiencia padecida por el nieto que requiera de cuidados especiales que no puedan asumir sus abuelos, el riesgo probado de que el nieto pueda ser sustraído por estos, o el incumplimiento grave y reiterado de los términos establecidos para el ejercicio del derecho a las re­laciones personales (irrespeto de horarios o dejar al nieto a cargo de terceros sin justificación).
La nueva normativa familiar, resume Álvarez-Tabío Albo, «debe afinar su regulación en dos direcciones fundamentales: reconocer de manera explícita y reforzada el régimen de relaciones entre los abuelos y los nietos y atribuir, en cualquier caso, una función relevante a aquellos, entre los demás parientes y allegados afectivos de los niños, niñas y adolescentes, incluso cuando sus padres y madres no cumplan, por diversas razones, con las obligaciones derivadas de la responsabilidad parental».
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Música y oportunidades: nuestros abuelos músicos

Cuando en entregas anteriores defendimos el tema de las clases sociales y el acceso mayoritario a planes de estudio musicales, algunas ideas quedaron en pausa para un abordaje posterior. Es conocido el controvertido escenario que marcó una buena parte de la historia del país, antes del triunfo de la Revolución, y los frágiles planes educacionales en torno al estudio del arte, inalcanzables para la gran mayoría, aunque tal situación no niega que existieran academias privadas y conservatorios públicos.
Tanto unos como otros eran opciones que bien podían valorarse, ya fuera por el peculio de cada familia en pos de sus intereses y posición social, como por la entrega y la pasión con que destacados músicos impartían clases en ambas ramas de la enseñanza: tildar de mediocre la contribución pedagógica –privada o pública– de la seudorrepública sería un desliz desde cualquier arista posible, y no roza este comentario.
Ahora bien, no estamos enjuiciando calidad ni ética, sino posibilidades de acceso. Cuando miramos el arte musical cubano desde un prisma neutral, podríamos definir dos rutas bien hilvanadas. En primer lugar, el llamado arte popular, empírico y que se transmite por tradición y oralidad, y luego, por contraposición, hallaríamos el arte académico respaldado en sociedades y prestigiosos institutos nacionales o foráneos. Dentro de lo llamado –o encasillado, a veces injustamente– popular, saldrían expresiones musicales como la canción, el bolero, el son, el changüí o la rumba; mientras que del otro bando estarían conciertos, preludios, oberturas, entre otras. Dicho de esta manera, podría parecer un simple y rápido esbozo, pero hay una verdad incuestionable que rodea todo ese proceso social, económico y étnico en torno a nuestra música: las praxis fundacionales de cada vertiente.
 Si notáramos la mezcla racial de finales del siglo XIX y principios del XX en nuestra música, veríamos que un número mayor de mestizos fueron los grandes trovadores y bardos de nuestra cancionística y del son, casi todos alternando otros oficios para apenas subsistir, así como también ligados a luchas y reclamos sindicales o partidistas. La discriminación racial, aunque cruel e inaceptable, sirvió sorpresivamente para que –amén de que fueran miembros de sociedades de hermandad– muchos artistas tuvieran que ceñirse al cerco social al que estaban obligados, por lo que tenían que esforzarse mucho más que en otras circunstancias.
¿Qué rumbo habría tomado la canción cubana si Pepe Sánchez hubiese estudiado música en París? ¿Podría Brindis de Salas haber compuesto La Bella Cubana de haber sido un músico empírico? ¿Conoceríamos la rumba de haberse gestado en un ambiente aristocrático? ¿Roldán hubiese sido el mismo de haber nacido en algún batey cubano?
Esos escenarios hipotéticos encierran una dolorosa verdad, aunque hoy celebremos con júbilo a cada uno de aquellos artistas que aportaron su talento más allá de sus realidades. La lucha de clases no solo ha sido un reclamo a sus derechos, sino una brecha que ha marcado la cultura popular.

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