MIAMI, Estados Unidos.- Después de los sustos de rebeldía popular del año que está por concluir, el castrismo arrecia con el adoctrinamiento y sus parámetros sociales absurdos, que no se corresponden con una realidad económica devastada, donde los eufemismos siguen anunciando un futuro promisorio.
Generalmente diciembre suele ser uno de los meses más hermosos del mundo hispanoamericano, por la celebración de Nochebuena, Navidades y la llegada del Año Nuevo, donde se depositan los deseos de avance.
Los jerarcas de la dictadura cubana, sin embargo, han vuelto por sus fueros ideológicos con el castigo de un pleno del partido comunista donde se han hecho los resúmenes de la inoperancia en discursos triunfalistas, a la espera del aniversario 63 de la tiranía.
“Independientemente de la situación adversa que tenemos en la economía, de la dureza de la vida cotidiana, de las problemáticas de desabastecimiento, este ha sido un año de victorias”, asegura, sin un ápice de vergüenza y sabiendo que falta absolutamente a la verdad, la persona que mal conduce los destinos obligatorios, sin alternativas, de la isla cautiva.
¿Quién no ha vivido en Cuba esa suerte de trampa desesperanzadora, donde parecemos zombis conformistas con nuestro destino y la única solución posible, a tantos desmanes, es escapar por la vía que se presente, aunque sean geografías tan ajenas y distantes como Grecia, Macedonia, Rusia o Turquía?
No queda la menor duda que diciembre sigue siendo el “mes más cruel” entre mis sufridos coterráneos.
En nuestra familia hacíamos lo imposible por salvar las tradiciones mediante un árbol de Navidad improvisado con ramas de arbustos traídas de la explanada del llamado polvorín, frente al edificio de la Habana del Este donde vivíamos.
Por cierto, en ese lugar se erige una fortaleza española del siglo XIX, abandonada hasta por el difunto Eusebio Leal, que es hoy área de citas clandestinas para la comunidad gay, donde en ocasiones han sido asaltados por delincuentes. Todo un símbolo del descalabro nacional y de la hipocresía que se refiere a la solución de asuntos que conciernen a la población LGBTI.
En el diciembre cubano se acrecienta la ansiedad por celebrar en familia fiestas que están en las antípodas del castrismo, porque parten del hecho de compartir cenas, y ya sabemos lo elusiva que es la buena mesa en el socialismo.
En circunstancias miserables de los años setenta y ochenta, con las festividades navideñas canceladas en aras de zafras fracasadas y regreso de cenizas de soldados muertos en guerras intervencionistas africanas, miembros de la nomenclatura de la dictadura seguían recibiendo cestas enormes con los más variados productos alimenticios, tanto de producción nacional como extranjera, no vistos entre la población durante décadas.
Ante la nueva crisis consustancial a su filosofía, al sátrapa fidelista de turno sólo se le ocurre decir que productores y comercializadores deben “renunciar a un determinado nivel de ganancia, particular o colectiva, en función de bajar precios. Esta tiene que ser una discusión honesta, abierta, argumentando la situación que tiene el país. Lo van a entender, porque son parte de este pueblo y reciben también los beneficios de la Revolución”.
A la vez que los chantajea con las supuestas bonanzas sociales del régimen, le plantea al comercio minorista hacer dejación de su razón de ser, desvirtuando cualquier posibilidad de satisfacción y progreso de un mercado ideologizado, en bancarrota.
Diciembre es, por otra parte, una suerte de compás de espera, de la mejoría que no puede llegar en las actuales circunstancias. Donde todavía hay predecesores vivos que pueden contar a sus descendientes sobre las fiestas que se esfumaron, de una república prometedora, arrasada por la pandemia que descendió de la Sierra Maestra.
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